En este recurso se van recogiendo los comentarios al Evangelio de la Web. Se señala en caso de que haya varios comentarios al mismo texto del Evangelio. En Collationes se copian estos comentarios al comentario para facilitar los enlaces y el acceso a los mismos.
Enero | Febrero | Marzo | Abril | Mayo | Junio | Julio | Agosto | Septiembre | Octubre | Noviembre | Diciembre
Enero
3 de enero: Santísimo Nombre de Jesús (Lc 2, 21-24) “Le pusieron por nombre Jesús”. Jesús es nuestro salvador. Eso implica que cuando miramos al niño en el portal de Belén, en ese mismo momento, Dios nos está mirando amorosamente a nosotros.
25 de enero: conversión de san Pablo (Mc 16,15-18) «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura». El Señor nos ha llamado a todos los bautizados para que seamos heraldos de la Salvación que Él ha traído al mundo. Pidámosle que avive en nosotros la conciencia de ser apóstoles en medio del mundo
Febrero
2 de febrero: Presentación del Señor (Lc 2, 22-40) "Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor". Jesús es el verdadero Templo, él es el sacrificio y el sacerdote. El cristiano busca ofrecerse con Jesús a Dios
11 de febrero: Nuestra Señora de Lourdes (Jn 2, 1-11) “Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo «No tienen vino»”. «Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. —Y cómo logra. —Aprende».14 de febrero: Santos Cirilo, monje, y Metodio, obispo, patronos de Europa Supplementum
22 de febrero: Cátedra de San Pedro (Mt1 6,13-19). "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". El evangelio pone de relieve la autoridad del obispo de Roma como sucesor de Pedro y roca de la Iglesia: confirma al pueblo de Dios en la fe.
22 de febrero BIS - La Cátedra del apóstol san Pedro (Mt 16,13-19) La identidad de Jesús. “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”. Esta pregunta atraviesa toda la historia y nunca dejará de llegar a los hombres de todos los tiempos. Es la pregunta decisiva, que marca la propia vida. Según respondamos, así conformaremos nuestra existencia.
[en construcción]
Agosto
6 de agosto: Transfiguración del Señor (Ciclo B: Mc 9, 2-10) . “Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo”. La fiesta de hoy relaciona la divinidad con la Cruz de Cristo. Dios nos hace capaces de Él mismo, nos diviniza por puro don gratuito. Ser "capaces de Dios" es un regalo que Dios nos da para hacernos felices aquí en la tierra y para reservarnos la felicidad eterna.
6 de agosto fiesta de la Transfiguración del Señor (Ciclo C: Lc 9, 28b-36). “Escuchadle”. Para escuchar a Jesús, los apóstoles suben al monte de la oración y se disponen a escuchar todo cuanto quiere decirles. Con una humilde perseverancia en la oración comprenderemos y haremos la voluntad de Dios.
10 de agosto: san Lorenzo (Jn 12, 24-26). “Os aseguro que si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Sepamos dar la vida por amor: como Dios nos lo pide.
24 de agosto: san Bartolomé (Jn 1,45-51) “Cosas mayores verás”. El encuentro de Natanael con Jesús nos recuerda la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas y nos abre horizontes inesperados.
Septiembre
8 de septiembre: Natividad de la Virgen (Mt 1,18-23). “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”. Como san José, también nosotros estamos llamados a dejar entrar a la Virgen en nuestras vidas, y a abrirnos a una nueva esperanza, que supera nuestros sueños y no defrauda
14 de septiembre: Exaltación de la Santa Cruz (Jn 3,13-17). “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito”. El culmen del fracaso de Jesús a los ojos del mundo, se convierte en figura de su triunfo a los ojos del Padre, y por eso en fuente de salvación para los hombres. En esto se ve cuánto amó Dios al mundo.
21 de septiembre: san Mateo, apóstol y evangelista (Mt 9, 9-13) “Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme»”. Si Jesús pudo transformar a un recaudador en un servidor, a un traidor en su amigo íntimo, también puede transformarnos a nosotros, pecadores, en hijos de Dios, en sus amigos íntimos.
29 de septiembre: Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael (Jn 1, 47-51). “Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre”. Dios nunca se deja ganar en generosidad. Tiene sus planes para cada uno de nosotros. Nos da todos los medios necesarios para poder llevarlos a cabo. Ha querido que contemos con la ayuda de los arcángeles y de los ángeles custodios.
Octubre
2 de octubre: Ángeles Custodios (Mt 18,1-5.10). “[Los] ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”. Acudamos a nuestro ángel custodio para que nos ayude a tratar a Dios con plena intimidad, con toda nuestra mente y todo nuestro corazón, como solía hacer san Josemaría en este día.
7 de octubre: Virgen del Rosario (Lc 1, 26-38). “Y consideraba qué podía significar este saludo”. Un alma contemplativa no lee la realidad con ojos humanos. Ve su día a día con los ojos de Dios. Así, la Virgen, consideraba ese saludo con una mirada divina: sabiéndose criatura, con humildad, pero abierta a las maravillas divinas.
18 de octubre: san Lucas, evangelista (Lc 10, 1-9) “Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies”. El Señor nos invita a desarrollar una intensa tarea de apostolado y de difusión de la buena noticia del evangelio, recordándonos que la condición para obtener mucho fruto es estar vivamente unidos a través de la oración con nuestro Padre Dios.
28 de octubre: Santos Simón y Judas Apóstoles (Lc 6, 12-19).
Noviembre
1 de noviembre: todos los Santos
2 de noviembre: todos los fieles difuntos
9 de noviembre: dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán (Jn 2,13-22)
18 de noviembre: dedicación Basílicas de San Pedro y San Pablo (Mt 14, 22-33)
30 de noviembre: san Andrés Apóstol (Mt 4, 18-22)
Diciembre
8 de diciembre: solemnidad de la Inmaculada Concepción (Lc 1,26-38)
26 de diciembre: San Esteban protomártir (Mt 10,17-22)
27 de diciembre: San Juan Apóstol
28 de diciembre: Santos Inocentes (Mt 2, 13-18)
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Enero
3 de enero: Santísimo Nombre de Jesús (Lc 2, 21-24) “Le pusieron por nombre Jesús”. Jesús es nuestro salvador. Eso implica que cuando miramos al niño en el portal de Belén, en ese mismo momento, Dios nos está mirando amorosamente a nosotros.
Evangelio (Lc 2, 21-24)
“Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor <<todo varón primogénito será consagrado al Señor>> y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor <<un par de tórtolas o dos pichones>>”
Comentario
Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús. La celebración de esta fiesta se remonta al siglo XIV, cuando San Bernardino de Siena, misionero franciscano, comenzó a divulgar el culto al nombre de Jesús. Lo hacía enseñando una tablilla en la que mostraba la Eucaristía con rayos saliendo de ella y con el monograma “IHS” que significa “Iesus Hominum Salvator”, es decir, “Jesús Salvador de los hombres”.
El Evangelio de hoy nos muestra que, según la ley de Moisés (Ex 13, 11-16), ocho días después del nacimiento del hijo primogénito, los padres debían ir al Templo para circuncidarlo. Y transcurridos cuarenta días del nacimiento, volvían al templo para presentarlo y para la purificación de la madre.
Es sorprendente considerar como Jesús, nuestro redentor, es quien parece ser redimido en este Evangelio. Y como María, que es toda pura, se presenta en el Templo para ser purificada. Este Evangelio nos habla de la humildad de Dios y de la Santísima Virgen.
Esta es una de las enseñanzas que podemos sacar del Evangelio, Jesús y María cumplen lo que Dios quiere, pero ellos, no lo necesitan, y aun así lo hacen con gusto. Cuántas veces, a ti y a mí, nos cuesta cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida. Muchas veces podemos rebelarnos ante las dificultades del día a día, ante los imprevistos de cada jornada. Tantas veces le decimos no a Dios. Y ponemos nuestra voluntad por delante de la voluntad de Dios. Jesús y María nos enseñan cuál es la verdadera humildad: cumplir la voluntad de Dios con alegría. San Josemaría decía que “la oración es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de Él y nada de sí mismo” (Surco, 259) Esto es lo que nos enseña la Sagrada Familia, vale la pena cumplir la voluntad de Dios, porque ese es el camino de nuestra felicidad.
El Evangelio también nos muestra el gran valor que tienen los sacrificios a los ojos de Dios. El historiador judío Flavio Josefo escribió como, solamente en la Pascua del año 70 d.C, los sacerdotes del Templo ofrecieron 256.500 corderos en el altar. Los sacrificios y ofrendas en el Antiguo Testamento no fueron concebidas para salvar, sino para enseñar (cf. Ga 3,24). Al dar a Dios estos sacrificios, cada persona del pueblo de Israel aprendía a ofrecerse a sí misma libremente a Dios y a deleitarse en su voluntad. Este es el verdadero sentido del sacrificio, ponernos a disposición de los planes de Dios. Los cristianos tenemos la inmensa dicha de que además podemos participar del sacrificio de Cristo en la Santa Misa. Este sacrificio sí que es salvador.
Sacrificio proviene del latín “sacrum” “facere”, es decir, “hacer sagradas las cosas”, o también honrarlas o entregarlas. José y María, ofrecen un par de tórtolas y dos pichones. Ofrecen un sacrificio a Dios, le honran, se entregan a Él, sabiendo que de Él nos viene la salvación. Tal y como dice el Papa Francisco “La salvación está en el nombre de Jesús. Debemos dar testimonio de esto: Él es el único salvador”.
Jesús es nuestro salvador, esto es lo que celebramos en esta fiesta del Santísimo Nombre de Jesús. Eso implica que nos sepamos mirados amorosamente por Dios a todas horas. Es una mirada mutua. Cuando miramos al niño en el portal de Belén, en ese mismo momento, Dios nos está mirando amorosamente a nosotros. Acudamos a María para que sepamos honrar el nombre de Jesús en cada momento de nuestro día.
Pablo Erdozain
25 de enero: conversión de san Pablo (Mc 16,15-18) «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura». El Señor nos ha llamado a todos los bautizados para que seamos heraldos de la Salvación que Él ha traído al mundo. Pidámosle que avive en nosotros la conciencia de ser apóstoles en medio del mundo.
Evangelio (Mc 16,15-18)
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:
— Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados.
Comentario
En la festividad de la conversión de san Pablo, el apóstol de las gentes, la Iglesia nos invita a considerar de nuevo el mandato misionero que el Señor dio a sus discípulos antes de ascender a los cielos.
Predicar el Evangelio significa, ante todo, anunciar la buena noticia de la Salvación a todos los hombres. Es interesante darse cuenta de que el Señor emplea dos verbos en imperativo -“id” y “predicad”-, haciendo ver a los apóstoles que no es posible considerarse seguidor de Jesucristo sin transmitir a los demás con su vida, con su ejemplo y con sus palabras lo que ellos han recibido.
Decía san Josemaría que el apostolado cristiano es «superabundancia de tu vida "para adentro"» (Camino, n. 961) una necesidad vital que surge espontánea en las personas que son conscientes del don recibido con la fe y de la llamada a vivir «por Cristo, con Él y en Él», como recogen las palabras finales de las plegarias eucarísticas de la santa Misa.
De este modo, haciendo vida de nuestra vida el mensaje de Jesús, se comprende el sentido de los imperativos del Señor para la misión apostólica dirigidos a todos los cristianos.
