"Meditaciones breves" para el Adviento

Autor
AA.VV
Publicación
OpusDei.org
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Este recurso recoge las meditaciones breves que a partir del primer domingo de Adviento (29-XI-2020) hasta el 24 de diciembre. El tiempo de Navidad está en otro recurso. Son los textos que se publican diariamente en la página web de la Obra. Puede utilizarse en la oración de la mañana como lectura alternativa al libro de Meditaciones. El índice de este recurso permite localizar los temas tratados para utilizar estos textos como guiones de posibles meditaciones.

1a Primer Domingo de Adviento (ciclo A)

  • Recomenzar cada día
  • Apoyados en la gracia Dios
  • Convertirnos confiados en su ayuda

1b. Primer Domingo de Adviento

  • Recomenzar cada día
  • Apoyados en la gracia Dios
  • Convertirnos confiados en su ayuda

1c. Primer Domingo de Adviento 

  • Recomenzar cada día;
  • Apoyados en la gracia Dios;
  • Convertirnos confiados en su ayuda

2. Lunes de la primera semana de Adviento 

  • Jesús viene a estar en medio de nosotros
  • Siempre nos podemos acercar a Él
  • Crecer en amistad con Jesús mediante la oración

3. Martes de la primera semana de Adviento 

  • El Señor viene a buscarnos
  • Comenzar y recomenzar siempre
  • Confiar más en Dios y menos en nosotros mismos

4. Miércoles de la primera semana de Adviento 

  • Con su venida, el Señor muestra su amor hacia nosotros
  • Hoy Jesús sigue viniendo a nosotros, especialmente en la Eucaristía
  • Preparar con cariño y delicadeza la Eucaristía y la Comunión

5. Jueves de la primera semana de Adviento 

  • El acostumbramiento y la tibieza
  • El engaño de edificar sobre arena
  • Con la oración construimos sobre roca

6. Viernes de la primera semana de Adviento 

  • Necesidad de la gracia de Dios
  • La misericordia de Dios nos salva
  • Acoger su misericordia y difundirla

7. Sábado de la primera semana de Adviento

  • Jesús sale a nuestro encuentro
  • Pedir al Señor que envíe obreros a su mies
  • Renovar nuestra misión

8b. Segundo domingo de Adviento

  • Misericordia y paciencia de Dios
  • Llamada a la conversión
  • Rechazar el pecado

8c. Segundo domingo de Adviento

  • Nuestra esperanza se funda en que Dios entró en la historia
  • Mirar nuestro pasado de manera esperanzada
  • Anclarnos en Jesús nos abre hacia el futuro.

9. Lunes de la segunda semana de Adviento

  • Fe y esperanza en el poder salvador de Dios
  • Alegría y confianza
  • Trasmitirla a los demás superando las dificultades

10. Martes de la segunda semana de Adviento 

  • El Señor viene a buscarnos
  • Comenzar y recomenzar siempre
  • Confiar más en Dios y menos en nosotros mismos

11. Miercoles de la segunda semana de Adviento

  • Cansancio y desánimo
  • Mansedumbre y humildad de corazón
  • Llevar el yugo del Señor es suave

12. Jueves de la segunda semana de Adviento

  • Necesidad de la purificación interior
  • La pureza de corazón
  • El amor se enciende y acrecienta en la oración

13. Viernes  de la segunda semana de Adviento

  • Docilidad a las inspiraciones de Dios
  • Ver la realidad desde la perspectiva de Dios
  • Prepararnos para salir al encuentro del Señor

14. Sábado de la segunda semana de Adviento

  • Vernos como Dios nos ve
  • Espíritu de penitencia
  • Purificación interior

15. Tercer domingo de Adviento

  • La alegría del cristiano nace de la cercanía del Señor
  • Los frutos de la alegría en el alma
  • Como Juan el Bautista, precursores de la gracia de Dios

16. Lunes de la tercera semana de Adviento

  • Meditar la Sagrada Escritura: luz para nuestro camino
  • Dios se hace presente en los corazones que le buscan con rectitud
  • El amor a la verdad es característica de los discípulos de Cristo

17. Martes de la tercera semana de Adviento

  • La humildad y el orgullo
  • El amor se manifiesta en obras concretas
  • La parábola de los dos hijos

18. Miércoles de la tercera semana de Adviento

  • El cristiano vive del tesoro de la esperanza
  • Dejar obrar a Dios en nuestra vida
  • La acción maravillosa de Dios a través nuestro

19. Jueves de la tercera semana de Adviento

  • Dios es fiel a sus promesas
  • El ejemplo de san Juan Bautista
  • La fidelidad siempre es creativa

20. Viernes de la tercera semana de Adviento Se completará en el 2022

21. Sábado de la tercera semana de Adviento Se completará en el 2022

 

22. Meditaciones: domingo 4º de Adviento

  • El Adviento de María
  • El fiat de nuestra Señora
  • Una fidelidad que se traduce en servicio

23. Meditaciones: 17 de diciembre

  • El Señor está más cerca
  • Jesús entra a formar parte de la familia humana
  • Cristo nos enriquece

24. Meditaciones: 18 de diciembre

  • San José, el cielo en la tierra
  • Su misión junto a María y el Mesías
  • Con María y Jesús, se superan las dificultades

25. Meditaciones: 19 de diciembre

  • Confianza y temor de Zacarías
  • Las lecciones del silencio
  • Fiarse de Dios

25bis. Meditaciones: 20 de diciembre

  • La alegría de toda vocación
  • Hallar gracia delante de Dios
  • Dejar que el Señor haga su obra en nosotros

26. Meditaciones: 21 de diciembre

  • María parte deprisa a la montaña
  • Gratitud por la bondad de Dios
  • La alegría del que cree

27. Meditaciones: 22 de diciembre

  • El agradecimiento de María
  • Nuestro deseo de Dios es socorrido por Él
  • De la gratitud a la generosidad

28. Meditaciones: 23 de diciembre

  • La misión de Juan
  • Ocultarse y desaparecer
  • El modo silencioso del obrar de Dios

29. Meditaciones: 24 de diciembre

  • Dar gracias por la llegada de Jesús
  • Se ha manifestado la gracia de Dios
  • Termina la espera

Meditaciones Tiempo de Navidad

 

Virgen

 

 

I Domingo de Adviento (ciclo A)

 

  • Recomenzar cada día
  • Apoyados en la gracia Dios
  • Convertirnos confiados en su ayuda

COMENZAMOS hoy el tiempo de Adviento, unos días de espera porque sabemos que la venida de Jesús está cerca. La liturgia de este domingo nos invita a considerar nuestra vida de cara a esta llegada del Señor: «Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir acompañados de buenas obras al encuentro de Cristo que viene, para que, colocados a su derecha, merezcan poseer el reino de los cielos»[1a-1]. Toda nuestra existencia es un tiempo de espera hasta ese gran día en que Jesús vendrá para llevarnos junto a sí. Por eso, como preparación a ese encuentro, la sabiduría de la Iglesia nos hace suplicar a Dios un mayor deseo de hacer el bien.

Escribe san Pablo en su carta a los Romanos: «Ya es hora de que despertéis del sueño, pues ahora nuestra salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe» (Rm 13,11). Dios nos dejó en herencia este mundo nuestro, quiere que nos dediquemos a cuidar a los suyos, nos anima a sembrar el bien en nuestra vida y a nuestro alrededor. Algún día –no sabemos cuándo– volverá el Señor. ¡Qué alegría llevaremos al corazón de Cristo cuando ese día salgamos a su encuentro! Hasta que llegue ese momento deseamos estar vigilantes, porque no sabemos ni el día ni la hora.

Este Adviento puede ser una buena ocasión para considerar aquellas tareas que Dios nos encomendó y ver cómo las estamos llevando adelante. Quizá, junto al agradecimiento por tantas alegrías, reconoceremos que hemos dejado de lado ciertos aspectos. Hoy podemos decidirnos a recomenzar en esos puntos, siguiendo el consejo que con frecuencia daba san Josemaría: «¿Recomenzar? Sí, recomenzar. Yo –me imagino que tú también– recomienzo cada día, cada hora, cada vez que hago un acto de contrición recomienzo»[1a-2].

«VELAD, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24,42). Nos puede parecer que esta exhortación de Jesús tiene un tono demasiado urgente. Pero, ¿no es esta la verdad? La vida es breve, el tiempo pasa muy rápido y puede suceder que, por el ritmo frenético con el que muchas veces vivimos, queden en un segundo plano algunos aspectos centrales de nuestra existencia. El Señor desea estar con nosotros, que no le olvidemos, y por eso nos llama una y otra vez. La invitación a velar es expresión de ese querer de Dios; es un modo de despertarnos si estuviéramos algo adormecidos. Jesús nos invita a saborear nuevamente lo esencial.

«Velad». El Señor nos llama a renovar nuestros deseos de santidad, a convertir nuevamente hacia Dios lo que sea necesario. Esta es la misma invitación que san Pablo dirige a los Romanos: «Revestíos del Señor Jesucristo, y no estéis pendientes de la carne» (Rm 13,14). Se trata, en definitiva, de buscar una vida «no en el estilo mundano, sino en el estilo evangélico: amar a Dios con todo nuestro ser, y amar al prójimo como Jesús lo amó, es decir, en el servicio y en el don de sí mismo. La codicia de bienes, el deseo de tener bienes, no satisface al corazón, al contrario, causa más hambre»[1a-3]

Jesús mismo se nos ofrece como don para alcanzar esa nueva vida. Mientras nos preparamos para el nacimiento del Niño Jesús, podemos considerar estas verdades. El Señor desea colmarnos de su gracia. Este tiempo de Adviento, tiempo de espera, es una oportunidad para abrirnos a ese don y acogerlo de todo corazón. De este modo, saldrá a la luz nuestra mejor versión, el mejor yo de cada uno de nosotros.

NUESTRA VIDA es un don de Dios. Durante el Adviento, tiempo de una gracia especial, la Iglesia nos recuerda una y otra vez esta verdad: Dios vale más que otras cosas que asfixian o reducen el amor, cosas que al final duelen y disgustan. «En una sociedad que con frecuencia piensa demasiado en el bienestar, la fe nos ayuda a alzar la mirada y descubrir la verdadera dimensión de la propia existencia. Si somos portadores del Evangelio, nuestro paso por esta tierra será fecundo»[1a-4]. Alzar la mirada; redescubrir la auténtica dimensión de nuestra vida; dejar poso y ser fecundos en nuestro paso por esta tierra. Ese puede ser un buen programa para el Adviento.

La conversión es, ante todo, una gracia: es luz para ver y fuerza para querer. Deseamos mirar el rostro de Dios para que nos salve. Sabemos que nuestros límites no nos determinan y que, en cambio, nuestro apoyo es la infinita fuerza de Dios. Señor, ponemos en ti nuestra confianza. Necesitamos decírselo, pues Dios es muy respetuoso de nuestra libertad y espera a que le dejemos participar en nuestra vida. Si se lo pedimos, si dejamos en sus manos las tareas más difíciles y nos empeñamos en realizar aquellas que están a nuestro alcance, tenemos la certeza de que él nos dará su luz y su fuerza.

Conociendo quién es nuestro Señor y su consejo para que estemos en vela, queremos mantener esa disposición de amor, también cuando en ocasiones el cansancio está presente en nuestras jornadas. Contamos con la presencia de María: ella supo vivir en vigilante espera los meses de gestación del Señor y sabrá mantenernos despiertos y alegres, recomenzando cada vez que sea necesario, hasta la llegada de nuestro Jesús.

 

[1a-1] Misal romano, I Domingo de Adviento, oración Colecta.

[1a-2] San Josemaría, En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, p. 143.

[1a-3] Francisco, Ángelus, 4-VIII-2019.

[1a-4] Mons. Fernando Ocáriz, artículo “Luz para ver, fuerza para querer”, ABC, 18-IX-2018.

 

1b. Primer Domingo de Adviento 

  • Recomenzar cada día
  • Apoyados en la gracia Dios
  • Convertirnos confiados en su ayuda

COMENZAMOS hoy el tiempo de Adviento, unos días de espera porque sabemos que la venida de Jesús está cerca. La liturgia de este domingo nos invita a considerar nuestra vida de cara a esta llegada del Señor: «Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir acompañados de buenas obras al encuentro de Cristo que viene, para que, colocados a su derecha, merezcan poseer el reino de los cielos»[1-1].

Toda nuestra existencia, con cada una de las jornadas que la componen, es un tiempo de espera hasta ese gran día en que Jesús vendrá para llevarnos junto a sí. Por eso, como preparación a ese encuentro, la sabiduría de la Iglesia nos hace suplicar a Dios un mayor deseo de hacer el bien.
En el evangelio de hoy, el Señor nos quiere dar una pista sobre el sentido de nuestra vida mediante una comparación: «Es como un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase» (Mc 13,34). Como este hombre a sus criados, Dios nos dejó a cargo de su casa. Quiere que nos dediquemos a cuidar a los suyos, que nos esforcemos por sembrar el bien en nuestra vida y a nuestro alrededor. Algún día –no sabemos cuándo– volverá el Señor. ¡Qué alegría llevaremos al corazón de Cristo cuando ese día salgamos a su encuentro! Hasta que llegue ese momento deseamos estar vigilantes, porque no sabemos «a qué hora volverá el señor de la casa, si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada» (Mc 13,35).
Delante de Jesús que nos mira con cariño, podemos pensar qué confianza tiene Dios con nosotros al hacernos partícipes de su misión. Este Adviento puede ser una buena ocasión para considerar aquellas tareas que el Señor nos encomendó y ver cómo las estamos llevando adelante. Quizá, junto al agradecimiento por tantas alegrías, reconoceremos que hemos dejado de lado ciertos aspectos. Hoy podemos decidirnos a recomenzar en esos puntos, siguiendo el consejo que con frecuencia daba san Josemaría: «¿Recomenzar? Sí, recomenzar. Yo –me imagino que tú también– recomienzo cada día, cada hora, cada vez que hago un acto de contrición recomienzo»[1-2]

«LO QUE A VOSOTROS os digo, a todos lo digo: ¡velad!» (Mc 13,37). Nos puede parecer que la exhortación del Señor tiene un tono demasiado urgente. Pero, ¿no es esta la verdad? La vida es breve, el tiempo pasa muy rápido y puede suceder que, por el ritmo frenético con el que muchas veces vivimos, queden en un segundo plano algunos aspectos centrales de nuestra existencia. El Señor desea estar con nosotros, desea que no le olvidemos, y por eso nos llama una y otra vez. La invitación a velar es expresión de ese querer de Dios; es un modo de despertarnos si estuviéramos algo adormecidos espiritualmente o distraídos en un sinfín de cosas inmediatas que parecen más importantes. Jesús nos invita a saborear nuevamente lo esencial.
«¡Velad!». El Señor nos llama amorosamente a renovar nuestros deseos de santidad, a convertir nuevamente hacia Dios lo que sea necesario. Y san Pablo, en la segunda lectura de la Misa, nos recuerda que esa obra de nuestra santidad no depende solo de nuestros esfuerzos, de nuestro empeño: «Doy continuamente gracias a mi Dios por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido concedida en Cristo Jesús, porque en Él fuisteis enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, de modo que el testimonio de Cristo se ha confirmado en vosotros, y así no os falta ningún don, mientras esperáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (1Cor 1,4-7).
La gracia de Dios nos ha sido concedida. Hemos sido enriquecidos con ella. Jesús nos llama a la comunión y, sorprendentemente, Él mismo se nos ofrece como don para alcanzar esa nueva vida. Mientras nos preparamos exteriormente e interiormente para el nacimiento del Niño Jesús, podemos considerar estas verdades. El Señor desea colmarnos de su gracia: de su amor, misericordia, ternura, humildad, fortaleza, ciencia… Este tiempo de Adviento, tiempo de espera, es una oportunidad para abrirnos a esa gracia, para acogerla de todo corazón. De este modo, saldrá a la luz nuestra mejor versión, el mejor yo de cada uno de nosotros. Podemos manifestar este deseo a Dios con las palabras del profeta Isaías: «Señor, Tú eres nuestro Padre; nosotros, el barro, Tú nuestro alfarero, y todos nosotros la obra de tus manos» (Is 64,7).

NUESTRA VIDA es un maravilloso don de Dios. Durante el Adviento, tiempo de una gracia especial, la Iglesia nos recuerda una y otra vez esta verdad: tu vida es una gran riqueza; el Señor te colma de dones y desea hacer de tu existencia algo muy hermoso; míralo, considéralo despacio: ¿no es cierto que vale la pena? ¿Verdad que has experimentado que Dios vale más que otras cosas que asfixian o reducen el amor, que duelen y disgustan?
«En una sociedad que con frecuencia piensa demasiado en el bienestar, la fe nos ayuda a alzar la mirada y descubrir la verdadera dimensión de la propia existencia. Si somos portadores del Evangelio, nuestro paso por esta tierra será fecundo»[1-3]. Alzar la mirada; redescubrir la auténtica dimensión de nuestra vida; dejar poso y ser fecundos en nuestro paso por esta tierra. Ese puede ser un buen programa para el Adviento. Deseando que se haga realidad en cada uno de nosotros, podemos pedir al Señor con las palabras del Salmo: «¡Oh Dios, conviértenos, haz que brille tu rostro y seremos salvos!» (Sal 80,4).
La conversión es ante todo una gracia: es luz para ver y fuerza para querer. Deseamos mirar el rostro de Dios para que nos salve. Sabemos que nuestras miserias y límites no nos determinan y que, en cambio, nuestro apoyo es la infinita fuerza de Dios. Señor, ponemos en ti nuestra confianza. Necesitamos decírselo, pues Dios es muy respetuoso de nuestra libertad y espera a que le dejemos participar en nuestra vida. Si se lo pedimos, si después escuchamos sus consejos e intentamos ponerlos en práctica, si dejamos en sus manos las tareas más difíciles y nos empeñamos en realizar aquellas que están a nuestro alcance, tenemos la certeza de que Él nos dará su luz y su fuerza. De este modo, cuando regrese el dueño de la casa, nos encontrará despiertos y atentos, trabajando en la tarea que nos confió al partir. Escucharemos entonces, referidas a nosotros, aquellas palabras que un día salieron de sus labios divinos: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,23).
Conociendo quién es nuestro Señor y su consejo para que estemos en vela, queremos mantener esa disposición de amor, también cuando en ocasiones el cansancio está presente en nuestras jornadas. Contamos con la presencia de María: ella supo vivir en vigilante espera los meses de gestación del Señor y sabrá mantenernos despiertos y alegres, recomenzando cada vez que sea necesario, hasta la llegada de nuestro Jesús.

 

[1-1] Misal romano, I Domingo de Adviento, oración colecta.

[1-2]  San Josemaría, Meditación, 3-XII-1961, en el domingo I de Adviento.

[1-3]  Mons. Fernando Ocáriz, artículo “Luz para ver, fuerza para querer”, ABC, 18-IX-2018.

 

 

Virgen

 

1c. Primer Domingo de Adviento 

  • Recomenzar cada día;
  • Apoyados en la gracia Dios;
  • Convertirnos confiados en su ayuda

COMENZAMOS hoy el tiempo de Adviento, unos días de espera porque sabemos que la venida de Jesús está cerca. La liturgia de este domingo nos invita a considerar nuestra vida de cara a esta llegada del Señor: «Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir acompañados de buenas obras al encuentro de Cristo que viene, para que, colocados a su derecha, merezcan poseer el reino de los cielos»[1c-1]. Toda nuestra existencia es un tiempo de espera hasta ese gran día en que Jesús vendrá para llevarnos junto a sí. Por eso, como preparación a ese encuentro, la sabiduría de la Iglesia nos hace suplicar a Dios un mayor deseo de hacer el bien.

En el evangelio de hoy, escuchamos de labios de Jesús: «Erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención» (Lc 21,28). Dios nos dejó en herencia este mundo nuestro, quiere que nos dediquemos a cuidar a los suyos, nos anima a sembrar el bien en nuestra vida y a nuestro alrededor. Algún día –no sabemos cuándo– volverá el Señor. ¡Qué alegría llevaremos al corazón de Cristo cuando ese día salgamos a su encuentro! Hasta que llegue ese momento deseamos estar vigilantes, porque no sabemos ni el día ni la hora.

Delante de Jesús podemos considerar la confianza que tiene Dios con nosotros al hacernos partícipes de su misión. Este Adviento puede ser una buena ocasión para considerar aquellas tareas que el Señor nos encomendó y ver cómo las estamos llevando adelante. Quizá, junto al agradecimiento por tantas alegrías, reconoceremos que hemos dejado de lado ciertos aspectos. Hoy podemos decidirnos a recomenzar en esos puntos, siguiendo el consejo que con frecuencia daba san Josemaría: «¿Recomenzar? Sí, recomenzar. Yo –me imagino que tú también– recomienzo cada día, cada hora, cada vez que hago un acto de contrición recomienzo»[1c-2].

«VIGILAD ORANDO en todo tiempo» (Lc 21,36). Nos puede parecer que la exhortación del Señor en el Evangelio de hoy tiene un tono demasiado urgente. Pero, ¿no es esta la verdad? La vida es breve, el tiempo pasa muy rápido y puede suceder que, por el ritmo frenético con el que muchas veces vivimos, queden en un segundo plano algunos aspectos centrales de nuestra existencia. El Señor desea estar con nosotros, desea que no le olvidemos, y por eso nos llama una y otra vez. La invitación a velar es expresión de ese querer de Dios; es un modo de despertarnos si estuviéramos algo adormecidos espiritualmente o distraídos en un sinfín de cosas inmediatas que parecen más importantes. Jesús nos invita a saborear nuevamente lo esencial.

«Vigilad». El Señor nos llama amorosamente a renovar nuestros deseos de santidad, a convertir nuevamente hacia Dios lo que sea necesario. Y san Pablo, en la segunda lectura de la Misa, nos recuerda que esa obra de nuestra santidad no depende solo de nuestros esfuerzos, de nuestro empeño, sino que es una obra de Dios: «Que el Señor os colme y os haga rebosar en la caridad de unos con otros» (1 Ts 3,12).

La ayuda divina nos ha sido concedida. Hemos sido enriquecidos con ella. Jesús nos llama a la comunión y, sorprendentemente, él mismo se nos ofrece como don para alcanzar esa nueva vida. Mientras nos preparamos exteriormente e interiormente para el nacimiento del Niño Jesús, podemos considerar estas verdades. El Señor desea colmarnos de su gracia: de su amor, misericordia, ternura, humildad, fortaleza, ciencia… Este tiempo de Adviento, tiempo de espera, es una oportunidad para abrirnos a esa gracia, para acogerla de todo corazón. De este modo, saldrá a la luz nuestra mejor versión, el mejor yo de cada uno de nosotros.

NUESTRA VIDA es un maravilloso don de Dios. Durante el Adviento, tiempo de una gracia especial, la Iglesia nos recuerda una y otra vez esta verdad: Dios vale más que otras cosas que asfixian o reducen el amor, cosas que al final duelen y disgustan. «En una sociedad que con frecuencia piensa demasiado en el bienestar, la fe nos ayuda a alzar la mirada y descubrir la verdadera dimensión de la propia existencia. Si somos portadores del Evangelio, nuestro paso por esta tierra será fecundo»[1c-3]. Alzar la mirada; redescubrir la auténtica dimensión de nuestra vida; dejar poso y ser fecundos en nuestro paso por esta tierra. Ese puede ser un buen programa para el Adviento. Deseando que se haga realidad en cada uno de nosotros, podemos pedir al Señor con las palabras del Salmo: «Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus sendas» (Sal 25,4).

