"Meditaciones breves" para la segunda semana de Pascua

Autor
AA.VV
Publicación
OpusDei.org

Domingo - II semana de Pascua

  • Tomás quiere tocar las llagas de Jesús.
  • La misericordia de Dios aviva nuestra fe.
  • Las llagas del Resucitado nos introducen en su amor.

Lunes - II semana de Pascua

  • La oración de los primeros cristianos.
  • Con el Bautismo hemos renacido en Cristo.
  • El Bautismo y la vida según el Espíritu.

Martes - II semana de Pascua

  • Nicodemo después de la cruz.
  • La unidad, desde los inicios, ha sido don y tarea.
  • Conocerán a los cristianos por su amor mutuo.

Miércoles - II semana de Pascua

  • Cristo es la luz del mundo.
  • El testimonio de fe de los apóstoles.
  • No hacemos apostolado, somos apóstoles.

Jueves - II semana de Pascua

  • Los apóstoles se lanzan a evangelizar.
  • Nuestra misión en el mundo.
  • Cristo ilumina la existencia y la historia humana.

Viernes - II semana de Pascua

  • Jesús multiplica los panes.
  • Las necesidades de los demás no pasan desapercibidas a un cristiano.
  • La Iglesia vive de la Eucaristía.

Sábado - II semana de Pascua

  • El servicio a los demás en la Iglesia naciente.
  • Ser almas agradecidas y misericordiosas.
  • El Señor siempre está con nosotros en la barca.

Domingo - III semana de Pascua

  • Cristo Resucitado se presenta ante sus discípulos.
  • Los primeros cristianos anuncian la misericordia de Dios.
  • Nosotros somos testigos de Jesús.

 

 

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Domingo - II semana de Pascua

  • Tomás quiere tocar las llagas de Jesús.
  • La misericordia de Dios aviva nuestra fe.
  • Las llagas del Resucitado nos introducen en su amor.

EL EVANGELIO de la Misa de hoy, después de relatar la primera aparición del Señor a los discípulos, se centra en la figura del apóstol Tomás, quien no había estado presente en aquel momento anterior. Cuando todos, desbordantes de alegría, cuentan que han visto al Señor, Tomás no les cree. Ni la insistencia de los otros diez apóstoles, ni el testimonio de las santas mujeres, ni el relato de lo sucedido a los discípulos de Emaús logran hacerle cambiar de opinión. Es más, reafirma su incredulidad respondiendo: «Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré» (Jn 20,25).

Podemos imaginar los sentimientos que combatían en el corazón de Tomás. Era un hombre decidido, generoso, que amaba sinceramente al Señor. Por ejemplo, cuando Jesús decide ir a Betania para resucitar a Lázaro, con el peligro de ser capturado y condenado a muerte, Tomás exhorta a los demás apóstoles: «Vayamos también nosotros y muramos con él» (Jn 11,16). O en la última cena, cuando Jesús habla a los discípulos del cielo que les esperará si siguen sus pasos, Tomás manifiesta con sencillez que no está entendiendo: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?» (Jn 14,4-5).

Tomás era un hombre feliz junto a Jesús, deseaba seguirle y se declaraba dispuesto a compartir su suerte. Sin embargo, no había comprendido del todo la amplitud de su misión. Con la muerte de Cristo, su crisis personal fue profunda. Pero los deseos sinceros de seguir al Señor que siempre había demostrado hicieron posible que su corazón acogiera la luz de la fe. «A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se haya conformado con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor (...). Necesitamos ver a Jesús tocando su amor. Solo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría que son más sólidas que cualquier duda»[1-1].

OCHO DÍAS DESPUÉS de la primera vez, Jesús vuelve a encontrar a los discípulos. En esta ocasión Tomás está presente. Tras el saludo inicial, el Señor enseguida se dirige a él: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27). Tomás se llena de estupor, en su corazón se desata una explosión de alegría. Su boca pronuncia «la profesión de fe más espléndida del Nuevo Testamento»[1-2]: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28). En este domingo de la Divina Misericordia contemplamos la grandeza de la misericordia de Dios con Tomás y, en él, con cada uno de nosotros. Jesús acude a confortar –y de qué manera– a aquel discípulo que, al no creer, sufría tanto.

Tomás se siente comprendido. La aparición es como un abrazo que lo libera de sus miedos e inseguridades, esos sentimientos que lo habían llevado a refugiarse en la incredulidad. En el fondo de su corazón siempre hubo un rescoldo de esperanza, aunque Tomás había evitado avivarlo por temor a engañarse. Se da cuenta, de golpe, de que Jesús era digno de fe por sus gestos, sus milagros, sus enseñanzas, su increíble amor y misericordia. Hace memoria de su vida junto a Jesucristo y se asombra de haber entendido tan poco.

Tras haber manifestado de forma tan breve como hermosa su fe y su adoración –«Señor mío y Dios mío»–, acepta el cariñoso reproche que le hace Jesús: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído» (Jn 20,29). Es completamente cierto, piensa. Por esto, dedicará el resto de su vida –llegando incluso al martirio– a difundir esa fe que ha brillado más allá de todas sus dudas. Aunque probablemente no faltarían otros momentos de incertidumbre, Tomás ha aprendido a fiarse de Dios y a moverse en el claroscuro de la fe.

«NO VEO LAS LLAGAS como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios»[1-3]. A nosotros nos corresponde creer sin haber visto, sin haber compartido la vida con Jesús en esta tierra ni haber sido testigos directos de su resurrección. Sin embargo, nuestra fe es la misma que profesaron Tomás y los demás apóstoles; y, como ellos, estamos llamados a evangelizar el mundo entero. Para lograrlo, contamos con la cercanía y la misericordia del Señor. El mismo Cristo que se presentó ante el apóstol incrédulo y que le mostró sus llagas se nos ofrece a nosotros. «No se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas»[1-4].

