"Meditaciones breves" fiestas y memorias

Autor
AA.VV
Publicación
OpusDei.org

Abril 29 - Santa Catalina de Siena

  • Al servicio de la caridad y de la conversión de los pecadores.
  • La verdadera sabiduría es sintonizar con elcorazón de Dios.
  • Compartir nuestra fe con los demás.

Mayo 1 - San José obrero

  • La normalidad de la Sagrada Familia.
  • Trabajar bien y servir a los demás.
  • El trabajo se ordena al amor.

Mayo 3 - Santos Felipe y Santiago

  • La auténtica fe atrae.
  • Magnanimidad y audacia de los apóstoles.
  • Vivir con Cristo nos impulsa a darlo a los demás.

Mayo 12 - Beato Álvaro del Portillo

  • Confianza en la gracia de Dios.
  • Una lealtad humilde y sonriente al servicio de los demás.
  • El beato Álvaro fue un buen pastor.

Mayo 13 - Virgen de Fátima

  • Un impulso al santo rosario.
  • La paz es fruto de la oración y reparación por los pecados.
  • El corazón de María triunfa frente al pecado.

Mayo 14 - San Matías

  • Toda vocación es un don gratuito.
  • San Matías conocía la vida de Jesús.
  • Dios cuenta con todos en su plan de salvación.
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Abril 29 - Santa Catalina de Siena

  • Al servicio de la caridad y de la conversión de los pecadores.
  • La verdadera sabiduría es sintonizar con elcorazón de Dios.
  • Compartir nuestra fe con los demás.

EN LA FIESTA de hoy, la liturgia de la Iglesia pone en nuestros labios la siguiente oración: «Señor Dios, que hiciste a santa Catalina de Siena arder de amor divino en la contemplación de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia; concédenos, por su intercesión, vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría con la manifestación de su gloria»[29-IV-1]. Estas palabras resumen la vida de la santa que celebramos: un amor ardiente por Jesucristo que la llevó a dedicarse a trabajar por los demás y por la Iglesia.

Catalina Benincasa nació en el año 1347 en Siena, en el seno de una familia numerosa. Desde su infancia cultivó una profunda piedad que la impulsó a dedicar su vida al Señor, a pesar de la incomprensión de su familia. A los dieciocho años consiguió ser aceptada entre las mujeres terciarias dominicas de la ciudad. Siguió viviendo en casa de sus padres, llevando una intensa vida de oración en medio del lógico ajetreo de una familia con muchos hijos. A los veintiún años, Catalina tuvo una experiencia que marcaría para siempre su vida: comprendió que Dios la llamaba a dedicarse con todas sus fuerzas a realizar obras de caridad y a trabajar por la conversión de los pecadores. A san Josemaría le atraía precisamente que esta santa «estaba en la calle, y en su alma ella hizo su celda interior, de modo que en cualquier lado que estuviera, no salía de la celda»[29-IV-2]. Con aquella decisión, comienzan unos años en los que la joven se mueve por la ciudad de Siena para cuidar de los enfermos, a la vez que encendía los corazones de muchas personas en el amor a Dios y al prójimo.

«No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5,14-15). Catalina había sido iluminada por el rostro amable de Jesús y comprendió que su luz no podía quedarse encerrada en las paredes de su casa. Generó así una revolución a su alrededor, hecha de oración y de obras de servicio.

TANTO EN EL epistolario de santa Catalina como en su conocida obra El diálogo, llama la atención la armonía entre doctrina y experiencia mística, sobre todo si tenemos en cuenta que la santa no había podido recibir una formación cultural amplia. Acudió, sin embargo, desde muy joven a la predicación de los padres dominicos en su ciudad: allí escuchaba con atención las explicaciones de la Escritura, los ejemplos de las vidas de los santos o las catequesis sobre la fe. Pasado el tiempo, también alimentaría su vida interior con la orientación de un director espiritual del lugar.

En santa Catalina se cumplen aquellas palabras que Jesús pronunció un día, lleno de gozo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). «La verdadera sabiduría también viene del corazón, no es solamente entender ideas (...). Si tú sabes muchas cosas pero tienes el corazón cerrado, tú no eres sabio. Jesús dice que los misterios de su Padre han sido revelados a los “pequeños”, a los que se abren con confianza a su Palabra de salvación, sienten la necesidad de él y esperan todo de él; tienen el corazón abierto y confiado hacia el Señor»[29-IV-3]. Santa Catalina acogió las luces que el Señor le iba concediendo y así alcanzó un profundo conocimiento del misterio de Dios. «¡Oh inestimable, dulcísima caridad! –escribe–. ¿Quién no se enardece con tanto amor? ¿Qué corazón puede resistir sin desfallecer? Tú, abismo de caridad, parece que enloqueces por tus criaturas, como si no pudieses vivir sin ellas, aunque seas un Dios que no precisa de nosotros. Por nuestras buenas obras no crece tu grandeza, porque no puede sufrir mutación; de nuestro mal no se te sigue daño, porque eres el sumo y eterno Bien. ¿Quién te mueve a tanta misericordia?»[29-IV-4].

