"Meditaciones breves" para la tercera semana de Pascua

Autor
AA.VV
Publicación
OpusDei.org

Domingo - III semana de Pascua

  • Cristo Resucitado se presenta ante sus discípulos.
  • Los primeros cristianos anuncian la misericordia de Dios.
  • Nosotros somos testigos de Jesús.

Lunes - III semana de Pascua

  • Jesús quiere que le sigamos por amor.
  • La fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios.
  • Vivir con la mente de Cristo.

Martes - III semana de Pascua

  • Jesús es el verdadero pan del cielo.
  • La Eucaristía, centro y raíz de la vida cristiana.
  • Cuidar la Misa y ser almas de Eucaristía.

Miércoles - III semana de Pascua

  • Podemos ir a Jesús a lo largo del día.
  • El proyecto de Dios con nosotros.
  • Pedir al Señor hacer su voluntad.

Jueves - III semana de Pascua

  • Dios Padre nos atrae hacia Jesús.
  • Pedir el pan de vida.
  • La Eucaristía nos llena de esperanza.

Viernes - III semana de Pascua

  • La Eucaristía nos diviniza.
  • Signo de unidad y vínculo de caridad.
  • Unir nuestra jornada a la Misa.

Sábado - III semana de Pascua

  • Hacer vida la Palabra de Dios.
  • Mirarnos en Jesús a través de la Sagrada Escritura.
  • Buscar, encontrar y amar a Cristo en el Evangelio.

Domingo - IV semana de Pascua

  • Jesús es el buen pastor.
  • Dar la vida por las ovejas.
  • Todos somos oveja y pastor.

 

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Domingo - III semana de Pascua

  • Cristo Resucitado se presenta ante sus discípulos.
  • Los primeros cristianos anuncian la misericordia de Dios.
  • Nosotros somos testigos de Jesús.

LLEGAMOS a la tercera semana de Pascua. El evangelio nos introduce hoy en el cnáculo, ya de noche, el mismo día de la resurrección de Jesús. Los discípulos de Emaús «contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan» (Lc 24,35). Ya no hay lugar a dudas: son muchos los testimonios que, a lo largo de aquel día, han confirmado la resurrección del Maestro. No había otro tema de conversación. Estaban hablando de estas cosas, se ayudaban mutuamente a recordar las promesas de Jesús, «cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “Paz a vosotros”» (Lc 24,36). Les saludó con la paz, como tiempo atrás les había recomendado que hicieran cuando entraran a una casa (cfr. Lc 10,5).

Aunque los presentes en el cenáculo estaban ya convencidos de la resurrección del Señor, reaccionaron con sorpresa y temor ante la aparición, «pensando que veían un espíritu» (Lc 24,37). Les sucedió como aquella noche en el mar, cuando se les había aparecido sobre las aguas, en medio de la tormenta (cfr. Mc 6,50). En esta ocasión, Jesús les insiste en la realidad de su presencia física. Y les enseña sus heridas como si fueran sus credenciales, su documento de identidad. «Les dijo: “¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo”. Y dicho esto, les mostró las manos y los pies» (Lc 24,38-40).

Ante la confusión de los apóstoles, que el evangelista explica por la alegría que los embargaba, Jesús les da otro argumento: «Les dijo: “¿Tenéis ahí algo de comer?”» (Lc 24,41). Una vez más comparte la mesa con ellos, como tres días antes, cuando instituyó la Eucaristía. De esa manera demuestra que «no viene del mundo de los muertos –ese mundo que él ha dejado ya definitivamente atrás–, sino al revés, que viene precisamente del mundo de la pura vida”[1-1]. Podemos acoger la invitación que nos hace san Josemaría al contemplar la resurrección de Cristo: «Antes de terminar la decena, has besado tú las llagas de sus pies..., y yo más atrevido –por más niño– he puesto mis labios sobre su costado abierto»[1-2].

«ENTONCES les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Como había hecho con los discípulos de Emaús, el Señor les da la gracia para discernir las profecías del Antiguo Testamento que se referían a él. Después de tres años de enseñanzas, Jesús continúa formándolos: ahora les da un auxilio especial para interpretar las Escrituras. Con esa luz, los discípulos entienden el sentido de todo lo que habían vivido junto al Maestro. «Y les dijo: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”» (Lc 24,46-47). Impulsados por estas palabras, los primeros cristianos anuncian la cercanía de la misericordia de Dios, solo que ahora no se trata de una simple promesa; a partir de entonces los discípulos serían ministros de la reconciliación, pues Jesús mismo les había dicho: «A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,23).

