La suave y dulce presencia del Dios Uno y Trino

Autor
Alfonso García-Huidobro C.
Publicación
Collationes.org

Contemplativos en medio del mundo.

Muchas personas al oír hablar de contemplación y de vida contemplativa casi instintivamente piensan en fenómenos místicos, visiones, éxtasis y signos sobrenaturales. No les falta razón, pues en la contemplación, especialmente en algunos momentos y cuando el alma llega a altas cimas de unión con Dios, suelen tener lugar ese tipo de fenómenos. Así lo vemos atestiguado en la vida y escritos de muchos santos. Pero no hemos de olvidar que aquello tan  sobrenatural, y al mismo tiempo, tan natural en la vida de los santos, no es la esencia de la santidad, sino una de sus muchas manifestaciones, diversas según la condición y circunstancias de cada persona. La santidad, por otra parte, la identificación con Cristo, es algo a lo que todos estamos llamados por expresa voluntad de Dios; de ahí que la contemplación, en el ámbito de nuestra oración, y la vida contemplativa, en el ámbito de nuestro quehacer -con más o menos manifestaciones sobrenaturales- sea también algo a lo que estamos llamados.

¿Cómo, entonces, iniciar esa contemplación y vivir así vida contemplativa, ahí donde estamos, en medio del mundo?

Es lo que veremos sucintamente a continuación.

Capacidad de admiración y silencio

Al tratar de la contemplación y de la vida contemplativa, cabe hacer una primera distinción que se refiere al objeto que se contempla. Hay en primer término una contemplación natural, por la cual el alma se recrea en la visión de la creación y de las criaturas, y luego, una contemplación, que podríamos llamar sobrenatural, cuando la mirada del espíritu se dirige a Dios, el Creador del cielo y de la tierra.

Para alcanzar la contemplación, sea natural como sobrenatural, es necesario crear unas condiciones interiores o espirituales que la hagan posible. Una de ellas, quizá la primera, es desarrollar la capacidad de admiración. Sí, la admiración que ha sentido el hombre desde siempre al contemplar la mar, o al observar la fuerza arrolladora de una tormenta, o al sentirse sumergido en la inmensidad de las infinitas estrellas, que descubre en el cielo de una noche limpia y transparente. Es la admiración por la belleza que está en la base de la inspiración y creación artística. Es también el impulso que el hombre ha sentido por desentrañar los misterios o enigmas de la realidad; la admiración por la verdad, que ha inspirado a filósofos y científicos a buscar las leyes del ser y de las fuerzas que rigen a los hombres y a los elementos que componen el universo. La capacidad de admiración permite experimentar un encuentro con lo trascendente: la persona por sí misma llega a la convicción de estar frente a algo o a alguien mucho mayor que ella y la humildad, tan necesaria para la contemplación, viene como una consecuencia natural y no como una actitud impuesta violentamente.

Otra condición importante para alcanzar la contemplación, es el silencio. El silencio tanto externo como interno. ¡Cuánto ayuda al recogimiento el estar y permanecer  en un lugar apacible y retirado! Y una vez que se ha logrado el silencio externo, cuánto más ayuda todavía el silencio interno: de ahí la importancia de protegerlo frente a todo aquello que amenace destruirlo, no pocas veces, las preocupaciones de la vida, tanto legítimas como vanas. Las preocupaciones legítimas, aunque sean legítimas y justificadas, suelen romper el silencio interior necesario para la contemplación o al menos enturbiarlo: pensemos, por ejemplo, en las preocupaciones originadas por obligaciones familiares, profesionales o sociales que hemos asumido. Por otra parte, las preocupaciones vanas, precisamente por ser vanas y superficiales, impiden la profundización de la mente  y la elevación del alma. Pensemos, en este sentido, en el inmenso mundo constituido por la imaginación o la fantasía no controladas; por la superficialidad, asociada a la incapacidad de concentración, es decir, la incapacidad de mantener la atención fija en un sólo objeto, por un tiempo más o menos prolongado; por el asalto de las pasiones, de modo especial la ira, la sensualidad y la envidia; por el remordimiento y la falta de paz respecto al pasado, o bien, el temor o la inseguridad en lo que se refiere al futuro; por la vanidad en sus diversas formas, especialmente en lo relacionado a la consideración de la opinión que los demás tienen de nosotros, o la preocupación por la imagen que proyectamos; por conflictos interiores hipotéticos con otras personas reales o ficticias; o simplemente, la distracción, debida a lo que se va a hacer, decir, comer o vestir….

¿Cómo superar esas distracciones? Las preocupaciones legítimas pueden superarse, cuando las responsabilidades y obligaciones que hemos asumido se ponen confiadamente en las manos de Dios -de modo especial en los momentos dedicados a la oración. No se trata de desentenderse irresponsablemente de todo aquello, o de dilatar innecesariamente la toma de decisiones, simplemente, se trata de abordarlas en el momento y con los medios oportunos.