Llevada por esa intensa contemplación, la santa de Siena comunicaba el amor de Dios a la gente que tenía a su alrededor. Comenzó por quienes se reunían para escucharla y para ser alentados en su vida espiritual. Pero ese desbordarse de su vida interior no acabó ahí: pasados los años, dirigiría cartas a numerosas personas, muchas de ellas personajes públicos de la época. No pocas veces sus misivas iban acompañadas de llamadas a vivir de manera coherente con el Evangelio y a buscar la voluntad divina. De su relación íntima con Jesús sacaba la energía para hablar de Dios con claridad y dulzura.

ENTRE TANTOS cristianos que se han inspirado en la vida de santa Catalina encontramos a san Josemaría. Desde joven tuvo una devoción especial por ella; por ejemplo, solía llamar catalinas a las anotaciones que hacía sobre los sucesos de su vida interior. «A mí me enamora la fortaleza de una santa Catalina –confesaba el fundador del Opus Dei–, que dice verdades a las más altas personas, con un amor encendido y una claridad diáfana»[29-IV-5]. Así, en 1964 el fundador del Opus Dei decidió nombrarla intercesora para un apostolado por el que guardaba una especial estima: el de informar con la caridad de Cristo el amplio campo de la opinión pública.

Jesús es la verdad que ilumina a todo hombre y lo rescata de la oscuridad. Ofrecer esta luz a los demás –procurando tenerla encendida primero en nuestra vida– es una de las obras de misericordia. Así, llevar nuestra fe a los demás «es hacer ver la revelación, para que el Espíritu Santo pueda actuar en la gente mediante el testimonio: como testigo, con el servicio. El servicio es un modo de vivir (...). Si digo que soy cristiano y vivo como tal, eso atrae (...). La fe debe ser transmitida: no para convencer, sino para ofrecer un tesoro»[29-IV-6].

Santa Catalina, antes de exhortar a alguien a acercarse más a la fe, había pasado mucho tiempo cuidando a los enfermos de su ciudad. La misma caridad que la llevó a dedicarse a los más necesitados la movió después a escribir cartas en las que invitaba a ser fieles hijos de la Iglesia. La credibilidad de su mensaje se apoyaba en una vida en la que resplandecía el amor a Dios y al prójimo. A ella y a nuestra Madre les pedimos que intercedan ante Dios para que nos conceda una caridad que se alimente en la oración, se manifieste en obras de amor y anuncie la verdad que conduce a la vida. «La enseñanza más profunda que estamos llamados a transmitir y la certeza más segura para salir de la duda, es el amor de Dios con el cual hemos sido amados (cf. 1 Gv 4, 10). Un amor grande, gratuito y dado para siempre ¡Dios nunca da marcha atrás con su amor!»[29-IV-7].

 


[29-IV-1] Misal Romano, Oración colecta para la memoria de santa Catalina de Siena.

[29-IV-2] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 21-IV-1973.

[29-IV-3] Francisco, Ángelus, 5-VII-2020.

[29-IV-4] Santa Catalina de Siena, El diálogo, n. 25.

[29-IV-5] San Josemaría, Cartas 35, n. 3.

[29-IV-6] Francisco, Homilía, 25-IV-2020.

[29-IV-7] Francisco, Audiencia general, 23-IX-2016.

 

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Mayo 1 - San José obrero

  • La normalidad de la Sagrada Familia.
  • Trabajar bien y servir a los demás.
  • El trabajo se ordena al amor.

EN EL EVANGELIO de la Misa de hoy, memoria de san José obrero, se relata que Jesús regresó a Nazaret después de haber estado predicando y realizando milagros en varios lugares de Galilea. El sábado acudió a la sinagoga y le invitaron a comentar la Palabra de Dios. Habían llegado hasta el pueblo ecos de milagros y curaciones, así como de su doctrina, por lo que sus conciudadanos le mirarían con una cierta curiosidad. Cuando Jesús finalmente habla, reaccionan con recelo. Se preguntan: «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es este el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María?» (Mt 13,54-56).

Para los vecinos de Nazaret, anclados en la seguridad humana de lo que ya conocían sobre Jesús, fue difícil pasar al plano sobrenatural de la fe. Sin embargo, esta reacción nos habla, entre otras cosas, de la normalidad de la vida de la Sagrada Familia. A los ojos de la gente eran una familia más, corriente, trabajadora, sin detalles llamativos. Nada había en su existencia que sorprendiera: como casi todos, «llevaban una vida hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos que se suceden los unos a los otros»[1-V-1].

Hoy consideramos la figura de san José, especialmente en su dimensión de trabajador. Y el primer aspecto que salta a la vista es este: el de una existencia sencilla.«¿Qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? –se preguntaba san Josemaría–. Solo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea. Pero el nombre de José significa, en hebreo, “Dios añadirá”. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino»[1-V-2]. Así fue en la vida de José y quizá también lo es en la nuestra: Dios nos confía una misión muy grande escondida en la normalidad de nuestra vida cotidiana, Dios añade su gracia a nuestra colaboración humilde.