Pablo Erdozáin
2 de febrero: Presentación del Señor (Lc 2, 22-40) "Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor". Jesús es el verdadero Templo, él es el sacrificio y el sacerdote. El cristiano busca ofrecerse con Jesús a Dios.
Evangelio (Lc 2, 22-40)
« Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.
Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:
— Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo
irse en paz,
según tu palabra:
porque mis ojos han visto tu salvación,
la que has preparado
ante la faz de todos los pueblos:
luz para iluminar a los gentiles
y gloria de tu pueblo Israel.
Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.
Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre:
— Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción — y a tu misma alma la traspasará una espada — , a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.
Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.
Comentario
Lo que relata el Evangelio de la Fiesta de la Presentación del Señor se sitúa después de la adoración de los Magos y antes de la huida a Egipto. Para los hebreos, 33 días después de la circuncisión, es decir, 40 días después del nacimiento de un niño, viene la purificación de su madre (cf. Lev 12,1-8). La idea de impureza en el Antiguo Testamento no es la que tenemos hoy. No es una falta moral. La mujer que trae un niño al mundo ha entrado en contacto con el poder creador de Dios y, debido a la indignidad de la persona humana, la contamina: se vuelve ritualmente impura. La purificación manifiesta que se reconoce y respeta la santidad de Dios.
Otra cosa era, siempre en el pueblo elegido, la posibilidad de rescatar al primogénito, propiedad incondicional de Dios, ofreciendo un cordero para el holocausto, una tórtola o una paloma joven para el sacrificio por el pecado; para los más pobres, dos aves sustituyen al cordero. Sin embargo, en lugar de rescatar al primogénito, sus padres podían ofrecerlo al Señor.
San Lucas no habla de rescate, sino de "presentación" en el templo el mismo día de la purificación de la madre: une dos acontecimientos distintos. Si puede decir que "cumplidos los días de su purificación" (Lc 2,22), es porque el niño acompañó a su madre en este rito.
La Virgen María y san José saben quién es Jesús; este primogénito, que pertenece a Dios (cf. Nm 3,13), es el Hijo de Dios. De ahí su iniciativa de lo que Lucas llama "presentación", desde una perspectiva de culto según parece.
De hecho, lo que le importa al evangelista es la relación de Jesús con el Templo. La venida de María al Templo para la purificación es para Lucas la "presentación" de Jesús. Porque el Templo es el lugar donde el sacerdote ofrece el sacrificio. Jesús pertenece a Dios; José y la Virgen María ratifican en cierto modo esta pertenencia mediante un gesto de ofrecimiento del Niño a Dios. Además, las tórtolas subrayan aún más el carácter sacrificial de este gesto. Jesús es santo, es de Dios y se ofrecerá como sacrificio en la Cruz: es al mismo tiempo la ofrenda, el altar y el sacerdote. Jesús es en realidad el verdadero y definitivo Templo.
A continuación, Lucas relata el encuentro con Simeón y su profecía en el Templo. También aquí es el carácter sacerdotal y de sacrificio lo que interesa al evangelista. El Espíritu Santo estaba en Simeón: proclama al que ahora es la "consolación de Israel", el Mesías, el "Ungido del Señor", Jesucristo. Ana, por su parte, se hace eco del cántico de Simeón, cuya acción de gracias por la llegada del Mesías es un himno litúrgico que refuerza aún más la centralidad del Templo y del culto. La espada de la que habla Simeón puede matar, pero también salvar. En este sentido, es Jesús quien va a discernir los corazones y la Virgen María es la primera cuyo corazón está lleno de fe.
También nosotros, inmersos en el bautismo en la muerte y resurrección de Cristo, somos el templo de Dios. Estamos llamados a ofrecer nuestras vidas como un sacrificio espiritual. Como la gota de agua que el celebrante mezcla con el vino antes de la consagración, deseamos participar en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana (Cf. Misale romanum, Ordinario de la Misa).
Estamos llamados a "presentarnos" ante el Señor para ofrecerle nuestra vida y todo nuestro ser, porque le pertenecemos y en él encontramos nuestra felicidad. Cada vez que participamos en la Eucaristía, podemos actualizar este ofrecimiento de nosotros mismos, por ejemplo, durante la presentación de los dones (antes llamada "ofertorio"), durante la elevación, o durante la acción de gracias después de la Comunión. Toda nuestra vida puede convertirse en una "presentación al Señor": "¡Te serviré, Señor, déjame servirte!” Estamos llamados a devolverle todo a Él. Él es la verdadera luz, su Espíritu nos da el amor que está en el corazón de nuestras vidas y que podemos transmitir para dar sentido a tantas vidas: « El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar[1]».
[1] Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 25 de diciembre de 2005, n. 39. La fiesta de hoy es en la Iglesia une jornada de oración especial por los religiosos y las religiosas (cf. Francisco, Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor, 4 de febrero de 2019); su fidelidad sostiene a la gran mayoría de los bautizados llamados, cada uno y cada una, a la santidad de la vida ordinaria.
Guillaume Derville
11 de febrero: Nuestra Señora de Lourdes (Jn 2, 1-11) “Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo «No tienen vino»”. «Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. —Y cómo logra. —Aprende».
Evangelio (Jn 2, 1-11)
Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo:
—No tienen vino.
Jesús le respondió:
—Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora.
Dijo su madre a los sirvientes:
—Haced lo que él os diga.
Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo:
—Llenad de agua las tinajas.
Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo:
—Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala.
Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía —aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían— llamó al esposo y le dijo:
—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora.
Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Comentario
Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta de la Virgen de Lourdes. Cada 11 de febrero conmemoramos la primera aparición de María a Santa Bernardita Soubirous en Lourdes. En 1992, San Juan Pablo II instituyó la Jornada Mundial del Enfermo en esta fecha. El relato de Lourdes nos narra cómo María resulta decisiva en la historia de la humanidad. Igual que en la escena del Evangelio de hoy. En las bodas de Caná, María adquiere un gran protagonismo. El narrador no tiene reparo en mencionarla antes que a su Hijo en el relato de las bodas.
La celebración de unas bodas en el Oriente antiguo podía durar varios días. Sobre todo, si los invitados realizaban largos desplazamientos a pie desde lugares lejanos. Este hecho suaviza algo la indolencia de los novios y los encargados, que quizá con el pasar de los días de celebración no repararon en que faltó el vino. ¡Qué desastre! «¿Cómo es posible celebrar la boda y hacer fiesta si falta aquello que los profetas indicaban como un elemento típico del banquete mesiánico (Cfr. Am 9,13-14; Jo 2,24; Is 25,6)?»[1]. Este detalle cotidiano pero importante para todos no pasa desapercibido a la intuición femenina y práctica de María, acostumbrada a centrar su atención e interés en los demás. Cuando descubre el problema, enseguida piensa en su Hijo para solucionarlo. Con diligencia y fe, reúne a los sirvientes y se atreve a apelar en público a la condición divina de Jesús: “No tienen vino”. —“Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. —Y cómo logra. —Aprende”[2].
La petición de María trasciende además la escena de Caná y hace vibrar en el corazón de su Hijo la promesa de salvación que Dios anunció en el Génesis. Por eso Jesús la llama con solemnidad bíblica “Mujer”, y expresa un aparente reproche porque no ha llegado su hora. Reproche que María parece ignorar: “Dijo su madre a los sirvientes: -Haced lo que él os diga”. Estas son las últimas palabras de María recogidas en los evangelios. Son como un legado materno para todos los hombres.
Jesús no solo cede a la petición de su Madre, sino que también admite la colaboración de los siervos que María le presenta. El que multiplica el vino habitualmente a través del agua filtrada por las viñas de los campos, acelera ahora el proceso a través del agua vertida por el trabajo de los hombres. Cuando somos generosos y ponemos los medios a nuestro alcance: “llenad de agua las tinajas y las llenaron hasta arriba”, Dios bendice con su acción santificadora y transforma la tarea humana en obra divina, en signo de su amor para beneficio de todos. “Y lo más vulgar se convierte en extraordinario, en sobrenatural, cuando tenemos la buena voluntad de atender a lo que Dios nos pide”[3].
Nos podemos fijar en otro detalle. El relato dice que había allí seis tinajas cuya capacidad equivaldría a un total de casi 600 litros. El agua de la purificación de los judíos es convertida por Dios en vino excelente y muy abundante porque «ha empezado la fiesta de Dios con la humanidad»[4]. La gran cantidad de vino simboliza el inmenso amor de Dios por los hombres y prefigura la sangre del Cordero que se inmolaría hasta el extremo para atraer a todos hacia sí. Simboliza también la entrega del cristiano a los demás por el mandamiento nuevo del amor, cuya medida es no tener medida. María adelanta la hora de Jesús: la del misterio pascual de su muerte y su resurrección, insinuado en el apunte temporal con el empezaba el relato: “al tercer día”.
Vemos en el relato la grandeza de María que es capaz de cambiar los planes originarios de Dios. ¿qué no va a realizar Jesús por su madre? Tú y yo también podemos pedir ayuda a María, nuestra madre. Ella, como intercesora ante Dios, nos conseguirá las gracias necesarias para la mejora en nuestra propia vida interior. Nos ayudará a nosotros o a los que tenemos a nuestro alrededor, a sanar las heridas del alma o del cuerpo. El Papa Francisco afirmaba “Pidamos por su intercesión que el Señor conceda la salud de alma y cuerpo a todos los que sufren a causa de alguna enfermedad y de la actual pandemia, y fortalezca a quienes los asisten y acompañan en este tiempo de prueba que atraviesan en sus vidas” [5]
[1] Papa Francisco, Catequesis 8 junio 2016.
[2] San Josemaría, Camino, 502.
[3] San Josemaría, Carta 14-IX-1951, n.23.
[4] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo hasta la Transfiguración, La Esfera de los libros, Madrid 2007, 298
[5] Papa Francisco, audiencia, 11 febrero 2021.
Pablo Edo
22 de febrero: Cátedra de San Pedro (Mt16,13-19). "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". El evangelio pone de relieve la autoridad del obispo de Roma como sucesor de Pedro y roca de la Iglesia: confirma al pueblo de Dios en la fe.
Evangelio (Mt 16,13-19)
Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
Ellos respondieron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.
Él les dijo:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro:
—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.
Comentario
Cada obispo ejerce su ministerio en toda su diócesis, en cuya catedral se sienta en la Cátedra, como quien preside en el lugar de Dios Padre[1]. La fiesta de la cátedra de san Pedro conmemora el hecho de que Jesucristo hizo de Simón y de sus sucesores en Roma la roca sobre la cual edificó su Iglesia. Mateo cuenta que mientras los discípulos no entendían el sentido de los milagros ni quién era Jesús, tuvo lugar la confesión de Pedro y la promesa del primado (cf. Mt 16,8-20).
Jesucristo estaba en camino hacia Cesarea de Filipo cuando preguntó a sus discípulos sobre su propia identidad. Se designó entonces a sí mismo como “Hijo del hombre”: una expresión que deja entrever un origen divino unido a un rostro humano (cf. Dn 7,10-14); a la vez, evoca al Siervo doliente (cf. Mt 20,28). De alguna manera Jesús lleva a sus discípulos a descubrir quién es, preguntando qué dice la gente, y después qué piensan ellos. Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. El libro de Samuel anunciaba a un descendiente de David a quién Dios trataría como a su hijo (cf. 2 S 7,14). David prometía construir un templo para Dios. Jesús anuncia otro templo, la Iglesia: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”
Juan significa en arameo “Dios hace misericordia”: Jesús subraya que el acto de fe de Pedro es un don. Eres, Simón, ¡hijo de la misericordia! “Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. El Señor había dicho al pescador de Galilea que se llamaría Cefas, “Piedra” (Jn1,42).
