"Meditaciones breves" para la cuarta semana de Pascua

Autor
AA.VV
Publicación
Collationes.org

Domingo - IV semana de Pascua

  • Jesús es el buen pastor.
  • Dar la vida por las ovejas.
  • Todos somos oveja y pastor.

Lunes - IV semana de Pascua

  • Cristo es nuestra puerta.
  • El buen pastor nos llama uno a uno.
  • Escuchar a Jesús en la Iglesia.

Martes - IV semana de Pascua

  • Jesús obraba hace dos mil años y obra ahora.
  • Nadie podrá separarnos del amor de Cristo.
  • Ser sus colaboradores en el mundo.

Miércoles - IV semana de Pascua

  • Jesús nos revela la paternidad de Dios.
  • Cristo es salvador y juez.
  • El deseo de asociarnos a la voluntad divina.

Jueves - IV semana de Pascua (penidente) En el 2021 Santa Catalina 

Viernes - IV semana de Pascua

  • La mirada puesta en el cielo.
  • La vida eterna no nos separa del mundo.
  • Jesús es el camino.

Sábado - IV semana de Pascua (pendiente) En el 2021 San José Obrero 

Domingo - V semana de Pascua

  • Unidos a la vid, que es Cristo.
  • Para dar más fruto.
  • Todos somos sarmientos de la misma vid.

 

 

resurrecion

Domingo - IV semana de Pascua

  • Jesús es el buen pastor.
  • Dar la vida por las ovejas.
  • Todos somos oveja y pastor.

LOS EVANGELIOS proclamados en los domingos de las primeras semanas de Pascua narraban las apariciones de Cristo resucitado. Hoy, sin embargo, nos encontramos con el discurso en el que Jesús se presenta como el buen pastor y explica a sus oyentes las características de quien vela porlas ovejas: su atención, su espíritu de sacrificio, su unión con el Padre, su libertad plena para asumir la misión... Y parece animar a quienes le escuchan a confiar en él y a querer ser parte de su redil. Hoy, domingo del buen pastor, la Iglesia nos invita a entrar en el redil de Cristo resucitado, a dejar que sea él nuestro guía.

La liturgia de la Misa de hoy comienza dirigiendo a Dios Padre una oración que nos pone de frente a una necesidad: «Condúcenos a la asamblea gozosa del cielo, para que la debilidad del rebaño llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor»[1-1]. Jesús conoce nuestra situación y sabe que necesitamos de su fuerza sanadora. Las heridas de nuestro pecado no sonmotivo de desánimo, sino que pueden llevarnos a confiar aún más en el Señor. Él nos ayuda a mirar la realidad con comprensión y a posar más nuestros ojos en Dios. Jesús nos ha precedido en el camino hacia la vida eterna: él nos abre la brecha y nos señala el camino hacia la felicidad.

La luz de la Pascua ilumina la figura del buen pastor. Podemos decir que Jesús «es mi pastor, nada me falta. En verdes prados me hace reposar; hacia aguas tranquilas me guía» (Sal 23,1-2) porque ha vencido la muerte y ha vuelto a la vida. «Después de triunfar sobre el inferno –expresa un himno litúrgico–, el Restaurador del género humano regresa al cielo, Resucitado, portando a su oveja sobre sus hombros»[1-2]. En esa oveja podemos encontrar una imagen de la humanidad, una imagen de cada uno de nosotros.

«YO SOY EL BUEN PASTOR. El buen pastor da su vida por sus ovejas» (Jn 10,11). Con estas breves palabras Jesús nos dice cómo se identifica al buen pastor: es aquel que se entrega a sí mismo para cuidar a las almas que se le han encomendado. Aquella tarea es, para él, lo más importante. Existe una relación estrecha entre el buen pastor y las ovejas que están a su cargo: las conoce una a una, pasa el tiempo rodeado por ellas, reconoce su balido, el modo en que andan... El buen pastor no abandona nunca a sus ovejas porque estas forman parte de su vida, mientras que el «asalariado», el que no las quiere como suyas, apenas se empeña personalmente en su cuidado.

