"Meditaciones breves" [Cuaresma]

Autor
AA.VV - actualizado hasta PASCUA
Publicación
OpusDei.org

El recurso se va completando con los textos que se están preparando.
En la medida de lo posible estarán con algunos días de anticipación :) . 

Este recurso recoge los textos de las "meditaciones breves" de opusdei.org. La finalidad del mismo es disponer de un acceso rápido a los textos y a sus índices: puede servir como inspiración para la predicación o para recomendar en la dirección espiritual. Las notas de pie de página tiene una numerarión algo original: el primer número corresponde a la semana (salvo los días entre miércoles de ceniza y 1 domingo), la siguiente letra al día de la semana y finalmente el número correspondiente a la numeración de la nota. Si no se hiciera de esta forma se debería introducir en este recurso una numeración corrida propia de estas notas.

Miércoles de ceniza

  • La Cuaresma es un tiempo de conversión.
  • Oración, limosna y ayuno.
  • Un constante volver a la casa del Padre.

Jueves después de ceniza

  • Una oportunidad para convertirnos.
  • La conversión es un don que podemos pedir a Dios.
  • Tomar la cruz de cada día.

Viernes después de ceniza

  • Recordar el paso de Dios por nuestra vida.
  • El ayuno es manifestación de un deseo interior.
  • Jesús indica el sentido del ayuno.

Sábado después de ceniza

  • La limosna que surge de un corazón puro.
  • San Mateo dejó todo y entregó su vida.
  • Amara a Dios y al prójimo.

Domingo de la I semana de Cuaresma

  • Jesús nos acompaña en nuestras debilidades.
  • Las tentaciones se dirigen a nuestra filiación divina.
  • El demonio quiere hacernos desconfiar de Dios.

Lunes de la I semana de Cuaresma

  • Renunciar al pecado es una ganancia.
  • Para ver a Cristo en los demás.
  • El cielo para quien recibe todo de Dios.

Martes de la I semana de Cuaresma

  • Pedimos santificar el nombre de Dios.
  • Podemos perdonar porque hemos sido perdonados.
  • La voluntad de Dios es amarnos.

Miércoles de la I semana de Cuaresma

  • Dios nos ama, pase lo que pase.
  • Espíritu de examen para arrepentirse.
  • El dulce momento de la confesión.

Jueves de la I semana de Cuaresma

  • Rezar nos conforma con el querer de Dios.
  • Jesús nos impulsa a la oración de petición.
  • Pedir con el Padrenuestro.

Viernes de la I semana de Cuaresma

  • Los juicios críticos y el quinto mandamiento.
  • Pensar lo mejor posible de los demás.
  • El amor de Dios nos libera de la envidia.

Sábado de la I semana de Cuaresma

  • Jesús nos manda amar a nuestros enemigos.
  • Dios hace llover sobre buenos y malos.
  • Llevar el campo de batalla hacia nuestra propia vida.

 

Domingo de la II semana de Cuaresma

  • El desierto y el monte son lugares de silencio.
  • Dios nos diviniza en la oración.
  • El misterio de Dios se nos revela progresivamente.

Lunes de la II semana de Cuaresma

  • Reconocerse necesitado para abrirse a la misericordia divina
  • Querer a los demás con el amor de Dios
  • Un modo de mirar divino y materno

Martes de la II semana de Cuaresma

  • Una vida coherente que refleje a Cristo
  • Rectitud de intención para dar gloria a Dios
  • La humildad nos abre a la grandeza de Dios

Miércoles de la II semana de Cuaresma

  • La grandeza de servir.
  • El servicio como llamada de Dios.
  • Jesús quiere unirnos a su Pasión.

Jueves de la II semana de Cuaresma

  • El valor de los bienes terrenos.
  • Tener compasión por quienes nos rodean.
  • Ver los Lázaros a nuestra puerta.

Viernes de la II semana de Cuaresma

  • La viña, imagen de Israel.
  • Los fracasos son oportunidades de salvación.
  • Nuestros frutos son gloria de Dios.

***** 19 marzo
 

Domingo de la III semana de Cuaresma

  • El estilo de Dios es cercanía.
  • Examinar nuestro corazón.
  • La humildad de la conversión.

Lunes de la III semana de Cuaresma

  • La Eucaristía sacia nuestros anhelos.
  • La conversión es tarea del presente.
  • Todos cooperamos en la santidad de todos.

Martes de la III semana de Cuaresma

  • Dios espera el sacrificio de nuestro corazón.
  • Volver al Padre en esta Cuaresma.
  • Perdonar porque nos sabemos perdonados.

Miércoles de la III semana de Cuaresma

  • Jesús es la plenitud de la Ley.
  • Una fidelidad que vivifica y agranda el corazón.
  • Entender lo que se ama.

Jueves de la III semana de Cuaresma

  • Reconocer el propio pecado.
  • Sinceridad en el examen de conciencia.
  • Reconquistar nuestra libertad.

25 de marzo. Solemnidad de la Anunciación del Señor  [2022]

  • Dios diviniza nuestra vida.
  • Contemplar la vida de Jesús.
  • Una divinidad muy humana.

Meditación sobre la paz [2022]

  • Bienaventurados los pacíficos.
  • Ayudar con el realismo de la oración.
  • Forjar la paz desde la familia.

Sábado de la III semana de Cuaresma

  • Actitud humilde para orar.
  • La cerrazón del fariseo.
  • La ventaja del publicano.

 

Domingo de la IV semana de Cuaresma

  • La alegría de la conversión.
  • El amor misericordioso de Dios Padre.
  • Mirar siempre lo bueno.

Lunes de la IV semana de Cuaresma

  • Dios se ilusiona con nosotros.
  • Abandonarnos como hijos.
  • Fe es dejar sitio a Dios.

Martes de la IV semana de Cuaresma

  • Jesús quiere sanarnos.
  • Deseos y paciencia en la lucha.
  • El cristiano es comprensivo con los demás.

Miércoles de la IV semana de Cuaresma

  • Dios sostiene nuestra existencia.
  • En Jesús aprendemos a ser hijos de Dios.
  • En el juicio vence el amor del Padre.

Jueves de la IV semana de Cuaresma

  • Buscar la voluntad de Dios.
  • Recorrer el camino de la conversión.
  • Ser puentes que interceden entre Dios y su pueblo.

Viernes de la IV semana de Cuaresma

  • Cristo fue perseguido.
  • El ejemplo de los mártires.
  • Cercanía con los que sufren.

Sábado de la IV semana de Cuaresma

  • «Jamás habló así hombre alguno».
  • No endurecer el corazón.
  • Las palabras de Jesús.

 

Domingo de la V semana de Cuaresma

  • Jesús perdona a la mujer adúltera.
  • La confesión es una mirada hacia el futuro.
  • El valor de la contrición.

Lunes de la V semana de Cuaresma

    Jesús es la luz del mundo.
    Una mirada luminosa.
    El Señor es mi pastor.

Martes de la V semana de Cuaresma

    La prueba del desierto.
    El valor de los bienes materiales.
    Mirar la cruz para sanar.

Miércoles de la V semana de Cuaresma

    Adorar con la propia vida.
    Sanar nuestros deseos.
    La adoración en la santa Misa.

Jueves de la V semana de Cuaresma

  • Dios es fiel.
  • La promesa de Dios vence cualquier obstáculo.
  • El hilo de la esperanza.

Viernes de la V semana de Cuaresma

  • Contemplar los dolores de la Virgen.
  • Humildad para abrirse a la verdad.
  • Reconocer los signos de Jesús.

Sábado de la V semana de Cuaresma

  • El engaño de las tentaciones.
  • Sentirse portadores de un tesoro.
  • Seguir a Cristo en el Calvario.

Domingo de ramos

  • Entrada del Señor en Jerusalén.
  • El borrico está más cerca de Jesús.
  • Comprender la lógica del reinado divino.

Lunes santo

  • María de Betania entrega todo a Jesús.
  • Nuestros gestos pueden llenar de buen olor el mundo.
  • Cuidar a Jesús en el sagrario.

Martes santo

  • La humildad que aprende san Pedro.
  • Ante nuestras debilidades y traiciones.
  • San Pedro comprende que necesita confiar en Dios.

Miércoles santo

  • Judas fue un apóstol escogido por Jesús.
  • La misericordia divina es más grande que nuestra debilidad.
  • Una esperanza que nos lleva a volver a Dios.

Jueves santo

  • Jesús lava los pies de sus apóstoles.
  • Dios se nos da en la Eucaristía.
  • Actitud agradecida por la Eucaristía y por el sacerdocio.

Viernes santo

  • La pasión de Jesús es por amor a nosotros.
  • Acompañar a Cristo en su agonía.
  • En la cruz encontramos nuestro refugio y nuestra salvación.

Sábado santo

  • La esperanza ilumina el Sábado santo.
  • Los personajes que acompañan a Cristo en el abandono.
  • María nos consuela y fortalece en los momentos difíciles.

Domingo de Resurreción 

  • La Resurrección vuelve a encender la vida de las santas mujeres.
  • Pedro y Juan corren hacia el sepulcro.
  • Junto a santa María en la alegría de la Resurrección.
huerto

Miércoles de Ceniza

  • La Cuaresma es un tiempo de conversión.
  • Oración, limosna y ayuno.
  • Un constante volver a la casa del Padre.

«TE COMPADECES de todos, Señor, y no aborreces nada de lo que hiciste; pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan, y los perdonas, porque tú eres nuestro Dios»[mc-1]. Estas palabras del libro de la Sabiduría, que resuenan al inicio de la Misa, son el pórtico de entrada al tiempo de Cuaresma.

Durante la celebración litúrgica, nos acercaremos al sacerdote y nos inclinaremos para recibir la imposición de la ceniza. Recordaremos la invitación de Jesús: «Convertíos y creed en el Evangelio»; o la advertencia inspirada en el libro del Génesis: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». Se trata de un gesto fuerte, que nos hace pensar en lo frágil que es nuestra vida. Sin embargo, detrás de este rito podemos descubrir la ternura de Dios que nos busca. San Josemaría comentaba: «La liturgia de la Cuaresma cobra a veces acentos trágicos, consecuencia de la meditación de lo que significa para el hombre apartarse de Dios. Pero esta conclusión no es la última palabra. La última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina»[mc-2].

Hay momentos de nuestra existencia en los que notamos nuestra fragilidad: dificultades en la familia o en el trabajo, problemas de salud, sucesos inesperados; sobre todo, cuando experimentamos el pecado dentro de nosotros mismos. Todo esto nos puede hacer pensar que somos «polvo y ceniza». Sin embargo, la fe cristiana nos da la convicción de que es mayor la misericordia de Dios. En medio de nuestras limitaciones, siempre podremos cantar con el Salmo: «La tierra está llena de su misericordia» (Sal 33,5). La paciencia de Dios es tan grande que, precisamente cuando nos apartamos de él, pone en nosotros la nostalgia de su amor. La Cuaresma es un buen momento para dejar que esa nostalgia se transforme en conversión, en una vuelta a la casa del Padre para experimentar nuevamente su ternura.

A PESAR DE QUE vivimos rodeados de la misericordia del Señor, a veces podemos olvidar esta realidad. Sin embargo, Jesús en el Evangelio nos recuerda que Dios nos mira continuamente. Cuando nos explica cómo dar limosna, cómo rezar, cómo ayunar, el Señor insiste en que no vale la pena hacerlo para que nos vean los demás; entonces, dejamos de lado al Señor y se tuercen nuestras buenas acciones. Dios, en cambio, ve «en lo secreto» (Mt 6,4), escucha la intimidad de nuestro corazón. El tiempo de Cuaresma es un buen momento para dejar de vivir volcados hacia afuera y, al contrario, cultivar un clima interior capaz de acoger la realidad de una manera nueva, más sobrenatural.

«Maduramos espiritualmente convirtiéndonos a Dios, y la conversión se realiza mediante la oración, como también mediante el ayuno y la limosna, entendidos adecuadamente. No se trata sólo de “prácticas” pasajeras, sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra conversión a Dios. La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo cuarenta días al año: en cambio, debemos tender siempre a Dios; esto significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida»[mc-3].

Un camino de oración, limosna y ayuno, adecuado a nuestras circunstancias personales, nos llevará a levantar la mirada durante estos días. «El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios (...). El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es solo mío (...). El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre»[mc-4].

«MIRAMOS AL HIJO PRÓDIGO y comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre. Como ese hijo, también nosotros hemos olvidado el perfume de casa, hemos despilfarrado bienes preciosos por cosas insignificantes y nos hemos quedado con las manos vacías y el corazón infeliz. Hemos caído: somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar»[mc-5].

Reconocer que la misericordia del Señor llena la tierra, que él es un Padre que nos espera constantemente, no nos lleva a la pasividad. Al contrario, ese amor pone en marcha nuestra iniciativa para hallar los caminos por los que correr la senda de vuelta hacia Dios. Y un camino privilegiado es el sacramento de la Reconciliación: «Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso»[mc-6]. Ahí encontramos el rostro paterno de Dios, que nos anima y nos quiere como hijos suyos.

«La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre –decía san Josemaría–. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega»[mc-7]. En esta Cuaresma, que es camino de vuelta y mayor cercanía a la casa del Padre, adivinamos la presencia de santa María que nos acompaña. Podemos poner en sus manos ese deseo de convertirnos interiormente para celebrar la Pascua de su Hijo.

 

 

[mc-1] Antífona de entrada, Misa de miércoles de ceniza.
[mc-2]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 66.
[mc-3] San Juan Pablo II, Audiencia, 14-III-1979.
[mc-4] Francisco, Mensaje, 6-II-2018.
[mc-5] Francisco, Homilía, 17-II-2021.
[mc-6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

 

 

huerto

 

Jueves después del miércoles de Ceniza

  • Una oportunidad para convertirnos.
  • La conversión es un don que podemos pedir a Dios.
  • Tomar la cruz de cada día.

LA IGLESIA, para el primer día de Cuaresma después del Miércoles de ceniza, nos propone meditar el primer salmo de la Sagrada Escritura. Allí se nos muestran dos imágenes que representan dos posibles caminos para nuestra vida. Al escucharlo, parece como si estuviéramos de frente a una bifurcación: por un lado, está el camino de quien se deja justificar por Dios, que es como un árbol «que da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas» (Sal 1,3); por otro, está el de quienes no escuchan al Señor, que «son como polvo que dispersa el viento» (Sal 1,4). En cierta manera, son dos situaciones vitales que dependen de cuánto abramos nuestra alma a Dios: o permanecemos arraigados en la realidad, dando los frutos de santidad que el Señor nos quiera enviar, o estamos a la deriva, llevados por el viento de pequeños gozos efímeros, que soplan hacia un lado y después hacia otro.

¿Cuál de los dos caminos elegimos? «Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es un camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años»[jc-1]. Dios nos regala unas semanas para pensar con detenimiento en nuestro camino y pedir el don de nuestra conversión.

Estamos llamados a la vida; es lo que Moisés recuerda al pueblo elegido cuando está de frente a la tierra prometida: «Hoy pongo ante ti la vida y el bien, o la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te ordeno hoy, amando al Señor, tu Dios, marchando por sus caminos y guardando sus mandamientos, leyes y normas, entonces vivirás» (Dt 30,15-16). Nuestra conversión no es una ciega negación a nosotros mismos; al contrario, es una respuesta al deseo de plenitud que está grabado en el fondo de nuestros corazones. «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre»[jc-2].

¿QUÉ PODEMOS HACER para alcanzar en esta Cuaresma la alta meta de nuestra conversión? Lo que la Iglesia nos sugiere, en la oración colecta de la Misa, es primero pedir este don al Señor: «Te pedimos, Señor, que inspires, sostengas y acompañes nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin»[jc-3]. Se trata de una oración que, por deseo de san Josemaría, la recitan todos los días los fieles del Opus Dei. Reconocemos que para emprender este camino de transformación necesitamos que sea Dios mismo el que nos inspire, sostenga y acompañe. Nuestra conversión será, sobre todo, un regalo del Señor que acogemos con humildad y agradecimiento.

En el Antiguo Testamento, fue Dios el que tomó la iniciativa para llamar a su pueblo de Egipto y hacerlo caminar hacia la tierra prometida. Él los fue sosteniendo durante esa peregrinación, renovando sus fuerzas cuando su ánimo vacilaba. Lo mismo hace el Señor ahora con nosotros. «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Fil 2,13). ¡Cuánta esperanza nos dan estas palabras de san Pablo! Pero pedir este don al Señor no significa quedarnos de brazos cruzados. Podemos manifestar nuestra apertura a su gracia de muchas maneras; por ejemplo con acciones concretas de penitencia o, sobre todo, con oración. «Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple activismo que, al final, deja insatisfechos. Hay una hermosa invocación de la tradición cristiana que se reza antes de cualquier actividad y dice así: “Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar tenga en ti su inicio y su fin”. Cada paso de nuestra vida, cada acción, también de la Iglesia, se debe hacer ante Dios, a la luz de su Palabra»[jc-4].

«SI ALGUNO quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga» (Lc 9,23). Jesús dirige estas palabras a la multitud de sus discípulos, entre los que nos encontramos también nosotros. Para gozar de la alegría de la resurrección del Señor, hemos de descubrir y abrazar nuestra cruz de cada día. Las prácticas penitenciales del tiempo de Cuaresma tienen este sentido: morir a cuanto de pecado hay en nosotros mismos, para poder seguir más de cerca a Jesús.

El Señor comparó su pasión al cambio que el grano de trigo sufre cuando es plantado en la tierra: parece que la semilla se pierde, pero en realidad está convirtiéndose en una espiga llena de fruto (cfr. Jn 12,24). La cruz no nos habla de sufrimiento sin sentido, sino de transformación: nos anuncia la llegada de una nueva vida. Cuando el Señor nos invita a abrazar la cruz de cada día, implícitamente nos está prometiendo que cada día puede ser la oportunidad de una pequeña transformación, de una nueva conversión.

San Josemaría nos animaba a mirar con optimismo aquellas luchas diarias. «¿La cima? Para un alma entregada, todo se convierte en cima que alcanzar: cada día descubre nuevas metas, porque ni sabe ni quiere poner límites al Amor de Dios»[jc-5]. Hay tantas oportunidades de transformación como pequeñas cimas que nos encontramos cada día. En este camino que comenzamos, podemos encontrar ayuda en nuestra Madre, recordando tantas conversiones que han sido fruto de la devoción mariana.

 

 

[jc-1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.
[jc-2] Francisco, Gaudete et exsultate, n. 1.
[jc-3] Misal Romano, Oración colecta del jueves después del miércoles de ceniza.
[jc-4] Benedicto XVI, Audiencia, 25-IV-2012.
[jc-5] San Josemaría, Surco, n. 17.

 

 

 

huerto

Viernes después de ceniza

  • Recordar el paso de Dios por nuestra vida.
  • El ayuno es manifestación de un deseo interior.
  • Jesús indica el sentido del ayuno.

«ESCUCHA, SEÑOR, y ten piedad de mí» (Sal 30,11). Con estas palabras de la Antífona de entrada comienza la Misa de hoy. El clamor del salmista por ser escuchado refleja la naturaleza del hombre que acude a Dios para pedir su asistencia. «Señor, Dios mío –continúa diciendo–, clamé a ti y tú me sanaste. Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir (...). Si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría» (Sal 30,3-4.6). El salmista describe una experiencia común: Dios que viene en nuestra ayuda cuando le invocamos con humildad. Este tiempo de Cuaresma puede ser una ocasión propicia para traer a nuestra memoria las veces que hemos percibido aquella asistencia de nuestro Señor. Si «hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4,16), recordar aquellos momentos en los que ha acudido a nuestra ayuda será fuerza para el presente y para el futuro.

Una de las tareas del Espíritu Santo, que Jesús nos revela, es precisamente la de ayudarnos a recordar las misericordias de Dios, sostener la fragilidad de nuestra memoria: «Os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). «El Espíritu Santo es como la memoria, nos despierta: “Acuérdate de eso, acuérdate de lo otro”. Nos mantiene despiertos en las cosas del Señor y también nos hace recordar nuestra vida: “Piensa en aquel momento, piensa en cuándo encontraste al Señor, piensa en cuándo lo dejaste” (...). Es una buena manera de orar; mirando al Señor, decirle: “Soy el mismo. He andando mucho, he cometido muchos errores, pero soy el mismo y tú me amas”. La memoria del camino de la vida; el Espíritu Santo nos guía en esta memoria»[vc-1]. Hace dos días, al imponernos la ceniza, el sacerdote quizás nos recordó nuestro origen y nuestro fin, que venimos del polvo y que a él volveremos. Recordar el paso de Dios por nuestra vida puede ser un buen impulso de conversión para esta Cuaresma que comienza.

EN LA TRADICIÓN JUDÍA se vivía la costumbre del ayuno como una forma de penitencia. El profeta Isaías, sin embargo, hace notar que de poco sirve un ayuno vivido simplemente como una manifestación externa, pero sin piedad, sin auténtico deseo de llevar nuestra mirada hacia Dios. Dice el profeta que el ayuno querido por el Señor, fruto de una conversión interior, es más bien este:«Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,6-7). El verdadero ayuno es el que nos lleva a amar más a Dios y a los demás, saliendo de nosotros mismos; es oración de los sentidos que fructifica a nuestro alrededor. «El ayuno no da fruto si no es regado por la misericordia, se seca sin este riego –dice san Pedro Crisólogo–; lo que es la lluvia para la tierra, esto es la misericordia para el ayuno»[vc-2].

«El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón, lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento»[vc-3]. Las costumbres de abstinencia que la Iglesia recomienda, deben ser manifestaciones de una actitud interior; esto último es, en realidad, lo más importante. San Josemaría enseñaba que toda privación debe ser «manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios»[vc-4]. Experimentar el hambre con el ayuno nos recuerda que solo Dios es el verdadero alimento y que de él provienen todos los bienes: «Danos hoy nuestro pan de cada día», pedimos en el Padrenuestro. El ayuno externo debe ser manifestación de nuestro deseo interno por saciarnos de Dios, por convertirnos nuevamente a él.

LOS DISCÍPULOS de Juan Bautista preguntan a Jesús por qué ellos ayunan a menudo, como también lo hacen los fariseos, mientras sus discípulos no lo hacen. Es una pregunta oportuna, de algo que seguramente llamaría la atención de los judíos. «¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? –responde Jesús–. Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán» (Mt 9,15). El Señor aprovecha la ocasión para indicarnos el sentido del ayuno y de la penitencia: unirnos más a Dios. Por eso, si Dios mismo está con ellos, esa práctica pierde relevancia, a sus discípulos les conviene saciarse de su presencia. Por eso añade: cuando no esté con ellos, entonces ayunarán, entonces necesitarán esa práctica para aprender a centrar la atención en Dios.

Tantas veces experimentamos nuestra lejanía de Dios, y es normal, pues estamos en camino hacia la morada de nuestro Padre. Cristo ha venido a la tierra precisamente para llamar a los pecadores. Por eso la Iglesia nos recuerda la conveniencia del ayuno, de aquella oración del cuerpo que nos ayuda a mirar hacia lo alto, que es lo único importante. La consideración de nuestra situación de debilidad nos hará decir con el salmo que san Josemaría recitaba cada noche: «Lávame por completo de mi culpa, y purifícame de mi pecado. Pues yo reconozco mi delito, y mi pecado está de continuo ante mí» (Sal 50,4-5). A santa María podemos pedirle muchas veces al día que ruegue por nosotros, pecadores, especialmente en este tiempo propicio de conversión que nos ha preparado la Iglesia.

[vc-1] Francisco, Homilía, 11-V-2020.

[vc-2] San Pedro Crisólogo, Sermón 43.

[vc-3] Francisco, Mensaje, 11-XI-2020.

[vc-4] San Josemaría, Conversaciones, n. 110.

 

 

huerto

Sábado después de ceniza

  • La limosna que surge de un corazón puro.
  • San Mateo dejó todo y entregó su vida.
  • Amara a Dios y al prójimo.

LAS JORNADAS posteriores al miércoles de ceniza han traído a nuestra consideración el valor principal de la oración y, junto con esta, el ayuno y la limosna como prácticas que manifiestan nuestro deseo de conversión a Dios. El profeta Isaías exclama que solo una disposición interior recta, origen de todo sacrificio, genera un verdadero cambio, visible a través de las obras de misericordia en favor de los demás: «Si apartas de en medio de ti el yugo, el señalar con el dedo, y la maledicencia, y ofreces tu propio sustento al hambriento, y sacias el alma afligida, entonces tu luz despuntará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía» (Is 58,9-10).

Por eso podemos pedir a Dios una pureza interior que nos permita ofrecer a los demás la ayuda que requieren y no la que nosotros deseamos prestar: «Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad» (Sal 85). En una ocasión, se lamentaba san Josemaría: «Produce lástima comprobar cómo algunos entienden la limosna: unas perras gordas o algo de ropa vieja. Parece que no han leído el Evangelio»[sc-1]. La verdadera limosna surge de la donación interior, de un acto de amor hacia otro. Todos precisan de nuestra limosna: en nuestra familia, las personas con quienes trabajamos, quienes reciben un servicio a través de nuestra ocupación, etc.

«¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don»[sc-2].

AL LEER EN el Evangelio la historia de la vocación de san Mateo, recordamos algo que llamó mucho la atención de los fariseos y de los escribas. El trabajo que desempeñaba el futuro apóstol suponía priorizar el pequeño poder personal que le confería Roma, por encima de las tradiciones de su pueblo; podía suponer cierto apego hacia los bienes materiales, por encima de la Ley de Dios. Pero Mateo vio algo diferente en Jesús, algo que le llevó a dejarlo todo por seguir sus pasos. Por eso abandonó el estilo de vida por el que había optado, la seguridad y el bienestar que le daba su posición, su plan personal de progreso, etc. Y esa decisión le puso tan contento que «ofreció en su honor un banquete» (Lc 5,29).

No parece que Jesús haya buscado a los apóstoles entre los maestros de la Ley, ni siquiera entre los fieles más observantes; al contrario, se acerca a la mesa de quien es considerado por la sociedad judía del momento como un pecador. Aquí se manifiesta una vez más el misterio de la misericordia de Dios. «Los evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia»[sc-3].

Como Mateo, nosotros también estamos llamados a «vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia (...). Cuando nosotros nos sentimos necesitados de perdón y de consolación, aprendemos a ser misericordiosos con los demás»[sc-4]. Muchos de los que rodeaban a Mateo cumplían rigurosamente la ley, pero no se sentían necesitados de Dios, lo que endurecía su corazón para entregarse en una verdadera limosna. El futuro apóstol, al contrario, dejó todos sus bienes para seguir a Jesús, entregando toda su vida como limosna para quienes le rodeaban.

EL TEXTO EN el que san Mateo describe su propia vocación, pone en boca de Jesús unas palabras referidas a los fariseos: «Id y aprended lo que significa: “Misericordia quiero y no sacrificios”» (Mt 9,13, cfr. Os 6,6). Aunque para muchos puede haber pasado desapercibida aquella referencia al profeta Oseas, la rectitud del obrar de Cristo era imposible de no ver: pasó haciendo el bien, atendiendo las necesidades de los demás, curando a los enfermos, etc. La atención de Jesús a quienes le rodeaban es una «síntesis de todo el mensaje cristiano: la verdadera religión consiste en el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que da valor al culto y a la práctica de los preceptos»[sc-5].

Una manera de ofrecer limosna durante esta Cuaresma puede ser revisar el amor con que realizamos nuestras obras. Los preceptos del pueblo de Israel tenían la finalidad de encontrar el amor de Dios en tantos detalles de la jornada, pero esa buena intención muchas veces acabó convirtiéndose en el cumplimiento de actos que no alcanzaban su verdadero sentido. Esta Cuaresma puede ser una ocasión de acrecentar el deseo de que Cristo ocupe el centro de nuestra vida. San Josemaría apuntaba en este sentido: «Hemos de decidirnos a seguirlo de verdad: que el Señor pueda servirse de nosotros para que, metidos en todas las encrucijadas del mundo –estando nosotros metidos en Dios–, seamos sal, levadura, luz. Tú, en Dios, para iluminar, para dar sabor, para acrecentar, para fermentar. Pero no me olvides que no creamos nosotros esa luz: únicamente la reflejamos»[sc-6]. Si presentamos a María nuestras intenciones más profundas, aquellas que quieren convertir nuestro corazón a Dios, ella intercederá antes Dios para que las podamos llevar a cabo.

[sc-1] San Josemaría, Surco, n. 26.

[sc-2] Benedicto XVI, Mensaje, 30-X-2007.

[sc-3] Benedicto XVI, Audiencia, 30-VIII-2016.

[sc-4] Francisco, Audiencia, 14-IX-2016.

[sc-5] Benedicto XVI, Ángelus, 8-VI-2008.

[sc-6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 250.

 

 

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Domingo de la I semana de Cuaresma

  • Jesús nos acompaña en nuestras debilidades.
  • Las tentaciones se dirigen a nuestra filiación divina.
  • El demonio quiere hacernos desconfiar de Dios.

CADA AÑO, en el primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos propone meditar las tentaciones que padeció Jesús. Quizás la primera vez que escuchamos este relato nos sorprendió que el mismo Dios hecho hombre fuera probado de esa forma. Jesús lo acepta, entre otras razones, para que también cuando nosotros sentimos la tentación podamos estar seguros de su compañía y comprensión. Así le ocurrió, por ejemplo, a santa Catalina de Siena. Después de una noche en que había sufrido mucho, preguntó: «Señor mío, ¿en dónde estabas cuando mi corazón se veía atribulado con tantas tentaciones?». Y escuchó: «Estaba en tu corazón mismo»[1-d-1].

Jesús lucha dentro de nosotros, con nosotros y por nosotros. «Con él estaré en la tribulación, lo libraré y lo glorificaré» (Sal 91,15), dice Dios al salmista. ¡Qué paz nos da saber que podemos vivir nuestras dificultades junto a Jesús! «Cristo era tentado por el diablo y en Cristo eras tentado tú –escribe san Agustín–, porque Cristo tomó tu carne y te dio su salvación, tomó tu mortalidad y te dio su vida, tomó de ti las injurias y te dio los honores, y toma ahora tu tentación para darte la victoria»[1-d-2].

A veces, al pensar en nuestra debilidad, nos podemos llenar de tristeza. Sin embargo, Cristo que era perfecto Dios y perfecto hombre, también quiso padecer tentaciones; quiso atravesar ese umbral para acompañarnos. «El Señor es nuestro modelo; y que por eso, siendo Dios, permitió que le tentaran, para que nos llenásemos de ánimo, para que estemos seguros –con Él– de la victoria. Si sientes la trepidación de tu alma, en esos momentos, habla con tu Dios y dile: ten misericordia de mí, Señor, porque tiemblan todos mis huesos, y mi alma está toda turbada (Sal 6,3 y 4). Será Él quien te dirá: no tengas miedo, porque yo te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío (Is 43,1)»[1-d-3].

«SI ERES Hijo de Dios» (Lc 4,3): así tienta el diablo a Jesús, en dos ocasiones. Con las mismas palabras le insultaron quienes lo llevaron a la cruz. En el fondo, todas las tentaciones tienen que ver con la filiación divina, quieren hacerla tambalear, ponerla en duda. El demonio ataca donde más daño puede hacer, cuestiona lo más profundo. Obviamente, algunas tentaciones nos invitan a la pereza, a la ira, a la comodidad… Pero detrás de esos enredos es cuestionada nuestra condición de hijos de Dios. «Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso»[1-d-4].

«O el infierno o la huida, no hay término medio»[1-d-5], decía también el santo cura de Ars. El remedio, por lo tanto, es volver una y otra vez a nuestra condición de hijos. Nuestro consuelo es la confianza en lo que puede hacer Dios que, como buen Padre, quiere lo mejor para nosotros. A los ojos de un hijo, las dificultades no son más que momentos en los que queda claro quién es su padre. Ciertamente, podrán ser momentos menos agradables, pero el hijo sabe que se trata de algo pasajero, que puede estar seguro de que llegará la paz. Para quien tiene la ayuda de Dios, «las tentaciones y estorbos que pone el demonio la ayudan más; porque es Su Majestad el que pelea por ella»[1-d-6]. «¿Cómo me comporto a la hora de la tentación? –escribía san Josemaría en unos apuntes–. Ad majora natus sum… [Nací para algo más grande]. Para el Amor que en el Cielo nos espera»[1-d-7].

«COMO GENERAL competente que asedia un fortín, estudia el demonio los puntos flacos del hombre a quien intenta derrotar»[1-d-8]. Sin embargo, seguros de que Dios es más fuerte, en este tiempo de Cuaresma podemos fijarnos en sus manifestaciones de amor por nosotros, que nos ha dejado en la persona de su Hijo. Nos gustaría percibir hasta el gesto más insignificante de Cristo que camina hacia Jerusalén para entregar su vida. El tentador, por su parte, intenta mentirnos y hacernos sospechar de su bondad. Así lo hizo con nuestros primeros padres y así lo hizo con el nuevo Adán. «Desconfía de Dios» –nos susurra–. «Si fuera de verdad tu Padre no pasarías hambre, no tendrías problemas, no estarías en la cruz».

El demonio tentó al Señor diciendo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan» (Lc 4,3). Y precisamente Jesús se ha convertido en pan para que nunca nos falte el alimento que da vida. El demonio tentó al Señor diciendo: «Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo desde aquí» (Lc 4,10). Y Dios no ha querido evitar la muerte de su Hijo para salvarnos a nosotros. En realidad, en cada tentación el demonio busca persuadirnos con la estafa más grande de la historia: convencernos de que Dios no nos quiere, de que Dios nos está engañando.

A María podemos pedir, con palabras de san Josemaría, la valentía de sabernos hijos en medio de la debilidad, porque queremos disfrutar del amor de Dios. «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»[1-d-9].

[1-d-1] Santa Catalina de Siena, El Diálogo, Parte II, cap. III.

[1-d-2] San Agustín, Comentario sobre el Salmo 60.

[1-d-3] San Josemaría, Cartas 2, n. 20.

[1-d-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 38.

[1-d-5] Santo cura de Ars, Sermón sobre la perseverancia.

[1-d-6] Santa Teresa, Libro de las Fundaciones, 11, 7.

[1-d-7] San Josemaría, Guión de una meditación, VIII-1938. Citado en Camino. Edición crítico–histórica, p. 338.

[1-d-8] Santo Tomás de Aquino, Sobre el Padrenuestro.

[1-d-9] San Josemaría, Camino, n. 516.

 

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Lunes de la I semana de Cuaresma

  • Renunciar al pecado es una ganancia.
  • Para ver a Cristo en los demás.
  • El cielo para quien recibe todo de Dios.

«LOS PRECEPTOS del Señor son rectos, alegran el corazón –canta el salmista­­–; los mandamientos del Señor son puros, dan luz a los ojos» (Sal 19,9). Alegría para el corazón y luz para nuestros ojos: esos son los frutos que el Señor nos tiene preparados si nos abrimos, durante esta Cuaresma, a su conversión. Dios nos quiere felices y nos lo recuerda el comienzo del Catecismo de la Iglesia Católica: «Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada»[1-l-1].

Queremos pedirle luz para no quedarnos solo en la superficie de las cosas, de las personas, de nuestras tareas. Convertirnos significa mirar de una forma nueva lo que ya hemos visto muchas veces. El Espíritu Santo es quien puede limpiar nuestros ojos y purificar nuestro corazón para querer mejor a Dios y a los demás. La mentira del enemigo consiste en hacernos sospechar que Dios nos pide solo renuncia. Sin embargo, renunciar al pecado es siempre una ganancia, un beneficio sin cuento. «El sacrificio es sólo aparente: porque al vivir así (...) se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios»[1-l-2].

«La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios “de todo corazón” (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor (...). La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu»[1-l-3].

«TUVE HAMBRE y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis» (Mt 25,35). Jesús dice a los discípulos que aquella es la conducta de quien, al final, será contado entre los bienaventurados. San Pablo, a su vez, escribe a los efesios: «No ceso de dar gracias por vosotros, al recordaros en mis oraciones» (Ef 1,16). Dios ha dicho claramente que nos espera en cada persona con la que nos encontramos; saberlo es ya suficiente motivo de agradecimiento. Si nos abrimos a su gracia, aprenderemos a descubrir el rastro de la imagen divina en cada alma, especialmente en quienes tienen alguna necesidad que nosotros podemos consolar. Saber que a ese compañero, esa amiga o ese familiar, el Señor no solamente lo ama, sino que incluso está presente en ellos, será un estímulo para buscar allí el rostro de Jesucristo. Quienes nos rodean son para nosotros un don de Dios.

Por si fuera poco, Jesucristo nos ha prometido que él mismo amará a los hombres a través de nosotros: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Dios nos impulsa a llevar cariño, comprensión y paz allá donde nos encontremos. En este empeño, una sonrisa es ya un buen inicio; muchas veces aquel gesto cambia el día a quien lo recibe. «No me olvides que a veces hace falta tener al lado caras sonrientes»[1-l-4], escribe san Josemaría. Para ser difusores de paz y de alegría a nuestro alrededor, deberemos primero llevarlas dentro de nosotros. En ese sentido, es importante ser muy sinceros con Dios, con nosotros mismos, y con quienes nos ayudan. «No tengamos miedo de ser sinceros, de decir la verdad, de escuchar la verdad, de conformarnos con la verdad. Así podremos amar (...). La hipocresía tiene miedo de la verdad. Se prefiere fingir en vez de ser uno mismo»[1-l-5]. Para alimentar al hambriento, dar de beber al sediento y acoger al peregrino, es importante, antes, pacificar nuestro interior; vivir con una serenidad que nos permita ver a Cristo en los demás.

«VENID, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). En cierto sentido, «el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón»[1-l-6]. Cabe el riesgo de plantearnos este camino como una lucha esforzada por lograr que Dios nos ame; sin darnos cuenta de que, en realidad, su amor es eterno y anterior a nosotros mismos. De este modo, se comprende mejor que «el infierno consiste formalmente en que el hombre no quiere recibir nada, en que quiere ser autónomo. Es la expresión del enclaustramiento en el propio yo (...). Por el contrario, ser de arriba, eso que llamamos cielo, (...) es esencialmente lo que uno no ha hecho ni puede hacer por sí mismo»[1-l-7].

En las antípodas de esta actitud, están las reclamaciones de los dos hijos de la parábola del padre misericordioso. El pequeño exige: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde» (Lc 15,12). El mayor, por su parte, reprocha: «Nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos» (Lc 15,29). Ambos calculan lo que creen merecer, pero se equivocan. El pequeño ni siquiera termina su frase, cuando dice su padre: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete» (Lc 15,21-22). Al mayor se le promete todavía más: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Entonces, aprenden a recibir, y pueden ir al cielo para recibir por toda la eternidad el amor infinito de Dios. En el anhelo por dejar obrar a Dios en nuestra alma, podemos unirnos a la oración de san Josemaría: «Señor, sí, con la ayuda de Nuestra Madre del Cielo, seremos fieles, seremos humildes, y no nos olvidaremos nunca de que tenemos los pies de barro, y de que todo lo que en nosotros brilla es tuyo, es gracia, es esa divinización que nos das porque quieres, porque eres bueno»[1-l-8].

[1-l-1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.

[1-l-2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 84.

[1-l-3] Francisco, Mensaje, 18-X-2016.

[1-l-4] San Josemaría, Surco, n. 57.

[1-l-5] Francisco, Audiencia, 25-VIII-2021.

[1-l-6] Francisco, Audiencia, 11-XII-2013.

[1-l-7] Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme, p. 259.

[1-l-8] San Josemaría, Cartas 2, n. 62.

 

 

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Martes de la I semana de Cuaresma

  • Pedimos santificar el nombre de Dios.
  • Podemos perdonar porque hemos sido perdonados.
  • La voluntad de Dios es amarnos.

«PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre» (Mt 6,9). Esta súplica es lo primero que Jesús nos enseña a pedir. Solicitamos poder «santificar su nombre» no porque Dios lo necesite, sino porque es lo que más nos conviene a nosotros; el Señor nos enseña a rezar de la manera adecuada para que nosotros podamos ser felices con él. La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar nuestra oración, para escuchar mejor al Espíritu Santo en nosotros; y por eso pone nuevamente el Padrenuestro en nuestros labios.

¿Qué significa que el nombre de Dios sea santificado? ¿Cómo podemos añadir algo a Dios? Nosotros podemos, en el mejor de los casos, reconocer la santidad de Dios, comprender de alguna manera su bondad infinita. «La gloria de Dios consiste en que el hombre viva»[1-ma-1], dice san Ireneo. Qué gozo saberse objeto de una predilección tan entrañable. «Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe y que todo lo puede»[1-ma-2].

Las peticiones se suceden en el Padrenuestro que Jesús enseña a sus discípulos. Van precedidas de una advertencia que nos introduce en un clima de intimidad y confianza con Dios, antes impensables para el hombre: «Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis» (Mc 6,8). Nuestra oración no tiene como objetivo alterar los designios divinos, sabios desde toda la eternidad; aunque, de manera real pero misteriosa, Dios cuenta con ella para llevarlos a cabo. Al rezar, Dios nos introduce en la comprensión de su bondad infinita. Él quiere «que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos»[1-ma-3].

A LO LARGO de la oración del Padrenuestro, se podría decir que hay una sola acción que nos corresponde a los hombres. Cuando pedimos a Dios que nos perdone, aseguramos que también «nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). Podría parecer que se trata solamente de una condición, pero es mucho más que eso. En realidad, el perdón de Dios nos precede. De algún modo, nosotros somos capaces de perdonar, de amar hasta ese extremo, solo porque antes hemos sido perdonados. «La caridad no la construimos nosotros; nos invade con la gracia de Dios: porque Él nos amó primero. Conviene que nos empapemos bien de esta verdad hermosísima: si podemos amar a Dios, es porque hemos sido amados por Dios. Tú y yo estamos en condiciones de derrochar cariño con los que nos rodean, porque hemos nacido a la fe, por el amor del Padre»[1-ma-4].

Perdonar es un acto divino por excelencia. Supone restablecer a su anterior condición al que ha ofendido. «¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar (...) Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio!»[1-ma-5]. Cuando conocemos la alegría de Dios al perdonarnos, cuando experimentamos su disponibilidad infinita, es lógico que nos sintamos impulsados a hacer lo mismo con los demás; queremos ser parte de esa alegría. «Para aprender a perdonar –aconsejaba san Josemaría–, acudid a la Confesión, con cariño, con devoción, y allí encontrareis la paz, la fuerza para vencer y para amar»[1-ma-6].

«HÁGASE tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra» (Mt 6,10). Tal vez pensamos en la voluntad de Dios solo como algo que él quiere de nosotros. Olvidamos, sin embargo, que el acto principal de su designio con respecto a nosotros es amarnos, y que una consecuencia de ese amor es ofrecernos mil maneras de llenarnos de su vida: los sacramentos, las relaciones con quienes nos rodean, la oración, los mandamientos, etc. Al pedirle «que se haga su voluntad» le estamos pidiendo, al menos en parte, que nos dé la gracia de dejarnos alcanzar por ese amor. Y para ello, Jesús nos invita también a pedir el pan de cada día, su cuerpo y su sangre. Esa es la voluntad del Padre: que sus hijos estén lo más unidos posible.

«Pase lo que pase en vuestras vidas –predicaba san Josemaría–, por triste y oscuro y aún abominable que sea, haced rápidamente este proceso mental: Dios es mi Padre; Dios me quiere más que todas las madres del mundo juntas pueden querer a sus hijos. Mi Padre Dios es, además, omnisciente y omnipotente. Luego, todo lo que ocurre es para bien. Veréis qué paz, hijos míos, qué sonrisa iluminará vuestra boca, aunque tengáis el rostro bañado en lágrimas»[1-ma-7].

El hecho de que pidamos que se haga la voluntad de Dios, no anula la nuestra. «La fuerza de la gracia tiene que combinarse con nuestras obras de misericordia, que somos llamados a vivir para testimoniar qué grande es el amor de Dios»[1-ma-8], especialmente durante la Cuaresma. La Virgen María, hija de Dios Padre, seguramente rezó el Padrenuestro muchas veces. Ella ya había pronunciado su «hágase» personal, y le sorprendería ver cómo la realidad había superado sus expectativas más audaces. Nuestra Madre fue testigo de la entrega de su hijo y, quizás, se sintió confortada recibiéndolo en la Eucaristía. A ella le podemos pedir que nos haga comprender y saborear las palabras de Jesús.

[1-ma-1] San Ireneo, Contra las herejías, Libro 4, 20,5-7.

[1-ma-2] San Josemaría, Cartas 29, n. 60.

[1-ma-3] San Agustín, Epístola 130, 8, 17.

[1-ma-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 229.

[1-ma-5] Francisco, Ángelus, 15-IX-2013.

[1-ma-6] San Josemaría, 2-VI-1974, citado en Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, p.194.

[1-ma-7] San Josemaría, citado en Julián Herranz, Dios y audacia. Mi juventud junto a san Josemaría, pp. 166-167.

[1-ma-8] Francisco, Audiencia, 29-IX-2021.

 

 

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Miércoles de la I semana de Cuaresma

  • Dios nos ama, pase lo que pase.
  • Espíritu de examen para arrepentirse.
  • El dulce momento de la confesión.

«TEN MISERICORDIA de mí, Dios mío, según tu bondad –exclama el salmista, dirigiéndose al cielo–; según tu inmensa compasión borra mi delito» (Sal 51,3). Se cumple una semana desde que comenzamos la Cuaresma, que Dios nos regala para convertirnos y gozar nuevamente de su amor. San Juan Crisóstomo, tratando de explicar el motivo que impulsaba a san Pablo a vivir su entrega a Jesucristo, decía: «Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien»[1-mi-1]. Uno de los mayores bienes que podemos experimentar especialmente en este tiempo es el perdón de Dios, su misericordia, la libertad con la que nos ama. «¿Quién podrá explicar debidamente la bondad de Dios? En vez de recibir la pena debida por nuestros crímenes, recibimos los premios prometidos a la virtud»[1-mi-2].

«Dios sigue amando a cada hombre (…). Dios no te ama porque piensas correctamente y te comportas bien; Él te ama y basta. Su amor es incondicional, no depende de ti. Puede que tengas ideas equivocadas, que hayas hecho de las tuyas; sin embargo, el Señor no deja de amarte. ¿Cuántas veces pensamos que Dios es bueno si nosotros somos buenos, y que nos castiga si somos malos? Pero no es así. Aun en nuestros pecados continúa amándonos. Su amor no cambia, no es quisquilloso; es fiel, es paciente»[1-mi-3]. Ante esta realidad tan sorprendente y, por otro lado, tan diversa a nuestro corazón, nos llenamos de agradecimiento. Para que no nos quede duda alguna acerca de su perdón, lo hace audible mediante la voz de un sacerdote: «Yo te absuelvo de tus pecados». No podemos arrastrar la culpa, porque Jesucristo la ha borrado.

«EL SACRIFICIO grato a Dios es un espíritu contrito: un corazón contrito y humillado, Dios mío, no lo desprecias» (Sal 51,19). Nuestro arrepentimiento abre las puertas de par en par a Dios. Nosotros no le decimos cómo tiene que amarnos ni nos atrevemos a poner condiciones. «Somos libres porque hemos sido liberados, liberados por gracia —no por pagar— liberados por el amor, que se convierte en la ley suprema y nueva de la vida cristiana»[1-mi-4]. Descubrimos que para Dios es fácil perdonar porque ha amado «hasta el extremo» (Jn 13,1). El amor de Dios por nosotros no depende de nuestros méritos o de nuestra conducta. Solo existe una forma de frenarlo: cuando no nos dejamos perdonar. Esa, de alguna manera, es la única barrera insuperable para el Dios todopoderoso, que nos ha dado el gran poder de la libertad.

En ese sentido, se podría decir que necesitamos conocernos bien y, conociendo también a Dios, arrepentirnos de nuestros pecados, darnos cuenta de que lo mejor para nosotros hubiera sido obrar de manera diferente. Sabemos que la santidad no consiste en un mero cumplimiento de obligaciones, sino que es la vida del Espíritu Santo en nuestra alma. Buscar dentro de nosotros lo que obstaculiza su tarea puede parecer sencillo, pero no siempre lo conseguimos hacer, no siempre somos lo suficientemente valientes y honestos para mirar. A veces encontramos excusas para no examinar nuestra vida. San Josemaría aseguraba que «el examen de conciencia diario nos dará el propio conocimiento, la verdadera humildad y, como consecuencia, nos obtendrá del cielo la perseverancia»[1-mi-5]. Al mismo tiempo, san Agustín era realista y, por eso, sabía que se trata de una tarea de toda la vida: «Nunca falta qué perdonar; somos hombres»[1-mi-6].

«NO TE ASUSTES, nunca más, de topar dentro de ti con abismos de vileza –aconsejaba san Josemaría–. Clama, ruega, recorre las etapas del hijo pródigo. Tu Padre Dios sale a tu encuentro apenas te confiesas pecador, en aquello que la soberbia te ocultaba como pecado. Comienza para ti una gran fiesta –la profunda alegría del arrepentimiento– y estrenas un traje limpio: una caridad más honda, más divina y más humana»[1-mi-7].

¿Qué extraño mecanismo nos impulsa a no reconocer nuestros pecados? Quizá sea el miedo a no ser queridos, la vergüenza de reconocernos débiles, o la frivolidad de no querer abandonar esos refugios aparentes. De cualquier manera, Jesús nos ofrece una y otra vez un remedio formidable: la confesión sincera de nuestros pecados ante el sacerdote, que hace presente a Cristo. «No hay mejor acto de arrepentimiento y de desagravio que una buena confesión. Allí recibimos la fortaleza que necesitamos para luchar»[1-mi-8]. Jesús nos espera pacientemente. Sabe que añoramos el hogar paterno, sabe que tenemos nostalgia de su calor.

