"Meditaciones breves" para la Semana Santa

Autor
AA.VV
Publicación
OpusDei.org

Domingo de ramos

  • Entrada del Señor en Jerusalén.
  • El borrico está más cerca de Jesús.
  • Comprender la lógica del reinado divino.

Lunes santo

  • María de Betania entrega todo a Jesús.
  • Nuestros gestos pueden llenar de buen olor el mundo.
  • Cuidar a Jesús en el sagrario.

Martes santo

  • La humildad que aprende san Pedro.
  • Ante nuestras debilidades y traiciones.
  • San Pedro comprende que necesita confiar en Dios.

Miércoles santo

  • Judas fue un apóstol escogido por Jesús.
  • La misericordia divina es más grande que nuestra debilidad.
  • Una esperanza que nos lleva a volver a Dios.

Jueves santo

  • Jesús lava los pies de sus apóstoles.
  • Dios se nos da en la Eucaristía.
  • Actitud agradecida por la Eucaristía y por el sacerdocio.

Viernes santo

  • La pasión de Jesús es por amor a nosotros.
  • Acompañar a Cristo en su agonía.
  • En la cruz encontramos nuestro refugio y nuestra salvación.

Sábado santo

  • La esperanza ilumina el Sábado santo.
  • Los personajes que acompañan a Cristo en el abandono.
  • María nos consuela y fortalece en los momentos difíciles.

Domingo de Resurreción 

  • La Resurrección vuelve a encender la vida de las santas mujeres.
  • Pedro y Juan corren hacia el sepulcro.
  • Junto a santa María en la alegría de la Resurrección.
cruz

 

Domingo de ramos

  • Entrada del Señor en Jerusalén.
  • El borrico está más cerca de Jesús.
  • Comprender la lógica del reinado divino.

ENTRA EL SEÑOR en Jerusalén. Quien siempre se había opuesto a toda manifestación pública de alabanza, quien se había escondido cuando el pueblo quiso hacerle rey, se deja hoy llevar en triunfo. Solo ahora, cuando sabe que la muerte está cerca, acepta ser aclamado como el Mesías. Jesús sabe que, en realidad, reinará desde la cruz, ya que el mismo pueblo que ahora le aclama jubiloso dentro de poco le abandonará y le conducirá al Calvario. Las palmas se tornarán azotes; los ramos de olivo, en espinas; los vítores, en burlas despiadadas.

La liturgia, con la ceremonia de la bendición de las palmas y con los textos de la Misa –entre ellos, el relato de la pasión de nuestro Señor–, nos muestra lo unidos que están en la vida de Jesucristo la alegría y el sufrimiento, el gozo y el dolor. San Bernardo nos habla de cómo se unen en este día las risas con las lágrimas: la Iglesia nos «presenta hoy unidas, de modo nuevo y maravilloso, la pasión y la procesión; siendo así que la procesión lleva consigo el aplauso; la pasión, el llanto»[1-1].

Jesús entra en Jerusalén y sus habitantes tienden sus vestidos por el camino. «“Las hojas de palma –escribe San Agustín– son símbolo de homenaje, porque significan victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a triunfar, en el signo de la Cruz, sobre el Diablo, príncipe de la muerte”. Cristo es nuestra paz porque ha vencido»[1-2]. La lectura de los momentos de la pasión ha hecho desfilar por delante de nosotros a muchos personajes. Entonces, pocos sospechaban la victoria que Cristo traía. Podemos preguntarnos a lo largo de esta semana en la que reviviremos estos acontecimientos: «¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco?»[1-3]. ¿Con qué fe contemplo los sucesos capitales que estos días la Iglesia nos invita a ahondar?

HAY TAMBIÉN en la procesión triunfal otro fuerte contraste: en medio del entusiasmo superficial y ruidoso, brilla la silenciosa figura de un burro que, fiel y obediente, lleva al Señor. «Un borrico fue el trono de Jesús en Jerusalén. Mira –nos hacía considerar san Josemaría– si es bonito servir de trono al Señor»[1-4]. El pobre animal, con el trote más gallardo que sabe, va pisando sedas y púrpuras, lino y lienzos finísimos; los han puesto los hombres para honrar el paso del Señor. Pero mientras los demás ofrecen objetos, el borrico se da a sí mismo: sobre sus ásperos lomos lleva el peso suave de Jesús. A su lado los hombres corren, agitando por doquier ramos de olivo verde, palmas y laurel. Pero nadie, ni los mismos apóstoles, están tan cerca del Señor como él.

«Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos –comentaba también el fundador del Opus Dei–. Pero no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que viene sentado sobre un borrico. ¿Lo veis? Jesús se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como un jumento: como un borriquito soy yo delante de ti; pero estaré siempre a tulado,porque tú me has tomado de tu diestra, tú me llevas por el ronzal (...). Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma»[1-5].

Nos gustaría tener, en esta Semana Santa que comienza, el oído muy atento a la voz de Dios. No solo el oído, sino todos los sentidos. No queremos perdernos ningún gesto, ninguna palabra, ningún sentimiento de Jesús en aquellas jornadas que llenan de sentido nuestra vida.

«¿QUÉ LATE REALMENTE en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: “¡Crucifícalo!”. Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente el núcleo de la fiesta de hoy también para nosotros»[1-6].