Jesús subraya que él da la vida por las ovejas como un acto de libertad y, por tanto, de amor: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Este es el mandato que he recibido de mi Padre» (Jn 10,17-18). ¡Cuánta esperanza da saberse amados por un pastor así! Si la pasión del Señor nos muestra el extremo al que llega su amor por nosotros, su resurrección nos dice que vale la pena dejarse conquistar por ese amor, porque ahí encontramos la fuerza para empezar a caminar, ya aquí, según una vida nueva. «Dios mío –reza san Josemaría–, ¡qué fácil es perseverar, sabiendo que tú eres el buen pastor, y nosotros –tú y yo– ovejas de tu rebaño! Porque bien nos consta que el buen pastor da su vida entera por cada una de sus ovejas»[1-3].

Como ovejas del rebaño de Cristo, sabremos acudir a esos lugares donde él nos da la vida: a esos momentos de oración diaria, a las prácticas de piedad que marcan el ritmo de nuestras jornadas... Pero, principalmente, a los sacramentos, pues a través de estos somos renovados en la vida divina. Entonces podemos decir con el salmista: «Preparas una mesa para mí frente a mis adversarios. Unges con óleo mi cabeza, mi copa rebosa. Tu bondad y misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (Sal 23,5-6).

EL DOMINGO DEDICADO al buen pastor es un buen día para pedir que en la Iglesia se hagan presentes siempre los cuidados del buen pastor. Ofrecer esos cuidados es misión especialísima de los ministros sagrados. Sin embargo, en cierto sentido, todos los bautizados, identificados con Cristo, estamos llamados a ser pastores de los demás: a ayudar con el ejemplo, oración y consejo. Por eso, san Josemaría decía que todos somos oveja y pastor.

Para ser buenos pastores necesitamos imitar a Jesús cuando sirve, cura, acompaña, escucha... En definitiva, cuando da la vida por los demás de manera gratuita. «El intermediario hace su trabajo y cobra su paga (…). En cambio, el mediador se olvida de él mismo para unir a las partes, da la vida, a sí mismo, el precio es ese: la propia vida, paga con la propia vida, con su cansancio, su trabajo, con muchas cosas»[1-4]. No son los demás un medio para alcanzar algo , ni siquiera fines que nos pueden parecer elevados. Esa sería la actitud del asalariado de la parábola: no le importan las ovejas sino solo la ganancia que podrá sacar de ellas.

El buen pastor mira a cada persona con la gratuidad de Dios; las ve en su condición fundamental: un hijo o hija de Dios llamado a la gloria y a participar de su amor. Por eso, sirve con alegría a todos, y esto genera una confianza sincera en los demás: desean acercarse al pastor porque saben que busca su felicidad. Después de todo, el premio de esta entrega también es la alegría que no acaba jamás: «Cuando se manifieste el Pastor Supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita» (1Pe 5,4).

 


[1-1] Misal Romano, Oración Colecta, Domingo IV del Tiempo Pascual.

[1-2] Himno Salve dies.

[1-3] San Josemaría, Forja, n. 319.

[1-4] Francisco, Homilía, 9-XII-2016.

 

resurrecion

 

Lunes - IV semana de Pascua

  • Cristo es nuestra puerta.
  • El buen pastor nos llama uno a uno.
  • Escuchar a Jesús en la Iglesia.

«YO SOY la puerta de las ovejas» (Jn 10,7). Jesús se designa a sí mismo como la puerta por la que tienen que pasar los pastores y el rebaño. Advierte que algunos que intentan llegar al rebaño por otros caminos, intentan escalar la cerca, pero esos no son buenos pastores. Solo pasando por Cristo, la puerta, las ovejas pueden transitar con seguridad, encontrar pastos, vida en abundancia. Jesús está en el centro de nuestra fe, es el principio y el fin de la creación, el alfa y el omega, como proclama el sacerdote cuando enciende el cirio durante la Vigilia pascual. «Enciende tu fe –decía san Josemaría–. No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: “Jesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula!” –dice San Pablo– ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!»[2-1].

¡Con qué fuerza se quedó impresa la figura de Jesús en aquellos que entraban en contacto con él! San Pedro y san Juan, después de la curación del cojo de nacimiento y la advertencia del Sanedrín para que no hablasen más de Cristo resucitado, simplemente responden: «Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). San Pablo, que se encontró a Jesús camino de Damasco, lo consideraba su propia vida (cfr. Fil 1,21) y su gran afán era predicar «a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,24).

