En este recurso se van recogiendo los comentarios al Evangelio de la Web. Se señala en caso de que haya varios comentarios al mismo texto del Evangelio. En Collationes se copian estos comentarios para facilitar los enlaces y el acceso a los mismos. En el futuro se elaborarán índices escriturísticos y temáticos.
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1ª semana del tiempo ordinario
Lunes (Mc 1, 14-20): ¡buenas noticias! “Vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios”. El Señor nos sigue llamando a cada uno a participar en la difusión de la Buena nueva, en el servicio y el amor a los demás.
Martes (Mc 1, 21-28): el secreto de Jesús “¡Cállate, y sal de él!”. El Señor responde con estas fuertes palabras a un endemoniado que lo había reconocido como el Santo de Dios. Meditemos sobre este “secreto” que Jesús no quiere dar a conocer y cuál es el motivo profundo que lo impulsa a imponer el silencio.
Miércoles (Mc 1, 29-39): a quien madruga (para rezar), Dios le ayuda “De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración”. El Señor nos enseña que por más ajetreada que sea nuestra vida, vale la pena hacer el esfuerzo de buscar un momento concreto cada día para dialogar con nuestro Padre Dios.
Jueves (Mc 1, 40-45): el icono de la esperanza “Vino hacia él un leproso rogándole de rodillas”. Arrodillados asumimos la verdad de nuestra menesterosa vida y acogemos en nuestro corazón la maravillosa vida de Dios.
Viernes (Mc 2,1-12): desear su curación “Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: — Hijo, tus pecados te son perdonados”. Pidamos al Señor que nos aumente los deseos de ayudar a nuestros hermanos y amigos para que se encuentren con Él cara a cara y así, puedan empezar una nueva vida llena de felicidad.
Sábado (Mc 2, 13-17): el Señor no excluye a nadie “Eran muchos los que le seguían”. Jesús es seguido por muchos porque ama a todos sin distinciones. Él simplemente ama, llama a la puerta y, si le abrimos, entra y nos salva.
1ª semana del tiempo ordinario
Lunes (Mc 1, 14-20): ¡buenas noticias! “Vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios”. El Señor nos sigue llamando a cada uno a participar en la difusión de la Buena nueva, en el servicio y el amor a los demás.
Evangelio (Mc 1, 14-20)
Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: -El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio. Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: -Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes; y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.
Comentario
El primer capítulo del evangelista Marcos nos cuenta que Jesús comienza su vida pública predicando el Evangelio de Dios. Quizá estemos acostumbrados a estas palabras pero vale la pena pararse una vez más para escucharlas con toda su fuerza: Jesús ha venido a traer en persona buenas noticias a los hombres y mujeres que estén dispuestos a escucharlo con fe.
Iremos descubriendo poco a poco en las páginas del evangelio en que consisten estas buenas noticias pero el Señor desde el inicio aclara que para escucharlas se necesita tener voluntad para cambiar lo que no vaya de acuerdo con su mensaje, para convertirse y para abrir los oídos del corazón.
En el pasaje que hoy leemos, se nos adelanta que el evangelio tiene que ver con que Dios es rey y quiere reinar en la tierra. Ciertamente este mensaje corre riesgo de ser malinterpretado, ya que su reinado es de un tipo especial y no es como los reinados de la tierra. Junto con los apóstoles aprenderemos que Dios no quiere basar su poder en el control y en la fuerza sino en el servicio y el amor mutuo.
Al igual que a los apóstoles, el Señor sigue llamando a cada una y a cada uno a participar en la difusión del evangelio y al mismo tiempo nos plantea la pregunta de si vivo mi fe como una buena noticia o no. Quizá es esta una buena ocasión para proponerse conocer mejor el sentido profundo del mensaje de Jesús y poder así experimentar con renovadas fuerzas la alegría ante tan buenas noticias.
Martín Luque
Martes (Mc 1, 21-28): el secreto de Jesús “¡Cállate, y sal de él!”. El Señor responde con estas fuertes palabras a un endemoniado que lo había reconocido como el Santo de Dios. Meditemos sobre este “secreto” que Jesús no quiere dar a conocer y cuál es el motivo profundo que lo impulsa a imponer el silencio.
Evangelio (Mc 1, 21-28)
Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.
Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: -¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!
Y Jesús le conminó: -¡Cállate, y sal de él!
Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: -¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen. Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea.
Comentario
Jesús se encuentra en Cafarnaúm predicando y realizando milagros. Vemos aquí que el mensaje que ha venido a traer se presenta con una fuerza sorprendente, tanto que el Señor se convierte rápidamente en una personalidad famosa, dejando estupefactos a quienes lo ven y oyen.
En esta ocasión, le traen un endemoniado que reconociendo inmediatamente que Jesús es el Santo de Dios, recibe como respuesta unas palabras tajantes del Señor: Calla y sal de él. A lo largo del evangelio de san Marcos volveremos a encontrarnos con que Jesús quiere que se guarde el “secreto” sobre su verdadera identidad (cf. Mc 1, 25.34.44; 3,12; 5,43; 7, 24.36; 8, 26.30; 9,9).
¿Cuál era la intención de Jesús al imponer este silencio? Podemos entenderlo si consideramos que el diablo desde el primer momento intenta desviar a Jesús hacia la lógica humana de obtener el éxito a través de la fuerza y del espectáculo, mientras que el Señor sabe que el sufrimiento y la humillación de la cruz son parte fundamental de su misión.
Jesús no se deja vencer por la tentación del camino fácil. Sabe que si quiere vencer al diablo es preciso no distraerse con las flores del camino e ir directamente al encuentro de las tinieblas del sufrimiento y de la muerte, para mostrarnos que aún en esas circunstancias adversas la luz de Dios continúa presente y no nos abandona.
Hoy día el demonio sigue actuando del mismo modo e intenta por todos los medios distraernos de la vocación a la que el Señor nos ha llamado. Una vez más, Jesús nos enseña que no se debe dialogar con la tentación sino cortar con un decidido ¡cállate! cuando sea necesario.
Martín Luque
Miércoles (Mc 1, 29-39): a quien madruga (para rezar), Dios le ayuda “De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración”. El Señor nos enseña que por más ajetreada que sea nuestra vida, vale la pena hacer el esfuerzo de buscar un momento concreto cada día para dialogar con nuestro Padre Dios.
Evangelio (Mc 1, 29-39)
En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella.
Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles.
Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él, y cuando lo encontraron le dijeron: -Todos te buscan. Y les dijo: -Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido. Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios.
Comentario
El Señor recorre las praderas y los pueblos de Galilea anunciando su mensaje, curando y expulsando los demonios. Es una actividad intensa, porque cada vez son más los que se acercan para conocerlo y manifestarle sus necesidades. Los apóstoles, que llevan poco tiempo acompañando al Señor no salen de su asombro: ¡Todos te buscan!
En medio de este ir y venir, san Marcos nos cuenta, como de pasada, un detalle que bien mirado resulta ser la clave para entender de donde venían al Señor las fuerzas para llevar a cabo su misión. Leemos: “de madrugada, todavía muy oscuro, se levantó y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración”.
Jesús tenía la vitalidad para ir a todas las periferias de Galilea porque buscaba, incluso con esfuerzo, el diálogo con su Padre. Se nos enseña así que la tarea de anunciar el evangelio y la vida de oración están indisolublemente unidas.
Es en la oración donde descubrimos siempre de nuevo el auténtico fundamento de nuestra vida cristiana, donde encontramos nuestro centro y especialmente donde logramos apartarnos de las prisas, de la agitación, de la superficialidad, del activismo.
San Marcos nos muestra así dos caras de la misma moneda. Por un lado, que estamos invitados como el Señor, a una actividad intensa de evangelización, dispuestos a sacrificarnos por el bien de las personas que tenemos cerca, y por el otro, que no debemos olvidar que nuestra fuerza es prestada y por lo tanto debemos buscarla en el diálogo orante con Dios.
Martín Luque
Jueves (Mc 1, 40-45): el icono de la esperanza “Vino hacia él un leproso rogándole de rodillas”. Arrodillados asumimos la verdad de nuestra menesterosa vida y acogemos en nuestro corazón la maravillosa vida de Dios.
Evangelio (Mc 1, 40-45)
Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: -Si quieres, puedes limpiarme.
Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: -Quiero, queda limpio.
Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo: -Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que le sirva de testimonio.
Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes.
Comentario
Ya casi nadie quiere arrodillarse. Muy pocos pueden vislumbrar que, quizá, ese gesto es el único que nos abre la puerta de la esperanza. Y, mucho menos, que posiblemente sea el acto más decente y estimable que podamos realizar en nuestro breve paso por la tierra. Por eso, en el evangelio de hoy aprendemos de un leproso una maravillosa lección evangélica.
El leproso de Galilea sabe que es leproso, asume su condición de descartado y presenta sus heridas a la mirada de Jesús. Es precisamente la aceptación de su miseria la que le lleva a correr para postrarse de hinojos ante el nazareno que, aunque no lo sabía, es el verbo de Dios encarnado.
Porque arrodillarse también implica reconocer que no estoy solo con mis penalidades. Que hay alguien que puede librarme de mi inmundicia. Que hay alguien a quien puedo confiarle mi nada y mi pobreza. Un hombre, una mujer arrodillados son el mejor icono de la esperanza.
Arrodillarse ante Jesús significa que solamente Él justifica mi existencia. Queremos vivir arrodillados siempre: cada mañana y cada noche, nada más levantarnos y antes de acostarnos. Deseamos arrodillarnos también ante el Cuerpo y Sangre todos los días en la misa, cuando resuenan en el templo las campanillas durante la elevación de las sagradas especies. Y también delante del sacerdote en el sacramento de la Penitencia. Como el leproso queremos decir: Si quieres, puedes limpiarme. Porque deseamos escuchar la voz de Cristo, que dice: Sí, quiero, queda limpio.
José María García Castro
Viernes (Mc 2,1-12): desear su curación “Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: — Hijo, tus pecados te son perdonados”. Pidamos al Señor que nos aumente los deseos de ayudar a nuestros hermanos y amigos para que se encuentren con Él cara a cara y así, puedan empezar una nueva vida llena de felicidad.
Evangelio (Mc 2,1-12)
Al cabo de unos días, entró de nuevo en Cafarnaún. Se supo que estaba en casa y se juntaron tantos, que ni siquiera ante la puerta había ya sitio. Y les predicaba la palabra. Entonces vinieron trayéndole un paralítico, llevado entre cuatro. Y como no podían acercarlo el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico:
— Hijo, tus pecados te son perdonados.
Estaban allí sentados algunos de los escribas, y pensaban en sus corazones: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?»
Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu que pensaban para sus adentros de este modo, les dijo:
— ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: «Tus pecados te son perdonados», o decirle: «Levántate, toma tu camilla y anda»?
Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados — se dirigió al paralítico —, a ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
Y se levantó, y al instante tomó la camilla y salió en presencia de todos, de manera que todos quedaron admirados y glorificaron a Dios diciendo:
— Nunca hemos visto nada parecido.
Comentario
En la escena que se nos presenta hoy, un paralítico copa la atención de Jesús. Se trata de una persona dependiente, pues necesita de hasta cuatro personas para que le acerquen al Maestro y pedirle la curación. De hecho, las primeras palabras del Señor “Tus pecados te son perdonados” (v. 5) las pronuncia el Señor viendo la fe de esas personas que cargan con el inválido.
Más allá del gran milagro de sanación que realiza el Señor sobre el alma y el cuerpo del enfermo y de la tremenda dureza de corazón de los escribas que observan el prodigio, la actitud de estas cuatro personas que llevan al paralítico nos da una lección de cómo estamos llamados a actuar cristianamente con las personas que deseamos que se acerquen al Señor.
Podemos pensar que, antes de buscar una camilla y cargar con el enfermo, sortear a la multitud que se agolpaba en torno a Jesús y poder hacerse un hueco justo delante del Maestro, estas cuatro personas se convencieron de que el milagro de la curación era posible. Lo deseaban con todas sus fuerzas porque su amor hacia el enfermo –que probablemente sería su amigo– era grande y buscaban lo mejor para él. Después, ponerse manos a la obra y llegar hasta Jesús, no les resultó tan complicado.
Además, Jesús, como hace tantas veces con nosotros, nos sale al encuentro enseguida porque Él está deseando que le mostremos nuestras necesidades y anhelos profundos para colmarlos. A veces seremos capaces de hacerlo por nuestra cuenta… pero la mayoría de las veces, necesitaremos al lado a algún hermano o amigo que nos ayude a dar ese paso de encontrar a Jesús.
Pablo Erdozáin
Sábado (Mc 2, 13-17): el Señor no excluye a nadie “Eran muchos los que le seguían”. Jesús es seguido por muchos porque ama a todos sin distinciones. Él simplemente ama, llama a la puerta y, si le abrimos, entra y nos salva.
Evangelio (Mc 2, 13-17)
Y se fue otra vez a la orilla del mar. Y toda la muchedumbre iba hacia él y les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el telonio, y le dijo:
— Sígueme.
Él se levantó y le siguió.
Ya en su casa, estando a la mesa, se sentaron con Jesús y sus discípulos muchos publicanos y pecadores, porque eran muchos los que le seguían. Los escribas de los fariseos al ver que comía con pecadores y publicanos empezaron a decir a sus discípulos:
— ¿Por qué come con publicanos y pecadores?
Lo oyó Jesús y les dijo:
— No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Comentario
Toda la muchedumbre iba hacia él, muchos le seguían… ¿qué tendría el rostro de Jesús, cómo sería su mirada y cuáles sus palabras para que tantas mujeres y hombres pecadores quedaran embelesados por su humanidad santísima? Jesús quiere seguir haciendo milagros hoy en tantos corazones y cuenta con el rostro, la mirada y las palabras de los cristianos. Tenemos necesidad de imitarle si queremos ser colaboradores suyos.
El evangelio de la vocación de Mateo nos muestra un tesoro del corazón de Jesús, algo muy propio de su modo de ser. El Señor no excluía a nadie. El Maestro se dejaba invitar e incluso se auto invitaba a almorzar en la casa de aquellos colectivos o grupos humanos que estaban descartados. Jesús no pregunta ni por ideologías, ni por razas, ni por nada. Simplemente mira en el corazón con ternura, llama a la puerta y, si le abren, entra.
Así, entró en la casa de Mateo, el publicano, con todo lo que eso significa… Porque ser publicano conllevaba ser despreciable. Un publicano era un judío cobrador de impuestos, un colaboracionista del poder romano extranjero y era generalmente un hombres corrupto y extorsionador. Estaba muy mal visto por las autoridades y la gente común relacionarse con él. Pero a Jesús no le frena ni el qué dirán ni el pecado de nadie porque Él es el Salvador de la humanidad. Jesús ama a Mateo y nada más.
José María García Castro

2ª semana del tiempo ordinario
Domingo 2º del Tiempo ordinario (Ciclo A: Jn 1,29-34) El Cordero de Dios.
Domingo de la 2° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Jn 1, 35-42): «Éste es el Cordero de Dios». El Bautista muestra al Hijo de Dios como el cordero que da su vida por nosotros y espera nuestra respuesta generosa.
Domingo 2.º del Tiempo ordinario (Ciclo C: Jn 2,1-12): «Haced lo que Él os diga» "Tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora". A los que confían en el poder de Jesús y en la intercesión de la Virgen María, les espera el mejor vino, el del amor de Dios y la salvación eterna.
Lunes de la 2º semana del tiempo ordinario (Mc 2,18-22): para disfrutar de la cercanía de Dios. "¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?". El camino hacia la santidad sabe pasar por abundancia y por estrechez, pero siempre con alegría, porque en todo momento el Señor está cerca de nosotros.
Martes de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 2,23-27): moverse bajo la mirada del Señor. "El Hijo del Hombre es señor hasta del sábado". Los discípulos obran con espontaneidad, porque saben que están junto al Maestro y que Él les dirige una mirada llena de cariño.
Miércoles de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 3,1-6): la ternura detrás de la ira. "Entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre: Extiende la mano. La extendió, y su mano quedó curada". La mirada airada de Cristo manifiesta al mismo tiempo su ternura, porque lo que le duele es que se rechace su misericordia. Podemos alegrar el corazón del Señor acudiendo a su misericordia y tratando a los demás de la misma manera.
Jueves de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 3,7-12): Jesús, dador de vida "Sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle". Una cosa es leer o escuchar, y otra experimentar que Cristo se hace solidario con nosotros. Los evangelios hablan del deseo de tocar a Jesús. Nosotros podemos hacerlo todos los días en la Eucaristía.
Viernes de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 3,13-19): Jesús cuenta con todos nosotros “Y constituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar”: nosotros también somos llamados a participar de esta misión. Y será nuestra fe a través de la que el poder de Jesús actuará en los corazones de las personas a las que hablemos.
Sábado de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 3,20-21): incomprendidos por los cercanos “Entonces llegó a casa; y se volvió a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer”: es la fuerza arrolladora de la santidad, de la vida divina, esa misma de la que el Señor nos quiere hacer partícipes a todos.
2ª semana del tiempo ordinario
Domingo 2º del Tiempo ordinario (Ciclo A: Jn 1,29-34) El Cordero de Dios.
Evangelio (Jn 1,29-34)
Al día siguiente vio a Jesús venir hacia él y dijo:
—Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es de quien yo dije: "Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo". Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.
Y Juan dio testimonio diciendo:
—He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: "Sobre el que veas que desciende el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautiza en el Espíritu Santo". Y yo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.
Comentario
A orillas del Jordán, Juan Bautista predicaba a personas de toda condición un bautismo de penitencia para preparar la llegada del Mesías. Y cuenta el evangelio según san Juan que, cuando el Bautista vio llegar por fin a Jesús ante él para bautizarse, lo anunció en voz alta otorgándole un título misterioso y solemne que sigue pronunciando la liturgia romana en Misa antes de comulgar: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
La imagen del cordero, con su aspecto manso y revestido de lana blanca, resultaría muy familiar para cualquier judío contemporáneo de Jesús. Muchos se habrían criado en zonas de campo donde abundaban las piezas de ganado como ésta. También guardarían en su memoria el pasaje del profeta Isaías que presentaba al siervo del Señor como un cordero que se deja sacrificar sin quejarse para librarnos de todos los males (Is 53,7).
Todos los años, los judíos piadosos peregrinaban a Jerusalén por la fiesta de la Pascua y se acercaban al Templo para escoger al menos un cordero por familia, para inmolarlo y comer la pascua por la noche. El cordero debía ser macho, de un año y sin defecto, y no se le debía quebrar ningún hueso; todo como estipulaba la Ley de Moisés (cfr. Éxodo 12,1ss). También debía ser sacrificado entre dos luces, es decir, a medio día; y tenía que comerse de pie, ceñidas las cinturas, con panes ácimos, y untando con su sangre las jambas de las puertas, para conmemorar el paso del Señor, en Egipto, cuando la última plaga mató a todos los primogénitos que no habían sido protegidos con la sangre de los corderos inmolados.
Anunciando al Mesías como Cordero de Dios, el Bautista revelaba aspectos esenciales de su misión redentora. Como explica Benedicto XVI, “la expresión ‘cordero de Dios’ interpreta, si podemos decirlo así, la teología de la cruz que hay en el bautismo de Jesús, de su descenso a las profundidades de la muerte”[1]. El cordero pascual que conmemoraba la liberación de Egipto, empezaba en el Jordán a revelarse como la prefiguración del verdadero cordero, inocente y manso, que sería inmolado a medio día en la cruz por todos los hombres, para liberarlos del pecado con su sangre derramada. Esta misión era asumida por Jesús con su bautismo en el Jordán.
Sobre esta expresión del Bautista para referirse a Jesús, “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el Papa Francisco comentaba en una ocasión que “el verbo que se traduce con ‘quita’ significa literalmente ‘aliviar’, ‘tomar sobre sí’. Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargando sobre sí las culpas de la humanidad. ¿De qué modo? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado si no es con el amor que impulsa al don de la propia vida por los demás”[2].
Y “¿qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? —se preguntaba también el Papa Francisco—. “Significa poner en el lugar de la malicia, la inocencia, en el lugar de la fuerza, el amor, en el lugar de la soberbia, la humildad, en el lugar del prestigio el servicio”[3].
[1] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde Bautismo a la Transfiguación, La Esfera de los libros, Madrid 2007, p. 45.
[2] Papa Francisco, Ángelus, 19 de enero de 2014.
[3] Idem.
Pablo Edo
Domingo de la 2° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Jn 1, 35-42): «Éste es el Cordero de Dios». El Bautista muestra al Hijo de Dios como el cordero que da su vida por nosotros y espera nuestra respuesta generosa.
Evangelio (Jn 1, 35-42)
Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo:
— Éste es el Cordero de Dios.
Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó:
— ¿Qué buscáis?
Ellos le dijeron:
— Rabbí — que significa: «Maestro» — , ¿dónde vives?
Les respondió:
— Venid y veréis.
Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima.
Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Encontró primero a su hermano Simón y le dijo:
— Hemos encontrado al Mesías — que significa: «Cristo».
Y lo llevó a Jesús. Jesús le miró y le dijo:
— Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas — que significa: «Piedra».
Comentario
El Evangelio de este segundo domingo del Tiempo ordinario relata la llamada de los primeros discípulos del Señor. Juan el Bautista invitaba al arrepentimiento, despertaba una buena disposición interior, animaba a la práctica de la virtud, anunciaba la cercanía del Reino de Dios. El misterio de Cristo ya le había sido revelado cuando designó a Jesús como al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Sus discípulos habrán recordado que la sangre del cordero pascual salvó a los israelitas de la muerte en Egipto. El sacrificio de Cristo estaba ya anunciado por Isaías al comparar los sufrimientos del Siervo doliente con el sacrificio de un cordero (cf. Is 53,7).
Al escuchar al Bautista designar a Cristo como “el cordero de Dios”, Andrés, y otro identificado como Juan, siguen a Jesucristo. El Maestro quizá se da la vuelta para preguntarles: “¿Qué buscáis?”. Ellos contestan con otra pregunta: “¿dónde vives?”. Curiosamente, Jesús les invita entonces a ir con él: “Venid y veréis”. Y lo hicieron.
“Era más o menos la hora décima.” La mención de la hora, las cuatro de la tarde, recuerda quizá el entusiasmo que envolvió las primeras amistades del Señor. La atracción de Cristo debió de ser tan fuerte como respetuosa de la libertad. Juan y Andrés estaban bien preparados por el Bautista: no dudaron en abandonar al último de los profetas, la “voz”, para escuchar al “Verbo” mismo.
La Liturgia de la Palabra propone la elección de Samuel como primera lectura: centra así nuestra atención en que Dios es quien llama primero; se dirige tres veces a Samuel, un signo de plenitud (cf. Sam 3,3-10). A su vez, la llamada a Juan y Andrés abrazará toda su vida. Nada saben de lo que les espera, pero no dudan: Jesús ha tocado sus corazones. Ejercen una verdadera libertad: la de decidir, sin “razones” quizá, pero con razón.
De modo paradójico, san Josemaría expresaba esa entrega que Dios espera: “Libremente, porque te dio la gana –que es la razón más sobrenatural–, respondiste que sí a Dios”. El “yo” profundo toma la justa decisión: el don de sí. Porque se trata de un don libre y responsable, no se vive como un sacrificio. Así ocurrió en la vocación de san José, tal como la percibe el papa Francisco: “La felicidad de José no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la confianza”. Quien se da por amor no tiene mentalidad de víctima: es alegre. Esa alegría, Andrés no se la guarda para si mismo: busca a su hermano Simón y lo lleva a Jesús.
En el primer capítulo del Evangelio de san Juan, las sucesivas llamadas de Jesús a seguirle van acompañadas de su progresiva revelación: el “Cordero de Dios” es el Hijo de Dios. Ser el Hijo significa para Jesús convertirse en el cordero que da su vida por nuestra salvación. Y es así como, en la Misa, antes de la comunión, el celebrante presenta a Jesucristo, sustancialmente presente en la hostia santa: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Son las bodas del Cordero con la humanidad, la plena instauración del Reino anunciado por el Bautista (cf. Ap 19,9).
La celebración de la Eucaristía hace presente ese misterio. Hoy, la oración sobre las ofrendas, dirigida a Dios Padre, lo proclama: “cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra redención”. Darse y convertirse en hijos de Dios: a eso estamos llamados, por obra del Espíritu Santo. Somos templos del Espíritu, dice san Pablo en la segunda lectura de hoy: ya no nos pertenecemos (cf. 1 Co 6,19). Dios vive en nosotros y nosotros en Él.
Guillaume Derville
Domingo 2.º del Tiempo ordinario (Ciclo C: Jn 2,1-12): «Haced lo que Él os diga» "Tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora". A los que confían en el poder de Jesús y en la intercesión de la Virgen María, les espera el mejor vino, el del amor de Dios y la salvación eterna.
Evangelio (Jn 2,1-12)
Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo:
—No tienen vino.
Jesús le respondió:
—Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora.
Dijo su madre a los sirvientes:
—Haced lo que él os diga.
Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo:
—Llenad de agua las tinajas.
Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo:
—Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala.
Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía —aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían— llamó al esposo y le dijo:
—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora.
Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Comentario
Al inicio de su vida pública Jesús acude con sus discípulos a una fiesta de bodas para bendecir y santificar con su presencia la celebración del amor humano. «¿Y qué tiene de extraño que fuera a aquella casa donde se celebraban las bodas Aquel que vino al mundo a celebrar las suyas?»[1]. Aquella joven pareja de novios se hacía modelo de todos los que quieren formar un proyecto de vida, porque incluyeron a Dios en él. Aunque la gran protagonista de la escena va a ser María, la madre de Jesús pues el narrador no tiene reparo en mencionarla antes que a su Hijo.
La celebración de unas bodas en el Oriente antiguo podía durar varios días. Sobre todo si los invitados realizaban largos desplazamientos a pie desde lugares lejanos. Este hecho suaviza algo la indolencia de los novios y los encargados, que quizá con el pasar de los días de celebración no repararon en que faltó el vino. ¡Qué desastre! «¿Cómo es posible celebrar la boda y hacer fiesta si falta aquello que los profetas indicaban como un elemento típico del banquete mesiánico (Cfr. Am 9,13-14; Jo 2,24; Is 25,6)?»[2]. Este detalle cotidiano pero importante para todos no pasa desapercibido a la intuición femenina y práctica de María, acostumbrada a centrar su atención e interés en los demás. Cuando descubre el problema, enseguida piensa en su Hijo para solucionarlo. Con diligencia y fe, reúne a los sirvientes y se atreve a apelar en público a la condición divina de Jesús: “No tienen vino”. —“Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. —Y cómo logra. —Aprende”[3].
La petición de María trasciende además la escena de Caná y hace vibrar en el corazón de su Hijo la promesa de salvación que Dios anunció en el Génesis. Por eso Jesús la llama con solemnidad bíblica “Mujer”, y expresa un aparente reproche porque no ha llegado su hora. Reproche que María parece ignorar: “Dijo su madre a los sirvientes: -Haced lo que él os diga”. Estas son las últimas palabras de María recogidas en los evangelios. Son como un legado materno para todos los hombres.
Jesús no solo cede a la petición de su Madre sino que también admite la colaboración de los siervos que María le presenta. El que multiplica el vino habitualmente a través del agua filtrada por las viñas de los campos, acelera ahora el proceso a través del agua vertida por el trabajo de los hombres. Cuando somos generosos y ponemos los medios a nuestro alcance: “llenad de agua las tinajas y las llenaron hasta arriba”, Dios bendice con su acción santificadora y transforma la tarea humana en obra divina, en signo de su amor para beneficio de todos. “Y lo más vulgar se convierte en extraordinario, en sobrenatural, cuando tenemos la buena voluntad de atender a lo que Dios nos pide”[4].
Nos podemos fijar en dos detalles más. El relato dice que había allí seis tinajas cuya capacidad equivaldría a un total de casi 600 litros. El agua de la purificación de los judíos es convertida por Dios en vino excelente y muy abundante porque «ha empezado la fiesta de Dios con la humanidad»[5]. La gran cantidad de vino simboliza el inmenso amor de Dios por los hombres y prefigura la sangre del Cordero que se inmolaría hasta el extremo para atraer a todos hacia sí. Simboliza también la entrega del cristiano a los demás por el mandamiento nuevo del amor, cuya medida es no tener medida. María adelanta la hora de Jesús: la del misterio pascual de su muerte y su resurrección, insinuado en el apunte temporal con el empezaba el relato: “al tercer día”.
Por último, Jesús dice “Llevad ahora al maestresala”. El texto griego lo llama architriclinio que literalmente designa al “jefe del triple asiento”. Era el invitado que se recostaba en primer lugar para alabar la prosperidad de los celebrantes, catando como experto los productos de su fiesta. Su alabanza pública hará que conste al lector, que conoce el origen del vino, la prosperidad que les espera a los que cuentan con Dios en sus vidas como los novios de Caná, a los que confían en su poder como María y a los que aman el servicio escondido y eficaz como los sirvientes.
[1] San Agustín, in Ioannem, Tract. 8.
[2] Papa Francisco, Catequesis 8 junio 2016.
[3] San Josemaría, Camino, 502.
[4] San Josemaría, Carta 14-IX-1951, n.23.
[5] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo hasta la Transfiguración, La Esfera de los libros, Madrid 2007, 298.
Pablo Edo
Lunes de la 2º semana del tiempo ordinario (Mc 2,18-22): para disfrutar de la cercanía de Dios. "Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?". El camino hacia la santidad sabe pasar por abundancia y por estrechez, pero siempre con alegría, porque en todo momento el Señor está cerca de nosotros.
Evangelio (Mc 2,18-22)
Los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno; y vinieron a decirle:
—¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan y, en cambio, tus discípulos no ayunan?
Jesús les respondió:
—¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Durante el tiempo en que tienen al esposo con ellos no pueden ayunar. Ya vendrán días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquel día, ya ayunarán.
»Nadie cose un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo; porque entonces lo añadido tira de él, lo nuevo de lo viejo, y se produce un desgarrón peor. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces el vino hace reventar los odres, y se pierden el vino y los odres. Para vino nuevo, odres nuevos.
Comentario
El ayuno es un modo de rezar con el cuerpo: a través del “vacío” que experimentamos en nuestra dimensión orgánica nos acordamos de que el “vacío” más crítico es el de la ausencia de Dios. El ayuno –y en general todo tipo de abstinencia– es como un impulso para desear más intensamente la presencia del Señor en nuestra vida, para que apaguemos solo en Él nuestras ansias de plenitud.
Un ayuno que nos impida disfrutar de la cercanía de Dios no tendría sentido: eso es lo que Jesús hace ver hoy en el Evangelio. Por eso sus discípulos no ayunan de la misma manera que los de Juan Bautista y de los fariseos: los discípulos de Jesús gozan ya de la alegría de convivir con el Hijo de Dios, mientras que los otros todavía no lo han descubierto.
Una señal de la llegada de los tiempos mesiánicos era precisamente la abundancia: lo vemos, por ejemplo, en el delicioso vino de las bodas de Caná, o en la gran cantidad de panes y peces que Jesús ofreció a la multitud. Era bueno para los discípulos de Cristo que experimentaran también esa sensación de bienestar cuando estaban con Él. Es lo mismo que hacemos hoy los cristianos cuando celebramos las fiestas de una manera magnánima, en la belleza del culto, en la alegría del festejo y en el sabor de la mesa.
Pero el Señor añade que «Ya vendrán días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquel día, ya ayunarán». En la vida cristiana también hay momentos de penitencia, de sujetar al cuerpo para despertar más los deseos de Dios. La santidad tiene esa riqueza de pasar por estrechez y por abundancia, pero siempre con alegría, porque en todo momento el Señor está cerca de nosotros.
Cuando nos mortificamos no olvidamos que Cristo ya ha triunfado y que su vida está en nosotros. Por eso, la mortificación se practica con flexibilidad: «La santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos. El que quiere ser santo sabe desenvolverse de tal manera que, mientras hace una cosa que le mortifica, omite —si no es ofensa a Dios— otra que también le cuesta y da gracias al Señor por esta comodidad. (…) La santidad no tiene la rigidez del cartón: sabe sonreír, ceder, esperar. Es vida: vida sobrenatural»[1].
[1] San Josemaría, Forja, n. 156.
Rodolfo Valdés
Martes de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 2,23-27): moverse bajo la mirada del Señor. "El Hijo del Hombre es señor hasta del sábado". Los discípulos obran con espontaneidad, porque saben que están junto al Maestro y que Él les dirige una mirada llena de cariño.
Evangelio (Mc 2,23-27)
Un sábado pasaba él por entre unos sembrados, y sus discípulos mientras caminaban comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le decían:
— Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?
Y les dijo:
— ¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se vio necesitado, y tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios en tiempos de Abiatar, sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición –que sólo a los sacerdotes les es lícito comer– y los dio también a los que estaban con él?
Y les decía:
— El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es señor hasta del sábado.
Comentario
Seguir a Jesús y compartir los días con Él implicaba para los apóstoles pasar por algunos momentos de estrecheces, porque “el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mateo 8,20). Sin embargo, esto no quiere decir que se sintieran agobiados u oprimidos por las circunstancias, como vemos en la escena del Evangelio de la Misa de hoy.
Los compañeros de Jesús pasan por unos sembrados poblados de espigas que parecen ofrecer a los caminantes sus granos de trigo. Con espontaneidad, los apóstoles aceptan lo que la naturaleza les da, y arrancan sin mayor reparo las espigas, distrayendo quizá el hambre que podrían tener en esos momentos. Los discípulos no se plantean mayores problemas, porque saben que están junto al Maestro y lo realizan todo bajo su mirada. Es fácil imaginar la alegría de Jesús al ver cómo los suyos se sentían libres y sabían disfrutar con cosas sencillas.
Los fariseos, en cambio, no se mueven bajo la mirada del Señor, sino bajo la sombra de la ley. La ley a la que ellos acuden es simplemente humana y la aplican sin atender a las necesidades concretas de las personas. Se transforma así en una carga opresiva. Por eso, Jesús intenta levantar un poco la mirada de los fariseos, les pone el ejemplo de la libertad con que actuaba muchos años atrás el rey David y les recuerda que “el Hijo del Hombre es señor hasta del sábado” (v. 28).
Estar con Cristo lleva a moverse con una profunda libertad interior. Él nos hace valorar en su justa medida nuestras opiniones e ideas sobre cómo tendríamos que vivir uno u otro aspecto de nuestra fe. Y nos pone siempre ante los ojos la primacía de las necesidades reales de los demás.
Rodolfo Valdés
Miércoles de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 3,1-6): la ternura detrás de la ira. "Entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre: Extiende la mano. La extendió, y su mano quedó curada". La mirada airada de Cristo manifiesta al mismo tiempo su ternura, porque lo que le duele es que se rechace su misericordia. Podemos alegrar el corazón del Señor acudiendo a su misericordia y tratando a los demás de la misma manera.
Evangelio (Mc 3,1-6)
De nuevo entró en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle. Y le dice al hombre que tenía la mano seca:
— Ponte de pie en medio.
Y les dice:
— ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela?
Ellos permanecían callados. Entonces, mirando con ira a los que estaban a su alrededor, entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre:
— Extiende la mano.
La extendió, y su mano quedó curada.
Nada más salir, los fariseos con los herodianos llegaron a un acuerdo contra él, para ver cómo perderle.
Comentario
Son contadas las ocasiones en las que los evangelistas dejan ver alguna reacción de enojo de Jesucristo. Él, que es todo pureza y santidad, acogía sin ningún reparo a los pecadores que se le acercaban, sin dar muestras de acritud o dureza. Sin embargo, parece que Jesús simplemente perdía la paciencia con aquellos fariseos que miraban con lupa todo lo que hacía para encontrar algún indicio de que estuviera rompiendo la ley.
¿Qué tenía el pecado de estos fariseos para provocar la ira de Jesús? Dice el Evangelio que al Señor le dolía “la ceguera de sus corazones”. Es el endurecimiento, la obstinación de no querer aceptar las explicaciones sobre el sentido auténtico de la ley, lo que tanto duele a Cristo. Se trata de una ceguera ante la acción de la misericordia de Dios, que desborda los límites que los fariseos le querían imponer a través de una regulación excesiva de la práctica religiosa.
Esa ira de Cristo manifestaba al mismo tiempo su ternura: Él sufría al ver que se rechazaba el maravilloso don de la misericordia. Por eso, no es una reacción que haga menos amable la figura de Jesús sino, al contrario, la hace aún más atractiva. Si Cristo se siente herido ante el rechazo del regalo de su misericordia, ¡cuánta mayor alegría le daremos si sabemos acogerla con agradecimiento! Una alegría que se multiplica cuando el Señor ve que nosotros aprendemos a mirar también con compasión a los demás, sin poner condiciones a la acción de su misericordia.
Rodolfo Valdés
Jueves de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 3,7-12): Jesús, dador de vida. "Sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle". Una cosa es leer o escuchar, y otra experimentar que Cristo se hace solidario con nosotros. Los evangelios hablan del deseo de tocar a Jesús. Nosotros podemos hacerlo todos los días en la Eucaristía.
Evangelio (Mc 3,7-12)
Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea. También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía. Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen; porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo:
—¡Tú eres el Hijo de Dios!
Y les ordenaba con mucha fuerza que no le descubriesen.
Comentario
El evangelio de la misa de hoy nos dibuja el amplio mapa de la creciente influencia de Jesús: los límites marcados por Galilea al norte y Judea al sur se ven desbordados, y las noticias de su predicación y su poder sanador se extienden ya más al norte (Tiro y Sidón), más al sur (Idumea) e incluso más allá del Jordán. El evangelio no tiene fronteras, nada puede encadenarlo. Y es que los corazones de aquellas personas, nuestros corazones, están esperando como agua de mayo ese evangelio, esa poderosa palabra de esperanza, portadora de plenitud de vida.
Somos los nosotros los que, testigos de las bondades de Dios obradas a través de Cristo, servimos de portavoces del evangelio cuando lo pregonamos con la palabra y las obras. Pero pregonamos con convicción lo que ha llegado al fondo de nuestro corazón y nos ha transformado. De ahí la necesidad de un encuentro personal con Jesús. Una cosa es leer o escuchar, y otra experimentar que Cristo se hace solidario con nosotros. Los evangelios hablan del deseo de tocar a Jesús y nos dicen que él obra milagros tocando a los que va a sanar. El sentido del tacto es, desde cierto punto de vista, el que nos pone en contacto más inmediato con la persona que tenemos delante. De ahí la importancia de una caricia o de un abrazo, expresión de un querer compartir la situación del otro, sus dolores y sus alegrías. ¡Qué importantes son esas manifestaciones de ternura!
Jesús no rehúye nunca a las multitudes. Hace todo lo posible para que puedan escucharle los más posibles y lo mejor posible. Pero, al mismo tiempo, y especialmente en el Evangelio según Marcos, ordena a los demonios y espíritus impuros que ha expulsado que no le descubran. ¿Por qué? Porque hasta que no pase la pasión, la cruz y la resurrección, la comprensión de su figura y mensaje es incompleta y equivocada. Si queremos ser emisarios de Cristo es necesario que conozcamos bien a Aquel de quien queremos hablar: su identidad, su misión y cómo la lleva a cabo, llevando sobre sus espaldas el peso de nuestras faltas, de nuestras enfermedades, para poder sanarnos.
Juan Luis Caballero
Viernes de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 3,13-19): Jesús cuenta con todos nosotros. “Y constituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar”: nosotros también somos llamados a participar de esta misión. Y será nuestra fe a través de la que el poder de Jesús actuará en los corazones de las personas a las que hablemos.
Evangelio (Mc 3,13-19)
Y subiendo al monte llamó a los que él quiso, y fueron donde él estaba. Y constituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con potestad de expulsar demonios: a Simón, a quien le dio el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno»; a Andrés, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago el de Alfeo, a Tadeo, a Simón el Cananeo y a Judas Iscariote, el que le entregó.
Comentario
Los actos de Jesús obran y significan al mismo tiempo. Ahora sube a un lugar elevado y llama a doce. Doce eran las tribus de Israel. Sobre estos doce edificará el nuevo Israel, la Iglesia. Jesús, en palabras de San Pablo, es la cabeza de la Iglesia, en él encuentra su cohesión y de él recibe la vida. Aquellos hombres son hechos partícipes de la potestad de Jesús: con su palabra llegarán a los corazones de la gente y moverán a conversión y a abrirse a la gracia; con su fe expulsarán demonios y sanarán a los enfermos. Nosotros también somos llamados a participar de esa misión. Y será nuestra fe a través de la que el poder de Jesús actuará en los corazones de las personas a las que hablemos.
Benedicto XVI considera, en sus audiencias sobre los apóstoles, la variedad que hay entre ellos. Los hay tranquilos y reflexivos. Impetuosos y vehementes. Mayores y jóvenes. Pescadores y cobradores de impuestos. Humildes y con formación. Con todos ellos cuenta para ir a todos los ambientes y hablar a todo tipo de corazones. Jesús ha venido a llamar a todos. Su misión es universal. Además, él nos elige libremente, del mismo modo que el Espíritu otorga sus dones como considera oportuno. Y, todo ello, para que el cuerpo que es la Iglesia pueda crecer armónicamente por la entrega mutua. Nosotros estamos también ahí, y eso es motivo de alegría y es, al mismo tiempo, dulce responsabilidad.
La identificación con Cristo es progresiva. Cuando uno emprende un camino, aunque haya dado un paso decisivo –el que no empieza, no puede llegar a ningún sitio–, está aún todo por hacer. Dos personas que se casan no se dicen: “bueno, ya está”, sino: “bueno, ahora comienza nuestra historia”. Y para que esa historia llegue a buen puerto es necesario crecer cada día en el amor, ir por delante, para procurar los recursos que permitan afrontar los retos que vengan. Nadie niega a Cristo de la noche a la mañana, sino que lo hace poco a poco, con sus decisiones, obras y omisiones. De ahí la necesidad de tener siempre fija la mirada en la meta, con humildad y un deseo creciente, manifestado en obras de amor diarias.
Juan Luis Caballero
Sábado de la 2° semana del tiempo ordinario (Mc 3,20-21): incomprendidos por los cercanos. “Entonces llegó a casa; y se volvió a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer”: es la fuerza arrolladora de la santidad, de la vida divina, esa misma de la que el Señor nos quiere hacer partícipes a todos.
Evangelio (Mc 3,20-21)
Entonces llegó a casa; y se volvió a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Se enteraron sus parientes y fueron a llevárselo porque decían que había perdido el juicio.
Comentario
La sobria pero cuidada narración de Marcos dice mucho con pocas palabras: Jesús llega a casa, pero ni en ella puede descansar. La muchedumbre tiene necesidad de oírle y de pedirle sanación cuanto antes, como si fuera a desaparecer pronto de sus vidas. ¡Qué fuerza de atracción tenía la mera presencia de Jesús! ¡Cómo debía ser su palabra! ¡Qué transformación interior debían experimentar los que le escuchaban con el corazón abierto! Es la fuerza arrolladora de la santidad, de la vida divina, esa misma de la que el Señor nos quiere hacer partícipes a todos.
El cuerpo humano no puede resistir mucho sin alimento. El texto bíblico nos dice que Jesús no tenía fácil ni satisfacer una necesidad tan perentoria. Pero él no tenía problema en acudir antes a otro tipo de alimento. Qué bien encajan aquí estas palabras suyas: “Jesús les dijo: —Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros que faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega; el segador recibe ya su jornal y recoge el fruto para la vida eterna, para que se gocen juntos el que siembra y el que siega” (Jn 4,34-36).
No podemos saber cómo experimentaba Jesús el paso del tiempo. Pero sabemos de su ardor: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?” (Lc 12,49). Esto a algunos se les hacía incomprensible. Entre ellos, a algunos de sus parientes. Es duro que entre las personas que no comprenden ese fuego de amor que bulle en nuestro corazón se encuentren algunos de nuestros parientes. Pero, del mismo modo que nos imaginamos a Jesús siempre acogedor y cercano con ellos, nosotros vivimos nuestra fe con la convicción de que como más podemos ayudarlos es estando cada día un poco más cerca del Señor, haciéndoles así partícipes, con nuestro amor y nuestra oración, de los dones que Jesús nos ofrece y a los que intentamos corresponder con humildad y agradecimiento.
Juan Luis Caballero

3ª semana del tiempo ordinario
Domingo de la 3º del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 4,12-23): Pescadores de hombres
Domingo de la 3.° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 1,14-20) pescadores de hombres "Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres". Si, como aquellos hombres, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones, también se abrirán en nuestra vida nuevos horizontes que la hacen maravillosa y divina, al llenar de sentido toda nuestra existencia.
Domingo de la 3º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 1, 1-4; Lc 4, 14-21) el «Hoy» de Cristo “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”: no dejemos para mañana la decisión que el Señor espera de nosotros “hoy”: una conversión, perdonar y acoger el perdón, recomenzar con la ayuda de la gracia, entrega plena.
Lunes de la 3.ª semana del tiempo ordinario (Mc 3, 22-30). Unidos a la raíz, unidos a Cristo. “Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”. Un camino para conseguir esta unidad con Dios es ser muy fieles y rezar diariamente por el Papa y por la Iglesia.
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Miércoles de la 3º semana del tiempo ordinario (Mc 4,1-20): atrapado entre las zarzas. «Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto». El examen de conciencia es una buena herramienta para que el Señor arranque de cuajo cualquier sombra de tibieza que pueda entrar en el alma. Llenémosnos de deseos de cuidar esta pequeña práctica de piedad para facilitar el trabajo al Espíritu Santo en nosotros.
Jueves de la 3° semana del tiempo ordinario (Mc 4, 21-25): sin medida. “Y les decía: Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis se os medirá y hasta se os dará de más”. El corazón de un cristiano es, así, un corazón abierto, que no se cierra al propio egoísmo, que no se pone límites: no cuida hasta cierto punto, no perdona hasta un determinado momento, no espera mirando el reloj.
Viernes de la 3° semana del tiempo ordinario (Mc 4, 26-34): Jesucristo brilla en lo pequeño. “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo”. La vida de un cristiano no es la vida de alguien que hace cosas grandiosas por sí mismo. Más bien, comienza con una pequeña simiente, cuya fecundidad depende de la unión con Cristo. Él nos espera en lo pequeño de nuestro día a día.
Sábado de la 3° semana del tiempo ordinario (Mc 4, 35-41): en los brazos de nuestro Padre Dios. “Entonces les dijo: ¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?”. El Señor nos pide una maduración interior: pasar del niño que se queja y se enfada porque parece que su padre no le hace caso, al niño que confía, que se abandona en los brazos de su padre.
Domingo de la 3º del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 4,12-23): Pescadores de hombres
Evangelio (Mt 4,12-23)
Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí
en el camino del mar,
al otro lado del Jordán,
la Galilea de los gentiles,
el pueblo que yacía en tinieblas
ha visto una gran luz;
para los que yacían en región
y sombra de muerte
una luz ha amanecido.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:
— Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:
— Seguidme y os haré pescadores de hombres.
Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.
Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.
Comentario
Desde los primeros momentos de su vida pública, Jesús se instaló en Cafarnaún, una población situada en zona fronteriza, junto al camino que unía Galilea con la tetrarquía gobernada por Filipo. Era un lugar lleno de actividad en donde confluían judíos y paganos, gentes de toda procedencia. Allí, en la “Galilea de los gentiles”, se comenzaba a ver “una gran luz” (vv. 15-16), ya que Jesús venía a traer la salvación a todos. En este pasaje del Evangelio, en el que Mateo nos presenta los primeros pasos del Maestro, se sintetizan tres rasgos fundamentales de su actividad.
Primero, se presenta un resumen del contenido esencial de su predicación: “Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos” (v. 17). La conversión supone un cambio de orientación. Implica un apartamiento del pecado para mirar derechamente hacia la meta a la que todos estamos llamados, que es la bienaventuranza en el reino de los Cielos. Pero también, una actitud de inconformismo en lo que se viene haciendo rutinariamente, pero se puede hacer mejor, o que rinda más frutos. Cuando se escucha a Jesús, algo comienza a cambiar en la propia vida. Así lo experimentaron Pedro y Andrés, Santiago y Juan.
En segundo lugar, con la invitación a su seguimiento de quienes serían sus primeros discípulos (vv. 18-22), pone en marcha a su Iglesia, apoyada en unos hombres sencillos y corrientes a los que constituiría en Apóstoles. De ellos y de sus sucesores se servirá para actualizar continuamente la llamada universal a la conversión y a la penitencia que abre camino al Reino de los Cielos.
Aquellos hombres estaban afanados en su faena diaria, eran pescadores, cuando Jesús les abrió unos horizontes insospechados y ellos lo siguieron con prontitud. Hasta ahora su trabajo consistía en echar las redes, lavarlas, arreglarlas para mantenerlas siempre a punto, vender el pescado… Pero el Señor les hace ver que, sin dejar su profesión, ahora les espera otra pesca. Su gran aventura comenzó con un sencillo encuentro, aparentemente casual. Desde el momento en que se abrieron a Jesús y fueron generosos para cambiar de rutinas y emprender su seguimiento, también ellos comenzaron a tener un conocimiento directo del Maestro. No los estaba llamando a ser meros anunciadores de una doctrina, sino amigos íntimos y testigos de su persona. Con ese anzuelo, en adelante serían “pescadores de hombres” (v. 19).
La escena se repite en la vida de cada uno de nosotros, si, como aquellos hombres, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones. También se nos abre una nueva dimensión, maravillosa, divina, que llena de contenido y sentido toda nuestra existencia. “Hijos míos -decía san Josemaría-, seguir a Cristo –‘venite post me et faciam vos fieri piscatores hominum’ (Mt 4,19) – es nuestra vocación. Y seguirle tan de cerca que vivamos con El, como los primeros Doce; tan de cerca que nos identifiquemos con El, que vivamos su Vida, hasta que llegue el momento, cuando no hemos puesto obstáculos, en el que podamos decir con San Pablo: ‘No vivo yo, sino que Cristo vive en mí’ (Ga 2,20)”[1].
En tercer lugar, Mateo deja claro que Jesús es algo más que un gran maestro, ya que va “curando toda enfermedad y dolencia del pueblo” (v. 23). Es redentor del hombre en todas las dimensiones de su vida, puesto que salva a la vez que enseña. “El señorío de Dios se manifiesta entonces -comentaba Benedicto XVI- en la curación integral del hombre. De este modo Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida”[2].
[1] San Josemaría, En diálogo con el Señor, “Vivir para la gloria de Dios”, 1b.
[2] Benedicto XVI, Ángelus, 27 de enero de 2008
Francisco Varo
Domingo de la 3.° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 1,14-20) pescadores de hombres "Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres". Si, como aquellos hombres, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones, también se abrirán en nuestra vida nuevos horizontes que la hacen maravillosa y divina, al llenar de sentido toda nuestra existencia.
Evangelio (Mc 1,14-20)
Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo:
— El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.
Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús:
— Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.
Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes; y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.
Comentario
Después del bautismo en el Jordán y de haber vencido las tentaciones en el desierto, sobre lo que hemos meditado en los domingos anteriores, Jesús se dirige ahora a Galilea y se instala en Cafarnaún, una población situada junto al lago de Genesaret. Era un pueblo de pescadores, agricultores y comerciantes lleno de actividad, en donde confluían judíos y paganos, gentes de toda procedencia. El mensaje que vino a predicar no estaba dirigido a un grupo cerrado de seguidores, sino que es para todos, para la gente corriente que vive y se afana en las tareas ordinarias.
En este pasaje del Evangelio, con el que Marcos comienza la narración de la vida pública del Maestro, se sintetizan dos rasgos fundamentales del mensaje y de la actividad de Jesús.
Primero, presenta un resumen del contenido esencial de su predicación: “el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio” (v. 15). La conversión supone un cambio de orientación. Implica un apartamiento del pecado para mirar derechamente hacia la meta a la que todos estamos llamados, que es la bienaventuranza en el reino de los Cielos. Pero es también, una actitud de inconformismo con lo que se viene haciendo rutinariamente, pero se puede hacer mejor, o de otro modo que rinda más frutos. Cuando se escucha esta llamada de Jesús a convertirse, algo comienza a cambiar en la propia vida. Así lo experimentaron Simón y Andrés, Santiago y Juan.
En segundo lugar, con la invitación a quienes serían sus primeros discípulos para que lo siguieran (vv. 16-20), Jesús pone en marcha su Iglesia apoyada en unos hombres sencillos y corrientes, a los que constituiría en Apóstoles. De ellos y de sus sucesores se servirá para actualizar continuamente la llamada universal a la conversión y a la penitencia que abre camino al Reino de los Cielos.
Aquellos hombres estaban afanados en sus tareas diarias, eran pescadores, cuando Jesús les abrió unos horizontes insospechados y ellos lo siguieron con prontitud. Hasta entonces su trabajo consistía en echar las redes, lavarlas, arreglarlas para que se mantuviesen siempre a punto, vender el pescado… Pero el Señor les hace ver que, sin dejar su profesión, ahora los espera otra pesca. Su gran aventura comenzó con un sencillo encuentro, aparentemente casual. Desde el momento en que se abrieron a Jesús y fueron generosos para cambiar de rutinas y emprender su seguimiento, también ellos comenzaron a tener un conocimiento directo del Maestro. No los estaba llamando a ser meros anunciadores de una doctrina, sino amigos íntimos y testigos de su persona. Con ese anzuelo, en adelante serían “pescadores de hombres” (v. 17).
La escena se repite en la vida de cada uno de nosotros, si, como ellos, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones. También se nos abre una nueva dimensión, maravillosa, divina, que llena de contenido y sentido toda nuestra existencia. “Jesús nos quiere despiertos -decía San Josemaría-, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para que oigamos nuevamente su promesa: venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum, si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad. Duc in altum et laxate retia vestra in capturam!: bogad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar”[1].
[1] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 159.
Francisco Varo
Domingo de la 3º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 1, 1-4; Lc 4, 14-21) el «Hoy» de Cristo. “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”: no dejemos para mañana la decisión que el Señor espera de nosotros “hoy”: una conversión, perdonar y acoger el perdón, recomenzar con la ayuda de la gracia, entrega plena.
Evangelio (Lc 1, 1-4; Lc 4, 14-21)
Ya que muchos han intentado poner en orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros, conforme nos las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada, distinguido Teófilo, para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido (…).
Entonces, por impulso del Espíritu, volvió Jesús a Galilea y se extendió su fama por toda la región. Y enseñaba en sus sinagogas y era honrado por todos. Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
por lo cual me ha ungido
para evangelizar a los pobres,
me ha enviado para anunciar la redención
a los cautivos
y devolver la vista a los ciegos,
para poner en libertad a los oprimidos
y para promulgar el año de gracia del Señor.
Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles:
— Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.
Comentario
La liturgia de este domingo nos presenta juntos dos pasajes del Evangelio de san Lucas. El primero es el prólogo, que va dirigido a un personaje llamado Teófilo, nombre que en griego significa “amigo de Dios”. Lucas se propone escribir una narración documentada y bien ordenada de la vida de Cristo desde sus orígenes, explicando también el significado salvífico de las cosas que se “han cumplido entre nosotros” (v. 1).
Este evangelio se dirige, pues, a todo aquel que quiere ser, verdaderamente, “amigo de Dios”. Entrando en sus páginas “como un personaje más”, como San Josemaría invitaba a hacerlo, irá encontrándose con la figura amable de Jesús, e irá descubriendo que las Escrituras se cumplieron en Él, pero también hoy día se siguen cumpliendo “entre nosotros”: En ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida (Forja, 754).
En el segundo pasaje, acompañamos a Jesús en la sinagoga de Nazaret, la ciudad en la que se había criado, donde acude siguiendo su costumbre de cada sábado para rezar y escuchar la Palabra de Dios. Habría aprendido a hacerlo con naturalidad, acompañando desde niño a José y a María, en familia.
El relato de Lucas nos introduce en aquel acto sinagogal. Después de algunas oraciones se lee una sección del Pentateuco o Torah, la Ley de Dios, y un texto profético que ilustra el sentido de lo que enseña la Ley. El que preside invita a alguno de los presentes a leer, o alguien con la debida preparación se alza voluntariamente para hacer la lectura, y explicar luego el sentido de la Palabra de Dios. En esta ocasión, Jesús se levanta y, en el rollo del profeta Isaías que le ofrecen, encuentra un texto donde el profeta habla de un ungido del Señor que lleva la buena noticia de la salvación y el anuncio de que Dios librará al pueblo de sus aflicciones. Son palabras de consuelo, dirigidas a las gente de Judá que se afanan en tareas de reconstrucción tras muchas décadas de ruina y decaimiento, consecuencia de la conquista de su territorio por las tropas babilónicas a comienzos del siglo VI a.C. Los que, al fin, regresan del destierro se ven incapaces de sanar tantas heridas materiales y morales, pero Dios cumplirá sus esperanzas de salvación. Ahora bien, lo que Jesús acaba de leer en la sinagoga no es un simple recuerdo de un anuncio esperanzador que Dios hizo realidad en el pasado, es noticia de lo que está sucediendo de verdad en medio de ellos, y así lo hace notar: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (v. 21). Jesús es el redentor anunciado.
Ese “hoy” del que habla Jesús en el evangelio no es solo un instante sucedido hace más de veinte siglos. Jesús también nos habla a cada uno “hoy”, en pleno siglo XXI, porque también ahora el “ungido del Señor” (el “mesías”, que es la palabra hebrea que se traduce por “ungido”), Jesucristo, está vivo y se dirige a cada uno de nosotros para sanar nuestras dolencias, debilidades y pecados. Hoy puede ser para mí y para cada uno de nosotros un día de salvación. No dejemos para mañana la decisión que el Señor espera de nosotros “hoy”: una conversión, perdonar y acoger el perdón,recomenzar con la ayuda de la gracia, entrega plena,… El viejo adagio pagano del “carpe diem” también tiene algo que decirnos: aprovecha el hoy en el que Dios sale a tu encuentro para sanarte y hacerte feliz.
Hoy, Dios cuenta con nuestra respuesta positiva para seguir haciendo
realidad la salvación conseguida por Jesús para toda la humanidad, para
nosotros y para llevarla a todo el mundo. “Esta es también nuestra
misión: ser ungidos por el Espíritu e ir hacia los hermanos para
anunciar la Palabra, siendo para ellos un instrumento de salvación”
(Francisco, Mensaje para la 54 Jornada mundial de oración por las vocaciones).
Francisco Varo
Lunes de la 3.ª semana del tiempo ordinario (Mc 3, 22-30). Unidos a la raíz, unidos a Cristo. “Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”. Un camino para conseguir esta unidad con Dios es ser muy fieles y rezar diariamente por el Papa y por la Iglesia.
Evangelio (Mc 3, 22-30)
En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Comentario
En el Evangelio de hoy meditamos sobre nuestra propia actitud de corazón. Los escribas han visto los grandes milagros de Jesús y han escuchado sus enseñanzas. Aun así, le acusan de hacer esos prodigios por el poder de Satanás. Su actitud es ponerse por encima del Señor. No sabemos el motivo de su rechazo, pero podemos intuirlo: el mensaje de Jesús no es el que esperan, prefieren seguir amarrados a su propia doctrina, intenciones o planes. Y eso les lleva a rechazar a Dios.
Tú y yo, en ocasiones, también podemos actuar como los escribas. Quizá no con un rechazo frontal, pero si negando sus enseñanzas en nuestro interior. Puede ocurrirnos que pensemos que una enseñanza de la Iglesia es muy dura y prefiramos seguir amarrados a nuestras propias opiniones, o que no queramos hacer algo que Dios nos pide y prefiramos aferrarnos a una solución que nos es más agradable, pero que no es la que Dios quiere.
El camino del cristiano es de seguimiento de Cristo. En ocasiones el camino es arduo, pero en él está la felicidad. Hacer lo que Dios quiere de mí, unirme a Su voluntad y aceptarla, aunque cueste, este es el camino del amor.
Estamos en el octavario para la unidad de los cristianos. Para lograr la unidad de los cristianos, es preciso primero que nosotros estemos muy unidos a la raíz, a Jesús. Y el medio para conseguirlo es a través de la oración, momento en que conocemos la voluntad de Dios para mí.
Por eso, una actitud que debemos fomentar frecuentemente es la de perdonarnos a nosotros mismos, por nuestros pecados personales. El que no reconoce que ha pecado, no se perdona a sí mismo y sigue amarrado a sus propias convicciones, que no son las de Dios. El papa Francisco, en una audiencia del 27 de agosto de 2014 dijo: “Dios, sin embargo, quiere que crezcamos en nuestra capacidad de acogernos, de perdonarnos, de querernos, para parecernos cada vez más a Él que es comunión y amor”.
No podemos salvarnos por nosotros mismos, necesitamos la gracia de Dios. Si rechazamos la ayuda de Dios, el amor infinito que Dios nos tiene, no podremos alcanzar la santidad. Porque la salvación no es un premio merecido a la lucha de una vida, es más bien un don inmerecido que Dios da a aquellos que buscan amarle. Si uno rechaza la ayuda del Espíritu Santo, rechaza este don de Dios que es su propia salvación.
San Josemaría repetía con frecuencia una jaculatoria “Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam”, para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo Espíritu. Busquemos estar siempre muy unidos a Dios a través de la oración. Un camino para conseguir esta unidad es ser siempre muy fieles y rezar diariamente por el Papa y por la Iglesia.
Pablo Erdozáin
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Miércoles de la 3º semana del tiempo ordinario (Mc 4,1-20): atrapado entre las zarzas. «Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto». El examen de conciencia es una buena herramienta para que el Señor arranque de cuajo cualquier sombra de tibieza que pueda entrar en el alma. Llenémosnos de deseos de cuidar esta pequeña práctica de piedad para facilitar el trabajo al Espíritu Santo en nosotros.
Evangelio (Mc 4,1-20)
En aquel tiempo, Jesús comenzó de nuevo a enseñar al lado del mar. Y se reunió en torno a él una muchedumbre tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, en el mar, mientras toda la muchedumbre permanecía en tierra, en la orilla. Les explicaba con parábolas muchas cosas, y les decía en su enseñanza:
— Escuchad: salió el sembrador a sembrar. Y ocurrió que, al echar la semilla, parte cayó junto al camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, por no ser hondo el suelo; pero cuando salió el sol se agostó, y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto. Y otra cayó en tierra buena, y comenzó a dar fruto: crecía y se desarrollaba; y producía el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.
Y decía:
— El que tenga oídos para oír, que oiga.
Y cuando se quedó solo, los que le acompañaban junto con los doce le preguntaron por el significado de las parábolas.
Y les decía:
— A vosotros se os ha concedido el misterio del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera todo se les anuncia con parábolas, de modo que los que miran miren y no vean, y los que oyen oigan pero no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone.
Y les dice:
— ¿No entendéis esta parábola? ¿Y cómo podréis entender las demás parábolas? El que siembra, siembra la palabra. Los que están junto al camino donde se siembra la palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, al instante viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Los que reciben la semilla sobre terreno pedregoso son aquellos que, cuando oyen la palabra, al momento la reciben con alegría, pero no tienen en sí raíz, sino que son inconstantes; y después, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropiezan y caen. Hay otros que reciben la semilla entre espinos: son aquellos que han oído la palabra, pero las preocupaciones de este mundo, la seducción de las riquezas y los apetitos de las demás cosas les asedian, ahogan la palabra y queda estéril. Y los que han recibido la semilla sobre la tierra buena son aquellos que oyen la palabra, la reciben y dan fruto: el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.
Comentario
En la parábola del sembrador, Jesús habla de cuatro posibles destinos para la semilla que se siembra a voleo el sembrador. Hoy nos fijaremos en el grano que cae entre espinos.
El Señor explica a los discípulos que lo caído entre espinos simboliza lo que les sucede a quienes «han oído la palabra, pero las preocupaciones de este mundo, la seducción de las riquezas y los apetitos de las demás cosas les asedian, ahogan la palabra y queda estéril» (vv.18-19).
A diferencia de la semilla que cae junto al camino o en terreno pedregoso, en este caso el grano sí ha podido germinar y desarrollarse. Sin embargo, tiempo después, cuando arrecian las dificultades, la planta se ahoga y el resultado es el mismo que en los casos precedentes.
La tibieza es una enfermedad del alma que mucho tiene que ver con estos espinos. Pequeñas faltas de caridad no arrepentidas, omisiones pequeñas en nuestra relación de amor con Dios, búsqueda de satisfacción de los anhelos profundos del corazón en personas o cosas que no hacen sino aumentar esta sed, cerrazón ante las opiniones o modos de pensar de los demás, etc. Son algunas posibles causas de la proliferación de los espinos alrededor de la planta.
Sin embargo, ninguna de las causas anteriores, por sí sola, es capaz de ahogar a una semilla plantada por Dios. Bastaría con examinarse unos minutos en presencia del Señor y acudir con contrición a sus brazos para que nos cure y nos llene de deseos de volver a luchar, de recomenzar.
Dedicar unos pocos minutos al día a examinar nuestra conciencia nos ayuda a ver los espinos que crecen en nuestra alma y a nuestro alrededor. Y con la contrición final -la parte más importante del examen- el Señor se encargará de quitar de cuajo esos espinos y que la planta se pueda desarrollar libre y orgánicamente.
Pablo Erdozáin
Jueves de la 3° semana del tiempo ordinario (Mc 4, 21-25): sin medida. “Y les decía: Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis se os medirá y hasta se os dará de más”. El corazón de un cristiano es, así, un corazón abierto, que no se cierra al propio egoísmo, que no se pone límites: no cuida hasta cierto punto, no perdona hasta un determinado momento, no espera mirando el reloj.
Evangelio (Mc 4, 21-25)
Y les decía: — ¿Acaso se enciende la lámpara para ponerla debajo de un celemín o debajo de la cama? ¿No se pone sobre un candelero? Pues no hay cosa escondida que no vaya a saberse, ni secreto que no acabe por hacerse público. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga.
Y les decía: — Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis se os medirá y hasta se os dará de más. Porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará.
Comentario
Después de haber hablado del sembrador que salió a sembrar, de la semilla que “cayó en tierra buena, y comenzó a dar fruto” y de aquella que, en cambio, cayendo en tierra dura, pedregosa y entre espinos, no dio ningún fruto, Jesús nos habla de la lámpara que se pone en el candelero y de la medida que utilizamos para medir.
Estas dos parábolas nos hablan del modo de ser cristiano: alguien que se da sin medida. Porque, en realidad, es el modo de ser, de vivir, de pensar, de actuar, de Jesucristo: todo lo hace sin medida, abundantemente. No se reserva nada.
El cristiano ha recibido la luz de Cristo, luz que vino al mundo para disipar las tinieblas de nuestros corazones. Por eso mismo, todo cristiano es un testigo de esa luz.
Todos debemos vernos bajo esa luz: no estamos sometidos a la tiniebla de nuestras miserias, pecados, debilidades, torpezas; tampoco a la tiniebla que nos rodea en forma de enfermedad, fracasos, humillaciones, faltas de agradecimiento, olvidos, etc.
Somos hijos de la luz, los hijos amados de Dios, que nos cuida, nos salva, nos espera siempre.
Y quiere que seamos testigos de esa luz: que, a través de nuestro cuidado, de nuestro trabajo, de nuestro saber esperar, perdonar y consolar, llevemos la luz de Dios a tantos corazones que están en tinieblas.
Y todo ello, sin medida, con magnanimidad, porque somos hijos de un Padre magnánimo.
El corazón de un cristiano es, así, un corazón abierto, que no se cierra al propio egoísmo. Es un corazón que no se pone límites: no cuida hasta cierto punto, no perdona hasta un determinado momento, no espera mirando el reloj.
Es un corazón que desea tener el corazón de Jesucristo, un corazón que se da sin medida.
Luis Cruz
Viernes de la 3° semana del tiempo ordinario (Mc 4, 26-34): Jesucristo brilla en lo pequeño. “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo”. La vida de un cristiano no es la vida de alguien que hace cosas grandiosas por sí mismo. Más bien, comienza con una pequeña simiente, cuya fecundidad depende de la unión con Cristo. Él nos espera en lo pequeño de nuestro día a día.
Evangelio (Mc 4, 26-34)
Y decía:
— El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega.
Y decía:
— ¿A qué se parecerá el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra.
Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; y no les solía hablar nada sin parábolas. Pero a solas, les explicaba todo a sus discípulos.
Comentario
El Reino de Dios es una simiente pequeña que crece, con un ritmo propio, madurando, hasta hacerse espiga rebosante, árbol frondoso donde surge la vida.
Con estas dos parábolas el Señor nos anima a confiar en Él, y no en nosotros mismos, en nuestras fuerzas, en nuestros éxitos.
Es Él quien da el incremento, quién dentro de nosotros, nos hace madurar hasta hacer de nuestra vida un árbol frondoso que da sombra apacible a quien viene a nuestro lado.
Acoger el Reino de Dios es, así, acoger algo que no entra en nuestra lógica, en nuestro modo de pensar cómo funcionan las cosas. Tiene su lógica propia, su fuerza intrínseca. Va más allá de nuestros esquemas, dimensiones y medidas.
Porque empieza por lo pequeño.
Como Jesucristo, que se hizo pequeño, niño en los brazos de una madre. Él es la simiente caída en tierra, que muere y da fruto abundante. Él es el único que puede salvar a aquellos que se ponen a su lado, el único que nos hace crecer y madurar.
La vida de un cristiano no es la vida de alguien que hace cosas grandiosas por sí mismo, del aplauso, del éxito inmediato. Más bien, comienza con una pequeña simiente, cuya fecundidad depende de la unión con Cristo. Él nos espera en lo pequeño de nuestro día a día.
Como recordaba san Josemaría, “hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. (…) Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios” (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, nn. 114 y 116).
Se trata de confiar, de dar un salto a la confianza en la potencia de Dios.
El mundo no lo salva quien hace todo correctamente, organizado, programado, sino personas, como los santos, que saben ir al paso de Dios, dejándole entrar en las pequeñeces de nuestra vida, fiándonos de que allí hace grandezas.
Luis Cruz
Sábado de la 3° semana del tiempo ordinario (Mc 4, 35-41): en los brazos de nuestro Padre Dios. “Entonces les dijo: ¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?”. El Señor nos pide una maduración interior: pasar del niño que se queja y se enfada porque parece que su padre no le hace caso, al niño que confía, que se abandona en los brazos de su padre.
Evangelio (Mc 4, 35-41)
Aquel día, llegada la tarde, les dice:
— Crucemos a la otra orilla.
Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas. Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despiertan, y le dicen:
— Maestro, ¿no te importa que perezcamos?
Y, puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar:
— ¡Calla, enmudece!
Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo:
— ¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?
Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros:
— ¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?
Comentario
Al igual que a los discípulos, muchas veces nos sucederá que vivimos en medio de tormentas.
Y las tempestades de nuestra vida, nuestras miserias y caídas, nuestras derrotas y fracasos, la enfermedad y el sufrimiento, sacan a la luz nuestra vulnerabilidad. Y a la vez dejan al descubierto dónde hemos puesto nuestras seguridades.
El problema de los discípulos es que se habían dejado atemorizar por esa tempestad, tenían miedo. Piensan que Cristo, a pesar de que estaba con ellos, en realidad se había desinteresado, les había abandonado. “¿No te importa que perezcamos?”, le dicen.
Y él les responde: “¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?”.
Ante las tormentas de la vida, el cristiano puede tener una actitud que espera la intervención continua, constante, invasiva de Dios. O bien, tener una actitud de fe.
El Señor nos pide una maduración interior: pasar del niño que se queja y se enfada porque parece que su padre no le hace caso, al niño que confía, que se abandona en los brazos de su padre.
En la vida de un cristiano sucede lo mismo que al niño que aprende a caminar. Un paso, otro, se cae, se levanta. Siempre bajo la atenta mirada de su padre, que le anima, le levanta, pero no le lleva en brazos a todas partes para que no sufra.
En nuestras tempestades, tenemos que acudir al Señor, refugiarnos en Él, porque siempre está a nuestro lado, pero no tanto para que nos quite esa tempestad, sino para que nos ayude a crecer, a madurar.
Quizá en esa tempestad, somos la mano amiga que ayuda a caminar a los demás; la barca donde pueden encontrarse con ese Dios que nunca se olvida de nosotros.
Luis Cruz

4ª semana del tiempo ordinario
Domingo de la 4° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 1,21b-28): en la sinagoga de Cafarnaún. “Y se quedaron admirados de su enseñanza”. El Señor acompañaba su predicación con la fuerza de su ejemplo y la potestad de expulsar demonios. Como a los apóstoles, también a nosotros nos llama Cristo a anunciar con coherencia el evangelio que libera a todos.
Domingo de la 4º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 4,21-30): El hijo del artesano. “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”: Todos en la sinagoga de Nazaret quedan asombrados ante el escueto comentario que hace Jesús al texto de Isaías. Que cada uno de nosotros nos quedemos asombrados por la maravillosa realidad de tener a Dios en el Sagrario.
Lunes de la 4.º semana del tiempo ordinario (Mc 5, 1-20): el poder de Nuestro Señor compensa nuestra debilidad. "Ve a casa con tu familia y anúnciales todo lo que el Señor en su piedad ha hecho por ti." Sin la ayuda de Nuestro Señor somos muy débiles y sucumbimos fácilmente al mal. Pero con su gracia todas las cosas son posibles, e incluso la persona más inesperada puede ser llamada a ser un apóstol.
Martes de la 4.ª semana del tiempo ordinario (Mc 5, 21-43): el valor de las acciones ordinarias. "Jesús tomó a la niña de la mano y le dijo: "Talitha qum", que significa: "Niña, a ti te digo, levántate". A través de palabras y gestos sencillos, Jesús trae la curación y la vida. Si tenemos fe, Él actuará a través de nuestras palabras y acciones para traer la salvación a los demás.
Miércoles de la 4º semana del tiempo ordinario (Mc 6, 1-6): la necesidad de la Fe. "No podía hacer allí ningún milagro (...) Y se asombraba por su incredulidad". No todos con los que Jesús se encontró tenían fe en Él. Muchos lo rechazaron, pero Él no forzó a nadie a creer, sino que desea que confiemos libremente en Él. La recompensa de la fe será grande en el Reino de los Cielos.
Jueves de la 4º semana del tiempo ordinario (Mc 6,7-13): instrucciones para el camino. “Llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos. Y les mandó que no llevasen nada para el camino”. Para ser testigos de Jesús, tanto en el siglo primero como hoy, hacen falta pocas cosas: un corazón libre, la familia de la Iglesia y la ayuda de Dios.
Viernes de la 4º semana del tiempo ordinario (Mc 6,14-29): mártires como Juan. Comentario del viernes “Éste es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado”. El relato del martirio del Bautista, prefiguración de la muerte de Cristo, nos recuerda que estamos llamados a ser en nuestro ambiente testigos de la verdad.
Sábado de la 4º semana del tiempo ordinario (Mc 6,30-34): el descanso de los apóstoles. Comentario del sábado “Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco”. El descanso de los apóstoles es un tiempo necesario para estar a solas con Jesús.
Domingo de la 4° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 1,21b-28): en la sinagoga de Cafarnaún. “Y se quedaron admirados de su enseñanza”. El Señor acompañaba su predicación con la fuerza de su ejemplo y la potestad de expulsar demonios. Como a los apóstoles, también a nosotros nos llama Cristo a anunciar con coherencia el evangelio que libera a todos.
Evangelio (Mc 1,21b-28)
Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar:
—¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!
Y Jesús le conminó:
—Cállate, y sal de él.
Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos:
—¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen.
Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea.
Comentario
Según la tradición cristiana, Marcos fue el discípulo que puso por escrito los recuerdos de Pedro sobre la vida de Jesús. En el evangelio de hoy se inicia el relato de una jornada entera del Señor. Aquel día pudo quedar especialmente grabado en la memoria de Pedro, porque transcurrió en el entorno de su propio hogar.
Según los hallazgos arqueológicos realizados en la zona, la sinagoga de Cafarnaún quedaría bastante cerca del lugar en el que se emplaza un antiquísimo culto cristiano en la antigua casa de Pedro. Es fácil imaginar la emoción del apóstol por albergar en su propia morada al Maestro, dándole cobijo, alimento y descanso.
Como todos los habitantes piadosos del lugar, el sábado por la mañana el Señor llegó junto con sus discípulos a la concurrida sinagoga. Pronto comenzó a enseñar a los presentes, quienes escuchaban admirados la predicación del nazareno. No era como la que solían escuchar a los fariseos. Aquel hombre hablaba con mucha autoridad, de forma novedosa y sorprendente.
Los oyentes de Jesús se fijarían mucho en su porte externo, sus ademanes y gestos, su manera de reaccionar espontáneamente ante los mismos sucesos que ellos vivían. Y esa forma de predicar con la propia presencia y actitud, la veían después reflejada en sus discursos.
Este hecho llamó siempre la atención de san Josemaría. Al buscar una biografía sintética de la vida de Jesús, encontró, entre otras, la que se refiere al ejemplo que daba Jesús con su actuación, otorgando autoridad a su predicación: “Coepit facere et docere —comenzó Jesús a hacer y luego a enseñar: tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar”.
Por eso, como explicaba san Gregorio Magno, “la manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras”. En cambio, fray ejemplo es siempre el mejor predicador.
Junto a la coherencia de vida, Jesús acompañaba su predicación con una potestad que dejaba admirados a sus contemporáneos: la de expulsar espíritus inmundos. Estos demonios se dirigían a Él con descaro y cierto conocimiento de su identidad y misión, sobre las cuales, revelaban a los presentes algunas cosas sin pudor y antes de tiempo. Pero a su vez, mostraban un temor obediente ante las órdenes de Jesús.
Luego los apóstoles serían enviados a predicar y a expulsar demonios en nombre de Jesús. También los cristianos estamos llamados a colaborar con el Maestro en la tarea de la evangelización, disipando la acción de los enemigos de las almas. Lo haremos precisamente anunciando el evangelio con coherencia de vida.
El Papa Francisco explicaba esta llamada apostólica así: “El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad... El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por lo tanto, es tarea de los cristianos difundir por doquier la fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y heraldos de la Palabra de Dios”.
Pablo Erdozáin
Domingo de la 4º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 4,21-30): El hijo del artesano. “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”: Todos en la sinagoga de Nazaret quedan asombrados ante el escueto comentario que hace Jesús al texto de Isaías. Que cada uno de nosotros nos quedemos asombrados por la maravillosa realidad de tener a Dios en el Sagrario.
Evangelio (Lc 4,21-30)
Y comenzó a decirles:
—Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.
Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca y decían:
—¿No es éste el hijo de José?
Entonces les dijo:
—Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo». Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra.
Y añadió:
—En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.
Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.
Comentario
Todos en la sinagoga de Nazaret quedan asombrados ante el escueto comentario que hace Jesús al texto de Isaías que acaba de leer: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Habla con una autoridad que sorprende, y que parece presuntuosa a sus conciudadanos, refiriendo las palabras del profeta a sí mismo y a su misión.
Es comprensible que se asusten, e incluso se escandalicen, cuando aquel al que conocen desde niño se pone a sí mismo como punto de referencia para la interpretación de la Sagrada Escritura. Pero “¿no es éste el hijo de José?”, comentan entre sí, ¿no es el hijo de un pobre carpintero de aquí mismo, el muchacho que trabaja en el taller de su padre?
Jesús es un hombre normal, un buen trabajador manual, de una sencilla aldea. Es uno más del pueblo. Pero lo que se rumorea de sus acciones en Cafarnaún y lo que está diciendo ahora lo sitúan en el ámbito de Dios. Su origen es notorio, de una parte, y desconocido de otra. ¿Quién es realmente Jesús? Esa es la gran pregunta a la que responden los Evangelios: Jesús el Hijo de Dios que se ha hecho hombre para redimirnos de nuestros pecados y para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar[1].
Jesús es perfectus Deus, perfectus homo, perfecto Dios y hombre perfecto, y el primer ejemplo que nos da, durante la mayor parte de los años de su vida, es el de un buen profesional. ¿Cómo no sentir la atracción de esa vida de Jesús tan cercana a la nuestra? “Toda la vida del Señor me enamora –comenta San Josemaría-. Tengo, además una debilidad particular por sus treinta años de existencia oculta en Belén, en Egipto y en Nazaret. Ese tiempo -largo-, del que apenas se habla en el Evangelio, aparece desprovisto de significado propio a los ojos de quien lo considera con superficialidad. Y, sin embargo, siempre he sostenido que ese silencio sobre la biografía del Maestro es bien elocuente, y encierra lecciones de maravilla para los cristianos. Fueron años intensos de trabajo y de oración, en los que Jesucristo llevó una vida corriente -como la nuestra, si queremos-, divina y humana a la vez; en aquel sencillo e ignorado taller de artesano, como después ante la muchedumbre todo lo cumplió a la perfección”[2].
Jesús actúa con una naturalidad y sinceridad transparentes, como quien es, sin buscar ser admirado y sin miedo a ser mal entendido. Ante el asomo de crítica que percibe en la actitud de sus conciudadanos no realiza el prodigio que satisfaga su curiosidad malsana y le atraiga la admiración de todos, ni modera su discurso quitando fuerza a la verdad. Por eso sus palabras son provocativas: “ningún profeta es bien recibido en su tierra”, y los ejemplos que aduce, también lo son: menciona dos milagros citados en los libros sagrados, uno de Elías y otro de Eliseo, en los que los beneficiarios no eran israelitas sino extranjeros.
La reacción de quienes lo escuchaban en la sinagoga no se hizo esperar: “se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle”.
¿Es Jesús un provocador? Nada más lejos de la realidad. Es un hombre sereno, que se retira con calma entre gentes enfurecidas. Es alguien plenamente coherente. No se ajusta a lo que los otros desean ver o escuchar, sino que, desde el principio, se comporta del modo que luego proclamará solemnemente ante Pilato: “para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Trabajo bien hecho, verdad, y coherencia de vida, así se manifiesta la personalidad de Jesús.
[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Collatio 6 super Credo in unum Deum.
[2] S. Josemaría, Amigos de Dios, n. 56
Francisco Varo
Lunes de la 4.º semana del tiempo ordinario (Mc 5, 1-20): el poder de Nuestro Señor compensa nuestra debilidad. "Ve a casa con tu familia y anúnciales todo lo que el Señor en su piedad ha hecho por ti." Sin la ayuda de Nuestro Señor somos muy débiles y sucumbimos fácilmente al mal. Pero con su gracia todas las cosas son posibles, e incluso la persona más inesperada puede ser llamada a ser un apóstol.
Evangelio (Mc 5, 1-20)
Y llegaron a la orilla opuesta del mar, a la región de los gerasenos. Apenas salir de la barca, vino a su encuentro desde los sepulcros un hombre poseído por un espíritu impuro, que vivía en los sepulcros y nadie podía tenerlo sujeto ni siquiera con cadenas; porque había estado muchas veces atado con grilletes y cadenas, y había roto las cadenas y deshecho los grilletes, y nadie podía dominarlo. Y se pasaba las noches enteras y los días por los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Al ver a Jesús desde lejos, corrió y se postró ante él; y, gritando con gran voz, dijo:
—¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! -porque le decía: ‘¡Sal, espíritu impuro, de este hombre!’
Y le preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
Le contestó:
—Mi nombre es Legión, porque somos muchos.
Y le suplicaba con insistencia que no lo expulsara fuera de la región.
Había por allí junto al monte una gran piara de cerdos paciendo. Y le suplicaron:
—Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos.
Y se lo permitió. Salieron los espíritus impuros y entraron en los cerdos; y la piara, alrededor de dos mil, se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar, donde se iban ahogando. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por los campos. Y acudieron a ver qué había pasado. Llegaron junto a Jesús, y vieron al que había estado endemoniado -al que había tenido a ‘Legión’- sentado, vestido y en su sano juicio; y les entró miedo. Los que lo habían presenciado les explicaron lo que había sucedido con el que había estado poseído por el demonio y con los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se alejase de su región. En cuanto él subió a la barca, el que había estado endemoniado le suplicaba quedarse con él; pero no lo admitió, sino que le dijo:
—Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales las grandes cosas que el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.
Se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él. Y todos se admiraban.
Comentario
El hombre poseído aparece como una figura tan temible como formidable. Es tan fuerte que nadie es capaz de mantenerlo bajo control. Vive en un cementerio, un lugar siniestro y, para los judíos un lugar impuro. No cesa de llenar el día y la noche con sus chillidos y gritos de dolor mientras se corta con piedras. Sin duda, todos se mantuvieron alejados de él, temerosos de su violencia. Y sin embargo, desde el momento de su encuentro, Jesús tiene autoridad absoluta sobre él. El hombre no corre hacia él para amenazarlo, sino para suplicarle que no le atormente. Los poderes del infierno no tienen potestad sobre Cristo.
Nuestro Señor exorciza entonces a los demonios con un poder maravilloso. El texto no explica por qué permite que los demonios entren en los cerdos, pero la destrucción que sigue es ciertamente una demostración visible de su autoridad y de la magnitud del mal al que ha vencido.
Después de la salida de los demonios, el hombre se transforma completamente, hasta el punto de que ahora quiere ser un discípulo. Jesús no le permite subir a la barca con los apóstoles, aunque sí le confiere una misión apostólica, la cual lleva a cabo fielmente. Dios da tareas muy variadas a las personas. Para nosotros lo más importante es llevar a cabo con la mayor perfección posible la tarea que se nos ha dado, en lugar de anhelar otra. Este hombre obedeció a Jesús y contó a la gente de la región de la Decápolis las grandes cosas que Jesús había hecho por él, y se nos dice que todos se maravillaron. Un resultado de su obediencia podría ser la acogida más positiva que Jesús encuentra más tarde, en su segunda visita a la zona (cf. Mc 7, 31 ss.).
Todo el episodio demuestra que no hay dificultad que Dios no pueda superar, y no hay mal que no pueda vencer. Esto incluye todo tipo de pecados y cualquier cosa que uno haya hecho en su vida. El hombre poseído se encontraba en una condición verdaderamente desastrosa; si un candidato tan improbable puede transformarse en un discípulo efectivo de Cristo, hay esperanza para todos.
Andrew Soane
Martes de la 4.ª semana del tiempo ordinario (Mc 5, 21-43): el valor de las acciones ordinarias . "Jesús tomó a la niña de la mano y le dijo: "Talitha qum", que significa: "Niña, a ti te digo, levántate". A través de palabras y gestos sencillos, Jesús trae la curación y la vida. Si tenemos fe, Él actuará a través de nuestras palabras y acciones para traer la salvación a los demás.
Evangelio (Mc 5, 21-43)
Y tras cruzar de nuevo Jesús en la barca hasta la orilla opuesta, se congregó una gran muchedumbre a su alrededor mientras él estaba junto al mar. Viene uno de los jefes de la sinagoga, que se llamaba Jairo. Al verlo, se postra a sus pies y le suplica con insistencia diciendo:
-Mi hija está en las últimas. Ven, pon las manos sobre ella para que se salve y viva. Se fue con él, y le seguía la muchedumbre, que le apretujaba. Y una mujer que tenía un flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho a manos de muchos médicos y se había gastado todos sus bienes sin aprovecharle de nada, sino que iba de mal en peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y le tocó el manto -porque decía: ‘Con que toque su ropa, me curaré’-. Y de repente se secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de la enfermedad. Y al momento Jesús conoció en sí mismo la fuerza salida de él y, vuelto hacia la muchedumbre, decía:
-¿Quién me ha tocado la ropa? Y le decían sus discípulos:
-Ves que la muchedumbre te apretuja y dices: ‘¿Quién me ha tocado?’. Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer, asustada y temblando, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le dijo toda la verdad. Él entonces le dijo: -Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia. Todavía estaba él hablando, cuando llegan desde la casa del jefe de la sinagoga, diciendo:
-Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas ya al Maestro? Jesús, al oír lo que hablaban, le dice al jefe de la sinagoga: -No temas, tan sólo ten fe.
Y no permitió que nadie le siguiera, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
Llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y ve el alboroto y a los que lloraban y a las plañideras. Y al entrar, les dice:
-¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme. Y se burlaban de él. Pero él, haciendo salir a todos, toma consigo al padre y a la madre de la niña y a los que le acompañaban, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: -‘Talitha qum’ -que significa: ‘Niña, a ti te digo, levántate’. Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años. Y quedaron llenos de asombro.
Les insistió mucho en que nadie lo supiera, y dijo que le dieran a ella de comer.
Comentario
El Evangelio de hoy nos muestra dos milagros extraordinarios. El principal es la resurrección de la hija de Jairo de entre los muertos, un acto de infinito poder. Pero hay un segundo milagro que tiene lugar en medio de la narración -una interrupción, si se quiere- la curación de la mujer con la hemorragia. Ella actuó en secreto porque tenía que hacerlo: no podía acercarse a Jesús abiertamente porque su condición la hacía impura. Pero tenía fe y Jesús le atribuye específicamente su curación con sus palabras: "Anímate, hija; tu fe te ha curado".
Jesús era Dios. Ninguna curación fue más difícil que otra, pero observamos que llevó a cabo cada una de ellas de manera diferente: una con una palabra, la otra con un toque o un simple gesto, etc. Descubrimos en estos detalles el modo que Cristo emplea para instruir a sus discípulos, y de hecho para instruirnos a nosotros. Hay algo sacramental en estas acciones: lo sagrado se manifiesta a través de signos y palabras, por lo demás normales.
Leemos el arameo "Talitha qum", retenido en la versión de San Marcos de este Evangelio, las palabras con las que curó a la hija de Jairo: "Niña, a ti te digo, levántate" (Mc 5, 41). El evangelista presumiblemente mantuvo esas palabras para mostrarnos que Dios hizo uso de palabras humanas, en un dialecto local para obrar el milagro. Las palabras ordinarias se convierten en un instrumento divino, producen efectos sobrenaturales y milagrosos.
También nuestras palabras y acciones pueden parecer ordinarias e incluso comunes, pero si las unimos a Dios, también serán canales de su gracia, y Él también sacará de ellas resultados extraordinarios y obrará milagros. Como en el caso de la mujer con la hemorragia, todo depende de nuestra fe. ¿Tenemos esa fe?
Andrew Soane
Miércoles de la 4º semana del tiempo ordinario (Mc 6, 1-6): la necesidad de la Fe. "No podía hacer allí ningún milagro (...) Y se asombraba por su incredulidad". No todos con los que Jesús se encontró tenían fe en Él. Muchos lo rechazaron, pero Él no forzó a nadie a creer, sino que desea que confiemos libremente en Él. La recompensa de la fe será grande en el Reino de los Cielos.
Evangelio (Mc 6, 1-6)
Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados:
-¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?
Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús:
-No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad. Y recorría las aldeas de los contornos enseñando.
Comentario
Puede sorprender que la primera vez que Jesús regresa a Nazaret con sus discípulos, se le impida hacer milagros allí (cfr. Mc 6,5). Siendo Jesús el Mesías, verdadero Dios y verdadero Hombre, ¿qué podría impedirle hacer un milagro si esa fuera su voluntad?
El problema reside en la falta de fe de la gente. Solo unas pocas personas se acercaron a Él. La mayoría no fueron porque tenían sus razones para rechazarlo: habían conocido a Jesús como uno de ellos pero estaban aferrados a sus ideas preconcebidas sobre Él y no aceptaban su nueva autoridad.
"No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa" (Mc 6,4). Jesús compara la recepción tan escéptica en su ciudad natal con su aceptación en Cafarnaún. En ese otro lugar, la gente había respondido a su presencia aclamando su autoridad (cf. Mc 1,27), y llevándole todos los enfermos y poseídos del pueblo para que los curara (cf. Mc 1,32-34).
¿Cómo reaccionamos nosotros? Jesús también viene a nuestras vidas trayendo regalos e invitándonos a aceptar su mensaje y seguirlo. ¿Nuestro Señor nos encontrará con un espíritu abierto y acogedor o seremos desconfiados y le rechazaremos? Jesús tiene algo muy grande preparado para nosotros: "Si conocieras el don de Dios" (Jn 4,10).
Cuando alguien tiene Fe, se abre un nuevo rango de posibilidades más allá de los límites ordinarios. El pueblo de Nazaret nunca lo experimentó y no pudo -o no quiso- entender que la culpa era suya.
Andrew Soane
Jueves de la 4º semana del tiempo ordinario (Mc 6,7-13): instrucciones para el camino. “Llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos. Y les mandó que no llevasen nada para el camino”. Para ser testigos de Jesús, tanto en el siglo primero como hoy, hacen falta pocas cosas: un corazón libre, la familia de la Iglesia y la ayuda de Dios.
Evangelio (Mc 6,7-13)
Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía:
— Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.
Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Comentario
Los apóstoles son literalmente los “enviados”, quienes han sido elegidos por Dios para llevar a todo el mundo la buena noticia. En el evangelio de hoy encontramos las instrucciones para el camino, una palabra que no indica solo el recorrido de un viaje, sino también la experiencia del seguimiento de Jesús.
La primera regla que nos da el Maestro es ir “de dos en dos”. La fe no es individual, sino un patrimonio de la Iglesia: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Desde los primeros siglos hasta hoy el apostolado cristiano siempre ha sido compartido, como los misioneros en tierras lejanas que nunca van solos.
En segundo lugar es importante “no llevar nada para el camino”, ni comida o bebida ni dinero. Eso indica la libertad de la entrega que nos permite cumplir la voluntad de Dios: “Para llegar a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir a la Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra” (San Josemaría, Via Crucis n.10).
Lo único que tiene que llevar un discípulo de Jesús es un bastón, que recuerda el apoyo y la protección de Dios: “No temo ningún mal, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 23,4).
Las instrucciones exigen confianza tanto en Dios como en el prójimo y presuponen la práctica de la hospitalidad y el apoyo característicos de las primeras comunidades cristianas. Los discípulos durante su misión en una zona encontraban acogida en familias que le proporcionaban todo lo que necesitaban porque “el que trabaja merece su salario” (Lc 10,7).
Como a los primeros apóstoles, también a los cristianos de hoy hacen falta pocas cosas para seguir al Señor: un corazón libre, la familia de la Iglesia y la ayuda de Dios.
Giovanni Vassallo
Viernes de la 4º semana del tiempo ordinario (Mc 6,14-29): mártires como Juan. “Éste es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado”. El relato del martirio del Bautista, prefiguración de la muerte de Cristo, nos recuerda que estamos llamados a ser en nuestro ambiente testigos de la verdad.
Evangelio (Mc 6,14-29)
En aquel tiempo llegó esto a oídos del rey Herodes, pues su nombre se había hecho famoso, y decía:
— Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él unos poderes.
Otros decían:
— Es Elías.
Otros, en fin, decían:
— Es un profeta, igual que los demás profetas.
Pero cuando lo oyó Herodes decía:
— Éste es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.
En efecto, el propio Herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía: porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.
Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Le dijo el rey a la muchacha:
— Pídeme lo que quieras y te lo daré.
Y le juró varias veces:
— Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.
Y, saliendo, le dijo a su madre:
— ¿Qué le pido?
— La cabeza de Juan el Bautista -contestó ella.
Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió:
— Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo muerto y lo pusieron en un sepulcro.
Comentario
En el evangelio de Marcos el relato del martirio del Bautista está enmarcado entre el envío de los doce apóstoles y su vuelta, como para señalar que el martirio es una posibilidad en el horizonte de un apóstol de Jesucristo.
Pero los detalles del relato adelantan algo acerca del sacrificio del Señor. Como el Maestro, Juan no tenía miedo en decir la verdad: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano», y todos, incluido Herodes, pensaban que era un hombre justo y santo, como Jesús de quien la gente decía que “todo lo ha hecho bien” (Mc 7,37).
El destino de Juan, como el de Jesús, cayó en las manos de hombres como Herodes y Pilato, débiles y temerosos, que no querían contrariar a los demás, hasta el punto de sacrificar la verdad para evitar problemas personales. Tanto el profeta como el Mesías mueren de una muerte cruel y en la soledad de la cárcel y de la cruz. Y al final los discípulos de ambos vienen a recoger sus cuerpos y los ponen en un sepulcro.
En aquellos momentos se hablaría tanto del martirio del Bautista que la gente creía que este profeta seguía actuando: “Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él unos poderes”.
Juan es el primero en imitar al Señor en su “dar la vida por sus amigos”. Por eso es el único santo de quien la Iglesia celebra litúrgicamente el nacimiento y la muerte.
Al volver a leer el martirio de este hombre santo, podemos recordar que todos estamos llamados a ser mártires, testigos de la verdad. Como en el Bautista, todos tienen que ver en nosotros una semejanza a Jesús.
No podemos tener miedo a manifestar en nuestro entorno la presencia de Dios, soportando con alegría los riesgos que supone la coherencia de una fe vivida con generosidad. “Hemos de hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor”. (San Josemarìa, Via Crucis XIV)
Giovanni Vassallo
Sábado de la 4º semana del tiempo ordinario (Mc 6,30-34): el descanso de los apóstoles. “Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco”. El descanso de los apóstoles es un tiempo necesario para estar a solas con Jesús.
Evangelio (Mc 6,30-34)
En aquel tiempo, reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice:
— Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.
Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
Comentario
Los apóstoles vuelven de la misión encomendada por el Señor. Después de unas semanas predicando y curando a los enfermos, podemos imaginar con qué entusiasmo le contarían al Maestro los frutos abundantes de su trabajo. En otra ocasión, san Lucas nos dice que los discípulos enviados por Jesús “volvieron llenos de alegría” (Lc 10,17).
Es una experiencia en la vida de los cristianos de todos los tiempos: contemplar las maravillas, a veces escondidas, que Dios cumple a través de esos pobres instrumentos que somos.
Jesús estaría contento de escuchar a los apóstoles contar sus aventuras por las ciudades y los pueblos de Palestina y, al verlos cansados, les propuso ir a descansar un poco.
Seguramente este descanso, que no fue el único durante esos años, consistiría en un plan concreto: un paseo o una comida especial, tal vez con un buen vino. Pero sobre todo se trataba de estar a solas con el Señor, una tertulia con Él.
Cuenta el evangelio de Lucas que un día Jesús “estaba haciendo oración a solas, y se encontraban con él los discípulos” (Lc 9,18). Es una frase curiosa porque nos muestra al Señor en una soledad compartida. Para los que buscan vivir en la presencia de Dios no existe la completa soledad, porque siempre estamos con Él. “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28).
Y esto nos recuerda que el verdadero descanso, necesario y a veces indispensable, no puede ser egoísta ni solitario, porque siempre es una relación, con Dios y con los demás.
Llegados al destino de este momento de descanso con sus apóstoles, Jesús se encuentra otra vez con la multitud que le seguía constantemente, “se llenó de compasión por ella” y se puso a enseñarles muchas cosas.
La breve excursión de los Doce con el Maestro ha sido una verdadera clase sobre el estilo de vida de un apóstol de Cristo, que según San Josemaría se manifiesta en tres “síntomas”: “hambre de tratar al Maestro, preocupación constante por las almas y perseverancia que nada hace desfallecer” (Camino, 934).
Giovanni Vassallo