Jesús ha querido abrir las fuentes de su vida para que podamos participar de ella. Las llagas del Señor fueron, para Tomás y los demás apóstoles, un signo de su amor. Al verlas no se llenaron de dolor, lo que hubiera sido comprensible, sino que se vieron inundados de paz. Esas marcas de Cristo –que él ha deseado mantener– son un sello de su misericordia. Contemplarlas nos permite evitar, por adelantado, las dudas que nos podrían asaltar al mirar nuestra fría respuesta. Esas llagas son la prueba de que el amor de Jesús es firme y plenamente consciente.

«Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: “Sus heridas nos han curado”»[1-5]. Pidamos a María santísima, «icono perfecto de la fe»[1-6], que sepamos tocar las llagas de Jesús como lo hizo Tomás.

 


[1-1] Francisco, Homilía, 8-IV-2018.

[1-2] Benedicto XVI, Audiencia, 27-IX-2006.

[1-3] Himno eucarístico Adoro Te devote

[1-4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 179.

[1-5] Francisco, Homilía, 27-IV-2014.

[1-6] Francisco, Lumen fidei, n. 58.

 

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Lunes - II semana de Pascua

  • La oración de los primeros cristianos.
  • Con el Bautismo hemos renacido en Cristo.
  • El Bautismo y la vida según el Espíritu.

DURANTE EL TIEMPO de Pascua, la primera lectura de la Misa sigue la narración de los Hechos de los Apóstoles, el libro que nos relata los primeros pasos de la Iglesia. Se trata de la mejor fuente para acercarnos a la vida de los primeros cristianos, en quienes san Josemaría encontraba luces para los cristianos de nuestro tiempo. Se percibe que en esas primeras comunidades reinaba un clima de alegría, de profunda gratitud, de entusiasmo sobrenatural que les impulsaba a compartir su fe con todos. No se ocultan las dificultades que existían, tanto externas como, a veces, también internas a la Iglesia; pero ni a unas ni a otras se les concede demasiada importancia: palidecen ante la grandeza de la vida de la gracia y la acción del Espíritu Santo.

Pedro y Juan regresan tras haber sido arrestados durante una noche por orden de las autoridades. El revuelo fue grande al ver que muchas personas, después de escuchar a estos apóstoles y de asistir a un milagro, habían creído en Jesús. Tras interrogarlos, amenazarlos y exhortarlos a no seguir predicando, los guardias tuvieron que dejar en libertad a Pedro y a Juan por temor al pueblo, «porque todos glorificaban a Dios por lo ocurrido» (Hch 4,21). A su vuelta, esa primera comunidad de cristianos, quizá preocupados ante las persecuciones que se avecinaban, deciden rezar unánimemente parte del salmo II. Y al término de esta plegaria –se nos cuenta en la Escritura– «tembló el lugar en el que estaban reunidos y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios con libertad» (Hch 4,31).

Leyendo los Hechos de los Apóstoles descubrimos que el motor de todo apostolado es laoración. Quien reza «experimenta en vivo la presencia de Jesús y es tocado por el Espíritu. Los miembros de la primera comunidad perciben que la historia del encuentro con Jesús no se detuvo en el momento de la Ascensión, sino que continúa en su vida. Contando lo que ha dicho y hecho el Señor, rezando para entrar en comunión con él, todo se vuelve vivo. La oración infunde luz y calor: el don del Espíritu hace nacer en ellos el fervor»[2-1].

LA LECTURA DEL evangelio, por su parte, nos invita a dar un paso atrás en el tiempo: leemos la conversación de Jesús con Nicodemo en la que hablan de la buena noticia traída por Cristo; aquel diálogo en el que el Señor le invita a «nacer de nuevo». En contraste con los primeros cristianos, que ya habían recibido la gracia del Bautismo y gozaban de la asistencia del Espíritu Santo, a Nicodemo se le hace más difícil entender las palabras de Jesús. Nicodemo es un judío influyente que admira a Cristo. Piensa que alguien que realiza semejantes prodigios debe de ser un hombre de Dios. Acude de noche para no ser visto en compañía de aquel inusitado maestro, pero se dirige al Señor con respeto y sinceridad. Por eso, las palabras que le responde Jesús llevan rápidamente la conversación al plano más elevado: «En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

Nosotros, al igual que los primeros cristianos, somos mujeres y hombres nuevos, regenerados por el Bautismo; hemos nacido de lo alto. San Josemaría explicaba que «en el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo»[2-2]. Este sacramento nos da la inmensa dignidad de ser hijos de Dios y de estar llamados a la santidad, que no es otra cosa que «la plenitud de la filiación divina»[2-3]. Ser santos, por tanto, no es solo una cuestión de comportamiento externo, no consiste solamente en aspirar una perfección ética, sino que se trata de reconocer en nosotros la vida de la gracia que se nos ha infundido y desear que se convierta sinceramente en la fuente de nuestra existencia; consiste en tener cada vez más los sentimientos del Hijo, tener un corazón cada vez más parecido al suyo.

Con el Bautismo comienza una aventura apasionante, una aventura de amor, una vida que no solo es nueva, sino que el Señor quiere renovar continuamente al compás del soplo imprevisible del Espíritu Santo. «El Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios y haciendo nacer al hombre nuevo, recreado en Jesús (...). Si nosotros festejamos el día del nacimiento, ¿cómo no festejar o recordar el día del renacimiento? (...). Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento»[2-4].