Al considerar la imagen de Cristo como puerta, podemos pensar si verdaderamente queremos pasar todo lo que nos sucede a través de él. En nuestra relación con Jesús, puede suceder que haya «una dimensión de la experiencia cristiana que quizá dejamos un poco en la sombra: la dimensión espiritual y afectiva. El sentirnos unidos por un vínculo especial al Señor como las ovejas a su pastor. A veces racionalizamos demasiado la fe y corremos el riesgo de perder la percepción del timbre de esa voz, de la voz de Jesús buen pastor, que estimula y fascina. Como sucedió a los dos discípulos de Emaús, que ardía su corazón mientras el Resucitado hablaba a lo largo del camino. Es la maravillosa experiencia de sentirse amados por Jesús (...). Para él no somos nunca extraños»[2-2].

DURANTE LOS años de su predicación en la tierra, el Señor fue dando luz a una multitud de personas. La Sagrada Escritura nos dice que la gente que se acercaba a él quedaba admirada por su modo de predicar, muy distinto a lo que estaban acostumbrados a escuchar (cfr. Mc 1,22). Sus palabras de una profunda y nueva esperanza –una esperanza que no termina aquí en la tierra– hacían que las multitudes se reunieran en torno a él como las ovejas que desean escuchar la voz de su pastor. Cristo «llama a sus propias ovejas por su nombre» (Jn 10,3), habla al corazón de cada persona. Esto implica que detrás de su voz podemos encontrar siempre una llamada personal del Señor. No son ideas con poca trascendencia en nuestra vida diaria: la fe es auténtica cuando se hace propia, cuando descubrimos que orienta nuestros deseos más profundos e ilumina realmente las circunstancias en que vivimos, nuestras relaciones familiares, profesionales, sociales... Entonces nos movemos con libertad, como las ovejas que entran y salen del redil, encontrando la seguridad que les dan los pastos (cfr. Jn 10,9).

Al sacar a las ovejas del redil, el pastor «va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz» (Jn 10,4). Para conocer con mayor claridad la voz de Cristo necesitamos profundizar siempre más en los contenidos de la fe. San Pablo compara la fe a un escudo que nos sirve para «apagar los dardos encendidos del Maligno» (Ef 6,16). Estas convicciones, al asumirlas en nuestra propia vida con la gracia de Dios, nos sostienen, pero sobre todo nos impulsan a llevar paz a los ambientes en los que nos movemos. Así, por ejemplo, quien ha asimilado la verdad de ser hijo de Dios sabrá hacer frente con serenidad a las dificultades de cada día, sabrá tratar mejor a los demás porque son sus hermanos, sabrá pensar en este mundo nuestro como el hogar que nos ha regalado Dios Padre.

La experiencia de encontrarnos con Cristo nos transforma. No nos lleva solamente a creer en algo, sino a ser alguien nuevo, a ser Cristo para los demás. San Josemaría señalaba que «ser santo, ser feliz en la tierra y conseguir la felicidad eterna –que en eso consiste la santidad–, es ser Cristo»[2-3].

LAS OVEJAS del redil de Cristo reconocen su voz y rechazan la de los extraños (cfr. Jn 10,5.8). Creer en Jesús es también entrar a formar parte de la gran comunidad de hombres y mujeres de una gran variedad de condiciones y procedencias que configuran la Iglesia. Así lo expresa el apóstol san Juan: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,3).

Al profundizar en nuestra fe, surge el deseo de hacerlo por medio de las enseñanzas del Magisterio. Se trata de la puerta para apreciar la herencia que nos ha dejado el Señor, el tesoro familiar que se transmite de generación en generación, aquella voz del pastor que no cesa con el paso del tiempo. «Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de fe»[2-4].

Muchas veces, hemos recibido esta fe en el seno de nuestros hogares, como sucedió a Timoteo, a quien san Pablo podía decir: «Me viene a la memoria tu fe sincera, que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro de que también en ti» (1 Tim 1,5). Muchas veces «son las mamás, las abuelas, quienes realizan la transmisión de la fe»[2-5]; al ser un encuentro que transforma a las personas, la transmisión de la vida junto a Jesús encuentra un canal privilegiado en la amistad familiar o social, ya que es amor gratuito que se expande.

Podemos pedir a Jesús, el pastor, la puerta del rebaño, escuchar su voz, ese susurro que nos quiere llevar a la felicidad, aquí y en el cielo.

 


[2-1] San Josemaría, Camino, n. 584.

[2-2] Francisco, Regina Coeli, 7-V-2017.

[2-3] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 28-VIII-1974.

[2-4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 171.

