Comentarios al Evangelio en la Web [Tiempo de Navidad]

Autor
AA.VV
Publicación
OpusDei.org

Navidad
1.- Misa Vespertina de la Vigilia
Mt 1, 18-25 : María dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús
2.- Misa de Medianoche    
Lc 2, 1-14 : Hoy os ha nacido un Salvador    
3.- Misa de la Aurora    
Lc 2, 15-20 : Los pastores encontraron a María y a José y al niño
4.- Misa del Día    
Jn 1, 1-18 : El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros
Jn 1, 1-5. 9-14 : El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Sagrada Familia
El Domingo después de la Natividad del Señor tiene lugar la Fiesta de la Santa Familia de Nazaret.
Si la Natividad cae en Domingo, la Sagrada Familia se celebra el 30 de diciembre, pero sin Primeras Vísperas.

Sagrada Familia (Ciclo A) Mt 2, 13-15. 19-23 : Toma al niño y a su madre y huye a Egipto
Sagrada Familia (Ciclo B) Lc 2, 22. 39-40 : El niño iba creciendo, lleno de sabiduría  
Sagrada Familia (Ciclo C) Lc 2, 41-52  “Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel”. La Sagrada Familia representa una respuesta coral a la voluntad del Padre, son un ejemplo de docilidad. Cada día, tú y yo tenemos la oportunidad de aceptar la voluntad de Dios para nosotros y para nuestra familia.

Ferias del tiempo de Navidad

26 de diciembre: San Esteban protomártir (Mt 10,17-22) No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre
27 de diciembre: San Juan Apóstol “El otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro”. El discípulo amado sale corriendo para corroborar con sus ojos aquello que ya intuía en su corazón: que la muerte no podía ser más fuerte y definitiva que el amor de Jesús.
28 de diciembre: Santos Inocentes (Mt 2, 13-18) Herodes mandó matar a todos los niños en Belén

Día 5 de la Octava de Navidad (29 diciembre) Lc 2, 22-35 : robar pedacitos de cielo. “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación”. Como Simeón, también nosotros podemos ser 'ladrones' de esperanza, robar pedacitos de cielo, como decía san Josemaría, para aquellos que pasan un mal momento.
Día 6 de la Octava de Navidad (30 diciembre) Lc 2, 36-40 : la juventud de la profetisa Ana. “El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él”. A san Josemaría le alegraba contemplar la naturalidad con que el Hijo de Dios quiso vivir en la tierra, santificando todo el quehacer cotidiano, verdadero camino de santidad.
Día 7 de la Octava de Navidad  (31 diciembre) Jn 1, 1-18: El Verbo se hizo carne (otro comentario) “Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios”. Contemplar en estos días al Omnipotente hecho Niño, y acogerlo en nuestra vida con nueva generosidad, nos recuerda que hemos recibido la “potestad de ser hijos de Dios”.

1 enero   Santa María Madre de Dios Lc 2, 16-21 : Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús.  “María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón”. María es Madre de Dios porque escucha con un corazón atento y transforma la Palabra en vida divina.

Domingo 2 después de Navidad
Jn 1, 1-18: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria”. El Verbo eterno, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como cada uno de nosotros. No es un ser lejano, que contempla indiferente a los hombres: se encarnó para salvarnos, para que le amemos siempre.

Ferias del 2 al 7 de enero
2 de Enero (Jn 1, 19-28). El que viene detrás de mí
3 de Enero (Jn 1, 29-34). Este es el Cordero de Dios | 3 de enero: Santísimo Nombre de Jesús (Lc 2, 21-24)
4 de Enero (Jn 1, 35-42). Hemos encontrado al Mesías “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)”. Seguir al Señor no es un deber o cumplir unas normas. Es la lógica consecuencia de un corazón que se siente amado y que necesita compartirlo y contagiarlo a los demás.
5 de Enero (Jn 1, 43-51). Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel “En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre”. Los cristianos estamos llamados a amar a Dios sobre todas las cosas y, en consecuencia, a mostrar a los demás la belleza de este don que nos invade y nos llena.
6 de Enero (Mc 1, 6b-11). Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco
7 de Enero (Jn 2, 1-12). Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea

Epifanía
En algunos lugares esta solemnidad se celebra el Domingo que coincide con el 7 u 8 de enero
Mt 2, 1-12 : Venimos a adorar al Rey

7 de Enero (Mt 4, 12-17. 23-25). Está cerca el reino de los cielos “Ha visto una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido”. Los sabios de Oriente estuvieron atentos a los signos y encontraron a Jesús. Sólo un corazón limpio y lleno de nobles deseos puede escuchar la Palabra de Dios y encontrarse con la luz del mundo.
8 de Enero (Mc 6, 34-44). Al multiplicar los panes Jesús se manifiesta como profeta “Dadles vosotros de comer”. Jesús nos recuerda que su petición de dar de comer a los hambrientos atañe a todos los cristianos. A nosotros nos compete ver cómo hacer eso realidad en el día a día, con nuestras palabras y con nuestras obras.
9 de Enero (Mc 6, 45-52). Lo vieron andar sobre el mar
10 de Enero (Lc 4, 14-22a). Hoy se ha cumplido esta Escritura
11 de Enero (Lc 5, 12-16). Y enseguida la lepra se le quitó
12 de Enero (Jn 3, 22-30). El amigo del esposo se alegra con la voz del esposo

Bautismo del Señor
Ciclo A: Mt 3, 13-17: Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él
Ciclo B: Mc 1, 7-11: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco
Ciclo C: Lc 3, 15-16. 21-22: “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Dios ha querido que seamos parte de su familia. Con nuestra Madre Santa María pidamos ser conscientes de la maravilla del bautismo, que nos hace ser hijos de Dios.

En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.
Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo:
— No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.
De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace».