Domingo de la 5º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 5,13-16) Sal y luz.
Domingo de la 5° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 1,29-39). “Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios”. El inicio de la vida pública del Señor se presenta con muchas ocupaciones, pero con el único afán de cumplir la voluntad de su Padre. Un ejemplo maravilloso de unidad de vida y de aprovechamiento del tiempo.
Domingo de la 5º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 5, 1-11) «Echaré las redes» “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”. También ahora, como sucedió con san Pedro, la fuerza de Dios suple nuestras pobres condiciones, siempre que confiemos en su misericordia y en la acción de la gracia divina que nos transforma y renueva.
Lunes de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 6, 53-56): la revolución de la ternura. “Cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron”. La llegada de Jesús a Genesaret supuso una verdadera revolución de la ternura, que trajo la salud a una gran multitud de enfermos. Para ser sanado por Cristo debemos reconocerlo como el Hijo del Padre.
Martes de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 7, 1-13): lavarse las manos antes de comer. “Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres”. Quizás desde la infancia nos fue inculcada la importancia de lavarse las manos antes de comer. Más que un mandato, sencillamente, es conveniente. A esa madurez podemos aspirar a la hora de vivir los mandamientos, que se ordenan a mantener nuestro corazón limpio para poder contemplar a Dios.
Miércoles de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 7, 14-23): invertir el movimiento. “Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre”. Vale la pena preguntarse ¿hago al menos el mismo esfuerzo por tener el alma limpia que por tener el cuerpo sano?
Jueves de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 7, 24-30): una fe que atravesaba fronteras. "En cuanto oyó hablar de él una mujer cuya hija tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies". Pidamos una fe que supere las fronteras y que nos lleve a abandonarnos confiadamente en el Señor.
Viernes de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 7, 31-37): hace oír a los sordos. “Le traen a uno que era sordo y que a duras penas podía hablar y le ruegan que le imponga la mano”. A veces sufrimos porque algunos amigos se aíslan y no quieren oír razones para mejorar su vida. Propiciemos que tengan un encuentro personal con Jesús.
Sábado de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 8, 1-10): Jesús no abandona a los que apuestan por Él. “Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer”. Jesús se compadece de esas personas y le importa que reciban no solo el alimento espiritual, sino también el material. El Señor nos enseña a interesarnos por cada persona en su singularidad, con sus necesidades espirituales y físicas.
Domingo de la 5º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 5,13-16) Sal y luz.
Evangelio (Mt 5,13-16)
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.
Comentario
Inmediatamente después de exponer las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), Jesús habla de lo que están llamados a ser en el mundo y en la sociedad quienes acojan su palabra y vivan de acuerdo con ese mensaje. Lo sugiere con unas imágenes muy expresivas: la sal y la luz.
La salazón de alimentos para conservarlos era muy importante cuando no se disponía de los actuales sistemas frigoríficos, y además les proporcionaba un toque de sabor. La sal evita la corrupción a la vez que hace más gustosa la comida, y eso lo consigue discretamente, mezclada entre los ingredientes. En el Antiguo Testamento se le reconoce a la sal un valor purificador (cf. Ex 30,35), y es símbolo de la fidelidad (cf. Nm 18,19). En ese sentido, los discípulos de Cristo estamos invitados a ser sal en todos los ambientes donde se desarrolla nuestra vida, purificándolos y haciéndolos agradables.
En Palestina en tiempo de Jesús la sal de uso doméstico no era muy refinada. Se trataba de material salado procedente del Mar Muerto, mezclado con muchas impurezas. Para usarlo, se diluía y se retiraba lo sobrante. En ocasiones esa sustancia tenía mucho más polvo que sal, por lo que la disolución resultaba casi sosa, de modo que no servía para nada sino para desecharla tirándola por tierra. Jesús se sirve de esa experiencia de la vida diaria para invitar a mantener la integridad en el pensar y en el hacer. La lección es siempre actual, como lo recordaba san Josemaría: “Tú eres sal, alma de apóstol. –‘Bonum est sal’ –la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, ‘si autem sal evanuerit’– pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol. –Pero, si te desvirtúas...”[1].
Por su parte, la luz es algo imprescindible para ver, y se enciende para que alumbre, no para estar escondida. Pero también tiene un profundo sentido teológico. El Verbo, que existía desde el principio junto a Dios y que es Dios, es “la luz verdadera, que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), y los discípulos de Cristo, participando de su claridad, están llamados a ser “luceros en el mundo” (Flp 2,15). En los textos litúrgicos antiguos se llama al bautismo “iluminación”, de modo que el cristiano “‘tras haber sido iluminado’ (Hb 10,32), se convierte en ‘hijo de la luz’ (1Ts 5,5), y en ‘luz’ él mismo’”[2].
El cristiano es sal y luz del mundo cuando, con su ejemplo y con su palabra, lleva a cabo una actividad apostólica intensa. El Concilio Vaticano II así lo enseña, aludiendo a este pasaje evangélico: “A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: ‘alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos’ (Mt 5, 16)”[3].
Esta acción apostólica a la que Jesús llama a sus discípulos resulta especialmente urgente en un mundo secularizado donde, como señalaba el beato Álvaro del Portillo, “innumerables personas se apartan de Él en todos los ambientes de la sociedad. Nosotros, con tantos otros cristianos que también trabajan por Cristo en el seno de la Iglesia, hemos de construir –¡cómo me gusta repetir esta idea!– como un muro de contención que frene a los hombres en su loca huida de Dios, con el deseo de convertirlos en apóstoles que contribuyan a que las almas tornen a Dios. ¿Y qué somos nosotros? Un poco de sal, un poco de levadura metida en la masa de la humanidad (cfr. Mt 5, 13). Pero esta sal y esta levadura, con la gracia de Dios y nuestra correspondencia, devolverá el sabor divino a quienes se han vuelto insípidos, hará fermentar la harina, hasta transformarla en buen pan”[4].
[1] San Josemaría, Camino, n. 921.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 1216.
[3] Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 6.
[4] Beato Álvaro del Portillo, “Homilía 28-XI-1987”, en Romana 5 (1987) 234.
Francisco Varo
Domingo de la 5° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 1,29-39). “Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios”. El inicio de la vida pública del Señor se presenta con muchas ocupaciones, pero con el único afán de cumplir la voluntad de su Padre. Un ejemplo maravilloso de unidad de vida y de aprovechamiento del tiempo.
Evangelio (Mc 1, 29-39)
En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles. Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él, y cuando lo encontraron le dijeron:
—Todos te buscan.
Y les dijo:
—Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido.
Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios.
Comentario
San Marcos nos presenta hoy varios episodios relativos a los comienzos de la vida pública de Nuestro Señor, esos tres años que siguieron a los treinta de la vida oculta, que para los cristianos que viven en medio del mundo tienen un significado tan grande. En realidad, para referirse a esos treinta años se podría emplear la expresión “vida ordinaria de Jesús”.
El texto de hoy ofrece un buen resumen de cómo empezó este nuevo periodo de su vida que terminará con la Pasión, su Muerte redentora y su Resurrección gloriosa, fin principal de la Encarnación. Este resumen constituye además un modelo excelente para los cristianos que tienen que cumplir su misión de apóstoles en la vida de todos los días. Si se leen con atención, esos 11 versículos dan cuenta en cierto modo de un día de la vida del Señor. Se trataba de un sábado, porque el capítulo empieza con el servicio de la sinagoga y vemos además que los habitantes de Cafarnaúm tuvieron que esperar hasta la puesta del sol para llevarle sus enfermos, con el fin de respetar el reposo sabático. Al término de una jornada tan intensa, Jesús los recibe a todos: “curó a muchos” y “expulsó a muchos demonios”. Lo que nos debe animar a recurrir a él cuando encontramos dificultades o tenemos problemas, sin pensar que podemos “molestarle”. Está siempre disponible. También nosotros queremos estar siempre disponibles para los que nos rodean.
San Marcos añade a renglón seguido que “de madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración”, como para poner de relieve la importancia que daba el Señor a la oración, incluso cuando nos sentimos desbordados. Sin oración, la vida interior resulta prácticamente imposible, así como una de sus consecuencias más evidentes, lo que San Josemaría llamaba la “unidad de vida” del cristiano. Ha repetido siempre, incansablemente, “que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser en el alma y en el cuerpo santa y llena de Dios” (Conversaciones, n° 114).
El evangelio, por tanto, nos presenta un ejemplo claro de la unidad de vida del Señor y cómo aprovechaba bien el tiempo del que disponía cada día. En esta línea, podemos establecer una comparación entre las 24 horas del día y el plazo que Dios dispone en las conocidas parábolas de los talentos: “Negociad hasta que vuelva” (Lc 19,13) y de las diez vírgenes “Ya llega el esposo: salid a su encuentro” (Mt 25,6).
Y es que a lo largo de la Santa Escritura se insiste con frecuencia en la idea de un “plazo” para realizar los cometidos. No le gustan a Dios ni la tibieza ni el egoísmo, porque está en juego la salvación de las almas y del mundo. Pidamos a la Santísima Virgen, nuestra Madre, que nos obtenga la misma docilidad y la misma prontitud con las que ella respondió al anuncio de San Gabriel: “Fiat mihi”.
Alphonse Vidal
Domingo de la 5º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 5, 1-11) «Echaré las redes»
Evangelio (Lc 5, 1-11)
Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:
— Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.
Simón le contestó:
— Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.
Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
— Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:
— No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.
Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.
Comentario
Según el relato de san Lucas, Jesús conocía a Simón desde poco antes. Se había alojado en su casa y había curado a su suegra, que tenía fiebre[1]. Ahora, cuando Jesús está predicando en el puerto de Cafarnaún, se toma la confianza de subirse a la barca de Simón, e incluso le pide que deje lo que tiene entre manos (estaba lavando las redes), y la separe un poco de la orilla. Simón estaba cansado y desanimado porque, después de una noche de duro trabajo, no había pescado nada, pero lo hace sin quejarse.
Cuando Jesús termina de hablar, todavía le pide algo más, muy exigente en esas circunstancias: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. También ahora Simón obedece, sin ganas, y comprueba asombrado que sus pobres redes se llenan con una cantidad enorme de peces. ¡Cuántas veces sucede lo mismo en nuestra vida, cuando escuchamos lo que Jesús nos dice, y lo hacemos!
La escena es muy actual. También ahora, sin dar mayor importancia al cansancio y a la aparente infecundidad del esfuerzo de los suyos, Jesús repite a cada cristiano la misma petición: ¡mar adentro! “También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los Apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera”[2].
“Esta es la lógica que guía la misión de Jesús y la misión de la Iglesia: ir a buscar, “pescar” a los hombres y las mujeres […] para restituir a todos la plena dignidad y libertad, mediante el perdón de los pecados. Esto es lo esencial del cristianismo: difundir el amor regenerante y gratuito de Dios, con actitud de acogida y de misericordia hacia todos, para que cada uno puede encontrar la ternura de Dios y tener plenitud de vida”[3].
Jesús prepara poco a poco a Simón para la llamada. Sobre la base de una amistad que construye día a día, pone a prueba su generosidad, y su amigo va comprobando con los hechos que, al final, el Señor es más generoso, y da mucho más de lo que pide. Al arrastrar las redes repletas de peces, queda asombrado y sobrecogido. Reconoce el poder de Dios, que actúa a través de la palabra de Jesús, y este encuentro directo con el Dios vivo, que es capaz de realizar tal prodigio valiéndose de lo poco que puede aportar un pobre hombre, le impresiona profundamente.
Simón tiene miedo, pero Jesús le quita dramatismo a la situación, lo invita a una gran aventura, y le pide una entrega total, un seguimiento sin condiciones. La respuesta de Simón y de los que estaban con él no se hizo esperar: dejadas todas las cosas, le siguieron. “Antes de ser apóstol, pescador. Después de apóstol, pescador. La misma profesión que antes, después. ¿Qué cambia entonces? Cambia que en el alma — porque en ella ha entrado Cristo, como subió a la barca de Pedro — se presentan horizontes más amplios, más ambición de servicio”[4].
Lo que sucedió con aquellos hombres es algo singular pero muy representativo de la llamada que Dios hace a cada uno, con particular claridad en algunos momentos de la vida, para que descubra aquello para lo que ha sido hecho y en donde encontrará la felicidad. La vocación es una llamada divina. El hombre no la diseña, sino que la descubre cuando da una respuesta positiva a la propuesta que el Señor le hace.
La experiencia de las propias limitaciones y de la personal debilidad no es obstáculo alguno. Simón Pedro era consciente de todo eso y, a pesar del miedo inicial, no dudó en seguir a Jesús. También ahora, como sucedió con él, la fuerza de Dios suple nuestras pobres condiciones, siempre que confiemos en el poder de su misericordia y en la acción de la gracia divina que nos transforma y renueva.
[1] Lc 4,38-39.
[2] Benedicto XVI, Homilía en el comienzo del Pontificado, 24.IV.05.
[3] Francisco, Angelus, 7.II.16.
[4] San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 264-265.
Francisco Varo
Lunes de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 6, 53-56): la revolución de la ternura. “Cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron”. La llegada de Jesús a Genesaret supuso una verdadera revolución de la ternura, que trajo la salud a una gran multitud de enfermos. Para ser sanado por Cristo debemos reconocerlo como el Hijo del Padre.
Evangelio (Mc 6, 53-56)
Acabaron la travesía hasta la costa, llegaron a Genesaret y atracaron.
Cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron.
Y recorrían toda aquella región, y adonde oían que estaba él le traían sobre las camillas a todos los que se sentían mal.
Y en cualquier lugar que entraba, en pueblos o en ciudades o en aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas, y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos.
Comentario
La llegada de un personaje importante suele producir una pequeña revolución en los lugares que visita, sobre todo si son sitios poco acostumbrados a vivir grandes sucesos. Lo que suele reinar en los pequeños pueblos es la normalidad de la rutina, la repetitiva cadencia de una vida marcada por la cotidianidad de hacer siempre lo mismo, de ver continuamente a las mismas personas.
Por eso, la llegada de Jesús a Genesaret fue precisamente eso: una revolución. Desde que lo reconocieron, la noticia corrió de boca en boca con la velocidad de quien no quiere desaprovechar la oportunidad de su vida. De ahí que las plazas de aldeas y pueblos se llenaran de enfermos. De ahí que el ruido de las camillas al tocar el suelo se convirtiera en el sonido por excelencia en esa zona de Galilea.
Al Papa Francisco le gusta hablar de la revolución de la ternura que produjo la Encarnación del Hijo de Dios (cfr. Evangelii Gaudium, n. 88). Es fácil imaginarse que sería precisamente eso, ternura, lo que desprendería la mirada de Jesús mientras iba sanando a cada enfermo, mientras, como hizo en otras circunstancias similares, producía en ellos la verdadera revolución: la de perdonarles sus pecados (cfr. Marcos 2, 5).
Pero esa revolución requiere un paso previo: cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron. Solo puede ser sanado por Cristo quien es capaz de reconocerlo. Quizás, como supieron hacer los santos, podemos empezar por reconocer a Jesús en la carne de nuestros hermanos enfermos, sabiendo mirar con ternura todas las heridas de su alma y de su cuerpo.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Martes de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 7, 1-13): lavarse las manos antes de comer. “Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres”. Quizás desde la infancia nos fue inculcada la importancia de lavarse las manos antes de comer. Más que un mandato, sencillamente, es conveniente. A esa madurez podemos aspirar a la hora de vivir los mandamientos, que se ordenan a mantener nuestro corazón limpio para poder contemplar a Dios.
Evangelio (Mc 7, 1-13)
Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas que habían llegado de Jerusalén, y vieron a algunos de sus discípulos que comían los panes con manos impuras, es decir, sin lavar. Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. Y le preguntaban los fariseos y los escribas:
—¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?
Él les respondió:
—Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos”. Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres.
Y les decía:
—¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”. Y “el que maldiga a su padre o a su madre, que sea castigado con la muerte”. Vosotros, en cambio, decís que si un hombre le dice a su padre o a su madre: «Que sea declarada “Corbán” -que significa “ofrenda”- cualquier cosa que pudieras recibir de mí», ya no le permitís hacer nada por el padre o por la madre. Con ello anuláis la palabra de Dios por vuestra tradición, que vosotros mismos habéis establecido; y hacéis otras muchas cosas parecidas a éstas.
Comentario
Quizás muchos de nosotros compartimos un recuerdo común: el de nuestras madres o abuelas insistiéndonos en la importancia de lavarnos las manos antes de comer.
Muchas veces lo habremos hecho a regañadientes, sin darle mayor importancia a las normas de higiene o a la posibilidad de contraer una enfermedad. Nos gustaba jugar, y por lo tanto, ensuciarnos. Nos gustaba comer, y por lo tanto, todo lo que retrasara ese momento era un trámite a evitar.
Sin embargo, obedecíamos. Ya fuera para evitar un castigo, una reprimenda, o simplemente para comer cuanto antes, obedecíamos. También, en el fondo, porque percibíamos que la palabra de la madre o de la abuela venía envuelta en un aura de sabiduría que era necesario respetar.
Pero entonces, crecimos. Y seguimos lavándonos las manos, aunque ya no estuvieran allí madre o abuela para recordárnoslo. Simplemente, el recuerdo de su cariño y la experiencia que hemos ido adquiriendo nos han hecho entender que no era un simple capricho: lavarse las manos era importante. Tenía un sentido. La salud estaba en juego.
Por desgracia, en la vida de quienes criticaban a Jesús se produjo un drama: jamás crecieron. Su amor quedó estancado. Seguían lavándose las manos, pero lo hicieron siempre por miedo al castigo. Nunca entendieron que los mandamientos de Dios no eran un capricho, sino una orientación que se prescribía para la salud de sus almas.
Por eso, no eran capaces de vivir ni siquiera el dulcísimo precepto, como llamaba san Josemaría al cuarto mandamiento. Precisamente porque no captaron que detrás del mandato hay un espíritu. Detrás de ese lávate las manos antes de comer se escondía un profundo anhelo de vernos dignos, sanos y fuertes.
El mismo espíritu que late detrás de cada uno de los diez mandamientos: el deseo que tiene Dios de que tengamos el corazón limpio, sobre todo para poder contemplarlo a Él (cfr. Mateo 5, 8).
Luis Miguel Bravo Álvarez
Miércoles de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 7, 14-23): invertir el movimiento. “Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre”. Vale la pena preguntarse ¿hago al menos el mismo esfuerzo por tener el alma limpia que por tener el cuerpo sano?
Evangelio (Mc 7, 14-23)
Y después de llamar de nuevo a la muchedumbre, les decía:
-Escuchadme todos y entendedlo bien: nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre.
Y cuando entró en casa, ya sin la muchedumbre, sus discípulos le preguntaron el sentido de la parábola. Y les dice:
-¿Así que también vosotros sois incapaces de entender? ¿No sabéis que todo lo que entra en el hombre desde fuera no puede hacerlo impuro, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a la cloaca? De este modo declaraba puros todos los alimentos. Pues decía:
-Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre.
Comentario
Quizás no exista un registro que lo demuestre, pero es factible que la nuestra sea la época de las dietas. Es difícil creer que en otro momento histórico los libros sobre nutrición sana y correctos hábitos alimenticios hayan tenido un índice de ventas tan alto como actualmente.
Sin duda, esto puede considerarse un avance. Los adelantos científicos y médicos han permitido un conocimiento cada vez más detallado del cuerpo humano, de sus reacciones, de lo que le hace bien y de lo que le hace mal. Ese conocimiento, probablemente, ha mejorado la salud y la calidad de vida de mucha gente.
Sin embargo, valdría la pena analizar cómo está la balanza: ¿cuántas de esas personas que dedican dinero, tiempo y esfuerzo al mantenimiento de su cuerpo, están dedicando al menos los mismos recursos al mantenimiento de su alma? ¿Intentan, al menos, leer libros que los orienten en ese sentido?
En este pasaje del evangelio, que va en continuidad con el que leímos ayer, Jesús está intentando ayudar a las personas que le escuchan a fijarse en lo realmente importante: en esa época, por la influencia de los fariseos, había una gran preocupación por la pureza ritual, que incluía la prohibición de una serie de alimentos que podían manchar a la persona.
No obstante, el Señor quiere que se den cuenta de que hace falta invertir el movimiento: no es de afuera hacia adentro como se mancha el alma, es de adentro hacia afuera cómo surge la impureza.
A veces podemos tener la tendencia a poner el énfasis en las circunstancias del ambiente: la publicidad, las conversaciones de los amigos, la influencia negativa de algunos medios. Pero Jesús insiste en que lo primero hacia lo que debemos dirigir nuestra mirada en cada examen de conciencia es nuestro propio corazón. ¿Realmente sabemos hacer dieta de lo que mancha nuestra alma? ¿Realmente sabemos purificar esa fuente de pecado que es nuestra propia interioridad?
Vale la pena que nos preguntemos si por tener el alma limpia hacemos al menos el mismo esfuerzo que por tener el cuerpo sano. Para eso, es muy útil el trato continuo con María Santísima: Ella, que es totalmente pura, irá limpiando con su amor maternal todas estas cosas malas que proceden del interior y hacen impuro al hombre, llevándonos por el camino de la contrición.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Jueves de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 7, 24-30): una fe que atravesaba fronteras. "En cuanto oyó hablar de él una mujer cuya hija tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies". Pidamos una fe que supere las fronteras y que nos lleve a abandonarnos confiadamente en el Señor.
Evangelio (Mc 7, 24-30)
Se fue de allí y se marchó hacia la región de Tiro y de Sidón. Entró en una casa y deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer inadvertido. Es más, en cuanto oyó hablar de él una mujer cuya hija tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies. La mujer era griega, sirofenicia de origen. Y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Y le dijo:
—Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.
Ella respondió diciendo:
—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos.
Y le dijo:
—Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija.
Y al regresar a su casa encontró a la niña echada en la cama y que el demonio había salido.
Comentario
¿Cómo se habrá enterado aquella mujer sirofenicia de quién era Jesús? El evangelio no nos dice nada al respecto. Por su procedencia, probablemente no viviría lejos de Galilea. Y ahí el Señor había obrado muchos milagros, y la gente estaba entusiasmada con su predicación. Además, la esperanza de la llegada del Mesías circulaba entre los judíos, y es lógico que los pueblos colindantes supieran algo sobre los anhelos del Pueblo de Israel.
Sea como fuere, aquella mujer tenía un corazón abierto a la acción de Dios. Los comentarios sobre la disponibilidad de Jesús para atender a la gente necesitada –enfermos, endemoniados, etc.– habrían encendido su esperanza. En el diálogo con Cristo, parece admitir que el Pueblo de Israel tiene una relación especial con el Señor, pues es como el hijo que está a la mesa del padre. Así, podemos adivinar que la sirofenicia tiene cierta fe en las promesas que Dios había hecho a los judíos. Pero ella además intuye que esa relación particular del Señor con su Pueblo no se encierra en sí misma, sino que de algún modo la misericordia de Dios se desborda para llegar a toda la Humanidad.
Esta mujer es un modelo de humildad y de confianza. No tiene reparos en ponerse con la frente en tierra ante los pies de aquel profeta extranjero. Y sabe insistir incluso cuando parece que no tiene muchos argumentos para alcanzar su petición. Ojalá nuestra fe sepa también superar las fronteras, y que se transforme en una oración constante, llena de abandono en el Señor, que nunca mira a nadie con indiferencia.
Rodolfo Valdés
Viernes de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 7, 31-37): hace oír a los sordos. “Le traen a uno que era sordo y que a duras penas podía hablar y le ruegan que le imponga la mano”. A veces sufrimos porque algunos amigos se aíslan y no quieren oír razones para mejorar su vida. Propiciemos que tengan un encuentro personal con Jesús.
Evangelio (Mc 7, 31-37)
De nuevo, salió de la región de Tiro y vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis. Le traen a uno que era sordo y que a duras penas podía hablar y le ruegan que le imponga la mano. Y apartándolo de la muchedumbre, le metió los dedos en las orejas y le tocó con saliva la lengua; y mirando al cielo, suspiró, y le dijo:
—Effetha, que significa: «Ábrete».
Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían:
—Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
Comentario
La curación del sordomudo nos puede servir para considerar cómo en la vida espiritual el Señor es capaz de hacer que se vuelvan abrir los oídos del corazón y se desate su lengua. El evangelio dice que aquel pobre enfermo es llevado a Jesús por otros: probablemente sus allegados habrían intentado todo tipo de medios para curarlo, pero con poco éxito. Ahora se limitan a propiciar ese encuentro personal con Jesús.
Esto también sucede en la vida espiritual: en ocasiones, podemos sufrir al ver amigos que se aíslan, que no quieren hablar de sus problemas ni oír razones para cortar con lo que los aleja de Dios. ¿Qué hacer? Favorecer el encuentro personal con Cristo: primero, con la oración y la mortificación, después quizá con un comentario abierto, que invite a reflexionar personalmente; así, esos amigos pueden avanzar por un plano inclinado, como decía san Josemaría.
Jesús apartó de la muchedumbre al enfermo antes de realizar el milagro. Para entrar en contacto con el Señor, muchas veces es necesario apartarse de lo que produce ruido. No es tanto el rumor exterior, sino el interior: el que se provoca cuando se pierde el equilibrio y se da rienda suelta a todas las peticiones de la vista, el gusto, la comodidad… Un primer paso para la conversión suele ser el reconocer que una vida vertida hacia afuera produce un vacío interior en el que solo se escucha un ruido inconsistente. Vale la pena poner un freno a ciertas peticiones de los sentidos para así trabajar en nuestra interioridad. Y ahí se encuentra a Cristo.
El evangelio de hoy termina con el entusiasmo de la gente que contempla el milagro. «Todo lo ha hecho bien» (v. 31). También nosotros podremos maravillarnos de cómo el Señor es capaz de reparar todas las situaciones, si acudimos a Él con fe.
Rodolfo Valdés
Sábado de la 5.ª semana del tiempo ordinario (Mc 8, 1-10): Jesús no abandona a los que apuestan por Él. “Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer”. Jesús se compadece de esas personas y le importa que reciban no solo el alimento espiritual, sino también el material. El Señor nos enseña a interesarnos por cada persona en su singularidad, con sus necesidades espirituales y físicas.
Evangelio (Mc 8, 1-10)
En aquellos días, reunida de nuevo una gran muchedumbre que no tenía qué comer, llamando a los discípulos les dijo:
—Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer; y si los despido en ayunas a sus casas desfallecerán en el camino, porque algunos han venido desde lejos.
Y le respondieron sus discípulos:
—¿Quién podrá alimentarlos de pan aquí, en un desierto?
Les preguntó:
—¿Cuántos panes tenéis?
—Siete –respondieron ellos.
Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomando los siete panes, después de dar gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran; y los distribuyeron a la muchedumbre. Tenían también unos pocos pececillos; después de bendecirlos, mandó que los distribuyeran. Y comieron y quedaron satisfechos, y con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas. Eran unos cuatro mil. Y los despidió.
Y subiendo enseguida a la barca con sus discípulos, se fue hacia la región de Dalmanuta.
Comentario
¡Cuál sería la fuerza de la palabra de Jesús, la bondad que irradiaba y la esperanza que infundía que arrastraban a la muchedumbre! Ellos van detrás de Él, sin hacer muchos cálculos para sus provisiones. Algunos incluso habían llegado desde lejos para escucharlo. Estas personas nos enseñan a traducir en obras nuestro deseo de conocer más al Señor. Es verdad que quizá todavía no comprenden exactamente el sentido sobrenatural de su misión, pero saben poner sacrificio en lo que vale la pena.
Jesús se compadece sinceramente por ellos. Manifiesta así que no es un simple líder que busca la realización de un ideal abstracto, sino que mira a cada persona en concreto. Les ha dado el alimento de sus enseñanzas y ahora, por añadidura, les dará el alimento material para que no desfallezcan. Nosotros, que queremos ser apóstoles del Señor, podemos aprender de este detalle a interesarnos por cada persona en su singularidad: el amor que Dios pone en nosotros hace que nos preocupemos por la salud espiritual y física de los demás. También en los detalles más materiales se manifiesta el amor divino.
«Y comieron y quedaron satisfechos, y con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas» (v. 8). El milagro que el Señor obra está marcado por la abundancia. Los que habían ido detrás de Él –y nosotros con ellos– reciben una amplia confirmación de que Jesús no abandona a los que apuestan por Él.
Rodolfo Valdés

Domingo de la 6º semana del Tiempo ordinario (Ciclo A: Mt 5,17-37): La plenitud de la Ley
Domingo de la 6° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 1,40-45). “Si quieres, puedes limpiarme”. Comentario del domingo “Quiero, queda limpio”. Si nuestro corazón manchado está decidido a apartarse del mal, y, como el leproso del Evangelio acudimos a Jesús en el sacramento de la Reconciliación, también experimentaremos como él la eficacia de sus palabras que sanan, renuevan y reconfortan.
Domingo de la 6.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 6, 17. 20-26) el poema del amor divino. "Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis". Unidos a Cristo, adquirimos la fuerza para transformar el sufrimiento en amor redentor.
Lunes de la 6° semana del tiempo ordinario (Mc 8,11-13): no hay señal. “¿Por qué esta generación pide una señal?”. El testimonio de nuestra vida cristiana corriente puede ser la mejor señal para esta generación.
Martes de la 6° semana del tiempo ordinario (Mc 8,14-21): Olvido de Dios. “¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido el corazón?”. Para comprender a Jesús necesitamos un corazón que le escuche en la oración, para que se entable con Él un diálogo sincero.
Miércoles de la 6ª semana del tiempo ordinario (Mc 8, 22-26). “Después le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas” Cuando nos acercamos a la Confesión vemos la realidad con mayor claridad. ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo.
Jueves de la 6ª semana del tiempo ordinario (Mc 8, 27-33). “¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres”. Cuando cuidamos la oración y el diálogo habitual con el Señor, adquirimos la visión sobrenatural: nuestras pupilas se dilatan y el enfoque de nuestros planteamientos se engrandece.
Viernes de la 6ª semana del tiempo ordinario (Mc 8, 34 – 9, 1): El hombre en busca de sentido. “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?”: Es en la oración dónde encaminamos nuestras acciones hacia el fin último y dónde podemos ayudar a tantas personas a encontrar a Dios en sus actividades ordinarias.
Sábado de la 6ª semana del tiempo ordinario (Mc 9, 2-13): Compartir la alegría recibida. “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. El encuentro con Dios en la oración nos conduce, como los discípulos que bajan inmensamente alegres de la montaña, al encuentro de las demás personas. Dios nos llama a compartir la gracia y la alegría recibida en la oración.
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Domingo de la 6º semana del Tiempo ordinario (Ciclo A: Mt 5,17-37): La plenitud de la Ley
Evangelio (Mt 5,17-37)
No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.
Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.
Comentario
En el evangelio según san Mateo hay cinco grandes discursos de Jesús intercalados por narraciones de hechos y milagros. El pasaje de este domingo forma parte del primero de esos discursos, el Sermón de la Montaña, y consiste en un fragmento de las llamadas “antítesis”. La atractiva novedad que predica el Maestro no cae en el fácil tópico de la trasgresión de la norma establecida o de su abolición: “no he venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud”. Para ser ciudadanos del Reino de los cielos, Jesús propone lo de siempre, pero de una forma nueva, plena y perfecta: la que Él mismo encarna. Y la ley del amor que Jesús inaugura exige plenitud hasta en lo más pequeño.
En el discurso aparece varias veces una expresión peculiar para mencionar la Ley de Moisés: “Habéis oído que se dijo”. Esta fórmula remite por un lado a la tradición oral en Israel (“habéis oído”), por medio de la cual los maestros enseñaban cómo vivir con justicia, es decir, según la voluntad de Dios expuesta en la Ley. Por otro lado, la fórmula “se dijo” es una manera semítica de evitar el nombre de Dios por respeto: es decir, fue Dios quien dijo, y de Él viene la Ley Mosaica. Jesús se sitúa por encima de Moisés y con la misma autoridad legisladora de Dios: “pero yo os digo”.
Para refrendar el valor de la vida humana, la Ley decía “no matarás” (Ex 20,13; Dt 5,17), porque serás reo de juicio (cfr. Lv 24,17). Jesús asegura que hasta la ira hacia otro y el insulto ya nos hacen merecedores de castigo; y maldecir a otro, merece incluso el infierno. Es tal la dignidad de la persona, que antes se debe arreglar la más mínima afrenta con otro que hacer a Dios ofrendas.
Con motivo del precepto sobre el adulterio (cfr. Ex 20,14; Dt 5,18), Jesús vuelve a subrayar desde otro punto de vista el excelso respeto hacia los demás que subyace en la Ley. Si el adulterio consiste en adueñarse por satisfacción personal de una persona casada, esto no debe hacerse ni siquiera en el fuero interno, donde se comete el mismo pecado, aunque no se realice externamente: “ha cometido adulterio en su corazón” (v. 28).
“Si tu ojo derecho te escandaliza…” (v. 29). Por medio de exageraciones que son muy comunes en la retórica semítica, Jesús aclara que es mejor perder parte de uno mismo antes que pecar y merecer el infierno por entero. Literalmente, “escandalizar” no significa tanto inquietar la buena decencia de alguien como moverlo con eficacia a obrar mal. Si algo en uno mismo se opone a la ley del amor y el respeto al otro, debe ser arrancado, incluso lo más estimado, como da a entender la expresión “ojo derecho” o la “diestra”.
En la antigua costumbre del repudio, la legislación mosaica introdujo la obligación del libelo: es decir, un acta firmada por el marido que permitía a la mujer ser recibida por otro hombre. Sin embargo, para subrayar la grandeza y dignidad del vínculo matrimonial con una mujer, Jesús hace inválidos todos los repudios, ya que siguen exponiendo al adulterio a la mujer y a quien la recibiera. Y de esto se hacía culpable el repudiador. No es fácil interpretar la excepción a esta culpa que menciona Jesús: “en caso de fornicación (porneia)” (v. 32). Puede referirse a rechazar a una mujer con la que se tiene una unión ilegítima.
También Jesús enseña acerca de la ley mosaica sobre los juramentos (cfr. Lv 19,12; Nm 30,3; Dt 23,22), la cual busca evitar la mentira y el engaño. Estos se producían más fácilmente si al hacerlos se invocaba a Dios o a algo muy valioso; por eso eran más graves. Jesús resuelve toda casuística y juramento grandilocuente exigiendo sencillez y honestidad: “que vuestro modo de hablar sea ‘Sí, sí’; ‘No, no’. Lo demás “viene del maligno” (V. 37), quizá porque la necesidad de subrayar más la palabra dada es un inicio de sospecha.
Pablo M. Edo
Domingo de la 6° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 1,40-45). “Si quieres, puedes limpiarme”. Comentario del domingo “Quiero, queda limpio”. Si nuestro corazón manchado está decidido a apartarse del mal, y, como el leproso del Evangelio acudimos a Jesús en el sacramento de la Reconciliación, también experimentaremos como él la eficacia de sus palabras que sanan, renuevan y reconfortan.
Evangelio (Mc 1,40-45)
Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía:
— Si quieres, puedes limpiarme.
Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo:
— Quiero, queda limpio.
Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio. Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo:
— Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que les sirva de testimonio.
Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes.
Comentario
En este pasaje del Evangelio se nos presenta una nueva curación milagrosa llevada a cabo por Jesús que, además, está cargada de un gran contenido simbólico.
Según las prescripciones del Levítico la lepra no era considerada sólo como una enfermedad, sino también como un grave tipo de impureza ritual que lleva consigo la obligación de estar aislado mientras perdurase (Lv 13,1-59). Correspondía a los sacerdotes diagnosticar a quienes presentaban los síntomas, así como certificar la curación, si es que llegaba a producirse.
Es fácil hacerse cargo de los sufrimientos que implicaba a las personas que la contraían, ya que, además de las graves molestias propias de la enfermedad, debían abandonar sus casas y sus pueblos y vagar por lugares deshabitados, lejos del contacto con otras personas. Tener lepra era como estar muerto en vida, alejado tanto de la vida civil como de la religiosa. Por eso, también su curación es como una resurrección.
Aquel hombre leproso, al ver desde lejos que Jesús pasaba con sus discípulos por algún camino de la zona en la que estaba, sentiría removerse su corazón con la esperanza de que pudiera hacer algo por él. Por eso se acerca al Maestro y, todavía lejos, arrodillado en su presencia, le habla lleno de confianza en que Jesús tenía poder para hacerlo. A la vez se dirige al Señor de modo muy respetuoso con lo que decidiera hacer finalmente: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Jesús se compadeció al instante de este hombre, se acercó a él, extendió su mano para tocarlo y le dijo: “Quiero, queda limpio”. E inmediatamente se produjo su curación. El hecho de extender la mano y tocar el cuerpo llagado del leproso, pone de manifiesto que Dios, de ordinario, se quiere servir de gestos, de signos sensibles, que por la acción divina son eficaces. El simple hecho de tocar no cura, pero el poder de Dios a través de ese gesto, sana en profundidad a aquella persona.
Es algo análogo a lo que sucede en los sacramentos, que fueron instituidos por nuestro Señor Jesucristo. Son signos sensibles que, por la acción divina que actúa en ellos, producen eficazmente la gracia que significan.
En la lepra se puede ver un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, que lleva consigo un alejamiento de Dios. A diferencia de lo que establecían las antiguas normas rituales del Levítico la enfermedad física no nos separa de Dios, sino la culpa, las manchas morales y espirituales del alma.
También en ocasiones podemos sentirnos manchados por nuestras faltas y pecados, e incapaces de salir con nuestras propias fuerzas de esa situación. Entonces es el momento de dirigirnos a Jesús con la misma fe fuerte de aquel hombre: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y, si nuestro corazón está decidido a apartarse del mal con la ayuda del Señor y acudimos al sacramento de la Reconciliación, también podremos experimentar la eficacia de sus palabras: “Quiero, queda limpio”.
Los pecados que hayamos podido cometer -aunque hayan llegado a producir la muerte del alma, como las manchas en la piel de aquel leproso lo habían hecho morir en cierto modo- quedan limpios cuando los confesamos humildemente. En este sacramento, Jesucristo, con infinita misericordia, nos renueva y reconforta por medio de sus ministros, permitiéndonos recomenzar una nueva vida llena de paz y alegría.
Francisco Varo
Domingo de la 6.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 6, 17. 20-26) el poema del amor divino. "Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis". Unidos a Cristo, adquirimos la fuerza para transformar el sufrimiento en amor redentor.
Evangelio (Lc 6, 17. 20-26)
Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano. Y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén y del litoral de Tiro y Sidón,
Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:
—Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
»Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
»Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
»Bienaventurados cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas.
»Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
»¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre!
»¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!
»¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!
Comentario
El evangelio de este domingo recoge uno de los pasajes más sorprendentes y nucleares de la predicación de Jesús: las bienaventuranzas, que son con su lenguaje paradójico una enseñanza sobre la verdadera felicidad que todos los hombres buscan. San Josemaría las definía como “un poema del amor divino”[1]. De hecho, como explica el Papa Francisco, “las bienaventuranzas son el retrato de Jesús, su forma de vida; y son el camino de la verdadera felicidad, que también nosotros podemos recorrer con la gracia que nos da Jesús”[2]. Lucas nos muestra al Maestro de pie en un llano, predicando con autoridad y majestad. Mezclados entre la muchedumbre, hoy podemos sentir como dirigidas a nosotros sus palabras.
“Bienaventurados los pobres”. En la vida de un cristiano la pobreza no es opcional: sin ella no se es discípulo ni tampoco dichoso. Todos hemos de vivirla como el Maestro. Y para encarnar la pobreza en medio del mundo, san Josemaría recomendaba: “te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades”[3]. Frente a un clima general de consumismo, es necesario revisar con frecuencia si estamos desprendidos de las cosas que usamos; si vivimos ligeros de equipaje para seguir de cerca a Jesús y empezar a poseer “el Reino de Dios”. Si vivimos la pobreza sabremos cuidar también con generosidad de los demás y en especial de los pobres y los que pasan necesidad, a los que nunca veremos con indiferencia.
“Bienaventurados los que ahora pasáis hambre”. En la opulencia de los ricos y saciados no hay sitio para Dios y los demás. En cambio, quienes viven con sobriedad y templanza empiezan a “ser saciados” por Dios. Se trata de disfrutar de los bienes terrenos con agradecimiento, pero de forma que nos lleven a desear los bienes espirituales. Esta bienaventuranza nos invita también a trabajar con confianza en la providencia: mientras procuramos ganar con rectitud el sustento necesario, mantenemos la serenidad ante las posibles estrecheces, porque Dios nunca abandona a sus hijos.
Jesús dice también que son bienaventurados los que ahora lloran, porque luego reirán. Cuando un cristiano procura imitar al Maestro, “experimenta la íntima relación entre cruz y resurrección”[4], como explicaba Benedicto XVI. Unidos a Cristo, adquirimos la fuerza para transformar el sufrimiento en amor redentor. Tenemos entonces la misma alegría que vivió el Señor en su Pasión, porque con ella nos alcanzaba el don del Espíritu Santo y nos abría las puertas del Cielo. Con esta esperanza y consuelo, el cristiano es consuelo para los demás; “puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas”, nos dice el Papa Francisco[5].
Por último, Jesús llama bienaventurados a los que sufren persecución o rechazo por su causa. Nuestra coherencia de cristianos corrientes puede chocar o molestar a otros. Pero hemos de ser valientes para reflejar con nuestra conducta recta el Rostro amable de Jesús que todas las personas buscan. En esto podemos seguir el consejo que daba san Pedro a los primeros cristianos: “si tuvierais que padecer por causa de la justicia, bienaventurados vosotros: No temáis ante sus intimidaciones, ni os inquietéis, sino glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero con mansedumbre y respeto, y teniendo limpia la conciencia, para que quienes calumnian vuestra buena conducta en Cristo, queden confundidos en aquello que os critican” (1Pedro 3,14-18). En resumen, y en contra de lo que pueda parecer, nuestra dicha no radica en la posesión ilimitada de bienes. Tampoco en conseguir a toda costa la aprobación ajena. La felicidad está más bien en la identificación con Cristo.
[1] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 25-XII-1972, (AGP, P09, p. 186), cita publicada en E. Burkhart y J. López, Vida cotidiana y santidad. 3: En la enseñanza de San Josemaría, Rialp, Madrid 2013. 125.
[2] Papa Francisco, Audiencia 6 agosto 2014.
[3] San Josemaría, Amigos de Dios, 123.
[4] Benedicto XVI, Jesús Nazaret, 100.
[5] Papa Francisco, Gaudete et exultate, 76
Pablo Edo
Lunes de la 6° semana del tiempo ordinario (Mc 8,11-13): no hay señal. “¿Por qué esta generación pide una señal?”. El testimonio de nuestra vida cristiana corriente puede ser la mejor señal para esta generación.
Evangelio (Mc 8,11-13)
En aquel tiempo:
Salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole, para tentarle, una señal del cielo. Suspirando desde lo más íntimo, dijo:
— ¿Por qué esta generación pide una señal? En verdad os digo que a esta generación no se le dará ninguna señal.
Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se marchó a la otra orilla.
Comentario
El sábado pasado gozábamos al contemplar a Jesús compadecido de la muchedumbre hambrienta. Con unos pocos panes, les da de comer hasta que todos quedan saciados: una prodigiosa señal del cielo. Pero hoy nos quedamos contrariados: después del gran milagro, los fariseos se enfrentan a Jesús y le piden otro milagro. Y Jesús se estremece: ¿es posible tanta dureza de corazón? ¿Por qué piden una señal? La respuesta es un no rotundo. No habrá señal.
Algo parecido ocurre con la técnica del sonido: a veces un receptor dice: “no hay señal”, porque hay un fallo de conexión con el emisor. Aquí no hay conexión entre Jesús y los que van en busca de Él con mala intención: no para escuchar su palabra sino para contradecirla. Y como no consiguen vencerlo verbalmente, le piden que demuestre su verdad con un signo del cielo. Creen en los milagros, pero no en la palabra de quien hace esos milagros. En definitiva, no creen en Jesús. Es más, lo rechazan. Le dan la espalda con su actitud, y Jesús no puede hacer otra cosa que darles también la espalda retomando su travesía en barca. No es la primera vez que vemos a Jesús “entristecido por la ceguera de los corazones” (Marcos 3,5).
¿Qué señal puede servir para unos corazones endurecidos? Ninguna. Más bien, la señal es no darles ninguna señal. Debió de ser muy doloroso para Jesús tener que dejarlos sin poder practicar con ellos la misericordia. Quizá era la única salida para ellos, para su posible conversión. Como nos enseña San Josemaría, “Jesús jamás se muestra lejano o altanero, aunque en sus años de predicación le veremos a veces disgustado, porque le duele la maldad humana. Pero, si nos fijamos un poco, advertiremos en seguida que su enfado y su ira nacen del amor: son una invitación más para sacarnos de la infidelidad y del pecado”[1].
[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 162, homilía “El corazón de Cristo, paz de los cristianos”.
Josep Boira
Martes de la 6° semana del tiempo ordinario (Mc 8,14-21): Olvido de Dios. “¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido el corazón?”. Para comprender a Jesús necesitamos un corazón que le escuche en la oración, para que se entable con Él un diálogo sincero.
Evangelio (Mc 8,14-21)
En aquel tiempo:
Se olvidaron de llevar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan. Y les advertía diciendo:
— Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.
Y ellos comentaban unos con otros que no tenían pan. Al darse cuenta Jesús, les dice:
— ¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido el corazón? ¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís? ¿No os acordáis de cuántos cestos llenos de trozos recogisteis, cuando partí los cinco panes para cinco mil?
— Doce — le respondieron.
— Y cuando los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?
— Siete — le contestaron.
Y les decía:
— ¿Todavía no comprendéis?
Comentario
Contemplamos hoy a Jesús todavía con el sinsabor del desencuentro con quienes, para tentarle y sin fe, le pedían una señal. Por eso, hoy, con la imagen de la levadura, advierte a sus discípulos de un grave peligro: dejar que se meta en sus corazones la misma actitud. La levadura tiene la cualidad de hacer fermentar toda la masa. Es indispensable su uso en algunos alimentos, y, una vez ha actuado, podríamos decir, no hay vuelta atrás. Precisamente por eso, usada como imagen, puede tener sentido positivo o negativo. En la parábola de la levadura que una mujer echa en tres medidas de harina, Jesús quiere expresar la fuerza transformadora del Reino que Él trae (cf. Mateo 13,33). Pero aquí es expresión de la falta de fe, de la ceguera de corazón, de la doblez.
La advertencia de Jesús tiene su motivo, pues sus discípulos están como en otra longitud de onda, preocupados por su olvido: no han llevado provisiones para la travesía por el mar de Galilea. ¡Tanto pan que había sobrado en el milagro de la multiplicación de los panes! Y ahora corren el peligro de quedarse hambrientos. Están casi obcecados, como si Jesús no estuviese con ellos. Tienen ojos para verle, pero no lo ven; tienen oídos para oirle pero no lo oyen. (cf. Jeremías, 5,21).
Por eso, su olvido verdadero y peligroso no es el del pan sino el de no recordar las acciones de Dios con ellos. “¿No os acordáis...?”, les reprocha paternalmente. Han de saber que con Jesús a su lado, no deben temer. No hay preocupación que valga si Jesús está en sus vidas. Pero todavía están faltos de esa visión sobrenatural: todavía no han recibido el Espíritu Santo. Consuela comprobar la paciencia de Jesús con sus discípulos. No los ha elegido por sus grandes cualidades, porque sean hombres irreprochables. Pero sí tienen la sencillez de escuchar a Jesús, aunque en esta ocasión, para un severo reproche. Por eso, Él seguirá confiando en ellos para la misión de llevar la buena levadura del Reino de Dios a todas partes.
Josep Boira
Miércoles de la 6ª semana del tiempo ordinario (Mc 8, 22-26). “Después le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas” Cuando nos acercamos a la Confesión vemos la realidad con mayor claridad. ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo.
Evangelio (Mc 8, 22-26)
Llegan a Betsaida y le traen un ciego suplicándole que lo toque. Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea y, poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó:
—¿Ves algo?
Y alzando la mirada dijo:
—Veo a hombres como árboles que andan.
Después le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas.
Y lo envió a su casa diciéndole:
—No entres ni siquiera en la aldea.
Comentario
El evangelio de hoy sitúa a Jesús y sus discípulos en Betsaida. Ciudad de la que Jesús dijo “-¡Ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza”. (Mc 11, 21) Betsaida era la patria de Felipe, Andrés y Pedro. En ella muchos milagros se habían cumplido y muchas palabras de vida eterna se habían escuchado.
Las acciones de Cristo para devolver la vista a este hombre ciego están cargadas de simbolismo. En otro momento del Evangelio, Jesús cura a un ciego de nacimiento. Mezcla la saliva con la tierra. Este gesto recuerda el pasaje del libro del Génesis donde se narra la creación del hombre como una figura de barro a la que el soplo de Dios infunde la vida (Gn 2,7). Jesús, al curar a ese hombre, está llevando a cabo una nueva creación. El hombre ciego, no solo va a recuperar la vista, sino que es llamado por Jesús a comenzar una nueva vida.
A lo largo del todo el Evangelio, Jesús da prioridad a los milagros interiores frente a los exteriores. Valora más el perdón de los pecados que la curación de una enfermedad. Llama la atención como Jesús no quiere dar publicidad al milagro e invita al hombre, tras la curación, a no pasar por la aldea. No quiere llamar la atención, quiere nuestra conversión personal. Nosotros también estamos necesitados de curaciones interiores, de limpiezas en nuestra alma.
Cuando nos acercamos a la Confesión, Dios cura nuestras heridas, limpiamos el alma de nuestros pecados. Y entonces, vemos las cosas más claras, más nítidas. San Josemaría lo expresaba así “Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica.”
[1] San Josemaría, Forja, n. 192.
“Evangelio del jueves: Necesidad de la visión sobrenatural
Jueves de la 6ª semana del tiempo ordinario (Mc 8, 27-33). “¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres”. Cuando cuidamos la oración y el diálogo habitual con el Señor, adquirimos la visión sobrenatural: nuestras pupilas se dilatan y el enfoque de nuestros planteamientos se engrandece.
Evangelio (Mc 8, 27-33)
Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino comenzó a preguntar a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que soy yo?
Ellos le contestaron:
—Juan el Bautista. Y hay quienes dicen que Elías, y otros que uno de los profetas.
Entonces él les pregunta:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Le responde Pedro:
—Tú eres el Cristo.
Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar después de tres días.
Hablaba de esto claramente. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo:
—¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.
Comentario
Jesús recorría grandes distancias a pie con sus discípulos para llevar el evangelio a todos los lugares. En el pasaje de este domingo, lo encontramos a 60 kms. al norte de Cafarnaúm, en la famosa Cesarea de Filipo, ciudad rica en vegetación y agua, que Herodes fundó en honor de César Augusto y entregó a su hijo Filipo. Fue esta ciudad y sus aldeas circundantes las que provocaron de alguna manera la pregunta de Jesús sobre su propia identidad: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?” (v. 27).
Frente a las explicaciones inadecuadas de las gentes, Pedro es el único que sabe ofrecer la respuesta más acorde con el misterio de la Persona de Jesús: “Tú eres el Cristo” (v. 29). Sin embargo, Pedro entiende a su manera esta verdad y, en el fondo, es tan humano en sus juicios como los demás, porque cuando Jesús anuncia sus padecimientos, Simón los rechaza con violencia.
Pedro debió ser tan vehemente en su cariño mal enfocado que mereció de Jesús una advertencia rotunda y grave: “¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres” (v. 33).
Para ser buenos cristianos y no contristar al Señor, necesitamos visión sobrenatural, es decir, la capacidad de ver las cosas y las personas como Dios mismo las ve. Y esto no siempre es fácil. Sobre todo, cuando se trata de admitir la cruz y lo que nos hace sufrir como parte de los planes de Dios.
Como explicaba san Josemaría, “la gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen”[1].
Cuando cuidamos la oración y el diálogo habitual con el Señor, cuando reservamos unos tiempos fijos a tratar a solas con Dios, adquirimos la visión sobrenatural: nuestras pupilas se dilatan y el enfoque de nuestros planteamientos se engrandece; nuestra comprensión de las cosas adquiere nuevas perspectivas y sabemos vislumbrar horizontes insospechados: los horizontes de Dios.
[1] San Josemaría, Camino, n. 279.
Pablo Edo
Viernes de la 6ª semana del tiempo ordinario (Mc 8, 34 – 9, 1): El hombre en busca de sentido. “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?”: Es en la oración dónde encaminamos nuestras acciones hacia el fin último y dónde podemos ayudar a tantas personas a encontrar a Dios en sus actividades ordinarias.
Evangelio (Mc 8, 34 – 9, 1)
Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Pues ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles.
Y les decía:
—En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean el Reino de Dios que ha llegado con poder.
Comentario
En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda que debemos buscar aquello que realmente da sentido a nuestra vida y a nuestras acciones. San Josemaría escribía “¿qué aprovecha al hombre todo lo que puebla la tierra, todas las ambiciones de la inteligencia y de la voluntad? ¿Qué vale esto, si todo se acaba, si todo se hunde, si son bambalinas de teatro todas las riquezas de este mundo terreno; si después es la eternidad para siempre, para siempre, para siempre? (...). Mienten los hombres, cuando dicen para siempre en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el para siempre cara a Dios; y así has de vivir tú, con una fe que te ayude a sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en la eternidad que de verdad es para siempre”[1].
Muchas personas andan por los senderos de la vida sin considerar su destino eterno. Otras muchas cosas ocupan su tiempo, sin preguntarse sobre las cuestiones más importantes de la vida. Tú y yo, podemos andar por la vida sin un rumbo claro, entretenidos con múltiples tareas. Todo cristiano debe realizar un esfuerzo por conocer la dignidad a la que Dios le llama, la felicidad sin término a la Dios nos llama. No podemos andar por la vida como indiferentes ante nuestra verdad más profunda.
Es por ello que la oración se muestra como una herramienta fundamental, detenerse a hablar con Dios, cara a cara. En ella encaminamos nuestras acciones al fin último, pero también para ayudar a tantas personas que andan como caminantes errantes por este mundo. Como cristianos, tú y yo estamos llamados a despertar las conciencias de las personas, mostrarles la mayor dicha a la que han sido convocados.
El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio. “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”[3], decía san Josemaría. “Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales”[4].
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 200.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 130.
[2] San Josemaría, Surco, n. 795.
[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 216.
Pablo Erdozáin
Sábado de la 6ª semana del tiempo ordinario (Mc 9, 2-13): Compartir la alegría recibida. “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. El encuentro con Dios en la oración nos conduce, como los discípulos que bajan inmensamente alegres de la montaña, al encuentro de las demás personas. Dios nos llama a compartir la gracia y la alegría recibida en la oración.
Evangelio (Mc 9, 2-13)
Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús:
— Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube:
— Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle.
Y luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie: sólo a Jesús con ellos.
Mientras bajaban del monte les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos retuvieron estas palabras, discutiendo entre sí qué era lo de resucitar de entre los muertos.
Le preguntaron:
- ¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?
Les contestó:
- Elías vendrá primero y lo renovará todo. Ahora ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito acerca de él.
Comentario
Jesús quiere alimentar la esperanza de los discípulos, manifestando su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Sube a un monte alto, acompañado en primer lugar por tres discípulos, de modo análogo a como Moisés subió al monte Sinaí acompañado por Aarón, Nadab y Abihú, seguidos por los ancianos del pueblo (Ex 24,9). Estos mismos tres apóstoles serían aquellos a los que llamaría en Getsemaní para que lo acompañasen más de cerca, mientras los demás quedaban algo más retirados del lugar donde Jesús rezaba en agonía (Mc 14,33). Contrastan las escenas de esplendor gozoso y sufrimiento angustiado en las que Pedro, Santiago y Juan lo acompañan, pero, a la vez, ambas están inseparablemente relacionadas. No hay gloria sin cruz.
Pedro no puede acallar su alegría y exclama: “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v. 5). Su petición expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo la gloria de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza. Con esos mismos sentimientos clamaba San Josemaría haciendo oración mientras predicaba: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”.
“De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos –decía el Papa Francisco–, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a ‘bajar de la montaña’ y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida”.
Francisco Varo

Domingo de la 7º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 5,38-48) Amad a vuestros enemigos.
Domingo de la 7º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 6, 27-38). Solo el amor vence al odio. "Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará". Es necesario encontrar una salida a los conflictos cotidianos. La propuesta de Jesús es creativa y eficaz: solo el amor es capaz de desarmar el odio.
Lunes de la 7 semana Tiempo Ordinario (Mc 9,14-29) “La fe de un padre”. “¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!”. La seguridad de la omnipotencia de Dios es compatible con la fe siempre insuficiente del hombre, y por eso se hace oración confiada.
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Miércoles de la 7 semana Tiempo Ordinario (Mc 9,38-40) No viene con nosotros”"El que no está contra nosotros, con nosotros está". Dios ha colmado de dones a todas sus hijos, y es en esa riqueza y amplitud de gracia donde podemos apreciar la santidad, la universalidad, la unidad y la misión evangelizadora de la Iglesia.
Jueves de la 7ª semana Tiempo Ordinario (Mc 9,41-50): “Tened en vosotros sal”. Como la sal da sabor a la comida, los discípulos de Nuestro Señor están llamados a dar un sabor cristiano, dando testimonio cristiano en su vida cotidiana. Su ejemplo de vida debe reflejar a Jesucristo y sus enseñanzas.
Viernes de la 7ª semana del Tiempo Ordinario (Mc 10, 1-12). Llamados a amar eternamente. “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. El amor es una decisión que se afirma cada día, en cada instante eligiendo el bien del otro como el tesoro más preciado.
Sábado de la 7ª semana Tiempo Ordinario (Mc 10,13-16) los predilectos de Dios “Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos”.Saberse niños delante de Dios es camino seguro para acercarse a Jesús y tenerle como el mejor Amigo.
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Domingo de la 7º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 5,38-48) Amad a vuestros enemigos.
Evangelio (Mt 5,38-48)
Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.
Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
Comentario
En este pasaje del Evangelio se concluyen las llamadas “antítesis” del Sermón de la Montaña, que ya habíamos comenzado a meditar el domingo pasado.
La primera de ellas invita a erradicar la costumbre ancestral de la venganza. En sociedades muy primitivas, como reacción a un mal sufrido, era normal tomarse la justicia por la propia mano y devolver al agresor un daño mayor. Esto generaba una cadena de agresiones y reacciones cada vez más violentas, que causaban grandes males y sufrimientos. En su momento, la “ley del talión” ayudó a atemperar esas escaladas de violencia al marcar el límite de ojo por ojo y diente por diente (v. 38), estableciendo que el mal devuelto podía ser equivalente al sufrido, pero no mayor.
Sin embargo, Jesús enseña el papel fundamental del perdón. Perdonar implica vencer los sentimientos que reclaman no dejar impune el mal recibido, y eso sólo es posible en sintonía con Cristo, mediante un amor que es más fuerte que el odio. Supone reaccionar como Jesús reaccionó en la cruz ante quienes lo hacían padecer terriblemente: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
La segunda antítesis parte de un mandamiento del Levítico, amarás a tu prójimo (Lv 19,18), al que una mala interpretación popular había añadido y odiarás a tu enemigo. El motivo de este error deriva de una interpretación restrictiva de la palabra “prójimo” que la consideraba sólo relativa a los miembros del pueblo de Israel, y no incluía en ese mandato a quienes no formaban parte de él, de modo que, en la medida en que fueran enemigos, se consideraban merecedores de odio.
También en este caso, Jesús lleva a su plenitud ese mandamiento haciéndolo extensivo a todo ser humano: cualquier persona, independientemente de sus cualidades humanas o morales, es digna de ser amada. También en esto el amor de Dios ha ido por delante, ya que “cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo” (Rm 5,10).
¿Cómo es posible reaccionar así ante la rabia que puede brotar espontáneamente de un corazón dolido? Jesús nos muestra el camino enseñándonos a mirar a Dios como un Padre amoroso que nunca quiere el mal para sus hijos, e incluso está dispuesto a pasar por encima de sus olvidos, infidelidades u ofensas. “Para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la ‘revolución cristiana’, revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los ‘pequeños’, que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida”[1].
En eso consiste la perfección de Dios, y a ese nivel de generosidad llama a todos: “sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (v. 48). Es la misma idea que en el Evangelio de Lucas se formula de modo bien expresivo: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Ahora bien, ¿quién podrá conseguir una meta tan alta? Quien viva siempre como hijo de tan buen Padre. San Cipriano escribía que “a la paternidad de Dios debe corresponder un comportamiento de hijos de Dios, para que Dios sea glorificado y alabado por la buena conducta del hombre”[2].
[1] Benedicto XVI, Ángelus, 18 de febrero de 2007.
[2] S. Cipriano, De zelo et livore, 15. CCL 3a, 83.
Francisco Varo
Domingo de la 7º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 6, 27-38). Solo el amor vence al odio. "Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará". Es necesario encontrar una salida a los conflictos cotidianos. La propuesta de Jesús es creativa y eficaz: solo el amor es capaz de desarmar el odio.
Evangelio (Lc 6, 27-38)
Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Como queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo de igual manera con ellos.
Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes les aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.
No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá.
Comentario
Una vez que Jesús ha presentado las bienaventuranzas, las claves que descubren dónde está la felicidad (cf. Lc 6,20-26), ahora señala el camino para alcanzarla, un sendero duro y espinoso, pero que vale la pena recorrer. Sus palabras son exigentes.
“Amad a vuestros enemigos”. ¿No es esto algo que excede la capacidad humana? Es, ciertamente, costoso pero necesario. Basta abrir los ojos para ver que, en las relaciones profesionales, en el debate político y social, e incluso, a veces, entre amigos y miembros de la propia familia, se hace daño, se comenten injusticias, y no faltan humillaciones, rencores o venganzas. Pero cuando la respuesta a esos atropellos es violenta, las consecuencias son todavía peores. Es necesario encontrar una salida a los conflictos desde otra perspectiva. La propuesta de Jesús es creativa y eficaz: solo el amor es capaz de desarmar el odio.
“Haced bien a los que os odian”. ¿Es justo exigir hacer el bien a quien nos guarda rencor o nos hecho algún mal? “Jesús no pretende alterar el curso de la justicia humana, no obstante, recuerda a los discípulos -observa el Papa Francisco- que para tener relaciones fraternales es necesario suspender los juicios y las condenas. (…) ¡El cristiano debe perdonar! Pero ¿Por qué? Porque ha sido perdonado”[1]. Jesús entregó su vida en la Cruz para traer la salvación al mundo entero, también a sus perseguidores.
“Bendecid a los que os maldicen”. ¡Cuánto destrozan los insultos, las calumnias, las difamaciones, las habladurías, y con qué facilidad nos justificamos cuando nos sumamos al coro de los chismosos! Todos debemos permanecer vigilantes, porque como dice Santiago: “la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, inflama el curso de nuestra vida desde el nacimiento” (St 3,6). La maledicencia no cabe en el perfil del discípulo de Cristo, sino todo lo contrario. Quien ama, habla bien incluso de quienes lo maldicen, y les desea lo mejor, que Dios los bendiga. Reza hasta por aquellos que lo están fastidiando: “rogad por los que os calumnian”.
“Lejos de nuestra conducta, por tanto –señala San Josemaría–, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido –por injustas, inciviles y toscas que hayan sido–, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravios. No podemos olvidar el ejemplo de Cristo”[2]. El camino cristiano no es fácil, requiere afrontar pruebas arduas en las que es inevitable padecer, como Jesús sufrió en la Cruz, pero es un sendero de paz, alegría y amor, que conduce a la felicidad. Solo quienes perdonan se comportan como buenos hijos de Dios Padre misericordioso y serán bienaventurados.
“Con razón, esta página evangélica se considera la carta magna de la no violencia cristiana -comentaba Benedicto XVI-, que no consiste en rendirse ante el mal -según una falsa interpretación de “presentar la otra mejilla” (cf. Lc 6,29)-, sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12,17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. (…). El amor a los enemigos constituye el núcleo de la “revolución cristiana”, revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático (…) sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido”[3].
[1] Francisco, Audiencia general, miércoles 21 de septiembre de 2016
[2] S. Josemaría, Amigos de Dios, 309.
[3] Benedicto XVI, Angelus, 18 de febrero de 2007
Francisco Varo
Lunes de la 7 semana Tiempo Ordinario (Mc 9,14-29) “La fe de un padre”. “¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!”. La seguridad de la omnipotencia de Dios es compatible con la fe siempre insuficiente del hombre, y por eso se hace oración confiada.
Evangelio Mc 9,14-29
En aquel tiempo, al llegar Jesús junto a los discípulos vieron una gran muchedumbre que les rodeaba, y unos escribas que discutían con ellos. Nada más verle, todo el pueblo se quedó sorprendido, y acudían corriendo a saludarle. Y él les preguntó: - ¿Qué estabais discutiendo entre vosotros?
A lo que respondió uno de la muchedumbre: - Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo; y en cualquier sitio que se apodera de él, lo tira al suelo, le hace echar espumarajos y rechinar los dientes y lo deja rígido. Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.
Él les contestó: - ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo.
Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, hizo retorcerse al niño, que cayendo a tierra se revolcaba echando espumarajos. Entonces preguntó al padre: - ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Le contestó: - Desde muy pequeño; y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua, para acabar con él. Pero si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos.
Y Jesús le dijo: - ¡Si puedes...! ¡Todo es posible para el que cree!
Enseguida el padre del niño exclamó: - ¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!
Al ver Jesús que aumentaba la muchedumbre, increpó al espíritu impuro diciéndole: - ¡Espíritu mudo y sordo: yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él!
Y gritando y agitándole violentamente salió. Y quedó como muerto, de manera que muchos decían: - Ha muerto. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y se mantuvo en pie.
Cuando entró en casa le preguntaron sus discípulos a solas: - ¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?
-Esta raza -les dijo- no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración.
Comentario
Al volver del monte Tabor, donde se manifestó la gloria divina en la Transfiguración, Jesús se encuentra con una discusión entre sus discípulos y una gran muchedumbre. Un hombre trajo a su hijo poseído por un demonio mudo y los discípulos del Maestro no pudieron curarle.
Muchas veces Dios parece esconderse y los hombres tenemos que enfrentarnos con problemas que superan nuestras posibilidades. Quiere poner a prueba nuestra fe, la fe que mueve montañas y manifiesta la amistad con Dios. Esta es la gran preocupación de Jesús: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).
Y así el Señor le dice directamente al padre del endemoniado: te preguntas si puedo… “¡Todo es posible para el que cree!”. Se trata de un mensaje que vuelve varias veces a lo largo de los Evangelios. A Maria el ángel le había dicho: “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37) y a los apóstoles, desconcertados por la dificultad que los ricos entren en el reino de los cielos, les dirá: “para los hombres es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible” (Mc 10,27).
Sabemos que Dios lo puede todo y sin embargo, ¡cuántas veces nos parece que nos falta la fe! Por eso nos reconocemos en la exclamación de este padre: “¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!”. Esta oración es una mezcla de fe y de incredulidad, perfecta manifestación de la fe de los hombres. De hecho cada vez que decimos “creo” no sólo estamos manifestando nuestra fe, sino que la estamos pidiendo. Incluso la experiencia de perder la fe es una experiencia que en última instancia pertenece a la fe.
Así podemos considerar estas palabras como la oración más natural, más humana y más desgarradora de los evangelios, y en cierto sentido la esencia misma de la fe. Esta raza de demonios, como todos los males en la vida del hombre, se puede expulsar solo con una oración a Dios llena de confianza.
“Aquel hombre siente que su fe vacila, teme que esa escasez de confianza impida que su hijo recobre la salud. Y llora. Que no nos dé vergüenza este llanto: es fruto del amor de Dios, de la oración contrita, de la humildad. [...] Se lo decimos con las mismas palabras nosotros: ¡Señor, yo creo! Me he educado en tu fe, he decidido seguirte de cerca. Repetidamente, a lo largo de mi vida, he implorado tu misericordia. Y, repetidamente también, he visto como imposible que Tú pudieras hacer tantas maravillas en el corazón de tus hijos. ¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor!” (San Josemaría, Amigos de Dios n. 204)
Giovanni Vassallo
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Miércoles de la 7 semana Tiempo Ordinario (Mc 9,38-40) No viene con nosotros” "El que no está contra nosotros, con nosotros está". Dios ha colmado de dones a todas sus hijos, y es en esa riqueza y amplitud de gracia donde podemos apreciar la santidad, la universalidad, la unidad y la misión evangelizadora de la Iglesia.
Evangelio (Mc 9,38-40)
Juan le dijo:
—Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros.
Jesús contestó:
—No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, con nosotros está.
Comentario
Desde muy temprano, Jesús quiso comunicar a sus discípulos algunos poderes como el de sanar enfermos o expulsar demonios. Ver al Maestro realizar estos signos sorprendería a sus discípulos. Pero no menos admiración les causaba que pudieran realizarlos ellos mismos y que hasta los demonios se les sometieran en su Nombre (cfr. Lc 10,17). El Señor anticipaba, en cierto sentido, la eficacia que iba a otorgar a su Iglesia a lo largo del tiempo, como partícipe y dispensadora de su triunfo sobre el mal.
Pero el evangelio de hoy nos cuenta que el discípulo Juan y algunos otros presenciaron cómo alguien que no era de su grupo realizaba también los mismos signos que ellos. Con una autoridad mal entendida y ejercida, se lo prohibieron.
Aquellos discípulos celosos, se habían adueñado de lo que tan solo eran dones recibidos y juzgaron a otros indignos de recibirlos también. Tuvieron al menos el talento de contarle al Maestro lo sucedido. La corrección de Jesús no se hizo esperar y la lección tampoco: “nadie que haga un milagro en mi nombre puede a continuación hablar mal de mí” (v. 39).
Todos podemos tener cierta tendencia a mirar con recelo a quien no pertenece al propio grupo, a quien no nos resulta familiar o cercano; a quien hace las cosas de otra manera o con otro espíritu. Esto les pasó a los discípulos. Jesús nos enseña a fomentar una mentalidad abierta, acogedora, universal.
La escena nos invita a no ser intolerantes con los demás, “a no oponernos al bien, venga de donde venga” (Beda, in Marcum 3,39), a no impedir que también otros realicen obras buenas, precisamente porque con ellas ya tendrían algo en común con nosotros, aunque no sean de nuestro grupo, familia o carisma. Por otro lado, no tiene sentido minusvalorar lo propio o querer cambiarlo, por el supuesto éxito espiritual ajeno.
San Josemaría resumía la cuestión así: “«Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. —Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia. —Después, tú, a tu camino: persuádete de que no tienes otro» (Camino, n. 965).”
Pablo M. Edo
Jueves de la 7ª semana Tiempo Ordinario (Mc 9,41-50): “Tened en vosotros sal”. Como la sal da sabor a la comida, los discípulos de Nuestro Señor están llamados a dar un sabor cristiano, dando testimonio cristiano en su vida cotidiana. Su ejemplo de vida debe reflejar a Jesucristo y sus enseñanzas.
Evangelio (Mc 9,41-50)
Jesús dijo a sus discípulos, cualquiera que os dé de beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa. “Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ajustaran al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y fuera arrojado al mar. Y si tu mano te escandaliza, córtatela. Más te vale entrar manco en la Vida que con las dos manos acabar en el infierno, en el fuego inextinguible. Y si tu pie te escandaliza, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la Vida que con los dos pies ser arrojado al infierno. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno, donde ‘su gusano no muere y el fuego no se apaga’. Porque todos serán salados con fuego. La sal es buena; pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened en vosotros sal y tened paz unos con otros.”
Comentario
La sal añade sabor a la comida. El discípulo de Jesucristo está llamado a dar sabor a la vida de la comunidad con su forma de vida, por lo que está llamado a “tener sal”. Este sabor lo da sobre todo el buen ejemplo, que se extiende por la comunidad mediante la imitación y que impregna a toda la sociedad.
Jesús nos da el ejemplo de la persona que da de beber a alguien un vaso de agua. La caridad que Jesús espera de sus seguidores suele ser muy sencilla. Dios no olvidará tal acto de bondad; ve, recuerda y recompensa a la persona que mostró compasión. Pero, por supuesto, no debemos limitar nuestra caridad a los demás cristianos; debemos compartir nuestra bondad con todo tipo de personas, y así seguimos el ejemplo de Nuestro Señor, que fue compasivo y misericordioso con todos. Y así, los cristianos establecen una norma que la gente de su entorno puede notar y adoptar para sí misma.
Luego Jesús nos advierte que, por otra parte, el mal ejemplo será castigado. Porque como los cristianos están llamados a dar un estándar a los demás, si dan mal ejemplo pueden fácilmente hacer tropezar a los demás. Las palabras de nuestro Señor son muy fuertes: “al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ajustaran al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y fuera arrojado al mar” (Mc 9,42). Y todo lo que hay en nosotros que pueda llevarnos a pecar ha de ser “cortado”, o “sacado”.
Lo que es cierto para el individuo es también cierto para la comunidad. Aunque la sal en sí misma no se estropea, los productos salados pueden estropearse; del mismo modo, el espíritu cristiano dentro de una comunidad no puede darse por sentado; hay que alimentarlo o existe el peligro de que se deteriore con el tiempo y acabe perdiéndose por completo.
Por eso, en palabras de San Josemaría, los cristianos deben trabajar continuamente para “llevar el fermento del mensaje cristiano” a la sociedad (cfr. Conversaciones con Mons. Escrivá, 59), dando testimonio en su vida cotidiana . El modo de actuar, de hablar, de mirar e incluso de pensar debe reflejarle a Él y a sus enseñanzas.
Andrew Soane
Viernes de la 7ª semana del Tiempo Ordinario (Mc 10, 1-12). Llamados a amar eternamente. “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. El amor es una decisión que se afirma cada día, en cada instante eligiendo el bien del otro como el tesoro más preciado.
Evangelio Mc 10, 1-12
Saliendo de allí llegó a la región de Judea, al otro lado del Jordán, y de nuevo se congregó ante él la multitud. Y, como era también su costumbre, se puso a enseñarles. Se acercaron entonces unos fariseos que le preguntaban, para tentarle, si le es lícito al marido repudiar a su mujer.
Él les respondió: —¿Qué os mandó Moisés?
Moisés permitió darle escrito el libelo de repudio y despedirla —dijeron ellos. Pero Jesús les dijo: —Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto. Pero en el principio de la creación los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Una vez en la casa, sus discípulos volvieron a preguntarle sobre esto. Y les dijo: —Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.
Comentario
Jesús está en medio de la gente. Allí escucha, acompaña, enseña, cura. Incluso a aquellos que no quieren escuchar, aprender o ser curados.
Como en esta ocasión, en la que unos fariseos se presentan ante Él para ponerle a prueba, para intentar quitarle esa autoridad moral que todos le reconocen. Para ello, plantean a Jesús la cuestión del repudio a la mujer.
Jesús no se detiene en la casuística, sino que va al centro del problema: al estatuto íntimo de toda relación de amor.
Cuando un hombre y una mujer se aman, ese amor ¿es algo que puede considerarse pasajero, transeúnte, hasta que convenga? Por el contrario, toda relación, no solo la esponsal, si es verdadera es indisoluble. Una amistad, si es verdadera, es indisoluble.
Un padre no deja de ser padre. Si un padre niega a un hijo, está profanando esa relación, la verdad de esa relación. Si un padre no reconoce a un hijo, ese hombre ha dejado de tener corazón.
Las relaciones entre las personas no son banales, no se reducen a lo que conviene o no conviene. En esa lógica no entra el amor.
Dios, mediante la redención, rompiendo el yugo de la mentira, trae consigo algo que Moisés no podía hacer. Moisés se acaba inclinando ante la dureza del corazón. No puede hacer más.
Jesucristo, muriendo en la Cruz, ha inaugurado la capacidad de amar hasta el fondo, hasta la muerte, aceptando los límites del otro. Nos da su Espíritu, el Espíritu Santo, su fuerza, su Amor, la Vida divina, que nos hace vivir nuestra verdad: hechos para el amor, para amar y ser amados en fidelidad.
Nos ha dado, así, la posibilidad de unirnos indisolublemente a las personas, de amar en fidelidad. Porque estamos llamados a amar eternamente.
Este Evangelio no habla solo de los matrimonios, habla de todas las relaciones humanas. No hay ninguna relación que no esté llamada a experimentar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, la capacidad de perderse a sí mismo para ganar al otro, para dar vida al otro, para darse al otro en todas las situaciones. Sobre todo, cuando el otro no es fácil de amar.
Si yo amo al otro solo cuando es agradable, digerible, apetecible, entonces acabaré utilizándolo para mis intereses. Nuestra grandeza inicia cuando nos perdemos, cuando, en nombre de Jesucristo, entramos en la lógica de la eternidad, de la donación, de la entrega.
Una relación comienza a destruirse cuando de modo imperceptible, pero realmente, mata el amor en el corazón, mata la decisión de elegir el amor, de elegir al otro, de defenderlo y custodiarlo.
El adulterio más grande es la traición de nuestra capacidad de amar y ser amados.
Luis Cruz
Sábado de la 7ª semana Tiempo Ordinario (Mc 10,13-16) los predilectos de Dios” “Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos”Saberse niños delante de Dios es camino seguro para acercarse a Jesús y tenerle como el mejor Amigo.
Evangelio (Mc 10,13-16)
Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían. Al verlo Jesús se enfadó y les dijo:
—Dejad que los niños vengan conmigo, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.
Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos.
Comentario
Después de haber escuchado ayer la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, contemplamos a unos niños que son presentados a Jesús. Una significativa secuencia: una vez unidos para siempre el hombre y la mujer en el matrimonio, aparecen en escena los niños, fruto de esa unión. El evangelista no indica quiénes llevan a esos niños pero parece indicarlo con el episodio anterior: los padres. Y es que la fama de Jesús crecía: curaba a los más débiles, entre ellos a los niños. Es fácil imaginar a los padres que llevaban a Jesús a sus hijos pequeños, todavía débiles, para que los bendijera, para que, con la imposición de las manos, o con solo tocarlos, los protegiera de las enfermedades y del poder del maligno.
Pero los discípulos se creen con la autoridad de evitarlo. Y el Maestro no lo consiente, pues Él es el Camino para llegar al Padre. Así se lo dirá a uno de los discípulos: “Nadie va al Padre si no es a través de mí” (Juan 14,6). Los niños encuentran en Jesús el mejor camino para descubrir su filiación divina. Al mismo tiempo, los adultos –de modo especial, los padres– están llamados a facilitar ese encuentro, de modo que también ellos redescubren esa misma filiación: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Marcos 9,37).
Es conmovedor fijar la mirada en Jesús rodeado de niños, jugando con ellos, sonriéndoles, preguntándoles sus nombres, su edad...; instruyéndoles para que sean buenos hijos de sus padres, buenos hermanos…; y hablándoles de su Padre del Cielo. Una escena terrena y celestial a la vez: aquel momento fue una clara manifestación de lo que ha de ser en la tierra el Reino de los Cielos, y un reflejo de cómo será ese reino en el más allá para aquellos que en la tierra se han comportado como niños delante de Dios. Por eso acogemos con humildad la advertencia de San Josemaría: “No olvides que el Señor tiene predilección por los niños y por los que se hacen como niños”.
Josep Boira