[2-5] Francisco, Homilía, 26-I-2015.

 

resurrecion

 

Martes - IV semana de Pascua

  • Jesús obraba hace dos mil años y obra ahora.
  • Nadie podrá separarnos del amor de Cristo.
  • Ser sus colaboradores en el mundo.

CON CIERTA frecuencia, los jefes del pueblo de Israel pedían a Jesús que les mostrara una señal definitiva de que era el Mesías: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente» (Jn 10,24). A lo que el Señor respondió: «Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí» (Jn 10,25). En efecto, Jesús había realizado ya muchos milagros y prodigios que los mismos jefes del pueblo habían presenciado. Y no solo eso, sino que también había expuesto su doctrina llena de esperanza y amor. Su predicación quedaba avalada por su actuación. Por eso, en otro momento dijo: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed en las obras» (Jn 10,37-38).

Jesús obraba entonces y lo sigue haciendo ahora. Por ejemplo, lo hace y lo ha hecho de manera generosa en nuestra vida. Este es un ámbito de las acciones de Dios que necesitamos recordar frecuentemente; a veces «se pierde la memoria de las grandes cosas que el Señor ha hecho en nuestra vida, en su Iglesia, en su pueblo, y nos acostumbramos a ir nosotros con nuestras fuerzas, con nuestra autosuficiencia (...). Moisés advierte al pueblo a que, una vez llegue a la tierra que no ha conquistado, se acuerde de todo el camino que el Señor le ha hecho hacer»[3-1].

A veces, como aquellos jefes del pueblo de Israel, podemos tener la tentación de pedir a Jesús pruebas de su divinidad, cuando las podemos encontrar en nuestra propia vida. Como le gustaba recordar a san Josemaría, el poder de Dios no ha disminuido (cfr. Is 59,1), sigue realizando en nosotros los mismos prodigios que realizó hace más de dos mil años. Podremos recordar tantos momentos en los que Jesús ha estado presente cuidándonos o dándonos una luz inesperada para nuestro camino. Esas realidades –lo bueno que realizamos o que nos sucede– nos llenarán de alegría y serán siempre expresión de la cercanía de Cristo Resucitado en nuestra vida. «Nos vendrá bien repetir continuamente el consejo de Pablo a Timoteo, su amado discípulo: “Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos” (2Tim 2,8). Acuérdate de Jesús; me acompañó hasta ahora y me acompañará hasta el momento en el que deba comparecer ante él glorioso»[3-2].

LAS OVEJAS de Cristo saben reconocer su voz y su actuación. Al confiar en él podemos tener la seguridad de su protección. «Yo les doy vida eterna –dice Jesús–; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,28-30).

Queremos estar siempre en aquellas manos del pastor. Sin embargo, no faltarán ocasiones en nuestra vida en las que pareciera que nos alejamos de su cobijo. Pueden ser momentos de gracia porque el Señor nos dará la fuerza para permaneceragarradosa él; nos descubrirá con mayor profundidad cómo es y cómo actúa. Podremos decir con san Pablo: «Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38-39). Aquellas palabras de Jesús en las que nos asegura estar siempre en sus manos «nos comunican un sentido de absoluta seguridad y de inmensa ternura. Nuestra vida está totalmente segura en las manos de Jesús y del Padre, que son una sola cosa: un único amor, una única misericordia, reveladas de una vez y para siempre en el sacrificio de la cruz»[3-3].

Convencidos de estar en las manos de Dios, el modo en que encaramos nuestras actividades cotidianas cambia. De manera especial nos llenaremos de una mayor serenidad: ante nuestros defectos, ante los defectos de los demás, ante el pasado, el presente y el futuro. San Josemaría consideraba que los cristianos viven «amando a Dios y sabiendo aceptar las contrariedades como bendición venida de su mano»[3-4].

EN LA LECTURA del libro de los Hechos de los Apóstoles que nos propone la liturgia de hoy, se narra la llegada de los cristianos a la ciudad de Antioquía. Habían llegado ahí en una situación de contradicción, porque la persecución que se desató después de la muerte de san Esteban los hizo abandonar el lugar donde se encontraban. Sin embargo, no se desaniman, sino que hablan con espontaneidad sobre Jesús y su Evangelio a la gente que los rodea. Narra la Escritura que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch 11,21).