COMPONÍAN NAZARET un conjunto de casas reunidas en la ladera de un pequeño monte, muchas de ellas parcialmente excavadas en la roca. Formaban poco más que una aldea. Debían de habitar allí, a lo sumo, algunos centenares de personas, que en su mayor parte se dedicaban a la agricultura o la ganadería. Nunca faltaba algún artesano, como José, que posiblemente trabajaba la madera para una variedad de usos: desde obtener vigas, puertas y otros elementos de construcción, hasta tallar instrumentos para la labranza o utensilios domésticos.

José necesitaba trabajar para sacar adelante a su familia, pero no solo para eso. Al mismo tiempo, como cada uno de nosotros, también él necesitaba del trabajo para vivir con dignidad, con la alegría de haberse ganado el pan con esfuerzo y con el gozo de colaborar con Dios en el desarrollo del mundo en el entorno de Nazaret. Trabajar era para él ocasión de crecimiento personal y vínculo de unión con los demás[1-V-3]. Todo trabajo aporta un valor a la sociedad, produciendo bienes o dispensando servicios. Todo trabajo bien hecho es siempre una forma de colaboración social, de ayuda a los demás, de mejoría de las condiciones de vida; en definitiva, es expresión del cuidado de Dios hacia cada persona. «El trabajo no es más que la continuación del trabajo de Dios: el trabajo humano es la vocación del hombre recibida de Dios al final de la creación del universo»[1-V-4]. Naturalmente, para que el trabajo adquiera este valor, se requiere, por un lado, realizarlo bien –también por la dignidad de la persona que se beneficiará de él– y, por otro, llevarlo a cabo con espíritu de donación y servicio.

«Ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar técnica, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo de san José y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret (...). Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas»[1-V-5].

AUNQUE PARA José fuera muy reconfortante vivir con Jesús y con María, eso no le ahorraba las inevitables asperezas de la vida: el paso del tiempo que iría disminuyendo sus capacidades, la convivencia no siempre fácil con sus vecinos, los apuros económicos que quizá pasaron en algún momento, las conversaciones con algunos clientes que pagaban cuando podían… Fue esa vida normal y corriente, con sus alegrías y sus dificultades, la que san José estuvo llamado a santificar.

Nada nos ha quedado de los enseres que fabricó san José con sus manos. En cambio, sigue plenamente vigente el amor que puso en ese trabajo. «El hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor»[1-V-6]. Su amor a Jesús y a María le impulsaba a trabajar con intensidad; su amor se manifestaba, casi inconscientemente, en el empeño y cariño que ponía para realizar bien las cosas; y aquel mismo inmenso amor, en unidad de vida, le hacía tener muy presente que su labor cotidiana estaba ordenada a la misión que Dios le había encomendado. ¿Es el amor a Dios y a los demás lo que nos impulsa a trabajar mucho y bien, con orden, acabando los detalles, con concentración e intensidad? ¿Convertimos nuestro trabajo en oración, presentándolo al Señor durante la Santa Misa? ¿Nos sabemos acompañados por Dios mientras lo realizamos? ¿Ese espíritu contemplativo se desborda en un trato lleno de respeto, servicio, apertura y amistad hacia las personas con las que nos relacionamos?

Nos encomendamos a la intercesión de nuestra Madre y del Santo Patriarca para que nos ayuden a mejorar nuestro trabajo de manera que se convierta, cada vez más, en ocasión de servicio.

 


[1-V-1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 44.

[1-V-2] Ibíd., n. 40.

[1-V-3] Cfr. Francisco, carta apostólica Patris corde, n. 6.

[1-V-4] Francisco, Homilía, 1-V-2020.

[1-V-5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 51.

[1-V-6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 48.

 

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Mayo 3 - Santos Felipe y Santiago

  • La auténtica fe atrae.
  • Magnanimidad y audacia de los apóstoles.
  • Vivir con Cristo nos impulsa a darlo a los demás.

LAS FIESTAS de los apóstoles son días especiales para quienes deseamos llevar su Evangelio a los demás. Ese fuerte impulso que experimentaron los apóstoles Santiago y Felipe es el mismo que hacía escribir a san Josemaría: «Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la felicidad!»[3-V-1]. Los cristianos experimentamos un gozo ya en esta tierra que no queremos esconder. Vivimos con el Señor: nuestras cosas son las suyas, su vida es la nuestra, y sabemos que esa es la dicha más grande. La felicidad personal que generó ese encuentro con Cristo en la vida de los apóstoles fue el motor de su predicación, y por eso se extendió rápidamente por el mundo.