Decía san Pablo VI que «quizá los momentos de una confesión sincera figuran entre los más dulces, más confortantes y más decisivos de la vida»[1-mi-9]. Por eso, contagiar nuestro amor por la confesión es «el mejor favor que podéis hacer a un amigo vuestro, la mejor manifestación de cariño»[1-mi-10]. Al Espíritu Santo le podemos pedir que nos ayude a vivirla mejor para, así, ser testimonios de aquel camino de felicidad. Y también a María, refugio de los pecadores, le podemos pedir que lleve esta alegría también a nuestros amigos y familiares.

[1-mi-1] San Juan Crisóstomo, Homilía 2 sobre las alabanzas de san Pablo.

[1-mi-2] San Gregorio Magno, Homilía 20 sobre los Evangelios.

[1-mi-3] Francisco, Homilía, 24-XII-2019.

[1-mi-4] Francisco, Audiencia, 13-X-2021.

[1-mi-5] San Josemaría, Cartas 2, n. 35.

[1-mi-6] San Agustín, Sermón 57.

[1-mi-7] San Josemaría, Carta 14-II-1974, n. 7.

[1-mi-8] San Josemaría, En diálogo con el Señor, “Tiempo de reparar”, n. 7.

[1-mi-9] San Pablo VI, Alocución, 27-II-1975.

[1-mi-10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1-VII-1974.

 

 

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Jueves de la I semana de Cuaresma

  • Rezar nos conforma con el querer de Dios.
  • Jesús nos impulsa a la oración de petición.
  • Pedir con el Padrenuestro.

«AYÚDAME, que soy huérfana, y pon en mi boca una palabra apropiada» (Est 4,17). Con estas palabras, la reina Ester suplicaba al Señor que protegiera al pueblo judío de la destrucción. Había leído muchas veces lo que Dios había hecho en los tiempos antiguos con sus antepasados, y estaba convencida de que el poder de su brazo no se había hecho más pequeño. Con esa misma fe clama el salmista: «Daré gracias a tu Nombre por tu misericordia y tu fidelidad, porque has engrandecido tu promesa» (Sal 138,2). Generación tras generación, hemos aprendido que la oración lo puede todo, porque nos conforma interiormente al querer de Dios, y para él nada es imposible.

San Josemaría planteó un día, a varias de sus primeras hijas en el Opus Dei, un panorama apostólico muy extenso. «Ante esto –les dijo– se pueden tener dos reacciones: Una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante»[1-j-1]. No es fácil ver las cosas como las ve Dios. Sin embargo, este es uno de los principales frutos del Espíritu Santo, el don de sabiduría, que se cultiva especialmente en la oración: «Debemos despertar a Cristo en nuestro corazón y solo entonces podremos contemplar las cosas con su mirada, porque Él ve más allá de la tormenta. A través de esa mirada serena, podemos ver un panorama que, solos, ni siquiera es concebible vislumbrar»[1-j-2]. La sabiduría que nos da la oración nos ayuda a confiar en el Señor. Incluso para rezar podemos pedir ayuda, como la reina Ester, para que Dios ponga en nuestra boca la palabra apropiada.

¿DE DÓNDE se pueden sacar las fuerzas necesarias para llevar a cabo una misión que excede nuestra imaginación y nuestras capacidades? El impulso solo podemos encontrarlo en la oración. A una hija suya que se marchaba a Irlanda para desarrollar allí la labor apostólica del Opus Dei, san Josemaría le decía: «Cuando te pido una cosa, hija mía, no me digas que es imposible, porque ya lo sé. Pero, desde que empecé la Obra, el Señor me ha pedido muchos imposibles... ¡y han ido saliendo!»[1-j-3].

Ante la envergadura de lo que Dios pide, cabe desanimarse y no hacerlo, o, al contrario, responder con una petición todavía más audaz: «¿Qué pide un niño a su padre? Papá..., ¡la luna!: cosas absurdas. Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá (Mt 7,7). ¿Qué no podemos pedir a Dios? A nuestros padres les hemos pedido todo. Pedid la luna y os la dará; pedidle sin miedo todo lo que queráis. Él siempre os lo dará, de una manera o de otra. Pedid con confianza»[1-j-4]. La única exigencia divina, tal como nos lo muestra el Evangelio, es que pidamos: «Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Y, por si fueran a pasar desapercibidas las intenciones que tiene Dios de concedernos tantos dones, Jesús pone dos ejemplos cercanos: «¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente?» (Mt 7,9-10).

Una de las prácticas que la Iglesia recomienda en Cuaresma es, precisamente, la oración. Podemos preguntarnos si nuestra oración está llena de tanta confianza, que incluso pedimos cosas que parecen imposibles. Sin embargo, trataremos de que nuestra oración siempre incluya la aceptación de la voluntad divina, porque nadie como Dios sabe lo que nos conviene.

«NECESITAMOS —¡todos!— rezar, cumplir piadosamente las normas de nuestro plan de vida, para que haya una continua oración, un conjunto de corazones que se elevan al Cielo, ofreciendo también nuestras miserias personales, y dejando al Señor que actúe sin que se interpongan como obstáculos esas miserias»[1-j-5]. Jesús, en el Evangelio, no deja de insistir en que confiemos en su generosidad, como quien siente que pedimos poco: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?» (Mt 7,11).

«Nuestra oración con mucha frecuencia es petición de ayuda en las necesidades. Y es incluso normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, tenemos necesidad de los demás, tenemos necesidad de Dios. De este modo, es normal para nosotros pedir algo a Dios, buscar su ayuda. Debemos tener presente que la oración que el Señor nos enseñó, el “Padrenuestro”, es una oración de petición, y con esta oración el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración, limpia y purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestro corazón»[1-j-6].

La Virgen es la omnipotencia suplicante. En Caná, como en muchas otras ocasiones, María alcanzó de su Hijo lo que consideraba que era bueno para sus discípulos. Tenemos una madre que pedirá lo mejor para nosotros y, si le dejamos, logrará de su hijo las gracias que necesitamos para llenar el mundo de su alegría.

[1-j-1] San Josemaría, citado en Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo II, pp. 561-562.

[1-j-2] Francisco, Audiencia, 10-XI-2021.

[1-j-3] San Josemaría, citado en Ana Sastre, Tiempo de Caminar, cita 51, p. 385.

[1-j-4] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 24-XII-1967.

[1-j-5] Francisco, Gaudete et exultate, n. 126.

[1-j-6] Benedicto XVI, Audiencia, 20-VI-2012.

 

 

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Viernes de la I semana de Cuaresma

  • Los juicios críticos y el quinto mandamiento.
  • Pensar lo mejor posible de los demás.
  • El amor de Dios nos libera de la envidia.

«LOS CENTINELAS esperan a la aurora, pero tú Israel, espera en el Señor; pues en el Señor está la misericordia, en él la Redención abundante» (Sal 131,7-8). Los cristianos esperamos en un Dios que es perdón y misericordia, queremos mirar el mundo junto a él. Así también se podría definir la lucha por la santidad: esa progresiva identificación de nuestra mirada con la suya. Esa tarea parte de la purificación de nuestro corazón, a lo que la Cuaresma nos invita incesantemente. Pero sabemos que no se trata de un proceso automático. A veces nos puede parecer que estamos demasiado inclinados al juicio temerario, a mirar las cosas solo desde nuestro punto de vista, sin ser conscientes del daño que hacemos a los demás y que nos hace a nosotros mismos. Jesús relaciona estas rencillas y enemistades con el quinto mandamiento, aquel que manda no matar (cfr. Mt 5,21-24).

«¿Quién puede juzgar al hombre? La tierra entera está llena de juicios temerarios. En efecto, aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, súbitamente se convierte y llega a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, cae súbitamente»[1-v-1]. El Reino de Dios está entre nosotros, y solo el Señor ocupará el lugar de juez. ¿Por qué caemos con tanta frecuencia en los juicios críticos? «¡Qué fácil es criticar a los otros! (...). El Espíritu Santo, además de donarnos la mansedumbre, nos invita a la solidaridad, a llevar los pesos de los otros. ¡Cuántos pesos están presentes en la vida de una persona: la enfermedad, la falta de trabajo, la soledad, el dolor…! ¡Y cuántas otras pruebas que requieren la cercanía y el amor de los hermanos!»[1-v-2].

NO ES FÁCIL desactivar el mecanismo interior que nos lleva a la crítica; pero el Espíritu Santo puede darnos luz para descubrir lo que sucede en nuestro corazón cuando surgen esas emociones negativas. «El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador (cf. Ap 12,10). Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura»[1-v-3]. Una conciencia profunda del perdón, de no haber hecho méritos para merecer tanta bondad de Dios, nos llevará a considerar de la misma manera a los demás, con una mirada benevolente. Algunas veces, juzgar a los otros puede ser síntoma de creernos merecedores de la gracia, consecuencia de un Dios que no ama, sino que paga.

Un camino para no caer en el juicio crítico es pensar siempre lo mejor posible de los demás. Santo Tomás de Aquino señalaba que «puede suceder que quien interpreta en el mejor sentido se engañe más frecuentemente; pero es mejor que alguien se engañe muchas veces teniendo buen concepto de un hombre malo que el que se engaña raras veces pensando mal de un hombre bueno, pues en este caso se hace injuria a otro, lo que no ocurre en el primero»[1-v-4]. Es mejor equivocarse, pensando bien, que injuriar por pensar mal. «Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona»[1-v-5]. «Acostúmbrate a hablar cordialmente de todo y de todos –recomendaba san Josemaría–; en particular, de cuantos trabajan en el servicio de Dios. Y cuando no sea posible, ¡calla!: también los comentarios bruscos o desenfadados pueden rayar en la murmuración o en la difamación»[1-v-6].

«SI LLEVAS cuenta de las culpas, Señor, Señor mío, ¿quién podrá quedar en pie?» (Sal 130, 3), nos preguntamos con el salmista. Por eso, nos consuela pensar cuánto nos ha perdonado Dios a cada uno, considerar su amor totalmente gratuito para nosotros, a pesar de nuestras traiciones. Sin embargo, paradójicamente a veces la envidia nos lleva a entristecernos por los bienes ajenos, fundamentalmente por el amor o la honra que reciben. Si fuéramos plenamente conscientes de cómo es la estima de Dios por cada uno de nosotros, no cabría en nuestro corazón esta desviación.

El santo cura de Ars decía que «si tuviésemos la dicha de estar libres del orgullo y de la envidia, nunca juzgaríamos a nadie, sino que nos contentaríamos con llorar nuestras miserias espirituales, orar por los pobres pecadores, y nada más, bien persuadidos de que Dios no nos pedirá cuenta de los actos de los demás, sino sólo de los nuestros»[1-v-7]. Sin embargo, mientras no aprendamos a alegrarnos con los bienes de los demás, con su brillo por encima del nuestro, la envidia nos acompañará a lo largo de nuestra carrera en la tierra. Para nuestra fortuna, Jesús aceptará un juicio injusto que herirá su honra para que nosotros seamos librados de cualquier condena; para vernos librados de la misma necesidad de juzgar y de juzgarnos.

«La Trinidad Beatísima ha coronado a nuestra Madre. —Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, nos pedirá cuenta de toda palabra ociosa. Otro motivo para que digamos a Santa María que nos enseñe a hablar siempre en la presencia del Señor»[1-v-8].

[1-v-1] San Agustín, Sermón 46, sobre los pastores, 24-25.

[1-v-2] Francisco, Audiencia, 3-XI-2021.

[1-v-3] Francisco, Patris corde, n. 2.

[1-v-4] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 60, a. 4, ad 1.

[1-v-5] Francisco, Patris corde, n. 2.

[1-v-6] San Josemaría, Surco, n. 902.

[1-v-7] Santo Cura de Ars, Sermón sobre el juicio temerario.

[1-v-8] San Josemaría, Surco, n. 926.

 

 

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Sábado de la I semana de Cuaresma

  • Jesús nos manda amar a nuestros enemigos.
  • Dios hace llover sobre buenos y malos.
  • Llevar el campo de batalla hacia nuestra propia vida.

«AMAD a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan» (Mt 5,44); estas indicaciones de Cristo se cuentan entre las más sorprendentes de su predicación. Quizás muchas veces contrastan con nuestras reacciones más inmediatas. Nos damos cuenta de que no son palabras que solicitan una reacción superficial, como si se nos pidiera simplemente ceder ante quien nos hace mal; es mucho más: debemos amar y rezar.

«Las palabras de Jesús son claras (...). Y esto no es una opción, es un mandato (...). Él sabe muy bien que amar a los enemigos va más allá de nuestras posibilidades, pero para esto se hizo hombre: no para dejarnos así como somos, sino para transformarnos en hombres y mujeres capaces de un amor más grande, el de su Padre y el nuestro (...). Este mandato, de responder al insulto y al mal con el amor, ha generado una nueva cultura en el mundo: la cultura de la misericordia (...). Es la revolución del amor, cuyos protagonistas son los mártires de todos los tiempos»[1-s-1].

Para lograrlo, pondremos toda nuestra esperanza en la gracia. «Quiero observar tus decretos, nunca me abandones» (Sal 119,8), pedimos con el salmo. Esa ayuda de Dios no solo actúa en nuestra voluntad, sino también en la inteligencia y en el corazón. «Creo que no tengo enemigos –escribía san Josemaría, en una época de persecuciones–. Me he encontrado, en mi vida, con personas que me han hecho daño, positivo daño. No creo que sean enemigos: soy muy poco para tenerlos. Sin embargo, desde ahora, ellos y ellas quedan incluidos en la categoría de mis bienhechores, para encomendarles a diario al Señor»[1-s-2].

«¿QUÉ RAZÓN TIENES para no amar? –se pregunta san Juan Crisóstomo–. ¿Que el otro respondió a tus favores con injurias? ¿Que quiso derramar tu sangre en agradecimiento de tus beneficios? Pero, si amas por Cristo, esas son razones que te han de mover a amar más aún. Porque lo que destruye las amistades del mundo, eso es lo que afianza la caridad de Cristo. ¿Cómo? Primero, porque ese ingrato es para ti causa de un premio mayor. Segundo, porque ese precisamente necesita de más ayuda y de más intenso cuidado»[1-s-3]. Qué gris sería el mundo si todas las personas fuesen iguales, y si todos nos resultasen igual de agradables. La realidad no es esa, y Jesús nos pide que amemos, recemos y sirvamos a todos. Pensar lo contrario, nos trae a la mente las palabras de Caín, encendidas de envidia y odio: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).

Si volvemos la mirada a Cristo, resuena en nuestra alma su amor hacia todos los hombres: «Que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,45). «Nos hará bien, hoy, pensar en un enemigo –creo que todos nosotros tenemos alguno– uno que nos ha hecho mal o que nos quiere hacer mal o que intenta hacer el mal. Recemos por él. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de amarlo»[1-s-4]. Sin embargo, no hace falta pensar en lugares lejanos, en campos de batalla o enemigos poderosos. Quizá en nuestro mismo hogar tenemos que luchar por comprender, perdonar y no guardar rencor a un hermano, una hija o nuestro cónyuge. Cuántas veces hemos comprobado cómo la gracia hace posible lo que antes no habíamos ni siquiera imaginado.

«LOS HOMBRES sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás –escribe san Agustín–. No buscan lo que hay que corregir, sino en que pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás»[1-s-5]. Emprender la tarea de amar a los enemigos trae como consecuencia que, al mismo tiempo, aprendemos a poner el foco en nuestra debilidad, en nuestras faltas, en todo aquello de nuestra vida que todavía debe identificarse con Cristo. Esta actitud está impregnada de un realismo mucho más práctico, porque lo que sí podemos cambiar, ayudados por Dios, es lo que tenemos en nuestro corazón. Abandonamos un campo de batalla de fantasía –la vida de los demás– para llenar de bien el mundo a partir de una lucha mucho más cercana. Dejamos a Dios que cambie el curso de la historia, mientras nosotros rectificamos el rumbo que tenemos entre manos.

«Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr. Rom 12, 21)»[1-s-6]. No se trata de no corregir cuando la circunstancia lo amerite. Tampoco se trata de ser ingenuos, sino todo lo contrario: se trata de adquirir la sabiduría de Dios. El amor maduro, generoso y discreto, es capaz de olvidarse de los agravios, no tiene en cuenta las faltas de aprecio, se arma de valor e imita a Cristo al pie de la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). A la Virgen María, reina de la paz, le podemos pedir que nos enseñe a amar a todos sus hijos, a rezar por los que quizá nos han hecho daño, y que nos ayude a traer el campo de batalla hacia nuestra propia alma.

[1-s-1] Francisco, Ángelus, 24-II-2019.

[1-s-2] San Josemaría, Apuntes íntimos, 28-X-1931, citado en Camino. Edición crítico–histórica, p. 933.

[1-s-3] San Juan Crisóstomo, Homilía sobre san Mateo, 60, 3.

[1-s-4] Francisco, Homilía, 19-VI-2018.

[1-s-5] San Agustín, Sermón 19.

[1-s-6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 182.

 

 

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Domingo de la II semana de Cuaresma

  • El desierto y el monte son lugares de silencio.
  • Dios nos diviniza en la oración.
  • El misterio de Dios se nos revela progresivamente.

LA LITURGIA del domingo pasado nos presentaba a Jesús y al demonio frente a frente en el desierto. En este segundo domingo de Cuaresma, por otra parte, nos trasladamos al monte Tabor para asistir al acontecimiento glorioso de la Transfiguración del Señor. Si en el desierto «vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación», en el Tabor «lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad»[2-d-1]. Sin embargo, a pesar del contraste, ambos sucesos anticipan el misterio pascual: «La lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección»[2-d-2].

El desierto y el monte tienen en común que son lugares apartados, en donde reina la soledad. A ellos se retira Jesús, empujado por el Espíritu Santo, para orar con el Padre. La Sagrada Escritura nos muestra que en esos espacios, vacíos de ruido, Dios se revela de una manera especial. Por eso, todos necesitamos espacios y tiempos de silencio en los que, apagando los ruidos que nos envuelven, podamos propiciar un recogimiento interior en el que se escuche el susurro de Dios. «El silencio es capaz de abrir un espacio interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para hacer que allí habite Dios, para que su Palabra permanezca en nosotros, para que el amor a Él arraigue en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida»[2-d-3].

Es normal sentir un cierto temor al silencio, porque nos exige entrar en nuestro interior para descubrir la verdad de nuestra existencia. Es normal, también, que al principio nos cueste bajar el nivel de ruido en esos momentos. Pero, cuando lo buscamos en medio del ajetreo diario, entre el ir y el venir tantas veces acelerado, estamos abriendo un camino a la presencia de Dios. El Señor espera muchas veces nuestro silencio para revelarse.

«OIGO en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro» (Sal 26,8-9). Con estas palabras del salmista, la Iglesia quiere ayudarnos a preparar nuestro corazón para la Pascua; nos anima durante la Cuaresma a buscar con mayor prisa el rostro de Cristo. Pedro, Santiago y Juan, al subir al Tabor, se ven inmersos inesperadamente en la oración de Jesús. Ellos habían contemplado muchas veces en el pasado el rostro del Maestro; le habían mirado mientras oraba, cuando predicaba la llegada del Reino o curaba muchos enfermos. Quizás habían visto reflejados en el rostro de Cristo los sentimientos que llenaban su corazón. Sin embargo, en la cima del Tabor ven de una manera nueva ese rostro tan amado.

Jesús revela su gloria a los tres amigos: «Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante» (Lc 9,29). Es tal la impresión que les produjo la contemplación del cuerpo glorioso del Señor, que Pedro, entusiasmado, exclamó sin saber lo que decía: «Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Lc 9,33). Los discípulos se sintieron endiosados. «La oración es la elevación del alma a Dios»[2-d-4], señala san Juan Damasceno, en una expresión recogida por el Catecismo de la Iglesia; es un espacio de silencio ante Dios, a donde acudimos para llenarnos de él, para saciar nuestra sed.

Los discípulos fueron arrebatados por lo que veían en el Tabor. «La oración nos dará el endiosamiento bueno, humilde, santo –escribía San Josemaría–; y podremos trabajar en todos los ambientes (...). Por ese seguimiento continuado, perseverante, de lo divino, el Señor nos dará a manos llenas la riqueza de sus dones, la divinización buena»[2-d-5]. «Al mismo tiempo, no es sana una oración que sea ajena de la vida. Una oración que nos enajena de lo concreto de la vida se convierte en espiritualismo, o, peor, ritualismo. Recordemos que Jesús, después de haber mostrado a los discípulos su gloria en el monte Tabor, no quiere alargar ese momento de éxtasis, sino que baja con ellos del monte y retoma el camino cotidiano. Porque esa experiencia tenía que permanecer en los corazones como luz y fuerza de su fe; también una luz y fuerza para los días venideros: los de la Pasión.

COMO había sucedido durante el Bautismo del Señor en el río Jordán, también en el monte Tabor «apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa»[2-d-6]. Sorprendidos por lo que sucedía delante de sus ojos, los tres discípulos de Jesús reciben una revelación que tardarán más tiempo en comprender: que el único Dios es, al mismo tiempo, una Trinidad de personas. El misterio de Dios se nos desvela progresivamente en la oración, preparada muchas veces con la lectura espiritual y por la formación personal. De esa manera dejaremos allanaremos el camino al Espíritu Santo para que sea él quien purifique progresivamente nuestra idea de Dios, y nos enseñe a tratarle con sencillez y confianza. El Espíritu Santo hará de nosotros «hombres y mujeres transfigurados»[2-d-7], que se han dejado regenerar, corregir y consolar.

Cuando Pedro terminó de hablar «se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, el elegido: escuchadle» (Lc 9,34-35). Son unas palabras y unos momentos que los apóstoles nunca olvidaron. Unidos a la oración de Jesús, también nosotros descubrimos la maravilla escucharle y de comprender nuestra condición de hijos de Dios. «La oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo (...) Es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él»[2-d-8]. María, que se dejó moldear interiormente por la gracia, nos puede ayudar a encontrar esos momentos de silencio en los que podamos profundizar en nuestra condición de hijos.

[2-d-1] Benedicto XVI, Ángelus, 17-II-2008.

[2-d-2] Ibíd.

[2-d-3] Benedicto XVI, Audiencia, 7-III-2012.

[2-d-4] San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 24.

[2-d-5] San Josemaría, Cartas 2, n. 54.

[2-d-6] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, c. 45, a. 4, ad 2.

[2-d-7] San Juan Pablo II, Homilía, 11-III-2001.

[2-d-8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2565.

 

 

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Lunes de la II semana de Cuaresma

  • Reconocerse necesitado para abrirse a la misericordia divina
  • Querer a los demás con el amor de Dios
  • Un modo de mirar divino y materno

COMENZAMOS la segunda semana de Cuaresma escuchando la oración penitencial del profeta Daniel: «Hemos pecado, hemos cometido iniquidades y hemos delinquido, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos» (Dan 9,5). A pesar de que el pueblo de Israel no obedecía a la voz del Señor, Dios se mantuvo fiel a sus promesas. Por eso el profeta continúa su súplica lleno de esperanza: «Mi Señor, Dios grande y temible, que guarda la alianza y la misericordia con los que le aman (...), es compasivo y perdona» (Dan 9,4.9).

La llamada a la conversión, que se hace tan viva durante la Cuaresma, nace del corazón misericordioso del Señor. No es el grito de un Dios que pretende ajustar cuentas ante el pecado del hombre, sino más bien el amor de un Padre que acaricia nuestra debilidad, para sanarla y devolvernos a la vida. «Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte?... No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un "miserere" y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo»[2-l-1].

Dirigirse al Señor y admitir el propio pecado, como hizo el profeta Daniel, es el primer paso para renovarnos interiormente y abrirnos a la misericordia divina. Dios es fiel y sabe esperar. Fiados de su misericordia le mostraremos nuestras heridas y nos dejaremos cuidar por él. Con sencillez, y con un cierto descaro de hijos, nos atrevemos a decirle, con palabras del salmo: «Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados» (Salmo 78).

EXPERIMENTAR el amor de Dios nos lleva a tratar con esa misma misericordia a las personas que nos rodean. «Como ama el Padre, así aman los hijos»[2-l-2]. Para quien se siente entendido y querido es más fácil comprender y querer a los demás.

Las palabras del Señor que se proclaman hoy en el Evangelio nos animan a tener un corazón grande, con sentimientos y reacciones parecidas a las suyas: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará» (Lc 6,36-38). El camino que Jesús nos propone lleva consigo indicaciones muy concretas para nuestra vida diaria: «Sed misericordiosos…, no juzguéis…, no condenéis…, perdonad…, dad». Es un programa escalonado que tiene como modelo a Dios mismo. La meta es «entrar en sintonía con este Corazón rico en misericordia, que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad»[2-l-3].

La conciencia viva de nuestros pecados, y de lo necesitados que estamos de la paciencia de Dios, abre el camino interior para la compasión con nuestros hermanos. No podemos olvidar que el Señor pone nuestro perdón a los demás como condición para que también a nosotros se nos perdone: «Con la misma medida con que midáis se os medirá» (Lc 6,38).