¿Y las preocupaciones vanas, qué hacer con ellas? No hay más solución que entablar una decidida lucha ascética contras sus causas, ejercitando especialmente las virtudes de la templanza y de la pobreza, y, por otra parte, practicando el recogimiento de los sentidos externos e internos. Si no se tiene el hábito de recoger los cinco sentidos externos y también los sentidos internos (la memoria y la imaginación), resulta muy difícil librarse de los lazos que tienden los bienes materiales e internarse, luego, por caminos espirituales. Pensemos -por decirlo de modo gráfico- en la superficie de un lago en un día de quietud. El agua inmóvil refleja fielmente los colores y figuras presentes en el cielo. Aquello es como un verdadero espejo. Si se alza el viento, el agua se turba y se desdibuja toda imagen. Así el alma en la quietud…., puede reflejar fielmente los matices de verdad, bondad y paz, que contempla en el ser de Dios.

La búsqueda de Dios

Una vez creadas las condiciones que favorecen la contemplación - la capacidad de admiración y el silencio- es posible ya centrar la atención más particularmente en Dios y comenzar la búsqueda, que tiene como fin al mismo Dios. En este punto es conveniente advertir algo importante: quien ha iniciado la búsqueda es Dios, no nosotros. Nuestra búsqueda de Él es como una respuesta a lo que él ha iniciado. Toda la historia de la salvación, comenzando por la creación y pasando por la ley de Moisés, los salmos y los profetas, y llegando a la plenitud de los tiempos en Cristo, es la historia del Dios que se manifiesta y busca al hombre, para que el hombre a su vez lo busque, lo encuentre y lo ame. En esa historia de la salvación y revelación de Dios, el hombre descubre sucesivamente a cada una de las Personas Divinas, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, reveladas históricamente en ese orden. Ahora, la búsqueda de Dios que inicia el alma por medio de la contemplación tiene un desarrollo y crecimiento inverso: primero, el descubrimiento y trato con el Espíritu Santo que habilita para recordar y comprender la Palabra del Hijo; luego el Hijo, que es la Camino que lleva al Padre, y, por último el Padre que está en la gloria del cielo. Dios Padre, como fin, es lo primero en la intención, pero lo último en la ejecución.

Por eso se comprende la importancia inicial -y luego permanente- de la acción del Espíritu Santo en el alma, por medio de sus inspiraciones, pues el mismo Espíritu que condujo a Cristo al desierto e inspiró continuamente sus palabras y acciones, es el Espíritu que inspira al alma para que comprenda esas palabras y esas acciones, y viva según ellas, en las circunstancias históricas y personales, que le son propias e irrepetibles. Luego, no resulta difícil encontrar al Maestro y seguirle como discípulo: se descubre que Él es realmente Camino, Verdad y Vida. El conocimiento progresivo de la bondad de quien es perfecto Dios y perfecto Hombre, además de provocar un continuo asombro, mueve fuertemente al corazón a amarlo. Por ahora, baste decir que un modo eficaz de profundizar en ese conocimiento, es la meditación del Evangelio, entrando en las escenas como un personaje más, tal como lo aconseja San Josemaría en ADD, n. 253,2:

 Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones.

 

Unidad de vida y paciencia

La contemplación, por otra parte, es algo real que tiene causas y efectos reales, y no sólo un fenómeno intelectual o fruto de sugestión. De ahí que sea tan importante que la persona se esfuerce progresivamente, al paso de Dios, por llevar una conducta conforme a la santidad de aquello a lo que aspira y de lo que comienza a contemplar. No cabe contemplación en una persona que consiente en llevar una doble vida, o no lucha sinceramente, o se disipa en la tibieza.

Una vez creadas esas condiciones interiores y exteriores, llega el momento de la espera. La gracia de la contemplación no es como un derecho que se adquiere después de haber superado una serie de etapas y de haber cumplido determinados requisitos. La lucha personal y la búsqueda sincera de Dios son, ciertamente, necesarias, pero todo ello no es suficiente: el alma se ve enfrentada al misterio del don del Espíritu, que concede lo quiere, cómo quiere y cuándo quiere. Si la espera es humilde y paciente, y no se abandona por desánimo la lucha espiritual ante el aparente fracaso, no tardará en golpear a la puerta el Señor, tal como lo ha prometido.

El tiempo de la noche y el camino de infancia espiritual

Como una forma de materializar  lo que se ha dicho sobre la contemplación, puede resultar útil considerar brevemente un hábito ascético y una actitud o modo la vida interior que la posibilitan: el tiempo de la noche y el camino de infancia espiritual.

El tiempo de la noche ofrece unas condiciones particularmente favorables para la contemplación: el silencio y la ausencia de ocupaciones. Esas condiciones permiten que los sentidos externos e internos se recojan y que la mente y el corazón se centren intensa y exclusivamente en una sola cosa: Dios. El olvido del pasado y del futuro como consecuencia natural de fijar la atención en el Dios presente aquí y ahora, posibilita que el alma pueda entrar en un estado, por así decirlo, de presente continuo, de ensimismamiento amoroso. El alma está preparada y espera.