Escuchamos en la primera lectura de la Misa el testimonio de san Pedro: «Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados» (Hch 3,19). Y en la segunda recordamos la advertencia de san Juan: «Os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1Jn 2,1-5). Cada año, la Iglesia renueva esa invitación en el tiempo pascual. «La confesión es el paso de la miseria a la misericordia, es la escritura de Dios en el corazón. Allí leemos que somos preciosos a los ojos de Dios, que él es Padre y nos ama más que nosotros mismos (...). Cuántas veces nos sentimos solos y perdemos el hilo de la vida. Cuántas veces no sabemos ya cómo recomenzar, oprimidos por el cansancio de aceptarnos. Necesitamos comenzar de nuevo, pero no sabemos desde dónde (...). Solo sintiéndonos perdonados podemos salir renovados, después de haber experimentado la alegría de ser amados plenamente por el Padre. Solo a través del perdón de Dios suceden cosas realmente nuevas en nosotros»[1-3].

LA LITURGIA actualiza el misterio pascual y, por tanto, la misión apostólica. Como hace veinte siglos, Jesús resucitado nos dice ahora a nosotros: «Vosotros sois testigos de esto» (Lc 24,48). Esta llamada al apostolado forma parte de nuestra identidad cristiana. «La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo»[1-4].

«Vosotros sois testigos de esto» (Lc 24,48). Pero, ¿cómo ser buenos testigos? «Podemos ser testigos solo si conocemos a Cristo de primera mano, y no solo a través de otros, desde nuestra propia vida, de nuestro encuentro personal con él. Encontrándole realmente en nuestra vida de fe, nos convertimos en testigos y podemos contribuir a la novedad del mundo, a la vida eterna»[1-5]. Vivir con sentido de misión presupone tener el corazón enamorado, ser amigos de Jesús resucitado, tratarlo en el pan y en la palabra. «Jesucristo vive –decía san Josemaría– con carne como la mía, pero gloriosa; con corazón de carne como el mío (...). “Yo sé que mi Redentor vive” (Jb 19,25). Mi Redentor, mi Amigo, mi Padre, mi Rey, mi Dios, mi Amor, ¡vive! Se preocupa de mí»[1-6].

Con la conciencia de una misión tan importante, queremos hacer lo mismo que aquellos primeros cristianos: acudimos a María, Reina de los Apóstoles, para que nos ayude a convertirnos en anunciadores de Jesucristo.

 


[1-1] Benedicto XVI. Jesús de Nazaret, tomo II, Encuentro, Madrid, 2011, p. 312.

[1-2] San Josemaría, Santo Rosario, primer misterio glorioso.

[1-3] Francisco, Homilía, 29-III-2019.

[1-4] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 120.

[1-5] Benedicto XVI, Audiencia, 20-I-2010.

[1-6] San Josemaa, Instrucción 9-I-1935, n. 248.

 

 

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Lunes - III semana de Pascua

  • Jesús quiere que le sigamos por amor.
  • La fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios.
  • Vivir con la mente de Cristo.

LA NOTICIA DE LA multiplicación de los panes se había divulgado por toda la región; tanto, que una muchedumbre se dirigió hacia el sitio del milagro. «Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la ciudad donde vivía, en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí?”» (Jn 6,24-25). Sucede que la misma noche del milagro, Jesús se había acercado caminando sobre las aguas a la barca donde estaban sus discípulos. El evento no había pasado inadvertido por los que vivían en aquella zona, pues «la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos» (Jn 6,22).

Por todas estas cosas, la gente se daba cuenta de que aquel profeta era especial, pues acompañaba su novedosa predicación con signos portentosos que daban autoridad a sus palabras. Pero el Señor aprovecha rápidamente para purificar poco a poco su interés e invitarlos a elevar la mirada. No se trataba de seguir a un taumaturgo que les diera alimento diario, sino de buscar la vida eterna, de procurar la salvación. «Jesús les contestó: “en verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”» (Jn 6,26).

Con el eco de aquellas palabras del Señor, podemos valorar y examinar cómo es nuestra rectitud de intención en el seguimiento de Cristo, si deseamos cumplir siempre y en todo su voluntad. Que no nos suceda lo que decía san Agustín a propósito de estas páginas del evangelio: «Me buscáis por motivos de la carne, no del espíritu. ¡Cuántos hay que buscan a Jesús, guiados solo por intereses temporales! (...). Apenas se busca a Jesús por Jesús»[2-1]. El Señor hizo ver a aquella muchedumbre que, aunque habían visto el signo, no estaban buscando el verdadero significado. «Es como si dijese: “Vosotros me buscáis por un interés”. Nos hace siempre bien preguntarnos: ¿por qué busco a Jesús? ¿Por qué sigo a Jesús? Nosotros somos todos pecadores. Y, por lo tanto, siempre tenemos algún interés, algo que purificar al seguir a Jesús; debemos trabajar interiormente para seguirlo, por Él, por amor»[2-2].