«LA PALABRA de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros (...). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente»[2-l-4]. Cuando alcanzamos esta sabiduría sobrenatural, aprendemos a ver a Cristo en cada persona. Este hecho nos cambia la vida. Por un lado, en los demás descubrimos la presencia de Dios: le vemos a él en cada persona con la que nos cruzamos o de la que oímos hablar; de algún modo Dios nos cuida a través de quienes tenemos cerca.

Por otro lado, nuestra manera de mirar, de pensar, de hablar o de actuar, estará encauzada y embellecida por la caridad. San Josemaría vivió y enseñó a vivir una caridad que en alguna ocasión sintetizaba en cinco verbos: «Rezar, callar, comprender, disculpar... y sonreír»[2-l-5]. En el fondo, se trata de la misma actitud que tiene una madre con su hijo. Su mirada materna le lleva a amarle siempre, a encontrar cuando es posible una excusa ante su comportamiento y a sostenerle con su ayuda ante los pasos a veces vacilantes.

«Hermano –escribía un Padre de la Iglesia–, te recomiendo esto: que la compasión prevalezca siempre en tu balanza, hasta que sientas en tí la compasión que Dios siente por el mundo»[2-l-6]. Le pedimos a María, Madre de misericordia, el don de confiar siempre en el amor que el Señor tiene con nosotros. Así, nos resultará más sencillo disculpar los errores, así como querer y ayudar a los demás tal como son.

[2-l-1] San Josemaría, Camino, n. 711

[2-l-2] Francisco, Misericordiae Vultus, n. 9.

[2-l-3] Benedicto XVI, Ángelus, 16-IX-2007.

[2-l-4] Francisco, Evangelii gaudium, n. 179.

[2-l-5] Pilar Urbano, El hombre Villa Tevere.

[2-l-6] Isaac el Sirio, Discurso, 1ª serie, n. 34.

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Martes de la II semana de Cuaresma

  • Una vida coherente que refleje a Cristo
  • Rectitud de intención para dar gloria a Dios
  • La humildad nos abre a la grandeza de Dios

«EN LA CÁTEDRA de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (Mt 23,2-3). En las sinagogas había una silla especial donde se sentaba el rabino que explicaba la Escritura. En sentido figurado, «la cátedra de Moisés» designaba el magisterio de los maestros del pueblo, que enseñaban e interpretaban la ley, pero, como muestra el Señor en el Evangelio, actuaban con tal incoherencia de vida que incumplían las prescripciones que ellos mismos establecían.

La gente sencilla, por el contrario, buscaba a Jesús precisamente porque en él todo era verdadero. Caminaban detrás del Señor con entusiasmo porque cumplía lo que predicaba. Mientras el Maestro iba por delante abriendo camino, los fariseos y los escribas colocaban sobre los hombros de los demás «cargas pesadas e insoportables», pero «ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas» (Mt 23,4). Jesús pide a los suyos que cada día abracen «su cruz» (Lc 9,23), porque él va en cabeza con la cruz más pesada de todas. Las autoridades, por el contrario, eran exigentes con los demás y permisivas consigo mismas; hablan, pero en ellos no vemos el buen fruto.

Aunque la vida cristiana no se trata de hacer las cosas para que las vean los demás, es verdad que una vida coherente ayuda más que las solas palabras. El espíritu con el que afrontamos las ocupaciones diarias –en la familia, en el trabajo, en las amistades–, si refleja el atractivo de la paz y la alegría de Cristo, será auténtica transmisión del Evangelio. «Depende de nuestra coherencia que nuestros hermanos reconozcan a Jesucristo, el único salvador y la esperanza del mundo»[2-ma-1].

JESÚS recriminaba a las autoridades que vivieran más pendientes de las apariencias que de la verdad. «Hacen todas sus obras para que les vean los hombres» (Mt 23,5): corren detrás de alabanzas humanas, buscan los primeros puestos en las reuniones, ansían recibir reverencias… Todo lo hacen para granjearse un buen nombre. Siguen un estilo de vida cara a la galería, como en un escenario, contentándose con guardar unas formas exteriores que no nacen del amor: siguen «la letra» pero «no conocen su espíritu»[2-ma-2].

Es natural que nos importe la opinión de los demás, pues vivimos en sociedad. De algún modo, necesitamos ser aceptados y valorados por las personas que nos rodean, en especial por las que nos quieren. Pero la rectitud de intención nos lleva a poner el mayor peso de nuestros esfuerzos en la alegría que damos a Dios y en el bien de los demás. Nos importa agradar solo en cuanto queremos hacer felices a las personas que amamos.

Decía san Josemaría que «la rectitud de intención está en buscar “solo y en todo” la gloria de Dios»[2-ma-3]. Este es el criterio decisivo que marca nuestras acciones. «Es la indicación que nos orienta cuando no estamos seguros de qué es lo correcto; nos ayuda a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros (...). La gloria de Dios es la aguja de la brújula de nuestra conciencia»[2-ma-4]. Aunque en nuestro corazón se mezclen intenciones y deseos variados, examinar los motivos por los que actuamos nos liberará, poco a poco, de actuar cara a los hombres, para entrar en la paz que da obrar cara a Dios.

FRENTE a la actitud de los escribas y fariseos, el Señor hace su propuesta: «Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (Mt 23,11-12). La humildad resulta una virtud indispensable para que Dios nos llene de dones, porque «a pasos de humildad es como se sube a lo alto de los cielos»[2-ma-5], comentaba san Agustín. Rememorando la escalera que el patriarca Jacob vio en sueños, por la que subían y bajaban ángeles de la tierra al cielo (cfr. Gn 28,12), escribe otro Padre de la Iglesia: «Por la altivez se baja y por la humildad se sube. (...) Cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo»[2-ma-6].

La humildad nos hace descubrir nuestra miseria y nuestra grandeza. Nos permite «mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios»[2-ma-7]. Esta actitud humilde y generosa permite la acción del Señor. Donde hay humildad hay sabiduría, explica el libro de los Proverbios. «Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios, que revela sus secretos a los humildes» (Ecl 3, 17).

«Dios únicamente desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que —hablando al modo humano— quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón»[2-ma-8]. María, la esclava del Señor, nos ayudará como buena madre a limpiar en nuestro corazón aquello que impida recibir algo mejor; así, el Señor nos podrá enriquecer cada vez más con sus dones.

[2-ma-1] Francisco, Homilía, 3-VIII-2018.

[2-ma-2] Orígenes, Catena aurea, Homilía 23 in Matthaeum.

[2-ma-3] San Josemaría, Forja, n. 921.

[2-ma-4] Francisco, Homilía, 3-VIII-2018.

[2-ma-5] San Agustín, Sermón sobre la humildad y el temor de Dios.

[2-ma-6] San Benito de Nursia, Regla Monástica, capítulo 7.

[2-ma-7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 96.

[2-ma-8] Ibíd., n. 103.

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Miércoles de la II semana de Cuaresma

  • La grandeza de servir.
  • El servicio como llamada de Dios.
  • Jesús quiere unirnos a su Pasión.

TODA MADRE desea lo mejor para sus hijos. Por eso, no sorprende que la de Santiago y Juan se acerque a Jesús para pedirle un puesto de honor para ellos: «Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mt 20,21). Estas palabras pueden sorprendernos, pues recogen prácticamente lo contrario de lo que el Mesías les había enseñado desde el principio a los apóstoles. No es de extrañar que los otros diez se enfadaran con los hermanos Zebedeo. Sin embargo, en el fondo de sus corazones, quizás ellos querían lo mismo.

El Maestro entonces aprovecha esta situación, como en otras ocasiones, para formar el corazón de los apóstoles. ¿Quién es el más importante? La respuesta del Señor es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). Jesucristo corrige con paciencia divina unas ambiciones excesivamente humanas, superando su escala de valores: el primero pasa a ser el último y el último se convierte en el primero.

Al seguir esa escala, al vivir con aquel parámetro, no hacemos otra cosa que imitar al mismo Señor. Él «tomó el último puesto en el mundo –la cruz– y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente»[2-mi-1]. Su actitud de servicio llega hasta la entrega de sí mismo: «Esto es mi cuerpo», «esta es mi sangre» (Mt 26,26-27). «Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás. Y esta es la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el privilegiado (...). Y Jesús les trastoca su lógica diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo. Es decir, sirviendo»[2-mi-2].

EN LA BIBLIA, el servicio está unido a una misión de Dios. Así lo vemos en Jesús, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28). Él ha lavado los pies de los apóstoles y ha hecho suyo el plan de su Padre, hasta la muerte en la cruz. «¿Cómo no leer en el tema del “siervo Jesús” la historia de cada vocación, la historia pensada por el Creador para cada ser humano, historia que inevitablemente pasa a través de la llamada a servir (...)?»[2-mi-3].

El servicio es lo que caracteriza a quienes tratan de caminar junto al Señor. «Mientras los grandes de la Tierra construyen “tronos” para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, de donde reinar dando la vida»[2-mi-4]. Experimentar este “poder” desde el servicio, nos lleva a encarnar el estilo de vida de Jesús. No se trata de algo humillante, sino que es lo más elevado que podemos hacer en la vida: el servicio es un arte practican los que se han descubierto destinatarios del amor de Cristo crucificado y han visto agrandarse su corazón en el suyo.

«Servir es una cosa deliciosa –decía san Josemaría–: yo tengo por orgullo de mi vida ser servidor de todo el mundo. Quiero servir a Dios y, por amor a Dios, servir con amor a todas las criaturas de la tierra»[2-mi-5]. Descubrir esta realidad nos hace sensibles a las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados: «Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras. Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua»[2-mi-6].

DESPUÉS de escuchar a la madre de los Zebedeo, Jesús dice a Santiago y a Juan: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Podemos, le dijeron. Él añadió: Beberéis mi cáliz» (Mt 20, 22-23). Esta conversación tiene lugar mientras suben hacia Jerusalén. Jesús sabe lo que va a ocurrir en la ciudad santa al cabo de unos días. Se lo acababa de anunciar a sus apóstoles un poco antes: el Hijo del hombre «será entregado», «le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo» (Mt 20,18-19).

Es el tercer y último anuncio de la Pasión. Los discípulos, asustados, se inquietan: no entienden o quizá no quieren entender demasiado sobre incomprensiones y dificultades. No les cabe en la cabeza que el reinado del que habla el Maestro se alcance por la derrota. Y también hoy seguimos necesitando una conversión para comprender los caminos del Señor. La Cuaresma renueva esta oportunidad: nos invita a transformar nuestro modo de entender a Jesús, nuestro modo de ver el mundo y los valores que rigen las relaciones, para mirar con sus ojos redentores.

La imagen del cáliz evoca el dolor y la muerte (cfr. Jn 26,39). «Beber mi cáliz» es participar en su pasión por la salvación del mundo, soportando los sufrimientos. ¿Cabe un servicio mayor para introducirnos en lo más alto de su Reino? En la Eucaristía renovamos ese camino que nos lleva a lo más alto del amor de Dios y al servicio de las personas. Comemos a Cristo, el Pan partido que ha derramado su sangre por todos. María recorrió el camino a la cruz junto a su Jesús y, durante esta Cuaresma, nos acompaña como una buena madre que desea alcanzar lo mejor para sus hijos.

[2-mi-1] Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 35.

[2-mi-2] Francisco, Homilía, 20-IX-2015.

[2-mi-3] San Juan Pablo II, Mensaje, 11-V-2003.

[2-mi-4] Francisco, Ángelus, 21-X-2018.

[2-mi-5] San Josemaría, Carta 29-VII-1965.

[2-mi-6] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012.

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Jueves de la II semana de Cuaresma

  • El valor de los bienes terrenos.
  • Tener compasión por quienes nos rodean.
  • Ver los Lázaros a nuestra puerta.

EL EVANGELIO nos presenta la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro. El primero es un hombre que vive en el lujo, pensando solamente en su propio bienestar. Jesús no nos dice que fuera un hombre injusto; simplemente, «que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes» (Lc 16,19). Junto a su casa, un pobre llamado Lázaro «yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas». Epulón está tan atento a sus riquezas que ignora su existencia. Lázaro no recibe ningún cuidado y se alimenta únicamente de las sobras que caen «de la mesa del rico» (Lc 16,21). «Vanos eran sus pensamientos y vanos sus apetitos –dice san Agustín sobre Epulón–. Cuando murió, en ese mismo día perecieron sus planes»[2-j-1]. Efectivamente, Jesús nos cuenta que ambos mueren, pero su destino es abismalmente distinto.

«Señor, mira si mi camino se desvía y guíame por el camino eterno» (Sal 138, 23-24), suplicamos con el salmo. Sabemos que la vida plena, aquella en la que permanecemos siempre libres para amar, no depende exclusivamente de los bienes terrenos; allí no está nuestra seguridad ni nuestra felicidad. San Josemaría nos recuerda que nuestro «corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador»[2-j-2]. La Cuaresma es un buen momento «para descubrir de qué manera las cosas materiales de las que disponemos contribuyen a llevar adelante la misión que Dios nos ha confiado. Podremos, entonces, desprendernos más fácilmente de las que no lo hacen y caminar ligeros como el Señor, que no tenía “dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). Con la pobreza, aprenderemos a apreciar las cosas del mundo en cuanto vemos en ellas su valor como camino de unión con Él y de servicio a los demás»[2-j-3].

DURANTE su vida, Lázaro no tuvo ninguna de las ventajas de las que disfrutó Epulón. Del relato se desprende que es un hombre piadoso, que pone su esperanza en Dios, y por eso es llevado por los ángeles a la morada eterna. Bien se podría decir de él lo que rezamos en el salmo: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 1). La clave que explica el destino eterno de uno y de otro, tan distintos entre sí, no es la riqueza en sí misma, sino lo que sucedía en el corazón de ambos. El rico es condenado no por lo que posee, sino por su total falta de compasión. «Aprended a ser ricos y pobres –comenta San Agustín–, tanto los que tenéis algo en este mundo como los que no tenéis nada. Pues también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se humilla. Dios resiste a los soberbios, ya estén vestidos de seda o de andrajos; pero da su gracia a los humildes ya tengan algunos haberes mundanos, ya carezcan de ellos. Dios mira al interior; allí pesa, allí examina»[2-j-4].

Lázaro no cuenta para el mundo. Por su miseria y soledad, solamente el Señor cuida de él. «A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor»[2-j-5]. La parábola nos invita también a vivir la virtud de la caridad, de manera especial con las personas que tenemos más cerca de nosotros y con quienes padecen más necesidades. «Nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito»[2-j-6] de los demás. «Cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, para que no imiten a aquel rico que se despreocupó totalmente del pobre Lázaro»[2-j-7].

«YO, EL SEÑOR, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones» (Jer 17,9-10). Después de la muerte, Dios nos juzgará y nos «pesará» conforme a nuestras obras. Se presenta en nuestra vida esta alternativa: el camino seguro de quien confía en el Señor, como Lázaro; o la senda estéril del que pone toda su esperanza en las cosas materiales, aquellas que puede dominar, como el rico Epulón.

San Josemaría prevenía así ante «la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias»[2-j-8]. El amor a Dios se expresa en desvelo por los demás; no se queda en un sentimiento, se traduce necesariamente en servicio concreto, a personas concretas, aunque eso suponga despojarnos de ciertas aparentes seguridades personales.

«La misericordia de Dios con nosotros está estrechamente unida a nuestra misericordia con el prójimo; cuando falta nuestra misericordia con los demás, la de Dios no puede entrar en nuestro corazón»[2-j-9]. Le pedimos a santa María la gracia de ver con nitidez los Lázaros que hay a nuestra puerta, mendigando nuestra atención y cariño.

[2-j-1] San Agustín, Sermón 33 A, 4 sobre el Antiguo Testamento.

[2-j-2] San Josemaría, Conversaciones, n. 110.

[2-j-3] Mon. Fernando Ocáriz, Mensaje, 20-II-2021.

[2-j-4] San Agustín, Sobre el Salmo 85.

[2-j-5] Benedicto XVI, Ángelus, 30-IX-2007.

[2-j-6] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012.

[2-j-7] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 27.

[2-j-8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 236.

[2-j-9] Francisco, Ángelus, 18-V-2016.

 

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Viernes de la II semana de Cuaresma

  • La viña, imagen de Israel.
  • Los fracasos son oportunidades de salvación.
  • Nuestros frutos son gloria de Dios.

UN HOMBRE «plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores y se marchó de allí» (Mt 21,33). Pasado el tiempo, envía a sus criados a buscar el fruto que le pertenece. Los viñadores, sorprendentemente, maltratan a unos y matan a otros. El propietario de la viña, entonces, decide enviar a su propio hijo, pensando que así «tendrán respeto» (Mt 21,37). Pero los labradores razonan muy distinto. Al tratarse del heredero, piensan que al matarlo se podrán quedar definitivamente con su herencia. Y así lo hacen.

En esta parábola, Jesús describe la historia de Israel que, en palabras del Crisóstomo, repetidamente mancha «sus manos con la sangre»[2-v-1] de los profetas enviados por Dios. Con la imagen de la viña se narran, por un lado, los esfuerzos continuos del Señor por hacer que su pueblo diera frutos; y, por otro, el rechazo repetido de los hombres, especialmente de los dirigentes del pueblo. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos que estaban presentes comprenden inmediatamente «que se refería a ellos» (Mt 21,45). Y su reacción frente a Jesús es parecida a la de los labradores de la parábola: aunque «querían prenderlo», no lo hicieron en este momento por miedo de la multitud, «porque lo tenían como profeta».

Sin embargo, «la desilusión de Dios por el comportamiento perverso de los hombres no es la última palabra. Está aquí la gran novedad del cristianismo: un Dios que, incluso desilusionado por nuestros errores y nuestros pecados, no pierde su palabra, no se detiene y sobre todo ¡no se venga! (...). La urgencia de responder con frutos de bien a la llamada del Señor, que nos llama a convertirnos en su viña, nos ayuda a entender qué hay de nuevo y de original en la fe cristiana»[2-v-2].

PARA EXPLICAR el significado de la parábola, Jesús se refiere al salmo 117: «La piedra que desecharon los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto, y es admirable a nuestros ojos» (Sal 117,22-23). Es el salmo Pascual por excelencia, que se canta o se reza durante la liturgia de la Vigilia Pascual. La muerte del hijo, que parece definitiva e incomprensible, se convierte en camino de Resurrección. En los planes divinos, los fracasos son también oportunidades de salvación y de vida.

La historia de José, por ejemplo, es también el relato de un rechazo y de un maltrato. Aunque sus hermanos no llegan a matarlo, es traicionado y vendido a unos mercaderes por veinte monedas de plata. Estas circunstancias servirán para que José llegue a Egipto, se convierta en un hombre importante, y los hijos de Jacob puedan sobrevivir. En la narración se destaca la infidelidad de Israel pero, sobre todo, queda patente el estilo que tiene Dios de sacar bien del mal. Lo que parecía una maldad sin sentido acabó siendo clave para la salvación de Israel.

Esto mismo se repite en Jesús. Hay un plan que el hombre traiciona, pero Dios busca una nueva solución para salvarnos. De nuestras caídas el Señor buscará siempre el modo de levantarnos. «Nuestro Padre Dios, cuando acudimos a él con arrepentimiento, saca, de nuestra miseria, riqueza; de nuestra debilidad, fortaleza. ¿Qué nos preparará, si no lo abandonamos, si lo frecuentamos cada día, si le dirigimos palabras de cariño confirmado con nuestras acciones, si le pedimos todo, confiados en su omnipotencia y en su misericordia?»[2-v-3].

LA PARÁBOLA se asemeja a la canción de la viña del profeta Isaías (cfr. Is 5,1-7). La viña que ha sido cuidada con esmero no da los frutos esperados: «Esperó a que diera uvas, pero dio agraces». De sus sarmientos en vez de uva sabrosa brotó un fruto amargo. Entonces Dios se pregunta: «¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera?». Comenta un Padre de la Iglesia: «¡Qué tierra tan ingrata! La que tenía que dar a su amo frutos de dulzura, lo atravesó con espinas agudas. Vigilad, pues, que vuestra viña no produzca espinos en lugar de racimos, que vuestra vendimia no dé vinagre en lugar de vino»[2-v-4].

Dios espera de nosotros frutos, pero no porque él los necesite, sino porque su gloria es la felicidad de los hombres. El más apetecible para él es, sin duda, nuestro amor. Ciertamente, en muchas ocasiones también nosotros hemos sido como la viña de la canción del profeta o como los viñadores de la parábola. «Si cada uno de nosotros hace un examen de conciencia, verá cuántas veces (...) ha echado a los profetas. Cuántas veces le ha dicho a Jesús: ‘vete’, cuántas veces se ha querido salvar a sí mismo, cuántas veces hemos pensado que nosotros éramos los justos»[2-v-5].

Por eso escribía san Josemaría: «Dejadme que insista: sed fieles. Es algo que llevo clavado en el corazón. Si sois fieles, nuestro servicio a las almas y a la Santa Iglesia se llenará de abundantes frutos»[2-v-6]. Podemos acudir a María, que es madre fecunda porque fue dócil al Espíritu del Señor, que siempre encuentra nuevos caminos para fructificar.

[2-v-1] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 68, 1-2.

[2-v-2] Francisco, Ángelus, 8-X-2017.

[2-v-3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 309

[2-v-4] San Máximo de Turín, Sermón para la fiesta de San Cipriano.

[2-v-5] Francisco, Homilía, 1-VI-2015.

[2-v-6] San Josemaría, Cartas 2, n. 46.

 

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Domingo de la III semana de Cuaresma

  • El estilo de Dios es cercanía.
  • Examinar nuestro corazón.
  • La humildad de la conversión.

MUCHOS AÑOS han transcurrido desde que Moisés había huido de Egipto. El faraón de entonces estaba ya muerto, pero la situación de los israelitas no mejoraba. La Sagrada Escritura nos dice que «los hijos de Israel se quejaban de la esclavitud y clamaron. Sus gritos, desde la esclavitud, subieron a Dios; y Dios escuchó» (Ex 2,23-24). Por aquel entonces, «Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró» (Ex 3,1). Marchaba sin rumbo, por una tierra extraña, en busca de pastos para alimentar un rebaño ajeno.

Un día encuentra una zarza en llamas, algo normal en un paraje reseco por el sol. Moisés ha visto arder muchos matorrales, pero ninguno como este: «se fijó: la zarza ardía sin consumirse» (Ex 3,2). Intrigado, se acerca a contemplar ese «espectáculo admirable» (Ex 3,3). Entonces, Dios habla, y la vida de Moisés y la historia de los hombres cambian para siempre. Dios nuevamente está entrando en la historia. Ha decidido tomar partido, ha elegido un pueblo y le ha revelado su Nombre, mezclando su suerte con la de aquel. Dios asume el riesgo de hacerse cercano.

Los israelitas tendrán que recurrir a la poesía y al canto, para intentar dar voz a tanta maravilla: «Bendice alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios» (Sal 102, 1-2). Comienzan a descubrir «el estilo de Dios, que fundamentalmente es un estilo de cercanía. Él mismo da al pueblo esta definición de Sí: “¿Díganme, qué nación tiene sus dioses tan cercanos como tú me tienes a mí?” (cfr. Dt 4,7)»[3-d-1]. «No dejarás de ver, aun en los momentos de mayor trepidación –decía san Josemaría–, que nuestro Padre del Cielo está siempre cerca, muy cerca»[3-d-2].

«NO QUIERO que ignoréis, hermanos –escribe san Pablo–, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos cruzaron el mar, y para unirse a Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar (...). Pero la mayoría de ellos no agradó a Dios» (1 Cor 10,1-5). Y el apóstol agrega que todas aquellas cosas «fueron escritas para escarmiento nuestro», para que fuéramos conscientes de lo que a nosotros, como nuevo pueblo de Dios, nos puede también suceder. El mismo Jesucristo, después de recordar a algunos que, por aquellos días, habían muerto de manera cruenta, pregunta: «¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente» (Lc 13,2-3).

Nos hacen bien las palabras claras de Jesús y la advertencia de san Pablo, porque provocan en nosotros una reacción que no siempre nos surge de manera espontánea. A veces, cuando nos parece que las cosas van mal, buscamos las causas, necesitamos establecer una responsabilidad. Y si conseguimos encontrar un culpable, respiramos tranquilos, porque entonces podemos pensar que aquello no tiene que ver con nosotros.

Jesús corrige, en esta y en otras ocasiones, esa visión equivocada de sus discípulos. Nos anima a aprovechar esas coyunturas para buscar una conversión personal más profunda, en lugar de gastar tiempo y energías buscando culpables. Conversión, que significa volver la mirada a Dios y reconsiderar las cosas partiendo del amor que nos tiene, a nosotros y a los demás. «No juzguéis» (Mt 7,1), nos dice Jesús. Y «no murmuréis» (1 Cor 10,10), añade san Pablo. Porque cuando cedemos a esa visión negativa, podemos caer en la trampa de la murmuración. Si nos contentamos con culpar a los demás o a las circunstancias, perdemos la ocasión de examinar nuestro propio corazón, que es donde está el único mal que verdaderamente podemos ahogar con sobreabundancia de gracia.