Jesús hace otra promesa a Pedro: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.” El profeta Isaías había anunciado que se pondría la llave de la casa de David sobre los hombros del mayordomo del palacio real: como representante del rey, abría y cerraba cada día la vida administrativa del pueblo (cf. Is 22,22). Jesús abre las puertas del Cielo; como nuevo David, tiene “la llave de David” (Ap 3,7).
Después del primado de Pedro, Mateo cuenta cómo escribas y fariseos cerraban a los hombres las puertas del Cielo (cf. Mt 23,13).El Señor da a Pedro y a sus sucesores el poder de perdonar o no los pecados. El día de la resurrección, en un atardecer de paz y de alegría, Jesús soplará sobre sus discípulos: instituye el sacramento de la Penitencia (cf. Jn 20,22-23).
La promesa tiene lugar en el confín con el mundo pagano, interpelado por la universalidad de la Iglesia. El Nuevo Testamento muestra cómo, con el paso del tiempo, se desarrolla la comprensión del ministerio petrino. Desde Roma, capital del imperio y lugar del martirio de Pedro, el Espíritu Santo impulsa la evangelización de las naciones.
En la basílica de San Pedro en Roma, el entonces papa Benedicto XVI dijo que “la gran cátedra de bronce contiene un sitial de madera del siglo IX, que por mucho tiempo se consideró la cátedra del apóstol Pedro.[…] Expresa la presencia permanente del Apóstol en el magisterio de sus sucesores[2]”. En los Papas, los cristianos encuentran la verdad de su fe: “Yo he pedido por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32).
El obispo de Roma es “como sucesor de Pedro, el principio y fundamento permanentes y visibles de la unidad[3]” de la Iglesia. Goza de la infalibilidad en cuanto a la fe y las costumbres[4]. Lo llamamos “Papa”, palabra griega que designa al padre. Con cariño filial, san Josemaría enseñó a rezar mucho por el Papa, cuya paternidad participa de la de Dios[5].
[1] Cf. san Juan Pablo II, Exh. ap. Pastores gregis, 16 de octubre de 2003, n. 34.
[2] Benedicto XVI, Homilía, 19 de febrero de 2012; cf. ídem, Homilía, 29 de junio de 2006.
[3] Concilio ecuménico Vaticano II, const. dogm. Lumen gentium, n. 23.
[4] Cf. ibídem, n. 25; en este caso, no se expresa como persona privada y lo hace de una manera bien determinada.
[5] Francisco, Carta apostólica Patris corde, 8 de diciembre de 2020, n. 7.
Guillaume Derville
22 de febrero BIS - La Cátedra del apóstol san Pedro (Mt 16,13-19) La identidad de Jesús. “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”. Esta pregunta atraviesa toda la historia y nunca dejará de llegar a los hombres de todos los tiempos. Es la pregunta decisiva, que marca la propia vida. Según respondamos, así conformaremos nuestra existencia.
Evangelio (Mt 16,13-19)
Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
Ellos respondieron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.
Él les dijo:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro:
—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.
Comentario
Cada vez que leemos el pasaje que nos propone como evangelio la liturgia de hoy, día de la Cátedra del apóstol san Pedro, una pregunta, “la pregunta”, atraviesa el tiempo y el espacio, y nos golpea de lleno: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. La primera vez que Jesús dijo esas palabras, lo hizo en un lugar muy singular, ligado a una variada tradición de adoración y sacrificios a dioses paganos. La cuestión iba dirigida a los hombres que habían compartido de un modo tan estrecho su vida pública, y sobre los que iba a edificar la Iglesia. Era especialmente importante que siguieran profundizando en la identidad del Señor y que se abrieran a comprender de una forma más profunda su obra. Y esa misma pregunta nos llega a los cristianos que, en cualquier lugar y tiempo, estamos llamados a continuar la misión de la Iglesia.
¿Pensamos conocer a Jesús? Quizá la pregunta que nos llega con el evangelio de la misa de hoy indirectamente nos está diciendo que no dejemos de intentar conocerlo más y mejor. Si hemos de hacer vida el evangelio, si hemos de llevarlo por el mundo, y ese evangelio es Cristo mismo, cuanto más conozcamos al Señor mejor lo dejaremos vivir en nosotros y mejor testimonio de él daremos con nuestras palabras y nuestras obras.
Este conocimiento afecta no solo a la pregunta ¿quién eres?, sino también a la pregunta ¿qué quieres?, ¿qué has venido a hacer?, ¿qué nos ofreces? Jesús tuvo que corregir falsas concepciones de su identidad y de su misión. Eso sigue siendo necesario hoy día. Porque hay quienes proyectan en Jesús sus propios deseos de poder. Porque hay quienes rebajan la misión de Jesús a algo bueno pero que no dice nada de una vida eterna en el seno del Padre. Porque hay quienes conciben la Iglesia como una asociación meramente humana.
Solo el Padre puede revelarnos con verdad quién es el Hijo. Y solo el Hijo puede mostrarnos el verdadero rostro del Padre. Nuestra vida cristiana depende de nuestro conocimiento de ambos, de haber tenido un encuentro personal con ellos, ayudados por la gracia. Necesitamos perentoriamente desear ver el rostro del Padre y echarnos a sus brazos. Necesitamos anclar nuestra confianza en el poder y la fuerza de Cristo para vencer a las fuerzas del mal. Necesitamos dejar al Espíritu Santo que nos inspire y nos transforme, poco a poco, a la medida del corazón de Cristo. Pedro se abrió a la acción de Dios en él, con confianza y humildad, y por eso pudo ser buen cimiento. Hoy Jesús nos pregunta si queremos ser cimiento de la Iglesia allá donde estemos. Nuestra respuesta dependerá de quién pensemos que es el que nos la hace.
Juan Luis Caballero
AGOSTO
6 de agosto
6 de agosto: Transfiguración del Señor (Ciclo B: Mc 9, 2-10) . “Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo”. La fiesta de hoy relaciona la divinidad con la Cruz de Cristo. Dios nos hace capaces de Él mismo, nos diviniza por puro don gratuito. Ser "capaces de Dios" es un regalo que Dios nos da para hacernos felices aquí en la tierra y para reservarnos la felicidad eterna.
Evangelio (Mc 9, 2-10)
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía qué decir, pues estaban asustados. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo”. De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.
Comentario
Hoy celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor. El motivo por el cual esta fiesta se fijó el 6 de agosto es porque se puso en relación con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el día 14 de septiembre: Pasan 40 días entre ambas fiestas. En algunas tradiciones, conforman como una segunda cuaresma. De este modo, la Iglesia bizantina vive este periodo como un tiempo de ayuno y de contemplación de la Cruz. Nos muestra que están muy ligadas la manifestación de la gloria de Dios con Su pasión y muerte en la Cruz.
La fiesta de hoy relaciona la divinidad de Cristo con la Cruz de Cristo. Es de gran importancia por el contenido doctrinal que nos enseña a cada uno de los cristianos. Nos muestra una de las ideas más importantes de nuestra fe: la divinización del hombre por puro don gratuito de Dios.
Está muy relacionado con la Eucaristía, pues como ocurre en la Transfiguración, nos revestimos de Cristo, nos divinizamos cuando recibimos el Cuerpo de Cristo. Jesús nos invita a recibirle en la Eucaristía, como invitó a Pedro, a Santiago y a Juan a la Transfiguración. Y quiere que le digamos lo mismo que Pedro: ¡qué bien se está aquí, Señor! Él nos espera en el sagrario. Él está allí para nosotros.
Jesús quiere mostrarnos el cielo en la tierra. A través de los sacramentos, los cristianos recibimos la gracia que nos impulsa hacia el Cielo. Por pura bondad de Dios, el hombre es capaz de Dios. Un don, un privilegio para el hombre, un premio inmerecido que cada hombre puede alcanzar aquí en la tierra.
Cada uno de nosotros, podemos alabar a Dios cada día a través de nuestra oración personal. San Josemaría escribía “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”. Hemos de oírlo, y dejar que su vida y enseñanzas divinicen nuestra vida ordinaria.
Este don de Dios, esta gracia recibida sin mérito alguno, es un regalo que Dios nos da para hacernos felices. El motivo por el cual Dios se hace hombre y hace al hombre capaz de Dios, es porque quiere lo mejor para nosotros, quiere nuestra felicidad. “El camino de Jesús siempre nos lleva a la felicidad, habrá en medio una cruz o las pruebas, pero al final nos lleva siempre a la felicidad. Jesús no nos engaña. Nos prometió la felicidad y nos la dará si seguimos su camino”. (Papa Francisco).
Podemos en esta fiesta, impulsar nuestros deseos de unirnos a Dios, como hicieron Pedro, Santiago y Juan, y como hicieron todos los santos. “Vultum tuum, Domine, requiram” (Ps. 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara (I Cor. 13, 12). Sí, mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré la faz de Dios? (Ps. 41,3)” (San Josemaría)
Aprovechemos esta fiesta para agradecer a Dios tantos dones recibidos aquí en la tierra. Pidámosle a Jesús, ser dignos de tales méritos. Que nos haga estar prontos a 'perder la propia vida', donándola para que todos los hombres sean salvados, y para que nos reencontremos en la felicidad eterna.
Pablo Erdozáin
6 de agosto fiesta de la Transfiguración del Señor (Ciclo C: Lc 9, 28b-36). “Escuchadle”. Para escuchar a Jesús, los apóstoles suben al monte de la oración y se disponen a escuchar todo cuanto quiere decirles. Con una humilde perseverancia en la oración comprenderemos y haremos la voluntad de Dios.
Evangelio (Lc 9, 28b-36)
En aquellos días Jesús se llevó con él a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante. En esto, dos hombres comenzaron a hablar con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado. Cuando éstos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús:
—Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías —pero no sabía lo que decía.
Mientras así hablaba, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y se oyó una voz desde la nube que decía:
—Éste es mi Hijo, el elegido: escuchadle.
Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto.
Comentario
Hoy celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor. La fiesta se fijó el 6 de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el día 14 de septiembre. En algunas tradiciones, conforman como una segunda cuaresma. De este modo, la Iglesia bizantina vive este periodo como un tiempo de ayuno y de contemplación de la Cruz. Nos muestra que están muy ligadas la manifestación de la gloria de Dios con Su pasión y muerte en la Cruz.
En un monte alto, el Señor mostró su gloria a los tres discípulos más íntimos con el fin de prepararlos para la inminente Pasión. Se cumplía así el anuncio hecho días antes: “Os aseguro de verdad que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean el Reino de Dios” (Lucas 9, 27). Lucas señala con intención que todo sucedió “mientras Jesús oraba”.
Esta “aparición pascual anticipada”, como la llama el Papa Francisco [1], supera las barreras de tiempo y espacio y está cargada de significado teológico. El apóstol Pedro explicaba a los primeros cristianos: “Nosotros hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: "Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias". Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo” (2 Pedro 1,16-18).