Las manos de Dios no solo nos protegen, sino que también nos impulsan a trabajar por él en el mundo. Todos podemos hacer algo por el Señor, por difundir su calor en nuestro ambiente, llevando ese amor que nos llena. ¡Cuánto entusiasmo nos da el sabernos colaboradores de Dios en el mundo! Se cuenta que durante uno de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, el Cristo de una iglesia alemana perdió los brazos; cuando se plantearon la restauración de la imagen, prefirieron dejar al Cristo sin esas extremidades y, en cambio, escribir una frase en el travesaño de la Cruz que recuerda a quien la lee que los brazos de Jesús en la tierra somos los cristianos. «El Señor nos ha regalado la vida, los sentidos, las potencias, gracias sin cuento: y no tenemos derecho a olvidar que somos un obrero, entre tantos, en esta hacienda, en la que Él nos ha colocado para colaborar en la tarea de llevar el alimento a los demás»[3-5].

El pasaje de los Hechos de los Apóstoles termina con la llegada de san Bernabé y san Pablo a Antioquía, para reafirmar en la fe a los que se habían convertido. En esa ciudad, la difusión del Evangelio crecía con fuerza. Y fue ahí mismo donde los discípulos fueron llamados por primera vez “cristianos” (cfr. Hch 11,26). Da la impresión de que ese nombre surgió fuera de la comunidad cristiana, pero que en cualquier caso fue bien recibido por nuestros primeros hermanos en la fe. ¡Con cuánto orgullo lo llevarían! Al decir que somos cristianos expresamos nuestra pertenencia al Señor y el deseo de identificarnos con él. Recordar que somos cristianos, y recordar la obras de Dios en nosotros, nos ayudará a avivar la conciencia de estar en las manos de Jesús y de ser colaboradores suyos en el mundo.

 


[3-1] Francisco, Homilía, 7-III-2019.

[3-2] Ibíd.

[3-3] Francisco, Regina Coeli, 17-IV-2016.

[3-4] San Josemaría, Surco, n. 250.

[3-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 49.

 

resurrecion

 

Miércoles - IV semana de Pascua

  • Jesús nos revela la paternidad de Dios.
  • Cristo es salvador y juez.
  • El deseo de asociarnos a la voluntad divina.

EL EVANGELIO de la Misa de hoy recoge un discurso proclamado por Jesús poco antes de su pasión. «Clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo soy la luz que ha venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Jn 12,44-46). Cristo, en estos últimos momentos de su vida pública, manifiesta ese amor infinito con el que vino al mundo para darnos claridad, para mostrarnos el amor del Padre y, así, sembrar en las almas el gozo y la paz.

En el pasaje observamos que «Jesús vive y actúa con constante y fundamental referencia al Padre. A él se dirige frecuentemente con la palabra llena de amor filial: “Abbá”; también durante la oración en Getsemaní le viene a los labios esta misma palabra. Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar, enseña el “Padre nuestro”. Después de la resurrección, en el momento de dejar la tierra, parece que una vez más hace referencia a esta oración, cuando dice: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Así, pues, por medio del Hijo, Dios se ha revelado en la plenitud del misterio de su paternidad»[4-1].

Una parte fundamental de la misión de Cristo fue mostrarnos con claridad a “aquel que le ha enviado”; y no solo eso, sino, con su muerte y su resurrección, hacernos hijos de Dios. Para san Josemaría, esta realidad es el fundamento sobre el cual construir la vida interior. Por eso recordaba continuamente que «Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor. Llámale Padre muchas veces al día, y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo. Supone un auténtico programa de vida interior, que hay que canalizar a través de tus relaciones de piedad con Dios –pocas, pero constantes, insisto–, que te permitirán adquirir los sentimientos y las maneras de un buen hijo»[4-2].

JESÚS CONTINÚA con su discurso: «Si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo» (Jn 12,47). Jesús es salvador, pero uno mucho más grande que la imagen que podemos hacernos de un salvador en esta tierra. Jesús también es juez, pero su justicia no se imparte como la impartimos los hombres. Para salir al paso de un modo demasiado humano de pensar en Jesús, podemos recordar que «sin duda Cristo es y se presenta sobre todo como salvador. No considera su misión juzgar a los hombres según principios solamente humanos. Él es, ante todo, el que enseña el camino de la salvación y no el acusador de los culpables (...). Por tanto, hay que decir que ante esta luz que es Dios revelado en Cristo, ante tal verdad, en cierto sentido, las mismas obras juzgan a cada uno»[4-3].