«DESDE QUE RECIBIMOS el Bautismo, apenas nacidos, comenzó en el alma la vida sobrenatural. Pero hemos de renovar a lo largo de nuestra existencia –y aun a lo largo de cada jornada– la determinación de amar a Dios sobre todas las cosas»[2-5]. Así explicaba san Josemaría una característica intrínseca de nuestra vocación cristiana: esa disposición a acoger de modo siempre renovado la gracia de Dios, ese secundar las inspiraciones del Paráclito con una docilidad que ensancha nuestra libertad interior. La vocación bautismal nos introduce en el dinamismo de la vida según el Espíritu Santo. Nuestra fidelidad al Señor no se caracteriza por la inercia y la monotonía, sino por la continua novedad de una respuesta libre y amorosa. Seguía diciendo san Josemaría: «En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios»[2-6].

«¡Qué grande es el don del Bautismo! Si nos diéramos plenamente cuenta de ello, nuestra vida se convertiría en un “gracias” continuo. ¡Qué alegría para los padres cristianos, que han visto nacer de su amor una nueva criatura, llevarla a la pila bautismal y verla renacer en el seno de la Iglesia a una vida que jamás tendrá fin!»[2-7]. Aunque quizás muchos no puedan recordar el día en que, como Jesús le dijo a Nicodemo, «volvieron a nacer», es un momento siempre accesible a nuestra imaginación y a nuestra oración: allí podremos agradecer a Dios y a las personas de cuya fe Dios se sirvió para incorporarnos a Cristo.

La vida de María, desde el fiat –¡hágase!– de la Anunciación hasta el fiat silencioso que repitió al pie de la cruz, es un ejemplo para nosotros de respuesta fiel a su vocación en las más variadas situaciones. Es una manifestación de docilidad siempre renovada a la gracia de Dios.

 


[2-1] Francisco, Audiencia general, 25-XI-2020.

[2-2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 128.

[2-3] San Josemaría, Carta 2-II-1945, n. 8.

[2-4] Francisco, Audiencia general, 11-IV-2018.

[2-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 27.

[2-6] Ibíd, n. 31.

[2-7] Benedicto XVI, Ángelus, 11-I-2009.

 

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Martes - II semana de Pascua

  • Nicodemo después de la cruz.
  • La unidad, desde los inicios, ha sido don y tarea.
  • Conocerán a los cristianos por su amor mutuo.

PROBABLEMENTE FUE larga la conversación entre Jesús y Nicodemo, aunque el evangelio solo nos haya transmitido unas cuantas frases. Aquel doctor de la ley esperaba encontrarse con un profeta, alguien elegido por Dios, pero sus expectativas quedaron completamente desbordadas: allí había algo más, algo radicalmente distinto, un hombre de cuya boca oía revelaciones que nunca había sospechado. No sabemos hasta qué punto las entendió o cuántos detalles quiso explicar Jesús en ese momento. Pero sí conocemos que, en las horas difíciles de la pasión, cuando casi todos los discípulos habían huido, Nicodemo dio la cara públicamente para dar una digna sepultura al cuerpo de Cristo. En esos momentos recordaría las palabras de aquella conversación nocturna, cuando el Señor había profetizado su muerte en la cruz y los frutos de ese sacrificio: «Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él» (Jn 3,14-15).

Nicodemo conocía aquel episodio de la historia de su pueblo: Moisés había puesto la serpiente de bronce sobre un mástil para que, al mirarla, quienes habían sido mordidos por las serpientes venenosas del desierto quedaran curados (cfr. Nm 21,8-9). Remontándose a aquel episodio, Jesús nos recuerda que «nadie se libera del pecado por sí mismo y por sus propias fuerzas ni se eleva sobre sí mismo; nadie se libera completamente de su debilidad, o de su soledad, o de su esclavitud. Todos necesitan a Cristo, modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador»[3-1]. Para creer, para salvarnos, para aprender a amar, necesitamos mirar a Cristo en la cruz. En sus gestos y en sus palabras comprenderemos cómo es la caridad que quiere infundir en nuestros corazones. Además de esa conversación nocturna, su encuentro personal con la cruz transformó aún más a Nicodemo. Desde entonces superó sus temores y sus respetos humanos para mostrarse abiertamente como amigo de Jesús. Contemplar la cruz siempre nos cambia.

TAMBIÉN LOS APÓSTOLES quedan aún más transformados cuando, después de la resurrección del Señor, pueden entender el auténtico alcance y sentido de su muerte en la cruz. Queda grabado en sus corazones que «es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario»; y que, «en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte»[3-2]. Solo al mirar con profundidad la grandeza del amor divino en la cruz pueden comprender plenamente, por un lado, el nuevo mandamiento que Jesús les había dado durante la Última Cena (cfr. Jn 13,34) y, por otro, la petición por la unidad entre sus discípulos que Cristo había elevado al Padre esa misma noche (cfr. Jn 17,21).

Aquellas palabras de Jesús sobre el amor fraterno y sobre la unidad fueron fielmente transmitidas por los apóstoles a los primeros cristianos. En efecto, cuando se describe a la naciente comunidad en Jerusalén, se dice que «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). La unidad y armonía que habían alcanzado no era solamente un logro humano, fruto de la práctica de virtudes relacionales o de haber establecido inteligentes acuerdos. Era ante todo un don de Dios, una obra del Espíritu Santo en quienes habían nacido a la vida de la gracia por el bautismo. Pero, al mismo tiempo que era un don, enseguida se nos indica que también era una tarea: la triste historia de Ananías y Safira, que se relata justo después (cfr. Hch 5,1-10), muestra claramente que esa unidad –fuerte hasta el punto de tener un solo corazón y una sola alma– era un don valiosísimo pero frágil, que dependía también de la libertad personal de cada uno con la cual se abría a recibirlo.