Los apóstoles se reúnen frecuentemente en torno junto a Jesús; unas veces en la ladera de un monte, otras en torno a la mesa. Comparten largas caminatas uno a uno. Todos son momentos de intimidad, que no se borrarán nunca de su mente. Nosotros también, por su misericordia, vivimos con Cristo. Y, al experimentar el amor de Dios por cada uno, surge naturalmente el deseo de «hablar a los demás de él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo»[3-V-2]. Comprendemos que, así, cada acción, cada ocupación de un cristiano es apostolado, sin que se lo deba proponer como algo distinto a sus ocupaciones. Los demás lo aprecian en la cercanía, en la serenidad a pesar de los sinsabores, en la alegría. «La Iglesia crece por atracción. Y la transmisión de la fe se da con el ejemplo, hasta el martirio, como sucedió con los apóstoles Felipe y Santiago. Cuando se ve esa coherencia de vida entre lo que hacemos y lo que decimos, siempre viene la curiosidad: “¿Por qué ese vive así? ¿Por qué lleva una vida de servicio a los demás?”. Y esa curiosidad es la semilla que toma el Espíritu Santo y la lleva adelante»[3-V-3].

Toda la vida del Señor, sus palabras, sus obras, su paso por la tierra, nos transforma. San Pablo recuerda a los Corintios que estamos fundados sobre aquel mensaje y que eso nos salva. Es un misterio real y maravilloso, un recuerdo que es más que un recuerdo, porque está presente en nuestra vida. «Tomás de Aquino, usando la terminología de la tradición filosófica en la que se hallaba, explica esto de la siguiente manera: la fe es un habitus, es decir, una constante disposición del ánimo, gracias a la cual comienza en nosotros la vida eterna»[3-V-4], vida que vivieron en plenitud los apóstoles que hoy recordamos.

UNO DE LOS ASPECTOS que nos entusiasman de la vida de los apóstoles es su capacidad para soñar a lo grande y para lanzarse a trabajar por ello. No se detienen ante los obstáculos porque saben que Cristo ya los ha vencido y que ni siquiera la muerte es más fuerte que el poder divino. Están llenos de audacia y de magnanimidad, virtudes que nos lanzan también a nosotros hacia una misión ilusionante, en la que sabemos que no estamos solos, sino que contamos con la fuerza de Dios. Nada puede bloquear ni asustar a quien experimenta la presencia del Señor en su cotidianidad.

«Magnanimidad: ánimo grande –decía san Josemaría–, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos para prepararnos a emprender obras valiosas en beneficio de todos (...). El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios»[3-V-5]. Al emprender nuestras actividades podemos pensar en la magnanimidad de los apóstoles Felipe y Santiago. Felipe habló con entusiasmo a Natanael y, con sencillez, pidió a Jesús ver el rostro del Padre. Marchó, según la tradición, a Frigia para evangelizar y morir mártir. Santiago, por su parte, pariente del Señor, fue obispo de Jerusalén. Los dos, columnas de la Iglesia naciente, no dudaron en arriesgar sus seguridades por transmitir el divino mensaje de alegría hasta donde les llevase el Espíritu Santo.

Y para ser más audaces «miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada, como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión»[3-V-6].

«A TODA LA TIERRA alcanza su pregón» (Sal 18,5), recitamos con el salmo en la fiesta de Santiago y Felipe. Hoy es un buen día para cultivar en el alma el afán de que la voz de Cristo llegue a todos los rincones de nuestro mundo y de nuestra historia. Sabemos que el apostolado cristiano no es una actividad que se añade a nuestras ocupaciones normales: en realidad, si abrimos nuestra vida al Espíritu Santo, si vivimos de fe, somos apóstoles en cada momento del día. «La fe no es solo el rezo del Credo, aunque se expresa en él. Transmitir la fe no quiere decir dar información, sino fundar un corazón en la fe en Jesucristo. Transmitir la fe no es algo que se pueda hacer mecánicamente, como quien dice: “Mira, toma este libro, estúdialo y luego te bautizo”. El camino es otro: se trata de transmitir lo que nosotros mismos hemos recibido. Ese es el desafío de un cristiano: ser fecundo en la transmisión de la fe. Y es también el reto de la Iglesia: ser madre fecunda, dar a luz a sus hijos en la fe»[3-V-7].

«Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret» (Jn 1,45), dijo Felipe a su amigo Natanael. El apóstol Santiago el Menor, por su parte, se preguntaba: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?» (St 2,14). En esos dos pasajes se condensa todo un itinerario cristiano: conocer cada vez más a Cristo, vivir junto a él, porque precisamente esa es la fuerza que nos impulsará a dar testimonio en nuestro ambiente; la amistad con Jesús nos empuja a ayudar a quien lo necesita y a querer llevar esa alegría sobrenatural a todos. Le podemos pedir al Señor que nos conceda ese entusiasmo arraigado en la fe que mantuvieron los apóstoles. Nosotros, como ellos, deseamos proclamar con la vida entera que nada puede llenar más el corazón que Jesucristo. En la Santísima Virgen fijamos nuestra mirada para que nos llene de esperanza y nos empuje a pensar en grande, con magnanimidad y audacia.

 


[3-V-1] San Josemaría, Forja, n. 267.

[3-V-2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 314.

[3-V-3] Francisco, Homilía, 3-V-2018.

[3-V-4] Benedicto XVI, Spe salvi, 7.

[3-V-5] San Josemaría, Amigos de Dios, 80.

[3-V-6] Francisco, Gaudete et exsultate, n. 31.