Domingo de la 8º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 6,39-45). Comprender y amar "¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?". Para ser apóstoles y guiar a otros, lo primero es cultivar la propia vida interior y llenarnos de comprensión hacia los demás.
Domingo 8 del tiempo ordinario (Ciclo C: 6,39-45): De la abundancia del corazón BIS. “De la abundancia del corazón habla la boca”. Si nuestra palabra es siempre reflejo de un buen corazón, a la medida del Corazón de Cristo, siempre dará paz y producirá consuelo. Hará mucho bien.
Lunes de la 8ª semana del Tiempo Ordinario (Mc 10, 17-27): Jesús no abandona a los que apuestan por Él. “Para Dios todo es posible”. La santidad que Jesús pide a cada uno es un don de Dios que requiere la apertura de un corazón desprendido de las riquezas.
Martes de la 8.ª semana del tiempo ordinario (Mc 10, 28-31). Miembros de la familia de Dios. Recibiréis en este mundo “cien veces más”. Somos parte de la gran familia cristiana. Como en toda familia hay pequeños, y en ocasiones, grandes sacrificios, que el Señor no deja nunca de recompenzar, comenzando con la alegría de estar tan cerca de Él.
Miércoles de la 8° semana del tiempo ordinario (Mc 10, 32-45): la verdadera grandeza. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”. La vida cristiana consiste en vivir con actitud de servicio hacia los demás. En esto se fundamenta la verdadera grandeza, y es lo que el Señor recuerda hoy a los hijos de Zebedeo, ante su petición de querer tener lugares de honor en el Reino de Dios.
Jueves de la 8° semana del tiempo ordinario (Mc 10,46-52): fe a gritos. Comentario del jueves “Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más”. Ningún obstáculo en la tierra tiene la fuerza de ahogar el don de la fe, si la vivimos con la oración perseverante.
Viernes de la 8° semana del tiempo ordinario (Mc 11,11-25): fe invencible. ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones?”. En nuestra oración, el corazón se ensancha, hasta hacerse universal: caben todos, todas las necesidades de la Iglesia, del mundo.
Sábado de la 8° semana del tiempo ordinario (Mc 11,27-33): sencillos o complicados. Comentario del sábado de la “Respondedme, y os diré con qué potestad hago estas cosas”. El diálogo sincero con Jesús nos abre el corazón para conocerle y conocernos mejor.
Domingo de la 8º semana del Tiempo Ordinari (Ciclo C: Lc 6,39-45). Comprender y amar. ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?". Para ser apóstoles y guiar a otros, lo primero es cultivar la propia vida interior y llenarnos de comprensión hacia los demás.
Evangelio (Lc 6,39-45)
“Les dijo también una parábola:
—¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo», no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.
Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca.”
Comentario
En el evangelio del domingo pasado Jesús pedía extremar la caridad con los enemigos y los que nos odian (Lc 6,27-38). Con otra breve colección de dichos, el Maestro exige ahora el mismo grado de heroísmo en las situaciones cotidianas. Si hemos de vivir la comprensión y el perdón con aquellos que nos persiguen o desprecian, más aún debemos tratar con extremada delicadeza y humildad a quienes Dios ha puesto junto a nosotros. Teniendo en cuenta lo que explicaba con humor san Josemaría: que “ninguno se va a santificar por medio del Preste Juan de las Indias, sino con el trato de las personas que tenemos a nuestro lado”[1].
En primer lugar, Jesús nos previene contra un peligro sutil y común en el trato con los demás: el progresivo olvido de los propios defectos, mientras centramos la atención en los defectos ajenos e incluso proyectamos en ellos los nuestros. Pero “¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. Está ciego para ayudar a los demás quien no lucha primero contra los propios defectos.
Con la hipérbole semítica de la “mota en el ojo ajeno y la viga en el propio” nos advierte el Maestro de esta manifestación de falta de humildad. Una mota en el ojo irrita mucho, impide ver y no se quita sin ayuda de otros. Pero mucha más ceguera y molestia supondría una viga entera; nos llevaría incluso a hacer el ridículo ante los demás que señalarían la evidencia de nuestros propios defectos.
La solución a este peligro es clara: examen personal, humilde y exigente, y comprensión llena de caridad hacia los demás. Así explicaba san Josemaría la actitud que Jesús nos pide: “Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio –su mal genio, a veces– y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño”[2].
Como expresa el Apóstol san Juan, Jesús nos pide amarnos “no de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad” (1 Juan 3,18). Puede resultar fácil denunciar los defectos ajenos. Más difícil resulta, pero mucho más eficaz, animar a los demás a corregirse por medio del ejemplo y el testimonio de nuestra lucha personal. Quizá por eso Jesús también señala en este evangelio que los árboles se conocen por sus frutos. Y no hay árbol bueno que dé mal fruto ni al contrario. Jesús nos anima a tener un corazón como el suyo, que evidencia con obras su inmensa caridad. Como explica el Papa Francisco, “se reconoce si uno es un verdadero cristiano, al igual que se reconoce a un árbol por sus frutos”. En unión con Jesús, “toda nuestra persona es transformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos una forma nueva de ser, la vida de Cristo se convierte en la nuestra: podemos pensar como Él, actuar como Él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús”[3].Entonces nos resultará fácil ser humildes y comprensivos, ayudar a los demás a mejorar y extremar la caridad con obras y de verdad.
[1] A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Tomo I, Rialp, Madrid 1997, p. 171, nota 133.
[2] San Josemaría, Conversaciones 108.
[3] Papa Francisco, Audiencia, 3 de mayo 2015.
Pablo Edo
Domingo 8 del tiempo ordinario (Ciclo C: 6,39-45): De la abundancia del corazón BIS. “De la abundancia del corazón habla la boca”. Si nuestra palabra es siempre reflejo de un buen corazón, a la medida del Corazón de Cristo, siempre dará paz y producirá consuelo. Hará mucho bien.
Evangelio (Lucas 6,39-45)
“Les dijo también una parábola:
—¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo», no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.
Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca.”
Comentario
Jesús habla a las gentes que se han congregado en un lugar campestre para escuchar su enseñanza. Les ha señalado el camino para alcanzar la felicidad, las bienaventuranzas, luego ha pronunciado unas palabras que bien podrían considerarse como el núcleo de su doctrina en lo que se refiere al amor y misericordia que debemos tener con los demás y que se manifiestan, sobre todo, en el perdón. Ahora propone varios ejemplos que tienen un común denominador: no hay que atender a las manifestaciones externas de piedad o virtud, sino a la disposición interior.
Se trata de una serie de comparaciones muy breves pero bien expresivas. De entrada, plantea una pregunta de respuesta obvia: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?” (v. 39). Quien va a guiar necesita, antes que nada, ver bien. Quien está llamado a instruir con sabiduría a otros, necesita poseer antes esa sabiduría que ilumine y oriente el camino de los otros.
Sus palabras invitan a reflexionar a todos aquellos que tienen responsabilidades educativas y formativas: padres, maestros, consultores, pastores… Su tarea es delicada ya que si ellos mismos no están bien formados y no aciertan al discernir el camino acertado pueden hacer caer a quienes deberían proteger de los tropiezos.
Ahora bien, ¿cómo ser un buen guía, alguien que oriente con sabiduría? Ante todo, un buen guía es aquel que se ha dejado instruir, el que ha puesto los medios para formarse bien escuchando y siguiendo la enseñanza de un buen maestro, no el que con arrogancia piensa que tiene respuestas acertadas para todo. “No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro” (v. 40). Pero esto, en boca de Jesús, no es sino una invitación a escuchar su palabra y a seguir su ejemplo. En cuestiones de fe y en la doctrina cristiana no hay nada que inventar. La luz para las más variadas situaciones se encuentra siempre en la persona y las enseñanzas de Cristo.
Jesús también advierte de un hecho negativo que sucede con frecuencia. El vicio de estar atentos a los defectos de los demás, para criticarlos, sin reparar en que uno mismo también tiene sus errores y sus fallos. Fijarse más en la mota del ojo ajeno que en la viga del propio ojo, como dice Jesús. Por eso aconsejaba sabiamente San Agustín: “Procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros”.
Todos tenemos defectos y es bueno que seamos conscientes de ello. Por eso, antes de pensar mal de los demás, necesitamos mirar dentro de nosotros mismos para corregirnos. A veces percibiremos que lo que nos parecía algo malo en otro no radicaba en él, sino en nuestro orgullo, envidia o mal carácter, y al reconocerlo tendremos una gran paz y se nos abrirá un camino para mejorar. Otras veces, una vez purificada nuestra mirada, puede ser que advirtamos algo que los demás no están haciendo bien o pueden hacer mejor. También entonces, con la luz de la caridad, podremos ayudarles con humildad mediante algún consejo sabio que les oriente en su camino.
El buen árbol da buen fruto y el malo, da mal fruto “porque de la abundancia del corazón habla su boca” (v. 45). Murmuraciones, chismorreos, críticas, burlas, contar cosas negativas de los demás, es un fruto de sabor amargo que destruye familias y amistades, y rompe la convivencia social. En cambio, si nuestra palabra es siempre reflejo de un buen corazón, a la medida del Corazón de Cristo, siempre dará paz y producirá consuelo. Hará mucho bien.
Francisco Varo
Lunes de la 8ª semana del Tiempo Ordinario (Mc 10, 17-27): Jesús no abandona a los que apuestan por Él. “Para Dios todo es posible”. La santidad que Jesús pide a cada uno es un don de Dios que requiere la apertura de un corazón desprendido de las riquezas.
Evangelio (Mc 10, 17-27)
Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó:
—Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?
Jesús le dijo:
—¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios. Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.
—Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud —respondió él.
Y Jesús fijó en él su mirada y lo amó. Y le dijo:
—Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.
Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.
Jesús, mirando a su alrededor, les dijo a sus discípulos:
—¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!
Los discípulos se quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo:
—Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.
Y ellos se quedaron aún más asombrados diciéndose unos a otros:
—Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo:
—Para los hombres es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible.
Comentario
¿Cómo entrar en la vida eterna? No es una cuestión de logros personales o de estatus social. Se trata de acoger a Dios, como un niño (cf. Mc 10,13-31). En este horizonte, el joven rico pregunta a Jesús cómo heredar la vida eterna. Sin mostrar su condición divina, Cristo invita a guardar los mandamientos. El joven los está cumpliendo. Jesús lo mira con ternura, y le anima a vender sus posesiones para dárselas a los pobres. No todos los primeros cristianos lo hicieron, pero a eso Cristo llama este joven quien, sin embargo, demasiado apegado a sus bienes, carece de generosidad. Lo que Jesús pedía era posible (cf. Mc 10,29-31), pero requería una gran fe y un corazón abierto.
El joven se va triste. Apegarse a las cosas materiales es una idolatría. Ocupa la mente y paraliza la libertad de amar a Dios. El desprendimiento, en cambio, eleva al alma y abre a los demás. La fe es mucho más valiosa que el oro (cf. 1 Pe 3-9): permite acoger las riquezas de Cristo, la vida eterna. Pero cuesta, y es lo que Jesús ilustra hablando con la imagen del camello y de la aguja. Cualquiera sea la exégesis del texto, significa que darse del todo cuesta. Pero, para Dios, todo es posible. También para un niño, que tiene toda la vida por delante. Pidamos al Espíritu Santo esa juventud del alma que abre a la aventura del amor: la entrega a Dios y a los demás. La santidad es, para todos, una exigencia radical – no admite dos velocidades –, al mismo tiempo que, para cada uno, responde a una llamada personal única.
Guillaume Derville
Martes de la 8.ª semana del tiempo ordinario (Mc 10, 28-31). Miembros de la familia de Dios. Recibiréis en este mundo “cien veces más”. Somos parte de la gran familia cristiana. Como en toda familia hay pequeños, y en ocasiones, grandes sacrificios, que el Señor no deja nunca de recompenzar, comenzando con la alegría de estar tan cerca de Él.
Evangelio (Mc 10, 28-31)
Comenzó Pedro a decirle:
—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús respondió:
—En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros.
Comentario
El evangelio de hoy comienza con unas palabras de Pedro a Jesús: “ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Dijo esto porque unos momentos antes el Señor les advertía sobre lo difícil que es entrar en el Reino de Dios (cf. v. 24), especialmente para los que no estaban dispuestos a renunciar a sus pertenencias para seguirlo en el camino.
Hacía ya bastante tiempo que Pedro y los otros discípulos seguían al Señor en sus distintos viajes, y habían experimentado en carne propia la alegría y los sacrificios que esto comportaba. Al escuchar las duras palabras de Jesús, el futuro pastor de la iglesia se llenó de dudas y quizá de inquietud. Él y los demás, a diferencia del señor rico, sí habían renunciado a sus cosas por seguir al Maestro.
Ante esto, Jesús lo tranquiliza y le recuerda que si bien el camino del discípulo exige estar dispuesto a cargar con la cruz de cada día, se trata en realidad de renunciar a todo aquello que no esté de acuerdo con la nueva familia a la que ahora pertenecen, compuesta por muchos más hermanos, hermanas, madres e hijos (v. 30).
Jesús invita a Pedro a pensar que el camino emprendido es enteramente positivo y que los distintos sacrificios que se nos exigen a lo largo de la vida no son arbitrarios ni tienen como objetivo la negación sin más, sino que con ellos nos preparamos para poder ser dignos miembros de la familia divina.
Hoy se nos recuerda que todos estamos llamados a esta comunión de amor. Por eso, cuando nos parezca que en nuestra vida cristiana cuentan más las renuncias que las satisfacciones, podemos recordar las promesas del Señor, y pedirle que nos ayude a caer en la cuenta de que el ciento por uno se experimenta cuando compartimos alegremente la vida con las personas que tenemos alrededor, sabiéndonos parte de esta gran familia, la familia de Dios.
Martín Luque
Miércoles de la 8° semana del tiempo ordinario (Mc 10, 32-45): la verdadera grandeza. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”. La vida cristiana consiste en vivir con actitud de servicio hacia los demás. En esto se fundamenta la verdadera grandeza, y es lo que el Señor recuerda hoy a los hijos de Zebedeo, ante su petición de querer tener lugares de honor en el Reino de Dios.
Evangelio (Mc 10, 32-45)
Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo. Tomó de nuevo consigo a los doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:
-Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará.
Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole:
—Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.
Él les dijo:
—¿Qué queréis que os haga?
Y ellos le contestaron:
—Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
Y Jesús les dijo:
—No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?
—Podemos -le dijeron ellos.
Jesús les dijo:
—Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto.
Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús les llamó y les dijo:
—Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos.
Comentario
El evangelio de hoy nos presenta uno de los numerosos diálogos entre Jesús y sus discípulos mientras subían a Jerusalén. En esta ocasión, justo después de que el Señor anunciara lo que les esperaba en la ciudad santa, se acercan Santiago y Juan y le piden audazmente gozar de privilegios especiales cuando se proclame el Reino: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (v. 37), a lo que el Maestro responde inmediatamente diciendo: “No sabéis lo que pedís” (v. 38).
Para Jesús, lo que hay que reprochar en la petición de los hijos de Zebedeo no es tanto el deseo de tener lugares de honor, sino que quieran saltarse y no tener en cuenta lo que está por suceder en Jerusalén, lugar en donde “el Hijo del Hombre será entregado” (v. 33). En pocas palabras, el Señor corrige su pretensión de querer obtener la victoria del Reino sin pasar por la cruz.
La cruz es parte esencial de la historia y del mensaje que Jesús quiere transmitir a sus discípulos de todos los tiempos. Significa por un lado que el Señor está dispuesto a ir al encuentro de aquellos que “se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán” (v. 34). Pero sabemos también que lo hace para enseñarnos cómo debemos comportarnos en los momentos duros, y que a pesar de los pesares, siempre es posible “servir” y “dar vida” (cf. v. 45).
Si estamos dispuestos a seguir la enseñanza de Jesús, encontraremos lo que Santiago y Juan buscaban a tientas. La verdadera grandeza se alcanza cuando con la ayuda de Dios vivimos un amor dispuesto al servicio, que sabe perseverar en ese empeño, aún cuando las circunstancias sean difíciles y nos veamos rodeados de dificultades. Sabemos que Jesús lo ha conseguido, y sabemos también que no nos dejará abandonados si intentamos seguir sus pasos.
Martín Luque
Jueves de la 8° semana del tiempo ordinario (Mc 10,46-52): fe a gritos. Comentario del jueves “Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más”. Ningún obstáculo en la tierra tiene la fuerza de ahogar el don de la fe, si la vivimos con la oración perseverante.
Evangelio (Mc 10,46-52)
En aquel tiempo:
Cuando salía Jesús de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos:
— ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más:
— ¡Hijo de David, ten piedad de mí!
Se paró Jesús y dijo:
— Llamadle.
Llamaron al ciego diciéndole:
— ¡Ánimo!, levántate, te llama.
Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le preguntó:
— ¿Qué quieres que te haga?
— Rabboni, que vea — le respondió el ciego.
Entonces Jesús le dijo:
— Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino.
Comentario
Bien conocido debía de ser entre los discípulos el personaje del evangelio de hoy, cuando el evangelista menciona su nombre y el de su padre. Es fácil imaginarlo contando su inolvidable experiencia a la salida de Jericó. Contemplemos este encuentro entre estos dos hombres: el hijo de Timeo y el hijo de David. El primero es ciego y pobre; el segundo es luz del mundo y rico en misericordia.
La ceguera y la pobreza no impiden a Bartimeo oír. En sus largas horas “al lado del camino” sonaban de vez en cuando las monedas que aliviaban su penuria. Aquel día, en cambio, sus oídos escucharon algo novedoso: pasaba por ahí el Maestro de Nazaret. Y empezó a gritar suplicando piedad. Escuchó luego los reproches de muchos que le hacían callar. Pero sus gritos eran más fuertes y llegaron hasta los oídos de Jesús, que le hizo llamar. Despreciando lo poco que tenía, el manto y algunas monedas, se encontró con el mismo Dios. Se cumplió lo que quizá Bartimeo había rezado ya muchas veces: “Señor, escucha mi oración, llegue hasta Ti mi clamor” (Salmo 102,2).
Y Bartimeo, con su sonora fe, obtiene del Mastro la curación. Y la historia continúa con una nueva vida. Ya no está “al lado” sino en el camino, recorriéndolo. Jesús es su Camino. En Bartimeo parece cumplirse lo que también testimonia San Pablo: “olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante” (Filipenses 3,13).
Con frecuencia nos puede pasar que no vemos claro nuestro camino. Es el momento de avivar la fe con una oración más perseverante, dispuestos a escuchar también el consejo de un buen amigo (“Ánimo, levántate, te llama”) y obtener por fin la fuerza que nos impulsa a saltar, dejando lo que pueda ser un estorbo para seguir al Maestro: el manto, nuestra ceguera, nuestro pasado... Hagamos nuestra la súplica de Bartimeo, como nos aconseja San Josemaría: “Ponte cada día delante del Señor y, como aquel hombre necesitado del Evangelio, dile despacio, con todo el afán de tu corazón: Domine, ut videam! —¡Señor, que vea!; que vea lo que Tú esperas de mí y luche para serte fiel”.
Josep Boira
Viernes de la 8° semana del tiempo ordinario (Mc 11,11-25): fe invencible. ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones?”. En nuestra oración, el corazón se ensancha, hasta hacerse universal: caben todos, todas las necesidades de la Iglesia, del mundo.
Evangelio (Mc 11,11-25)
Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce. Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella, pero cuando llegó no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Y la increpó:
— Que nunca jamás coma nadie fruto de ti.
Y sus discípulos lo estaban escuchando. Llegaron a Jerusalén. Y, entrando en el Templo, comenzó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el Templo, y volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba diciendo:
— ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en una cueva de ladrones.
Lo oyeron los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y buscaban el modo de acabar con él; pues le temían, ya que toda la muchedumbre quedaba admirada de su enseñanza. Y al atardecer salieron de la ciudad. Por la mañana, al pasar, vieron que la higuera se había secado de raíz. Y acordándose Pedro, le dijo:
— Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.
Jesús les contestó:
— Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: «Arráncate y échate al mar», sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido. Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestros pecados.
Comentario
Contemplamos hoy a Jesús y nos quedamos admirados de su autoridad. Es el Maestro que enseña con acciones y palabras. Venía de Jericó, donde acababa de devolver la vista a Bartimeo, y llega a Jerusalén. Allí ha entrado aclamado como Mesías, y llega al Templo, y observa todo... quizá apenado; pero se hace tarde, y es hora de descansar en la cercana Betania. Desde allí, vuelve de mañana a la Ciudad Santa; de camino maldice una higuera que aparentaba estar llena de fruto y apta para saciar su hambre; luego, al entrar en el Templo, no refrena su celo por la Casa del Padre, “casa de oración” y cumple lo que había anunciado el profeta: “Aquel día no habrá más traficantes en el Templo del Señor de los ejércitos” (Zacarías 14,21). Al día siguente, ante la higuera seca, Jesús nos recuerda que quien ora a Dios con fe segura y libre de todo rencor hacia el prójimo, será escuchado.
Todo esto tiene lugar en los días previos a la Pasión. Por eso brilla con fuerza la autoridad y enseñanza de Jesús, el Mesías, “el profeta que ha de venir” (Deuteronomio 18,15), y no le importan los planes de los jefes del pueblo para acabar con Él: por encima de todo está el cumplimiento de la voluntad del Padre para la salvación de todos.
Jesús nos invita con fuerza a ser almas de oración. Ciertamente, un lugar privilegiado para nuestro trato con Dios es la “casa de oración”, donde todo está dispuesto para facilitar la adoración al único Dios, presente en la Eucaristía. En esos tiempos, nuestra fe crece hasta hacerse omnipotente, invencible, y da el fruto esperado. Incluimos en nuestra petición un corazón que perdona a quienes nos han ofendido. En definitiva, Jesús nos enseña lo mucho que está en juego cuando un discípulo ora con fe. Así lo recordaba San Josemaría: “Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos... ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! –Medítalo”.
Josep Boira
Sábado de la 8° semana del tiempo ordinario (Mc 11,27-33): sencillos o complicados. Comentario del sábado de la “Respondedme, y os diré con qué potestad hago estas cosas”. El diálogo sincero con Jesús nos abre el corazón para conocerle y conocernos mejor.
Evangelio (Mc 11,27-33)
En aquel tiempo:
Llegaron de nuevo a Jerusalén. Y mientras paseaba por el Templo, se le acercaron los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron:
— ¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿O quién te ha dado tal potestad para hacerlas?
Jesús les contestó:
— Os voy a hacer una pregunta. Respondedme, y os diré con qué potestad hago estas cosas: el bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme.
Y deliberaban entre sí: «Si decimos que del cielo, replicará: “¿Por qué, pues, no le creísteis?” Pero ¿vamos a decir que de los hombres?» Temían a la gente; pues todos tenían a Juan como a un verdadero profeta. Y respondieron a Jesús:
— No lo sabemos.
Entonces Jesús les dijo:
— Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas.
Comentario
La purificación del Templo dejó atónitos a los jefes religiosos del pueblo. Fue una especie de restauración del culto, como la que tuvo lugar en tiempo de los Macabeos; por entonces fue una celebración muy solemne: “lo celebraron durante ocho días con alegría” (2 Macabeos 10,6), porque habían sido derrotados los enemigos del pueblo de Dios que profanaron su Templo. Pero ahora la profanación venía de dentro del pueblo: las autoridades permitieron que la Casa de Dios dejase de ser casa de oración para ser casa de negocios. Hacía falta una potestad superior, la de Jesús, para restablecer el orden en aquel lugar santo.
Nos sorprende también a nosotros este diálogo. Jesús, ante la pregunta desconfiada, responde con otra pregunta con la que invita al interlocutor al examen de conciencia. Así suele hacer el Maestro cuando encuentra una actitud hostil a sus acciones y enseñanzas. Quien había escuchado al Bautista y había aceptado su predicación, estaba bien dispuesto para acoger a Jesús como Maestro. Pero aquellos jefes no acogieron con humildad el ministerio de Juan. No reconocen la verdad de aquellas palabras proféticas, aplicadas al precursor: “Es como fuego de fundidor, como lejía de lavanderos. Se pondrá a fundir y a purificar la plata; purificará a los hijos de Leví, los acrisolará como oro y plata: así podrán ofrecer al Señor una oblación en justicia” (Malaquías 3,2-3). Como no aceptaban la purificación de sus corazones, no entendieron la purificación del Templo.
Necesitamos hacer un esfuerzo interior para entender a Jesús en todos sus gestos y palabras. Aquellos hombres no fueron sencillos como palomas; por eso Jesús se mostró sagaz como una serpiente (cf. Mateo 10,16), y los dejó sin palabras. No pudo haber diálogo sincero. La sinceridad es necesaria para el entendimiento con las personas, en primer lugar, con Dios. Una virtud que acaba convirtiéndose en sencillez. Lo vemos en la Virgen María, en el diálogo con el arcángel, que concluyó con un sencillo y entregado “hágase en mí según tu palabra”. Se la pedimos a Ella para poder hablar con Dios, y conociéndole más cada día, nos conozcamos mejor a nosotros mismos. Así, conscientes de que somos también templos de Dios (cf. 1 Corintios 3,16-17), desearemos la purificación de nuestros pecados.
Josep Boira

9 semana, se completará en su momento.

Lunes de la 10° semana del tiempo ordinario (Mt 5, 1-12). “Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte (...) y abriendo su boca les enseñaba”. Jesús en las bienaventuranzas nos muestra el camino de la felicidad. Con ellas nos ofrece un cambio. Uno de esos cambios que producen transformaciones muy importantes y nos conducen a hacer el bien en la tierra.
Martes de la 10° semana del tiempo ordinario (Mt 5, 13-16). ”Sois la sal de la tierra. Sois la luz del mundo”. Dios cuenta con el testimonio de los cristianos para que se difunda la buena nueva en los corazones de todos los hombres.
Miércoles de la 10º semana de tiempo ordinario (Mt 5, 17-19). “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas, no he venido a abolirlos sino a darles plenitud”. La ley del Señor es la del Amor por eso es la ley del más, siempre podemos crecer en el Amor con la fuerza del Espíritu Santo.
Jueves de la 10° semana del tiempo ordinario (Mt 5, 20-26). “Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda”. Toda ofensa entre los hombres es una ofensa a Dios. Es un modo de decirle a Dios, “esa persona que está ante mí no es buena, no es un regalo, un don para mí. Te has equivocado al crearla y ponerla junto a mí”.
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Sábado de la 10° semana del tiempo ordinario (Mt 5, 33-37). “Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno”. El idioma de la hipocresía es propio de quienes no aman la verdad. Se aman solo a sí mismos, y, de este modo, buscan engañar, implicar al otro en su engaño, en su mentira. Por el contrario, el hombre sencillo sabe descubrirse y descubrir a los demás como verdaderos hijos de Dios, a los que cuidar, habitar, amar.
Lunes de la 10° semana del tiempo ordinario (Mt 5, 1-12). “Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte (...) y abriendo su boca les enseñaba”. Jesús en las bienaventuranzas nos muestra el camino de la felicidad. Con ellas nos ofrece un cambio. Uno de esos cambios que producen transformaciones muy importantes y nos conducen a hacer el bien en la tierra.
Evangelio (Mt 5, 1-12)
Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.
Comentario
Las bienaventuranzas es un pasaje de una gran belleza que forma el maravilloso pórtico del sermón de la montaña.
Jesús se sienta, como maestro, para enseñar al pueblo la Palabra divina que trae de parte del Padre. Comienza diciéndoles: “bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Es necesario fijarse y asombrarse una y otra vez en la que la primera palabra que nos trae Jesús es bienaventurado, que significa feliz.
Jesús nos trae la Palabra de Dios y nos enseña que nos quiere felices, dichosos, con una vida llena. Que el camino que lleva a Dios es un camino de alegría. Y, con su Palabra, nos describe cuál es el camino que hemos de recorrer. Lo que hemos de vivir para encontrar la felicidad verdadera.
Al leer las bienaventuranzas descubrimos que es un camino paradójico. Jesús nos muestra el camino de la felicidad por donde parecería que no lo fuéramos a encontrar.
Detrás de cada bienaventuranza hay un camino de amor y de cruz. Jesús nos enseña que esta tierra el amor y la cruz se identifican. O dicho de otro modo, que si queremos amar de verdad, nos hemos de identificar con la Cruz.
Jesús llama bienaventurados a los que son pobres de espíritu es decir a los que viven en la confianza en Dios; a los que lloran es decir a quienes saben reconocer y se arrepienten de sus pecados; a los mansos es decir a los que saben llevar con paciencia los defectos de los demás; a los que sienten hambre y sed de justicia es decir a los que crecen en afán de santidad; a los misericordiosos es decir a los que acogen a los demás en su fragilidad sin juzgarles; a los limpios de corazón es decir a quienes se esfuerzan en que nada empañe su capacidad de amar; a los pacíficos es decir a los que luchan por sembrar la paz y la alegría y a los que padecen persecución por la justicia es decir aquellos que viven en la verdad y no transigen con ella.
En las bienaventuranzas descubrimos el rostro de Jesús y debemos descubrir el propio. Ayuda mucho en la vida cristiana confrontar la propia vida con las bienaventuranzas. Preguntarse: ¿Soy pobre?, ¿lloro?, etc.
Javier Massa
Martes de la 10° semana del tiempo ordinario (Mt 5, 13-16). ”Sois la sal de la tierra. Sois la luz del mundo”. Dios cuenta con el testimonio de los cristianos para que se difunda la buena nueva en los corazones de todos los hombres.
Evangelio (Mt 5, 13-16)
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.
Comentario
“Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo”.
Jesús se dirige a las personas que le escuchan de modo que le entiendan. Utiliza imágenes que les son muy familiares: la sal y la luz.
La sal preserva de la corrupción los alimentos. El Señor manifiesta que sus discípulos han de dar testimonio de Dios en este mundo reflejándolo en su vida. Haciendo presente el Amor de Dios entre los hombres con sus buenas obras.
La luz es necesaria para vivir, para todo. La luz se pone en un candelero para que ilumine a todos los de la casa. Así el discípulo de Jesús debe ser luz que señale a los demás el buen camino con su comportamiento.
Dice san Josemaría: “Como quiere el Maestro, tú has de ser —bien metido en este mundo, en el que nos toca vivir, y en todas las actividades de los hombres— sal y luz. —Luz, que ilumina las inteligencias y los corazones; sal, que da sabor y preserva de la corrupción. Por eso, si te falta afán apostólico, te harás insípido e inútil, defraudarás a los demás y tu vida será un absurdo”[1].
Ser sal y luz para que los hombres vean “vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. Dios quiere hacerse presente en el mundo a través de los cristianos: que sean otros Cristos en los lugares en los que desarrollan su vida familiar, su vida profesional, etc. Que su modo de comportarse sea tal que ocurra lo que escribió san Josemaría en Camino: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo”[2].
Alta es la meta que el Señor nos propone. Mucho es lo que el Señor espera de los cristianos, pero mayor es la gracia que el Resucitado nos da para que podamos corresponder. El Resucitado nos concede que podamos ser sal y luz por medio de la oración y de los sacramentos. De este modo, con la sal y luz de Cristo vivo, empujamos hacia el cielo a muchas almas.
[1] San Josemaría, Forja, 22.
[2] San Josemaría, Camino, 2.
Javier Massa
Miércoles de la 10º semana de tiempo ordinario (Mt 5, 17-19). “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas, no he venido a abolirlos sino a darles plenitud”. La ley del Señor es la del Amor por eso es la ley del más, siempre podemos crecer en el Amor con la fuerza del Espíritu Santo.
Evangelio (Mt 5, 17-19)
No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
Comentario
Jesús les enseña el valor perenne del Antiguo Testamento porque es palabra de Dios y goza de autoridad divina.
Al mismo tiempo proclama una ley más elevada que es la ley del Amor, la ley del Espíritu que resuena en cada corazón humano: “no he venido a abolir la Ley o los Profetas sino a darles su plenitud”.
Les enseña que ha venido a promulgar de manera definitiva la ley de Dios. Todo lo realiza mediante su predicación y sobre todo mediante su ofrecimiento en la Cruz.
Así enseña Jesús cómo llevar a cabo la voluntad de Dios. Será grande quien la realice y, al contrario, será el más pequeño quien no los cumpla. “El que quebrante uno solo de estos mandamientos incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los cielos. Por el contrario, el que los cumpla será grande en el Reino de los cielos”.
La ley del Señor es la ley de la libertad porque es la ley del Amor y, en el amor hasta lo más pequeño tiene una enorme importancia. Así enseñaba San Josemaría en Camino: “Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas”[1].
[1] San Josemaría, Camino n. 818
Javier Massa
Jueves de la 10° semana del tiempo ordinario. “Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda”. Toda ofensa entre los hombres es una ofensa a Dios. Es un modo de decirle a Dios, “esa persona que está ante mí no es buena, no es un regalo, un don para mí. Te has equivocado al crearla y ponerla junto a mí”.
Evangelio (Mt 5, 20-26)
Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno.
Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
Comentario
Jesucristo sigue desgranando sus enseñanzas en el monte de las bienaventuranzas. Los discípulos a sus pies. Y una multitud de personas de toda condición le escucha sin perder palabra.
Les abre todo un horizonte de vida, un horizonte que da vida.
Y para ello, les habla del perdón. No tiene sentido presentarse ante Dios si primero uno no se ha reconciliado con su hermano. Adelantarse con un gesto de reconciliación, salir a su encuentro, tener un corazón misericordioso que ve más allá de las torpezas del otro, es una condición para dar culto a Dios.
Porque toda ofensa entre los hombres es una ofensa a Dios. Es un modo de decirle a Dios, “esa persona que está ante mí (marido, mujer, hermano, amigo, compañero de trabajo, vecino, sea quien sea) no es buena, no es un regalo, un don para mí. Te has equivocado al crearla y ponerla junto a mí”.
Y la ofensa solo se supera mediante el perdón. Pero el perdón no consiste en olvidar, en ignorar lo que ha sucedido. La ofensa tiene que ser reparada, sanada. Ya que es una herida causada en el propio corazón y en el de los demás.
El perdón nos lleva a la reconciliación, a una renovación de la relación que se ha roto. A poder mirar de nuevo a los ojos de la otra persona y rehacerla en esa mirada. Cuando perdonamos le estamos dando la posibilidad de nacer de nuevo, de renovarla, de devolverle la originalidad perdida. Le estamos diciendo: “Esa torpeza, esa ofensa, no te identifica. Tú eres un don de Dios para mí y quiero renovarte con mi perdón”.
Perdonar se convierte así en un acto que da gloria y alabanza a Dios.
Ahora bien, el perdón solo se puede conseguir mediante la comunión con aquel que ha cargado con nuestras culpas y nos ha perdonado total y radicalmente. Como señala Benedicto XVI, el perdón es una oración cristológica: “Nos recuerda a Aquel que por el perdón ha pagado el precio de descender a las miserias de la existencia humana y a la muerte en la cruz”[1].
Solo en Jesucristo somos capaces de perdonar, y dar así el culto agradable a Dios en nuestro día a día. Por el perdón nos introducimos en el amor de Dios.
[1] Joseph Ratzinger / Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, I. Desde el bautismo a la transfiguración, La Esfera de los Libros,Madrid, 2007, p. 196.
Luis Cruz
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Sábado de la 10° semana del tiempo ordinario. “Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno”. El idioma de la hipocresía es propio de quienes no aman la verdad. Se aman solo a sí mismos, y, de este modo, buscan engañar, implicar al otro en su engaño, en su mentira. Por el contrario, el hombre sencillo sabe descubrirse y descubrir a los demás como verdaderos hijos de Dios, a los que cuidar, habitar, amar.
Evangelio (Mt 5, 33-37)
También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.
Comentario
En su predicación, el Señor invita a todos a la transparencia, a ser sencillos, a quitarnos las caretas que nos encubren, a rehuir de la mentira: que vuestro modo de hablar sea “sí, sí”; “no, no”. Lo que exceda de esto, viene del Maligno (Mt 5, 37). Jesús habla con dureza contra la hipocresía, mientras que alaba agradecido a aquellos en los que no hay doblez ni engaño (cfr. Jn 1, 47). El hombre sencillo sabe descubrirse y descubrir a los demás como verdaderos hijos de Dios, a los que cuidar, habitar, amar.
Los primeros cristianos vivieron con profundidad este modo de hacer de Jesucristo mismo. En la carta de Santiago, encontramos la misma petición:”Que vuestro sí sea sí y que vuestro no sea no, para que no incurráis en juicio” (St 5, 12). También, San Pedro les habla de rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias para poder acercarse a Dios, “para apetecer, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada” (1 P 2, 1-2).
El Papa Francisco ha hablado con energía del idioma de la hipocresía, propio de quienes no aman la verdad. Se aman solo a sí mismos, y, de este modo, buscan engañar, implicar al otro en su engaño, en su mentira. Tienen el corazón mentiroso; no pueden decir la verdad.
Como San Pedro, apela a la inocencia de los niños, a la leche espiritual no adulterada (1 P 2, 2): un niño no es hipócrita, porque no está corrompido. “Cuando Jesús nos dice: que vuestro modo de hablar sea: “sí, sí”, “no, no”, con alma de niño, nos dice lo contrario de aquello que dicen los corruptos (...). Pidamos hoy al Señor que nuestro modo de hablar sea el de la sencillez, el de los niños; hablar como hijos de Dios: por lo tanto, hablar en la verdad del amor”[1].
[1] Papa Francisco, Homilía, 4.VI.2013.
Luis Cruz

Domingo de la 11º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 4, 26-34): El fruto eterno de la santidad. “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo”. Jesús quiere sembrar en los que le escuchan el santo deseo de tener una vida fecunda, recordando que el Espíritu Santo actúa en nuestra alma sin darnos cuenta y va haciendo fructificar nuestra vida sin que nosotros sepamos cómo.
Lunes de la 11° semana del tiempo ordinario (Mt 5,38-42): romper los ciclos del odio. “Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos”. Vivir la ley de Cristo en plenitud implica saber perdonar, renunciando si es necesario a exigir que se aplique “milimétricamente” la justicia cuando alguien nos ha causado un daño.
Martes de la 11° semana del tiempo ordinario: gestos para que los demás se sepan queridos. “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan”. Una manifestación clara de la caridad es no clasificar el mundo entre “amigos” y “enemigos”. Con detalles diarios de afecto podemos conquistar el corazón de los demás.
Miércoles de la 11° semana del tiempo ordinario (Mt 6,1-6.16-18): tres monumentos de amor. “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos”. La limosna, la oración y el ayuno son tres grandes monumentos de amor. Realizarlos de cara a Dios nos ayudará a proteger su valor. En el cielo nos daremos cuenta de cuánto han agradado a nuestro Padre Dios.
Jueves de la 11º semana del tiempo ordinario.(Mt 6,7-15): la oración esencial. “Vosotros, en cambio, orad así: Padre nuestro”. En la oración del Señor encontramos la esencia de nuestro diálogo con Dios, y aprendemos una y otra vez que rezar es hablar con Dios.
Viernes de la 11º semana del tiempo ordinario (Mt 6,19-23): ¿dónde está tu corazón? “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón”. El secreto de la felicidad es acumular la riqueza que se consigue con un corazón enamorado.
Sábado de la 11° semana del tiempo ordinario (Mt 6,24-34): la verdadera preocupación. “No estéis preocupados por vuestra vida”. Las preocupaciones por las cosas de la vida nos recuerdan que lo primero es confiar en nuestro padre Dios.
Domingo de la 11º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 4, 26-34): El fruto eterno de la santidad. “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo”. Jesús quiere sembrar en los que le escuchan el santo deseo de tener una vida fecunda, recordando que el Espíritu Santo actúa en nuestra alma sin darnos cuenta y va haciendo fructificar nuestra vida sin que nosotros sepamos cómo.
Evangelio (Mc 4, 26-34)
En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega.
Y decía: ¿A qué se parecerá el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra.
Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; y no les solía hablar nada sin parábolas. Pero a solas, les explicaba todo a sus discípulos.
Comentario
Jesús tiene delante un gentío. Probablemente, muchos de los que le escuchan son personas que trabajan el campo y viven de sus frutos. Por eso, como leemos al final del pasaje, Jesús les hablaba conforme podían entender.
Pero el Señor no solo quería que entendieran desde el punto de vista intelectual: quería llenarlos de ilusión por el mensaje que estaba intentando transmitir, para que captaran que aquello que escuchaban estaba destinado a convertirse en vida.
¿Cuál es la ilusión de un sembrador? Sin duda alguna, ver fructificar aquello que sembró. Por eso, Jesús quiere sembrar en los que le escuchan el santo deseo de tener una vida fecunda. Quiere sembrar en ellos deseos de santidad, de vivir una vida plena.
Es por eso que les insiste en que la semilla nace y crece sin que el sembrador sepa cómo. El Señor nos quiere recordar que nuestras obras, cuando las hacemos en unión con Dios, cuando buscamos su gloria, nunca quedan estériles. El testimonio de la Sagrada Escritura es unánime en ese sentido: cuando obramos por amor de Dios, siempre, siempre hay fruto. “Mis elegidos no trabajarán en vano” (Isaías 65, 23); “Por tanto, amados hermanos míos, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo no es vano en el Señor” (1 Corintios 15, 58).
Porque uno de los grandes retos de nuestra fe es ese: el paso del tiempo, la falta de brillo de nuestro trabajo cotidiano, la aparente falta de avance en nuestra vida espiritual. Por eso Jesús quiere animarnos a no desistir, a recordar que el Espíritu Santo actúa en nuestra alma sin darnos cuenta y va haciendo fecunda nuestra vida sin que nosotros sepamos cómo. Nuestra fe, tantas y tantas veces, habrá de traducirse en una tenaz perseverancia: “por vuestra perseverancia salvareis vuestras almas” (Lucas 21, 19).
Pero Jesús no se queda ahí: quiere que demos fruto, pero un fruto abundante (cfr. Juan 15, 5). Por eso trae a colación la imagen de la semilla de mostaza, que llega a hacerse la mayor de las hortalizas y echa ramas grandes.
Para comprobar que esa invitación del Señor es una realidad, basta fijarnos en la vida de los santos: tenemos gran cantidad de ejemplos de vidas aparentemente sin brillo, que quizá pasaron desapercibidas para sus contemporáneos, pero que dejaron una huella profunda y unos frutos que duran todavía. ¿Acaso no nos seguimos alimentando de la doctrina de san Agustín y de santo Tomás? ¿No seguimos deleitándonos con los escritos de santa Teresa y de san Juan de la Cruz? ¿No nos sigue removiendo el corazón el ejemplo de jóvenes valientes como los mártires san Tarsicio y santa María Goretti? Ellos fueron como granos de mostaza: vidas que a los ojos de muchos fueron insignificantes, pero que el día de hoy todavía permiten que vengan muchos a anidar bajo su sombra.
Así pues, como en tantas ocasiones, Jesús quiere animarnos a no tenerle miedo a la santidad. Dios Padre es el labrador (cfr. Juan 15, 1) que quiere vernos tener una vida fecunda. Por eso, este pasaje del evangelio puede ser una ocasión maravillosa para volver a abrir de par en par la puerta de nuestro corazón al Espíritu Santo, que es quien va llenando de valor eterno cada una de nuestras obras, incluso las más prosaicas y cotidianas, si las hacemos con amor.
Basta pensar en la vida de Santa María y de san José: dos semillas humildes que Dios quiso plantar en Nazaret, que dieron, dan y darán fruto abundante por toda la eternidad, y a cuya sombra se acoge toda la Iglesia universal.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Lunes de la 11° semana del tiempo ordinario (Mt 5,38-42): romper los ciclos del odio. “Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos”. Vivir la ley de Cristo en plenitud implica saber perdonar, renunciando si es necesario a exigir que se aplique “milimétricamente” la justicia cuando alguien nos ha causado un daño.
Evangelio (Mt 5,38-42)
»Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.
Comentario
En el Evangelio de hoy, el Señor nos hace ver que para ser sal de la tierra y luz del mundo hemos de vivificar la justicia por el amor. Vivir la ley de Cristo en plenitud implica saber perdonar, renunciando si es necesario a exigir que se aplique “milimétricamente” la justicia cuando alguien nos ha causado un daño.
En sus palabras, Jesús hace una alusión a la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. En el libro del Éxodo, se menciona esta ley para regular el modo en que se hacía justicia, evitando que se convierta en una venganza desproporcionada: nadie podía excederse, cobrándose el doble, o siete o diez veces más, sino que el castigo sería igual a la ofensa. Ese mismo libro hace una larga lista de posibles agravios (dejar tuerto a alguien, golpear a un esclavo, recibir la cornada de un buey, etc.) y de cómo tendría que ser la reparación.
La solución que nos propone Jesús está por encima de toda casuística. Es una ley de amor, que nos indica el camino para que alcancemos una justicia duradera. Este camino es el perdón. Lógicamente, en la medida de lo posible se debe reparar el daño. Pero en ocasiones, aunque el otro está arrepentido, no está en condiciones de reparar todos sus errores. Y podría suceder que al exigir sin clemencia justicia para nosotros perdamos la capacidad de sanar la relación y perpetuemos los ciclos del odio.
El Señor nos invita a mirar la situación de cada uno. Muchas veces, para conseguir su conversión, será mejor dejarle el manto de nuestra misericordia, que cubre sus defectos, y seguir andando con él pacientemente las millas que hagan falta para que recapacite.
Rodolfo Valdés
Martes de la 11° semana del tiempo ordinario: gestos para que los demás se sepan queridos. “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan”. Una manifestación clara de la caridad es no clasificar el mundo entre “amigos” y “enemigos”. Con detalles diarios de afecto podemos conquistar el corazón de los demás.
Evangelio (Mt 5,43-48)
»Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
Comentario
¡Qué grande es el horizonte moral que el Señor nos propone en el Evangelio de hoy! «Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48). Para entenderlo bien, lo hemos de leer a la luz de la nueva vida que Jesús nos trae. Se trata de una vida de gracia, en la que el Padre nos regala las fuerzas espirituales para aspirar a la perfección.
Esa perfección a la que Jesús nos llama no es perfeccionista: no se trata de que todas nuestras acciones exteriores sean óptimas y sin limitaciones, sino de que nuestro obrar esté empapado del amor de Dios, a pesar de nuestros defectos. Lo importante es ir perfeccionando la caridad. Dejar que el Señor cambie nuestro modo de ver y sentir, para que nuestro corazón sea más como el suyo. Y así, gradualmente, está transformación se irá reflejando en nuestras obras.
Precisamente este mismo Evangelio nos propone una clara manifestación de la caridad. Se trata de convivir con todos, sin clasificar el mundo entre “amigos” y “enemigos”. A veces ocurre que nos encontramos con personas que se oponen a nosotros y no acertamos a descubrir el motivo. Jesús nos invita a no desanimarnos y a seguir tratándolos con amabilidad. El Padre los sigue considerando sus hijos, y les da el sol y la lluvia, los cuida esperando el momento de su conversión. Y quizá nuestra paciencia pueda ser el instrumento para que cambien de vida.
Muchos malentendidos se resuelven a base de gestos de amor. Cuando alguien ha perdido la confianza, quizá las explicaciones no son bien recibidas. Es el momento de ir a lo concreto, de conquistar al otro con detalles diarios de afecto. San Josemaría decía que los demás pueden cambiar su opinión de nosotros «cuando se den cuenta de que “de verdad” les quieres. De ti depende» (San Josemaría, Surco, n. 734). Con la ayuda de Dios, procuremos encontrar esos gestos que hacen que los demás se sepan queridos.
Rodolfo Valdés
Miércoles de la 11° semana del tiempo ordinario (Mt 6,1-6.16-18): tres monumentos de amor. “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos”. La limosna, la oración y el ayuno son tres grandes monumentos de amor. Realizarlos de cara a Dios nos ayudará a proteger su valor. En el cielo nos daremos cuenta de cuánto han agradado a nuestro Padre Dios.
Evangelio (Mt 6,1-6.16-18)
»Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.
»Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.
»Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto.
»Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.
Comentario
En el Evangelio de hoy, el Señor nos propone tres grandes monumentos que podemos levantar en nuestra vida cristiana: la limosna, la oración y el ayuno. Son tres maravillosas obras que agradan a nuestro Padre que está en el cielo.
Para que estas acciones no pierdan su valor, las hemos de realizar de cara a Dios. Dar limosna, rezar o mortificarse solo para quedar bien o dar la impresión de que “somos personas buenas” oscurece el brillo de una acción hermosa de por sí. Sería como poner un velo encima de un monumento artístico o añadir una pincelada inexperta a una pintura que ya estaba acabada.
Jesús utiliza una frase recurrente cuando expone estas enseñanzas: tu Padre ve en lo oculto. Todos percibimos que las buenas obras tendrían que ser reconocidas, y el Señor no niega esa realidad. Pero nos recuerda que el mejor reconocimiento es el que viene de Dios. Lamentablemente, los hombres podemos halagar hoy a una persona y mañana criticarla. Pero la mirada paterna de Dios nunca cambia.
El Señor aprecia nuestra caridad, nuestra oración y nuestros sacrificios, por más pequeños y escondidos que parezcan. Cuando lleguemos al cielo, podremos contemplar junto a Él los monumentos de amor que hemos levantado en nuestra vida, y nos alegraremos al descubrir el inmenso valor que tenían ante sus ojos.
Rodolfo Valdés
Jueves de la 11º semana del tiempo ordinario.(Mt 6,7-15): la oración esencial. “Vosotros, en cambio, orad así: Padre nuestro”. En la oración del Señor encontramos la esencia de nuestro diálogo con Dios, y aprendemos una y otra vez que rezar es hablar con Dios.
Evangelio (Mt 6,7-15)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así:
Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal.
Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados”.
Comentario
El evangelista Mateo pone la formulación del Padrenuestro dentro de las muchas enseñanzas contenidas en el discurso de la montaña. Por otros relatos sabemos que los discípulos en una ocasión preguntaron a Jesús como se reza, tal vez por haber visto muchas veces al Maestro rezando a solas.
Y Jesús les explica que para rezar no hacen falta muchas palabras, basta con decir “Padre nuestro”. Porque la oración es típica de los hijos, que aman y se dirigen a sus padres con sencillez. En otro momento fundamental de su vida, en el Getsemaní, Jesús se dirige al Padre con el término más familiar “Abbá”, “papá”.
La maravillosa oración del Padrenuestro nos ofrece las palabras correctas en cada momento de nuestra vida. Las primeras frases son un reconocimiento de la grandeza y bondad de nuestro Padre: sea santificado tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad. Alabar a Dios es nuestra primera tarea en la vida: dar gloria a Dios con la vida entera, con el ejercicio de nuestra libertad en el amor. Y luego pedir: el pan cotidiano de una vida digna, del trabajo, pero también el Pan del Cielo que es la Eucaristía, y la fuerza de comprender y perdonar, que aprendemos de la misericordia de Dios, y ayuda en la lucha, para enfrentarnos a las tentaciones.
El Padre nuestro es la oración por excelencia. En ella pedimos siete cosas, el número de la perfección y en el orden en que deben ser pedidas, como recuerda Santo Tomás de Aquino.
Pocas son las cosas que pedimos y de algún modo eso es todo lo necesario que debe pedirse. Y además Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.
Giovanni Vasallo
Viernes de la 11º semana del tiempo ordinario (Mt 6,19-23): ¿dónde está tu corazón? “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón”. El secreto de la felicidad es acumular la riqueza que se consigue con un corazón enamorado.
Evangelio (Mt 6,19-23)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad!”.
Comentario
Muchas veces las enseñanzas de Jesús manifiestan la sabiduría humana, característica de la tradición sapiencial de Israel. Ya en los Proverbios se lee: “No te afanes por adquirir riqueza, ten la prudencia de desistir” (Pr 23,4).
Sin embargo, en este pasaje del evangelio el Señor no nos invita a dejar la natural inclinación humana a acumular tesoros, a la prudencia de preparar el futuro guardando algo de dinero para cuando lo necesitaremos. Él insiste más bien en qué tipo de riquezas conviene amontonar: tesoros celestiales.
En otro momento, cuando un joven le pregunta qué tiene que hacer para ser perfecto, Jesús le contesta: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos” (Mt 19,21).
La única riqueza que nunca se puede perder es el amor que cada uno de nosotros ha puesto durante el tiempo que se le ha dado. San Juan de la Cruz decía que al final de nuestra vida seremos juzgados en el amor, es decir en nuestro empeño concreto de amor y servicio a Dios y a nuestros hermanos los hombres.
Si es verdad que “donde está tu tesoro allí estará tu corazón”, es verdad también lo contrario: “donde está tu corazón, es allí donde estás acumulando tu tesoro”. Por eso de vez en cuando ayuda pensar en qué está metido nuestro corazón, en cómo invertimos nuestro tiempo, en cuáles son nuestras preocupaciones. Nos daremos cuenta si estamos sólo en nuestras cosas o hay espacio para los demás. Si el motivo de nuestro existir es un generoso servicio a Dios y a los hombres.
Así explicaba san Josemaría el secreto de la felicidad: “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado” (Surco n. 795).
Giovanni Vassallo
Sábado de la 11° semana del tiempo ordinario (Mt 6,24-34): la verdadera preocupación. “No estéis preocupados por vuestra vida”. Las preocupaciones por las cosas de la vida nos recuerdan que lo primero es confiar en nuestro padre Dios.
Evangelio (Mt 6,24-34)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.
Por eso os digo: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados.
Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad”.
Comentario
Jesús habla de un tema muy presente en la vida de los hombres de todos los tiempos: las preocupaciones. Hoy como en el siglo I, aunque de forma distinta, tenemos muchos motivos de preocupación: conseguir un trabajo digno, tener algo que comer y un techo que nos proteja, algunas garantías para el futuro.
El planteamiento del Señor nos puede parecer un poco imprudente: ¿cómo no nos vamos a preocupar por el mañana? ¿Quién se va a encargar de conseguir lo necesario para vivir, sino nosotros?
No se trata de no estar metidos en todas esas cosas, ni de vivir descuidando las necesidades materiales de cada jornada. El punto es cómo lo hacemos. La preocupación a la que se refiere Jesús es una falta de confianza y de abandono en las manos de nuestro Padre Dios.
En otro momento, muy humano, como una comida entre amigos, el Señor dirá a Marta: “tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas, pero una sola cosa es necesaria” (Lc 10,41-42).
La única cosa necesaria es confiar en Dios, recibir de sus manos lo bueno y lo que puede parecernos un mal. Así era la vida espiritual de san José, no “una vía que explica, sino una vía que acoge”. Acoger la vida tal como se nos da es “un modo por el que se manifiesta en nuestra vida el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo” (Francisco, Patris corde n.4).
San Pablo, en una de sus cartas, explica la solución a las preocupaciones de la vida: “No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Fil 4,6).
La actitud de quien vive con esa fe es la oración: pedir con fe la ayuda de Dios en las dificultades y manifestarle un continuo agradecimiento por todos los dones que nos ha concedido.
Giovanni Vassallo

Domingo 12º del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 10,26-33) No tengáis miedo.
Domingo de la 12° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 4, 35-41). Jesucristo, presente en la Iglesia y en nuestras dificultades. “¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?” En la vida de la Iglesia, y en nuestra vida habrá siempre tempestades, es decir dificultades. Mantengámonos serenos, sabiendo que el Señor está siempre junto a nosotros, nos ve y nos brinda su ayuda.
-----Domingo C
Lunes de la 12° semana del tiempo ordinario (Mt 7,1-5): los juicios temerarios. “No juzguéis para no ser juzgados.” Si nos salvamos, se debe a la misericordia de Cristo con nosotros. Por tanto, el cristiano está llamado a practicar la misericordia con todos.
Martes de la 12° semana del tiempo ordinario (Mt 7,6.12-14): tomar el camino que lleva a la vida. “Entrad por la puerta angosta.” El camino estrecho no es fácil, pero Jesús nos dice que entremos por él.
Miércoles de la 12° semana del tiempo ordinario (Mt 7,15-20): al maestro se le conoce por sus frutos. “Por sus frutos los conoceréis.” El verdadero maestro difunde la caridad y la unidad; el falso difunde la disensión y la división en la Iglesia.
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Viernes de la 12° semana del tiempo ordinario (Mt 8, 1- 4): la sencillez del leproso. “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Estas palabras, quizá tantas veces escuchadas, encierran una gran lección de humildad. El leproso del evangelio nos muestra la sencillez con que tenemos que presentar al Señor nuestras miserias y debilidades, abandonando y dejando en sus manos el resultado de lo que pedimos.
-----Sábado
Domingo 12º del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 10,26-33) No tengáis miedo.
Evangelio (Mt 10,26-33)
No les tengáis miedo, porque nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. ¿No se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.
A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Comentario
El capítulo décimo del evangelio de san Mateo nos dice que Jesús, después de haber elegido a los doce Apóstoles, los envió y les dio algunas instrucciones para su labor. Entre ellas, las que escuchamos en el Evangelio de este domingo y que glosan la idea principal: “No tengáis miedo”. Desde el primer momento les advierte de que en su tarea encontrarán dificultades, persecuciones, incomprensiones… Pero la mayor amenaza no viene de aquellos que intenten acallarlos, ni siquiera de los que atenten contra su vida. El único peligro verdadero es aquel “que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno”, el que puede conducir al pecado, a la pérdida de la amistad con Dios.
Nos guste o no, el miedo forma parte de la vida humana. Desde niños hemos experimentado temores que a veces eran infundados y luego desaparecían. También en la madurez se nos presentan miedos ante situaciones duras –dolor, incomprensión, soledad, incertidumbre, muerte, …– que nos salen al paso y debemos afrontar y superar, contando con nuestro esfuerzo y la ayuda de Dios.
Pero un discípulo de Cristo no tiene por qué temer, ya que no está solo. Dios es un Padre amoroso, que, si se ocupa hasta de los más pequeños detalles en sus criaturas, con mucha mayor razón cuidará de sus hijos fieles. “La solución es amar. San Juan Apóstol escribe unas palabras que a mí -decía san Josemaría- me hieren mucho: ‘qui autem timet, non est perfectus in caritate’. Yo lo traduzco así, casi al pie de la letra: el que tiene miedo, no sabe querer. –Luego tú, que tienes amor y sabes querer, ¡no puedes tener miedo a nada! –¡Adelante!”[1].
“Por consiguiente –comentaba Benedicto XVI–, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación. Cuanto más crecemos en esta intimidad con Dios, impregnada de amor, tanto más fácilmente vencemos cualquier forma de miedo”[2].
Todavía resuena en muchos corazones aquel grito, lleno de fe y confianza en Dios, de san Juan Pablo II en la Misa inicial de su pontificado: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo conoce! Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues, –os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza– permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo Él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!”[3].
El Apóstol es valiente, atrevido. Tiene la virtud de la audacia que le empuja a afrontar tareas que están en el límite de sus posibilidades o parece que lo superan. Pero cuando se trata de tareas divinas, la audacia no es temeridad, porque “no estamos solos, Él obrará” (cf. 1 Ts 5,24). San Josemaría lo señalaría con claridad en un punto de Camino: “¡Dios y audacia! –La audacia no es imprudencia. –La audacia no es osadía”[4].
[1] San Josemaría, Forja, 260.
[2] Benedicto XVI, Ángelus 22 de junio de 2008
[3] San Juan Pablo II, Homilía en el comienzo de su Pontificado. 22 de octubre de 1978, n. 5.
[4] Camino, 401.
Francisco Varo
Domingo de la 12° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 4, 35-41). Jesucristo, presente en la Iglesia y en nuestras dificultades. “¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?” En la vida de la Iglesia, y en nuestra vida habrá siempre tempestades, es decir dificultades. Mantengámonos serenos, sabiendo que el Señor está siempre junto a nosotros, nos ve y nos brinda su ayuda.
Evangelio (Mc 4, 35-41)
Aquel día, llegada la tarde, les dice:
—Crucemos a la otra orilla.
Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas.
Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despiertan, y le dicen:
—Maestro, ¿no te importa que perezcamos?
Y, puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar:
—¡Calla, enmudece!
Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo:
—¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?
Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros:
—¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?
Comentario
Los tres evangelios sinópticos narran dos tempestades que se levantaron bruscamente en las aguas generalmente tranquilas del lago de Genesaret. La del evangelio de hoy fue la primera. Muchos autores, en especial los Padres de la Iglesia, han subrayado su carácter simbólico. En esta barca zarandeada por las olas han visto la barca de Pedro, la Santa Iglesia, pero también a cada cristiano, en su esfuerzo por ser fiel a nuestra fe cristiana.
Si tenemos en cuenta la actualidad más reciente, hoy podemos pensar sobre todo en la Iglesia, nuestra Madre. A este propósito, recordemos lo que ha dicho el papa Francisco en uno de sus documentos hablando de la Iglesia a los jóvenes: “En realidad, en sus momentos más trágicos siente la llamada a volver a lo esencial del primer amor” (Exhortación Christus vivit, 25 de marzo de 2019, n° 34).
Sin duda alguna, esta invitación nos llena de entusiasmo. Por consiguiente, en los momentos actuales cada uno debe tratar de responder a esa llamada lo mejor posible, tanto más cuanto que algunos podrían figurarse que Dios nos ha abandonado o que se desentiende de lo que sucede en nuestro mundo, en la Iglesia e incluso en nuestra propia vida. Sin embargo, sea cual sea nuestra impresión personal, tengamos la seguridad de que ese pensamiento no pasa de ser una tentación sin fundamento.
Basta recordar un texto maravilloso de Isaías, cuya lectura siempre nos consuela y nos da fuerzas: “Sión había dicho: El Señor me ha abandonado, mi Señor me ha olvidado. ¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!” (Is 49, 14-15). Por parte de Dios, es un auténtico compromiso, que nuestro Señor confirmó poco antes de subir al cielo, con una nueva promesa solemne: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Todos los días, incluyendo aquellos que tenemos costumbre de llamar “malos”. En este terreno, cada uno puede pensar en sus “tempestades” personales, sin duda poco importantes, pero no por eso menos desagradables en la vida de cada día.
En esas tempestades el Señor pone a prueba nuestra fe y también, nuestra oración constante y confiada a la Virgen María, Madre de la Iglesia: cuando todo va bien y, más todavía, al enterarnos de alguna noticia que nos preocupe o nos entristezca.
Alphonse Vidal
Lunes de la 12° semana del tiempo ordinario (Mt 7,1-5): los juicios temerarios. “No juzguéis para no ser juzgados.” Si nos salvamos, se debe a la misericordia de Cristo con nosotros. Por tanto, el cristiano está llamado a practicar la misericordia con todos.
Evangelio (Mt 7,1-5)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en el tuyo? O ¿cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que saque la mota de tu ojo’, cuando tú tienes una viga en el tuyo? Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.’
Comentario
Jesús instruye a sus discípulos para que sean misericordiosos en los juicios que emitan sobre los demás. Esto es central en el cristianismo mismo. Cualquiera que sea la ofensa que haya cometido el prójimo, el discípulo debe su salvación a Nuestro Señor, ante cuyo tribunal todos deben comparecer y rendir cuentas. Esta salvación se debe a su extraordinaria misericordia, como atestiguan sus palabras en la Cruz: “perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
Toda esa misericordia está disponible; pero ¿cómo podemos esperar que se aplique a nosotros si no aprendemos la lección y practicamos nosotros mismos la misericordia? Por lo tanto, nunca debemos condenar al prójimo. El discípulo debe ser muy positivo con respecto a los demás, y tener el corazón para perdonar las faltas, ya sean reales o percibidas.
Es posible que Jesús se dirigiera especialmente a los fariseos cuando hablaba de la persona con una viga en el ojo que juzga injustamente a los que son menos afortunados que él; sin embargo, la enseñanza en sí tiene una aplicación universal. La misericordia evita muchos males; va directamente contra nuestra dureza de corazón, que es el orgullo en su máxima expresión, y nos atrinchera contra la acción del Espíritu Santo.
Los juicios que emitimos son el desbordamiento de nuestros pensamientos invisibles, y de ahí que San Josemaría escriba: “No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente” (San Josemaría Escrivá, Camino 442).
La misericordia es uno de los temas más constantes de la predicación de Nuestro Señor, y Él la practicó a través de sus interacciones con personas de todo tipo, incluso con aquellas que la Ley señalaba como pecadores. Se acercó a las “periferias”, palabra utilizada por el Papa Francisco para describir a los que no están en buen lugar y necesitan ayuda. Por eso, siguiendo el ejemplo de Jesús, el cristiano debe saber amar a todo tipo de personas, perdonarlas y perseverar con ellas. Este es el camino de la caridad, que como dice San Pablo, “es paciente, la caridad es amable... todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13,4 y 7).
Andrew Soane
Martes de la 12° semana del tiempo ordinario (Mt 7,6.12-14): tomar el camino que lleva a la vida. “Entrad por la puerta angosta.” El camino estrecho no es fácil, pero Jesús nos dice que entremos por él.
Evangelio (Mt 7,6.12-14)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y al revolverse os despedacen.
Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: ésta es la Ley y los Profetas.
Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella.
¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!’
Comentario
Este Evangelio está dividido en tres frases. Para entender la primera de ellas, hay que fijarse en lo que la precede inmediatamente. Jesús acaba de decir a los apóstoles que no deben juzgar a los demás, “porque los juicios con que juzguéis se os juzgará” (Mt 7,2). Jesús muestra ahora, en una digresión, que hay una diferencia entre el juicio y el discernimiento.
El discípulo debe hacer apostolado con todos sin excepción. Pero algunos no sólo no escuchan, sino que ridiculizan el Evangelio y cometen blasfemias. Si alguien no tiene otro propósito que burlarse del Evangelio y mofarse de su enseñanza, dice Jesús, el discípulo puede usar su discernimiento y centrar sus energías con otros. No hay escasez de personas que necesitan escuchar el Evangelio.
El discernimiento es, en cierta medida, dado a cada cristiano, y permite al discípulo llegar a aquellos que serán más receptivos al mensaje de Nuestro Señor.
El Señor vuelve de su digresión, y en su segunda frase se refiere al punto principal de no juzgar a los demás, y muestra cómo encaja en un marco más amplio de ética, “todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12).
La tercera y última frase, “entrad por la puerta angosta” (Mt 7,13) es una advertencia a los indiferentes de que la perdición es una posibilidad real, y al mismo tiempo es una invitación para sus discípulos. En palabras del Papa Francisco: “El Señor nos ofrece tantas ocasiones para salvarnos y entrar a través de la puerta de salvación. (…) Debemos aprovechar las ocasiones de salvación. Porque llegará el momento en que ‘el dueño de casa se levantará y cerrará la puerta’ (…). Nuestra vida no es un videojuego o una telenovela; nuestra vida es seria y el objetivo que hay que alcanzar es importante: la salvación eterna.” (Papa Francisco, Discurso del Ángelus, 21 de agosto de 2016).
Andrew Soane
Miércoles de la 12° semana del tiempo ordinario (Mt 7,15-20): al maestro se le conoce por sus frutos. “Por sus frutos los conoceréis.” El verdadero maestro difunde la caridad y la unidad; el falso difunde la disensión y la división en la Iglesia.
Evangelio (Mt 7,15-20)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Guardaos bien de los falsos profetas, que se os acercan disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis: ¿es que se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis.’
Comentario
El Sermón de la Montaña, que tuvo lugar en una época relativamente temprana de la vida pública de Nuestro Señor, asombró a sus oyentes y amplió sus horizontes; fueron llamados nada menos que a la perfección. Al final de este magnífico discurso, quedaron pasmados “porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas” (Mt 7,28). Su palabra era segura, era definitiva; en su enseñanza no había ni una sombra de duda o vacilación. Su mensaje era comprensible para todos, y se expresaba en su lenguaje cotidiano. Pero al mismo tiempo era sublime, y era manifiestamente la palabra de Dios.
El Evangelio de hoy es un buen ejemplo de lo que impresionó tanto a la multitud. Nuestro Señor juzga a los falsos profetas, y pronuncia la sentencia de condena sobre ellos, con su propia autoridad: “Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego” (Mt 7,19).
Es un problema perenne. Hubo muchos profetas del Antiguo Testamento que extraviaron al pueblo, y más tarde, en tiempos de los Padres de la Iglesia, hubo maestros aparentemente piadosos y celosos, pero que en realidad no tenían los sentimientos de Cristo (cf. San Jerónimo, Comm in Matth., 7). Lo mismo puede ocurrir incluso hoy en día.
En el Discurso de la Última Cena, Jesús amplió su enseñanza anterior: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden” (Jn 15,5-6).
La clave del discernimiento, por tanto, es si el maestro difunde la caridad y la unidad, o si, por el contrario, produce disensión y desunión -un mal fruto- en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. A veces se afirma que hay una dicotomía entre proclamar la verdad, por un lado, y ser caritativo, por otro. El Señor nos dice en este pasaje que, en realidad, la verdad y la caridad van juntas. Por tanto, el discípulo busca la verdad en unidad con el Magisterio de la Iglesia, a través del cual se anuncia al mundo la enseñanza de Cristo.
Andrew Soane
Jueves....
Viernes de la 12° semana del tiempo ordinario (Mt 8, 1- 4): la sencillez del leproso. “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Estas palabras, quizá tantas veces escuchadas, encierran una gran lección de humildad. El leproso del evangelio nos muestra la sencillez con que tenemos que presentar al Señor nuestras miserias y debilidades, abandonando y dejando en sus manos el resultado de lo que pedimos.
Evangelio (Mt 8, 1- 4)
Al bajar del monte le seguía una gran multitud.
En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: -Señor, si quieres, puedes limpiarme.
Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: -Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra.
Entonces le dijo Jesús: -Mira, no lo digas a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.
Comentario
El evangelio de hoy nos sitúa en el momento inmediatamente posterior al sermón de la montaña. Al bajar el Señor del monte “le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso” (vv. 1-2). Sabemos que la lepra era una enfermedad que obligaba al que la padecía a apartarse de la sociedad y era considerada por muchos como un castigo divino (Lev 13-14). A pesar de los obstáculos, este hombre consigue acercarse a Jesús, y pide con total sencillez ser curado de su mal.
Además del rechazo social, el leproso debió superar también la vergüenza de mostrarse vulnerable y necesitado de ayuda. Muchas veces, esto es lo que más cuesta cuando se trata de abrir el alma a alguien que nos pueda ayudar. Tememos ser rechazados o mal comprendidos y que al final la herida sea más profunda que al inicio. A veces, nos falta la sencillez del leproso y preferimos conservar en secreto nuestras miserias y pecados.
El leproso del evangelio de hoy nos enseña como tenemos que actuar cuando notamos nuestros límites y flaquezas. Nos indica que el camino más simple es arrodillarnos delante de Jesús, decir sin afectación cuál es nuestro problema y pedir humilde y confiadamente la ayuda de Dios, sabiendo ser muy respetuosos del misterio de la libertad de Dios, que sabe mejor que es lo que nos conviene: Señor, si quieres, puedes limpiarme (v. 2).
Esta actitud, que podremos poner por obra tantas veces en la intimidad de nuestra oración, es también la que se nos invita a tener en el sacramento de la confesión, ya que es ahí donde el Señor quiere seguir limpiando la suciedad de nuestros corazones. En el confesionario tenemos la oportunidad de imitar al leproso, arrodillándonos, confesando nuestra suciedad y esperando con alegría aquellas palabras de Jesús: Quiero, queda limpio (v. 3).
Martín Luque

Domingo de la 13º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 10,37-42).
Domingo de la 13º semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 5,1-43): Nacimos para vivir para siempre. “A ti te digo, levántate”. La gracia que nos es dada en los sacramentos es prenda de vida eterna: amemos esa gracia y fomentemos la gloriosa esperanza del cielo.
Domingo de la 13º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 9,51-62): Libertad.
Lunes de la 13° semana del tiempo ordinario (Mt 8,18-22): tras los pasos de Jesús. “El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Jesús necesita discípulos fieles, dispuestos a renunciar a una vida cómoda por el Reino de los Cielos.
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Miércoles de la 13° semana del tiempo ordinario (Mt 8,28-34): Jesús llega a tiempo. “Toda la ciudad vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su región”. Ante el rechazo de aquella entera ciudad, queremos que nuestros conciudadanos conozcan y amen cada vez más a Jesucristo, a través de nuestra amistad.
Jueves de la 13° semana del tiempo ordinario (Mt 9, 1-8): tus pecados te son perdonados. “Tus pecados te son perdonados”. El Señor nos espera en el sacramento de la penitencia, para perdonarnos los pecados, y llenar nuestra vida de paz como sucede con el paralítico.
Viernes de la 13° semana del tiempo ordinario (Mt 9, 9-13): se levantó y lo siguió. “Él se levantó y le siguió”. Dios llama a todos los hombres a la santidad. Lo hace libremente, no por nuestros méritos. Mateo nos enseña a responder con generosidad y prontitud.
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Domingo de la 13º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 10,37-42).
Evangelio (Mt 10,37-42)
Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará.
Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.
Comentario
El evangelio según san Mateo contiene cinco grandes discursos de Jesús, como una alusión a los cinco rollos de la Ley de Moisés o Pentateuco. El segundo de estos discursos suele llamarse el Discurso de la Misión, porque contiene una serie de instrucciones del Maestro para aquellos que envió a las ciudades y aldeas a anunciar la inminente llegada del Reino de Dios. Al igual que el domingo pasado, la liturgia recoge hoy un fragmento de dicho discurso.
“Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…” (v. 37). Las palabras de Jesús tienen un tono muy exigente y demandan de los discípulos decisiones firmes y generosas. Muy a propósito, Jesús contrasta su seguimiento y la evangelización con aquellas dimensiones de la persona más esenciales e importantes, como son la familia y la propia vida.
El Papa Francisco explicaba esta prioridad así: “El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro”[1]. Jesús no promueve el rechazo o desprecio a los seres queridos, sino que ilustra el valor radical y primordial que tiene el amor a Dios y la búsqueda del bien de las almas, que es la mejor forma de amar a los demás.
“Quien no toma su cruz y me sigue…” (v. 38). Sorprende que Jesús hable ya a los apóstoles de la cruz, cuando acaba de elegirlos al inicio de su ministerio en Galilea. No sabemos qué entenderían ellos de estas palabras, pronunciadas mucho antes de la pasión. En cualquier caso, significan que el discípulo puede identificarse con el Maestro; no solo porque es enviado a anunciar el evangelio como Él, sino también porque puede sacrificarse por los demás, como hizo Jesús en la cruz.
La idea de la cruz produce cierto miedo natural y podría retraernos de seguir más de cerca al Señor. Pero es un miedo que se vence si conocemos bien el sentido de la cruz para cada uno. San Gregorio Magno lo aclaraba así: “nosotros podemos cargar con la cruz de dos maneras: o bien dominando nuestra carne por medio de la sobriedad o bien haciendo nuestras por compasión las necesidades del prójimo”[2].
Cargar con la cruz cada día suele significar para la mayoría de los cristianos aprender a dominar las propias pasiones y gustos, sobre todo para hacer la vida más amable y grata a los demás. San Josemaría comentaba: “los verdaderos obstáculos que te separan de Cristo —la soberbia, la sensualidad…—, se superan con oración y penitencia. Y rezar y mortificarse es también ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo. Si vives así, verás cómo la mayor parte de los contratiempos que tienes, desaparecen”[3].
Por otro lado, Jesús no solo habla de renuncia. También se refiere a la recompensa que obtenemos cuando le seguimos de cerca y cuando cuidamos a sus discípulos. Como decía también san Josemaría, “darse a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría”[4]. El discípulo de Jesús que se entrega generosamente está contento. Y suele experimentar que, quienes se benefician de su labor, lo reciben con cariño y aprecio. Incluso el pequeño gesto de ofrecer un vaso de agua al discípulo es realizado como si se le ofreciera a su propio Maestro. Y por eso mismo, tampoco los gestos de cariño hacia los servidores del Maestro dejarán de ser recompensados por Dios.
[1] Papa Francisco, Ángelus, 2 de julio de 2017.
[2] San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia, 57.
[3] San Josemaría, Vía Crucis, estación X, n. 4.
[4] San Josemaría, Forja, 591.
Pablo M. Edo
Domingo de la 13º semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 5,1-43): Nacimos para vivir para siempre. “A ti te digo, levántate”. La gracia que nos es dada en los sacramentos es prenda de vida eterna: amemos esa gracia y fomentemos la gloriosa esperanza del cielo.
Evangelio (Mc 5,1-43)
Y tras cruzar de nuevo Jesús en la barca hasta la orilla opuesta, se congregó una gran muchedumbre a su alrededor mientras él estaba junto al mar.
Viene uno de los jefes de la sinagoga, que se llamaba Jairo. Al verlo, se postra a sus pies y le suplica con insistencia diciendo:
— Mi hija está en las últimas. Ven, pon las manos sobre ella para que se salve y viva.
Se fue con él, y le seguía la muchedumbre, que le apretujaba.
Y una mujer que tenía un flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho a manos de muchos médicos y se había gastado todos sus bienes sin aprovecharle de nada, sino que iba de mal en peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y le tocó el manto – porque decía: “Con que toque sus ropas, me curaré” –.
Y de repente se secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de la enfermedad. Y al momento Jesús conoció en sí mismo la fuerza salida de él y, vuelto hacia la muchedumbre, decía:
– ¿Quién me ha tocado la ropa?
Y le decían sus discípulos:
– Ves que la muchedumbre te apretuja y dices: “¿Quién me ha tocado?”.
Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer, asustada y temblando, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le dijo toda la verdad. Él entonces le dijo:
– Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia.
Todavía estaba él hablando, cuando llegan desde la casa del jefe de la sinagoga, diciendo:
— Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas ya al Maestro?
Jesús, al oír lo que hablaban, le dice al jefe de la sinagoga:
— No temas, tan sólo ten fe.
Y no permitió que nadie le siguiera, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
Llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y ve el alboroto y a los que lloraban y a las plañideras. Y al entrar, les dice:
– ¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme.
Y se burlaban de él. Pero él, haciendo salir a todos, toma consigo al padre y a la madre de la niña y a los que le acompañaban, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice:
– Talitha qum – que significa: “Niña, a ti te digo, levántate”.
Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años. Y quedaron llenos de asombro. Les insistió mucho en que nadie lo supiera, y dijo que le dieran a ella de comer.
Comentario
El Evangelio de hoy cuenta dos milagros de Jesucristo. Como ocurre alguna vez, san Marcos intercala un relato en otro. Mientras Jesús está de camino hacia la casa de Jairo que le pidió la curación de su hija, una mujer enferma desde hace 12 años, de una enfermedad relacionada con una impureza ritual (cf. Lv 15,25), toca su vestido con el deseo de ser curada. Cuando Jesús preguntó quién le había tocado, “se postró ante él” (v. 33). Manifestó así su fe en el poder de Cristo y confianza en su amor. “– Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia” (v. 34). Esa afirmación del Señor manifiesta que el milagro exigía fe: un milagro no es algo mecánico. Pero hay más: la curación física está relacionada con otra curación espiritual, que da la gracia de Dios a quien se abre a Jesús con fe. El Señor dice a la mujer: "Hija, tu fe te ha salvado" (Mc 5, 34).
Jesús sigue después su camino hacia la casa de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga. Este también se había postrado ante él y le había suplicado (cf. v. 22-23). Pero he aquí que parece que ahora es demasiado tarde: “Todavía estaba él hablando, cuando llegan desde la casa del jefe de la sinagoga, diciendo: – Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas ya al Maestro?” (v. 35). Jesús sigue adelante, con Pedro, Santiago y Juan, que fueron los primeros discípulos llamados, quizá los más conocidos como tales por todos. Son los que serán testigos de su Transfiguración también, quizá porque Jesús quería confortar en la fe a esos tres que, en jardín de los Olivos, no sabrán acompañarle en su agonía, quedándose dormidos.
“Llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y ve el alboroto y a los que lloraban y a las plañideras. Y al entrar, les dice: – ¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme. Y se burlaban de él” (v. 38-40). El episodio nos invita a entender que hay dos sentidos de la palabra “vida”. La verdadera vida no es la de quien meramente respira, es la vida en Dios. Cristo se refiere a esta, mientras que los que se burlan de él han constatado que la niña ha muerto. El Señor resucita a la niña: “Pero él, haciendo salir a todos, toma consigo al padre y a la madre de la niña y a los que le acompañaban, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: – Talitha qum – que significa: «Niña, a ti te digo, levántate». Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años. Y quedaron llenos de asombro” (v. 40-42).
Las palabras en arameo no son una fórmula mágica, sino que san Marcos expresa con ellas la autenticidad de su relato. Jesús es la resurrección, y también la vida. El relato de Marcos puede significar que Jesús reanima a la niña como ocurrirá con Lázaro: una resurrección para una vida mortal. Pero la resurrección final, cuando vuelva el Señor el último día, será una resurrección para la vida eterna. En ese sentido se podría leer la afirmación de que “la niña se levantó” (v. 42) como una promesa de vida eterna, ya que su padre había pedido al Señor: “Que se salve y viva” (v. 23).
De hecho, el Aleluya de la Misa da una clave de lectura que invita a esa fe en la vida eterna: “Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte, e hizo brillar la vida por medio del Evangelio” (cf. 2 Tm 1, 10). Cristo ha revelado la vida y la inmortalidad, dice san Pablo, quien recuerda después a Timoteo que el Espíritu Santo habita en ellos.
Dios nos ha creado para que subsistiéramos, hemos escuchado en la primera lectura (cf. Sb 1, 13). El Credo de la Iglesia reza que el Espíritu Santo es dador de vida: actúa en el tiempo de la Iglesia mediante los sacramentos y en nuestras almas. El Bautismo nos da la vida de gracia, es el gran don de Dios a la humanidad. Nos hace revivir (cf. Sal 30[29]) para un encuentro personal con Jesús. Estamos invitados a valorar mucho esa nueva creación que es la vida de la gracia, la adopción filial (cf. Oración colecta).
Los dos milagros del Señor se pueden contemplar como una invitación a avivar la esperanza del Cielo. “Hazlo todo con desinterés, por puro Amor, como si no hubiera premio ni castigo. – Pero fomenta en tu corazón la gloriosa esperanza del cielo”. Por eso, valoramos mucho la gracia que nos viene por los sacramentos: de modo habitual, mediante la confesión sacramental y la Eucaristía.
Todos los sacramentos son fruto de la pasión, muerte y resurrección del Señor, que pertenecen a la misión de Jesús: el misterio pascual. Es demasiado temprano para que los discípulos anuncien el milagro, pues es inseparable de ese misterio pascual cuya hora no ha venido todavía. Lo dice Jesucristo, a la vez que, Dios verdadero y también hombre “muy humano”, tiene los pies en la tierra, ya que dijo que dieran a la niña de comer (cf. v. 43). En Jesucristo, lo humano y lo divino se entrelazan para siempre en el Amor.
Guillaume Derville
Domingo de la 13º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C:Lc 9,51-62): Libertad.
Evangelio (Lc 9,51-62)
Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar hacia Jerusalén. Y envió por delante a unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron:
— Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?
Pero él se volvió hacia ellos y les reprendió. Y se fueron a otra aldea.
Mientras iban de camino, uno le dijo:
— Te seguiré adonde vayas.
Jesús le dijo:
— Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
A otro le dijo:
— Sígueme.
Pero éste contestó:
— Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.
— Deja a los muertos enterrar a sus muertos — le respondió Jesús — ; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Y otro dijo:
— Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa.
Jesús le dijo:
— Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.
Comentario
Se acerca el momento culminante de la vida pública de Jesús. Iba a cumplirse “el tiempo de su partida” dice el Evangelio de Lucas. Una traducción más literal del griego original sería “el tiempo de su subida”. En hebreo, viajar a Jerusalén -y esto es lo que iba a hacer Jesús para la Pascua- se dice “subir a Jerusalén”. Se alude a ese viaje. Pero la frase también tiene un doble sentido: “el tiempo de su subida” es el momento de su ascensión gloriosa, de la culminación de su vida terrena. En efecto, después de los padecimientos de su Pasión, y su gloriosa Resurrección, llegaría el momento de subir a los cielos para reinar eternamente a la derecha del Padre. Jesús es consciente de lo que le espera en Jerusalén pero, con valentía, “decidió firmemente”, con plena libertad, afrontar la tarea que había venido a realizar, la redención del género humano. El camino para la gloria pasa por la Cruz.
La libertad es la capacidad de elegir el bien, tomando decisiones conscientes movidas por el amor. La libertad cristiana no es arbitrariedad. No se trata de poder escoger caprichosamente lo que más apetece en un momento, o lo que se presenta como más atractivo, sino aquello que conduce a la más plena realización de la persona, haciendo propia la aventura de amor que Dios ha diseñado para cada uno. Como señalaba Mons. Fernando Ocáriz, “se puede hacer con alegría -y no de mala gana- lo que cuesta, lo que no gusta, si se hace por y con amor y, por lo tanto, libremente”[1]. Jesús alcanzó la cumbre de su libertad escogiendo dirigirse a la ciudad donde terminaría clavado en la Cruz. Incluso cuando le gritaban en el Calvario: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz” (Mt 27,40), tomó la libre decisión de permanecer en aquel patíbulo para cumplir en plenitud la voluntad misericordiosa del Padre.
Lucas narra tres episodios, enmarcados en los preparativos de esa ascensión a Jerusalén, que ponen de manifiesto la capacidad, humana y sobrenatural, de arrastre que tenía Jesús, ya que personas muy distintas se le presentan espontáneamente dispuestas a irse tras él. También estos personajes, en pleno ejercicio de su libertad personal, se ofrecen generosamente a prestar su vida para seguir a Jesús. Pero, en los tres casos, el Maestro les hace recapacitar sobre la importancia de tomar las decisiones adecuadas para que no haya ataduras que puedan limitar su entrega total: ni el afán de poseer al menos unos bienes materiales que se consideran necesarios, ni el dilatar las decisiones con alguna excusa por razonable que pudiera parecer, ni el apego sentimental a personas queridas, ni el continuo replantearse, al experimentar el cansancio del camino, si las decisiones tomadas han sido las correctas, mirando a lo que se ha dejado y no al maravilloso panorama que se abre por delante. “Aun en los momentos en los que percibamos más profundamente nuestra limitación -comentaba San Josemaría-, podemos y debemos mirar a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, sabiéndonos partícipes de la vida divina. No existe jamás razón suficiente para volver la cara atrás (cf. Lc 9,62): el Señor está a nuestro lado. Hemos de ser fieles, leales, hacer frente a nuestras obligaciones, encontrando en Jesús el amor y el estímulo para comprender las equivocaciones de los demás y superar nuestros propios errores”[2].
También hoy sigue siendo actual esta lección de libertad, entrega total, generosidad y fidelidad impartida por Jesús. En un contexto cultural en el que escasean la lealtad y la fidelidad, y en el que se juega con las palabras como si el compromiso con la verdad fuera irrelevante, el testimonio de hombres y mujeres que son criticados, despreciados, perseguidos, e incluso que sufren el martirio por mantenerse fieles a su vocación cristiana resuena como un clamor de libertad y liberación. Solo quien pertenece a la verdad, nunca es esclavo de ningún poder ni de atadura alguna, sino que conserva íntegra su libertad para servir a los hermanos.
[1] Fernando Ocáriz, Carta 9 de enero de 2018, n. 6.
[2] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 160.
Pablo M. Edo
Lunes de la 13° semana del tiempo ordinario (Mt 8,18-22): tras los pasos de Jesús. “El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Jesús necesita discípulos fieles, dispuestos a renunciar a una vida cómoda por el Reino de los Cielos.
Evangelio (Mt 8,18-22)
En aquel tiempo:
Al ver Jesús a la multitud que estaba a su alrededor, ordenó marchar a la otra orilla. Y se le acercó un escriba:
— Maestro, te seguiré adonde vayas — le dijo.
Jesús le contestó:
— Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
Otro de sus discípulos le dijo:
— Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.
— Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos — le respondió Jesús.
Comentario
La multitud está maravillada por los milagros de Jesús. Pero Él huye de toda ostentación y manda pasar a la otra orilla. Un escriba logra presentarse ante Él y le elige como su Maestro. Recibe una respuesta inesperada: está ante el humilde Hijo del hombre, que predica sin descanso el Reino de Dios. No tiene casa propia; se hospeda y descansa donde es bien recibido: en Cafarnaún, en la casa de Pedro; en Betania, en la de los tres hermanos amigos suyos; en Jerusalén, en la casa indicada por el anónimo hombre del cántaro, en la barca de sus discípulos, donde durmió en medio de la tempestad. En cambio, una raposa, por muy agitada que sea su vida, se ha construido su guarida y de allí sale y allí vuelve. Y así los pájaros del cielo en sus nidos. Descansan cuando han asegurado su subsistencia y la de sus crías. Quizá el escriba imaginaba un seguimiento más acomodado.
Los que ya le siguen han experimentado lo que supone no tener tiempo ni para comer, hasta escuchar la invitación de Jesús a descansar un poco (cf. Marcos 6,31). Incluso entre ellos, los que Él ha elegido, surge el conflicto entre seguirle y cumplir la ley que manda honrar a los padres (cf. Éxodo 20,12), dándoles una digna sepultura. Pero ninguna ley supera el mandato del Señor a seguirle para anunciar la salvación, pues es expresión de la más alta caridad hacia el prójimo. Demorar la respuesta equivale a cambiar el orden de los mandamientos.
Jesús nos sigue diciendo: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Juan 15,16). Cuenta con nuestro “sí” alegre y decidido, también en este mundo tan necesitado de hombres y mujeres que lo amen tanto como Dios lo amó (cf. Juan 3,16). Resuena, al escuchar estas palabras del Evangelio de hoy, la advertencia de San Josemaría: “Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena. Esto es mucho..., pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo”[1].
[1] San Josemaría, Camino, n. 942.
Josep Boira
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Miércoles de la 13° semana del tiempo ordinario (Mt 8,28-34): Jesús llega a tiempo. “Toda la ciudad vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su región”. Ante el rechazo de aquella entera ciudad, queremos que nuestros conciudadanos conozcan y amen cada vez más a Jesucristo, a través de nuestra amistad.
Evangelio (Mt 8,28-34)
En aquel tiempo:
Al llegar a la orilla opuesta, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados, que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. Y en esto, se pusieron a gritar diciendo:
— ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?
Había no lejos de ellos una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios le suplicaban:
— Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos.
Les respondió:
— Id.
Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y, al llegar a la ciudad, contaron todas estas cosas, y lo sucedido a los endemoniados. Así que toda la ciudad vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su región.
Comentario
Hemos llegado, con Jesús a bordo, a la otra orilla del mar de Galilea y le acompañamos hasta Gadara, tierra de gentiles. También allí el Señor quiere llevar la Buena Nueva, pues “Él no hace acepción de personas” (Siracida 35,13). Bien unidos a Él podemos ser testigos de las situaciones más impactantes: dos endemoniados furiosos ante la presencia inesperada de Jesús. Los demonios no conocen que Dios es Amor (1 Juan 4,16), ni saben que el Corazón de Jesús encarna ese Amor por toda la humanidad; pero sí reconocen en ese Hombre un exorcista implacable: muchos demonios ya se han sometido a Él. Y rabian de envidia cuando le ven defender a los hombres del poder maligno y vencer. No entra en sus planes que Jesús pueda recorrer kilómetros, atravesar mares y llegar “antes del tiempo” para expulsarlos.
La escena se nos muestra escalofriante: los hombres son liberados y en su lugar una piara de cerdos serán los nuevos poseídos. Eran animales considerados impuros en las leyes judías. Pero el hombre está llamado a la pureza, a la santidad; su cuerpo no es un lugar digno de los demonios. Por eso Jesús ejerce todo su poder para liberar a esos hombres. Por ellos, por cada hombre, por cada mujer, Él dará su vida en la Cruz, rescatándonos del pecado y del poder del maligno. De su Corazón abierto manarán la sangre y el agua que purificarán el mundo.
Junto a la maravilla de ver libres a esos hombres, queda la pena del rechazo a Jesús por parte de los habitantes de Gadara. Para ellos, el exorcismo es también un duro reproche, pues no les importaba el terrible tormento de aquellos dos conciudadanos suyos. Vivían a sus espaldas, con una impureza mayor que la de aquellos animales. Si en algún momento de nuestra vida, ante el sufrimiento ajeno, tenemos la tentación de mirar a otra parte, acudamos al Sagrado Corazón de Jesús: de ahí manan, “tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño”[1]. Y seremos capaces de hacernos cargo de las heridas de este mundo, de ser misericordiosos como el Padre celestial (cf. Lucas 6,36).
[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 162 (homilía “El Corazón de Cristo, paz de los cristianos”).
Josep Boira
Jueves de la 13° semana del tiempo ordinario (Mt 9, 1-8): tus pecados te son perdonados. “Tus pecados te son perdonados”. El Señor nos espera en el sacramento de la penitencia, para perdonarnos los pecados, y llenar nuestra vida de paz como sucede con el paralítico.
Evangelio (Mt 9, 1-8)
Subió a una barca, cruzó de nuevo el mar y llegó a su ciudad. Entonces, le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.
Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: «Éste blasfema».
Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: —¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, y anda»? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados —se dirigió entonces al paralítico—, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se atemorizó y glorificó a Dios por haber dado tal potestad a los hombres.
Comentario
La fama de Jesús se va extendiendo y allá adónde va le presentan enfermos para que los cure. Este día llega a Cafarnaúm, su ciudad, y le presentan a un paralítico en una camilla.
Jesús, en cuanto le ve, le dice: “ten confianza, tus pecados te son perdonados”. Jesús mira al corazón de la persona y por eso le dice: tus pecados te son perdonados. Sí, aquella persona necesita ser curada, no puede valerse por sí misma, pero su corazón está necesitado del perdón de Dios.
Los fariseos, al escuchar a Jesús, piensan mal. Tienen un corazón mezquino, pequeño, cerrado, incapaz de abrirse a la verdad. Se creen poseedores de la verdad y terminan por no conocerla.
Jesús tiene con los fariseos una conducta acogedora, les dice: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: tus pecados te son perdonados o decir: levántate y anda?”
Y Jesús hace el milagro: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. El paralítico se levanta, coge la camilla y se marcha a su casa.
Vuelve a su casa totalmente curado. Vuelve con el corazón limpio y con la capacidad de hacer vida normal.
Los que asisten al milagro vuelven a su casa glorificando a Dios por las maravillas que han presenciado.
San Josemaría se maravillaba al contemplar el perdón de Dios. Decía en una ocasión: “Si consideramos las cosas despacio, veremos que un Dios Creador es admirable; un Dios, que viene hasta la Cruz para redimirnos, es una maravilla; ¡pero un Dios que perdona, un Dios que nos purifica, que nos limpia, es algo espléndido! ¿Cabe algo más paternal? ¿Vosotros guardáis rencor a vuestros hijos? ¿Verdad que no? Así Dios Nuestro Señor, en cuanto le pedimos perdón, nos perdona del todo. ¡Es estupendo!”[1].
Jesús nos espera en el sacramento de la penitencia para perdonarnos como perdonó al paralítico y llenar de paz nuestros corazones por el perdón.
[1] https://opusdei.org/es-es/article/la-misericordia-...
Javier Massa
Viernes de la 13° semana del tiempo ordinario (Mt 9, 9-13): se levantó y lo siguió. “Él se levantó y le siguió”. Dios llama a todos los hombres a la santidad. Lo hace libremente, no por nuestros méritos. Mateo nos enseña a responder con generosidad y prontitud.
Evangelio (Mt 9, 9-13)
Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo:
—Sígueme.
Él se levantó y le siguió.
Ya en la casa, estando a la mesa, vinieron muchos publicanos y pecadores y se sentaron también con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: —¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?
Pero él lo oyó y dijo:
—No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.
Comentario
Jesús, paso a paso, va llevando a cabo la voluntad del Padre de instaurar el Reino de los cielos. Cuenta con los hombres y, entre ellos, a algunos les da una misión especial como a los Apóstoles, a quienes constituye como fundamento de la Iglesia.
Entre ellos está Mateo. Cuando llega el día señalado por Dios desde la eternidad, Jesús pasa y le ve. No es un pasar ni un ver cualquiera. La elección de Mateo es desde la eternidad y en la mirada de Jesús tiene lugar la llamada.
Con los hombres ocurre lo mismo: Dios nos elige desde la eternidad para ser santos, en un camino concreto, y, en un momento de nuestra historia, tiene lugar la llamada.
La elección y la llamada es gratuita. De nosotros depende, en nuestra libertad, la respuesta. La de Mateo fue inmediata: “Él se levantó y le siguió”. Ese es el deseo de Dios, que respondamos con generosidad y prontitud a la llamada.
Es fácil responder si, por medio de la oración, estamos abiertos a escuchar lo que Dios nos quiera decir.
Mateo, una vez ha recibido la llamada, le recibe en su casa. En esta invitación encontramos una imagen del contenido de la llamada. Jesús llama para invitarnos a su amistad, para que vivamos en intimidad con Él.
Junto a Mateo, en su casa, se reunieron muchos publicanos y pecadores. Los fariseos comenzaron a criticar. Jesús, en cambio, anuncia la misericordia: “misericordia quiero y no sacrificio”.
Jesús elige y llama de una manera gratuita. Nos llama siendo pecadores a ser sus amigos. Lo hace por medio de su misericordia y del perdón que nos ofrece su corazón acogedor.
Javier Massa
Sábado