Ese “milagro de la unidad” lo hace el Espíritu Santo pero depende también de disponernos adecuadamente para recibirlo: puede ser obstaculizado por la soberbia, el egoísmo, la murmuración, la desconfianza... «Los Hechos de los Apóstoles muestran cómo en la santa ciudad de Jerusalén, marcada por los acontecimientos de la reciente Pascua, estaba naciendo la Iglesia. Esta joven Iglesia, ya desde el inicio, “perseveraba en la comunión”, es decir, formaba la comunión corroborada por la gracia del Espíritu Santo. Y así es hasta el día de hoy. Jesucristo en su misterio pascual constituye el centro de esta comunidad. Él hace que la Iglesia viva, crezca y se realice como un cuerpo “bien trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren según la actividad propia de cada miembro” (Ef 4,16)»[3-3]. La unidad es don para la Iglesia y tarea de cada uno.

«LOS APÓSTOLES daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado» (Hch 4,33). El cristianismo se difundió con rapidez en los primeros siglos. Sucedió gracias a la valentía de los cristianos, pero sobre todo gracias al testimonio de la caridad que vivían entre ellos y procuraban difundir entre todos. «¡Mirad cómo se aman!», comentaban a menudo, «¡mirad cómo cada uno está dispuesto a morir gustosamente por el otro!»[3-4].

Para ser creíbles, los cristianos han de estar unidos, debe resplandecer la caridad con que se tratan unos a otros. El apostolado no es otra cosa que el desbordarse de esa caridad hacia todos porque cada uno siente a flor de piel la preocupación por los demás. San Josemaría lo consideraba esencial para el Opus Dei: «Quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes»[3-5]. Comentaba también que por mucho que se extendiese su apostolado, se debería luchar por reforzar el clima de confianza y sencillez, de alegría y cariño.

«Qué gran responsabilidad nos confía hoy el Señor. Nos dice que la gente conocerá a los discípulos de Jesús por cómo se aman entre ellos. En otras palabras, el amor es el documento de identidad del cristiano, es el único “documento” válido para ser reconocidos como discípulos de Jesús. Si este documento caduca y no se renueva continuamente, dejamos de ser testigos del Maestro. Entonces os pregunto: ¿Queréis acoger la invitación de Jesús para ser sus discípulos? ¿Queréis ser sus amigos fieles? El amigo verdadero de Jesús se distingue principalmente por el amor concreto (...), amar quiere decir dar, no solo algo material, sino algo de uno mismo: el tiempo personal, la propia amistad, las capacidades personales»[3-6].

Pidamos a María santísima que, con el calor de una caridad concreta, y con una unidad que atrae a todos, sepamos transmitir la luz y el calor de la fe.

 


[3-1] Concilio Vaticano II, Ad Gentes, n. 8.

[3-2] San Josemaría, Vía Crucis, XI estación.

[3-3] San Juan Pablo II, Homilía, 13-VI-1999.

[3-4] Tertuliano, Apologeticum, 39.

[3-5] San Josemaría, Apuntes de una conversación familiar, 17-V-1970.

[3-6] Francisco, Homilía, 24-IV-2016.

 

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Miércoles - II semana de Pascua

  • Cristo es la luz del mundo.
  • El testimonio de fe de los apóstoles.
  • No hacemos apostolado, somos apóstoles.

«VINO LA LUZ AL MUNDO y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios» (Jn 3,19-21). Con estas palabras que leemos en el evangelio, continúa la conversación de Jesús con Nicodemo. Aparece un tema recurrente en el libro de san Juan: Cristo es la luz del mundo y quien le sigue «no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). La luz que Cristo trajo al mundo no fue deslumbrante: acogerla o no, acercarse o mirar hacia otro lado, dependía de la libertad de cada corazón. De hecho, la luz fue rechazada por muchos. Otros incluso intentaron apagarla. Pero el plan divino de salvación supera cualquier esquema humano.

La luz de Cristo resucitado sigue siendo una luz de amor, que no se impone, sino que se presenta humilde, discreta, a la libertad de los hombres. No quiere avasallarnos ni pasar por encima de nuestra posibilidad de elección. Pero cuando se la acoge bajo esta apariencia de debilidad, se demuestra capaz de disipar las tinieblas más densas. «Cristo, resucitado de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él ha vencido a la muerte –él vive– y la fe en él penetra como una pequeña luz todo lo que es oscuridad y amenaza. Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida solamente el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia (cfr Jn 10,10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran incluso en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día»[4-1].

EL SEÑOR, que se manifestó como la luz del mundo, también dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Lc 5,14). Todos estamos llamados a ser luz y a formar con los demás cristianos un resplandor cada vez más amplio: «La luz no se queda aislada. En todo su entorno se encienden otras luces. Bajo sus rayos se perfilan los contornos del ambiente, de forma que podemos orientarnos. No vivimos solos en el mundo. Precisamente en las cosas importantes de la vida tenemos necesidad de otros. En particular, no estamos solos en la fe, somos eslabones de la gran cadena de los creyentes. Ninguno llega a creer si no está sostenido por la fe de los otros y, por otra parte, con mi fe, contribuyo a confirmar a los demás en la suya. Nos ayudamos recíprocamente a ser ejemplos los unos para los otros, compartimos con los otros lo que es nuestro, nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro afecto. Y nos ayudamos mutuamente a orientarnos»[4-2].