«ÉRASE UNA VEZ un hombre que tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró» (Lc 13, 6). Cuando dejamos de buscar los problemas fuera, entonces se nos hace evidente nuestra indigencia. Entonces somos más capaces de reconocer la generosidad de Dios con nosotros y que, en realidad, no tenemos con qué pagarle. Ya no aparecemos ante nuestros propios ojos tan buenos como cuando nos comparábamos con los demás: aprendemos a ser humildes.

Esta constatación no nos entristecerá si hacemos lo que Jesús nos dice: poner nuestros ojos en Dios, que es nuestro Padre. Es este el don de la conversión, que pedimos al Señor especialmente en Cuaresma, apoyados en una penitencia que da forma poco a poco a nuestro corazón. «Oh, Dios –imploramos junto a toda la Iglesia–, autor de toda misericordia y bondad, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor el reconocimiento de nuestra pequeñez y levanta con tu misericordia a los que nos sentimos abatidos por nuestra conciencia»[3-d-3].

Descubrimos así, como lo hizo el pueblo elegido, que el mayor prodigio obrado por Dios es su increíble cercanía. «¡Estamos en las manos de Jesús!»[3-d-4], solía repetir san Josemaría. Y Jesús no desespera, como tampoco lo hace su madre, Santa María, a quien le podemos pedir que ablande nuestro corazón siempre que lo necesitemos.

[3-d-1] Francisco, Discurso, 17-II-2022.

[3-d-2] San Josemaría, Forja, n. 240.

[3-d-3] Domingo III semana de Cuaresma, Oración colecta.

[3-d-4] San Josemaría, Mientras nos hablaba en el camino, p. 107.

 

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Lunes de la III semana de Cuaresma

  • La Eucaristía sacia nuestros anhelos.
  • La conversión es tarea del presente.
  • Todos cooperamos en la santidad de todos.

«MI ALMA tiene sed de Dios» (Sal 41,3), «mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal 83,3). Muchos salmos nos hablan de un Dios capaz de arrebatar y colmar los deseos, no solo de nuestra alma, sino también de nuestro corazón y hasta de nuestra carne. Hemos sido creados para gozar de Dios: con esta certeza nos acercamos a la Santa Misa, en donde Dios mismo se nos entrega para saciar esas ansias. Sin embargo, puede ocurrir que no siempre sintamos este entusiasmo cuando nos acercamos a la mesa de la Eucaristía. Quizás notamos el corazón enmarañado, el alma dispersa, el cuerpo agotado. Entonces, nos parece que estamos muy lejos aquel regocijo del salmista.

Nuestra situación se puede parecer, a veces, a la de Naamán el sirio, rey y jefe de su ejército. «Era un hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era leproso» (2 Re 5,1). Era un hombre lleno de vigor, en el culmen de su carrera, pero para el que todos los goces de la vida se habían convertido, de la noche a la mañana, en un tormento. Y no es que las cosas hubiesen dejado de ser buenas, sino que Naamán estaba enfermo. Había perdido la capacidad de gozar, pero no el deseo.

En la Eucaristía encontramos todo lo que deseamos. La Eucaristía es el alimento que nos sacia, la medicina para nuestras enfermedades. «Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua –suplicamos– y, pues sin tu ayuda no puede mantenerse incólume, que tu protección la dirija y la sostenga siempre»[3-l-1]. «Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?»[3-l-2]. San Josemaría aconsejaba: «Amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad»[3-l-3].

«MUCHOS LEPROSOS había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio» (Lc 4, 27). ¿Por qué Naamán, de entre tantos, fue escogido por Dios para ser salvado del mal que lo aquejaba? ¿Por qué a nosotros, de entre tantos, el Señor nos dirige una vez más su llamada cariñosa a la conversión? En gran parte, es un misterio. No lo sabemos. No hemos hecho méritos particulares. Incluso, nos puede parecer que lo que hemos puesto por nuestra parte son dificultades como, de hecho, le sucedió a Naamán, quien en primera instancia «se puso furioso y se marchó» (2 Re 5,11).

También nosotros hemos empezado la Cuaresma con grandes expectativas, y quizás nos hemos podido desanimar un poco al no notar grandes cambios en nuestra vida. A lo mejor nos pasa como a Naamán, o como a algunos paisanos de Jesús, que querían ver prodigios y no supieron darse cuenta de lo que tenían delante. Puede suceder que esperemos para nosotros mismos una conversión con más espectáculo, que llegue a dar un giro radical a nuestra vida. Y mientras aquello no se da, vamos retrasando nuestra verdadera conversión, esa que está verdaderamente al alcance de nuestra mano, en cosas más pequeñas.

Es verdad que no podemos hacernos santos de la noche a la mañana. «La santificación es obra de toda la vida»[3-l-4], nos recuerda san Josemaría, y es Dios quien la va haciendo en nosotros, sin que sepamos muy bien cómo. Sin embargo, «la conversión es cosa de un instante»[3-l-5], y eso sí que podemos hacerlo ahora, cada vez que nos disponemos a orar o que nos ponemos en presencia de Dios. Si Jesús está con nosotros, ¿qué más necesitamos para convertirnos, para dejarnos curar?

A NAAMÁN lo ayudaron a reaccionar. «Bajó, pues, y se lavó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio» (2 Re 5,14). ¿Por qué Naamán sí, y los leprosos de Israel, o quienes escuchaban a Jesús, no? No sabemos la respuesta totalmente, pero sí sabemos que para esta historia de elección cooperaron otras personas: «Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán –relata la Escritura–. Dijo ella a su señora: “Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de la lepra”» (2 Re 5,2-3).

Naamán el sirio fue curado por la fe y el amor de esta muchacha de Israel. No deja de ser sorprendente que ella, arrebatada de su tierra y convertida en esclava, lejos de albergar sentimientos de odio, desea sinceramente que se cure su señor. La misma actitud la vemos después en los siervos de Naamán, que cuando este se marcha airado de la casa del profeta, lo ayudan a recapacitar. Si no fuera por todos ellos, su señor no se habría curado.

Toda historia de conversión, la nuestra también, encuentra cómplices entre personas sencillas y llenas de fe que el Señor ha ido poniendo a nuestro lado. Y nosotros podemos hacer lo mismo en la vida de quienes nos rodean. «Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana»[3-l-6]. Y, de entre todas las personas, quien más nos quiere y nos ayuda es santa María: ella nos empuja con suavidad hacia su hijo para que Jesús nos cure.

[3-l-1] Lunes de la III semana de Cuaresma, Oración colecta.

[3-l-2] San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 60.

[3-l-3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 91.

[3-l-4] San Josemaría, Camino, n. 285.

[3-l-5] Ibíd.

[3-l-6] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 113.

 

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Martes de la III semana de Cuaresma

  • Dios espera el sacrificio de nuestro corazón.
  • Volver al Padre en esta Cuaresma.
  • Perdonar porque nos sabemos perdonados.

ENTRE los judíos deportados a Babilonia se encontraba Azarías, un «joven de sangre real o de la nobleza, perfectamente sano, de buen tipo, bien formado en la sabiduría, culto e inteligente, y apto para servir en palacio» (Dn 1,3-4). Había aprendido la lengua y la literatura de Babilonia, y le habían impuesto un nombre caldeo: Abdénago. Los primeros capítulos del libro de Daniel nos cuentan las aventuras de Azarías, Ananías, Misael y Daniel, y cómo entre los cuatro se sostienen para permanecer fieles a Dios y a las costumbres de su pueblo, en un ambiente hostil.

En su oración desde el horno encendido, los pensamientos de Azarías van más allá del gran sufrimiento inmediato. Su corazón, además, no deja de sufrir por la situación de Israel, y trata de comprender el desastre que había supuesto la deportación a Babilonia para el pueblo elegido. Dios había librado a su pueblo de la esclavitud y le había dado una tierra donde vivir en libertad. Sin embargo, todo aquel esplendor no es más que un doloroso recuerdo. «Ahora, Señor –reza Azarías–, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados» (Dn 3,37).

En esta dramática situación, Azarías ofrece al Señor lo único que tiene: «Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados» (Dn 3,39). Y Dios, complacido, acepta aquel sacrificio, que es precisamente el más agradable a sus ojos: «Convertíos a mí de todo corazón, porque quiero solo vuestro bien y estoy lleno de misericordia» (Jl 2,12-13). Esta actitud interior frente a Dios, de quien sabe que en realidad no puede pagar tanto bien, es la que hace agradable cualquier sacrificio nuestro.

AZARÍAS ha entendido la lógica de Dios. Incluso en medio de las llamas, el asombro ante la infinita misericordia de Dios le lleva a tener su pensamiento en los cielos. Azarías y sus compañeros han experimentado lo que es no tener nada y han aceptado recibirlo todo de Dios. Estalla entonces el agradecimiento de estos tres jóvenes en un canto en el que convocan a todas las criaturas para, junto a ellas, alabar y bendecir la misericordia de Dios (cf. Dn 3,51-90).

Aquel horno del destierro fue, para el pueblo de Israel, el crisol que permitió el retorno a lo esencial. Desde allí construirán un nuevo comienzo en el que Dios y su amor ocupen, otra vez, el centro. «Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro; no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre» (Dn 3,41-43).

También para nosotros, la Cuaresma es una oportunidad de comenzar de nuevo. «La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre –decía san Josemaría–. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que –por tanto– se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega»[3-ma-1]. Descubrir y recorrer ese camino de vuelta al Padre nos inundará de la misma alegría que llenó el corazón de los tres jóvenes.

EXPERIMENTAR el perdón de Dios nos obliga a salir de esquemas puramente humanos. Cuando Pedro pregunta a Jesús cuántas veces tiene que perdonar a su hermano, la respuesta parece fuera de toda lógica: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22). Y, a continuación, propone la parábola en la que un hombre tenía una deuda de diez mil talentos, una cantidad que habría puesto en dificultades al mismo Salomón. Se cuenta que, en los tiempos de mayor prosperidad del reino de Israel, el rey percibía 666 talentos de oro al año (cfr. 1 Re 10,14). El pobre deudor de la parábola debía sentirse como Azarías, al considerar la magnitud de los pecados del pueblo y su carencia de medios para reparar por ellos. «Como no tenía con qué pagar (...), el criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”» (Mt 18,25-26).

Entonces, Jesús introduce en la parábola un giro sorprendente. El señor se contenta con la voluntad de pagar de su criado, como si con aquel gesto hubiera satisfecho realmente la deuda. El Maestro nos enseña –tal como lo había experimentado ya Azarías– que Dios se deja conquistar por un corazón contrito, derrama su gracia frente a nuestro deseo sincero de pagar, aunque no seamos capaces de hacerlo. «Dios nunca se cansa de perdonar. (...) El problema es que nosotros nos cansamos de pedir perdón»[3-ma-2]. Jesús siempre nos perdona cuando nos acercamos arrepentidos al sacramento de la Confesión. Al mismo tiempo, saber que el mismo Dios se olvida de nuestros errores nos impulsa a no dar excesiva importancia a las ofensas que podamos recibir de los demás: «No he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer»[3-ma-3], solía decir san Josemaría. A santa María, refugio de los pecadores, le pedimos que nos enseñe a abrirnos al perdón de Dios; a no negar el perdón a nuestros hermanos y a pedir perdón con frecuencia.

[3-ma-1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

[3-ma-2] Francisco, Ángelus, 17-III-2013.

[3-ma-3] San Josemaría, Surco, n. 804.

 

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Miércoles de la III semana de Cuaresma

  • Jesús es la plenitud de la Ley.
  • Una fidelidad que vivifica y agranda el corazón.
  • Entender lo que se ama.

«AL OTRO lado del Jordán, en el desierto (...), Moisés comunicó a los hijos de Israel todo lo que el Señor le había mandado para ellos» (Dt 1,1.3). El pueblo se encuentra a un paso de entrar en la tierra prometida. Sin embargo, quien ha sido su guía y pastor desde que salieron de Egipto, cuarenta años atrás, no cruzará con ellos esa última frontera. Antes de entregar su alma a Dios, Moisés cumple su misión hasta el final. «Mirad –les dice–: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos» (Dt 4,5-6).

En la fidelidad a esta Ley se irá forjando la identidad de Israel. Desde Josué y Pinjás hasta Saulo de Tarso, pasando por Elías, Judit o Matatías, serán muchos los israelitas que sientan arder su alma de amor por la Ley de Dios. Por eso, cuando Jesús comienza su vida pública, se genera un cierto revuelo. Habla con autoridad, y parece que se permite a sí mismo y a sus discípulos hacer excepciones a las tradiciones de sus padres. Los israelitas piadosos están confundidos, así que el Señor les sale al encuentro: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17).

Jesús se inserta en esa tradición de amor a la Ley, gloria de su pueblo. Pero añade algo más. Ciertamente, no ha venido a eliminarla, pero tampoco es el suyo un mero cumplimiento. Con Cristo, ha sonado para la Ley la hora de la plenitud. «Él va a la raíz de la Ley, apuntando sobre todo a la intención y, por lo tanto, al corazón del hombre, donde tienen origen nuestras acciones buenas y malas (...). Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu, que nos hace capaces de vivir el amor divino»[3-mi-1].

A ALGUNOS de los oyentes de Jesús, su respuesta quizá les supo a poco. «Si no ha venido a abolir la Ley, ¿cómo se explica entonces su conducta ambigua?», se podían preguntar. Pero la supuesta ambigüedad de Jesús aparece tal únicamente a quienes tienen una visión deformada de la Ley. Y lo que Jesús quiere abolir es precisamente esa visión deformada. La tarea se demuestra ardua, porque la encuentra muy arraigada, sobre todo entre algunos fariseos: es el suyo un cumplimiento superficial de la Ley, una observancia formal, compatible con un corazón que no crece (cfr. Is 29,13; Mt 15,6).

Pero no es esa la fidelidad que quiere el Señor. Moisés había dicho: «Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis» (Dt 4,1). La finalidad de la Ley es ayudar a vivir, hacer crecer. En el mismo sentido, las palabras de Jesús son espíritu y vida (cfr. Jn, 6,63) que, lejos de permanecer inmóviles, el salmista nos dice que «corren veloces» (Sal 147,15). Lejos de empequeñecernos, la fidelidad a la Ley tiene la capacidad de hacernos grandes, porque nos descubre los caminos para dilatar el corazón: «Dirige mis pasos, Señor, con tu palabra, para que no me domine la maldad» (Sal 118,113).

«La santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos», decía san Josemaría. «La santidad no tiene la rigidez del cartón (...). Es vida, vida sobrenatural»[3-mi-2]. ¿Cómo podemos distinguir el cumplimiento farisaico, que nos vuelve pequeños y rígidos, de ese otro que nos hace grandes y nos llena de vida? Se podrían decir muchas cosas, pero la clave última está en un amor que tiene dos indicadores concretos: la alegría, fruto de hacer las cosas libremente[3-mi-3]; y la ternura con la que hacemos las cosas[3-mi-4], porque damos a aquello toda nuestra atención. Así se comprende por qué «las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas»[3-mi-5].

PARA PODER cumplir la Ley de Dios con amor, conviene saber por qué hacemos esas cosas. Es verdad que podemos amar algo aunque no lo comprendamos del todo porque, en ese caso, nos fiamos de quien nos lo dice: el Señor, nuestros padres, alguien en quien confiamos… Pero el amor auténtico busca siempre entender mejor, y el amor crece en la medida en que profundizamos en sus causas[3-mi-6]. Si hacemos las cosas sin comprender por qué, es fácil que acabemos limitándonos a un cumplimiento externo, sin interiorizar las razones para hacerlo, y sin identificarnos con ello. Así, podemos acabar olvidando fácilmente que aquello lo hacíamos por el Señor, y se nos puede convertir en algo pesado o sin sentido. «Ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas –dice la Sagrada Escritura–; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos» (Dt 4,1.5-9).

Algunas veces comprenderemos las cosas precisamente a través de la obediencia, cuando esa obediencia nace del deseo de identificarnos con lo que Dios quiere. Este milagro se da sobre todo en la oración, donde el Señor nos ayuda a conformar nuestro querer con el suyo, gracias a las luces, afectos e inspiraciones que derrama en nuestras almas. Y junto a la oración, un medio indispensable es el estudio, en particular de la Sagrada Escritura y del Catecismo de la Iglesia Católica. Se trata de tesoros inagotables en los que podemos profundizar siempre más, y donde encontraremos cada vez luces nuevas para llenar de sentido todo lo que hacemos, y para dar razón a quien nos lo pida. Santa María tuvo también que esforzarse por entender. Por eso meditaba frecuentemente las cosas en su corazón (cfr. Lc 1,29; 2,19.51), preguntaba lo que no entendía (cfr. Lc 1,34; 2,48) y buscaba la orientación de quien la pudiera ayudar (cfr. Lc 1,39). Ella puede enseñarnos a ser, así, verdaderamente libres.

[3-mi-1] Francisco, Ángelus, 16-II-2014.

[3-mi-2] San Josemaría, Forja, n. 156

[3-mi-3] Cfr. Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 6.

[3-mi-4] Cfr. Francisco, Amoris laetitia, n. 127.

[3-mi-5] San Josemaría, Camino, n. 818

[3-mi-6] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Ética a Nicómaco, Lib. 8, lect. 12, n. 6.

 

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Jueves de la III semana de Cuaresma

  • Reconocer el propio pecado.
  • Sinceridad en el examen de conciencia.
  • Reconquistar nuestra libertad.

«ESTABA expulsando un demonio que era mudo. Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada» (Lc 11,14). Esas son las palabras del evangelista que nos introduce, sin demasiado preámbulo, en esta escena. Esa expresión evangélica –el «demonio mudo»– se ha afianzado en la tradición espiritual de la Iglesia para describir un fenómeno que puede afectar a cualquier cristiano: la falta de sinceridad. Se trata de una actitud que en ocasiones se puede dar en nuestra vida: la dificultad para asumir algún aspecto de nuestra vida que todavía no lo hemos llenado de Cristo, y buscar ayuda para aquella conversión.

Como el demonio es el padre de la mentira, pone toda su astucia en juego para que no nos demos cuenta de nuestros errores. «Aquí hay un aspecto que nos puede engañar: al decir “todos somos pecadores”, como quien dice “buenos días”, algo habitual, incluso algo social, no tenemos una verdadera conciencia del pecado. No: yo soy un pecador por esto, esto y esto. (...) La verdad es siempre concreta»[3-j-1]. La sinceridad comienza con uno mismo. Como no estamos exentos de ningún mal, necesitamos acudir al Señor para ser sanados. Sobre el «demonio mudo», Jesús deja claro a sus apóstoles que «esa raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración» (Mc 9,29). Acercarnos a Dios con sencillez, invocar al Espíritu Santo, nos dará la gracia de conocernos mejor para identificarnos más con Jesucristo.

CUANDO san Josemaría pensaba en las consecuencias que podía generar aquel «demonio mudo», aquella falta de sinceridad con uno mismo y con quien nos puede ayudar, las reunía en una palabra, quizás fuerte: «mezquindades»[3-j-2]. En su origen, se trata de lo que lógicamente sigue a la falta del aire limpio que genera la verdad, que distorsiona no solamente la capacidad de reconocer lo real de nuestra vida sino también, quizás, en las palabras de los demás. Lo vemos justamente en quienes presencian la escena después de que el Señor obra el milagro. Algunas personas de la multitud, en lugar de sorprenderse ante ese hecho inaudito, empezaron a decir que Jesús expulsaba los demonios por el poder de Beelzebul. Otros, yendo más allá, «le pedían una señal del cielo»,lo cual no deja de ser paradójico, pues acababan de presenciar un verdadero milagro.

Algunas veces sucede que, «si el demonio mudo se introduce en un alma, lo echa todo a perder»[3-j-3], también las cosas buenas de la vida, como las maravillas que Dios obra delante de nuestros ojos. Una persona así, condiciona su propia capacidad de contemplar las acciones del Señor –en uno mismo y en los demás–, e incluso, como sucede en el pasaje evangélico, tergiversa sus intenciones. De ahí que sea valioso acudir diariamente al examen de conciencia para ponernos en ese breve tiempo, que es oración, con la disposición a que el Espíritu Santo ilumine nuestra conciencia y nos empuje a buscar querer cada día más a Dios; entonces, descubriremos la hondura de su amor por nosotros, pues nos abraza como el padre del hijo pródigo cuando reconocemos con sencillez nuestra dificultades y pecados. Por eso, la Iglesia suplica cada año: «Escucha con piedad nuestras súplicas, Señor, e ilumina las tinieblas de nuestro corazón con la gracia de tu Hijo, que viene a visitarnos»[3-j-4].

JESÚS, en su defensa, argumenta con una explicación que cualquiera podría entender: todo reino dividido contra sí mismo está destinado a la ruina. Él no actúa por el poder del demonio, pues no tendría sentido que Beelzebul actuara contra sí mismo. Es por eso que el Señor les anuncia directamente el punto central: ese milagro es realmente una señal de que el Reino de Dios ha llegado. Lo que esas personas han presenciado no es más que una realización de lo que había sido anunciado, y que el mismo san Lucas trae a colación en los inicios de su Evangelio: Jesús es el Ungido de Dios que ha venido a traer la libertad a los cautivos.

Y nos podemos preguntar: ¿a los cautivos de quién? Del que era más fuerte que ellos: el demonio. Es por eso que el Señor continúa su intervención con una imagen: «Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín» (Lc 11,21-22). Desde el primer pecado, el diablo había ganado terreno en la humanidad. Tuvo que venir Jesús, que es más fuerte que él, para vencerlo y devolver a las personas su tesoro más precioso: la libertad.

Identificar y expulsar el demonio mudo de nuestra vida significa proteger ese bien que nos ha regalado el Señor. Como dice el propio Jesús: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32) . De ahí que la sinceridad con nosotros mismos, con Dios y con los demás, sea parte integrante de esa tarea que tenemos todos: luchar cada día por reconquistar la libertad. María Santísima, la mujer libre por excelencia, llena de gracia, nos ayudará a vivir en todo momento con la libertad propia de los hijos de Dios.

[3-j-1] Francisco, Homilía, 29-IV-2020.

[3-j-2] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 188.

[3-j-3] Ibíd.

[3-j-4] III Lunes de Adviento, Oración colecta.

 

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Sábado de la III semana de Cuaresma

  • Actitud humilde para orar.
  • La cerrazón del fariseo.
  • La ventaja del publicano.

ANTES de narrar la parábola del fariseo y el publicano, san Lucas hace notar que Jesús la contó en referencia «a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9). De esa manera, el Señor busca mostrarnos la actitud correcta para hablar con Dios; esto es, desde nuestra propia verdad: desde la humildad de sabernos pecadores y necesitados de la misericordia divina. «La humildad es la base de la oración»[3-s-1], dice el Catecismo de la Iglesia.

San Josemaría se definía como «un pecador que ama a Jesucristo»[3-s-2]. Ese ha sido un patrón común en la vida de los santos: dejaron brillar la luz de Dios en sus vidas, por lo que les resultaba fácil descubrir las oscuridades personales. Esta es la actitud con la que el sacerdote, en la santa Misa, se dirige al Señor en nombre de toda la Iglesia: «A nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires»[3-s-3].

El reconocimiento de nuestra propia debilidad lleva, al mismo tiempo, a sentirnos sostenidos por Dios. Su misericordia es mayor que nuestras faltas. Por eso el cristiano afronta la vida sin desaliento, pues la conciencia de ser un pecador no le impide ser consciente de una realidad más decisiva: es hijo muy querido de Dios. «Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria!»[3-s-4]. Esta es la actitud con la que el Señor quiere que nos acerquemos a él, y que explica en la parábola: no somos unos «justos» autosuficientes, sino hijos que necesitan a su Padre.

EL PRIMER PERSONAJE que aparece en la parábola es un fariseo que subió al templo a orar. Aparentemente, su plegaria tiene un inicio ideal, porque comienza dando gracias a Dios. Sin embargo, inmediatamente se revela que algo no funciona: su agradecimiento no se debe a un reconocimiento de la acción del Señor en él, sino que se limita a enumerar todas sus cualidades y méritos: «Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». Y, en medio de su oración, hay una frase que puede revelar el motivo por el que realizaba todo eso: «No soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano» (Lc 18,11-12).

El fariseo cae en la actitud que san Lucas había prevenido antes de relatar la parábola: desprecia a los demás teniéndose por justo. Al compararse mentalmente con el publicano, pensó que salía aventajado. Quizá a ojos de la gente incluso podía tener razón, pues estos eran considerados pecadores públicos al haber traicionado al pueblo de Israel. Sin embargo, no tiene en cuenta que solo Dios mira en el fondo de los corazones. Ninguna comparación será capaz de emular el alcance de la mirada divina.

Este fue el principal obstáculo de muchos para no reconocer al Mesías: refugiarse en las propias seguridades y en las miras solamente humanas. «Esta cerrazón tiene resultados inmediatos en la vida de relación con nuestros semejantes. El fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo»[3-s-5]. Por eso, el Señor dirá después que este no bajó justificado a su casa: si tenía ya todo lo que creía necesitar, no sería capaz de acoger la salvación que Dios le ofrecía.

EL SEGUNDO personaje de la parábola es un publicano que ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo en su oración. Simplemente se limita a golpearse el pecho mientras dice: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador». Y a continuación, Jesús añade: «Os digo que este bajó a su casa justificado» (Lc 18,13-14).