Domingo de la 14º semana del tiempo ordinario (Ciclo A: Mt 11,25-30); Encontraréis descanso.
Domingo de la 14° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 6,1-6): Dios puede entrar en nuestro Nazaret. «¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban de él”. En respuesta a la actitud de los paisanos de Jesús, nosotros creemos que el Señor puede entrar en el Nazaret de nuestra vida cotidiana.
Domingo de la 14º semana del tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 10, 1-12.17-20): “Yo os envío”.
Lunes de la 14° semana del tiempo ordinario (Mt 9, 18-26): tu fe te ha salvado. “Tu fe te ha salvado”. Jesús se alegra mucho e incluso se admira con gozo de aquellas personas que actúan ante Él con fe, que tienen el talento de reconocer lo divino.
Martes de la 14º semana del tiempo ordinario (Mt 9, 32-38): la mies es mucha. Jesús trabaja siempre con diligencia y una gran esperanza en los hombres, a los que quiere y sabe transformar con eficacia. Roguémosle a Él que nos enseñe a ver el mundo con esperanza: como una mies ya dispuesta que requiere muchos obreros para recogerla.
Miércoles de la 14ª semana del tiempo ordinario (Mt 10, 1-7): el Reino de los Cielos está cerca. “Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca»”. Jesús siempre desea contar con la libre colaboración humana para llevar a cabo sus designios de amor con los hombres. Hemos de decir que sí, ya, ahora, cuando Él pasa y nos lo pide, sin esperar a un momento mejor.
Jueves de la 14° semana del tiempo ordinario (Mt 10,7-15): la proclamación del Reino. El Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Jesús nos recuerda que el Reino de los Cielos está en los bienes espirituales, pero también en ayudar materialmente al que lo necesita.
Viernes de la 14° semana del tiempo ordinario (Mt 10,16-23): dejar hacer al Espíritu Santo. Comentario del Mirad que Yo os envío como ovejas en medio de lobos. El mundo está lleno de dificultades, está lleno de lobos. Nosotros no somos más que humildes ovejas. Jesús nos invita a dejar hacer al Espíritu Santo que vence todo mal.
Sábado de la 14° semana del tiempo ordinario (Mt 10, 24-33): no temáis, contamos con nuestro Padre Dios. Nuestros miedos afloran en el día a día. Miedo a dar testimonio de Jesús, miedo a las personas que van contra nuestra fe. Ante estos miedos, Jesús nos da la solución: seguir dando testimonio de Dios sintiéndonos dichosísimos por ser hijos de Dios.
Domingo de la 14º semana del tiempo ordinario (Ciclo A: Mt 11,25-30); Encontraréis descanso.
Evangelio (Mt 11,25-30)
En aquella ocasión Jesús declaró:
— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.
Comentario
Jesús hace una oración en voz alta, y el evangelista menciona cuáles fueron las palabras concretas con las que se dirigió a Dios: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25-27). Lo llama Padre y se alegra de su predilección por los más pequeños, y de que a ellos les revela las cosas más profundas. En efecto, Dios se complace en los niños ya que, como recuerda el Papa Francisco, “los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón. Y todos necesitamos ayuda, amor y perdón”[1].
San Josemaría experimentó esa predilección divina que, cuando quiere, ilumina los corazones de quienes lo buscan con sencillez, para que penetren en la intimidad divina y capten lo que implica el ser hijos de Dios. Una experiencia singular que tuvo lugar un día concreto, el 16 de octubre de 1931. Años después rememoraba lo que vivió aquel día, viendo cumplidas en sí mismo las palabras de Jesús que recoge Mateo: “Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía -una hora, hora y media, no lo sé-; Abba, Pater!, tenía que gritar. Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar’ (Mt 11,27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo”[2].
Jesús nos ha dado ejemplo de esa humildad y sencillez que admira en los niños. Así lo señalaba san Josemaría mientras meditaba este pasaje del evangelio: “Jesucristo, Señor Nuestro, con mucha frecuencia nos propone en su predicación el ejemplo de su humildad: ‘aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón? Para que tú y yo sepamos que no hay otro camino, que sólo el conocimiento sincero de nuestra nada encierra la fuerza de atraer hacia nosotros la divina gracia. Por nosotros, Jesús vino a padecer hambre y a alimentar, vino a sentir sed y a dar de beber, vino a vestirse de nuestra mortalidad y a vestir de inmortalidad, vino pobre para hacer ricos”[3].
En la escena del evangelio que estamos considerando, Jesús, después de manifestar su gozo por la predilección de Dios por los que son sencillos, como los niños, añade algo muy consolador: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Ahora bien, pone una condición para proporcionar el descanso: “Llevad mi yugo sobre vosotros” (Mt 11,29). “¿En qué consiste este ‘yugo’, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia –se preguntaba Benedicto XVI-? El ‘yugo’ de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos. El verdadero remedio para las heridas de la humanidad –sea las materiales, como el hambre y las injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar– es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa”[4].
[1] Papa Francisco, Audiencia general, Miércoles 18 de marzo de 2015.
[2] San Josemaría, En diálogo con el Señor, Rezar con más urgencia (Meditación del 24-XII-1969), n. 3.
[3] San Josemaría, Amigos de Dios, 97.
[4] Benedicto XVI, Ángelus, 3 julio de 2011
Francisco Varo
Domingo de la 14° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 6,1-6): Dios puede entrar en nuestro Nazaret. «¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban de él”. En respuesta a la actitud de los paisanos de Jesús, nosotros creemos que el Señor puede entrar en el Nazaret de nuestra vida cotidiana.
Evangelio (Mc 6,1-6)
Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados:
—¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?
Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús:
—No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad.
Comentario
Había pasado ya cierto tiempo desde que Jesús comenzó su predicación y decidió que era oportuno visitar Nazaret. Jesús acude con sus discípulos y se presenta a la gente de su pueblo como el nuevo Maestro. No es difícil imaginar la expectación que la llegada del hijo de María habría provocado entre los habitantes del lugar.
San Marcos describe con cierta brevedad esta escena. Nos dice que la gente estaba admirada ante las palabras de Jesús: pero no con esa admiración que lleva a abrazar la verdad, sino con la actitud de quien se extraña ante algo que contradice su opinión. Los oyentes no conciben que ese muchacho que habían visto crecer en su mismo pueblo, con un trabajo tan sencillo y en una familia tan normal, sea capaz de enseñar cosas tan elevadas. Tristemente, se cierran a la alegría del Evangelio.
¿De dónde surge esa reacción de los paisanos de Jesús? Quizás es que estaban tan acostumbrados a su pueblo, a su vida diaria, a sus rutinas, que son incapaces de pensar que algo grande pueda haber sucedido ahí. Parece que esas personas piensan que Dios no puede entrar en una familia de su pueblo, cuya vida está marcada por actividades tan cotidianas como cocinar, limpiar el taller, ir por el agua al pozo, etc. Nazaret les parece demasiada poca cosa para Dios.
En respuesta a la actitud de los paisanos de Jesús, nosotros creemos que el Señor puede entrar en nuestro propio Nazaret. Jesús puede crecer en esos espacios que conocemos perfectamente bien, en los rincones de nuestras casas, en las calles que recorremos todos los días. Cuando trabajamos por amor, queriendo servir a Dios y a los demás, vamos dejando que Cristo crezca en nosotros.
No todos los que vieron crecer a Jesús fueron tan incrédulos como los personajes del Evangelio de hoy. De la mano de santa María, san José habría mantenido una actitud noble de asombro durante aquellos años que convivió con Jesús. Así lo explicaba san Josemaría: “José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y él se esfuerza por entenderlos. Como toda alma que quiera seguir de cerca a Jesús, descubre en seguida que no es posible andar con paso cansino, que no cabe la rutina. (…) San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos”[1].
[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 54.
Rodolfo Valdés
Domingo de la 14º semana del tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 10, 1-12.17-20): “Yo os envío”.
Evangelio (Lc 10, 1-12.17-20)
Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía:
—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros». Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: «Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca». Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad.
Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo:
—Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.
Él les dijo:
—Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.
Jesús anunció el Reino de Dios desde los inicios con la colaboración de los hombres. Lucas, el evangelista de los gentiles, nos cuenta que después de enviar a los doce, como representantes de las tribus de Israel, “designó el Señor a otros setenta y dos y los envió (…) adonde él había de ir”. Detrás del número 72 subyace quizá la alusión a “los linajes de los hijos de Noé” a partir de los cuales, como cuenta el libro del Génesis, “se extendieron los pueblos por la tierra después del diluvio” (Gn 10,32). Este envío misionero “a toda ciudad y lugar” significaría la universalidad de los destinatarios de la buena nueva y también la de quienes deben anunciarla.
Comentario
No sabemos quiénes eran estos 72 discípulos. De hecho, serían muchos los que tendrían amistad y confianza con Jesús, los que trabajaron y dieron la vida por su Maestro, aunque sus nombres no hayan quedado consignados en los evangelios. Esta actitud discreta y eficaz, con “la sencillez, el no llamar la atención, el no exhibir, el no ocultar”[1], enamoraba a san Josemaría, que la señalaba con frecuencia como característica propia de los fieles cristianos corrientes, que se saben enviados en medio del mundo para transformarlo, con la fe y el testimonio de su vida.
Para la eficacia de la misión, Jesús prepara a sus discípulos con instrucciones precisas, que son válidas para cualquier época. Primero exhorta a rogar por el número de los obreros que han de trabajar en la mies, porque es Él quien elige y envía. Toca a los discípulos dar prioridad a la oración en su misión y rogar al dueño de las almas que llame y envíe a más gente.
Por otro lado, Jesús no tiene una visión negativa del mundo, porque no lo ve como un erial, sino como una mies preparada para la siega. “Podían los discípulos vacilar, meditar entre sí y decir: ¿Cómo será posible que nosotros, tan pocos en número, podamos convertir a todo el mundo; los sencillos a los sofistas, los desnudos a los vestidos, los súbditos a los que dominan? —comentaba san Juan Crisóstomo—. “Y para que no se turbasen con la reflexión de todo esto, llama al Evangelio mies, como diciendo: Todo está preparado”[2].
Además, Jesús envía a los discípulos “de dos en dos”, “para que se ayuden mutuamente y den testimonio de amor fraterno, —señalaba Benedicto XVI—. Y “les advierte de que serán "como corderos en medio de lobos", es decir, deberán ser pacíficos a pesar de todo y llevar en todas las situaciones un mensaje de paz”[3].
Entre las instrucciones de Jesús destaca la confianza en la Providencia y el desprendimiento de los bienes: “No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias”. Porque, como explica el Papa Francisco, el desapego de los bienes es la condición para ser discípulo.
A su regreso, los discípulos expresan su alegría y entusiasmo por la eficacia de la tarea, “¡Hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”, exclaman. Los frutos de su labor no se basaron tanto en el talento personal como en el nombre de Jesús y en la docilidad a las indicaciones del Maestro. Por su parte, Jesús eleva el sentido sobrenatural de la alegría de sus discípulos, que no radica en sentirse influyentes en este mundo sino más bien en el otro, donde el nombre de quienes aman a Dios queda inscrito “no con tinta, —dice un Padre de la Iglesia— sino en la memoria y en la gracia de Dios”[4].
[1] Cfr. P. Agulles, Voz “Naturalidad”, Diccionario san Josemaría Escrivá de Balaguer, Burgos, Monte Carmelo – Instituto Histórico Josemaría Escrivá, 2013, p. 882.
[2] San Juan Crisóstomo, in Mat. Hom. 34.
[3] Benedicto XVI, Ángelus, 8-VII-2007.
[4] Teofilacto, Catena aurea, in loc.
Pablo M. Edo
Lunes de la 14° semana del tiempo ordinario (Mt 9, 18-26): tu fe te ha salvado. “Tu fe te ha salvado”. Jesús se alegra mucho e incluso se admira con gozo de aquellas personas que actúan ante Él con fe, que tienen el talento de reconocer lo divino.
Evangelio (Mt 9, 18-26)
Mientras les decía estas cosas, un hombre importante se acercó, se postró ante él y le dijo:
—Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y vivirá.
Jesús se levantó y le siguió con sus discípulos.
En esto, una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, acercándose por detrás, tocó el borde de su manto, porque se decía a sí misma: «Con sólo tocar su manto me curaré». Jesús se volvió y mirándola le dijo:
—Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.
Y desde ese mismo momento quedó curada la mujer.
Después de esto, al llegar Jesús a la casa de aquel personaje, en cuanto vio a los músicos fúnebres y a la gente alterada, dijo:
—Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme.
Pero se reían de él. Y, cuando echaron de allí a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. Y esta noticia corrió por toda aquella comarca.
Comentario
Jesús se alegra mucho e incluso se admira con gozo de aquellas personas que actúan ante Él con fe, con la seguridad de quienes saben que están tratando con Dios, cuando se dirigen al Maestro de Galilea; que tienen el talento de reconocer lo divino, aunque se muestre tan accesible y cercano.
El evangelio de hoy nos presenta a dos de esas personas, un hombre y una mujer, que son para nosotros un modelo de fe y confianza en Jesús. Es tal su fe en el Maestro, que confían en que su sola presencia y el tacto de su mano van a resucitar a un ser querido muerto; o creen ciegamente que el simple roce con el borde de su manto les va a curar de una enfermedad larga y persistente, por el simple hecho de que ese manto pertenece a Jesús.
Estos dos personajes no reparan en el ambiente que les rodea para manifestar su humilde ruego y deseo. Incluso cuando todos alrededor hagan más difícil lograr su propósito, como la gente que apretuja al Señor y dificulta su acceso a la mujer hemorroísa; o las plañideras y familiares desconsolados, que se lamentan de la triste muerte de la niña y se burlan del deseo iluso del padre y de las palabras de Jesús.
Hoy podemos renovar nuestra fe en la acción de Jesús que se realiza sobre todo por medio de los sacramentos: la confesión, la comunión. Si el roce de su manto cura enfermedades terribles, si solo el contacto con su mano resucita muertos, ¡qué no podrá hacer cuando nos perdona en la confesión por las palabras del sacerdote, o cuando le recibimos en la Comunión! Jesús también podrá decirnos: “Tu fe te ha salvado”.
Pablo M. Edo
Martes de la 14º semana del tiempo ordinario (Mt 9, 32-38): la mies es mucha. Jesús trabaja siempre con diligencia y una gran esperanza en los hombres, a los que quiere y sabe transformar con eficacia. Roguémosle a Él que nos enseñe a ver el mundo con esperanza: como una mies ya dispuesta que requiere muchos obreros para recogerla.
Evangelio (Mt 9, 32-38)
Nada más irse, le trajeron un endemoniado mudo. Después de expulsar al demonio habló el mudo. Y la multitud se quedó admirada diciendo:
—Jamás se ha visto cosa igual en Israel.
Pero los fariseos decían:
—Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios.
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como un rebaño que no tiene pastor.
Entonces les dijo a sus discípulos:
—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.
Comentario
Nos dice el evangelio de hoy que “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias”.
Jesús quiere hacer el bien a todos sin distinción. Al Señor no le importa que algunos se opongan y critiquen. Tampoco logran frenar su afán de almas los blasfemos quienes, ante la evidente eficacia de sus milagros y exorcismos, le acusan de obtener esos poderes del diablo.
El Señor manifiesta siempre una infinita esperanza en los hombres y en la eficacia que tiene la acción de su palabra y de su gracia en ellos. Por eso el evangelio aclara que curaba todas las enfermedades y dolencias, y no solo algunas.
Ante el panorama actual que nos toca vivir y llevar a Dios, puede asomar el desconsuelo y el desaliento en nuestros corazones. Pero podemos pedirle a Jesús que nos transmita y contagie el afán evangelizador tan esperanzado que él siempre posee.
De hecho, cuando Jesús mira al mundo, no ve un erial ni un desierto donde no hay mucho que hacer. Al contrario, para Jesús el mundo es como un campo lleno de mies ya dispuesta para ser recogida.
Lo único que hace falta es que más gente se decida a trabajar por Cristo con su misma esperanza y diligencia. Y hasta esto también resulta fácil para Dios: basta rogarle a Él, dueño de la mies, de las almas, que envíe más obreros a trabajar por ellas.
Pablo M. Edo
Miércoles de la 14ª semana del tiempo ordinario (Mt 10, 1-7): el Reino de los Cielos está cerca. “Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca»”. Jesús siempre desea contar con la libre colaboración humana para llevar a cabo sus designios de amor con los hombres. Hemos de decir que sí, ya, ahora, cuando Él pasa y nos lo pide, sin esperar a un momento mejor.
Evangelio (Mt 10, 1-7)
Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los Doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.
A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:
—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca».
Comentario
Vemos hoy a Jesús eligiendo a varios de sus discípulos, otorgándoles poderes especiales y transmitiéndoles instrucciones precisas para anunciar la llegada del Reino de los Cielos.
Jesús no se espera a la hora de la resurrección y del envío del Espíritu Santo para confiar ya en la colaboración activa de sus discípulos. Tal como son y tal como están, reciben toda clase de dones celestiales que los asemejan al Maestro, para llevar a cabo la misión de extender el Reino.
Si nos fijamos en la historia, el Señor siempre ha querido contar con los hombres en sus proyectos de salvación. No es un Dios avasallador y fulminante, ante cuya acción eficaz todos salen transformados inmediatamente.
Al contrario, Dios cree tanto en la instauración del Reino de los cielos y en la redención de los corazones humanos, que “se atreve”, por decirlo así, a contar con ellos para llevarla a cabo. Que espera nuestra libre respuesta y cooperación para que ese Reino sea una realidad.
Jesús también cuenta con nosotros, hoy, ahora, sin esperar a un momento más propicio, en el que nos sintamos más preparados y mejor dispuestos, cosa que nunca sucederá, porque nunca seremos dignos embajadores de su mensaje de salvación. Hemos de decir que sí, ya, ahora, cuando Él pasa y nos lo pide: y sobre nuestra generosidad, ya sabe Dios formar a un apóstol, eficaz y fiel.
Pablo M. Edo
Jueves de la 14° semana del tiempo ordinario (Mt 10,7-15): la proclamación del Reino. El Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Jesús nos recuerda que el Reino de los Cielos está en los bienes espirituales, pero también en ayudar materialmente al que lo necesita.
Evangelio (Mt 10,7-15)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento.
Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquel pueblo.
Comentario
El evangelio de la misa de hoy nos muestra la misión universal del cristiano: predicar el Evangelio.
Jesús nos enseña que predicar el Evangelio incluye tanto las obras de misericordia materiales como las espirituales. No solo es resucitar a los muertos entendido como buscar que todas las personas alcancen la vida eterna. Jesús también quiere que busquemos mejorar las condiciones materiales de las personas necesitadas: que cuidemos enfermos, limpiemos leprosos, etc… Nos recuerda que debemos buscar mejorar las condiciones de vida de aquellos que sufren, debemos buscar su bien material.
Pero Jesús no se queda en un plano puramente material, sino que quiere que todo hombre conozca el Evangelio, conozca Su mensaje. Cada cristiano está llamado a llevar el mensaje de alegría del cristiano. El que busca a Cristo no necesita nada más, es Cristo el que llena por completo las ansias de felicidad del hombre. Cristo es la respuesta, él colma al hombre por completo.
Tantas veces, nos aferramos a los bienes materiales. Intentamos tener siempre más. Ponemos nuestra felicidad en las cosas materiales. Jesús nos recuerda que debemos desprendernos de lo material para poder aferrarnos sólo a Él. En nuestra vida, muchas veces prevalece el tener al ser. Y Jesús nos recuerda que, para cumplir la misión de predicar el Evangelio, no necesitamos tener cosas, sino fiarnos de Jesús al cien por cien.
Muchas personas se encuentran desconsoladas por el sufrimiento y el dolor. El cristiano está llamado a ayudar al que sufre. Pero también a mirar más arriba, a mirar a Jesús, a mirar el Reino de los Cielos. Podemos pedirle a Jesús que nos transmita y contagie el afán por evangelizador a los que nos rodean.
Pablo Erdozain
Viernes de la 14° semana del tiempo ordinario (Mt 10,16-23): dejar hacer al Espíritu Santo. Comentario del Mirad que Yo os envío como ovejas en medio de lobos. El mundo está lleno de dificultades, está lleno de lobos. Nosotros no somos más que humildes ovejas. Jesús nos invita a dejar hacer al Espíritu Santo que vence todo mal.
Evangelio (Mt 10,16-23)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: Mirad que Yo os envío como a ovejas en medio de lobos: ¡Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas!
Pero cuidado con los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas. A causa de mí, seréis llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los gentiles.
Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo vais a hablar o qué vais a decir: lo que debáis decir se os dará a conocer en ese momento, porque no serán vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los matarán. Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, y si os persiguen en esta, huid a una tercera. Os aseguro que no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel, antes que llegue el Hijo del hombre.
Comentario
Jesús nos previene de las dificultades, somos “ovejas en medio de lobos”. La vida del cristiano, muchas veces, no es sencilla, conlleva sufrimiento, dolor, contradicción. Hoy día, nos movemos en un ambiente que no es cristiano, igual que en tiempos de los apóstoles. Pero el ambiente no puede ser una excusa para no evangelizar.
Ante esta situación, Jesús nos da la receta: dar testimonio. Tantas veces, los cristianos nos vemos cohibidos por un ambiente adverso que nos sirve como excusa para no evangelizar. Jesús conoce que nos envía a los lobos, aun así, nos alienta a ser testigos suyos.
Ante esta situación, Jesús nos anima a hacer el bien. La violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida. San Josemaría, decía “tenemos que ahogar el mal en abundancia de bien” (864 Surco).
Jesús nos anima a confiar en el Espíritu Santo, sin miedo a ir contracorriente. Es una gracia que debemos pedir al Señor. Ser coherentes, vivir como cristianos.
Ante esta aparente paradoja que supone ser ovejas en medio de lobos, Jesús nos hace mirar más allá. El cristiano es oveja, pero cuenta con la ayuda del Espíritu Santo, cuenta con la ayuda de la gracia. Y Dios puede más que cualquier manada de lobos.
En los momentos en que perdamos la visión positiva y nos sintamos abatidos por el mal del mundo o de nuestra vida, dirijamos nuestra oración al Cielo y mantengamos la confianza en que Dios ha vencido al mundo.
Pablo Erdozain
Sábado de la 14° semana del tiempo ordinario (Mt 10, 24-33): no temáis, contamos con nuestro Padre Dios. Nuestros miedos afloran en el día a día. Miedo a dar testimonio de Jesús, miedo a las personas que van contra nuestra fe. Ante estos miedos, Jesús nos da la solución: seguir dando testimonio de Dios sintiéndonos dichosísimos por ser hijos de Dios.
Evangelio (Mt 10, 24-33)
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos “No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus criados! «No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no llegue a descubrirse, ni oculto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde la azotea.
«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un céntimo? Pues bien, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre.
En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.
Comentario
En este pasaje, Jesús nos habla de nuestros miedos. “No tengáis miedo” de proclamar el Evangelio. Nos llama a no ser cristianos en la oscuridad, sino cristianos a plena luz. Hoy día, existe el peligro de reducir la fe al ámbito privado, a pensar que mi fe la practico por mi cuenta, desvinculada de mi relación con los demás. La sociedad moderna nos presiona para que no difundamos el Evangelio, que lo mantengamos en nuestro fuero interno. Tenemos el peligro de convertirnos en cristianos de puertas adentro, de que nuestra vida cristiana no se vea reflejada en nuestra vida social y profesional. Jesús, en cambio, nos muestra un camino muy diverso “Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz”. Nos llama a ser testigos suyos en el mundo, a llevar su mensaje a todos los lugares de la tierra. A dar luz a los hombres, a llevar a Cristo en medio de todas nuestras circunstancias ordinarias del día a día, a todas las personas que nos rodean.
Otro de nuestros miedos, es el miedo a las personas que pretenden arrinconarnos a los cristianos. “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Los dueños de nuestra alma somos nosotros mismos, gobernamos nuestra propia vida, nuestro propio camino. Tan solo, debemos temer a los que buscan que caigamos en el pecado.
Jesús nos da la clave para superar nuestros miedos: el valor de ser hijos de Dios. No solo somos valiosos por ser imagen y semejanza de Dios, sino que Él nos ha hecho Sus hijos. Y al ser hijos, somos amados de forma absoluta por Dios. Queridos no por lo que hacemos, ni por cómo lo hacemos, sino por lo que somos: hijos amadísimos de Dios.
Esa confianza con nuestro Padre Dios, nos hace capaces de llevar a la oración con Dios todas nuestras realidades: nuestras fatigas, nuestros sufrimientos, nuestro compromiso cotidiano por ser cristianos. Todas nuestras actividades ordinarias son importantes para Dios “hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados”. Con esa cercanía de un hijo con Su Padre, los miedos desaparecen. Esa certeza de ser amados nos lleva a ser capaces de dar testimonio de Jesús en el mundo.
Pablo Erdozain

Domingo de la 15º semana Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 13,1-23).
Domingo de la 15° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 6,7-13). “Dándoles potestad sobre los espíritus impuros”. Toda autoridad viene de Dios. Jesús nos quiso dejar muy claro quien crea y se identifique con él podrá hacer sus mismas obras (Jn 14,12), vencer a los demonios y curar las enfermedades.
Domingo de la 15º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 10,25-37). “¿Qué puedo hacer para heredar la vida eterna?”. El amor ha de ser visible y tangible. Como dice el Papa Francisco el amor es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano.
Lunes de la 15ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 10,34-11,1). “Quien pierda por mí su vida, la encontrará”. La única manera de seguir al Señor es perder la vida por los demás, que es dar la vida por Él.
Martes de la 15ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 11,20-24). “Los milagros que se han obrado en ti”. Los milagros que Dios cumple en nuestra vida nos invitan a una verdadera y completa conversión.
Miércoles de la 15ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 11,25-27). “Nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Uno de los regalos más grandes que nos ha traído Jesucristo es la experiencia de nuestra filiación divina.
Jueves de la 15ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 11,28-30). “Todos los cansados y agobiados”. Mientras estemos de camino no es posible evitar el cansancio y el agobio. Pero quien camina con Cristo, sabe llevar y sabe dar sentido a sus cansancios y agobios.
Viernes de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 12, 1-8).“El Hijo del Hombre es señor del sábado” Queremos que Dios sea el centro de nuestra vida. Los días en que celebramos a Dios, nos recuerdan que debemos ponerle en el centro de los quehaceres ordinarios de nuestra vida.
Sábado de la 15° semana del Tiempo Ordinario (Mt 12,14-21). “No disputará ni gritará”. Jesús lleva a cabo su misión de una forma desconcertante para los hombres. Y al hacerlo, nos revela la profunda identidad del amor: la entrega de la propia vida por aquellos a los que se ama.
Domingo de la 15º semana Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 13,1-23).
Evangelio (Mt 13,1-23)
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas:
—Salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.
Los discípulos se acercaron a decirle:
—¿Por qué les hablas con parábolas?
Él les respondió:
—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:
Con el oído oiréis, pero no entenderéis;
con la vista miraréis, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
han hecho duros sus oídos,
y han cerrado sus ojos;
no sea que vean con los ojos,
y oigan con los oídos,
y entiendan con el corazón y se conviertan,
y yo los sane.
Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.
Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.
Comentario
La parábola del sembrador es la primera de las siete que componen el discurso de las parábolas sobre el Reino de Dios en el evangelio de Mateo, y describe los distintos tipos de tierra en los que cae la semilla echada a voleo por el sembrador. Se trata de una gran metáfora de la predicación de la palabra de Dios a lo largo de la Historia. La parábola explica por qué la misma semilla del evangelio produce efectos tan diferentes en las personas: porque cada uno la recibe según sus disposiciones.
Con los tipos de suelo que puede encontrarse la semilla al caer, Jesús resume los tipos de personas que existen. De esta manera, no solo transmite un conocimiento muy valioso sobre cómo somos, sino que también nos interpela para examinar qué podemos hacer para mejorar nuestra correspondencia. El papa Francisco lo explicaba diciendo que “nuestro corazón, como un terreno, puede ser bueno y entonces la Palabra da fruto —y mucho— pero puede ser también duro, impermeable. Ello ocurre cuando oímos la Palabra, pero nos es indiferente, precisamente como en una calle: no entra”[1].
Entre la tierra buena y la mala está también el terreno pedregoso, que coincide con “el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca —sigue diciendo el papa—. “Es un corazón sin profundidad, donde las piedras de la pereza prevalecen sobre la tierra buena, donde el amor es inconstante y pasajero. Pero quien acoge al Señor solo cuando le apetece, no da fruto”[2].
Por último, está lo que cae entre zarzas, que “son los vicios que se pelean con Dios, que asfixian su presencia: sobre todo los ídolos de la riqueza mundana, el vivir ávidamente, para sí mismos, por el tener y por el poder. Si cultivamos estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede reconocer a sus pequeñas o grandes zarzas, los vicios que habitan en su corazón, los arbustos más o menos radicados que no gustan a Dios e impiden tener el corazón limpio. Hay que arrancarlos, o la Palabra no dará fruto, la semilla no se desarrollará”[3].
Los discípulos preguntaron a Jesús por qué hablaba en parábolas. El Maestro les hace ver que predica “los misterios del Reino”. Para los hombres son difíciles de entender directamente. Por eso emplea un lenguaje figurado, con imágenes cercanas a los oyentes y que se refieren veladamente a los misterios.
En su explicación a los discípulos, Jesús dice: “al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará” (v. 12). La frase nos inquieta porque parece una injusticia. En cambio, Jesús explica de esta manera que quien no recibe con buena voluntad el evangelio y la gracia, se hace incapaz para entenderlo y para recibir más. En cambio, quien se dispone dócilmente a dejarse transformar por la palabra de Dios —que eso hacían los discípulos— no solo recibe la gracia de la conversión, sino que se hace apto para recibir más gracia aún.
También sorprende la cita de Isaías que emplea Jesús: “no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane” (v. 15). En realidad, el Señor recurre aquí a la ironía, precisamente para lamentarse de que sus oyentes están cumpliendo, con su libre correspondencia, la profecía de Isaías, a pesar del afán que tiene el Señor por salvarlos. En efecto, aunque muchos veían los milagros que Jesús hacía y tenían quizá más capacidad que los doce para comprender sus palabras, libremente hacían oídos sordos al mensaje y se sumían en una ceguera voluntaria.
[1] Papa Francisco, Ángelus, 16 de julio de 2017.
[2] Ibidem.
[3] Ibidem.
Pablo M. Edo
Domingo de la 15° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 6,7-13). “Dándoles potestad sobre los espíritus impuros”. Toda autoridad viene de Dios. Jesús nos quiso dejar muy claro quien crea y se identifique con él podrá hacer sus mismas obras (Jn 14,12), vencer a los demonios y curar las enfermedades.
Evangelio (Mc 6,7-13)
Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía:
—Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.
Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Comentario
El evangelio de la misa de hoy nos muestra a Jesús enviando a los Doce, de dos en dos, a predicar la conversión y a sanar y liberar a los oprimidos por el diablo. Jesús les pide hacer aquello por lo que luego lo recordará Pedro en uno de sus discursos en los Hechos de los Apóstoles: “A Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y (…) pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38). Misión esta con la que todos nos sentimos identificados. Pero el escueto texto del Evangelio según Marcos dice mucho más de lo que parece, y a desentrañarlo nos ayudan las demás lecturas que hoy se leen en misa.
En la primera de ellas nos habla el profeta Amós: “Yo no soy profeta, ni hijo de profeta; sino ganadero y cultivador de sicomoros. El Señor me tomó de detrás del rebaño; el Señor me mandó: «Vete, profetiza a mi pueblo Israel»” (Am 7,15). Lo que la breve primera lectura de la misa de hoy nos ilumina sobre el evangelio es precisamente esta convicción de que es Dios el que llama al profeta: el verdadero profeta no se mueve por motivos humanos ni predica un mensaje a gusto del oyente. Hay en él humildad y valentía al mismo tiempo: la valentía que da la seguridad de ser portador de un mensaje divino, un mensaje que es amor y misericordia porque es invitación a la una conversión de la que depende la vida.
Esto mismo lo vamos a escuchar en el salmo: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón” (Sal 85,9). Amigos son los que escuchan la palabra de Dios; ¡todos están llamados a ser amigos! Pero algunos escuchan y otros no. Así, el profeta es no solo enviado con un mensaje sino también con la misión de intentar abrir los corazones de los oyentes, al menos con una pequeña rendija, para que el mensaje divino entre en ellos y haga su labor. El profeta no ha sido enviado para condenar, sino para hablar de la salvación de Dios, de su amor y su misericordia. Y para recordar a todos que, lejos de Dios, en manos del pecado, no hay vida posible.
Al profeta, al apóstol, le ha sido otorgada una gran potestad. Y esto no debemos olvidarlo: “No descuides el don que hay en ti” (1Tm 4,14). Pero esa potestad va unida a la firme convicción de que toda autoridad tiene su fuente en Dios y, en el caso del profeta o apóstol, de que es para la misión apostólica. El enviado, como nos recuerda Marcos, lleva consigo lo imprescindible para ayudarse en el camino: un bastón. El enviado es un caminante, que va de casa en casa, de corazón en corazón, llevando la luz y la curación que trae el Evangelio, que es Cristo, y que obra poderosamente a través del Espíritu. La acción del profeta manifiesta que el Reino de Dios está ya aquí, entre nosotros, precisamente por esa acción sanadora de cuerpos y de espíritus.
Esa acción poderosa de la predicación tiene su fuente en el mismo Evangelio, cuya predicación es el primer salario que recibe el que evangeliza, como dice San Pablo: “¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente” (1Co 9,18). Pero para que esto sea así, lo que ha de entregarse es el Evangelio que uno ha recibido, la fe apostólica, a la que el mismo Pablo llama escudo (Ef 6,16). La segunda lectura de la misa de hoy es un maravillo resumen de esa fe, en cuyo corazón está el plan eterno de Dios: la llamada de los hombres a ser sus hijos, a ser santos e irreprochables ante Él por el amor, y sobre los que ha derramado sobreabundantemente las riquezas de su gracia con toda sabiduría y prudencia (cfr. Ef 1,3-14).
Las lecturas de la misa de hoy nos recuerdan a qué hemos sido llamados y la grandeza de la condición apostólica de los cristianos, con los que Dios cuenta para hacer conocer a todos su maravilloso designio: ¡hemos de entrar en todas las casas para llevar a cada hogar la luz del Evangelio! (cfr. Mc 16,15-18). La mayor fortaleza que tiene el cristiano radica en haber interiorizado el evangelio y haberlo hecho vida propia: el saberse así amados desde la eternidad, el saberse llamados a algo tan grande, el saber que Dios cuente con nosotros, la experiencia de su misericordia. Todo esto nos empuja a preguntarnos hasta qué punto hemos dejado que el Evangelio entre en nuestro corazón para transformarnos. La fuerza y la convicción con la que hablemos de Dios a cada persona depende de eso.
Juan Luis Caballero
Domingo de la 15º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 10,25-37). “¿Qué puedo hacer para heredar la vida eterna?”. El amor ha de ser visible y tangible. Como dice el Papa Francisco el amor es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano.
Evangelio (Lc 10,25-37)
Entonces un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle:
—Maestro, ¿qué puedo hacer para heredar la vida eterna?
Él le contestó:
—¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?
Y éste le respondió:
—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.
Y le dijo:
—Has respondido bien: haz esto y vivirás.
Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús:
—¿Y quién es mi prójimo?
Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo:
—Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta». ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?
Él le dijo:
—El que tuvo misericordia con él.
—Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo.
Comentario
La conversación entre Jesús y este doctor de la ley encaja bien en el tipo de diálogos habituales entre los maestros de Israel. Jesús no responde directamente a la cuestión que le plantea, sino que le pregunta qué respuesta daría él mismo acerca de qué hacer para heredar la vida eterna. Él contesta, muy acertadamente, uniendo un texto del Deuteronomio acerca de la primacía del amor a Dios (cf. Dt 6,5), con otro del Levítico sobre el amor al prójimo (cf. Lv 19,18). Sabía perfectamente cuál era la respuesta teórica de aquello sobre lo que había preguntado a Jesús, pero, su pregunta no fue superflua. Muchas veces sucede que no basta con conocer la doctrina, las dificultades se plantean acerca del modo de llevarla a la práctica. En este caso, la cuestión que no estaba clara es a quién habría que considerar como “prójimo”, y, por tanto, objeto del amor.
Jesús le responde ahora con una parábola en la que habla de un sacerdote y un levita que habían pasado de largo ante un viajero al que unos salteadores le habían robado todo y lo habían dejado malherido, “pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión” (v. 33). Ese hombre samaritano, enternecido, reacciona: “se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta’” (vv. 34-35).
El amor ha de ser visible y tangible. Reclama hechos concretos que ayuden a remediar las necesidades específicas del prójimo. Por eso, después de plantear la parábola, Jesús pregunta a su interlocutor: “¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Él le dijo: ‘El que tuvo misericordia con él’” (vv. 36-37).
La pregunta de Jesús no es "inocente". En el lenguaje del Antiguo Testamento, el “prójimo” (en hebreo, “re‘a”) no es cualquier ser humano, sino el que pertenece al propio pueblo. Ciertamente el sacerdote y el levita pertenecían. Pero ninguno de sus contemporáneos habría dicho que un samaritano fuera su “prójimo”. Jesús pone en un compromiso a su interlocutor al preguntarle por “cuál de estos tres” (el sacerdote, el levita o el samaritano) era el “prójimo” de aquel hombre malherido. El doctor de la ley, para no decir lo que parecía obvio, pero era impensable para él –“el samaritano”–, recurre a un circunloquio: “El que tuvo misericordia con él”.
“La actualidad de la parábola resulta evidente -comenta Benedicto XVI- (…) ¿No encontramos también a nuestro alrededor personas explotadas y maltratadas? Las víctimas de la droga, del tráfico de personas, del turismo sexual; personas destrozadas interiormente, vacías en medio de la riqueza material. Todo esto nos afecta y nos llama a tener los ojos y el corazón de quien es prójimo, y también el valor de amar al prójimo”[1]
La parábola de Jesús es provocativa: En la práctica, ¿quién fue “el que tuvo misericordia con él”? Ciertamente, el samaritano fue verdadero prójimo de aquel hombre, pero, también lo fue el posadero. Él fue quien se encargó durante muchos días de curarle las heridas hasta que sanaran, de atenderlo cuando fuera necesario, o de prepararle alimentos que le resultasen apetitosos y le ayudasen a recuperar sus fuerzas. Todo eso sin protagonismo, sirviendo oculto. Como señala el Papa Francisco, “el amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano”[2].
[1] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret I. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Madrid: La esfera de los libros, 2000), p. 239-240.
[2] Papa Francisco, Misericordiae vultus, n. 9.
Francisco Varo
Lunes de la 15ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 10,34-11,1). “Quien pierda por mí su vida, la encontrará”. La única manera de seguir al Señor es perder la vida por los demás, que es dar la vida por Él.
Evangelio (Mt 10,34-11,1)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles:
- No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su misma casa. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará. Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.
Cuando terminó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
Comentario
Las palabras de Jesús a veces sorprenden a los Apóstoles: “No he venido a traer la paz sino la espada”. El anuncio cristiano es una llamada exigente que afecta toda la vida del hombre, incluso las relaciones familiares.
La referencia al enfrentamiento en las familias traído por Jesús recuerda y cumple la profecía de Miqueas: “El hijo ultraja al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera, contra su suegra: los enemigos del hombre son los de su propia casa. Pero yo miraré al Señor, esperaré en Dios mi salvador; mi Dios me escuchará” (Mi 7,6-7). No se trata de fomentar las divisiones sino más bien de poner el amor a Dios por encima de todo, a pesar de que a veces comporte sacrificios.
Seguir a Cristo en nuestra vida puede llevarnos a defraudar las expectativas de nuestros familiares o amigos, pero eso no tiene que asustarnos. El Señor se sirve de esas aparentes decepciones para confirmar que es Él quien mueve los corazones, quien guía a la plenitud de la felicidad en ese mundo.
Enseguida el Maestro ofrece la clave para entender este misterio: “Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”. El amor a los demás tiene que ser el camino para amar a Dios. Se trata del mandamiento revelado en la última cena: “como yo os he amado, amaos los unos a los otros” (Jn 15,12).
Cuando nos cueste más amar a alguien podemos recordar esta verdad evangélica: el amor a Dios se realiza en el amor a nuestro próximo, no “como si fuera Él” sino como a Él. Amar al prójimo es amar a Dios.
Giovanni Vassallo
Martes de la 15ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 11,20-24). “Los milagros que se han obrado en ti”. Los milagros que Dios cumple en nuestra vida nos invitan a una verdadera y completa conversión.
Evangelio (Mt 11,20-24)
En aquel tiempo se puso a reprochar a las ciudades donde se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido:
-¡Ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. Sin embargo, os digo que en el día del Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras.
Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta los infiernos vas a descender! Porque si en Sodoma hubieran sido realizados los milagros que se han obrado en ti, perduraría hasta hoy. En verdad os digo que en el día del Juicio la tierra de Sodoma será tratada con menos rigor que tú.
Comentario
Pocas veces las palabras de Jesús se encienden tanto como en este pasaje del evangelio. El Maestro reprocha a los habitantes de los lugares donde más tiempo había pasado. Betsaida era la patria de Felipe, Andrés y Pedro. En ella muchos milagros se habían cumplido y muchas palabras de vida eterna se habían escuchado.
Pero las palabras más duras del Señor están reservadas a Cafarnaún, la ciudad que fue su casa durante buena parte de su vida pública. Estas ciudades, amadas por Jesús y que tuvieron la gracia de presenciar a la misión del Redentor, no acababan de creer del todo, no se habían convertido completamente.
Jesús anuncia que si no se convierten tendrán un destino peor que las ciudades paganas de Tiro, Sidón y Sodoma, de las cuales en el Antiguo Testamento se profetizan castigos terribles.
Betsaida y Cafarnaún son imagen de nuestra existencia: pequeñas ciudades que Dios viene a visitar, haciendo de ellas su casa. Pero para recibir a Jesús no basta con ser visitados, tenemos que acoger y dejarnos cambiar por su presencia. En aquella época, como hoy, no basta contemplar las maravillas cumplidas por Dios en el mundo y en nuestra vida, es necesario ponerse en camino para vivir la nueva vida que ofrece Jesús, hacer del evangelio nuestra vida.
San Josemaría recordaba que si eso parece difícil, “la bondad de Dios nos quiere hacer fácil el camino. No rechacemos la invitación de Jesús, no le digamos que no, no nos hagamos sordos a su llamada: porque no existen excusas, no tenemos motivo para continuar pensando que no podemos” (Es Cristo que pasa n. 15).
Cuando llegue el juicio, aquí anunciado explícitamente por Jesús, queremos que el Señor nos diga: “Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor” (Mt 25,21).
Giovanni Vassallo
Miércoles de la 15ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 11,25-27). “Nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Uno de los regalos más grandes que nos ha traído Jesucristo es la experiencia de nuestra filiación divina.
Evangelio (Mt 11,25-27)
En aquella ocasión Jesús declaró:
- Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
Comentario
Es bonito ver cómo los padres, cuando han puesto en marcha algo grande, transmiten toda su experiencia a sus hijos para que puedan hacerse cargo de la empresa familiar y llevarla a mayor éxito y grandeza. Algo parecido dice Jesús de su Padre Dios: “Todo me lo ha entregado mi Padre”.
La vida de Jesús no se puede entender sino como vida del Hijo de Dios en su perfecta unidad con el Padre. Y uno de los tesoros más grandes que nos ha regalado con su encarnación ha sido justamente enseñarnos al Padre, al Dios a quien nadie había contemplado jamás: “a Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer” (Jn 1,18).
Cuando Felipe le dice en la última cena: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”, Jesús le contesta “Felipe, ¿tanto tiempo llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,8-9). Cuando dudemos de la cercanía y de la bondad de Dios podemos volver a contemplar en las páginas del Evangelio la vida y el corazón de Jesús: allí encontramos la consolación de un Padre que nos ama como hijos únicos.
El descubrimiento de nuestra filiación divina es el regalo de Dios en Jesucristo. San Josemaría así contaba cómo lo experimentó en el otoño de 1931: “Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos..., en la calle y en un tranvía - una hora, hora y media, no lo sé -; Abba, Pater!, tenía que gritar” (Meditación del 24-XII-1969).
Ese don inmenso es algo que cada uno de nosotros tiene que descubrir y experimentar personalmente en su vida.
Giovanni Vassallo
Jueves de la 15ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 11,28-30). “Todos los cansados y agobiados”. Mientras estemos de camino no es posible evitar el cansancio y el agobio. Pero quien camina con Cristo, sabe llevar y sabe dar sentido a sus cansancios y agobios.
Evangelio (Mt 11,28-30)
Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.
Comentario
La Sagrada Escritura habla a menudo de la vida en términos de peregrinación: caminamos, personalmente y como pueblo, hacia un descanso del que no podemos disfrutar aquí plenamente. Sin embargo, quien nos procurará ese descanso, Cristo, camina con nosotros; es más, camina “en nosotros”, y por eso el descanso ya es posible mientras peregrinamos, aunque no lo podamos experimentar en plenitud. La clave está en darnos cuenta de la presencia de Jesús en nuestros corazones y en ponernos en sus manos: en caminar en diálogo con él, compartiendo con él todos nuestros deseos y afanes.
Poco antes de las palabras que leemos en el evangelio de la misa de hoy, Jesús ha hablado de la necesidad de buenos pastores que vayan a trabajar a la abundante mies (Mt 9,35-38); ha elegido a los Doce Apóstoles y les ha dado instrucciones para la misión (Mt 10,1-42); ha hablado de la actitud de aquellos a los que se predica el evangelio (Mt 11,1-24); y ha entonado una preciosa acción de gracias al Padre por haber querido revelar cosas tan grandes a los pequeños (Mt 11,25-27). No solo produce cansancio y agobio el normal peregrinar de la vida, sino que a eso hemos de añadir el producido por la misión. Aunque, de hecho, toda nuestra vida cristiana es misión: no son dos cosas que se puedan separar.
El cansancio y el agobio también pueden venir por la falta de escucha de aquellos a los que hemos sido enviados. Cristo nos ayuda a dar sentido a ese cansancio (cfr. Col 1,24). Y a realizar la misión de llevar el evangelio y hacerlo vida propia con rectitud de intención. No hablamos de Dios tan solo a los que sabemos que van a responder. Dios, al enviar a Jeremías y Ezequiel, les dijo que muchos no los escucharán, pero que nadie podría ya decir que no había habido un profeta entre ellos (Jr 7,27; Ez 2,5).
Cristo nos dejó con su vida unas huellas para seguir (1P 2,21) y, al hacerlo, ha dado sentido a nuestros cansancios: él caminó y camina entre nosotros, con su corazón manso y humilde, como buen pastor que no se cansa de buscar y cuidar a sus ovejas. Con su corazón, el peso de la vida, sin dejar de ser peso, se lleva de otra forma. Así lo expresaba San Pablo: “estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros” (Rm 8,18).
Juan Luis Caballero
Viernes de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 12, 1-8).“El Hijo del Hombre es señor del sábado” Queremos que Dios sea el centro de nuestra vida. Los días en que celebramos a Dios, nos recuerdan que debemos ponerle en el centro de los quehaceres ordinarios de nuestra vida.
Evangelio (Mt 12, 1-8)
En aquel tiempo pasaba Jesús un sábado por entre unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron:
Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer el sábado.
Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que le acompañaban, sino sólo a los sacerdotes? ¿Y no habéis leído en la Ley que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.
Comentario
En el Evangelio de hoy Jesús nos invita a reflexionar sobre el descanso dominical. Nos enseña que no es un mero cumplimiento de normas legales sino que estas reglas están subordinadas a un precepto mayor: honrar a Dios.
Los fariseos se enfrentan a Jesús por la cuestión del sábado. Jesús, por su autoridad divina, transmite la interpretación definitiva de la Ley. Dios mandó respetar el sábado, lo instituyó y ordenó que el pueblo se abstuviera de trabajar ese día. Con el tiempo se fue complicando el precepto dado por Dios y se fue convirtiendo en un conjunto de normas rígidas: existían 39 trabajos prohibidos el sábado.
Pero Jesús nos enseña cuál es el verdadero sentido del sábado: honrar a Dios en un día dedicado al Señor que nos recuerda que nuestra vida pertenece y debe estar dirigida a Dios. Para ilustrarlo pone el ejemplo del rey David que, hambriento comió los panes de la proposición. Cuando estamos hambrientos, sedientos o somnolientos, difícilmente nuestra mente puede estar centrada en Dios.
Los cristianos, siguiendo esta misma tradición judío, trasladamos el sábado al domingo al ser el día en que se produjo el evento central de nuestra salvación: la resurrección de Cristo. El respeto del descanso dominical nos recuerda la centralidad de Cristo en nuestras vidas.
El Papa Francisco lo recordó “El domingo no es el día para borrar los demás días, sino para recordarlos, bendecirlos y hacer las paces con la vida. La vida es preciosa. No es fácil, a veces es dolorosa, pero es preciosa (Homilía 5-IX-2018).
San Josemaría decía “el descanso significa acopiar fuerzas, ideales, planes… cambiar de ocupación, para volver después – con nuevos bríos – al quehacer habitual” (san Josemaría, Surco 514).
Necesitamos descansar, pero para volver a centrar nuestra cabeza y corazón en lo más importante de nuestra vida: amar a Dios en nuestro día a día. Por eso, cuando Jesús reprende a los fariseos, lo hace porque su corazón se ha desviado del verdadero propósito del descanso que es honrar a Dios. Cumpliendo una serie de normas los fariseos desvían el precepto hacía sí mismos.
Tú y yo, también queremos que Dios sea el centro de nuestra vida. El domingo dirige nuestra mirada a Dios, que es quien realmente puede hacernos felices, y nos recuerda que debemos poner a Dios en el centro de los quehaceres ordinarios.
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Sábado de la 15° semana del Tiempo Ordinario (Mt 12,14-21). “No disputará ni gritará”. Jesús lleva a cabo su misión de una forma desconcertante para los hombres. Y al hacerlo, nos revela la profunda identidad del amor: la entrega de la propia vida por aquellos a los que se ama.
Evangelio (Mt 12,14-21)
Al salir, los fariseos se pusieron de acuerdo contra él, para ver cómo perderle.
Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
Aquí está mi Siervo, a quien elegí,
mi amado, en quien se complace mi alma.
Pondré mi Espíritu sobre él
y anunciará la justicia a las naciones.
No disputará ni gritará,
nadie oirá su voz en las plazas.
No quebrará la caña cascada,
ni apagará la mecha humeante,
hasta que haga triunfar la justicia.
Y en su nombre pondrán su esperanza
las naciones.
Comentario
Dios, buen pedagogo, había dicho al pueblo de Israel que se le podía encontrar en el susurro de una brisa suave antes que en el huracán o el terremoto (cfr. 1Reyes 19,3-15). Una y otra vez debían ser corregidas las expectativas de aquellos hombres, a los que les costaba tanto salir de su forma de comprender las cosas. En ese susurro es como Jesús, el Mesías esperado, vino al mundo: en el silencio de la noche y en un lugar pequeño y apartado. Y con ese susurro es como llevó a cabo su misión: como Siervo sufriente (cfr. Is 42,1-4). De esto había hablado Isaías, pero la mayoría no lo había entendido: el Mesías se iba a enfrentar con el endurecimiento y el rechazo, en concreto, de los dirigentes del pueblo de Israel.
Jesús se duele de ese rechazo, pero no se sorprende. Conoce los corazones. Y, aun así, no da la espalda a lo que sabe que va a venir. Ha venido a instaurar un Reino de amor, reino del que también había hablado Isaías (cfr. Is 11,1-9): “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!” (Lc 12,49-50). “Aquí está mi Siervo, a quien elegí, mi amado, en quien se complace mi alma”: ¡cuánto dicen estas palabras de Dios Padre, y que luego todos oirán cuando Jesús sea bautizado en el Jordán! He ahí el amor verdaderamente divino, el fuego que ni las aguas más caudalosas pudieron ni podrán jamás apagar (cfr. Ct 8,7).
El Señor se echa hacia adelante con decisión. San Pablo lo expresa así de sí mismo: “Olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta” (Flp 3,13-14). Quizá a nosotros, como cristianos, podría retraernos ver el rechazo de tantos a Cristo o la aparente falta de fruto. No olvidemos, por un lado, lo que dice Dios a Samuel: “No es a ti a quien rechazan, sino a mí, para que no reine sobre ellos” (1Samuel 8,7). No olvidemos, por otro, que el amor de verdad, el que transformará los corazones y cambiará al mundo, se prueba, se avalora, en el sacrificio por el amado: Dios y los hombres. Damos nuestra vida por amor a Dios y por los que amamos con el amor de Cristo: porque Cristo ha venido a llamar a los pecadores, que somos todos; porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cfr. 1Tm 1,15; 2,4).
Juan Luis Caballero

Domingo de la 16º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 13,24-43).
Domingo de la 16ª semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 6, 30-34). “Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor”. Jesús descansa conmoviéndose interiormente, mirando con gozo a aquellos hombres y mujeres. También nosotros descansaremos cuando sepamos reencontrar con Cristo el sentido de nuestros trabajos y quehaceres, cuando nos conmovamos interiormente ante los demás, y los miremos con gozo.
Domingo de la 16.º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 10,38-42). "Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria". El servicio a los demás se alimenta de las enseñanzas de Jesús, ¿acudimos a la Eucaristía y a la Palabra de Dios con hambre de aprender a amar?
Lunes de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 12, 38-42). “Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás.” No son necesarios signos y prodigios especiales para que la persona sincera responda generosamente a la invitación de Nuestro Señor a seguirle.
Martes de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 12, 46-50). “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.” Cualquiera que acepte el compromiso de hacer la voluntad de Dios puede formar parte de esta familia espiritual.
Miércoles de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 1-9). Se puso a hablarles muchas cosas con parábolas. El discípulo de Nuestro Señor encontrará la forma de enseñar la Fe de una manera que el público pueda entender.
Jueves de la 16° Semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 10-17) “¿Por qué les hablas con parábolas?”. El mensaje profundo y liberador que encierran las parábolas de Jesús solo puede ser asimilado por aquellos que ponen su confianza en el Señor.
Viernes de la 16° semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 18-23). “Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador”. El Señor alerta sobre tres obstáculos que impiden el desarrollo armonioso de la semilla divina en nuestra alma: no entender, no tener raíz, vivir preocupado y seducido. Esos tres escenarios pueden terminar ahogando una Palabra que podía llenar nuestra vida de alegría, convirtiéndola en una vida estéril.
Sábado de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 24-30). “Al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero»”. Dios no es ajeno ni ingenuo: el Señor tiene delante de los ojos toda la maldad de la historia, no la niega ni la desconoce. Y un día la va a juzgar. Lo que a nosotros corresponde es cultivar con paciencia todo lo hermoso y grande que nos dio Dios y dejar los resultados en sus manos.
Domingo de la 16º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 13,24-43).
Evangelio (Mt 13,24-43)
Jesús les propuso otra parábola:
— El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”».
Les propuso otra parábola:
— El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.
Les dijo otra parábola:
— El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.
Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas y no les solía hablar nada sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta:
Abriré mi boca con parábolas,
proclamaré las cosas que estaban ocultas
desde la creación del mundo.
Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:
— Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
Él les respondió:
— El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.
Comentario
La imagen del campo sobre el que se ha dejado caer a manos llenas la buena semilla del Evangelio, pero donde el enemigo ha sembrado cizaña, invita a pensar en la Iglesia, que “abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación -señala el Catecismo-. Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación”[1].
En efecto, la parábola del trigo y la cizaña plantea el problema de la coexistencia del bien y el mal. “Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena -comentaba san Josemaría-; el señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente– se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”[2].
Mons. Javier Echevarría invitaba a considerar que “esta realidad ha de movernos a la contrición, al dolor de amor, a la reparación, pero nunca al desaliento o al pesimismo. (…) A la vez, consideremos que ya ahora, en la tierra, el bien es mayor que el mal, la gracia más fuerte que el pecado, aunque su acción resulte a veces menos visible”[3].
La parábola de Jesús deja claro que el mal no procede de Dios, sino del enemigo, el maligno, que es astuto y siembra el mal en medio del bien, de modo que resulta difícil separarlos con claridad, aunque el justo Juez podrá hacerlo. Ahora bien, no cabe esperar una intervención inmediata para atajar el mal, porque Dios es paciente y misericordioso.
Los servidores están impacientes por arrancar la cizaña, pero “Dios en cambio sabe esperar -comenta el Papa Francisco-. Él mira el ‘campo’ de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él”[4].
Dios es paciente porque sabe que incluso el corazón que lleva tiempo manchado por muchos pecados puede cambiar y dar buen fruto. San Agustín, comentando esta parábola, aporta su experiencia de pastor de almas y constata que “muchos primero son cizaña y luego se convierten en trigo”, por lo que se requiere esa saludable paciencia, que no es indiferencia ante el mal: “Si estos, cuando son malos, no fueran tolerados con paciencia, no llegarían al laudable cambio”[5].
El dueño del campo no confunde el bien con el mal. Sabe qué es saludable y qué es dañino para la salud, pero no permite que sus servidores se precipiten para dar tiempo a la misericordia. Jesús nos enseña a moderar ímpetus a y saber aguardar: lo que es malo puede cambiar a algo bueno. La conversión es posible, y siempre cabe la esperanza de que se producirá.
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 827
[2] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 123.
[3] Javier Echevarría, Carta 1 de agosto de 2013.
[4] Papa Francisco, Ángelus 20 de julio de 2014.
[5] S. Agustín, Quaest. septend. in Ev. sec. Matth., 12, 4: PL 35, 1371.
Francisco Varo
Domingo de la 16ª semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 6, 30-34). “Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor”. Jesús descansa conmoviéndose interiormente, mirando con gozo a aquellos hombres y mujeres. También nosotros descansaremos cuando sepamos reencontrar con Cristo el sentido de nuestros trabajos y quehaceres, cuando nos conmovamos interiormente ante los demás, y los miremos con gozo.
Evangelio (Mc 6, 30-34)
Reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Y les dice: —Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.
Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos.
Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
Comentario
Jesús busca un lugar solitario para poder descansar. Eran tantos los que venían a verle que no encontraban tiempo ni para comer. Se marchan en una barca a un lugar desierto, pero, en cuanto llegan, se encuentran con una multitud que le busca. Y Jesús mirándolos con compasión, se olvida de descansar y se queda con ellos enseñándoles muchas cosas.
Toda la vida de Jesús pasa por el amor. Trabaja desde el amor y descansa desde el amor. Jesús descansa mirando a la multitud, mirándolos con amor, conmoviéndose interiormente por todos y cada uno de ellos.
Y, así, nos enseña cómo el descanso verdadero nace del amor. Un descanso que regenera, que permite mirar al otro y gozar con él.
Por el contrario, cuando nos miramos a nosotros mismos, cuando buscamos descansar pensando únicamente en nosotros, entonces ningún descanso regenera, ningún descanso es suficiente. A veces creemos necesitar ciertos desahogos porque estamos a disgusto con nuestro trabajo y queremos huir de él. Y buscamos entretenimientos que nos evaden de la realidad, de la vida, de los demás. Y, al final, ese descanso deja una insatisfacción interior.
Jesucristo va a descansar, pero no para olvidarse de esa multitud, sino para poder darse a ella. Por eso, al verla se pone a su servicio, porque sabe que la única manera de descansar es abriéndose a ella.
Lo mismo nos sucede a nosotros. Cuántas veces nos ha pasado que después de un día de cansancio, al llegar a casa, nos hemos olvidado del cansancio porque había algo que nos interesaba y nos hemos puesto con ello sin pensar en otra cosa.
Lo que nos hace descansar no es no hacer nada, sino descubrir el amor que hay detrás de nuestra vida, descubrir al Amor-Dios que ha estado en nuestro día, descubrir nuestros amores. Lo que necesitamos para descansar es parar para poder conmovernos y mirar al otro con gozo.
Precisamente, Dios nos ofrece el domingo para descansar. Dios nos dice: “para, para un poco; date cuenta de quién eres; no vayas tan deprisa por la vida; si vas deprisa pierdes el horizonte”.
Necesitamos parar para contemplar este mundo y gozarlo, para vivir en la alabanza y gratitud, para mirar a nuestra familia, amigos, trabajo y decir: “¡Qué bonita es la vida!”. Para ver qué llevamos en el corazón, si durante esa semana lo hemos llenado de ceniza o de fuego enamorado.
En definitiva, para descubrir que somos hijos de Dios. Como nos aconseja san Josemaría: “Descansa en la filiación divina. Dios es un Padre –¡tu Padre!– lleno de ternura, de infinito amor. –Llámale Padre muchas veces, y dile –a solas– que le quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo” (Forja 331).
Jesús descansa conmoviéndose interiormente, mirando con gozo a aquellos hombres y mujeres. También nosotros descansaremos cuando sepamos reencontrar con Cristo el sentido de nuestros trabajos y quehaceres, cuando nos conmovamos interiormente ante nuestro marido, mujer, hijos, hermanos, amigos, y los miremos con gozo.
Luis Cruz
Domingo de la 16.º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 10,38-42). "Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria". El servicio a los demás se alimenta de las enseñanzas de Jesús, ¿acudimos a la Eucaristía y a la Palabra de Dios con hambre de aprender a amar?
Evangelio (Lc 10,38-42)
Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo:
—Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.
Pero el Señor le respondió:
—Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.
Comentario
Cuenta san Lucas que una mujer llamada Marta recibió a Jesús en su casa. “Lo acogió como suele recibirse a los peregrinos —comenta san Agustín—. Aunque en realidad, la sierva recibió a su Señor, la enferma a su Salvador, la criatura a su Creador”[1]. Nos dice el relato que esta mujer tenía una hermana llamada María. Pero Marta es nombrada en primer lugar, probablemente porque sería la dueña de la casa. En cualquier caso, pronto Marta se verá sobrecargada e inquieta con la preparación de todo lo que le parece necesario para servir a Jesús. Mientras tanto, María disfruta de la conversación “no solo sentada cerca de Jesús —señala san Juan Crisóstomo— sino junto a sus pies; para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo de oírlo y el gran respeto que profesaba al Señor”[2]. Al final, molesta por lo que considera una insolidaridad de su hermana y quizá cierta indiferencia de Jesús, Marta increpa al Señor con toda confianza para que sea Él quien pida a María que colabore. No sabemos si al final María e incluso el propio Jesús se levantaron a ayudar. El evangelista recoge más bien una lección fundamental del Maestro: “Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”.
A lo largo de la historia de la Iglesia esta escena ha sido muy meditada e interpretada por los Padres y los santos. Con frecuencia se ha visto a Marta como símbolo de la acción y del trabajo en este mundo, así como a María un símbolo de la contemplación y de lo que será la visión beatífica de Dios. Entonces, “¿qué quiere decir Jesús? —se preguntaba el papa Francisco— ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante comprender que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial solo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que hacer. En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto Marta es reprendida”[3].
Jesús da a entender que la escucha atenta a sus pies hay que preferirla y anteponerla para cumplir de verdad su mandamiento de amor. San Josemaría explicaba así esta realidad: “María escogió la mejor parte, se lee en el Santo Evangelio. –Allí está ella, bebiendo las palabras del Maestro. En aparente inactividad, ora y ama. –Después, acompaña a Jesús en sus predicaciones por ciudades y aldeas. Sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!”[4]. Por eso Jesús afirma también que “la mejor parte” de María no le será arrebatada, aludiendo al hecho de que la parte de Marta sí se puede perder. Es decir, sin la contemplación, que da sentido y eficacia a la labor que se hace por Dios, antes o después se terminaría también abandonando esta. San Josemaría ataja este problema admirablemente cuando exhorta en otro lugar: “Trabajemos, y trabajemos mucho y bien, sin olvidar que nuestra mejor arma es la oración. Por eso, no me canso de repetir que hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración”[5]. Porque cuando se cuida la oración, antes o después todo se convierte en lugar de encuentro con Dios, de diálogo amoroso con Él.
[1] San Agustín, Sermón 26.
[2] San Juan Crisóstomo, Catena aurea, in loc.
[3] Papa Francisco, Ángelus, 21-VII-2013.
[4] San Josemaría, Camino, n. 89.
[5] San Josemaría, Surco, n. 497.
Pablo M. Edo
Lunes de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 12, 38-42). “Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás.” No son necesarios signos y prodigios especiales para que la persona sincera responda generosamente a la invitación de Nuestro Señor a seguirle.
Evangelio (Mt 12, 38-42)
Entonces algunos escribas y fariseos se dirigieron a él: -Maestro, queremos ver de ti una señal. Él les respondió: -Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. Igual que 'estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches', así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás. La reina del Sur se levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón.
Comentario
Nuestro Señor sabe que la petición de los escribas y fariseos es insincera y carente de buena fe. Con su petición formal quieren poner a prueba a Jesús, y probablemente están dispuestos a atribuir a Beelzebul (como lo habían hecho poco antes, cf. Mt 12,24) cualquier milagro que pueda realizar. Así que Él rechaza firmemente su petición.
A continuación, se refiere a una “señal de Jonás”. Esta señal opera en varios niveles. En concreto, como dice el Evangelio, los tres días y las tres noches de Jonás en el vientre de la ballena, son un signo del intervalo entre la muerte y la resurrección de Nuestro Señor. Esta interpretación se apoya también en el signo paralelo del templo reconstruido en tres días. Cuando el mismo grupo de personas le había preguntado: “¿Qué signo nos das para hacer esto?” Jesús respondió: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré” (Jn 2,17-22).
Pero hay otros puntos claros de comparación con Jonás, y probablemente Jesús se refería a ellos también. Más ampliamente, toda la misión de Jonás es un signo: el sacrificio voluntario de su vida para salvar a sus compañeros, su huida milagrosa de la muerte y el éxito maravilloso de su predicación en Nínive. Todo ello tiene su paralelo en la muerte redentora de Nuestro Señor, su resurrección y el posterior éxito del Evangelio.
Los escribas y fariseos, educados en las Escrituras, también podían entender la advertencia de las palabras de Nuestro Señor: “Daos cuenta que aquí hay algo más que Jonás”. Se obstinaban en rechazar el mensaje de Jesús. Sin embargo, los ninivitas se habían arrepentido cuando fueron confrontados con el mensaje de Jonás, “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. Así pues, si los escribas y fariseos seguían despreciando el mensaje de Nuestro Señor, también se enfrentarían al desastre, y –parece añadir– que le ocurrirá a esta generación.
En cuanto a nosotros, todo el pasaje es una exhortación a volvernos a Nuestro Señor y aceptar sus enseñanzas, pues son el verdadero y único camino de salvación.
Andrew Soane
Martes de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 12, 46-50). “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.” Cualquiera que acepte el compromiso de hacer la voluntad de Dios puede formar parte de esta familia espiritual.
Evangelio (Mt 12, 46-50)
Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: -Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo. Pero él respondió al que se lo decía: -¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: -Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.
Comentario
A lo largo de su vida pública, Jesús pone sistemáticamente su misión en primer lugar, y cualquier otro vínculo terrenal en segundo lugar. El Reino de los Cielos está por encima de cualquier otro compromiso. Incluso los lazos familiares, que eran cruciales en aquella cultura, tienen menos importancia: Jesús advierte a sus oyentes que quien ama a su familia más que a Él, no es digno de Él (cf. Mt 10,34-37).
En esta ocasión, los miembros de su familia fueron a Cafarnaún, donde sabían que se encontraba con sus discípulos, para hablar con él. Tal vez querían instarle a ser más prudente, ante la creciente oposición de los escribas y fariseos. Al encontrarlo ocupado en la enseñanza de sus discípulos, se quedaron fuera y le enviaron un mensaje.
Esperaban que dejara por un momento su enseñanza y se acercara a ellos. Pero Jesús aprovechó el momento para proclamar una nueva enseñanza a sus discípulos. Extendiendo la mano hacia ellos, proclamó solemnemente: “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Era una declaración que abría horizontes inesperados: Jesús estaba construyendo una nueva familia basada en los lazos espirituales y no en la genealogía o el parentesco. Para pertenecer a ella, dice Jesús, lo único que se requiere es el compromiso de hacer la voluntad de Dios. Cualquiera puede unirse.
Los lazos que se forman entre los cristianos son muy estrechos. Jesús los asemeja a los lazos familiares, y eso demuestra que considera a las familias físicas como una bendición, como escuelas de fraternidad y amor. En efecto, “Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María” (CIC, n.1655). Sin embargo, esta nueva familia es considerada como una bendición aún más elevada, y extenderá esa fraternidad y amor a todos.
Nosotros pertenecemos a esa familia: “la Iglesia no es otra cosa que la familia de Dios” (CIC, n.1655). Jesús enseñó a sus discípulos hasta qué punto somos responsables unos de otros. En la víspera de su pasión les ordenó: “que os améis unos a otros, como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos (...)” (Jn 13,34-35).
Y esta caridad se manifiesta de manera muy práctica. Debemos preguntarnos con regularidad si encontramos el modo de “llevar las cargas de los otros, y así cumplir la ley de Cristo” (Gal 6,2).
Andrew Soane
Miércoles de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 1-9). Se puso a hablarles muchas cosas con parábolas. El discípulo de Nuestro Señor encontrará la forma de enseñar la Fe de una manera que el público pueda entender.
Evangelio (Mt 13, 1-9)
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la playa. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas: -Salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.
Comentario
Esta parábola es un nuevo comienzo en el ministerio de Nuestro Señor. Hasta entonces su enseñanza había sido clara y explícita, y fácilmente comprensible para las multitudes. Podemos entender su sorpresa, entonces, cuando después de su hermosa descripción del sembrador y la semilla, en lugar de explicarles la parábola, terminó abruptamente: “El que tenga oídos, que oiga”. En efecto, Jesús proporcionó la interpretación, pero sólo más tarde, en privado a los apóstoles.
A nosotros nos parece evidente el sentido de esta parábola, pero en realidad es porque tenemos la propia explicación de Nuestro Señor (cf. Mt 13,18-23). Para las multitudes, que la escuchaban por primera vez a orillas del lago, sonaba misteriosa, como una adivinanza sin respuesta. La implicación era que tendrían que descubrir el significado; y la única forma segura de hacerlo era preguntar a un maestro, que sería alguien acreditado por el propio Jesús. Al enseñar en parábolas y dar la clave de su significado a los apóstoles, Jesús les dio autoridad para enseñar en su nombre, al mismo tiempo que los entrenaba para su papel. En esto podemos discernir, al menos en la práctica, el comienzo de la autoridad docente de la Iglesia.
En la Introducción a su Comentario al Libro de Job, San Gregorio Magno escribió memorablemente: “La Palabra Divina (…) es una especie de río, si se me permite compararlo, que es a la vez ancho y profundo, en el que tanto el cordero puede caminar, como el elefante nadar” (Gregorio Magno, Moralia, Epístola a Leandro 4). Esta descripción es muy adecuada para las parábolas de Nuestro Señor, y esta cualidad las convierte en un método de enseñanza ideal para oyentes de diferentes capacidades; todos pueden aprender algo de ellas.
Los cristianos de diferentes épocas han aprendido de la práctica de Nuestro Señor, y la Iglesia primitiva, a comunicar los contenidos de la Fe con palabras que sus diferentes audiencias puedan entender. Las verdades permanecen inalteradas, pero el lenguaje cambiará para adaptarse a la mentalidad de los tiempos, y a la capacidad de los oyentes. La tarea corresponde a cada uno de los fieles, y podemos pedir al Espíritu Santo que nos ayude a encontrar las palabras adecuadas para que nuestros oyentes puedan asimilar la doctrina que contienen (cf. Lc 12,12).
Andrew Soane
Jueves de la 16° Semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 10-17) “¿Por qué les hablas con parábolas?”. El mensaje profundo y liberador que encierran las parábolas de Jesús solo puede ser asimilado por aquellos que ponen su confianza en el Señor.
Evangelio (Mt 13, 10-17)
Los discípulos se acercaron a decirle:
—¿Por qué les hablas con parábolas?
Él les respondió:
—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:
Con el oído oiréis, pero no entenderéis;
con la vista miraréis, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
han hecho duros sus oídos,
y han cerrado sus ojos;
no sea que vean con los ojos,
y oigan con los oídos,
y entiendan con el corazón y se conviertan,
y yo los sane.
Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.
Pablo M. Edo
Comentario
Los discípulos preguntaron a Jesús por qué hablaba en parábolas. El Maestro les hace ver que predica “los misterios del Reino”. Para los hombres son difíciles de entender directamente. Por eso emplea un lenguaje figurado, con imágenes cercanas a los oyentes y que se refieren veladamente a los misterios.
En su explicación a los discípulos, Jesús dice: “al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará” (v. 12). La frase nos inquieta porque parece una injusticia. En cambio, Jesús explica de esta manera que quien no recibe con buena voluntad el evangelio y la gracia, se hace incapaz para entenderlo y para recibir más. En cambio, quien se dispone dócilmente a dejarse transformar por la palabra de Dios —que eso hacían los discípulos— no solo recibe la gracia de la conversión, sino que se hace apto para recibir más gracia aún.
Sorprende la cita de Isaías que emplea Jesús: “no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane” (v. 15). En realidad, el Señor recurre aquí a la ironía, precisamente para lamentarse de que sus oyentes están cumpliendo, con su libre correspondencia, la profecía de Isaías, a pesar del afán que tiene el Señor por salvarlos. En efecto, aunque muchos veían los milagros que Jesús hacía y tenían quizá más capacidad que los doce para comprender sus palabras, libremente hacían oídos sordos al mensaje y se sumían en una ceguera voluntaria.
En nuestro día a día, quizá nos ocurra que no entendemos algún punto de nuestra fe, de la moral o una acción que nos causa dolor y nos parece injusto. En estas ocasiones, no pongamos nuestra confianza en nuestro propio entendimiento sino en el Señor que nos invita a levantar la mirada y ponernos en un plano sobrenatural. Es lógico que, a veces, no entendamos, ese es el momento de poner nuestra confianza en el Señor y pedir luz al Espíritu Santo para procurar comprender. Tampoco los discípulos pueden entenderlo todo. El mensaje profundo y liberador que encierran las parábolas de Jesús solo puede ser asimilado por aquellos que ponen su confianza en el Señor.
Viernes de la 16° semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 18-23). “Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador”. El Señor alerta sobre tres obstáculos que impiden el desarrollo armonioso de la semilla divina en nuestra alma: no entender, no tener raíz, vivir preocupado y seducido. Esos tres escenarios pueden terminar ahogando una Palabra que podía llenar nuestra vida de alegría, convirtiéndola en una vida estéril.
Evangelio (Mt 13, 18-23)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
“Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.
Comentario
La parábola del sembrador fue denominada por el papa Francisco como “la madre” de todas las parábolas, porque nos habla de dos cosas esenciales: de la escucha de la Palabra Divina, y de cómo funciona el corazón de Dios, que esparce su semilla en todas las personas sin distinción (cfr. Ángelus, 12 de julio de 2020).
Pero además, es una de esas parábolas en las que contamos no solo con su narración, sino también con una explicación ofrecida por el mismo Jesús. Él, a la vez que nos revela el corazón del Padre, nos permite asomarnos a nuestro propio corazón, con el deseo de predisponernos mejor y convertirnos en tierra fértil.
Como podemos notar, el Señor alerta sobre tres obstáculos que impiden el desarrollo armonioso de la semilla divina en nuestra alma: no entender, no tener raíz, vivir preocupado y seducido. Esos tres escenarios pueden terminar ahogando una Palabra que podía llenar nuestra vida de alegría, convirtiéndola en una vida estéril.
Primero, no entender. Evidentemente, Jesús no se refiere a la imposibilidad de abarcar los misterios divinos: por ejemplo, nunca entenderemos del todo la Santísima Trinidad. El Señor se refiere a la actitud interior. Si en nuestra vida falta la disposición a estudiar las cosas, a dedicar horas a conocer mejor la fe, a abrazar la fecundidad del silencio, difícilmente podremos dar el fruto esperado. Nos quedaremos en la superficialidad, en el ruido, en la ideología.
Segundo, no tener raíz. Es como el sueño que tuvo una vez san Josemaría: las personas que quieren ser santas, pero no tienen vida interior, van por el mundo inciertas, inseguras, como una persona que viaja en avión pero montada sobre las alas (cfr. Amigos de Dios, 18). Sin oración, sin la Eucaristía, sin sacramentos, sin piedad, no puede haber fruto.
Tercero, vivir preocupado y seducido. Tampoco los que queremos seguir a Cristo estamos exentos de la tentación de la vanidad, de la riqueza, del éxito, del lujo, del deseo de seguridad económica. Fácilmente podemos olvidar que el fruto de nuestro trabajo es para Dios, y que lo demás es polvo y ceniza.
Por eso, nada mejor que acudir al terreno fértil por excelencia: María Santísima. Ella, con su paciencia de Madre, podrá ir arrancando todo lo que en nuestra vida sea un estorbo para que la Palabra dé fruto. A veces dolerá, pero es necesario: no podemos olvidar que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo” (Juan 12, 24).
Luis Miguel Bravo Álvarez
Sábado de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 24-30). “Al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero»”. Dios no es ajeno ni ingenuo: el Señor tiene delante de los ojos toda la maldad de la historia, no la niega ni la desconoce. Y un día la va a juzgar. Lo que a nosotros corresponde es cultivar con paciencia todo lo hermoso y grande que nos dio Dios y dejar los resultados en sus manos.
Evangelio (Mt 13, 24-30)
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola al gentío: “El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero».”
Comentario
Seguramente, a todos nos interpela con fuerza la existencia del mal. De hecho, es el motivo que muchos aducen para poner en duda la existencia de Dios, porque no ven compatibilidad posible entre su Bondad y las cosas malas que suceden. Del mismo modo, muchos creyentes asisten a complejos escenarios y flagrantes injusticias, mientras parece que el Señor está cruzado de brazos.
Jesús, con la parábola del buen trigo y la cizaña, que Él mismo explicó (aunque esa parte no aparece en el evangelio de hoy), revela la razón y el significado de esta trágica realidad. Así, nos hace ver que Dios no es ajeno ni ingenuo: el Señor tiene delante de los ojos toda la maldad de la historia, no la niega ni la desconoce. Y un día la va a juzgar: “No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra” (Gálatas 6, 7).
De hecho, esta parábola de Jesús afirma rotundamente que existe el mal, que está presente en la vida de los hombres. Al mismo tiempo, declara que no puede provenir de Dios. Es otro el que ha sembrado esa semilla: “La cizaña son los hijos del maligno y el enemigo que la sembró es el diablo” (Mateo 13, 38).
¿Por qué Dios no arranca la cizaña? Jesús nos lo deja claro: arrancarla implicaría llevarse consigo el buen fruto sembrado por Él: la libertad. El Señor no interviene como nos parece a nosotros, en parte porque quiere intervenir a través de nosotros: “la buena semilla son los hijos del Reino” (Mateo 13, 38). Quitar a la humanidad la posibilidad de hacer el mal, implicaría también arrancar la libertad de hacer el bien, la libertad de amar.
Con extrema simplicidad, pero con gran profundidad, el Señor nos está mostrando que toda la historia humana, por compleja que sea, tendrá un instante definitivo: el trigo será separado de la cizaña. Pero ese momento no lo decidimos nosotros: lo decide Dios, que conoce los tiempos de la cosecha.
Lo que a nosotros corresponde es, a pesar de los pesares, cultivar con paciencia todo lo hermoso, bello y grande que nos entregó Dios y dejar los resultados en sus manos. Paga a cada uno según sus obras: “Porque has guardado mi mandato de perseverar, yo también te guardaré a la hora de la tentación que va a venir sobre todo el mundo, para probar a los habitantes de la tierra. Voy enseguida. Conserva lo que tienes, para que nadie arrebate tu corona” (Apocalipsis 3, 10-11).
Luis Miguel Bravo Álvarez