AQUELLOS admiradores de Jesús, al estar concentrados solo en su intereses personales, no cayeron en la cuenta de que estaban frente al enviado de Dios. «No habían comprendido que ese pan, partido para tantos, para muchos, era la expresión del amor de Jesús mismo. Han dado más valor a ese pan que a su donador»[2-3]. Pero Jesús aprovechó su interés para orientar sus deseos: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios» (Jn 6,27). De esa manera introdujo el gran tema del capítulo entero del evangelio que la liturgia de la Iglesia nos propone durante esta semana: la Eucaristía.

Pero, antes, Jesús tenía que preparar el terreno para esta predicación. «Ellos le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?”» (Jn 6,28). De acuerdo con la mentalidad de la época, quienes escuchaban a Jesús pensaban que debían cumplir unas prácticas religiosas para merecer el alimento milagroso. El Señor los sorprendió con su respuesta: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). La obra de Dios es creer. La prioridad es de la gracia, más que de nuestras acciones. «Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consiste tanto en el “hacer” cosas, sino en el “creer” en aquel que Él ha enviado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos implicar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que perfumen a Evangelio, por el bien y las necesidades de los hermanos»[2-4].

«La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). La clave de nuestra fe se encuentra en la confianza plena en la gracia de Dios. «El centro de la existencia, lo que da sentido y firme esperanza al camino de la vida, a menudo difícil, es la fe en Jesús, el encuentro con Cristo (...). La fe es lo fundamental. Aquí no se trata de seguir una idea, un proyecto, sino de encontrarse con Jesús como una Persona viva, dejarse conquistar totalmente por él y por su Evangelio. Jesús invita a no quedarse en el horizonte puramente humano y a abrirse al horizonte de Dios, al horizonte de la fe»[2-5].

«LA OBRA DE DIOS es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). «Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia terrena está al final, en la eternidad, en el encuentro con él, que es don y donador; y nos recuerda también que la historia humana –con sus sufrimientos y sus alegrías– tiene que ser vista en un horizonte de eternidad, es decir, en aquel horizonte del encuentro definitivo con él. Y este encuentro ilumina todos los días de nuestra vida»[2-6].

De hecho, la fe nos acerca al punto de vista de Dios, a «la mente de Cristo» (1 Co 2,16), de modo que todo lo leemos y entendemos desde allí. Por esto, la fe no es un simple contenido teórico para confesar o predicar. Se manifiesta, ante todo, en la vida diaria del creyente, pues esa luz muestra el sentido de la vida, ilumina la existencia personal y comunitaria con la perspectiva de Dios. La fe, al descubrir la posibilidad de asociarse a los planes providentes de Dios, se hace operativa, «actúa por el amor» (Ga 5,6). «Fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad»[2-7], decía san Josemaría. ¿Me impulsa la fe a ver las cosas con la mente de Cristo? ¿Procuro descubrir la relación que tiene la realidad en la que vivo con los planes de Dios, especialmente a partir de la Sagrada Escritura?

Acudamos a Jesús como el personaje del Evangelio que le suplicaba: «Creo, pero ayuda mi falta de fe» (Mc 9,24). Digámosle también nosotros: «¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor! Y dirijamos también esta plegaria a santa María, madre de Dios y madre nuestra, maestra de fe: “¡Bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor” (Lc 1,45)»[2-8].

 


[2-1] San Agustín, Tratado sobre el evangelio de san Juan, 25, 10.

[2-2] Francisco, Homilía, 5-V-2014.

[2-3] Benedicto XVI, Ángelus, 2-VIII-2015.

[2-4] Francisco, Ángelus, 5-VIII-2018.

[2-5] Benedicto XVI, Ángelus, 5-VIII-2012.

[2-6] Benedicto XVI, Ángelus, 2-VIII-2015.

[2-7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 203.

[2-8] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 204.

 

 

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Martes - III semana de Pascua

  • Jesús es el verdadero pan del cielo.
  • La Eucaristía, centro y raíz de la vida cristiana.
  • Cuidar la Misa y ser almas de Eucaristía.

DESPUÉS DE LA multiplicación de los panes y de los peces, una multitud siguió a Jesús hasta Cafarnaún. Allí le preguntaron qué acciones debían realizar para unirse a las obras de Dios. El Maestro les respondió que la clave era creer en él como enviado del Padre (cfr. Jn 6,22-29). Ahora contemplamos la continuación de ese diálogo, cuando quienes le escuchaban exigieron un portento para confirmar sus palabras, como si el milagro de la noche anterior no hubiese sido suficiente. «Replicaron: “¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer”» (Jn 6,30-31).

Aquella muchedumbre retó a Jesús para que les demostrara si podía hacer algo parecido a los portentos de Moisés. Pero el Señor, comprendiendo sus inquietudes, se puso a explicarles cuál había sido el verdadero origen del maná. Les enseñó que, más importante que ese acontecimiento, era lo que este anunciaba: el pan de la vida eterna, el verdadero pan del cielo. «Jesús les replicó: “En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”» (Jn 6,32-33).