La conversión es ante todo una gracia: es luz para ver y fuerza para querer. Deseamos mirar el rostro de Dios para que nos salve. Sabemos que nuestros límites no nos determinan y que, en cambio, nuestro apoyo es la infinita fuerza de Dios. Señor, ponemos en ti nuestra confianza. Necesitamos decírselo, pues Dios es muy respetuoso de nuestra libertad y espera a que le dejemos participar en nuestra vida. Si se lo pedimos, si después escuchamos sus palabras e intentamos ponerlas en práctica, si dejamos en sus manos las tareas más difíciles y nos empeñamos en realizar aquellas que están a nuestro alcance, tenemos la certeza de que él nos dará su luz y su fuerza.

Conociendo quién es nuestro Señor y su consejo para que estemos en vela, queremos mantener esa disposición de amor, también cuando en ocasiones el cansancio está presente en nuestras jornadas. Contamos con la presencia de María: ella supo vivir en vigilante espera los meses de gestación del Señor y sabrá mantenernos despiertos y alegres, recomenzando cada vez que sea necesario, hasta la llegada de nuestro Jesús.

[1c-1] 1 Misal romano, I Domingo de Adviento, oración Colecta.

[1c-2] San Josemaría, En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, p. 143.

[1c-3] Mons. Fernando Ocáriz, artículo “Luz para ver, fuerza para querer”, ABC, 18-IX-2018.

 

Virgen

2. Lunes de la primera semana de Adviento 

  • Jesús viene a estar en medio de nosotros
  • Siempre nos podemos acercar a Él
  • Crecer en amistad con Jesús mediante la oración

COMIENZA el ciclo litúrgico y recorreremos nuevamente los misterios de la vida de Cristo, sus gozos, sus dolores y su gloria. Empezaremos estos días con la expectación de su Nacimiento, pasaremos después por su Vida, Muerte, Resurrección y Ascensión, hasta que llegaremos finalmente a Pentecostés, momento en que nos envía su Espíritu Santo para así acompañarnos «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Sabemos que esta repetición anual de los misterios es mucho más que un recuerdo piadoso: «No es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni la simple conmemoración de una edad pretérita: es más bien Cristo mismo que vive en su Iglesia»[2-1]. Cada tiempo litúrgico de la Iglesia nos inserta personalmente en un momento o aspecto concreto de la vida del mismo Jesús que pisó las calles de Galilea. Porque «Iesus Christus heri et hodie, Ipse et in saecula» (Hb 13,8): Jesucristo continúa vivo en la tierra y nosotros podemos conocerlo y amarlo; incluso más: podemos vivir en Él.

En estos días de Adviento, en concreto, vivimos realmente la expectación del Mesías. «Ya está a punto de llegar su hora, sus días no tardarán»[2-2], repite la Iglesia. Una vez más, Jesús viene a nuestro mundo, se hace presente en nuestras vidas. Viene con el deseo de caminar junto a nosotros por los senderos de la Historia. Él quiere que le hagamos partícipe de nuestras alegrías, que le confiemos nuestras penas; desea poder consolarnos y darnos la fuerza necesaria para llevar adelante la misión de cada día. Podemos agradecerle este aspecto de su vida que viviremos estos días: que Dios se haya hecho hombre para que nosotros podamos a ser hijos de Dios y para contar con su compañía.

ALGUNAS PERSONAS que estuvieron con Jesús cuando Él pasó haciendo el bien por nuestro mundo nos pueden enseñar cómo tratar al Maestro. «Al entrar [Jesús] en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó: –Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes» (Mt 8,5-6). La liturgia de hoy nos ofrece este episodio de la vida del Señor para nuestra consideración. Aquel buen hombre, un gentil, sufre por la enfermedad de un criado a quien estima de verdad. Ante la amarga impotencia de no ser capaz de ayudarlo, reacciona en manera sabia y humilde, llena de fe: va en busca de Jesús y con sinceridad le expone su tristeza. No es necesario que pida nada, le basta con contarle su situación, con abrir su alma.

Nosotros también tenemos nuestras dificultades y tristezas; tenemos también amigos que queremos que sean curados y queremos nosotros mismos sentir cerca la mano del Señor Por eso reaccionamos confiadamente, como lo hizo este centurión, y acudimos a Jesús. Es bueno recordar cuánto le necesitamos y cómo desea ardientemente ayudarnos. Es muy consolador saber que, en cualquier momento, podemos dirigirnos a Él con total sencillez: Jesús, tengo unas cuantas cosas que no sé cómo resolver y que me quitan la paz. Tengo fe, pero reconozco que a veces me falta confiar más en ti; todavía tengo que aprender a poner más plenamente mi vida en tus manos.

Hoy queremos imitar al centurión del evangelio y abrir al Señor nuestro corazón. Permaneciendo en silencio, en diálogo con Jesús, le presentamos nuestra vida y nuestras necesidades. Y nos quedamos tranquilos, sabiendo que ahora él también se ocupa de ellas.

«SEÑOR, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano». ¡Cómo nos conmueve siempre volver a contemplar la fe del centurión! Una fe que dejó admirado a Jesús mismo, quien la alabó: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (Mt 8,6). Una fe grande y, a la vez, humilde y sencilla, expresada en unas palabras que la liturgia pone cada día en nuestros labios antes de recibir la sagrada Comunión.

Nosotros podemos acercarnos diariamente a Jesús en la Eucaristía, y nos gustaría hacerlo con la misma confianza en el poder del Señor y con la misma humildad que observamos en este personaje del evangelio. «No comprendo –decía san Josemaría– cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística. Unas veces, con prácticas multitudinarias, profesando públicamente su fe; otras, con gestos silenciosos y callados, en la sacra paz del templo o en la intimidad del corazón»[2-3].

En la Eucaristía y en la intimidad del corazón podemos alimentar nuestra amistad con Jesús. Él está siempre a nuestro lado para ayudarnos con su gracia, alegrarnos con su presencia y darnos a conocer su amor por nosotros. Aunque a veces no podamos acercarnos físicamente a Jesús Sacramentado, siempre podemos encontrarnos con Dios al recogernos en el silencio de nuestro corazón, como lo hizo tantas veces nuestra Madre, santa María (cfr. Lc 2,19). En el umbral de este año litúrgico que comienza, podemos pedirle a Ella su compañía para adentrarnos en cada momento de la vida de su Hijo.

 

[2-1] Pío XII, encíclica Mediator Dei, n. 205.

[2-2] Liturgia de las Horas, lunes de la I semana de Adviento, hora nona, lectura breve (cfr. Is 14,1).

[2-3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 154.

 

Virgen

3. Martes de la primera semana de Adviento 

  • Dios se da a conocer
  • Sencillez para comprender las enseñanzas de Dios
  • El trato con Jesús ilumina nuestra jornada

GUIADOS por las enseñanzas y el ejemplo de san Josemaría, hemos aprendido a amar apasionadamente el mundo. Disfrutamos de todas las realidades nobles y buenas de la creación porque sabemos que son un don de Dios. Al mismo tiempo, no somos indiferentes ante el mal en el mundo, que disminuye su belleza y lo aleja de su plan amoroso.

Aunque las causas de estas situaciones son múltiples, entre ellas podemos identificar una que tiene especial relevancia: el desconocimiento que tienen muchas personas de la bondad de nuestro Creador. «Bien pudiera decirse que el mayor enemigo de Dios –porque se ama a Dios después de conocerlo– es la ignorancia: origen de tantos males y obstáculo grande para la salvación de las almas»[3-1]. Por el contrario, cuando conocemos su amor por nosotros, cuando descubrimos que Dios sueña con que seamos felices, es lógico quererle sobre todas las cosas, acercarnos a quien es el origen de todo bien. «Nadie hará mal ni causará daño en todo mi monte santo, porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor» (Is 11,9).

Dios se sirvió de algunos hombres y mujeres de diversas épocas para darse a conocer y así dar la oportunidad al hombre de ser más libre. «Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley» (Ga 4,4), para llevar esta tarea hasta el fin. Es tan grande el deseo que tiene Dios de que le conozcamos que vino Él mismo, en persona, para indicarnos los proyectos de su amor.

Llenos de reconocimiento y gratitud, podemos unirnos a la oración de alabanza que, como recoge el evangelio de la Misa de hoy, Jesús elevó un día al Padre: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21).

«MIRAD, el Señor llega con poder e iluminará los ojos de sus siervos»[3-2]. Aquella promesa de sabiduría para los hombres se cumplió con la venida al mundo de Jesús, sobre quien reposó «el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor» (Is 1,2). Él sigue dispuesto a dialogar personalmente con cada uno de nosotros para instruirnos, para guiarnos, para alentarnos. Con frecuencia, Dios nos habla a través de personas y situaciones, convirtiendo toda la realidad de nuestra vida en un lugar de encuentro con Él. Si procuramos tener una vida contemplativa, en todos los acontecimientos del día a día podremos descubrir la voz de Dios que nos busca.

En ese diálogo, el Señor espera que nos dirijamos a Él con confianza para iluminar lo que no comprendemos. Por esto, con sencillez, nos ponemos en su presencia y le planteamos nuestras dudas de corazón a corazón, recordando que Dios se revela a los pequeños. En cambio, para los sabios según la carne, las palabras del Señor pueden sonar como frases inconexas. Por eso necesitamos poner de nuestra parte para permanecer abiertos a escuchar su palabra, aunque solo la entendamos parcialmente. «¡Cuántas contrariedades desaparecen, cuando interiormente nos colocamos bien próximos a ese Dios nuestro, que nunca abandona! Se renueva, con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz»[3-3].

Si nos acercamos al Señor con un atrevimiento de niños, entonces nos revelará su sabiduría y nos dará a conocer sus designios. También nos colmará de paz, de alegría, y nos concederá la fortaleza para sobrellevar las dificultades que la vida nos presenta.

EN JESUCRISTO se contiene la plenitud de la revelación. «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Lc 10,22). «Jesús no nos dice algo sobre Dios, no habla simplemente del Padre, sino que es revelación de Dios, porque es Dios, y nos revela de este modo el rostro de Dios»[3-4]. Dios se hizo carne en Cristo para que pudiéramos verlo, entrar en relación directa con Él y para darnos a conocer los planes de su sabiduría. A la hora de buscar respuestas a los interrogantes de nuestra vida, haremos muy bien en acudir a Jesús. En nuestro diálogo con Cristo no existen inquietudes superfluas ni dudas inoportunas. Toda la sabiduría está contenida en el misterio del Verbo hecho hombre: Jesús es la Palabra de Dios.

Es fácil imaginarse a los apóstoles preguntando a Jesús el significado más profundo de alguna parábola que no habían comprendido, o acercándose a pedirle una explicación sobre un suceso determinado que conocían todos. Nosotros tenemos esa misma facilidad para entablar una conversación con el Señor. El trato personal y diario con Él nos lleva a conocerle cada vez mejor, a adquirir una connaturalidad con su manera de reaccionar frente a las diversas circunstancias de la vida. Por eso nos sirve pedirle al Espíritu Santo que nuestro diálogo con Jesús sea luz para nosotros y para los demás.

A lo largo de la vida aprendemos muchas cosas. Algunas de ellas son constitutivas de nuestro modo de pensar, de ser y de actuar. Es probable que varias de esas enseñanzas fundamentales las hayamos recibido de los labios o del ejemplo de nuestras madres. La vida de María constituye para nosotros una enseñanza maravillosa de diálogo con el Señor. ¡Ojalá aprendamos de la Virgen aquella confianza para mirar y escuchar a Jesús!

 

[3-1] San Josemaría, Carta 11-III-1940, n. 47.

[3-2] Misal romano, Martes de la I semana de Adviento, Antífona al evangelio.

[3-3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 249.

[3-4] Benedicto XVI, Audiencia, 16-I-2013.

 

Virgen

4. Miércoles de la primera semana de Adviento 

  • Con su venida, el Señor muestra su amor hacia nosotros
  • Hoy Jesús sigue viniendo a nosotros, especialmente en la Eucaristía
  • Preparar con cariño y delicadeza la Eucaristía y la Comunión

«VEN, SEÑOR, y no tardes»[4-1]. La oración de la Iglesia se llena estos días del deseo de la venida de Cristo, el Mesías esperado, Redentor nuestro. He aquí que el Señor vendrá para salvar a su pueblo; bienaventurados los que estén preparados para salir a su encuentro (cfr. Za 14,5). Durante largos siglos, la esperanza de los hombres aguardó la llegada del Redentor. Al ver ahora tan próximo el misterio de su nacimiento, queremos llenarnos de esos deseos por salir al encuentro del Señor con aquella misma esperanza.

Con la encarnación de su Hijo unigénito, Dios nos ha mostrado su infinito amor: «¿Cuál es la causa de la venida del Señor, sino mostrar su amor hacia nosotros?»[4-2]. Y se trata de un amor de Padre, porque lo hizo «a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» (Ga 4,4-5).

El Señor llega a la tierra para colmarnos de gracias: «No te pido pago alguno por lo que te doy –nos dice–, antes yo mismo quiero ser tu deudor, por el solo título de que quieras beneficiarte de todo lo mío. ¿Con qué puede compararse este honor? Yo soy padre, yo hermano, yo esposo, yo casa, yo manjar, yo vestido, yo raíz, yo fundamento; todo cuanto quieras soy yo; no te veas necesitado de cosa alguna. Hasta te serviré, “porque vine a servir y no a ser servido” (Mt 20,28). Yo soy amigo, y miembro y cabeza, y hermano y hermana y madre; todo lo soy, y sólo quiero contigo intimidad. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti; en el cielo, por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para Mí: hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres?»[4-3].

Toda la vida de Jesús es una genuina expresión de este amor sin límites, de su entrega por nosotros. Los que se acercaron a Jesús pudieron comprobarlo sobradamente. El evangelio de hoy nos habla de una muchedumbre que acude a Jesucristo para presentarle sus necesidades: «Cuando Jesús se marchó de aquel lugar, vino junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies, y él los curó» (Mt 15,29-30). Ninguna de nuestras necesidades deja indiferente a Jesús. Todo lo nuestro es un continuo llamado a su corazón; nuestras alegrías y nuestras inquietudes le impulsan a venir a nuestro encuentro.

¡TAN a gusto se encontraba la muchedumbre junto a Jesús que apenas se dieron cuenta de que llevaban con Él tres largos días! Y el Señor se conmueve. «Me da mucha pena la muchedumbre –dice a sus discípulos–, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya a ser que desfallezcan en el camino» (Mt 15,32). El cariño de Jesús no se fija solo en los grandes problemas sino también en las necesidades de la vida ordinaria; no predica solamente una bella doctrina sino que la vive cuerpo a cuerpo.

La preocupación de Jesús es creativa, le lleva a imaginar los problemas que cada uno puede tener cuando se encuentre camino a casa; no se conforma con haberles atendido durante aquellos momentos en los que se acercaban hasta Él, aunque hayan sido tres días enteros. Y esta inquietud por la felicidad del otro le impulsa a actuar. Con su infinito poder multiplica milagrosamente unos pocos panes y algunos peces, lo único que tenía en ese momento al alcance de la mano, y pide a sus discípulos que los repartan entre la multitud (cfr. Mt 15,35-37). El Señor da de comer a la muchedumbre hambrienta para que no desfallezca en el camino.

Hoy, como entonces, Jesús se conmueve de frente a nuestras necesidades y nos ayuda a resolverlas. No quiere que desfallezcamos, tampoco por falta de alimento espiritual. Si en aquel tiempo el Señor se sentó en el monte a aguardar a quienes quisieran acercarse y les ofreció pan para alimentar sus cuerpos, hoy en cambio nos espera en el Pan eucarístico. Podemos acudir nosotros también a Jesús para presentarle nuestras necesidades, nuestras alegrías y nuestros ideales. Nos sentiremos tiernamente amados y se nos pasarán los días junto a Él.

«Y COMIERON todos y quedaron satisfechos. Con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas» (Mt 15,37), concluye el relato, aclarando que se trataba de más de cuatro mil personas. Contemplar la magnitud de la generosidad del Señor nos puede ayudar a disponernos lo mejor posible para acoger las gracias que quiere otorgarnos en este tiempo de Adviento; mirar cómo reparte sus dones a manos llenas, hasta hacer que rebosen los recipientes, nos llena de esperanza. Ven, Señor –le decimos–, que nuestro corazón te espera. Ven, que nuestro vacío quiere llenarse, hasta los bordes, de ti.

En la primera lectura de la Misa leemos la promesa del banquete mesiánico que Dios dispone para los hombres. «El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos, en este monte, un banquete de sabrosos manjares, un banquete de vinos añejos, manjares suculentos, y vinos exquisitos. Y eliminará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, y el manto que recubre todas las naciones. Eliminará para siempre la muerte. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y apartará el oprobio de su pueblo en toda la tierra, porque ha hablado el Señor. Aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios. En Él esperábamos para que nos salvara; es el Señor, en quien esperábamos: exultemos y gocémonos de su salvación”» (Is 25,6-9).

Este festín divino se hace realidad, cada día, en la sagrada comunión. Por eso, si nos parece lógico poner el mayor empeño posible en prepararnos para recibir al Niño que nacerá en Belén, lo mismo sucede con nuestra espera para cada encuentro diario de la Eucaristía. San Josemaría tenía presente esta realidad, que le llevaba a dedicar la mitad de su jornada a pensar en la Misa que celebraría el día siguiente: «¿Has pensado en alguna ocasión cómo te prepararías para recibir al Señor, si se pudiera comulgar una sola vez en la vida? –Agradezcamos a Dios la facilidad que tenemos para acercarnos a Él, pero... hemos de agradecérselo preparándonos muy bien, para recibirle»[4-4].

La comunión espiritual puede ser una magnífica expresión de la impaciencia con que nos acercamos cada día a recibir al Señor. Y en ella nos unimos a las disposiciones interiores de María: «Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre»[4-5]. «Pídelo conmigo a Nuestra Señora –insiste san Josemaría–, imaginando cómo pasaría ella esos meses en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!»[4-6].

 

<[4-1] Liturgia de la Horas, miércoles de la I semana de Adviento, hora nona, responsorio breve.

[4-2] San Agustín, De catechizandis rudibus, n. 4.

[4-3] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de san Mateo, n. 76.

[4-4] San Josemaría, Forja, n. 828.

[4-5] Fórmula de la comunión espiritual.

[4-6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 11.

 

 

Virgen

5. Jueves de la primera semana de Adviento 

  • El acostumbramiento y la tibieza
  • El engaño de edificar sobre arena
  • Con la oración construimos sobre roca

 

«NO TODO el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21). Estas palabras de Jesús, al comienzo del evangelio de la Misa, ponen de manifiesto, en primer lugar, la existencia de un plan de Dios al que desea sumarnos; y, al mismo tiempo, nos revela la posibilidad siempre presente de que rechacemos en nuestra vida ese designio.
«Dios nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor» (Ef 1,4); esta es la voluntad de Dios para cada cristiano, el sentido de nuestras vidas, el porqué y el para qué de nuestra existencia. El proyecto divino es que seamos santos, es decir, que nuestro amor a Dios se desborde en un amor sincero por todos los hombres, empezando por quienes tenemos a nuestro lado. Los caminos para alcanzar esa meta son variadísimos y, en muchos casos, realmente sorprendentes.
Sin embargo, conforme pasan los años, en el camino puede manifestarse un cierto acostumbramiento, una rutina opaca que nos lleva a la tibieza. Puede enfriarse el entusiasmo con el que vivíamos nuestra historia de amor con Dios. El deseo de seguir de cerca a Jesús sigue en el origen de nuestras acciones, pero un poco más apagado, más tenue. Nos contentamos con ir tirando, tal vez alimentándonos solamente de experiencias del pasado. Los grandes ideales, entonces, nos parecen un sueño y nuestro espíritu de examen no despierta el corazón. No nos consideramos especialmente pecadores e incluso deseamos ser santos, pero con un deseo tan débil que aplaza el momento de traducirlo en obras.
San Josemaría se adelantaba ante esta posible situación y nos animaba a intensificar nuestra oración. «Me duele ver el peligro de tibieza en que te encuentras cuando no te veo ir seriamente a la perfección dentro de tu estado. –Di conmigo: ¡no quiero tibieza!: “confige timore tuo carnes meas!” –¡dame, Dios mío, un temor filial, que me haga reaccionar!»[5-1].

EN EL EVANGELIO de hoy, Jesús recurre a un ejemplo gráfico para caracterizar la conducta de quien no ha descubierto la grandeza de la voluntad de Dios para su vida: «Es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina» (Mt 7,26-27). El calificativo utilizado, necio, muestra que aun cuando deseemos proyectar una vida plena, podemos caer en la trampa de hacerlo sin contar con lo esencial: sin construir desde los planes de Dios. Las causas pueden ser negligencia, superficialidad, pereza... Y, en cualquier caso, se invertirán muchos esfuerzos y gastos para una construcción que tiene fecha de caducidad.
Aunque a veces no resulte evidente, edificar sobre roca firme -sobre Dios- puede ser incluso más sencillo. En cambio, la vida de la persona tibia que construye sobre arena puede parecer en teoría más fácil. Aunque rehúye el sacrificio y otras exigencias del amor, en la práctica no logra evitar tensiones. Casi sin darse cuenta, divide su corazón, calcula, gasta sus energías en llegar a pactos y compromisos que no satisfacen; con frecuencia está más pendiente del qué dirán o de compararse con otros que de tener una mirada serena de la propia realidad. Los sacrificios que antes eran gustosos ahora son amargos, pues no nacen del mismo amor.
Cuando nos descubramos pobres en deseos de santidad, podemos acercarnos al calor del corazón de Jesús. «Los tibios –decía san Josemaría– tienen el corazón de barro, de carne miserable. Hay corazones duros, pero nobles, que, al acercarse al calor del corazón de Jesucristo, se derriten como el bronce en lágrimas de amor, de desagravio, ¡se encienden!»[5-2]. Animados por la luz de su mirada amorosa, le decimos con audacia: enciende nuevamente mi alma. No dejes que permanezca en la tristeza de mi alma. Podemos estar seguros de que el Señor acogerá nuestra súplica humilde y confiada.

«BUSCAD AL SEÑOR mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca»[5-3]. Buscar al Señor en la oración y restablecer el diálogo personal con Él nos aleja de la tibieza. «Et in meditatione mea exardescit ignis –y, en mi meditación, se enciende el fuego. –A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz»[5-4]. Ese diálogo íntimo con Jesús nos impulsará a reforzar el cambio que deseamos para nuestra vida; nos moverá a sintonizar con los deseos de Dios y a orientar nuestra vida junto a Él.
Es posible que a veces sintamos el peso de nuestros fallos y que nuestros buenos deseos superen ampliamente a nuestras acciones. Pero también es verdad que cuando nos abrimos a la acción del Espíritu Santo sabemos que nuestra humilde plegaria es escuchada; Dios aviva nuestros deseos, realizando en nosotros aquello que nos parecía imposible. «A ti que te desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice en la quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy yo, ayúdame... Si acude a la Madre de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante»[5-5].
Sobre ese firme fundamento el Señor podrá construir un gran edificio, más recio y más sólido: «Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7,24-25). De este modo, podremos ir adelante con confianza. No nos engañaremos con los pactos que nos ofrece el acostumbramiento en la lucha. Y, aunque haya dificultades, ni las riadas ni los vientos se llevarán lo esencial: el Señor está siempre con nosotros y lucha a nuestro lado.
Pidamos ayuda a santa María: «El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza»[5-6].