Este fue el caso de los primeros cristianos, que tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 3,32). «La comunidad renacida tiene la gracia de la unidad, de la armonía. Y el único que puede darnos esa armonía es el Espíritu Santo, que es la armonía entre el Padre y el Hijo, es el don que hace la armonía»[4-3]. El Paráclito los mantenía unidos y los impulsaba a evangelizar: de esta manera, como relata la Sagrada Escritura, la Iglesia fue creciendo con rapidez. Ciertamente, junto a la luz de la fe, seguían estando presentes las tinieblas y no faltaron los problemas. En la Misa de hoy se lee cómo, al ver que cada vez más personas abrazaban el cristianismo, las autoridades «prendieron a los apóstoles y los metieron en la prisión pública» (Hch 5,18). De un modo u otro, tampoco faltarán dificultades en nuestra vida cuando procuremos difundir a nuestro alrededor la luz de Cristo. Ante la impresión de que los frutos son pocos o de que nuestras condiciones personales tampoco son las mejores, podemos repetir con el salmista: «Cuando el pobre invoca, el Señor lo escucha» (Sal 33,7). Esta sería también la actitud de los apóstoles mientras permanecían encerrados en la cárcel. Y el consuelo de Dios no tardó en llegar.

«UN ÁNGEL del Señor abrió de noche las puertas de la cárcel, los sacó y les dijo: “Salid, presentaos en el Templo y predicad al Pueblo toda la doctrina que concierne a esta Vida”. Después de haberlo escuchado, entraron de madrugada en el Templo y comenzaron a enseñar» (Hch 5,19-21). Aunque no se describe la aparición del ángel, debió de ser impresionante. Con las primeras luces del día, y sabiendo que volverían a ser arrestados, los apóstoles emprendieron aquella indicación. Lo hicieron no como quien cumple un encargo externo sino como quien lleva adelante una misión propia, una tarea que había pasado a ser parte constitutiva de cada uno; no solo hacían apostolado sino que eran y se sentían apóstoles, testigos de un acontecimiento que había transformado sus vidas.

También nosotros «hemos de llenar de luz el mundo (…) –escribió san Josemaría–. Nada puede producir mayor satisfacción que el llevar tantas almas a la luz y al calor de Cristo. Personas a las que nadie ha enseñado a valorar su vida corriente, para quienes lo ordinario parece vano y sin sentido, que no aciertan a comprender y a pasmarse ante esa gran verdad: Jesucristo se ha preocupado de nosotros, hasta de los más pequeños, hasta de los más insignificantes. A todas las gentes habéis de decir: también a vosotros os busca Cristo, como buscó a los primeros doce, como buscó a la mujer samaritana, como buscó a Zaqueo; como al paralítico: surge et ambula (Mc 2,9), levántate que el Señor te espera; como al hijo de la viuda de Naín: tibi dico, surge! (Lc 7,14), a ti te lo digo, levántate de tu comodidad, de tu poltronería, de tu muerte»[4-4].

Pidamos a nuestra madre del cielo que se mantenga muy viva en nosotros la conciencia de que somos apóstoles, de manera que sepamos secundar la acción del Espíritu Santo para que muchas almas se acerquen a Dios.

 


[4-1] Benedicto XVI, Discurso, 24-IX-2011.

[4-2] Ibíd.

[4-3] Francisco, Homilía, 14-IV-2015.

[4-4] San Josemaría, Carta 24-III-1930.

 

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Jueves - II semana de Pascua

  • Los apóstoles se lanzan a evangelizar.
  • Nuestra misión en el mundo.
  • Cristo ilumina la existencia y la historia humana.

LOS APÓSTOLES, tras haber sido liberados, volvieron de madrugada al Templo para seguir predicando. Allí fueron arrestados de nuevo y conducidos ante los príncipes de los sacerdotes. Es la escena que nos relata la primera lectura de la Misa de hoy: «El sumo sacerdote les interrogó: “¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? En cambio, vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre”. Pedro y los apóstoles respondieron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”» (Hch 5,27-29).

Pedro y los doce muestran con su respuesta «que poseen esa “obediencia de la fe” que luego querrán suscitar en todos los hombres (cfr Rm 1,5)»[5-1]. En el libro de los Hechos vemos bastantes ejemplos más que ponen de manifiesto la misma idea: para los apóstoles, lo más importante es llevar a cabo la misión confiada a ellos por Dios. Como testigos de la resurrección de Cristo, no pueden dejar de hablar de lo que han visto y oído. Les parece tan valioso lo que han recibido, les llena de tal manera el corazón, que afrontan cualquier peligro para compartirlo.

El Espíritu Santo fue cambiando a los apóstoles: cada vez serían menos cobardes y más valientes; menos ambiciosos, con menos miras humanas, y más capaces de donarse a los demás. Introducidos en esa vida del Espíritu, «ya no son hombres “solos”. Experimentan esa especial sinergia que les hace descentrarse de sí mismos y les hace decir: “nosotros y el Espíritu Santo” (Hch 5,32) o “el Espíritu Santo y nosotros” (Hch 15,28). Sienten que no pueden decir “yo” solo, son hombres descentrados de sí mismos. Fortalecidos por esta alianza, los Apóstoles no se dejan atemorizar por nadie»[5-2].

«EL DIOS DE nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero. A este lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Y de estas cosas somos testigos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen» (Hch 5,30-32). Los apóstoles se saben testigos de una verdad que –con la asistencia del Espíritu Santo, enviado para que podamos convertirla en vida– trae la salvación a todo el género humano. Es el comienzo de nuestra misión; la Iglesia «continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo»[5-3].