[3-V-7] Francisco, Homilía, 3-V-2018.

 

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Mayo 12 - Beato Álvaro del Portillo

  • Confianza en la gracia de Dios.
  • Una lealtad humilde y sonriente al servicio de los demás.
  • El beato Álvaro fue un buen pastor.

CELEBRAMOS HOY la memoria litúrgica del beato Álvaro del Portillo, que coincide con el aniversario de su primera comunión, junto a más de un centenar de compañeros del colegio donde estudiaba. Tiempo después de aquel evento, don Álvaro rememoraba que para prepararse adecuadamente había ido a confesarse y que «salió del confesionario con una paz y una alegría muy grandes»[12-V-1]. Desde aquel día, se acercó periódicamente al sacramento del perdón. Asimismo, después de recibir al Señor en la Eucaristía por primera vez, siguió acudiendo varios días de la semana a la Misa que se celebraba en el colegio del Pilar.

La piedad sencilla de aquel niño no llamaba la atención en el ambiente de entonces, pero impresiona más comprobar que el beato Álvaro mantuvo siempre en su corazón un amor vibrante, agradecido y creciente a los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía. En 1983, por ejemplo, confiaba a un grupo de personas: «Sesenta y dos o sesenta y tres años que llevo comulgando a diario y es como una caricia de Dios»[12-V-2]. Y, en septiembre de 1993, durante una reunión familiar, respondió así a una pregunta sobre cuáles habían sido sus mayores alegrías hasta ese momento: «Mi mayor alegría, hijo mío, es recibir la gracia de Dios: cada vez que el Señor me perdona en la Confesión, cada vez que viene a mí en la Comunión»[12-V-3].

Aunque era un hombre de grandes cualidades humanas, el beato Álvaro «sabía que la gracia de Dios podía hacer en su vida mucho más de lo que él era capaz de imaginar»[12-V-4]. Por eso, repetía con frecuencia una jaculatoria que trasluce su confianza en el poder de Dios: “Gracias, perdón, ayúdame más”. «Son palabras que manifiestan gratitud frente a lo que no merecemos, reconocimiento de la propia debilidad, y petición de la fuerza necesaria para alcanzar la felicidad más grande, que es la unión con Dios. Son palabras que están entre las primeras que enseñan las madres a sus hijos pequeños. Pidamos a Dios ese corazón de niños que se saben realmente incapacitados sin la ayuda de su padre»[12-V-5].

EL 7 DE JULIO de 1935 fue un día decisivo en la vida de don Álvaro. En esa fecha, después de unas horas de retiro espiritual, decidió entregarse a Dios en el Opus Dei. Entonces comenzó un camino de fidelidad: una «fidelidad indiscutible, sobre todo, a Dios en el cumplimiento pronto y generoso de su voluntad; fidelidad a la Iglesia y al Papa; fidelidad al sacerdocio; fidelidad a la vocación cristiana en cada momento y en cada circunstancia de la vida»[12-V-6]. Al principio, el Señor premió la prontitud de su respuesta a la vocación haciéndole sentir un desbordante gozo y entusiasmo interior. Rápidamente, junto al crecimiento espiritual, esa alegría se hizo más reflexiva y honda: el entusiasmo sensible dejó paso a la madurez y a una firme seguridad, fundamentada en la confianza en Dios. En pocos años, adquirió el temple adecuado para ser un apoyo imprescindible del fundador de la Obra y, luego, su primer sucesor.

«Si me preguntáis: ¿ha sido heroico alguna vez? –decía san Josemaría refiriéndose al beato Álvaro–, os responderé: sí, muchas veces ha sido heroico, muchas; con un heroísmo que parece cosa ordinaria. Querría que le imitaseis en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones, humanamente hablando, de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables»12-V-[7].

De cada uno de nosotros espera el Señor que seamos fieles al Evangelio, mujeres y hombres de fe, que aporten una visión sobrenatural a todos los ámbitos de la existencia humana: en la familia, amistad, trabajo, o en la colaboración con otros para sacar adelante una iniciativa apostólica. Estamos llamados a cultivar una fidelidad sonriente, fruto de una humildad, sencillez, serenidad y paz como las que llenaban el corazón del beato Álvaro y que él, incluso sin proponérselo, transmitía a su alrededor.

En este día de fiesta, podemos pedir a Dios, por intercesión de don Álvaro, que infunda en nuestros corazones «los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Así, nuestra fidelidad se reflejará en una actitud siempre acogedora y comprensiva, en un servicio a los demás que, entre otras cosas, nos llevará a compartir con muchas personas los dones que hemos recibido del Señor.

