Los primeros círculos de san Rafael impartidos por san Josemaría

Autor
Jose luis Gonzalez Gullón
Publicación
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libro

Josemaría Escrivá llegó a Madrid el 20 de abril de 192/. Era un joven sacerdote ordenado dos años antes que había recibido permiso del arzobispo de Zaragoza, donde estaba incardinado, para realizar la tesis en la capital de España. Se matriculó en los cursos de doctorado de la Facultad de Derecho de la Universidad Central y se alojó en la Casa Sacerdotal para presbíteros extradiocesanos. Esta residencia estaba regentada por las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús, una nueva congregación religiosa. Un mes más tarde, la fundadora de las Apostólicas le ofreció una capellanía de la iglesia del Patronato de Enfermos, sede central de las religiosas y lugar de diversas actividades benéficas. El 1 de junio, don Josemaría comenzó su trabajo pastoral, que consistía en la celebración de la Misa, la exposición de la Eucaristía, la atención del confesonario y, por la tarde, el rezo del rosario y la bendición con el Santísimo Sacramento. Además, los fines de semana estaba disponible para confesar a los niños de las escuelas promovidas por las Apostólicas para familias necesitadas. Y, aunque no formase parte de sus obligaciones como capellán, visitaba con frecuencia a enfermos de escasos recursos en sus domicilios para llevarles la Comunión e impartirles la reconciliación sacramental.

Cinco meses más tarde, Escrivá alquiló un apartamento para vivir con su madre y sus hermanos. Urgido por la necesidad de mantener económicamente a su familia, consiguió un puesto de profesor de Derecho Romano y de Canónico en la Academia Cicuéndez, un centro privado de enseñanza que preparaba el ingreso en la Facultad de Derecho y reforzaba la explicación de algunas asignaturas. El sacerdote impartió clase dos tardes a la semana al menos hasta 19312.

 José Luis González Gullón 

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Los círculos de 1933

Don Josemaría Escrivá solicitó a la madre Mariana Allsopp González Manrique, fundadora de las Hermanas Trinitarias que regentaban el Asilo de Porta Coeli —un orfanato situado en la calle García de Paredes 25—, que le dejara utilizar semanalmente una habitación para reunirse con unos estudiantes de la Universidad de Madrid. El fundador pensó en ese sitio porque, además de la clase, podía utilizar la capilla para dar la bendición eucarística.

El sábado 21 de enero, Escrivá se presentó a la cita. En seguida llegó Jiménez Vargas acompañado de José María Valentín y Vicente Hernando Bocos, dos compañeros suyos de la facultad de Medicina; Juan había invitado a más gente, pero al final sólo acudió esta pareja de conocidos. Las monjas les acomodaron en una sala de visitas cercana a la capilla. El lugar del encuentro no podía ser más sencillo. Valentín recordaba que era «una habitación un tanto desangelada»[1], y Jiménez Vargas añade que «había que estar con el gabán puesto y aun así hacía frío; solamente había un irónico brasero apagado»[2].

Se sentaron alrededor del brasero. La “Virgen del catecismo” presidía el acto[3]. Al iniciar la clase, el sacerdote invocó al arcángel san Rafael y al apóstol san Juan. Después, dio una charla que tenía una idea nuclear: si querían obtener fruto de la catequesis, que comenzaba al día siguiente, necesitaban bases sólidas. Según Valentín, que resumió el encuentro, don Josemaría explicó: «Hay que fomentar la vida interior. Esto es lo principal que en estas reuniones se persigue. El enseñar la doctrina a los niños, para procurar su salvación, no debe ir en perjuicio de nuestra alma, y por eso debemos llenarnos primero nosotros de Gracia de Dios, para después dársela a ellos. Tenemos que ser conchas, no canales»[4]. La reunión acabó con un nuevo recuerdo de los patronos de ese apostolado: «S. Rafael, el ángel que acompaña a Tobías hasta darle un buen matrimonio; y S. Juan el apóstol que fue siempre virgen, y por eso más amado de Jesús»[5].

A continuación, pasaron a la capilla para tener la bendición con el Santísimo. El acto fue sencillo e íntimo: tres estudiantes asistían en un sencillo oratorio a la exposición menor oficiada por un joven sacerdote. Pero el momento ofrecía un significado particular y, por este motivo, ese día pasaba a la historia del Opus Dei. Para el fundador, la clase daba «comienzo, g.a.D. [gracias a Dios], a la obra patrocinada por S. Rafael y S. Juan»[6]. Al tomar en sus manos la sagrada Eucaristía y volverse para bendecir a los asistentes, Escrivá rezó con especial intensidad, como recordaba años más tarde: «Al terminar la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor Sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones… blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad a la vuelta de casi medio siglo»[7].