La experiencia de quienes recibieron aquel día a Jesús con las palmas puede servirnos para pensar cuál es nuestra idea de Jesús, cuál es nuestra idea de su reinado; qué pensamos sobre su poder y su gracia. Puede suceder, por ejemplo, que a veces nos desilusione cómo se realiza la redención, su ritmo aparentemente lento. A veces quisiéramos que Dios triunfara inmediatamente, confundiendo nuestros planes con los suyos. Nos resistimos a aceptar que Dios está decidido a no comprometer nuestra libertad o la de quienes nos rodean. Su amor es tan delicado que no se impone. No aprovecha, por ejemplo, la aclamaciónde este domingo de ramos ni lo usa para su beneficio.

Por el contrario, «el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el Padre conocen (...). Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios »[1-7]. Se trata del espacio de la acción silenciosa y a la vez poderosa de Dios, que hace nuevas todas las cosas a través del amor del Hijo al Padre. Derrama y ofrece ese amor llegando incluso «hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). De este modo reina el Señor. Y en este camino podemos contemplar la imagen de la primera y más fiel seguidora de Jesús, su madre. «No la veréis entre las palmas de Jerusalén (...). Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, iuxta crucem Jesu, junto a la cruz de Jesús»[1-8]. Y nosotros, por una gracia inmerecida, junto a ella.

 


[1-1] San Bernardo, Sermón en el domingo de ramos, 1, 1.

[1-2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 73.

[1-3] Francisco, Homilía, 13-IV-2014.

[1-4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, X-1965.

[1-5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 181.

[1-6] Benedicto XVI, Homilía, 1-IV-2012.

[1-7] Francisco, Homilía, 14-IV-2019.

[1-8] San Josemaría, Camino, n. 507.

 

cruz

 

Lunes santo

  • María de Betania entrega todo a Jesús.
  • Nuestros gestos pueden llenar de buen olor el mundo.
  • Cuidar a Jesús en el sagrario.

«SEIS DÍAS antes de la Pascua, marchó a Betania (...). Allí le prepararon una cena» (Jn 12,1-2). En aquel hogar Jesucristo se encuentra entre sus amigos, rodeado de cariño. Ha estado muchas veces en Betania, pero ahora el momento es más solemne: sabe que se dirige hacia Jerusalén, sabe que allí le espera la cruz. «Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos» (Jn 12,2-3).

Es ya conocido que las autoridades del pueblo persiguen a Jesucristo. Y el amor hace presentir a María el drama que se avecina. En esas circunstancias, desea hacer algo especial por su Señor, manifestarle su amor, así que lleva a cabo con determinación un generoso gesto: toma lo más valioso que posee, un caro perfume de nardo puro, y lo vierte en los pies de Jesús. Rompe el frasco: todo es para su Dios. Algunos de los presentes, irritados, comentan la inutilidad de ese gesto. Sabemos que Judas Iscariote se suma también a ese murmullo crítico, pero no porque le importara otro posible destino de esos bienes, sino porque esa actitud tal vez contrasta con su vida. María, sin embargo, calla. Poco le importan las críticas y comentarios ante su actuación: basta con que Jesús esté contento. Y por eso el Señor sale en su defensa.

«María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca solo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón»[2-1]. Judas se unió a aquellos comentarios porque tal vez calculaba en donde no se debe calcular: en nuestra entrega a Dios. María, por su parte, había comprendido que su corazón solo se vería colmado plenamente si entregaba todo, aunque fuera poco, a Jesús. «Tan solo una libra de nardo fue capaz de impregnarlo todo y dejar una huella inconfundible»[2-2].

QUIEN ENTREGA todo a Dios se convierte en don también para el prójimo. Por el contrario, quien realiza muchos cálculos de frente a la llamada de Cristo, acaba regateando también a los demás. Cuando decimos que sí al Señor, llevamos a los demás «el buen olor de Cristo» (2 Cor 2,15) y ellos pueden sentirse queridos con un amor de predilección. Como sucedió en Betania, podríamos decir que «la casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12,3). Por eso, nuestra vida, empujada y guiada por la fuerza de Dios, puede llenar de fragancia el mundo. A estos tres hermanos de Betania, cuya memoria celebramos cada 29 de julio, les pedimos que sepamos llenar nuestra vida y la de nuestras familias y amigos con la fragancia de su casa.

Hoy en Betania se anuncia también la muerte de Cristo. ¡Saldrá de allí tanta vida –clara, hermosa, fuerte– para todos! El Señor nos invita a permanecer con él. El evangelio nos dice que «los príncipes de los sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro» (Jn 12,10). Jesús nos pide que le acompañemos como se lo pidió a Lázaro, porque «si nuestra voluntad no está dispuesta a morir según la Pasión de Cristo, tampoco la vida de Cristo será vida en nosotros»[2-3]. Pero no debemos esperar ocasiones extraordinarias para manifestar a Jesucristo nuestro amor: cada uno de nuestros días es una oportunidad nueva para servirle, para ofrecerle nuestra vida y emplearla generosamente en su servicio, para seguirle con fidelidad a lo largo de su camino por la tierra.