Comentario
El feliz anuncio a los pastores sigue resonando en nuestros oídos, año tras año, sin que lleguemos a acostumbrarnos. Nuestro corazón se llena de nuevo de alegría al escuchar el relato del nacimiento del Hijo de Dios, como si fuera la primera vez. El viaje de Nazaret a Belén, María a punto de dar a luz, José en busca de un lugar para el parto, el Niño que nace, los pañales y el pesebre, el anuncio a los pastores, y su apresurada visita. Todo parece nuevo en esta nueva Navidad.
San Lucas encuadra el nacimiento de Jesús dentro de la historia del mundo. El emperador Augusto había logrado instaurar en sus enormes dominios un largo periodo de paz, conocida como la Pax Augusta, pero fue después de muchas guerras, de muchos sometimientos, de mucha esclavitud. Por eso, aquel “primer empadronamiento” podía parecer un gesto de orgullo por parte de la autoridad, pero de ello se sirvió Dios para que se cumplieran las Escrituras, pues estaba escrito por medio del Profeta que en Belén de Judá había de nacer el Mesías (cf. Mt 2,5). El viaje de José con su esposa encinta, no exento de riesgos, era un acto de obediencia humana, pero sirvió de cauce para que María y José obedecieran a Dios, plenamente confiados en que todo saldría bien. Probablemente, José pasó por el agobio ante la dificultad para encontrar el lugar más apropiado para aquel virginal alumbramiento. Pero su fortaleza, serenidad y confianza en Dios se impusieron para que María pudiese dar a luz “a su hijo primogénito”, “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8,29), en un lugar aparentemente poco apropiado para Dios, un pesebre, un rincón desconocido de una de las provincias de ese gran imperio. Pero la diligencia de José y la presencia de María convirtieron aquel pobre lugar en el más digno no solo de aquel imperio sino de toda la tierra. Hasta los animales de aquel establo participaban de aquel prodigio: “Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre de su dueño”, dice el profeta Isaías.
Pero de pronto, el cielo se abre, la gloria de Dios es incontenible, y se manifiesta no a los grandes de la tierra sino a unos pastores. Eran hombres quizá rudos, poco valorados en aquella sociedad, pero fueron los elegidos por Dios para ser testigos directos del gran acontecimiento. Quedaron deslumbrados y atemorizados por el anuncio que venía del ángel, y por la muchedumbre de la corte celestial que alababa a Dios. Conocerían quizá las profecías que hablaban del Mesías que había de nacer en la ciudad de David: “Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser dominador en Israel” (Miqueas 5,2). Sin embargo, no podían imaginar que aquella noche, en aquellos contornos que ellos tan bien conocían por su trabajo, iba a cumplirse aquella divina promesa. Dios los miró con complacencia por su buena voluntad, por su condición humilde. Superado el temor inicial ante tan inesperada visita, se llenaron de una alegría y paz que jamás habían experimentado. Se cumplieron en ellos las palabras del profeta que escuchamos en la primera lectura de la misa de esta noche: “Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría” (Isaías 9,2).
Para poder participar del gozo del nacimiento del Salvador, necesitamos mirar a María y a José, a los pastores, y admirarnos como lo haría un niño, lleno de asombro. Iremos también nosotros a adorar al Niño y aprenderemos las lecciones de la “cátedra de Belén”, como le gustaba a San Josemaría referirse a este misterio. Quizá la lección que más hay que aprender hoy es la humildad, la de saberse pequeños delante de Dios, y así se cumplirán en nosotros las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37). Hoy el niño es Jesús, el enviado del Padre. Acojámosle.
Josep Boira

 

 

Sagrada Familia
Comentario del domingo de la Octava de Navidad, fiesta de la Sagrada Familia (Ciclo B).
Evangelio (Lc 2,22-40)

Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.
Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:
— Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz,
según tu palabra:
porque mis ojos han visto
tu salvación,
la que has preparado
ante la faz de todos los pueblos:
luz para iluminar a los gentiles
y gloria de tu pueblo Israel.
Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.
Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre:
—Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción —y a tu misma alma la traspasará una espada—, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.
Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.

Comentario
Varias escenas de la infancia de Jesús recopiladas por san Lucas componen el evangelio de la solemnidad de la Sagrada Familia de este año. En estos pasajes parecen reverberar los amorosos recuerdos de la Virgen María. Cuando Jesús era apenas un recién nacido y cumplidos los días de purificación ritual de la madre, fueron a presentar al Niño al Templo. María y José debían pagar el rescate de Jesús por ser el hijo primogénito y ofrecer el sacrificio de purificación ritual para su madre. La Sagrada Familia es pobre y por eso presenta dos tórtolas.
La narración se enmarca en el ámbito del Templo de Jerusalén, al que la Sagrada Familia solía acudir devotamente, como menciona el propio Lucas un poco después (cfr. Lc 2,41). Al menos dos de esos viajes a Jerusalén y al Templo debieron grabarse especialmente en la memoria de la Sagrada Familia: la escena de la presentación, y cuando María y José perdieron al Niño con 12 años.
En el episodio de hoy, destaca la presencia de la profetisa Ana, que en aquel mismo momento alababa a Dios y hablaba de Él a la gente piadosa que esperaba la redención. También resalta el canto gozoso de Simeón y sus importantes vaticinios acerca del Niño, quien sería signo de contradicción para el mundo, y acerca de la Virgen, a cuya alma pura atravesaría una espada.
El día de la presentación de Jesús estuvo bañado por tanto de un claroscuro de alegría y dolor. En cierto sentido, la sombra de la futura cruz se proyectaba anticipadamente sobre los corazones de María y José; aunque la luz pascual de la salvación también se vislumbraba y era cantada y divulgada por mujeres y hombres de Dios.
En toda la escena la Sagrada Familia aparece como modelo de virtud y vida familiar corriente. Por un lado, Lucas señala hasta tres veces que todo lo hicieron “según la ley del Señor”. Esta expresión subraya la piadosa docilidad de la Sagrada Familia a las disposiciones mosaicas. También la Sagrada Familia acudió a Belén para empadronarse, manifestando su docilidad a la autoridad civil. Son lecciones de humildad y obediencia para cumplir por nuestra parte lo que dispone la autoridad competente y legítima, tanto religiosa como civil.
Después Lucas cuenta, en un breve sumario, lo que puede ser un recuerdo muy propio de unos padres que observan con gozo y asombro cómo un niño crece y madura rápidamente. Todo en la infancia de Jesús y en la vida de la Sagrada Familia discurriría con sencillez y naturalidad. Su manera fiel de cumplir la ley de Dios cuando iban al Templo se reflejaría también en toda su vida ordinaria, en su trato con los demás, en su manera de trabajar y descansar y hasta en su porte externo.
“Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino —decía san Josemaría—. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo”[1].

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 14.

Pablo M. Edo

 

Sagrada Familia (Ciclo C: Mt 2, 13-15. 19-23).

Evangelio (Mt 2, 13-15. 19-23)

 

Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apreció en sueños a José y le dijo "Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo". José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, s e fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: "De Egipto llamé a mi hijo". Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo "Levántate", coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño". Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.

Comentario

Hoy celebramos en toda la Iglesia la fiesta de la Sagrada Familia. Qué maravilla que Dios haya querido encarnarse en una familia.

Jesús nos enseñó que Dios no es que sea como una familia, sino que Dios es una familia en sí mismo. Son las familias en la tierra, aquellas que imitan el modo de ser de Dios. Dios es uno y es trino. Dios Padre engendra al Hijo. Y fruto de este Amor entre el Padre y el Hijo, surge el Espíritu Santo. Este es el misterio de la Santísima Trinidad, revelado por Cristo a los hombres. Por tanto, en Dios está la paternidad, la filiación y el amor incondicional. Todos los elementos de una familia.

Nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. No es casualidad que Dios haya querido, darnos una naturaleza humana que sea semejante a la suya. No es casualidad que el hombre necesite una familia.

Chesterton decía que cuando ingresamos en una familia, entramos en un mundo incalculable, que no hicimos nosotros, un auténtico cuento de hadas donde la aventura suprema es nacer. La familia es el lugar en el que eres amado sólo por el hecho de formar parte de ella, no depende ni de lo que haces, ni de lo que produces o una determinada cualidad. Los padres aman a los hijos por el hecho de ser sus hijos. Una madre o un padre hacen lo que sea por sus hijos, son queridos incondicionalmente.

Y si esto es verdad para cada familia, cuánto más lo es para la Sagrada Familia de Nazaret. Meditemos un momento sobre cómo es la familia de Jesús.

Miremos la docilidad” de María a los planes de Dios. El Espíritu Santo le pide que se convierta en la Madre del Mesías, y cuándo es llamada Dios para esta misión, no duda en proclamarse su "sierva". El Papa Francisco señaló en una audiencia que Jesús exalta la grandeza de Su madre, y lo hace “no tanto por su papel de madre, sino por su obediencia a Dios” María siempre se pone a disposición de Dios, siempre reza, reflexiona y da gloria a Dios.