Domingo de la 17º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 13,44-52).
Domingo de la 17º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Jn 6, 1-15). “Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados”. La abundancia de los dones divinos, como el de la Eucaristía, nos lleva a una entrega que es respuesta generosa de nosotros.
Domingo de la 17º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 11,1-13). "Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino; sigue dándonos cada día nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestros pecados (...)". La consideración de nuestra filiación divina establece el tono apropiado a la oración, que no es otra cosa que un diálogo confiado de un hijo con un padre que lo ama con ternura.
Lunes de la 17° semana de Tiempo Ordinario (Mt 13, 31-35). “El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo”. Dios nos concede su gracia en abundancia. Dejémosla actuar en nosotros para que alcance los fines que ha previsto Dios.
Martes de la 17ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 36-43). “La cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo”. Si Dios permite que seamos tentados, tanto en el plano personal como en el social, es para que crezcamos en la práctica de las virtudes.
Miércoles de la 17ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13,44-46). “El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo”. La vocación personal es una luz de Dios que nos abre a una visión nueva de la vida. Recibirla con amor es como encontrar una perla preciosa de valor infinito.
Jueves de la 17ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13,47-53). “Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos”. En nuestras decisiones está en juego acoger y recibir la felicidad eterna que ha venido a ofrecer a todos.
Viernes de la 17° semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 54-58). “¿No es éste el hijo del artesano?”. En nuestro quehacer diario descubrimos que somos hijos de Dios, en donde podemos reflejar el amor de Dios por las demás personas y por toda la creación.
Sábado de la 17° semana del Tiempo Ordinario (Mt 14, 1-12). “El rey se entristeció (...). Y mandó decapitar a Juan en la cárcel”. El amor verdadero, profundo y fecundo, es aquél que está dispuesto a donarse por entero, perder la vida por las personas amadas, en defensa de la Verdad.
Domingo de la 17º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 13,44-52).
Evangelio (Mt 13,44-52)
El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.
Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.
Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que, se echa en el mar y recoge todo clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?
—Sí —le respondieron.
Él les dijo:
—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que saca de su almacén cosas nuevas y cosas antiguas.
Comentario
Jesús compara el Reino de los Cielos con un tesoro escondido bajo tierra. La reacción del hombre que lo encuentra no parece la más virtuosa, porque oculta su hallazgo al dueño del campo y empeña sus bienes para comprarle el terreno y quedarse con el tesoro por añadidura. Sin embargo, con la ambiciosa reacción del personaje de la parábola, Jesús subraya por contraste el enorme valor que tiene el Reino de Dios, un tesoro cuyo descubrimiento debería llenarnos de alegría y también de un decidido afán por hacerse con él.
En realidad, el tesoro del cristiano —o la perla preciosa a la que se refiere la siguiente parábola—, es Cristo mismo, que nos ofrece su amor y su amistad; por quien vale la pena posponerlo todo en la jerarquía de nuestros afectos e intereses. San Josemaría explicaba este sentido de la parábola así: “El tesoro. Imaginad el gozo inmenso del afortunado que lo encuentra. Se terminaron las estrecheces, las angustias. Vende todo lo que posee y compra aquel campo. Todo su corazón late allí: donde esconde su riqueza”[1]. Y añadía entonces el Fundador del Opus Dei: “Nuestro tesoro es Cristo; no nos debe importar echar por la borda todo lo que sea estorbo, para poder seguirle. Y la barca, sin ese lastre inútil, navegará derechamente hasta el puerto seguro del Amor de Dios”[2].
El Papa Francisco identificaba también el tesoro del campo con el amor de Jesús: “quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, queda fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez. Buscar a Jesús, encontrar a Jesús: ¡este es el gran tesoro!” (…) Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes —aclara el Papa— pero tú eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte”[3].
Jesús compara el Reino de los Cielos, a su vez, con una red barredera que abre sus brazos a todos sin distinción. Y al final, todos pasan también por un examen, un juicio, como el que hacen los pescadores con los peces en la orilla, para desechar los que no son buenos. Esta parábola es por tanto una metáfora del fin del mundo, del juicio final que precede a la posesión definitiva del Reino por parte de quienes lo han merecido durante su vida. La parábola de la red barredera se relaciona además con las anteriores del tesoro y la perla: precisamente porque el Reino (el amor de Cristo) es tan valioso como un tesoro o una perla finísima, por eso también se nos pedirá cuentas de cómo lo hemos buscado y amado en esta vida: “Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”[4], solía recomendar san Josemaría a quienes trataba, animándoles a poner afán generoso en su amistad con Cristo, en su amor por Él.
“Es de notar —señala Santo Tomás de Aquino— que la bienaventuranza se otorga en proporción a la caridad y no en proporción a cualquier otra virtud”[5]. En definitiva, la mejor forma de comprar el tesoro en el campo o la perla preciosa, lo que nos hará realmente buenos peces, será nuestro amor a Dios y a los demás. Y de eso se nos juzgará: “a la tarde —escribió san Juan de la Cruz— te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado”[6].
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 254.
[2] Ibídem.
[3] Papa Francisco, Ángelus, 27 de julio de 2014.
[4] San Josemaría, Camino, n. 382.
[5] Santo Tomás de Aquino, Sobre la caridad, 1, 204.
[6] San Juan de la Cruz, Avisos espirituales, n. 60.
Pablo M. Edo
Domingo de la 17º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Jn 6, 1-15). “Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados” (Mt 6,11). La abundancia de los dones divinos, como el de la Eucaristía, nos lleva a una entrega que es respuesta generosa de nosotros.
Evangelio (Jn 6, 1-15)
Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos.
Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe:
— ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? — lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer.
Felipe le respondió:
— Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco.
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
— Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?
Jesús dijo:
— Mandad a la gente que se siente — había en aquel lugar hierba abundante.
Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron.
Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos:
— Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada.
Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
Aquellos hombres, viendo el signo que Jesús había hecho, decían:
— Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.
Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.
Comentario
El Evangelio de hoy narra una multiplicación de los panes y de los peces; era un día de primavera, ya que había mucha hierba donde Cristo hizo recostar a una gran multitud (cf. Jn 6,10). Jesús hizo primero una pregunta a Felipe, para prepararle a recibir el milagro con fe. ¿Cómo podemos dar de comer a tanta gente? Dios quiere necesitar de las personas humanas. Es un modo que tiene Dios de hacernos crecer en la fe y en la audacia; es también su manera de asociarnos más íntimamente a su vida. Andrés presenta a Jesús a un joven que tiene cinco panes de cebada y dos peces. El Señor da las gracias y multiplica estos alimentos en abundancia. No sabemos exactamente cómo ocurrió el milagro. En la multiplicación de los panes relatada por Mateo, Jesús pide a sus discípulos que distribuyan el alimento (cf. Mt 14,19), y quizás, como piensan algunos Padres de la Iglesia, el pan seguía saliendo de los cestos en los que los discípulos metían las manos, como ocurrió con el milagro de Eliseo con el aceite de la viuda: el aceite seguía manando de la alcuza (cf. 2 R 4,1-7).
San Juan especifica que la Pascua estaba cerca. Un poco más tarde, en el mismo capítulo, el evangelista relata el discurso del pan de vida. Hay, pues, un evidente simbolismo en el relato de Juan que remite al misterio pascual y al misterio eucarístico. En este pasaje, algunas palabras en griego, como el verbo "eucharistein" (v. 11) – "dar gracias" –, o la palabra "klasma" (v. 12) – fragmento –, tienen una clara connotación eucarística; la primera se encuentra en Lucas y Pablo (cf. Lc 22,19; 1 Co 11,23); la segunda, en un texto muy antiguo, la Didachè (finales del siglo I).
La liturgia de la misa de este domingo confirma este simbolismo al proponer como primera lectura el episodio de la multiplicación de los panes por el profeta Eliseo. Lo que se subraya es la abundancia de los dones divinos, ya que Eliseo puede decir: "Dáselo a la gente y que coman, porque así dice el Señor: 'Comed, que sobrará'" (2 R 4,43). Pero, en ese caso, eran veinte panes para solo cien hombres. El milagro de Jesús es más importante. El Salmo 145(144) invita a dar gracias por el alimento que el Señor da: lo hace por una parte gracias a un milagro, por otra en la Eucaristía, de modo que la historia del pasado abre pie también a la esperanza del pueblo de la que se hace eco el Salmo: "Los ojos de todos se dirigen a Ti esperando: Tú les das el alimento a su tiempo. Tú abres tu mano y sacias de buen grado a todo viviente" (v. 15-16).
"No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios" (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3). Jesucristo, la Palabra viva del Padre, nos alimenta a través de la Palabra y de los sacramentos. Esa Palabra llena nuestro corazón de paz y alegría, y al mismo tiempo alimenta nuestra inteligencia, porque el "Logos", la Palabra eterna de Dios, da sentido a nuestra vida. San Juan nos invita a creer en Jesús, que es él mismo alimento, como proclama el Discurso del Pan de Vida (cf. Jn 6, 26-59), un pan que da la vida eterna (cf. Jn 6, 58). Esta es la esperanza esencial del cristiano, que la Carta a los Efesios presenta en un himno a la unidad de la Iglesia, exponiendo siete manifestaciones de esta: "Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza: la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos: el que está sobre todos, por todos y en todos" (Ef 4, 6). En efecto, porque comen el mismo Pan, los cristianos se hacen Cuerpo de Cristo; en la celebración de la Eucaristía, el Pueblo de Dios se transforma en este Cuerpo.
Poco después de este relato de la multiplicación de los panes, Juan sitúa el episodio de Cristo caminando sobre las aguas (cf. Jn 6, 16-21). De hecho, hay milagros que fueron realmente realizados, no meras parábolas, sino hechos históricos, presenciados por testigos, y son el fundamento de la fe de los que siguieron a Jesús y de la nuestra. Al mismo tiempo, más allá de los milagros, estas evocaciones del agua que se "amaestra" de alguna manera y del pan que alimenta, así como los murmullos de los que se asombran ante los gestos y las palabras de Jesús (cf. Jn 6, 42), se inscriben en la continuidad de los milagros de Moisés durante el Éxodo y de las murmuraciones del pueblo hebreo (cf. Ex 16, 2.8): el maná en el desierto, el paso del Mar Rojo.
La oración sobre las ofrendas de la misa de hoy afirma que el pan y el vino que se acaban de presentar al Señor son fruto de su largueza, de su generosidad. En la Eucaristía, Dios se da a sí mismo, y a su vez nos permite entregarnos. La medida de este don no es otra que la del amor: el amor conlleva el don de sí mismo, con un sentido de sacrificio alegre. Por eso Cristo se retira, para no ser hecho rey (cf. Jn 6, 15): su realeza es amor y servicio. "Con el Señor, la única medida es amar sin medida”[1]. Por eso, podemos decir de la Virgen María que es la Madre del amor hermoso (cf. Si 24, 24). ¡Que tan buena Madre nos ayude a descubrir cómo responder generosamente a los dones de Dios en nuestra vida y a dar gracias por el don de la Eucaristía, manifestación del amor de Jesús por su Padre y por la humanidad!
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 232.
Guillaume Derville
Domingo de la 17º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 11,1-13). "Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino; sigue dándonos cada día nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestros pecados (...)". La consideración de nuestra filiación divina establece el tono apropiado a la oración, que no es otra cosa que un diálogo confiado de un hijo con un padre que lo ama con ternura.
Evangelio (Lc 11,1-13)
Estaba haciendo oración en cierto lugar. Y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos:
— Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
Él les respondió:
— Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino; sigue dándonos cada día nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestros pecados, puesto que también nosotros perdonamos a todo el que nos debe; y no nos pongas en tentación.
Y les dijo:
— ¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a medianoche y le diga: «Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle», le responderá desde dentro: «No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos»? Os digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su impertinencia se levantará para darle cuanto necesite.
Así pues, yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?
Comentario
A san Josemaría le conmovía la escena que nos narra este pasaje del Evangelio: “Jesús convive con sus discípulos, los conoce, contesta a sus preguntas, resuelve sus dudas. Es sí, el Rabbí, el Maestro que habla con autoridad, el Mesías enviado de Dios. Pero es a la vez asequible, cercano. Un día Jesús se retira en oración; los discípulos se encontraban cerca, quizá mirándole e intentando adivinar sus palabras. Cuando Jesús vuelve, uno de ellos pregunta: Domine, doce nos orare, sicut docuit et Ioannes discipulos suos; enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos”[1]. ¿Cómo se notaría la intensidad de la oración de Jesús que los discípulos se sienten atraídos, pero no quieren molestar?
Jesús responde con naturalidad, enseñándoles con sencillez a unirse a su oración: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino” (v. 2). Lo primero, es dirigirse a Dios como “Padre” porque somos hijos de Dios. La consideración de nuestra filiación divina establece el tono apropiado a la oración, que no es otra cosa que un diálogo confiado de un hijo con un padre que lo ama con ternura.
Jesús, el Hijo que habla con su Padre, comparte con sus discípulos y con nosotros, los sentimientos que lleva en lo más profundo de su corazón y que son el tema de su oración y de la nuestra. Primero, “santificado sea tu Nombre”. Dios no necesita que se lo recordemos, pero a nosotros nos viene muy bien reconocerlo, para no olvidarnos de donde está la fuente y el origen de toda santidad. Después añade “venga tu Reino”, esto es, el deseo de que Dios reine en todas las almas para que sean felices y se salven. También en este caso, Él es el primer interesado en que esto sea una realidad, pero cuenta con nuestra insistencia y con que pongamos los medios para ayudarle a reinar en todos los corazones y en el mundo.
Sugiere, a continuación, realizar tres peticiones para implorar lo que más necesitamos para el presente, relativo al pasado y en orden al futuro.
Primero: “Sigue dándonos cada día nuestro pan cotidiano” (v. 3). Solicitamos a Dios el alimento diario de cada jornada, la posesión austera de lo necesario, lejos de la opulencia y de la miseria (cfr. Pr 30,8). Los Santos Padres han visto en el pan que se pide aquí no sólo el alimento material, sino también la Eucaristía, sin la cual no podemos vivir como verdaderos cristianos. La Iglesia nos lo ofrece diariamente en la Santa Misa, ¡ojalá aprendiéramos a valorarlo y a encontrar ahí la fortaleza para todo nuestro día!
En la segunda petición de esta serie, “perdónanos nuestros pecados, puesto que también nosotros perdonamos a todo el que nos debe” (v. 4), imploramos que descargue nuestra conciencia de todo lo que la oprime. El Señor sabe que somos débiles. Por eso nos invita a ser sencillos para reconocer nuestros errores, limitaciones y pecados, a pedir perdón, y a desagraviar por ellos con mucho amor.
Por último, Jesús nos sugiere pedir a Dios que no nos ponga en tentación (cfr. v. 4). ¿Qué queremos decir exactamente al realizar esa petición? Es como un desahogo filial de un hijo que abre su corazón al Padre. Benedicto XVI comenta que en esa petición decimos a Dios: “Sé que necesito pruebas para que mi ser se purifique. Si dispones esas pruebas sobre mí, si –como en el caso de Job– das una cierta libertad al Maligno, entonces piensa, por favor, en lo limitado de mis fuerzas. No me creas demasiado capaz. Establece unos límites que no sean excesivos, dentro de los cuales puedo ser tentado, y mantente cerca con tu mano protectora cuando la prueba sea desmedidamente ardua para mí (…) Pronunciamos esta petición con la confiada certeza que san Pablo nos ofrece en sus palabras: ‘Dios es fiel y no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; al contrario, con la tentación os dará fuerzas suficientes para resistir a ella’ (1Co 10, 13)”[2].
[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 108.
[2] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret I. Desde el Bautismo a la Transfiguración (La esfera de los libros, Madrid, 2000), pp. 199-201.
Francisco Varo
Lunes de la 17° semana de Tiempo Ordinario (Mt 13, 31-35). “El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo”. Dios nos concede su gracia en abundancia. Dejémosla actuar en nosotros para que alcance los fines que ha previsto Dios.
Evangelio (Mt 13, 31-35)
Les propuso otra parábola:
—El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.
Les dijo otra parábola:
—El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.
Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas y no les solía hablar nada sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta:
Abriré mi boca con parábolas,
proclamaré las cosas que estaban ocultas
desde la creación del mundo.
Comentario
¡Qué claros son los ejemplos que nos pone el Señor! Claros e instructivos, lógicamente, puesto que cuando comprendemos bien las cosas se mejora notablemente nuestra manera de actuar.
La liturgia nos propone hoy dos ejemplos de su método pedagógico, dos cortas parábolas o metáforas para mostrarnos de qué manera actúa la gracia en el alma. En realidad, son como dos etapas de esta actuación.
En primer lugar, el grano de mostaza. Si se lee tranquilamente la parábola, se llega fácilmente a la conclusión de que Dios no tiene prisa, o bien de que su manera de contar el tiempo es muy distinta a la nuestra.
Nosotros estamos acostumbrados a medir la eficacia de nuestras acciones por los resultados inmediatos que obtenemos. Dios no. Él sabe esperar y tiene paciencia, incluso cuando somos poco dóciles con las gracias que nos envía.
La segunda imagen es la levadura en la masa. También aquí encontramos la idea de la paciencia y de la constancia. Pero además, otra tan importante o incluso más. A saber, que la levadura debe fermentarlo todo: “hasta que fermentó todo”.
Esto quiere decir que la gracia de Dios, el buen espíritu cristiano, deben estar presentes en el conjunto de nuestras actividades: trabajo, relaciones familiares y sociales y, por supuesto, en nuestra vida de piedad. Así, si somos dóciles, Dios podrá hacer su obra de santificación en nuestra alma y santificar también el ambiente en el que nos movemos.
Alphonse Vidal
Martes de la 17ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 36-43). “La cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo”. Si Dios permite que seamos tentados, tanto en el plano personal como en el social, es para que crezcamos en la práctica de las virtudes.
Evangelio (Mt 13, 36-43)
Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:
—Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
Él les respondió:
—El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.
Comentario
Para entender bien el evangelio de hoy, con la explicación del Señor de la parábola de la cizaña, sin duda es necesario leer antes el texto completo, es decir los versículos 24 al 30 del mismo capítulo de San Mateo, que hemos leído el sábado pasado. Esa lectura nos aclara el origen de la cizaña: el que la sembró fue un enemigo del propietario del campo.
Eso explica también la sorpresa de los siervos que, un buen día, descubrieron el campo de trigo cubierto con esta planta nociva. Hay que decir que, en las primeras semanas, las dos plantas —el trigo y la cizaña— se parecen mucho, hasta el punto de que es muy difícil distinguirlas. Por eso el Señor les aconseja que esperen hasta la siega, para no arrancar involuntariamente el buen trigo.
El Señor dice que el campo es el mundo y el enemigo el diablo. Sin caer en el pesimismo, podemos afirmar que lo comprobamos prácticamente a diario en la mayor parte de los países. Pero esa explicación no excluye otra un poco más personal, en la que el campo es nuestra alma. Dios siembra en ella su gracia, como lo veíamos ayer, y el diablo la cizaña, los malos deseos.
¿Qué hacer? En el terreno personal, es sin duda alguna indispensable reaccionar lo antes posible, sin esperar el fin de los tiempos. Lo que exige una de las prácticas de piedad que se ha vivido siempre en la Iglesia: el examen de conciencia. ¿Su objeto?: a la vez los temas personales y nuestra responsabilidad en la marcha de los asuntos del mundo en el que vivimos.
¿Propósito? Quizás estar más vigilantes, porque una de las causas de la abundancia de cizaña es la pereza de los hombres. San Josemaría nos lo dice en una de sus homilías: “¡triste pereza, ese sueño!” (“Es Cristo que pasa”, n° 123).
Alphonse Vidal
Miércoles de la 17ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13,44-46). “El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo”. La vocación personal es una luz de Dios que nos abre a una visión nueva de la vida. Recibirla con amor es como encontrar una perla preciosa de valor infinito.
Evangelio (Mt 13,44-46)
El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.
Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.
Comentario
Jesús va hablando del Reino de los Cielos mediante parábolas y comparaciones claras y sencillas, muy gráficas, que pueden ser recordadas con facilidad, y que permiten volver sobre ellas una y otra vez para sacar consecuencias y concretar propósitos.
Dios tiene un plan para cada persona, para cada uno de nosotros, para hacernos felices en su Reino y trabajando por su Reino, que se concreta en la propia vocación personal. A lo largo de la vida nos va desvelando sus planes hasta que llega el momento en que nos encontramos de frente con ese regalo preparado desde toda la eternidad. Somos libres y podemos acogerlo o rechazarlo.
De una parte, percibimos la hermosura del horizonte que se abre ante nosotros. De otra, las renuncias que implica dejar todas las cosas para dedicarnos con todas las fuerzas a aquello que el Señor nos pone por delante. Jesús, presentándonos la reacción lógica de quien encuentra un tesoro escondido o una perla preciosa, nos ayuda a decidir.
La llamada de Dios es algo preciosísimo. “Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina -dice san Josemaría-, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación”[1].
Por eso, san Josemaría nos hace notar que “es pues nuestra llamada, cuando la hemos sabido recibir con amor, cuando la hemos sabido estimar como cosa divina, una piedra preciosa de valor infinito. Esta llamada es un tesoro escondido que no encuentran todos. Lo encuentran aquellos a quienes Dios verdaderamente elige: se pedirá cuenta de mucho a quien mucho se le entregó”[2].
Hoy, las palabras de Jesús nos hacen caer en la cuenta de lo valioso que es lo que Dios nos ofrece cuando nos llama, y nos invitan a considerar que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo.
[1] San Josemaría, Carta nº 3, n. 9.
[2] Ibidem, nn. 9-10.
Francisco Varo
Jueves de la 17ª semana del Tiempo Ordinario (Mt 13,47-53). “Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos”. En nuestras decisiones está en juego acoger y recibir la felicidad eterna que ha venido a ofrecer a todos.
Evangelio (Mt 13,47-53)
Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?
– Sí -le respondieron.
Él les dijo:
– Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.
Cuando terminó Jesús estas parábolas se marchó de allí.
Comentario
Jesús habla de una pesca con una red barredera que recoge todo lo que encuentra. Se trata de un tipo de red alargada y ancha que se extiende entre dos barcas y que al arrastrarla recoge peces, restos de algas, o cualquier objeto que haya, flotando en el agua.
“El Señor entre barcas y redes halló a sus primeros discípulos, y muchas veces comparaba la labor de almas con las faenas pesqueras –recordaba San Josemaría–. ¿Te acuerdas de aquella pesca milagrosa, cuando se rompían las redes? (…) A esa pesca apostólica, abierta a todas las almas, podríamos aplicar aquel texto de San Mateo, que habla de “una red barredera, que echada en el mar, allega todo género de peces”, de cualquier tamaño y calidad, porque en sus mallas cabe todo lo que nada en las aguas del mar”[1]. En efecto, Dios quiere que gocen de la felicidad eterna en su Reino todas las personas, de todas las culturas, razas y condiciones, no excluye a nadie de su llamada a la amistad con Él. Aunque no todos acogerán necesariamente su llamada.
El mar es el mundo donde conviven toda clase de personas, con las más variadas disposiciones y en muy diversas circunstancias. A todos alcanza la voluntad salvífica de Dios, que cada uno puede libremente acoger o rechazar. Lo mismo que los pescadores en la orilla separan lo que es bueno de lo malo entre todo lo que ha arrastrado la red, así sucederá al final de los tiempos: el Señor juzgará y discernirá lo bueno y lo malo. Unos se salvarán y otros se condenarán, según las obras de cada uno.
“Cristo juzgará a los vivos y a los muertos con el poder que ha obtenido como Redentor del mundo, venido para salvar a los hombres –enseña el Catecismo–. Los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada uno con Dios y el prójimo. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus obras”[2].
Jesús habla de modo claro y amable de cuestiones muy serias. Está en juego acoger y recibir la felicidad eterna que ha venido a ofrecer a todos, pero también es posible rechazarla e ir al infierno, el horno del fuego donde hay llanto y rechinar de dientes.
[1] San Josemaría, En diálogo con el Señor, “Con la docilidad del barro”, n. 3.
[2] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 135.
Francisco Varo
Viernes de la 17° semana del Tiempo Ordinario (Mt 13, 54-58). “¿No es éste el hijo del artesano?”. En nuestro quehacer diario descubrimos que somos hijos de Dios, en donde podemos reflejar el amor de Dios por las demás personas y por toda la creación.
Evangelio (Mt 13, 54-58)
Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?
Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: —No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra y en su casa.
Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.
Comentario:
Jesús vuelve a su ciudad, a Nazaret. El lugar de su infancia y juventud. Donde aprendió de José el oficio de artesano.
Es también el lugar de la fe, la casa de María y de José. El lugar del mundo donde la palabra se hizo carne, gracias a una mujer que se sumergió en el plan de Dios y a un hombre que se atrevió a soñar los sueños de Dios.
Y es también el lugar de la incredulidad. Jesús vuelve a su ciudad y se encuentra con unos hombres y mujeres que no abren la puerta a su obra redentora, porque se quedan clavados en un mirada estrecha, pequeña, limitada. Incapaces de ver en Jesús al Hijo de Dios.
El pueblo reconoce asombrado los prodigios de Jesús. “¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes?”, se pregunta con admiración. Pero, a la vez, encuadran a Jesús en su estrecho y pobre esquema, en su visión horizontal de la vida: es el hijo de José y de María, uno de los nuestros, uno más.
No quieren ver en Jesús al Hijo de Dios, al profeta que habla en nombre de Dios.
En cierto modo, también nos puede pasar lo mismo al mirar nuestra vida. Para llegar a ser nosotros mismos debemos descubrir en nuestra dimensión horizontal, en nuestra vida diaria, nuestra verdadera identidad: somos hijos de Dios, llamados a hablar en nombre de Dios.
Nuestras relaciones familiares, nuestro trabajo, nuestras cualidades y talentos, nuestras amistades, nuestra historia, no bastan para explicar quienes somos. Necesitamos entrar en una dimensión vertical. Vivir en este mundo como lo que realmente somos: hijos de Dios.
En nuestra familia, en nuestros trabajos y quehaceres cotidianos, en nuestras amistades, allí donde vivimos, somos hijos de Dios, hablamos en nombre de Dios, llenamos todo del nombre de Dios, hacemos presente la mirada y la voz de Jesucristo.
Somos más de lo que se ve a simple vista. Somos una obra maravillosa de Dios. En nuestra vida, reluce todo el amor con el que Dios nos ha creado y toda la capacidad nuestra para decirle cada día que sí.
Luis Cruz
Sábado de la 17° semana del Tiempo Ordinario (Mt 14, 1-12). “El rey se entristeció (...). Y mandó decapitar a Juan en la cárcel”. El amor verdadero, profundo y fecundo, es aquél que está dispuesto a donarse por entero, perder la vida por las personas amadas, en defensa de la Verdad.
Evangelio (Mt 14, 1-12)
En aquel entonces oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús, y les dijo a sus cortesanos: —Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él esos poderes.
Herodes, en efecto, había apresado a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarlo, tenía miedo del pueblo porque lo consideraban un profeta.
El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese. Ella, instigada por su madre, dijo: —Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.
El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales ordenó dársela. Y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo muerto, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.
Comentario
Jesucristo recibe la noticia de la muerte de Juan el Bautista de labios de sus discípulos. Saben de lo mucho que se querían y no dudan en ir a contárselo, quizá para encontrar también un poco de consuelo.
¡Con cuánto dolor escucharía Jesucristo el relato de la muerte de su pariente y amigo! ¡Con qué ternura consolaría los corazones atribulados de aquellos discípulos, amigos de Juan! ¡Cómo les animaría en esos momentos hablándoles de la grandeza de aquel hombre! Un hombre que no dudó en perder la cabeza por Jesús.
La defensa de la verdad, la que nos hace libres, la que no es negociable, la enemiga de los falsos compromisos que buscan salvar el pellejo, nos lleva a perder la cabeza.
Las palabras de Juan iluminaban a los hombres y mujeres de su tiempo, incluso al propio Herodes. Se dirigían al fondo de sus corazones y allí sembraban la semilla de la verdad, del bien, de la justicia, del amor. Eran palabras capaces de sacar a la luz ese fragmento de humanidad que, aunque sepultado por una montaña de mentiras, habita en el corazón de todo hombre.
Herodes se había ido deslizando por un camino sin retorno, condenándose a una vida esteril, infeliz, encerrado en sí mismo, en su egoísmo. Juan le habla al corazón, quiere sacarlo de la cárcel en la que está enjaulado.
Con su propia vida le quiere mostrar cómo el amor verdadero, profundo y fecundo, es aquél que está dispuesto a donarse por entero, perder la vida por las personas amadas, perder la cabeza por ellas.
Es la “inquietud de amor” que busca “siempre, sin descanso, el bien del otro, de la persona amada, con esa intensidad que lleva incluso a las lágrimas”; que “impulsa a salir al encuentro del otro, sin esperar que sea el otro quien manifiesta su necesidad”[1].
Con nuestro amor inquieto, lleno de detalles concretos, amando desde el Corazón de Jesucristo, estamos recordando a los demás cómo es el amor de Dios por ellos, cuál es su verdad más profunda: son hijos amados de Dios Padre. No tenemos que tener miedo a perder la cabeza en esos detalles de amor.
[1] Papa Francisco, Homilía del 28 de agosto de 2013.
Luis Cruz

Domingo de la 18º del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 14,13-21).
Domingo de la 18° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Jn 6,24-35). “Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado” (v. 29). Dios quiere obrar milagros en nosotros; sobre todo el milagro de nuestra divinización. Para eso necesita nuestra fe, nuestra confianza, que se traducen, entre otras cosas, en valorar más los bienes espirituales que los materiales, la salud y el bienestar de nuestras almas antes que el de nuestros cuerpos.
Domingo de la 18.º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 12,13-21). "Guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: "(...) Descansa, come, bebe, pásalo bien". La riqueza reconocida como una forma de servir a los demás, nos enseña a vivir la pobreza y el desprendimiento por amor a los más necesitados.
Lunes de la 18° semana de Tiempo Ordinario (Mt 14,13-21). “Dadles vosotros de comer”. Somos peregrinos necesitados de alimento para el camino. Jesús sabe lo que necesitamos y nos da alimento con generosidad, pero cuenta también con nuestra generosidad para que los demás tengan alimento de nuestra mano.
Martes de la 18° semana del Tiempo Ordinario (Mt 14,22-36). “Señor, si eres tú”. Para que la fe arraigue en los corazones hay que preparar antes el terreno: como en el evangelio de hoy, es necesario mirar a Jesús no solo como a alguien que amamos sino como al Hijo de Dios que tiene poder sobre las aguas.
Miércoles de la 18° semana de Tiempo Ordinario (Mt 15,21-28). “Pero él no le respondió palabra”. El aparente silencio de Jesús es tanto un estímulo para la cananea como para los que contemplan la escena. Una lección de fe que nos invita a confiar en Dios y a perseverar en nuestro diálogo con Él.
Jueves de la 18° semana del Tiempo Ordinario (Mt 16,13-23). “Respondió Simón Pedro: —Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: —Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Si somos humildes y nos abrimos al querer de Dios, podremos levantarnos a las mismas alturas a las que se levantó Pedro.
Viernes de la 18.ª semana de Tiempo Ordinario (Mt 16, 24-28). “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio.
Sábado de la 18° semana del Tiempo Ordinario (Mt 17,14-20). “Luego los discípulos se acercaron a solas a Jesús y le dijeron: —¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo? —Por vuestra poca fe” Muchas veces lo que necesitan las personas que están a nuestro alrededor es que les transmitamos una fe viva que lleva a confiar en Dios.
Domingo de la 18º del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 14,13-21).
Evangelio (Mt 14,13-21)
Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron:
— Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos.
Pero Jesús les dijo:
— No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer.
Ellos le respondieron:
— Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
Él les dijo:
— Traédmelos aquí.
Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Comentario
Dice el evangelio de san Mateo que, al oír Jesús que habían apresado a Juan el Bautista, “se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo” (v. 13). Jesús busca un momento de soledad para su oración, como en otras ocasiones. Pero las gentes de los contornos deseaban tanto escuchar su palabra y beneficiarse de sus curaciones que no lo dejaban descansar. Jesús no se enfada ante su importunidad. Al contrario, se conmueve ante la fe sencilla de aquellas gentes y pasa toda la jornada con ellos. Cuando declina el día no quiere dejarlos marchar sin haberles ofrecido antes algo de comer, porque estaban lejos de sus casas y llevaban muchas horas sin tomar nada.
Llama la atención, en primer lugar, su paciencia y compasión. “Ante la multitud que lo seguía y –por decirlo así– ‘no lo dejaba en paz’ –comentaba el Papa Francisco-, Jesús no reacciona con irritación, no dice: ‘Esta gente me molesta’. No, no. Sino que reacciona con un sentimiento de compasión, porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero estemos atentos: compasión –lo que siente Jesús– no es sencillamente sentir piedad; ¡es algo más! Significa com-patir, es decir, identificarse con el sufrimiento de los demás, hasta el punto de cargarlo sobre sí. Así es Jesús: sufre junto con nosotros, sufre con nosotros, sufre por nosotros”[1].
También los discípulos se dan cuenta de lo avanzado de la hora y de la urgencia de esas personas por alimentarse, pero se desentienden de las necesidades de esas gentes y piden a Jesús que los despida “para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos” (v. 15). Sin embargo, el Maestro no mira para otro lado ni los abandona a su suerte, sino que reclama a los suyos que ofrezcan todo lo que tengan, aunque sea bien poco, para paliar el hambre de tantos hombres, mujeres y niños. ¡Qué modo tan distinto de reaccionar ante las necesidades de los demás!
Vale la pena observar, como lo hace san Josemaría, que Jesús podía sacar el pan de donde le pareciera..., pero busca la cooperación humana: “Necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, hijo mío: ¡y es Dios! Esto nos urge a ser generosos en nuestra correspondencia. No necesita para nada de ninguno de nosotros, y –al mismo tiempo– nos necesita a todos. ¡Qué maravilla! Lo poco que somos, lo poco que valemos, nuestros pocos talentos nos los pide, no se los podemos escatimar. Los dos peces, el pan: todo”[2].
Los discípulos fueron generosos y le ofrecieron la escasa comida de que disponían. Dice el Evangelio que Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente” (v. 19). Son expresiones análogas a las que emplean los evangelistas al narrar la institución de la Eucaristía en la última cena: “cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio” (Lc 24,30). De este modo, en la magnitud con la que multiplica aquellos pocos panes y peces se prefigura “la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía”[3], como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.
La generosidad de Jesús que se nos ofrece como alimento en la Hostia santa manifiesta la grandeza de su amor. “Corresponder a tanto amor -invita a considerarlo san Josemaría- exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le hablamos, lo vemos, lo gustamos. Y cuando las palabras no son suficientes, cantamos, animando a nuestra lengua –Pange, lingua!– a que proclame, en presencia de toda la humanidad, las grandezas del Señor”[4].
[1] Papa Francisco, Ángelus 3 de agosto de 2014.
[2] San Josemaría, En diálogo con el Señor, hom. 5: Que se vea que eres tú, n. 4 (cf. Forja, n. 674)
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1335.
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 87.
Francisco Varo
Domingo de la 18° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Jn 6,24-35). “Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado” (v. 29). Dios quiere obrar milagros en nosotros; sobre todo el milagro de nuestra divinización. Para eso necesita nuestra fe, nuestra confianza, que se traducen, entre otras cosas, en valorar más los bienes espirituales que los materiales, la salud y el bienestar de nuestras almas antes que el de nuestros cuerpos.
Evangelio (Jn 6,24-35)
Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la orilla opuesta del mar, le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?
Jesús les respondió:
—En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.
Ellos le preguntaron:
—¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?
Jesús les respondió:
—Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado.
Le dijeron:
—¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.
Les respondió Jesús:
—En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.
—Señor, danos siempre de este pan —le dijeron ellos.
Jesús les respondió:
—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.
Comentario
El evangelio de este domingo recoge un fragmento del llamado discurso del pan de vida pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. El reciente milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, le sirve al Maestro de marco y ocasión para exponer verdades muy profundas sobre el misterio de la Eucaristía y sobre la necesidad de la fe. Hoy vamos a detenernos brevemente en este segundo aspecto.
Podría llamarnos la atención la poca capacidad de los oyentes de Jesús para comprender el anuncio de la Eucaristía que estaba realizando. Ellos se quedaban torpemente en el plano material; deseaban recibir de Jesús más alimentos; pensaban que el poder del maestro de Galilea era una atractiva y fácil solución a sus problemas materiales y diarios. Y además le pedían más intervenciones suyas claras, si quería que confiaran en Él.
Pero Jesús les anima a ser más sobrenaturales, a obrar “no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello” (v. 27).
Esa poca capacidad de aquellas gentes para comprender el lenguaje de Jesús podemos sufrirla nosotros también, casi sin darnos cuenta. Nos sucede cuando en nuestras peticiones a Dios nos centramos en los bienes materiales, como la salud física, el trabajo, diversos logros, aprobar exámenes, etc., pero nos olvidamos quizá de dar prioridad a la petición habitual por los bienes espirituales: la conversión, el estado de gracia, la vuelta a los sacramentos y a la amistad con Dios, la generosidad para entregarse a Él totalmente, etc.
Esta jerarquía sobrenatural de nuestras peticiones a Dios, dando prioridad a los bienes espirituales, sin dejar por eso de pedir los demás, transforma nuestra manera de pensar y de actuar: “obrad por el alimento que perdura hasta la vida eterna”, nos dice Jesús. Si obramos así, tendremos cada vez más vida de fe.
A este respecto, escribía san Josemaría en una ocasión: “Se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe? (…) Hemos de creer con fe firme en quien nos salva, en este Médico divino que ha sido enviado precisamente para sanarnos. Creer con tanta más fuerza cuanta mayor o más desesperada sea la enfermedad que padezcamos. Hemos de adquirir la medida divina de las cosas, no perdiendo nunca el punto de mira sobrenatural, y contando con que Jesús se vale también de nuestras miserias, para que resplandezca su gloria”[1].
Jesús les dice a sus oyentes: “Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado” (v. 29). Dios quiere obrar milagros en nosotros; sobre todo el milagro de nuestra divinización. Para eso necesita nuestra fe, nuestra confianza, que se traducen, entre otras cosas, en valorar más los bienes espirituales que los materiales, la salud y el bienestar de nuestras almas antes que el de nuestros cuerpos.
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, nn. 190-194.
Pablo M. Edo
Domingo de la 18.º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 12,13-21). "Guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: "(...) Descansa, come, bebe, pásalo bien". La riqueza reconocida como una forma de servir a los demás, nos enseña a vivir la pobreza y el desprendimiento por amor a los más necesitados.
Evangelio (Lc 12,13-21)
Uno de entre la multitud le dijo:
—Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.
Pero él le respondió:
—Hombre, ¿quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros?
Y añadió:
—Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee.
Y les propuso una parábola diciendo:
—Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto, y pensaba para sus adentros: «¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?» Y se dijo: «Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será?» Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios.
Comentario
Cuenta el evangelio que, en una ocasión, mientras Jesús predicaba, alguien de la multitud le pidió que instara a su hermano a compartir la herencia con él. Pero en vez de atender esta petición, como hizo Jesús en muchas otras ocasiones, advierte a los presentes sobre el peligro de la avaricia y el afán de seguridad basado en las riquezas.
En apariencia, parece justo que una persona reclame parte de una herencia a su hermano. Pero ignoramos los particulares del conflicto familiar que sale a la luz. En cambio, de la respuesta prudente de Jesús, que conoce lo que hay en cada corazón (cfr. Jn 2,25) se deduce que la petición que se le hace no es recta. Primero porque se le pide hacer de juez en una causa material que ya tiene sus propios jueces previstos por la ley. Explica san Ambrosio que Jesús muestra con su negativa que no quiere ser “árbitro de las posesiones de los hombres sino de sus méritos”[1]. Pero además, Jesús sabe que esa petición tiene su origen en la avaricia, motivo por el cual exhorta a todos los presentes a guardarse de ella, porque ni el afán de bienes ni su posesión garantizan el bien excelso de la vida. En cambio, como explica el papa Francisco, “la codicia es un escalón, abre la puerta; después viene la vanidad —creerse importante, creerse potente— y, al final, el orgullo. Y de ahí vienen todos los vicios, todos: son escalones, pero el primero es la codicia, el deseo de amontar riquezas. Precisamente esta es la lucha de cada día: cómo administrar bien las riquezas de la tierra para que se orienten al cielo y se conviertan en riquezas del cielo”. A esto se encamina precisamente la virtud cristiana de la pobreza, que “no consiste en no tener, −escribió san Josemaría− sino en estar desprendidos: en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas”[2].
Haciendo una lectura rápida de la parábola con la que Jesús ejemplifica su enseñanza podría sacarse la conclusión de que el personaje protagonista no está actuando mal: si la cosecha ha sido fructífera, ¿por qué no almacenar bien y disfrutar? Esta cuestión la resuelven muchos Padres de la Iglesia de forma semejante a como lo hizo san Agustín: “lo superfluo de los ricos es lo necesario de los pobres. Y se poseen cosas ajenas cuando se poseen cosas superfluas”[3]. El afán de seguridad humana nos lleva a almacenar y acumular cosas y bienes por si acaso, pero en realidad muchas veces no los usamos. Son bienes que podrían emplear otros; es decir, quienes pasan necesidades reales y no solo posibles o imaginarias. Quedan en los graneros de los ricos los bienes de que no gozan los pobres. En cambio, cuando los que son bendecidos con riquezas reconocen en ellas una forma de servir a los demás, aprenden a vivir la pobreza y el desprendimiento.
Por otro lado, Jesús llama “necio” al personaje de la parábola porque puso su ilusión en atesorar, el mismo día que iba a dejar este mundo. Para evitar la falsa seguridad en las cosas materiales como si fueran a garantizar una larga vida, Jesús introduce en la parábola el tema de la muerte. Es lógico desear cierto bienestar y prosperidad para la propia familia; pero hemos de evitar la necedad de poner en los bienes materiales el fundamento de nuestra esperanza y felicidad. La realidad de personas famosas y pudientes de la historia que sin embargo han llevado vidas trágicas, debería alertarnos. Como explicaba Benedicto XVI, “en este XVIII domingo del tiempo ordinario, la palabra de Dios nos estimula a reflexionar sobre cómo debe ser nuestra relación con los bienes materiales. La riqueza, aun siendo en sí un bien, no se debe considerar un bien absoluto. Sobre todo, no garantiza la salvación; más aún, podría incluso ponerla seriamente en peligro. En la página evangélica de hoy, Jesús pone en guardia a sus discípulos precisamente contra este riesgo. Es sabiduría y virtud no apegar el corazón a los bienes de este mundo, porque todo pasa, todo puede terminar bruscamente. Para los cristianos, el verdadero tesoro que debemos buscar sin cesar se halla en las "cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios"”[4].
[1] San Ambrosio, Catena aurea, in loc.
[2] San Josemaría, Camino, n. 632.
[3] San Agustín, Coment. in psalm. 147.
[4] Benedicto XVI, Ángelus, 5-VIII-2007.
Pablo M. Edo
Lunes de la 18° semana de Tiempo Ordinario (Mt 14,13-21). “Dadles vosotros de comer”. Somos peregrinos necesitados de alimento para el camino. Jesús sabe lo que necesitamos y nos da alimento con generosidad, pero cuenta también con nuestra generosidad para que los demás tengan alimento de nuestra mano.
Evangelio (Mt 14,13-21)
Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron:
—Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos.
Pero Jesús les dijo:
—No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer.
Ellos le respondieron:
—Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
Él les dijo:
—Traédmelos aquí.
Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Comentario
El evangelio de la misa de hoy nos vuelve a presentar a Jesús buscando soledad para tratar al Padre. Nos acercamos a esa relación, que los evangelistas nos recuerdan antes de muchos milagros, con sigilo y, al mismo tiempo, con temor y temblor, porque se trata de acercarse a un abismo que no podemos escrutar. Es Jesús mismo el que nos invita a mirar: quiere que le veamos orar y que deseemos orar también nosotros con el Padre: que oremos como hijos (cfr. Mt 14,23; Mc 1,35; 11,24; Lc 5,16; 6,12; 9,18; 11,1). La “soledad” de Jesús al orar nos dice también que ahí, en el Padre, está todo lo que necesitamos, el alimento que nos perfecciona. Las personas que seguían a Jesús más de cerca estaban desconcertadas por su intimidad con el Padre. Sus corazones, llenos de su forma de comprender, pensaban en las necesidades que consideraban más imperiosas, y aun no podían entender que hubiera otras más profundas.
Jesús se fue a un lugar apartado en barca; los demás fueron desde las ciudades. Nuestro Señor sabe cómo “acercarse” al Padre, conoce el camino. Es el Camino. Nos muestra cuál es el verdadero alimento y dónde se encuentra. Jesús se acerca a ese alimento, la Voluntad del Padre, con un corazón lleno de Amor, sin pizca de egoísmo. Nuestros egoísmos hacen pequeños nuestros deseos, pero en Cristo son purificados y desvelados en toda su grandeza. El evangelio de la misa nos muestra a Jesús deseoso de darnos lo que necesitamos, pero también deseoso de hacerlo a través de lo que nos podemos ofrecer unos a otros, aunque pensemos que no tenemos gran cosa. Sea lo que sea lo que tengamos, aunque parezca poco, unos panes y unos peces, siempre será potenciado por Jesús mismo sirviéndose de la fe y el amor con que compartamos eso que somos y tenemos. Jesús bendice nuestra generosidad: tiempo, compañía, ropa, enseñanza, oración, una visita. Esos son nuestros panes y nuestros peces, los cuales, entregados por amor y con amor, son bendecidos como fueron bendecidas la tinaja de harina y la vasija de aceite de la viuda de Sarepta, que no se agotaban por mucho que se tomara de ellas (1R 17,8-24).
Juan Luis Caballero
Martes de la 18° semana del Tiempo Ordinario (Mt 14,22-36). “Señor, si eres tú”. Para que la fe arraigue en los corazones hay que preparar antes el terreno: como en el evangelio de hoy, es necesario mirar a Jesús no solo como a alguien que amamos sino como al Hijo de Dios que tiene poder sobre las aguas.
Evangelio (Mt 14,22-36)
Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:
—¡Es un fantasma! —y llenos de miedo empezaron a gritar.
Pero al instante Jesús les habló:
—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.
Entonces Pedro le respondió:
—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
—Ven —le dijo él.
Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:
—¡Señor, sálvame!
Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:
—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:
—Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Acabaron la travesía y llegaron a tierra a la altura de Genesaret. Al reconocerlo los hombres de aquel lugar mandaron aviso a toda la comarca y le trajeron a todos los que se sentían mal, y le suplicaban poder tocar, aunque sólo fuera el borde su manto. Y todos los que lo tocaron quedaron sanos.
Comentario
Jesús hace milagros, pero busca enseguida que no sean mal entendidos. Así, nada más realizar algo sorprendente, envía a los discípulos a la “vida ordinaria”, al lago, donde se desarrolla la vida habitual de muchos de ellos y donde lo normal es tener que bregar en el oleaje. El lago simboliza, así, nuestra vida ordinaria. Y Jesús está en ella, aunque no lo veamos. Porque él no ha venido al mundo para hacernos todo más fácil, sino para que le demos la mano en nuestro caminar y, con su ayuda, podamos vencer las hostilidades del demonio y tener fuerza y esperanza en nuestras dificultades.
¿Por qué a veces nos cuesta reconocer la presencia de Dios en nuestro día a día? Oímos decir a Pedro: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. En estas palabras se intuye tanto confianza en Jesús como incapacidad para reconocerle a fondo. Solo el Señor nos puede decir hasta qué punto su confianza era humana y hasta qué punto Pedro entendía lo que iba a decir en breve: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pedro quería acercarse a Jesús, pero no conocemos todos sus motivos. Podemos tomar pie de ellos para pensar en los nuestros: ¿cómo contamos con Dios en el día a día?, ¿con qué intenciones nos acercamos a Él o le dejamos que entre en nuestras vidas?, ¿para que haga por nosotros lo que supone esfuerzo?
La vida no puede afrontarse con mentalidad meramente humana. Precisamente porque nuestra vida es como una “carrera” que no es solo humana, o sea, que tiene como meta algo que está más allá de lo meramente humano. En esta vida podemos caminar con seguridad humana cuando afrontamos empresas que dependen de nuestras fuerzas. Pero esto no es así con las empresas sobrenaturales. Visto con distancia, todo lo humano se nos presenta como frágil y poca cosa, porque incluso cuando pensamos controlar todo, no dejan de abrirse ante nosotros nuevos retos que nos superan. El evangelio de hoy nos invita a no confiar excesivamente en nosotros mismos y a abrirnos a aquel que puede de verdad sanar y llenar el corazón humano de verdadera paz y confianza: “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te fíes de tu propio discernimiento” (Pr 3,5).
Juan Luis Caballero
Miércoles de la 18° semana de Tiempo Ordinario (Mt 15,21-28). “Pero él no le respondió palabra”. El aparente silencio de Jesús es tanto un estímulo para la cananea como para los que contemplan la escena. Una lección de fe que nos invita a confiar en Dios y a perseverar en nuestro diálogo con Él.
Evangelio (Mt 15,21-28)
Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:
—¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.
Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:
—Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.
Él respondió:
—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:
—¡Señor, ayúdame!
Él le respondió:
—No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.
Pero ella dijo:
—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Entonces Jesús le respondió:
—¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.
Y su hija quedó sana en aquel instante.
Comentario
Los verdaderos maestros se mueven por el deseo de llegar al corazón de la gente, y son capaces de ver más allá y más al fondo. Un maestro de verdad no se conforma con repetir unas cosas y exigir que se reciten de memoria. Es un buscador de caminos hacia quien tiene delante y sabe también guiar y corregir en un camino que, sí o sí, debe realizar el interesado como protagonista. El verdadero maestro sabe que debe estimular para que aquel al que ayuda haga sus propios descubrimientos. El verdadero maestro piensa en la persona y, por eso, busca ejercer su labor y ofrecer su enseñanza en un contexto amplio: como una auténtica roturación del terreno, un poner las bases, un abrir el corazón e ilusionar con miras amplias. Así hace Jesús con sus palabras y sus obras, y eso llamaba poderosamente la atención de los que le escuchaban, de los falsos maestros y también de nosotros hoy día.
Jesús ha venido a todos, pero en su misión hay una prioridad: las ovejas perdidas de la casa de Israel. Esas ovejas tienen un lugar muy especial en su corazón: son el Pueblo elegido, al que han sido hechas las promesas, al que han sido dados tantos dones. Pero lo que le ha pasado a Israel es que como Pueblo no ha sido fiel a su vocación, aunque de un pequeño resto suyo nacería la Iglesia. Esa fe que no ha tenido Israel ha de ser despertada, y Jesús lo intenta poniendo también como modelo a personas que, no perteneciendo a Israel, sí tienen fe. Una fe perseverante. Una fe que obra.
No queda duda, por las palabras de Jesús, de la dignidad de Israel. Al mismo tiempo, queda claro que es la fe la que lleva por el camino de la salvación. No se pueden aducir privilegios externos: allá donde hay fe hay vida. Y aquella mujer cananea, que amaba sinceramente a su hija y confiaba tanto en Jesús, adelantó a muchos israelitas en el camino de la santidad. Una de las frases clave del pasaje nos lo resume: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres”. Así lo expresa Pablo: “Trabajad por vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito” (Flp 2,12-13). Dios nos estimula y empuja, pero la fe y la caridad se edifican sobre nuestra respuesta a esa llamada divina en el día a día. En realidad, alcanzaremos cuanto deseemos mostrándolo con obras.
Juan Luis Caballero
Jueves de la 18° semana del Tiempo Ordinario (Mt 16,13-23). “Respondió Simón Pedro: —Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: —Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Si somos humildes y nos abrimos al querer de Dios, podremos levantarnos a las mismas alturas a las que se levantó Pedro.
Evangelio (Mt 16,13-23)
Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntar a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
Ellos respondieron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.
Él les dijo: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro:
—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.
Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.
Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo:
—¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso.
Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo:
—¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.
Comentario
Cuando Jesús lanza una pregunta comprometedora a los Doce -¿quién soy yo para vosotros?- Pedro es el que responde con mayor audacia: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Con esa respuesta, parece que Pedro se eleva por encima de todos. Jesús le hace ver que en sus palabras hay algo que va más allá de cualquier conclusión meramente humana: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Quizá el mismo Pedro no entendería todo el alcance de su confesión de fe. En cualquier caso, en ese momento ha sido capaz de ver más allá de “la carne y la sangre” y se convierte en nada menos que la roca sobre la que se edificaría la Iglesia de Cristo.
Pedro parece volar altísimo y, sin embargo, poco después se desploma. Jesús explica que precisamente su misión mesiánica pasa por la humillación y la muerte, y Pedro simplemente no entiende. Aún más, con cierta ingenuidad y arrogancia se pone a reprender a Jesús. Pretende encerrar la grandeza de Cristo dentro de sus conceptos humanos. Y es entonces cuando recibe esa dura llamada de atención: “¡Apártate de mí Satanás!”.
Cuando Pedro se mueve por una visión simplemente humana, cae y se convierte en motivo de escándalo. En cambio, cuando se deja mover por la gracia, es capaz de elevarse y tener un conocimiento profundo de Dios.
Lo que le sucedió a Pedro también nos puede suceder a nosotros. En ocasiones parece que vemos todo claro, que todas las piezas de nuestra vida cristiana encajan perfectamente, y que incluso somos capaces de dar luz a los demás. Son momentos para llenarnos de agradecimiento por las luces que Dios nos da. Pero si nos descuidamos, si empezamos a tener una excesiva seguridad en nuestras ideas y opiniones, nos podemos derrumbar. Y entonces empezamos a razonar desde una perspectiva simplemente humana. No entendemos los planes de Dios y con nuestras quejas parece como si estuviéramos intentando corregir al Señor, como hizo Pedro.
En una de sus cartas, san Josemaría empleaba la imagen del polvo que es levantado por el aire. Cuando sopla el viento, el polvo es elevado e incluso puede parecer dorado, porque refleja los rayos del sol. Lo mismo sucede en nuestra vida: aunque a veces nos sintamos poca cosa, cuando dejamos que nos mueva el soplo del Espíritu Santo nos podemos levantar muy alto. Con una actitud de humildad y de apertura sincera a lo que Dios quiera, seremos capaces de movernos con soltura por las alturas de la vida de fe, reflejando la luz de Dios a las personas que nos rodean.
Rodolfo Valdés
Viernes de la 18.ª semana de Tiempo Ordinario (Mt 16, 24-28). “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio.
Evangelio (Mt 16, 24-28)
Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:
— Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.
Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.
Comentario
Este pasaje del Evangelio sigue inmediatamente después a la afirmación de Pedro sobre Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Afirmación que fue solemnemente confirmada por el Maestro que, a la vez, les ordenó que no dijeran a nadie que Él es el Cristo (cf. Mt 16,20). Los apóstoles estarían impresionados por la claridad con la que Jesús les había confirmado lo que intuían, que su Maestro era el Mesías largamente esperado.
En esta ocasión, Jesús se dirige hacia la Cruz e invita a sus discípulos a seguirlo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (v. 24). Contra toda lógica humana, la cruz no implica desventura, desgracia que hay que evitar a toda costa, sino oportunidad de acompañar a Jesús en su victoria. En la lógica de Dios el camino que conduce al triunfo glorioso sobre el pecado y la muerte pasa por la pasión y la cruz.
Recordaba san Josemaría en su predicación un sueño de un clásico castellano en el que se mencionaban dos caminos. Uno es ancho y regalado, pero termina en un precipicio sin fondo. Es el que siguen atolondradamente los mundanos. “Por dirección distinta, discurre en ese sueño otro sendero: tan estrecho y empinado, que no es posible recorrerlo a lomo de caballería. Todos los que lo emprenden, adelantan por su propio pie, quizá en zigzag, con rostro sereno, pisando abrojos y sorteando peñascos. En determinados puntos, dejan a jirones sus vestidos, y aun su carne. Pero al final, les espera un vergel, la felicidad para siempre, el cielo. Es el camino de las almas santas que se humillan, que por amor a Jesucristo se sacrifican gustosamente por los demás; la ruta de los que no temen ir cuesta arriba, cargando amorosamente con su cruz, por mucho que pese, porque conocen que, si el peso les hunde, podrán alzarse y continuar la ascensión: Cristo es la fuerza de estos caminantes” [1].
El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio. “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado” [2], decía san Josemaría. “Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales” [3].
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[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 130.
[2] San Josemaría, Surco, n. 795.
[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 216.
Francisco Varo
Sábado de la 18° semana del Tiempo Ordinario (Mt 17,14-20). “Luego los discípulos se acercaron a solas a Jesús y le dijeron: —¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo? —Por vuestra poca fe” Muchas veces lo que necesitan las personas que están a nuestro alrededor es que les transmitamos una fe viva que lleva a confiar en Dios.
Evangelio (Mt 17,14-20)
Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre, se puso de rodillas y le suplicó:
—Señor, ten compasión de mi hijo, porque está lunático y sufre mucho; muchas veces se cae al fuego y otras al agua. Lo he traído a tus discípulos y no lo han podido curar.
Jesús contestó:
—¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.
Le increpó Jesús y salió de él el demonio, y quedó curado el muchacho desde aquel momento.
Luego los discípulos se acercaron a solas a Jesús y le dijeron:
—¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?
—Por vuestra poca fe —les dijo—. Porque os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: «Trasládate de aquí allá», y se trasladaría, y nada os sería imposible.
Comentario
La escena del Evangelio de hoy tiene tonos dramáticos. Un padre se pone de rodillas ante Jesús para suplicarle que cure a su hijo poseído por el demonio. Ha intentado primero que lo curen sus seguidores, pero la tentativa acabó en un fracaso. Ahora prueba con el Maestro, y se realiza la liberación.
Jesús dice a sus discípulos que para expulsar a ese demonio necesitaban más fe. Para sanar al mundo, para curar los corazones, los cristianos tenemos que ser hombres y mujeres de fe. Hay cadenas que no las pueden romper las fuerzas humanas: odios profundos, vicios arraigados, falta de esperanza…
En ocasiones, personas cercanas a nosotros atraviesan por situaciones críticas. Intentamos ayudarles con gestiones, favores prácticos, etc. Pero con frecuencia llega un momento en que notamos que no podemos llegar más lejos, porque lo que se necesita es la acción de la gracia: una luz especial o una conversión profunda. De nuestra parte, queda transmitir una profunda confianza en Dios, y quizá rezar juntos para que sea el Señor el que cure sus heridas.
La oración llena de fe es la que sostiene al mundo. Por eso, hemos de recurrir al Señor con constancia, abandonándonos en sus manos. Nos puede servir de ayuda esta oración que recomienda san Josemaría: “Señor, Tú eres el de siempre. Dame la fe de aquellos varones que supieron corresponder a tu gracia y que obraron —en tu Nombre— grandes milagros, verdaderos prodigios (…) sé que los harás; pero, también me consta que quieres que se te pidan, que quieres que te busquemos, que llamemos fuertemente a las puertas de tu Corazón”.
Rodolfo Valdés

Domingo de la 19º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 14,22-33).
Domingo de la 19° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Jn 6, 41-51). “Yo soy el pan vivo”. En este profundo y bello discurso, el Señor nos llama a no murmurar delante de las cosas que no comprendemos y a dejarnos conquistar por la lógica divina de la fe, que nos invita a admirarnos ante el gran sacramento de la Eucaristía.
Domingo de la 19º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 12,32-48).
Lunes de la 19.ª semana del tiempo ordinario (Mt 17, 22-27).“vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estáter; lo tomas y lo das por mí y por ti” Ante las dificultades, dolores o sufrimientos, el remedio es siempre mirar a Cristo
Evangelio del martes VACIO
Miércoles de la 19° semana de Tiempo Ordinario (Mt 18,15-20). “Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Jesús instruye al discípulo en la práctica de la ‘corrección fraterna’ a otro discípulo que se ha equivocado. Es probable que todos necesiten esta ayuda en algún momento.
Jueves de la 19° semana del Tiempo Ordinario (Mt 18,21-19,1). “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” Jesús vivió, murió y resucitó para ofrecernos el perdón de Dios. Por lo tanto, el perdón está en el corazón del evangelio: debe ser nuestra forma de vida.
Viernes de la 19° semana del Tiempo Ordinario (Mt 19,3-12). “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Es la unidad del matrimonio algo querido por Dios y un gran bien para toda la familia humana. Necesita de la oración perseverante de todos para fortalecerla.
Sábado de la 19° semana del Tiempo Ordinario (Mt 19,13-15). “Le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase”. Saberse niños delante de Dios es camino seguro para acercarse a Jesús y tenerle como el mejor Amigo.
Domingo de la 19º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 14,22-33).
Evangelio (Mt 14,22-33)
Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la orilla opuesta, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:
—Es un fantasma —y llenos de miedo empezaron a gritar.
Pero al instante Jesús les habló:
—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.
Entonces Pedro le respondió:
—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
—Ven —le dijo él.
Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:
—¡Señor, sálvame!
Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:
—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:
—Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Comentario
En este episodio brillan algunos hechos que llaman nuestra atención. En primer lugar, el breve apunte del evangelista sobre lo que hace Jesús después de despedir a la gente: “subió al monte a orar a solas”, hasta la noche (v. 23). Esta actitud del Hijo de Dios encarnado subraya de forma elocuente la importancia capital de la oración para nosotros, la necesidad que tenemos como criaturas de dedicar unos tiempos para dialogar exclusivamente con Dios.
“Jesús se retira con frecuencia a un lugar apartado, en la soledad, en la montaña, con preferencia durante la noche, para orar” −nos explica el Catecismo−. Así Jesús “lleva a los hombres en su oración, ya que también asume la humanidad en la Encarnación, y los ofrece al Padre, ofreciéndose a sí mismo”[1]. Es una fuente de confianza saber que Jesús se ha hecho hombre y ha orado por nosotros al Padre, para que nuestra oración sea grata a Dios y sea también escuchada como la de su Hijo, en especial en los momentos de oscuridad o dificultad.
Mientras Jesús ora al Padre, los discípulos navegan solos, de noche y con un fuerte viento en contra. Es tal su inquietud, que ni siquiera reconocen al Maestro cuando se les acerca para ayudarlos; en su ofuscación creen que es un fantasma y se asustan (v. 26). En cambio, Jesús les transmite la seguridad y la paz conquistadas en la oración: “Tened confianza, soy yo” (v. 27). Con su habitual ímpetu, Pedro pide a Jesús caminar sobre las aguas como Él y el Señor accede a su petición. Pero después de unos instantes, Pedro duda y se llena de miedo al comenzar a hundirse, aunque sea a la vista de su Maestro. Cuando Jesús acude en su ayuda y le reprocha su falta de fe, suben a la barca y el viento se calma. Entonces los discípulos, llenos de admiración, lo adoran.
Como es fácil de entrever, “este relato del Evangelio contiene un rico simbolismo –decía el Papa Francisco− y nos hace reflexionar sobre nuestra fe, ya sea como individuos o como comunidad eclesial. (…). La barca es la vida de cada uno de nosotros, pero es también la vida de la Iglesia; el viento contrario representa las dificultades y las pruebas. La invocación de Pedro: ‘¡Señor, manda que vaya hasta a ti!’ y su grito: ‘¡Señor, sálvame!’ se asemejan mucho a nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también el miedo y la angustia que acompañan los momentos más duros de la vida”[2].
El pasaje contiene por tanto una gran lección sobre la fe cristiana, es decir, sobre la confianza en Jesús y en sus fuerzas y no tanto en las nuestras. Así como Jesús invita a los discípulos a la confianza en Él, también a nosotros nos pide no tener miedo y reconocer que el Maestro nunca dejará que la barca de los suyos naufrague, aunque a veces nos parezca demasiado fuerte el viento de la dificultad.
Para que nuestra fe no desfallezca, es una buena ayuda descubrir la cercanía real de Jesús en medio de la prueba y no confundirlo con un fantasma. Para ello, necesitamos cuidar nuestro diálogo con Dios en la oración, cada día, como hacía Jesús. Entonces seremos capaces de mantener siempre la presencia de Dios, incluso en medio de la prueba, de la oscuridad. Como recomienda san Josemaría, “si tienes presencia de Dios, por encima de la tempestad que ensordece, en tu mirada brillará siempre el sol; y, por debajo del oleaje tumultuoso y devastador, reinarán en tu alma la calma y la serenidad”[3].
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2602.
[2] Papa Francisco, Ángelus, 13 de agosto de 2017.
[3] San Josemaría, Forja, n. 343.
Autor???
Domingo de la 19° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Jn 6, 41-51). “Yo soy el pan vivo”. En este profundo y bello discurso, el Señor nos llama a no murmurar delante de las cosas que no comprendemos y a dejarnos conquistar por la lógica divina de la fe, que nos invita a admirarnos ante el gran sacramento de la Eucaristía.
Evangelio (Jn 6, 41-51)
Los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo». Y decían:
-¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»?
Respondió Jesús y les dijo:
-No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Comentario
En el evangelio de hoy escuchamos al Señor pronunciando unas palabras de gran profundidad y belleza. San Juan nos presenta el discurso del Pan de Vida justo después de dos milagros, donde se ve el señorío de Jesús sobre la naturaleza. El primero es la multiplicación de los panes delante de una multitud; el segundo es el caminar sobre las aguas, solo visto por los apóstoles.
En este contexto, algunos judíos entablan un diálogo con el Señor para comentar el suceso de los panes, y Jesús aprovecha para explicar que lo importante no es el alimento que fortalece la vida terrena sino el pan bajado del cielo que sirve para la vida eterna. Es más, Jesús se identifica misteriosamente con ese pan de vida, afirmación que no dejó indiferentes a los que escuchaban. Quizá muchos pensaron que era absurda e irreverente: “Los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo»” (v. 41).
La murmuración del pueblo -nuestra murmuración- ante la lógica y la providencia de Dios no son algo nuevo. Sus antepasados habían cedido a esta tentación siglos atrás en el desierto. En aquella ocasión se encontraban también delante de un profeta, Moisés, que les prometió un pan bajado del cielo, el maná, para alimentarlos mientras durase el camino hasta la tierra prometida.
Pero faltó al pueblo elegido mirar con los ojos de Dios, les faltó más fe y después de aprovecharlo por unos días comenzaron a quejarse, añorando el alimento que tenían cuando eran esclavos en Egipto, en apariencia más atrayente: “Se echaron a llorar los hijos de Israel diciendo: —¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que estaríamos comiendo de balde en Egipto, y de los pepinos, las sandías, los puerros, las cebollas y los ajos, pero ahora nuestra alma está reseca; no vemos nada más que maná” (Núm 11,4-6).
Aquellas gentes no querían entrar por los caminos divinos de la fe, querían signos visibles. Pero todo lo que tenían delante era a Jesús, cuyo padre era José. Sin embargo, ese hombre de Galilea no dejaba de repetir que su Padre era el mismo Dios, y justamente por eso podía afirmar que él era el pan bajado del cielo.
Es bonito observar cómo Jesús es cada vez más explícito en identificarse a Sí mismo con el pan, que por eso es pan de Vida eterna. Y afirma “este es el pan…” (v. 50), “yo soy el pan…” (v. 51), “el pan es mi carne” (v. 51). El día de hoy es una buena ocasión para pedir una fe grande en el sacramento de la Eucaristía. No queremos murmurar ante la lógica de Dios sino inclinarnos sencilla y devotamente ante el misterio de la presencia real de Jesús, tal como nos enseñó en innumerables ocasiones san Josemaría:
“Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos... Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!— tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía” (Camino, 432).
Martín Luque
Domingo de la 19º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 12,32-48).
Evangelio (Lc 12,32-48)
No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros
el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no
envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no
llega ni la polilla corroe. Porque donde está vuestro tesoro, allí
estará vuestro corazón.
Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas, y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos. Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.
Y le preguntó Pedro:
— Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?
El Señor respondió:
— ¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: «Mi amo tarda en venir», y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán.
Comentario
Jesús se dirige a sus discípulos enseñándoles a cuidar del pueblo de Dios a ellos encomendado. Valiéndose de algunas parábolas y comparaciones, marca el estilo de vida que ha de caracterizar a los pastores de la Iglesia.
De entrada, puesto que han de vivir intensamente, con la grandeza de quien tiene el corazón lleno de ideales, los llama a ser sobrios y estar desprendidos de riquezas. Dios es Padre, y cuidará de ellos y de sus necesidades, así que no necesitan atesorar para sí mismos. Jesús los invita a vivir con una lógica de amor que se manifieste de modo preferente en la atención de los demás.
Eleva sus pensamientos hacia lo alto, para que ponderen los valores a los que ajustar su existencia, teniendo en cuenta que habrán de dar cuenta de sus actos delante de Dios. Las dos parábolas del Evangelio de este domingo sirven como una amable exhortación a la vigilancia. Con ejemplos tomados de la vida ordinaria de su tiempo, el Señor los llama a estar despiertos y permanecer vigilantes.
Dice Benedicto XVI que “esta vigilancia significa, de un lado, que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose a las cosas tangibles, sino que levante la mirada más allá de lo momentáneo y sus urgencias. De lo que se trata es de tener la mirada puesta en Dios para recibir de Él el criterio y la capacidad de obrar de manera justa. Por otro lado, vigilancia significa sobre todo apertura al bien, a la verdad, a Dios, en medio de un mundo a menudo inexplicable y acosado por el poder del mal. Significa que el hombre busque con todas las fuerzas y con gran sobriedad hacer lo que es justo, no viviendo según sus propios deseos, sino según la orientación de la fe”[1].
Todo eso lo ejemplifica Jesús con las parábolas de los siervos vigilantes (Lc 12,35-40) y del administrador fiel y prudente (Lc 12,42-48). Tanto la palabra “siervo” (doulos, en griego) como “administrador” (oikonomos), son términos que en la Iglesia primitiva designan a aquellos que han de poner especial empeño en el cuidado de los demás hermanos en la fe. Así, por ejemplo, San Pablo mismo se presenta como “Pablo, siervo de Jesucristo” al inicio de la carta a los Romanos (Rm 1,1), al que le gustaría ser considerado por los fieles como “administrador de los misterios de Dios” (1 Co 4,1), y, en continuidad con lo que Jesús había enseñado en esta parábola, señala que “lo que se busca en los administradores es que sean fieles” (1Co 4,2).
Entre las tareas del “administrador” fiel, Jesús señala en primer lugar la de “dar la ración adecuada a la hora debida” (v.42). Muy posiblemente, no se refiere sólo a las cuestiones alimentarias, sino que, apunta delicadamente a la Eucaristía. La principal tarea de los sucesores de los Apóstoles y sus colaboradores en el sacerdocio consiste, sin duda, en poner a disposición del pueblo cristiano el alimento del alma.
La venida gloriosa de Cristo, para juzgar a vivos y muertos, no ha de ser contemplada con temor por aquellos que han sido siervos fieles, pues él mismo se pondrá a servirlos en aquel momento: “en verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá” (v. 37). “Esto implica -comenta también Benedicto XVI- la certeza en la esperanza de que Dios enjugará toda lágrima, que nada quedará sin sentido, que toda injusticia quedará superada y establecida la justicia. La victoria del amor será la última palabra de la historia del mundo”[2].
[1] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Madrid: Encuentro, 2011), p. 333-334.
[2] Ibidem, p. 333.
Francisco Varo
Lunes de la 19.ª semana del tiempo ordinario (Mt 17, 22-27).“vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estáter; lo tomas y lo das por mí y por ti” Ante las dificultades, dolores o sufrimientos, el remedio es siempre mirar a Cristo
Evangelio (Mt 17, 22-27)
Cuando estaban en Galilea les dijo Jesús:
—El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, pero al tercer día resucitará.
Y se pusieron muy tristes.
Al llegar a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los recaudadores del tributo y le dijeron:
—¿No va a pagar vuestro Maestro el tributo?
—Sí —respondió.
Al entrar en la casa se anticipó Jesús y le dijo:
—¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes reciben tributo o censo los reyes de la tierra: de sus hijos o de los extraños?
Al responderle que de los extraños, le dijo Jesús:
—Luego los hijos están exentos; pero para no escandalizarlos, vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estáter; lo tomas y lo das por mí y por ti.
Palabras clave: cruz, dolor, oración
Comentario:
El Evangelio comienza con el anuncio de la futura pasión, muerte y resurrección de Jesús y concluye mostrando el poder de Jesús mediante un milagro.
Este es el segundo anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Los discípulos se entristecieron mucho, no quieren perder al maestro. El dolor es una de las experiencias más comunes de la vida. Muchas veces nos encontramos sufriendo profundamente por motivos y razones que nunca esperamos. Nosotros, como los discípulos, también podemos desanimarnos en nuestro día a día a causa de la cruz: nos entristecemos por una injusticia, por algo que no sale como esperamos, por una dificultad. Esto nos puede llevar a sufrir. San Josemaría decía «Si sabes que esos dolores —físicos o morales— son purificación y merecimiento, bendícelos» (Camino, 219)
El evangelio continúa con la pregunta sobre el tributo al Templo. Sabemos que muchos de los sacerdotes del Templo, en tiempos de Jesús, estaban exentos de pagar el tributo. Jesús es el Hijo de Dios y Señor del Templo, por tanto, tenía más motivos que nadie para no pagar el tributo. Sin embargo, el Señor le manda pagar a Pedro, «para no escandalizarlos». Paga un estáter que valía cuatro denarios. El tributo al Templo era de dos denarios por persona, es por tanto la cantidad justa para pagar lo de Pedro y lo de Jesús. En el milagro, se refleja la cuidadosa providencia del Señor con los suyos. También a nosotros nos invita el Señor a cumplir nuestros deberes sociales, a no hacer uso de privilegios y a cumplir con nuestras obligaciones.
El Señor enlaza los dos acontecimientos. Por un lado, vemos el sufrimiento y por otro lado vemos el poder de Dios que vence toda dificultad. La enseñanza es clara, en nuestra vida sufriremos por muchas cosas, pero si ponemos nuestra confianza en el Señor, él solucionará los problemas más importantes de nuestra vida. San Josemaría lo recordaba así: “Si —ante la realidad del sufrimiento— sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo” (Es Cristo que pasa, n. 168). Pongamos nuestra confianza en el Señor.
Evangelio del martes VACIO
Miércoles de la 19° semana de Tiempo Ordinario (Mt 18,15-20). “Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Jesús instruye al discípulo en la práctica de la ‘corrección fraterna’ a otro discípulo que se ha equivocado. Es probable que todos necesiten esta ayuda en algún momento.
Evangelio (Mt 18,15-20)
Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que ‘cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos’. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Comentario
La práctica cristiana de la corrección fraterna tiene sus raíces en el Evangelio. Es un medio fundamental para alcanzar la santidad y no desviarse del camino. En este pasaje, Jesús instruye a los discípulos sobre cómo deben practicarla entre ellos, con caridad, en privado.
La necesidad de corrección es universal, ya que a las personas les resulta difícil reconocer sus propias faltas. Así, su valor fue reconocido por autores paganos clásicos como Séneca (cf. De Ira, 3, 36, 4). San Ambrosio dio testimonio de esta práctica entre los católicos cuando escribió, en el siglo IV, “Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto (...) Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda” (De Officiis Ministrorum II, 125-135).
El primer punto que se desprende del pasaje evangélico es que la corrección fraterna es algo bueno. Es necesario tener una actitud de humildad y disposición a aceptar la corrección. Sólo en la medida en que uno mismo esté dispuesto a aceptar la corrección fraterna y a enmendar su vida, sabrá cuándo y cómo es apropiado ofrecer una corrección fraterna.
Antes de hacer una corrección, conviene rezar por esa persona. Luego, una vez purificada la intención, sería prudente consultar a otra persona que esté en condiciones de juzgar si la corrección es oportuna o no.
Y entonces, con estas salvaguardas, estamos cumpliendo de forma muy práctica el mandato de amar al prójimo como a uno mismo, que es el mandamiento que resume todos los demás. Es el verdadero amor al prójimo el que nos lleva a cuidarnos tanto.
El afecto es importante para la eficacia de la corrección fraterna. Cuando las personas se preocupan realmente por los demás, la corrección fraterna será relativamente fácil, y será bien recibida porque el destinatario sentirá que el motivo es caritativo, y es humanamente más probable que lo asuma. De ahí la importancia de vivir la fraternidad en todos sus aspectos, y no sólo en la corrección de los demás.
También hay que perdonar cualquier ofensa antes de corregir. Justo después de este pasaje, Pedro pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar a su hermano cuando peque contra él. ¿Hasta siete? Y Jesús responde que no, hasta setenta veces siete. Donde hay verdadera caridad, con afecto, hay correcciones fraternas; y hay un verdadero ambiente de perdón también.
Andrew Soane
Jueves de la 19° semana del Tiempo Ordinario (Mt 18,21-19,1). “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” Jesús vivió, murió y resucitó para ofrecernos el perdón de Dios. Por lo tanto, el perdón está en el corazón del evangelio: debe ser nuestra forma de vida.
Evangelio (Mt 18,21-19,1)
Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:
-Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?
Jesús le respondió:
— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré todo’. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: ‘Págame lo que me debes’. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?’ Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
Cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.
Comentario
¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano o hermana? ¿Hasta siete veces? Jesús responde a la pregunta de Pedro con palabras de misericordia y perdón que van más allá de la lógica humana.
Pedro se anticipó en cierto modo a la respuesta de Jesús. El número siete no significa un número exacto; simbolizaba para el pueblo judío, en aquella época, la perfección, la abundancia y la plenitud. En otras palabras, Pedro está sugiriendo que debemos perdonar a nuestro hermano siempre, dentro de lo razonable.
La respuesta de Jesús es mucho más generosa: debemos perdonar siempre a nuestro hermano, pero absolutamente siempre, pase lo que pase. La cuidadosa formulación de Pedro se muestra, de hecho, demasiado estrecha. Es una lección sobre el amor y un gran corazón.
Jesús lo explicó con una historia sobre dos siervos. El primero debía una cantidad enorme, 10.000 talentos, que era el salario anual de 10.000 trabajadores. Movido por la misericordia, el señor del primer siervo le perdonó. Por supuesto, el rey es Dios Padre, que nos perdona todo.
Pero ahora Jesús nos dice qué hacer con un hermano necesitado de perdón. Pues el deudor perdonado se encuentra con un compañero de trabajo, que le debía cien denarios, es decir, el salario diario de cien trabajadores. No lo perdona, sino que lo mete en la cárcel. El deudor al que se le habían perdonado 10.000 sueldos anuales no fue capaz de perdonar 100 jornales. Mientras que Dios es compasivo y bondadoso con nosotros, nosotros somos mezquinos y exigentes con los que nos rodean.
Lo que tengo que perdonar a mi hermano es poco comparado con lo que Dios me ha perdonado, es más, si fuéramos conscientes de ello, es poco comparado con lo que Jesús me perdona cada día. Como observa el Rey, “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” Y revoca su perdón.
Puede ser difícil perdonar. Aun así, el perdón está en el corazón del Evangelio, es nuestra forma de vida. Jesús vivió, murió y resucitó para ofrecernos el perdón de Dios. Primero, lo recibimos, luego estamos llamados a hacer posible que otros lo experimenten también. Así, el círculo del amor de Cristo se extiende cada vez más para abarcar a más personas, a más hermanas y hermanos, a más ovejas perdidas, y a otro y otra.
Perdonar así requiere caridad, requiere humildad y oración. Nuestra fe católica es también el evangelio del amor, y sólo la caridad sin límites y sin condiciones puede perdonar.
Andrew Soane
Viernes de la 19° semana del Tiempo Ordinario (Mt 19,3-12). “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Es la unidad del matrimonio algo querido por Dios y un gran bien para toda la familia humana. Necesita de la oración perseverante de todos para fortalecerla.
Evangelio (Mt 19,3-12)
En aquel tiempo, se acercaron entonces a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle:
—¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?
Él respondió:
—¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Ellos le replicaron:
—¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla?
Él les respondió:
—Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio.
Le dicen los discípulos:
—Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse.
—No todos son capaces de entender esta doctrina —les respondió él—, sino aquellos a quienes se les ha concedido.
En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda.
Comentario
Muy actual nos resulta esta cuestión que unos fariseos plantearon a Jesús. Parece que, al igual que hoy, por entonces, en los tiempos y culturas antiguas, el divorcio estaba a la orden del día, incluso “por cualquier motivo”. Y en un pasado más remoto, debió de ser algo tan difundido, que hasta Moisés, en Israel, tuvo que legislarlo, para ponerle freno, como mal menor. Sin embargo, Jesús, en su respuesta, se remonta no ya al pasado, sino al origen de todo, cuando el mismo Dios estableció la unión indisoluble entre hombre y mujer. El modelo de esta alianza será la fidelidad de Dios con su pueblo. Así lo expresa el profeta: “Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y derecho, en amor y misericordia. Te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás al Señor” (Oseas 2,21-22). La expresión “a no ser por fornicación” no expresa que una infidelidad podría ser causa de divorcio. El término utilizado en griego, la lengua original del texto evangélico, se refiere más bien a una unión ilegítima que no se puede sanar, (por ejemplo, el incesto), y que, por lo tanto, hay que disolverla. No se trataría de una excepción a la indisolubilidad.
El Creador quiere y bendice el matrimonio, para la felicidad de los esposos y de los hijos, y el bien de la entera comunidad humana. Es una vocación divina y, como tal, exige discernimiento, preparación, y una voluntad decidida de buscar el bien del otro y de la familia, de perseverar un día y otro en el amor mutuo. Todo con la ayuda de la gracia divina, para superar las dificultades del camino. Podríamos decir que Jesús “sufre” con cada infidelidad y ruptura: “El Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud (...), siendo ella tu compañera, la esposa comprometida por tu alianza. ¿Es que no hizo una sola cosa de carne y espíritu? Y ¿qué busca esta unidad? Una posteridad concedida por Dios (Malaquías 2,14-16).
Podemos imaginar el hogar de Nazaret: allí, Jesús niño y adolescente, fue testigo del amor delicado de María y José. En su perfecta humanidad, “crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2,52), bajo el amparo del ejemplo de sus padres.
Josep Boira
Sábado de la 19° semana del Tiempo Ordinario (Mt 19,13-15). “Le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase”. Saberse niños delante de Dios es camino seguro para acercarse a Jesús y tenerle como el mejor Amigo.
Evangelio (Mt 19,13-15)
En aquel tiempo, le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Ante esto, Jesús dijo:
—Dejad a los niños y no les impidáis que vengan conmigo, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.
Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.
Comentario
Después de haber escuchado ayer la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, contemplamos a unos niños que son presentados a Jesús. Una significativa secuencia: una vez unidos para siempre el hombre y la mujer en el matrimonio, aparecen en escena los niños, fruto de esa unión. El evangelista no indica quiénes llevan a esos niños pero parece indicarlo con el episodio anterior: los padres. Y es que la fama de Jesús crecía: curaba a los más débiles, entre ellos a los niños. Es fácil imaginar, por lo tanto, a los padres que llevaban a Jesús a sus hijos pequeños, todavía débiles, para que los bendijera, para que, con la imposición de las manos, o con solo tocarlos, los protegiera de las enfermedades y del poder del maligno.
Pero los discípulos se creen con la autoridad de evitarlo. Y el Maestro no lo consiente, pues Él es el Camino para llegar al Padre. Así se lo dirá a uno de los discípulos: “Nadie va al Padre si no es a través de mí” (Jn 14,6). Los niños encuentran en Jesús el mejor camino para descubrir su filiación divina. Al mismo tiempo, los adultos –de modo especial, los padres– están llamados a facilitar ese encuentro, de modo que también ellos redescubren esa misma filiación: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37).
Es conmovedor fijar la mirada en Jesús rodeado de niños, jugando con ellos, sonriéndoles, preguntándoles sus nombres, su edad...; instruyéndoles para que sean buenos hijos de sus padres, buenos hermanos…; y hablándoles de su Padre del Cielo. Una escena terrena y celestial a la vez: aquel momento fue una clara manifestación de lo que ha de ser en la tierra el Reino de los Cielos, y un reflejo de cómo será ese reino en el más allá para aquellos que en la tierra se han comportado como niños delante de Dios. Por eso acogemos con humildad la advertencia de San Josemaría: “No olvides que el Señor tiene predilección por los niños y por los que se hacen como niños” (Camino, n. 872).
Josep Boira

Domingo de la 20º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 15,21-28).
Domingo de la 20° semana del tiempo ordinario (Ciclo B). VACIO
Domingo de la 20º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 12,49-53)
Lunes de la 20° semana del Tiempo Ordinario (Mt 19, 16-22). “Si quieres ser perfecto”. Jesús no se impone, invita. Nos llama a recorrer el camino del Amor, que en eso consiste la perfección. Si queremos ser perfectos hemos de parecernos a Él: “ven y sígueme”.
Martes de la 20° semana de Tiempo Ordinario (Mt 19, 23-30). “Difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos”. Jesús nos enseña que para seguirle de cerca es necesario tener el corazón desprendido. Lo logramos con la ayuda de Dios. Sólo con su gracia conseguimos vivir en la tierra como hijos de Dios.
Miércoles de la 20° semana de Tiempo Ordinario (Mt 20, 1-16). “Id también vosotros a mi viña”. El trabajo, por querer de Dios, es medio de santificación, de crecimiento humano y sobrenatural. Al llevarlo a cabo hemos de procurar ser conscientes de su grandeza. El trabajo es participación en la obra Creadora y Redentora de Dios y nos conduce al cielo.
Jueves de la 20° semana del Tiempo Ordinario (Mt 22, 1-14). “El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo”. Es importantísimo que los que asistimos a la Eucaristía con frecuencia nos sintamos interpelados por las Bodas del Rey, donde el Señor espera que asistamos con las debidas disposiciones.
Viernes de la 20° semana del Tiempo Ordinario (Mt 22, 34-40). “Uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: -Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Dios nos habla muchas veces y de muchos modos, pero nosotros seguimos haciendo preguntas que ya están contestadas. Ojalá nos convenzamos de que lo que nos da libertad es amar a Dios y al prójimo, y es eso lo que nos lleva a la felicidad.
Sábado de la 20° semana del Tiempo Ordinario (Mt 23, 1-12). “Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás”. Podríamos preguntarnos: ¿mi vida, mis palabras, mis actitudes, hacen más fácil y andadero el camino de la santidad para los demás, o por el contrario lo hacen más insoportable?
Domingo de la 20º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 15,21-28).
Evangelio (Mt 15,21-28)
Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:
— ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.
Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:
— Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.
Él respondió:
— No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:
— ¡Señor, ayúdame!
Él le respondió:
— No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.
Pero ella dijo:
— Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Entonces Jesús le respondió:
— ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.
Y su hija quedó sana en aquel instante.
Comentario
La actividad de Jesús era muy intensa, y ocasionalmente se retiraba con sus discípulos a lugares donde encontrar más sosiego para el descanso y más tiempo para formarlos. En esta ocasión, sale fuera de los confines de Galilea, a la región de Tiro y Sidón, una zona que no estaba poblada por judíos sino por gentes cananeas de cultura helenística.
Pero la fama de Jesús había llegado hasta allí, y una mujer sale a su encuentro para pedirle que ayude a su hija: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio” (v. 22). Ella, que no pertenecía al pueblo elegido, lo reconoce como el Hijo de David, el Mesías largamente esperado, y con gran confianza le pide que ayude a su hija.
Observa san Agustín que esta mujer cananea “nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de piedad”[1]. Jesús, al principio, parece que no le hace caso, pero ella “clamaba al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en silencio lo que iba a ejecutar”[2]. Cuando ella insiste, el Maestro le responde que ha venido a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel. Jesús vino a salvar a todos, como lo señaló claramente en otra ocasión ante sus discípulos: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn 10,16), pero su misión redentora debía comenzar por su propio pueblo, los judíos.
La mujer cananea no se da por vencida y continúa importunándolo. En aquel tiempo, los judíos llamaban despectivamente “perros” a los paganos, ya que el perro era un animal impuro. Por eso las palabras con las que Jesús le responde suenan muy duras: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos” (v. 26). Pero la mujer, no se enfada ni se manifiesta dolida por el tono de la respuesta. “Reiteró su petición y, ante lo que parecía un insulto, demostró su humildad y alcanzó misericordia”[3].
El papa Francisco observa que “el aparente distanciamiento de Jesús no desanima a esta madre, que insiste en su invocación. La fuerza interior de esta mujer, que permite superar todo obstáculo, hay que buscarla en su amor materno y en la confianza de que Jesús puede satisfacer su petición. Y esto me hace pensar en la fuerza de las mujeres. Con su fortaleza son capaces de obtener cosas grandes. ¡Hemos conocido muchas! Podemos decir que es el amor lo que mueve la fe y la fe, por su parte, se convierte en el premio del amor. El amor conmovedor por la propia hija la induce a gritar: ‘¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!’. Y la fe perseverante en Jesús le permite no desanimarse ni siquiera ante su inicial rechazo”[4].
La perseverancia de esta mujer inasequible al desánimo es toda una lección de fe viva y operativa. Nos enseña a no desanimarnos ante las dificultades de la vida y a perseverar en la oración, aunque parezca que Dios no nos hace caso. A veces “imaginamos –dice san Josemaría- que el Señor, además, no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos (…) Con la tozudez de la cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: ‘Señor, socórreme’. Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor (…). Nuestro Señor quiere que contemos con Él, para todo: vemos con evidencia que sin Él nada podemos, y que con Él podemos todas las cosas”[5].
[1] San Agustín, Sermón 77: La fe de la cananea, n. 1.
[2] San Agustín, Idem, n. 1.
[3] San Agustín, Idem, n. 10.
[4] Papa Francisco, Ángelus 20 de agosto de 2017.
[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 304.
Francisco Varo
Domingo de la 20° semana del tiempo ordinario (Ciclo B). VACIO
Domingo de la 20º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 12,49-53)
Evangelio (Lc 12,49-53)
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansioso estoy hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres, se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.
Comentario
Cuenta san Lucas que cuando Jesús se acercaba a Jerusalén para sufrir la pasión, reveló a los discípulos los profundos anhelos de su corazón y se refirió entre exclamaciones al inminente bautismo “en el Espíritu Santo y en fuego” que iba a consumar y que había anunciado tiempo atrás el Bautista (cfr. Lc 2,16). Con un tono paradójico que desconcierta, Jesús predice también el profundo cambio sobre la tierra que iba a establecer, generando reacciones muy diversas, incluso en el seno de las familias.
En la Sagrada Escritura el fuego simboliza la presencia divina, como en el episodio de la zarza ardiente (cfr. Ex 3,14) y también simboliza, explica el Catecismo de la Iglesia, “la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo”[1]. Gracias a su sacrificio en la cruz, Jesús iba a enviar al mundo esta energía, este fuego. Pero como aclara san Ambrosio “desde luego no es un fuego que destruye, sino aquel que genera una voluntad bien dispuesta. (…) Este fuego es el que quema los huesos de los profetas, como lo declara Jeremías: “Era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos.” (Jr 20,9); (…) el que, según el testimonio de los discípulos de Emaús, encendió el mismo Señor en sus corazones: “No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32)”[2].
Este anhelo de Jesús por hacer arder los corazones ha contagiado a innumerables personas a lo largo de la historia que han sabido corresponder generosamente. Por ejemplo, san Josemaría narraba en primera persona cómo le sucedió a él y cómo reaccionó: “cuando yo tenía barruntos de que el Señor quería algo y no sabía lo que era, decía gritando, cantando, ¡como podía!, unas palabras que seguramente, si no las habéis pronunciado con la boca, las habéis paladeado con el corazón: ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur? (Lc 12, 49); he venido a poner fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: ecce ego quia vocasti me! (1 Reg 3, 9), aquí estoy, porque me has llamado”[3]. Podemos preguntarnos si tenemos habitualmente esta valentía y disponibilidad de los santos para favorecer la acción divina en nosotros; si nuestro diálogo diario con Dios hace arder nuestro corazón como a los discípulos de Emaús; si permitimos al Espíritu Santo que nos mueva como a ellos a anunciarlo a otros llenos de alegría y del mismo afán apostólico.
Para llevar a cabo el incendio de amor que Jesús quería, debía sufrir primero la pasión, a la que Él llama “bautismo” y que le hace exclamar “¡qué ansioso estoy hasta que se lleve a cabo!”, no tanto por el miedo a la muerte como por el deseo amoroso de que se cumpliera. Y Jesús añade que ha venido a traer división y no paz; división incluso dentro de la familia. Pero “no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí —afirma el Papa Francisco—, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2, 34)”[4].
[1] CIC, n. 696.
[2] San Ambrosio, Tract. In Luc. 7,131.
[3] San Josemaría, Notas de una meditación, Roma, 2-X-1962; AGP, sec A, leg 51 en P. Rodríguez, Camino. Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2002, p. 872.
[4] Papa Francisco, Ángelus, 18 de agosto de 2013.
Pablo M. Edo
Lunes de la 20° semana del Tiempo Ordinario (Mt 19, 16-22). “Si quieres ser perfecto”. Jesús no se impone, invita. Nos llama a recorrer el camino del Amor, que en eso consiste la perfección. Si queremos ser perfectos hemos de parecernos a Él: “ven y sígueme”.
Evangelio (Mt 19, 16-22)
Y se le acercó uno, y le dijo: —Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Él le respondió: —¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno sólo es el bueno. Pero si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos.
—¿Cuáles? —le preguntó.
Jesús le respondió: —No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
—Todo esto lo he guardado —le dijo el joven—. ¿Qué me falta aún?
Jesús le respondió: —Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme.
Al oír el joven estas palabras se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.
Comentario
Un joven se acerca a Jesús con una pregunta: “Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?”
Jesús responde con otra pregunta: “¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno sólo es bueno”. Y Jesús añade: “si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos”. Y, ante la pregunta del joven: ¿cuáles? Jesús añade: “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En este momento la conversación cambia y se hace más personal.
El joven le dice a Jesús que ha guardado los mandamientos desde la juventud. Y, añade: ¿qué me falta aún?
El Evangelista san Marcos resalta que Jesús, al escuchar esta respuesta del joven, se conmovió: “Y Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él” (Mc 10, 21).
Luego, Jesús, le dice: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme”.
Pero el joven se marchó triste porque tenía muchos bienes.
Jesús no se impone. Se acerca a cada persona escuchando y ofreciéndole horizontes de vida. Quiere llevar por el camino del Amor. Quiere que nuestra vida sea enteramente una vida de Amor.
El amor va creciendo por el cumplimiento de los mandamientos, pero sobre todo por el seguimiento de Jesús: “ven y sígueme”.
De este modo lo expresa san Josemaría en una de sus homilías: “Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo. Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo” (Amigos de Dios n. 299).
Javier Massa
Martes de la 20° semana de Tiempo Ordinario (Mt 19, 23-30). “Difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos”. Jesús nos enseña que para seguirle de cerca es necesario tener el corazón desprendido. Lo logramos con la ayuda de Dios. Sólo con su gracia conseguimos vivir en la tierra como hijos de Dios.
Evangelio (Mt 19, 23-30)
Jesús les dijo entonces a sus discípulos: —En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.
Cuando oyeron esto sus discípulos, se quedaron muy asombrados y decían: —Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo: —Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin embargo, todo es posible.
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: —Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recompensa tendremos?
Jesús les respondió: —En verdad os digo que, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros
Comentario
Jesús aprovecha el encuentro con el joven rico para enseñar a sus apóstoles la necesidad de tener un corazón desprendido. “En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.
Rico es aquel que está apegado a sus riquezas de tal manera que no es capaz de ver más allá. Que tiene el corazón tan invadido de preocupaciones terrenas que no le cabe nada más. En un corazón así no entra Dios por la sencilla razón de que ya está lleno.
Jesús no se refiere únicamente a las riquezas materiales sino también a todo aquello que llena el corazón de sí mismo: la soberbia, la vanidad, el orgullo, el egoísmo, el individualismo, etc. Es más difícil mantener el corazón desprendido de uno mismo que de las cosas materiales.
Los Apóstoles, que escuchan, se dan cuenta de la dificultad de la empresa: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Es como si le preguntaran: ¿quién puede llenar su corazón de Dios? Les responde: “Para el hombre esto es imposible, para Dios, sin embargo, todo es posible”.
Alta es la meta, pero más poderosa es la gracia. Dios es exigente, pero al mismo tiempo hace que sus deseos se vayan haciendo realidad, en la vida de los hombres que dejan entrar al Señor en su corazón.
Pedro quiere saber, qué le corresponderá por su generosidad al seguir al Señor.
Jesús le contesta con sencillez. “Todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna”. Dios no se deja ganar en generosidad. Todo lo que hagamos por Él nos lo recompensa con creces en esta vida y en la eternidad. A veces pensar en el premio que nos espera, si somos fieles, anima a luchar contra las dificultades que encontramos en el camino.
Javier Massa
Miércoles de la 20° semana de Tiempo Ordinario (Mt 20, 1-16). “Id también vosotros a mi viña”. El trabajo, por querer de Dios, es medio de santificación, de crecimiento humano y sobrenatural. Al llevarlo a cabo hemos de procurar ser conscientes de su grandeza. El trabajo es participación en la obra Creadora y Redentora de Dios y nos conduce al cielo.
Evangelio (Mt 20, 1-16)
El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo». Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?». Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Les dijo: «Id también vosotros a mi viña».
A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros». Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño: «A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor». Él le respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?». Así los últimos serán primeros y los primeros últimos
Comentario
“El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña”.
El trabajo del hombre forma parte del plan divino. Dios ha creado a los hombres para que trabajaran y quiere que el trabajo humano sea camino para llevar a cumplimiento la obra de la creación y la obra de la Redención.
“¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?” Al ser llamado a la viña a trabajar, el hombre participa de la obra creadora de Dios, porque “el hombre, trabajando, debe imitar a su Creador”. Por eso debe procurar realizar su trabajo con perfección y por amor.
Pero además el trabajo ha sido asumido por Cristo, como enseñó san Josemaría: “Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora”. Redimida porque el trabajo de cada uno, realizado acabadamente y por amor de Dios, contribuye a completar la obra de la Creación. Redentora porque el Señor también nos ha redimido con sus años de vida de trabajo en Nazaret.
El trabajo es medio de santificación para el hombre. “Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros. Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno”.
El trabajo llevado a cabo como realidad querida por Dios nos acerca a Él y se convierte en camino al cielo. El denario del que habla la parábola es la vida eterna que nos espera y que vamos viviendo en la tierra, en parte, por medio de un trabajo santificado, santificante y santificador.
Javier Massa
Jueves de la 20° semana del Tiempo Ordinario (Mt 22, 1-14). “El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo”. Es importantísimo que los que asistimos a la Eucaristía con frecuencia nos sintamos interpelados por las Bodas del Rey, donde el Señor espera que asistamos con las debidas disposiciones.
Evangelio (Mt 22, 1-14)
En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: «Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas». Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.
Luego les dijo a sus siervos: «Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis». Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas.
Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?» Pero él se calló. Entonces el rey les dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes». Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”.
Comentario
Las parábolas de Jesús son de una riqueza inagotable y de ninguna nos podemos sentir eximidos. Nadie puede decir: “no, esta parábola no tiene nada que ver conmigo”. Cada una es una invitación directa del Señor para que revisemos el estado de nuestra alma.
La que nos encontramos en el evangelio de hoy admite muchos niveles de lectura, pero esta vez podemos fijarnos en un detalle: el hecho de que un rey prepara un banquete para celebrar la boda de su hijo. ¿Quién es ese Rey? Dios Padre. ¿Quién es el Hijo? Evidentemente, Jesucristo. ¿Quién es la novia? La Iglesia.
Por lo tanto, ¿cuál es ese banquete? La Santa Misa.
Todos los días, justo antes de la comunión, escuchamos de boca del sacerdote: este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor. Estas palabras son una combinación de lo que dice san Juan Bautista a sus discípulos (cfr. Juan 1, 29) y lo que se proclama casi al final del Apocalipsis: “bienaventurados los llamados a la cena de las bodas del Cordero” (19, 9).
No perdamos de vista que el Señor está contando esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a la gente considerada piadosa. Por eso, es importantísimo que los que intentamos vivir la Eucaristía diariamente nos sintamos interpelados por estas palabras de Jesús. En cada Misa el Señor espera que asistamos con las debidas disposiciones.
Porque, si hacemos un examen sincero, nos daremos cuenta de que a veces estamos en la Misa de cuerpo presente, pero nuestra cabeza está en otro lado: se marcharon, quien a su campo, quien a su negocio. Mientras suceden las Bodas del Cordero, tantas veces nosotros estamos pensando en nuestras triviales preocupaciones.
O también podemos ser ese hombre que no vestía traje de boda, ya sea porque nuestra apariencia externa parece delatar que no le damos la importancia que tiene, ya sea porque no hemos dedicado la atención suficiente a la preparación remota y próxima del alma, cuidando la confesión frecuente y la oración diaria.
En cualquier caso, el evangelio de hoy se nos presenta como una ocasión estupenda para volver a descubrir que la Eucaristía es pignus vitae eternae: prenda (que es sinónimo de garantía) de la vida eterna. Vivir la Misa como lo que es, como el Cielo en la tierra, será lo que nos abrirá las puertas de la Eternidad.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Viernes de la 20° semana del Tiempo Ordinario (Mt 22, 34-40). “Uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: -Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Dios nos habla muchas veces y de muchos modos, pero nosotros seguimos haciendo preguntas que ya están contestadas. Ojalá nos convenzamos de que lo que nos da libertad es amar a Dios y al prójimo, y es eso lo que nos lleva a la felicidad.
Evangelio (Mt 22, 34-40)
“En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle:
—Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
Él le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente”. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.
Comentario
Por algún motivo, a los hombres nos cuesta creer a Dios, aceptar sus palabras. Nos dice las cosas una y otra vez, y sin embargo, parece como si no entendiéramos, o no quisiéramos entender. Le hacemos explicar lo mismo de manera reiterada.
La historia se repite desde Adán y Eva hasta hoy. A ellos se les dijo que tomar el fruto de un árbol les acarrearía la muerte, y sin embargo, lo hicieron. Las consecuencias se siguen notando todavía hoy.
Algo parecido sucede con los mandamientos. Hoy vemos que a Jesús se le cuestiona sobre cuál es el principal entre todos. Y el Señor no hace más que invocar la Shemá Israel, que todos los judíos aprendían desde niños y que tenían en los labios desde hace siglos: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6, 5). A esto añade otro precepto antiguo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19, 18).
Sabemos que la respuesta de Jesús es consecuencia de una pregunta que le hicieron para tentarle. Lamentablemente, muchas veces nosotros no estamos exentos de ese comportamiento.
¿No tenemos acaso todo lo que se ordena a nuestra salvación puesto por escrito y en la tradición? Tenemos la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia, el Magisterio de los Romanos Pontífices. Tenemos, además, la posibilidad de acceder a los sacramentos y a la dirección espiritual. La vía la tenemos trazada, y sin embargo, no nos dejamos convencer por ella. Dios nos habla muchas veces y de muchos modos (cfr. Hebreos 1, 1), pero nosotros seguimos haciendo preguntas que ya están contestadas.
Por eso, el evangelio de hoy puede ser una llamada para que atendamos la invitación del apóstol Santiago: “quien considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella — no como quien la oye y luego se olvida, sino como quien la pone por obra — ése será bienaventurado al llevarla a la práctica” (Santiago 1, 25). De eso se trata la vida del cristiano: de conducirse por una lex perfecta libertatis, lo cual requiere estudiarla y asimilarla a fondo en la propia vida.
Lo que nos da libertad es amar a Dios y al prójimo, y es eso lo que nos lleva a la felicidad. Ese es el motivo por el cual el Señor nos da mandamientos. De hecho, antes de otorgar el precepto, Él mismo anuncia cuál es el destino de los que así viven: “ Escucha, pues, Israel, y esmérate en cumplir lo que te hará feliz” (Deuteronomio 6, 3). Ojalá nos convenzamos por fin.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Sábado de la 20° semana del Tiempo Ordinario (Mt 23, 1-12). “Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás”. Podríamos preguntarnos: ¿mi vida, mis palabras, mis actitudes, hacen más fácil y andadero el camino de la santidad para los demás, o por el contrario lo hacen más insoportable?
Evangelio (Mt 23, 1-12)
Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos diciendo:
—En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas. Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí. Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado”.
Comentario
Las palabras que el Señor pronuncia en el evangelio de hoy son duras. Son una denuncia clara y directa de un comportamiento que no es agradable a Dios: la hipocresía.
La cuestión es que la hipocresía tampoco es bien vista a ojos humanos. Por eso, es muy fácil empatizar con lo que dice Jesús y darle la razón. Sin embargo, lo que no es tan fácil es examinar el propio corazón y plantearse hasta qué punto lo que dice el Señor se nos aplica a nosotros. Porque la hipocresía es tan desagradable como sutil.
Atan cargas pesadas e insoportables. Podríamos preguntarnos: ¿mi vida, mis palabras, mis actitudes, hacen más fácil y andadero el camino de la santidad para los demás, o por el contrario lo hacen más insoportable? ¿La imagen del cristianismo que resulta de mi forma de comportarme es la de una carga pesada o la de un camino de felicidad?
Sin duda, es muy fácil decirle a los hijos, o al cónyuge, o a un hermano, que deben comportarse de determinada manera. Sin embargo, ¿lo hacemos nosotros? ¿Perciben los demás, no por nuestras palabras, sino por nuestras obras, la importancia de sonreír siempre, de tratar bien a todos, de no criticar a nadie a sus espaldas, de no decir mentiras?
San Josemaría cultivó a lo largo de su vida un deseo, al cual nos invitaba a sumarnos: “pongamos generosamente nuestro corazón en el suelo, de modo que los otros pisen en blando, y les resulte más amable su lucha” (Amigos de Dios, n. 228). Es a eso a lo que nos estimula Jesús con sus palabras: a darnos cuenta de que no estamos aquí para hacer más difícil la vida de los demás. Estamos llamados a ser facilitadores de la santidad de todos los que nos rodean.
¿Cuál es el mejor modo de hacerlo? Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. En primer lugar, con nuestro ejemplo, con nuestra caridad traducida en obras de servicio.
Así lo entendió también san Pablo: “llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Gálatas 6, 2). Los fariseos aumentaban la carga de los demás, nosotros estamos llamados a aligerarla, tal como hace el Señor (cfr. Mateo 11, 28).
El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado. María Santísima nos enseña que la humildad no se trata simplemente de sentirse humildes: se trata de poner real y efectivamente nuestra vida al servicio de los demás. Es por eso que Ella se convirtió en la mejor facilitadora del camino hacia Dios, hasta el punto de que la Iglesia la invoca como Puerta del Cielo.
Luis Miguel Bravo