Lo que tengamos entre manos serán casi siempre cosas pequeñas, cosas de niño, que haremos llegar –para engrandecerlas– de manos de nuestra madre, santa María. «A veces nos sentimos inclinados a hacer pequeñas niñadas. –Son pequeñas obras de maravilla delante de Dios, y, mientras no se introduzca la rutina, serán desde luego esas obras fecundas, como fecundo es siempre el amor»[2-4]. Dentro de unos días, el olor de aquellas cosas pequeñas habrá desaparecido, pero el gesto de nuestra madre perdurará. Ha quedado grabado a fuego en el corazón de Cristo y ese olor a cariño y a delicadeza le acompañará toda la eternidad.

«¡QUÉ ALEGRÍA al contemplar a Jesús en Betania! ¡Amigo de Lázaro, Marta y María! Allí va a reparar sus fuerzas cuando se ha cansado. Allí tenía Jesús su hogar. Allí hay almas que le aprecian. Hay almas que se acercan al Sagrario y, para ellas, aquello es Betania. ¡Ojalá lo sea para ti! Betania es confidencia, calor de hogar, intimidad. Amigos predilectos de Jesús»[2-5]. Queremos que el sagrario más cercano a nosotros sea un lugar en el que Jesús esté tan a gusto como en Betania. Nos ilusiona que esté lleno de la fragancia de nuestra lucha, tantas veces con más deseos que resultados.

Marta aparece muy discretamente en la escena de este lunes santo. Ella prepara la cena en la que María derramará el perfume en los pies de Jesús. Cuida con cariño de hermana y de madre a sus invitados. También la casa estaría llena del aroma de aquella cena preparada con mucha ilusión; quizá preparó aquello que agradaba especialmente a su Amigo. En estos momentos cercanos a su muerte, para Jesús cualquier detalle es un consuelo. Nuestro trabajo, nuestra sonrisa, nuestra caridad con los que tenemos cerca, son los detalles que él agradece, aquellos que hacen su yugo un poco más suave y su carga más ligera.

Como una prueba más de la infinita caridad de Dios, el Señor se ha quedado realmente en el sagrario para estar cerca de nosotros. Si el amor y la fe impulsaron a María a mostrar tal delicadeza para el Señor ungiendo sus pies en Betania, también el amor y la fe pueden movernos a nosotros a tener mayor devoción a la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. No piensa María que hace una cosa extraordinaria al gastar ese perfume tan valioso para ungir al Señor; actúa con la espontaneidad del amor. Solo Cristo sabe que, dentro de unos días, lavará los pies a sus apóstoles y María se le ha adelantado con aquel gesto. Su intuición femenina ha cautivado al maestro, que aprecia cualquier detalle, por mínimo que sea. Quizá la Virgen María fue testigo de este momento entrañable. Qué consuelo sería para ella, en medio de lo que se avecinaba, saber que Jesús se sentía querido en su hogar.

 


[2-1] Benedicto XVI, Homilía, 29-III-2010.

[2-2] Francisco, Homilía, 7-V-2019.

[2-3] San Ignacio de Antioquía, Epistola ad Magnesios 5, 1.

[2-4] San Josemaría, Camino, n. 859.

[2-5] San Josemaría, Notas de una meditación, 6-XI-1940.

 

 

cruz

Martes santo

  • La humildad que aprende san Pedro.
  • Ante nuestras debilidades y traiciones.
  • San Pedro comprende que necesita confiar en Dios.

«¿TÚ DARÁS LA vida por mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces» (Jn 13,38). El evangelio de la Misa de hoy nos narra el anuncio de las negaciones de san Pedro. En el clima íntimo de la Última Cena, este apóstol se sorprende de que Jesús le adelante su traición. No sale de su asombro. No comprende cómo eso podría suceder. Pedro desea ser fiel hasta la muerte, no quiere que su maestro sea entregado a sus enemigos para ser crucificado. Ya fue reprendido por esa confusión, pero sigue sin poder aceptar ese aparente fracaso. La liturgia nos recuerda que «se acercan los días de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa; en ellos se actualiza su triunfo sobre la soberbia del antiguo enemigo y celebramos el misterio de nuestra redención»[3-1].

A su modo, san Pedro piensa que está dispuesto a dar la vida por el Señor. De hecho, sacará la espada en el momento del prendimiento de Jesús y se enfrentará a todo un pelotón que viene armado para apresar a su Señor. No le falta valentía ni aprecio por Jesús. Sin embargo, la realidad va a demostrarle que no basta con estas cualidades. Pedro necesita todavía la humildad que proviene del conocimiento propio y, sobre todo, del conocimiento de Dios. Jesús no deja de formar a san Pedro hasta el último instante. Estas lecciones son las más importantes de su vida: Pedro no va a ser roca por su fortaleza sino por la humildad ganada a base de conocer a Jesús en profundidad. Es preciso que, experimentando la insuficiencia de sus fuerzas, comprenda que es Dios quien le va a sostener.

EL ANUNCIO DE la traición de Pedro aparece en el evangelio de hoy junto con el anuncio de la traición de Judas y nos sirve para notar la gran diferencia entre ambas. Pedro puso su debilidad en manos de Jesús; apartó la vista de sus errores y de sus fuerzas y aprendió a confiar en la bondad de Dios, en sus planes divinos, en sus modos de hacer. Pedro no estaba engañando a Jesús cuando le decía que iba a ser fiel hasta la muerte. Lo que sucedía es que confiaba casi exclusivamente en sus fuerzas: él se veía capaz. Judas, por su parte, no reconoció en ningún momento ante Jesús su traición; siempre trató de guardar las apariencias. A Pedro, al menos cuando estaba con Cristo, las apariencias no le importaban, aunque sí que sucumbió a ellas cuando fue interrogado por una criada enla casa del Sumo Sacerdote.