También José destaca por su obediencia a los planes de Dios. Es sorprendente comprobar en este Evangelio, como José no dice ni una palabra. En cambio, no para de hacer aquello que se le ordena. Se fía totalmente de Dios. No habla, sino que actúa poniendo a salvo a su familia. Tuvieron que exiliar a un país extranjero, abandonar su propia tierra.

¿Y qué decir de la obediencia de Jesús? “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4, 34) O en el huerto de los "Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, que se cumpla tu voluntad" (Mt 26,42). Jesús es el ejemplo de una vida entregada por Amor, de una obediencia absoluta a los planes de Dios.

La Sagrada Familia de Nazaret representa "una respuesta coral a la voluntad del Padre”, dice el Papa Francisco. Y esta es una de las grandes enseñanzas de este Evangelio: la felicidad viene de cumplir la voluntad de Dios. Y todos los días, estamos en disposición de cumplirlo.

Hoy es un buen día para rezar por nuestra familia y por todas las familias que padecen sufrimientos, dificultades o persecución. Imploramos la protección divina. Que no olvidemos que no se trata de no sufrir en esta vida, sino de aceptar la voluntad de Dios para nosotros y para nuestra familia. El ejemplo de la docilidad de la Sagrada Familia de Nazaret nos ayudará en esta tarea.
Pablo Erdozain

 

1 de enero: Santa María, Madre de Dios.

 “María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón”. María es Madre de Dios porque escucha con un corazón atento y transforma la Palabra en vida divina.

Evangelio (Lc 2,16-21)

Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño.

Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.

Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno.

Comentario

Ser madre siempre es un plan de Dios. Pero ser la Madre de Dios estaba pensado solo para una mujer en la historia, María de Nazaret.

El evangelio de hoy nos revela algo sobre el misterio de la maternidad divina de María. No sabemos cómo Jesús fue concebido materialmente, como actuó el Espíritu Santo, pero sabemos cómo Jesús entendía lo que suponía ser su Madre: “Quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). Así el Hijo de Dios aclara que María es su Madre más por ser dócil al querer de Dios que por todas las tareas naturales de una madre.

Y ¿qué hace quien hace la voluntad de Dios? En los acontecimientos de la Navidad muchos oyen palabras divinas, como los pastores el anuncio de los ángeles o Zacarías la predicción de Gabriel, pero María hace algo más, ella “guarda todas estas cosas y las pondera en su corazón”. Se trata de una actitud que encontramos otras veces en María (cf. Lc 2,51).

Algunos artistas representan la escena de la anunciación como la Palabra de Dios que entra en el oído de María. Durante siglos en la antigüedad y la Edad Media tuvo especial difusión la creencia que la Virgen habría concebido a Jesucristo por el oído.

Esta actitud específica de nuestra Madre nos invita a renovar el deseo, al principio de un nuevo año, de acercarnos a la Palabra como algo que genera vida divina en nosotros y a nuestro alrededor. A veces será una frase de una lectura de la Misa, otras veces un salmo o un versículo del Evangelio leído antes de ir a la cama.

Una vez, a una mujer que escuchaba a Jesus le brotó del corazón una alabanza al vientre que le había llevado, pero el Maestro había replicado: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28).

Si intentamos escuchar con atención lo que Dios nos dice y lo ponemos por obra, nos llenaremos de maravilla como los pastores y toda nuestra vida será para la gloria de Dios.

Comentario al Evangelio: En el principio era el Verbo
Evangelio del domingo segundo después de Navidad (Ciclo A-C) y comentario al evangelio. “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria”. El Verbo eterno, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como cada uno de nosotros. No es un ser lejano, que contempla indiferente a los hombres: se encarnó para salvarnos, para que le amemos siempre.

Evangelio (Jn 1,1-18)
En el principio existía el Verbo,y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.
No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció.
Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.
Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.
Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y clama: “Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’”.
Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia.
Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.

Comentario
En estas fiestas de Navidad estamos meditando con gozo los relatos, llenos de colorido, con que los Evangelios nos hablan del nacimiento de Jesús. Pero también se presentan a nuestra consideración textos como el de hoy, que nos invita a elevarnos por encima de los detalles anecdóticos y pintorescos, para contemplar lo que implica el misterio del Nacimiento de Jesucristo y comprender mejor su significado y las consecuencias que tiene para nuestra vida. Estamos ante un texto admirable, donde se sintetizan armónicamente los fundamentos de nuestra fe.
“En el principio existía el Verbo”: El Verbo (o la Palabra) no es una criatura, sino alguien que existía desde toda la eternidad. “Y el Verbo estaba junto a Dios (ho Theós)”: se trata, pues, de una persona distinta de aquella a la que en el texto griego se denomina ho Theós, con artículo, y que se refiere al Padre, origen de todo. Pero esa persona, distinta del Padre, también desde el principio “era Dios” (v. 1), compartía su misma naturaleza. El texto del Evangelio nos va introduciendo así en la intimidad de la Trinidad: una única naturaleza divina, en la que hay una distinción de personas. De momento, se nos habla de aquella de la que todo procede (ho Theós), y del Verbo.
A continuación, rememorando el capítulo primero del libro del Génesis, el relato de la creación del mundo en siete días, se explicita lo que allí se decía de modo sencillo, pero muy profundo. En ese relato, cada uno de los días se inicia así: “Dijo Dios… (haya luz, haya firmamento, brote la tierra hierba verde, etc.)”, y lo que Dios dice, inmediatamente se hace: “y así fue”. Es decir, Dios crea todo cuanto existe articulando su Palabra, mediante su Verbo. Por eso ahora se indica que “todo se hizo por él (por el Verbo), y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (v.3).
Pues bien, y aquí está lo más grandioso de lo que Dios quiso hacer en la plenitud de los tiempos, la novedad sorprendente e inaudita, “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (v. 14a). Esa persona divina que es el Verbo asumió una naturaleza humana, de modo que, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como cada uno nosotros. Se encarnó en una persona concreta y tangible: Jesús. Las palabras del evangelio de Juan tienen toda la fuerza del testigo ocular: “hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (v.14b). “No es la palabra erudita de un rabino o de un doctor de la ley –señala Benedicto XVI–, sino el testimonio apasionado de un humilde pescador que, atraído en su juventud por Jesús de Nazaret, en los tres años de vida común con él y con los demás Apóstoles, experimentó su amor –hasta el punto de definirse a sí mismo ‘el discípulo al que Jesús amaba’–, lo vio morir en la cruz y aparecerse resucitado, y junto con los demás recibió su Espíritu. De toda esta experiencia, meditada en su corazón, san Juan sacó una certeza íntima: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal”[1].
Todo esto nos muestra, como lo hace notar san Josemaría, que “el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima”[2].
En todos los momentos de su vida, también como niño en el pesebre de Belén, Jesús nos da a conocer la bondad, sabiduría, misericordia, ternura y grandeza de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer” (v. 18).

[1] Benedicto XVI, Ángelus 4 de enero de 2009
[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

Francisco Varo

 

Comentario de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
Evangelio (Lc 2,16-21)

Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño.
Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.
Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno.