[5-1] San Josemaría, Camino, n. 326.
[5-2] San Josemaría, Meditación, 4-III-1960.
[5-3] Misal romano, Jueves de la I semana de Adviento, Aclamación antes del evangelio.
[5-4] San Josemaría, Camino, n. 92.
[5-5] San Josemaría, Vía Crucis, X estación, n. 3.
[5-6] San Josemaría, Camino, n. 492.

 

Virgen

6. Viernes de la primera semana de Adviento 

  • Necesidad de la gracia de Dios
  • La misericordia de Dios nos salva
  • Acoger su misericordia y difundirla

 

JESÚS predica y cura a los enfermos en los alrededores del lago de Tiberíades. Su fama se ha difundido por toda la región. La gente habla y se hace preguntas sobre Él. Muchos le consideran ya el Mesías prometido. En ese momento, mientras salía de una localidad, «le siguieron dos ciegos diciendo a gritos: –¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9,27). Seguramente los ciegos se guiaron por el rumor de la muchedumbre que acompañaba al Señor. Es muy posible que la multitud les haya abierto paso o incluso que alguna persona los haya llevado hasta quien buscaban. Así, cuando el Señor llegó a su destino, pudieron acercarse a Él y exponerle su petición. «Jesús les dijo: –¿Creéis que puedo hacer esto? –Sí, Señor –le respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: –Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe» (Mt 9,28).
Como los ciegos del evangelio, nos sentimos también necesitados. Ellos sufrían una dura limitación física; nosotros, en el recogimiento de nuestra oración, nos damos cuenta de que también experimentamos tantas limitaciones materiales y espirituales. Existen muchas cosas que quisiéramos ver más claro. A veces parece que todo se vuelve borroso. Quizá, como a los dos ciegos que siguieron a Jesús, nos vienen ganas de gritar en nuestro corazón pidiendo su ayuda. Queremos abrirnos paso entre la muchedumbre hasta llegar a Él. Entonces imploraremos por nuestra curación desde lo más íntimo de nuestra alma, convencidos de su misericordia. Y saber que somos escuchados por Jesús nos llena de esperanza.
Jesucristo vino al mundo para salvarnos. Él «está dispuesto a darnos la gracia siempre, y especialmente en estos tiempos; la gracia para esa nueva conversión, para la ascensión en el terreno sobrenatural; esa mayor entrega, ese adelantamiento en la santidad, ese encendernos más»[6-1]. Jesucristo, si se lo pedimos, puede traer también luz a nuestros ojos.

«AHORA, que se acerca el tiempo de la salvación –señala san Josemaría–, consuela escuchar de los labios de San Pablo que después que Dios Nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor con los hombres, nos ha liberado no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia (Ti 3,5).
Si recorréis las Escrituras Santas –continúa–, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra (Sal 33,5), se extiende a todos sus hijos, super omnem carnem (Eclo 18,12); nos rodea (Sal 32,10), nos antecede (Sal 59,11), se multiplica para ayudarnos (Sal 34,8), y continuamente ha sido confirmada (Sal 107,2). Dios, al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su misericordia (Sal. 24,7): una misericordia suave (Sal 109,21), hermosa como nube de lluvia (Eclo 35,26)»[6-2].
Si conocemos cada vez mejor cómo es Dios, tendremos motivos suficientes para sentirnos seguros junto a Él. Nos conforta saber que ha venido por nosotros y que sus predilectos fueron siempre los enfermos y aquellos con corazón grande, aunque sus miserias fueran muchas. Nos lo recuerda las palabras del profeta Isaías que leemos en la primera lectura de la Misa de hoy: «Aquel día los sordos oirán las palabras del libro, y, desde la oscuridad y las tinieblas, los ciegos verán. Los humildes aumentarán su alegría en el Señor, y los más pobres exultarán en el Santo de Israel» (Is 29, 17-20).
«¡Qué seguridad nos produce esa actitud del Señor! “Clamará a mí y yo le oiré, porque soy misericordioso” (Ex 22,27). Es una invitación, una promesa que no dejará de cumplir. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos la misericordia y el auxilio de la gracia en el tiempo oportuno” (Hb 4,16). Los enemigos de nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos previene; y si –por nuestra culpa y nuestra debilidad– caemos, el Señor nos socorre y nos levanta»[6-3].

JESÚS sana a los ciegos tocando sus ojos. Con frecuencia los evangelistas describen al Señor acercando su mano a los enfermos. Se trata de un signo gráfico que muestra su poder divino que somete al mal. Dios abraza y redime todas las situaciones humanas: incluso las más duras y desesperadas, incluso las que pueden parecer muy lejanas. «La misericordia de nuestro Señor se manifiesta sobre todo cuando Él se inclina sobre la miseria humana y demuestra su compasión hacia quien necesita comprensión, curación y perdón. Todo en Jesús habla de misericordia, es más, Él mismo es la misericordia»[6-4].
Dejémonos tocar por Dios y vivamos nuestra vida cristiana con actitud de hijo en una atmósfera de confianza. Tenemos la seguridad inquebrantable de que el Señor «nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos»[6-5].
Entonces nos damos cuenta de que la vida, en el fondo, es un continuo diálogo entre nuestra debilidad y la misericordia divina parecido al que mantuvieron aquellos dos ciegos con Jesús. La pregunta que les dirige el Señor es un recordatorio de que lo más importante es la confianza en Él. Entonces surge la respuesta firme: ¡nos fiamos!
Era tan inmensa la alegría de los ciegos después de su curación que no pudieron callar semejante acontecimiento. También nosotros, al comprobar las maravillas que Jesús obra en nuestras almas, queremos anunciar la bondad de nuestro Dios que viene a salvarnos. Al considerar, durante este rato de oración, el don de su misericordia, permanecemos con el alma encendida en acción de gracias. Hacemos extensivo nuestro agradecimiento a santa María, por quien vino al mundo nuestro Salvador.


[6-1] San Josemaría, Notas de una meditación, 2-III-1952
[6-2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 7.
[6-3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 7.
[6-4] Francisco, Mensaje para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud, 15-VIII-2015.
[6-5] Francisco, Homilía, 7-IV-2013.

 

Virgen

7. Sábado de la primera semana de Adviento

  • Jesús sale a nuestro encuentro
  • Pedir al Señor que envíe obreros a su mies
  • Renovar nuestra misión

EL EVANGELIO de hoy nos presenta a Jesús que sale al encuentro de la gente. «Recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias» (Mt 9,35). Su preocupación e interés por cada persona no se quedan solo en las palabras. Jesús se esfuerza por acercarse a las necesidades de cada uno, toma la iniciativa y se moviliza. Les infunde optimismo hablándoles del amor que Dios les tiene, escucha atentamente sus dificultades y hace lo que está a su alcance para remediarlas. Podemos imaginar al Señor mirando a los ojos con cariño a la gente que se acercaba hasta Él. «Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).

También hoy el Señor se acerca a nuestro mundo; incluso más: está siempre en él. Es un Dios cercano que no se ha retirado de su creación, nunca la ha abandonado a su suerte. Al contrario, se alegra y se deleita con la maravillosa bondad de las personas corrientes, humildes, inadvertidas para la gran historia, que procuran vivir según el corazón de Dios. Y, asimismo, se llena de compasión al ver otras personas maltratadas, abatidas, desorientadas, sin una compañía que las guíe y conforte.
«Iesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula!» (Hb 13,8). Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. Sigue saliendo a nuestro encuentro de innumerables maneras: alimenta nuestras almas con el Pan eucarístico, nos transmite paz y esperanza con la voz de su Palabra, nos muestra el camino a seguir hablándonos en el silencio de la oración. «Pueblo de Sion, que habitas en Jerusalén: no tendrás que llorar más. Él te concederá gracia a la voz de tu súplica. Tan pronto la oiga, te responderá» (Is 30,19). Jesús nos busca sin que se lo pidamos, la iniciativa es siempre suya. Nuestro agradecimiento nunca será suficiente, nuestra respuesta nunca será proporcionada a tanta bondad. Por eso queremos acompañar nuestras acciones de gracias con un deseo de permanecer atentos a sus inspiraciones que no cesan.

EN EL EVANGELIO vemos a Jesús en medio de la gente, sacando a cada jornada su máximo provecho, al punto de que en ocasiones ni siquiera tiene tiempo para comer (cfr. Mc 6,31). No le alcanzan las horas del día para hacer frente a tantas necesidades. Ante ese panorama, nos cuenta san Mateo que el Señor confía a sus discípulos más cercanos algo que llevaba en su alma: «La mies es mucha, pero los obreros pocos» (Mt 9,37); hay muchas personas a las que ayudar, pero son pocos los que se dedican a esta tarea apremiante. El mundo tiene necesidad de Dios. Y Jesús, mejor que nadie, lo sabe. «¿Cómo invocarán a Aquel en quien no creyeron? ¿O cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán, si no hay enviados?» (Hb 10,14-15). Frente a tal necesidad, siempre serán pocos los que comparten con el Señor la misión de comunicar al mundo la alegría del evangelio, de anunciar al hombre de hoy ese mensaje de salvación.
Del fondo del corazón de Jesús nace la súplica dirigida a sus discípulos: «Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,38). Daremos una alegría al Señor si nos disponemos a rezar con más insistencia por esta intención suya. Supliquemos a nuestro Padre Dios que nos encienda a nosotros y a muchos cristianos en una santidad que nos llene de alegría y nos lance a compartirla con todos. Pidamos también que envíe más vocaciones a su Iglesia y de modo particular a la Obra; personas de todo tipo y condición que con generosidad decidan entregar su vida entera al servicio del Evangelio.

SEGUIMOS meditando el pasaje del Evangelio que la liturgia nos ofrece hoy. Inmediatamente después de confiar a sus discípulos esta petición, Jesús los llama y les confiere el poder necesario para que sean ellos los que le ayuden en la tarea de salir al encuentro de las necesidades de los hombres: «Id y predicad: “El Reino de los Cielos está al llegar”. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 9,7-8). El Señor pide a sus discípulos que recen para que haya muchas almas generosas que se decidan a colaborar con Él y, al mismo tiempo, les pide también que ellos mismos lleven adelante esta apremiante tarea.
Cuando pedimos vocaciones, el Señor renueva continuamente nuestra propia misión de apóstoles. «Son muchos los cristianos –señala san Josemaría– persuadidos de que la Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de que debe haber algunas almas –no saben quiénes– que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos...: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega. Así pensabas tú, hasta que vinieron a “despertarte”»[7-1].
Si pedimos al Señor con sinceridad que envíe operarios que se ocupen de la abundante cosecha, si tenemos esta clara –aunque íntima– manifestación de fervor apostólico, esa oración redundará también en nuestra propia santidad y fidelidad. Pedir a Dios que encienda a más cristianos en la alegría de evangelizar nos servirá también de despertador a nosotros. María ante el anuncio del ángel manifestó su plena disponibilidad para que se cumpliera en su vida la palabra de Dios. Esta actitud personal siempre fue de la mano con querer que quienes la rodeaban hicieran lo que Jesús decía (cfr. Jn 2,5). A ella confiamos nuestra oración de petición por más evangelizadores, y pedimos su intercesión para que esta actitud nos lleve a nosotros más cerca de su Hijo.
 

[7-1] San Josemaría, Surco, n. 1.

 

 

Virgen

8b. Segundo domingo de Adviento

  • Misericordia y paciencia de Dios
  • Llamada a la conversión
  • Rechazar el pecado

COMENZAMOS la segunda semana de Adviento y el Señor sale de nuevo a nuestro encuentro invitándonos a preparar la venida de su Hijo. El ciclo litúrgico nos ayuda a no perder de vista el amor misericordioso de Dios que no se cansa de perdonarnos. Por eso nos invita a recordar, ya desde la primera lectura, la invitación a la conversión que hace el profeta Isaías: «Una voz grita: “En el desierto preparad el camino del Señor, en la estepa haced una calzada recta para nuestro Dios. Todo valle será rellenado, y todo monte y colina allanados; lo torcido será recto, y lo escarpado, llano”» (Is 40,3-4).

Los profetas del Antiguo Testamento, al mismo tiempo que exhortaban al pueblo para que se convirtiera de sus pecados, también anunciaban que en el futuro se establecería una alianza nueva y eterna por medio de un descendiente de David. La lectura de Isaías alude a un heraldo que anunciará la llegada del Señor: «Súbete a un monte elevado, heraldo de Sion; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: “Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder”» (Is 40,9-10).
San Marcos comienza su evangelio citando precisamente esa invitación del profeta para que fuera el telón de fondo para la presentación de san Juan Bautista: él es la figura anunciada por Isaías, él es quien preparará la llegada definitiva del Señor. El comienzo de la vida pública de Jesús está precedido por la oración y la penitencia de su primo, que predicaba la importancia de la «conversión para el perdón de los pecados» (Mc 1,4).
El tiempo de Adviento es un buen momento para acoger esta invitación al cambio interior; también podemos agradecer al Señor por haber mostrado su misericordia con nosotros, perdonando tantas veces nuestros pecados. Él «preside nuestra oración, y tú, hijo mío, estás hablando con Él como se habla con un hermano, con un amigo, con un padre: lleno de confianza. Dile: ¡Señor, que eres toda la Grandeza, toda la Bondad, toda la Misericordia, sé que Tú me escuchas! Por eso me enamoro de Ti, con la tosquedad de mis maneras, de mis pobres manos ajadas por el polvo del camino»[8-1].

DESPUÉS de la presentación del Bautista, san Marcos hace un breve perfil de su predicación, de sus obras y de los efectos de su misión: «Toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él (...). Juan llevaba un vestido de pelo de camello, con un ceñidor de cuero a la cintura y comía langostas y miel silvestre» (Mc 1,5-6).
La vida austera de san Juan es lo primero que llama la atención de su mensaje. Predica con obras, como digno representante de una familia sacerdotal, dedicado en plenitud a la misión que el Señor le había asignado. Su actitud, su modo de vida y sus vestiduras manifiestan que se trata del nuevo Elías, el que estaba previsto para anteceder al Ungido de Dios. Además, se retira al desierto y vive una existencia penitencial que Jesús mismo ensalzará más adelante: «¿Qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que visten con finos ropajes se encuentran en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta» (Mt 11,8-9).
El estilo de vida de Juan Bautista, la manera con la cual preparó la venida de Jesús, es lo que la Iglesia nos propone como meditación mientras nos encaminamos a la celebración de la Navidad. «La llamada de Juan va, por tanto, más allá y más en profundidad respecto a la sobriedad del estilo de vida: invita a un cambio interior, a partir del reconocimiento y de la confesión del propio pecado. Mientras nos preparamos a la Navidad, es importante que entremos en nosotros mismos y hagamos un examen sincero de nuestra vida»[8-2].
También nosotros estamos llamados a prepararnos interiormente para el Nacimiento de Cristo con obras de conversión y penitencia. Así predicaba san Josemaría al comienzo de un año litúrgico: «El Señor nos quiere entregados, fieles, delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos. (...) Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento. Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!»[8-3].

LA FIGURA penitente de san Juan Bautista preparaba a quienes acudían a él. A todos invitaba a desear y a pedir la gracia que traería el Mesías: «Después de mí viene el que es más poderoso que yo, ante quien yo no soy digno de inclinarme para desatarle la correa de las sandalias. Yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo» (Mc 1,7-8). Aunque los ritos bautismales de san Juan no eran todavía el sacramento con el cual Jesús nos incorpora al misterio de su muerte y resurrección, sí servían para manifestar el deseo de cambio, la aversión al pecado y la conversión a Dios.
Una de las dimensiones del Adviento, además de la preparación para la Navidad, es la consideración del juicio, de la venida definitiva de Jesús al final de los tiempos. Ver nuestra vida a la luz de aquel momento que indudablemente llegará, muchas veces nos ayuda a cambiar la perspectiva con la cual consideramos los sucesos de nuestra existencia cotidiana. Nos anima a sacar todo el provecho a los talentos recibidos, nos impele a aprovechar mejor el tiempo y a dar más gloria a Dios. Además, la conversión incluye el dolor por haber ofendido a Dios y el propósito de rechazar el pecado como el único verdadero mal: «Querría, Señor, querer, de veras, de una vez para siempre, tener un aborrecimiento inconmensurable de todo lo que huela a sombra de pecado, ni venial. Querría una compunción como la tuvieron quienes más Te hayan sabido agradar»[8-4].
La práctica penitencial de san Juan Bautista no se limitaba al rito bautismal, sino que, como una forma de manifestar externamente la mudanza interior, los peregrinos también «confesaban sus pecados» (Mc 1,5). Aunque no se trataba aún del sacramento de la reconciliación, aquellas confidencias facilitaban la acción de Dios en cada alma y el recomienzo de una nueva vida. Después de la venida de Jesucristo, nosotros podemos no solo manifestar externamente nuestras debilidades –como aquellos que hablaban con Juan–, sino que contamos con el perdón del mismo Dios en el sacramento de la misericordia: «Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre (…). Cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta[8-5]
Acudamos a la Virgen santísima, modelo de preparación para la llegada del Niño Dios. Ella nos ayudará a pedir, con la oración colecta de la Misa, que purifiquemos nuestras disposiciones en este tiempo del Adviento: «Dios todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente del esplendor de su gloria»[8-6].

[8-1] San Josemaría, En diálogo con el Señor, Rialp, Madrid, 2017, p. 123.
[8-2] Benedicto XVI, Ángelus, 4-XII-2011.
[8-3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 11.
[8-4] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 23, de IV-1930.
[8-5] Francisco, Audiencia, 19-II-2014.
[8-6] Oración colecta, domingo II de Adviento.

 

Virgen

8c. Segundo domingo de Adviento

  • Nuestra esperanza se funda en que Dios entró en la historia
  • Mirar nuestro pasado de manera esperanzada
  • Anclarnos en Jesús nos abre hacia el futuro.

«LA CONMEMORACIÓN ANUAL del nacimiento del Mesías en Belén renueva en el corazón de los creyentes la certeza de que Dios cumple sus promesas. Por tanto, el Adviento es un fuerte anuncio de esperanza»[8c-1]. Y al considerar la esperanza, podemos caer en el error de pensar que se trata de algo orientado exclusivamente hacia el futuro; parecería que, de frente a una adversidad de cualquier tipo, recurrir a esta virtud consistiría en rechazar el pasado, cerrar los ojos al presente y soñar con un futuro mejor.

Sin embargo, no es casualidad que este tiempo litúrgico de esperanza se sitúe entre la memoria de la primera venida de Jesucristo en Belén y la expectativa de su retorno glorioso al final de los tiempos. Es decir, el Adviento nos recuerda, al mismo tiempo, el pasado y el futuro. «Nuestra esperanza no carece de fundamento, sino que se apoya en un acontecimiento que se sitúa en la historia y, al mismo tiempo, supera la historia: el acontecimiento constituido por Jesús de Nazaret»[8c-2].

San Lucas, en el Evangelio de la Misa de hoy, es muy preciso al dejar constancia del momento histórico en el que predicó san Juan Bautista, precursor de Cristo: «El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdote Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías» (Lc 3,1-2). Un Niño, nacido en un pesebre, en un momento determinado, es quien nos salva del mal. Dios no se ha quedado como un ser lejano, difícil de conocer, que entiende poco de nuestros problemas y con quien nos es imposible relacionarnos. El creador ha entrado en nuestra historia: esta es la raíz de nuestra esperanza.

«DOY GRACIAS a mi Dios (...) –dice san Pablo en la segunda lectura– convencido de que quien comenzó en vosotros la obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). Puede suceder que no siempre percibamos esa «buena obra» que Dios ha iniciado en nuestras vidas, ya sea simplemente porque estamos distraídos, o por la experiencia de las propias flaquezas. Pero esto no hace que el Señor deje de actuar en nuestras almas; al contrario, Dios siente predilección por todo «corazón contrito y humillado» (Sal 51,17) porque, como escribe también san Pablo, donde «se multiplicó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). San Josemaría veía con optimismo la experiencia de las propias debilidades: pensaba que, mientras más evidentes son, más profundos podrán ser los cimientos de nuestra vida espiritual[8c-3].

Por eso, la virtud de la esperanza se nutre de dos actitudes que podrían parecer antagónicas. Por un lado, toma fuerza del agradecimiento hacia todo lo que el Señor ha querido regalarnos. «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Sal 125,3), cantamos, llenos de gozo, con el salmista. Una esperanza afianzada en el gran amor que Dios nos tiene, en la obra que hace con nosotros, puede sostenernos en tiempos difíciles. Sin embargo, nuestra esperanza también se fortalece cuando contemplamos nuestra propia biografía con una mirada reconciliadora: «Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones»[8c-4]. Dios nunca nos pide cosas imposibles; solo quiere que le dejemos entrar hasta lo más profundo de nuestra alma, también de nuestro pasado. Entonces, podrá dirigir nuestros pasos futuros hacia el encuentro con Cristo que viene.

LA ICONOGRAFÍA ANTIGUA representaba la esperanza como un ancla. De ahí que, en muchas embarcaciones, el ancla más pesada y más importante reciba el nombre de esta virtud teologal. Esperar en Dios nos sostiene en los momentos de tormenta. Pero la imagen del ancla no debería hacernos pensar en un inmovilismo vital, como si la solución para nuestros problemas consistiera en quedarnos paralizados. Jesucristo viene a renovar todas las cosas (cfr. Ap 25,1), por lo que anclarse en él es estar dispuesto a zarpar hacia océanos inimaginados.

«Jerusalén, despójate del vestido de luto y aflicción que llevas y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te concede» (Ba 5,1). La esperanza conjuga una aceptación realista de nuestra vulnerabilidad, con la apertura hacia los dones que Dios nos regala cada día. Sin negar nuestra personalidad ni nuestro pasado, queremos revestirnos poco a poco de nuestro Señor Jesucristo (cfr. Rm 13,14). Así, la llegada de Jesús en la Navidad no será un evento meramente exterior, sino que alcanzaremos una mayor intimidad con ese Dios que ha querido hacerse Niño para caber en nuestros corazones.

San Josemaría consideraba a la esperanza como un «suave don de Dios (...) que colma nuestras almas de alegría»[8c-5]. Anclar nuestra vida en el pasado de nuestra salvación, y en el futuro de la segunda venida de Jesús, dota al presente de una divina suavidad; cada momento de nuestra vida se transforma en un encuentro con Jesús que vino y que vendrá. María, esperanza nuestra, supo abrir su propia historia al futuro de Dios y por eso fue tan feliz en cada momento de su paso por la tierra.

[8c-1] San Juan Pablo II, Audiencia, 17-XII-2003.

[8c-2] Benedicto XVI, Homilía, 1-XII-2007.