El monte representa en la Biblia la cercanía con Dios. Allí Moisés y Elías tuvieron coloquios íntimos con el Señor (cfr. Éxodo 24 y 1 Reyes 19). Ambos personajes aparecen ahora gloriosos y hablando con Jesús de su salida (éxodo) en Jerusalén. Representan la Ley y los Profetas, que anuncian el misterio de la Pasión y la Resurrección del Mesías, como explicará Jesús resucitado a los discípulos de Emaús (cfr. Lucas 24,1ss). En el pasaje se revela además “toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa"[2].
No obstante, la enseñanza más importante se condensa en la invitación que hace la voz acerca de Jesús: “Escuchadle”. Moisés anunció que Dios suscitaría un profeta como él, uno al que había que escuchar (cfr. Dt 18,15). La voz presenta pues al nuevo Moisés: al Hijo que nos revela al Padre con autoridad y al que debemos escuchar. Para esto necesitamos seguir el ejemplo del Maestro: subir al monte de la oración, reservar en nuestro horario unos tiempos diarios para dialogar exclusivamente con Dios. En esos ratos de trato personal e íntimo, podremos decirle con palabras de San Josemaría: “Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos. Háblanos; estamos atentos a tu voz. Que tu conversación, cayendo en nuestra alma, inflame nuestra voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte” [3].
San Josemaría solía relacionar este pasaje con la búsqueda amorosa del rostro de Jesús y de su Humanidad Santísima: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!” [4]. Vale la pena insistir a diario en esos ratos de oración, haciendo compañía al Señor, con el mismo afán que expresa el salmista: “Tu rostro buscaré, Señor. ¡No me escondas tu rostro! (Salmo 27,8-9). Nuestra humilde perseverancia se verá recompensada. Moisés terminó con el rostro “radiante por haber hablado con el Señor” (Éxodo 34,29). Y Jesús, que es “Luz de Luz” como confesamos en el Credo, también nos irá transfigurando con su gracia para que nuestro día, el trabajo y el trato con los demás se iluminen por la presencia de Dios en nuestra alma.
La expresión de Pedro “¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas” expresa la alegría del encuentro con Dios. Remite también a las “moradas eternas” que el Mesías restablecería (Lc 16, 9) y que los judíos conmemoraban en la fiesta de las tiendas. Pedro quiere retener el instante de felicidad que le proporciona aquel rato íntimo con Dios. “Pero la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones” –nos explica Benedicto XVI−. La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que de ahí se derivan, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios» [5]. La prueba clara de que en nuestros ratos de oración estamos escuchando al Hijo como pide la voz del Padre es que su Espíritu nos llena de afán apostólico para llevar a todos la luz de Dios.
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[1] Papa Francisco, Ángelus, 25 de febrero de 2018.
[2] Santo Tomás de Aquino, S.th. 3, q. 45, a. 4, ad 2.
[3] Santo Rosario, Apéndice, 4º misterio de Luz.
[4] Ídem.
[5] Benedicto XVI, Ángelus, 24 febrero 2013.
Pablo Edo
10 de agosto: san Lorenzo (Jn 12, 24-26). “Os aseguro que si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Sepamos dar la vida por amor: como Dios nos lo pide.
Evangelio
En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. Si alguien me sirve, que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre le honrará.
Comentario
El Papa Sixto II fue decapitado en el año 258 durante la persecución de Valeriano. Uno de sus diáconos, Lorenzo, se salvó temporalmente porque estaba a cargo de los bienes de la Iglesia: le dieron cuatro días para traerlos. Lorenzo distribuyó entonces esos bienes a los pobres. Una vez transcurrido el plazo, se presentó ante el magistrado acompañado de pobres y enfermos. “Estas son las riquezas de la Iglesia”, habría dicho. Los pobres y los enfermos son un tesoro. Hay una misteriosa presencia de Dios en sus sufrimientos. Se asocian especialmente a la cruz de Jesús.
Lorenzo fue sometido al tormento del fuego en una parrilla. El cristiano no busca su propio martirio: no hay necesidad de precipitar los acontecimientos; pero es coherente con su fe y está dispuesto a dar su vida por Cristo. El grano de trigo debe morir para dar fruto (cf. Jn 12,24). Cuando san Agustín recuerda el martirio de san Lorenzo, compara la Iglesia con un jardín del Señor, con las rosas de los mártires; pero en este jardín hay toda clase de flores, añade. Depende de cada uno de nosotros saber dar nuestra vida como Dios se lo pide: eso es amar. A menudo, será de forma discreta y oculta, en el desempeño diario del trabajo bien hecho, en la atención a la familia, en la fidelidad a los amigos, en la cercanía con pobres y enfermos. Sería imprudente acelerar la llegada de un martirio sangriento, cuando es posible transformar el mundo desde dentro con una vida anclada en Dios y volcada al servicio de los demás.
El testimonio de san Lorenzo no carece de sentido del humor. "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor 9,7). El sentido del humor muestra la humildad y una cierta distancia con un mundo que pasa, pero que nos gusta amar y reconducir a Dios. A través de su trabajo diario hecho santo, el bautizado une la creación con la redención. Al acercarse la solemnidad del 15 de agosto, que la Virgen María, Madre de la esperanza, nos ayude a realizar esta tarea con buen humor, con un corazón firme y confiado (cf. Sal 112 [111],7-8).
Guillaume Derville
24 de agosto: san Bartolomé (Jn 1,45-51) “Cosas mayores verás”. El encuentro de Natanael con Jesús nos recuerda la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas y nos abre horizontes inesperados.
Evangelio (Jn 1,45-51)
En aquel tiempo, Felipe encontró a Natanael y le dijo:
— Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael:
— ¿De Nazaret puede salir algo bueno?
—Ven y verás, le respondió Felipe.
Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:
— Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Le contestó Natanael:
— ¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo:
— Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.
Respondió Natanael:
—Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Contestó Jesús:
—¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás. Y añadió:
— En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.
Comentario
Entre los primeros discípulos de Jesús, según nos cuenta San Juan, había algunos amigos y hermanos de los que el Maestro había llamado personalmente. Andrés le presenta a su hermano Pedro y Felipe le lleva a Natanael, tradicionalmente identificado con el apóstol Bartolomé.
En un simpático intercambio de palabras, delante de un Natanael escéptico sobre la posibilidad de que el Mesías viniese de un pueblo tan oscuro como Nazaret, Felipe consigue organizar un encuentro con Jesús.
La insistencia de Felipe, “Ven y verás”, que tiene sentido solo en una perspectiva de amistad y de mutua confianza, lleva a la conversión del nuevo discípulo.
Como Natanael, todos necesitamos de una experiencia viva de Jesús. Aunque normalmente la vida cristiana comience con el anuncio que nos llega a través de uno o varios testigos, es importante llegar pronto a una relación personal con Jesús.
La franqueza de Natanael lleva al Señor a alabar en voz alta a ese hombre “en quien no hay doblez”, y abre un diálogo que acaba por conquistar el corazón del nuevo discípulo.
Jesús conoce la vida íntima de Natanael, quizá una oración dirigida a Dios debajo de una higuera. El estar debajo de la higuera recuerda una expresión que se encuentra varias veces en el Antiguo Testamento para indicar una situación de tranquilidad: “Cada cual se sentaba bajo su parra y bajo su higuera. Y no había quien les inquietara” (1 Mac 14,12).
No sabemos qué estilo de vida llevaba Natanael antes de esa llamada que le cambió la vida. Podemos imaginar, como se ve en su actitud sincera y un poco desilusionada, que estuviese esperando ese encuentro pero sin buscarlo con suficiente ilusión.
La llamada de Bartolomé nos recuerda la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas apareciendo precisamente donde no lo esperábamos, a veces en nuestra tranquilidad, debajo de una higuera. Si nos dejamos conquistar por Jesús, llegaremos a ver “cosas mayores” en nuestra vida y en la vida de los demás.
Giovanni Vassallo
SEPTIEMBRE
8 de septiembre: Natividad de la Virgen (Mt 1,18-23). “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”. Como san José, también nosotros estamos llamados a dejar entrar a la Virgen en nuestras vidas, y a abrirnos a una nueva esperanza, que supera nuestros sueños y no defrauda.
Evangelio (Mt 1,18-23)
La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:
Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros.
Comentario
La llegada al mundo de un nuevo ser humano es siempre señal de esperanza. Los padres –y, en general, toda la familia– suelen soñar sobre cómo se desarrollará la vida de su hijo, cuáles serán los talentos que Dios le dio, cómo se irá tejiendo su historia a lo largo de los años. Así, es fácil imaginar cómo el nacimiento de santa María también habría llenado de esperanza los corazones de san Joaquín y santa Ana, y cómo habrían hecho planes para el futuro de su hija. Sin embargo, en la vida de la Virgen se haría presente una novedad que va mucho más allá de lo que estos santos podrían entrever. Una novedad que sorprende a Nuestra Señora en el momento de la Anunciación (cfr. Lucas 1,29) y que causa asombro en san José, como vemos en el evangelio de la Misa de hoy.
La Virgen ha nacido para cumplir las promesas de Dios a su pueblo: «Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros» (v. 23). Pero estas promesas se cumplen de un modo inesperado, porque Ella concibe conservando el don de la virginidad. El Espíritu Santo hace algo grandioso en la vida de santa María, la convierte en Madre de Dios, y así se vuelve en señal de esperanza no solo para el pueblo de Israel sino para todos los hombres.
La vida de la Virgen es un gran don para la humanidad. Nos habla de cómo el Señor responde a nuestros anhelos más profundos, y al mismo tiempo los sitúa en un horizonte nuevo. Grande sería la alegría de san José cuando el ángel le dijo que recibiera a Nuestra Señora: era algo que de seguro él deseaba con todo el corazón, pero a lo que estaba dispuesto a renunciar, porque pensaba que así se ajustaría más al plan de Dios (v. 18-19). Sin embargo, san José recibió algo aún más grande de lo que soñaba, porque su matrimonio con santa María entró a formar parte de los planes de la Salvación. Se embarcó en una aventura divina, en la que, junto con muchas alegrías, no faltaron los obstáculos: el nacimiento en un portal, la persecución de Herodes, el tener que recomenzar su trabajo en lugares distintos…
Como san José, también nosotros estamos llamados a dejar entrar a la Virgen en nuestras vidas, y a abrirnos a una nueva esperanza, que supera nuestros sueños y no defrauda.
Rodolfo Valdés
14 de septiembre: Exaltación de la Santa Cruz (Jn 3,13-17). “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito”. El culmen del fracaso de Jesús a los ojos del mundo, se convierte en figura de su triunfo a los ojos del Padre, y por eso en fuente de salvación para los hombres. En esto se ve cuánto amó Dios al mundo.
Evangelio (Jn 3,13-17)
Pues nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él.
Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
Comentario
El evangelio de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz incluye un fragmento de la conversación que mantiene Jesús con Nicodemo, uno de los hombres ilustres de Jerusalén, que acude a Él de noche. Aunque se trata de un “maestro en Israel” (Jn 3,10), Nicodemo se acerca con deferencia al Señor, atraído por su imponente figura y predicación, llena de autoridad y sabiduría. Las palabras de Jesús son profundas y requieren por nuestra parte una actitud de escucha atenta y humilde, como la de Nicodemo.