Comentario
Ser madre siempre es un plan de Dios. Pero ser la Madre de Dios estaba pensado solo para una mujer en la historia, Maria de Nazaret.
El evangelio de hoy nos revela algo sobre el misterio de la maternidad divina de Maria. No sabemos cómo Jesús fue concebido materialmente, como actuó el Espíritu Santo, pero sabemos cómo Jesús entendía lo que suponía ser su Madre: “Quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). Así el Hijo de Dios aclara que Maria es su Madre más por ser dócil al querer de Dios que por todas las tareas naturales de una madre.
Y ¿qué hace quien hace la voluntad de Dios? En los acontecimientos de la Navidad muchos oyen palabras divinas, como los pastores el anuncio de los ángeles o Zacarías la predicción de Gabriel, pero Maria hace algo más, ella “guarda todas estas cosas y las pondera en su corazón”. Se trata de una actitud que encontramos otras veces en Maria (cf. Lc 2,51).
Algunos artistas representan la escena de la anunciación como la Palabra de Dios que entra en el oído de Maria. Durante siglos en la antigüedad y la Edad Media tuvo especial difusión la creencia que la Virgen habría concebido a Jesucristo por el oído.
Esta actitud específica de nuestra Madre nos invita a renovar el deseo, al principio de un nuevo año, de acercarnos a la Palabra como algo que genera vida divina en nosotros y a nuestro alrededor. A veces será una frase de una lectura de la Misa, otras veces un salmo o un versículo del Evangelio leído antes de ir a la cama.
Una vez, a una mujer que escuchaba a Jesus le brotó del corazón una alabanza al vientre que le había llevado, pero el Maestro había replicado: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28).
Si intentamos escuchar con atención lo que Dios nos dice y lo ponemos por obra, nos llenaremos de maravilla como los pastores y toda nuestra vida será para la gloria de Dios.
Giovanni Vassallo

 

 


Día quinto (29 de diciembre) de la octava de Navidad.

Evangelio (Lc 2, 22-35)

Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:
- Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.
Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.
Simeón los bendijo y le dijo a María su madre:
- Mira, éste ha sido puesto para la ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.
Comentario
Simeón vivía en la esperanza. ¡Qué preciosa virtud! Uno de los más excelsos dones que Dios nos da cuando nos bautizan. Pone en nuestra alma la capacidad de esperar con certeza todo lo que necesitamos, porque el Señor nos ama como a hijos muy queridos. El hombre es un ser de deseos. Mientras vive en la tierra, vive con el deseo de alcanzar el bien, la felicidad, porque hemos sido creados para Dios, sumo bien y fuente de felicidad infinita. Vivimos en la esperanza y ella da alas a la fe y al amor. Por el contrario, quien no pide a Dios que acreciente la esperanza y no la cultiva, con facilidad cae presa del desánimo y va hundiéndose en los remolinos de la vida. Una persona sin esperanza vive confinada en el desamor. Tenemos que ser 'ladrones' de esperanza, robar pedacitos de cielo, como decía san Josemaría, para aquellos que pasan un mal momento. Pedir al Señor, con la intercesión de la Virgen, Spes nostra, que lleve la luz de la esperanza a todos los corazones.
Todos los que intervienen en la escena van al Templo llevados por Dios: Simeón, movido por el Espíritu; María y José para cumplir un precepto de Moisés, que es un precepto divino. Dejar que Dios nos lleve, ir con Él a todas partes y llevarlo a todos: así cumpliremos nuestra misión en la Tierra y alcanzaremos la dicha del Cielo.
María y José se admiran de las cosas que Simeón dice del recién nacido, porque Dios, mediante las palabras del anciano, les revela cosas nuevas: que el niño será signo de contradicción en Israel y que una espada atravesará el alma de María, profetizando el seguimiento y rechazo de Cristo por sus contemporáneos, y, veladamente, la pasión y muerte del niño Dios. De nuevo los corazones de María y José pronuncian un sí a la voluntad de Dios, aunque el anuncio sea gozoso y doloroso a un tiempo, pues saben que Jesús es el Salvador del mundo.
Miguel Ángel Torres-Dulce

 

 

Día sexto (30 de diciembre) de la octava de Navidad.
Evangelio (Lc 2, 36-40)

Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaban de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.

Comentario
Una primera consideración, sobre algo que parece muy secundario en este relato del Evangelio, es la edad de Ana. Se nos dice, que había cumplido ya ochenta y cuatro años. Suele ser corriente pensar que la mejor etapa de nuestra vida es la juventud o el tiempo en el que hemos desempeñado con éxito nuestra profesión y lamentarnos nostálgicamente del paso de los años. Incluso podemos sentir cierto desprecio por los ancianos y considerarlos personas poco útiles o verlos como una carga. El evangelio de hoy nos enseña todo lo contrario. Lo mejor de la larga vida de esta mujer, viuda desde muy joven, ocurre al final de su existencia: el encuentro con la Sagrada familia y conocer al Salvador del mundo. A sus 84 años se convierte en apóstol de Cristo y habla de la llegada del Redentor a todos los que esperaban la redención de Israel. Los muchos años no son un obstáculo para recibir la llamada de Dios y cumplir nuestra misión en el mundo.
Una vez que María y José presentaron al niño en el Templo, tal y como prescribía la ley de Moisés, volvieron a su casa, a su hogar en Nazaret, para continuar viviendo como una familia más. A San Josemaría le alegraba contemplar la naturalidad con que el Hijo de Dios quiso vivir en la tierra, sobre todo en los treinta años de vida oculta en Nazaret y nos hablaba de la grandeza de la vida corriente, de cómo los quehaceres cotidianos se podían santificar y resultaban un verdadero camino de santidad por el que podían caminar los cristianos corrientes.
Concluye el pasaje del Evangelio que contemplamos hoy, diciendo que el niño crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él. Es lo que pedimos al Señor, para cada uno de nosotros al terminar la contemplación de este pasaje del Evangelio: que el Espíritu Santo nos fortalezca en las tribulaciones e ilumine nuestros pensamientos con su sabiduría, para que aprovechemos las abundantes gracias que recibimos del Señor.
Miguel Ángel Torres-Dulce

 

 

a las cuatro de la tarde
Comentario del lunes de la 2º semana de Navidad.
Evangelio (Jn 1,35-42)

 

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»
Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»
Él les dijo: «Venid y lo veréis.»
Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)».
Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)».

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El evangelio que la Iglesia nos propone considerar hoy narra la vocación de los primeros discípulos, entre ellos, la del propio Juan. La llamada de Dios para seguirle es un momento de especial gracia, que inunda de lleno el corazón del apóstol. De hecho, aunque el texto fuese escrito a final de su vida, san Juan deja constancia de la hora exacta en la que se produjo ese encuentro con Jesús.
Comentando esta escena, san Josemaría resalta que Juan “narra aquella primera conversación con el encanto de lo que nunca se olvida. Maestro, ¿dónde habitas? Díceles Jesús: Venid y lo veréis. Fueron, pues, y vieron donde habitaba, y se quedaron con Él aquel día. Diálogo divino y humano que transformó las vidas de Juan y de Andrés, de Pedro, de Santiago y de tantos otros, que preparó sus corazones para escuchar la palabra imperiosa que Jesús les dirigió junto al mar de Galilea”[1].
Este episodio nos muestra una vez más cómo la llamada a seguir al Señor va unida a la misión de dar a conocer al que ellos han visto y conocido. No se trata de un deber o de una imposición, es la lógica consecuencia de un corazón que se siente amado y que necesita compartirlo y contagiarlo a los demás.
[1] S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 108).
Pablo Erdozáin

 


Evangelio del martes: debajo de la higuera te vi
Comentario del martes de la 2º semana de Navidad.
Evangelio (Jn 1,43-51)

En aquel tiempo, determinó encaminarse hacia Galilea y encontró a Felipe. Y le dijo Jesús:
— Sígueme.
Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo:
— Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José.
Entonces le dijo Natanael: — ¿De Nazaret puede salir algo bueno?
— Ven y verás — le respondió Felipe.
Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:
— Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.
Le contestó Natanael: — ¿De qué me conoces?
Respondió Jesús y le dijo: — Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.
Respondió Natanael: — Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Contestó Jesús:
— ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.
Y añadió:
— En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.