Este publicano comienza su oración siendo consciente de que es un pecador. Además, en su caso, lo sabe todo el pueblo, pues colaboraba con las autoridades extranjeras. Esta realidad, que en apariencia puede ser un obstáculo, es más bien la ventaja que tiene respecto al fariseo, pues el clamor general de su entorno le recuerda que es un pecador: su indigencia es evidente. Pero las seguridades sobre las que construye su vida no son sus propias cualidades, ni tampoco el reconocimiento de los demás, sino la compasión de Dios. «Actúa como un humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque tenía ya todo, el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios. Y esto es bello: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor»[3-s-6].

La actitud del publicano es justamente contraria a la del fariseo: no se tiene por justo ni desprecia a los demás, aunque quizá habría tenido motivos para esto último, por el trato que recibiría de sus contemporáneos. Jesús señala «que este bajó a su casa justificado». La oración de este hombre recuerda, de alguna manera, a la de la Virgen, en quien Dios se fijó precisamente por su humildad (cfr. Lc 1,48). Ella nos enseñará a recorrer este camino para que el Señor obre también en nuestras vidas las grandezas que cantó nuestra Madre.

[3-s-1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2559.

[3-s-2] Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, n.113.

[3-s-3] Misal Romano, Plegaria Eucarística I.

[3-s-4] San Josemaría, Vía Crucis, VII estación, n.2.

[3-s-5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 71.

[3-s-6] Francisco, Audiencia, 1-VI-2016.

 

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Domingo de la IV semana de Cuaresma

  • La alegría de la conversión.
  • El amor misericordioso de Dios Padre.
  • Mirar siempre lo bueno.

EN ESTA FECHA, casi a mitad de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a alegrarnos por la proximidad de nuestra redención, a través de la muerte y resurrección de Jesús. Por eso, este domingo es conocido como domingo laetare, de alegría. Y en la liturgia contemplamos la parábola del hijo pródigo que, de un modo sorprendente, expresa tanto la infinita misericordia del Padre, como la tristeza del pecado y la fiesta de la conversión.

El contexto de la parábola son las murmuraciones de los fariseos, extrañados de que Jesús acogiera a los pecadores y comiera con ellos. El Señor la relata para impulsarles a cambiar su corazón: «Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente» (Lc 15,11-13).

En la historia del hijo menor vemos la realidad del pecado: olvidar los dones que Dios nos ha dado para, después, herir nuestra propia humanidad. «Esta es la auténtica realidad, aun cuando pueda parecer, a veces, que precisamente el pecado nos permite conseguir éxitos. El alejamiento del Padre lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad, y disipa en sí mismo su herencia: la dignidad de la propia persona humana, la herencia de la gracia»[4-d-1]. En la parábola vemos que el pecado no es fruto de una normativa arbitraria, sino que siempre hace daño al hombre, aunque el demonio trate de engañarnos. La auténtica alegría, humana y sobrenatural, la encontramos en la conversión.

«CUANDO AÚN estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20). «¿Se puede hablar más humanamente? –se preguntaba san Josemaría– ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres? Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, ¡Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo»[4-d-2].

Nuestra vida es un continuo volver al Padre: necesitamos comenzar y recomenzar muchas veces. Y en cada regreso, podemos descubrir con mayor profundidad la belleza del amor misericordioso de Dios. El Señor no es un dominador celoso, no quiere que sigamos sus leyes movidos por el miedo, sino todo lo contrario: con la misma delicadeza con que respeta nuestra libertad, Dios nos atrae hacia sí con su disposición para perdonarnos siempre.

«He pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo» (Lc 15,21), piensa el hijo menor. En realidad, sabernos hijos de un Padre que es todo bondad y misericordia nos ayuda a entender que el Señor nos quiere incondicionalmente y no se cansa nunca de nuestras infidelidades. «El abrazo y el beso de su papá le hacen comprender que siempre ha sido considerado hijo, a pesar de todo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y, por lo tanto, nadie nos la puede quitar»[4-d-3].

LA PROFUNDIDAD de la misericordia de aquel padre de la parábola se pone de manifiesto en su reacción exultante cuando regresa el hijo menor: el abrazo, los besos, el vestido nuevo y el anillo, la fiesta, el ternero cebado... Pero su misericordia también se revela frente a la reacción del hijo mayor, cuando este último descubre lo que está ocurriendo en la casa. Ciertamente, a veces quizá tendemos a juzgar negativamente a este hermano: nos parece rígido y envidioso. Sin embargo, el padre también se muestra misericordioso con él; no se enfada a pesar de que no había logrado percibir y agradecer su cariño.

«El padre espera a los que se reconocen pecadores y va a buscar a aquellos que se sienten justos»[4-d-4]. En realidad, los dos hermanos son más semejantes de lo que parece. Los dos han acabado viviendo en sus propias seguridades, buscándose a sí mismos, aunque de maneras distintas: uno ha optado por vivir desordenadamente; el otro, al parecer, ha optado por cierta rectitud moral, pero ahora lo encontramos poco feliz, como si se hubiera cansado de hacer el bien. «Es preciso evitar un peligro de tibieza solapada –decía san Josemaría–, que podría llevarnos a estar apartados de Dios y, por tanto, sin eficacia: la tibieza del que piensa que ya ha hecho algo, porque tiene amigos, porque se ha movido externamente, pero no ha quemado, ni ha caldeado el ambiente a su alrededor»[4-d-5].

«Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31), dice el padre al hermano mayor. El Señor siempre quiere compartir su vida con nosotros, donarnos todo lo que tiene, incluso darse Él mismo. Podemos pedir a María, madre de misericordia, que nos ayude a ver siempre, en primer lugar, las muchas cosas buenas que nos ha dado Dios y que hay en los demás, para nunca alejarnos de la casa del Padre. Y también podemos celebrar y alegrarnos por los deseos de bien y de conversión que están tan profundamente radicados en el corazón humano.

[4-d-1] San Juan Pablo II, Homilía, 16-III-1980.

[4-d-2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

[4-d-3] Francisco, Audiencia, 11-V-2016.

[4-d-4] Francisco, Ángelus, 6-III-2016.

[4-d-5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, Londres IX-1971.

 

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Lunes de la IV semana de Cuaresma

  • Dios se ilusiona con nosotros.
  • Abandonarnos como hijos.
  • Fe es dejar sitio a Dios.

AYER CELEBRÁBAMOS el domingo laetare, como un recordatorio de que la Cuaresma es un tiempo de penitencia que nos dispone hacia la gran alegría de la Pascua. En el libro del profeta Isaías escuchamos a Dios que nos dice: «He aquí que Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva. Las cosas pasadas no serán recordadas ni vendrán a la memoria. Al contrario, alegraos y regocijaos eternamente de lo que yo voy a crear, pues voy a crear a Jerusalén para el gozo, y a su pueblo para la alegría. Me gozaré en Jerusalén y me alegraré en su pueblo» (Is 65,17-19). El Señor nos invita a la alegría y él mismo se alegra. En el libro del Génesis también percibimos este gozo de Dios cuando, al contemplar el mundo recién salido de sus manos, ve que es «muy bueno» (Gn 1,31). El creador, que había preparado el mundo para los hombres, soñaba ya con la vida de sus hijos.

Sabemos que, sin embargo, después vino el pecado y la destrucción de la armonía inicial. Pero Dios no se cansó de perdonar ni de ilusionarse con los hombres. Cada uno de nosotros somos, de alguna manera, un sueño de Dios, un proyecto de bien y felicidad. «Dios piensa en cada uno de nosotros, ¡y piensa bien! Nos quiere y sueña con la alegría que gozará con nosotros. Por eso, el Señor quiere recrearnos, hacer nuevo nuestro corazón (...) para que triunfe la alegría. (...) Y hace tantos planes: construiremos casas..., plantaremos viñas, comeremos sus frutos..., todas las ilusiones que pueda tener un enamorado»[4-l-1]. San Josemaría, al pensar en las palabras del profeta Isaías en las que Dios nos dice que somos un proyecto divino, no ocultaba su emoción: «¡Que Dios me diga a mí que soy suyo! ¡Es como para volverse loco de Amor!»[4-l-2].

«TE ENSALZARÉ, Señor, porque me has librado» (Sal 29,2). Este salmo expresa el agradecimiento de un hombre que fue rescatado por Dios de las garras de la muerte. En esta experiencia, el salmista ha aprendido al menos dos cosas importantes. La primera es que la ira de Dios dura solo un instante, pero su bondad toda la vida. El Señor no quiere destruir, sino corregir para que sus hijos puedan ser felices. Por eso, aun habiéndole ofendido con el pecado, siempre es posible volver a él con la seguridad de que seremos acogidos. Aunque quizás alguna vez parezca que nos ha dejado solos o que se ha ocultado, en realidad Dios siempre será fiel. «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré. En un arrebato de ira te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti, dice tu Redentor, el Señor» (Is 54,7-8).

La segunda enseñanza del salmo es que la enfermedad y la muerte muestran al hombre su fragilidad. En el momento de la prosperidad es fácil olvidarlo y no dar relieve a la necesidad que tenemos de los demás y, sobre todo, de Dios. En cambio, cuando llega un momento de crisis personal o familiar, esta debilidad se pone de manifiesto; se comprende, entonces, con nueva profundidad, la importancia que tienen en nuestra vida la comunión –con Dios y con los demás– y la oración. «Me has dicho: “Padre, lo estoy pasando muy mal”. Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa cruz, solo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella,... déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: “Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno”. Y quédate tranquilo»[4-l-3].

EN UNA OCASIÓN, un hombre poderoso, funcionario real de alto rango, le pide a Jesús que vaya con él a Cafarnaún para curar a su hijo gravemente enfermo. Su fe y su esperanza son todavía débiles, pero en su amor de padre no quiere dejar de intentar cualquier cosa para ayudar a su hijo. Por eso, ha recorrido los más de treinta kilómetros entre Cafarnaún y Caná, para ir a buscar a este Maestro del que le han asegurado que hace milagros nunca vistos.

El Señor se hace un poco de rogar, lamentándose serenamente de la incredulidad que encontraba en Galilea: todos deseaban ver signos y prodigios, pero no estaban tan dispuestos a acoger su palabra ni a convertirse. Aquel hombre insiste y, sobre todo, empieza poco a poco a creer de verdad, como muestra su dócil obediencia a lo que Jesús le indica: «Vete, tu hijo está vivo» (Jn 4,50). Mientras regresa presuroso a Cafarnaún, sus servidores le salen al encuentro con la noticia de que el niño se encuentra bien. «Y creyó él y toda su casa» (Jn 4,53), concluye el evangelista.

El Señor nos quiere curar, como al hijo del funcionario real, liberándonos de nuestras esclavitudes y perdonando nuestros pecados. Y nos pide lo mismo: creer. «La fe es dejar sitio a ese amor de Dios, dejar sitio al poder de Dios, pero no al poder de alguien muy poderoso, sino al poder de alguien que me quiere, que está enamorado de mí y quiere vivir la alegría conmigo. Eso es la fe. Eso es creer: dejar sitio al Señor para que venga y me cambie»[4-l-4]. Podemos pedir a nuestra Madre que nos ayude a tener, como ella, una fe grande, disponible y humilde, para que el Señor pueda llenarnos con su gracia.

[4-l-1] Francisco, Homilía, 16-III-2015.

[4-l-2] San Josemaría, Forja, n. 12.

[4-l-3] San Josemaría, Vía Crucis, VII Estación, n.3.

[4-l-4] Francisco, Homilía, 16-III-2015.

 

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Martes de la IV semana de Cuaresma

  • Jesús quiere sanarnos.
  • Deseos y paciencia en la lucha.
  • El cristiano es comprensivo con los demás.

¡CÓMO NOS llena de esperanza la cercanía de Jesús a quienes le necesitan, que vemos una y otra vez en los evangelios! Hoy contemplamos la curación de un paralítico, del que nadie se acordaba, que yacía junto a la piscina de Betzata. Las excavaciones han aclarado que esta piscina contaba con cinco pórticos, según la describió san Juan: consistía en dos estanques separados y, entre ellos, se había construido el quinto pórtico, que se sumaba a los cuatro laterales. Allí se congregaba «una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos» (Jn 5,2). Existía la creencia, en efecto, de que un ángel del Señor descendía cada cierto tiempo a mover el agua, y quien se metía primero en la piscina quedaba curado.

Jesús se acerca a aquella multitud dolorida. Entre la masa de personas, se fija en este paralítico, que probablemente es el más desvalido y abandonado. Y, por iniciativa propia, se ofrece a sanarlo, preguntándole: «–¿Quieres curarte? El enfermo le contestó: –Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo. Le dijo Jesús: –Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar» (Jn 5,6-9).

«Me comentabas –escribió san Josemaría– que hay escenas de la vida de Jesús que te emocionan más: cuando se pone en contacto con hombres en carne viva... cuando lleva la paz y la salud a los que tienen destrozados su alma y su cuerpo por el dolor... Te entusiasmas –insistías– al verle curar la lepra, devolver la vista, sanar al paralítico de la piscina: al pobre del que nadie se acuerda. ¡Le contemplas entonces tan profundamente humano, tan a tu alcance! Pues... Jesús sigue siendo el de entonces»[4-ma-1]. Cristo, a través de los sacramentos, puede estar incluso más cerca de nosotros que de aquel encuentro. Y, como al paralítico del evangelio, nos ofrece continuamente su curación.

AQUEL PARALÍTICO llevaba treinta y ocho años enfermo. Su vida había sido una larga espera, hasta que al final Jesús pasó junto a él. Podemos aprender de su paciencia, ya que durante todo ese tiempo, «sin cejar, insistió, esperando verse libre de su enfermedad»[4-ma-2]. También nosotros estamos llamados a ser serenos y perseverantes en la vida interior. Necesitamos una paciencia optimista en la lucha cristiana, así como en el esfuerzo por adquirir las virtudes. Habrá algunos aspectos en los que nos parecerá, al menos por temporadas, que no avanzamos; y otros que requerirán un largo periodo de lucha alegre, quizá el de toda una vida; ese fue el caso del paralitico, que llegó a la vejez con su enfermedad, pero no por eso dejó de ver a Jesús.

A veces, una impaciencia excesiva, una tensión interior un tanto crispada, un empeño en valorar si mejoramos o no que va cobrando tintes desasosegantes, podrían manifestar cierta tendencia al perfeccionismo; y esta actitud no se corresponde con la lucha filial, confiada y humilde que el Señor nos pide. Ciertamente, hemos de intentar no quedarnos solamente en buenos deseos y poner las últimas piedras de lo que emprendemos. Pero también es verdad que no siempre lo conseguiremos, y no hemos de perder la paz por ello.

«En ocasiones –dice san Josemaría– el Señor se conforma con los deseos, y otras veces hasta con los deseos de tener deseos, si nosotros soportamos con alegría la humillación de sabernos tan poca cosa. Esto es lo que nos llevará bien altos al cielo. Porque si una persona se da cuenta de que va adelante y bien... ¡qué peligro para la soberbia! Hay mucha gente maravillosa que se juzga de una vulgaridad inmensa, incapaces de hacer lo que saben que Dios nuestro Señor quiere. Y son excelentes, extraordinarios. No os preocupe demasiado si avanzáis o no, si sois mejores o seguís igual. Lo importante es querer ser mejores, desear querer, y ser sinceros abriendo bien el corazón. Así, Dios os dará luces»[4-ma-3].

LA PACIENCIA con nosotros mismos, que viene de mirar primero a Dios y contar cada vez más con su ayuda, nos impulsará asimismo «a ser compresivos con los demás, convencidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo»[4-ma-4]. A veces nos cuesta vivir esta comprensión paciente con las personas más cercanas y afines, pues fácilmente tendemos a fijarnos demasiado en unos pocos defectos, en lugar de valorar todo lo bueno que atesoran. Y en otras ocasiones, puede resultar difícil disculpar, acoger y querer de verdad a quienes quizá están en apariencia lejos de Dios o a quienes, por la formación que han recibido, mantienen unos parámetros de pensamiento ajenos a la fe.

En el evangelio vemos que, después de ser curado por Jesús, el paralítico toma su camilla y echa a andar hacia su casa. Pero entonces se encuentra con algunos judíos, posiblemente personas de autoridad, que le recriminan que esté llevando objetos en día de sábado; se escandalizan de que Jesús haya curado ese día. Se trata de «una historia que también se repite muchas veces hoy. Muchas veces sucede que un hombre o una mujer, que se siente enfermo del alma, triste, porque ha cometido muchos errores en su vida, en determinado momento siente que las aguas se remueven –es el Espíritu Santo quien todo lo mueve– o escucha unas palabras y piensa: “Me gustaría ir”. ¡Y se arma de valor y va! Pero cuántas veces en las comunidades cristianas encuentra las puertas cerradas (...). ¡La Iglesia tiene siempre las puertas abiertas! Es la casa de Jesús, y el Señor es acogedor. No solo acoge, sino que sale en busca de la gente, como fue a buscar al paralítico. Y si la gente está herida, ¿qué hace Jesús? ¿La regaña por estar herida? No: la busca y la carga sobre sus hombros»[4-ma-5].

San Josemaría animaba a sus hijos a vivir «con el corazón y los brazos dispuestos a acoger a todos» porque, como explicaba, «no tenemos la misión de juzgar, sino el deber de tratar fraternalmente a todos los hombres. No hay un alma que excluyamos de nuestra amistad –continuaba–, y ninguno se ha de acercar a la Obra de Dios y marcharse vacío: todos han de sentirse queridos, comprendidos, tratados con afecto»[4-ma-6]. Podemos pedir a María, madre de misericordia, que nos ayude a difundir el amor, la comprensión y la misericordia de Dios entre quienes tenemos alrededor.

[4-ma-1] San Josemaría, Surco, n. 233.

[4-ma-2] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de san Juan, 36.

[4-ma-3] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 19-III-1972.

[4-ma-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 78.

[4-ma-5] Francisco, Homilía, 17-III-2015.

[4-ma-6] San Josemaría, Cartas 4, n. 25.

 

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Miércoles de la IV semana de Cuaresma

  • Dios sostiene nuestra existencia.
  • En Jesús aprendemos a ser hijos de Dios.
  • En el juicio vence el amor del Padre.

JESÚS HABÍA curado a un paralítico en día de sábado y, para nuestro asombro, los maestros de la ley se quedan atrapados en esa circunstancia del calendario, en lugar creer en la libre manifestación de Dios: basándose en una rígida interpretación de la Sagrada Escritura, no están dispuestos a admitir que alguien pueda realizar actividades en sábado, ni siquiera milagros o curaciones. No han recibido la luz del Espíritu Santo –que nosotros podemos pedir– para dejarse interpelar por la realidad que tenían frente a sus ojos.

Jesús les responde con una frase lapidaria: «Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo» (Jn 5,17). Estas palabras condensan una importante verdad teológica, que ilumina nuestra condición de criaturas: ciertamente, la Biblia afirma que en el sábado Dios descansó, para dar a entender que no creó nuevas criaturas; «pero siempre y de forma continua actúa, conservándolas en el ser (…). Dios es causa de todas las cosas en el sentido de que también las hace subsistir; porque si en un momento dado se interrumpiera su poder, al instante dejarían de existir todas las cosas que la naturaleza contiene»[4-mi-1]. Nuestra existencia depende enteramente de Dios, en cada instante. Cada segundo de nuestra vida es un don que el Señor nos ofrece confiadamente. El Creador no se retiró de su obra, sino que siguió «trabajando en y sobre la historia de los hombres»[4-mi-2].

Como explicaba san Josemaría, «el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador que se desborda en cariño por sus criaturas. Y concede al hombre el gran privilegio de poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio»[4-mi-3].

EN SU RESPUESTA a quienes le reprochaban curar en el día de descanso, Jesús revela implícitamente su naturaleza divina, mostrándose como «señor del sábado» (Lc 6,5). Los rabinos distinguían entre el “trabajo” de Dios en la creación, que cesó el sábado, y su actuar en la providencia, que en cambio es ininterrumpido. Por eso, cuando Jesús se pone al mismo nivel del Padre, asociándose a su acción continua en favor de los hombres, esta afirmación resulta escandalosa a sus oponentes. Entonces, la Sagrada escritura nos dice que «los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios» (Jn 5,18). Pero Jesús no trata de disuadirles de esa idea porque efectivamente él es el Hijo, la filiación al Padre está en el centro de su ser y de su misión: es parte esencial de su misterio. Hasta ese momento, nadie en toda la historia de la salvación se había dirigido Dios llamándole «Padre mío» como Jesús hace siempre; y tanto menos con la palabra llena de confianza que usaban los niños hebreos para llamar a su progenitor: abbá, papá.

«En verdad os digo –dice el Señor– que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; pues lo que Él hace, eso lo hace del mismo modo el Hijo» (Jn 5,19-20). Jesucristo es el modelo más perfecto de unión al Padre. «En referencia a este modelo, reflejándolo en nuestra conciencia y en nuestro comportamiento, podemos desarrollar en nosotros un modo y una orientación de vida “que se asemeje a Cristo” y en la que se exprese y realice la verdadera “libertad de los hijos de Dios” (cfr. Rm 8,21)»[4-mi-4]. En efecto, a la luz del ejemplo de Cristo, logramos entender mejor que el sentido de nuestra filiación divina es lo que nos hace más profundamente libres: «Saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas»[4-mi-5].

«EL PADRE no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo –continúa diciendo Jesús– no honra al Padre que le ha enviado. En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna» (Jn 5,22-24). Cuando se habla de postrimerías, del juicio particular y del juicio final, posiblemente experimentamos cierto temor. Sin embargo, es bueno reconducir este temor hacia la esperanza, porque sabemos que nuestro juez será Jesús, que ha venido a salvarnos enviado por el Padre. Cristo ha dado su vida por nosotros: si ponemos nuestros ojos en él, clavado en la cruz y luego resucitado, entendemos que su justicia siempre está unida al misterio de la gracia, de su amor por nosotros.

Ciertamente, «la gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor (…). Nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría[4-mi-6].

«No tengas miedo a la muerte –animaba san Josemaría–. Acéptala, desde ahora, generosamente... cuando Dios quiera... como Dios quiera... donde Dios quiera. No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga... enviada por tu Padre-Dios. ¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!»[4-mi-7]. Al mismo tiempo, al fundador del Opus Dei le consolaba saber que quien nos espera «no será Juez –en el sentido austero de la palabra– sino simplemente Jesús»[4-mi-8]. Y allí estará también, intercediendo por nosotros, nuestra madre del cielo; ella es refugio de los pecadores y es nuestra esperanza.

[4-mi-1] Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre San Juan, 5,16.

[4-mi-2] Benedicto XVI, Discurso, 12-IX-2008.

[4-mi-3] San Josemaría, Discursos sobre la Universidad, n. 8.

[4-mi-4] San Juan Pablo II, Audiencia, 24-VIII-1988.

[4-mi-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 26.

[4-mi-6] Benedicto XVI, Spe Salvi, nn. 44.47.

[4-mi-7] San Josemaría, Camino, n. 739.

[4-mi-8] San Josemaría, Camino, n. 168.

 

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Jueves de la IV semana de Cuaresma

  • Buscar la voluntad de Dios.
  • Recorrer el camino de la conversión.
  • Ser puentes que interceden entre Dios y su pueblo.

«YO NO BUSCO recibir gloria de los hombres» (Jn 5,41), dice Jesús, en un largo discurso en el que explica a los judíos que en él se cumplen las Escrituras. Estas palabras muestran una actitud constante durante su vida en la tierra: su continua atención a hacer la voluntad del Padre. La vemos durante su vida oculta, cuando con toda naturalidad pasa treinta años sin llamar la atención en una aldea casi desconocida de Galilea. Y la vemos también durante su vida pública, cuando se mueve siempre con total libertad de espíritu, buscando transmitir sus enseñanzas como enviado del Padre. Esta convicción de buscar la voluntad de Dios estaba fundamentada en que los designios de Dios Padre siempre son los más sabios y buenos, fuente de consuelo para todos.

«El Señor vivió la cumbre de su libertad en la cruz, como cumbre del amor. En el Calvario le gritaban: “Si eres Hijo de Dios baja de la cruz”; allí demostró su libertad de Hijo precisamente permaneciendo en aquel patíbulo para cumplir a fondo la voluntad misericordiosa del Padre»[4-j-1]. No se queda en la cruz por deseo de sufrir sin más, si no para mostrar que, incluso en esas circunstancias dolorosas y terribles, el amor de Dios es mayor que cualquier otra fuerza. El bien que se alcanza es muy grande: se abre para el hombre el camino de vuelta a casa.

Y, como Jesús, en nuestro camino por hacer la voluntad de Dios también encontraremos la cruz y la posibilidad de experimentar que el amor de Dios es mayor que cualquier otra fuerza. Aunque no siempre lo podamos ver con total claridad, esa experiencia puede ser camino y expresión de amor. A veces habrá momentos en los que esa cruz se nos haga más pesada, pero vemos que el Señor prefiere caer abrazado a ella, antes que soltarla. Llegar al Calvario cuesta, pero «esa pelea es una maravilla, una auténtica muestra del amor de Dios, que nos quiere fuertes, porque virtus in infirmitate perficitur (2 Cor XII,9), la virtud se fortalece en la debilidad»[4-j-2]. El mismo Jesús nos ayudará a asociarnos a la amorosa voluntad del Padre, que trae la alegría, la paz, e incluso «la felicidad en la cruz»[4-j-3].