El pasaje hace bastantes referencias al binomio arriba/abajo, y las acciones de subir y bajar, con gran contenido teológico. “Lo alto” es el ámbito de lo divino, el Cielo, donde está el Padre, de donde ha venido el Hijo, el cual, desciende al mundo, al ámbito limitado de los hombres, para ser uno de nosotros; y desde aquí, desde abajo regresa triunfante junto al Padre, con nuestra humanidad glorificada y asumida, como dirá el propio Jesús resucitado al final del evangelio: “subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20,17). Gracias a la obra realizada por Jesús, los hombres podrán tener vida eterna y salvación.
Todo este misterio es posible porque Jesús se ha dejado levantar en la cruz, para transformar paradójicamente en una exaltación el gesto terrible y humillante de alzar a los crucificados para que fueran vistos por todo el pueblo. El culmen de su fracaso a los ojos del mundo, se convierte en figura de su triunfo a los ojos del Padre y por eso en fuente de salvación para los hombres. En esto se ve cuánto amó Dios al mundo (v. 16).
Para explicar esto a Nicodemo en pocas palabras, Jesús hace referencia al famoso pasaje de la serpiente de bronce, contenido en el libro de los Números 21,8-9. En dicho pasaje, Dios manda a Moisés forjar una serpiente de bronce y colocarla en un mástil para ser alzada y contemplada por el pueblo en el desierto. Y así como los israelitas picados por las serpientes, obtenían paradójicamente salvación y curación al mirar a una serpiente alzada, así los hombres sumidos en el pecado pueden alcanzar salvación mirando al que es alzado en una cruz como si fuera maldito y pecador.
Reflexionando sobre la fiesta de la exaltación de la Cruz que conmemoramos hoy, el Papa Francisco explicaba en una ocasión el pasaje del diálogo de Jesús con Nicodemo así: “Alguna persona no cristiana podría preguntarnos: ¿por qué «exaltar» la cruz? Podemos responder que no exaltamos una cruz cualquiera, o todas las cruces: exaltamos la cruz de Jesús, porque en ella se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. Es lo que nos recuerda el evangelio de Juan en la liturgia de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito» (3,16). El Padre «dio» al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz”[1].
El papa Francisco se preguntaba entonces: “¿Por qué fue necesaria la cruz?” y respondía: “a causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. La cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En el Calvario, quienes se burlaban de Él, le decían: «si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (cf. Mt 27,40). Pero era verdadero lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios estaba allí, en la cruz, fiel hasta el final al designio del amor del Padre. Y precisamente por eso Dios «exaltó» a Jesús (Flp 2,9), confiriéndole una realeza universal”[2].
[1] Papa Francisco, Ángelus, 14 de septiembre de 2014.
[2] Idem.
Pablo M. Edo
21 de septiembre: san Mateo, apóstol y evangelista (Mt 9, 9-13) “Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme»”. Si Jesús pudo transformar a un recaudador en un servidor, a un traidor en su amigo íntimo, también puede transformarnos a nosotros, pecadores, en hijos de Dios, en sus amigos íntimos.
Evangelio (Mt 9, 9-13)
Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.
Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».
Comentario
¡Qué tiene la mirada de Jesucristo que cambia radicalmente el corazón, lo transforma, lo sana!
Jesús atraviesa las callejuelas de Cafarnaúm y va decidido al lugar donde trabaja Leví, el publicano, el recaudador de impuestos para los romanos, el odiado por sus propios conciudadanos, el despreciado, el traidor.
Se detiene, no tiene prisa, y le mira.
Con esos ojos misericordiosos, como nadie le había mirado antes.
Y le abrió el corazón, lo hizo libre, lo sanó, lo llenó de esperanzas.
En esos ojos Leví vio la mirada de Dios que ve más allá de lo que ven nuestros ojos.
Más allá de las apariencias, de nuestros pecados, de nuestros fracasos, de nuestra indignidad.
En Leví, Jesús ve a Mateo.
Ve su historia de amor, de servicio, de entrega, de fidelidad, de felicidad.
También hoy, cada día, Jesús quiere fijar su mirada en nosotros.
“Es la espera de Dios, que ama a los hombres, que nos busca, que nos quiere tal como somos —limitados, egoístas, inconstantes—, pero con la capacidad de descubrir su infinito cariño y de entregarnos a El enteramente” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 151).
Nosotros, que estamos también sentados en nuestro banco, buscando ser felices a nuestra manera, acumulando tiempo y bienes para nosotros mismos, incapaces de darnos a los demás, cansados de que pasen los días sin atrevernos a arriesgar.
El encuentro de Jesús con Mateo nos interpela y demanda nuestra confianza: si Jesús pudo transformar a un recaudador en un servidor, a un traidor en su amigo íntimo, también puede transformarnos a nosotros, pecadores, en hijos de Dios, en sus amigos íntimos.
Para ello debemos hacer como Mateo: sentirnos en peligro, enfermos, necesitados de esa mirada que infunde esperanza porque ve en cada uno, pecadores, al hombre soñado por Dios.
Luis Cruz
29 de septiembre: Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael (Jn 1, 47-51). “Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre”. Dios nunca se deja ganar en generosidad. Tiene sus planes para cada uno de nosotros. Nos da todos los medios necesarios para poder llevarlos a cabo. Ha querido que contemos con la ayuda de los arcángeles y de los ángeles custodios.
Evangelio (Jn 1, 47-51)
Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:
—Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.
Le contestó Natanael:
—¿De qué me conoces?
Respondió Jesús y le dijo:
—Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.
Respondió Natanael:
—Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Contestó Jesús:
—¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.
Y añadió:
—En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.
Comentario
Leemos en el pasaje propuesto por la Iglesia para esta fiesta de los Arcángeles Rafael, Miguel y Gabriel el encuentro de Jesús con Natanael, que san Juan sitúa al comienzo de su Evangelio.
Son los primeros momentos de la misión de Jesús, que poco a poco se va dando a conocer y aprovecha la circunstancia de la pregunta de Natanael -que se asombra de que le conozca- para decirle: “en verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.
Jesús se va dando a conocer cómo Mesías y describe cuál es la misión de los ángeles, que forman parte de la historia de la salvación para llevar adelante misiones concretas dadas por Dios.
San Josemaría, desde el inicio de la fundación de la Obra en el año 1928 -día de los ángeles custodios-, sintió que necesitaba mucha ayuda del cielo para llevar adelante la misión que Dios le había confiado: transmitir el mensaje de que se puede ser santo por medio del trabajo y de la vida ordinaria. Parte de esa ayuda le llegó de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Ocurrió además de una forma providencial: haciendo un curso de retiro en octubre de 1932 en Segovia, junto a la tumba de san Juan de la Cruz. Fue allí, orando, donde Dios le hizo ver que debía poner bajo la protección de los tres arcángeles la tarea apostólica que llevaba entre manos.
El Señor se iba haciendo el encontradizo con san Josemaría y le mostraba el camino. ¿Qué debió sentir en aquellos momentos de encuentro intensísimo con el querer de Dios?
A san Josemaria le ocurría como a Natanael en el evangelio de hoy. El encuentro de Natanael con el Señor, tuvo que ser como un trallazo al escuchar sus palabras: “aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez”.
Por un lado, Natanael se sorprendería. Por otro lado, este encuentro nos habla del tipo de personas que quiere Jesús cerca. Personas conscientes de sus pecados pero sinceras. Así lo dijo Jesús en otra ocasión: “Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mt 5, 37)
Tanto se sorprende Natanel que le pregunta: ¿De qué me conoces?
Y Jesús le dijo: “antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”.
Quizá podemos pensar que a la sombra de la higuera, Natanael verdadero israelita, pensaba en su proyecto de futuro, qué haría con su vida, qué querría Dios de él, etc. Meditaría a lo mejor pidiendo la luz al Espíritu Santo e inspiraciones de su ángel custodio, que le ayudaría a adentrarse en esos pensamientos para responder con generosidad a Dios.
Eso nos lo hace pensar la respuesta que Natanael da a Jesús: “Rabbí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”.
Y Jesús le dice: “cosas mayores verás”.
Eso es lo que sucede a las personas que saben poner su confianza en el Señor, que ven cosas mayores. Porque Dios nunca se deja ganar en generosidad. Una de las cosas que ven con muchas frecuencia es la paz que tienen en su vida.
Contamos para ello con la ayuda de los arcángeles, cuya fiesta celebramos hoy y con la ayuda de los ángeles custodios que saben mucho de la tarea de encender corazones fríos y de ayudar a tomar decisiones generosas cara a Dios y a los demás.
Javier Massa
2 de octubre: Ángeles Custodios (Mt 18,1-5.10). “[Los] ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”. Acudamos a nuestro ángel custodio para que nos ayude a tratar a Dios con plena intimidad, con toda nuestra mente y todo nuestro corazón, como solía hacer san Josemaría en este día.
Evangelio (Mt 18,1-5.10)
En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
— ¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?
Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:
— En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.
Comentario
Nos cuenta el evangelio de hoy que en una ocasión, cuando Jesús estaba con sus discípulos, “llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (vv. 2-4). Cuando Jesús habla de hacerse como niños no está diciendo una ingenuidad, ni hablando en un lenguaje meramente figurado, sino que está desvelando una realidad profunda que ayuda al hombre a penetrar en su propio misterio, que le hace caer en la cuenta de la importancia de los valores que cada ser humano trae consigo al mundo y que se expresan espontáneamente en su infancia. La pérdida de la sencillez, la sinceridad, el amor candoroso, la capacidad de admirarse ante la grandeza o la belleza de las cosas, la confianza y tantos otros valores que son propios de la condición infantil no supone un logro de la madurez, sino una limitación que conviene restaurar.
Jesús, cuando hablaba del amor de Dios Padre por los niños y por los que se hacen como niños, señaló: “Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (v. 10). “Fundada en éste y en otros textos inspirados –recordaba Mons. Javier Echevarría-, la Iglesia enseña que ‘desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión’[1]. Y hace suya una afirmación frecuente en los escritos de los Padres de la Iglesia: ‘Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida’[2]. De entre los espíritus celestiales, los ángeles custodios han sido colocados por Dios al lado de cada hombre y de cada mujer. Son nuestros cercanos amigos y aliados en la pelea que nos enfrenta –como afirma la Escritura– a las insidias del diablo”[3]. Por eso San Josemaría recomienda: “acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones”[4].
En un día como hoy, el dos de octubre de 1928, día de los ángeles custodios, nació el Opus Dei. Quiso Dios poner en el corazón bien dispuesto de san Josemaría, la inquietud divina de hacer llegar a todo el mundo una llamada universal a buscar la santidad en su vida ordinaria, santificando las realidades profesionales y familiares de la vida cotidiana.
Cada año, en esta fecha, su corazón se alzaba con sencillez infantil al Señor en acción de gracias y acudía a su ángel custodio para que le ayudara a tratar a Dios con plena intimidad, con toda su mente y todo su corazón. “Esta mañana –escribía el 2 de octubre de 1931, tres años después- me metí más con mi Ángel. Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él”[5]. Y su oración discurrió por un cauce profundo y sereno: “¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra –le pedí–, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor [...]. Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es... que no me ayudas. Y hubo afectos de amor para mi Madre y mi Señora, y me siento ahora mismo muy hijo de mi Padre-Dios”[6].
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 336.
[2] San Basilio, Contra Eunomio 3, 1 (PG 29, 656B).
[3] Javier Echevarría, Carta 1.X.2010.
[4] S. Josemaría, Camino, 567.