[8c-3] Cfr. san Josemaría, Camino, n. 712: «¡Muy honda es tu caída! Comienza los cimientos desde ahí abajo (...)».

[8c-4] Francisco, Patris corde, n. 4.

[8c-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 206.

 

 

Virgen

9. Lunes de la segunda semana de Adviento

  • Fe y esperanza en el poder salvador de Dios
  • Alegría y confianza
  • Trasmitirla a los demás superando las dificultades

EL EVANGELIO de san Lucas nos presenta a Jesús en Cafarnaún, probablemente en casa de Pedro. Allí se había congregado un buen número de personas para escuchar la predicación del Maestro, incluidos «unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén» (Lc 5,17). Llama la atención un comentario que añade el evangelista médico: «La fuerza del Señor le impulsaba a curar» (Lc 5,17). San Lucas está preparando el terreno para describir un episodio extraordinario. Y la liturgia, al disponer este pasaje en la segunda semana de Adviento, nos invita a confiar más en la omnipotencia de nuestro Padre Dios para sanarnos.

Había mucha gente en la casa. «En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por dónde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús» (Lc 5,18-19). Es una decisión muy audaz, que demuestra el cariño que tenían a su amigo. También se percibe la docilidad y la fe que el enfermo tenía en el poder curador del Maestro. Se había dejado descolgar, lo que seguramente había sido peligroso para su integridad. Estaba seguro de que tal vez se podrían repetir en él los milagros que Jesús había hecho en otras vecindades.
Tal vez alguno de los presentes pensó que el Señor se incomodaría por esa interrupción, sin embargo, cuando el enfermo tocó tierra otra fue la reacción del Maestro. Jesús quedó maravillado ante esta actitud; tanto, que el evangelio simplemente narra que «él, viendo la fe de ellos, dijo: “Hombre, tus pecados están perdonados”» (Lc 5,20). El Señor muestra que, ante todo, quiere sanar el espíritu. «El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado le impide moverse con libertad, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí. En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: “tus pecados están perdonados”»[9-1].

LA MISERICORDIA del Señor es el motivo último de nuestra alegría y de nuestra confianza en Él. «¿Piensas que tus pecados son muchos, que el Señor no podrá oírte? No es así, porque tiene entrañas de misericordia. (...). Observad lo que nos cuenta San Mateo, cuando a Jesús le ponen delante a un paralítico. Aquel enfermo no comenta nada: sólo está allí, en la presencia de Dios. Y Cristo, removido por esa contrición, por ese dolor del que sabe que nada merece, no tarda en reaccionar con su misericordia habitual: “Ten confianza, que perdonados te son tus pecados”»[9-2].
Llama la atención que «entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos: “¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?”» (Lc 5,21). Con un poco de humildad, habrían podido razonar como los discípulos: si este hombre perdona los pecados, es porque Dios está con él. Sin embargo, en su afán por conservar su poder, en su poca capacidad para dejarse sorprender por los planes divinos, solo pensaban en estorbar la obra del Maestro. «Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: “¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados –se dirigió al paralítico–, a ti te digo: levántate, toma tu camilla y marcha a tu casa”» (Lc 5,22-24).
Jesús deja claro que la obra más importante del Mesías es el perdón de los pecados. Y, para mostrar la autoridad que tiene para hacerlo, le devuelve también la salud física al muchacho. Pero lo más valioso, y así lo experimentó el enfermo, fue que le restituyó la alegría interior, le fue concedida la gracia del perdón. Se cumplieron en él las palabras del profeta que leemos en la primera lectura: «Fortaleced las manos débiles, y consolidad las rodillas que flaquean. Decid a los pusilánimes: “Cobrad ánimo, no temáis. Aquí está vuestro Dios. Llega la venganza, la retribución de Dios. El vendrá y os salvará”. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y la lengua del mudo gritará de júbilo, porque manarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa» (Is 35,3-6).
El Adviento es tiempo de alegría porque la Iglesia nos invita a consolidar nuestra alma con esa fuerza de Dios: «¡Qué admirable el amor de Nuestro Señor Jesucristo!: su intensidad divina y la capacidad de derrocharlo por sus hermanos. Nunca lograremos hacernos cargo plenamente del mal que hemos cometido los hombres a lo largo de la historia (…). Pero a tanta maldad, que le agota en el alma y en el cuerpo con un padecimiento indescriptible, responde con esa plenitud de amor, tan inmensa, que borra esa catarata de miseria: “Hombre, tus pecados están perdonados” (Lc 5,20)»[9-3].

«EL MENSAJE es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse. Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente»[9-4].
La reacción del recién curado fue lógica: «Al punto, levantándose a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios» (Lc 5,25). Quien ha experimentado la misericordia divina, el perdón de los pecados, la curación de la enfermedad, desea compartir su alegría, comunicar el motivo de su felicidad a los que más quiere. El recién curado no se atemorizó ante las dificultades del ambiente, ni ante las críticas de los escribas y los fariseos, sino que regresó dando testimonio de lo que Dios había hecho en él. «Si no queremos malgastar el tiempo inútilmente –tampoco con las falsas excusas de las dificultades exteriores del ambiente, que nunca han faltado desde los inicios del cristianismo–, hemos de tener muy presente que Jesucristo ha vinculado, de manera ordinaria, a la vida interior la eficacia de nuestra acción para arrastrar a los que nos rodean»[9-5].
En otras ocasiones, las inquietudes vendrán de nuestro interior, cuando las propias miserias se levanten y nos hagan ver como imposible lo que el Señor nos pide. Para esos momentos de tentación puede servirnos la invitación que nos hace san Josemaría a crecer en vida de fe: «Milagros como Cristo, milagros como los primeros Apóstoles haremos. Quizá en ti mismo, en mí se han operado esos prodigios: quizá éramos ciegos, o sordos, o lisiados, o hedíamos a muerto, y la palabra del Señor nos ha levantado de nuestra postración. Si amamos a Cristo, si lo seguimos sinceramente, si no nos buscamos a nosotros mismos sino sólo a Él, en su nombre podremos transmitir a otros, gratis, lo que gratis se nos ha concedido»[9-6].
La Virgen santísima intercede ante su Hijo para que, al igual que hace veintiún siglos, como fruto de nuestro testimonio se siga repitiendo: «El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios» (Lc 5,26).

[9-1] Benedicto XVI, Ángelus, 19-II-2006.
[9-2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 253.
[9-3] Javier Echevarría, Getsemaní, Planeta, Barcelona 2005, VII, 12.
[9-4] Benedicto XVI, Ángelus, 19-II-2006.
[9-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 5.
[9-6] Ibid., n. 262.

 

Virgen

10. Martes de la segunda semana de Adviento 

  • El Señor viene a buscarnos
  • Comenzar y recomenzar siempre
  • Confiar más en Dios y menos en nosotros mismos

 

«VENDRÁ el Señor y con él todos sus santos; y aquel día habrá una luz espléndida»[10-1]. Jesucristo viene a la tierra a perdonarnos, a salvarnos, como leemos en el evangelio de la Misa de hoy: «¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte y saldrá a buscar la que se le había perdido?» (Mt 18,12). El Buen Pastor viene a buscar lo que, por una razón u otra, se alejó. Retorna una vez más para llenarnos de su vida, para afianzarnos en nuestra llamada a la santidad.
Deseamos escuchar nuevamente aquella voz que la primera lectura describe como de «un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían» (Is 40,11). El Señor está empeñado en que experimentemos la alegría de la santidad e insiste en nuestra búsqueda: «Se da prisa en buscar la centésima oveja que se había perdido (...). ¡Maravillosa condescendencia de Dios, que así busca al hombre; dignidad grande del hombre, así buscado por Dios!»[10-2].
Nosotros, también deprisa, salimos a su encuentro, dispuestos a renovar nuestro amor. «Ha llegado para nosotros un día de salvación, de eternidad. Una vez más se oyen esos silbidos del Pastor Divino, esas palabras cariñosas, “vocavi te nomine tuo” –te he llamado por tu nombre. Como nuestra madre, Él nos invita por el nombre. Más: por el apelativo cariñoso, familiar. –Allá, en la intimidad del alma, llama, y hay que contestar: “ecce ego, quia vocasti me” –aquí estoy, porque me has llamado, decidido a que esta vez no pase el tiempo como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro»[10-3]. Queremos que este Adviento deje huella en nuestras almas porque, al escuchar nuestro nombre de labios del Buen Pastor, deseamos que su gracia nos renueve.

«EN EL DESIERTO preparad el camino del Señor, en la estepa haced una calzada recta para nuestro Dios. Todo valle será rellenado, y todo monte y colina allanados; lo torcido será recto y lo escarpado llano» (Is 40,3-4). Las palabras del profeta Isaías que leemos en la primera lectura de la Misa nos invitan a disponernos lo mejor posible para acoger la gracia que el Señor quiere concedernos con su venida.
Nos damos cuenta de que deberíamos mejorar en tantas cosas: en nuestro deseo por alcanzar una vida contemplativa, en el espíritu de sacrificio, en el modo de trabajar, en la preocupación por las almas, en el apostolado... Y no de una manera genérica, sino en puntos concretos: por ejemplo, en aquello que nos aconsejan en la dirección espiritual o en la confesión, o en esa virtud concreta que sabemos que nos hace tanto bien. Podemos aspirar, con la gracia de Dios, a ser transformados siempre un poco más, aunque a veces suceda más lentamente de lo que quisiéramos: «Nunca me han gustado –escribía san Josemaría– esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha»[10-4].
Para salir al encuentro de Jesús es necesario nunca adormecer ese impulso interior que nos lanza a buscarlo, que nos impulsa constantemente hacia la santidad que nos espera. «Aún avanzo —dice san Agustín—, aún camino, todavía estoy en ruta, todavía me esfuerzo, aún no he llegado. Por lo tanto, si tú también caminas, si te esfuerzas, si piensas en lo que ha de venir, olvida el pasado, no pongas tu mirada en eso, para no anclarte en el lugar donde te vuelves a mirar. Si dices: ¡ya basta!, estás perdido»[10-5].

TRAS HABER relatado la parábola del pastor que va en busca de la oveja que se le había perdido, Jesús concluye: «No es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños» (Mt 18,14). El Señor nunca nos abandona. Esa es nuestra esperanza. Siempre habrá tropiezos, pero esa misma debilidad, cuando se reconoce como tal, atrae la fortaleza de Dios. Él, que es el Señor de los ejércitos, dirige la lucha, «y un jefe en el campo de batalla estima más al soldado que, después de haber huido, vuelve y ataca con ardor al enemigo, que al que nunca volvió la espalda, pero tampoco llevó nunca a cabo una acción valerosa»[10-6]. No se santifica el que nunca cae –un alma así no existe– sino el que se levanta con agilidad.
La vida cristiana es vida de combate espiritual. Se trata de una lucha llena de paz, de deportividad, de alegría, porque tiene como fundamento principal la confianza en Dios. «Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día. Nos busca, como buscó a los dos discípulos de Emaús, saliéndoles al encuentro; como buscó a Tomás y le enseñó, e hizo que las tocara con sus dedos, las llagas abiertas en las manos y en el costado. Jesucristo siempre está esperando que volvamos a Él, precisamente porque conoce nuestra debilidad»[7].
Es necesario, pues, ser humildes delante de Dios, como un niño que pone de su parte para portarse bien y, aunque a menudo no lo logra, percibe siempre el cariño incondicional de sus padres. El Señor se complace cuando nos ve recurrir a Él para pedirle ayuda y, cuando sea necesario, su perdón. Ahí está, en buena parte, el secreto de la santidad. Contamos también con el apoyo de nuestra Madre Santísima. Ella siempre nos ayuda a recomenzar, a dejarnos encontrar de nuevo por el Buen Pastor: «Acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. –Un “miserere” y ¡arriba ese corazón! –A comenzar de nuevo»[8].

[10-1] Martes de la II semana de Adviento, antífona de entrada.
[10-2] San Bernardo, Sermón en el Adviento del Señor, I, 7.
[10-3] San Josemaría, Forja, n. 7.
[10-4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 76.
[10-5] San Agustín, Sermón 169,18.
[10-6] San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 34,4.
[10-7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 75.
[10-8] San Josemaría, Camino, n. 711.

 

Virgen

11. Miercoles de la segunda semana de Adviento

  • Cansancio y desánimo
  • Mansedumbre y humildad de corazón
  • Llevar el yugo del Señor es suave

EL EVANGELIO de la Misa de hoy recoge una consoladora invitación de Jesús a sus discípulos: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Jesús se hace cargo del cansancio de los suyos, agotados por el ajetreo de la primera misión apostólica. En la vida es normal que lleguen momentos de fatiga o desánimo, ocasionados por el desgaste natural de los días, por las contradicciones que pueden generarlos roces con los demás o por nuestros propios defectos. Lo que al comienzo hacíamos con ilusión, de repente se vuelve más cuesta arriba; o también empezamos a notar que nuestras capacidades se hacen más limitadas.
En esas circunstancias, es lógico que hagamos lo mismo que hacía Jesús cuando visitaba el hogar de sus amigos en Betania o cuando decía a sus discípulos: «Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco» (Mc 6,31). Evitar o remediar la tensión y el agobio que puede conllevar el ritmo de vida actual es una manera de servir a Dios y a las almas: dormir las horas apropiadas, hacer ejercicio u otros planes de descanso, dar periódicamente un paseo más largo para cambiar de aire y reponer las fuerzas, etc.
Además de lo anterior, es el Señor mismo quien desea ser nuestro reposo. Así nos lo indica claramente: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). «Jesús está en una actitud de invitación, de conocimiento y de compasión por nosotros; es más, de ofrecimiento, de promesa, de amistad, de bondad, de remedio a nuestros males, de confortador, y todavía más, de alimento, de pan, de fuente de energía y de vida»[11-1]. Dios nos recuerda que en la oración y en la adoración también podemos encontrar descanso para nuestra alma.

JESÚS continúa su predicación con un consejo que revela el secreto para descansar en medio de las dificultades de la vida: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Para no cargar sobre nuestros hombros pesos que no vienen de Dios, el Señor nos invita a identificarnos con Él en esos dos aspectos concretos: en su humildad y en su mansedumbre.
«Humildad no es una palabra cualquiera, una modestia cualquiera, sino una palabra cristológica. Imitar a Dios que se rebaja hasta mí, que es tan grande que se hace mi amigo, sufre por mí, muere por mí. Esta es la humildad que es preciso aprender, la humildad de Dios»[11-2]. Para acercarnos a ella, san Pablo daba un consejo práctico: actuar siempre «considerando cada uno a los demás como superiores» (Flp 2,13). Además de la humildad, Jesús también invita a que lo imitemos en su mansedumbre, que «implica de nuevo (…) configurarnos con Él, encontrar este espíritu de ser mansos, sin violencia, de convencer con el amor y con la bondad»[11-3]. Jesús había ya recomendado esta virtud en la segunda bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra» (Mt 5,5). «Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles»[11-4].
Pidamos al Señor que nos dé la gracia, en este tiempo de Adviento, para imitarlo en su humildad y en su mansedumbre. Así podremos llenar de serenidad y sosiego el ambiente en el que nos movemos, nuestra casa y nuestro trabajo. Entonces seremos también descanso para los demás, como lo es Él para nosotros.

EL SEÑOR concluye sus enseñanzas con un consejo en apariencia paradójico: «Llevad mi yugo sobre vosotros» (Mt 11,29). Jesús está hablando sobre descanso, sobre encontrar alivio, y recomienda tomar un yugo. «¿En qué consiste este “yugo”, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia? –se pregunta Benedicto XVI–. El “yugo” de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos (cf. Jn 13, 34; 15, 12). El verdadero remedio para las heridas de la humanidad –sea las materiales, como el hambre y las injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar– es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa»[11-5].
Jesús nos propone un intercambio: dejar en sus manos lo que nos pesa y tomar nosotros su carga. El yugo de Cristo, su seguimiento desde el pesebre hasta la Cruz y la resurrección, no es un camino imposible ni penoso. «La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. –Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada»[11-6].
En el tiempo del Adviento contemplamos que Dios se fijó en la humildad de María al elegirla para que fuera su Madre. Ella es el mejor ejemplo de imitación de Dios en su humildad y mansedumbre: «María glorifica el poder del Señor, que derribó del solio a los poderosos y ensalzó a los humildes. Y canta que en Ella se ha realizado una vez más esta providencia divina: “porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava, por tanto ya desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. María se muestra santamente transformada, en su corazón purísimo, ante la humildad de Dios»[11-7].

[11-1] San Pablo VI, Homilía, 12-VI-1977
[11-2] Benedicto XVI, Discurso, 4-III-2011.
[11-3] Benedicto XVI, Discurso, 4-III-2011.
[11-4] Francisco, Ex. ap. Gaudete et exsultate, n. 72.
[11-5]Benedicto XVI, Ángelus, 3-VII-2011.
[11-6] San Josemaría, Camino, n. 758.
[11-7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 96.

 

Virgen

12. Jueves de la segunda semana de Adviento

  • Necesidad de la purificación interior
  • La pureza de corazón
  • El amor se enciende y acrecienta en la oración

«EN VERDAD os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11). Estas palabras de Jesús que leemos en el evangelio de la Misa de hoy han sido custodiadas fielmente por la Iglesia, que desde los orígenes ha venerado de modo particular al Precursor. Lo podemos ver, por ejemplo, en la liturgia, que celebra con solemnidad su nacimiento, ya que está íntimamente relacionado con el misterio de la encarnación de Cristo.
También los cuatro evangelios dan relieve a la figura de san Juan bautista. Es el último de los profetas, el que concluye el Antiguo Testamento y apunta el Nuevo, anunciando a Jesús, el Mesías, el Cordero de Dios. Su padre, Zacarías, cuando recuperó el habla que había perdido por su inicial falta de fe, alabó a Dios con el Benedictus, esa oración que resulta especialmente significativa en este tiempo litúrgico: «Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo: porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de sus pecados» (Lc 1,76-77). Así manifestaba la misión que habría de tener Juan: hacer más fecunda la llegada de Jesús, ya cercana, llamando a la penitencia y a la conversión de los corazones.
Para poder descubrir a Cristo es necesaria una cierta purificación. «Pide al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y a tu Madre, que te hagan conocerte y llorar por ese montón de cosas sucias que han pasado por ti, dejando –¡ay!– tanto poso... –Y a la vez, sin querer apartarte de esa consideración, dile: dame, Jesús, un Amor como hoguera de purificación, donde mi pobre carne, mi pobre corazón, mi pobre alma, mi pobre cuerpo se consuman, limpiándose de todas las miserias terrenas... Y, ya vacío todo mi yo, llénalo de Ti: que no me apegue a nada de aquí abajo; que siempre me sostenga el Amor»[12-1].

«PORQUE YO SOY el Señor, tu Dios, que sostengo tu diestra y te digo: –No temas, yo te ayudaré» (Is 41,13). Estas palabras del profeta Isaías, en la primera lectura de la Misa, nos recuerdan que, en el empeño por disponernos mejor para recibir a Jesús, lo más importante es nuestra confianza en la ayuda que nos vendrá de la gracia divina. Es Dios quien nos transformará si somos dóciles a sus inspiraciones. Así surgirá en nuestro corazón una vida nueva, se regenerará lo que quizá hasta ese momento permanecía estéril en nosotros. Podremos saborear, hecha realidad en nuestra alma, esa dulce promesa del Señor: «Abriré ríos en las dunas, fuentes en medio de las vegas; convertiré el desierto en estanques de agua, y la estepa en manantiales» (Is 41,18).
Dios nos concederá su gracia como esos ríos destinados a vivificar los campos. En ese misterioso tejido entre nuestra voluntad y la suya, a nosotros nos corresponde desear y acoger, quitando los obstáculos que podrían sofocar el fruto: «Jesús, que mi pobre corazón sea huerto sellado –pedimos con san Josemaría–; que mi pobre corazón sea un paraíso, donde vivas Tú; que el Ángel de mi Guarda lo custodie, con espada de fuego, con la que purifique todos los afectos antes de que entren en mí; Jesús, con el divino sello de tu Cruz, sella mi pobre corazón”»[12-2].
Deseamos amar al Señor de todo corazón y, por esto, le pedimos que nos ayude a mejorar lo que aún nos aleja de tener sus mismos sentimientos: faltas de caridad y misericordia ante los demás, egoísmo, indiferencia... Pidamos, pues, el auxilio de la gracia para limpiar nuestro corazón: «Este don se les dio a quienes lo pidieron, a quienes lo quisieron, a los que trabajaron por recibirlo»[12-3]. La llamada a purificar el corazón que la Iglesia nos dirige en Adviento no es una simple ausencia de contaminación. Se trata de algo radicalmente distinto, mucho más atractivo y que está al alcance de todos: queremos purificar nuestro corazón – pidiéndoselo al Señor con humildad– para identificar cada vez más nuestro corazón con el corazón de Cristo.

«LOS CRISTIANOS estamos enamorados del Amor: el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte. ¡Nos quiere impregnados de su cariño!»[12-4]. Para llenar de amor divino nuestro corazones necesaria la plegaria constante, como pedimos en la oración colecta de la Misa de hoy: «Señor, aviva nuestros corazones para que preparemos los caminos a tu Unigénito, y, por su venida, merezcamos servirte con un corazón puro». Por nuestra parte, debemos procurar «obrar y vivir y morir como enamorados»[12-5], haciendo nuestra aquella oración de san Josemaría: «¡Señor!, dame ser tan tuyo que no entren en mi corazón ni los afectos más santos, sino a través de tu Corazón llagado»[12-6].
La liturgia de Adviento repite con frecuencia el anuncio apremiante: El Señor viene y hay que prepararle un camino cada vez más ancho, una morada cada vez más limpia, un corazón cada vez más dispuesto. Sin embargo, para una persona enamorada esperar es poco; el amor lleva a salir a la búsqueda. Por eso, desde ahora, queremos que cuaje en un propósito por salir a su encuentro en la oración, con muestras de cariño, como hicieron la Virgen santísima y san José. Queremos encontrar a Jesús en nuestras manifestaciones de piedad durante la jornada para decirle que le queremos, que nos duelen nuestras infidelidades, que estamos impacientes por recibirle.
Dios premiará el esfuerzo por acercarnos a Él porque, como recitamos en el salmo de hoy, «El Señor es clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia» (Sal 145,8). Él nos dará un corazón más libre, más enamorado, que desborde paz y alegría a todos los que nos rodean. Para mayor certeza de ser escuchados, acudamos a la Virgen, Madre del Amor Hermoso, siguiendo el consejo que nos da san Josemaría: «Tienes que decir a la Virgen, ahora mismo, en la soledad acompañada de tu corazón, hablando sin ruido de palabras: Madre mía, este pobre corazón mío se rebela algunas veces... Pero si tú me ayudas... –Y te ayudará, para que lo guardes limpio y sigas por el camino a que Dios te ha llamado»[12-7].

[12-1] San Josemaría, Forja, n. 41.
[12-2] Ibid., n. 412.
[12-3] San Jerónimo, Comentario al evangelio de Mateo, 3, 19, 11.
[12-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 183.
[12-5] San Josemaría, Forja, n. 988.
[12-6] Ibid., n. 98.
[12-7] Ibid., n. 315.