EL 15 DE SEPTIEMBRE de 1975, don Álvaro fue designado como sucesor de san Josemaría. El 28 de noviembre de 1982, el Papa Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal y le nombró prelado. En 1991, le confirió la ordenación episcopal. En los casi veinte años que pasó al frente de la Obra, el beato Álvaro fue un «siervo fiel y prudente» (Lc 12,42) que se entregó completamente a la misión que Dios le había confiado, viviendo las virtudes del buen pastor. «Buscó siempre guiar a las almas a la vida eterna, mostrando –también con su lucha espiritual y humana para caminar con el Maestro– la senda que lleva a la santidad; pensando no solamente en los fieles de la Prelatura, sino también en tantas personas que le pedían un consejo o unas palabras de ánimo para su vida espiritual o para la comunidad a la que pertenecían. A todos ofrecía don Álvaro su oración y su sabiduría humana y espiritual, pensando en el bien de las almas y de la Iglesia (…). ¡Cuánto rezó, pidiendo luces al Señor para saber guiar al propio rebaño y a las personas que acudían a él!»[12-V-8].

Como se subrayó con ocasión de su beatificación: «Especialmente destacado era su amor a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que sirvió con un corazón despojado de interés mundano, lejos de la discordia, acogedor con todos y buscando siempre lo positivo en los demás, lo que une, lo que construye. Nunca una queja o crítica, ni siquiera en momentos especialmente difíciles, sino que, como había aprendido de san Josemaría, respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión, la caridad sincera»[12-V-9].

Podemos pedir a nuestra Madre del cielo que nos consiga del Señor un amor cada día más intenso a las almas, a la Iglesia y al Papa. El deseo de crecer siempre en ese amor estuvo muy radicado en el corazón del beato Álvaro, quien con sencillez y devoción le rogaba así durante una peregrinación al santuario de Fátima: «Sé que nos oyes siempre, pero aun así hemos venido desde Roma para decirte lo que ya sabes: que te amamos, pero queremos amarte más. Ayúdanos a servir a la Iglesia como ella quiere ser servida: con todo el corazón, con entrega absoluta, con lealtad y fidelidad»[12-V-10].

 


[12-V-1] Javier Medina Bayo, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel, Rialp, Madrid, 2012, p. 45.

[12-V-2] Ibíd.

[12-V-3] Beato Álvaro, Notas de una reunión familiar, 15-IX-1993.

[12-V-4] Mons. Fernando Ocáriz, Homilía, 11-V-2019.

[12-V-5] Ibíd.

[12-V-6] Congregación de las Causas de los Santos, Decreto sobre las virtudes heroicas del siervo de Dios Álvaro del Portillo, 28-VI-2012.

[12-V-7] San Josemaría, Palabras durante una reunión familiar, 11-III-1973.

[12-V-8] Javier Echevarría, Homilía, 13-V-2016.

[12-V-9] Francisco, Carta al Prelado del Opus Dei con motivo de la Beatificación de Álvaro del Portillo, 16-VI-2014.

[12-V-10] Beato Álvaro, Oración ante la Virgen de Fátima, 25-I-1989.

 

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Mayo 13 - Virgen de Fátima

  • Un impulso al santo rosario.
  • La paz es fruto de la oración y reparación por los pecados.
  • El corazón de María triunfa frente al pecado.

EL SIGLO XX ha quedado grabado en la historia de la piedad mariana por las apariciones de Nuestra Señora en Fátima. Corría el año 1917 y el dolor de la guerra cubría buena parte del mundo. Mientras varios países se enfrentaban con obstinación, mientras se intentaba arreglar los problemas con la fuerza de la violencia, en Portugal la Virgen revelaba a unos niños el camino para la paz verdadera. La oración que la Iglesia nos propone para la Misa de hoy resume el mensaje de Fátima: «Oh Dios, que a la Madre de tu Hijo la hiciste también Madre nuestra, concédenos que, perseverando en la penitencia y la plegaria por la salvación del mundo, podamos promover cada día con mayor eficacia el reino de Cristo»[13-V-1]. Nuestra Señora transmitió a los tres pastorcillos la necesidad que tenemos los cristianos de tener una vida de oración y de penitencia para acoger la paz de su hijo. El mensaje de Fátima es como un eco de aquellas palabras de Jesús al inicio de su predicación: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

Jacinta, Francisco y Lucía, desde que encontraron a la Virgen, comenzaron a rezar el rosario diariamente y a ofrecer sacrificios a Dios. La fidelidad de estos tres pequeños a la petición materna de María ha abierto un camino de esperanza para muchas personas en todo el mundo. Desde Fátima, la devoción al santo rosario ha ganado un nuevo impulso. Hoy son muchas las personas que acuden a esta oración añadiendo la plegaria que la madre de Cristo enseñó a los pastorcillos: «Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia». ¡Cuánto consuelo encontramos los cristianos en el rezo del santo rosario! A él acuden madres y padres de familia que piden insistentemente por la conversión de sus hijos, trabajadores que enfrentan un panorama económico incierto, jóvenes que quieren dedicar sus energías a vivir y compartir la alegría del Evangelio… Es una oración que cambia la historia de muchas personas y puede cambiar también la nuestra.

SIGUIENDO LAS palabras de la Virgen de Fátima, queremos aprender a perseverar en la oración y en la reparación por los pecados. El evangelio nos recuerda cómo Jesús insistía en «la necesidad de orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1) y san Pablo, por su parte, pide a los cristianos que sean «alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración» (Rm 12,12). La paz surge en un corazón que tiene la audacia de creer en la fuerza de la oración y se apoya confiadamente en los brazos de Dios.