Para prevenir su desconcierto, podrían haberle servido al pescador de Cafarnaún aquellas palabras de Agustín: «Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia»[3-2]. San Pedro pensaba que su amor a Jesús era ya grande, suficiente para soportar cualquier prueba. Le fue más fácil permanecer fiel ante los soldados que ante un enemigo en apariencia más frágil. La criada acabó con la confianza de Pedro en sí mismo. Era necesaria esa liberación: Pedro descubrió así el camino de su propio abajamiento para poder seguir a Cristo. Liberado de sus fuerzas y de sus deseos, fue capaz de adaptarse a los planes de Dios y ser fiel.

San Bernardo, en este sentido, nos recuerda que es mejor poner atención a lo que Dios está dispuesto a hacer por cada uno, también por Pedro: «No te preguntes, tú, que eres hombre, por lo que has sufrido, sino por lo que sufrió él. Deduce de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te tasó, y así su bondad se te hará evidente por su humanidad. Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora»[3-3].

«MUCHAS VECES pensamos que Dios se basa solo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad (...). El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros (...). Tener fe en Dios incluye además creer que él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero él tiene siempre una mirada más amplia»[3-4].

Nos llena de paz saber que Dios desea que confiemos en él y en lo bueno que tenemos, que es también don de Dios. San Pedro ha ido por delante también en esto para ser un ejemplo para nosotros. Nos llena de serenidad descubrir que podemos apoyarnos en nuestras fuerzas y capacidades –muchas o pocas–porque Dios pondrá el incremento con abundancia. ¡Qué deseos de aprender a no confiar solamente en nuestras aptitudes para la misión que nos ha sido encomendada y que, de algún modo, nos excede! Nos asombra y nos llena de agradecimiento el amor que Dios nos tiene para hacer maravillas con nuestra colaboración.

Santa Teresita del Niño Jesús se refería a la vida de Pedro de la siguiente manera: «Comprendo muy bien que san Pedro cayera. El pobre san Pedro confiaba en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios (...). Estoy convencida de que si san Pedro hubiese dicho humildemente a Jesús: “Concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte”, las habría obtenido inmediatamente (...). Antes de gobernar a toda la Iglesia, que está llena de pecadores, le convenía experimentar en su propia carne lo poco que puede el hombre sin la ayuda de Dios»[3-5]. Con este aprendizaje, san Pedro sabrá poner al servicio de la redención sus capacidades –que, aunque prestadas, son un don precioso– y recurrir a su Señor, que todo lo puede. «Por eso –señalaba san Josemaría– cuando con el corazón encendido le decimos al Señor que sí, que le seremos fieles, que estamos dispuestos a cualquier sacrificio, le diremos: Jesús, con tu gracia; Madre mía, con tu ayuda. ¡Soy tan frágil, cometo tantos errores, tantas pequeñas equivocaciones, que me veo capaz –si me dejas– de cometerlas grandes!»[3-6].

 


[3-1] Prefacio II de Pasión. Se utiliza el lunes, martes y miércoles de la Semana Santa.

[3-2] San Agustín, Sermón 185.

[3-3] San Bernardo, Sermón 1 en la Epifanía del Señor, 1-2.

[3-4] Francisco, carta apostólica Patris corde, n. 2.

[3-5] Santa Teresa del Niño Jesús, Últimas conversaciones, 7-VIII-1897.

[3-6] San Josemaría, Cartas 2, n. 32b.

 

cruz

Miércoles santo

  • Judas fue un apóstol escogido por Jesús.
  • La misericordia divina es más grande que nuestra debilidad.
  • Una esperanza que nos lleva a volver a Dios.

«UNO DE LOS doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes a decirles: ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo» (Mt 16, 14-16). Tradicionalmente, el miércoles santo la Iglesia recuerda la traición de Judas. ¡Qué lejanos quedan en el alma de este apóstol, que se apresta a traicionar a Jesús, los primeros encuentros con quien había considerado el Mesías! También Judas Iscariote había sido elegido personalmente por Cristo. Podía haber sido tan feliz como los demás, junto a Jesús, y haberse convertido en una de las columnas de la Iglesia. Sin embargo, opta por vender, a precio de esclavo, a quien todo le daba. Y Dios ha querido que la Sagrada Escritura no silenciara esta realidad.

El trágico desenlace tiene lugar en la Última Cena, cuando Jesús se ve asaltado por la angustia de la cercana pasión y el desgarrón del abandono de las personas amadas. «Cuando estaban cenando, dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar» (Mt 16,21). Los otros once apóstoles, con la experiencia de su rudeza y una gran confianza en las palabras de Cristo, exclaman sorprendidos: «¿Acaso soy yo, Señor? Pero él respondió: –El que moja la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar. Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito sobre él; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado el Hijo del Hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Tomando la palabra Judas, el que iba a entregarlo, dijo: –¿Acaso soy yo, Rabbí? –Tú lo has dicho –le respondió» (Mt 16, 22-25).