Domingo de la 21º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 16,13-20).
Domingo de la 21° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Jn 6,60-69). “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. La participación a la santa Misa es la mejor manera de experimentar la salvación que nos da la vida eterna.
Domingo de la 21º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 13,22-30).
Lunes de la 21° semana de Tiempo Ordinario (Mt 23, 13-22). “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que quieren entrar”. Todos los cristianos estamos llamados a hacer presente entre las personas que nos rodean el Amor del Padre, y a despertar en sus corazones los deseos de responder generosamente a ese Amor.
Evangelio del martes VACIO
Miércoles de la 21° semana de Tiempo Ordinario (Mt 23, 27-32). “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre!”. Al ocultar nuestras miserias no le permitimos a Dios que nos rehaga y renueve; que vaya al fondo de nuestro corazón y lo habite. Por eso, para romper hipocresías necesitamos aprender a acusarnos a nosotros mismos.
Jueves de la 21° semana del Tiempo Ordinario (Mt 24,42-51). No sabéis en qué día vendrá vuestro Señor”. Aunque hay un momento concreto para la venida en gloria de Nuestro Señor, en realidad esa venida está permanentemente anticipada en el hoy y el ahora. Velar con el corazón es vivir como si Jesús estuviese viniendo en cada momento.
Viernes de la 21° semana del Tiempo Ordinario (Mt 25,1-13). “Las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite”. Las lámparas solo pueden permanecer encendidas si tienen aceite suficiente. Y así decimos de la caridad: sin ella, sin el aceite que posibilita que haya luz, no es posible perseverar en las buenas obras.
Sábado de la 21° semana del Tiempo Ordinario (Mt 25,14-30). “A cada uno según su capacidad”. Dios no deja a nadie sin talentos, pero esos talentos son reflejo de su amor personal por cada uno de nosotros. En nuestras manos está trabajarlos para que den fruto abundante.
Domingo de la 21º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 16,13-20).
Evangelio (Mt 16,13-20)
Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
Ellos respondieron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.
Él les dijo:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro:
—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.
Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.
Comentario
Con cierta frecuencia aparece en los evangelios la cuestión sobre la identidad de Jesús, un misterio que los contemporáneos de Jesús no sabían descifrar y que la Iglesia tardaría tiempo en definir doctrinalmente. En esta ocasión, durante una estancia en los contornos de Cesarea de Filipo, Jesús mismo pregunta a sus discípulos quién es Él, según las gentes y según ellos mismos. Los apóstoles le responden que algunos lo consideran “Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas” (v. 14). Se evidencia de este modo la limitada capacidad humana para entender la identidad y la misión de Jesús, a quien confunden con algún profeta; incluso con Juan Bautista, que ya había fallecido.
Pero “no ocurre así con Pedro –explica el Catecismo de la Iglesia− cuando confiesa a Jesús como ‘el Cristo, el Hijo de Dios vivo’ (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad ‘no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos’ (Mt 16, 17)”[1]. Con esta sentencia, Jesús aclara que el misterio de su Persona solo se comprende si Dios Padre lo da a conocer; o más bien, cuando nos hace cada vez más capaces de conocerlo. Por un designio divino, Pedro ha recibido del cielo esta revelación y está en disposiciones de confesarla.
“Simón Pedro encuentra en su boca palabras más grandes que él, palabras que no vienen de sus capacidades naturales –explica el Papa Francisco−. Quizá él no había estudiado en la escuela, y es capaz de decir estas palabras, ¡más fuertes que él! Pero están inspiradas por el Padre celeste (cf v. 17), el cual revela al primero de los doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo enviado por Dios para salvar a la humanidad. Y de esta respuesta, Jesús entiende que, gracias a la fe donada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por eso dice a Simón: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’ (v. 18)”[2].
Jesús podía haber elegido como fundamento para su Iglesia a muchos otros hombres quizá más influyentes y capaces que Pedro desde el punto de vista humano. Sin embargo, eligió a Simón, el pescador, en quien los demás discípulos reconocieron al vicario de Jesús, y el primero entre todos.
Comentando esta escena, el papa san León Magno ponía en boca de Jesús unas palabras que explican el primado de Pedro, su participación en el poder de Jesús y su continuidad a lo largo del tiempo: “Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: Yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta fortaleza —quiere decir— construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro”[3].
El amor al Papa, sea quien sea, es por eso una característica fundamental de todo cristiano. San Josemaría lo explicaba así: “Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice–Cristo en la tierra, para el Papa. -Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el santo Padre”[4].
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 442.
[2] Papa Francisco, Ángelus, 27 de agosto de 2017.
[3] S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationi suae 2-3.
[4] San Josemaría, Forja, n. 135.
Pablo M. Edo
Domingo de la 21° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Jn 6,60-69). “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. La participación a la santa Misa es la mejor manera de experimentar la salvación que nos da la vida eterna.
Evangelio (Jn 6,60-69)
En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: - Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo: - ¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar.
Y añadía: - Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre. Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él.
Entonces Jesús les dijo a los doce: - ¿También vosotros queréis marcharos?
Le respondió Simón Pedro: - Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.
Comentario
No todos los evangelistas cuentan la institución de la Eucaristía. San Juan, que dedica varios capítulos a la Última cena no menciona las palabras de la institución de este sacramento fundamental en la vida de la Iglesia. Sin embargo, el capítulo 6 está casi enteramente dedicado al discurso sobre el pan de vida.
En este importante discurso, Jesús pronuncia unas palabras que escandalizaron a los oyentes: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6,54-55).
El evangelio que leemos hoy nos relata la reacción a esas palabras: muchos discípulos de Jesús se escandalizan, preguntándose cómo se puede comer la carne de un hombre y beber su sangre. Y como consecuencia, muchos dejaron de seguirle, abandonaron el camino, la llamada a acompañar al Maestro.
El problema es más grave aún porque esas críticas no se transforman en diálogo con el mismo Jesús, sino que se quedan en murmuraciones. Por eso el Maestro interviene para explicar que la vida cristiana solo es posible si se confía en Dios: “ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre”.
El mensaje cristiano, el encuentro con Jesucristo, es piedra de escándalo, algo que rompe nuestros esquemas de previsión y organización de vida. La redención es posible si nos dejamos salvar, si aceptamos ser parte del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.
Y eso se concreta en la Santa Misa, que a San Josemaría le gustaba describir como el “centro y raíz de nuestra vida interior”.
La cosa más grande que podemos hacer cada día es la participación en el santo sacrificio del altar. En una ocasión, el Papa Francisco recordó que “nutrirnos de Jesús y vivir en Él mediante la Comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a los hermanos. (...) El Cielo comienza precisamente en esta comunión con Jesús” (Angelus 16-VIII-2015).
Finalmente Jesús se dirige a los doce, preguntándoles: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Es interesante que a pesar de que supiera quiénes creían y quiénes eran incrédulos, pregunte directamente a los apóstoles sus intenciones, que interpele su libertad.
Podemos hacer nuestra la respuesta de Pedro: Señor, ¿a quién iremos?, ¿qué más podemos hacer si no seguirte? En la relación contigo, vivida especialmente en la comunión eucarística, encontramos la fuente de nuestra alegría y el motivo de nuestra existencia.
Giovanni Vassallo
Domingo de la 21º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 13,22-30).
Evangelio (Lc 13,22-30)
Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Y uno le dijo:
— Señor, ¿son pocos los que se salvan?
Él les contestó:
— Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa haya entrado y haya cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos». Y os responderá: «No sé de dónde sois». Entonces empezaréis a decir: «Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas». Y os dirá: «No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los servidores de la iniquidad». Allí habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera. Y vendrán de oriente y de occidente y del norte y del sur y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. Pues hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.
Comentario
La escena que nos presenta el evangelio es muy actual. Jesús está en camino hacia Jerusalén. Mientras avanza, las gentes que lo rodean van hablando con Él y le comentan sus inquietudes. Como ellos, también nosotros somos caminantes, que nos dirigimos hacia la patria celestial.
El camino de la vida se puede afrontar con la actitud de un turista tranquilo y despreocupado, atento sólo a disfrutar de todo lo placentero que se le ofrezca, o como un peregrino que va ligero de equipaje y se entretiene poco en lo que le sale al paso, porque su objetivo es alcanzar su destino. Pero, y si caminamos con comodidad disfrutando de lo que nos apetece en cada momento ¿no llegaremos también a la presencia del Señor? Aquel que es bueno y misericordioso ¿no nos abrirá gustoso la puerta para invitarnos a su banquete eterno? Es frecuente encontrarse con personas que están convencidas de que, al final, serán muchísimos, todos, lo que se salven. Así pensarían algunos de los que iban caminando con Jesús, y tal vez al escuchar sus palabras, un poco temeroso, uno de ellos le pregunta para quedarse tranquilo: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (v. 23).
Jesús no le responde directamente, sino que le invita a reflexionar. Le dice que lo importante no es el número, si serán muchos o pocos, sino acertar con el buen camino, el que lleva a la puerta que da acceso a la salvación.
Jesucristo es la puerta (cf. Jn 10,9) que nos abre el acceso a Dios Padre y, en comunión con él, disfrutamos de su misericordia, de su protección y de su cariño. La puerta es estrecha porque nos exige ser sacrificados, comprimir nuestro orgullo, quitarnos de encima la carga de nuestras faltas, y perder el miedo a abrir el corazón con humildad. Es estrecha, pero está siempre abierta de par en par.
En su respuesta, Jesús alude a que la invitación al banquete de la vida inmortal se ha cursado a la humanidad entera, y las gentes se dirigen hacia allá desde todos los puntos cardinales. Se espera a pobres y ricos, sanos y enfermos, ancianos y niños, hombres y mujeres, y a todos se les quiere dispensar una gran acogida. La salvación no es clasista, ni está reservada a algunos privilegiados. Pero Jesús hace notar que hay “una sola condición igual para todos: la de esforzarse por seguirlo e imitarlo, tomando sobre sí, como hizo él, la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos”[1].
La salvación es asequible a todos, pero no es una baratija. La vida de verdad no se disputa ante una videoconsola, ni es como una serie de televisión donde se interpreta un rol ficticio sin mayores consecuencias reales. Se dirimen en ella asuntos importantes, y por eso se requiere actuar con responsabilidad y esfuerzo. En el día del juicio seremos juzgados según nuestras obras. No bastará con declararse amigos de Jesús: “Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas” (v. 26). Hay cielo y hay infierno.Los “servidores de la iniquidad” (v. 27) estarán allí donde “habrá llanto y rechinar de dientes” (v. 28). En cambio, serán acogidos todos los que hayan obrado el bien y buscado la justicia, aun a costa de sacrificios. Dios no excluye a nadie, pero quedarán fuera quienes no quieran entrar por la puerta estrecha.
“Quisiera haceros una propuesta –decía el Papa Francisco-. Pensemos ahora, en silencio, por un momento, en las cosas que tenemos dentro de nosotros y que nos impiden atravesar la puerta: mi orgullo, mi soberbia, mis pecados. Y luego, pensemos en la otra puerta, aquella abierta de par en par por la misericordia de Dios que al otro lado nos espera para darnos su perdón”[2].
[1] Benedicto XVI, Ángelus 26 de agosto de 2007.
[2] Papa Francisco, Ángelus 21 de agosto de 2016.
Francisco Varo
Lunes de la 21° semana de Tiempo Ordinario (Mt 23, 13-22). “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que quieren entrar”. Todos los cristianos estamos llamados a hacer presente entre las personas que nos rodean el Amor del Padre, y a despertar en sus corazones los deseos de responder generosamente a ese Amor.
Evangelio (Mt 23, 13-22)
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que quieren entrar.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que vais dando vueltas por mar y tierra para hacer un solo prosélito y, en cuanto lo conseguís, le hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros!
¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: «Jurar por el Templo no es nada; pero si uno jura por el oro del Templo, queda obligado!» ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más: el oro o el Templo que santifica al oro? Y: «Jurar por el altar no es nada; pero si uno jura por la ofrenda que está sobre él, queda obligado».
¡Ciegos! ¿Qué es más: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? Por tanto, quien ha jurado por el altar, jura por él y por todo lo que hay sobre él. Y quien ha jurado por el Templo, jura por él y por Aquel que en él habita. Y quien ha jurado por el cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.
Comentario
Durante los próximos tres días, leeremos en el Evangelio los siete reproches que Jesús hace contra el comportamiento de escribas y fariseos. Cada una de esas quejas comienzan por la expresión “¡Ay de vosotros!” y reflejan el dolor de Jesucristo por la dureza de corazón de aquellos hombres.
Les habla con fuerza y claridad, pero no para humillarlos públicamente, sino porque desea profundamente que se conviertan, que descubran la belleza del Amor de Dios.
Aquellos hombres estaban llamados a ser pastores de su pueblo, a querer a todos con el corazón, en el cuerpo y en el alma, en sus necesidades materiales y espirituales; vivir para ellos y convertirse en mediadores entre la hondura del Amor de Dios y la hondura humana. Y, por el contrario, se han convertido en meros asalariados, en guías ciegos.
También nosotros los cristianos, todos sin excepción, estamos llamados a hacer presente entre las personas que nos rodean el Amor del Padre, y a despertar en sus corazones los deseos de responder generosamente a ese Amor.
Como señalaba san Juan Pablo II: “Todo hombre está llamado, de una manera o de otra, a la paternidad o la maternidad espiritual señales de madurez interior de su persona. Es una vocación incluida en la llamada evangélica a la perfección de la que el “Padre” es el supremo modelo. El hombre adquiere, por tanto, la mayor semejanza con Dios, cuando llega a ser padre o madre espiritual”.
Jesucristo nos quiere dar su luz y su fuerza para ser en este mundo despertadores de los deseos de santidad, comunicadores de optimismo y esperanza; en definitiva, un signo de su Misericordia.
Luis Cruz
Evangelio del martes VACIO
Miércoles de la 21° semana de Tiempo Ordinario (Mt 23, 27-32). “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre!”. Al ocultar nuestras miserias no le permitimos a Dios que nos rehaga y renueve; que vaya al fondo de nuestro corazón y lo habite. Por eso, para romper hipocresías necesitamos aprender a acusarnos a nosotros mismos.
Evangelio (Mt 23, 27-32)
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre! Así también vosotros por fuera os mostráis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis las tumbas de los profetas y adornáis los sepulcros de los justos, y decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas!». Así pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. Y vosotros, colmad la medida de vuestros padres.
Comentario
El Evangelio de hoy recoge los dos últimos reproches de Jesús a los escribas y fariseos, centrados en la hipocresía. El Señor utiliza una imagen potente y visual: les compara a los sepulcros que por fuera están limpios, pintados de blanco, hermosos, pero que por dentro, como no puede ser de otra manera, están llenos de huesos y podredumbre.
Aquellos hombres se han puesto una careta para ocultar sus miserias, para poder ser admirados, para aparentar otra vida. Quizá por eso Jesucristo no soporta la hipocresía, porque es un modo de huir de uno mismo.
Por un lado, no amamos en nosotros lo que Dios ama. Es como si le dijéramos a Dios que no nos ha hecho bien, que no somos amables, que no somos valiosos, que debería habernos hecho de otra manera.
Y, sin embargo, Dios no se ha equivocado. Ha volcado todo su Amor en cada uno de nosotros, dándonos una originalidad y una belleza propias.
Por otro lado, al ocultar nuestras miserias no le permitimos a Dios que nos rehaga y renueve; que vaya al fondo de nuestro corazón y lo habite. Por eso, para romper hipocresías necesitamos aprender a acusarnos a nosotros mismos.
Como dice el papa Francisco, tenemos que abrirle el alma a Dios y decirle con sencillez: “He hecho esto, yo pienso así, malamente.... Tengo envidia, me gustaría destruir aquello..., lo que está dentro, lo nuestro, y decirlo ante Dios. Este es un ejercicio espiritual que no es común, no es habitual, pero tratamos de hacerlo: acusarnos a nosotros mismos, vernos en el pecado, en las hipocresías y en la maldad que hay en nuestro corazón. Porque el diablo siembra la maldad y decirle al Señor: "¡Mira, Señor, cómo soy!", y decirlo con humildad”.
Tenemos miserias, pero a la vez tenemos toda la Misericordia de un Dios que nos da novedad de su Vida y Amor cada vez que se lo pedimos con un corazón contrito. Así, nuestro corazón no estará habitado por egoísmos y soberbias, sino por el fuego enamorado de Cristo.
Luis Cruz
Jueves de la 21° semana del Tiempo Ordinario (Mt 24,42-51). No sabéis en qué día vendrá vuestro Señor”. Aunque hay un momento concreto para la venida en gloria de Nuestro Señor, en realidad esa venida está permanentemente anticipada en el hoy y el ahora. Velar con el corazón es vivir como si Jesús estuviese viniendo en cada momento.
Evangelio (Mt 24,42-51)
Por eso: velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.
¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo fuese malo y dijera en sus adentros: «Mi amo tarda», y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
Comentario
Ya cerca de su Pasión, Jesús pone a sus interlocutores ante una pregunta fundamental: ¿hacia dónde camináis en la vida y cómo lo hacéis? ¿Qué os mueve? Para ilustrar lo que quiere decir, usa ejemplos fácilmente comprensibles por todos. Jesús habla de dueños, de ladrones y de siervos. En esta vida tenemos unas posesiones y unos negocios que alguien quiere robarnos. Todo el que tiene una posesión o lleva un negocio sabe de la importancia de velar por sus bienes, de estar atento, de echar números, de protegerse de las posibles causas de ruina. Si un dueño no protege lo que le pertenece o no hace nada para que sus trabajadores obren bien y con responsabilidad quiere decir que sus pertenencias y negocios no le importan mucho. Uno se empeña por lo que ama.
Jesús aplica estos ejemplos a las almas. Todos tenemos un tesoro muy grande: hemos sido creados, por amor, a imagen y semejanza de Dios; hemos sido llamados a ser sus hijos; la sangre de Cristo se ha derramado por nosotros. Amados, enriquecidos con muchos dones, capaces de Dios y capaces de aportar en la edificación de la familia humana. Pero hay alguien que quiere robarnos y separarnos de Dios y de los demás. Alguien que quiere entrar en nuestro corazón y vaciarlo de todo lo grande, llenándolo de aspiraciones mezquinas y egoístas, propuestas, directa o indirectamente, por alguien que se presenta como ángel de luz que ofrece cosas aparentemente grandes, pero que, a fin de cuentas, se revelan como paja que se lleva el viento.
Jesús nos habla de la indolencia y de la hipocresía. Y nos pregunta: ¿te interesa lo que te ofrezco?, ¿lo valoras?, ¿lo guardas?, ¿lo cultivas? ¿Lo amas con el corazón y con obras? Velar es amar con el corazón eso que Dios nos ofrece. Velar es profundizar en el conocimiento de los tesoros recibidos. Velar es cultivar, fumigar y podar cuando sea necesario. Con la ilusión del agricultor que espera la cosecha, con la ilusión de que el Señor nos encuentre en cada momento, hoy y ahora, con un corazón enamorado. A esos deseos eficaces del corazón es a los que Dios escucha: ahí está el momento de nuestra salvación, en el hoy y el ahora que tengo entre manos.
Juan Luis Caballero
Viernes de la 21° semana del Tiempo Ordinario (Mt 25,1-13). “Las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite”. Las lámparas solo pueden permanecer encendidas si tienen aceite suficiente. Y así decimos de la caridad: sin ella, sin el aceite que posibilita que haya luz, no es posible perseverar en las buenas obras.
Evangelio (Mt 25,1-13)
Entonces el Reino de los Cielos será como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan». Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras». Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él les respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Por eso: velad, porque no sabéis el día ni la hora.
Comentario
Jesús sigue exhortando a una vida de vela activa. Lo hace ahora con una parábola sobre unas bodas. El esposo está por llegar y un cortejo de vírgenes está esperando para acompañarle con sus lámparas encendidas. El relato nos dice que el novio se retrasa, y con ello se aclara la idea general sobre la que Jesús quiere ofrecer su enseñanza: las bodas son el Reino de los Cielos; el esposo es Cristo que vendrá al final de los tiempos a juzgar y retribuir a cada uno según sus obras; el momento de la llegada es incierto y de ahí la necesidad de permanecer en vela. La parábola, así, nos interpela a través del tiempo: invitados a una vida de comunión con Dios, para poder acceder a su Reino debemos permanecer en vela, demostrando así nuestros deseos.
San Pablo dice a los de Tesalónica que no duden que Cristo vendrá en gloria, pero que la forma de esperar esa Parusía bien preparados es vivir con amor las obligaciones de cada instante (cfr. 1Ts 4,1-12). Tenemos una misión encomendada: dirigir a Cristo todas nuestras actividades, hacer que sea él el corazón de nuestro obrar, para que todo pueda ser en él recapitulado, vivificado y elevado al Padre. Dios cuenta con nosotros para avanzar en la instauración de su Reino entre los hombres. Para ello debemos tomarnos en serio esta vida, viviéndola con la conciencia de que el bautizado puede pensar como Cristo, puede pensar las cosas de arriba (cfr. Col 3,1-3), al mismo tiempo que ama este mundo, ya que Cristo, cabeza de la Iglesia, está sentado a la derecha del Padre.
No sabemos ni el día ni la hora. Pero sí sabemos que la caridad no tiene ni día ni hora: sabemos que toda nuestra existencia es vocación al amor y, por tanto, no tenemos que esperar ocasiones señaladas o especiales para amar. El cristiano no vive calculando o dividiendo su vida en compartimentos estancos, como si alguno de ellos fuese ajeno a Dios. Nada nuestro le es ajeno: nos espera en todo lo que hacemos, pensamos y sentimos, las veinticuatro horas del día. Si queremos ser luz de Cristo en el mundo, el amor de Cristo ha de estar presente en toda nuestra existencia: nuestro sentir ha de ser el sentir de Cristo.
Juan Luis Caballero
Sábado de la 21° semana del Tiempo Ordinario (Mt 25,14-30). “A cada uno según su capacidad”. Dios no deja a nadie sin talentos, pero esos talentos son reflejo de su amor personal por cada uno de nosotros. En nuestras manos está trabajarlos para que den fruto abundante.
Evangelio (Mt 25,14-30)
Porque es como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó. El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. Pero el que había recibido uno fue, hizo un agujero en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. Cuando se presentó el que había recibido los cinco talentos, entregó otros cinco diciendo: «Señor, cinco talentos me entregaste; mira, he ganado otros cinco talentos». Le respondió su amo: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor». Se presentó también el que había recibido los dos talentos y dijo: «Señor, dos talentos me entregaste; mira, he ganado otros dos talentos». Le respondió su amo: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor». Cuando llegó por fin el que había recibido un talento, dijo: «Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo». Su amo le respondió: «Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así, al venir yo, hubiera recibido lo mío con los intereses. Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez.
Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes.
Comentario
La parábola que nos recuerda el evangelio de la misa de hoy nos empuja a considerar algunos aspectos sobre los dones de Dios y sobre nuestra correspondencia. Nadie puede decir que carezca por completo tanto de dones humanos como de gracias divinas. Y en esto es muy importante no compararse con los demás, pensando que se haya hecho con nosotros una injusticia por no tener lo que pensamos que otros tienen. Cada uno de nosotros es irrepetible, cada uno de nosotros es objeto de un amor personal por parte de Dios.
Nuestra propia historia, que Dios tiene presente, entera, ante su vista, hace que se pueda hablar de unas capacidades: aquellas con las que comenzamos a caminar, por así decir, y aquellas que vamos fomentando o cercenando a lo largo del camino a través de nuestras decisiones. Y esto es algo precioso para considerar: que nuestra vida no está escrita, que somos realmente protagonistas de ella, que la presencia de Dios en nosotros, iluminando, sugiriendo, empujando, capacitando, consolando, sanando, es lo que nos permite llevar el timón, ser realmente protagonistas de nuestra existencia.
La grandeza de la persona humana no equivale a los dones recibidos. Hay personas que han recibido mucho y han correspondido mucho, pero también hay personas que han recibido mucho y han correspondido muy poco, del mismo modo que hay personas que han recibido menos y han correspondido mucho. En todo caso, ese poco y ese mucho en los dones recibidos no puede ser valorado con nuestra forma habitual de medir y valorar las cosas. Porque lo que hace grande al hombre y lo que transforma el mundo es la fe que obra por el amor. Y esto es lo que le faltaba al que había recibido un talento.
Todos somos capaces de amar. La vida misma nos va ayudando a discernir cuáles son nuestros talentos y hasta dónde podemos aspirar con ellos en cada momento. Pero al amor siempre podemos aspirar, y sin medida. Porque el amor no tiene límites. Es más, Dios potencia nuestros talentos según la medida de nuestro amor. Por eso, es vital no despreciar lo que está en nuestra mano hacer, aunque nos pueda parecer pequeño en comparación con lo que otros hacen. Nuestro camino es personal: en nuestras manos está el hacerlo grande, porque depende del corazón con el que lo recorramos.
Juan Luis Caballero

Domingo de la 22º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 16,21-27).
Domingo de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 7,1-8. 14-15. 21-23). “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” Jesús nos invita a mirar en el fondo de nuestro corazón. No quiere que cumplamos normas rígidas, sino que amemos a Dios y a los demás.
Domingo de la 22º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 14,1.7-14).
Lunes de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Lc 4, 16-30). "Me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos". Hoy somos nosotros los que recibimos esta gran noticia: Dios nos quiere tanto, que ha enviado a su Hijo para redimirnos. Nos ha abierto las puertas del cielo.
Martes de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Lc 4, 31-37). “¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen.” La fe en Jesús trae frutos de alegría y esperanza a nuestra vida, y nos lleva a servir a los demás llenos de humildad.
Miércoles de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Lc 4, 38-44). “Inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció”. En la Comunión, Jesús viene a nosotros con todo su amor y todo su poder de curación. Desear acogerlo es el primer paso para la conversión diaria.
Jueves de la 22º semana del Tiempo Ordinario (Lc 5,1-11). “Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca”. La cercanía de Jesús es una constante invitación a acogerlo y a dejarle que viva en nosotros; su mirada es una llamada a echar las redes, allá donde estemos.
Viernes de la 22º semana del Tiempo Ordinario (Lc 5, 33-39). “Vendrán los días en que les será arrebatado el esposo”. Aspiremos al encuentro definitivo con Jesús, en el que ya no habrá ayuno, porque viviremos con Dios para siempre.
Sábado de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 1-5). “El Hijo del Hombre es señor del sábado”. Para los cristianos, el descanso, y especialmente el domingo, son una invitación a considerar que todo lo que existe es un gran don de Dios para nosotros.
Domingo de la 22º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 16,21-27).
Evangelio (Mt 16,21-27)
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.
Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo:
— ¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso.
Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo:
— ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.
Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:
— Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.
Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta.
Comentario
Este pasaje del Evangelio sigue inmediatamente después de aquel diálogo de Jesús con sus discípulos, cuando a su pregunta “Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre” (Mt 16,13), tras unos momentos de silencio por parte de todos, Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Afirmación que fue solemnemente confirmada por el Maestro que, a la vez, les ordenó que no dijeran a nadie que Él es el Cristo (cf. Mt 16,20).
Los apóstoles estarían impresionados por la claridad con la que Jesús les había confirmado lo que intuían, que su Maestro era el Mesías largamente esperado, aquel descendiente de David que vendría a reinar para siempre liberando a su pueblo de toda opresión. Tal vez pensaban, como era lo habitual entre sus contemporáneos, que el reinado del Mesías sería una gloriosa sucesión de triunfos. Por eso, Jesús les pone inmediatamente en la realidad hablándoles de sus planes de futuro, que iban por unos derroteros muy distintos a los que se imaginaban. Les advierte de que “él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (v. 21).
También en esta ocasión, es Pedro quien toma la palabra para expresar lo que otros no se atreven a decir, y se atreve a reprender al Maestro: “¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso” (v. 22). A lo que Jesús le responde con palabras muy fuertes: “¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres” (v. 23).
Jesús se dirige hacia la Cruz e invita a sus discípulos a seguirlo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (v. 24). Contra toda lógica humana, la cruz no implica desventura, desgracia que hay que evitar a toda costa, sino oportunidad de acompañar a Jesús en su victoria. En la lógica de Dios el camino que conduce al triunfo glorioso sobre el pecado y la muerte pasa por la pasión y la cruz.
Recordaba san Josemaría en su predicación un sueño de un clásico castellano en el que se mencionaban dos caminos. Uno es ancho y regalado, pero termina en un precipicio sin fondo. Es el que siguen atolondradamente los mundanos. “Por dirección distinta, discurre en ese sueño otro sendero: tan estrecho y empinado, que no es posible recorrerlo a lomo de caballería. Todos los que lo emprenden, adelantan por su propio pie, quizá en zigzag, con rostro sereno, pisando abrojos y sorteando peñascos. En determinados puntos, dejan a jirones sus vestidos, y aun su carne. Pero al final, les espera un vergel, la felicidad para siempre, el cielo. Es el camino de las almas santas que se humillan, que por amor a Jesucristo se sacrifican gustosamente por los demás; la ruta de los que no temen ir cuesta arriba, cargando amorosamente con su cruz, por mucho que pese, porque conocen que, si el peso les hunde, podrán alzarse y continuar la ascensión: Cristo es la fuerza de estos caminantes”[1].
El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio. “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”[2], decía san Josemaría. “Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales”[3].
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 130.
[2] San Josemaría, Surco, n. 795.
[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 216.
Francisco Varo
Domingo de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 7,1-8. 14-15. 21-23). “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” Jesús nos invita a mirar en el fondo de nuestro corazón. No quiere que cumplamos normas rígidas, sino que amemos a Dios y a los demás.
Evangelio (Mc 7,1-8. 14-15. 21-23)
En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: ¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras? Él les contestó “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo “Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.
Comentario
En el Evangelio de hoy, meditamos las palabras del Señor acerca de la pureza en el corazón del hombre. Este pasaje está muy relacionado con Mt 5,8 «Dichosos los que tienen el corazón puro, porque ellos verán a Dios». Relacionar estos dos pasajes nos lleva a una conclusión: para ser felices, debemos mirar en el fondo del corazón y buscar amar a Dios y a los demás. El que hace esto, verá a Dios.
Los fariseos se muestran escandalizados porque los discípulos de Jesús no cumplen algunas de las tradiciones judías, como lavarse las manos antes de comer. Jesús, alienta a los fariseos, a no cumplir los preceptos por el hecho de que sean tradiciones sino porque son un instrumento para amar a Dios.
El Señor no quiere un cumplimiento formal. Llama "hipócritas" a los fariseos por actuar cumpliendo tradiciones, pero con un corazón alejado de Dios y de las demás personas. En griego, hipócrita significa actor, artista o máscara (en una función teatral). Es decir, es aquel que vive de una manera, pero actúa de forma distinta de cara a los demás. Dios no quiere máscaras para nuestra vida. El espectador, no son las demás personas, sino Dios que ve todo lo que hacemos y no podemos llevar una máscara delante de Él.
Este mismo problema del “fariseísmo”, tiene una gran actualidad para los cristianos de hoy. Para muchos, ser cristiano puede limitarse a cumplir una serie de normas u obligaciones rígidas: acudir a la Misa dominical, confesarse de vez en cuando, etc... cosas buenas, sin duda alguna, pero que hechas sin un corazón enamorado, nos conducen a una actitud farisaica.
Recordemos el mandamiento nuevo “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 37-39) Jesús va más allá. Nos invita a mirarnos por dentro. No quiere que cumplamos obligaciones, sino que amemos. El fin es amar, no cumplir. Si no se busca amar a Dios y a los demás, pierden totalmente su sentido.
Dios nos invita a mirar en el fondo de nuestro corazón “Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”. Pero también, es el lugar donde nace todo lo bueno que haya en el hombre: el servicio a los demás, la generosidad, la humildad, el amor por lo sagrado, la modestia, la caridad a Dios y al prójimo.
Y ¿cómo conozco la voluntad de Dios para mí? Para poder discernir entre lo bueno y lo malo, tenemos un medio de gran valor: la oración. Orar es hablar con Dios en fondo de nuestro corazón. Por este medio debe pasar toda nuestra vida. Durante la oración, se unen el Cielo y la tierra. Es en el fondo del corazón donde aprendemos la voluntad de Dios para nosotros.
Para orar con Dios es necesario liberar el corazón de los propios engaños, el pecado. Los pecados cambian la visión interior, cambian el modo de evaluar las cosas. Te hacen ver cosas que no son verdaderas. Nuestro peor enemigo está escondido dentro de nosotros mismos, y necesitamos convertirnos al Señor.
Acudamos al Señor en la oración, para que nos haga amarle a Él y a los demás en cada una de las circunstancias de la vida. Pidamos un corazón enamorado.
Pablo Erdozáin
Domingo de la 22º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 14,1.7-14).
Evangelio (Lc 14,1.7-14)
Un sábado, entró él a comer en casa de uno de los principales fariseos y ellos le estaban observando.
Proponía a los invitados una parábola, al notar cómo iban eligiendo los primeros puestos, diciéndoles:
—Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: «Cédele el sitio a éste»; y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado.
Decía también al que le había invitado:
—Cuando des una comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos, no sea que también ellos te devuelvan la invitación y te sirva de recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, llama a pobres, a tullidos, a cojos y a ciegos; y serás bienaventurado, porque no tienen para corresponderte; se te recompensará en la resurrección de los justos.
Comentario
Durante su ministerio público Jesús aceptó con cierta frecuencia las invitaciones de distintas personas para comer en sus casas, incluso de quienes la sociedad consideraba gente de vida poco recta. Fue tal la actitud acogedora de Jesús, que algunos hipócritas lo tacharon de “comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores” (Lc 7,34). En esta ocasión, Jesús es recibido en casa de uno de los principales fariseos y, escribe san Lucas que muchos de ellos lo observaban. Pero a Jesús le mueve el afán de salvar a todos por encima de la opinión pública y las habladurías. Como dice san Cirilo, “aunque el Señor conocía la malicia de los fariseos, aceptaba sus convites para ser útil a los que asistían a ellos con sus palabras y milagros”[1].
Al notar Jesús cómo los fariseos iban eligiendo los primeros puestos, les propuso una parábola ambientada en un banquete de bodas. En principio, todo parece un sencillo consejo humano de etiqueta social para quedar bien ante la gente. Sin embargo, la imagen esconde un mensaje mucho más trascendente sobre la virtud de la humildad, que queda condensado en la famosa sentencia paradójica: “Todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado”.
La tradición de la Iglesia ha insistido mucho en el papel fundamental que desempeña la virtud de la humildad de la que habla Jesús en casa del fariseo. Muchos Padres de la Iglesia coinciden en definir esta virtud como hizo san Gregorio: “Madre y maestra de todas las virtudes”[2]. Jesús da a entender al fariseo que no es fácil acertar con la actitud adecuada que hemos de adoptar, según la verdad de nosotros mismos en cada situación. Es fácil creerse más de lo que uno en realidad es. Por eso sugiere Jesús considerarse siempre inferior a lo que cabría esperar; ponerse “en el último lugar”.
En realidad, Jesús es quien ha sabido ponerse en último lugar y ha sido después exaltado. Como explica Benedicto XVI, “esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la postura del hombre en relación con Dios. De hecho, el “último lugar” puede representar la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición de la que sólo la encarnación del Hijo unigénito puede elevarla. Por eso Cristo mismo “tomó el último puesto en el mundo —la cruz— y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente” (Deus caritas est, 35)”[3]. Jesús es quien se puso de verdad en último lugar, el del servicio a los demás y la entrega generosa hasta la cruz. Por eso luego fue exaltado a la diestra del Padre. En cierto sentido, el propio Jesús escuchó la frase de la parábola de hoy: “Amigo, sube más arriba”. La virtud de la humildad resulta por tanto una condición necesaria para que Dios nos pueda exaltar, porque “a pasos de humildad es como se sube a lo alto de los cielos”, comentaba san Agustín[4].
Por último, Jesús sugiere al fariseo vivir la caridad con los demás, que es también señal de humildad. Por eso el Maestro anima a su anfitrión a que invite a su banquete precisamente a todos aquellos que cualquiera pondría en último lugar y no en el primero, “a pobres, a tullidos, a cojos y a ciegos”, que no tienen para corresponder. Esta actitud generosa que da importancia y valor a los humildes, es premiada y exaltada por Dios que como dice Jesús “recompensará en la resurrección de los justos”. Porque como explica san Juan Crisóstomo, “si convidas al pobre, tendrás por deudor a Dios, que nunca olvida”[5]. Y entonces oiremos nosotros también la invitación del anfitrión: “Amigo, sube más arriba”.
[1] San Cirilo, in Cat. graec. Patr.
[2] San Gregorio Magno, Moralia, 23,23.
[3] Benedicto XVI, Ángelus, 29 de agosto de 2010.
[4] San Agustín, Sermón sobre la humildad y el temor de Dios.
[5] San Juan Crisóstomo, hom. 1 in Ep. ad Col.
Pablo M. Edo
Lunes de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Lc 4, 16-30). "Me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos". Hoy somos nosotros los que recibimos esta gran noticia: Dios nos quiere tanto, que ha enviado a su Hijo para redimirnos. Nos ha abierto las puertas del cielo.
Evangelio (Lc 4, 16-30)
Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
por lo cual me ha ungido
para evangelizar a los pobres,
me ha enviado para anunciar la redención
a los cautivos
y devolver la vista a los ciegos,
para poner en libertad a los oprimidos
y para promulgar el año de gracia del Señor.
Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles:
Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír.
Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían:
— ¿No es éste el hijo de José?
Entonces les dijo:
— Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra».
Y añadió:
— En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.
Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.
Comentario
Durante siglos, Israel ha esperado al Mesías que libraría al pueblo de sus aflicciones.
Y ahora, en la sinagoga de Nazaret, ese hombre al que todos conocen, Jesús, el hijo de José y de María, el artesano, afirma que se ha cumplido esa profecía.
Jesús viene a «evangelizar», a dar la buena noticia de que Dios se ha compadecido de los hombres, una noticia que reciben con alegría los «pobres», es decir, los que no confían en sus propios bienes y méritos, sino en la bondad y misericordia divinas.
Viene a liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna, a la que el diablo nos había sometido; a abrir nuestros ojos ciegos para que podamos conocer la verdad; a darnos un corazón limpio, con el que podamos amar a Dios y a los demás.
Viene a promulgar «el año de gracia del Señor», el tiempo de la misericordia y de la redención, que Él inaugura y que durará hasta el fin del mundo.
Los habitantes de Nazaret tienen delante de sus ojos al salvador anunciado y esperado durante tanto tiempo, pero no se lo acaban de creer. Exigen que su conciudadano confirme sus palabras realizando algún prodigio maravilloso, como hizo en otros pueblos cercanos, pero Jesús no accede a su pretensión.
Entonces, se llenan de ira, se levantan, lo echan fuera, e intentan despeñarlo.
Hoy somos nosotros los que recibimos esta gran noticia: Dios nos quiere tanto, que ha enviado a su Hijo Unigénito para redimirnos, para salvarnos del pecado. Nos ha dado la posibilidad de ser hijos de Dios por la gracia. Nos ha abierto las puertas del cielo.
Quizá hemos escuchado muchas veces este anuncio, y pensamos que, si viéramos algún milagro, algún signo extraordinario, nos tomaríamos más en serio la buena noticia, «el evangelio», y convertiríamos nuestra vida en acción de gracias a Dios, en servicio al prójimo, y daríamos a conocer a otros, al mundo entero, la fe cristiana, el secreto de la felicidad en el cielo y en la tierra.
El Espíritu Santo que ungió a Jesús desea darnos el fuego de su amor. No necesitamos un nuevo milagro. Nos basta abrir nuestro corazón con humildad para que Él nos transforme con su gracia.
Tomás Trigo
Martes de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Lc 4, 31-37). “¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen.” La fe en Jesús trae frutos de alegría y esperanza a nuestra vida, y nos lleva a servir a los demás llenos de humildad.
Evangelio (Lc 4, 31-37)
Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y el sábado se puso a enseñarles. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque su palabra iba acompañada de potestad.
Se encontraba en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro, que gritó con gran voz:
— ¡Déjanos!, ¿qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!
Y Jesús le conminó:
— ¡Cállate, y sal de él!
Entonces el demonio, arrojándolo al suelo, allí en medio, salió de él, sin hacerle daño alguno. Y todos se llenaron de estupor y se decían unos a otros:
— ¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen?
Y se divulgaba su fama por todos los lugares de la región.
Comentario
Jesús enseña en la sinagoga de Cafarnaún, una aldea bañada por las aguas del lago de Genesaret. La gente se queda admirada de su doctrina, porque no dice palabras huecas, sino que las confirma con su poder.
Un hombre con un demonio impuro. De su boca sale una gran voz: «¡Déjanos!, ¿qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!».
Jesús no responde a las preguntas del demonio. No dialoga con él. Con plena autoridad, le manda callar y salir de aquel hombre. Y el demonio obedece y sale sin hacer daño alguno.
La existencia de Satanás y sus ángeles es una verdad revelada por Dios y enseñada por la Iglesia. Buscan cómo perdernos, pero nada hemos de temer, porque quien tiene la autoridad es Jesús, nuestro Dios, que ha entregado su vida por nosotros, para rescatarnos del poder del diablo, del pecado y de la muerte.
Dios pone su autoridad a nuestra disposición, porque nos ama. «A menudo, para el hombre –afirma Benedicto XVI– la autoridad significa posesión, poder, dominio, éxito. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor»[1]. Si Dios emplea su autoridad para servir a sus hijos, ¿qué hemos de temer?
Ante la curación de un endemoniado, la gente se pregunta admirada: «¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen?». ¿Quién es el que pronuncia una palabra así? ¿Quién es este hombre que expulsa a un demonio? Y divulgan la fama de Cristo por todos los lugares de la región.
Los milagros de Jesús nos ayudan a creer que Él es el Mesías, el Hijo de Dios, y a entregarle nuestra vida. Pero solo nos ayudan si tenemos un corazón bien dispuesto por la humildad; también lo hacen si tenemos la buena voluntad de buscar la verdad y desear el bien.
Algunos tienen una fe lánguida, sin apenas consecuencias prácticas en su vida. Nosotros queremos tener una fe viva, que llene de alegría y esperanza nuestra vida en la tierra, que se encarne entregándose a los demás, para construir un mundo más justo, más humano, más cristiano; que nos lance a contagiar con nuestra vida y nuestro testimonio el buen olor de Cristo por todos los lugares, por el mundo entero.
[1] Benedicto XVI, Ángelus, 29-I-12.
Tomás Trigo
Miércoles de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Lc 4, 38-44). “Inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció”. En la Comunión, Jesús viene a nosotros con todo su amor y todo su poder de curación. Desear acogerlo es el primer paso para la conversión diaria.
Evangelio (Lc 4, 38-44)
Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una fiebre muy alta, y le rogaron por ella. E inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció. Y al instante, ella se levantó y se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los traían. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba. De muchos salían demonios gritando y diciendo:
— ¡Tú eres el Hijo de Dios! Y él, increpándoles, no les dejaba hablar porque sabían que él era el Cristo.
Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario, y la multitud le buscaba. Llegaron hasta él, e intentaban detenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo:
— Es necesario que yo anuncie también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado.
E iba predicando por las sinagogas de Judea.
Comentario
Jesús entra en la casa de Simón. Su suegra tiene fiebre alta y le piden que la cure. Jesús se acerca al lecho de la enferma, la toma de la mano y la mira con una sonrisa de cariño. Y aquella mujer, de pronto, se siente curada, totalmente curada, levantándose con la fuerza de siempre, sin requerir siquiera un tiempo de convalecencia. Después, agradece a Jesús el milagro y se pone a servir a Él y a sus discípulos, llena de alegría y vitalidad.
Podemos pensar en algunas enfermedades de nuestra alma: la pereza para servir a los demás, el orgullo y la vanidad, la ambición y la avaricia, los enfados frecuentes con nuestros familiares o las faltas de pureza y castidad. ¡Cuánto nos gustaría que Jesús nos tomase de la mano, nos mirase con una sonrisa, y nos curase de repente!
Este es el consejo de un santo: «Recibamos nosotros a Jesús, porque cuando nos visita y le llevamos en la mente y en el corazón extingue en nosotros el ardor de las más enormes pasiones, y nos mantendrá incólumes para que le sirvamos, esto es, para que hagamos lo que le agrada»[1].
Recibir a Jesús en la mente y en el corazón: he ahí el secreto. Recibirlo en nuestra mente es pensar como Él piensa. Recibirlo en nuestro corazón es amar lo que Él ama. ¿Cómo hacer para lograrlo? Desear esa gracia de todo corazón, de verdad, con sinceridad, y pedirla al Espíritu Santo confiando totalmente en Él.
Hay un momento privilegiado para recibir al Señor en el corazón: la Eucaristía. En la Comunión, Jesús viene a nosotros con todo su amor y todo su poder de curación. Si nos preparamos bien, con la ayuda de la Virgen María, y evitamos caer en la rutina, también nosotros nos sentiremos curados de nuestras enfermedades, locamente enamorados de Dios, y podremos servir a los demás con alegría.
[1] San Cirilo, Hom. 28 in Mattheum
Tomás Trigo
Jueves de la 22º semana del Tiempo Ordinario (Lc 5,1-11). “Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca”. La cercanía de Jesús es una constante invitación a acogerlo y a dejarle que viva en nosotros; su mirada es una llamada a echar las redes, allá donde estemos.
Evangelio (Lc 5,1-11)
Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:
—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.
Simón le contestó:
—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.
Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:
—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.
Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.
Comentario
El evangelio de hoy nos relata cómo Jesús quiere contar con nosotros para llevar su buena nueva por el mundo. Para ello resulta necesario reconocer tanto la propia condición frágil como la identidad profunda de Jesús.
En sus afanes de pescador, Pedro ve a Jesús venir a su barca, para dar desde ella el alimento de su palabra a los hambrientos. Jesús busca la forma de que le puedan oír lo mejor posible. Al mismo tiempo, confirma sus palabras con un milagro. Pedro no ha conseguido pescar nada a pesar de sus esfuerzos y, entonces, Jesús le da una indicación que él acoge con humildad. De repente, la extraordinaria pesca le hacer caer en la cuenta de su pequeñez y de quién es el que está en su barca. Y siente miedo: tanto por conocerse, como por la cercanía con Dios.
La solución a este temor natural no es alejarse de Jesús. Cuando Dios nos mira, lo que ve es lo que podemos llegar a ser. Su mirada amorosa siempre tiene forma de ánimo y de llamada, de invitación a acogerle y a dejarle que viva en nosotros (Cfr. Ga 2,20). En la barca, Jesús hace ver a Pedro el sentido profundo de su existencia: colaborar con él en la expansión de su Reino. El lago es la vida, y muchos transitan por ella ajenos a Dios y a lo que nos ofrece. Con Pedro, nosotros somos invitados a echar las redes, allá donde estemos. Dios dará el fruto: “Si me seguís os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en estas palabras del Señor: meterse en la barca, empujar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad” (Es Cristo que pasa, n. 159).
Juan Luis Caballero
Viernes de la 22º semana del Tiempo Ordinario (Lc 5, 33-39). “Vendrán los días en que les será arrebatado el esposo”. Aspiremos al encuentro definitivo con Jesús, en el que ya no habrá ayuno, porque viviremos con Dios para siempre.
Evangelio (Lc 5, 33-39)
Pero ellos le dijeron:
—¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, y lo mismo los de los fariseos y, en cambio, los tuyos comen y beben?
Jesús les respondió:
—¿Acaso podéis hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Ya vendrán los días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquellos días, ayunarán.
Y les decía también una parábola:
—Nadie pone a un vestido viejo un remiendo cortado de un vestido nuevo, porque entonces, además de romper el nuevo, el remiendo del vestido nuevo no le iría bien al viejo. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces el vino nuevo reventará los odres, y se derramará, y los odres se perderán. El vino nuevo debe echarse en odres nuevos. Y ninguno acostumbrado a beber vino añejo quiere del nuevo, porque dice: «El añejo es mejor».
Comentario
El evangelio de hoy nos recuerda una controversia de algunos fariseos con Jesús. Justo antes, Lucas ha hablado de la vocación de Mateo y de la comida que organiza en su casa. Los fariseos habían echado en cara a los discípulos de Jesús haber comido con publicanos y pecadores y de romper las tradiciones, pero Jesús les había confiado que los que necesitaban médico eran los enfermos.
Esta actitud de los fariseos, aparentemente producto del celo por la ley, desvela, por un lado, falta de conocimiento del sentido de la ley y, como se ve por los evangelios, falta de rectitud de intención. Para esos fariseos, el ayuno tenía un valor absoluto en sí mismo. Ahora bien, ellos también modificaban esos ayunos en ocasiones especiales. Jesús les hace ver que el “esposo” está presente. El “esposo” es él mismo. Él es el mesías, él va a desposar a la Iglesia. El ayuno tiene un sentido, un contexto de penitencia, y ahora, mientras él está con los discípulos, es tiempo de alegría.
Aquellos fariseos no reconocían en Jesús a nadie importante. Nuestras obras manifiestan lo que hay en nuestro corazón. Si vamos a misa y tenemos fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, llegamos a la hora, nos presentamos con elegancia, participamos activamente, nos comportamos con respeto. Las cosas grandes han de ser celebradas. También con banquetes que sean una auténtica acción de gracias a Dios, que ha hecho los alimentos para nosotros, y con los que ha querido decirnos que la vida del hombre es siempre un regalo de alguien que nos ama y es generoso.
Las últimas palabras del evangelio nos animan a profundizar en la novedad de la presencia de Cristo entre nosotros. El ayuno, práctica tradicional judía, es bueno, y los cristianos lo vivimos con ese buen espíritu, pero a lo que aspiramos es a un tiempo de alegría, en el que el ayuno haya perdido su sentido porque ya viviremos con Dios para siempre.
Juan Luis Caballero
Sábado de la 22° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 1-5). “El Hijo del Hombre es señor del sábado”. Para los cristianos, el descanso, y especialmente el domingo, son una invitación a considerar que todo lo que existe es un gran don de Dios para nosotros.
Evangelio (Lc 6, 1-5)
Un sábado pasaba él por entre unos sembrados, y sus discípulos arrancaban espigas, las desgranaban con las manos y se las comían. Algunos fariseos les dijeron:
—¿Por qué hacéis en sábado lo que no es lícito?
Y Jesús respondiéndoles dijo:
—¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios, tomó los panes de la proposición y comió y dio a los que le acompañaban, a pesar de que sólo a los sacerdotes les es lícito comerlos?
Y les decía:
—El Hijo del Hombre es señor del sábado.
Comentario
El evangelio de la misa de hoy, como el de ayer, nos recuerda otra controversia de algunos fariseos con Jesús. Estas controversias giraban en torno a elementos fundamentales de la religiosidad judía y Jesús tenía mucho interés en que sus interlocutores purificaran su forma de entenderlas. Cuando Dios pidió al pueblo de Israel vivir el sábado, y lo hizo de una forma especialmente solemne, no le impuso una carga, sino que le dio un don, porque la ley de Dios no es imposición sino una gracia, una ayuda singular dada a quien se ama de un modo especial. Pero el don es inferior al donador. Si no cuidamos los dones y profundizamos en su sentido, somos capaces de empequeñecer el don haciéndolo superior a su donador.
Para los cristianos, el precepto dominical es un don. La idea de dedicar ese día de un modo particular a dar centralidad a la Eucaristía y a dar gracias a Dios a través del descanso y el carácter festivo no es imponer, sino animar a considerar que todo lo que existe es regalo de Dios para nosotros, para que lo cuidemos, cosa que solo podremos hacer si lo miramos con agradecimiento. Al mismo tiempo, cuando este mundo pase, quien quedará es el Señor, nuestro verdadero Descanso, no el domingo, pues el domingo está al servicio del Señor. Ese es su sentido.
Dios anima a los fariseos a que no se escondan en preceptos, por muy importantes que sean, para no vivir el fundamental, el que resume toda la ley: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo. Si uno ama a Dios con todo el corazón, vivirá con alegría el precepto del sábado o del domingo, y comprenderá su sentido. Jesús se dirige también a nosotros a través de estas controversias, y nos pide que amamos sinceramente lo que vivimos. Que no seamos cumplidores externos. Y amar sinceramente no es sencillo, porque amar así significa implicarnos con toda nuestra persona en el objeto de nuestro amor, esto es, ponernos a su servicio: “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28).
Juan Luis Caballero

Domingo de la 23º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 18,15-20).
Domingo de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 7,31-37). "Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effeta” (esto es, “Ábrete”)". Ante las personas que sufren, la respuesta de Jesús es una mirada misericordiosa. Imitemos su mirada con las personas que están a nuestro alrededor.
Domingo de la 23º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 14,25-33).
Lunes de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 6-11). “Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca: - Levántate y ponte en medio”. Dios es un Dios vivo, que supera infinitamente nuestros planes. Pidámosle la humildad para dejarlo actuar a lo largo de nuestra vida como Él quiera; dejar que vaya más allá de lo que nosotros esperábamos.
Martes de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 12-19). “Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles”. En la oración aprendemos a descubrir lo que Dios espera de nosotros y donde maduramos las decisiones que marcarán nuestra vida.
Miércoles de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 20-26). «Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”». En las Bienaventuranzas, Jesús quiere que acojamos un estilo de vida que se centre en lo importante: la presencia de Cristo en cada uno. Esto es lo que nos hará realmente felices en la tierra y en el cielo.
Jueves de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lucas 6, 27-38). “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo”. Lo que Jesús nos pide puede parecer imposible. Pero saber que él nos amó primero nos lleva a querer compartir ese mismo amor con todo el mundo.
Viernes de la 23° semana del Tiempo Ordinario «¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?». Podemos aprender mucho de las personas que nos rodean. Que las motas que puedan tener no nos impidan ver todo lo bueno que los demás tienen.
Sábado de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 43-49). "Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica (...) se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, (...) no pudo derribarla porque estaba bien edificada". Poner en Dios nuestros ideales a veces puede costar, como excavar en la roca, pero es lo que nos dará una felicidad que ninguna riada se podrá llevar.
Domingo de la 23º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 18,15-20).
Evangelio (Mt 18,15-20)
Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la iglesia, tenlo por pagano y publicano.
Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Comentario
Componen el evangelio de este domingo tres dichos de Jesús que regulan aspectos importantes para la futura vida de la Iglesia: la corrección fraterna entre los fieles, el poder de atar y desatar otorgado a los apóstoles y sus sucesores y la eficacia de la oración en común.
El mensaje de Jesús no hace impecables a los hombres; pero sí les pide amarse unos a otros a pesar de sus defectos y errores. Una muestra clara de este amor es la mutua ayuda por medio del perdón y de la corrección. Con esta primera enseñanza, Jesús invita a cada uno a vivir el papel de un juez misericordioso que trata con comprensión a quien le ha agraviado o yerra en algo. Por eso, “la práctica de la corrección fraterna –que tiene entraña evangélica– es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza –decía san Josemaría−. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives”[1]. La corrección fraterna evita también, como señala el Papa Francisco, “esa amargura del corazón que lleva a la ira y al resentimiento y que nos conducen a insultar y agredir. Es muy feo ver salir de la boca de un cristiano un insulto o una agresión. (…) Insultar no es cristiano”[2].
Sobre la corrección fraterna, verdadero acto de nobleza y amistad, hablaron bastantes Padres de la Iglesia, quienes sacaban consecuencias prácticas a partir de las palabras de Jesús. Por ejemplo, san Agustín amonestaba así a sus fieles: “debemos, pues, corregir al hermano por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto”[3].
En cuanto al segundo dicho de Jesús (v. 18), el Catecismo de la Iglesia explica que «las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquél a quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios» (n. 1445). Después de hablar de la reconciliación entre hermanos, Jesús entrega a sus apóstoles la potestad de reconciliar a los fieles con la Iglesia. Este poder se expresa ordinariamente por medio de la confesión de los pecados a través del confesor, que ha recibido el poder del obispo, sucesor de los apóstoles.
Por último, Jesús se refiere a “otro fruto de la caridad en la comunidad: la oración en común −decía Benedicto XVI−. La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor” [4]. Cuando oramos juntos no solo movemos a Dios a concedernos lo que pedimos, sino que además se nos regala la presencia del mismo Dios entre nosotros que es, en definitiva, el principal don que podemos y debemos pedir.
Como explica el Magisterio, “Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, tanto en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, como, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”[5].
[1] San Josemaría, Forja, n. 566.
[2] Papa Francisco, Ángelus, 7 de septiembre de 2014.
[3] San Agustín, Sermón 82.
[4] Papa Benedicto XVI, Ángelus, 4 de septiembre de 2011.
[5] Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7.
Pablo M. Edo
Domingo de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 7,31-37). "Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effeta” (esto es, “Ábrete”)". Ante las personas que sufren, la respuesta de Jesús es una mirada misericordiosa. Imitemos su mirada con las personas que están a nuestro alrededor.
Evangelio (Mc 7,31-37)
En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effeta” (esto es, “Ábrete”) Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”
Comentario
En el Evangelio de hoy, meditamos sobre la mirada misericordiosa de Jesús y sobre su influencia en nuestra propia vida.
La primera lectura del domingo es del libro de Isaías. En el texto se dice “Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Viene en persona y os salva… entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán… porque han brotado aguas en el desierto (Is 35, 4-7).
Estas palabras de la Escritura se cumplen en plenitud con Jesús. Él es quien cumple lo anunciado, de Él hablaron los profetas, es Él quien hace oír a los sordos y ver a los ciegos.
En nuestra vida, Jesús también hace milagros. Muchas veces, no serán milagros exteriores sino interiores. Hoy día, sigue actuando en el interior de cada persona. Algunos ejemplos: nos hace tomar conciencia de nuestra vida como un don de Dios; nos hace percibir la grandeza de sabernos perdonados por Dios de nuestros pecados; nos entrega una gracia para darnos cuenta de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Dios está siempre actuando en las personas.
Meditemos un momento sobre cómo Jesús acude en ayuda de las personas necesitadas. Esto lo perciben los que están a su alrededor cuando exclaman asombrados “todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.
Jesús siempre mira con misericordia al que lo necesita. Jesús mira con amor a toda persona que sufre: el que no entiende una circunstancia de su vida, el que sufre por algo que le parece una injusticia, el que se siente desolado por el devenir de su vida, etc… A las personas que sufren, la respuesta de Dios es una mirada misericordiosa. Nos dice “Effeta”, es decir “Ábrete”. Ábrete al amor de Dios, ábrete a su perdón, ábrete a su acción amorosa.
A san Josemaría le gustaba considerar como todas las maravillas del mundo no son nada si se comparan con el amor de Dios: "¿No seremos nosotros capaces de removernos ante ese inmenso amor de Dios?”
Dios realiza grandes cosas en nuestra vida. Los que son curados en el pasaje del Evangelio que desoyen la petición de Dios de no difundirlo se dan perfecta cuenta de esto. En cambio nosotros podemos no darnos cuenta de las grandes maravillas del amor de Dios en nuestra vida.
Procuremos imitar esta actitud misericordiosa de Jesús, esta actitud para ayudar a todas las personas necesitadas. El Papa Francisco lo denomina “la cultura del encuentro”. Salir al encuentro de las necesidades de los demás, escuchar al que lo necesita, acompañar al que está solo.
El principal obstáculo es nuestro propio egoísmo, mirarnos a nosotros mismos y no percibir las necesidades de los demás. Por eso, no debemos excluir a nadie, no debemos juzgar a nadie. Que no tengamos prejuicios sobre los demás, porque se perjudica y se excluye al prójimo.
Pidamos al Señor tener su mirada misericordiosa para poder ayudar siempre a las personas necesitadas que tenemos a nuestro alrededor.
Josep Boira
Domingo de la 23º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 14,25-33).
Evangelio (Lc 14,25-33)
Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo:
— Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo.
Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo.
Comentario
Jesús se dirigía hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos, y muchos se les iban sumando por el camino. Era fácil dejarse arrastrar por el entusiasmo que provocaban sus palabras amables, por su cordial acogida -especialmente hacia los más necesitados-, y por su alegría contagiosa. Pero Jesús no quiere que ninguno de sus seguidores se sienta engañado. Vendrán momentos difíciles, porque en Jerusalén los espera la cruz.
Seguir a Jesús no es sumarse a un cortejo triunfal, sino tomar por amor decisiones que implican renuncia y sufrimiento. Quien desea seguirlo ha de estar libre de ataduras que le dificulten disponer de todo su tiempo, o que le resten energías para ayudarle en la obra de la redención. Jesús es demasiado claro, hasta el punto de que sus palabras acerca del desprendimiento de la propia familia resultan duras. ¿No manda Dios amar, reverenciar y obedecer a los padres? ¿Cómo es que Jesús emplea unas palabras tan fuertes, que parecen contradecir ese mandamiento?
Jesús necesita seguidores fieles. Pero el Maestro sabe bien que es difícil resistirse al cariño de los padres, amigos, o parientes cercanos, y que éstos, muchas veces con buena intención, pueden dejarse llevar más del corazón que de la fe o la razón. Por eso su lenguaje fuerte no deja lugar a dudas. San Juan Crisóstomo, hablando de los padres, explicaba en una de sus homilías que el Señor “solamente manda que se les obedezca en lo que no se opone a la piedad para con Dios; y en todo lo demás, es cosa santa procurarles todo honor. Pero cuando exigen más de lo que conviene, no se ha de obedecer”. Este Padre de la Iglesia hace notar que Jesús no manda aborrecer a los padres, lo que sería una gran maldad, sino que dice que “si ellos quieren que los ames más que a Mí”, entonces aborrécelos, porque en ese caso estarían perdiéndose a sí mismos y al hijo al que piensan que aman, pero al que le están dificultando su correspondencia a la gracia. Decía esto Cristo –concluye el Crisóstomo– para hacer a los hijos más fuertes y a los padres que quieran poner impedimentos, más sensatos[1].
Fiel a la doctrina del Evangelio, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales”[2]. Por esto, Dios se sirve de buenas familias cristianas, para sembrar en sus hijos el amor a Él, a los demás y la generosidad para que centren sus vidas en torno a Cristo, y encuentren en sus padres el apoyo necesario para secundar su vocación.
Para dar razón de esta exigencia Jesús se sirve de dos parábolas: la de la torre que se ha de construir y la del rey que va a la guerra. De ambas se desprende la importancia de no dejarse llevar por un primer impulso sentimental, sino de sopesar a fondo todo lo que está en juego, antes de tomar una decisión precipitada. Si se trata de colaborar con Cristo en la obra de la redención, no cabe una entrega a medias, un decir que sí, pero sin terminar de desligarse de todas las ataduras de la tierra. La conclusión es clara: “cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”. Sus palabras se dirigen a todos, tanto a quien está en momentos de discernimiento de su vocación personal, como a quienes forman parte del entorno familiar o social de quienes están tomando sus propias decisiones vitales.
La experiencia de los santos invita siempre a una respuesta libre y generosa. “Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios –aconseja san Josemaría–, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural”[3].
[1] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 35.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1618.
[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 97.
Francisco Varo
Lunes de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 6-11). “Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca: - Levántate y ponte en medio”. Dios es un Dios vivo, que supera infinitamente nuestros planes. Pidámosle la humildad para dejarlo actuar a lo largo de nuestra vida como Él quiera; dejar que vaya más allá de lo que nosotros esperábamos.
Evangelio (Lc 6, 6-11)
Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y había allí un hombre que tenía seca la mano derecha. Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca:
- Levántate y ponte en medio.
Y se levantó y se puso en medio. Entonces Jesús les dijo:
- Yo os pregunto: ¿es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o perderla?
Entonces, mirando a todos los que estaban a su alrededor, le dijo al que tenía la mano seca:
- Extiende tu mano.
Él lo hizo, y su mano quedó curada. Ellos se llenaron de rabia y comenzaron a discutir entre sí qué harían contra Jesús.
Comentario
Este pasaje del Evangelio nos muestra, una vez más, el contraste entre el corazón de los hombres y el de Jesús. Los escribas y fariseos están allí y “observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle”. Están delante de Dios hecho hombre, a punto de presenciar una manifestación de la divinidad de Jesús y, sin embargo,buscan y observan para poder tener algo con que acusarlo.
En ocasiones la acción de Dios a lo largo de nuestras vidas puede llegar a asemejarse al pasaje que estamos contemplando. Tenemos una idea, un esquema de cómo tiene que ser nuestro encuentro con Dios, de cómo debería discurrir nuestra vida y, en algunas oportunidades, la vida de las personas a las que queremos. Pero el Señor no sólo no se adecúa a nuestros preconceptos, a nuestros planes, sino que tantas veces los rompe, los echa por tierra. Ante estas situaciones puede surgir el desconcierto si perdemos de vista que Dios es un Dios vivo y que supera infinitamente nuestros planes.
Tenemos que pedir al Señor humildad para dejarlo actuar a lo largo de nuestra vida como Él quiera; dejar que rompa nuestras previsiones y esquemas. En esos momentos nos puede servir preguntarnos ¿qué quiere Dios de mí con esto? ¿Qué busca el Señor en mí ante estas circunstancias o sucesos en los que no sé cómo actuar o cómo reconducirlos a Dios?
No debe sorprendernos no comprender a Dios, no entender por qué lleva nuestra vida de un modo determinado, por qué permite que me sucedan ciertas cosas a mí o a las personas que quiero. La Virgen no siempre comprendió el modo de actuar de Jesús, pero meditaba estas cosas en su corazón. Pidámosle a ella que nos enseñe a imitarla en ese deseo de conformarnos con la voluntad de Dios con todo lo que acontezca en nuestra vida.
Sebastian Puyal
Martes de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 12-19). “Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles”. En la oración aprendemos a descubrir lo que Dios espera de nosotros y donde maduramos las decisiones que marcarán nuestra vida.
Evangelio (Lc 6, 12-19)
Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.
A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.
Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.
Comentario
Las decisiones importantes no se improvisan de un día para otro. Jesús sabía que esos apóstoles estaban llamados a formar su Iglesia y a difundir el Evangelio por todo el mundo. Por eso se pasa toda la noche en oración, implorando a su Padre Dios que le ayudara a elegir correctamente. Lo mismo haría años después en el huerto de los Olivos, pidiendo fuerzas para cumplir la voluntad de su Padre.
Es en la oración, en ese diálogo cara a cara con Dios, donde también nosotros maduramos las decisiones que marcarán nuestra vida. ¿Qué querrá el Señor de mí? ¿Cómo puedo afrontar esta situación? ¿Qué me estará queriendo decir con esto que me acaba de ocurrir? Las grandes preguntas que podamos plantearnos encuentran su respuesta en esos momentos de intimidad con Jesús.
Sin embargo, el trato con Dios no se limita solamente a hablar con él de esas grandes cuestiones: a un padre le interesan hasta las cosas más pequeñas de su hijo. Por eso, procuramos hablar con el Señor de lo que nos ronda en el corazón y en la cabeza: ilusiones, preocupaciones, alegrías, miedos, dudas…
De este modo, el cristiano convierte todo su día en oración. Sabe dirigirse constantemente a Jesús ante las cosas que le ocurren. Aprende a alegrarse ante una buena noticia junto a él, a sufrir también con él cuando tiene una contrariedad, a consolarle cuando presencia el pecado… Y así, afrontará cada jornada sintiéndose mirados por Dios en cada momento.
José María Álvarez de Toledo
Miércoles de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 20-26). «Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”». En las Bienaventuranzas, Jesús quiere que acojamos un estilo de vida que se centre en lo importante: la presencia de Cristo en cada uno. Esto es lo que nos hará realmente felices en la tierra y en el cielo.
Evangelio (Lc 6, 20-26)
Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir:
– Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
» Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
» Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
» Bienaventurados cuando los hombres os odien, cuando os expulsen os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas.
» Pero ¡ay de vosotros ricos, porque a habéis recibido vuestro consuelo!
» ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre!
» ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!
» ¡Ay cuando los hombres os hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!
Comentario
El conocido pasaje de las bienaventuranzas que nos relata San Lucas comienza diciéndonos que Jesús “alzando los ojos hacia sus discípulos comenzó a decirles”. El Señor que nos mira y nos habla y nos muestra que existe una felicidad superior a la que quizá teníamos pensada. Nos enseña que estamos llamados a una felicidad muchísimo más alta y profunda y grande; una felicidad que no pueda ser amenazada por el dolor, la contrariedad y el sufrimiento.
Ciertamente estas palabras del Señor pueden ser desconcertantes, pero, a su vez, nos dan mucha luz sobre lo que significa ser discípulo de Cristo. El Papa Francisco nos dice que las bienaventuranzas son “el carné de identidad del cristiano”[1].
Son el camino para seguir a Cristo, para identificarnos con Él por medio del amor. En nuestro seguimiento del Señor en medio del mundo, en medio del trabajo ordinario, viviremos ese encuentro con el Señor en la pobreza y el hambre, el llanto y la persecución.
La pobreza y el hambre de no disponer de medios materiales ni de trabajo; el dolor y el llanto ante acontecimientos que rompen el corazón; o la incomprensión e incluso la persecución por seguir al Señor. Son realidades que están presentes en la vida corriente de todos los cristianos.
Al tener que vivirlas nos puede servir recordar, como lo hace el Señor en este evangelio, que la última palabra siempre es divina, no humana. Los pobres y los hambrientos serán saciados; los que lloran serán consolados, los que son perseguidos tendrán una recompensa grande en el cielo.
[1] Papa Francisco, Misas Matutinas en la Capilla de la Domus Sanctae Marthae, lunes 9 de junio de 2014. L´Osservatore Romano, ed sem. en lengua española, n. 24, viernes 13 de junio 2014.
Sebastián Puyal
Jueves de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lucas 6, 27-38). “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo”. Lo que Jesús nos pide puede parecer imposible. Pero saber que él nos amó primero nos lleva a querer compartir ese mismo amor con todo el mundo.
Evangelio (Lucas 6, 27-38)
Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Como queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo de igual manera con ellos.Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes les aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.
No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá.
Comentario
Se ha dicho que el discurso de las Bienaventuranzas es como un autorretrato de Jesús. Y de modo particular da a conocer su corazón -el corazón del Hijo que todo lo ha recibido del Padre- cuando enseña cual debe ser el modo de vivir de los que le siguen.
Si queremos llegar a ser hijos del Altísimo tenemos bien claro el modelo: la misericordia, el perdón, la mansedumbre y el amor incluso a los enemigos. En Jesús, especialmente en su Pasión, resplandece de modo sublime esta actitud: la entrega silenciosa y orante de su vida muestra con hechos su doctrina. También ahora, sentado a la derecha del Padre, derrocha infinita misericordia con los pecadores y está siempre dispuesto al perdón. Es el Hijo del Altísimo.
Pero, es muy alta la meta. Parece como un ideal inalcanzable.
Jesús es el Camino, así se define para nosotros. Y su Palabra no solo exhorta, consuela o transmite un mensaje, sino que sobre todo es Gracia. Esta heroica conducta pedida a los discípulos no es un imposible. Ha de ser recibida con fe, meditada en la fe, hecha propia, convencidos de que todas las cosas son posibles para el que cree. Entonces, seremos capaces de seguirle, de imitarle, de tenerle como referencia inmediata en nuestra conducta diaria al relacionarnos con el prójimo, en la vida familiar, en el trabajo, en la vida pública. Y transformaremos verdaderamente este mundo, tan lleno de indiferencia y de enfrentamientos.
Antonio Martí
Viernes de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 39-42) «¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?». Podemos aprender mucho de las personas que nos rodean. Que las motas que puedan tener no nos impidan ver todo lo bueno que los demás tienen.
Evangelio (Lc 6, 39-42)
Les dijo también una parábola:
— ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo», no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.
Comentario
Seguir a Cristo:-.decía san Josemaría- éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con El, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con El nos identifiquemos.[1]
No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro. El discípulo de Cristo aspira, como ideal que engloba todos los afanes de su vida, a ser como su Maestro. Así lo han vivido y enseñado los santos y esa es también nuestra experiencia cotidiana: cuando en la oración el Espíritu Santo nos hace vislumbrar un rasgo de la vida de Jesús o una actitud suya que podemos incorporar a nuestras luchas diarias, nos llenamos de alegría y de deseo de identificarnos con Él. Por eso es tan importante que el discípulo se deje instruir por el maestro, para llegar a ser como Él. Para ello, resulta necesario que el cristiano cuide de su formación, tenga verdadera ansia de conocer profundamente la doctrina: la Palabra del Señor y de su Iglesia. El tiempo empleado en la propia formación, es tiempo que fructifica en amor a Dios y al prójimo.
Conocerla, para gozarla en la contemplación, y para vivirla. Jesús nos sigue instruyendo en el trato con nuestro prójimo: todo cristiano está llamado a ser guía y, de algún modo también maestro, en la medida que se identifica con Cristo. El primer paso lo damos asistidos por la luz del Espíritu Santo: conocernos, purificar nuestra mirada, limpiar el alma en la contrición y la gracia del Señor. La humildad que se deriva de vernos a nosotros mismos con la mirada amorosa del Señor nos habilita para conducir a otros por el camino de la imitación de Cristo. Solo desde la verdad sobre uno mismo, se puede corregir con autenticidad.
Jesús abomina de los hipócritas, de los que juzgan sin amor y sin comprensión, de los que buscan ser bien considerados por los demás, sin preocuparse realmente de afrontar sus defectos. Esa es la viga, enorme, en el ojo del hipócrita. Dios nos libre de ese tremendo reproche.
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 299
Antonio Martí
Sábado de la 23° semana del Tiempo Ordinario (Lc 6, 43-49). "Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica (...) se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, (...) no pudo derribarla porque estaba bien edificada". Poner en Dios nuestros ideales a veces puede costar, como excavar en la roca, pero es lo que nos dará una felicidad que ninguna riada se podrá llevar.
Evangelio (Lc 6, 43-49)
Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca.
¿Por qué me llamáis: «Señor, Señor», y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién se parece. Se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada.
El que oye y no pone en práctica se parece a un hombre que edificó su casa sobre la tierra sin cimientos; rompió contra ella el río y enseguida se derrumbó, y fue tremenda la ruina de aquella casa.
Comentario
El capítulo 6 del evangelio de Lucas, denso y sencillo a la vez, que marca el camino a todos los seguidores de Cristo, acaba con este conjunto de enseñanzas.
Qué hermosas suenan las palabras de Jesús: “el hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno” Y eso a pesar de que en la vida no faltan sufrimientos, dudas o catástrofes como la inundación que arrasa con campos y viviendas. Pero el hombre bueno, el que tiene en su corazón las palabras y la vida del Señor es capaz de salir victorioso de todo trance, porque la Palabra del Señor es gracia que fortalece e ilumina. Y también en medio de la dificultad o el sufrimiento, la fe permanece, crece y da fruto copioso: saca lo bueno de su corazón.
¡Cuánto nos ayuda cavar muy hondo en nuestro corazón, para que entren hasta el fondo las enseñanzas de Cristo! Meditarlas en la oración una y otra vez, aprenderlas, conocer su significado, pedir al Espíritu Santo que nos las recuerde y a María, la que ha hecho de su vida un “hágase en mi según tu Palabra”, que nos ayude a tomar y retomar la decisión más trascendente de nuestra vida: desear cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios.
Antonio Martí

Domingo de la 24º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 18,21-35).
Domingo de la 24° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 8,27-35). “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Cuando cuidamos la oración y el diálogo habitual con el Señor, nuestras pupilas se dilatan y el enfoque de nuestros planteamientos se engrandece, nuestra comprensión de las cosas adquiere nuevas perspectivas y sabemos vislumbrar horizontes insospechados: los horizontes de Dios.
Domingo de la 24º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 15,1-32).
Lunes de la 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 7, 1-10). “Un centurión… habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su siervo”. La fe del centurión nos enseña a acercarnos a Jesús a través del cariño a los demás. Jesús me espera en esa persona que necesita mi sonrisa, o mi consuelo, o una palabra de aliento, etc.
Martes de la 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 7, 11-17).
Miércoles del 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 7, 31-35). “Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”. Jesús nos necesita con un corazón sencillo y agradecido. Una manera de ser agradecidos es hacer memoria de las cosas buenas que nos da Dios en el día a día y a lo largo de nuestra vida.
Jueves del 24.° semana del Tiempo Ordinario (Lc 7, 36-50). “Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco”. Jesús no nos quiere perfectos: nos quiere enamorados. Por eso nuestras faltas no nos desaniman, sino todo lo contrario: nos llevan a dar gracias a Dios por experimentar una vez más su amor infinito.
Viernes del 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 8, 1-3). “Él iba caminando de ciudad en ciudad (...), acompañado por los Doce, y por algunas mujeres (...) que le servían con sus bienes”. Cada detalle de cariño hacia los demás es un servicio a Jesucristo; a través de nuestro servicio Él entra en los corazones de los que están a nuestro lado.
Sábado del 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 8, 4-15). “Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia”. Nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente su palabra y su amor. ¿Con qué disposición la acogemos? ¿Qué tipo de terreno es mi corazón?
Domingo de la 24º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 18,21-35).
Evangelio (Mt 18,21-35)
Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:
— Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?
Jesús le respondió:
— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies y le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré todo”. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: “Págame lo que me debes”. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?”. Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
Comentario
La pregunta de Pedro se refiere a un tema difícil y que a todos nos afecta: la necesidad de perdonar. Esta cuestión se plantea con frecuencia ante los inevitables roces de la vida diaria en la convivencia familiar, con los amigos o en las relaciones profesionales. No es raro que nos sintamos dolidos pensando que alguien nos ha ofendido, despreciado o perjudicado y no una sola vez sino reiteradamente. Perdonar cuesta. Por eso, la pregunta de Pedro nos parece razonable: ¿Tengo que perdonar siempre?
Benedicto XVI invita a reflexionar acerca de lo que implica el perdón. “La ofensa –dice– es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada. El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. En este punto nos encontramos con el misterio de la cruz de Cristo”[1].
En efecto, las dificultades que encontramos para perdonar no son tan grandes comparadas con lo que ha hecho Jesucristo por cada uno de nosotros. En esta parábola se expresa muy bien el contraste entre la actitud mezquina de los hombres en perdonar con cálculo y la misericordia infinita de Dios. Un talento equivalía a seis mil denarios y un denario era el jornal diario de un trabajador. Diez mil talentos es una cantidad exorbitante que nos da idea del valor inmenso que tiene el perdón que recibimos de Dios.
San Josemaría nos hace caer en la cuenta de que “las circunstancias de aquel siervo de la parábola, deudor de diez mil talentos, reflejan bien nuestra situación delante de Dios: tampoco nosotros contamos con qué pagar la deuda inmensa que hemos contraído por tantas bondades divinas, y que hemos acrecentado al son de nuestros personales pecados. Aunque luchemos denodadamente, no lograremos devolver con equidad lo mucho que el Señor nos ha perdonado. Pero, a la impotencia de la justicia humana, suple con creces la misericordia divina. El sí se puede dar por satisfecho, y remitirnos la deuda, simplemente porque es bueno e infinita su misericordia”[2].
Ante tanta generosidad por parte de Dios para con nosotros, ¿cómo no vamos a perdonar a los demás? “Lejos de nuestra conducta, por tanto –sigue concretando san Josemaría–, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido -por injustas, inciviles y toscas que hayan sido-, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravios. No podemos olvidar el ejemplo de Cristo”[3]. Con la mirada puesta en Jesús es como podemos renunciar a todo rencor y mantener nuestro corazón sano y limpio de toda enemistad.
Cuando nos venga la tentación de no perdonar recordemos las palabras del señor misericordioso a aquel siervo despiadado: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” (vv. 32-33). Al experimentar el gozo, la serenidad y la tranquilidad interior que se siente al ser perdonado, podemos con la ayuda de Dios abrirnos a la posibilidad de perdonar.
[1] Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, Jesús de Nazaret I (La Esfera de los libros, Madrid: 2007), p. 195.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, 168.
[3] San Josemaría, Amigos de Dios, 309.
Francisco Varo
Domingo de la 24° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 8,27-35). “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Cuando cuidamos la oración y el diálogo habitual con el Señor, nuestras pupilas se dilatan y el enfoque de nuestros planteamientos se engrandece, nuestra comprensión de las cosas adquiere nuevas perspectivas y sabemos vislumbrar horizontes insospechados: los horizontes de Dios.
Evangelio (Mc 8,27-35)
Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino comenzó a preguntar a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que soy yo?
Ellos le contestaron:
—Juan el Bautista. Y hay quienes dicen que Elías, y otros que uno de los profetas.
Entonces él les pregunta:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Le responde Pedro:
—Tú eres el Cristo.
Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar después de tres días.
Hablaba de esto claramente. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo:
—¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.
Y llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo:
—Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.
Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?
Comentario
Jesús recorría grandes distancias a pie con sus discípulos para llevar el evangelio a todos los lugares. En el pasaje de este domingo, lo encontramos a 60 kms. al norte de Cafarnaúm, en la famosa Cesarea de Filipo, ciudad rica en vegetación y agua, que Herodes fundó en honor de César Augusto y entregó a su hijo Filipo. Fue esta ciudad y sus aldeas circundantes las que provocaron de alguna manera la pregunta de Jesús sobre su propia identidad: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?” (v. 27).
Frente a las explicaciones inadecuadas de las gentes, Pedro es el único que sabe ofrecer la respuesta más acorde con el misterio de la Persona de Jesús: “Tú eres el Cristo” (v. 29). Sin embargo, Pedro entiende a su manera esta verdad y, en el fondo, es tan humano en sus juicios como los demás, porque cuando Jesús anuncia sus padecimientos, Simón los rechaza con violencia.
Pedro debió ser tan vehemente en su cariño mal enfocado que mereció de Jesús una advertencia rotunda y grave: “¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres” (v. 33).
Para ser buenos cristianos y no contristar al Señor, necesitamos visión sobrenatural, es decir, la capacidad de ver las cosas y las personas como Dios mismo las ve. Y esto no siempre es fácil. Sobre todo, cuando se trata de admitir la cruz y lo que nos hace sufrir como parte de los planes de Dios.
Esta dificultad ya nos lo advierte Dios mismo: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos —oráculo del Señor—. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos” (Is 55,8-9).
El peligro de la mentalidad demasiado humana, que acechaba a Pedro y que nos acecha a todos, lo describía el Papa Francisco en su primera homilía después de ser elegido: “Este Evangelio prosigue con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Yo te sigo, pero ni hablar de cruz. Esto queda fuera. Te sigo con otras posibilidades, sin la cruz». Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos a un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos; somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor”.
Y concluía el Papa: “yo quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor –precisamente el valor– de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: a Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará”[1].
Como explicaba san Josemaría, “la gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen”[2].
Cuando cuidamos la oración y el diálogo habitual con el Señor, cuando reservamos unos tiempos fijos a tratar a solas con Dios, adquirimos la visión sobrenatural: nuestras pupilas se dilatan y el enfoque de nuestros planteamientos se engrandece; nuestra comprensión de las cosas adquiere nuevas perspectivas y sabemos vislumbrar horizontes insospechados: los horizontes de Dios.
[1] Papa Francisco, Homilía, 14 de marzo de 2014.
[2] San Josemaría, Camino, n. 279.
Pablo M. Edo
Domingo de la 24º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 15,1-32).
Evangelio (Lc 15,1-32)
Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.
Entonces les propuso esta parábola:
—¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió». Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión.
¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió». Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.
Dijo también:
—Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”». Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
»Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.
El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerlo. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».
Comentario
El evangelio de este domingo recoge las llamadas parábolas de la misericordia o de la alegría, transmitidas por san Lucas, el evangelista de los gentiles. Como ya hemos comentado la parábola del hijo pródigo en otra ocasión (cfr. Comentario 4º domingo de Cuaresma) nos centramos ahora en las dos primeras, referidas a la oveja y a la dracma perdidas.
Durante su vida pública Jesús recibió críticas y murmuraciones por la bondad que manifestaba con los publicanos y pecadores. Pero aquellos interlocutores llenos de desdén y falsa justicia no reciben de Jesús un reproche, sino una hermosa instrucción sobre la misericordia divina hacia los pecadores, a quienes busca uno a uno con diligencia, y por quienes se llena de gran alegría comunicativa cuando los recupera, como un pastor de cien ovejas que no para hasta encontrar la que perdió; o como una mujer que enciende una luz, barre la casa y busca cuidadosamente hasta recobrar la dracma extraviada.
Bastantes Padres de la Iglesia ven detrás de estas parábolas un compendio de la historia de la salvación. Por ejemplo, san Cirilo dice que el número cien de las ovejas “se refiere a toda la multitud de las criaturas racionales que le están subordinadas; porque el número cien, compuesto de diez décadas, es perfecto. Pero de éstas se ha perdido una que es el género humano”[1]. Y san Gregorio añade a esta idea que “el hombre abandonó el cielo cuando pecó. Y para que se completase el número de las ovejas en el cielo, era buscado el hombre, perdido en la tierra (…) Y nuestro pastor, una vez redimida la humanidad, vuelve al reino de los cielos. Y entonces llama a amigos y vecinos, −es decir−, a los coros de los ángeles que constantemente cumplen su voluntad y gozan a su lado”[2].
Además de esta lectura universal, también podemos vernos cada uno de nosotros reflejados en la oveja o la dracma perdidas y que se dejan encontrar por Dios. En este sentido, por muy pecadores que nos sintamos, todos hemos de llenarnos de esperanza al meditar estas entrañables parábolas, porque revelan el inmenso amor de Dios por cada persona, y en especial por los más alejados de Él. Como señala el Papa Francisco, para Jesús “no hay ovejas definitivamente perdidas, sino sólo ovejas que hay que volver a encontrar. Esto debemos entenderlo bien: para Dios nadie está definitivamente perdido. ¡Nunca! Hasta el último momento, Dios nos busca”[3]. Y en otro lugar el Papa insiste: “Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable”[4].
Pero Jesús empieza las parábolas preguntando: “¿quién de vosotros si tiene cien ovejas y pierde una…? o ¿qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una…”. Si estas parábolas nos colman de esperanza para la propia vida, también nos interpelan para imitar la comprensión de Jesús con los demás, su diligencia para buscar a quien se ha alejado de Dios y su alegría al recuperarlo. Jesús nos pide salir al encuentro de todos, sin juzgar a los demás y sin quedarnos metidos en el propio redil, porque como decía san Josemaría, “de cien almas nos interesan las cien” y hay que “abrirse en abanico para llegar a todas”[5]. Sabernos perdonados nos llevará a ser diligentes para dar a conocer el perdón de Dios a otros, encarnando las acciones del pastor de la parábola que, como comenta un Padre la Iglesia, “cuando encuentra la oveja, no la castiga ni la conduce al redil violentamente sino que, colocándola sobre sus hombros y llevándola con clemencia, la reúne con su rebaño”[6]. Así compartiremos muchas veces con Dios y sus amigos del cielo la alegría de una nueva conversión.
[1] San Cirilo, Catena aurea, in loc.
[2] San Gregorio, in Evang hom. 34.
[3] Papa Francisco, Audiencia general, 4 de mayo 2016.
[4] Papa Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium, n. 3
[5] San Josemaría, Surco, nn. 183 y 193.
[6] San Gregorio de Nisa, Catena aurea, in loc.
Pablo M. Edo
Lunes de la 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 7, 1-10). “Un centurión… habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su siervo”. La fe del centurión nos enseña a acercarnos a Jesús a través del cariño a los demás. Jesús me espera en esa persona que necesita mi sonrisa, o mi consuelo, o una palabra de aliento, etc.
Evangelio (Lc 7, 1-10)
En aquel tiempo, cuando terminó de decir todas estas palabras al pueblo que le escuchaba, entró en Cafarnaún. Había allí un centurión que tenía un siervo enfermo, a punto de morir, a quien estimaba mucho. Habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su siervo. Ellos, al llegar donde Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo: —Merece que hagas esto, porque aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido la sinagoga.
Jesús, pues, se puso en camino con ellos. Y no estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le envió unos amigos para decirle: —Señor, no te tomes esa molestia, porque no soy digno de que entres en mi casa, por eso ni siquiera yo mismo me he considerado digno de ir a tu encuentro. Pero dilo de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre sometido a disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.
Al oír esto, Jesús se admiró de él, y volviéndose a la multitud que le seguía, dijo: —Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.
Y cuando volvieron a casa, los enviados encontraron sano al siervo.
Comentario
¿Quién era este centurión? Era probablemente un pagano porque pertenecía al pueblo romano que había ocupado Israel. Podría tener muchos prejuicios para acercarse al Señor. ¿Cómo me va a recibir si Él es judío y yo romano? Podría también tener respetos humanos: ¿qué van a pensar mis compañeros de armas si me acerco al Rabbí judío? Por eso envía a los ancianos y luego a los amigos.
Lo que le hace acercarse al Señor en un primer momento es el cariño. Quiere a su siervo enfermo y este cariño le hace vencer los posibles respetos humanos. Jesús escucha a los ancianos y a los amigos, se admira y exclama: ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.
¡Qué alabanza más maravillosa!
Ojalá que el Señor nos alabe por nuestra fe. Esta fe se manifiesta de múltiples maneras. Que nos alabe porque manifestamos nuestra fe en Él, porque le buscamos cada día en el Pan y en la Palabra y porque le busquemos en los demás. Jesús me espera en esta persona, me espera para que la trate con cariño, para que sepa disculparla, para que la comprenda, etc.
Cuando Jesús encuentra esa fe, cuando contamos con Él se adelanta a ayudarnos. “Los criados encontraron al criado sano”. Jesús nos da su gracia para encontrarle en los demás.
Javier Massa
Martes de la 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 7, 11-17).
Evangelio (Lc 7, 11-17)
En aquel tiempo, marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El Señor la vio y se compadeció de ella. Y le dijo: —No llores.
Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: —Muchacho, a ti te digo, levántate.
Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre. Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
Esta opinión sobre él se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas.
Comentario
El Evangelio de hoy nos traslada a Naín. Al llegar se encontró con un cortejo fúnebre. Ocurriría como sucede en muchos pueblos, que el cementerio estaría a las afueras del pueblo y en lugares así la costumbre es que todo el pueblo acuda al entierro.
Jesús se encuentra con el cortejo y pregunta quién llevaban a enterrar. Se lo dicen: una mujer viuda entierra a su único Hijo. El dolor de aquella mujer es inmenso. Hacía poco quizá que había enterrado a su marido y ahora le toca enterrar a su hijo. ¡En qué tremenda soledad se quedaba!
El corazón de Jesús se conmueve y le dice algo que resulta sorprendente: no llores. Quizás aquella mujer podría haberle dicho a Jesús: ¿cómo no voy a llorar con el dolor tan grande que tengo?
Lo que le estaba adelantando es lo que iba a hacer, el milagro. Por eso le decía que no llorara.
Jesús no es indiferente a nuestro dolor, a nuestro sufrimiento. Se conmueve y nos consuela. Ante el misterio del dolor nos hemos de acercar al Señor para compartirlo con Él y que sea Él quien nos consuele.
Cuando nos acercamos de este modo a Jesús nos dice como le dijo al hijo de la viuda de Naín: muchacho, a ti te digo, levántate. Que, con otras palabras, es como decirnos: este sufrimiento que tienes debe ser motivo de crecimiento en Amor a Dios y a los demás, cuento con él. Levántate y sigue creciendo en el Amor. Que el sufrimiento no sea ocasión de muerte sino de vida, aunque muchas veces llores. Pero que cuando nos toque llorar lo hagamos con el Señor y Jesús seque nuestras lágrimas.
Javier Massa
Miércoles del 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 7, 31-35). “Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”. Jesús nos necesita con un corazón sencillo y agradecido. Una manera de ser agradecidos es hacer memoria de las cosas buenas que nos da Dios en el día a día y a lo largo de nuestra vida.
Evangelio (Lc 7, 31-35)
Así pues, ¿con quién voy a comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a los niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice:
«Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado».
» Porque viene Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: «Tiene un demonio». Viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: «Fijaos: un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores».
»Pero la sabiduría queda acreditada por todos sus hijos.
Comentario
Al contemplar la vida de sus contemporáneos, Jesús la compara a niños sentados en la plaza que han permanecido indiferentes a quienes han tratado de distraerlos: “Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”.
A pesar de haber visto milagros, escuchado su palabra, e incluso haberse sentido atraídos por su figura, nada les ha movido. En el fondo permanecen en sus propias ideas, no son capaces de reconocer las llamadas de Dios a través de las personas y de los sucesos. “Viene Juan Bautista que no come pan ni bebe vino y decís que tiene un demonio. Viene el hijo del hombre que come y bebe y decís que es un comilón y un bebedor”.
Tantas veces Jesús nos podría decir lo mismo que a los de su generación: “hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”.
Jesús pide que tengamos un corazón sensible y agradecido: “la sabiduría queda acreditada por todos sus hijos”. Un corazón que sea capaz de darse cuenta de todos los dones que nos da nuestro Padre Dios. Al tiempo, Jesús nos pide que mostremos al mundo con nuestra alegría, con nuestro agradecimiento, con nuestra sonrisa, la maravilla que representa creer en un Dios que nos quiere con locura y que tanto ha hecho por nosotros.
¿Qué podemos hacer para ser agradecidos? Una de las cosas que podemos hacer es recordar. A medida que van pasando los años nos vamos dando más cuenta de todas las personas que nos han ayudado en la vida. En primer lugar nuestros padres, amigos, sacerdotes, profesores y un largo etcétera.
También nos ayuda, comportarnos con Dios de la misma manera. Hacer memoria, recordar todas las cosas buenas que recibimos de Él. Hay un punto de Forja que resume muy bien esta actitud:
"¡Qué deuda la tuya con tu Padre-Dios! —Te ha dado el ser, la inteligencia, la voluntad...; te ha dado la gracia: el Espíritu Santo; Jesús, en la Hostia; la filiación divina; la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra; te ha dado la posibilidad de participar en la Santa Misa y te concede el perdón de tus pecados, ¡tantas veces su perdón!; te ha dado dones sin cuento, algunos extraordinarios...
—Dime, hijo: ¿cómo has correspondido?, ¿cómo correspondes?" (San Josemaría, Forja, n. 11)
Javier Massa
Jueves del 24.° semana del Tiempo Ordinario (Lc 7, 36-50). “Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco”. Jesús no nos quiere perfectos: nos quiere enamorados. Por eso nuestras faltas no nos desaniman, sino todo lo contrario: nos llevan a dar gracias a Dios por experimentar una vez más su amor infinito.
Evangelio (Lc 7, 36-50)
Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.
En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro».
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos.
Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies.
Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume.
Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Comentario
El evangelio de hoy narra la escena de aquella mujer que, dolorida por sus pecados, se atreve a arrodillarse ante Jesús. Una mujer que llora, que besa y que unge los pies del Señor. Una mujer que rompe su vida vieja, que no se queda encerrada en su pasado, que no se desalienta y se deja curar. Una mujer que abre su corazón porque quiere amar de verdad y necesita el perdón de Dios. Una mujer que sueña con un corazón amante, con un corazón nuevo que pueda amar más y mejor. Una buscadora de amor apasionado.
Frente a ella un hombre, de cierta cultura, fariseo, que la juzga con dureza, que la desprecia, que no entiende sus gestos, ni tampoco la mirada misericordiosa del Señor. Un hombre incapaz de soñar.
Y Jesús, en medio de los dos. Con paciencia y amor le explica a Simón qué significa lo que ha hecho esta mujer: cómo a Dios lo que le duele es el corazón que se cierra a la misericordia, al perdón, porque es incapaz de reconocer los propios pecados; cómo “el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo son los propios pecados” (Papa Francisco, El perfume de la pecadora, homilía en Santa Marta, 18 de septiembre de 2014).
Le enseña cómo Él estaba deseando que aquella mujer irrumpiese en el banquete sin pedir permiso, y se abrazase a sus pies. El deseo de Jesús era poder decirle: “han quedado perdonados tus pecados”.
Esta mujer nos enseña el modo adecuado de manifestar nuestro arrepentimiento y confesar nuestras miserias y pecados.
Necesitamos llorarlos, hacer nuestro el dolor de Dios por nuestros abandonos y desprecios. Ponernos a los pies del Señor y besar y ungir sus pies, con nuestro agradecimiento y nuestra adoración.
Jesús nunca se queda en la superficie de nuestra vida, va al fondo de nuestro corazón para sanarlo y que pueda volver a amar.
Luis Cruz
Viernes del 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 8, 1-3). “Él iba caminando de ciudad en ciudad (...), acompañado por los Doce, y por algunas mujeres (...) que le servían con sus bienes”. Cada detalle de cariño hacia los demás es un servicio a Jesucristo; a través de nuestro servicio Él entra en los corazones de los que están a nuestro lado.
Evangelio (Lc 8, 1-3)
Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.
Comentario
Los Doce y las mujeres acompañaban al Señor, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios: Dios está enamorado de su creación y de cada uno de los hombres y mujeres de este mundo.
Y Él sigue acompañándonos cada día, cada minuto de nuestra vida, incapaz de separarse de nosotros.
Nosotros: pobres y llenos de miserias, pero curados por las manos misericordiosas de Jesús, protegidos por su mirada tierna, animados por su voz amable.
Nosotros: ricos y llenos de gloria, de la riqueza y gloria del Hijo de Dios.
Y así nuestros bienes -nuestro trabajo, nuestros talentos y virtudes, nuestras ilusiones y proyectos, nuestra familia, nuestros amigos- son la materia sobre la que Cristo realiza la redención.
El ejemplo de este grupo de mujeres fieles, que sirven a Jesús con sus bienes, que no le dejarán solo en los peores momentos, son una llamada a nuestra fidelidad.
Nuestra ilusión ha de ser la de servir a Dios y a los demás con generosidad, con visión sobrenatural: servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta, aunque esta actitud choque con los criterios humanos. Nos basta entender que cada detalle de cariño hacia los demás es un servicio a Jesucristo; a través de nuestro servicio Él entra en los corazones de los que están a nuestro lado.
Luis Cruz
Sábado del 24° semana del Tiempo Ordinario (Lc 8, 4-15). “Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia”. Nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente su palabra y su amor. ¿Con qué disposición la acogemos? ¿Qué tipo de terreno es mi corazón?
Evangelio (Lc 8, 4-15)
Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola:
«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.
Comentario
Todos los días Jesús sale a sembrar.
Nos habla a cada uno.
Quiere que sus palabras penetren en nuestro corazón, en nuestra vida.
Para que allí, den Vida, podamos vivir su Vida.
Su palabra siempre da fruto, si cae en terreno bueno, en un terreno dispuesto a recibirla, a dejar que germine y crezca.
Nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente su palabra y su amor.
¿Con qué disposición la acogemos? ¿Qué tipo de terreno es mi corazón?
A veces, somos como el camino, un corazón endurecido, cuando nos dejamos llevar por la monotonía, cuando nos acostumbramos a Dios y a los demás. Cuando vemos a los demás, pero no sabemos descubrir en ellos su belleza.
Otras veces somos como el corazón pedregoso, un corazón superficial que se deja llevar por los resentimientos, por los juicios críticos, por los rencores, incapaz de ver más allá de nuestro propio egoísmo, sacando defectos a todo y a todos.
Y otras veces somos como el terreno con zarzas, un corazón lleno de vanaglorias, de orgullos, confiado en sí mismo.
Así, poco a poco, perdemos la alegría, la sonrisa que nace de Dios.
Hoy podemos pedirle al Señor que queremos ser buena tierra; que mire nuestro corazón endurecido, las piedras y las zarzas de nuestra vida y sea él quien lo limpie por entero y lance su semilla a manos llenas.
Luis Cruz

