Afuera, en la fría noche de los campos de Belén, reinaba un profundo silencio.
Tan profundo era que casi podía sentirse el tic-tac del engranaje cósmico de planetas y estrellas, como un gran reloj, cuyas infinitas piezas se movían a velocidades y ritmos diversos, y que funcionaban con armoniosa exactitud.
El aire, fresco y puro, invitaba a ser inspirado y expirado lenta y profundamente, y traía consigo, aromas de la lejanía, que nunca antes habían sido percibidos.
La luna con su mano delicada, blanca, pálida, pintaba de magia árboles y campos.
De vita christiana
Alfonso García-Huidobro C.
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