No sabemos si Judas miró alguna otra vez a los ojos a Jesús. En ellos habría descubierto que no existía rencor ni enfado. Cristo, su amigo, seguía mirándole con la misma ilusión con que lo había llamado unos años antes para que fuera apóstol, para que estuviera con él. «¿Qué podemos hacer ante un Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece»[4-1].

LA TRAICIÓN de Judas no fue, sin embargo, locura de un instante, sino que probablemente fue consecuencia de una secuela de desamores. En el evangelio según san Juan encontramos un episodio significativo: las críticas, pocos días antes de la Pascua, por el derroche de María de Betania al ungir con perfume a Jesús. Judas se atreve a criticar indirectamente, con una razón altruista, el comportamiento de esa mujer, pero «esto lo dijo –nos lo señala la Escritura– no porque él se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella» (Jn 12,6).

Sin embargo, ni esa ofensa, ni ninguna debilidad, son lo suficientemente fuertes como para vencer el pulso a un Dios que llama a cada persona constantemente y que siempre espera nuestro regreso. San Josemaría veía en esa manera de ser de Dios, tan llena de misericordia, nuestra verdadera armadura: «Todos tenemos miserias. Pero las miserias nuestras no nos deberán llevar nunca a desentendernos de la llamada de Dios, sino a acogernos a esa llamada, a meternos dentro de esa bondad divina, como los guerreros antiguos se metían dentro de su armadura»[4-2].

San Agustín nos recomienda una actitud humilde, de constante petición de frente al Señor, como la mejor manera de encarar esta fragilidad nuestra; refiriéndose concretamente a Judas Iscariote, dice: «Si hubiese orado en nombre de Cristo, habría pedido perdón; si hubiera pedido perdón, habría tenido esperanza; si hubiera tenido esperanza, habría esperado misericordia»[4-3] y no habría terminado como señala la Escritura (cfr. Mt 27,5). El Señor no quería la perdición de Judas, como no quiere la de nadie. Hasta en el mismo prendimiento trata de hacerle recapacitar, llamándole «amigo» y aceptando el beso del discípulo. Quizá Cristo, incluso estando ya en la cruz, esperaba la vuelta de su apóstol para perdonarlo, como lo hizo con el ladrón arrepentido.

TAMBIÉN PEDRO, en aquella noche de traiciones, niega al Señor tres veces. El que sería fundamento de la Iglesia lloró su pecado con lágrimas de amor; a Judas, por su parte, le faltó la humildad de volver a su Señor para reconocer su pecado. Pedro mantuvo firme la esperanza, mientras que el Iscariote la perdió, no confió en la misericordia del Señor.

Comentando este pasaje del evangelio, decía san Josemaría: «¡Mirad si es grande la virtud de la esperanza! Judas reconoció la santidad de Cristo, estaba arrepentido del crimen que había cometido, tanto que cogió el dinero, precio de su traición, y lo arrojó a la cara de quienes se lo dieron como premio a su traición. Pero... le faltó la esperanza, que es la virtud necesaria para volver a Dios. Si hubiera tenido esperanza, podría haber sido aún un gran apóstol. De todas maneras no sabemos qué pasó en el corazón de aquel hombre, ni si respondió a la gracia de Dios, en el último momento. Solo el Señor sabe lo que sucedió en aquel corazón, en sus últimos instantes. De modo que no desconfiéis nunca, no os desesperéis nunca, aunque hayáis hecho la tontería más grande. No hay más que hablar, arrepentirse, dejarse llevar de la mano, y todo se arregla»[4-4].

Es algo que podemos aprender del evangelio de hoy: por grandes que sean nuestras ofensas, mayor es siempre la misericordia de Dios. Todo tiene remedio si volvemos al Señor y abrimos el corazón a la gracia para que Cristo pueda pueda sanar nuestras heridas. «El miedo y la vergüenza, que no nos dejan ser sinceros, son los enemigos más grandes de la perseverancia. Somos de barro; pero, si hablamos, el barro adquiere la fortaleza del bronce»[4-5]. Esa fuerza es la que alcanzó la humildad de san Pedro, roca de la Iglesia; y es la que le pedimos a Jesús a través de María, su madre, y también madre nuestra.

 


[4-1] Francisco, Homilía, 5-IV-2020.

[4-2] San Josemaría, Cartas 2, n. 47a.

[4-3] San Agustín, Comentario al salmo 108, n. 9.

[4-4] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 8-XII-1968.

[4-5] San Josemaría, Cartas 2, n. 41a.

 

cruz

Jueves santo

  • Jesús lava los pies de sus apóstoles.
  • Dios se nos da en la Eucaristía.
  • Actitud agradecida por la Eucaristía y por el sacerdocio.

«LA VÍSPERA de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). «Algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso (...). Comencemos –nos sugiere san Josemaría– por pedir desde ahora al Espíritu Santo que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de Jesucristo»[5-1]. Esta actitud atenta hace que hoy recordemos el elocuente gesto que tuvo Jesús lavando los pies a sus apóstoles.

En la Última Cena, en la inminencia de la pasión, la atmósfera era de amor, de intimidad, de recogimiento. «Como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secarlos con la toalla que se había puesto a la cintura» (Jn 12,3-5). Para los apóstoles debió de ser muy impactante ver a Jesús realizar este gesto que estaba reservado al siervo del lugar. Seguramente lo habrán comprendido pasado el tiempo. Incluso hoy a nosotros nos puede resultar sorprendente imaginar a Dios en esa posición, limpiando con sus manos el polvo del camino.