La predicación del Señor estuvo marcada por la mansedumbre. El Evangelio ve en esta actitud el cumplimiento de las profecías: «No disputará ni gritará, nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia» (Is 42,2-3; cfr. Mt 12,19-20). El Señor anuncia la verdad con claridad, pero rechaza cualquier actitud que lleve a humillar o aplastar a quienes no aceptaban su predicación. Quiere ganarse el corazón de cada uno: «Jesús no quiere convencer por la fuerza –decía san Josemaría– y, estando junto a los hombres, entre los hombres, les mueve suavemente a seguirle, en busca de la verdadera paz y de la auténtica alegría»[4-4].

Es bueno recordar la inconmensurable paciencia de Dios, que cuenta con los límites de sus hijos. Cada alma tiene su tiempo. Son innumerables las historias de personas que, gracias al acompañamiento comprensivo de un buen amigo, acaban descubriendo la alegría de abrir el corazón a Jesucristo. «La verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas»[4-5]: a esta convicción, tomada de la vida de Cristo y de la experiencia de la Iglesia, se la ha considerado el «principio de oro»[4-6] para la evangelización.

LA PREDICACIÓN del Señor estaba sostenida por su íntimo deseo de cumplir la voluntad del Padre: «Yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, Él me ha ordenado lo que tengo que decir y hablar» (Jn 12,49). Jesús vivía de cara al Padre y de ahí sacaba la fuerza para iluminar a la gente que le rodeaba. La actividad del Señor no se comprende como un acto de simple filantropía sino que surge del manantial de su amor a Dios Padre. Deseamos descubrir y asociarnos a la voluntad divina porque ahí está la vida: cuando hablamos con otras personas, cuando sacamos adelante actividades de formación o en medio de nuestros quehaceres ordinarios.

Realizar nuestras tareas cara a Dios nos ayudará también a ver desde su perspectiva los aparentes fracasos y los momentos en los que no llegan los frutos. Cualquier energía gastada por hacer el bien es fecunda, aunque no lo veamos externamente: «Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo»[4-7]. Y cuando el desánimo llegue a nuestra vida, podemos mirar de nuevo a nuestro Padre Dios: «Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca»[4-8]. Quizá en esos momentos, cuando vemos claramente que la misión nos supera, es cuando Dios nos enseña que es él quien hace nuevas todas las cosas a partir de nuestra limitada correspondencia; entenderlo y vivirlo es el modo de fundamentar la propia vida sobre roca.

En este anhelo por sintonizar, como Cristo, verdaderamente con los deseos del corazón de Dios Padre, nos puede servir saborear con novedad el Padrenuestro. «Rezando “hágase tu voluntad”, no estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos. ¡No! Dios nos quiere libres; y es su amor el que nos libera. El Padre Nuestro es, de hecho, la oración de los hijos, no de los esclavos; sino de los hijos que conocen el corazón de su padre y están seguros de su plan de amor»[4-9]. También nos puede servir saborear con novedad aquellas palabras de nuestra Madre, “hágase tu voluntad”, con las que manifestó su deseo de ir siempre a la par con Dios.

 


[4-1] San Juan Pablo II, Audiencia general, 23-X-1985.

[4-2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 150.

[4-3] San Juan Pablo II, Audiencia general, 30-IX-1987.

[4-4] San Josemaría, Cartas 4, n. 2c.

[4-5] Concilio Vaticano II, Dignitatis Humanae, n. 1.

[4-6] Cfr. Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, n. 35.

[4-7] Francisco, Evangelii gaudium, n. 279.

[4-8] Ibíd.

[4-9] Francisco, Audiencia general, 20-III-2019.

 

resurrecion

 

Viernes - IV semana de Pascua

  • La mirada puesta en el cielo.
  • La vida eterna no nos separa del mundo.
  • Jesús es el camino.

«NO SE TURBE vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1). Encontramos estas palabras en la Última Cena de Jesús. El Señor expresa su inmenso cariño por aquellos que lo habían seguido durante tres años. Al mismo tiempo, les advierte sobre algunos hechos dolorosos que se avecinan: la traición de uno de sus más íntimos y las negaciones de Pedro. Están por llegar momentos duros para sus discípulos, pero Jesús no quiere que sus corazones se derrumben. Ante la cercanía de las contradicciones, el Señor mueve a los suyos a dirigir la mirada hacia el cielo. «En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar?» (Jn 14,2).