Jesús es el nuevo Moisés, que lleva a plenitud los anuncios del profeta. Aquellos signos lo demuestran: la multiplicación de los panes recuerda el don del maná en el desierto, y el caminar sobre las aguas evoca el paso del mar Rojo. Pero en ambos casos Jesús va más allá de lo que se anunciaba en el Pentateuco. De hecho, después de dar de comer a cinco mil personas, quienes presenciaron el milagro proclamaron: «Este es verdaderamente el profeta que viene al mundo» (Jn 6,14); y más tarde, al oír que ese pan puede dar la vida, «le dijeron: “Señor, danos siempre de este pan”» (Jn 6,34). Es una reacción natural. Lo mismo había pedido la samaritana cuando Jesús le habló del agua que saltaba hasta la vida eterna. También nosotros, como aquella muchedumbre, queremos que Dios aumente nuestro deseo de recibir aquel pan que da vida.

«JESÚS les contestó: “Yo soy el pan de vida”» (Jn 6,35). Estas palabras son una revelación central de nuestra fe. En el cuarto Evangelio no se menciona la institución del sacramento de la Eucaristía. En cambio, se transmite la teología de este sacramento. Jesús se presenta como el pan que da sentido y esperanza al caminar terreno, como el alimento que Dios sirvió a Elías para caminar «cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios» (1R 19,8). Jesús es el pan de vida porque se quedó en el sacramento de la Eucaristía como «la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana»[3-1], como «el centro y la raíz de la vida interior»[3-2]. Fuente y cumbre; centro y raíz. Alcanza esta grandeza porque contiene al mismo Jesucristo, autor de la gracia, y porque «en ella alcanzan su cumbre la acción santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él»[3-3].

«La Eucaristía es Jesús mismo que se dona por entero a nosotros. Nutrirnos de él y vivir en él mediante la comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a los hermanos. Nutrirnos de ese Pan de vida significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor y convertirse en personas de paz, personas de perdón, de reconciliación, de compartir solidario. Lo mismo que hizo Jesús»[3-4]. San Josemaría lo tenía bien experimentado, pues desde joven pasó largos períodos de tiempo frente al tabernáculo. Por eso, aconsejaba: «¡Sé alma de Eucaristía! Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!»[3-5].

SER ALMA DE EUCARISTÍA nos lleva a cuidar especialmente la Misa para que cada día pueda estar vivificado por la gracia y la fuerza de Dios. Para esto, podemos pedir al Señor que nos conceda aprender a entrar en las palabras que él mismo dirige al Padre y que la Iglesia nos propone en cada celebración. De este modo, la santidad de Dios alcanzará cada vez más nuestra vida ordinaria, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y alegrías.En este empeño, también puede ayudarnos la meditación de las lecturas, prepararla con comuniones espirituales, o dar gracias por haber participado en la Misa y por la comunión. Si emprendemos ese camino, desearemos saludar a Jesús en el sagrario, estar a solas con él, pasar allí ratos de oración más o menos largos.

Podemos pedir también al Señor la gracia de ser más sensibles a su presencia en la Eucaristía. Jesús: auméntanos la fe, danos más luz en la razón para creer con firmeza y para ahondar con profundidad en el misterio de este sacramento. Y danos también más amor, más fuerza para desear la comunión frecuente y para amar con todas nuestras fuerzas tu presencia en el tabernáculo. Nos puede servir el consejo de san Josemaría: «Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirte seguro, para sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!»[3-6].

A María, mujer eucarística, le pedimos ayuda para querer a su hijo como lo hizo ella; queremos recibir a Jesús con sus mismas disposiciones: «Con aquella pureza, humildad y devoción».

 


[3-1] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 11.

[3-2] San Josemaría, Forja, n. 69.

[3-3] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 274.

[3-4] Francisco, Ángelus, 16-VIII-2015.

[3-5] San Josemaría. Forja, n. 831.

[3-6] San Josemaría, Forja, n. 837.

 

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Miércoles - III semana de Pascua

  • Podemos ir a Jesús a lo largo del día.
  • El proyecto de Dios con nosotros.
  • Pedir al Señor hacer su voluntad.

ES SÁBADO y Jesús predica en la sinagoga de Cafarnaún. Despierta el interés de los presentes cuando dice que la obra de Dios es cuestión de fe. La expectativa crece cuando, como signo para refrendar sus palabras, les ofrece el pan del cielo. Y el diálogo llega a su punto máximo al afirmar: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,34). Añade una promesa, unida a una exigencia: «Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37).

El Padre nos da a su Hijo para que recibamos la adopción filial. Pero nuestro ir a Jesús es libre, nadie se acerca a él por obligación. «Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica. Pero probemos a hacerla concreta, haciéndonos preguntas como estas: Hoy, en el trabajo que he tenido entre manos en la oficina, ¿me he acercado al Señor? ¿Lo he convertido en ocasión de diálogo con él? Y con las personas que he encontrado, ¿he acudido a Jesús, las he llevado a él en la oración? ¿O he hecho todo más bien encerrándome en mis pensamientos, alegrándome solo de lo que me salía bien y lamentándome de lo que me salía mal? En definitiva, ¿vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?»[4-1].