Comentario
El evangelio que la Iglesia nos invita a considerar hoy es la continuación del que se proponía para ayer. El Señor continúa llamando a sus apóstoles y hoy es el turno de Felipe y de Natanael, que luego será conocido como Bartolomé.
Al igual que sucedió con Andrés, que fue enseguida a contar a su hermano Pedro su encuentro con Jesús, hoy es Felipe quien, después de ser amado y llamado por el Maestro, corre a decírselo a su amigo Natanael. Y es que la Sagrada Escritura está llena de ejemplos de personas que ejercieron de mediadores para el encuentro de otros con el Señor.
En una sociedad como la actual, estos ejemplos de mediadores entre Dios y las personas nos pueden ayudar a llenarnos de confianza en la fuerza salvadora que tiene Dios sobre el mundo y sobre cada uno de nosotros.
Los cristianos estamos llamados a amar a Dios sobre todas las cosas y, por tanto, a mostrar la belleza de este don que nos invade y nos llena. Pero no podemos olvidar que es el Señor el único que puede mover los corazones y que lo hace como quiere y cuando quiere, contando siempre con la libertad de cada uno.
Con Natanael, “un verdadero israelita en quien no hay doblez” (v. 47), el Señor lo logra gracias a un comentario misterioso que llega a lo más profundo de su ser. No sabemos qué ocurrió debajo de la higuera –Felipe probablemente tampoco lo sabría– pero Natanael sí. El Señor nos conoce mejor que nosotros mismos y Él, Señor del tiempo, sabe cuándo y de qué manera tocar el corazón de cada persona.
Pablo Erdozáin

 


6 de enero: Epifanía del Señor
Comentario de la Solemnidad de la Epifanía del Señor.
Evangelio (Mt 2,1-12)

 

Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando:
— ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.
Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.
— En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta:
Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.
Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles:
— Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.
Comentario
En la solemnidad de la Epifanía del Señor, la Iglesia celebra con gozo la manifestación de Jesús como Hijo de Dios, que ha nacido para traer al mundo la Salvación. En el marco del tiempo de la Navidad en el que nos encontramos, la Adoración de los Magos al Niño nos ofrece otra posibilidad más para seguir penetrando en el misterio de quién es ese niño que nació en una aldea recóndita de Israel hace veinte siglos y que, sin embargo, continúa brillando con una luz que no se puede apagar en los corazones de tantas personas.
En el evangelio de hoy hay un elemento que llama poderosamente la atención: la estrella que guía a los Magos desde Oriente hasta Belén. Los intentos de identificar esta estrella como un cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios. Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en las Escrituras de Israel (En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta) para encontrar al verdadero Dios[1].
En cualquier caso, la luz propia y el movimiento de esta estrella condujo a los Magos hasta Jesús, como solemos representarla en los nacimientos. Más adelante, después de sortear las argucias de Herodes, los Magos por fin encontraron al Niño con su Madre, y la estrella pasó a un segundo plano pues su misión ya había sido completada. Lo que ahora tenían delante los Magos ya no era un elemento cósmico espectacular, sino un sencillo niño –en apariencia normal y corriente– ante el que se postraron y le ofrecieron oro, incienso y mirra.
Si escucháramos este relato por primera vez, seguro que nos sorprendería la diferencia tan grande que hay entre el medio empleado por los Magos (la estrella que les acompaña y les guía) y el fin que logran (encontrar a un niño). Precisamente, esta diferencia sustancial nos puede ayudar a introducirnos más en el misterio de quién sería ese Niño que viene precedido, no solo de un astro brillante, sino también de numerosas profecías que hablaban ya de Él.
Los Magos, como escribía san León Magno, representan a toda la humanidad, que desde aquel momento recibió la llamada a la Salvación precisamente a través de ese pequeño Niño: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (…). Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel»[2].
La estrella, con su luz y su movimiento, precedió al Niño, que es la Luz y el Movimiento en sí mismo, porque «todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3).
La experiencia de acudir a un lugar tranquilo, de noche, en un día despejado, acomodarse para mirar hacia arriba con paz y contemplar el firmamento durante un momento nos llena de paz. Aunque no se tengan demasiadas nociones de astrología, es fácil quedarse embelesado con la cantidad de luces que brillan en el cielo. Mirar las estrellas nos puede ayudar a salir de nuestros asuntos cotidianos, a los que con frecuencia concedemos demasiada importancia.
Sin embargo, aunque mirar al cielo puede ayudarnos a despertar, la verdadera estrella del mundo y de la Historia, la que es origen y da sentido a las demás, está mucho más cercana a nosotros de lo que lo están los demás astros del firmamento. Jesús, en el pesebre o en brazos de su Madre, desea llenarnos con su luz, que nunca se apaga, para que también nosotros podamos ser estrellas que le ayuden a llenar el mundo y la Historia con su claridad. Y esto es lo que celebramos en la fiesta de hoy y en todo el tiempo de Navidad, que Dios se ha hecho hombre para salvarnos, por pura gratuidad de su amor.

[1] Cfr. Nota a Mt 2,1-12, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona.
[2] San León Magno, Sermo 3 in Epiphania Domini 2.
Pablo Erdozáin

 


Evangelio del jueves: la fuerza del Evangelio
Comentario del jueves después de Epifanía.
Evangelio (Mt 4,12-17.23-25)

Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí
en el camino del mar,
al otro lado del Jordán,
la Galilea de los gentiles,
el pueblo que yacía en tinieblas
ha visto una gran luz;
para los que yacían en región
y sombra de muerte
una luz ha amanecido.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:
—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria; y le traían a todos los que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curaba. Y le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.

Comentario
Ayer celebrábamos la Epifanía del Señor. Unos sabios de Oriente, habiendo advertido la estrella del Rey de los judíos, se decidieron a salir en busca de la Luz del mundo. La encontraron en un humilde lugar: Belén. Y supieron reconocerla. El profeta Isaías había hablado mucho de esa Luz que disiparía toda tiniebla y haría realidad las esperanzas más profundas que anidan en todo corazón humano. El evangelio de la misa de hoy nos vuelve a hablar de esa Luz, Jesús, que se establece en la Galilea de los gentiles, en Cafarnaún, para iluminar así a los que yacían en tierra de muerte.
La luz es condición de vida. Y esa constatación natural nos habla de una realidad que va más allá de lo meramente natural. En Galilea se había adorado a dioses paganos. Pero esos dioses eran incapaces de dar la vida, de traer luz, de saciar los corazones. La ausencia del Dios verdadero, del Dios vivo, siempre sumerge en una oscuridad que, aunque tenga apariencia de luz, en realidad lo que hace en encerrar en uno mismo. Cristo vino a mostrarnos el camino de la vida, y lo hizo con signos y palabras, con las curaciones, símbolo de una nueva vida que deja atrás las limitaciones de la enfermedad y la muerte, y con la fuerza del Evangelio.
Navidad es un tiempo especialmente adecuado para enfocar lo determinante, la Luz que vemos en Belén, y a relativizar todo lo demás, a apagarlo, como cuando en una iglesia la luz más importante se proyecta sobre el sagrario. Allí está el alimento que transforma, que da la Vida. En la Palabra proclamada en la Santa Misa experimentamos la fuerza del Evangelio, que abre los corazones, que ilumina las mentes, que fortalece la voluntad, que llena de esperanza, que nos empuja a la caridad. Se trata de una Palabra que, con apariencia humilde, encierra toda la fuerza divina. Los sabios de Oriente estuvieron atentos a los signos y encontraron la Luz. Y atención es conversión. A eso se nos invita hoy. Sólo un corazón limpio y lleno de deseos puede, al escuchar la Palabra, encontrarse con la Luz que en ella le sale al encuentro.
Juan Luis Caballero