El cielo es la meta hacia la que caminamos. Ciertamente, amamos este mundo que ha salido de las manos de Dios, y nuestro corazón se alegra con tantas cosas buenas que encontramos en él. Nos sabemos queridos por el Señor ya en esta tierra y esto nos colma de gozo. Pero sabemos que esta alegría se refuerza con la certeza de la alegría definitiva. «Estoy feliz –afirmaba san Josemaría– con la certeza del cielo que alcanzaremos, si permanecemos fieles hasta el final; con la dicha que nos llegará, quoniam bonus, porque mi Dios es bueno y es infinita su misericordia»[6-1].

Cuánto nos ayuda no perder de vista la esperanza del cielo. Así podremos valorar en su dimensión adecuada todo lo que nos sucede, tanto lo agradable como lo desagradable. «Solo la fe en la vida eterna nos hace amar verdaderamente la historia y el presente, pero sin apegos, en la libertad del peregrino que ama la tierra porque tiene el corazón en el cielo»[6-2]. La vida eterna es el premio que no decepciona, será el momento en que estaremos íntimamente unidos a Dios y a una multitud de gente. Todos los esfuerzos habrán valido la pena. «Digo que importa mucho, y el todo –dice santa Teresa de Jesús–, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare»[6-3].

¿CÓMO SERÁ el cielo? ¿En qué consiste la eternidad? ¿Cómo experimentaremos ese amor infinito sin cansancio? Sabemos por fe que será el momento de felicidad plena, la bienaventuranza esperada, pero no podemos comprender con claridad de qué modo. «La expresión vida eterna trata de dar un nombre a esta desconocida realidad conocida. Es por necesidad una expresión insuficiente que crea confusión. En efecto, eterno suscita en nosotros la idea de lo interminable, y eso nos da miedo; vida nos hace pensar en la vida que conocemos, que amamos y que no queremos perder, pero que a la vez es con frecuencia más fatiga que satisfacción, de modo que, mientras por un lado la deseamos, por otro no la queremos. Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría»[6-4].

En cualquier caso, podemos tener la certeza de que el Señor en el momento de llamarnos a su presencia irá mucho más allá de nuestras expectativas. Después de todo, es él quien nos prepara un lugar (cfr. Jn 14,2). Pero pensar en el cielo no nos separa de las cosas del mundo. Al contrario: en nuestra entrega diaria a los demás, en detalles que a veces parecen menudos, vamos preparando nuestro corazón para recibir toda esa dicha que se derramará en nosotros. «La esperanza no me separa de las cosas de esta tierra –decía san Josemaría–, sino que me acerca a esas realidades de un modo nuevo»[6-5].

LAS PALABRAS que el Señor pronunció durante aquella noche resultaban difíciles de comprender para sus apóstoles. Tomás muestra su perplejidad sin tapujos: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?» (Jn 14,5). La respuesta de Jesús es muy concreta: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (…); nadie va al Padre si no es a través de mí» (Jn 14,6).

En nuestro camino hacia la vida eterna siempre podemos dirigirnos hacia Jesús en busca de orientación. En él podemos confiar: «¡No tengáis miedo! Cristo conoce “lo que hay dentro del hombre”. ¡Solo él lo conoce!»[6-6]. Si Cristo es el camino, la verdad y la vida, entonces podemos intentar leer todo lo que sucede en nuestra existencia a la luz de su persona. En esta tarea ayuda mucho la lectura asidua de los evangelios. «El Señor nos ha llamado a los católicos –decía san Josemaría– para que le sigamos de cerca y, en ese texto santo, encuentras la vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida»[6-7]. Muchos santos han encontrado la clave para comprender lo que les sucedía después de haber leído algún pasaje del evangelio. Allí encontraremos la voz de Cristo para renovar el deseo de llegar al cielo con él.

Podemos pedir a nuestra Madre que nos ayude a «llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte; que interceda por nosotros para que podamos adquirir la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la salvación»[6-8].

 


[6-1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 208.

[6-2] Benedicto XVI, Ángelus, 1-XI-2012.

[6-3] Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, capítulo 21, 2.

[6-4] Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 12.

[6-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 208.

[6-6] San Juan Pablo II, Homilía, 22-X-1978.

[6-7] San Josemaría, Forja, n. 754.

[6-8] Francisco, Mensaje, 4-VI-2017.