«Al que viene a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37). Nosotros hemos venido para estar con Jesús, queremos aceptar libremente en cada momento la invitación del Padre. Y le agradecemos esa seguridad de que no nos echará, de que siempre estará a nuestro lado, de nuestra parte. El Señor nos impulsa a comenzar y a recomenzar cuantas veces haga falta.

«HE BAJADO del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). El sendero que recorrió Jesús fue el de hacer suyala voluntad del Padre. Este es el modelo para llevar una vida feliz. Porque Dios es quien desea, con más fuerza que nadie, nuestra felicidad eterna y terrena. Sintonizar con ese proyecto es la manera más segura de edificar esa felicidad. Amar la voluntad de Dios no es someterse a unas reglas arbitrarias, sino confiar en su inmenso deseo de compartir con nosotros su felicidad.

Y vale la pena confiar en ese plan de Dios también en los momentos difíciles; también aquí nuestro modelo sigue siendo Cristo. «¡No es fácil cumplir la voluntad de Dios! No fue fácil para Jesús que, en esto, fue tentado en el desierto y también en el Huerto de los Olivos donde, con agonía en el corazón, aceptó el suplicio que le esperaba. No fue fácil para algunos discípulos, que lo abandonaron por no entender qué era hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). No lo es para nosotros, desde que cada día tenemos en bandeja tantas opciones»[4-2].

En los momentos de sufrimiento podemos recordar que Jesús sufrió profundamente en el Huerto de los Olivos, con su corazón de hombre. La tentación del discípulo que desea agradar en todo a Dios puede consistir en luchar sin el corazón. Mientras nos parece tener claro en el pensamiento aquello que deberíamos realizar, incluso con una certeza muy grande, en cambio en el corazón puede que no exista la misma determinación, ni los afectos nos inviten hacia ese camino. Por esto, necesitamos buscar la voluntad de Dios también con el corazón. San Josemaría repetía estas palabras, sabiendo que nadie quiere nuestra felicidad tanto como nuestro creador: «Quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…»[4-3].

«¿QUÉ HAGO para hacer la voluntad de Dios? Primero, pedir la gracia de quererla hacer. ¿Pido que el Señor me dé ganas de hacer su voluntad? ¿O busco componendas porque me da miedo la voluntad de Dios? Y podemos hacer también otra cosa: rezar para conocer la voluntad de Dios para mí y para mi vida, para saber qué decisión debo tomar ahora, cómo gestionar mis cosas, etc.»[4-4]. Esto es también lo que procuraba hacer san Josemaría: «Al comprobar que Jesús esperaba algo de mí –¡algo que yo no sabía qué era!–, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam –Maestro, que vea– me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que tú quieres, se cumpla»[4-5].

Ese modo de hacer de los santos nos introduce en su familiaridad con Dios, en aquella sintonía de deseos que es el camino de la felicidad. Por esto, podemos pedir «que el Señor nos conceda la gracia, a todos, para que un día pueda decir de nosotros lo que dijo de aquel grupo, de esa gente que le seguía y que estaban sentados a su alrededor (...): “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). Hacer la voluntad de Dios nos hace ser parte de la familia de Jesús, nos hace madre, padre, hermana, hermano»[4-6]. Jesús desea hacernos partícipes de sus proyectos de salvación y de amor; espera nuestra respuesta libre, creativa, y nos da la gracia para llevarlo a cabo. «La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor»[4-7].

María respondió que sí a Dios no solo en la anunciación del ángel, sino a lo largo de toda su vida, incluso en los momentos dolorosos de la pasión de su hijo. Pidámosle a ella tener un corazón sensible, que aspira a la vida grande y feliz a la que Dios desea asociarnos.

 


[4-1] Francisco, Homilía, 4-XI-2019.

[2] Francisco, Homilía, 28-I-2015.

[4-3] San Josemaría, Oración manuscrita, IV-1934.

[4-4] Francisco, Homilía, 28-I-2015.

[4-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 197.

[4-6] Francisco, Homilía, 28-I-2015.

[4-7] Mons. Fernando Ocáriz, Meditación, 19-III-2020.

 

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Jueves - III semana de Pascua

  • Dios Padre nos atrae hacia Jesús.
  • Pedir el pan de vida.
  • La Eucaristía nos llena de esperanza.

CUANDO JESÚS anunció en la sinagoga de Cafarnaún que él era el pan de vida, los asistentes, con una comprensible lógica humana, se preguntaban: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» (Jn 6,42). El Señor reaccionó de inmediato y explicó: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44).