«Ante los desafíos de este mundo nuestro, tan complejos como apasionantes, ¿qué espera hoy el Señor de nosotros, los cristianos? Que salgamos al encuentro de las inquietudes y necesidades de las personas, para llevar a todos el Evangelio en su pureza original y, a la vez, en su novedad radiante»[5-4]. El empeño evangelizador consiste en «una llamada a que cada uno de nosotros, con sus recursos espirituales e intelectuales, con sus competencias profesionales o su experiencia de vida, y también con sus límites y defectos, se esfuerce en ver los modos de colaborar más y mejor en la inmensa tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Para esto, es preciso conocer en profundidad el tiempo en el que vivimos, las dinámicas que lo atraviesan, las potencialidades que lo caracterizan, y los límites y las injusticias, muchas veces graves, que lo aquejan. Y, sobre todo, es necesaria nuestra unión personal con Jesús, en la oración y en los sacramentos. Así, podremos mantenernos abiertos a la acción del Espíritu Santo, para llamar con caridad a la puerta de los corazones de nuestros contemporáneos»[5-5].

«EL QUE VIENE de lo alto está sobre todos. El que es de la tierra, de la tierra es y de la tierra habla» (Jn 3,31). Este pasaje del evangelio de san Juan sigue inmediatamente a la conversación entre el Bautista y sus discípulos, en la que el Precursor pronuncia la frase que tantas veces hemos meditado: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Cristo, que viene de lo alto, del cielo, es el único que puede revelar al Padre y traer al Espíritu Santo. Por eso, «el que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien rehúsa creer en el Hijo no verá la vida» (Jn 3,36).

Solamente Jesucristo puede hablar las «palabras de Dios» y dar «el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). El hombre puede acceder a Dios de varias maneras: por ejemplo, contemplando el orden y la belleza del mundo; reflexionando sobre la sed de infinito y de plenitud que anidan en su corazón; a través de experiencias espirituales que muchas veces contienen tesoros de sabiduría así como un apreciable sentido de lo sagrado… Todas estas vías manifiestan la apertura del hombre a Dios, pero también ponen de relieve lo limitado que es el conocimiento humano de frente a lo divino.

En cambio, por la fe en Cristo conocemos la Palabra completa y definitiva de Dios. Como escribió santo Tomás de Aquino, «antes de la llegada de Cristo, ningún filósofo, pese a todos sus esfuerzos, pudo saber tanto de Dios y de lo necesario para alcanzar la vida eterna como después de Cristo sabe una viejecita por la fe»[5-6]. Cada cristiano ha recibido el maravilloso don de la fe, que es «encuentro con Dios que habla y actúa en la historia, y que convierte nuestra vida cotidiana, transformando en nosotros mentalidad, juicios de valor, opciones y acciones concretas. No es espejismo, fuga de la realidad, cómodo refugio, sentimentalismo, sino implicación de toda la vida y anuncio del Evangelio, Buena Noticia capaz de liberar a todo el hombre»[5-7].

Pidamos a santa María, madre de los creyentes, que nos ayude a centrar siempre más nuestra existencia en Cristo y a orientar hacia él a quienes encontramos en nuestro camino.

 


[5-1] Francisco, Audiencia, 18-IX-2019.

[5-2] Ibíd.

[5-3] Concilio Vaticano II, Ad Gentes, n. 2

[5-4] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, Palabra, Madrid 2020, p. 75.

[5-5] Ibíd., p. 76.

[5-6] Santo Tomás de Aquino, Expositio in Symbolum Apostolorum, Proemio.

[5-7] Benedicto XVI, Audiencia, 14-XI-2012.

 

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Viernes - II semana de Pascua

  • Jesús multiplica los panes.
  • Las necesidades de los demás no pasan desapercibidas a un cristiano.
  • La Iglesia vive de la Eucaristía.

EL EVANGELIO de san Juan recoge siete milagros del Señor y entre ellos está la primera multiplicación de los panes y de los peces. Se trata de un pasaje que prefigura la Pascua del Señor y la institución de la Eucaristía. Una gran muchedumbre se había congregado junto a la orilla del lago de Genesaret, atraída por aquel maestro cuya fama se había ido extendiendo a causa de sus milagros y de sus enseñanzas. Desde lo alto de una ladera, el Señor vio a las multitudes que le seguían y, dirigiéndose a Felipe, que era quien tenía más cerca, formuló una pregunta desconcertante: «¿Dónde vamos a comprar pan para que coman estos?» (Jn 6,5). El primer pensamiento de Felipe quizá fue que el Maestro no lo decía del todo en serio, pero de inmediato debió de considerar también que Jesús con frecuencia era imprevisible. Así que, prudentemente, se limitó a hacer un presupuesto aproximativo: «Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco» (Jn 6,7). Intervino entonces Andrés, que se mostró un poco más empático con el hambre de las multitudes, aunque también su propuesta ponía de relieve, sobre todo, la imposibilidad de hacer algo por ellos: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?» (Jn 6,9).

San Juan señala que, aunque Jesús conversó de este modo con los apóstoles, «él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,6). El autor sagrado destaca que humanamente era imposible dar de comer a tanta gente. Y esto lo hace no solo para que resalte, por contraste, lo grande que fue el milagro, sino, sobre todo, para subrayar que la salvación es un don que viene de Dios; no se trata de una obra humana, aunque el Señor quiera contar con los hombres para llevarla a cabo. «Muchas veces a lo largo de la historia de la Obra –comentaba san Josemaría–, he pensado que el Señor tiene las cosas pensadas desde la eternidad, pero que por otra parte nos deja libérrimos. El Señor en ocasiones parece que nos tienta, que quiere probar nuestra fe. Pero Jesucristo no nos deja: si nos mantenemos firmes, él está dispuesto a hacer milagros, a multiplicar los panes»[6-1].