[5] San Josemaría, Apuntes íntimos, Cuaderno 4, 307, 2-X-1931
[6] Ibidem.
Francisco Varo
7 de octubre: Virgen del Rosario (Lc 1, 26-38). “Y consideraba qué podía significar este saludo”. Un alma contemplativa no lee la realidad con ojos humanos. Ve su día a día con los ojos de Dios. Así, la Virgen, consideraba ese saludo con una mirada divina: sabiéndose criatura, con humildad, pero abierta a las maravillas divinas.
Evangelio (Lc 1, 26-38)
En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.
Y entró donde ella estaba y le dijo:
— Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.
Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo.
Y el ángel le dijo:
— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.
María le dijo al ángel:
— ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?
Respondió el ángel y le dijo:
— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.
Dijo entonces María:
— He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.
Comentario
Al proponernos la Iglesia este fragmento del Evangelio para la fiesta de hoy, es bonito pararse a pensar cuántos pintores han retratado esta escena, o tantos gestos litúrgicos que rememoran este momento tan importante para nuestra salvación (gestos, pausas, canciones, etc.), o ser conscientes de cuántos cristianos nos paramos a mediodía para rezar el ángelus, y volver a contemplar tantas maravillas como se desprenden del ejemplo de la Virgen.
Y el evangelista, para preparar al lector ante tamaño acontecimiento, nos da algunos datos que nos ayudan a contextualizar, a situar el evento. Nos habla de un ángel que va a visitar auna mujer, virgen, que vive en un pueblo pequeño. Nos introduce en la vida de esta mujer, y da algún dato más para presentarla: está desposada con un varón, que es de la casa de David. Y cierra este preámbulo con una mención al nombre: María (cfr. v. 27)
No es una mención indiferente, como no es indiferente tener nombre. Dios mismo ha querido ponerle un nombre a su Hijo: “y le pondrás por nombre a Jesús” (v. 31). El nombre nos permite personalizar a alguien, hablar sobre él, invocarle, amarle. Y para nosotros esta mención del nombre de la Virgen nos llena de esperanza, nos llena de alegría. “Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María (...). No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si le ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente a puerto, si ella te ampara. Y así experimentarás en ti mismo con cuánta razón se dijo: y el nombre de la Virgen era María”[1].
En cada avemaría, como ya el propio nombre de la oración lo indica, saludamos a la Virgen, la tratamos. Invocamos a la señora del dulce nombre, como lo hacía san Josemaría[2], como lo hizo el ángel, como lo hace Dios. Y así lo hacemos muchas veces en cada misterio, en cada rosario. Hoy, día de la Virgen del rosario, al inicio del mes de esta oración, gustemos como Dios lo hace, “pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza” [3], llamándole María.
[1] Homilía 2 sobre la anunciación, 17. San Bernardo.
[2] Santo Rosario, 1º misterio gozoso. San Josemaría.
[3] cfr. oración “Bendita sea tu pureza”.
Martín Luque
18 de octubre: san Lucas, evangelista (Lc 10, 1-9) “Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies”. El Señor nos invita a desarrollar una intensa tarea de apostolado y de difusión de la buena noticia del evangelio, recordándonos que la condición para obtener mucho fruto es estar vivamente unidos a través de la oración con nuestro Padre Dios.
Evangelio (Lc 10, 1-9)
Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía:
- La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”.
Comentario
La liturgia celebra hoy la fiesta de san Lucas, autor del tercer evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, y a quien san Pablo se dirige como “el médico amado” (Col 4,14). Gracias a él conocemos algunas de las enseñanzas más emblemáticas y profundas del Señor, como la parábola del hijo pródigo o la del buen samaritano. A lo largo de su evangelio, Lucas nos da a conocer el rostro misericordioso del Señor que busca a todos, hombres y mujeres, judíos y gentiles, publicanos y pecadores. Al mismo tiempo, es el evangelio de la oración -cuya importancia subraya una y otra vez- (3,21; 5,16; 6,12; 9,18.28-29; 11,1; 22,41.44-45 etc), como queriendo señalar que la misión de buscar a la oveja perdida sólo es posible si se tiene una viva relación y diálogo con nuestro Padre Dios.
El evangelio de hoy es una pequeña muestra de esto. Nos presenta un momento crucial en la vida pública de Jesús, que es la extensión de su misión a los discípulos. El Maestro, luego de prepararlos y darles el ejemplo, los manda para que extiendan y den conocer a todos las noticias sobre el Reino de Dios. Lucas nos cuenta que Jesús quiere difundir su mensaje en todas las direcciones y envía cada vez a más personas a “sembrar la semilla” (8,5). En el capítulo anterior, enviaba a los 12 (9,1); un poco más adelante, envía a unos mensajeros (9, 53); aquí, otros 72 son enviados a la misión.
Este envío fue el inicio de la difusión del buen olor de Cristo que tantos cristianos y cristianas harían por el mundo. Jesús los envía recordándoles, sin embargo, que la oración es el modo de llevar adelante nuestra tarea, ya que es Dios quien llama personalmente a los operarios, es Dios el que nos dice como y cuando sembrar la semilla, es Dios el que nos enciende en deseos de que muchas personas conozcan la gracia y alegría de la fe.
San Josemaría, al considerar la tarea común de difundir el evangelio, nos invitaba a meditar: “Veíamos, mientras hablábamos, las tierras de aquel continente. —Se te encendieron en lumbres los ojos, se llenó de impaciencia tu alma y, con el pensamiento en aquellas gentes, me dijiste: ¿será posible que, al otro lado de estos mares, la gracia de Cristo se haga ineficaz? Luego, tú mismo te diste la respuesta: El, en su bondad infinita, quiere servirse de instrumentos dóciles (Surco, n. 181).
Pidamos hoy, en la fiesta de san Lucas evangelista, muchos obreros para la mies, que sepan estar muy unidos a Dios por la oración y plenamente dispuestos a ponerse en sus manos para la misión que les tenga encomendada.
Martín Luque 2021
28 de octubre: Santos Simón y Judas Apóstoles (Lc 6, 12-19).
Evangelio (Lc 6, 12-19)
“En aquellos días salió al monte a orar y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y de entre ellos eligió a doce, a los que denominó apóstoles: a Simón, a quien también llamó Pedro, y a su hermano Andrés, a Santiago y a Juan, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago de Alfeo, a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y a Judas Iscariote, que fue el traidor”.
Comentario
Al igual que en otras ocasiones, el evangelio de hoy nos muestra la conducta del Señor antes de algún acontecimiento importante: se retira a orar. En este caso pasa la noche en oración. “Cuando se hizo de día” reunió a los discípulos y, de entre ellos, eligió a los doce apóstoles. Ellos serán los testigos de las obras de Jesús y los que le darán continuidad.
El día de hoy celebramos a dos de esos doce elegidos: a Simón y Judas Tadeo (sólo Lucas lo llama Judas de Santiago, a diferencia de Mateo y Marcos que lo llaman Tadeo). Es notable la diferencia que se hace entre los discípulos y el grupo de los doce, de los Apóstoles. Será sobre ellos, sobre esas doce columnas, sobre las que el Señor articulará y construirá su Iglesia.
El Señor elige a los Apóstoles y les da el poder de continuar con la obra de la salvación, y los envía, como recuerda el Concilio Vaticano II, «a todos los pueblos para que, participando de su potestad, hicieran a todos los pueblos sus discípulos, los santificaran y los gobernaran, y así extendieran la Iglesia y estuvieran al servicio de ella como pastores bajo la dirección del Señor, todos los días hasta el fin del mundo»[1].
La fiesta y el evangelio del día de hoy nos puede servir para aumentar nuestro amor a la Iglesia de Cristo, que es apostólica porque ha sido fundada sobre los doce apóstoles; quienes, desde el comienzo, instituyeron a sus sucesores –los obispos–.
[1] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 19.
Sebastián Puyal
1 de noviembre: todos los Santos
Comentario de la Solemnidad de todos los Santos. "Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos". Nacimos para no morir nunca más, ¡nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y quiere que tomemos el camino de las Bienaventuranzas para ser felices.
Evangelio (Mt 5,1-12a)
Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.
Comentario
Hoy la Iglesia conmemora a todas aquellas personas que vivieron la amistad con Dios en su caminar terreno y entraron por eso en su gloria. Algunos santos son elevados a los altares como modelos de virtud y amor de Dios. Pero muchos otros dejaron día a día una impronta de santidad que pasó quizá desapercibida a ojos humanos, pero que nunca escapa a la mirada atenta y amorosa de Dios.
“Todos los Santos es la fiesta de la santidad discreta, sencilla —comentaba Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei—. La santidad sin brillo humano, que parece no dejar rastro en la historia; y que, sin embargo, brilla ante el Señor y deja en el mundo una siembra de Amor de la que no se pierde nada”[1].
Como evangelio de la Misa de este día de todos los Santos, la liturgia eligió el pasaje de las bienaventuranzas según san Mateo, como para subrayar que ellas son el equivalente de la santidad, tanto de aquella que se hace famosa, por decirlo así, y destinada a algunos, como de aquella que solo es conocida plenamente en el Cielo.
Los evangelios recogen dos versiones del discurso de Jesús sobre las bienaventuranzas: la de Lucas, con sus cuatro bienaventuranzas y cuatro ayes, y la de Mateo, que es la que contemplamos hoy y que incluye nueve bienaventuranzas. Mateo nos muestra a Jesús enseñando al pueblo, sentado en lo alto de un monte, rememorando a Moisés, que entregó a los israelitas las tablas de la Ley después de permanecer en lo alto del monte Sinaí junto a Dios. Jesús baja a la tierra y enseña con autoridad, para llevar a plenitud aquella primera ley e invita a los hombres a ser perfectos como el Padre celestial (cfr. Mt 5,48).
Cada una de las bienaventuranzas, con su lenguaje desconcertante, han suscitado numerosos comentarios a lo largo de la historia de la Iglesia. A modo de síntesis, el Catecismo explica que sobre todo “las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad”[2]. Jesús es el principal bienaventurado y dichoso porque vivió en la tierra en unión amorosa con el Padre, que es la mayor dicha, por encima de cualquier tribulación.
Por eso las bienaventuranzas son un compendio de la santidad y una llamada a la misma, ya que “iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos”[3].
Jesús nos invita, en palabras del Papa Francisco, a “que emprendamos el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir todos los días este camino que nos lleva al cielo, nos lleva a la familia, nos lleva a casa. Así que hoy vislumbramos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: nacimos para no morir nunca más, ¡nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y a quien quiera que tome el camino de las Bienaventuranzas dice: ‘Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos’ (Mt 5,12). ¡Que la Santa Madre de Dios, Reina de los santos, nos ayude a caminar decididos por la senda de la santidad! Que Ella, que es la Puerta del Cielo, lleve a nuestros amados difuntos a la familia celestial”[4].
[1] Mensaje del Prelado, 1 de Noviembre de 2017.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1717.
[3] Ídem.
[4] Papa Francisco, Ángelus, 1 de Noviembre de 2018.
Pablo M. Edo
2 de noviembre: todos los fieles difuntos (Jn 14,1-6)
comentario de la Conmemoración de todos los fieles difuntos. “Dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”. Al pensar en la muerte, Jesús nos pide confianza en la Providencia. Que creamos en Él, porque no nos dejará solos en ese momento y nos llevará a su morada celestial. No somos nosotros quienes alcanzamos el Cielo, sino que Dios nos conduce a Él.