Por otra parte, si se alcanza el recogimiento aprovechando las buenas condiciones que ofrece el tiempo de la noche, y se hace de ello un hábito,  resultará más probable que se alcance ese recogimiento cuando las condiciones sean menos favorables: por ejemplo, durante la oración mental de la mañana cuando, de alguna manera, amenaza en el horizonte próximo el peso del trabajo que traerá el día; o bien, durante la oración de la tarde, cuando los afanes de la jornada se agolpan simultáneamente y la mente tiende a evadirse con ensueños y fantasías, fruto muchas veces del natural cansancio; o incluso aún en las condiciones menos favorables -siempre con respecto a las del tiempo de la noche- , del correr de la jornada, con todo su ajetreo y su ritmo muchas veces frenético.

Además, mirando las cosas desde el punto de vista práctico, si se vive bien el tiempo de la noche, se alcanza un  beneficio fisiológico: el de dormir el tiempo necesario y con la paz suficiente para reponer las fuerzas, y así poder, al día siguiente, trabajar y rezar sin el obstáculo del sueño o del cansancio.

Como ya hemos dicho, además del hábito ascético del tiempo de la noche, la vida de infancia resulta de gran provecho para la contemplación. En primer lugar, ella se adecúa plenamente a dos aspectos esenciales de la vida del discípulo de Cristo: ser hijos de Dios y hacerse como niños para poseer el reino de los cielos.

San Josemaría aconsejaba que para hacerse pequeños hay que creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños y rezar como rezan los niños. Y ¿cómo cree un niño? Un niño pequeño cree absolutamente cada palabra que dice su padre y la considera como verdad indiscutible, por el sólo hecho de haber sido pronunciada por él: no existe para el niño mayor autoridad en la tierra; ¿y el amor del niño? Es el amor total, sin sombra de temor, pues todavía no ha experimentado el dolor de la infidelidad, ni de la traición, ni se ha hecho cargo de las limitaciones de la persona que ama; es, por eso, el amor puro que se da y se manifiesta con profunda efusión, y que manifiesta su pureza en la transparencia de la mirada y de la sonrisa; ¿y el abandono? ¿Hay mejor imagen del abandono que un niño durmiendo en los brazos de su padre o en el regazo de su madre?; ¿y la petición de un niño, sus deseos, su oración? Un niño tiene grandes sueños y pide, habitualmente cosas imposibles, pues todavía no se ha hecho cargo del valor de las cosas, ni del esfuerzo que hay que hacer para conseguirlas, pero ¿qué padre no hace lo posible y lo imposible para que los sueños de su hijo se hagan realidad y así, el corazón del pequeño, todavía frágil, no se rompa por la desilusión? Los niños pequeños, por otra parte, mantienen intacta la inocencia: no han aprendido aún el arte de mentir, todavía no conspiran, ni pierden el sueño por la envidia.

En el camino de infancia espiritual, de la misma forma en como el niño habla e interroga casi sin interrupción a su madre (muchas veces hasta el agotamiento de la santa mujer), el alma habla con Dios en cada momento, sin necesidad de esperar y sin el temor a interrumpir, con una confianza desprovista de todo formalismo. Además, por otra parte, así como el niño pequeño se cae con frecuencia en sus correrías, se hiere y llora…, pero pronto se levanta y sigue corriendo lleno de alegría como si nada hubiese ocurrido, del mismo modo la persona que se hace pequeña…,  aprende a no tomarse demasiado en serio a sí misma, y asume con naturalidad su condición de pecador, de tal forma que al caer, no se queda derrumba en el suelo, sino que se levanta rápidamente, reconoce con sinceridad su falta, se duele de ella y pide humildemente perdón, y luego, vuelve con nuevos bríos y más experiencia a la lucha para no repetir su pecado.

En la escuela de la infancia espiritual, el alma contemplativa aprende del cariño y ternura inefables que descubre en el trato recíproco entre Jesús y su Madre Santísima. Esa ternura y ese afecto, del que se beneficia el alma, garantizan que la lucha ascética nunca sea descarnada o tan espiritualista, fría o seca, que falte aquello por lo que es precisamente humana y no angelical.

En medio del mundo y siempre

Finalmente, y para no extendernos demasiado, podemos preguntarnos: la comunicación de amor entre Dios y la persona, facilitada por la contemplación, ¿dónde y cuándo tiene lugar? Suele inciarse  en los tiempos dedicados exclusivamente a la oración, sea vocal, sea mental, y también en los momentos en los que se participa piadosa y activamente en la celebración litúrgica;  pero luego se extiende, poco a poco, a los innumerables escenarios en los se desarrolla la vida diaria. Crece como el pequeño grano de mostaza -tal como lo enseña el Maestro- de día y de noche, hasta alcanzar dimensiones insospechadas. Con el ejercicio, o mejor dicho, con la recepción de la gracia de la contemplación, se podrá experimentar, por último, continuamente y en todas partes, la suave y dulce presencia del Dios Uno y Trino.

Alfonso García-Huidobro C.