«–MANDAD A LA GENTE que se siente. Había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron» (Jn 10,11). El evangelio no nos describe cómo Jesús realizó materialmente este milagro. Lo que sí podemos intuir es cómo se quedaría grabada en su corazón esa experiencia de fe. Más tarde, a la luz de la resurrección, comprendieron que así sería en adelante: el Señor esperaba de ellos –como de cada uno de nosotros– que pusieran lo posible de su parte. Él también seguiría poniendo su parte. Esa acción de Dios muchas veces no se manifiesta del todo y no llegamos a descubrir a quién implica y qué consecuencias tiene; sin embargo, sigue siendo la parte más real e importante. Con la acción del hombre dentro de la acción de Dios, saldría adelante la misión apostólica y se iría haciendo la Iglesia.

Pero hubo además otra enseñanza que el Señor les transmitió en esta multiplicación de los panes y los peces: una lección de caridad. Les mostró cómo debe un cristiano estar atento y hacerse cargo de las necesidades espirituales y materiales de los demás: primero, con una mirada que las perciba, que sepa sentir compasión, que desee cuidar de los otros; y después, con una actitud generosamente proactiva: no basta pensar que sería bonito pero por desgracia no se puede hacer nada; no son suficientes los buenos sentimientos si al final quedan solo en eso. Jesús desea que cada uno haga lo que esté en su mano para ayudar a personas concretas en situaciones difíciles, sin resignarse a la pasividad: emplaza a sus discípulos a buscar una solución aunque sea solo para empezar, a que intenten poner en marcha un proceso positivo. En definitiva, a complicarse la vida, si hiciera falta, para ayudar a los demás.

«Para eso necesitamos que el Señor nos agrande el corazón, que nos dé un corazón a su medida, para que entren en él todas las necesidades, los dolores, los sufrimientos de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los más débiles. En el mundo actual, la pobreza presenta muchos rostros diversos: enfermos y ancianos que son tratados con indiferencia, la soledad que experimentan muchas personas abandonadas, el drama de los refugiados, la miseria en la que vive buena parte de la humanidad como consecuencia, muchas veces, de injusticias que claman al cielo. Nada de esto nos puede resultar indiferente. Cada cristiano ha de poner en movimiento la “imaginación de la caridad” de la que hablaba san Juan Pablo II, para llevar el bálsamo de la ternura de Dios a todos nuestros hermanos que pasan necesidad»[6-2].

«JESÚS TOMÓ LOS PANES y, después de dar gracias, los repartió» (Jn 6,11). En estas palabras que usa Juan hay una prefiguración de la Eucaristía. En este mismo capítulo del cuarto evangelio encontramos el discurso del pan de vida, en el que Jesús promete darse él mismo como alimento de nuestra alma.

En la Eucaristía, lo que era algo material y pequeño, un poco de pan y de vino, se convierte en alimento sobrenatural: en el cuerpo y la sangre de Cristo, el pan de los ángeles, nuevo maná que restaura las fuerzas del pueblo de Dios que es la Iglesia. «La Iglesia vive de la Eucaristía»[6-3]. «La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Por ello, vivir la comunión con Cristo es otra cosa distinta a permanecer pasivos y ajenos a la vida cotidiana; por el contrario, nos introduce cada vez más en la relación con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles la señal concreta de la misericordia y de la atención de Cristo (...). Jesús ha visto a la muchedumbre, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes; así hace lo mismo con la Eucaristía. Y nosotros, creyentes que recibimos este pan eucarístico, estamos empujados por Jesús a llevar este servicio a los demás, con su misma compasión»[6-4].

«La Eucaristía nunca puede ser solo una acción litúrgica. Solo es completa, si el “ágape” litúrgico se convierte en amor cotidiano. En el culto cristiano, las dos cosas se transforman en una, el ser agraciados por el Señor en el acto cultual y el cultivo del amor respecto al prójimo. Pidamos en esta hora al Señor la gracia de aprender a vivir cada vez mejor el misterio de la Eucaristía, de manera que comience así la transformación del mundo»[6-5]. Pidamos también a María, «presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas»[6-6], que nos ayude a difundir por el mundo la fuerza santificadora del sacrificio del altar.

 


[6-1] San Josemaría, Notas de una meditación, 1-IV-1962.

[6-2] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, p. 199-200.

[6-3] San Juan Pablo II, encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 1.

[6-4] Francisco, Audiencia, 17-VIII-2016.

[6-5] Benedicto XVI, Homilía, 9-IV-2009.

[6-6] San Juan Pablo II, encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

 

resurrecion

Sábado - II semana de Pascua

  • El servicio a los demás en la Iglesia naciente.
  • Ser almas agradecidas y misericordiosas.
  • El Señor siempre está con nosotros en la barca.

«EN AQUELLOS DÍAS, al crecer el número de los discípulos, se levantó una queja de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas estaban desatendidas en la asistencia diaria» (Hch 6,1). Ya desde los primeros pasos del cristianismo, la Iglesia debió afrontar situaciones de tensión que iban apareciendo, como la que se describe en este pasaje. La Iglesia, al mismo tiempo que cuenta con la asistencia incesante del Espíritu Santo, está formada por personas como nosotros que, animados por las mejores intenciones, tenemos las limitaciones de la condición humana y la herida del pecado.