Evangelio (Jn 14,1-6)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dijo: — Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? — Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida — le respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí».
Comentario
Después de celebrar ayer la fiesta dedicada a todas las personas que gozan de la presencia de Dios en el Cielo, la Iglesia nos invita a rezar hoy de modo especial por los difuntos.
El Evangelio seleccionado recoge una pequeña parte del diálogo de Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena, en el que, a raíz de una pregunta de Tomás, les revela que solo a través de Él se puede llegar al Padre.
Podemos imaginar la inquietud e incertidumbre de los apóstoles ante los acontecimientos que están viviendo. Desde la preparación de la cena los días previos con las indicaciones concretas sobre el lugar de la celebración; el comienzo con el lavatorio de los pies y el mandato universal de amarse y servirse los unos a los otros como él hizo durante los tres años de enseñanza con ellos. El Maestro se ha mostrado en un modo especialmente solemne y, también, emotivo. Seguramente percibirían que estaban a las puertas de algo grande, quizá ese algo que no terminaban de entender desde que comenzaron gozosos a seguirle.
Es natural que los hombres, ante la muerte, sintamos también inquietud e incertidumbre. Incluso miedo. Es el momento final, aquel al que nos hemos preparado desde siempre y que sabemos que a todos nos llegará algún día. En este contexto, Jesús nos pide que confiemos en él. Que creamos en Él, porque no nos dejará solos en ese momento y nos llevará a su morada celestial. Por eso Jesús es el Camino, porque no somos nosotros quienes alcanzamos el cielo, sino que nos conduce Él.
Jesús es la Verdad porque en ese trance imponente de la muerte, todas las verdades que nos rodean se deshacen ante la única Verdad del amor de un Dios que da la vida por sus hijos y que solo espera que le acojamos. Por último, Jesús es también la Vida porque Él participa desde toda la eternidad de la vida divina junto a su Padre de la que, mediante su resurrección, nos dejó un testimonio inquebrantable a todos los hombres.
Pablo Erdozáin
9 de noviembre: dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán (Jn 2,13-22)
Comentario de la dedicación de la Basílica de Letrán.
Evangelio (Jn 2,13-22)
Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y les dijo a los que vendían palomas:
—Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado.
Recordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.
Entonces los judíos replicaron:
—¿Qué signo nos das para hacer esto?
Jesús respondió:
—Destruid este Templo y en tres días lo levantaré.
Los judíos contestaron:
—¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días?
Pero él se refería al Templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, recordaron sus discípulos que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús.
Comentario
Poco antes de la Pascua, Jesús sube a Jerusalén y realiza un gesto acompañado de unas palabras cuyo sentido no se comprenderá del todo hasta su resurrección.
Para entender el contexto, conviene recordar el profundo significado del Templo y del aniversario de su Dedicación para los judíos.
En esta fiesta, los judíos conmemoraban la consagración del Templo realizada por los Macabeos, en el año 164 a.C., después de que hubiera sido profanado tres años antes por Antíoco IV Epifanes.
La fiesta se llamaba también “de las luces” en referencia al candelabro de siete brazos que, siempre encendido, simbolizaba la Presencia de Dios, que todo lo ve y que es luz del mundo, en medio del Pueblo. Donde estaba esa luz, se disipaba la oscuridad del paganismo y la idolatría.
En este contexto, Nuestro Señor purifica y “consagra de nuevo” el Templo, la casa de su Padre, por la que su celo le consumía.
Tanto aquellos hombres como nosotros estamos sometidos a la tentación de hacer de la vida religiosa y del templo un “mercado”, un negocio, esto es, usar a Dios para el propio interés. Y esto es, en el fondo, una profanación del Templo.
Pero en la casa de Dios solo puede haber un Señor, solo Dios puede ser el que dé razón de todo lo demás, y nunca una excusa para otro fin. Por tanto, con la expulsión de los mercaderes y los cambistas, Jesús nos invita a purificar nuestras intenciones, de modo que nuestra búsqueda de Dios sea lo más pura y desinteresada posible. Amor verdadero.
Pero templo de Dios no es solo el edificio de piedras, sino que es, en último término, el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Ella es casa de Dios en sentido estricto. En ella mora, iluminándola y vivificándola.
Jesús nos anima a mirarla con esos ojos y a mantenerla, en lo que dependa de nosotros, sin mancha ni arruga. Cada uno de nosotros ha de sentirse responsable de eso con su propia vida. Los bautizados, en cuanto piedras vivas, conformamos el rostro visible de la santidad de la Iglesia ante los hombres, rostro que está llamado a atraer a los de fuera y dar luz y consuelo a los de dentro.
Juan Luis Caballero
18 de noviembre: dedicación Basílicas de San Pedro y San Pablo (Mt 14, 22-33)
Comentario de la Dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo. “Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo. Entonces Pedro le respondió: — Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. La fiesta de hoy es ocasión para agradecer a Dios el fundamento de fe que nos ha dado en Pedro, para dirigir, a través del Papa, la barca de la Iglesia.
Evangelio (Mt 14, 22-33)
Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:
— ¡Es un fantasma! -y llenos de miedo empezaron a gritar.
Pero al instante Jesús les habló:
— Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.
Entonces Pedro le respondió:
— Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
—Ven, le dijo él.
Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:
— ¡Señor, sálvame!
Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:
— Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:
— Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Comentario
En su vida sobre la tierra, Jesús siempre encontraba tiempo para rezar, incluso cuando los planes parecían complicarse. En la escena que contemplamos hoy se ve como, con divina astucia, manda a los discípulos que se suban a la barca y le precedan, mientras él despide a la muchedumbre. Pero su verdadero propósito era estar a solas con su Padre.
Lo que sigue en aquella noche es una clase de fe que tiene como protagonista a Pedro.
Los discípulos estaban luchando con el viento contrario y un mar agitado. Es lo que ocurre cuando nos alejamos del Señor y nos encontramos sacudidos por las olas de la incertidumbre y del desaliento.
Es algo que Dios había previsto para volver a encontrarnos: “No tengáis miedo, Yo soy”, dice utilizando el nombre que Dios había revelado a Moisés en el monte Sinaí (Ex 3,14). En este momento Pedro, con su gran fe, toma la iniciativa loca de ir hacia el Maestro: “Manda que yo vaya a ti sobre las aguas”.
Lo había aprendido de Él: “En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: «Arráncate y échate al mar», sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido” (Mc 11,23). Lo que aquí pide Pedro no es que un monte se eche al mar, sino volver a Jesús en un momento de dificultad. Y así, delante de los ojos asombrados de sus compañeros, empieza su paseo sobre las aguas.
¡Qué alegría la de Jesús al ver este acto de fe profunda del príncipe de los apóstoles! Los actos de fe son una de las cosas que vuelven loco a Jesús: “¡Qué grande es tu fe!” (Mt 15,28).
Pero faltaba algo a esta demostración de fe y Pedro empieza a hundirse... hasta que grita: “¡Señor, sálvame!”.
La verdadera fe no es fruto de nuestra fuerza, sino algo que viene de la mano de Dios, si le suplicamos y nos abandonamos en Él. Y “al instante Jesús alargó la mano” y le sujetó” diciéndole “hombre de poca fe”. El tono de estas palabras no sería de decepción sino de ánimo: “Pedro, he admirado tu acto de gran fe, pero no olvides que sin mí nada puedes”. Y enseguida se calmó el viento.
Hoy es un buen día para agradecer a Dios el fundamento de fe que nos ha dado en Pedro, para dirigir, a través del Papa, la barca de la Iglesia.
Giovanni Vassallo
30 de noviembre: san Andrés Apóstol (Mt 4, 18-22)
Comentario de la fiesta de san Andrés Apóstol. “Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron”. La vida de san Andrés no fue como él la esperaba, como él la preveía: fue mucho más feliz. Eso mismo podría sucedernos a nosotros, si nos decidimos a seguir al Señor hasta el fondo, sin querer controlarlo todo y sin decidir nosotros el final.
Evangelio (Mt 4, 18-22)
En aquel tiempo, paseando Jesús junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:
-Seguidme y os haré pescadores de hombres.
Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.
Comentario
El día había comenzado como uno cualquiera. Andrés, junto con su hermano y otros colegas pescadores, estaban inmersos en la agotadora faena que traía el sustento a sus familias. Estaban, como siempre, echando las redes al mar, a la espera de que los peces entraran en la red. Sin embargo, esta vez la historia, que había comenzado igual que todos los días, terminaría de un modo muy diferente.
Ahí, en su trabajo, en pleno mar de Galilea, Andrés recibió una llamada atractiva, pero incierta: Jesús pasó y lo invitó a ser pescador de hombres. Sin más detalles, sin más especificaciones. No le dijo ni cómo sería su vida, ni cómo sería su muerte. El Señor le pidió que estuviera a su lado, y poco a poco, al calor del amor de su Corazón, lo fue forjando para que fuera capaz también de compartir su destino.
Así terminó la historia: san Andrés abrazando con deseo ardiente la misma Cruz de su Maestro. Nada cercano a lo que años antes, en el mar de Galilea, el joven pescador habría podido calcular.
Considerar así, en perspectiva, la vida de san Andrés, desde su llamada hasta su muerte en la cruz, puede ayudarnos a profundizar en la conciencia de que los planes de Dios están perfectamente alineados con nuestro deseo de felicidad. Seguramente, si ese día de pesca Jesús le hubiera anunciado a Andrés que iba a morir en una cruz, aquel hombre habría desfallecido. Sin embargo, a la vuelta de los años nos lo encontramos audaz y enamorado, deseoso de abrazar esa fuente de dolor, que para él era fuente de felicidad, como refleja el maravilloso testimonio que nos quedó con su himno ante la cruz.
Los planes de Dios están perfectamente alineados con nuestro deseo de felicidad, decíamos. Sin embargo, la experiencia de los apóstoles nos enseña que para que esa felicidad se realice necesitamos abandonarnos de verdad en el Señor y dejar de forzarlo a escribir la historia como a nosotros nos parece. La vida de san Andrés no fue como él la esperaba, como él la preveía: fue mucho más feliz.
Eso mismo podría sucedernos a nosotros, si nos decidimos a seguir al Señor hasta el fondo, sin querer controlarlo todo y sin decidir nosotros el final. Si seguimos a Jesús, nuestra vida no será como la vislumbramos: será mucho mejor. Incluso aunque sucedan cosas que nos parecen impensables, aunque el Señor nos pida cosas que ahora mismo nos parecen descabelladas.
Dios siempre cumple sus promesas, y a nosotros nos ha prometido que haremos obras cuyo alcance no podemos imaginar, porque incluso podremos hacer obras mayores que Él. Pero eso requiere de nuestra parte, como hizo Andrés, dejar atrás la seguridad de lo conocido para ir en pos de Aquel que nos ama.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Diciembre
8 de diciembre: solemnidad de la Inmaculada Concepción (Lc 1,26-38)
Evangelio (Lc 1,26-38)
En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.
Y entró donde ella estaba y le dijo:
— Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.
Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo. Y el ángel le dijo:
— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.
María le dijo al ángel:
— ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?
Respondió el ángel y le dijo:
— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.
Dijo entonces María:
— He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.
Comentario
En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María la liturgia de la Iglesia nos invita a meditar la conmovedora escena la Anunciación. San Josemaría gustaba de entrar en ella, como en todas las de Evangelio, para vivirla desde dentro, como un personaje más: “No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración. Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino... –Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena…”.
