[Sobre la solución jurídica que ha permitido disponer de sacerdotes en el Opus Dei, salidos de las filas de los miembros laicos; también designada por el íncipit Opus nostrum; lleva la fecha del 14 de febrero de 1944 y salió impresa en enero de 1966].
Contenido
La Carta comienza recordando que, en todo momento, a lo largo de la historia del Opus Dei, el Fundador se ha esforzado por «guardar en toda su integridad la esencia de nuestra vocación sobrenatural, y trasmitírosla con la mayor diligencia, señalando con trazos firmes y exactos, bien definidos, la finalidad específica de nuestro camino y los medios también específicos para alcanzarla» (§3). En especial «el carácter eminentemente laical de nuestra vida y de nuestra labor apostólica» (§5).
Después habla de los primeros pasos en la aprobación canónica, como pía unión, subrayando que la llamada al Opus Dei no requiere un cambio de estado (§§6-8).
A continuación, explica la necesidad de los sacerdotes para los apostolados de la Obra, para la dirección espiritual y los sacramentos y también para ocupar algún cargo de gobierno. Al principio intentó servirse de sacerdotes amigos, pero esta solución no dio buenos resultados. Comprendió que los sacerdotes debían provenir de los miembros laicos (§§9-10).
La búsqueda de un título de ordenación que lo permitiera llevó a la conclusión de que el único camino posible era el que expone en esta Carta: que —de forma transitoria y esperando en una solución mejor— se transforme «un pequeño núcleo de nuestra Obra, formado por los sacerdotes y por algunos laicos en preparación próxima para el sacerdocio, en una sociedad de vida común sin votos, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz» (§12).
Una solución incómoda para la Obra, pero necesaria para obtener un régimen interdiocesano (§13).
Siguen unas consideraciones acerca de la secularidad de los miembros de la Obra, que no abrazan el «estado de perfección» (§14) y explica cómo se realiza la adscripción de los sacerdotes y cuál es su título de ordenación (§§15-16). La Carta añade que de la Santa Sede viene «la suprema dirección de nuestra actividad» y que la confianza grande en la Iglesia y en el Papa le lleva a afirmar: «De Roma no puede venirnos nunca ningún mal» (§17).
La Carta termina con exhortaciones a la oración y a superar con fe las dificultades y sufrimientos que se puedan encontrar en el camino (§§18-20).