 

Evangelio del viernes: el verdadero alimento
Comentario del viernes después de Epifanía.
Evangelio (Mc 6,34-44)

Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Y cuando ya se hizo muy tarde, se acercaron sus discípulos y le dijeron:
—Éste es un lugar apartado y ya es muy tarde; despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos de alrededor, y compren algo de comer.
Y les respondió:
—Dadles vosotros de comer.
Y le dicen:
—¿Es que vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?
Él les dijo:
—¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.
Y después de averiguarlo dijeron:
—Cinco, y dos peces.
Entonces les mandó que acomodaran a todos por grupos sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y empezó a dárselos a sus discípulos para que los distribuyesen; también repartió los dos peces para todos. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestos llenos de los trozos de pan y de los peces. Los que comieron los panes eran cinco mil hombres.
Comentario
Jesús sale al paso de la necesidad. Dios nos ha creado de tal forma que la misma dinámica de nuestra vida nos recuerde que somos seres esencialmente necesitados: de alimento, de educación, de cariño, de descanso. Todo lo que ha salido de las manos de Dios es para nosotros pedagogía. Las ovejas sin un pastor están perdidas. Las personas, sin alguien que les dé el alimento que es fuerza y guía de sus vidas, también están perdidas. Jesús ha venido a traernos ese alimento: en él encontramos el sentido de nuestra vida; gracias a él las tinieblas que nos impedían reconocernos con claridad se disipan. Del mismo modo, al cuerpo le podemos dar todo tipo de alimentos, pero no todos alimentan del mismo modo. Cristo mismo se hace alimento por excelencia.
Aquellas personas que seguían a Jesús se olvidaron del alimento del cuerpo. Y el Señor se sirvió de eso para ilustrar a los discípulos. El alimento no se puede postergar mucho. Pero, ¿dónde se encuentra ese alimento? ¿De qué alimentos nos habla en realidad el evangelio de la misa de hoy? Los alimentos del cuerpo se compran. Los discípulos, sin embargo, no podían proveer de ese alimento a muchas personas. Entonces, ¿por qué les pidió Jesús que dieran de comer a tantos? Porque hay un alimento que ellos sí podían dar. Un alimento que, ofrecido con generosidad, se multiplica y, como le sucedió a la viuda de Sarepta, de la que nos habla el primer libro de los Reyes (17,8-16), aunque se disponga de él no se agota.
La Palabra de Dios debe atravesar todo tiempo y todo espacio, de modo que, de edad en edad, llegue a todos los rincones del orbe. Y lo hace, de un modo particular, a través de sus profetas, encargados de llevar el alimento de la Palabra a las personas que les rodean para que estas, a su vez, lo lleven a otras, y así el alimento abunde y pueda alimentar cada vez a más en más sitios. Jesús nos recuerda que su petición de dar de comer a los hambrientos atañe a todos los cristianos. A nosotros nos compete ver cómo hacer eso realidad en el día a día, con nuestras palabras y con nuestras obras.
Juan Luis Caballero

 

Evangelio del sábado: dificultades en el camino
Comentario del sábado después de Epifanía.
Evangelio (Mt 6,45-52)

Y enseguida mandó a sus discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla junto a Betsaida, mientras él despedía a la multitud. Y después de despedirlos, se retiró al monte a orar. Cuando se hizo de noche, la barca estaba en medio del mar, y él solo en tierra. Y viéndolos remar con gran fatiga, porque el viento les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo. Ellos, cuando lo vieron andando sobre el mar, pensaron que era un fantasma y empezaron a gritar. Pues todos le habían visto y se habían asustado. Pero al instante él habló con ellos, y les dijo:
—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.
Y subió con ellos a la barca y se calmó el viento. Entonces se quedaron mucho más asombrados; porque no habían entendido lo de los panes, ya que su corazón estaba endurecido.

Comentario
Muchas de las enseñanzas de Nuestro Señor tienen lugar en torno al lago. Con el tiempo, los discípulos entenderán que lo que allí sucede es una alegoría de la vida. Y que a la vida hay que hacerle frente, aunque uno se crea sin fuerzas. El evangelio de la misa de hoy nos dice que una de las mayores dificultades que uno se puede encontrar en el camino es la dureza del propio corazón, y que ahí se encuentra la clave para entender lo que nos sucede y para poder integrarlo en el conjunto de nuestra existencia.
Los Padres de la Iglesia no se limitan con poner el acento en la fatiga que produce remar contra el viento. Los obstáculos de la vida no vienen solo de fuera, sino que también se encuentran en uno mismo. Las olas son para ellos también una imagen del orgullo y de la soberbia. Lo que permite navegar sin dificultades es la humildad. La apertura de corazón y la confianza en Dios dan al hombre una comprensión más profunda de las cosas.
Evitar el endurecimiento del corazón está en parte en nuestras manos. La vida ciertamente nos presenta sus retos. Y somos alcanzados por el mal provocado por otros. Pero está en nuestras manos cerrarnos en nosotros o acudir en ayuda de los que nos rodean, sabiendo que todos estamos sometidos a lo mismo. No somos los únicos destinatarios del mal del mundo; no somos los únicos que tienen obstáculos, dolores y carencias. Y es ese deseo de acudir a suplir lo de los demás lo que abre nuestro corazón, lo que nos ayuda a caminar por esta vida con alegría, incluso en medio de las dificultades.
Jesús vela por nosotros. Y se nos hace presente continuamente, aunque a veces no sepamos identificarlo. Una de las formas que tiene de acompañarnos es precisamente saliéndonos al encuentro en esas personas que nos rodean, necesitadas de consuelo, de ayuda material, de enseñanza, del testimonio de nuestra fe alegre y sincera. Quien abra así su corazón, echará de él todo tipo de miedo, porque el miedo viene de sentirse solo, y quien acoge al prójimo acoge a Cristo en su propia casa y nunca está solo.
Juan Luis Caballero

 

Evangelio del sábado: la eficacia de ser voz
Comentario del 2 de enero
Evangelio (Jn 1,19-28)

Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Entonces él confesó la verdad y no la negó, y declaró:
— Yo no soy el Cristo.
Y le preguntaron:
— ¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?
Y dijo:
— No lo soy.
— ¿Eres tú el Profeta?
— No - respondió.
Por último le dijeron:
— ¿Quién eres, para que demos una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?
Contestó:
— Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Haced recto el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.
Los enviados eran de los fariseos. Le preguntaron:
— ¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?
Juan les respondió:
— Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.
Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Comentario
Juan Bautista es uno de los protagonistas de los tiempos de Adviento y de Navidad. Él es a la vez profeta y discípulo del Mesías. Era tan importante su influjo y con tanta fuerza hablaba y actuaba, que los fariseos le enviaron unos sacerdotes para informarse sobre su identidad. “¿Tú quién eres?”, es la pregunta que encontramos varias veces en el evangelio de San Juan. Se trata de la identidad de Jesús, de la que dependen tantas cosas, incluida toda nuestra vida.
Pero en este pasaje nos fijamos en la identidad del Bautista, que de alguna forma refleja, prepara e ilumina la identidad de Jesús.
A la pregunta y a las hipótesis de los levitas, el Bautista contesta: “Yo soy la voz del que clama en el desierto”. San Agustín subraya el hecho de que Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que existía desde el principio (cf. Jn 1,1). Si quitamos la palabra ¿para qué sirve la voz? Quizá la voz llegue al oído pero, sin palabras no edifica el corazón. No solo eso sino que Juan es la voz que “grita” en el desierto, en la aridez de un mundo sediento de salvación.
Esta confesión de Juan nos sugiere algo sobre nuestra identidad, en concreto de la importancia de ser verdaderos apóstoles. Un cristiano no está llamado principalmente a transmitir un mensaje moral, enseñar unos dogmas de fe, sino a manifestar a Jesucristo en su vida. Un cristiano es la voz que clama en su época más o menos desierta y dice “Emmanuel, Dios-con-nosotros”.
Es lo que han hecho los santos desde el principio de la Iglesia, como San Pablo que afirma: “no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y a éste, crucificado” (1Cor 2,2). O cómo San Josemaría que a veces describía su norma habitual de conducta con estas palabras: “ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca” (Carta 28-I-1975).
Giovanni Vassallo

 

 

Evangelio del jueves de la octava de Navidad
Comentario del séptimo día de la octava de Navidad.
Evangelio (Jn 1,1-18)

 

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.
No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.
Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y clama: «Éste era de quien yo dije: “El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo”».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.

Comentario
Providencialmente el evangelio del último día del año solar coincide con el prólogo de Juan que nos habla de la nueva creación en Jesucristo.
Acabamos de celebrar la Navidad de nuestro Señor y la Iglesia nos recuerda la gran novedad que ha supuesto este gran acontecimiento.
Juan empieza su Evangelio afirmando que “a Dios nadie lo ha visto jamás”. En efecto, a través de todo el Antiguo Testamento se puede ver como un continuo deseo de conocer a Dios, de contemplar su rostro: “Tu rostro, Señor, buscaré. No me escondas tu rostro”. (Sal 27,8-9).
Los profetas más cercanos al Dios de Israel, como Moisés o Elías, pudieron ver su gloria pero no le fue concedido ver su rostro: “Yo haré pasar todo mi esplendor ante ti (...) pero no podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo” (Ex 33,19-20).
Pero ahora algo ha cambiado, porque “el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre” ha venido a la tierra para “contarnos” quién es Dios, para que podamos contemplar a Dios hecho hombre. Esta ha sido la vida de Jesús que leemos en el Evangelio: el cuento vivo de nuestra relación con un Dios que es Padre nuestro.
Contemplar en estos días al Omnipotente hecho Niño, y acogerlo en nuestra vida con nueva generosidad, nos recuerda que hemos recibido la “potestad de ser hijos de Dios”.
“Descansa en la filiación divina. Dios es un Padre - ¡tu Padre! - lleno de ternura, de infinito amor. Llámale Padre muchas veces, y dile - a solas - que le quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo” (San Josemaría, Forja n. 331).
Giovanni Vassallo

 

 

 

 

Comentario al Evangelio: Bautismo de Jesús
Evangelio del Domingo del Bautismo del Señor (Ciclo A) y comentario al evangelio de la Misa
Evangelio (Mt 3,13-17)

Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan. Pero éste se resistía diciendo:
— Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?
Jesús le respondió:
— Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda justicia.
Entonces Juan se lo permitió. Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz desde los cielos dijo:
— Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.

Comentario
Juan predicaba un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados. Muchos acudían a él para escuchar sus palabras y realizar ese signo penitencial, dispuestos a recomenzar una nueva vida, tras ese rito de purificación. Jesús acude entre la gente, como uno más. Pero ¿es posible que Jesús haga esto? ¡si no tiene pecados de los que desprenderse! Hay algo en esta acción de Jesús que el Bautista -como nosotros- no entiende bien, por eso le pregunta desconcertado: “Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?” (Mt 3, 14). A lo que Jesús responde: “Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda justicia” (Mt 3, 15). En el contexto cultural del judaísmo de aquel tiempo se considera que la “justicia” consiste en el cumplimiento fiel de la Torah, en cuanto aceptación plena de la voluntad divina. Jesús recibe el bautismo de Juan como manifestación de su acatamiento incondicional de la voluntad divina. El sentido profundo de lo que ahora comienza a vislumbrarse se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección.
Acudiendo a recibir este bautismo, Jesús comienza a manifestarse como aquel que cumple los planes salvadores de Dios para llevar a su pueblo a la patria prometida del Cielo. En efecto, Jesús da comienzo a su vida pública al salir de las aguas del río Jordán. Moisés había muerto, tras contemplar la tierra prometida desde el monte Nebo, justo antes de cruzar precisamente este río en el que Jesús se bautizó. Ahora Jesús comienza su predicación a partir de la orilla del Jordán, que es el sitio donde la vida de Moisés había terminado. Es Jesús quien verdaderamente lleva a plenitud lo que Moisés empezó.
De otra parte, las palabras que se escuchan indican con bastante claridad que comienza a cumplirse todo lo que se había anunciado de parte de Dios. La frase “éste es mi Hijo, el amado” (v. 17), pronunciada por una voz desde los cielos, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el amado” (Gn 22,2). Este modo de referirse a Jesús pone en paralelo la dramática escena del Génesis, en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac que lo acompaña sin resistencia, con el drama que se consumó en el Calvario, donde Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio, aceptado voluntariamente para la redención del género humano.
Además, el añadido “en quien me he complacido” (v.17) rememora el inicio de los Cantos del Siervo del Señor en el libro de Isaías: “Mira a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma” (Is 42,1). Precisamente en el cuarto de estos cantos es donde se dibuja con claridad todo lo que ese Siervo del Señor habrá de padecer para redimir al género humano: “él tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores, y nosotros lo tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Pero él fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados” (Is 53,4-5).
Ahora, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “el Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a ‘posarse’ sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, ‘se abrieron los cielos’ (v. 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación”[1]. Desde este momento la acción creadora, redentora y santificadora de la santísima Trinidad será cada vez más manifiesta en la vida de Jesús, en su enseñanza, en sus milagros, en su pasión, muerte y resurrección.

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 536.

 

Francisco Varo

 

Comentario a la fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo B). “Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido”. La fiesta del Bautismo del Señor es una buena ocasión para agradecer al Señor el inmenso don de la filiación divina, que nos permite escuchar, dirigida verdaderamente a nosotros, la voz amorosa y complacida del Padre.
Evangelio (Mc 1,7-11)

 

En aquel tiempo, proclamaba Juan:
—Después de mí viene el que es más poderoso que yo, ante quien yo no soy digno de inclinarme para desatarle la correa de las sandalias. Yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo.
Y sucedió que en aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y nada más salir del agua vio los cielos abiertos y al Espíritu que, en forma de paloma, descendía sobre él; y se oyó una voz desde los cielos:
—Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido.