Dejarnos lavar los pies por Cristo implica reconocer que no somos nosotros los que nos hacemos puros, limpios, o santos. «Y esto es difícil de entender. Si no dejo que el Señor sea mi siervo, que el Señor me lave, me haga crecer, me perdone, no entraré en el Reino de los Cielos (...). Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva»[5-2]. Esta es la paradoja cristiana: es Dios quien se adelanta; es él quien toma la iniciativa. Por eso es tan importante, antes de emprender cualquier tarea apostólica, aprender a recibir lo que Dios nos quiere dar, aprender a dejarnos limpiar una y otra vez por su mano.

SI NUNCA dejaremos de sorprendernos de aquel gesto de Jesús lavando los pies a sus apóstoles, su amor y su humildad tocan alturas infinitas cuando, durante la cena, «tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía”» (1 Cor 11,23-25).

El Señor «instituyó este sacramento como memorial perpetuo de su pasión, como realización de las antiguas figuras, como el mayor milagro que había hecho y el mayor consuelo para aquellos que dejaría tristes con su ausencia»[5-3]. Se nos da él mismo: convertido en pan y en vino para nosotros, es, a la vez, una muestra de sobreabundancia de amor y la mayor expresión que cabe de humildad. El Sacramento Eucarístico nos permite la identificación con el amado, ser una misma cosa, fundirnos, compenetrarnos con Dios. San Josemaría señalaba que «nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y –en lo que nos es posible entender– porque, movido por su amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre»[5-4].

No salimos de nuestro asombro. Por mucho que nos imaginemos todo lo que Dios Padre nos ha regalado, nunca acertaremos a comprenderlo: «Es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, remedio para vivir en Jesucristo para siempre»[5-5]. No merecemos tanto cuidado, tanto cariño, tanta atención. Tratamos de corresponder, pero incluso para hacerlo necesitamos su ayuda. Por eso, «lo primero no es nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo (...). Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegría por la vida nueva que él nos da»[5-6].

EN LAS PALABRAS del sacerdote antes de la consagración –«dando gracias, te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo...»– percibimos la disposición agradecida del corazón de Jesús de frente a Dios Padre. Nosotros queremos tener la misma actitud de Cristo en esta víspera santa. Del agradecimiento es fácil que brote la generosidad para extender esa vida nueva que hemos recibido. Trataremos de amar a los que él ama y como él los ama: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34). Por Cristo, con él y en él, somos capaces de amar hasta el extremo. Como Jesús, nos arrodillamos ante los hombres para limpiarles los pies. Comprendemos sus miserias y las cargamos sobre nuestros hombros.

Desaparecen los juicios, las envidias y comparaciones, que se transforman en intercesión, alegría y agradecimiento a Dios por las maravillas que hace en los demás. «En la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo»[5-7]. De ahí sacamos fuerza y vida para llevarla hasta el último rincón de la tierra, hasta el corazón de cada persona que nos rodea.

Podemos aprovechar este día en que Dios regaló a su Iglesia este sacramento para rezar también por la santidad de los sacerdotes, para quesirvan cada díaa la Iglesia con el mismo amor del Señor. Con nuestra oración podemos ayudarles a hacer realidad este deseo que les mueve como sacerdotes: «No elegimos nosotros qué hacer, sino que somos servidores de Cristo en la Iglesia y trabajamos como la Iglesia nos dice, donde la Iglesia nos llama, y tratamos de ser precisamente así: servidores que no hacen su voluntad, sino la voluntad del Señor. En la Iglesia somos realmente embajadores de Cristo y servidores del Evangelio»[5-8].

Entre tanto don que recordamos hoy, sabemos que Jesús nos ha dado también a su madre. A ella, testigo principal del sacrificio de Cristo, podemos acudir para, con su ayuda, tener una vida animada por el agradecimiento humilde de tantos dones recibidos.

 


[5-1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 83.

[5-2] Francisco, Homilía, 5-IV-2020.

[5-3] Santo Tomás de Aquino, Opúsculo 57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4.

[5-4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[5-5] San Ignacio de Antioquía, Epístola a los Efesios, 90.

[5-6] Benedicto XVI, Homilía, 20-III-2008.

[5-7] Concilio Vaticano II, decreto Presbyterorum ordinis, n. 5.

[5-8] Benedicto XVI, Lectio divina, 10-III-2011.

 

cruz

Viernes santo

  • La pasión de Jesús es por amor a nosotros.
  • Acompañar a Cristo en su agonía.
  • En la cruz encontramos nuestro refugio y nuestra salvación.

«DIOS MÍO, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27,46). «Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, por todos nosotros, lo ha hecho para decirnos: “No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado”»[6-1]. A Cristo, sobre todo, le aflige el sufrimiento que, fruto del pecado, experimentamos los hombres y mujeres de todas las épocas: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28).

No hay dolor que haga desistir a Cristo de su propósito de salvarnos. «Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura»[6-2]. La liturgia del Viernes Santo arranca con el sacerdote postrado en tierra. Es la postura en la que se encontraba Jesús en el Huerto de los Olivos. Se le venían encima todos los pecados de los hombres, todos sus dolores y su soledad, los nuestros también, así que se dirige a Dios Padrepara conseguir de él la fuerza para afrontar ese paso decisivo.