 

 

Virgen

13. Viernes de la segunda semana de Adviento

  • Docilidad a las inspiraciones de Dios
  • Ver la realidad desde la perspectiva de Dios
  • Prepararnos para salir al encuentro del Señor

JESÚS, para su predicación, se inspiraba en la vida ordinaria, ya que así facilitaba la comprensión de su mensaje. A los pescadores les hablaba de barcas y de redes; a los agricultores, de semillas y cosechas; a las amas de casa, de las tareas ordinarias del hogar. Eso sucede en el evangelio de la Misa de hoy. Después de la escasa acogida que brindaron las autoridades religiosas al Sermón de la montaña y al discurso apostólico, Jesús exclama con dolor: «¿Con quién voy a comparar esta generación? Se parece a unos niños que se sientan en las plazas y les reprochan a sus compañeros: “Hemos tocado para vosotros la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis hecho duelo”» (Mt 11,16-17).
El Maestro se sirve de aquel estribillo popular para quejarse por la respuesta que recibían sus palabras. Aquellas personas, representantes de la religiosidad judía del momento, tuvieron el privilegio de escuchar la buena nueva de labios del Hijo de Dios y, sin embargo, decidieron seguir igual, como si nada hubiese pasado. Por el contrario, sabemos que muchos sencillos y humildes lo acogieron con fe. Por ese motivo, Jesús elevará más adelante su oración al Padre: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25).
Durante el tiempo del Adviento el Señor nos invita a prepararnos para la celebración del nacimiento de Jesús. Podemos aprovechar para mirar con detenimiento nuestra vida, concretamente la manera en la cual acogemos los dones de Dios: ¿lo hacemos como los pequeños y sencillos, que escucharon la palabra de Dios y la pusieron en práctica? ¿O como aquellas autoridades convencidas de su sabiduría y que rechazaron la llamada de Jesucristo? Podemos pedir a Dios la docilidad necesaria para recibir sus dones. «El Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. “Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14)»[13-1].

«HA VENIDO Juan, que no come ni bebe, y dicen: “Tiene un demonio”. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”» (Mt 11,18-19). Jesús hace notar a sus oyentes que muchos no atendieron ni la invitación a la penitencia del Bautista, ni su propio mensaje de alegría. Por eso les compara a los protagonistas de aquella canción infantil, que no bailaban en los cánticos de boda ni lloraban en los funerales.
En el fondo, aquellas personas no pudieron reconocer en Juan Bautista a Elías ni en Jesucristo al Mesías. Tal vez vivían demasiado aferrados a sus propias opiniones y prejuicios, y no se percataron de quién era el que les hablaba. «El único deseo de Dios es salvar la humanidad, pero el problema es que es a menudo el hombre el que quiere dictar las reglas de la salvación (...). También nosotros, cada uno, lleva ese drama dentro. Por eso, nos vendrá bien preguntarnos: ¿Cómo quiero yo ser salvado? ¿A mi modo?»[13-2].
Pidamos al Señor que nos conceda el don de atender a sus inspiraciones: que tengamos visión sobrenatural, que nos dejemos sorprender por Dios que está vivo en las personas y en los acontecimientos que nos rodean. Para no caer en la triste realidad de aquellos contemporáneos de Jesús que nos recuerda el Evangelio de hoy, es fundamental que cuidemos el trato frecuente con Dios que nos lleva a una vida contemplativa. Pero también es importante no aferrarnos a nuestros prejuicios sobre el actuar divino y estar abiertos a su creatividad. Solo así podremos leer, cumplidas, las promesas que dirige el profeta Isaías: «Sería tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar, tu descendencia sería como la arena, y los vástagos de tus entrañas, como sus granos; su nombre no perecería, ni se borraría de mi presencia» (Is 48,8-19).

LAS ORACIONES de la Misa de hoy aluden también a la parábola de las vírgenes prudentes, invitándonos a imitarlas en su disposición ante la llegada del Esposo: «El Señor llega, salid a su encuentro; él es el Príncipe de la paz»[13-3]. Jesús compara el reino de los cielos a «diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas» (Mt 25,1-13). La parábola es una invitación a estar siempre preparados para que, cuando llegue el momento definitivo del encuentro con el Esposo, del cual nadie conoce el día ni la hora, estemos llenos del amor de Dios y al prójimo. Se trata de tener la mirada puesta en los bienes más altos, discernir qué nos conviene elegir para ser felices y disponernos a llevar a cabo los propósitos para alcanzar esos bienes. Ese es el aceite que nos permitirá salir al encuentro del Esposo de la Iglesia, que nacerá en Belén.
Con el modelo de las vírgenes prudentes, el prefacio de la Misa señala que «el mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza»[13-4]. Somos prudentes cuando velamos en oración y procuramos que lo primero sea siempre el Señor: «Unos minutos de oración mental; la asistencia a la Santa Misa –diaria, si te es posible– y la Comunión frecuente; acudir regularmente al Santo Sacramento del Perdón –aunque tu conciencia no te acuse de falta mortal–; la visita a Jesús en el Sagrario; el rezo y la contemplación de los misterios del Santo Rosario, y tantas prácticas estupendas que tú conoces o puedes aprender»[13-5].
Pidamos la intercesión de nuestra Madre, la Virgen María, para que nos ayude a preparar la venida de su Hijo con docilidad y visión sobrenatural. Queremos sorprendernos nuevamente con el nacimiento de Jesús, y por eso pedimos en la Misa de hoy: «Dios todopoderoso, concede a tu pueblo esperar vigilante la venida de tu Unigénito, para que nos apresuremos a salir a su encuentro con las lámparas encendidas, como nos enseñó nuestro Salvador»[13-6].

[13-1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 135.
[13-2] Francisco, Homilía, 3-X-2014.
[13-3] Antífona del Evangelio, viernes de la II semana de Adviento.
[13-4] Prefacio II de Adviento.
[13-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 149.
[13-6] Oración colecta, viernes de la II semana de Adviento.

 

Virgen

14. Sábado de la segunda semana de Adviento

  • Vernos como Dios nos ve
  • Espíritu de penitencia
  • Purificación interior

LLEGAMOS al final de la segunda semana de Adviento, en la cual la liturgia nos ha llevado a considerar la figura de san Juan Bautista como ejemplo de preparación para la llegada de Jesús. En el evangelio de la Misa de hoy vemos a Jesús rodeado de sus discípulos. Estos le preguntan: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?» (Mt 17,10).
En efecto, según una tradición judía que se remontaba a los tiempos del profeta Malaquías, el profeta Elías vendría de nuevo, antes de que llegara el Mesías, para anunciar su venida. Por ese motivo, el Maestro les respondió: «Elías ciertamente vendrá y restablecerá todas las cosas» (Mt 17,11). La misión de Juan Bautista consistió justamente en invitar a la mudanza, a la renovación interior, al arrepentimiento por los pecados personales. Después de casi quince días de preparación para la Navidad, podemos pedir al Señor su gracia para que nos siga iluminando, de manera que veamos un poco más como Él nos ve: muéstranos, Señor, todas las cosas buenas que quieres hacer con nosotros, tanta felicidad que depende de nuestra docilidad a tus planes; y, también, muéstranos los puntos en los que quieres que mejoremos, en los que deseas hacerte más próximo a cada uno de nosotros.
Al igual que Juan tenía la misión de preparar la venida de Jesús, como su precursor, proclamarlo próximo y señalarlo después entre los hombres, Dios cuenta también con nosotros para llevarla alegría del Evangelio a los ambientes en los que nos movemos; una alegría que «llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[14-1]. «Hijo mío, sigue con tu oración personalísima, que no necesita del sonido de palabras. Y habla con el Señor así, cara a cara, tú y Él a solas (…). Yo deseo que tú, mi hijo, en la soledad de tu corazón –que es una soledad bien acompañada– te encares con tu Padre Dios y le digas: “¡me entrego!”. ¡Sé audaz, sé valiente, sé osado!»[14-2].

EL EVANGELIO de hoy continúa con la respuesta de Jesús a los discípulos: «Elías ya ha venido y no lo han reconocido, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos. Entonces comprendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista» (Mt 17,12-13).
Desde el comienzo de su vida pública, Jesucristo unió su propia misión a la del precursor. Si deseamos desplegar aún más una vida auténticamente cristiana, necesitamos unirnos cada día al Señor: «Hijo, este comienzo del Adviento es una hora propicia para hacer un acto de amor: para decir creo, para decir espero, para decir amo, para dirigirse a la Madre del Señor –Madre, Hija, Esposa de Dios, Madre nuestra– y pedirle que nos obtenga de la Trinidad Beatísima más gracias: la gracia de la esperanza, del amor, de la contrición. Para que cuando a veces en la vida parece que sopla un viento fuerte, seco, capaz de agostar esas flores del alma, no agoste las nuestras»[14-3].
La unión del ministerio de Jesucristo al de Juan Bautista no se limitó a las fases iniciales de su vida pública, pues más adelante también lo asoció a su misión redentora, al permitir que padeciera el martirio. El tiempo de Adviento nos invita a disponer nuestras almas para preparar la Navidad con la oración y con la penitencia. La consideración de los sufrimientos de Juan hasta el martirio, así como los de la pasión y muerte de nuestro Señor, nos invitan a meditar que, aunque encontremos penas y fatigas en nuestro caminar –auténtica penitencia, muchas veces–, la tarea de hacer presente a Jesús en nuestra vida está siempre precedida, sostenida y acompañada por la fuerza de Dios.

«O DIOS, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve»[14-4]. La liturgia de la Iglesia sigue también hoy exhortándonos a pedir al Señor la gracia de la conversión, a allanar el camino en nuestro interior. Es una purificación que no se queda solo en hechos externos, sino que también se refiere a nuestra interioridad: a poner la imaginación y la memoria al servicio de la misión, a desarrollar nuestra capacidad de salir de nosotros mismos para pensar en el bien de los demás. «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior»[14-5].
La mortificación interior, que purifica el alma, no es una tarea negativa, que se concentra en dejar de hacer cosas. Al contrario, se encuentra en pleno territorio del amor, pues procura que el alma quiera a Dios en toda ocasión, buscando que la imaginación, la memoria y la afectividad vayan por sus caminos y nos lleven hacia la vida contemplativa. De este modo, el alma puede decir: «Haré memoria de las maravillas que has hecho desde el principio» (Sal 76,12); vendrán a nuestra mente recuerdos de cosas grandes que encenderán de gratitud el corazón y los afectos, haciendo más ardiente el amor.
Acudamos a la Virgen santísima para que presente a su Hijo nuestros deseos de prepararnos para la Navidad con espíritu de penitencia y purificación interior. De esa manera, se cumplirá en nuestra vida lo que pedimos en la oración colecta de la Misa de hoy: «Amanezca en nuestros corazones, Dios todopoderoso, el resplandor de tu gloria, para que, disipadas las tinieblas de la noche, la llegada de tu Unigénito manifieste que somos hijos de la luz»[14-6].

[14-1] Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 1.
[14-2] San Josemaría, En diálogo con el Señor, Rialp, Madrid 2017, pp. 136-137.
[14-3] San Josemaría, En diálogo con el Señor, n. 2.
[14-4] Salmo responsorial, sábado de la II semana de Adviento.
[14-5] San Josemaría, Camino, n. 173.
[14-6] Oración colecta, sábado de la II semana de Adviento.

 

 

Virgen

15. Tercer domingo de Adviento

  • La alegría del cristiano nace de la cercanía del Señor
  • Los frutos de la alegría en el alma
  • Como Juan el Bautista, precursores de la gracia de Dios

«JERUSALÉN, alégrate con una gran alegría, porque vendrá tu Salvador»[15-1]. La Iglesia anticipa hoy el gozo de la Navidad y recuerda insistentemente la recomendación de san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). Estas palabras, dirigidas a la iglesia de Filipos, son como un resumen de la liturgia de este tercer domingo de Adviento, conocido como Gaudete por ser la primera palabra que se menciona en la celebración litúrgica: «Gaudete», ¡alegraos! La palabra de Dios y los textos propios de hoy están perfumados con la alegría que brota de la cercanía de nuestro Salvador. En la oración colecta de la Misa, le pedimos al Señor que nos mire y nos conceda «un corazón nuevo y una inmensa alegría»[15-2]. Además, por este motivo y siempre que sea posible, el color litúrgico correspondiente a este día es el rosado.
En Filipos existía una comunidad cristiana de la cual san Pablo se sentía muy orgulloso, ya que destacaba por una gran fidelidad al Señor. Se dirige a ellos con palabras afectuosas y llenas de esperanza. Es verdaderamente admirable, si se tiene en cuenta que san Pablo les escribe desde la cárcel, encadenado por su amor a Jesucristo. «El Señor está cerca» (Flp 4,5), les anima. Ciertamente, las circunstancias en las que vivimos, aunque alguna vez puedan ser difíciles o dolorosas, no son un obstáculo insalvable para la verdadera alegría. El Señor está siempre a nuestro lado con su providencia amorosa. Aquellos primeros cristianos, frente al ambiente adverso en el que se movían, aprendieron a poner su esperanza en la vida de Jesucristo. «Esta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios –dice San Cipriano–: ellos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud ni de la verdadera fe. Por el contrario, éstas se afianzan en el dolor»[15-3].
La alegría a la que nos invita la palabra de Dios no es un optimismo dulzón. Es algo más sólido, con cimientos profundos. Se trata de una alegría que se edifica sobre la certeza de que, mientras aguardamos su venida, el Señor está aquí, a nuestro lado, cuidando amorosamente de su pueblo. Él sabe mejor que nosotros lo que necesitamos y está dispuesto a pelear a nuestro lado. Jesús viene una vez más, por tanto, «ya no tengáis miedo» (Is 35, 4).

«REBOSO de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia» (Is 61,10). El profeta Isaías, en la primera lectura de la Misa, nos recuerda que la alegría del creyente proviene principalmente de lo que Dios hace por nosotros. La raíz del gozo interior no es fruto del esfuerzo personal por hacer las cosas bien, aunque esto sin duda también nos otorgue alegría. Más en profundidad, «la alegría es consecuencia de la filiación divina, de sabernos queridos por nuestro Padre Dios, que nos acoge y nos perdona siempre»[15-4]. Nace así en el corazón una esperanza que alumbra nuestro caminar, porque confiamos en el poder del Señor. Sabemos que el Salvador está a punto de llegar, no nos va ni a faltar ni a fallar.
«Lo mismo que la tierra echa sus brotes, y el huerto hace germinar sus semillas, así el Señor Dios hace germinar la justicia y la alabanza» (Is 61,11). La alegría nace de una vida fecundada por el amor de Dios que conduce a un sano olvido de sí, nos facilita una entrega delicada al Señor y a nuestros hermanos. Todo ello deja en nuestra vida un surco de paz. «Hijos míos: que estéis contentos –nos animaba san Josemaría–. Yo lo estoy, aunque no lo debiera estar mirando mi pobre vida. Pero estoy contento, porque veo que el Señor nos busca una vez más, que el Señor sigue siendo nuestro Padre; porque sé que vosotros y yo veremos qué cosas hay que arrancar, y decididamente las arrancaremos; qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos»[15-5].
Fruto de la presencia y acción del Espíritu Santo en el alma, gozaremos de esta alegría habitualmente en nuestra vida. «¡Cuántas contrariedades desaparecen cuando interiormente nos colocamos bien próximos a ese Dios nuestro, que nunca abandona! Se renueva, con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz»[15-6].

«SURGIÓ UN HOMBRE enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él» (Jn 1,6-7). Retirado en el desierto, Juan predica junto al Jordán. Impresiona al pueblo por sus palabras y por su estilo de vida, hasta el punto de suscitar la pregunta de si era él acaso el Mesías esperado (cfr. Lc 3,15-17). Juan responde negativamente y manifiesta su misión: «Yo soy la voz que grita en el desierto: enderezad el camino del Señor, como anunció el profeta Isaías». Sus palabras y su vida transformada son un signo luminoso de la llegada del Salvador.
Nos podemos preguntar: «¿De dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia»[15-7]. Al hilo del mensaje del Bautista, nos damos cuenta que también nosotros podemos mostrar, con el ejemplo de nuestra vida con sabor a Evangelio, la cercanía de la venida del Señor. Somos así voz que anuncia a Jesús en nuestro entorno, en nuestra familia, en nuestro trabajo. Podemos ser, como Juan el Bautista, precursores de la gracia de Dios.
La Virgen Santísima es causa nostrae laetitiae, siempre nos trae alegría. Le pedimos que nos ayude a allanar los caminos del Señor. Con ella «hemos de llenar de luz el mundo, porque el nuestro ha de ser un servicio hecho con alegría. Que donde haya un hijo de Dios en su Obra no falte ese buen humor, que es fruto de la paz interior. De la paz interior y de la entrega: el darse al servicio de los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de gozo espiritual»[15-8].

[15-1] Liturgia de las Horas, Vísperas del III Domingo de Adviento, antífona 1.
[15-2] Oración colecta del III Domingo de Adviento.
[15-3] San Cipriano, De mortalitate, 13.
[15-4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-XI-1961.
[15-5] San Josemaría, Carta 24-III-1931, n. 62.
[15-6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 249.
[15-7] Benedicto XVI, Audiencia general, 29-VIII-2012.
[15-8] San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 22.
 

 

rosa

16. Lunes de la tercera semana de Adviento

  • Meditar la Sagrada Escritura: luz para nuestro camino
  • Dios se hace presente en los corazones que le buscan con rectitud
  • El amor a la verdad es característica de los discípulos de Cristo

LOS PROFETAS anunciaron al Mesías y, gracias a sus palabras, el pueblo de Israel esperaba y deseaba intensamente su llegada: «¡Naciones! Escuchad la palabra del Señor. Anunciadla en las islas remotas»[16-1]. En muchas ocasiones, sin embargo, vemos que el pueblo pasó por alto los mensajes proféticos y, al no aceptarlos, se le hizo difícil evitar su propia ruina. Es significativa en este sentido la historia de Balaam, un vidente pagano al que un rey enemigo de Israel le exige que maldiga al pueblo de Dios. Lleno del Espíritu del Señor, Balaam no hace caso de la presión real y bendice por tres veces al pueblo de la elección: «¡Qué hermosas son tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, Israel!» (Nm 24,5). El final de Balaam es trágico, pues morirá a manos de los mismos israelitas.
En su profecía, Balaam simboliza el advenimiento del Mesías como una estrella que saldrá de Israel: «De Jacob viene en camino una estrella» (Nm 24,17). El Salvador que desciende será como «una gran luz sobre la tierra»[16-2]. Pasados los siglos, precisamente la luz de una estrella dirigirá el paso de los Magos que descubren en ella un mensaje de salvación. La estrella les lleva hacia «una llamita encendida en la noche: un frágil niño recién nacido que da vagidos en el silencio del mundo»[16-3]. Aunque todos vieron la estrella, no todos comprendieron su sentido. En la oración colecta de hoy pedimos audazmente: Señor, «con la luz de tu Hijo que viene a visitarnos ilumina las tinieblas de nuestro corazón»[16-4]; danos la claridad necesaria para descubrir la importancia de todos estos acontecimientos en la vida personal, íntima, de cada uno.
Se dice en el libro de los Números que Balaam es un «hombre de ojos penetrantes» porque «escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo» (Nm 24,15-17). En la meditación sosegada de la palabra revelada encontramos luz para nuestro caminar diario. «Antorcha es tu palabra ante mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,105). En la Escritura aprendemos también a leer nuestra propia vida. «En ese Texto Santo –nos alentaba san Josemaría–, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida (...). Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo»[16-5].

MIENTRAS JESÚS, en una de sus frecuentes visitas al templo, enseña a los peregrinos que se han acercado a escucharle, se presentan las autoridades –los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, es decir, los miembros laicos del Sanedrín– con la intención de probar al Señor. Están molestos con él, entre otros motivos, porque goza de una autoridad ante el pueblo que no le ha sido concedida por los poderes establecidos. «¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado tal potestad?» (Mt 21,23). No preguntan movidos por una curiosidad honesta, simplemente les disgusta la predicación del Maestro y se rebelan porque las multitudes le siguen con entusiasmo.
Como se ve en otras ocasiones, también ahora Jesús conoce la intención de sus corazones. Se comportan con doblez, con fingimiento, no son claros. Le hacen una pregunta ambigua, cuando en realidad lo que buscan es que Jesús diga de una vez por todas si es el Mesías. Ellos, en cualquier caso, no están dispuestos a reconocerlo y obran con una astucia mala. No nos sorprende que el Maestro les deje sin contestación, porque «Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma»[16-6].
Dios se hace presente en los corazones que le buscan con honestidad. «Al que es íntegro en el camino le mostraré la salvación de Dios» (Sal 50,23). A Jesús le conmueve el niño que se acerca con sencillez, el leproso que enseña sus llagas, el ciego que grita sin miedo al qué dirán o el publicano que escala un árbol para verle mejor. Es decir, los corazones que no se esconden detrás de la falsedad. «El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva»[16-7].

«¿QUIEN TE ha dado tal potestad?», le preguntan. El Maestro responde con otra interrogante: «También yo os voy a hacer una pregunta, si me la contestáis también yo os diré con qué potestad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?» (Mt 21,24-25). Con estas palabras, Jesús pone a las autoridades delante de la verdad y, al mismo tiempo, elogia a Juan. Aunque el pueblo había acudido multitudinariamente al Jordán para ser bautizado, las autoridades no escucharon su mensaje de conversión y penitencia. Los jefes del pueblo no saben qué responder a Jesús porque carecen de una disposición abierta a la verdad. En realidad, solo buscan la aprobación del pueblo. Sopesan las dificultades que les puede acarrear decir una cosa u otra –era del cielo... era de los hombres...– y no encuentran una salida que les libre del compromiso: «No lo sabemos» (Mt 21,27).
El encuentro con la verdad requiere una actitud de apertura y aceptación. La verdad cristiana se la encuentra solo si se ama gratuitamente. Con su valentía y humildad, el Bautista fue un testigo audaz de la verdad. Una actitud coherente puede que no nos lleve a un camino fácil. Sin embargo, la verdad es amable de por sí y tiene una enorme fuerza de atracción. Para mostrar el «esplendor de la verdad»[16-8] conviene, en primer lugar, hacer el esfuerzo de buscarla, permanentemente y con honestidad, para así poder conocerla y contemplarla. Si se ama realmente la verdad, si esta se adentra en nuestro interior para cambiarnos, es más fácil expresarla con don de lenguas y hacerla visible. Mostrar la amabilidad de la verdad es una tarea de los cristianos.
Cristo dijo de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Jn 4,6). Por eso, la pasión por buscarla y transmitirla es una gustosa tarea para nosotros. «Ya hace muchos años vi con claridad meridiana un criterio que será siempre válido: el ambiente de la sociedad (...) necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad –quasi lucernae lucentes in caliginoso loco»[16-9]. En compañía de santa María y de san José caminamos hacia Belén. A su lado podemos aprender esa rectitud de corazón con que ambos buscaban a Dios en las pequeñas y grandes verdades de su mundo ordinario.