Comentario
Termina el tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor en el Jordán, episodio cargado de misterio y evento fundamental en la Historia de la Salvación. A orillas del Jordán contemplamos con el mismo asombro del Bautista cómo el Hijo de Dios hecho hombre se pone voluntariamente en la cola de los pecadores y se somete al bautismo de penitencia que predicaba Juan.
Como fruto de este acto de solidaridad de Jesús con los hombres, se nos revela la Santísima Trinidad: en la voz del Padre, en la escucha obediente del Hijo encarnado y en la fuerza del Espíritu, que desciende sobre Él en forma de paloma. A pesar de que el relato es breve y está narrado por Marcos con sencillez, tiene gran profundidad teológica y en cierto sentido condensa la obra de la redención que Jesús venía a cumplir.
Por un lado, Jesús se sumerge en las aguas del Jordán, que simbolizan la penitencia, el castigo y la muerte que sufren los hombres por culpa del pecado. Las aguas simbolizan también el sufrimiento de Jesús en la cruz. En esto nos recuerdan a las aguas del castigo en el episodio del diluvio universal (cfr. Gn 6-9).
Pero esas mismas aguas del Jordán, santificadas por Jesús, simbolizan algo más que un castigo, son también símbolo de una nueva creación: la del bautismo cristiano. Cuando Jesús emerge de nuevo de las aguas, queda prefigurada su resurrección de entre los muertos, que es a su vez, anticipo de nuestra propia resurrección. En esto, las aguas del Jordán nos recuerdan a las aguas primordiales del Génesis (cfr. Gn 1), a partir de las cuales, la voz de Dios creó todo y sobre las cuales, sobrevolaba el Espíritu de Dios.
Todo el episodio del Bautismo del Señor revela por tanto la infinita misericordia de Dios con sus criaturas. En efecto, los cielos se abren por fin para los hombres, al abrirse para Jesús; la voz del Padre, que siempre llama “Hijo Amado” al Verbo eterno, ahora se lo llama también en un ser humano, como primicia para todos nosotros; y el Espíritu Santo, que eternamente procede del amor del Padre y el Hijo, desciende sobre Jesús de Nazaret, en un anticipo de su descenso sobre los hijos de Dios
Gracias a este don precioso conquistado por el Señor en la cruz, gracias al “bautismo en el Espíritu Santo”, nosotros podemos tratar a Dios como hijos queridos, con cariño y confianza. Por eso San Cirilo de Jerusalén nos dice: “si tú tienes una piedad sincera, sobre ti descenderá también el Espíritu Santo y oirás la voz del Padre”[1].
La verdad gozosa de nuestra filiación divina puede y debe iluminar toda nuestra vida hasta vivir y pensar como el propio Jesús. San Josemaría nos dice a este respecto que sabernos y sentirnos hijos de Dios, “supone un auténtico programa de vida interior, que hay que canalizar a través de tus relaciones de piedad con Dios —pocas, pero constantes, insisto—, que te permitirán adquirir los sentimientos y las maneras de un buen hijo”[2].
La persona que se siente mirada amorosamente por Dios en todo momento, como se sentía Jesús, se llena de consuelo y seguridad, porque ese Dios bueno, que derrama sobre ella su cariño incondicional, le dice: “tú eres mi hijo amado”.
Ahora que vamos a iniciar el tiempo ordinario, plagado de pequeñas situaciones cotidianas y corrientes, podemos redescubrir de nuevo este don maravilloso que Jesús nos ha obtenido en la cruz y darlo a conocer a nuestros familiares y amigos.

[1] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis III, Sobre el Bautismo, 14.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 150.
Pablo Edo

 

 

 

Bautismo del Señor (Ciclo C Lc 3, 15-16. 21-22). “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Dios ha querido que seamos parte de su familia. Con nuestra Madre Santa María pidamos ser conscientes de la maravilla del bautismo, que nos hace ser hijos de Dios.

Evangelio (Lc 3, 15-16. 21-22)

 

En aquel tiempo, el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos: “Yo os bautizo con agua; pero bien el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”.

Comentario

En la vida de Jesús, vemos muchos momentos en que realiza acciones que, aparentemente, no tienen una lógica humana ¿Por qué quiso Jesús encarnarse? ¿Por qué estuvo sujeto a María y José toda su vida? ¿Por qué oraba Jesús si Él mismo era Dios? Y en el caso que nos atañe en el Evangelio de hoy ¿Por qué se bautiza Jesús? Hasta Juan Bautista trató de disuadirlo “Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (Mt 3, 13) Indudablemente Jesús no necesitaba hacer ninguna de estas acciones. Entonces ¿Por qué? El Papa Francisco responde “Porque quiere estar con los pecadores: por eso se pone en la fila con ellos y cumple su mismo gesto”. Jesús ha querido darnos ejemplo “conviene cumplir con lo justo” (Mt 3, 13), quiere enseñarnos qué es lo mejor para nosotros.

Es una maravillosa realidad considerar que Jesús nos ha enseñado el camino que nosotros debemos seguir. No lo hizo porque Él lo necesitara, lo hizo porque nosotros lo necesitamos. Jesús ha querido venir a la tierra para que fuéramos salvados y pudiésemos ser hijos de Dios. Su Bautismo está estrechamente ligado con nuestro Bautismo. Jesús se hace cargo de aquello que necesitamos. Y nosotros somos mendigos del amor de Dios, de nuestro Padre Dios. Esto es lo que celebramos en el día de hoy.

Tú y yo, añade el Papa Francisco también podemos imitar a Jesús, bajar y hacernos cargo de las necesidades de los demás, “es también la forma en la que nosotros podemos levantar a los otros: no juzgando, no insinuando qué hacer, sino haciéndonos cercanos, compadeciendo, compartiendo el amor de Dios”. Estamos llamados a imitar a Cristo, y un modo muy concreto es fijarnos en las necesidades de los demás y no tanto en las nuestras. Salir de nosotros mismos, mirar al necesitado, al que requiere nuestra atención, nuestro tiempo, nuestra sonrisa, etc… Imitemos a Cristo levantando la mirada al prójimo. Este es el camino de la verdadera felicidad porque hay más felicidad en dar que en recibir.

Otra de las gozosas enseñanzas del Evangelio está en que todos los bautizados somos hijos de Dios. San Josemaría lo escribía en el libro Santo Rosario “El Señor, al querernos como hijos, ha hecho que vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia, que lo suyo sea nuestro y lo nuestro suyo, que tengamos esa familiaridad y confianza con Él que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!”

Meditar sobre nuestra condición de hijos de Dios es una gozosa realidad. ¡Yo soy hijo de Dios! Y esto nos enseña a mirar el mundo de otra manera. Cuando somos conscientes de esta realidad, vemos en los demás a una persona que vale mucho. No vemos si tiene una u otra cualidad, si tiene un color en la piel, si tiene una determinada idea política, etc... Cuando nuestra identidad la configura el hecho de que somos hijos de Dios, vemos que no hay “más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros” (Es Cristo que pasa, 106).

Hoy es un gran día para meditar sobre el don recibido en el Bautismo. Lo más importante en mi vida, lo que más me configura como persona es que soy hijo de Dios. Pidamos a nuestra Madre Santa María que nos haga ser conscientes de la maravilla de ser hijos de Dios.

Pablo Erdozain