El Señor mira complacido nuestra oración. Sus manos sostienen la historia de la humanidad, en la que se encuentran también nuestra historia personal y la de quienes nos rodean. El libro del Apocalipsis usa la imagen del perfume del incienso para hablar de la oración de los cristianos: «Y ascendió el humo de los perfumes, con las oraciones de los santos, desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios» (Ap 8,4). Atendiendo a nuestro clamor constante, el Señor actúa en la historia para llevarla a su plenitud. Por eso queremos aprender a ser perseverantes en la oración. María quiere enseñar a los hombres a confiar en su hijo, incluso cuando a veces pueda parecer que no nos escucha. En las bodas de Caná, da la impresión de que Jesús no estaba pensando en realizar el milagro, pero la Virgen insiste: nuestra Madre, no ve en las palabras de su hijo una llamada a la inacción, sino una invitación a ser audaz. Por eso se lanza a decir a los sirvientes: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Y consigue el milagro.

«María, Maestra de oración. –Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. –Y cómo logra. –Aprende»[13-V-2]. Este consejo de san Josemaría nos puede ayudar a alcanzar muchos dones de parte del Señor con nuestra oración.

LA ADVOCACIÓN de la Virgen de Fátima está unida a la devoción al Corazón Inmaculado de María. «“Mi Corazón Inmaculado triunfará”. ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este “sí” Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre»[13-V-3].

Las apariciones de la Virgen en Fátima hablan del peligro que corre la humanidad si abandona la oración. Nuestra Señora, sin embargo, no quiere que caigamos en una visión pesimista de la historia. Su corazón triunfa: imitando la constancia de su diálogo con Dios podemos evitar el pecado, que es el peor de los males. Ahí encontramos «la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión tiene lugar en realidad solo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una dirección positiva»[13-V-4].

Nuestra oración, sencilla y confiada, nos compromete con la historia; no es la ingenuidad de quien no se da cuenta de los problemas, ni la indiferencia de quien solo piensa en tranquilizar su conciencia. Las letanías del rosario, por ejemplo, nos unen con las personas que sufren: los enfermos, los pecadores, los migrantes, etc. Al rezar por ellos nos sentimos, con la ayuda de Dios, responsables de llevarles consuelo. Podemos dirigirnos a la Virgen de Fátima como lo hacía el beato Álvaro del Portillo: «Queremos meternos en tu Corazón Inmaculado. Así viviremos la alegría y la paz de los hijos de Dios. Que todo lo que te dé pena, nos duela a nosotros. Y, bien metidos en tu corazón amabilísimo, tú nos meterás en el de tu hijo»[13-V-5].

 


[13-V-1] Misal Romano, Oración colecta, memoria de la Bienaventurada Virgen María de Fátima.

[13-V-2] San Josemaría, Camino, n. 502.

[13-V-3] Joseph Ratzinger, Comentario teológico, Congregación para la Doctrina de la Fe, 13-V- 2000.

[13-V-4] Ibíd.

[13-V-5] Beato Álvaro del Portillo, Oración en Fátima, 15-XI-1985.

 

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Mayo 14 - San Matías

  • Toda vocación es un don gratuito.
  • San Matías conocía la vida de Jesús.
  • Dios cuenta con todos en su plan de salvación.

CUENTAN LOS Hechos de los Apóstoles que, en los días posteriores a la resurrección del Señor, san Pedro se juntó con los discípulos para elegir al sustituto de Judas (cfr. Hch 1,15-26). Se reunieron unas ciento veinte personas. Quizá era el núcleo de los que habían permanecido con el Señor después del sermón del Pan de vida, incluyendo a aquellos setenta y dos que había mandado a predicar tiempo atrás. Lo que más sorprende es el modo de llamar a Matías para que fuese uno de los Doce. Tras una oración para rogar a Dios que se haga su voluntad, echan a suertes entre dos candidatos… y nace un nuevo apóstol.

Seguir de cerca al Señor como lo hicieron los apóstoles posee un cierto aire de fortuna. La pregunta que nos podemos hacer es: ¿por qué he sido el elegido si hay muchas más personas que podían encargarse de esta tarea? Sin embargo, nuestra actitud frente a los dones divinos es la de maravillarnos y sentirnos afortunados. El Señor obra de manera inusual paranuestros parámetros. Matías está bien dispuesto, conoce al Señor desde hace tiempo, pero quién sabe si hasta ese instante se había planteado algo similar. Ante la necesidad de disponer de nuevos apóstoles, gracias a la oración y a la suerte divina, descubre que Jesucristo tiene una misión concreta para él. En el fondo de su corazón Matías escucharía de algún modo la voz de Dios.

 

«Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta –decía san Josemaría–, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación. La vocación nos lleva –sin darnos cuenta– a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada»[14-V-1] y eso es lo que muy posiblemente experimentó Matías aquel día.