[16-1] Antífona de entrada, lunes de la III semana de Adviento (Jr 31,10).
[16-2] Cfr. Aleluya, 25 de diciembre, Misa del día.
[16-3] Benedicto XVI, Homilía, 6-I-2008.
[16-4] Oración colecta, lunes de la III semana de Adviento.
[16-5] San Josemaría, Forja, n. 754.
[16-6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 181.
[16-7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 141.
[16-8] San Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, n. 1.
[16-9] San Josemaría, Surco, n. 318.

 


 

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 17. Martes de la tercera semana de Adviento

  • La humildad y el orgullo
  • El amor se manifiesta en obras concretas
  • La parábola de los dos hijos

EN POCOS DÍAS nos arrodillaremos ante el Niño en el portal de Belén. Allí miraremos con asombro la grandeza del amor de Dios en un recién nacido. La Encarnación nos enseña el camino para ser grandes, que no es otro que hacernos pequeños. San Pablo expresa bien la humildad de aquel Hijo que, siendo Dios, «se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo» y «se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2,7-8). Ese es el secreto que nuestro Salvador nos enseña en cada Navidad. El Verbo hecho carne nos muestra que el Señor del universo triunfa en la humildad. Precisamente por este abajamiento «Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo Nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble» (Flp 2,9-10).
En la primera lectura encontramos una vehemente exhortación del profeta Sofonías a la conversión. Acusa a Jerusalén de orgullo y rebeldía porque «no escuchó la voz, ni aceptó la instrucción, no confió en el Señor, ni se acercó a su Dios» (So 3,2). Al contrario –afirma en su oráculo– el pueblo se jactaba en su altivez y se engreía en el monte santo (cfr. So 3,11). Esta misma tentación sigue estando presente cuando «el soberbio intenta inútilmente quitar de su solio a Dios, que es misericordioso con todas las criaturas, para acomodarse él»[17-1].
Para comunicar su amor de Padre, Dios espera que el hombre libremente se reconozca como criatura necesitada. Le es muy grata al Señor la petición que hacemos en la Oración sobre las ofrendas de la Misa de hoy: «Que los ruegos y ofrendas de nuestra pobreza te conmuevan, Señor, y al vernos desvalidos y sin méritos propios acude, compasivo, en nuestra ayuda»[17-2]. Necesitamos suplicar con frecuencia al Señor que aleje de nosotros la tentación de la soberbia, porque «si logra atenazar con sus múltiples alucinaciones –señalaba san Josemaría–, la persona atacada se viste de apariencia, se llena de vacío, se engríe como el sapo de la fábula, que hinchaba el buche, presumiendo, hasta que estalló»[17-3]. Qué distinta es la actitud de Dios que, al venir a la tierra, se hace un Niño frágil, necesitado de toda ayuda, incapaz de imponerse con violencia ante los demás, para hacer amable el camino de todos hasta su pesebre.

«MI ALMA se gloría en el Señor; que lo escuchen los humildes y se alegren. Engrandeced conmigo al Señor; ensalcemos juntos su Nombre» (Sal 34,3-4). La humildad «nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra pequeñez y nuestra grandeza»[17-4]. San Josemaría se refería a la humildad como el endiosamiento bueno de la criatura que conoce el amor que Dios ha depositado en ella. Su principal enemigo es el endiosamiento malo, fruto de la soberbia: gloriarse en uno mismo en lugar de gloriarse en el Señor.
El corazón que se sabe bendecido con tantas gracias del cielo procura corresponder generosamente al Señor, porque «el amor con amor se paga»[17-5]. No es posible amar en general, ni es amor aquel que se queda solo en buenas intenciones. El amor se plasma en actos concretos que dejan traslucir algo de lo que sucede en el corazón de quien ama. Un amor que no deja su huella en detalles, en expresiones de afecto, puede apagarse poco a poco o quedarse pequeño, sin experimentar el verdadero gozo. «Al atardecer de la vida nos examinarán del amor», decía san Juan de la Cruz, porque el amor autentifica el valor de nuestras obras.
Podría decirse que el amor tiene dos rasgos fundamentales: tiende a dar, más que a recibir; y procura manifestarse más en las obras que en las palabras. «Cuando decimos que está más en dar que en recibir es porque el amor siempre se contagia, siempre contagia, y es recibido por el amado»[17-6]. Y «cuando decimos que está más en las obras que en las palabras» es porque «el amor siempre da vida, hace crecer»[17-7]. Un buen termómetro para conocer nuestro amor a Dios podría ser preguntarnos cómo servimos y procuramos hacer felices a los que tenemos más cerca, «pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4,20). El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, son como la cara y cruz de una moneda. «No hay camino más seguro para llegar a Dios, que el amor al prójimo»[17-8], afirmaba san Agustín, porque «el amor al prójimo es como el nido del amor de Dios»[17-9], es el lugar en el que este crece

EN EL EVANGELIO de hoy, nuestro Señor nos cuenta la historia de dos hijos (Mt 21,28-32). Su padre les pide que vayan a trabajar a la viña familiar y los hermanos tienen reacciones muy distintas. El primero responde con rebeldía y falta de respeto: «No quiero». El segundo, aparentemente más obediente, le dice que sí lo hará. Pasado el primer arrebato, el hijo del no recapacita, se arrepiente, y va a trabajar a la viña. El hijo del sí, en cambio, no acude a su faena. El primero, concluye Jesús, cae por debilidad pero, alentado por su fe, se levanta y obedece al Padre. En cambio, el segundo no es fiel a su promesa y representa a los jefes del pueblo que honran a Dios «con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Is 29,13; Mt 15,8).
Jesús en esta parábola habla también a nuestro corazón. Ciertamente encontramos algo del comportamiento de cada uno de estos hijos en nuestra vida. Muchas veces nuestras disposiciones son estupendas, pero por debilidad no conseguimos sacar adelante nuestros buenos deseos. Y en no pocas ocasiones nos sucede lo contrario: después de una primera reacción de rebeldía, nos corregimos y, con la ayuda de la gracia, abrazamos amorosamente la voluntad de Dios. Ambas actitudes están presentes habitualmente en nuestra lucha interior y debemos conocerlas de cerca para saber cómo reaccionar en cada momento. Podríamos también imaginar la existencia de un tercer hijo: aquel que dice «sí, voy» y con sus obras ratifica siempre sus palabras. Este hijo –fiel en toda ocasión– es, en realidad, Jesucristo, que nos invita a entrar en su movimiento de amor al Padre.
En nuestra oración le podemos decir hoy a Dios: ¡cómo me gustaría ser un hijo como Jesús! Un hijo que responde ¡sí! Y cuando no lo somos, llega entonces el momento de decirle al Señor que tenga paciencia con nosotros. Caer en el desánimo sería una manifestación de orgullo, nos haría comprender que estábamos poniendo la esperanza en nosotros mismos y no en Dios. Ante el conocimiento de su propia debilidad, san Josemaría suplicaba con sencillez: «Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino»[17-10]. Esta petición humilde nos otorgará paz y, tomados de la mano de nuestra Madre, volveremos a ponernos en pie con esperanza.

[17-1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 100.
[17-2] Oración sobre las ofrendas, martes de la III semana de Adviento.
[17-3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 100.
[17-4] Ibíd., n. 94.
[17-5] Refrán popular.
[17-6] Francisco, Homilía, 27-VI-2014.
[17-7] Ibíd.
[17-8] San Agustín, De las costumbres de la Iglesia católica, 1, 26, 48.
[17-9] San Agustín, Ibid., 1, 26, 5.
[17-10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 93.

 


 

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18. Miércoles de la tercera semana de Adviento

  • El cristiano vive del tesoro de la esperanza
  • Dejar obrar a Dios en nuestra vida
  • La acción maravillosa de Dios a través nuestro

«VEN, Señor, y no tardes»[18-1]. El Adviento es tiempo de esperanza porque la salvación está cerca, es inminente. «Ya viene el Señor, nuestro Dios, con todo su poder»[18-2]. El cristiano vive del tesoro de la esperanza. El autor sagrado la define como «segura y firme ancla de nuestra alma» (Hb 6,19). El ancla permite al barco aferrarse al fondo del mar, fija su posición, no tiene que preocuparse de la corriente e impide que el barco sea arrastrado a la deriva. La esperanza cristiana se fundamenta en las promesas de Dios, en su amor incondicional, y no tanto en nuestras fuerzas o posibilidades. «Es una esperanza nueva, viva, que viene de Dios. No es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancia, con una sonrisa pasajera. No. Es un don del Cielo, que no podíamos alcanzar por nosotros mismos»[18-3].
Cuando el pueblo judío vivía exiliado en Babilonia, los profetas mantenían la esperanza y el ánimo de los exiliados con el anuncio de una próxima liberación. En la primera lectura escuchamos hoy al profeta Isaías que invita al pueblo a mantener encendida la llama de una esperanza fundada en que Dios, ya que solo él puede salvar: «Yo soy el Señor, y no hay ningún otro (...). Pues Yo soy Dios y nadie más» (Is 45,6-7.22). Gracias al poder del Señor «será justificada y glorificada toda la estirpe de Israel» (v. 25).
La virtud de la esperanza nos protege del vaivén del desaliento y nos sostiene en los momentos en los que la tormenta amenaza con llevarse todo por delante. Cuando el corazón vive de esperanza cierra el camino a la lamentación estéril y nos hace capaces de logros que parecían inalcanzables. Con ella podemos sobrellevar las mayores pruebas. «Hace ya bastantes años –señala san Josemaría–, con un convencimiento que se acrecentaba de día en día, escribí: espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. Él obrará, si en Él te abandonas. Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda. He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras»[18-4].

LA ESPERANZA se manifiesta en el deseo de dejar actuar a Dios en nuestra vida. Isaías le recuerda al pueblo del exilio que es Dios quien hace todas las cosas, «el que produce la luz y crea las tinieblas, el que hace la paz y crea la desdicha» (Is 45,7). La salida de Babilonia no fue fruto de una revuelta o de una inteligente estrategia política o militar. Dios abrió los caminos cuando el tiempo estuvo maduro.
De igual manera sucede en nuestra vida. Es el Señor, con su acción misericordiosa, es quien trae la salvación a nuestra tierra, porque «el Señor otorgará bienes» y «sus pasos abrirán camino» (Sal 85,13-14). Él es el protagonista principal y quien escribe –contando con nuestra libertad– el guion de nuestra historia. Dios desea que pongamos de nuestra parte lucha e ilusión, pero que no olvidemos, al mismo tiempo, que todo depende de él, «porque sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Si alguna vez te parece que el horizonte se cierra y se junta la tierra con el cielo, mira al cielo –aconsejaba san Josemaría–. Que así harás mucho bien en la tierra: mirando al cielo»[18-5].
«El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento»[18-6]. Estas palabras del cardenal Ratzinger, a propósito de la canonización de san Josemaría, resumen el secreto de la santidad: dejar obrar a Dios, con un abandono real de las tareas y preocupaciones, consintiendo en que él nos vaya llevando por las sendas que prefiera. Con esta disponibilidad, se abren «las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo»[18-7].
Cuando se espera algo o a alguien, es porque se tiene la esperanza de que ese deseo se vea colmado. Pero aguardar exige paciencia y mucha confianza. Dios tiene sus tiempos, que no coinciden siempre con los nuestros. La esperanza va de la mano de la paciencia, que lejos de revelar apatía es manifestación de fortaleza. En palabras de san Agustín, la paciencia es «como una huella de Dios que reside en nosotros»[18-8], que nos hace capaces de «soportar, llevar a los hombros las cosas no agradables de la vida. También las pruebas; es capacidad de dialogar con los límites»[18-9].

CUANDO llegan noticias de la predicación de Jesús a la cárcel, Juan envía a dos discípulos para entrevistarse con el Señor y preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?» (Lc 7,19). Jesús los acoge y, como respuesta, les muestra los frutos de la acción de Dios en las almas: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (v. 22).
Juan tiene muy clara su misión –preparar el camino al Mesías– y sospecha que su final es cercano. No busca para sí ningún protagonismo. Está dispuesto a menguar para que Cristo crezca (cfr. Jn 3,30). «Tiene la profunda humildad de mostrar en Jesús al verdadero enviado de Dios, poniéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido. La vida cristiana exige, por decirlo así, el martirio de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones»[18-10]. De esta manera, experimentaremos el efecto sanador, transformador y revitalizador de la acción divina en nuestra alma, y seremos buenos instrumentos en sus manos.
«Mirad el ejemplo de San Juan Bautista –nos hacía meditar san Josemaría–, cuando envía a sus discípulos a preguntar al Señor quién es. Jesús les contesta haciéndoles considerar todos aquellos milagros. Ya recordáis este pasaje; desde hace más de cuarenta años lo he enseñado a mis hijos para que lo mediten. Estos milagros sigue haciéndolos ahora el Señor, por vuestras manos: gentes que no veían, y ahora ven; gentes que no eran capaces de hablar, porque tenían el demonio mudo, y lo echan fuera y hablan; gentes incapaces de moverse, tullidos para las cosas que no fueran humanas, y rompen aquella quietud, y realizan obras de virtud y de apostolado. Otros que parecen vivir, y están muertos, como Lázaro: “Iam foetet, quatriduanus est enim”.
»Vosotros, con la gracia divina y con el testimonio de vuestra vida y de vuestra doctrina, de vuestra palabra prudente e imprudente, los traéis a Dios, y reviven. Tampoco os podéis maravillar entonces: es que sois Cristo, y Cristo hace estas cosas por vuestro medio»[18-11]. «Todas las cosas grandes, que el Señor quiere hacer a través de nuestra miseria, son obra suya (...). El fruto no es nuestro (...); no puede dar peras el olmo. El fruto es de Dios Padre, que ha sido tan padre y tan generoso que lo ha puesto en nuestra alma»[18-12].
María es nuestra esperanza. La llamamos así porque ella es el camino seguro para que Dios pueda seguir realizando en nuestro mundo sus maravillas. La humilde mujer de Nazaret continúa su misión desde el cielo y nos sugiere constantemente que dejemos a la gracia de Dios actuar en nuestros corazones: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).

[18-1] Antífona de entrada, miércoles de la III semana de Adviento.
[18-2] Aleluya, miércoles de la III semana de Adviento.
[18-3] Francisco, Homilía en la Vigilia Pascual, 11-IV- 2020.
[18-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 205.
[18-5] San Josemaría, Notas tomadas en una meditación, 15-I-1959.
[18-6] Cardenal J. Ratzinger, Dejar obrar a Dios, L’Osservatore Romano 6-X-2002.
[18-7] Ibíd.
[18-8] San Agustín, De patientia, 1.
[18-9] Francisco, Audiencia, 12-II-2018.
[18-10] Benedicto XVI, Audiencia, 29-VIII-2012.
[18-11] San Josemaría, En diálogo con el Señor, “Ahora que comienza el año”, n. 5.
[18-12] Ibíd.

 

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19. Jueves de la tercera semana de Adviento

  • Dios es fiel a sus promesas
  • El ejemplo de san Juan Bautista
  • La fidelidad siempre es creativa

 

En gran parte del libro del profeta Isaías leemos cuánto le duele a Yahvé la infidelidad de su pueblo. Sin embargo, llega un momento en el que Dios decide consolar a Jerusalén, perdonar todos sus pecados y sellar una alianza eterna. Lo recordamos hoy en la primera lectura de la Misa. El lenguaje que utiliza el profeta es casi maternal: «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré», «te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti», «mi amor no se apartará de ti» (Is 54,1-10). Frente a nuestras infidelidades, Dios responde con misericordia. «Su ira dura un sólo instante, su bondad, toda la vida» (Sal 29,6). Su amor es más fuerte que nuestro pecado.

 

En Adviento la liturgia nos recuerda una y otra vez el deseo divino de estar con los hombres. El Señor anhela que el hombre no rechace su compañía y se deje querer. «Dios está cerca de nosotros, es fiel y hace grandes obras de salvación en aquellos que esperan en Él. Dios ama con un amor sin límites, que ni el pecado puede frenar, y hace que el corazón del hombre se llene de alegría y de consolación»[19-1]. La historia humana, por nuestra parte, está tristemente llena de infidelidades. No obstante, Dios tiene una paciencia infinita y no se cansa de educarnos como unos padres lo hacen con su hijo. Su corazón está siempre inclinado hacia el perdón. Dios mantiene su alianza a pesar de los pesares, de generación en generación. Como dice san Pablo, «Dios es fiel y no puede negarse a sí mismo» (2Tm 2,13).

«Este “misterio” de la fidelidad de Dios constituye la esperanza de la historia»[19-2]. Se trata de la mayor garantía para nuestra lealtad, pues el Señor «es fiel en todas sus palabras, y piadoso en todas sus obras» (Sal 144,13). «¿Que cuál es el fundamento de nuestra fidelidad?», se preguntaba en una ocasión san Josemaría; y respondía: «Te diría, a grandes rasgos, que se basa en el amor de Dios, que hace vencer todos los obstáculos: el egoísmo, la soberbia, el cansancio, la impaciencia…»[19-3].

 

DURANTE estas semanas de Adviento, Juan Bautista está muy presente en la liturgia de la Palabra. Escuchamos los momentos más importantes de su singular misión de preparar el camino a Jesús. Le miramos para aprender a esperar con deseo creciente el nacimiento del redentor. Juan es el último de los profetas y el primero en morir por Cristo. En el evangelio de hoy, Jesús habla de su primo a la multitud: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que visten con lujo y viven entre placeres están en palacios de reyes. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta» (Lc 7,24-26).

 

Entre las características de la personalidad de Juan, y que son un modelo para los cristianos, destaca la fidelidad. El Precursor no duda en señalar al Mesías, no teme perder a sus discípulos o quedarse solo porque conoce y se identifica con su misión. «Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1,29) «que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias» (Lc 3,16), dice. Son expresiones de un corazón humilde, consciente de que está de paso, como cada uno de nosotros; sabe que su felicidad está en poner en primer plano a Dios, así que no se siente imprescindible.

El Bautista no es «una caña sacudida por el viento», de naturaleza inestable, complaciente para quedar bien con todos; Juan es un mensajero de Dios que vive para su misión, aunque esta le obligue a hacer ciertos sacrificios personales. La lealtad a Dios y a la verdad le llevan incluso a derramar su sangre. Por eso, san Juan Pablo II pudo afirmar que la «fidelidad radical a Cristo resplandece en el martirio de san Juan Bautista»[19-4].

 

«TU ALIANZA la estableciste para siempre»[19-5]. Esta certeza estuvo presente durante toda la vida de san Juan Bautista. La fidelidad de Dios no conoce ocaso. Dios es el de siempre. Al considerar esta intensidad de su amor, la criatura se siente empujada a devolver también un amor fiel, fruto de su libertad. Leemos hoy en la Antífona de la comunión los consejos que Pablo da a Tito: «Pues se ha manifestado la gracia de Dios (...). Vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2,12-13). Esta fidelidad a Dios exige una intimidad auténtica con Jesús en la oración, porque en el coloquio con el Señor experimentamos su amor –dulce y exigente– y esto nos lleva a ser generosos.

 

El rostro de una vida santa y fiel está compuesto por tantos momentos que no brillan externamente, porque la mayoría de las veces son escondidos, pero siempre hechos por amor: una sonrisa, un detalle de orden, agradecer o pedir perdón cuando hemos ofendido a otra persona, una respuesta amable… Refiriéndose al beato Álvaro, san Josemaría comentó: «Querría que le imitarais en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones –humanamente hablando– de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables. Por motivos sobrenaturales, no por virtud humana. Sería muy bueno que le imitaseis en esto»[19-6].

«La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor; de un amor coherente, verdadero y profundo»[19-7]. A lo largo de la vida, el amor auténtico se renueva muchas veces al día. Así crece cada vez más, está vivo; la fidelidad no es inercia o sencillamente dejar pasar el tiempo. Ser fieles no supone ser personas inflexibles; nada más lejos de la fidelidad que el simple mantener una elección del pasado. La persona fiel es creativa, es capaz de renovarse y de soñar en grande dentro de los planes de Dios.

Y si, en algún momento, el camino se hace algo más duro, la reacción del hombre fiel es pedir ayuda para poner todo de su parte en seguir adelante. Al mirar a María, Virgen fiel, podemos poner en sus manos nuestros deseos de amar como ella.


[19-1] Francisco, Audiencia,16-III-2016.

[19-2] Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía del Señor, 6-I-2008.

[19-3] San Josemaría, Forja, n. 532.

[19-4] San Juan Pablo II, Ángelus, 29-VIII-1999.

[19-5] Jueves de la III semana de Adviento, Antífona de entrada.

[19-6] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 19-II-1974.

[19-7] Benedicto XVI, Discurso 12-V-2010.

 

 

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22. Meditaciones: domingo 4º de Adviento

  • El Adviento de María
  • El fiat de nuestra Señora
  • Una fidelidad que se traduce en servicio

«DESTILAD, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al justo; que la tierra se abra y haga germinar al Salvador» (Is 45,8). Hemos llegado al cuarto domingo de Adviento. Es tiempo de esperanza y en María se centra ahora toda la expectación del género humano. En la Virgen ha recaído la elección divina; Dios ha mirado a la tierra con misericordia y ha puesto los ojos en la mujer de Nazaret. «Como lirio entre los cardos es mi amada entre las doncellas» (Ct 2,2). El Adviento es, de esta manera, un tiempo especialmente mariano. ¡Qué lógico será vivirlo mirando continuamente hacia Nuestra Señora! Los deseos del corazón de María son sencillos y, al mismo tiempo, intensos. Ya sueña con envolver al Niño en los afectos más profundos de su alma.
Sabemos que la mujer escogida para traer la luz al mundo concibe a Jesucristo por obra del Espíritu Santo. Estaba todo dispuesto desde la eternidad, siempre ha pensado Dios en María, «desde los orígenes, antes que existiese la tierra» (Pr 8,23). Así, llenándola de gracia, la llama a una santidad única entre las criaturas. Al elevarla por encima de todo lo creado, incluso de los ángeles, Dios nos ha hecho un regalo a todos nosotros: como María es nuestra Madre y Señora, podemos confiar firmemente en que llegaremos un día al término feliz del camino, en donde ella nos espera.
Es buen momento para seguir la recomendación de san Josemaría y exclamar: «–Madre, Vida, Esperanza mía, condúceme con tu mano..., y si algo hay ahora en mí que desagrada a mi Padre-Dios, concédeme que lo vea y que, entre los dos, lo arranquemos. Continúa sin miedo: —¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen Santa María!, ruega por mí, para que, cumpliendo la amabilísima Voluntad de tu Hijo, sea digno de alcanzar y gozar las promesas de Nuestro Señor Jesús»[22-1].

MARÍA FUE la primera persona en la tierra que supo que el Redentor había llegado. Su particular Adviento, el primero de la historia, comenzó cuando el ángel le habló en la soledad de su casa: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,31-32). María no duda. La doncella de Nazaret vive atenta a la voluntad divina, en actitud de escucha. El ángel irrumpe en su vida, transmite el mensaje divino y encuentra una respuesta inmediata: «Fiat mihi secundum verbum tuum. –Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Y «al encanto de estas palabras virginales, el Verbo se hizo carne»[22-2].
Comenzó así el Adviento de María. «Hágase en mí» es la expresión de un corazón en el que Dios encuentra su hogar. «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —“fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas!»[22-3]. Aquella no es palabra de un día, sino expresión que resume toda una vida. También nosotros podemos repetir muchas veces «fiat», «hágase», de mil formas distintas. Al mirar a María, aprendemos de ella la obediencia a Dios: «Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina (...). ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios (cfr. Rm 8,21)»[22-4].
Nuestra Madre es modelo exquisito de fidelidad y de abandono al plan redentor de Dios. Durante estos últimos días del Adviento, las palabras de María dan cauce a los deseos de nuestra alma. «Hágase en mí» es una oración que nos prepara para ser morada digna del Salvador. Al querer imitar a nuestra Madre, santa María «nos mira como Dios la miró a ella, humilde muchacha de Nazaret, insignificante a los ojos del mundo pero elegida y preciosa para Dios»[22-5].