El ángel Gabriel se dirige a María: Jaire, kejaritoméne! –dice el texto griego. El término jaire es un saludo que literalmente significa: “alégrate”. En efecto, siempre que Dios está cerca, una alegría serena invade el alma. “La misma palabra –hace notar Benedicto XVI– reaparece en la Noche Santa [del nacimiento de Jesús] en labios del ángel, que dijo a los pastores: ‘Os anuncio una gran alegría’ (cf. Lc 2, 10). Vuelve a aparecer en Juan con ocasión del encuentro con el Resucitado: ‘Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’ (Jn 20, 20). En los discursos de despedida en Juan hay una teología de la alegría que ilumina, por decirlo así, la hondura de esta palabra: ‘Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’ (Jn 16, 22)”.
La palabra jaire está relacionada en griego con járis (que significa “gracia”), porque la alegría es inseparable de la gracia. María “ha sido abundantemente objeto de la gracia” (v. 28), que eso significa literalmente el término kejaritoméne, traducido por “llena de gracia”. Dios la había escogido para ser madre de su Hijo hecho hombre y, por eso, en atención a los méritos de Cristo, había sido preservada del pecado original desde el momento en que fue concebida por sus padres.
El Señor le anuncia que concebirá y dará a luz un niño, que llevará el nombre de Jesús (es decir, Salvador). Será el Mesías prometido, aquel que recibirá “el trono de David”, y, aún más, el “Hijo del Altísimo”, el “Hijo de Dios” verdadero.
Lo concebirá virginalmente, sin concurso de varón, por obra y gracia del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (v. 35). Durante la peregrinación del pueblo de Dios por el desierto camino de la tierra prometida, la presencia del Señor se manifestaba a través de la nube que cubría el santuario, ahora será el Espíritu Santo el que cubrirá con su sombra ese Santuario de la presencia de Dios que es el cuerpo de María.
Por eso, sigue diciendo el ángel, “el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios” (v. 35). El adjetivo “santo”, por la posición en la que aparece en el texto griego original y en esta traducción, va calificando el modo de nacer: “nacerá santo”, en posible alusión a su nacimiento virginal.
María, diciendo sencillamente que “sí” se convierte en la madre del Hijo de Dios hecho hombre. Benedicto XVI observa que “los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda”.
“El misterio de la Inmaculada Concepción es fuente de luz interior, de esperanza y de consuelo –comentaba también Benedicto XVI, en otra ocasión–. En medio de las pruebas de la vida, y especialmente de las contradicciones que experimenta el hombre en su interior y a su alrededor, María, Madre de Cristo, nos dice que la Gracia es más grande que el pecado, que la misericordia de Dios es más poderosa que el mal y sabe transformarlo en bien. (…) Esta mujer, la Virgen María, se benefició anticipadamente de la muerte redentora de su Hijo y desde la concepción fue preservada del contagio de la culpa. Por eso, con su corazón inmaculado, nos dice: confiad en Jesús, él os salvará”.
Francisco Varo
26 de diciembre: San Esteban protomártir
Comentario de la fiesta de san Esteban protomártir.
Evangelio (Mt 10,17-22)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué debéis decir; porque en aquel momento se os comunicará lo que vais a decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino que será el Espíritu de vuestro Padre quien hable en vosotros. Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir. Y todos os odiarán a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará.
Comentario
Todavía con el corazón rebosante de gozo por el nacimiento del Salvador, nos encontramos hoy con estas palabras de Jesús, que anuncia a sus discípulos persecuciones por causa de su nombre. Luz y cruz, gozo y dolor se unen en la vida del cristiano que quiere seguir al Maestro con perseverancia, confiando en la fortaleza que viene del Espíritu Santo, para resistir ante las amenazas de los enemigos de Dios y de su Iglesia.
El evangelio de hoy refleja la fidelidad del primer discípulo de Jesús que dio testimonio de él ante los hombres. Fidelidad significa semejanza, identificación con el Maestro. Igual que Jesús, Esteban predicaba a sus hermanos de raza, lleno de la sabiduría del Espíritu Santo, y hacía grandes prodigios en favor de su pueblo; como Jesús, fue llevado fuera de la ciudad y allí fue lapidado, mientras él perdonaba a sus verdugos y entregaba su espíritu al Señor (cf. Hechos de los Apóstoles, 6,8-10; 7,54-60).
Pero podemos reclamar a Jesús: ¿cómo no preocuparnos cuando se siente la amenaza de un ambiente hostil al Evangelio? ¿Cómo desatender la tentación del miedo o del respeto humano, para evitar tener que resistir? Más aún, cuando esa hostilidad surge en el propio ambiente familiar, algo que ya vaticinó el profeta: “Porque el hijo ultraja al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera, contra su suegra: los enemigos del hombre son los de su propia casa” (Miqueas, 7,6). Es cierto que Jesús no nos da una técnica para salir ilesos ante la persecución. Nos da mucho más: la asistencia del Espíritu Santo para hablar y perseverar en el bien, dando así un fiel testimonio del amor de Dios por toda la humanidad, también por los perseguidores. En este primer día de la Octava de Navidad sigue habiendo espacio para la alegría, puesto que lo que más queremos, lo que más nos hace felices no es nuestra propia seguridad, sino la salvación para todos.
Josep Boira
27 de diciembre: san Juan apóstol y evangelista
Comentario de la fiesta de san Juan apóstol y evangelista. “El otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro”. El discípulo amado sale corriendo para corroborar con sus ojos aquello que ya intuía en su corazón: que la muerte no podía ser más fuerte y definitiva que el amor de Jesús.
Evangelio (Jn 20, 1a. 2-8)
El día siguiente al sábado, María Magdalena echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:
- Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.
Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó trae él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto a los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó.
Comentario
La liturgia celebra hoy la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista, hijo de Zebedeo. Según la tradición, Juan es el “discípulo amado” que se recostó sobre el pecho del Maestro en la última cena (Jn 13,25), acompañó a Jesús en el suplicio de la Cruz junto a María (Jn 19, 26-27), fue testigo del sepulcro vacío y posteriormente de la Presencia del Resucitado (Jn 20, 2; 21, 7).
En la escena del evangelio de hoy vemos a María Magdalena, Pedro y Juan en torno al sepulcro vacío. Esta escena es de suma importancia porque está en juego la verdadera dimensión del mensaje de Jesús, que Juan supo transmitir con tanta fuerza. Sólo si el amor de Jesús era más fuerte que la fatídica muerte, valdría la pena arriesgarlo todo por el Maestro. Sin esta victoria, sus palabras quedarían en meras promesas que se perderían con el correr del tiempo.
Es quizá, gracias al amor real y concreto que Juan recibió estando cerca del Maestro, que lo ayudaron a mantenerse expectante y como en guardia después de los sucesos de la pasión y muerte de Jesús. Había algo de auténtico e inmortal en el amor de Jesús, que hacía presentir que la historia del Maestro no podía terminar en tinieblas.
Estos y otros numerosos recuerdos de Jesús se agolparían en su mente al escuchar las noticias de María Magdalena, sobre la tumba vacía. La emoción lo hace correr más velozmente que Pedro, aunque al llegar lo espera en señal de respeto hacia el jefe de los apóstoles. Al asomarse no encuentra a Jesús pero ve los lienzos plegados, que le recuerdan vivamente que el misterio del resucitado es también el del crucificado.
Y aunque los lienzos no ofrecían una certeza absoluta, Juan contaba en su corazón con la claridad que sólo el amor puede otorgar. Viendo aquello supo en su interior que las palabras que escuchó tan atentamente de los labios del Maestro no eran sino verdades. Jesús había resucitado y ahora quedaba esperar a poder verlo y escucharlo nuevamente.
Existe un antiguo himno, que se reza en la liturgia de las horas, compuesto en honor al evangelista, que puede servirnos para terminar este comentario. El texto nos recuerda que en el discípulo amado tenemos un modelo para que todos imitemos, ya que todos estamos llamados a esa relación de amor con el Señor resucitado.
Tú que revelaste a Juan
tus altísimos decretos
y los íntimos secretos
de hechos que sucederán,
haz que yo logre entender
cuánto Juan ha contado.
Déjame, Señor, poner
mi cabeza en tu costado.
Tú que en la cena le abriste
la puerta del corazón,
y en la transfiguración
junto a ti lo condujiste,
permíteme penetrar
en tu misterio sagrado.
Déjame, Señor, posar
mi cabeza en tu costado.
Tú que en el monte Calvario
entre tus manos dejaste
el más santo relicario:
la carne donde habitaste;
tú que le dejaste ser
el hijo bien adoptado.
Déjame, Señor, poner
mi cabeza en tu costado.
Y tú, Juan, que a tanto amor
con amor correspondiste
y la vida entera diste
por tu Dios y tu Señor,
enséñame a caminar
por donde tú has caminado.
Enséñame a colocar
la cabeza en su costado. Amen
Martín Luque
28 de diciembre: Santos Inocentes
Evangelio (Mt 2, 13-18)
Cuando se marcharon, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo:
- Levántate toma al niño y a su madre huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo.
Entonces, Herodes, al ver que los magos le habían engañado, se irritó mucho y mandó matar a todos los niños que habían en Belén y toda su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de los magos.
Se cumplió entonces lo dicho por medio del profeta Jeremías:
Una voz se oyó en Ramá,
llanto y lamento grande:
Es Raquel,
que llora por sus hijos
y no admite consuelo,
porque ya no existen.
Comentario
¡Qué contraste tan grande! Llegan los Reyes Magos de Oriente y colman al niño con regalos dignos de un rey, y, poco después, el ángel del Señor le dice a José que huya a una tierra lejana con María y el niño, porque otro rey quiere matarlo. La razón humana tantas veces no entiende los planes de Dios, que parecen contradecirse: por un lado tantas manifestaciones de su bondad y por otro lado nos cerca el mal, el sufrimiento y surgen problemas que trastocan los proyectos que hemos hecho con recta intención.
Esas situaciones reclaman nuestra oración, una unión más intensa con Dios, para tener una disposición humilde, generosa y sacrificada, y cumplir aquello que el Señor dispone. A veces tendremos que rendir el propio juicio y dejar de lado las más nobles ambiciones, para poner la voluntad al servicio de lo que el Señor nos muestra y nos resulta particularmente costoso y aun humanamente inexplicable, porque Dios sabe más. Seguramente, cuando en medio de la noche, José despierta a María y huye con el niño, no recordaría lo que cita el Evangelio: 'de Egipto llamé a mi hijo'[1], la profecía referida al niño Dios, que entendería más tarde.
La violenta reacción de Herodes y su deseo de dar muerte al niño, ponen en evidencia la esterilidad de aquellos que decretan la muerte de Dios. Dios encarnado muere cuando quiere, ofreciendo su vida en redención de muchos, porque Dios es el Señor de la vida y de la muerte. Ante los sucesos inexplicables que jalonan nuestra existencia, el entendimiento humano puede revelarse y optar por un ateísmo práctico, pero con eso lo único que logra es bloquear la razón y llenarla de oscuridad y como consecuencia sembrar la desolación: así termina el evangelio de hoy, con el llanto desconsolado de Raquel por sus hijos.
[1] Os 11,1
Miguel Ángel Torres-Dulce