Jesús ha venido a la tierra para reparar el mal que nos hemos infligido a nosotros mismos y a los demás. Quiere devolvernos la libertad y la alegría. Su ilusión por nosotros no conoce límites, así que su «yugo es suave y su carga ligera» (Mt 11,30). Nuestros pecados no tienen la última palabra si dejamos hablar a Jesús, si le dejamos decir que nos ama y que no nos reprocha tanto sufrimiento. Hoy recordamos que «Jesús ha caído para que nosotros nos levantemos: una vez y siempre»[6-3].

UNO DE LOS MOTIVOS del pecado es percibir, falsamente, que la voluntad de Dios es un riesgo para nuestra libertad. Le sucedió, por ejemplo, a Adán, nuestro primer padre. Sin embargo, la voluntad de Dios es que seamos felices, que nos dejemos querer por él. «Únicamente somos libres si estamos en nuestra verdad, si estamos unidos a Dios. Entonces nos hacemos verdaderamente “como Dios”, no oponiéndonos a Dios, no desentendiéndonos de él o negándolo. En el forcejeo de la oración en el Monte de los Olivos, Jesús ha deshecho la falsa contradicción entre obediencia y libertad, y abierto el camino hacia la libertad. Oremos al Señor para que nos adentre en este “sí” a la voluntad de Dios, haciéndonos verdaderamente libres»[6-4].

¡Cuánto queremos agradecer al Señor su sacrificio, voluntariamente aceptado, para librarnos de la muerte! Jesucristo entra en agonía y llega a derramar sudor de sangre; pero la confianza en su Padre no desfallece, hace oración una y otra vez. «Se acerca a nosotros, que dormimos: levantaos, orad –nos repite–, para que no caigáis en la tentación»[6-5]. Horas después, la furia de los pecados de la humanidad entera descarga sus golpes sobre el cuerpo inocente de Jesucristo. La ingratitud de nuestros corazones rodea al Señor en su soledad. «Tú y yo no podemos hablar. –No hacen falta palabras. –Míralo, míralo... despacio»[6-6].

«A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva»[6-7].

LAS LLAGAS del Señor, por las que fluyó a raudales su sangre preciosísima, serán refugio sereno para nuestras heridas. En las llagas de Cristo estamos más seguros. Empapados en su sangre redentora, embriagados de Dios, nada hemos de temer. «Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus llagas (...). Necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas santísimas heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa sangre redentora, para fortalecernos. Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo»[6-8].

Y en esa contemplación, es fácil saborear la recia ternura con que canta hoy la Iglesia: «Dulce leño, dulces clavos, que sostienen tan dulce peso»[6-9]. Es «el signo luminoso del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado sobre nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia él, para llevarnos hasta él»[6-10]. Esta es la verdad del Viernes santo: en la cruz, Cristo, nuestro redentor, nos devolvió la dignidad que nos pertenece. Se afianzan nuestros deseos de clavarnos en la cruz gustosamente, de asociarnos a su redención, haciendo que nuestra debilidad sea lavada con la sangre que brota del cuerpo de Jesús.

Al terminar este rato de oración, nuestra mirada se dirige al pie de la cruz, donde se halla la madre dolorosa acompañada de unas cuantas mujeres y de un adolescente. Quienes han pasado por ese trance saben que no hay dolor comparable. Cristo, en aquellos momentos, la necesitaba junto a él y nosotros la necesitamos todavía más.

 


[6-1] Francisco, Homilía, 5-IV-2020.

[6-2] Benedicto XVI, Palabras al final del Vía crucis, 21-III-2008.

[6-3] San Josemaría, Via Crucis, III estación.

[6-4] Benedicto XVI, Homilía, 5-IV-2012.

[6-5] San Josemaría, Santo Rosario, n. 6.

[6-6] San Josemaría, Santo Rosario, n. 7.

[6-7] Francisco, Palabras al final del Vía crucis, 29-III-2014.

[6-8] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 302.

[6-9] Adoración de la Santa Cruz, Himno Crux fidelis.

[6-10] Benedicto XVI, Palabras al final del Vía crucis, 22-IV-2011.

 

cruz

Sábado santo

  • La esperanza ilumina el Sábado santo.
  • Los personajes que acompañan a Cristo en el abandono.
  • María nos consuela y fortalece en los momentos difíciles.

PUEDE SUCEDERNOS que el Sábado santo sea «el día del Triduo pascual que más descuidamos, ansiosos por pasar de la cruz del viernes al aleluya del domingo»[7-1]. Para que esto no nos ocurra, podemos fijarnos en las mujeres que acompañaron a la Virgen en todo momento. «Para ellas, como para nosotros, era la hora más oscura. Pero en esta situación las mujeres no se quedaron paralizadas, no cedieron a las fuerzas oscuras de la lamentación y del remordimiento, no se encerraron en el pesimismo, no huyeron de la realidad. Realizaron algo sencillo y extraordinario: prepararon en sus casas los perfumes para el cuerpo de Jesús. (...) Sin saberlo, esas mujeres preparaban en la oscuridad de aquel sábado el amanecer del “primer día de la semana”, día que cambiaría la historia»[7-2].