Este pasaje nos introduce «en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana y la persona de Jesús, donde el Padre juega un papel decisivo, y naturalmente también el Espíritu Santo, que está implícito. No basta encontrar a Jesús para creer en él. No basta leer la Biblia. Eso es importante, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron. Es más, lo despreciaron y condenaron. ¿Por qué? ¿No fueron atraídos por el Padre? Esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Si tenemos el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos»[5-1].

También a nosotros el Padre nos lleva hasta su Hijo para que aprendamos de él y le demos toda la gloria. Esta misión nos exige procurar estar siempre cerca de Jesús, dejarnos instruir por él para ser sus discípulos. «La fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios: entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios»[5-2].

VER A DIOS, contemplarlo a lo largo del día, no es una meta imposible. Al contrario, es una promesa que podemos alcanzar, de varias maneras, gracias a Jesús. El mismo Dios, que puso en nuestros corazones las ansias de eternidad, se quedó en la Eucaristía para estar siempre con nosotros. En Cristo presente en la Eucaristía es donde mejor se satisfacen nuestros anhelos de amor eterno. Podemos dialogar con él en la oración, visitarlo en el sagrario, escuchar sus palabras en el evangelio. Jesús se convertirá poco a poco en nuestro mejor amigo y podremos pedir al Padre cualquier cosa en su nombre: «Si pedimos en nombre de Jesucristo, el Padre nos lo concederá, estad seguros. La oración ha sido siempre el secreto, el arma poderosa (...). La oración es el fundamento de nuestra paz»[5-3].

En este impulso de petición, Jesús nos enseñó a pedir sobre todo ese «pan de vida», ese alimento de eternidad. «Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron» (Jn 6,49), dice Cristo, comparándose con el alimento que envió Dios por intercesión de Moisés. Señala que, mientras aquel era efímero, la Eucaristía es pan eterno; no se trata de un simple recuerdo, sino de un memorial, una actualización, como rezamos en todas las plegarias eucarísticas y en algunos himnos: O memoriale mortis Domini! Panis vivus, vitam praestans homini![5-4]; ¡oh, memorial de la muerte del Señor, pan vivo que da vida al hombre! La Eucaristía no mira solamente al pasado, sino al presente y al futuro. Nuestro paso por la tierra es una peregrinación de Eucaristía en Eucaristía hasta la participación definitiva en el banquete celestial. «Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4)»[5-5].

«En los días llenos de ocupaciones y de problemas, pero también en los de descanso y distensión, el Señor nos invita a no olvidar que, aunque es necesario preocuparnos por el pan material y recuperar las fuerzas, más fundamental aún es hacer que crezca la relación con él, reforzar nuestra fe en aquel que es el “pan de vida”, que colma nuestro deseo de verdad y de amor»[5-6].

JESÚS NOS PROMETE un alimento divino que estará siempre a nuestra disposición «para que el hombre coma de él y no muera» (Jn 6,50). Con ese pasaporte podemos confiar en que, si somos fieles, nuestra llamada a la vida eterna será una realidad. Así, el mismo Dios nos llena de esperanza, aquella «virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena»[5-7].

Jesús concluye su predicación en la sinagoga reiterando el mensaje central de todo el discurso: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). El Señor nos promete lo impensable: la comunión en su propia vida, por toda la eternidad. Esta esperanza, aunque encuentra su plenitud en el cielo, ilumina nuestros pasos aquí en la tierra. Esta esperanza «nos dice también que nuestras actividades diarias tienen un sentido que va más allá de lo que vemos inmediatamente: como afirmaba san Josemaría, adquieren vibración de eternidad si las hacemos por amor a Dios y a los demás»[5-8].

Todo esto nos llena de optimismo, conscientes de que Dios está siempre junto a nosotros. La alegría cristiana se funda en aquella promesa divina de que viviremos para siempre con él. Por esa razón, la tradición llama a la Eucaristía «prenda de la gloria futura»: porque nos fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna, uniéndonos a Cristo, a la Santísima Virgen y a todos los santos[5-9].

 


[5-1] Francisco, Ángelus, 9-VIII-2015.

[5-2] Ibíd.

[5-3] San Josemaría. Carta 14-II-1944, n. 18.

[5-4] Himno Adoro Te devote.

[5-5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1403.

[5-6] Benedicto XVI, Ángelus, 5-VIII-2012.

[5-7] Compendio del Catecismo de la Iglesia, n. 387.

[5-8] Mons. Fernando Ocáriz, Mensaje, 4-XI-2018.

[5-9] Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia, n. 294.

 

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Viernes - III semana de Pascua

  • La Eucaristía nos diviniza.
  • Signo de unidad y vínculo de caridad.
  • Unir nuestra jornada a la Misa.

CUANDO JESÚS termina su discurso sobre la Eucaristía en la sinagoga, se inicia una discusión inesperada. «Los judíos disputaban entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”» (Jn 6,52). Si algo nos queda claro es que se han dado cuenta del realismo de las palabras del Maestro. Saben que no se está hablando de un simple símbolo. Y la fuerza de aquellas palabras les genera inquietud. Ante la reacción escéptica, el Señor no matiza su expresión; al contrario, reafirma la necesidad de la Eucaristía para tener vida divina. «Entonces Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”» (Jn 6,53).