Domingo de la 25º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 20,1-16).
Domingo de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 9,30-37). “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos”. Seguir a Cristo es difícil, pero sólo el que se hace pequeño como él conseguirá cosas grandes.
Domingo de la 25º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 16,1-13).
Lunes de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 8,16-18). “Nadie que ha encendido una lámpara la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entran vean la luz”. Dios ha hecho del cristiano antorcha que ilumine el Camino, que muestre la Verdad, que señale dónde está la Vida verdadera. A él le toca corresponder para apartar de su vida todo obstáculo que haga disminuir la luminosidad del Evangelio.
Martes de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 8,19-21). “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen”. Fijarse en María, en cómo medita en su corazón las palabras de su Hijo Jesús, es camino seguro para aprender a escuchar a Dios y cumplir con decisión su voluntad.
Miércoles de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,1-6). “No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas”. Para predicar el Reino de Dios lo indispensable es el amor: querer apasionadamente el bien de nuestros amigos. ¡Señor, aumenta nuestro amor por los demás!
Jueves de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,7-9). “¿Quién es, entonces, éste del que oigo tales cosas?” La Eucaristía y el Evangelio son caminos seguros para acercarnos a Jesús y para conocerlo más.
Viernes de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,18-21). “Estaba haciendo oración y se encontraban con él los discípulos”. La amistad con Jesús nace en la oración y es tan poderosa que cambia nuestras palabras, nuestras obras y nuestros hábitos.
Sábado de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9, 43b-45). “Pero ellos no entendían este lenguaje (...). Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto”. La lógica de Dios siempre es otra respecto a la nuestra. Por eso seguir al Señor requiere una profunda conversión, un cambio en el modo de pensar y de vivir. Requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.
Domingo del la 25º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 20,1-16).
Evangelio (Mt 20,1-16)
El Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo». Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?» Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Les dijo: «Id también vosotros a mi viña». A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros». Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Cuando lo tomaron murmuraban contra el amo de la casa: «A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor». Él le respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?» Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.
Comentario
La parábola de los obreros de la viña es una de las explicaciones más gráficas del Reino de los cielos y, por extensión, de cómo debe ser la respuesta humana a la llamada divina. La imagen de la viña tiene mucha raigambre bíblica y es empleada habitualmente en el Antiguo Testamento para simbolizar la acción de Dios sobre el pueblo elegido, asemejado éste a un campo de viñedos que se cuida con esmero y debe producir el buen vino de la salvación (cfr. Is 5,1-7; Sal 80; Ez 15,1-8).
En la parábola, Jesús se refiere a la contratación de jornaleros que trabajan el campo. Como sucede con otras parábolas, el desarrollo de la historia nos desconcierta y desafía nuestros criterios y esquemas. En principio, parece que los obreros contratados a primera hora tienen razón cuando dicen que han trabajado mucho más que aquellos que el amo contrata a última hora de la tarde. Si el amo es bueno con estos por trabajar un poco, ¿por qué su bondad no se refleja más con los que han trabajado más? En cambio, el amo responde a uno de los que se quejan: “Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?” (vv. 13-15).
En cierto sentido la lección de la parábola versa sobre la caridad hacia Dios y hacia los demás: ya que todos nos acogemos y beneficiamos de la misericordia divina, (que cuenta con una viña y puede dar trabajo a quienes carecen de él), no tiene sentido exigir a Dios supuestos derechos de justicia, o quejarse de que otros se beneficien de su amor. Ya que Dios es magnánimo, nos pide a todos ser magnánimos como Él.
El Papa Francisco lo explicaba así: “Con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del amor del Padre, que es gratuito y generoso. Se trata de dejarse asombrar y fascinar por los «pensamientos» y por los «caminos» de Dios que, como recuerda el profeta Isaías no son nuestros pensamientos y no son nuestros caminos (cf Is 55, 8). Los pensamientos humanos están, a menudo, marcados por egoísmos e intereses personales y nuestros caminos estrechos y tortuosos no son comparables a los amplios y rectos caminos del Señor. Él usa la misericordia, perdona ampliamente, está lleno de generosidad y de bondad que vierte sobre cada uno de nosotros, abre a todos los territorios de su amor y de su gracia inconmensurables, que solo pueden dar al corazón humano la plenitud de la alegría”[1].
San Josemaría deducía también de la parábola la necesidad de aprovechar el tiempo para hacer el bien, para trabajar en la viña del Señor, en medio de nuestras ocupaciones corrientes: “aquel hombre vuelve en diferentes ocasiones a la plaza para contratar trabajadores: unos fueron llamados al comenzar la aurora; otros, muy cercana la noche. Todos reciben un denario: el salario que te había prometido, es decir, mi imagen y semejanza. En el denario está incisa la imagen del Rey. Esta es la misericordia de Dios, que llama a cada uno de acuerdo con sus circunstancias personales, porque quiere que todos los hombres se salven. Pero nosotros hemos nacido cristianos, hemos sido educados en la fe, hemos recibido, muy clara, la elección del Señor. Esta es la realidad. Entonces, cuando os sentís invitados a corresponder, aunque sea a última hora, ¿podréis continuar en la plaza pública, tomando el sol como muchos de aquellos obreros, porque les sobraba el tiempo?”[2]
“Acude conmigo a la Madre de Cristo. —invitaba san Josemaría como conclusión—. Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi corazón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los Cielos”[3].
[1] Papa Francisco, Ángelus, 24 de septiembre de 2017.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 42.
[3] Idem, n. 54.
Pablo M. Edo
Domingo de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 9,30-37). “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos”. Seguir a Cristo es difícil, pero sólo el que se hace pequeño como él conseguirá cosas grandes.
Evangelio (Mc 9,30-37)
Salieron de allí y atravesaron Galilea. Y no quería que nadie lo supiese, porque iba instruyendo a sus discípulos. Y les decía:
– El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto resucitará a los tres días.
Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle.
Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó:
– ¿De qué hablabais por el camino?
Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo:
– Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos.
Y acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
– El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado.
Comentario
Se va acercando el tiempo de emprender el último viaje hacia Jerusalén, donde Jesús culminará su misión. Se trata de un momento decisivo y, en esas circunstancias, el Maestro habla por segunda vez a los apóstoles de lo que le aguarda al cabo de unas semanas en la ciudad santa.
Allí se desencadenarán los sucesos dramáticos de su pasión que terminarán con la muerte en la Cruz, pero también llegará el acontecimiento glorioso de su resurrección. Las palabras del Señor son claras, pero el evangelista hace notar que “ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle”. Se resisten a admitir lo que Jesús les está diciendo. ¡Qué distinta es la lógica de Dios, que cuenta con el sufrimiento como camino a la gloria, frente a la lógica humana que rehúsa aceptar lo que no se desea ni complace los propios gustos!
Resulta sorprendente lo que sucede en un momento tan importante y cargado de dramatismo. “ ¿De qué hablabais por el camino?” les preguntó Jesús, “pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor” (v. 33), comenta el evangelista.
Mientras Jesús se dirige decididamente hacia la Cruz ninguno de ellos se compadece de los padecimientos que aguardan al Maestro y se apresta a servirle de apoyo, sino que intrigan entre sí buscando egoístamente el propio provecho. ¡Qué torpes! Hubieran merecido justamente el rechazo de Jesús, pero no sucedió así. A pesar de sus evidentes limitaciones personales, Jesús no les retiró su confianza. “Qué decepción la de Cristo. Sin embargo –observa Mons. Ocáriz– les confió la Iglesia, como nos la confía ahora a nosotros, que también caemos en disputas y división”.
“¿Qué nos dice todo esto? –se preguntaba Benedicto XVI– Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre ‘otra’ respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo por boca del profeta Isaías: ‘Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos’ (Is 55, 8). Por esto, seguir al Señor requiere siempre al hombre una profunda conversión –de todos nosotros–, un cambio en el modo de pensar y de vivir; requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente”.
Jesús tiene paciencia con los defectos de aquellos hombres, y les explica su lógica, la lógica del amor que se hace servicio hasta la entrega total: “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos” (v. 35). Y para que les entre por los ojos esta enseñanza “acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (vv. 36-37)
“¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? –comenta san Josemaría– Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: Él ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a Él y al Padre que está en los cielos”.
Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el último. Jesús se identifica con el niño. Él mismo se ha hecho pequeño. En cambio, nosotros, que somos pequeños, nos creemos grandes y aspiramos a ser los primeros porque somos orgullosos. Seguir a Cristo es difícil, pero sólo el que se hace pequeño como él hará cosas grandes.
Francisco Varo
Domingo de la 25º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 16,1-13).
Evangelio (Lc 16,1-13)
Decía también a los discípulos:
— Había un hombre rico que tenía un administrador, al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y le dijo: “¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando”. Y dijo para sí el administrador: “¿Qué voy a hacer, ya que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando me despidan de la administración”. Y, convocando uno a uno a los deudores de su amo, le dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” Él respondió: “Cien medidas de aceite”. Y le dijo: “Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”. Después le dijo a otro: “¿Y tú cuánto debes?” Él respondió: “Cien cargas de trigo”. Y le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochenta”. El amo alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente; porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz.
Y yo os digo: haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas.
Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho. Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro?
Ningún criado puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.
Comentario
Nos encontramos ante un pasaje evangélico que resulta desconcertante, ya que Jesús alaba la sagacidad de alguien que, a primera vista, parece un sinvergüenza que es infiel a su patrón. Sin embargo, atendiendo a algunos pequeños detalles del relato y a lo que era frecuente en el contexto social de Palestina en aquella época, se podría aventurar una posible explicación que ayudase a entender mejor lo que dice el texto.
En el relato del capítulo 16 del evangelio de san Lucas, que es el correspondiente a este domingo, se presenta un personaje con un perfil que resultaba especialmente antipático a las gentes sencillas de Galilea o Judea: un gran terrateniente que vivía al margen de la gestión diaria de sus posesiones, y que había dejado a un hombre de su confianza con la responsabilidad de gestionarlas. De ordinario éste era quien tenía un trato diario y más personal tanto con los trabajadores del campo, como con los mayoristas que adquirían sus productos para luego venderlos por los pueblos. Con frecuencia podría estar en una situación incómoda, sin atreverse a contristar a su amo, aunque sus directrices para el trabajo no fueran justas, por una parte, y contemplando las estrecheces de la gente sencilla para sobrevivir, por otra.
Por lo que aquí se cuenta, se podría interpretar que este administrador tenía unos enemigos que, para quitárselo de en medio, se dirigieron a su amo acusándolo “de malversar la hacienda”. El dueño, por su parte, puede que fuese imprudente por fiarse de los delatores, y llamó directamente a su administrador para pedirle rendición de cuentas, con la decisión tomada de que ya no podría seguir administrando. Parece que se decidió a removerlo de su cargo sin esperar a comprobar si eran ciertas las acusaciones.
Los oyentes de Jesús, al oír al Maestro, tal vez se pusieran inconscientemente de parte del administrador, y más al escuchar el modo en que reaccionó. Fue llamando a los deudores, proponiéndoles cambiar el recibo donde se establecía su deuda, esto es, el precio global que debía pagar en su momento por lo que habían recibido en préstamo. En ese precio se incluía la cantidad prestada, pero con frecuencia se sumaban también de modo abusivo unos intereses, a pesar de que en la legislación bíblica estaba prohibido hacerlo, según se establece en el libro del Éxodo: “Si prestas dinero a uno de mi pueblo, al pobre que vive contigo, no te portarás con él como un usurero; no le exigirás intereses” (Ex 22,24).
Cuando el administrador les propone fijar en los nuevos recibos sólo la cantidad que habían recibido prestada, sin los intereses desmesurados que el propietario les había impuesto (en un caso del cien por cien, y en el otro del veinticinco por ciento), se sentirían, sin duda aliviados, y verían en la infidelidad del administrador respecto a su amo una muestra de honradez, que le abría a ese hombre la puerta para unas buenas relaciones en el futuro, basadas en la confianza de su justicia.
El administrador, siendo infiel a su amo, se hace amigos con las riquezas “injustas” (las que injustamente su patrón quería obtener con la usura). Jesús da por supuesto que no merece alabanza todo su comportamiento, pero lo pone como modelo de inteligencia y sagacidad en la gestión de situaciones complicadas, en un ambiente corrupto. Enseña así a sus oyentes que, para llegar a las “moradas eternas”, a la gloria del cielo, cuando se vive en el mundo real, muchas veces injusto, se requiere prudencia, astucia y actuar con rectitud.
Dice el Papa Francisco que, con esta narración, Jesús “nos lleva a reflexionar sobre dos estilos de vida contrapuestos: el mundano y el del Evangelio. (…) La mundanidad se manifiesta con actitudes de corrupción, de engaño, de abuso (…). En cambio el espíritu del Evangelio requiere un estilo de vida serio –¡serio pero alegre, lleno de alegría!–, serio y de duro trabajo, basado en la honestidad, en la certeza, en el respeto de los demás y su dignidad, en el sentido del deber. Y ¡esta es la astucia cristiana! (…) Fuerte y categórica es la conclusión del pasaje evangélico: ‘Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro’ (Lc 16, 13). Con esta enseñanza, Jesús hoy nos exhorta a elegir claramente entre Él y el espíritu del mundo, entre la lógica de la corrupción, del abuso y de la avidez, y la de la rectitud, de la humildad y del compartir”[1].
[1] Papa Francisco, Ángelus 18 de septiembre de 2016
Francisco Varo
Lunes de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 8,16-18). “Nadie que ha encendido una lámpara la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entran vean la luz”. Dios ha hecho del cristiano antorcha que ilumine el Camino, que muestre la Verdad, que señale dónde está la Vida verdadera. A él le toca corresponder para apartar de su vida todo obstáculo que haga disminuir la luminosidad del Evangelio.
Evangelio (Lc 8,16-18)
Nadie que ha encendido una lámpara la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entran vean la luz. Porque nada hay escondido que no acabe por saberse; ni secreto que no acabe por conocerse y hacerse público. Mirad, pues, cómo oís: porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que piensa tener se le quitará.
Comentario
La parábola de Jesús es sencilla: no tiene sentido encender una luz para que no ilumine, o pretender acoger a unos huéspedes en una casa que está completamente a oscuras. Antes hay que iluminarla, y luego ya los huéspedes pueden habitarla. Del mismo modo, el cristiano es alguien que lleva en su corazón la luz de Cristo, esa «luz verdadera, que ilumina a todo hombre» (Juan 1,9). El cristiano puede iluminar con su vida los lugares oscuros de este mundo. Para que no se le arrebate este poder, ha de perseverar en prestar atención, en «oír» bien, en abrir los oídos del alma a la palabra de Dios y estar siempre dispuesto a ser luz para los demás, para no convertirse en una lámpara apagada.
Esa luz ya fue sembrada en nuestro bautismo. Aquel día Dios nos otorgó la luz de la fe, fuimos hechos “hijos de la luz”. Fue el día más luminoso de nuestra vida. El sacerdote dijo a nuestros padres y padrinos, mientras les entregaba un cirio encendido: “Recibid la luz de Cristo”. Un gesto y unas palabras con los que la Iglesia nos invita a propagar esa luz. No tendría sentido que Alguien tan luminoso para el mundo como es el mismo Dios hecho Hombre quedase oculto, desconocido para las gentes. ¡Cuántos somos todavía los cristianos que brillamos poco con nuestra vida, con el ejemplo de nuestras buenas obras, con la palabra amistosa! Necesitamos pedir cada día a Dios que nos aumente la luz de la fe para que nuestro ejemplo arrastre y nuestra palabra mueva, sin que nos venza la tiniebla del desaliento.
«Es más fácil que el sol no caliente y no alumbre, que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que eso sería que la luz fuese tiniebla»[1]. Dios ha hecho del cristiano antorcha que ilumine el Camino, que muestre la Verdad, que señale dónde está la Vida verdadera. A él le toca corresponder para apartar de su vida todo obstáculo que haga disminuir la luminosidad del Evangelio.
[1] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, n. 15.
Josep Boira
Martes de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 8,19-21). “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen”. Fijarse en María, en cómo medita en su corazón las palabras de su Hijo Jesús, es camino seguro para aprender a escuchar a Dios y cumplir con decisión su voluntad.
Evangelio (Lc 8,19-21)
Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron:
— Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.
Él, en respuesta, les dijo:
— Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen.
Comentario
Contemplamos a Jesús sentado, rodeado de la muchedumbre, a la que instruye con su palabra. Él mismo es la Palabra divina hecha carne, como esa lámpara que no debe ocultarse bajo una vasija, sino que, puesta sobre el candelero (cf. Lucas 8,16), ilumina las conciencias de todos. Entre esa muchedumbre nos encontramos nosotros. Queremos ser como Samuel, de quien dice la Escritura que mientras crecía, su cercanía y atención al Señor era tal que ninguna de las palabras que Dios le dirigía cayó en vacío (cf. 1 Samuel 3, 19); o como María de Betania, que “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Lucas 10,39).
Inesperadamente algunos de los presentes interrumpen a Jesús para avisarle de que fuera están su madre y otros familiares. Andan buscándole, quizá porque la conversación se ha prolongado más de lo debido. Era ya habitual: la muchedumbre gozaba al escuchar al maestro de Nazaret; todos “se quedaban admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas” (Marcos 1,22). Jesús aprovecha la interrupción para desvelar algo inesperado: el verdadero parentesco con Jesús procede, más que de los lazos de la sangre, de la escucha de su palabra.
Así actuaba María, la madre de Jesús: antes de concebirlo en su seno escuchaba a Dios, ponderaba en su corazón esas palabras, y las ponía por obra. Y así dio como fruto virginal al mismo Hijo de Dios. Ella es modelo de los discípulos de Jesús. Escuchándole e identificándonos con sus enseñanzas no solo somos sus discípulos sino que nos convertimos en hermanos de Jesús, hijos de un mismo padre. Solo así podremos dar fruto: que muchos descubran su parentesco con Dios, su filiación divina. Como enseñaba san Josemaría, “ningún hijo de la Iglesia santa puede vivir tranquilo, sin experimentar inquietud ante las masas despersonalizadas: rebaño, manada, piara, escribí en alguna ocasión. ¡Cuántas pasiones nobles hay, en su aparente indiferencia! ¡Cuántas posibilidades! (...)” (San Josemaría, Forja, n. 901).
Josep Boira
Miércoles de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,1-6). “No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas”. Para predicar el Reino de Dios lo indispensable es el amor: querer apasionadamente el bien de nuestros amigos. ¡Señor, aumenta nuestro amor por los demás!
Evangelio (Lc 9,1-6)
Convocó a los doce y les dio poder y potestad sobre todos los demonios, y para curar enfermedades. Los envió a predicar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. Y les dijo:
— No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas. En cualquier casa que entréis, quedaos allí hasta que de allí os vayáis. Y si nadie os acoge, al salir de aquella ciudad, sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Se marcharon y pasaban por las aldeas evangelizando y curando por todas partes.
Comentario
Jesús hace partícipes a los doce de su misma misión. Cuando los escogió los había llamado “apóstoles” (cf. Lucas 6,13), que significa enviados, pues los iba a enviar a realizar lo que él mismo hizo desde el inicio de su vida pública: curar a los enfermos, expulsar demonios, predicar el reino de Dios. Eran tareas que sobrepasaban con mucho las posibilidades humanas de aquellos doce hombres, la mayoría de ellos pescadores, sin una especial preparación. Pero nos sorprende la solicitud con la que responden. Sin apenas equipaje, sin provisiones, se lanzan convencidos de que allí donde vayan y sean bien recibidos, no les faltará nada necesario para su sustento. Saben que Dios les será providente, porque se han fiado del maestro, no de sus propias fuerzas.
Aquellos primeros doce empiezan a sentir sed por la salvación de las almas, la misma que tiene Jesús. Para eso vino al mundo. “Por nosotros y por nuestra salvación, bajó del Cielo”, confesamos en el Credo. Ese afán que nutren los apóstoles es bien distinto del mero deseo de triunfar. Es más, saben que habrán de estar preparados ante los posibles fracasos en su misión, y no tener miedo de dar también allí un claro testimonio, para que aquellos habitantes que les hayan rechazado nunca puedan decir que nadie les dijo nada sobre la buena nueva del reino de Dios. ¿Quién sabe si ese “testimonio contra ellos” al final dará también su fruto? “¡Has fracasado! –Nosotros no fracasamos nunca. –Pusiste del todo tu confianza en Dios. –No perdonaste, luego, ningún medio humano. Convéncete de esta verdad: el éxito tuyo –ahora y en esto– era fracasar. –Da gracias al Señor y ¡a comenzar de nuevo!” (San Josemaría, Camino, n. 404).
En la Iglesia del siglo XXI Jesús no deja de escoger y enviar a nuevos apóstoles, para que, allí donde estén, fiados por completo en su palabra, y participando de la misma sed de almas de Dios, curen a los enfermos del alma y empapen los corazones con la doctrina salvadora de Cristo.
Josep Boira
Jueves de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,7-9). “¿Quién es, entonces, éste del que oigo tales cosas?” La Eucaristía y el Evangelio son caminos seguros para acercarnos a Jesús y para conocerlo más.
Evangelio (Lc 9,7-9)
Herodes el tetrarca oyó todo lo que ocurría y dudaba, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos, otros que Elías había aparecido, otros que había resucitado alguno de los antiguos profetas. Y dijo Herodes:
—A Juan lo he decapitado yo, ¿quién es, entonces, éste del que oigo tales cosas?
Y deseaba verlo.
Comentario
Los evangelios mencionan con cierta frecuencia la fuerte impresión que causaba la figura de Jesús: su porte, su palabra llena de sabiduría y autoridad, los milagros y portentos que realizaba, los exorcismos sobrecogedores y por medio de los cuales, los espíritus impuros obedecían la voz del Mesías y eran expulsados del ámbito de los hombres y de su influencia.
Jesús provocaba en las gentes el asombro y también el afán de conocerlo y saber más sobre Él: ¿Quién era exactamente aquel carpintero de Nazaret, que no tenía estudios, a diferencia de las autoridades religiosas del pueblo, pero que sabía tantas cosas y desplegaba tanta majestad, con una autoridad desconocida hasta entonces?
Para algunos, Jesús sería un profeta, como los famosos hombres de Dios de la historia bíblica. Quizá era Elías, Jeremías o algún otro. Para muchos Jesús se parecía al profeta más cercano en el tiempo que habían conocido: Juan Bautista, al cual había encarcelado y decapitado Herodes, el tetrarca de Galilea.
Llama la atención la creencia en el más allá que las gentes manifestaban, al pensar que Jesús podía ser uno de los profetas que había resucitado. Con este pensamiento, demostraban que la identidad de Jesús era para ellos misteriosa y difícil de interpretar.
En cualquier caso, el evangelio de hoy nos demuestra que, incluso aquellas personas que parecían más alejadas de Dios, como puede ser el caso de Herodes, también se interesaban por Jesús y deseaban verlo, aunque fuera por una curiosidad quizá poco sobrenatural. Jesús suscitaba en todos los corazones el deseo de conocerlo y saber más sobre Él.
Nosotros, gracias a la Iglesia y a las Escrituras, sabemos mucho sobre la identidad de Jesús: sabemos que es el Hijo de Dios encarnado, el Mesías esperado que debía padecer y resucitar y así entrar en su gloria (cfr. Lc 24,26). Nosotros hemos recibido muchas más luces que aquellas gentes que le conocieron en los caminos y aldeas de Galilea. Es lógico por tanto que Jesús encuentre en nosotros un gran afán de conocerlo cada vez más y mejor, para enamorarnos más de Él.
La Eucaristía y el Evangelio son caminos seguros para acercarnos a Jesús y para conocerlo más. Podemos seguir entonces el consejo de San Josemaría: “Trata a la Humanidad Santísima de Jesús... Y Él pondrá en tu alma un hambre insaciable, un deseo ‘disparatado’ de contemplar su Faz. En esa ansia —que no es posible aplacar en la tierra, hallarás muchas veces tu consuelo”[1].
[1] San Josemaría, Vía Crucis, VI Estación, n. 2.
Pablo M. Edo
Viernes de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,18-21). “Estaba haciendo oración y se encontraban con él los discípulos”. La amistad con Jesús nace en la oración y es tan poderosa que cambia nuestras palabras, nuestras obras y nuestros hábitos.
Evangelio (Lc 9,18-21)
Estaba haciendo oración y se encontraban con él los discípulos. Y les preguntó:
—¿Quién dicen las gentes que soy yo?
Ellos respondieron:
—Juan el Bautista. Pero hay quienes dicen que Elías, y otros que ha resucitado uno de los antiguos profetas.
Pero él les dijo:
—Y vosotros ¿quién decís que soy yo?
Respondió Pedro:
—El Cristo de Dios.
Pero él les amonestó y les ordenó que no dijeran esto a nadie.
Comentario
Cuenta el evangelio de hoy que en una ocasión se encontraba Jesús a solas con sus discípulos. Como era su costumbre, Jesús estaba orando. Aquellos ratos de oración con el Maestro debieron imprimirse con fuerza en la memoria de los apóstoles. Muchos de esos episodios sucederían a cielo abierto. Jesús hablaba sin ruido de palabras con su Padre. Quizás de vez en cuando alzaría la mirada a lo alto.
El silencio sería magnífico. Se percibía con nitidez el susurro del viento, cortado por las afiladas hojas de los pinos; o el balar lejano de una oveja que pastaba en la ladera; incluso el revolotear de los pájaros vibraría en el aire, con ráfagas fugaces.
Mientras tanto, los discípulos observarían a su Maestro con gran atención, tratando de imitar su disposición recogida y serena y acompañar su plegaria interior. Judas quizá piensa en sus pequeños afanes y espera inquieto a que aquel rato de oración termine, mientras el joven Juan mira de hito en hito a su Señor. Pedro está sentado también cerca de Jesús y medita quizá en la responsabilidad que va depositando en él el Maestro.
De pronto, la voz hermosa de Jesús quiebra gentilmente el silencio y se descuelga con una pregunta incisiva y dirigida a sus discípulos, sobre el gran misterio de su identidad, ese que todos deberíamos desvelar en esta vida: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”
La pregunta saca a todos de su recogimiento y les deja pensativos. Entonces unos y otros comienzan a narrarle al Maestro lo que han oído sobre Él y sobre su identidad.
Cuando han terminado de ofrecer las distintas versiones de Jesús que se ha forjado la gente, con un contraste muy elocuente, les interroga: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Vosotros, que oráis junto a mí y por eso recibís dones que otros no tienen, “¿quién decís que soy yo?”
La voz resuelta de Pedro interviene entonces atajando toda tentativa: “El Cristo de Dios”.
La amistad con Jesús pide de nuestra parte una respuesta similar y resuelta, llena de fe, como la de Pedro: “Tú eres el Cristo de Dios”. Qué útil resulta la sugerencia de san Josemaría: “Enciende tu fe. —No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: "Jesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula!" —dice San Pablo— ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!” (San Josemaría, Camino, n. 584). Esta convicción confiada y forjada en la oración será tan fuerte que cambiará nuestras palabras, nuestras obras y nuestros hábitos.
Pablo M. Edo
Sábado de la 25° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9, 43b-45). “Pero ellos no entendían este lenguaje (...). Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto”. La lógica de Dios siempre es otra respecto a la nuestra. Por eso seguir al Señor requiere una profunda conversión, un cambio en el modo de pensar y de vivir. Requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.
Evangelio (Lc 9, 43b-45)
Entre la admiración general por lo que hacía, dijo a sus discípulos:
«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.
Comentario
Jesús es admirado allí donde va. La gente se agolpa para escucharlo, para recibir una palabra de aliento, una mirada de ternura; le traen enfermos para que los cure, endemoniados para que los libere. Su fama atraviesa las fronteras de Galilea y Judea.
Los discípulos al contemplar al Señor se llenarían de orgullo y emoción. Además, ellos mismos han participado de su misión: han proclamado el reino de Dios, curando enfermos por todas partes.
De ahí que les resulten chocantes las palabras que les dirige: “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”.
Es verdad que, durante los días previos, ha empezado a anunciar abiertamente lo que le sucederá en Jerusalén; cómo será desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día (Lc 9, 22). Pero se resisten a aceptarlo: no entienden, les resulta oscuro, no son capaces de captar el sentido. Hasta el punto de que les daba miedo preguntarle.
Lucas evidencia que entre Jesús y los discípulos existía cierta diferencia ante lo que dice, de forma que las enseñanzas de Jesús no se terminan de entender.
Ellos tienen en la mente la restauración del Reino de Israel, poder sentarse a derecha e izquierda del Señor cuando esté en su gloria; les gusta discutir sobre quién de ellos será el más grande.
Él empieza a identificarse con el siervo del Dios sufriente, que padece y muere. Servir es la verdadera forma de reinar.
La lógica de Dios siempre es otra respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo a través de Isaías: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (Is 55, 8). Por eso seguir al Señor requiere una profunda conversión, un cambio en el modo de pensar y de vivir. Requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.
Como señala el Papa Benedicto XVI: “Un punto clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo: en Dios no hay orgullo porque Él es toda la plenitud y tiende todo a amar y donar vida; en nosotros los hombres, en cambio, el orgullo está enraizado en lo íntimo y requiere constante vigilancia y purificación. Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a parecer grandes, a ser los primeros; mientras que Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el último (Ángelus, 23-IX-2012).
Luis Cruz

Domingo de la 26º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 21,28-32).
Domingo de la 26° domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 9,38-43.45.47-48). “El que no está contra nosotros, con nosotros está”. El Espíritu Santo actúa sabiamente en cada persona y a través de cada persona. Seamos muy amigos de ese obrar, valorando y aprendiendo del modo de caminar de todos los que viven movidos por nuestra misma fe.
Domingo de la 26º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 16,19-31).
Lunes de la 26° semana del Tiempo Ordinario. “El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado: pues el menor entre todos vosotros, ése es el mayor”. Jesús no quiere apagar nuestro deseo de plenitud, de aspirar a algo grande. Sin embargo, nos hace ver que para ser levantados por los brazos de Dios tenemos que ser sencillos como los niños.
Martes de la 26° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,51-56). “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero él se volvió hacia ellos y les reprendió. Y se fueron a otra aldea”. Con este sencillo gesto, Jesús nos anuncia que nos redime a través de su paciencia. El amor paciente y comprensivo siempre da fruto, aunque sea a largo plazo.
Miércoles de la 26º semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,57-62).“Le dijo: —Sígueme.” Jesús lanza una propuesta que compromete nuestras vidas. Ojalá queramos asociarnos a su misión y recorrer los caminos del mundo para ser altavoces de su misericordia.
Jueves de la 26° semana del Tiempo Ordinario (Lc 10, 1-12). "La mies es mucha, pero los obreros pocos". Las personas a las que debe llegar la misión salvadora de Jesús son muchas, realmente todas. Dios no deja de llamar a cada persona a vivir en intimidad con Él. Lo que espera de nosotros en primer lugar es la oración, el esfuerzo y el deseo de crecer en amistad con Él.
Viernes de la 26° semana del Tiempo Ordinario (Lc 10, 13-16). "Quien a vosotros os oye, a mí me oye". También en la actualidad somos testigos de grandes maravillas que realiza el Señor en nosotros y en personas cercanas. Nos pide que tengamos los sentidos despiertos para escucharle. La voz del Señor se distingue porque nos invita a sacar lo mejor de cada uno de nosotros con una exigencia amable.
Sábado de la 26ª semana del Tiempo Ordinario (Lc 10, 17-24). “No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el Cielo”. Jesús se alegra con la alegría de los Apóstoles cuando experimentan el poder de Dios. A la vez les enseña cuál es la verdadera alegría: la unión de Amor que ya comienza aquí, y que será plena en el cielo.
Domingo de la 26º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 21,28-32).
Evangelio (Mt 21,28-32)
¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Pero él le contestó: “No quiero”. Sin embargo se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: “Voy, señor”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?
— El primero — dijeron ellos.
Jesús prosiguió:
— En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os arrepentisteis después para poder creerle.
Comentario
La escena del Evangelio se sitúa en el Templo de Jerusalén. Jesús estaba allí enseñando a la gente y se acercaron unos príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo, interrumpiéndolo de malos modos y pidiéndole explicaciones acerca de quién le había dado poder para llevar a cabo lo que hacía (cf. Mt 21,23-27). Estos personajes pensaban que sólo ellos estaban capacitados para enseñar al pueblo la ley de Dios, como intérpretes auténticos de la voluntad divina y guías del pueblo elegido por el Señor.
Jesús les responde con una parábola que se ajusta a una temática con una gran tradición en Israel: la distinta reacción de dos hermanos ante un mismo hecho. Los relatos acerca de Caín y Abel, Ismael e Isaac, o Esaú y Jacob eran bien conocidos por aquellos hombres. En este caso, uno de los hermanos presume de querer cumplir la voluntad del padre -como esos personajes que se enfrentan a Jesús-, pero sin embargo no lo hace. En cambio, el otro manifiesta públicamente su rechazo a hacer lo que el padre les ha pedido -como cualquier pecador, que actúa en contra de la ley divina- pero luego recapacita, se arrepiente, y cumple la voluntad de su padre.
Entonces, y ahora, no faltan personas que no tienen nada contra Dios, pero su respuesta a los requerimientos divinos es tan desganada que, a la menor complicación, ya no hacen aquello que debían y, además, se consideran suficientemente excusados de hacerlo. Su práctica religiosa es tan rutinaria que no les inquieta lo más mínimo dejar al margen de sus vidas lo que para Dios es importante.
Las palabras de Jesús son una invitación a reaccionar. “Tú y yo -decía san Josemaría- hemos de recordarnos y de recordar a los demás que somos hijos de Dios, a los que, como a aquellos personajes de la parábola evangélica, nuestro Padre nos ha dirigido idéntica invitación: hijo, ve a trabajar a mi viña. Os aseguro que, si nos empeñamos diariamente en considerar nuestras obligaciones personales, como un requerimiento divino, aprenderemos a terminar la tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que seamos capaces. Quizá en alguna ocasión nos rebelemos -como el hijo mayor que respondió: no quiero-, pero sabremos reaccionar, arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo al cumplimiento del deber”[1].
Jesús conoce bien el corazón humano, y se hace cargo de las dificultades y conflictos con los que hemos de enfrentarnos cada día, tanto en la propia interioridad -la tensión por vencer la pereza o la desgana- como en el ámbito familiar, profesional o entre amigos -el estar más atentos a qué hacen los demás que a ocuparnos de hacer bien lo nuestro, aunque otros no lo hagan. Como observa el Papa Francisco mencionando entre otras esta escena, Jesús “conoce las ansias y las tensiones de las familias incorporándolas en sus parábolas: desde los hijos que dejan sus casas para intentar alguna aventura (cf. Lc 15, 11-32) hasta los hijos difíciles con comportamientos inexplicables (cf. Mt 21, 28-31) o víctimas de la violencia (cf. Mc 12, 1-9)”[2]. Dios se hace cargo de nuestras dificultades, pero aguarda con paciencia nuestra rectificación y nuestra respuesta generosa como la del hijo rebelde.
La conclusión de la parábola tiene palabras fuertes: “en verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios” (v. 31). Esto es, los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que muchos que se llaman cristianos pero que son indolentes. Piensan que ya hacen suficiente, y no dejan que el arrepentimiento de sus culpas ni el amor de Dios toque sus corazones.
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 57.
[2] Francisco, Amoris laetitia, n. 21.
Francisco Varo
Domingo de la 26° domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 9,38-43.45.47-48). “El que no está contra nosotros, con nosotros está”. El Espíritu Santo actúa sabiamente en cada persona y a través de cada persona. Seamos muy amigos de ese obrar, valorando y aprendiendo del modo de caminar de todos los que viven movidos por nuestra misma fe.
Evangelio (Mc 9,38-43.45.47-48)
Juan le dijo:
—Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros.
Jesús contestó:
—No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, con nosotros está. Y cualquiera que os dé de beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.
Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ajustaran al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y fuera arrojado al mar. Y si tu mano te escandaliza, córtatela. Más te vale entrar manco en la Vida que con las dos manos acabar en el infierno, en el fuego inextinguible. Y si tu pie te escandaliza, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la Vida que con los dos pies ser arrojado al infierno. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.
Comentario
El evangelio de hoy nos recuerda diversas enseñanzas de Jesús sobre la vida cristiana. La descripción de Marcos es sobria, pero las palabras, lapidarias, llegan al fondo del alma con gran facilidad. La primera podría glosarse así: Dios da sus dones como considera oportuno, y ojalá fuera siempre motivo de alegría para nosotros ver cómo otras personas los acogen con generosidad y los ponen al servicio del evangelio. Se nos viene a la cabeza la gran variedad y riqueza que hay dentro de la Iglesia y, también, la posibilidad de que nuestro corazón, —que lucha cada día por salir de sí mismo y ser un poco más grande— mire con desconfianza e incluso con cierto rechazo a algunos de los que trabajan junto a nosotros en la viña del Señor. Las palabras de Jesús son nítidas: “no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, con nosotros está”. Ciertamente, solo Dios puede escrutar los corazones y discernir las intenciones. Nosotros debemos guiarnos por indicios externos; por ejemplo: “por sus frutos los conoceréis”. Aunque no del todo, porque no podemos ver los frutos ocultos hasta que salgan a la luz, si es que sabemos verlos.
Jesús nos anima a considerar que él trabaja de una forma oculta en los corazones y a través de los corazones. Que esa acción es única en cada persona. Y que no podemos saber hasta qué punto las obras de otras personas son respuesta dócil, aunque quizá dubitativa, a una inspiración interior del Espíritu Santo. Lo que esas respuestas de amor producen en el alma y en el mundo se nos escapa, no podemos percibirlo, pero Dios sí puede. Por eso se nos recuerda que hay un valor de eternidad en cada acto de verdadero amor, y que ese acto, por el mismo hecho de ser amor, siempre lleva anejo un “salario”, que no es una recompensa sino la consecuencia misma de que haya un poco de “amor nuevo” en el mundo. Oímos, así, las palabras de Jesús como una invitación a valorar la rica acción del Espíritu Santo en las almas y a estrechar los vínculos de comunión con todos, especialmente con los bautizados, rezando unos por otros y aprendiendo de su forma concreta de buscar y llevar a Cristo a las almas.
Las palabras sobre el escándalo son otra cara de lo que Jesús ha dicho antes: deseamos la santidad de los demás con todo nuestro corazón y, por tanto, hacemos todo lo posible por evitar que nuestro ejemplo les desconcierte o les aleje de Dios. Es una invitación a ser custodios los unos de los otros, a velar los unos por los otros en nuestro camino diario. No somos islas, no somos personas indiferentes a lo que nuestra forma de hablar y actuar produce en los demás. Ciertamente, no podemos pedir a todos su consejo antes de dar un paso. Pero el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones, y eso nos permite pensar y obrar participando de la sabiduría divina. No hacemos las cosas simplemente porque a nosotros nos parecen bien y ya está. Esto no quiere decir que nos dejemos llevar por lo que piensan los demás, y eso nos haga ocultar nuestra condición cristiana. Es otra cosa.
Dar importancia al escándalo es vivir con la conciencia de que nuestras obras no se quedan nunca solo en nosotros mismos. Tenemos debilidades, pero, al mismo tiempo que nos esforzamos con ilusión por gobernarlas, intentamos no herir, con lo que ven en nosotros, ni a los “fuertes” ni a los “débiles”. Es más, Jesús nos recuerda que hay personas especialmente débiles y frágiles. Entre ellas se encuentran los niños, a los que les ayuda tanto tener buenos modelos a los que les puede hacer tanto daño el no tenerlos o el tenerlos malos. También podríamos poner ahí a los que están dando sus primeros pasos en la fe, a las personas que se amparan en nosotros, etc.
Del caminar de tantos que nos han precedido aprendemos mucho: de su esfuerzo por conocer lo mejor posible las propias fragilidades, de la ilusión por llegar a sus raíces para poder sanar lo enfermo, de la ayuda a la que acudieron o aceptaron. Porque este camino no se puede recorrer solos: ¡cuánto necesitamos un buen acompañamiento espiritual!, ¡cuánto bien nos hace desear, lo más que podamos, que los que nos rodean avancen con alegría y esperanza en el camino de la santidad! Eso, en parte, Dios lo ha puesto en nuestras manos.
Juan Luis Caballero
Domingo de la 26º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 16,19-31).
Evangelio (Lc 16,19-31)
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos:
Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. Un pobre, en cambio, llamado Lázaro, yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en los infiernos, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta del dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas». Contestó Abrahán: «Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí hasta vosotros, no pueden; ni tampoco pueden pasar de ahí hasta nosotros». Y dijo: «Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos». Pero replicó Abrahán: «Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan!» Él dijo: «No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán». Y le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos».
Comentario
Este domingo contemplamos la célebre parábola del hombre rico y el pobre Lázaro. Según dice Lucas unos versículos antes, Jesús la dirigió a los “amantes del dinero, que se burlaban de él” (v. 14). El relato tiene mucha densidad de significado y hoy podemos meditar sobre algunos puntos de su mensaje.
Lo primero que salta a la vista del personaje rico es que no tiene nombre. Posee en cambio una ingente riqueza que le permite dar espléndidos banquetes a diario. También viste prendas muy costosas para subrayar su posición social y el poder adquisitivo de que goza. En efecto, la púrpura era un tinte lujoso de color muy duradero elaborado a base de moluscos de mar, y el lino finísimo solía traerse directamente de Egipto. Eran telas propias de monarcas. En cierto sentido, este rico encarna de forma anónima y plana a todas las personas y sociedades opulentas.
En cambio, el pobre de la parábola sí tiene nombre. Es alguien concreto para Jesús: lo llama muy a propósito “Lázaro”, forma griega de Eleazar, que significaba en hebreo “Dios ha ayudado”. Este personaje refleja a todas las personas que padecen necesidad o sufren injustamente. Nos recuerda también a Lázaro, el amigo enfermo que Jesús resucitó en Betania, según cuenta san Juan, y que el Sanedrín decidió matar (cfr. Jn 11).
Jesús emplea algunas categorías conocidas en el judaísmo de su tiempo para explicar el destino final del rico y el pobre Lázaro. El relato no parece interesado tanto en describir cómo es el mundo futuro, sino en subrayar dos cosas: la inmortalidad del alma y la justa retribución divina por todas nuestras acciones. El hombre rico acaba mal y es condenado al Hades. En medio de su tormento, pide a Abrahán que alerte a sus hermanos del castigo que les espera con una señal más llamativa que las meras Escrituras. El rico evidencia en todo su proceder la actitud de quienes piden milagros para creer y, a la vez, culpan a Dios de su indiferencia religiosa y su forma de vivir.
Jesús advierte de que esta mentalidad vuelve tan ciegos a los hombres, que no creerían aunque viesen un muerto resucitar. De hecho, el rico ni siquiera era capaz de ver el signo visible que Dios ponía delante de su puerta todos los días: el pobre enfermo y hambriento al que solo se acercaban los perros para lamerle las heridas. Por eso el rico mereció el castigo. Como aclara San Juan Crisóstomo, el personaje “no era atormentado porque había sido rico, sino porque no había sido compasivo”[1]. Jesús señala así el peligro que nos acecha a todos y en especial a los que poseen bienes: la indiferencia hacia los demás y hacia los que sufren; lo que el Papa Francisco ha llamado repetidamente la cultura del descarte[2].
La parábola nos anima pues, entre otras cosas, a vivir de forma personal y colectiva las obras de misericordia, como una forma clara de atajar la indiferencia. En la medida en que podamos, hemos de procurar remediar la indigencia humana, la cual, como dice el Catecismo, “no abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa”[3]. En este sentido, san Gregorio Magno explicaba que “cuando damos a los pobres las cosas indispensables, no les hacemos favores personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia”[4].
Por otro lado, a los que sufren les acecha también el peligro de la desconfianza hacia Dios, que parece no escuchar y que deja hacer y triunfar al cínico y al poderoso, a quienes se querría criticar y denunciar por sus abusos. El silencio manso y elocuente del pobre Lázaro nos invita a ser fieles y confiar en Dios, que sabe premiar la virtud y retrasa todo lo posible el castigo, hasta preferir ser acusado de indolente antes de dejar de ser compasivo. La figura de Lázaro (“Dios ha ayudado”) nos anima a rezar por los demás y a vivir la paciencia que, como dice san Josemaría, “nos impulsa a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino se mejoran con el tiempo”[5].
[1] San Juan Crisóstomo, Hom. 2 in Epist. ad Phil.
[2] Papa Francisco, Homilía, 17 de marzo de 2018.
[3] CIC, n. 2444.
[4] S. Gregorio Magno, Serm. past. 3,21.
[5] San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 78.
Autor???
Lunes de la 26° semana del Tiempo Ordinario. “El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado: pues el menor entre todos vosotros, ése es el mayor”. Jesús no quiere apagar nuestro deseo de plenitud, de aspirar a algo grande. Sin embargo, nos hace ver que para ser levantados por los brazos de Dios tenemos que ser sencillos como los niños.
Evangelio (Lc 9,46-50)
Les vino al pensamiento cuál de ellos sería el mayor. Pero Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, acercó a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
—El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado: pues el menor entre todos vosotros, ése es el mayor.
Entonces dijo Juan:
—Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros.
Y Jesús le dijo:
—No se lo prohibáis, pues el que no está contra vosotros con vosotros está.
Comentario
En el Evangelio de la Misa de hoy, Jesús nos propone un camino privilegiado para poder tratarlo: es el camino de la sencillez. Mientras sus discípulos se enredan con pensamientos sobre quién sería el mayor entre ellos, el Señor realiza el pequeño pero significativo gesto de abrazar a un niño. Los discípulos aprenderían, así, que quien es sencillo como un niño puede ser levantado por los brazos de Dios y alcanzar la grandeza de sus hijos.
Jesús no quiere apagar el deseo de plenitud de sus discípulos, de aspirar a algo grande. Sin embargo, les hace ver que si se dejan atrapar por las comparaciones perderán inútilmente sus energías, porque para ser grandes no necesitamos que los demás sean más pequeños que nosotros.
Tampoco nos ayuda dejarnos llevar por el afán de controlar la actividad de los demás o perder la paz si realizan una buena labor fuera de la nuestra, ya que «el que no está contra vosotros, con vosotros está» (v. 50). La nueva lógica que propone el Señor nos ayuda a sanear las relaciones en el seno de nuestras familias, del trabajo y, especialmente, de la vida de la Iglesia. Por eso, san Josemaría animaba: «Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados»[1].
Todos somos pequeños delante de Dios y los dones que Él distribuye entre sus hijos son una riqueza para todos nosotros. Recordar esto nos ayudará a superar las rivalidades sin sentido, y a ver en la persona de al lado más que a un competidor, a un hermano, a alguien con el que podemos crecer juntos para alcanzar la gloria del Cielo.
[1] Camino, n. 965.
Rodolfo Valdés
Martes de la 26° semana del Tiempo Ordinario (Lc 9,51-56). “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero él se volvió hacia ellos y les reprendió. Y se fueron a otra aldea”. Con este sencillo gesto, Jesús nos anuncia que nos redime a través de su paciencia. El amor paciente y comprensivo siempre da fruto, aunque sea a largo plazo.
Evangelio (Lc 9,51-56)
Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su ascensión, decidió firmemente marchar hacia Jerusalén. Y envió por delante a unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron:
—Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?
Pero él se volvió hacia ellos y les reprendió. Y se fueron a otra aldea.
Comentario
El breve episodio que nos narra san Lucas en el evangelio de hoy nos sirve para meditar en la grandeza de la paciencia.
Comienza una nueva etapa en la misión del Maestro: «Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su ascensión, decidió firmemente marchar hacia Jerusalén» (v. 51). El Señor está determinado en ir hacia la ciudad santa, donde daría la vida por nosotros. Su voluntad es firme, pero se encuentra rápidamente con un obstáculo: la gente del pueblo por el que pasaría no quieren recibirlo.
Santiago y Juan no toleran la falta de hospitalidad de los samaritanos y piden un castigo ejemplar: ¡que arda el pueblo! La reacción de los apóstoles puede parecer totalmente desproporcionada. Sin embargo, el Antiguo Testamento recoge algunos pasajes de castigos fuertísimos a pueblos enteros, e incluso en los Salmos se pueden encontrar peticiones tan duras contra los adversarios como: «Que les caigan encima ascuas encendidas, que los arroje en el abismo profundo y no puedan levantarse» (Salmo 140,11). Quizá Santiago y Juan piensan que esos castigos ejemplares de antaño tendrían que repetirse entonces.
Pero Jesús los reprende. Nos anuncia ya, con este sencillo gesto, cuál va a ser su actitud ante la gente que lo rechazará en el momento de la Pasión. Su respuesta es la paciencia. Jesús nos ha salvado a través de su paciencia. Lo comentaba Benedicto XVI al iniciar su pontificado: «El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[1].
El evangelio nos dice que Jesús sigue su camino por otra ruta. Jesús está dispuesto a condescender, pero no se detiene en su misión. La paciencia y la comprensión no son aliadas de la pasividad; al contrario, estas virtudes nos permiten encontrar las soluciones más efectivas, que no suelen ser intempestivas o violentas. El amor paciente siempre da fruto, aunque sea a largo plazo.
[1] Benedicto XVI, Homilía en el inicio de su pontificado, 24 de abril de 2005.
Rodolfo Valdés
Jueves de la 26° semana del Tiempo Ordinario (Lc 10, 1-12). "La mies es mucha, pero los obreros pocos". Las personas a las que debe llegar la misión salvadora de Jesús son muchas, realmente todas. Dios no deja de llamar a cada persona a vivir en intimidad con Él. Lo que espera de nosotros en primer lugar es la oración, el esfuerzo y el deseo de crecer en amistad con Él.
Evangelio (Lc 10, 1-12)
Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía:
–La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”. Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca”. Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad.
Comentario
De los que le siguen, Jesús elige a setenta y dos para que se adelanten y anuncien a los pueblos a los que él irá un mensaje muy concreto: el Reino de Dios está cerca.
Antes de enviarlos, les advierte que la mies es muy extensa: las personas a las que debe llegar el Reino de Dios son muchas, todas, porque Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2,4). Los que deben proclamar el mensaje son, en cambio, pocos. Ante esta realidad, lo primero que debemos hacer es rogar a Dios que envíe más obreros a su mies.
Con esta enseñanza de Jesús, nos queda claro que el protagonista de la salvación es Él, no nosotros; que los medios más importantes para llevar a los corazones la fe no son los medios humanos, sino los sobrenaturales. Lo primero no es poner en marcha actividades apostólicas, hablar, escribir, moverse de un lado a otro del mundo. Lo primero es orar. El apostolado solo será eficaz si se fundamenta en la oración, en la unión de amor con Dios.
¿Y quiénes son esos obreros que tanta falta hacen? Todos los cristianos: laicos, sacerdotes, religiosos... Todos estamos llamados por Dios a llevar al mundo entero la buena noticia de la salvación: Jesús es el Cristo, el Mesías; ha muerto y resucitado por nosotros; ha venido a instaurar el Reino de Dios en el mundo y en el corazón de cada hombre.
El Concilio Vaticano II ha querido hacer un llamamiento especial a los laicos, recordándoles que es el propio Señor el que los invita «a que se le unan cada vez más íntimamente y a que, sintiendo como propias sus cosas (cf. Filipenses 2,5), se asocien a su misión salvadora; de nuevo los envía a todas las ciudades y lugares a donde Él ha de ir (cf. Lucas 10,1), para que, con las diversas formas y maneras del único apostolado de la Iglesia que deberán adaptar constantemente a las nuevas necesidades de los tiempos, se le ofrezcan como cooperadores, abundando sinceramente en la obra del Señor»[1].
[1] Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 33.
Tomás Trigo
Viernes de la 26° semana del Tiempo Ordinario (Lc 10, 13-16). "Quien a vosotros os oye, a mí me oye". También en la actualidad somos testigos de grandes maravillas que realiza el Señor en nosotros y en personas cercanas. Nos pide que tengamos los sentidos despiertos para escucharle. La voz del Señor se distingue porque nos invita a sacar lo mejor de cada uno de nosotros con una exigencia amable.
Evangelio (Lc 10, 13-16)
"¡Ay de ti Corozaín! ¡Ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón hubieran sido realizados los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia sentados en saco y ceniza. Sin embargo en el Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras.
Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta los infiernos vas a descender!
Quien a vosotros os oye, a mí me oye; y quien a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado.
Comentario
El Señor abre su corazón con lamentos de amor. Después de haber instruido a setenta y dos de sus discípulos para la primera misión apostólica, se lamenta de la dureza de corazón y de la ceguera ante el anuncio de la llegada del Reino de Dios de aquellas ciudades que habían presenciado tantos y tan grandes milagros. Para removerlos el Señor les habla del juicio y del infierno, de la reprobación de aquellos que rechazan la paz, que se manifiesta en Cristo, nuestro Señor.
Hoy seguimos siendo testigos de grandes milagros, no solamente en las causas de beatificación o de canonización, también de tantas maravillas que obra la gracia en nosotros y en personas cercanas y, si no fuera así, tendríamos que clamar: ¡Señor, que vea! (Marcos, 10, 51) Que vea las maravillas que realiza tu misericordia.
Es posible que Cristo pase con frecuencia a nuestro lado y nos hable con las palabras de un amigo o de un sacerdote, y no le prestemos atención o despreciemos lo que nos dicen, porque nuestros pensamientos son otros. Viene bien en tales casos recordar lo que nos dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: 'Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones' (Hebreos, 3, 15), abre de par en par las puertas a Cristo.
La voz del Señor se distingue porque nos invita a sacar nuestro mejor yo en los distintos momentos de nuestra vida con una exigencia amable. Y lo hace, porque está en juego nuestra felicidad y la de otros. No solo la mala voluntad es causa del endurecimiento del corazón, también la desidia, la pereza que conduce a rechazar los requerimientos divinos con un no o con un mañana, luego, después[1].
[1] cfr. Camino, n. 251
Miguel Ángel Torres-Dulce
Sábado de la 26ª semana del Tiempo Ordinario (Lc 10, 17-24). “No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el Cielo”. Jesús se alegra con la alegría de los Apóstoles cuando experimentan el poder de Dios. A la vez les enseña cuál es la verdadera alegría: la unión de Amor que ya comienza aquí, y que será plena en el cielo.
Evangelio (Lc 10, 17-24)
Volvieron los setenta y dos con alegría diciendo:
–Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.
Él les dijo:
–Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el Cielo.
En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:
–Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:
–Bienaventurados los ojos que ven lo que veis. Pues os aseguro que muchos profetas quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.
Comentario
Los discípulos regresan de su misión y se muestran entusiasmados por haber experimentado el poder que el Señor les había concedido de hacer milagros.
Jesús confirma que les ha dado poder sobre el enemigo y se alegra de la derrota del diablo, pero, a la vez, les enseña cuál debe ser el verdadero motivo de su alegría: la esperanza del cielo.
Jesús reorienta nuestra mirada. En esta vida hay muchas cosas agradables, regalos de Dios a sus hijos, pero lo que más nos debe alegrar e ilusionar es la unión de Amor que ya comienza aquí, y que será plena en el cielo.
¿Qué es el cielo? «Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad –nos dice el Catecismo–, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (n. 1024).
Quizá pensamos poco en el cielo. Pensar en el cielo, en la felicidad eterna con Dios, fomenta la esperanza, nos llena de alegría, y hace que nos enfrentemos a las dificultades de esta vida con la serenidad de quién sabe que son camino para llegar al Amor. Y ese pensamiento no nos lleva a desentendernos de nuestros deberes en la tierra. Todo lo contrario. El cielo se lo da Dios a quienes tratan de hacer de esta tierra, con su amor y entrega a los demás, una antesala del cielo.
De pronto, Jesús se llena de gozo en el Espíritu Santo y manifiesta su alegría al ver que los pequeños y humildes reciben la palabra de Dios. Los que renuncian a la soberbia, entienden la Palabra, creen en Jesús. Los sabios y prudentes, es decir, los que se creen sabios con su propia sabiduría y no reconocen con humildad su ignorancia, permanecen ciegos para ver. Sobre todo, para ver en Jesús al Mesías, al enviado por Dios, a Dios mismo.
A continuación, Jesús nos manifiesta de un modo sencillo y sublime que es igual al Padre. No podemos conocer que Jesús es Dios si el Padre no nos da la gracia de la fe. Y no podemos conocer quién es el Padre si Jesús no nos lo revela.
Los discípulos son llamados bienaventurados, felices, por haber visto y oído a Jesús, por haber creído en Él. La fe es un don de Dios, el don más grande, pues sin la fe no hay salvación. Pero es preciso que el hombre se abra a ese don con humildad y responda a él con todo su corazón.
Tomás Trigo

Domingo de la 27° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 21, 33-46).
Domingo de la 27° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 10, 2-16). “Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto”. El secreto de esta vida no es que seamos perfectos, fuertes, simpáticos, sin defectos. El secreto de la vida es llegar a ser amados en nuestra debilidad y fragilidad y amar al otro en su debilidad y fragilidad. Es poder decir: soy fiel a la persona a la que amo.
Domingo de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 17,5-10).
Lunes de la 27° semana del Tiempo Ordinario (Lc 10,25-37). “¿Y quién es mi prójimo?”. En ningún sitio encontraremos unas indicaciones concretas. El prójimo es siempre aquel que tenemos al lado, con el que debemos implicar toda nuestra vida, según las posibilidades que cada situación nos ofrezca.
Martes de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Lc 10, 38-42). “Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas”. Es Jesús el que sale a nuestro encuentro y nos alcanza. Pero para poder ser alcanzados, debemos ser personas de escucha, dispuestas a renovar nuestra forma de pensar una y otra vez, y así poder abrirnos realmente a lo nuevo que Dios nos ofrece.
Miércoles de la 27° semana del Tiempo Ordinario (Lc 11,1-4). “Señor, enséñanos a orar”. Sólo el Espíritu Santo puede capacitarnos para dirigirnos a Dios como a un Padre. Pero nosotros estamos llamados a despertar en los que nos rodean, con nuestra oración, el deseo de encontrarse con el Padre.
Jueves de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Lc 11, 5-13). “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá”. Jesús nos desvela el amor de Dios por sus Hijos y su deseo de dar generosamente a aquellos que le piden con confianza filial. Basta tomar conciencia de nuestra dignidad y saber que nuestro Padre Dios está pronto a darse, a salir al encuentro, a abrir la puerta de su amor.
Viernes de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Lc 11, 15-26). “Otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo”. Para poder reconocer en Jesús al mismo Dios hecho carne es necesario abrirnos a la acción del Espíritu Santo para ser purificados por dentro y limpiar nuestra mirada de puntos de vista demasiado humanos.
Sábado de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Lc 11, 27-28). “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”. El Señor nos invita a una actitud proactiva delante de su enseñanza: escuchar lo que nos dice y actuar en consecuencia, dejándose transformar por su Palabra.
Domingo de la 27° semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 21, 33-46).
Evangelio (Mt 21, 33-46)
Escuchad otra parábola:
—Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad». Y, lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
Le contestaron:
—A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.
Jesús les dijo:
—¿Acaso no habéis leído en las Escrituras:
La piedra que rechazaron los constructores,
ésta ha llegado a ser la piedra angular.
Es el Señor quien ha hecho esto
y es admirable a nuestros ojos?
»Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos. Y quien caiga sobre esta piedra se despedazará, y al que le caiga encima lo aplastará.
Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.
Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta.
Comentario
A medida que se acerca el final de la vida terrena de Jesús, los discursos del evangelio según san Mateo van adquiriendo un tono más escatológico, es decir, relacionado con el destino final de todas las cosas, tanto el de los contemporáneos de Jesús, como el destino final universal. Ahora que nuestro calendario litúrgico se va acercando también a su conclusión —quedan varias semanas para completar las 33 habituales—, las palabras del Maestro resuenan con especial actualidad.
El propio Jesús anima a escuchar con atención su parábola: el dueño de una propiedad plantó una viña y la dispuso con esmero para que diera fruto: “la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre” (v. 33). El dueño arrenda la viña a unos labradores; les hace así partícipes de su prosperidad, a la vez que cuenta con su esfuerzo personal para que la viña dé fruto.
Pero los labradores no solo omitieron su deber, sino que además despreciaron e incluso mataron a los siervos que envió el dueño para reclamar el fruto de la viña, en la que tantos cuidados había puesto. Más aberrante aún fue su conducta cuando mataron al hijo del dueño, cuando este se lo envió. A todas luces, aquellos labradores de la parábola obraron injustamente. Cualquiera diría que eran unos “malvados” (v. 41), como los mismos oyentes de Jesús los denominan.
Con esta parábola, de lectura tan evidente y dramática, Jesús denuncia por contraste la actitud de los dirigentes del pueblo, quienes despreciaron y aniquilaron a los profetas que Dios les envió; y, sobre todo, denuncia por anticipado el rechazo que iban a hacer del mismo Hijo de Dios, al cual echarán fuera de Jerusalén y lo matarán, como hacen los labradores con el hijo del dueño de la viña.
Por extensión, la parábola no solo denuncia la conducta de los contemporáneos de Jesús, sino también la actitud indiferente e incluso hostil que podemos manifestar los hombres ante la acción de Dios, siempre solícito e interesado por nuestro bien, y que envía a personas que pueden ayudarnos a dar fruto, pero a quienes quizá rechazamos porque nos incomodan. La bondad divina, que nos ofrece su gracia y sus cuidados, como los que tiene el dueño de la parábola con su viña y tuvo Dios con Israel, reclama de nuestra parte la buena voluntad de querer dar frutos de virtud y santidad; de aprovechar la gracia y no rechazar a quien demanda su fruto en nosotros.
Por otro lado, aunque la parábola tiene un tinte trágico, las palabras de Jesús ofrecen también un mensaje de esperanza. Como explicaba el Papa Francisco, si bien el dueño de la viña tenía derecho a vengarse, así como Dios podría vengar a su Hijo crucificado, sin embargo, “la desilusión de Dios por el comportamiento perverso de los hombres no es la última palabra. Está aquí la gran novedad del cristianismo: un Dios que, incluso desilusionado por nuestros errores y nuestros pecados, no pierde su palabra, no se detiene y sobre todo ¡no se venga!”[1]
“Hermanos y hermanas, —seguía diciendo el Papa— ¡Dios no se venga! Dios ama, no se venga, nos espera para perdonarnos, para abrazarnos. A través de las «piedras de descarte» —y Cristo es la primera piedra que los constructores han descartado— a través de las situaciones de debilidad y de pecado, Dios continúa poniendo en circulación el «vino nuevo» de su viña, es decir, la misericordia: este es el vino nuevo de la viña del Señor: la misericordia. Hay solo un impedimento frente a la voluntad tenaz y tierna de Dios: nuestra arrogancia y nuestra presunción, ¡que se convierte en ocasiones en violencia! Frente a estas actitudes y donde no se producen frutos, la palabra de Dios conserva todo su poder de reproche y advertencia: «se os quitará el reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos» (v. 43)”[2].
[1] Papa Francisco, Ángelus, 8 de octubre de 2017.
[2] Idem.
Pablo M. Edo
Domingo de la 27° semana del tiempo ordinario (Ciclo B: Mc 10, 2-16). “Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto”. El secreto de esta vida no es que seamos perfectos, fuertes, simpáticos, sin defectos. El secreto de la vida es llegar a ser amados en nuestra debilidad y fragilidad y amar al otro en su debilidad y fragilidad. Es poder decir: soy fiel a la persona a la que amo.
Evangelio (Mc 10, 2-16)
Se acercaron entonces unos fariseos que le preguntaban, para tentarle, si le es lícito al marido repudiar a la mujer.
Él les respondió: —¿Qué os mandó Moisés?
Moisés permitió escribir el libelo de repudio y despedirla —dijeron ellos.
Pero Jesús les dijo: —Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto. Pero en el principio de la creación los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Una vez en la casa, sus discípulos volvieron a preguntarle sobre esto.
Y les dijo: —Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.
Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían.
Al verlo Jesús se enfadó y les dijo: —Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.
Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos.
Comentario
En este evangelio, Jesucristo aprovecha una pregunta capciosa de los fariseos para hablar del estatuto íntimo de toda relación: el amor que se entrega, que se dona, que da vida.
Le preguntan si, tal y como está dicho en la Escritura, un hombre puede repudiar a su mujer. Jesucristo les mostrará otro camino, otra lógica. El camino y la lógica de las cosas divinas.
El punto de partida es una pregunta sobre la licitud: ¿es lícito o no lo es? Ahora bien, esa pregunta, en el ámbito del amor, es una pregunta mediocre. La lógica de lo lícito o ilícito es la lógica de lo que se puede hacer o no, la lógica de los derechos y deberes, la lógica de los límites de la acción de uno y de la acción del otro, la lógica, en el fondo, de la propia afirmación personal. Y esa lógica llena de tristeza el corazón, lo endurece. Podemos hacer cientos de actos lícitos y, sin embargo, que estén vacíos de amor.
La lógica divina es otra. Está más allá de la lógica humana de los fariseos. Porque el amor va más allá de lo debido.
Nadie que se enamora le dice a la otra persona: “contigo podré cumplir lo que es lícito y evitar lo que es ilícito”. Ese amor muere. Porque el amor requiere el encuentro, compartir la intimidad, abrazar las debilidades y fragilidades del otro, perdonarse, descubrir la belleza de la persona amada, ser fecundos, soñar juntos, …
Cuando uno se queda en la lógica de esto se puede hacer, esto no; cuando nos cerramos a la novedad, nos cerramos al amor. Ya no hay relación de amor, sino relación de interés.
Jesucristo propone una nueva perspectiva: nos habla del principio de la creación, del proyecto de Dios. Hay un diseño de vida y belleza para nuestras vidas.
Si uno vive la vida, la relación con Dios y con los demás, reducido a lo que es lícito o ilícito, la vive de modo frío y estático. Si, en cambio, la vive sabiendo que Dios la está mirando con admiración, uno se dará cuenta de que Dios forma parte de la propia historia, de que quiere vivir la vida de cada uno desde el amor.
Si uno sabe que Dios le está mirando con admiración, se dará cuenta de que los defectos del otro (marido, mujer, hijos, hermanos, amigos, …) forman parte de la propia aventura para aprender el arte de amar, el arte de asemejarse a Jesús.
¿Cuándo hay que amar al otro? ¿Sólo cuando es perfecto, sin defectos, simpático, puntual, útil; o más bien, cuando es débil, frágil, pobre y se equivoca?
Todos estamos llamados a relaciones de fidelidad, relaciones donde tendremos siempre millones de excusas para repudiar al otro (marido, mujer, hijos, hermanos, familiares, amigos, compañeros, …).
Pero, si el otro solamente tiene derecho al amor cuando se lo merece, entonces uno no sabe amar, tiene un corazón de piedra, endurecido. En ese corazón no está la imagen esplendorosa de Dios. Está ofuscada, escondida.
Y para entender esto es preciso aprender el arte de la pequeñez y de la debilidad, el arte de ser como niños. La segunda parte del evangelio no está ahí por casualidad.
Amar de verdad, requiere estar en la vida como los niños, como quienes tienen siempre algo nuevo que aprender. Aprender de las dificultades, de las tribulaciones, de las desilusiones.
Si el otro está en función de nuestra propia realización, de lo que debe, de lo que sirve; el otro siempre será insuficiente. Por el contrario, si uno percibe esa mirada de Dios sobre uno y sobre los demás, querrá aprender de esa mirada cada día: como un niño aprende de la mirada amorosa de sus padres.
El secreto de esta vida no es que seamos perfectos, fuertes, simpáticos, sin defectos. El secreto de la vida es llegar a ser amados en nuestra debilidad y fragilidad y amar al otro en su debilidad y fragilidad. Es poder decir: soy fiel a la persona a la que amo.
Y Jesucristo siempre viene en ayuda de nuestra debilidad. No hay ninguna relación que no esté llamada a experimentar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo: la capacidad de perderse a sí mismo para ganar al otro, para dar vida al otro, para darse al otro en todas las situaciones. Nuestra grandeza inicia cuando, en Jesucristo, nos perdemos por amor, cuando nos atrevemos a entrar en su lógica de la eternidad, de la donación, de la entrega.
Luis Cruz
Domingo de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 17,5-10).
Evangelio (Lc 17,5-10)
Los apóstoles le dijeron al Señor:
— Auméntanos la fe.
Respondió el Señor:
— Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería.
Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado y regresa del campo, ¿acaso le dice: “Entra enseguida y siéntate a la mesa”? Por el contrario, ¿no le dirá más bien: “Prepárame la cena y disponte a servirme mientras como y bebo, que después comerás y beberás tú”? ¿Es que tiene que agradecerle al siervo el que haya hecho lo que se le había mandado? Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”.
Comentario
En este pasaje del evangelio se distinguen claramente dos partes. En la primera, Jesús habla de la fuerza eficaz que tiene la fe. En la segunda, ilustra con un ejemplo el hecho de que la fe, si es verdadera, ha de manifestarse en una actitud de servicio desinteresado.
Las palabras de Jesús acerca de la fe en la primera parte, son análogas a las recordadas por Mateo y Marcos en sus evangelios. Allí se dice que quien tenga fe podrá decir a un monte: “arráncate y échate al mar”, y la montaña le obedecería (cf. Mt 21,21 y Mc 11,22-24). Aquí se expresa, de modo muy gráfico, que bastaría una fe “como un grano de mostaza”, una semilla pequeñísima, de apenas un milímetro de diámetro, para decirle a una morera: “arráncate y plántate en el mar”, y que obedeciese. La morera es un árbol grande, con raíces poderosas y extendidas, muy difícil de arrancar, y, además, imposible de hacerlo crecer en el agua. El ejemplo de la morera, firmemente sostenida con fuertes raíces, está muy en consonancia con el modo en que Jesús comienza su respuesta: “Si tuvierais fe…”. La palabra “fe”, en hebreo ’emunah, tiene la misma raíz que el verbo “creer” (he’emin) que también significa “estar bien afianzado”, “tener fortaleza”. Lo que Jesús quiere expresar está bastante claro: la fe proporciona un apoyo sólido que permite afrontar retos impensables, tareas grandiosas, humanamente imposibles. A quien tiene fe, esto es, al que se apoya confiadamente en Dios, no hay nada que se le resista, por eso dirá Jesús en otra ocasión que “todo es posible para el que cree” (Mc 9,23).
Un requisito básico de la fe que proporciona fortaleza con el apoyo de Dios es la humildad, que implica el reconocimiento de la propia debilidad. Dios es el protagonista de la historia de la salvación y nos invita a colaborar en ella como buenos servidores suyos: de eso habla la segunda parte de este pasaje evangélico. A quien sirve desinteresadamente a los demás por amor a Dios, “le aliviará saber –dice Benedicto XVI- que, en definitiva, él no es más que un instrumento en manos del Señor; se liberará así de la presunción de tener que mejorar el mundo —algo siempre necesario— en primera persona y por sí solo. Hará con humildad lo que le es posible y, con humildad, confiará el resto al Señor. Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas”[1].
El ejemplo que propone Jesús en la segunda parte de este pasaje del evangelio, en un texto propio de Lucas, enseña que fe y servicio no se pueden separar, sino que están íntimamente unidos. Un servicio intenso y sacrificado, como el de aquel servidor que trabajó toda la jornada y al regresar a casa, cansado y hambriento, todavía se puso a preparar la cena a su amo, sin quejarse y sin pensar que hacía nada extraordinario. El ejemplo que propone Jesús es muy exigente. En nuestro tiempo, uno podría pensar que aquel hombre necesitaría de los buenos consejos de un abogado laboralista sobre cómo reivindicar sus derechos frente a un patrón así. Pero ese servicio total que reclama Jesús es el mismo que él realizó: “el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos” (Mc 10,45). La fe hace milagros, pero cuando se manifiesta en hechos de servicio, siguiendo el ejemplo de Jesús. Por tanto, no estamos llamados a servir para tener una recompensa, sino para imitar a Dios, que se hizo siervo por amor nuestro.
San Josemaría, consciente de que una fe que se manifieste en obras de servicio es un don sobrenatural que sólo Dios puede infundir e intensificar en el alma, manifestaba en una ocasión: “Todos los días, no una vez sino muchas (...), le diré algo que le pedían los Apóstoles (...): adáuge nobis fidem! (Lc 17, 5), auméntanos la fe. Y añado: spem, caritátem; auméntanos la fe, la esperanza y la caridad”[2].
[1] Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, n. 35.
[2] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 7-IV-1974. Citado por Javier Echevarría, Carta 29 de septiembre de 2012, n. 12.
Francisco Varo
Lunes de la 27° semana del Tiempo Ordinario (Lc 10,25-37). “¿Y quién es mi prójimo?”. En ningún sitio encontraremos unas indicaciones concretas. El prójimo es siempre aquel que tenemos al lado, con el que debemos implicar toda nuestra vida, según las posibilidades que cada situación nos ofrezca.
Evangelio (Lc 10,25-37)
En aquel tiempo, un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle:
—Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?
Él le contestó:
—¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?
Y éste le respondió:
—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.
Y le dijo:
—Has respondido bien: haz esto y vivirás.
Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús:
—¿Y quién es mi prójimo?
Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo:
—Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta». ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?
Él le dijo:
—El que tuvo misericordia con él.
—Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo.
Comentario
Nos cuenta Lucas que un doctor de la Ley –un “jurista”, dice el texto– dirigiéndose a Jesús como Maestro, le pregunta: “¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”. En realidad, lo que quería este doctor, dice Lucas, era tentar a Jesús. Pero, ¿quería realmente un consejo del Maestro? Jesús, en vez de responder, le devuelve la pregunta, y el experto recita la “letra” de memoria, sacada del texto griego de Deuteronomio (6,5) y de Levítico (19,18). Pero, de nuevo, el doctor pegunta: “según tú, ¿a quién debo llamar prójimo?”. Y Jesús responde con una parábola.
El Maestro habla e interpela al mismo tiempo. También a nosotros: “y tú, ¿qué crees que deberías hacer para conseguir la vida eterna?, ¿qué relación crees que hay entre amar a Dios de todo corazón y amar al prójimo como a uno mismo?, ¿a quién consideras prójimo? Jesús recurre a la parábola para empujarnos a ir más allá de una letra, para penetrar en su espíritu". La Ley hacía distinciones y regulaba según eso las relaciones humanas. Jesús nos dice que en el nivel de la persona no hay distinciones: todos son nuestro prójimo, aunque tengan otra fe, aunque sean de otra raza, aunque hablen otro idioma, aunque tengan sus carencias y cometan errores.
Si amamos de verdad a Dios, participaremos de su Amor por todos, porque veremos a las personas como Dios las ve: todas llamadas a ser hijos suyos en Cristo. Y si nos amamos verdaderamente a nosotros mismos, esto es, dando gracias por los dones recibidos y siendo conscientes de carencias y defectos que debemos mejorar, entenderemos cómo es el amor que se nos pide: dar gracias por los dones de los demás y ser comprensivos, lentos a la ira y ricos en misericordia, con sus carencias y defectos, intentando ayudarnos mutuamente para mejorar en el día a día. Eso supone implicarse realmente en la santidad de los demás. Y eso es amor: querer para el otro el don más grande que existe y hacer lo que esté en nuestra mano para que todos lo alcancemos.
Juan Luis Caballero
Martes de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Lc 10, 38-42). “Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas”. Es Jesús el que sale a nuestro encuentro y nos alcanza. Pero para poder ser alcanzados, debemos ser personas de escucha, dispuestas a renovar nuestra forma de pensar una y otra vez, y así poder abrirnos realmente a lo nuevo que Dios nos ofrece.
Evangelio (Lc 10, 38-42)
En aquel tiempo, cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo:
—Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.
Pero el Señor le respondió:
—Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.
Comentario
El evangelio de la misa de hoy nos recuerda un breve pero significativo encuentro entre Jesús, Marta y María. Marta, anfitriona del Señor, anda de acá para allá, llena de preocupación –completamente ocupada– e inquietud por las labores domésticas. Su hermana, en cambio, se sienta al lado del Señor, a sus pies, en actitud de interés y escucha de lo que dice. El relato resalta el contraste entre la actitud externa de ambas; las palabras de Jesús apuntan a las actitudes. En lo externo, María está cerca del Señor, sentada a su lado, quieta y escuchando; Marta está lejos del Señor, de pie, agitada y hablando. Incluso, cuando Marta se acerca a Jesús, lo hace poniéndose delante, casi en actitud de desafío.
Tanto en lo exterior como en lo interior, el relato recuerda un poco al de la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-44): Marta inquieta, confusa en sus ideas y con dificultad para escuchar; María tranquila, a la escucha dócil y con confianza a los pies de Jesús. En el texto de Lucas, Marta solo tiene en la cabeza el servicio, las necesidades inmediatas en relación con la mesa. Jesús aprovecha la situación para instruir a ambas. No se trata de un juicio sobre lo externo, sino sobre el corazón. La comida es necesaria, pero solo un alimento es imprescindible, y ese es la palabra del Señor, palabra de vida eterna –una vida que no pasa– que nos ilumina sobre el sentido de todo lo demás.
Jesús viene a nuestra casa. Y podríamos pensar que lo más importante es lo que podemos ofrecerle y contarle. Pero, en realidad, lo más importante es lo que él nos ofrece: «el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33), «el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6,27). La vida del cuerpo es importante y, en general, está en nuestra mano cuidarla, pero ¿de qué sirve esa vida si uno no alcanza la vida eterna? Jesús no hace un juicio sobre nuestras obras sino sobre la actitud con la que las hacemos: nos pide que sean ocasión de diálogo verdadero con Dios y que sepamos discernir sobre su importancia.
Juan Luis Caballero
Miércoles de la 27° semana del Tiempo Ordinario (Lc 11,1-4). “Señor, enséñanos a orar”. Sólo el Espíritu Santo puede capacitarnos para dirigirnos a Dios como a un Padre. Pero nosotros estamos llamados a despertar en los que nos rodean, con nuestra oración, el deseo de encontrarse con el Padre.
Evangelio (Lc 11,1-4)
Estaba haciendo oración en cierto lugar. Y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos:
—Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
Él les respondió:
—Cuando oréis, decid:
Padre,santificado sea tu Nombre,
venga tu Reino;
sigue dándonos cada día nuestro pan cotidiano;
y perdónanos nuestros pecados,
puesto que también nosotros perdonamos
a todo el que nos debe;
y no nos pongas en tentación.
Comentario
Lucas evangelista nos dice que Jesús oraba con frecuencia. Lo hacía a menudo en lugares apartados y tranquilos. Y eso llamaba mucho la atención a los discípulos. Hay diferentes formas de dirigirse a Dios: como Creador, como Soberano, como Juez. Pero aquellos hombres que rodeaban y escuchaban a Jesús querían tener con Dios un trato similar al que veían en su Maestro, el trato confiado de un hijo con su padre.
Esto nos puede ayudar a considerar que las personas que nos rodean también podrían encontrar en nosotros maestros de oración si se sintiesen atraídos por nuestra forma de rezar. Los cristianos, de hecho, estamos llamados a ser transmisores de una tradición de oración cuyo inicio está en Jesús mismo y que ha sido hecha vida, a lo largo de más de dos mil años, por muchísimas personas que han tratado filialmente a Dios Padre.
La palabra “Padre” viene seguida, en la versión de Mateo, por “nuestro”. A Dios nos dirigimos personalmente, pero con la conciencia de que la persona vive y crece en el seno de una familia. Nadie camina solo. Nadie crece solo. Nuestra primera compañía es, lógicamente, la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo. Por eso, en el Padrenuestro expresamos el deseo de que todos reconozcan la santidad de Dios, le acojan como Padre y permitan a Cristo reinar en sus corazones, para que el amor sea motor de todos los deseos, pensamientos y obras.
No se puede tratar a Dios como Padre ignorando que tenemos hermanos. El amor a Dios y al prójimo van siempre juntos. Por eso, en el corazón de nuestra oración está también la petición del alimento que nos permite caminar y crecer como personas y que nos posibilita crecer en la comunión con los demás: acogiendo, perdonando, orando por ellos, acercándolos a Dios. Nuestro trato con el Padre incluye una expresión de abandono y confianza ante las dificultades y los ataques del enemigo: no permitas que caigamos en la tentación, no permitas que te cambiemos por nada, no permitas que pongamos a nada por encima de Ti.
Juan Luis Caballero
Jueves de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Lc 11, 5-13). “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá”. Jesús nos desvela el amor de Dios por sus Hijos y su deseo de dar generosamente a aquellos que le piden con confianza filial. Basta tomar conciencia de nuestra dignidad y saber que nuestro Padre Dios está pronto a darse, a salir al encuentro, a abrir la puerta de su amor.
Evangelio (Lc 11, 5-13)
Y les dijo:
-¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a media noche y le diga: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle”, le responderá desde dentro: “No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”? Os digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su impertinencia se levantará para darle cuanto necesite.
Así pues, yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?
Comentario
El evangelio de la liturgia de hoy nos sitúa en las enseñanzas que Jesús ofreció después de enseñar la oración del padre nuestro a sus discípulos. Allí el Maestro les enseñaba a llamar Padre a Dios y en esta ocasión lo vuelve a repetir: Dios es un padre bueno dispuesto a dar en abundancia a quienes le piden como hijos. Jesús repite esta verdad una y otra vez a lo largo del evangelio, quizá porque para nosotros es fácil confundir la imagen de Dios, y verlo como juez, como legislador, como acusador y no como alguien que está de nuestra parte. El momento quizá más profundo de su enseñanza sobre el verdadero rostro e identidad de Dios es la parábola del hijo pródigo, que Lucas presenta unos capítulos más adelante, donde sale a relucir el corazón amoroso del Padre y el verdadero modo en que mira y quiere a sus hijos.
En el evangelio de hoy, Jesús nos invita a que la confianza propia de hijos no se quede en meras palabras, sino que se manifieste en nuestro modo de pedir y orar. Dios Padre, nos enseña el Maestro, desea ver a sus hijos comportarse como tales, sin miedo a dirigirnos con insistencia a quien nos quiere profundamente. Jesús anima a sus oyentes a caer en la cuenta de su dignidad de hijos, a no quedarnos de brazos cruzados, y a experimentar la bondad de Dios. Quizá por eso nos insiste: ¡pedid!, ¡buscad!, ¡llamad!, porque nuestro Padre Dios está deseoso de dar, de salir al encuentro, de abrir la puerta.
A través de algunos ejemplos, Jesús nos muestra como el cariño del Padre está muy lejos del cálculo mezquino y no desea tener que ver con la lógica del intercambio estricto, del recibir para dar. Y nos señala que si nosotros, siendo malos, sabemos dar cosas buenas a quien nos pide con insistencia, cuánto más nuestro Padre Dios, que no solo quiere donar cosas sino donarse, regalarnos generosamente su mismo Espíritu, el Espíritu Santo (v. 13).
San Josemaría había entendido con fuerza que la oración y la petición del cristiano tiene que estar marcada por esta conciencia de hijos e hijas de Dios: “Descansa en la filiación divina. Dios es un Padre —¡tu Padre! — lleno de ternura, de infinito amor. —Llámale Padre muchas veces, y dile —a solas— que le quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo” (Forja 331).
Martín Luque
Viernes de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Lc 11, 15-26). “Otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo”. Para poder reconocer en Jesús al mismo Dios hecho carne es necesario abrirnos a la acción del Espíritu Santo para ser purificados por dentro y limpiar nuestra mirada de puntos de vista demasiado humanos.
Evangelio (Lc 11, 15-26)
(Estaba expulsando un demonio que era mudo. Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada;)
Pero algunos de ellos dijeron:
-Expulsa los demonios por Beelzebul, el príncipe de los demonios.
Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo.
Pero él, que conocía sus pensamientos, les replicó: -Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado y cae casa contra casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se sostendrá su reino? Puesto que decís que expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.
Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por lugares áridos en busca de descanso, pero al no encontrarlo dice: 'Me volveré a mi casa, de donde salí'. Y al llegar la encuentra bien barrida y en orden. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí, con lo que la situación última de aquel hombre resulta peor que la primera.
Comentario
El evangelio de la liturgia de hoy nos presenta al Maestro en medio de la multitud después de haberles enseñado con el Padre Nuestro como deben orar los Hijos e Hijas de Dios. Estas palabras del Señor, llenas de verdades sobrenaturales y aparentemente tan simples no caen siempre en un terreno propicio, que las haga fructificar.
Hoy vemos como los opositores de Jesús no saben o no quieren abrirse a su enseñanza, lo malinterpretan y buscan ponerlo en aprietos. Haciendo esto, caen curiosamente en una actitud totalmente contraria a la que Jesús invitó a vivir. El Señor había enseñado a rezar pidiendo por el Reino de Dios (11,2), pero ellos piensan por el contrario que representa al reino de Satán. Los hijos e hijas de Dios deben pedir humildemente ser librados de la tentación (11,4), ellos en cambio no dejan de poner a Jesús en tentación, siguiendo a Satanás, el tentador. Jesús enseñó a pedir a Dios el perdón de los pecados (11,4), mientras que sus opositores lo acusan con insistencia del pecado de servir a Beelzebul. El Señor invitó a pedir el Espíritu Santo al Padre (11,13), pero ellos no dejan de pedir una señal del cielo, aunque no saben reconocerla teniéndola delante de los ojos.
Para poder reconocer al Señor, que gusta de presentarse sin espectáculo, es necesario tener los ojos del corazón limpios. Para esto tenemos que pedir humildemente la ayuda de Dios, ya que nadie está exento de la ceguera y la incapacidad de reconocer las cosas de Dios, como vemos en el evangelio de hoy. El reino de Satán es el reino del hombre fuerte, que tiene a los hombres y mujeres atrapados en esta dureza del corazón que impide reconocer los mensajes que el Señor nos dirige.
El Papa Francisco, citando al santo de Hipona decía: “Me vuelve a la mente la frase de san Agustín: «Timeo Iesum transeuntem» (Serm., 88, 14, 13), «tengo miedo de que el Señor pase» y no le reconozca, que el Señor pase delante de mí en una de estas personas pequeñas, necesitadas y yo no me dé cuenta de que es Jesús. ¡Tengo miedo de que el Señor pase y no le reconozca! Me he preguntado por qué san Agustín dijo que temiéramos el paso de Jesús. La respuesta, desgraciadamente, está en nuestros comportamientos: porque a menudo estamos distraídos, indiferentes, y cuando el Señor nos pasa cerca perdemos la ocasión del encuentro con Él” (Papa Francisco, Audiencia general, miércoles 12 octubre 2016).
La última parte de las enseñanzas de hoy nos señalan algo que nos puede servir para evitar la dureza y ceguera del corazón. Se trata de llenar nuestra vida con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, luchando por permanecer cerca suyo, escuchando sus mociones, compartiendo afectos, dialogando, rezando. La amorosa presencia Divina en el alma es el camino que nos ayudará a vencer al hombre fuerte y a lograr tener el corazón siempre abierto y dispuesto a reconocer al Señor donde se nos presente.
Martín Luque
Sábado de la 27º semana del Tiempo Ordinario (Lc 11, 27-28). “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”. El Señor nos invita a una actitud proactiva delante de su enseñanza: escuchar lo que nos dice y actuar en consecuencia, dejándose transformar por su Palabra.
Evangelio (Lc 11, 27-28)
Mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo:
–Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.
Pero él replicó:
–Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.
Comentario
La liturgia de la misa de hoy nos presenta la conclusión de una larga conversación de Jesús con la multitud, que san Lucas agrupó en el capítulo 11 de su evangelio. Este capítulo empieza con el pedido de los discípulos a Jesús de que les enseñe a rezar, a lo que el Maestro responde con el Padre Nuestro. Continúa luego con algunos ejemplos que subrayan la necesidad de orar confiadamente a nuestro Padre Dios. Luego, las palabras del Señor se hacen más duras ya que encuentra la oposición y la incredulidad de algunos que no terminaban de creer en Él.
En este contexto se debe leer el evangelio de hoy. En el vemos que Jesús no solo encuentra oposición allí donde va, sino también gran entusiasmo, al punto de llevar a una mujer de entre la multitud a levantar la voz y gritar fervorosamente: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron! Esta mujer había sabido reconocer en el Señor algo extraordinario y estaba quizá alegremente sorprendida por lo que escuchaba y veía en Jesús.
La respuesta del Maestro puede sorprender inicialmente. Parece que responde con palabras duras ante esta muestra de afecto, pero en realidad quiere invitar a esa mujer a perseverar en el seguimiento de sus palabras. Jesús sabe muy bien que hay muchos que empiezan con gran entusiasmo pero que no logran perseverar. Ya lo había dicho antes, en la parábola del sembrador, sobre algunos oyentes de la palabra que “reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; estos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás” (Lc 8,13).
Es por esto que el Señor la invita a edificar sobre terreno seguro, a poner los cimientos sobre roca (cf. Lc 6, 47-49), no solo escuchando y manifestando con palabras su cariño sino también viviendo y practicando su enseñanza. Esta lección del Maestro es la que san Josemaría nos transmite con tintes autobiográficos en un punto de camino: “Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración “Jesús, te amo”, oyó esta respuesta del cielo: “Obras son amores y no buenas razones” (n. 933).
Martín Luque