DIOS MUESTRA su tristeza cuando el pueblo de Israel le abandona para adorar un becerro de oro. Su pueblo, al que había amado y salvado con prodigios, se había olvidado de los beneficios divinos durante la travesía del desierto. «Pronto se han apartado del camino que les había ordenado –dijo el Señor a Moisés– (...). Ahora, deja que se inflame mi cólera contra ellos hasta consumirlos» (Ex 32,8-10).

«También nosotros somos pueblo de Dios y conocemos bien cómo es nuestro corazón; y cada día debemos retomar el camino para no resbalar lentamente hacia los ídolos, hacia las fantasías, hacia la mundanidad, hacia la infidelidad»[4-j-4]. Por eso, de manera especial durante la Cuaresma, podemos pedir luz al Espíritu Santo para ver ese camino de retorno al Padre. Recordar el amor y las maravillas que Dios ha obrado en nuestra vida –como lo había hecho con el pueblo de Israel– nos llevará a recorrerlo con la convicción de que es junto a él como somos profundamente felices.

Esta conversión, sin embargo, no es cuestión de un día, sino de toda la vida. Por eso, lo decisivo no son los resultados inmediatos, sino el deseo de permanecer siempre junto a Jesús, aunque no lo merezcamos. «Mientras hay lucha, lucha ascética, hay vida interior. Eso es lo que nos pide el Señor: la voluntad de querer amarle con obras, en las cosas pequeñas de cada día. Si has vencido en lo pequeño, vencerás en lo grande»[4-j-5].

CUANDO Dios manifiesta su intención de acabar con Israel, Moisés lo disuade hablándole con filial confianza: «Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel» (Gn 32,12-13). Y, tras esta intercesión, recoge la Escritura que «se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo» (Gn 32,14).

La humildad y la confianza de Moisés logran llegar hasta el corazón del Señor. «Su fe en Dios se funde con el sentido de paternidad que cultiva por su pueblo. La Escritura lo suele representar con las manos extendidas hacia arriba, hacia Dios, como para actuar como un puente con su propia persona entre el cielo y la tierra»[4-j-6]. Moisés nos muestra cómo es «la oración que los verdaderos creyentes cultivan en su vida espiritual. Incluso si experimentan los defectos de la gente y su lejanía de Dios, estos orantes no los condenan, no los rechazan. La actitud de intercesión es propia de los santos, que, a imitación de Jesús, son “puentes” entre Dios y su pueblo»[4-j-7].

El ejemplo de intercesión de Moisés nos lleva a mirar a Cristo, de quien es figura. Jesús intercede continuamente por nosotros ante el Padre. Por eso tenemos la seguridad de que alcanzaremos misericordia. También nosotros, que somos ahora el Pueblo de Dios en la tierra, queremos hacer visible su bondad y su misericordia entre nuestros hermanos, para «orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo»[4-j-8]. María, como buena Madre, intercede siempre por nosotros y no nos deja nunca solos en este camino de identificación con su Hijo.

[4-j-1] Benedicto XVI, Ángelus, 1-VII-2007.

[4-j-2] San Josemaría, Vía Crucis, IX Estación, n.2.

[4-j-3] San Josemaría, Camino, n. 758.

[4-j-4] Francisco, Meditación, 30-III-2017.

[4-j-5] San Josemaría, Vía Crucis, III Estación, n.2.

[4-j-6] Francisco, Homilía, 17-VI-2020.

[4-j-7] Ibíd.

[4-j-8] Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 10.

 

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Viernes de la IV semana de Cuaresma

  • Cristo fue perseguido.
  • El ejemplo de los mártires.
  • Cercanía con los que sufren.

EN CIERTO MOMENTO, el libro de la Sabiduría describe el modo de pensar y de actuar de los que denomina «impíos». Posiblemente eran judíos apóstatas que, influidos por un modo de pensar materialista y hedonista, habían abandonado la fe de sus padres. El autor sagrado los presenta como hombres que se lamentan por el sinsentido de la existencia y que, por eso mismo, la afrontan con entrañas de crueldad: se guían por la ley del más fuerte, maltratan a los débiles e indefensos y, arrebatados por sus pasiones, no soportan la rectitud del justo.

«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso –dicen en la Sagrada Escritura–: se opone a nuestro modo de actuar (…), presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios. Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable. Lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes» (Sab 2,12-15). Esta descripción del «justo» es un retrato de los profetas que encontramos a lo largo de la historia de la salvación: hombres elegidos por Dios, fieles a su misión, que con frecuencia sufrieron rechazo y persecución de los poderosos, a veces incluso hasta la muerte. Pero aquella descripción compone, sobre todo, el retrato de Jesucristo.

El Señor fue perseguido desde los primeros compases de su predicación y, de manera cada vez más enconada, conforme hacía milagros y era admirado por el pueblo. Murmuraron contra él, le arrojaron encima la sombra de la duda, se esforzaron en tenderle trampas dialécticas. Pero la reacción de Jesús es sorprendente: «Ni una queja, ni una palabra de protesta. Tampoco cuando, sin contemplaciones, arrancan de su piel los vestidos. Aquí veo la insensatez mía de excusarme, y de tantas palabras vanas. Propósito firme: trabajar y sufrir por mi Señor, en silencio»[4-v-1].

DESDE los orígenes y a lo largo de los siglos, la historia de la Iglesia ha estado marcada por la persecución. En la Iglesia ha habido mucho heroísmo, en su mayor parte discreto y oculto. Son muy numerosos los cristianos que, siguiendo las palabras de san Pablo, han vencido el mal con el bien (cfr. Rm 12,21). Y así sigue ocurriendo hoy, cuando tantos hermanos nuestros, en un número no tan reducido de países, siguen arriesgando sus posibilidades profesionales, su estabilidad, su libertad o hasta la misma vida para ser fieles a Jesucristo. «Hay muchos cristianos que sufren persecución en varias partes del mundo, y debemos esperar y rezar para que su tribulación se detenga cuanto antes. Son muchos: los mártires de hoy son más que los mártires de los primeros siglos. Expresemos a estos hermanos y hermanas nuestra cercanía: somos un solo cuerpo, y estos cristianos son los miembros sangrantes del cuerpo de Cristo que es la Iglesia»[4-v-2].

Rezamos por los cristianos perseguidos. Y, a la vez, ¡cuánto podemos aprender de ellos! El ejemplo de sus vidas, animadas por la gracia, nos enseña de modo patente qué significa no poner límites al amor a Dios. Recordarles nos sirve también para nuestra vida cotidiana, ante las pequeñas o grandes cosas en las cuales queremos manifestar nuestro amor. Su herencia es una herencia de fidelidad a Jesucristo. Hallaron la fuerza en su debilidad (cfr. Hb 11,34) porque mantuvieron la mirada fija en Cristo crucificado mientras estaban «en la soledad de las prisiones, en las últimas horas después de la sentencia a muerte, en las largas noches de espera de una mano asesina inminente, en el frío del campo de concentración, en el dolor y en el cansancio de marchas insensatas»[4-v-3]. Ser coherederos de tantos santos nos llena de orgullo. Y, al mismo tiempo, nos puede llevar a pedir humildad para que el Espíritu Santo nos llene a nosotros también de su fortaleza.

«JESÚS estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir durante este tiempo»[4-v-4]. Jesús, muerto y resucitado por nuestra salvación, se mantiene en agonía en cada mujer y en cada hombre que sufre, que padece persecución, que es despreciado o injustamente incomprendido. El cristiano no puede ser indiferente al sufrimiento de esas personas. Algunas quizá estén lejos físicamente de nosotros. Pero tal vez otras están cerca. «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Podemos pedir al Señor que estas palabras suyas se mantengan vivas en nosotros; que nos conceda un corazón sabio y sensible, capaz de percibir la necesidad y el sufrimiento de nuestros hermanos, de manera que estemos disponibles para ayudar.

Estos días de Cuaresma son propicios para contemplar la pasión de Cristo: a Jesús despreciado, torturado por los soldados, mirado con indiferencia por Pilatos, abandonado por sus discípulos, azotado con látigos, llevando la cruz y muriendo en ella lleno de mansedumbre; sin embargo, «todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte»[4-v-5]. Ver a Jesús nos llevará a purificar poco a poco nuestra mirada, de manera que sepamos advertir los sufrimientos de tantas personas, especialmente de quienes nos rodean, y tener una compasión creativa que alivie a los demás.

María permaneció junto a su hijo al pie de la cruz. Vio su mansedumbre y paciencia. Muy posiblemente le escuchó decir aquellas inolvidables palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Jn 23,34). Podemos acudir a su intercesión para que nos ayude a todos los cristianos a vencer el mal con el bien: algunos estarán llamados a hacerlo en situaciones dolorosas y difíciles; otros, en situaciones más ordinarias. Que todos, contemplando a Jesús en la cruz, aprendamos a amar a nuestros semejantes con misericordia y comprensión.

[4-v-1] San Josemaría, Vía Crucis, X Estación, n.1.

[4-v-2] Francisco, Audiencia, 29-IV-2020.

[4-v-3] F. X. Nguyen van Thuan, Testigos de la esperanza, p. 123.

[4-v-4] B. Pascal, Pensamientos, n. 553. Citado por Benedicto XVI, Audiencia, 8-IV-2009.

[4-v-5] San Josemaría, Vía Crucis, XI estación.

 

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Sábado de la IV semana de Cuaresma

  • «Jamás habló así hombre alguno».
  • No endurecer el corazón.
  • Las palabras de Jesús.

ES EL TERCER año de la vida pública del Señor. Son días de controversias con los fariseos y con otros jefes del pueblo. Jesús se encuentra en Jerusalén, durante la celebración de la fiesta de los tabernáculos. Las calles de la ciudad se llenan de cabañas hechas con ramas, para recordar el paso de Israel por el desierto tras su liberación de Egipto. En esta fiesta se daba gracias a Dios por las cosechas y la vendimia, ya que se celebraba entre septiembre y octubre, al final del año agrícola; se pedía su bendición para el futuro, con la mirada puesta en el salvador prometido.

En ese marco festivo, con mucha afluencia de peregrinos, los sumos sacerdotes y los doctores de la ley temen que Jesús pueda ser proclamado Mesías, así que mandan algunos guardianes del Templo para que lo apresen. Probablemente no eran muchos, pero no se veían en condiciones de ejercer la fuerza sin provocar una revuelta. Es posible que llegaran al lugar donde se encontraba el Señor hablando a sus discípulos, y se quedasen a un lado, esperando hasta el final. Así podrían detenerlo discretamente, sin que la multitud se agitase. En esa espera, le oyen hablar, y las palabras de Jesús llegan a sus corazones. Algo se remueve en sus almas y desisten del propósito inicial que les había llevado hasta allí. Cuando vuelven a dar cuentas a los sumos sacerdotes y fariseos, estos preguntan indignados: «¿Por qué no lo habéis traído?» (Jn 7,45). Y la respuesta de los guardianes es elocuente: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46).

Llama la atención el contraste entre estos dos grupos de personajes. Los sumos sacerdotes y los doctores de la ley quizás tienen el alma endurecida, no quieren escuchar a Jesús; su corazón está envuelto en una coraza de prejuicios. Cuando dialogan con el Maestro, se trata de un diálogo aparente, solo quieren retorcer sus palabras. En cambio, los guardianes del templo son personas más sencillas y honestas, sus disposiciones interiores les permiten escuchar sin barreras a Cristo. Y en ese encuentro personal quedan conquistados. Estos personajes secundarios del Evangelio nos recuerdan la necesidad de escuchar la Palabra de Dios con un corazón sencillo, de manera que, al acogerla, sea realmente luz que oriente nuestra vida.

«OJALÁ ESCUCHÉIS hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 96,7). La Iglesia nos repite incansablemente durante la Cuaresma estas palabras del salmo. Nos recuerda así que nuestro corazón puede tender a endurecerse, incluso cuando ya llevamos tiempo, quizá muchos años, deseando e intentando vivir como cristianos. Los sumos sacerdotes y fariseos no lograban ver nada positivo en Jesús, que era la verdad, la luz y la bondad. Su mirada, oscurecida, solo estaba dispuesta a fijarse en lo aparentemente negativo.

Frente a lo que acontece a nuestro alrededor, podemos siempre escoger entre la mirada que juzga o la mirada contemplativa. De algún modo, esta elección condiciona nuestra manera de percibir la realidad. Mediante la oración, podemos unirnos a la mirada que viene de Dios, que «no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene»[4-s-1]. Solo él sabe lo que se encuentra en lo más profundo de los corazones de las personas.

Sabemos bien que, quien se sabe hijo de un Dios que es Padre y que ha vencido al mal, no odia a nadie ni mira el mundo con ojos pesimistas. La fe y la caridad nos impulsan, en cambio, a fijarnos antes que nada en el bien, a admirarnos por la belleza que nos rodea; a cultivar, en palabras de san Josemaría, «una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[4-s-2]. El cristianismo es novedad, luz, salvación, amor a cada persona. «La mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña»[4-s-3].

LOS GUARDIANES del templo, por su parte, supieron valorar las palabras de Jesús. Se daban cuenta de que no estaban oyendo a un rabino cualquiera: allí había algo más, algo radicalmente distinto. El Evangelio señala que «les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas» (Mc 1,22). Las palabras de Jesús estaban avaladas por los signos que hacía y por el ejemplo de su vida. Nunca hubo un hombre más identificado con su mensaje, ya que el mensaje era su misma persona: él era el amor de Dios encarnado, la reconciliación con el Padre, quien revela el hombre al mismo hombre[4-s-4].

Jesús revelaba la verdad con autoridad y profundidad. Pero lograba hacerlo de manera sencilla, con un lenguaje ligado a la existencia cotidiana de quienes le escuchaban. Según sus disposiciones, cada uno podía acoger bien o mal aquel anuncio, pero las palabras de Jesús tocaban la vida de sus oyentes. Junto a esto, las mujeres y hombres de corazón bien dispuesto podían percibir otra característica en las palabras de Cristo: su benevolencia. Se daban cuenta de que les hablaba desde el corazón, de que no le interesaba quedar bien ni arrancar aplausos, sino que hablaba movido solo por el ánimo de ayudar, de consolar, de salvar. En sus palabras descubrían el amor de Dios hacia cada uno.

También hoy, «a nadie niega Jesús su palabra, y es una palabra que sana, que consuela, que ilumina»[4-s-5]. Leyendo y meditando el Evangelio podemos encontrar personalmente a Cristo, de manera que sea luz de nuestras vidas. Como los guardianes del Templo, podremos exclamar: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46). María, que acogió en sí a la Palabra de Dios, nos puede ayudar en este camino.

[4-s-1] Francisco, Patris corde, n. 2.

[4-s-2] San Josemaría, Forja, n. 428.

[4-s-3] Francisco, Evangelii gaudium, n. 84.

[4-s-4] Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 22.

[4-s-5] San Josemaría, Cartas 37 ((?)), n. 10.

 

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Domingo de la V semana de Cuaresma

  • Jesús perdona a la mujer adúltera.
  • La confesión es una mirada hacia el futuro.
  • El valor de la contrición.

LOS FARISEOS parecen haber encontrado finalmente una ocasión propicia para hacerse con Jesús. Le presentan una mujer sorprendida en adulterio que, según las prescripciones judías, merecía ser apedreada hasta la muerte. ¿Qué diría al respecto el maestro de Nazaret, que siempre se había mostrado tan favorable a perdonar a los pecadores? Pero parece que Jesús ni siquiera se percata de su acusación. Con cierta indiferencia, se pone a escribir sobre el suelo. Y como los fariseos le insisten en que diga algo, se incorpora y exclama: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra» (Jn 8,7).

Podemos imaginar el temor de la mujer mientras esperaba con los ojos cerrados una lluvia de piedras. Estaría convencida de que su vida había llegado a su fin. Y quizá, arrepentida de sus pecados, contemplaría ese final como un acto de justicia. No contaba, sin embargo, con la misericordia de Dios, que supera todo cálculo humano. Uno a uno los acusadores se marcharon y ella se quedó sola ante Jesús. Como cada vez que acudimos al sacramento de la confesión, la mirada cariñosa de Cristo se posó sobre su rostro y le perdonó. «Recibir el perdón de los pecados a través del sacerdote es una experiencia siempre nueva, original e inimitable. Nos hace pasar de estar solos con nuestras miserias y nuestros acusadores, como la mujer del Evangelio, a sentirnos liberados y animados por el Señor, que nos hace empezar de nuevo»[5-d-1].

«Mujer, ¿dónde están tus acusadores? –pregunta Jesús–. ¿Ninguno te ha condenado?» (Jn 8,10). La mujer sabía que había pecado, y quizás esperaba la palabra recriminatoria de este misterioso rabino. Pero el Señor, en lugar de reprenderla, le regala dos tesoros: el perdón de Dios y la esperanza de una nueva vida. «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8,11).

«SOLO busco una cosa –escribe san Pablo a los filipenses–: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús» (Flp 3,13-14). Nuestro camino de fe está siempre impregnado de futuro. Cada gesto de nuestra vida queremos que sea una anticipación del cielo. Estamos llamados a que la meta de nuestra vida se haga presente ahora mismo, en los detalles cotidianos de nuestra jornada.

Cada vez que buscamos el perdón de Dios estamos corriendo hacia Jesús y, por lo tanto, anticipando el cielo en nuestra vida terrenal. En la confesión nos introducimos y participamos de los frutos de la muerte y la resurrección de Cristo. Por eso, en el sacramento de la misericordia podemos experimentar íntimamente que «sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura»[5-d-2].

Sabernos perdonados por el Señor nos lleva a desprendernos de las malas experiencias del pasado, y a dirigir nuestra mirada hacia el futuro. «¡Adelante, pase lo que pase! –animaba san Josemaría–. Bien cogido del brazo del Señor, considera que Dios no pierde batallas. Si te alejas de él por cualquier motivo, reacciona con la humildad de comenzar y recomenzar; de hacer de hijo pródigo todas las jornadas, incluso repetidamente en las veinticuatro horas del día; de ajustar tu corazón contrito en la Confesión, verdadero milagro del Amor de Dios. En este sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría»[5-d-3].

SEGÚN UNA ANTIGUA tradición de la Iglesia, en este quinto domingo de Cuaresma se pueden cubrir con un velo las imágenes religiosas de las iglesias y los crucifijos. El color morado de estas telas nos recuerda que nos encontramos en un tiempo penitencial. La desaparición temporal de las representaciones de Dios, de los ángeles y de los santos nos predispone para un recogimiento más profundo.

La Iglesia siempre nos ha enseñado que, «entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar»[5-d-4]. No se trata solamente de un esfuerzo humano por hacer las cosas bien. Aquel acto «es el movimiento del “corazón contrito” (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cfr. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero»[5-d-5]. Por eso, la contrición no consiste en una percepción opresiva de la culpa, que quizás nos lleva a desanimarnos cada vez que palpamos nuestras limitaciones. Más bien, se trata de la sensibilidad de un corazón enamorado que, como se sabe pecador, aprovecha incluso sus tropiezos para demostrar a Dios que le sigue queriendo.

Dios desea que el amor que hemos recibido en la penitencia se transforme en deseos de hacer el bien, de transmitir esa misma misericordia a las personas que nos rodean. La contrición viene acompañada del deseo de no volver a ofender a Dios –para así no hacernos daño de nuevo a nosotros mismos– y alejarnos de lo que pueda apartarnos de él. María vio a su hijo cargar en la cruz con todos los pecados de la humanidad. Podemos pedirle a ella, refugio de los pecadores, que nos renueve cada vez que nos acercamos contritos a la Confesión.

[5-d-1] Francisco, Homilía, 29-III-2019.

[5-d-2] Benedicto XVI, Discurso, 21-III-2008.

[5-d-3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 214.

[5-d-4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1451.

[5-d-5] Ibíd., 1428.

 

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Lunes de la V semana de Cuaresma

  • Jesús es la luz del mundo.
  • Una mirada luminosa.
  • El Señor es mi pastor.

«YO SOY LA luz del mundo –dijo Jesús a los fariseos mientras enseñaba en el Templo–; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Quizá en más de una ocasión nos hemos tenido que enfrentar a la oscuridad de la noche. Entonces, desaparecen las figuras de las cosas que nos rodean, y perdemos la orientación. Pero en el momento en que, de pronto, vuelve la luz, todo recobra su contorno y sentido.

En aquellas palabras en las que el Señor se proclama como luz nuestra, encontramos un refugio para los momentos de oscuridad en los que alguna vez nos puede invadir el pesimismo o la tristeza. «Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida solamente el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran incluso en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día»[5-l-1].

«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24,29), le dice a Cristo uno de los discípulos de Emaús. También nosotros podemos sentir muchas veces al día la necesidad de pedirle al Señor que no se aleje de nuestra vida. Nuestras dudas, heridas e inquietudes necesitan airearse a la luz de su mirada. Comprendemos bien que aquellos seguidores de Cristo, que caminaban desanimados hacia su casa, se dieran cuenta de que «entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz»[5-l-2].

LA LUZ de Cristo nos ayuda a descubrir la belleza que se esconde en los distintos eventos y personas que conforman nuestra vida. Alguna vez podemos frustrarnos cuando no resultan las cosas como las habíamos planificado; o le damos demasiada importancia a un desencuentro con una persona cercana; o tenemos la impresión de que la sociedad tiene demasiados problemas. Durante alguna temporada, quizás podemos experimentar con una mayor conciencia nuestras propias limitaciones. Sin embargo, si nos dejamos llenar por la luz de Cristo, no solo encontraremos el consuelo para sobrellevar todo aquello, sino que podremos adquirir esa «mirada al mundo que, más allá del simple carácter natural, permite ver el lado positivo –y, si es el caso, divertido– de las cosas y de las situaciones»[5-l-3].

Normalmente, en un recién nacido es difícil identificar el color de sus ojos. Aunque al comienzo sean más bien grisáceos, solo gradualmente con el paso del tiempo adquirirán su verdadera tonalidad. Algo similar ocurre en nuestra oración. Cada vez que nos dirigimos al Señor, queremos que transforme nuestra mirada a veces gris, en una contemplación luminosa y agradecida hacia todo lo que nos rodea. «Permanezcamos unos instantes en el recogimiento, cada día un rato, fijemos nuestra mirada interior en su rostro y dejemos que su luz nos impregne e irradie en nuestra vida»[5-l-4].

En una ocasión, Jesús subrayó la importancia que tienen los ojos para la vida interior: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso» (Mt 6, 22-23). No solo queremos ver la luz del Señor, sino que además deseamos irradiar esa luz de Cristo a quienes nos rodean. Por eso, san Josemaría enseñaba a repetir una jaculatoria que esconde un profundo planteamiento de vida: «Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma»[5-l-5].

«EL SEÑOR es mi pastor, nada me falta –reza el salmista–: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas» (Sal 22,3). Si Cristo es nuestro Pastor, ¿qué oscuridad podrá atemorizarnos? «Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es la certeza que nos sostiene»[5-l-6].

Esta realidad influye en el modo de afrontar las situaciones de cada día. Jesús ilumina los momentos mejores y peores de la jornada. «Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos»[5-l-7]. Por eso, cada hogar cristiano refleja, más allá de las pequeñas o grandes contrariedades que debe afrontar, una serenidad profunda, fruto de la confianza en Dios. Es la misma tranquilidad que siente un niño cuando, en medio de la oscuridad, no se deja vencer por el miedo porque sabe que su padre está cerca.

«Si somos almas de fe, a los sucesos de esta tierra les daremos una importancia muy relativa, como se la dieron los santos... El Señor y su Madre no nos dejan y, siempre que sea necesario, se harán presentes para llenar de paz y de seguridad el corazón de los suyos»[5-l-8]. Si alguna vez sintiéramos que esa oscuridad se hace más patente, podemos acudir como buenos hijos a nuestra Madre, y, uniéndonos a las palabras de san Josemaría, le podemos llamar con la seguridad de que nos escucha: «¡Mamá!, no me dejes»[5-l-9].

[5-l-1] Benedicto XVI, Discurso, 24-IX-2011.

[5-l-2] Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, 7-X-2004.

[5-l-3] Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018.

[5-l-4] Francisco, Ángelus, 17-III-2019.

[5-l-5] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 19-III-1975.

[5-l-6] Benedicto XVI, Audiencia, 5-X-2011.

[5-l-7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 22.

[5-l-8] San Josemaría, Via Crucis, IV estación, n.5.

[5-l-9] Ibíd., n.3.

 

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Martes de la V semana de Cuaresma

  • La prueba del desierto.
  • El valor de los bienes materiales.
  • Mirar la cruz para sanar.