«Al escuchar este discurso la gente comprendió que Jesús no era un Mesías, como ellos querían, que aspirase a un trono terrenal. No buscaba consensos para conquistar Jerusalén; más bien, quería ir a la ciudad santa para compartir el destino de los profetas: dar la vida por Dios y por el pueblo. Aquellos panes, partidos para miles de personas, no querían provocar una marcha triunfal, sino anunciar el sacrificio de la cruz, en el que Jesús se convierte en Pan, en cuerpo y sangre ofrecidos en expiación»[6-1].

Pero, también en el mismo pasaje, encontramos una promesa maravillosa: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,56). Jesús nos promete la posibilidad de vivir en Dios y de que, al mismo tiempo, él pueda permanecer en nosotros. «No humanizamos nosotros a Dios Nuestro Señor cuando lo recibimos: es él quien nos diviniza, nos ensalza, nos levanta. Jesucristo hace lo que a nosotros nos es imposible: sobrenaturaliza nuestras vidas, nuestras acciones, nuestros sacrificios. Quedamos endiosados»[6-2]. Por eso, «cada vez que comulgamos, nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en Jesús. Como el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre del Señor, así cuantos le reciben con fe son transformados en eucaristía viviente (...). La comunión nos abre y une a todos aquellos que son una sola cosa en él. Este es el prodigio de la comunión: ¡nos convertimos en lo que recibimos!»[6-3].

LA EUCARISTÍA es llamada signo de unidad y vínculo de caridad. Esto se debe a que «la comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús»[6-4]. San Pablo, en los primeros tiempos del cristianismo, explicó esta unidad que se genera al compartir la mesa eucarística: «El pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1Co 10,16-17). Podemos decir, por eso, que la Iglesia forma un Cuerpo; y, también por estas razones, uno de los nombres con los que se conoce a este sacramento es precisamente el de «comunión».

San Josemaría era muy consciente de esa unidad fuerte que se fundamenta en la Eucaristía. Por ese motivo, puso en el sagrario del Consejo general del Opus Dei las palabras de Jesús en la última cena: «Consummati in unum! (Jn 17,23), que sean completamente uno. Porque es como si todos estuviéramos aquí –decía el fundador del Opus Dei–, pegados a ti, sin abandonarte ni de día ni de noche, en un cántico de acción de gracias y –¿por qué no?– de petición de perdón (...). Para reparar, para agradar, para dar gracias»[6-5].

«La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad (...). Pidamos a Dios que este pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias ni chismorreos calumniadores. Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad»[6-6].

«COMO EL PADRE que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57). La comunión de Jesús con el Padre es el modelo para que vivamos en Dios. Esta unión se manifiesta en el deseo de unirnos siempre a su voluntad. Y, en cada Eucaristía, nos da la fuerza para lograrlo: «Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como él trabajaba y amar como él amaba?»[6-7].

Por nuestra alma sacerdotal podemos convertir cada jornada en una Misa; podemos unir nuestro trabajo cotidiano al sacrificio de Cristo en el Calvario, que se renueva en el altar. Esa unión puede verse simbolizada en la gota de agua que el sacerdote añade al vino cuando prepara las ofrendas mientras dice: «El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana»[6-8]. Con razón enseña el Catecismo que «en la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo»[6-9].

Cristo concluye su discurso en la sinagoga diciendo: «El que come este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58-59). Jesús, que bajó del cielo gracias a la respuesta afirmativa de su madre, es el pan vivo y que da la vida. «María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía»[6-10].

 


[6-1] Benedicto XVI, Ángelus, 19-VIII-2012.

[6-2] San Josemaría. Notas de una meditación, 14-IV-1960.

[6-3] Francisco, Audiencia general, 21-III-2018.

[6-4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1391.

[6-5] San Josemaría. En diálogo con el Señor, n. 121.

[6-6] Francisco, Homilía, 18-VI-2017.

[6-7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 154.

[6-8] Misal romano.

[6-9] Compendio del Catecismo de la Iglesia, n. 268.

[6-10] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, n. 26.

 

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Sábado - III semana de Pascua

  • Hacer vida la Palabra de Dios.
  • Mirarnos en Jesús a través de la Sagrada Escritura.
  • Buscar, encontrar y amar a Cristo en el Evangelio.

JESÚS está por concluir su discurso en la sinagoga de Cafarnaún. Minutos antes, algunos de los presentes habían reaccionado con estupor ante la revelación de que les daría a comer su propio cuerpo. Habla el Señor: «¿Esto os escandaliza? ¿Y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?» (Jn 6,61-62). Si antes ha hablado de su carne y de su sangre como fuentes de la vida eterna, ahora subraya la importancia de sus palabras: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida» (Jn 6,63). Esa es la razón por la cual se dice que la Santa Misa se celebra en dos mesas: en el ambón de la Palabra y en el altar de la Eucaristía. En cada una de ellas se nos dispensa el alimento del Padre: sus enseñanzas y la comunión con su cuerpo y con su sangre.