* * *

La Academia DYA

Desde el punto de vista de la transmisión del mensaje del Opus Dei, la formación cristiana que se daba en DYA estaba sostenida por tres pilares. El primero era una intensa vida espiritual. Don Josemaría decía a los estudiantes que no podían contentarse con una religiosidad cultural recibida. La relación con un Dios que era Padre debía ser personal, de tú a tú, y se tenía que cuidar con delicadeza. Ese era el clima adecuado para agrandar la amistad con Cristo y aceptar su voluntad. Como formas concretas de piedad, animaba a dedicar un rato a la oración mental ante la Eucaristía, asistir entre semana a Misa y rezar el rosario.

El segundo pilar era el estudio. Escrivá lo situaba al mismo nivel de exigencia que la relación con Dios, algo que llamaba la atención de los jóvenes. Les decía que pasar las horas necesarias delante de los libros era su trabajo profesional. El estudio, el conocimiento de las materias, la asistencia a clase y la preparación de los exámenes constituían una obligación grave, es decir, un deber moral. A través del estudio se santificaban y hacían presente a Dios en sus vidas. Escrivá añadía que la forma más eficaz de llevar el Evangelio a la sociedad en el ámbito académico consistía en que cursaran bien su carrera.

El tercer pilar lo componía la apertura a los demás. Si a DYA se acudía por invitación, se regresaba por amistad. Unos amigos invitaron a otros a conocer a don Josemaría porque resultaba atrayente y creaba un clima alegre que facilitaba la confidencia. El fundador les explicó que un cristiano no puede limitar sus contactos a los más allegados, ni tampoco formar grupos cerrados o capillitas, como se decía en la época. El mensaje del Evangelio está abierto a los amigos y conocidos en el lugar de trabajo y en las relaciones sociales, tanto públicas como privadas. Del mismo modo, estimulaba a esmerarse con las personas necesitadas o desfavorecidas, como los niños y los enfermos.

Esta tríada —relación con Dios, estudio y convivencia— no era estrictamente novedosa para los jóvenes católicos que escuchaban a Escrivá. La originalidad se encontraba en que los invitaba a dar sentido pleno a sus vidas, pues Dios los llamaba a «materializar la vida espiritual», alejando la tentación de llevar «como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas»[8]. Era una idea que plasmaba más con el ejemplo que con la palabra.

 

[1] Recuerdo de José María Valentín-Gamazo, Toledo, 31-XII-1975, en AGP, serie A.5, 251-1-5.

[2] “Obra de San Rafael hasta fin del curso 34-35”, de Juan Jiménez Vargas, s/f, en AGP, serie A.2, 40-1-2. Este texto ha sido publicado y comentado por Fernando Crovetto, “Los inicios de la obra de San Rafael. Un documento de 1935”, Studia et Documenta 6 (2012) 395-412.

[3] «D. Josemaría trajo un pequeño cuadro en el que estaba, cuidadosamente enmarcada, una imagen de la Virgen para que presidiese la reunión. Era esta imagen la portada de un Catecismo que D. Josemaría había recogido del suelo en un barrio extremo de Madrid. Se veía que había sido pisoteada. La presencia de aquella imagen encima de la mesa era indudablemente todo un símbolo» (Recuerdo de José María Valentín-Gamazo, Toledo, 31-XII-1975, en AGP, serie A.5, 251-1-5).

[4] Resúmenes de los primeros Círculos de San Rafael, p. 2, en AGP, serie A.2, 40-1-1.

[5] Ibidem, pp. 2-3.

[6] Apuntes íntimos, n.º 913b (25-I1933). «La obra de San Rafael se comenzó con tres muchachos»: Instrucción para la obra de San Rafael, 9-I-1935, n.º 35, en AGP, serie A.3, 89-3-1 (en adelante, no ofreceremos esta referencia archivística para evitar repeticiones).

[7] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, I, p. 482, que cita unas palabras del fundador del año 1974. Quizá porque habían pasado cuatro décadas, Josemaría Escrivá menciona una custodia, pero, de acuerdo con sus anotaciones, no parece que la tuviera ese día: «Hice, después de la charla, exposición menor, y les di la bendición con el Señor»: Apuntes íntimos, n.º 913 (25-I-1933).

[8] Josemaría Escrivá de Balaguer, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, o. c., p. 488 (son palabras de una homilía del año 1967).