«NOSOTROS hemos recibido este don como destino: la amistad del Señor. Esta es nuestra vocación: vivir siendo amigos del Señor, al igual que los apóstoles. Todos los cristianos hemos recibido este don: la apertura, el acceso al corazón de Jesús, a la amistad de Jesús. Hemos recibido en suerte el don de tu amistad. Nuestro destino es ser amigos tuyos. Es un don que el Señor conserva siempre»[14-V-2]. Y para ser amigos de Jesús necesitamos conocerlo. En el momento de la elección del nuevo apóstol, el único requisito que debía cumplir era el de conocer de cerca la vida de Cristo, «desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión» (Hch 1,22).

«No puedo dejar de confiaros algo –decía san Josemaría–, que constituye para mí motivo de pena y de estímulo para la acción: pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no barruntan todavía la profundidad de la dicha que nos espera en los cielos, y que van por la tierra como ciegos persiguiendo una alegría de la que ignoran su verdadero nombre, o perdiéndose por caminos que les alejan de la auténtica felicidad»[14-V-3]. Toda felicidad aquí en la tierra es un chispazo divino que apunta hacia Cristo. Solo en él descansa nuestra búsqueda. Solo en nuestra amistad con Jesús, hecha de palabras y de momentos compartidos, encontramos la paz que no nos deja. Por eso deseamos conocerlo cada vez mejor, en los evangelios, en la Eucaristía, en la oración personal y en las personas que nos rodean.

A nosotros, que no hemos vivido aquellos años en los que Jesús pisó nuestra tierra, puede servirnos el ejemplo de san Pablo, que tampoco conoció a Cristo bajo ese aspecto. «San Pablo no pensaba en Jesús en calidad de historiador, como una persona del pasado. Ciertamente, conoce la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no trata todo ello como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Para san Pablo, las palabras y las acciones de Jesús no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús»[14-V-4]. En nuestro empeño por conocer con la mayor profundidad posible a Cristo, podemos pedir la intercesión del apóstol Matías. Él podrá ayudarnos a que las acciones y palabras del Señor que él conoció, desde que fue bautizado por Juan hasta su resurrección, sean una realidad viva también para nosotros.

EN LA ESCENA de la vocación de Matías hay otro aspecto que también llama la atención y que se prolongará a lo largo de la historia. Es el hecho de que «la primera vocación tuvo lugar cuando la Iglesia estaba unida y rezaba. Cuando la Iglesia permanece unida y reza, no necesita preocuparse mucho por la propaganda, ya que puede estar segura de la respuesta del Señor»[14-V-5]. Esto nos da paz. La Iglesia la ha instituido el Señor y es él quien la saca adelante; nada ni nadie podrá contra ella. Seguirá llamando a nuevos apóstoles incluso en medio de cualquier circunstancia, entre jóvenes y ancianos, entre hombres y mujeres. Permanecer unidos en la oración y en el cariño fraterno es, en definitiva, seguir pendientes de Dios y confiar plenamente en su misericordia. No faltarán personas dispuestas a seguir a Cristo y a permanecer con él para ser testigos de la paz y de la alegría que surgen de la Resurrección.

El alborozo por ese nuevo apóstol fue enorme: en toda la asamblea y en el corazón del mismo Matías. Sin embargo, José, llamado Bernabé, el otro discípulo que intervino en el sorteo, quedó a las puertas de esa predilección, así como al resto de aquellos ciento veinte que se habían reunido (cfr. Hch 1,23-26). José era un fiel discípulo y el hecho de no ser llamado a formar parte de los Doce no significa que valiese menos o que no fuese buen cristiano. Dios llama a quien quiere, cada uno tiene su camino de felicidad trazado por Dios, y lo propio del hombre es ponerse en sus manos. Tanto Matías como José son afortunados porque fundan su vida en la seguridad de que el Señor está siempre a su lado. Y responder que sí a las inspiraciones de Dios, aceptarlas con gratitud, es fuente de paz. Lo que cuenta es la santidad de cada uno en sus circunstancias y con su modo de ser, allí donde está.

Matías, como antes lo habían hecho los otros apóstoles, se puso inmediatamente manos a la obra. «¿Por qué inmediatamente? Porque se sintieron atraídos. No fueron rápidos y dispuestos porque habían recibido una orden, sino porque habían sido atraídos por el amor. Los buenos compromisos no son suficientes para seguir a Jesús, sino que es necesario escuchar su llamada todos los días. Solo él, que nos conoce y nos ama hasta el final, nos hace salir al mar de la vida»[14-V-6]. El mar inmenso de este mundo cuenta con que los cristianos, en compañía de la Santísima Virgen, Stella Maris, estrella del mar, surcaremos sus aguas para llevar a todos la alegría de Cristo.

 


[14-V-1] San Josemaría, Cartas 3, n. 9

[14-V-2] Francisco, Homilía, 14-V-2018.

[14-V-3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 163.

[14-V-4] Benedicto XVI, Audiencia general, 8-X-2008.

[14-V-5] Benedicto XVI, Homilía en una primera Misa, 1973. Recogida en Enseñar y aprender el amor de Dios.

[14-V-6] Francisco, homilía del domingo de la Palabra de Dios, 26-I-2020.