DESPUÉS de la conversación con el arcángel Gabriel, María no se queda paralizada ni ensimismada. En medio de la turbación que se produce en su alma al conocer todo lo que Dios ha hecho con ella, hace planes para cuidar de su prima embarazada. Así es el Adviento de María: al conocer la noticia, parte para la casa de Isabel, sin entretenerse en otras cosas, aunque ella también esté encinta y con muchas tareas por hacer ante la llegada de su Hijo.
María ha aprendido en el día a día a cuidar de los demás. Es lo que más feliz le hace. Su espera del Mesías es activa, hecha de amabilidad con los que le rodean. María nos señala el camino del Adviento: en primer lugar, escuchar con atención la voz de Dios y, a continuación, abrirnos a las preocupaciones de los demás para servir con alegría. Podemos decir que en la vida de María las horas no pasan sin más. Ella vive cada segundo con la intensidad de saber que Dios la ha elegido y con los ojos fijos en las personas que tiene a su lado.
«La escena de la Visitación expresa también la belleza de la acogida: donde hay acogida recíproca, escucha, espacio para el otro, allí está Dios y la alegría que viene de Él»[22-6]. Al contemplar la entrega humilde de santa María, le pedimos como buenos hijos que nos ayude para que el Señor, al llegar en la Navidad, encuentre en nosotros un corazón bien dispuesto. Queremos vivir estos días como nuestra Madre, que en aquel primer Adviento las sorpresas de Dios la llevaron a servir a quien estaba a su lado.

[22-1] San Josemaría, Forja, n. 161.
[22-2] San Josemaría, Santo Rosario, Primer misterio gozoso.
[22-3] San Josemaría, Camino, n. 512.
[22-4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 173.
[22-5] Benedicto XVI, Discurso, 8-XII-2010.
[22-6] Benedicto XVI, Ángelus, 23-XII-2012

 

 

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23. Meditaciones: 17 de diciembre

  • El Señor está más cerca
  • Jesús entra a formar parte de la familia humana
  • Cristo nos enriquece

«EL SEÑOR está cerca»[23-1]. La intensidad de la espera aumenta de día en día, de hora en hora. Nuestro corazón está atento a la llegada del Emmanuel. El evangelio de hoy nos muestra la larga cadena de generaciones que han esperado al Mesías: de Abraham a David y hasta san José. Nosotros hemos nacido mucho después pero somos herederos de la misma promesa. No es fácil imaginar los sentimientos de tantas generaciones del pueblo judío que esperaban al Mesías prometido. La liturgia nos ofrece una pista, al mirar la magnitud del alegre estallido ante la inminente llegada de Jesús: «Exulta, cielo; alégrate, tierra» (Is 49,13).
Abraham es el comienzo de esta larga cadena, el primero de una familia que durará para siempre. Se fio del Señor y su promesa se ha cumplido: «Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas» (Gn 15,5). Dios se ha servido de su fidelidad y de la de tantos otros para enviarnos a su Hijo y hacer posible de nuevo la intimidad de Dios con los hombres. Nuestra dignidad fue restaurada y elevada a un grado impensable: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1Co 2,9). El alma se nos llena del gozo profundo de sabernos salvados, rescatados y curados: «Por eso, con los ángeles y arcángeles, tronos y dominaciones, y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria»[23-2].
Puede que nuestro canto no suene siempre afinado, pero el Espíritu Santo nos envuelve con sus «gemidos inenarrables» (cfr. Rm 8,26). Comprobamos día tras día cuánto nos gustaría poder responder con la misma medida de Dios. No cabe en palabras el deseo divino de encontrarse con nosotros ni su insistencia: catorce generaciones de Abraham a David, catorce hasta la deportación a Babilonia y otras catorce hasta Cristo (cfr. Mt 1,17). Enseguida viene el grito divino en nuestro socorro: «No temas». Es el mismo Dios quien se alegrará y dará gracias en nosotros.

TODOS tenemos nuestro árbol genealógico. Jesucristo ha querido tener el suyo. Y en María, su madre, Dios mismo se cruza en el camino de los hombres, uniéndose para siempre a nosotros. Asume la necesidad de esperanza de toda la humanidad, de todas las épocas. Con la encarnación, Dios no rechaza nada de lo humano, carga con el relato de cada persona para ofrecer a todos un lugar en la vida eterna. El Creador del cielo y de la tierra ha querido pertenecer a la familia humana.
«En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra»[23-3]. Cuántas veces nos parece que Dios no puede estar donde hay debilidad, fragilidad o mediocridad. Si no nos conformamos con el pecado, sino que nos ilusionamos por abrazar los verdaderos bienes de la vida, entonces la humildad de Dios no rechaza el establo de nuestro corazón; trae el cielo a nuestra vida ordinaria, a nuestra casa, a cada instante.
Esa lista larga de nombres experimentó, durante muchas generaciones, un ansia que solo llenaría el recién nacido de Belén. Algunos, probablemente, no comprendieron bien lo que esperaban. Otros, en su confusión, buscaron ídolos aparentemente más cercanos y accesibles. Esa misma ansia de salvación sigue latiendo hoy en todas las personas, muchas veces sin que los protagonistas puedan ponerla en palabras o consigan comprenderla con claridad. Nosotros tenemos la suerte de conocer esa buena noticia de la Navidad, esperamos a Jesús, y nos encantaría que llegase hasta el corazón más necesitado del último rincón de la tierra.

«TE BENDECIMOS, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil»[23-4]. Algunas veces suele suceder que nosotros hacemos justo lo contrario a ese movimiento divino: nos consideramos grandes y poderosos. Bien lo sabía san Agustín: «Tú, hombre, quisiste ser Dios y pereciste. Él, Dios, quiso ser hombre y te salvó. ¡Tanto pudo la soberbia humana que necesitó de la humildad divina para curarse!»[23-5].
Es Cristo quien nos eleva en sus hombros hasta el cielo. La soberbia concede una gloria muy efímera; dura escasos minutos y enseguida cobra su precio. Rápidamente desasosiega e inquieta. Necesita constantemente nuevos motivos para destacar sobre los demás. Nunca da paz ni sacia. San Josemaría era consciente de esta debilidad nuestra: «Conozco un borrico de tan mala condición que, si hubiera estado en Belén junto al buey, en lugar de adorar, sumiso, al Creador, se hubiera comido la paja del pesebre…»[23-6].
El amor de Dios, por el contrario, es capaz de llenar nuestro corazón como nadie lo ha hecho nunca. Al hablar de su cariño, siempre vamos a quedarnos cortos. Es mucho más lo que no sabemos de su inmenso amor que lo que alcanzamos a comprender sobre él. Santa María que, como dice el prefacio de la Misa de hoy, «lo esperó con inefable amor de Madre», nos contará en la intimidad de la oración esos secretos que conoce de primera mano. Una madre siempre sabe, con un gesto, con una caricia, explicar lo que no cabe en palabras.

[23-1] Liturgia de las horas, antífona al Invitatorio, 17 de diciembre.
[23-2] Prefacio II de Adviento.
[23-3] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2007.
[23-4] Francisco, Homilía, 24-XII-2014.
[23-5] San Agustín, Sermón 183.
[23-6] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 181 (25-III-1931).

 

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24. Meditaciones: 18 de diciembre

  • San José, el cielo en la tierra
  • Su misión junto a María y el Mesías
  • Con María y Jesús, se superan las dificultades


«TÚ, YA EN ESTA VIDA, disfrutas del mismo Dios». Así reza el himno Te Ioseph que pone en nuestra boca, desde hace siglos, lo que sentimos al considerar la misión del santo Patriarca[24-1]. Bien podemos pedirle al esposo de María que sepamos disfrutar del Niño Jesús y del cariño que viene a ofrecernos.
Sin embargo, el gozo de san José aquí en la tierra no estuvo exento de claroscuros: «Antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18). Inmediatamente reaccionó con la lealtad de un hombre fiel y lleno de amor a Dios. Tomó la decisión de repudiarla en secreto, así no impondría a María ningún peso más allá de la falta de su compañía. Todo en esta familia está al servicio de los planes divinos, todo se acomoda a la voluntad del Señor. Si bien fueron pocas las horas de zozobra, san José sufrió. No entendía lo que estaba pasando, pero nunca dudó de su esposa ni de Dios. Estaba «lleno de un santo temor de vivir al lado de una tan grande santidad»[24-2]. Un ángel fue enviado para disuadirlo y mostrarle su tarea en medio de lo que estaba contemplando atónito: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21).
Es fácil imaginarse la alegría de José por este doble anuncio. El Mesías ya estaba sobre la tierra y él iba a custodiarlo junto con su Madre bendita. A la alegría de recobrar a María se unió, en ese instante, el gozo inmenso de saber que el tiempo había llegado. Para un hijo de David esa noticia era la más esperada. Estaba ya entre ellos el Salvador. Nunca había soñado con una suerte tan grande e inmerecida. Comenzó a disfrutar entonces de lo que tenía, aunque todavía se le escapaba cómo aquello se haría realidad.

ANTES DE recibir el anuncio del ángel, el santo Patriarca «estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande. José era un hombre que siempre dejaba espacio para escuchar la voz de Dios, profundamente sensible a su secreto querer, un hombre atento a los mensajes que le llegaban desde lo profundo del corazón y desde lo alto. (...). Y así, José llegó a ser aún más libre y grande. Aceptándose según el designio del Señor, José se encuentra plenamente a sí mismo, más allá de sí mismo. Esta libertad de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de la propia existencia, y esta plena disponibilidad interior a la voluntad de Dios, nos interpelan y nos muestran el camino»[24-3].
Es muy probable que José corriera a contar a su esposa lo que se le había revelado. Hay una palabra que se repite varias veces en el evangelio de hoy: acoger. Es un verbo que define muy bien la relación que deseamos tener con Dios. Nos ilusiona ser refugio, albergar este misterio de amor en nuestros corazones. Acoger significa, referido a una persona, admitirla en nuestra casa o compañía. Es como si Dios le pidiera permiso también a José para entrar en el mundo. Así, vemos que Jesús no se impone sino que llega pidiendo un espacio en nuestros corazones. Nos pide que le demos cobijo y que le regalemos nuestra compañía.
Asombra que Dios haya pedido a san José que cumpliera la tarea de acoger a las dos vidas más preciosas que han existido sobre la tierra. Como hombre agradecido, el esposo de María aceptó el don que se le ofrecía y Dios demostró que nunca se deja ganar en generosidad. También a nosotros el Señor nos ofrece permanentemente sus dones, grandes y pequeños, proyectos en los que podemos hacer un espacio para Jesús y su madre. A san Josemaría le entusiasmaba la sencillez del santo Patriarca: «¡San José es maravilloso! Es el santo de la humildad rendida..., de la sonrisa permanente y del encogimiento de hombros»[24-4].

QUIZÁ san José habrá considerado muchas veces la grandeza de tener a Jesús y a María bajo su techo y se habrá sentido bendecido. Probablemente, María y Jesús le hacían sentir en cada momento lo importante que era su misión y su vida. Le habrán convencido fácilmente de que era el mejor padre del mundo.
A pesar de eso, debe de haber sido particularmente duro el día en que Jesús se quedó en el Templo sin avisar, dejando claro cuál era su misión en el mundo. «Este episodio evangélico revela la vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus componentes en el camino de descubrimiento de Dios y del plan que ha preparado para él»[24-5]. Cuando al cabo de tres días lo encontraron, José experimentaría cierto consuelo al comprobar que María tampoco lo entendía. La compañía de María a su lado era la clave, era la solución a todas sus dudas e incertidumbres. Con María, todo se le hacía más fácil.
¿Qué más podría pedir un hombre sobre la tierra? Recibir un cariño tan particular de semejante criatura y tenerla siempre a su lado para cualquier tarea, difícil u ordinaria, era como estar en el cielo. Qué más daba, gracias a esa compañía, caminar por el desierto huyendo a Egipto o trabajar un día y otro en el taller de Nazaret. Qué más daba que salieran las cosas como él esperaba o al revés. La sonrisa de su esposa hacía todo muy sencillo. Rogamos a Dios que podamos acoger su amor como lo hicieron María y José. «Si tus manos te parecen vacías, si ves tu corazón pobre en amor, esta noche es para ti. Se ha manifestado la gracia de Dios para resplandecer en tu vida. Acógela y brillará en ti la luz de la Navidad»[24-6].

[24-1] Tu vivens, Superis par, frueris Deo. El himno se usa en las Vísperas de la solemnidad de san José y en la memoria de san José Obrero.
[24-2] Santo Tomás de Aquino, Comentario a las sentencias de Pedro Lombardo, lib. 4, d. 30, q. 2, a. 2, ad 5.
[24-3] Francisco, Ángelus, 22-XII-2013.
[24-4] A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo III, Rialp, Madrid 2003, p. 728, nota 170.
[24-5] Benedicto XVI, Ángelus, 31-XII-2006.
[24-6] Francisco, Homilía, 24-XII-2019.

 

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25. Meditaciones: 19 de diciembre

  • Confianza y temor de Zacarías
  • Las lecciones del silencio
  • Fiarse de Dios

ZACARÍAS e Isabel «eran justos ante Dios y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor» (Lc 1,6). El Antiguo Testamento está llegando a su plenitud. El Mesías está a punto de llegar y la Iglesia nos propone considerar la fe de este matrimonio. San Josemaría dialogaba frecuentemente con los personajes del Evangelio que trataron de cerca a Jesús: «Esta mañana, he comenzado a encomendar todo a Santa Isabel, y enseguida he pasado a hablar con su hijo Juan, y con Zacarías; y después con la Virgen, con San José y con Jesús: y es que en este trato con el Señor, pasa como con las amistades humanas, que se amplía el círculo de conocimiento, a través de los amigos»[25-1].
Deseamos prepararnos para la venida inminente del Salvador aprendiendo del evangelio a confiar en Dios. En verdad que solemos tener muchas razones que nos empujan a fiarnos más de nuestra experiencia o de nuestra visión de las cosas. Por eso nos suena tan familiar la pregunta, con cierto tono de duda, que realiza Zacarías: «¿Cómo podré yo estar seguro de esto?» (Lc 1,5). Fue en busca de certezas pero se encontró ante un elocuente silencio divino, hasta que se cumplió lo que tantas veces había rogado al Señor.
Quizá el padre del Bautista tenía miedo de no estar a la altura. También nosotros buscamos referencias, seguridades, agarraderos. Argumentó que ya no tenía edad, que su mujer no tenía condiciones. Siempre ocurre lo mismo: cuando nos miramos a nosotros mismos, pensamos que podemos hacer fracasar los planes de Dios. Nos parece que somos decisivos e imprescindibles y el miedo nos bloquea. «En un mundo en el que corremos el peligro de confiar solamente en la eficiencia y en el poder de los medios humanos, en este mundo estamos llamados a redescubrir y testimoniar el poder de Dios que se comunica en la oración»[25-2].
. El Evangelio de hoy nos invita precisamente a eso: a confiar en Dios. A pesar de haber dudado, Zacarías se llenaría de gozo al escuchar el anuncio de Gabriel: «No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada» (Lc 1,13).

CUÁNTAS cosas debió de aprender Zacarías en aquellos meses de silencio. Todos intuían que había tenido una visión. No podía hablar pero su rostro reflejaba algo más que eso: de alguna manera, se había vuelto tremendamente expresivo. Seguramente fueron muchos días de intensa oración; aquel silencio le permitió una especial cercanía con Dios. Cuando por fin volvió a hablar, sus palabras demuestran que ese tiempo le había servido para prepararse mejor a la venida de su hijo, el precursor, y de su sobrino, el Mesías esperado: «En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios» (Lc 1,64).
Zacarías no cabía en sí de gozo. En esas semanas seguramente también reconoció el valor de muchos gestos comunes, muy significativos cuando no hay palabras: un guiño, una caricia, una sonrisa. Isabel quizá trataría de intuir lo que él le quería decir. Les bastaba mirarse y compartir lo que Dios había hecho en sus vidas. Quisieron vivir en la intimidad ese regalo del Señor, disfrutarlo juntos y en silencio. Dios se había manifestado y no había nada más que decir: era el momento de disfrutarlo y de soñar. «Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo: –¿Qué va a ser, entonces, este niño? Porque la mano del Señor estaba con él» (Lc 1,65-66).
La experiencia de Zacarías nos enseña que también nosotros podemos conocer mejor los planes de Dios a través de las personas y los eventos que tenemos a nuestro alrededor. Y que quizá no las hemos comprendido antes porque nos escuchábamos demasiado a nosotros mismos. «Es necesario aprender a fiarse y a callar frente al misterio de Dios y a contemplar en humildad y silencio su obra, que se revela en la historia y que tantas veces supera nuestra imaginación»[25-3].
. Cuando hacemos silencio y escuchamos a Dios, como les sucedió a Zacarías e Isabel, nos llenamos de inmenso gozo al ver que Dios nos bendice, incluso cuando y en donde menos lo esperamos.

CON FRECUENCIA, querer y dejarse querer implica no decir al otro cómo tiene que hacer las cosas. El amor deja libre a la persona amada para que se exprese como ella quiera. No le dicta ni le exige maneras de manifestar el cariño. De modo análogo, algo similar sucede en nuestra relación con Dios: nos ilusiona dejarnos sorprender por el Señor. La gracia no es predecible, sino que es libre y creativa. Zacarías pudo comprobar lo maravillosa que es la iniciativa divina. Descubrió que confiar siempre trae premio y que Dios está cerca en todo momento, aunque no lo parezca: «No te fíes de mí... Yo sí que me fío de ti, Jesús... Me abandono en tus brazos: allí dejo lo que tengo, ¡mis miserias!»[25-4]. .
Preparando nuestro corazón para la llegada del Niño Jesús, podemos pedir a este santo varón su fe, su ilusión y su paciencia. Fe para pedir durante años un milagro que acabó sucediendo cuando ya no había esperanza; ilusión para soñar con el Mesías y la salvación que traería a Israel; y paciencia consigo mismo mientras aprende a buscar la seguridad en Dios. El amor siempre supone un riesgo, porque no es posible asegurarlo; depende de la voluntad de quien nos ama. Por eso, le pedimos a Zacarías que nos ayude en los momentos de inquietud, cuando tenemos que fiarnos solo de Dios. Él es nuestra seguridad. Santa Teresa lo atestiguaba con muy pocas palabras, pero con gran firmeza: «Fiad de su bondad, que nunca falló a sus amigos»[25-5].
.
«Resuena muchas veces en el Evangelio este no temáis: parece el estribillo de Dios que busca al hombre. Porque el hombre, desde los orígenes, también a causa del pecado, tiene miedo de Dios: “me dio miedo (…) y me escondí” (Gn 3,10), dice Adán después del pecado. Belén es el remedio al miedo, porque a pesar del “no” del hombre, allí Dios dice siempre “sí”: será para siempre Dios con nosotros. Y para que su presencia no inspire miedo, se hace un niño tierno»[25-6]. . A la Virgen podemos pedirle que sepamos fiarnos del Señor, de su bondad y de su cariño; que no tratemos de controlar a Dios y que nos dejemos sorprender por su Providencia amorosa.

[25-1] Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid, 2000, p. 259.
[25-2] Benedicto XVI, Audiencia general, 13-VI-2012.
[25-3] Francisco, Ángelus, 24-VI-2018.
[25-4] San Josemaría, Camino, n. 113.
[25-5] Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, 11, 4.
[25-6] Francisco, Homilía, 24-XII-2018.

 

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25bis. Meditaciones: 20 de diciembre

  • La alegría de toda vocación
  • Hallar gracia delante de Dios
  • Dejar que el Señor haga su obra en nosotros

EL ARCÁNGEL san Gabriel ha de cumplir una misión delicada. Ha llegado la hora. Dios ha puesto su mirada en una doncella de Nazaret para llevar a plenitud la historia apasionante de la salvación de sus hijos. El mensajero saluda a la llena de gracia y la creación entera contiene la respiración. «Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo» (Lc 1,29). Muchas representaciones artísticas han imaginado a nuestra Madre leyendo la Sagrada Escritura cuando recibió el saludo del ángel; y es esta actitud de meditación la que probablemente le permite a santa María permanecer en ese diálogo constante con Dios, en esa permanente consideración de las cosas, que es la vida de oración.

 

En contraste con María, cuántas veces nos cuesta a nosotros percibir las invitaciones divinas. Algunas veces podemos incluso pensar que Dios nos quiere quitar algo, que nos pide renunciar a la alegría en esta tierra para cumplir su voluntad. Sin embargo, la realidad no puede ser más distinta: Dios es quien más desea que seamos felices, que estemos llenos de gozo, que compartamos con él su alegría infinita; ha llegado hasta la cruz con ese único objetivo. Y solo nuestra libertad es capaz de detener su iniciativa. «¡No tengáis miedo de Cristo! –decía Benedicto XVI en el inicio de su ministerio petrino–. Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[25bis-1].

La Iglesia nos muestra en el evangelio de la Misa hoy la vocación de nuestra Madre, santa María, cuyo relato se parece mucho al de nuestra vida. Toda llamada es una vocación a la alegría. De hecho, «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[25bis-2]. Cuando el Señor pide algo en realidad nos está ofreciendo un don: es Dios quien ilumina nuestro camino, lo llena de sentido y le da su mayor proyección.


«NO TEMAS, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30). Estas palabras del ángel nos muestran cómo mira el creador a su más bella criatura: María es, de alguna manera, el sueño de Dios, su consuelo, su esperanza. A nosotros nos resulta difícil pensar que Dios pueda contemplarnos de esa forma. Por supuesto, sabemos que el Señor es misericordioso y que nos regala y nos devuelve la gracia cuantas veces sea necesario. Sin embargo, que halle gracia en nosotros, hacerle disfrutar como lo hace María, nos puede parecer que es algo inalcanzable.

 

Sin embargo, «la misma formulación de las palabras del ángel nos da a entender que la gracia divina es continua, no algo pasajero o momentáneo, y por esto nunca faltará. También en el futuro seremos sostenidos siempre por la gracia de Dios, sobre todo en los momentos de prueba y de oscuridad. La presencia continua de la gracia divina nos anima a abrazar con confianza nuestra vocación, que exige un compromiso de fidelidad que hay que renovar todos los días. De hecho, el camino de la vocación no está libre de cruces: no sólo las dudas iniciales, sino también las frecuentes tentaciones que se encuentran a lo largo del camino. La sensación de no estar a la altura acompaña al discípulo de Cristo hasta el final, pero él sabe que está asistido por la gracia de Dios.