DESPUÉS DE atravesar el mar Rojo, el pueblo judío debió de sentir una profunda liberación. El estremecimiento de las aguas al caer sobre sus perseguidores habrá ido acompañado de una sensación liberadora: después de tantos años de esclavitud, su Dios los había salvado. Pero el tiempo comenzó a transcurrir más lento de lo que pensaban. La tierra prometida se veía cada vez más lejana, y algunos incluso recordaron con nostalgia su vida como esclavos. «El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto?» (Nm 21,5). La alegría de la salvación había dado paso a la insatisfacción y al rencor.

También Jesús pasó por la prueba del desierto. Precisamente los cuarenta días de la Cuaresma nos invitan a acompañar al Señor en medio de su aparente abandono. En el momento de la debilidad, Cristo no sucumbió a las tentaciones, sino que puso su confianza en su Padre Dios. Jesús nos enseñó no solo con sus palabras, sino sobre todo con su propia vida, que muchas veces necesitamos atravesar el desierto para conseguir la plena libertad. Es verdad que la vida cristiana nos promete la salvación del pecado y, por lo tanto, la alegría. Pero el camino que nos conduce hacia ella pasa por redescubrir lo que verdaderamente importa en nuestra vida y desprendernos de lo que nos ata.

«El desierto es el lugar de lo esencial. Miremos nuestras vidas: ¡cuántas cosas inútiles nos rodean! Perseguimos mil cosas que parecen necesarias y en realidad no lo son. ¡Qué bien nos haría liberarnos de tantas realidades superfluas, para redescubrir lo que de verdad importa, para encontrar los rostros de quienes están a nuestro lado!»[5-ma-1]. Ahora que se acerca la Semana Santa, podemos reavivar nuestros deseos por vivir pegados a Jesús, liberados de todo lo que no nos lleva hacia él: «¡Dios mío!, que odie el pecado, y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima..., desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria..., generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto»[5-ma-2].

«EL SEÑOR envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel» (Nm 21,6), relata la Sagrada Escritura. El pueblo elegido había rechazado la protección de Dios. Cansados de no llegar nunca a la meta, habían desviado su corazón hacia aquellos bienes que añoraban de su vida en Egipto, aunque fueran de escaso valor o tuvieran las huellas de su esclavitud.

En ocasiones, también nosotros, como el pueblo de Israel, podemos sentir la aparente lejanía de Dios y el atractivo de unos bienes que habíamos dejado atrás. Pero al contemplar la pobreza de Cristo en la cruz –«nada ha quedado al Señor, sino un madero»[5-ma-3]–, intuimos que la felicidad no se encuentra en las cosas materiales. Nos damos cuenta de lo efímeras que son estas realidades, que no llegan a tocar el fondo del alma. «Cuando alguno centra su felicidad exclusivamente en las cosas de aquí abajo —he sido testigo de verdaderas tragedias—, pervierte su uso razonable y destruye el orden sabiamente dispuesto por el Creador –dice san Josemaría–. El corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento»[5-ma-4].

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3). Con estas palabras, el Señor ofrece la felicidad, en la tierra y en el cielo, a quienes ponen su seguridad y su riqueza en Dios. El pobre de corazón posee las cosas sin ser poseído por ellas. La pobreza de espíritu nos permite disfrutar verdaderamente de la realidad, pues nos conecta con lo sencillo, con las personas, con Dios. En definitiva, con todo aquello que sacia nuestros deseos más profundos.

AQUELLAS mordeduras de las serpientes no fueron la última respuesta del Señor. El pueblo se arrepintió y acudió a Moisés quien, fiel a su vocación de mediador, intercedió por su gente. Entonces Dios, movido por su misericordia, les regaló una peculiar medicina: quienes, después de haber sido mordidos, mirasen hacia una serpiente de bronce, no morirían. Así, aquello que era la causa de la muerte, se transformó al mismo tiempo en el símbolo de la salvación. Por eso, la serpiente es una imagen que anticipa la cruz de Cristo: esta contiene todos los pecados del mundo y, al mismo tiempo, a quien los ha vencido para siempre con su muerte.

«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre –dice Jesús en el evangelio de san Juan–, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,27). Si no conociéramos el final de la historia, pensaríamos que el levantamiento del que habla el Señor se refiere a una futura gloria temporal. No es fácil comprender que su verdadera exaltación se realizó en la cruz, y que la sujeción de los clavos es su forma de vivir la libertad. Por eso, mirando y asumiendo la debilidad de Cristo, adquirimos la fuerza de Dios. También nosotros podemos hacer nuestras esas palabras paradójicas de san Pablo: «Con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12,9-10).

A los pies de la cruz encontramos a la Virgen. Podemos pedirle que sepamos dirigir siempre nuestra mirada a la cruz, para que Cristo ahuyente las serpientes que puedan rondar en nuestra vida.

[5-ma-1] Francisco, Audiencia, 26-II-2020.

[5-ma-2] San Josemaría, Via Crucis, IX estación.

[5-ma-3] Ibíd., X estación.

[5-ma-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 118.

 

 

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Miércoles de la V semana de Cuaresma

  • Adorar con la propia vida.
  • Sanar nuestros deseos.
  • La adoración en la santa Misa.

EL REY NABUCODONOSOR había hecho construir una estatua de oro de veintisiete metros de altura. Todos sus súbditos se reunieron en torno a ella y comenzaron a adorarla, pues quien no lo hiciera sería inmediatamente arrojado al horno encendido. Sin embargo, Sidrac, Misac y Abdénago se negaron a cumplir el decreto real. Cuando esto llegó a oídos de Nabucodonosor, los mandó traer a su presencia y, lleno de cólera, les recordó el castigo que les esperaría: «Si no la adoráis, seréis inmediatamente arrojados al horno encendido, y ¿qué dios será el que os libre de mis manos?» (Dn, 3,15). Los tres contestaron al unísono, llenos de confianza: «Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará, oh rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido» (Dn, 3,17-18).

Como los primeros mártires, también Sidrac, Misac y Abdénago estuvieron dispuestos a derramar su sangre para dar testimonio de la verdadera adoración. De algún modo nos recuerdan que todo lo que hacemos en nuestro día está llamado a dar gloria a Dios. Esta es la realidad más crucial de nuestra vida: desarrollar un corazón contemplativo que dirige al Señor todo lo que hace. «Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o menos importantes. Adorar al Señor quiere decir darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer –pero no simplemente de palabra– que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida»[5-mi-1]. A eso precisamente nos invita la Iglesia en estos días de Cuaresma, cercanos al Triduo Pascual: a recorrer el camino de la conversión, a volver a orientar nuestra existencia de modo que el amor a Dios y al prójimo sea lo más importante de nuestros días.

LA REACCIÓN DE NABUCODONOSOR no se hizo esperar. Ordenó encender el horno siete veces más fuerte de lo normal e introdujo en él a Sidrac, Misac y Abdénago. Sin embargo, no logró dañar a ninguno de los jóvenes, pues un ángel del Señor había descendido con ellos. «Entonces los tres, como una sola boca, empezaron a alabar, glorificar y bendecir a Dios (...): Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y ensalzado por los siglos» (Dn 3,51-52).

El camino de la adoración comienza con el deseo, con el impulso interior que nos lleva a ir más allá de lo inmediato y visible, para acoger la vida que Dios nos ofrece. Esto es lo que vivieron los tres jóvenes. Renunciaron a una existencia tal vez más tranquila, si hacían caso al rey, y desearon por encima de todo dar gloria a Dios. Y aunque el destino seguro parecía ser la muerte en el horno, el Señor les ofreció una salvación que ninguno de los presentes podía imaginar, a excepción quizá de los propios jóvenes.

«El deseo lleva a la adoración y la adoración renueva el deseo. Porque el deseo de Dios solo crece estando frente a él. Porque solo Jesús sana los deseos. ¿De qué? Los sana de la dictadura de las necesidades»[5-mi-2]. Cuando damos gloria a Dios estamos purificando los deseos de nuestro corazón, de modo que no se queden en lo inmediato sino que se abran al amor a Dios y a nuestros hermanos. Entonces no nos conformaremos con una vida tranquila, aferrada a nuestras seguridades, sino que caminaremos abiertos a las sorpresas de Dios.

CADA DÍA tenemos la posibilidad de participar en el mayor acto de adoración: la santa Misa. Cada vez que se renueva la muerte y la Resurrección del Señor en el sacrificio del altar, Jesús se entrega por nosotros. Así como su amor por hacer la voluntad del Padre se manifestó en su entrega en la cruz, si nosotros ponemos todo nuestro corazón en la celebración de la Misa le decimos a Dios: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). En la íntima unión con su sacrificio todos los detalles de nuestra jornada adquieren un valor divino, que nos lleva a buscar trabajar de la mejor manera posible, por amor a Dios.

«En la santa Misa adoramos, cumpliendo amorosamente el primer deber de la criatura para su Creador: adorarás al Señor, Dios tuyo, y a él solo servirás (Dt 6,13; Mt 4, 10). No adoración fría, exterior, de siervo: sino íntima estimación y acatamiento, que es amor entrañable de hijo»[5-mi-3]. La adoración en el sacrificio eucarístico va más allá de no querer distraerse durante la celebración; se trata más bien de procurar poner todas las potencias de nuestra alma en sintonía con el corazón de Cristo. Como se nos anima en los prefacios de la santa Misa, queremos darle voz a la creación entera para que pueda entonar «Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo»[5-mi-4].

Vivir profundamente la santa Misa nos lleva a prepararnos a la celebración del misterio pascual de Cristo. En ella precisamente nos introducimos en su obra de salvación. En esta renovación incruenta de su sacrificio encontramos también a la Virgen, sosteniendo a su Hijo con su presencia. A ella le podemos pedir que nos ayude a vivir cada celebración Eucarística con el deseo de acompañar a Jesús en su camino a la cruz.

[5-mi-1] Francisco, Homilía, 14-IV-2013.

[5-mi-2] Francisco, Homilía, 6-I-2022.

[5-mi-3] San Josemaría, Amar a la Iglesia, n. 46.

[5-mi-4] Plegaria eucarística IV, Prefacio.

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Jueves de la V semana de Cuaresma

  • Dios es fiel.
  • La promesa de Dios vence cualquier obstáculo.
  • El hilo de la esperanza.

«Esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos» (Gn 17,3-9), dice Dios a Abraham al establecer su Alianza. El Señor le promete un pueblo numeroso y una tierra para compartir la alegría de estar con él. Dios se compromete a ser fiel a ese pueblo de la promesa: «Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros» (Gn 17,7).

Estas promesas, sin embargo, atravesaron por momentos de aparente oscuridad. Incluso hay ocasiones en las que parece que van a ser olvidadas, como cuando el Señor pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. Desde un punto de vista solamente humano, no se entiende una petición así. Pero el patriarca sabe que Dios es fiel, y razona desde la fe. Sabe que sus planes no siempre se pueden comprender totalmente, aquí y ahora. Por eso, confía en Yahvé, que sabe más, y espera «contra toda esperanza» (Rm 4,18). En el último momento, un cordero sustituirá a Isaac en el sacrificio para que el hijo de Abraham siga con vida y, en él, se pueda cumplir la promesa de una descendencia numerosa.

Este recuerdo del patriarca nos ayuda a preparar la celebración del Triduo Pascual. Próximamente recordaremos cómo este misterioso episodio cobró su sentido pleno en la cruz. Así como Isaac fue sustituido por un cordero en el último momento, el sacrificio de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, librará de la muerte a todo el que crea en él: nos abrirá las puertas de la patria definitiva junto a un pueblo numerosísimo.

JESÚS REVELA en el Evangelio que el alcance de las promesas hechas a Abraham se refieren, en realidad, a una vida que va más allá de la muerte. «En verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre» (Jn 8,51). A algunos judíos se les dificultó abrirse a este sentido trascendente de las promesas, y acusan a Jesús: «Ahora vemos que estás endemoniado. (…) Abrahán murió, los profetas también. (…) ¿Por quién te tienes?» (Jn 8,52-53). Pero esa rabia contra Jesús, que lo llevará a la cruz como cordero inmolado, estará precisamente dando un cumplimiento insospechado a lo prometido. Esto ha ocurrido con frecuencia a lo largo de la historia de la salvación: cuando el horizonte parece cerrarse a los planes de Dios, el hilo de las promesas atraviesa cada etapa de la historia, sin romperse.

«Abraham, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría (Jn 8,56)», les responde Jesús. La seguridad en las promesas del Señor es el motivo más firme de paz y de alegría para el que espera. No hay nada que nos pueda arrebatar esa seguridad, fundamentada en la fidelidad de Dios. Pase lo que pase, élnos ha prometido que será siempre nuestro Dios.

La esperanza es «esa virtud que corre bajo el agua de la vida, pero que nos sostiene para no ahogarnos en medio de numerosas dificultades, para no perder ese deseo de encontrar a Dios, de encontrar ese rostro maravilloso que todos un día veremos»[5-j-1]. A partir de Cristo, el hilo de las promesas hechas a Abraham continúa en la Iglesia, que se abre paso a lo largo de la historia como un hilo de esperanza. También en los momentos más oscuros, cuando parece que ese hilo se va a romper, aparecen hombres y mujeres de fe que, como Abraham, saben que Dios es fiel. Ellos también, esperando contra toda esperanza, se saben portadores de las promesas de Dios. «He visto, en muchas vidas –decía san Josemaría–, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra»[5-j-2].

ESTE HILO DE ESPERANZA es el tema de una meditación predicada por san Josemaría el 26 de julio de 1937[5-j-3]. Se encontraba encerrado en la Legación de Honduras, en Madrid. El Opus Dei llevaba muy pocos años y su actividad se había visto frenada en seco por la guerra civil española. Las vidas de los primeros fieles de la Obra corrían peligro, quizás podían verse tentados por el pesimismo, así que san Josemaría quiso elevar la mirada de ese grupo de jóvenes, recordándoles cómo Dios se mantiene fiel siempre, suscitando en cada época hombres y mujeres santos que renuevan la esperanza.

En esa meditación, comienza recordando a los primeros cristianos. Nada les distinguía de sus iguales, salvo «la luz vibrante que arde dentro de su pecho». A través de ellos, «la voz de Cristo suena cada vez más fuertemente». Y cuando, a la vuelta de los siglos, ese fervor de los primeros cristianos parecía que se había atenuado, Dios suscitó a san Francisco y a santo Domingo, y apareció una nueva vitalidad espiritual que hizorevivir al mundo. En el siglo XVI surgieron san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, cuya obra de evangelización llegaría hasta los confines de la tierra. Y también una mujer, Teresa de Ahumada, suscitará en la Iglesia, auténticos «generadores de vida espiritual intensa» con la fundación de sus conventos.

San Josemaría pusodelante de esos jóvenes de principios del siglo XX algunos hitos históricos para concluir que el Señor sigue siendo fiel a sus promesas. «Dios no se ha cortado las manos. Non est abbreviata manus Domini; no se ha empequeñecido el poder de Dios, que continúa concediendo nuevas maravillas en favor de los hombres». Nosotros estamos también invitados a ser portadores de ese hilo de esperanza que vivifica cada época de la historia. La Virgen, esperanza nuestra, nos ayudará a llevar la alegría Cristo a todos los hombres.

[5-j-1] Francisco, Homilía, 17-III-2016.

[5-j-2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 205.

[5-j-3] San Josemaría, Crecer para adentro,Non est abbreviata manus domini”, 26-VII-1937.

 

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Viernes de la V semana de Cuaresma

  • Contemplar los dolores de la Virgen.
  • Humildad para abrirse a la verdad.
  • Reconocer los signos de Jesús.

LA IGLESIA tradicionalmente recuerda en este viernes, anterior al Viernes Santo, los dolores de la Virgen a lo largo de su vida. Cuando el niño Jesús fue presentado en el templo, el anciano Simeón le dirigió estas palabras: «A tu misma alma la traspasará una espada, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,35). El Evangelio recoge varios momentos de dolor en la vida de la Virgen: esta profecía del anciano, la huida a Egipto para salvar la vida de su hijo, los tres días de angustia cuando el niño se quedó en Jerusalén… Pero, por encima de todo, se encuentran los instantes que rodearon la muerte de Jesús: el encuentro con él camino al Calvario, la crucifixión, su descendimiento de la cruz y su entierro.

Contemplar a la Virgen en cada una de estas situaciones nos recuerda que el dolor es un compañero inseparable en la vida. Ni siquiera a la Madre de Dios, la criatura más perfecta que ha salido de sus manos, se le ha ahorrado esta realidad. Ella misma fue la primera en darse cuenta de que la profecía de Simeón era verdadera: «Este ha sido puesto (...) para signo de contradicción» (Lc 2,34). El mismo Jesús diría más tarde a sus discípulos que no había venido a traer paz, sino una espada (cfr. Mt 10,34). Por eso, acoger a Cristo en nuestra vida «significa aceptar que él desvele mis contradicciones, mis ídolos, las sugestiones del mal»[5-v-1]: que nos descubra todos aquellos dolores que nos procuramos también con nuestros propios pecados.

María es maestra del sacrificio oculto y silencioso. Con su presencia discreta, identificándose con la voluntad de Dios, ofreció el mayor consuelo a Jesús en la cruz: «¿Qué podía hacer ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso –como una espada afilada– que traspasaba su Corazón puro»[5-v-2]. No encontraremos en esta tierra una explicación absoluta al mal y al sufrimiento; pero en Cristo hecho hombre, que ha padecido todos los sufrimientos, se nos abre al menos un sentido, una compañía y un consuelo.

CONTEMPLAMOS en el Evangelio de hoy, a pocos días del Viernes Santo, cómo algunos judíos comenzaron a dirigirse al Señor con mayor agresividad. Muchos intentaban apedrearlo porque, siendo hombre, se hacía pasar por Dios. Pero Jesús ansía que esos corazones se abran al misterio de su Persona, así que centra la atención de sus interlocutores en los innegables prodigios que había realizado: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?» (Jn 10,32).Aquellos sabios de Israel se encuentran ante una encrucijada innegable. Pero, en lugar de abrirse al misterio con asombro, deciden apedrear a Jesús, ya sea porque lo que tienen de frente supera sus horizontes, o porque no les mueve un sincero interés por la verdad.

«Solo la humildad nos abre a la experiencia de la verdad, de la alegría auténtica, del conocimiento que cuenta. Sin humildad estamos aislados de la comprensión de Dios, de la compresión de nosotros mismos»[5-v-3]. Del mismo modo que un niño no siempre entiende el modo de obrar de su padre, muchas veces la acción divina se nos presenta como misteriosa. Reconocer la grandeza de Dios implica también asumir nuestra pequeñez, sabiendo que él supera nuestros esquemas humanos. El Espíritu Santo siempre quiere obrar prodigios en nuestra historia, pero tenemos que estar dispuestos a escuchar con humildad su soplo siempre nuevo.

La Virgen, en su canto del Magníficat, glorifica el poder del Señor, que «derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Lc 1,52). Dios se fijó en su humildad para que, de ahora en adelante, todas las generaciones la llamen bienaventurada. «Humildad es mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios: esta es nuestra grandeza»[5-v-4].

A MEDIDA que se acerca su pasión, Jesús habla cada vez más abiertamente de su condición de Hijo de Dios: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre» (Jn 10, 37-38).

Los milagros que recogen los Evangelios nos dicen mucho sobre quién es Jesús de Nazaret. San Juan suele llamar «signos» a los milagros, porque la finalidad primordial de esas acciones no es acabar con la enfermedad o con el sufrimiento en esta tierra, sino mostrar la personalidad divina de Cristo y su condición de Mesías. Los treinta y cinco milagros de Jesús invitan a penetrar en el misterio de su Persona. En algunos de ellos muestra su poder sobre la naturaleza, como cuando multiplica los panes y los peces, o cuando invita a Pedro a caminar sobre las aguas. De este modo manifestó el espíritu del mismo Dios Creador, que «se cernía sobre la faz de las aguas» (Gn 1,2) en el relato de la creación. Los milagros que tienen que ver con la resurrección de los muertos muestran, por otra parte, su poder sobre la vida.

Dentro de unos días, en el Triduo Pascual, Jesús entregará su propia vida como nadie puede hacerlo, porque solo él tiene poder sobre ella. «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo» (Jn 10,18). Jesús es el mismo hoy y hace dos mil años, en aquellas tierras de Palestina; sigue llenando nuestra vida de gestos que revelan la cercanía de Dios. A la Virgen le podemos pedir que, con humildad, seamos capaces de reconocer los signos de su Hijo.

[5-v-1] Francisco, Homilía, 15-IX-2021.

[5-v-2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 288.

[5-v-3] Francisco, Audiencia, 22-XII-2021.

[5-v-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 96.

 

flagelacion

 

Sábado de la V semana de Cuaresma

  • El engaño de las tentaciones.
  • Sentirse portadores de un tesoro.
  • Seguir a Cristo en el Calvario.

DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO, los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos signos? Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación» (Jn 11,47-48). Entonces Caifás, que era el sumo sacerdote, tomó la palabra: «Conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación» (Jn 11,50). A partir de ese momento, el evangelista señala que las autoridades judías «habían dado órdenes de que si alguien sabía dónde estaba, lo denunciase, para poderlo prender» (Jn 11,57).

Los judíos llevaban ya bastante tiempo con la idea de acabar con Jesús, pero hasta ese momento no habían tomado una resolución firme. La resurrección de Lázaro les hizo tomar la decisión definitiva. Por eso, Caifás concluye que conviene que Jesús muera. Los allí presentes se convencen de haber adoptado una resolución justa, pues así evitarían que temblara la frágil paz pactada con las autoridades romanas y que las represalias acaben con el pueblo judío, aunque esta no era la verdadera razón por la que perseguían a Cristo.

Este modo de proceder refleja, de alguna manera, el proceso de toda tentación. «Generalmente actúa así: comienza con poco, con un deseo, una idea, crece, contagia a otros y, al final, se justifica»[5-s-1]. Y el corazón, sugestionado por la pasión, muchas veces se convence de la justicia torcida de este pensamiento. Pero el día a día del cristiano está marcado también por las inspiraciones del Espíritu Santo; Dios nos presenta numerosas ocasiones para enderezar nuestros impulsos hacia «los bienes eternos prometidos»[5-s-2]. Podemos pedirle al Paráclito que nos ayude a ser dóciles a sus consejos, a acoger las llamadas que nos dirige, y que nos conceda la sabiduría para no engañarnos con alguna tentación pasajera.

NO TODOS reaccionaron de igual manera al presenciar la resurrección de Lázaro. «Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él» (Jn 11,45). Aquellos que quedaron maravillados al contemplar el milagro salieron a recibir al Señor en su entrada triunfal en Jerusalén: «La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro (...) daba testimonio. Por eso las muchedumbres le salieron al encuentro, porque oyeron que Jesús había hecho este signo» (Jn 12,17-18).

En otros momentos, Jesús había impulsado a sus discípulos a anunciar la salvación: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Sin embargo, en este caso no hay palabras explícitas: lo que realiza esta gente es la consecuencia natural de haber conocido al Señor. Se sienten portadores de un tesoro, y quieren compartirlo con todos sus hermanos. Es la misma reacción de Andrés cuando encuentra a Pedro: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[5-s-3].

«El apostolado –decía san Josemaría– (...) es una sobreabundancia de la vida interior»[5-s-4]. Los apóstoles atraían porque comunicaban la experiencia que habían tenido de Jesucristo: lo habían visto, tocado y oído, por lo que era natural contagiar la alegría de haberse encontrado con él. No era una tarea impuesta desde fuera, sino el impulso espontáneo de quien ha llenado su corazón con el Evangelio.

MUCHOS de los que, al ver aquel milagro, creyeron en Jesús, y que después le recibirían con vítores en Jerusalén, quizá se sintieron defraudados al presenciar su condena a muerte. Los días de júbilo parecerían ya tan lejanos. Algunos tal vez presenciaron su paso con la cruz. Y, a la hora de su muerte, solamente le acompañaron su Madre, Juan y unas pocas mujeres.

No sabemos con certeza por qué toda esta gente abandonó a Jesús. Es probable que fuera el miedo a ser identificado con él, un condenado a muerte, o bien el pensamiento de que quizá aquel hombre no era el Mesías esperado. Cristo no se había convertido en el motivo principal de su vida, y eso puede que les llevara a ocultar su admiración por el Maestro. «Es el momento para decirle a Jesucristo: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores”»[5-s-5].

Seguir a Cristo implica dejar la comodidad de la orilla para apasionarse en la misión de ser su testigo. El Espíritu Santo, con sus dones, nos ayuda a recorrer este camino, que incluye tanto los vítores de Jerusalén como el dolor del Calvario. La Virgen arriesgó toda su vida con aquel «sí» al ángel. Y aunque esto le acarreó muchos momentos de dolor hasta ver a su hijo morir, la seguridad de que Dios siempre triunfa le dio el mayor de los consuelos. «Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!»[5-s-6].

[5-s-1] Francisco, Homilía, 4-IV-2020.

[5-s-2] Oración sobre las ofrendas, Sábado V de Cuaresma.

[5-s-3] Francisco, Evangelii gaudium, n.1.

[5-s-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n.239.

[5-s-5] Francisco, Evangelii gaudium, n.3.

[5-s-6] San Josemaría, Camino, n.982.