A Pedro y a los demás apóstoles correspondía la tarea de discernir el problema que había surgido y proponer una solución. Esta vez fue la de designar «a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría» (Hch 6,3), que se dedicaran más directamente a ese servicio de caridad. Es interesante notar que desde el principio la Iglesia dirigió su atención a los más necesitados; y cómo, a la hora de encargar a algunos cristianos la organización material de esa labor asistencial, los apóstoles valoraron ante todo que fuesen personas dóciles al Espíritu Santo, dotadas de sabiduría. La vida interior, las virtudes personales, el amor a la verdad revelada y la actividad en favor de los demás se consideraban aspectos íntimamente unidos para llevar a cabo la misión de la Iglesia.

Cada cristiano estaba llamado entonces, como lo seguimos estando ahora, a mirar a Jesucristo, a vivir su misma vida, secundando la acción santificadora del Paráclito. De ahí se deriva la donación a los demás, que se concretará de modos diversos. En el fondo, para todos, como escribió san Josemaría, «se resume en una única palabra: amar. Amar es tener el corazón grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas. Si amamos con el corazón de Cristo aprenderemos a servir»[7-1].

«LA PALABRA de Dios se propagaba, y aumentaba considerablemente el número de discípulos en Jerusalén» (Hch 6,7). El salmo responsorial de la Misa de hoy es un eco de la alegría de los primeros cristianos de Jerusalén: «Alabad al Señor con la cítara, entonadle salmos con el arpa de diez cuerdas. La palabra del Señor es recta, y hace con fidelidad todas sus obras. Él ama la justicia y el derecho: la tierra está llena de su misericordia» (Sal 33,2.4-5). Se trata de un canto de alabanza al Señor que ha creado el mundo y lo sustenta en el ser; que mira desde el cielo a los hijos de Adán y conoce cada rincón de sus corazones; que incesantemente mantiene sobre los hombres una mirada de ternura, cercanía y salvación.

Al invitarnos a meditar este salmo, la Iglesia desea suscitar en nosotros un espíritu agradecido y misericordioso, a imagen del Padre. Esta actitud surge al reconocer las ayudas del cielo y se convierte en algo más profundo cuando entendemos que el Señor ha infundido en nosotros la fe y la caridad para difundir su benevolencia a nuestro alrededor, aprovechando las vicisitudes de nuestra vida. Podemos transformarnos en mujeres y hombres que ven cada vez más el mundo con los ojos de Dios y, por eso, aprecian en primer lugar el bien, la salvación y lo noble, también en los demás. «El Catecismo escribe: “Todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias”. La oración de acción de gracias comienza siempre aquí: en el reconocerse precedidos por la gracia. Hemos sido pensados antes de que aprendiéramos a pensar; hemos sido amados antes de que aprendiéramos a amar; hemos sido deseados antes de que en nuestro corazón surgiera un deseo. Si miramos la vida así, entonces el “gracias” se convierte en el motivo conductor de nuestras jornadas»[7-2].

«Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día –recomendaba san Josemaría–. Porque te da esto y lo otro. Porque te han despreciado. Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su madre, que es también madre tuya. Porque creó el sol y la luna y aquel animal y aquella otra planta. Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso... Dale gracias por todo, porque todo es bueno»[7-3].

SAN JUAN NOS cuenta, de modo escueto y sobrio, lo que sucedió después de la primera multiplicación de los panes y los peces. Al atardecer de aquel día, los discípulos se embarcaron para atravesar el lago y llegar a Cafarnaún. Jesús no fue con ellos, sino que se quedó rezando en un monte. «El mar estaba agitado a causa del fuerte viento que soplaba. Después de remar, unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba hacia la barca, y les entró miedo. Pero él les dijo: “Soy yo, no temáis”» (Jn 6,18-20).

Los discípulos probablemente tuvieron que emplear varias horas para recorrer en barca, remando contra viento y marea, los casi cinco kilómetros que les separaban de Cafarnaún. Muchos han visto en esta barca, que crujiría ante cada embate de las olas, una figura de la Iglesia, que enfrenta riesgos y dificultades en el mar de la historia. Lo mismo puede suceder con nuestra propia vida: con frecuencia no nos faltan dificultades, trabajos y fatigas. Y, como los apóstoles, también nosotros podemos demostrar ser personas de fe débil, vencidos por miedos, inseguridades o preocupaciones.

«Soy yo, no temáis». El Señor está siempre con nosotros, nos mira y nos acompaña. Por eso, «no tenemos motivos más que para dar gracias. No hemos de apurarnos por nada; no hemos de preocuparnos por nada; no hemos de perder la serenidad por ninguna cosa del mundo»[7-4]. A veces, necesitaremos un tiempo para que vaya creciendo esa confianza en el Señor que llena nuestra vida de gratitud. En ocasiones, será preciso que interpretemos nuestra historia personal a la luz del cariño incondicional que nos tiene Dios. Jesús se manifestó caminando sobre las aguas para robustecer la fe todavía débil de sus discípulos. Podemos terminar este rato de oración pidiéndole que aumente nuestra confianza en él –¡aumenta nuestra fe!–, de manera que sepamos reconocer su presencia en nuestra historia personal y en todas las circunstancias de nuestra existencia.

 


[7-1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 158.

[7-2] Francisco, Audiencia, 30-XI-2020.

[7-3] San Josemaría, Camino, n. 268.

[7-4] San Josemaría, En diálogo con el Señor, “Consumados en la unidad”, 2c.