Las palabras del ángel se posan sobre los miedos humanos, disolviéndolos con la fuerza de la buena noticia de la que son portadoras. Nuestra vida no es pura casualidad ni mera lucha por sobrevivir, sino que cada uno de nosotros es una historia amada por Dios. El haber “encontrado gracia ante Dios” significa que el Creador aprecia la belleza única de nuestro ser y tiene un designio extraordinario para nuestra vida. Ser conscientes de esto no resuelve ciertamente todos los problemas y no quita las incertidumbres de la vida, pero tiene el poder de transformarla en profundidad. Lo que el mañana nos deparará, y que no conocemos, no es una amenaza oscura de la que tenemos que sobrevivir, sino que es un tiempo favorable que se nos concede para vivir el carácter único de nuestra vocación personal y compartirlo con nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia y en el mundo»[25bis-3].


DELANTE DE Dios hallan gracia las almas sencillas, las que se dejan querer y elevar hasta la santidad más grande. Nada hay que deleite tanto a un padre como ver brillar a sus hijos. «Hágase en mí según tu palabra». Muchos años antes de que María pronunciara esas palabras, en el momento de establecer su alianza con el pueblo elegido, Israel se comprometió a cumplir su parte: «Haremos todo lo que nos ha dicho el Señor» (Ex 24,3). María e Israel utilizan el mismo verbo. Israel, sin embargo, pone el acento en su acción, mientras que María lo hace en la fuerza de Dios. Los resultados de una y otra respuesta saltan a la vista porque es muy diferente hacer que dejar hacer. Aunque parece que lo segundo es más sencillo, sabemos bien que con frecuencia sucede al revés. Preferimos, equivocadamente, tener las cosas bajo nuestro control; lo que escapa a nuestra vigilancia y a nuestras previsiones con frecuencia nos inquieta.

 

Adviento es un tiempo de alegría, de gozo, de paz. Sabemos que no van a desaparecer las dificultades pero estamos salvados cuando aprendemos a decir que a la acción de Dios. «María nos invita a decir también nosotros este “sí”, que a veces resulta tan difícil (...). Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo “sí” a su voluntad»[25bis-4].

Decir que es pedir a Dios que se cumpla su voluntad, pedir la gracia de no ser obstáculo para sus planes, de no estorbar la acción del Espíritu Santo. No es fácil abrir espacio en nuestro corazón para tanto amor. El desafío es darse cuenta de que «lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»[25bis-5]. Podemos agradecer a Jesús y a su Madre bendita por nuestro camino de santidad; una vida sembrada de una felicidad cotidiana, muy normal pero, a la vez, divina.


[25bis-1] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.

[25bis-2] San Josemaría, Forja, n. 1005.

[25bis-3] Francisco, Mensaje para la XXXIII Jornada Mundial de la Juventud, 25-III-2018.

[25bis-4] Benedicto XVI, Homilía, 18-XII-2005.

[25bis-5] Francisco, Homilía, 24-XII-2014.

 

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26. Meditaciones: 21 de diciembre

  • María parte deprisa a la montaña
  • Gratitud por la bondad de Dios
  • La alegría del que cree

«MARÍA se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá» (Lc 1,39); intuye que su prima la necesita y corre hacia ella, sin detenerse. Qué suerte la de Isabel al tener una pariente así: tan dispuesta, tan sensible, tan dócil a las necesidades de los demás. «¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?» (Lc 1,43). Quizá también nosotros podemos dirigir una oración así al Señor: ¿por qué tengo tanta suerte de conocerte, Señor, de poder estar conversando ahora contigo, de tenerte en mi alma? Le pedimos a santa Isabel, que recibió la primera visita del Mesías encarnado, que nos ayude a agradecer a Dios sus delicadezas con cada uno de nosotros. Y eso, al mismo tiempo, nos lleva a querer, como santa María, salir deprisa para compartir este regalo con muchas almas.
Isabel se emocionó cuando llegó su prima. Algo se movió en lo profundo de su alma. Se llenó del Espíritu Santo. Ya desde los primeros compases de la nueva alianza, Dios inunda con su gracia a las almas que se dejan acariciar por ella. Sabemos, entonces, que María era la llena de gracia y que Isabel se llenó del Espíritu Santo. Es impresionante esta capacidad del corazón humano de contener a Dios. A san Josemaría le sobrecogía la grandeza e infinitud de un Creador que quiere estar tan cerca de nosotros: «¡Qué grande eres, y qué hermoso, y qué bueno! Y yo, qué tonto soy, que pretendía entenderte. ¡Qué poca cosa serías, si me cupieras en la cabeza! Me cabes en el corazón, que no es poco»[26-1].

ANTE LA GRANDEZA de la misión que habían recibido, estas dos primas no se echan para atrás, asustadas. No se dejan llevar por el miedo al fracaso ni por la angustia. Confían plenamente en Dios. Están agradecidas. No ven rodeadas más que por dones y se vuelcan en acción de gracias, sin pensar demasiado en las dificultades que ya han tenido o que inevitablemente llegarán.
Así aparecen estas dos madres: serenas, alegres, agradecidas. Se saben queridas por Dios y eso las impulsa muy por encima de lo humanamente razonable. María e Isabel están entusiasmadas. Sus hijos, cada uno de un modo distinto, van a marcar un antes y un después en la historia de la humanidad. Ellas no se preocupan demasiado de cómo se va a llevar a cabo todo eso, están convencidas de que Dios lo hará muy bien. «Bienaventurada eres porque has creído, dice Isabel a nuestra Madre. —La unión con Dios, la vida sobrenatural, comporta siempre la práctica atractiva de las virtudes humanas: María lleva la alegría al hogar de su prima, porque “lleva” a Cristo»[26-2].
Para Isabel, el silencio de Zacarías, su esposo, también fue una fuente de gracia. Probablemente la hizo rezar más, preguntar directamente a Dios por el sentido de sus planes. Juntos, entre Isabel y Zacarías se prepararon silenciosamente para la venida de Juan; así era más fácil evitar que lo superficial tapara el gran misterio de la redención que se estaba abriendo ante sus miradas. Habían sido elegidos para ser parientes del Mesías y eso bastaba para llenar sus horas de un diálogo continuo con Dios.

«BENDITA tú entre las mujeres» (Lc 1,42). Esta es posiblemente una de las frases más repetidas de la historia. La pronunciamos en cada avemaría, junto a todos los cristianos del mundo y de todos los tiempos. Y los años han confirmado que Isabel no se equivocaba. Quien se fía de Dios es más feliz. Las únicas promesas que son seguras, que no son frágiles, son las del Señor. Como en la vocación de María, también en la historia de Isabel podemos ver que la alegría tiene una importante presencia: Juan salta de gozo en el vientre de su madre por la presencia de Jesús.
A nosotros nos gustaría también saltar de gozo continuamente. Quisiéramos sentir hasta físicamente la presencia de Cristo, su cercanía. Ciertamente, santa Isabel había rezado durante muchos años antes de estos sucesos. Quizá ya había asumido que no tendría hijos. Es entonces cuando Dios interviene en su vida convirtiéndola en madre del más grande entre los nacidos de mujer (cfr. Mt 11,9). Así es Dios y lo mismo hace en nuestra vida. Donde parece que nos falta es donde nos bendice. Donde no llegamos nosotros, él desborda su gracia. Donde nos rendimos a su Providencia, comprobamos que sus planes son los mejores, más emocionantes y ambiciosos. «Dios llega gratis. Su amor no es negociable: no hemos hecho nada para merecerlo y nunca podremos recompensarlo»[26-3].
Quién iba a imaginarse seis meses antes que su prima iba a ser la madre del Mesías y que ella sería la del precursor. Cuántas veces nuestra fe es puesta a prueba por unas circunstancias adversas o por nuestros deseos de querer considerar todas las variables y las posibilidades del futuro. Podemos pedir a Isabel y a santa María que nos ayuden a dar gracias con su misma alegría. «¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?» (Lc 1,43).


[26-1] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 9-VI-1974.
[26-2] San Josemaría, Surco, n. 566.
[26-3] Francisco, Homilía, 24-XII-2016.

 

 

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27. Meditaciones: 22 de diciembre

  • El agradecimiento de María
  • Nuestro deseo de Dios es socorrido por Él
  • De la gratitud a la generosidad

MARÍA ha caminado deprisa hasta el lugar donde viven Isabel y Zacarías. Al llegar comprueba que es verdad todo lo que le ha dicho el ángel. Lo creía firmemente, pero ver a su prima esperando un hijo la llena de gozo. Se confirma nuevamente lo que ya siente en sus entrañas: la presencia del Mesías. Su alegría se desborda y se la contagia al mismo Juan. Podemos pensar que el Bautista, ya desde el vientre de su madre, espera ansioso el momento de proclamar la buena noticia: Juan no pierde un instante y se lo anuncia a su madre, que por ahora es la única que le escucha.
Para María fue posiblemente un gozo inmenso poder compartir con alguien lo que llenaba su corazón. Al saludar a Isabel se dio cuenta rápidamente de que ella ya sabía todo. Hasta ahora había mantenido la noticia en lo más íntimo de su corazón. La Madre de Jesús rompe a cantar y, en su alabanza, entrelaza la historia de Israel y las palabras que ha leído tantas veces en la Sagrada Escritura. Es tan grande el amor divino por ella que no sabe cómo expresarlo; tiene que tomar palabras prestadas del mismo Dios, como nosotros lo hacemos casi siempre en la liturgia de la Iglesia. Isabel le ha dicho cosas preciosas, pero ella enseguida las dirige al autor de tanta maravilla. Así será toda su vida: llevar a los hombres a Dios.
«Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46). A María le impresiona cómo hace Dios las cosas y la razón por la cual se sirve de ella: «Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,48). María se siente mirada de una forma especial por Dios y esa convicción le lleva a dar gracias.

SEGURAMENTE María nunca había soñado con hallar tanta gracia delante de su Creador. Se da cuenta de que es la inmensa bondad de Dios la que se derrama sin más motivo que la misma libertad divina. No podemos salir de nuestro asombro. Nos resulta difícil imaginarnos y creer en un Dios así de complaciente con nosotros, pobres criaturas.
A la vez, por la experiencia del pecado, también puede suceder que a veces nos sintamos un poco ajenos a este agradecimiento, porque no podemos olvidar que «la capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos “sin oído musical” para Él»[27-1]. No nos ha de inquietar esa falta de oído. Santo Tomás de Aquino nos tranquiliza: «Tan espléndida es la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo Él más por nosotros de lo que podemos comprender»[27-2]; es decir, aunque nuestra capacidad para sintonizar con Él pueda estar menguada, la gracia de Dios va mucho más allá y nos socorre.
Dios se vuelca con cada una de sus hijas e hijos con toda su intensidad. «No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente (...). Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad»[27-3]. Ser santo es dejarse querer por Dios así, porque le da la gana, sin ningún otro motivo. San Josemaría utilizaba palabras que quizá nos resultan sorprendentes: «Con la Fe y el Amor, somos capaces de chiflar a Dios, que se vuelve otra vez loco –ya fue loco en la Cruz, y es loco cada día en la Hostia–, mimándonos como un Padre a su hijo primogénito»[27-4]. Nosotros también somos objeto de esa mirada gratuita de Dios. María se da cuenta de que su alegría será proclamada por todas las generaciones y de ese agradecimiento brota su entrega.

DE UN CORAZÓN agradecido brotan con facilidad deseos de correspondencia y de generosidad. Podremos alcanzar la verdadera felicidad y el compromiso total para devolver amor por amor solo cuando dejemos que nuestro corazón reaccione con agradecimiento. Nuestras fuerzas no pueden devolver a Dios algo proporcional a lo que Él nos ha dado. Esta incapacidad, de alguna manera, nos libera. Nuestra misma entrega es obra de quien «ha hecho en mí cosas grandes» (Lc 1,49) porque es todopoderoso, también para sacar de nosotros lo que a inicialmente nos supera. «Su misericordia se derrama de generación en generación» (Lc 1,50), desde Abraham hasta hoy, hasta mi vida, concreta, ordinaria y escondida a tantas personas.
A Dios le gusta manifestar el poder de su brazo y así confundir a los que piensan que pueden por sí solos y que su voluntad es suficiente para ser felices. Dios ha mandado poner en lo más alto de su reino a los humildes, a los pequeños que se dejan hacer grandes. Hará temblar cualquier trono construido por manos humanas. A quien se siente necesitado, Dios lo quiere colmar de bienes, entre los cuales el primero de ellos es su amor incondicional e infinito: está decidido a desbordar nuestra imaginación y a superar nuestros deseos más optimistas.
Lamentablemente, a los que se sienten ricos sin serlo, Dios no los podrá llenar de su tesoro. Esto será un gran pesar para Él, ya que desea llenar de su amor a todos sus hijos. Pero así es la historia de su misericordia, de su tierno cariño por cada uno. Es la historia de la libertad de un Dios que ofrece todo su gozo de generación en generación, que continuamente busca caminos para que el hombre se deje querer. María, con su «fiat», lo ha conseguido como nadie, y estará encantada de enseñarnos y de acompañarnos en el camino.
[27-1] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2009.
[27-2] Santo Tomás de Aquino, Sobre el Credo, 1. c., 61.
[27-3] Francisco, Homilía, 24-XII-2019.
[27-4] San Josemaría, Instrucción 19-III-1934, n. 39.

 

 

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28. Meditaciones: 23 de diciembre

  • La misión de Juan
  • Ocultarse y desaparecer
  • El modo silencioso del obrar de Dios

«¿QUÉ VA A SER, entonces, este niño?» (Lc 1,66). Los amigos de Zacarías e Isabel en su pequeña aldea están sobrecogidos. Están sucediendo cosas maravillosas alrededor del nacimiento de Juan. La expectación crece a cada instante. Su padre acaba de recuperar el habla y todas sus palabras son de alabanza y bendición a Dios. Zacarías no puede esconder su alegría y su agradecimiento. Quienes le rodean, intuyen la obra divina en todos estos sucesos, así que no quieren perderse nada; graban todas las palabras en lo más profundo de su alma.
En aquel pueblo «oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado» a Isabel (cfr. Lc 1,58). En esta Navidad que ya tenemos a las puertas, nosotros también queremos oír nuevamente las misericordias de Dios, lo bueno que es, cuánto nos quiere y cómo desea salvarnos y librarnos del pecado. Podemos pedir a los parientes de María que nos ayuden a afinar el oído, a disponernos lo mejor posible para acoger el don maravilloso de la redención. En el ambiente navideño de estos días, no queremos dejar de escuchar la suave voz de Jesús. «Guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso»[28-1].
En el evangelio de hoy vemos que acaba de nacer el precursor. Él no es el Mesías y lo sabe. Algunos se lo preguntarán expresamente. Y sabemos que siempre responde lo mismo: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). A veces no nos resulta fácil dejar obrar al Señor. No es sencillo aprender a quitarnos de en medio. Seguramente nos hemos implicado en la misión apostólica y quizá hemos rezado mucho por alguna persona en concreto. Sin embargo, el verdadero apóstol sabe estar en segundo plano, sabe que no es imprescindible, no quiere ser el protagonista principal; lleva el mensaje de Cristo a las almas y no el suyo propio. Le podemos pedir a san Juan Bautista que nos ayude a ser, como él mismo lo fue, buenos precursores de la llegada de Jesús a la vida de tantas personas que nos rodean.

DISFRUTAR de algo significa apreciar los frutos que produce. El apóstol siempre ve frutos, porque sabe que nada de lo que hace en unión con Jesucristo cae en saco roto. Siempre disfruta de la misión, aunque no se vea el resultado. El modo en que Dios ha realizado la redención es misterioso. Su nacimiento, que celebraremos en breve, ha sucedido sin que lo supiera casi nadie. Y Juan es un buen precursor porque hace lo mismo que Jesús: es discreto, sencillo, no se da importancia. Como dice san Agustín: «Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia»[28-2].
Ocultarse y desaparecer llena de paz el alma del apóstol porque quien vive así se sabe instrumento. En consciente de que no carga con todo el peso. En los buenos momentos reconoce que Dios es quien lo ha hecho. En los malos, no se inquieta porque sabe que Dios lo arreglará. Y eso no le quita ilusión ni espontaneidad. Sí le quita, por el contrario, tensión, angustia y rigidez. Podemos decirle al Señor, cada vez que pensemos que algo se nos escapa de las manos, que confiamos en Él; que no queremos nada para nosotros, sino que estamos dispuestos a ser el canal por el que haga llegar su felicidad a otros.
Muchos santos se han visto inclinados a vivir esta humildad. Desean imitar a Jesús y buscar solo, como Él, la gloria de Dios. San Josemaría relaciona ambas actitudes. Podría parecer que desaparecer es retirarse, abandonar la misión, pero no es así. Lo vemos claro en la vida de Juan el Bautista y en todos los santos: siendo humildes, no se han desentendido de las almas que estaban cerca. Por eso san Josemaría podía decir: «He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios –al barruntar el amor de Jesús–, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3,30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea»[28-3]. Otras veces lo decía de forma más resumida: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»[28-4].

JUAN también fue por delante de Cristo cuando llegó el momento de dar la vida. Tuvo que suponer una gran alegría para él ver cómo sus discípulos encontraban al Mesías, y cómo se quedaron con él. Al ser apresado y ajusticiado, tal vez pensó que todo aquello merecía la pena para cumplir la voluntad de Dios, pero ignoraba que el mismo Mesías seguiría sus huellas en poco tiempo. El Bautista es el mayor de los nacidos de mujer (cfr. Mt 11,11) y, sin embargo, ha vivido tratando de pasar oculto. Si el nombre Juan significa favorecido por Dios, podemos decir que al que se oculta, Dios le hace feliz, le da paz, le hace disfrutar. La carga se hace suave y el peso ligero.
El plan de Dios se realiza de esta forma, en silencio y sin que muchos se den cuenta. Nos interesa que Cristo reine y él ya ha decidido el modo en que va a hacerlo: desde la cruz, desde el dolor que implica cargar con los pecados de todos los hombres. Se ha cumplido la profecía sobre la humildad divina llevada al límite: «El inclinarse de Dios ha asumido un realismo inaudito y antes inimaginable. El Creador que tiene todo en sus manos, del que todos nosotros dependemos, se hace pequeño y necesitado del amor humano. Dios está en el establo. En efecto, ¿de qué otro modo podría aparecer más grande y más pura su predilección por el hombre, su preocupación por él? Porque nada puede ser más sublime, más grande, que el amor que se inclina de este modo, que desciende, que se hace dependiente»[28-5].
A la Virgen María, la humilde mujer de Nazaret que ha querido que Jesús sea siempre el protagonista, le pedimos que nos ayude a ser instrumentos eficaces y discretos en las manos del mejor artesano de la historia.


[28-1] Francisco, Homilía, 24-XII-2015.
[28-2] San Agustín, Sermón 293.
[28-3] San Josemaría, Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 16.
[28-4] San Josemaría, Carta 28-I-1975.
[28-5] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2008.

 

 

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29. Meditaciones: 24 de diciembre

  • Dar gracias por la llegada de Jesús
  • Se ha manifestado la gracia de Dios
  • Termina la espera

«BENDITO sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo» (Lc 1,67). Estas son las palabras de Zacarías después de nueve meses sin poder hablar. Su canto podría resumirse en un: ¡qué bueno es Dios! Con este evangelio quiere la Iglesia que termine el tiempo de espera que hemos vivido. Este santo varón no ha percibido esos meses como un castigo. Todo lo contrario: está agradecido por lo que se le ha regalado, por la oportunidad maravillosa que ha tenido de disponerse adecuadamente para lo que su hijo Juan va a anunciar. Es un tiempo similar al Adviento que Dios nos ha ofrecido, una vez más, a nosotros. Puede que hayamos aprovechado mejor o peor estos días de preparación. En cualquier caso, nos hará mucho bien dar gracias a Dios porque Él ha trabajado en nuestra alma aunque nos parezca que se trata de un establo humilde. Dios ha preparado un lugar muy especial en nuestro portal para su Hijo.
A lo mejor nos pasa como quizá le sucedió a uno delos pastores en Nochebuena: «Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, muchos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara. Y puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos»[29-1].

«SI TUS MANOS te parecen vacías, si ves tu corazón pobre en amor, esta noche es para ti. Se ha manifestado la gracia de Dios para resplandecer en tu vida. Acógela y brillará en ti la luz de la Navidad»[29-2]. Más allá de la percepción personal que tengamos sobre los frutos de nuestra lucha y de nuestro apostolado, sabemos que en realidad nuestras manos no están vacías. San Josemaría nos sugería presentarnos en Belén con algo muy preciado: «En aquella fría soledad, con su Madre y San José, lo que Jesús quiere, lo que le dará calor, es nuestro corazón»[29-3].
Quizá estaríamos más tranquilos si hubiésemos llegado a este momento con las manos llenas de buenas obras, de santidad, de cariño a todos los que tenemos alrededor. Pero con frecuencia la realidad no alcanza nuestros deseos; puede ser que en nuestra vida, llena de compromisos y gestiones pendientes, el tiempo haya pasado demasiado rápido, sin que nos hayamos percatado demasiado. No importa: de igual manera podemos hoy acercarnos al portal y seremos muy bien recibidos. Descubriremos que nos estaban esperando, que la Virgen y san José se alegran infinitamente al tenernos allí en este momento preciso de nuestra historia.
Ya está aquí la salvación. Nos separan de ella unas pocas horas, pero el gozo empieza a inundarnos. San Bernardo nos confirma en nuestros deseos más ambiciosos: «Ahora, por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es diferida, sino concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame el precio de nuestro rescate que contiene; un saco que, si bien es pequeño, está ya totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad»[29-4].

LAS PALABRAS de Zacarías son la última profecía antes de que se cumpla definitivamente nuestra salvación. Dios se ha conmovido ante las tinieblas en que vivimos y viene a salvarnos, no a juzgar si somos dignos de recibirle. Queremos, de la mano de este israelita justo y piadoso, alcanzar las profundidades de la intimidad divina: «Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto» (Lc 1,78). No cabe forma más encendida de hablar.
Podríamos perdernos este privilegio por un despiste, muy fácil en estas horas finales: «Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él»[29-5]. Vamos a recorrer este último tramo de la mano de santa María, quizá junto a ella en el borrico que la lleva a Belén.
En esta noche –utilizando palabras de san Juan Pablo II– Dios «entra en la historia. Se somete a la ley del fluir humano. Cierra el pasado; con Él termina el tiempo de espera, esto es, la Antigua Alianza. Abre el futuro: la Nueva Alianza de la gracia y de la reconciliación con Dios. Es el nuevo “Comienzo” del Tiempo Nuevo»[29-6]. Acompañamos a la Virgen mientras prepara el portal: la paja, el pesebre, los pañales... Y pone ahí todo el cariño para que el Niño no eche en falta nada. Nos encanta prestar esos servicios y ver que, en cierto sentido, ambos han querido necesitarnos.

 

[29-1] Francisco, Homilía, 24-XII-2019.
[29-2] Ibíd.
[29-3] San Josemaría, En diálogo con el Señor, “Rezar sin interrupción”, n. 2.
[29-4] San Bernardo, Sermón primero de Epifanía, 1-2.
[29-5] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2008.
[29-6] San Juan Pablo II, Homilía, 1-I-1979.

 

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