Para asimilar mejor la riqueza de la Palabra de Dios conviene, además de escucharla con atención en la liturgia, meditarla con frecuencia en la oración, estudiarla y tratar de hacerla vida. «La Palabra de Dios escuchada y celebrada, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en la vida cotidiana»[7-1].

San Josemaría aconsejaba: «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no solo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. –El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y en ese texto santo encuentras la vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el apóstol, lleno de amor: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?...”. –¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. –Así han procedido los santos»[7-2].

«LAS PALABRAS que os he dicho son espíritu y vida» (Jn 6,63). Jesús vino para darnos vida en abundancia y nos dejó la Sagrada Escritura para que ahondáramos en su riqueza, para que lo conociéramos cada vez mejor y, de esa manera, pudiéramos amarlo sobre todas las cosas. «Es ese amor de Cristo el que cada uno de nosotros debe esforzarse por realizar en la propia vida. Pero para ser ipse Christus –el mismo Cristo– hay que mirarse en él. No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de él detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz»[7-3].

Podemos pedir al Señor la gracia de «mirarnos en él» como en un espejo. Para lograrlo, san Josemaría acostumbraba a meterse en las escenas del Evangelio y lo recomendaba como un medio eficaz para crecer en amistad con Jesús, para ver la vida con sus ojos y reaccionar como Jesús lo haría. Entonces, los frutos de esa contemplación de la vida del Señor emergerán de modo espontáneo en nuestra conversación y en nuestra vida; ese reflejo encenderá en nuestros amigos el deseo de conocer más detalles del paso de Jesús por la tierra: «Es fundamental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe. La evangelización requiere la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige (...) proponer un estudio serio y perseverante de la Biblia, así como promover su lectura orante»[7-4].

San Josemaría contaba una anécdota de su vida que sucedió cuando iba por la calle leyendo el evangelio en un libro pequeño con las cubiertas forradas en tela. Al pasar junto a unos trabajadores, oyó que se preguntaban qué estaría leyendo aquel sacerdote. Y uno de aquellos hombres contestó, también en voz alta: “La vida de Jesucristo”. La conclusión sobrenatural del fundador del Opus Dei quedó plasmada en el segundo punto de Camino: «Pensé y pienso que ojalá fuera tal mi compostura y mi conversación que todos pudieran decir al verme o al oírme hablar: éste lee la vida de Jesucristo»[7-5].

EL SANTO EVANGELIO es el libro «que nos conserva la voz de Jesús, y que es la fuente donde nuestra oración bebe mejor el agua de la gracia, donde nuestra ansia de verdad se sacia tan plenamente con la luz del cielo prendida en las palabras del Maestro»[7-6]. Muchas veces preparamos la Santa Misa meditando sus textos, y cada día podemos leer un pasaje del Nuevo Testamento en donde experimentamos que esas palabras de Jesús «son espíritu y vida» (Jn 6,63). San Josemaría sugería que, «para aprender de él, hay que tratar de conocer su vida: leer el santo evangelio, meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús. Porque hemos de reproducir, en la nuestra, la vida de Cristo, conociendo a Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla, a fuerza de hacer oración»[7-7].

Si entramos por ese camino, también aprenderemos a tratar al Señor siguiendo el ejemplo de los personajes del Evangelio: a pedirle con fe, como el padre del hijo enfermo; a escucharlo con piedad, como María en Betania; a tocarlo discretamente, como la hemorroísa; a seguirlo sobre todas las cosas, como los discípulos. Pero, ante todo, aprenderemos de María y de José, que lo conocieron más de cerca, a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios. Por esa razón, el fundador del Opus Dei aconsejaba un sendero sobrenatural a partir de la lectura del Santo Evangelio: «Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo»[7-8].

Pidamos a la Virgen santísima y a san José que nos alcancen del Señor la gracia de encontrar a su hijo en la Escritura, de conocerlo y de seguirlo. «¡Amad la Santísima Humanidad de Jesucristo! (...). Y de la Humanidad de Cristo, pasaremos al Padre, con su Omnipotencia y su Providencia, y al fruto de la cruz, que es el Espíritu Santo. Y sentiremos la necesidad de perdernos en este amor, para encontrar la verdadera vida»[7-9].

 


[7-1] Francisco, Evangelii gaudium, n. 174.

[7-2] San Josemaría, Forja, n. 754.

[7-3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 107.

[7-4] Francisco, Evangelii gaudium, n. 175.

[7-5] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 521.

[7-6] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 30-V-1937.

[7-7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 14

[7-8] San Josemaría, Camino, n. 382

[7-9] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 18-VIII-1968.