Jesucristo yace hoy en el sepulcro. Manos amigas lo han colocado con cariño en aquel lugar, propiedad de José de Arimatea, cercano al Calvario. ¿Dónde están los apóstoles? Nada nos dicen los evangelios, pero tal vez al atardecer de aquel sábado fueron llegando uno a uno hasta el Cenáculo, donde días atrás se habían congregado con el Maestro. ¡Cuánto desánimo en sus conversaciones! Habían traicionado a Jesús. Hasta tal punto debió de llegar el desaliento que no faltó tal vez la idea de abandonarlo todo y volver a las cosas de antes, como si los últimos tres años hubieran sido tan solo un sueño. Sin embargo, «en el silencio que envuelve el Sábado santo, embargados por el amor ilimitado de Dios, vivimos en la espera del alba del tercer día, el alba del triunfo del amor de Dios, el alba de la luz que permite a los ojos del corazón ver de modo nuevo la vida, las dificultades, el sufrimiento. La esperanza ilumina nuestros fracasos, nuestras desilusiones, nuestras amarguras, que parecen marcar el desplome de todo»[7-3].

HAY ALGO diferente en las santas mujeres: han sido fieles hasta el último momento. Observaron atentamente cómo quedaba todo para, después del reposo del sábado, poder volver y terminar de embalsamar a Jesús. Es explicable el desaliento de unos y otros: todavía no eran testigos, ni los apóstoles ni ellas, de la resurrección de Cristo. A pesar de todo, no quieren dejar de prestar ese servicio. Su cariño es más fuerte que la muerte. Por otro lado, también nos gustaría ser tan valientes como José de Arimatea y como Nicodemo, que «en la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio... entonces dan la cara (...). Yo subiré con ellos –decía san Josemaría– al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor... lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones... lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar»[7-4]. Cuando casi nadie espera nada de Cristo, todos estos personajes de la Escritura no se encogen de hombros. No tienen nada que ganar, pueden perderlo todo, pero igualmente quieren ofrecer a Jesús su cariño.

Por otro lado, el Sábado santo no pudo ser para la Virgen un día triste, aunque sí doloroso. La fe, la esperanza, y el amor más tierno por su divino hijo le darían paz, le harían aguardar con un ansia serena la resurrección. Recordaría, entre tanto, las últimas palabras de Jesús: «Mujer, aquí tienes a tu hijo» (Jn 19,26); empezaría ya a ejercer su maternidad con aquellos hombres y aquellas mujeres que habían seguido a Cristo desde los primeros tiempos. María trataría de reanimar la fe y la esperanza de los apóstoles, recordándoles las palabras que poco tiempo atrás habían oído de labios del Señor: «Se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará» (Mc 10,34). Bien claro había hablado el Señor para que, cuando llegasen los momentos de dificultad, supiesen agarrarse con fe a su palabra. Junto al recuerdo doloroso de los sufrimientos padecidos por Jesucristo, un alivio grande se apoderaría de su corazón de madre al pensar que ya había pasado todo: «Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado»[7-5].

JUNTO A LA VIRGEN, a la luz de su esperanza, se encenderían los corazones de cada uno. «¿Y si todo aquello fuese cierto?», pensaban, quizás, los apóstoles. «¿Y si de verdad resucitase Jesucristo, como había prometido?». Como en otros tiempos habían estado todos juntos alrededor del Hijo, ahora les gustaría estar cerca de la madre. Seguramente María envió a unos y otros a buscar a los que quizá no habían aparecido al principio. Es posible que ella esperara encontrar a Tomás para consolar su corazón atemorizado. En el momento de la prueba supieron acudir a María, y «con ella, ¡qué fácil!»[7-6].

Queremos apoyar nuestra fe en la suya: sobre todo cuando las cosas cuestan, cuando llegan las dificultades y los momentos de oscuridad. San Bernardo lo tenía bien experimentado: «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María»[7-7]. Dios quiere que ella sea para nosotros abogada, madre, camino seguro para encontrar otra vez la luz en los momentos de oscuridad.

Quien acude a la poderosa intercesión de santa María sabe que jamás se ha oído decir que, quienes en la Virgen confiaron, hayan quedado desamparados, por más que el momento fuese duro y grande la confusión de su alma. Podemos decirle a Jesús: «A pesar de la tristeza que podamos albergar, sentiremos que debemos esperar, porque contigo la cruz florece en resurrección, porque tú estás con nosotros en la oscuridad de nuestras noches, eres certeza en nuestras incertidumbres, palabra en nuestros silencios, y nada podrá nunca robarnos el amor que nos tienes»[7-8]. Junto a María, madre de la esperanza, volverá a crecer nuestra fe en los méritos de su hijo Jesús.

 


[7-1] Francisco, Homilía,11-IV-2020.

[7-2] Ibíd.

[7-3] Benedicto XVI, Palabras al final del Vía Crucis, 2-IV-2010.

[7-4] San Josemaría, Via Crucis, XIV estación, n. 1.

[7-5] San Josemaría, Via Crucis, XIV estación.

[7-6] San Josemaría, Camino, n. 513.

[7-7] San Bernardo, Homiliae super «Missus est», 2, 17.

[7-8] Francisco, Homilía, 11-IV-2020.