Domingo de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 22,1-14).
Domingo de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 10, 17-30). “Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él”. Dios nos ama tanto que a veces nos cuesta creerlo. Sus gestos, son los gestos de un enamorado. El Señor no tiene prisa con nosotros, siempre tiene tiempo de fijar en cada uno su mirada.
Domingo de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 17,11-19).
Lunes de la 28° semana del Tiempo Ordinario (Lc 11, 29-32). “No se le dará otra señal que la de Jonás”. Jesús nos pide que confiemos plenamente en Él. Para ello contamos con la fuerza poderosa del Espíritu Santo.
Martes de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Lc 11,37-41). “El fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer”. A diferencia del fariseo, nuestro motivo de sorpresa ha de ser descubrir cómo Jesús nos busca para purificar una y otra vez nuestro corazón.
Miércoles de la 28.° semana del Tiempo Ordinario (Lc 11,42-46). “¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros disimulados, sobre los que pasan los hombres sin saberlo!”. Solo de un corazón según Dios pueden salir verdaderas buenas obras. Ese es el sentido profundo de tener el pensar de Cristo. Esa transformación interior es la que debemos buscar en primer lugar.
Jueves de la 28.° semana del Tiempo Ordinario (Lc 11,47-54). “¡Ay de vosotros!”. Jesús nos ofrece la salvación. Nos invita a conocer la verdad y amarla. Nos pide fe y humildad.
Viernes de la 28° semana del Tiempo Ordinario (Lc 12, 1-7). “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”. Hemos de caminar delante de Dios con sencillez, sin dejarnos engañar cuando el diablo trate de llevarnos por la senda de la hipocresía, del miedo, del disimulo.
Sábado de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Lc 12, 8-12). “El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir”. El Paráclito nos va guiando por la vida para que luchemos por hacer el mayor bien que podamos. Acoger al Espíritu Santo es acoger la Vida.
Domingo de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A: Mt 22,1-14).
Evangelio (Mt 22,1-14)
Jesús les habló de nuevo con parábolas y dijo:
— El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: “Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas”. Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Luego les dijo a sus siervos: “Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis”. Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?” Pero él se calló. Entonces el rey les dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.
Comentario
Jesús habla en esta parábola de un rey que invita a mucha gente al banquete de boda de su hijo, pero sorprendentemente ninguno de los invitados acude a la celebración. Las excusas son muchas y variadas, pero el resultado final es que no acuden. “Dios es bueno con nosotros, nos ofrece gratuitamente su amistad, nos ofrece gratuitamente su alegría, su salvación -comenta el Papa Francisco-, pero muchas veces no acogemos sus dones, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses; e incluso cuando el Señor nos llama, muchas veces parece que nos da fastidio”[1].
Dios tiene experiencia de negativas y rechazos por parte de aquellos a quienes ofrece sus dones. Pero su amor no conoce desánimos. Por eso envía a sus servidores para que salgan a todos los caminos e inviten al banquete a cuantos le salgan al encuentro, buenos y malos sin distinción. Llama la atención que también los malos son invitados. El Señor no excluye a nadie de su llamada. La invitación, que había sido rechazada por algunos, encuentra acogida en personas que no formaban parte antes de su círculo de conocidos, gentes con las que no guardaba ninguna relación. Hombres y mujeres, de cualquier cultura y condición, también los que no rezan ni tienen trato con Dios, todos somos llamados a la santidad, a participar de la gloria del cielo. Nadie queda excluido.
“Todos los bautizados conocen cuál es la boda del hijo del rey y cuál su banquete -decía san Agustín predicando sobre este pasaje evangélico-. La mesa del Señor está dispuesta para todo el que quiera participar de ella. A nadie se le prohíbe acercarse, pero lo importante es el modo de hacerlo”[2]. La invitación generosa de Dios, representado por un rey, a participar de la gloria celestial, simbolizada por el banquete de bodas, es gratuita y universal.
Ahora bien, dice el Evangelio que “entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda” (v. 11). Los que estaban allí habían sido invitados, como todos los hombres estamos invitados a la salvación. La puerta está abierta para el que quiera entrar, pero antes de gozar de la gloria habrá un juicio. El juez supremo, que es capaz de ver en lo más profundo de los corazones, valorará lo que hay en la vida de cada uno. “Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día -recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica-. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (…). El Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor”[3]. Sólo podrá sentarse a la mesa quien esté dignamente dispuesto.
En la parábola de Jesús queda claro que no importa lo que se haya hecho en el pasado pero que es necesaria una condición indispensable, vestir el traje de bodas, es decir, tener el alma limpia y un corazón arrepentido, abrazar un tono de vida que sea testimonio de la caridad hacia Dios y el prójimo. Jesús invita a todos a su mesa, pero reclama respeto para acercarse a ella. Por eso, san Pablo, recordaba a los cristianos de Corinto que antes de acercarse al banquete de la Eucaristía, sacramento donde pregustamos de un anticipo de la gloria celestial, debían examinar cuidadosamente su conciencia: “Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Corintios 11, 28-29).
Hoy es un buen día, aunque nos sintamos manchados, para limpiar el alma, abrazar el amor y gozar de la invitación que Jesús nos hace al banquete celestial.
[1] Papa Francisco, Ángelus 12 de octubre de 2014.
[2] San Agustín, Sermón 90, n. 1.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 678-679
Francisco Varo
Domingo de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo B: Mc 10, 17-30). “Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él”. Dios nos ama tanto que a veces nos cuesta creerlo. Sus gestos, son los gestos de un enamorado. El Señor no tiene prisa con nosotros, siempre tiene tiempo de fijar en cada uno su mirada.
Evangelio (Mc 10, 17-30)
En aquel tiempo, cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó:
—Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?
Jesús le dijo:
—¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios. Ya conoces los mandamientos: “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio”, no defraudarás a nadie”, honra a tu padre y a tu madre”.
—Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia -respondió él.
Y Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo:
—Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.
Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.
Jesús, mirando a su alrededor, les dijo a sus discípulos:
—¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!
Los discípulos se quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo:
—Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.
Y ellos se quedaron aún más asombrados diciéndose unos a otros:
—Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo:
—Para los hombres es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible.
Comenzó Pedro a decirle:
—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús respondió:
—En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna.
Comentario
El pasaje del Evangelio que nos presenta la liturgia de este domingo es de una altísima carga dramática. Nos topamos, en pocos versículos, con la desesperada búsqueda de felicidad que compartimos todos los seres humanos, esa sed de sentido que anida en cada corazón y que anhelamos por todos los medios satisfacer.
La urgencia de esa necesidad la podemos notar en el primer gesto del joven rico: vino a Jesús corriendo. Sabía que estaba delante de una oportunidad única de resolver sus más profundas inquietudes y por eso no quiere dejar pasar ese tren. Una carrera en la que nos vemos reflejados todos. Después, se arrodilló delante del Señor, añadiendo a esa prisa de su llegada ese gesto propio de los que suplican.
Sin embargo, aunque ese joven sea un reflejo en el que todos podemos vernos proyectados, esta vez podemos fijarnos más concretamente en la actitud de Jesús, para que sea su imagen la que ilumine esa búsqueda de la que venimos hablando. En concreto, llama la atención y remueve el corazón leer esa expresión escueta pero llena de contenido que nos ofrece san Marcos: Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él.
Por desgracia, muchas personas siguen pensando que hace falta correr detrás de la felicidad hasta alcanzarla, y no se dan cuenta de que no hace falta perseguirla: la felicidad ha venido hasta nosotros, es ella la que corre detrás de cada uno y simplemente espera que nos giremos y nos dejemos abrazar por ella. Porque la felicidad se encarnó y se hizo Hombre: “La felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret”[1].
Dios nos ama tanto que a veces nos cuesta creerlo. Pero los gestos de Cristo en este pasaje evangélico no dejan lugar a dudas: son los gestos de un enamorado.
El Señor no tiene prisa con nosotros: tiene tiempo de fijar su mirada. Nosotros, en cambio, tantas veces, tratamos a Jesús con prisa, porque estamos demasiado ocupados buscando la felicidad allí donde no se encuentra.
El Señor se deleita en nosotros: hasta el punto de que los testigos oculares de esta escena reconocen en su mirada que quedó prendado de ese joven anhelante de un sentido para su vida. El testimonio de la Sagrada Escritura y de los santos es unánime en ese sentido: las delicias del Señor son estar entre los hijos de los hombres, nos dice el libro de los Proverbios[2]; y san Josemaría no duda en afirmar que la Trinidad se ha enamorado del hombre[3].
Sabemos que el desenlace de este pasaje es triste. El joven se fue tan rápido como vino, tan pronto el Señor le dijo lo mismo que nos dice a nosotros: “Dame, hijo mío, tu corazón”[4]. La felicidad ha venido a buscarnos: depende de nosotros darnos cuenta de que “es muy poco lo que se me pide, para lo mucho que se me da”[5]. De aceptar la llamada de Jesús, hasta el fondo y sin miedo, dependerá que nuestra vida sea feliz y eterna como la de los santos, o pase al olvido como este joven del que no quedó registrado ni siquiera el nombre.
[1] Benedicto XVI, discurso durante la JMJ de Colonia, 18 de agosto de 2005.
[2] Cfr. Proverbios 8, 31.
[3] Cfr. Es Cristo que pasa, n. 84.
[4] Proverbios 23, 26.
[5] San Josemaría, Surco, n. 5.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Domingo de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Ciclo C: Lc 17,11-19).
Evangelio (Lc 17,11-19)
Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando:
—¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!
Al verlos, les dijo:
—Id y presentaos a los sacerdotes.
Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús:
—¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?
Y le dijo:
—Levántate y vete; tu fe te ha salvado.
Comentario
En tiempos de Jesús, la terrible enfermedad contagiosa de la lepra afectaba a mucha gente, como a los diez leprosos del pasaje de este domingo. Para evitar contagios, el Antiguo Testamento estipulaba normas severas: «el enfermo de lepra llevará los vestidos rasgados, el cabello desgreñado, cubierta la barba; y al pasar gritará: "¡impuro, impuro!" Durante el tiempo en que esté enfermo de lepra es impuro. Habitará aislado fuera del campamento, pues es impuro» (Lv 13,45-46). Los sacerdotes eran quienes tenían autoridad para declarar públicamente que una persona era leprosa, o anunciar también su curación para que pudiera regresar a la sociedad.
A las afueras de un pueblo, vivirían pues los diez leprosos de esta escena que narra Lucas. Entre ellos se encuentra un samaritano, porque el dolor común enfrió la enemistad habitual entre judíos y samaritanos. Aquellos enfermos habrían oído hablar de Jesús, el maestro de Galilea que curaba gente. Es muy posible que acariciasen en grupo más de una vez la esperanza de encontrarse con él. De modo que cuando le ven pasar y le reconocen, gritan fuerte desde lejos para que tuviera piedad de ellos. «Esperan desde lejos –dice un Padre de la Iglesia− como avergonzados por la impureza que tenían sobre sí. Creían que Jesucristo los rechazaría también, como hacían los demás. Por esto se detuvieron a lo lejos, pero se acercaron por sus ruegos. El Señor siempre está cerca de los que le invocan con verdad (Sal 145,18)»[1].
De la petición de los diez leprosos podemos aprender a rogar a Dios con confianza, convencidos de que Él lo puede todo y de que no hace falta esperar a sentirnos dignos, para pedir y recibir lo que necesitamos. Como escribió san Josemaría, «te ves tan miserable que te reconoces indigno de que Dios te oiga... Pero, ¿y los méritos de María? ¿Y las llagas de tu Señor? Y… ¿acaso no eres hijo de Dios? Además, Él te escucha «quoniam bonus ... quoniam in saeculum misericordia eius»: porque es bueno, porque su misericordia permanece siempre»[2]. Aunque Jesús sabe todo de nosotros, cuenta con nuestra petición llena de fe y perseverancia para darnos lo que pedimos. Es más, como decía san Agustín, en realidad tiene el Señor «más ganas de dar que nosotros de recibir; y tiene más ganas Él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias»[3].
Jesús escuchó la petición de los diez leprosos, y como suele hacer con todos los personajes con los que se encuentra, les pide a cambio un gesto de confianza, ajustado a la situación personal de quienes le ruegan. En este caso, no les toca, ni les impone las manos. Sencillamente les manda asumir que se van a curar y dirigirse a quien tiene autoridad para declararlos puros de su enfermedad. Y en el camino, quedaron todos curados. Seguro que se llenarían de inmensa alegría, conocida de mucha gente, cuando los sacerdotes verificaron públicamente la curación del grupo. Pero solo el samaritano se acordó agradecido de su benefactor, Jesús, y supo «dar Gloria a Dios» volviendo con acción de gracias a sus pies.
De la actitud del samaritano y del reproche que hace Jesús hacia los nueve desagradecidos, sacamos otra lección muy importante de este pasaje: que nuestra acción de gracias da gloria a Dios y nos preparara para recibir dones mejores. Por eso nos conviene fomentar en nuestro corazón, junto a la petición llena de confianza por lo que necesitamos, la acción de gracias por todo lo que recibimos, incluso sin pedirlo. De hecho, como decía san Juan Crisóstomo, Dios «nos hace muchos regalos, y la mayor parte los desconocemos»[4]. Si somos agradecidos con Dios y le alabamos por todo, atraemos para nosotros y para los demás las bendiciones del Cielo. Como explicaba san Agustín, «toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella consistirá la alegría sempiterna de la vida futura; y nadie puede hacerse idóneo de la vida futura si no se ejercita ahora en esta alabanza»[5].
[1] Teofilacto, Catena aurea, in. loc.
[2] San Josemaría, Camino, n. 93.
[3] San Agustín, Sermón 105.
[4] San Juan Crisóstomo, Hom. In Matt., 25.
[5] San Agustín, Coment. In Psal. 148.
Pablo M. Edo
Lunes de la 28° semana del Tiempo Ordinario (Lc 11, 29-32). “No se le dará otra señal que la de Jonás”. Jesús nos pide que confiemos plenamente en Él. Para ello contamos con la fuerza poderosa del Espíritu Santo.
Evangelio (Lc 11, 29-32)
Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir: —Esta generación es una generación perversa; busca una señal y no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo del Hombre para esta generación. La reina del Sur se levantará en el Juicio contra los hombres de esta generación y los condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón. Los hombres de Nínive se levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán: porque ellos se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás.
Comentario
“Esta generación es una generación perversa, buscan una señal”. Lo que les reprocha el Señor no es que pidan un signo. El Antiguo Testamento está llenos de signos que muestran el cuidado de Dios por su pueblo: el paso del mar rojo, las tablas de la ley, el arca de la alianza, etc. Los signos son buenos. Jesús les llama generación perversa porque tienen el corazón endurecido, porque no están dispuestos a escuchar. Porque la soberbia les ciega. Porque no son capaces de reconocerle por medio de los signos que realiza. En concreto del último que ha realizado que es la curación de un endemoniado (cfr. Lucas 11, 14-23).
Por eso les dice que la única señal que se les dará es la señal de Jonás. Jonás fue enviado a predicar la conversión a los habitantes de Nínive, la ciudad más importante del imperio Asirio. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3, 4). Y los habitantes de Nínive hicieron caso al profeta Jonás: “Convocaron a un ayuno y se vistieron de saco del mayor al más pequeño” (Jonás 3, 5). Tenían un corazón sensible dispuesto a abrirse a Dios, aunque estaban lejos de Él.
Jesús les pide ser escuchado por la autoridad con la que les habla y por los signos que va haciendo cuando va recorriendo las distintas ciudades.
Jesús nos pide que sepamos escuchar, que tengamos un corazón abierto a todo lo que nos viene de Dios. Que sepamos escucharle cuando nos habla a través de su palabra o a través de una lectura o a través de otra persona o a través de una situación por la que atravesemos, etc. En definitiva, que sepamos descubrir cuando se dirige a nosotros para guiarnos en el camino de la vida hacia la santidad.
Contamos con la fuerza poderosa del Espíritu Santo que cuando encuentra un corazón dispuesto se vuelca con sus dones y le conduce por los caminos de Dios.
Nos pide Jesús que nos fiemos y vivamos de su palabra, como hizo la Virgen. Justo antes de este episodio se lee aquella alabanza preciosa de Jesús a su Madre: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lucas 11, 28). Esa fue la actitud de la Virgen durante toda su vida. El Papa Benedicto XVI describió esta actitud de María con palabras muy bellas: “la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual entra y sale con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios: la Palabra de Dios se convierte en Palabra suya y su palabra nace de la Palabra de Dios”[1].
[1] Benedicto XVI, Deus caritas est 42.
Javier Massa
Martes de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Lc 11,37-41). “El fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer”. A diferencia del fariseo, nuestro motivo de sorpresa ha de ser descubrir cómo Jesús nos busca para purificar una y otra vez nuestro corazón.
Evangelio (Lc 11,37-41)
En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, cierto fariseo le rogó que comiera en su casa. Entró y se puso a la mesa. El fariseo se quedó extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida. Pero el Señor le dijo:
— Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.
¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro? Dad, más bien, limosna de lo que guardáis dentro, y así todo será puro para vosotros.
Comentario
Aquel fariseo debió de quedar maravillado de las enseñanzas que acababa de escuchar y tuvo la audacia de invitar a comer a Jesús, quien no pudo decir que no ante la insistente súplica. Debió de entablarse tal confianza entre los dos que Jesús rompió el habitual protocolo de la purificación de sus manos, pues, como él ya había dicho a algunos fariseos y escribas, “comer sin lavarse las manos, no hace impuro al hombre” (Mateo 15,20). Pero ese pequeño detalle escandalizó al fariseo: aquella sincera admiración ante el maestro por la grandeza de su doctrina se mutó repentinamente en severa crítica a causa de una minucia. A continuación viene el reproche de Jesús, con palabras que hacen resonar aquel oráculo del Señor, pronunciado por el profeta: “Aunque te laves con sosa y derroches lejía, la mancha de tu culpa queda en mi presencia” (Jeremías 2,22).
¡Cuántas veces Jesús se indigna ante la hipocresía, esa falta de coherencia en la conducta del hombre! Sobre todo, cuando hay mucho empeño en cuidar las apariencias descuidando la vida interior. Esa incoherencia es una ruptura de la unidad de la persona humana, una especie de esquizofrenia, pues “quien hizo lo de fuera hizo también lo de dentro”. ¿Qué sentido tiene mantener limpia solo por fuera una vasija? Nadie querría beber o comer de ella, por muy limpia que estuviera por fuera. Sería una vasija totalmente inútil para el fin con que la construyó el alfarero. Jesús toma esa imagen para prevenirnos de un terrible peligro: que en una misma persona conviva la maldad de corazón con una bondad que sea mera apariencia.
Dios es quien nos ha hecho por dentro y por fuera, y Él quiere vivir dentro de nosotros, de modo que nuestro actuar sea reflejo de esa vida interior. Solo del fondo de un corazón puro pueden salir obras buenas, y entre ellas destaca la limosna, que “libra de la muerte y purifica de todo pecado” (Tobías 12,9). Hacemos nuestras las palabras del salmista: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme” (Salmo 51,12).
Josep Boira
Miércoles de la 28.° semana del Tiempo Ordinario (Lc 11,42-46). “¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros disimulados, sobre los que pasan los hombres sin saberlo!”. Solo de un corazón según Dios pueden salir verdaderas buenas obras. Ese es el sentido profundo de tener el pensar de Cristo. Esa transformación interior es la que debemos buscar en primer lugar.
Evangelio (Lc 11,42-46)
«Pero, ¡ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor de Dios! ¡Hay que hacer esto sin descuidar lo otro!
¡Ay de vosotros, fariseos, porque apetecéis los primeros asientos en las sinagogas y que os saluden en las plazas!
¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros disimulados, sobre los que pasan los hombres sin saberlo!
Entonces, cierto doctor de la Ley, tomando la palabra, le replica:
—Maestro, diciendo tales cosas nos ofendes también a nosotros.
Pero él dijo:
—¡Ay también de vosotros, los doctores de la Ley, porque imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis!».
Comentario
Nos dice el Evangelio según san Juan que Jesús veía en los corazones de las personas que le seguían o alababan, y que sabía si realmente creían en él o no. En todas nuestras acciones hay algo que se ve y algo que no se ve, algo que queda oculto a los ojos de los hombres: nuestras intenciones y deseos, lo que nos mueve y lo que buscamos. Por eso, todos somos capaces de entender perfectamente de qué está hablando Jesús en el evangelio de hoy. No podemos decir que sus palabras vayan dirigidas al de al lado, pero no a nosotros. Porque, incluso a pesar de tener grandes y nobles deseos, ¿acaso no admitiremos que a veces hemos obrado simplemente para quedar bien ante los que nos veían?
Jesús habla de la justicia y del amor de Dios. Parecen palabras sencillas y claras. Pero las realidades a las que se refieren son muy profundas. Porque la justicia de Dios no se reduce a lo que nosotros entendemos por justicia. Ni el amor de Dios es como nuestro amor, tan frágil y limitado. Jesús echaba en cara a aquellos hombres “sabios” que no conocían la Ley, ya que su esencia era la justicia y era el amor, y esto era precisamente lo que no vivían.
¡Ojalá nuestras obras siempre saliesen de un corazón deseoso de justicia y lleno de amor de Dios! Esto quiere decir que las obras que sirven realmente para la vida y que transforman el mundo son las que salen de un corazón que quiere ser santo. La justicia de Dios es constancia en sus promesas, perseverancia en su amor, misericordia eterna. El Señor nos anima a ser humildes; a manifestar lo que somos y cómo estamos, para poder ser sanados; a amar como nos gustaría ser amados; a no exigir a otros algo que nosotros no estamos dispuestos a hacer. El orgullo y el fingimiento son como un muro que repele la gracia. Además, de nada nos servirá cara a la otra vida parecer irreprochables ante los hombres si realmente no deseamos e intentamos serlo, porque lo que mira y pesa Cristo, que es el que nos juzgará en su día, son los corazones.
Juan Luis Caballero
Jueves de la 28.° semana del Tiempo Ordinario (Lc 11,47-54). “¡Ay de vosotros!”. Jesús nos ofrece la salvación. Nos invita a conocer la verdad y amarla. Nos pide fe y humildad.
Evangelio (Lc 11,47-54)
»¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así pues, sois testigos de las obras de vuestros padres y consentís en ellas, porque ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán, para que se pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el Templo». Sí, os lo aseguro: se le pedirán cuentas a esta generación.
»¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la sabiduría! Vosotros no habéis entrado y a los que querían entrar se lo habéis impedido.
Cuando salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a atacarle con furia y a acosarle a preguntas sobre muchas cosas, acechándole para cazarle en alguna palabra.
Comentario
“¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la sabiduría!”
Jesús con dolor y con claridad echa en cara a los fariseos el tremendo mal que estaban haciendo. En vez de ayudar al pueblo a que reconocieran en Jesús al Mesías, es todo lo contrario. En vez de abrir la puerta y dejar entrar, la cierran. Se colocan en el lugar de Dios como administradores de su sabiduría.
La actitud de Jesús es todo lo contrario: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11, 28).
Jesús ofrece la salvación a todos y lo que nos pide es fe y humildad. Ver la verdad y amarla.
Caminar con el Señor significa también ser humildes. Porque como contaba santa Teresa: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad”[1].
La humildad es necesaria para caminar con el Señor. La soberbia cierra sobre sí mismo, se piensa que está en la posesión de la verdad. La humildad, por el contrario, abre el corazón a la verdad al reconocer que no lo sabemos todo. Caminar en la verdad significa tener por delante amplios horizontes. La humildad lleva también a saberse instrumentos en las manos de Dios para ayudar a los demás en el camino de la fe.
Esto es lo que nos dice Jesús con estas palabras: “vosotros no habéis entrado y a los que querían entrar se lo habéis impedido”. Jesús se quiere servir de nosotros, de nuestra vida, de nuestro ejemplo para facilitar a los demás el encuentro con él.
Me acordaba de algo que leí hace unos meses, en el fallecimiento de un buen cristiano. Contaban que tenía encima de su mesa de trabajo estas palabras de san Josemaría: “éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama”[2].
Una buena manera de no apoderarse de la llave de la sabiduría sino de ser buenos conductores de la gracia de Dios es luchar para que los demás puedan descubrir a Cristo en nuestra actuación.
[1] Santa Teresa, Las moradas 6, 10.
[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 122
Javier Massa
Viernes de la 28° semana del Tiempo Ordinario (Lc 12, 1-7). “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”. Hemos de caminar delante de Dios con sencillez, sin dejarnos engañar cuando el diablo trate de llevarnos por la senda de la hipocresía, del miedo, del disimulo.
Evangelio (Lc 12, 1-7)
En esto, habiéndose reunido una muchedumbre de miles de personas, hasta atropellarse unos a otros, comenzó a decir sobre todo a sus discípulos:
—Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Porque cuanto hayáis dicho en la oscuridad será escuchado a la luz; cuanto hayáis hablado al oído bajo techo será pregonado sobre los terrados.
»A vosotros, amigos míos, os digo: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de esto no pueden hacer nada más. Os enseñaré a quién tenéis que temer: temed al que después de dar muerte tiene potestad para arrojar en el infierno. Sí, os digo: temed a éste. ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno solo de ellos queda olvidado ante Dios. Aún más, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pajarillos.
Comentario
“Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. El Señor busca personas que luchen por ser coherentes, que procuren vivir en unidad de vida.
El dicho de Jesús recuerda a la alabanza que hizo a Natanael cuando se lo presentó Felipe: “Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez” (Juan 1, 47)
A los que le escuchan y a nosotros nos ayuda a caminar cara a Dios: “nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Porque cuanto hayáis dicho en la oscuridad será escuchado a la luz; cuanto hayáis hablado al oído bajo techo será pregonado sobre los terrados”.
Espera Jesús de nosotros la sencillez del niño que se sabe delante de su padre y que no tiene nada que temer.
Como escribía san Josemaría en Camino: “Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.
Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.
¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!
Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos”[1].
“¿No se venden cinco pajarillos por dos ases?... No tengáis miedo: valéis más que muchos pajarillos”.
Con esa sencillez hemos de caminar delante de Dios sin dejarnos engañar cuando el diablo trate de llevarnos por la senda de la hipocresía, del miedo, del disimulo cuando no hagamos bien las cosas.
[1] San Josemaría, Camino 267.
Javier Massa
Sábado de la 28º semana del Tiempo Ordinario (Lc 12, 8-12). “El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir”. El Paráclito nos va guiando por la vida para que luchemos por hacer el mayor bien que podamos. Acoger al Espíritu Santo es acoger la Vida.
Evangelio (Lc 12, 8-12)
Os digo, pues: Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.
Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».
Comentario
Hoy leemos, en el Evangelio, unas palabras de Jesús que pueden suscitar interrogantes a quienes las leen: “al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará”.
El dicho del Señor es de una enorme profundidad y difícil de entender. En cualquier caso, subraya la centralidad del Espíritu Santo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo”[1].
Acoger al Espíritu Santo es acoger la vida. Rechazar el Espíritu Santo es rechazar la vida. No es que no haya perdón por parte del Señor, sino que al rechazar al Espíritu Santo se rechaza la salvación.
Y, al acoger al Espíritu Santo se acoge la salvación. Como dijo en una ocasión san Juan XXIII: “¡Oh, cada uno de los santos es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo!”[2].
Hagamos nuestro el consejo de san Josemaría: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo –el Gran Desconocido– que es quien te ha de santificar»[3].
Es, como nos dice Jesús, el que nos enseña todo: “El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir”.
El Paráclito nos va guiando por la vida para que luchemos por hacer el mayor bien que podamos. Porque como enseña san Pablo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5, 5). El modo más habitual de su actuación son sus inspiraciones que se escuchan en la intimidad del corazón. Muchas veces serán cosas pequeñas: una pequeña mortificación, una sonrisa, acabar bien un trabajo, etc. Así nos va guiando a la plenitud de la vida cristiana.
[1] Catecismo Iglesia Católica 694.
[2] Juan XXIII, Aloc. 5-VI-1960.
[3] San Josemaría, Camino 57.
Javier Massa

29º semana del tiempo ordinario
domingo (Ciclo B: Mc 10,35-45): los corazones grandes saben servir
domingo (Ciclo C: Lc 18,1-8): El juez injusto
lunes (Lc 12, 13-21): la pobreza de Cristo, nuestra riqueza
martes (Lc 12, 35-38): los amigos íntimos del Señor
miércoles (Lc 12, 39-48): administradores de los misterios de Dios
jueves (Lc 12,49-53): fuego de amor
viernes (Lc 12,54-59): la ciencia que salva
sábado (Lc 13,1-9): no retrasar la conversión
29º semana
domingo (Ciclo B: Mc 10,35-45): los corazones grandes saben servir
Comentario del domingo de la 29° semana del tiempo ordinario (Ciclo B). “Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor”. El espíritu de servicio responde a la sed de grandeza que hay en nuestro corazón. Nos muestra que el auténtico crecimiento humano pasa por hacer crecer a los demás, no por dominar sobre sus vidas.
Evangelio (Mc 10,35-45)
Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole:
—Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.
Él les dijo:
—¿Qué queréis que os haga?
Y ellos le contestaron:
—Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
Y Jesús les dijo:
—No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?
—Podemos —le dijeron ellos.
Jesús les dijo:
—Beberéis el cáliz que yo bebo y seréis bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto.
Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús les llamó y les dijo:
—Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos.
Comentario
Camino de Jerusalén, Santiago y Juan parecen intuir que los acontecimientos en la vida de Jesús están a punto de llegar a su desenlace. Quizá notan que el apoyo popular a su Maestro está en el punto más alto, y que en cualquier momento manifestará abiertamente su condición de Mesías. El reino de Jesús estaría a punto de comenzar y ellos quieren asegurarse un buen puesto en el gobierno.
El Señor no se desanima por la visión limitada de Santiago y Juan. De hecho, aprovecha la ocasión para explicar a los Doce un punto fundamental de su doctrina: que los grandes en su reino son los que saben servir.
Jesús mira con realismo, sin ningún tipo de ingenuidad, el afán de dominio que se esconde en muchos corazones: “Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan”. Hay personas que piensan que para ser grandes hay que imponerse sobre los demás, controlar sus vidas, exprimir todo lo que puedan dar pensando solo en el propio provecho. Son gentes que se encumbran por un momento pero, pasado el tiempo, acaban generando rechazo en los demás.
El espíritu de servicio responde a la sed de grandeza que hay en nuestro corazón. Sin embargo, nos muestra que el auténtico crecimiento humano pasa por hacer crecer a los demás, no por dominar sobre sus vidas. El afán de servicio nos abre unos horizontes infinitos: todas las personas que encontramos pueden recibir un gesto de servicio nuestro, por más pequeño que sea. La persona servicial toca la vida de muchas personas y marca en ellas una diferencia. Es magnánima, porque no escatima esfuerzos para ayudar a los demás.
La historia de la Iglesia está marcada por santos que supieron servir. Podemos pensar en la figura de san Lorenzo mártir, cuidando a los cristianos pobres de Roma; en san Martín de Porres, llamado “fray escoba”, un mulato que se hizo hermano de los últimos; más recientemente, tenemos la admirable historia de santa Teresa de Calcuta, cuidando a los enfermos y abandonados en India.
San Josemaría nos anima a contemplar cómo Cristo reina sirviendo, y nos señala una consecuencia: “Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre” (Es Cristo que pasa, n. 182). Esta es la magnífica misión de los cristianos: servir a todas las almas, con grandeza de ánimo.
Rodolfo Valdés 2021
domingo (Ciclo C: Lc 18,1-8): El juez injusto
Evangelio del 29º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C) y comentario al evangelio
Evangelio (Lc 18,1-8)
Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer, diciendo:
— Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: «Hazme justicia ante mi adversario». Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme».
Concluyó el Señor:
— Prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?
Comentario
En el capítulo anterior del Evangelio de san Lucas, Jesús había hablado sobre la llegada del Reino de Dios en la parusía, al fin de los tiempos. Continuando con el mismo tema, ahora se pregunta: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (v. 8). ¿Por qué Jesús se pregunta eso? Con esta parábola que acabamos de leer hace notar que muchos de sus seguidores, gente que reza, quizá no tengan una fe tan bien formada ni tan sólida como ellos piensan, y quiere enseñarles algo.
El problema es muy actual. ¿No nos ha sucedido alguna vez que, ante una necesidad que consideramos urgente, acudimos a pedir ayuda al Señor en nuestra oración, y no tenemos respuesta? Jesús es consciente de que así sucede muchas veces, y también que hay personas que al no obtener pronto lo que están solicitando se desaniman, desconfían del poder de la oración, e incluso se quejan de Dios y se apartan de él.
Pensando en ellos y en nosotros, Jesús propone una parábola con dos protagonistas: un juez inicuo y una pobre viuda a la que no le hacía caso. El juez debería escuchar a las partes y dictar una sentencia justa según la Ley de Moisés. Los jueces, según el libro del Éxodo, tenían que ser “hombres probados, temerosos de Dios, hombres fieles y honrados” (Ex 18,21), pero este era un personaje inicuo, sin escrúpulos. Por su parte, las viudas que carecían de recursos, eran junto con los huérfanos y los extranjeros, las personas más débiles y desprotegidas de la sociedad, y por eso dice el libro del Deuteronomio que Dios mismo “hace justicia al huérfano y a la viuda y ama al extranjero” (Dt 10,18). La mujer viuda de esta parábola, al ver el poco caso que el juez le hace, recurre al único procedimiento que tiene a su alcance: insistir una y otra vez, con perseverancia, incluso con pesadez, hasta que logra doblegar la actitud del juez. Éste, harto de escuchar sus ruegos, termina por acceder a aquello que ni el respeto a Dios ni a los hombres, habían logrado: “como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme” (v. 5).
“Por lo tanto -comenta el Papa Francisco-, aprendamos de la viuda del Evangelio a orar siempre, sin cansarnos. ¡Era valiente esta viuda! Sabía luchar por sus hijos. Pienso en muchas mujeres que luchan por su familia, que rezan, que no se cansan nunca. Un recuerdo hoy, de todos nosotros, para estas mujeres que, con su actitud, nos dan un auténtico testimonio de fe, de valor, un modelo de oración”[1].
Jesús extrae la conclusión de esta parábola siguiendo el procedimiento rabínico del qal wa-jómer, que es un argumento a fortiori: si sucede esto… con mucha más razón ocurrirá esto otro. Si un juez injusto se mueve ante la insistencia, Dios, que es justo y además Padre misericordioso, ¿cómo no hará justicia a sus hijos cuando acuden confiadamente a él?
Jesús nos asegura que Dios nos oye desde el primer momento, aunque tengamos momentos de cansancio y desaliento cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero la oración no es una varita mágica que hace realidad todo lo que se nos antoja. El Señor nos escucha siempre y conoce nuestras dificultades, pero sabe mejor que nosotros lo que necesitamos, y que a veces es mejor que dilate su respuesta para darnos el tiempo necesario para discernir lo que nos conviene más. Mons. Fernando Ocáriz nos enseña que “emprender cada día una vida de oración es dejarnos acompañar, en los buenos y en los malos momentos, por quien mejor nos comprende y nos ama. El diálogo con Jesucristo nos abre nuevas perspectivas, nuevas maneras de ver las cosas, siempre más esperanzadoras”[2].
Autor?
[1] Papa Francisco, Ángelus, 20 de octubre de 2013.
[2] Mons. Fernando Ocáriz, Mensaje del Prelado. Vancouver, 10 de agosto de 2019
lunes (Lc 12, 13-21): la pobreza de Cristo, nuestra riqueza
Comentario del lunes de la 29º semana del tiempo ordinario. “Entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. En Jesucristo nuestro corazón se enriquece del suyo. Así dejamos entrar las preocupaciones de los demás, compartimos los dones que nos ha dado, y disfrutamos en este mundo con grandeza de alma.
Evangelio (Lc 12, 13-21)
En aquel tiempo, le dijo uno de la gente: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».
Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”.
Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».
Comentario
A raíz de una petición para que el Señor actúe de juez en el reparto de una herencia, Jesús narra la parábola del hombre rico cuyo fin en la vida es acumular bienes para sí mismo, olvidándose de las necesidades de los demás.
Es interesante ver cómo Jesús llega al corazón de las personas. A partir de una petición aparentemente de poca importancia, Jesús sabe poner a aquella persona ante su verdadero problema. No tanto la herencia, como la relación profunda con su hermano: ¿para qué te sirve tener tantos bienes si al final acabas encerrado en ti mismo, satisfecho de ti, incapaz de ver a tu hermano?
En esta parábola también nosotros podemos identificarnos con el personaje principal. Y no tanto porque poseamos mucha riqueza material, sino sobre todo una gran riqueza espiritual. Todos somos ricos en energías, sueños, esperanzas, iniciativas, talentos, capacidades.
Y la pregunta que Jesucristo nos hace es radical: ¿Qué vas a hacer con toda esa riqueza? ¿Vas a vivir para ti, encerrado en ti, satisfecho de ti mismo?
Como señala el Papa Francisco, “¡Hay un misterio en la posesión de las riquezas! Tienen la capacidad de seducirnos y hacernos creer que estamos en el Paraíso terrenal. En cambio, ese paraíso terrenal es un lugar sin horizonte (…). Vivir sin horizonte es una vida estéril, vivir sin esperanza es una vida triste. El apegamiento a las riquezas nos produce tristeza y nos hace estériles. Digo apegamiento, no digo administrar bien las riquezas, porque las riquezas son para el bien común, para todos. Y si el Señor se las da a una persona es para que las emplee en bien de todos, no solo para sí mismo, no para que las encierre en su corazón porque luego se vuelve corrupto y triste. Las riquezas sin generosidad nos hacen creer que somos poderosos, como Dios. Pero, al final, nos quitan lo mejor, la esperanza” (Papa Francisco, Homilía en Santa Marta, 25 de mayo de 2015).
En compañía de Jesucristo, entramos pobres y salimos ricos. Él nos da su corazón para que quepan las preocupaciones de los demás, para que podamos compartir lo propio, los dones que nos ha dado con todos, para poder disfrutar y gozar en este mundo con grandeza de alma.
Luis Cruz 2021
martes (Lc 12, 35-38): los amigos íntimos del Señor
Comentario del martes de la 29º semana del tiempo ordinario. “Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; (...) los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo”. Todo cristiano es un guardián que vela por sus hermanos rezando, como Jesucristo en el huerto de los olivos, cargando con las necesidades de los hombres, luchando contra la somnolencia y el descuido.
Evangelio (Lc 12, 35-38)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos».
Comentario
El evangelio de hoy recoge la primera de las parábolas en las que el Señor exhorta a la vigilancia. Está tomada del cuidado de los criados que esperan a su amo que viene de las bodas. El estar ceñidos indica tener levantados y ajustados los vestidos para servir; las lámparas encendidas aluden al cortejo nupcial que llega de noche.
Con esta parábola, Jesucristo nos enseña cuál debe ser la actitud fundamental del cristiano: estar en vela.
Esto es lo propio del alma sacerdotal de todo cristiano: alimentar espiritualmente al pueblo de Dios, mantener el mundo abierto a Dios. Todo cristiano es un guardián, que vela por sus hermanos, vigilando, rezando, custodiando.
Del mismo modo que Jesucristo estuvo en el huerto de los olivos velando; Él pide a cada cristiano que se haga cargo de las necesidades de los hombres, que no se deje llevar por la somnolencia y el descuido.
Y cuando el cristiano vive así, entonces sucede lo que Jesús sigue contando en la parábola: el esposo se ciñe como un siervo, le sienta a su mesa y se pone a servirle. Y entonces se produce la gran transformación: el criado se convierte en el amigo íntimo.
Este es el gran deseo de Jesucristo, llegar a una comunión de vida con cada cristiano.
La relación que Dios quiere tener con nosotros no es una relación de súbdito devoto con el rey o de siervos fieles del amo. Él quiere tener una relación de intimidad, amorosa, con nosotros: es Él quien nos desea, nos busca, nos invita a su fiesta y nos sirve.
Pobres, sencillos, sin méritos, sin talentos, somos los amados, los predilectos de Dios.
Y para entrar en esa fiesta, el cristiano debe hacerse cargo de lo que Cristo lleva en su corazón: todas y cada una de las personas de este mundo.
Luis Cruz 2021
miércoles (Lc 12, 39-48): administradores de los misterios de Dios
Comentario del jueves de la 29º semana del tiempo ordinario. “¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa?” Jesús quiere que nuestra existencia sea fecunda. Venimos a la tierra para algo, o más bien, para alguien: para nuestras familias, amistades, compañeros de trabajo, vecinos; para recibir los tesoros del corazón de Dios.
Evangelio (Lc 12, 39-48)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre».
Y le preguntó Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?»
El Señor respondió: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: “Mi amo tarda en venir”, y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán».
Comentario
El evangelio de hoy, en continuidad con el de ayer, recoge las otras dos parábolas exhortando a la vigilancia. Jesús se dirige a sus discípulos enseñándoles a cuidar al pueblo de Dios a ellos encomendado. Los invita a vivir desde la lógica del amor, de la atención, de la ternura, de la vigilancia.
Todo cristiano es administrador de los misterios de Dios: de la vida que nos ha dado, del amor intratrinitario en el que vivimos -hijos de Dios Padre en el Hijo por el Espíritu Santo-, de los talentos y capacidades con los que nos ha adornado, de las personas que nos ha confiado. Y nadie nos puede sustituir en esa tarea.
Cuando nos olvidamos de que todos esos bienes nos han sido confiados, cuando pensamos que los merecemos y no nos damos cuenta de por qué los tenemos, acabamos encerrados en nosotros mismos, llenos de nuestras soberbias, de nuestras envidias, de nuestros rencores, de nuestros juicios críticos. Y, entonces, no solo no cuidamos, sino que acabamos maltratando a los demás, incapaces de mirarlos con la mirada de Cristo.
Como señala Benedicto XVI, esta vigilancia significa “de un lado, que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose a las cosas tangibles, sino que levante la mirada más allá de lo momentáneo y sus urgencias. De lo que se trata es de tener la mirada puesta en Dios para recibir de Él el criterio y la capacidad de obrar de manera justa. Por otro lado, vigilancia significa sobre todo apertura al bien, a la verdad, a Dios, en medio de un mundo a menudo inexplicable y acosado por el poder del mal. Significa que el hombre busque con todas las fuerzas y con gran sobriedad hacer lo que es justo, no viviendo según sus propios deseos, sino según la orientación de la fe” [1].
Jesús quiere que nuestra existencia sea fecunda, que no bajemos la guardia, para recibir con gratitud y maravillados todos los tesoros de su corazón. Quiere que estemos vigilantes para poner al servicio de los demás nuestros talentos y capacidades, nuestra sonrisa, nuestro perdón, nuestro trabajo diario, nuestra vida de fe, esperanza y amor.
Cristo nos presenta la vida como una misión: estar «al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida». Nuestra vida es una misión. Venimos a la tierra para algo, o más bien, para alguien: para nuestras familias, nuestras amistades, nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos. De nuestro cuidado depende, en gran medida, la felicidad eterna de esas personas.
[1] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, p. 333-334.
Luis Cruz 2021
jueves (Lc 12,49-53): fuego de amor
Comentario del jueves de la 29º semana del tiempo ordinario. “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?” Dóciles al Espíritu Santo, también cada uno de nosotros queremos que el amor de Cristo llegue a las personas que nos rodean. Por eso, le pedimos al Paráclito: “enciende en ellos el fuego de tu amor”.
Evangelio (Lc 12,49-53)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
— Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división.
Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres; se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.
Comentario
Jesús se dirige a sus discípulos desvelándoles los deseos más profundos de su corazón: sus ansias incontenibles de dar la vida por amor a todos los hombres, amor que está simbolizado en la imagen del fuego. Jesús es luz del mundo (cf. Juan 8,12), y es también fuego y calor. Dios se presentó bajo la imagen de una zarza que ardía sin consumirse ante la admiración de Moisés (cf. Éxodo 3,2-3), manifestando así sus ansias de liberar a su pueblo de la opresión del poder del faraón. Moisés fue portador de ese fuego divino, fuego que siguió ardiendo a lo largo de toda la historia de la salvación, hasta el momento culminante en que Jesús, en el Calvario, recibió “un bautismo”, aquel que tanto ansiaba recibir, cuando murió en la Cruz, para liberar a todos de la opresión del pecado.
Cincuenta días después de aquella nueva pascua que tuvo lugar en el monte Calvario, durante la fiesta de Pentecostés, vino el Espíritu Santo sobre los discípulos bajo la forma de lenguas de fuego. Los apóstoles, llenos del Espíritu de Dios, anunciaron a Jesús, y aquel día fueron bautizados unas tres mil almas (cf. Hechos de los Apostóles, 2). Era un nuevo bautismo, por el que aquellos peregrinos y todos los cristianos hemos recibido el fruto de la redención que nos ganó Jesús en la Cruz.
Pero Jesús sabía que ese fuego de amor salvífico iba a encontrar obstáculos, provocando división incluso dentro de una misma familia. Ya el anciano Simeón, ante Jesús niño, después de proclamarlo como salvador de todos los pueblos, anunció a María que sería también “signo de contradicción” (Lucas 2,34). Pero esa división no prevalecerá: el fuego y la luz son más intensos que el frío y las tinieblas. Los cristianos, por el bautismo, somos portadores de ese mismo fuego de Jesucristo, apóstoles, por vocación divina. Como nos dice san Josemaría: “Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón” [1].
[1] San Josemaría, Camino, n. 1.
Josep Boira 2021
viernes (Lc 12,54-59): la ciencia que salva
Comentario del viernes de la 29º semana del tiempo ordinario. “¿Cómo es que no sabéis interpretar este tiempo?”. Cada día, en el diálogo con Dios, podemos preguntarle: “Jesús, ¿qué quieres hoy de mí?
Evangelio (Lc 12,54-59)
En aquel tiempo, decía Jesús a la gente:
— Cuando veis que sale una nube por el poniente, enseguida decís: «Va a llover», y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: «Viene bochorno», y también sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo? ¿Por qué no sabéis descubrir por vosotros mismos lo que es justo?
»Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo.
Comentario
Ya en los tiempos antiguos los hombres eran capaces de predecir el tiempo climático, porque Dios los hizo partícipes, desde la creación del mundo, de su sabiduría para “interpretar el aspecto del cielo y de la tierra”. Pero los signos y prodigios que aquellos hombres veían, las enseñanzas que escuchaban eran más que suficientes para reconocer en ellos la venida del Mesías salvador. ¿De qué les podía servir a aquellas gentes conocer las cosas terrenas si no aceptaban a su Creador, venido al mundo para “reconciliar todos los seres consigo” (Colosenses 1,20)?
Con Jesús, el tiempo ha llegado a su plenitud (cf. Gálatas 4,4); la salvación y la conversión del corazón están al alcance de todos. Todo hombre, en el sagrario de su conciencia, puede discernir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto. Mientras somos caminantes, Dios nunca deja de dar a sus hijos los medios para reconocerle y convertirse a él, incluso hasta el último instante de la vida terrena, como hizo con el buen ladrón, que reconoció en Jesús al Dios que le podía salvar de la muerte eterna (cf. Lucas 23,42).
Jesús nos dice que incluso el temor por una justa condena puede llegar a ser un válido motivo para cambiar de vida y reconciliarse con Dios y con el prójimo. Para ello es necesaria la humildad, abandonar la actitud hipócrita del que presume de saber mucho de la ciencia humana, pero no reconoce en el fondo de su corazón la presencia de un Dios que “no quiere la muerte del impío, sino que se convierta de su camino y viva” (Ezequiel 33,11). A propósito de la relación entre la ciencia humana y la humildad, san Josemaría escribió: “Tú, sabio, renombrado, elocuente, poderoso: si no eres humilde, nada vales. –Corta, arranca ese "yo", que tienes en grado superlativo –Dios te ayudará–, y entonces podrás comenzar a trabajar por Cristo, en el último lugar de su ejército de apóstoles”[1].
[1] San Josemaría, Camino, n. 602.
Josep Boira 2021
sábado (Lc 13,1-9): no retrasar la conversión
Comentario del sábado de la 29º semana del tiempo ordinario. “Les decía esta parábola: un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró”. Jesús espera de nosotros el fruto de una conversión diaria, de una correspondencia concreta a su infinito amor. El resto lo hace Él.
Evangelio (Lc 13,1-9)
Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo:
— ¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente.
Les decía esta parábola:
— Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero él le respondió: «Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás».
Comentario
La invitación de Jesús a la conversión personal sigue siendo apremiante. Los interlocutores de Jesús pensaban que la causa de algunas desgracias e injusticias eran los pecados de esas mismas víctimas. Hasta sus mismos discípulos manifestaron esta misma mentalidad cuando vieron al ciego de nacimiento: “Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?” (Juan 9,2). Se hacían a sí mismos jueces inapelables de las conciencias ajenas. Jesús, sin embargo, les reprocha esa actitud, pues no examinan su propia vida, desconocen el estado de su alma, de modo que no se convierten.
La conversión es volverse a Dios, y con su luz, reconocer el propio pecado, y emprender una vida nueva, según las palabras del Salmo: “Ten misericordia de mí, Dios mío, según tu bondad; según tu inmensa compasión borra mi delito. (...) Yo reconozco mi delito, y mi pecado está de continuo ante mí” (Salmo 51,3.5). “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”, recordaba el Papa Francisco al convocar el jubileo extraordinario de la misericordia [1].
La parábola de Jesús nos habla de la paciencia de Dios. El dueño de la higuera plantada en la viña lleva tres años esperando a que ese árbol dé fruto, y está dispuesto a esperar un cuarto año, pues el viñador le ha prometido que hará todo lo posible para que la siguiente cosecha no vuelva a ser infructuosa. Ciertamente, “el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia” (Salmo 103,8). Pero esa paciencia divina no puede ser excusa para retrasar la conversión, para dejar de acudir una vez y otra a las fuentes de la gracia divina: los sacramentos, la savia divina que empapa y vivifica nuestra alma, y nos convierte en personas que dan fruto.
[1] Francisco, Misericordiae vultus, n. 1.
Josep Boira 2021
30º semana
Domingo (Ciclo B: Mc 10,46-52): la oración del ciego que quería volver a ver
Domingo (Ciclo C: Lc 18,9-14) el publicano y el fariseo. "Todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado". Jesús dibuja con perfiles tan marcados la arrogancia del fariseo que ninguno querría parecerse a él, sino más bien al publicano humilde.
lunes (Lc 13, 10-17): la misericordia de Cristo
martes (Lc 13 18-21): ¿a qué se parece el reino de Dios?
miércoles (Lc 13, 22-30): el celo apostólico
jueves
viernes (Lc 14,1-6): una mirada hacia el interior del corazón
sábado (Lc 14, 1.7-11): andar en verdad
domingo (Ciclo B: Mc 10,46-52): la oración del ciego que quería volver a ver
Comentario del domingo de la 30° semana del tiempo ordinario (Ciclo B). “¿Qué quieres que te haga? - Rabboni, que vea”. La petición de Bartimeo nos invita a perseverar en la oración para tener visión sobrenatural en nuestra vida y aprender de Dios a mirar el mundo con sus ojos.
Evangelio (Mc 10,46-52)
Llegan a Jericó. Y cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: - ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más: - ¡Hijo de David, ten piedad de mí!
Se paró Jesús y dijo: - Llamadle. Llamaron al ciego diciéndole: - ¡Ánimo!, levántate, te llama.
Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó: - ¿Qué quieres que te haga? - Rabboni, que vea - le respondió el ciego.
Entonces Jesús le dijo: - Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino.
Comentario
En su camino hacia Jerusalén, donde se va a cumplir nuestra salvación, Jesús pasa por una aldea llamada Jericó. Y allí, al lado del camino estaba sentado un ciego de quien conocemos el nombre, Bartimeo. Este hombre llevaba todo el día pidiendo limosna a los que pasaban. Y lo mismo hace con el Señor, le pide piedad a gritos: “¡Ten piedad de mí!”.
Jesús no sólo le oye gritar, sino que conoce perfectamente su situación y sus necesidades más profundas. Sin embargo inicialmente no le hace caso, quiere que Bartimeo venza el respeto humano de los que le invitan a callar, quiere que grite con más fuerza. Y eso es lo que ocurre. Entonces Jesús se para y le llama a través de los mismos que le reprendían, que ahora tienen palabras de aliento: “¡Ánimo!, levántate, te llama”.
En otras ocasiones el Maestro había curado enseguida el mal del enfermo que se le presentaba delante. Esta vez, en cambio, le pregunta directamente a él como si hubiera duda de lo que quería: “¿Qué quieres que te haga?”.
Lo mismo pasa en nuestra oración: no basta con pedir una vez, hay que gritar, hay que perseverar en la súplica. Tenemos que conseguir ponernos delante de Dios aunque nuestros ojos sean ciegos a su cercanía. Y Dios nos pide lo mismo: “¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres que te haga?”.
El ciego tiene un deseo evidente: ver. Y esto es lo que todos necesitamos: ver, ver mejor, tener visión sobrenatural en nuestra vida, aprender de Dios a mirar el mundo con sus ojos.
Delante de la súplica de Bartimeo el Señor no le manda ver, sino ir, andar. Le devuelve la vista para andar, para seguirle por el camino. Los ratos de oración en nuestros días, en medio de todas las actividades que sacamos adelante, son un tesoro de gran valor, como el encuentro de Bartimeo con Jesús que pasa. Se trata de pararse, llamarle y volver a ver, para seguirle más de cerca.
San Josemaría repitió muchas veces esas palabras en su juventud: Domine, ut videam! Señor que vea!, antes de recibir de Dios la inspiración del Opus Dei. Y así recomendaba a todos el rezo constante de esa jaculatoria:
“Ponte cada día delante del Señor y, como aquel hombre necesitado del Evangelio, dile despacio, con todo el afán de tu corazón: Domine, ut videam! —¡Señor, que vea!; que vea lo que Tú esperas de mí y luche para serte fiel.” (Forja 318).
Giovanni Vassallo
Domingo 30º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 18,9-14) el publicano y el fariseo. "Todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado". Jesús dibuja con perfiles tan marcados la arrogancia del fariseo que ninguno querría parecerse a él, sino más bien al publicano humilde.
Evangelio (Lc 18,9-14)
Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y que despreciaban a los demás:
— Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo». Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador». Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.
Comentario
Con la parábola del fariseo y el publicano que suben al Templo a orar Jesús nos instruye de nuevo sobre la humildad, virtud imprescindible para tratar a Dios y a los demás y “disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración”, como recuerda el Catecismo de la Iglesia (n. 2559).
El contraste entre los dos personajes de la parábola es llamativo y provocador, sobre todo porque, para la opinión pública de entonces, la figura de un fariseo sintetizaba el modelo de la virtud y la instrucción, mientras el solo nombre de publicano era ya sinónimo de pecador (cfr. p.ej. Lc 5,30) y eran tachados como impuros por trabajar para los gentiles.
Jesús presenta al fariseo orgulloso de sí mismo y con rasgos casi cómicos: reza “quedándose de pie” y más adelantado que el publicano; se dirige a Dios de forma grandilocuente; repasa la lista de sus méritos cumplidos incluso más allá de lo prescrito, como sus ayunos; y vive en constante comparación con los demás, a los que considera inferiores. El fariseo cree que reza, pero en realidad vive un monólogo “para sus adentros”, buscando su satisfacción personal y cerrándose a la acción de Dios.
En cambio, el publicano se queda lejos y con la mirada baja, porque se siente indigno de dirigirse a su Señor; y en su oración se golpea el pecho, como para romper la dureza del corazón y dejar entrar el perdón de Dios. Como señala san Agustín, “aunque le alejaba de Dios su conciencia, le acercaba a él su piedad”[1].
Jesús dibuja con perfiles tan marcados la arrogancia del fariseo que ninguno querría parecerse a él, sino más bien al publicano humilde. Sin embargo, nos acecha una forma similar de arrogancia, aunque se presente más sutil, puede filtrarse en nuestro comportamiento y en nuestra forma de orar. San Juan Crisóstomo comentaba así este pasaje: “Porque así como la humildad supera el peso del pecado y saliendo de sí llega hasta Dios, así la soberbia, por el peso que tiene, hunde a la justicia. Por tanto, aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello, perderás el fruto de tu oración. Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios”[2].
Jesús dice que el publicano bajó justificado mientras el fariseo no. Señala así el fruto que se obtiene con la verdadera vida de piedad: la justificación, que en esta parábola podría traducirse como el arte de agradar a Dios, y que no consiste tanto en sentirnos seguros y mejores por el cumplimiento exacto de normas, sino más bien en reconocer ante Dios nuestra pobre condición de criaturas, necesitadas de su misericordia y llamadas a amar a los demás como Dios los ama.
De la parábola obtenemos un medio seguro para evitar la arrogancia en nuestra vida de piedad: será humilde y agradable a Dios si nos lleva a frecuentes actos de contrición y a amar a los demás. Será arrogante e infructuosa si nos hace sentirnos seguros de nuestros propósitos cumplidos y nos lleva a frecuentes juicios críticos hacia los demás. Como explica el Papa Francisco, “no es suficiente, por lo tanto, preguntarnos cuánto rezamos, debemos preguntarnos también cómo rezamos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar la arrogancia e hipocresía”[3]. Para evitar este mal del alma, mientras tratamos de mejorar y para vivir con un verdadero conocimiento propio, puede servirnos lo que escribió san Josemaría: “No es falta de humildad que conozcas el adelanto de tu alma. –Así lo puedes agradecer a Dios. –Pero no olvides que eres un pobrecito, que viste un buen traje… prestado”[4].
[1] San Agustín, De verb. Dom. Serm. 36.
[2] San Juan Crisóstomo, Serm. De fariseo et De publicano.
[3] Papa Francisco, Audiencia, 1 de junio de 2016.
[4] San Josemaría, Camino, n. 608.
Pablo M. Edo
lunes (Lc 13, 10-17): la misericordia de Cristo
Comentario del lunes de la 30º semana del tiempo ordinario. “Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios”. El Señor nos impone las manos en la Comunión y en la Confesión. No dudemos en encomendarle nuestros propósitos de mejora.
Evangelio (Lc 13, 10-17)
Un sábado estaba enseñando en una de las sinagogas. Y había allí una mujer poseída por un espíritu enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Al verla Jesús, la llamó y le dijo:
— Mujer, quedas libre de tu enfermedad
Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios. Tomando la palabra el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, decía a la muchedumbre:
— Hay seis días para trabajar, venid pues en ellos para ser curados y no un día de sábado.
El Señor le respondió:
— Hipócritas ¿cualquiera de vosotros no suelta del pesebre en sábado su buey o su asno y lo lleva a beber? Y a ésta, que es hija de Abraham, a la que Satanás ató hace ya 18 años, ¿no había que soltarla de esta atadura aún en día de sábado?
Y cuando decía esto, quedaban avergonzados todos sus adversarios, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía.
Comentario
La mujer que nos narra el Evangelio, llevaba casi veinte años encorvada sin poderse enderezar, pero se acerca a Dios, va a la sinagoga y su enfermedad la hace humilde. Cristo, que penetra los corazones, ve en aquella mujer un alma sencilla y purificada. Se dirige a ella imponiéndole las manos y le dice: 'Queda libre de tu mal'. Es una imagen preciosa del sacramento de la misericordia de Dios, de la confesión, en el que Jesús nos libra de las ataduras del pecado, bendiciéndonos con sus manos para librarnos del mal. ¡Qué profunda alegría la que sintió aquella mujer! Podía erguirse y levantar con facilidad la mirada al cielo. Su mirada se encontró con la mirada del Señor y lágrimas de gratitud surcaron su rostro.
El Evangelio relata a continuación la reacción airada del jefe de la sinagoga, que pone por delante de la misericordia la observancia de un precepto. Una reacción que escondía hipocresía, y que contrasta con la alegría de la gente al ver las maravillas que hacía Jesús. No quiere el diablo, el enemigo de nuestra santidad, que nos acerquemos al Corazón misericordioso de Jesús y pone toda clase de obstáculos -¡hasta citando la Palabra de Dios!-, pero hemos de reaccionar con firmeza, para ir al Señor y con sencillez mostrarle los nudos que atenazan el alma, para que los desate su misericordia.
Si guardáramos algún afecto al pecado, viviríamos encorvados sin poder levantar la vista al cielo, con la mirada baja, ocupados solamente de las cosas de la tierra, como si Dios no existiese. El afecto al pecado atenaza, provoca un replegamiento sobre nosotros mismos: el horizonte de la vida se estrecha y los mejores talentos se desaprovechan. El corazón del hombre ha nacido de Dios y tiene anhelos de infinito, de él. Puede conformarse con lo efímero, pero eso no calma su sed profunda, camina en círculo sin avanzar, se traiciona a sí mismo y los intentos de dar alguna utilidad a su vida se van marchitando y acaban siendo castillos de arena. Llenemos nuestro corazón de los verdaderos anhelos que nos dan plenitud, y que nos hacen ir erguidos, con la mirada en el cielo.
martes (Lc 13 18-21): ¿a qué se parece el reino de Dios?
Comentario del martes de la 30º semana del tiempo ordinario. “Es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina hasta que fermentó todo”. Tratemos de hacer nuestro trabajo lo mejor posible, con la competencia necesaria y con espíritu de servicio.
Evangelio (Lc 13 18-21)
Y decía:
—¿A qué se parece el reino de Dios y con que lo compararé? Es como un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo echó en su huerto y creció y llego a hacerse un árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas.
—Y dijo también:
—¿Con qué compararé el Reino de Dios? Es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina hasta que fermentó todo.
Comentario:
La acción santificadora del Espíritu Santo puede pasarnos inadvertida. El crecimiento de la vida interior es paulatino. Dios cuenta con el tiempo, conoce nuestra fragilidad y las dificultades que van a presentarse en nuestra vida, pero la gracia, su amor, es constante. El bien es difusivo y así es la santidad. El Señor nos pone la imagen de las aves del cielo, que vienen a posarse en las ramas de la semilla de mostaza que se ha hecho árbol. Igual ocurre con los hijos de Dios, si procuran ser fieles. Muchos acudirán a ampararse en el amor de Dios que se manifiesta en sus vidas.
Hemos de perseverar en la lucha, una lucha cotidiana, casi siempre en cosas pequeñas, que deja el alma dispuesta para recibir la semilla divina y dar fruto. No importa que nuestros deseos de santidad sean efímeros e inconstantes, Dios es tan bueno, que con un poquito de buena voluntad, construye el edificio de nuestra santidad. Solía decir san Josemaría que cada vez que hacía un acto de contrición, recomenzaba. Experimentamos constantemente nuestra imperfección, pero lejos de desanimarnos sabemos que nuestra debilidad atrae al amor divino, un amor que le lleva a clamar: ` ¿Puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del fruto de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré´[1]
Dios actúa como el fermento en la masa. Aplica a nuestra naturaleza caída los méritos infinitos de su Redención y la transforma, la diviniza. Así hemos de actuar nosotros en medio del mundo: ser fermento en la masa, santificando nuestras ocupaciones diarias, aprovechando esas circunstancias para crecer en santidad y santificar a los demás. La santidad consiste en amar. El fermento del amor hará emerger una nueva civilización, una nueva cultura que alboree en el mundo, llevada a cabo por los hijos de Dios, porque, como afirma el Apóstol: 'la creación espera anhelante la manifestación de los hijos de Dios'[2].
[1] Is, 15
[2] Rom, 19
miércoles (Lc 13, 22-30): el celo apostólico
Comentario del miércoles de la 30º semana del tiempo ordinario. “Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán”. Tratemos de ayudar a los que nos rodean a “entrar por la puerta angosta”, sabiendo que no es algo negativo sino que da entrada a la intimidad divina, ya en este mundo.
Evangelio (Lc 13, 22-30)
Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén.
Y uno le dijo:
—Señor, ¿son pocos los que se salvan?
Él les contestó:
—Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa haya entrado y haya cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”. Y os responderá: “No sé de dónde sois”. Entonces empezaréis a decir: “Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas”. Y os dirá: “No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los servidores de la iniquidad. Allí habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera. Y vendrán de oriente y de occidente y del norte y del sur y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. Pues hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.
Comentario
Para hablarnos del Reino de los Cielos y de nuestro destino eterno, el Señor se sirvió más de una vez de la metáfora del banquete. Era una imagen muy sugestiva para la mentalidad de los orientales, en concreto de los semitas. Lo hizo sobre todo en la famosa parábola de los invitados al festín, con su invitación no menos famosa a “obliga a entrar” (“compelle intrare”; cfr. Lucas 14, 15 ss.), es decir a convencer a los recalcitrantes que hagan lo necesario para ocupar la plaza que Dios les reserva en la sala del banquete.
En el texto de hoy, encontramos la misma idea, con algunos matices propios. El principal es, probablemente, el carácter definitivo del tema, puesto que, si la puerta se cierra por nuestra culpa, ya nadie podrá abrirla. La afirmación de que la puerta es “angosta” subraya aún más la radicalidad del asunto. En la vida, podemos fracasar en muchos casos, pero nuestra santidad, es decir la salvación eterna, es esencial, por lo que de ningún modo podemos fallar.
El propósito que podríamos sacar de la meditación de este pasaje es sin duda la necesidad de vivir con mayor celo y dedicación nuestra misión de apóstoles, que nos corresponde en cuanto cristianos. Hemos de proponernos, de manera positiva pero firme, que los que nos rodean se tomen en serio su vida, piensen en su destino eterno y traten de vivir según las enseñanzas de nuestro Señor, tal y como la Iglesia nos las expone. Sólo así darán a sus vidas el sentido oportuno.
viernes (Lc 14,1-6): una mirada hacia el interior del corazón
Comentario del viernes de la 30º semana del tiempo ordinario . “Un sábado, entró él a comer en casa de uno de los principales fariseos y ellos le estaban observando. Y resultó que delante de él había un hombre hidrópico. (…) Y tomándolo, lo curó y lo despidió”. Aprendamos a mirar a los demás como lo hacía Cristo, con una caridad que se haga cargo de sus problemas verdaderos.
Evangelio (Lc 14,1-6)
Un sábado, entró él a comer en casa de uno de los principales fariseos y ellos le estaban observando. Y resultó que delante de él había un hombre hidrópico. Y tomando la palabra, les dijo Jesús a los doctores de la Ley y a los fariseos:
—¿Es lícito curar en sábado o no?
Pero ellos callaron. Y tomándolo, lo curó y lo despidió.
Y les dijo:
—¿Quién de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida un día de sábado?
Y no pudieron responderle a esto.
Comentario
El Señor convive con todo tipo de personas. Acepta la invitación al banquete que Zaqueo organizó justo después de su conversión. También se reúne con un grupo más estrecho de amigos, como Marta, María y Lázaro en Betania. Y no deja de aceptar, incluso, las invitaciones a la casa de fariseos, como vemos en el Evangelio del día de hoy.
Jesús se encuentra ante un enfermo y los fariseos observan la escena. Para los fariseos, el enfermo es solo una ocasión para poner a prueba a Jesús: ¿lo curará en día de sábado? ¿cómo resolverá este problema? No parece que les importe mucho el estado de aquel pobre hombre. Jesús, sin embargo, no entra en esa lógica de sus adversarios. Él no ve en ese enfermo una excusa para tener una discusión sobre la ley. Ve, sobre todo, a una persona que necesita su ayuda: «¿Quién de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida un día de sábado?» (v. 5) Con esta pregunta, Jesús sugiere que los fariseos tienen que cambiar de perspectiva: el enfermo no es un caso para hacer una disquisición teórica, sino alguien ante quien no se puede permanecer indiferente.
En la acción de Cristo vemos cómo la caridad nos dirige hacia la persona concreta. Nos da esa mirada sencilla, que no se deja atrapar por prejuicios o ideologías que con frecuencia oscurecen las necesidades reales de los demás. La caridad nos hace conectar con las personas y entrar en su mundo interior. Una vez realizada esa conexión, es mucho más fácil y natural encontrar solución a las situaciones problemáticas que puedan atravesar. Por eso, san Josemaría decía: «Más que en "dar", la caridad está en "comprender"» (Camino, 463).
Rodolfo Valdés
sábado (Lc 14, 1.7-11): andar en verdad
Comentario del sábado de la 30º semana del tiempo ordinario. “Cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba»”. La auténtica humildad está en sabernos amados por Dios, elevados por la gracia para ser hijos suyos.
Evangelio (Lc 14, 1.7-11)
Les proponía a los invitados una parábola, al notar como iban eligiendo los primeros puestos:
Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: «Cédele el sitio a éste», y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.
Comentario
Santa Teresa decía que la humildad es andar en verdad. Es la virtud que nos permite situarnos en la realidad de nosotros mismos, vivir en ella con serenidad y alegría. En la parábola que se nos propone en el Evangelio de hoy, Jesús nos indica cómo hacer para andar en la verdad de nosotros mismos. Nos hace ver que el modo más acertado para llegar a nuestra verdad es considerar nuestra vida desde la perspectiva de Dios.
En la imagen de los invitados al banquete que se lanzan ávidamente al primer lugar podemos ver reflejada la actitud de quien busca un reconocimiento prematuro, un estatus o situación de prestigio, sin pensar si realmente corresponde a la realidad de su condición. Es una actitud que, incluso desde un punto de vista meramente humano, resulta poco elegante. No pocas veces, la misma evolución espontánea de los acontecimientos acaba por revelar lo artificial que era esa posición, metiendo en crisis a la persona que había vivido fuera de su realidad, obligándola entonces a «buscar, lleno de vergüenza, el último lugar» (v. 9).
Pero con esta parábola el Señor no quiere limitarse a denunciar la vanidad, sino que desea sobre todo enseñarnos el camino para llegar a nuestra verdad. Por eso propone que no nos apresuremos a buscar un lugar de relieve o a pretender que se nos trate de una cierta manera. Nos anima a dejar que sea nuestro Padre Dios quien nos diga el «Amigo, sube más arriba» (v. 10), es decir, que nos diga que para Él somos siempre sus amigos y lo único que realmente cuenta es estar a su lado. Nuestra condición de hijos de Dios es la verdad más fundamental, desde la que podemos valorar y construir todo lo demás en nuestras vidas.
«Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (v 11). Santa María nos enseña a recorrer con gozo este camino que nos propone su Hijo: «ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso» (Lucas 1,48-49).
Rodolfo Valdés
31º semana
domingo (Ciclo B: Mc 10,35-45): los corazones grandes saben servir
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miércoles (Lc 14,25-33): ser discípulo de Cristo
jueves (Lc 15,1-10): he venido a llamar a los pecadores
viernes (Lc 16,1-8): buscad primero el Reino de Dios y su justicia
sábado (Lc 16, 9-15): aspirar a los bienes más altos
domingo (Ciclo B: Mc 12, 28b-34): amar es el mandato más importante
Comentario del domingo de la 31° semana del tiempo ordinario (Ciclo B). ”¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” La respuesta del Señor ante la profunda pregunta del escriba nos invita a recordar que la causa última y el sentido de todos los mandamientos de la vida cristiana es ni más ni menos que el amor a Dios y a los demás.
Evangelio (Mc 12, 28b-34)
Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó:
¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?
Jesús respondió:
—El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.
Y le dijo el escriba:
—¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo:
—No estás lejos del Reino de Dios.
Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.
Comentario
El evangelio de la liturgia de hoy nos presenta un profundo e interesante diálogo entre un escriba, es decir, un experto en el conocimiento de las Escrituras y Jesús. La pregunta que le dirige es de gran importancia, porque se trata de saber cual es el sentido último de los mandamientos. Este hombre quizá sentía el peso de la gran variedad de cosas que debía cumplir como miembro del pueblo elegido y se preguntaba el porque de tanto esfuerzo. Con este fondo, podemos compartir su inquietud, y su pregunta al Maestro: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?
La respuesta de Jesús no se hace esperar, y saliendo a su encuentro usa las Escrituras para responder. Le recuerda así unas palabras del Deuteronomio que todo varón piadoso repetía al menos dos veces al día: “Escucha Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-5). Jesús usa esta oración, conocida como el Shema Israel (escucha Israel, en hebreo), señalando de este modo que en el centro de la fe de Israel se encuentra la razón última y el sentido de todos los mandamientos: el amor a Dios.
Y aunque el escriba solo había preguntado por el más importante, el Señor aprovecha para recordarle también el segundo en importancia, y usa nuevamente un libro de la Escritura. Esta vez toma prestadas unas palabras del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 18).
Jesús recuerda así que el amor a Dios y al prójimo son la esencia de la fe y la fuente de la que manan todos los mandamientos. Nos invita así a levantar la mirada y a entender que estamos llamados no sólo a cumplir con unas determinadas obligaciones, sino a vivir un amor grande y generoso, que abarque todos los aspectos de nuestra vida, porque como recordaba san Josemaría: “Jesús no se satisface compartiendo, lo quiere todo” (Camino, n. 155).
Desde aquí se puede comenzar a entender que al igual que nuestra existencia es compleja y tiene muchas dimensiones, del mismo modo algunos mandamientos serán complejos y no evidentes en un primer momento. Lo importante es saber que todos los mandamientos, aún aquellos que nos parezcan más enrevesados, tienen como razón de fondo este amor intenso y grande que nos pide Dios. En otras palabras, que los mandamientos son modos concretos de amar a Dios y a las personas que tenemos al lado y modos de declinar el amor en las situaciones concretas.
Quizá podemos aprovechar el día de hoy para pensar el modo en que vivimos los deberes y mandamientos de la vida cristiana -en modo especial los que más nos cuesten-, y preguntarnos si los vemos como un peso con el que hay que cargar o si, por el contrario, sabemos poner en práctica lo que el Señor nos enseña hoy y los vemos como modos de concretizar nuestro amor por Dios y por los demás.
Martín Luque
miércoles (Lc 14,25-33): ser discípulo de Cristo
Comentario del miércoles de la 31º semana del tiempo ordinario. “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”. Tú y yo podemos preguntarnos cómo seguimos a Cristo, si nos dejamos llevar por la rutina en las obligaciones que ya hemos incorporado a nuestro horario o si por el contrario, secundando la gracia, procuramos identificarnos con Él.
Evangelio (Lc 14,25-33)
Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo:
- Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo.
Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar”. O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo.
Comentario
Jesús se ve acompañado por mucha gente, y sabe que algunos de los que le siguen no lo hacen con buenas disposiciones. Junto a aquellos que le acompañan con una recta intención, otros lo hacen para poder vivir algo extraordinario, presenciar algún milagro; otros por curiosidad e incluso algunos para poder descalificarlo. Tú y yo podemos preguntarnos cómo seguimos a Cristo, qué nos impulsa a seguirle, si nos dejamos llevar por la rutina en las normas u obligaciones que ya hemos incorporado a nuestro horario o si por el contrario, secundando la gracia, procuramos identificarnos con Él.
La única respuesta válida para seguir Cristo es por una razón de amor, de correspondencia al amor que nos tiene. El evangelio de hoy no es sino una manifestación del primer mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mt 12,30). Un mandamiento de amor que el Señor dirige a todos, válido para todas las personas y para todos los tiempos. Todo debe posponerse a ese amor. Algo que ocurre, cuando el amor de Dios llena el corazón de una persona. “Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”, como decía Santa Teresa.
Un amor así no es fruto de profundas meditaciones ni siquiera de continuos actos de voluntad. Es un don, una gracia que Dios nos da, para poder amarle con un amor absoluto e incondicional, que se hace eterno tras la muerte. Cuando respondamos con todo nuestro ser a Dios que se nos entrega, podremos amar a las personas y a las cosas como Dios las ama, pero antes tenemos que dar ese paso, la desposesión radical de uno mismo, que nos enseña Jesús en el evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (Mt 16,24).
Miguel Ángel Torres-Dulce
jueves (Lc 15,1-10): he venido a llamar a los pecadores
Comentario del jueves de la 31º semana del tiempo ordinario. “Los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar”. Jesús quiere que quienes le sigan compartan su mismo corazón. Ese mismo corazón enamorado de Jesús, es el que nos pide cuando nos nombra emisarios suyos.
Evangelio (Lc 15,1-10)
Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.
Entonces les propuso esta parábola:
—¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió». Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión.
»¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió». Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.
Comentario
Una de las cosas que más llaman la atención en el caminar de Jesús es que ninguno de aquellos que eran considerados pecadores se sentía rechazado por Nuestro Señor. Lucas lo expresa así: «Se le acercaban todos los publicanos y pecadores». Para todos tenía palabras, un corazón acogedor y misericordia, a todos ellos los animaba a tomarse en serio su relación con Dios, porque la acogida y la misericordia no cierran los ojos a la necesidad de rechazar el pecado y obrar el bien. Una acogida que era, al mismo tiempo, entrega: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). Es la renovación del amor primero: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1Jn 4,19).
Aquellos publicanos y pecadores se supieron buscados y llamados por Jesús. Ora así Nuestro Señor: «Cuando estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste» (Jn 17,12). Y lo hizo como el pastor que sale a buscar a las ovejas: porque el Padre nos ha puesto en sus manos, porque sabe a qué estamos llamados y nos ama con amor divino, porque quiere que nadie se pierda. Ese mismo amor es el que nos pide cuando nos nombra emisarios suyos: «Los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar» (Lc 10,1). Jesús quiere que quienes le sigan compartan su mismo corazón.
Los ejemplos que pone el Señor son un desafío a la lógica humana. No es fácil que un pastor abandone a todo un rebaño para buscar una sola oveja si hay riesgo para las otras. Pero Jesús Buen Pastor lo hace: esa es la realidad de su preocupación por todos y cada uno. Y su empeño por atraernos al Padre es como el de una mujer que ha extraviado el sustento diario de su familia: su esfuerzo de búsqueda es proporcional al amor por los suyos. Jesús nos anima a crecer en amor verdadero por nuestro prójimo, amor también por su vida eterna. Ese amor dará como fruto oración, inventiva y empeño por ayudarnos mutuamente a identificar lo que nos aleja de Dios y a crecer en deseos de tener un corazón limpio.
Juan Luis Caballero
viernes (Lc 16,1-8): buscad primero el Reino de Dios y su justicia
Comentario del viernes de la 31º semana del tiempo ordinario. “¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando”. Jesús también nos está animando a aprovechar el tiempo presente en aras de la salvación, sabiendo que el futuro se persigue en el hoy y el ahora.
Evangelio (Lc 16,1-8)
Decía también a los discípulos:
—Había un hombre rico que tenía un administrador, al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y le dijo: «¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando». Y dijo para sí el administrador: «¿Qué voy a hacer, ya que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando me despidan de la administración». Y, convocando uno a uno a los deudores de su amo, le dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi señor?» Él respondió: «Cien medidas de aceite». Y le dijo: «Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta». Después le dijo a otro: «¿Y tú cuánto debes?» Él respondió: «Cien cargas de trigo». Y le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta». El amo alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente; porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz.
Comentario
El evangelio de hoy nos propone una parábola, de entrada, desconcertante. En el capítulo 16 de su Evangelio, Lucas comienza a hablar de las riquezas. Las enseñanzas que ahí se nos transmiten no se limitan a hacer un juicio sobre la avaricia o el despilfarro. Jesús quiere que los discípulos entiendan la necesidad de aprovechar el tiempo porque el Reino está ya cerca, y éste es el bien que debe perseguirse por delante de todos: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán» (Mt 6,33).
La parábola nos habla de un administrador despilfarrador, como lo fue el hijo pródigo (Lc 15,13). Su amo, viendo que no obraba razonablemente, dentro de lo que le competía por razón de su oficio, decide prescindir de sus servicios y le pide el balance para dárselo al que ocupe su puesto. Viéndose en la calle, el administrador echa sus cálculos, decide a qué no está dispuesto, y de repente tiene una idea: «¡Me granjearé amigos entre los deudores, rebajando el importe de sus deudas!». Jesús, entonces, curiosamente –este es el efecto sorpresa tan buscado por el Señor en sus parábolas – alaba a ese hombre injusto. Pero no lo alaba por su deshonestidad, sino por la rapidez y astucia con la que ha obrado en el poco tiempo que tenía. Esto es, por el empeño que ha puesto en lo que quería.
La parábola, por tanto, emite un juicio sobre el despilfarro, pidiendo a los discípulos ser buenos administradores de los bienes materiales: conformándose con lo necesario y poniendo al servicio de los demás lo que se tenga en la medida de las posibilidades (cfr. Lc 16,19-31). Pero, con sus palabras, Jesús también nos está animando a aprovechar el tiempo presente en eras de la salvación, sabiendo que el futuro se persigue en el hoy y el ahora, porque, «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mt 16,26). San Pablo lo dirá así: «Mirad con cuidado cómo vivís: no como necios, sino como sabios; redimiendo el tiempo» (Ef 5,15-16); «Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2Co 6,2).
Juan Luis Caballero
sábado (Lc 16, 9-15): aspirar a los bienes más altos
Comentario del sábado de la 31º semana del tiempo ordinario. “Porque lo que parece ser excelso ante los hombres es abominable delante de Dios”. Jesús nos anima a purificar el corazón y renovar la mente, a examinar deseos e intenciones, porque es del corazón de donde salen las buenas y las malas obras.
Evangelio (Lc 16, 9-15)
«Y yo os digo: haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas.
»Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho. Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro?
»Ningún criado puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.
Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amantes del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo:
—Vosotros os hacéis pasar por justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que parece ser excelso ante los hombres es abominable delante de Dios.
Comentario
Las palabras del evangelio de la misa de hoy son en parte aplicación de la parábola del evangelio de ayer, aunque en el contexto amplio de todo el evangelio de Lucas. Por un lado, se anima a los discípulos a comportarse con la sabiduría que, imperfectamente, se refleja en la sagacidad de aquellos que solo funcionan por cálculos humanos. De hecho, la expresión «riqueza injusta» hace referencia a la riqueza desvinculada de la obtención de la verdadera justicia. Jesús nos pide que nos empeñemos en serio en alcanzar aquello que decimos querer alcanzar, poniendo todo lo demás al servicio de esa meta: las moradas eternas. Se trata, por tanto, de aprender a discernir cómo usar correctamente los bienes materiales.
A esta exhortación se le suman otras dos, que están en relación también con otros textos lucanos. El administrador responsable es el que presta atención a lo pequeño, pues a menudo es ahí por donde viene la ruina. Es en lo poco, en lo pequeño, donde se manifiesta y demuestra el interés y el amor verdaderos. También nos dice el texto que no podremos administrar bien los bienes eternos si no hemos sabido administrar bien los transitorios. Aspirar al cielo no quiere decir desentenderse del mundo. Estas enseñanzas se pueden sintetizar es esta frase: «no podéis servir a Dios y a las riquezas»; esto es, si lo que nos mueve es el dinero, Dios queda fuera. Solo uno de los dos polos puede ser rector de la vida entera.
Las últimas palabras de Jesús nos ponen sobre aviso. A Jesús le estaban escuchando «amantes del dinero» (Lc 16,14) y eso él lo veía, aunque por fuera se disimulase. Porque, ¿cuál es el valor de la limosna de un avaro o de un codicioso? Dios lo juzga. Y eso es lo verdaderamente determinante. De poco nos servirá el juicio positivo de los hombres sobre nosotros si realmente nuestro interior lo desdice. Jesús nos anima a purificar el corazón y renovar la mente, a examinar deseos e intenciones, porque es del corazón de donde salen las buenas y las malas obras.
Juan Luis Caballero
32º semana
domingo (Ciclo B: Mc 12, 38-44): dale tú lo que puedas dar
lunes (Lc 17,1-6): una sincera ayuda mutua
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miércoles (Lc 17, 11-19): fe y gratitud
jueves (Lc 17,20-25): acoger el reino de Dios
viernes (Lc 17,26-37): quien pretenda guardar su vida, la perderá
sábado (Lc 18,1-8): perseverar en la oración
domingo (Ciclo B: Mc 12, 38-44): dale tú lo que puedas dar
Comentario del domingo de la 32º semana del tiempo ordinario. “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos”. El convencimiento de que el Señor ve y aprecia cada detalle de cariño y entrega, aunque sean muy pequeños y escondidos, nos llevará a ser muy generosos con él y los demás.
Evangelio (Mc 12, 38-44)
Y en su enseñanza, decía:
—Cuidado con los escribas, a los que les gusta pasear vestidos con largas túnicas y que los saluden en las plazas; los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes. Devoran las casas de las viudas y fingen largas oraciones. Éstos recibirán una condena más severa.
Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho. Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas pequeñas, que hacen la cuarta parte del as. Llamando a sus discípulos, les dijo:
—En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento.
Comentario
A la entrada del Templo de Jerusalén se encontraba el gazofilacio, palabra de origen griego que significa guarda del tesoro. Este lugar o caja estaba destinado a recibir las limosnas de la gente pudiente y también las del pueblo, para ayudar a sustentar los gastos del culto. Mezclada entre los que aquel día echaban mucho dinero, apareció una mujer que no pasaría desapercibida para la mirada omnisciente y amorosa del Señor.
La situación de las viudas en la antigüedad podía llegar a ser dramática, sobre todo si el difunto marido no había dejado dinero o posesiones. Las mujeres dependían en gran medida del trabajo de los hombres para su propio sustento. De modo que perder al cabeza de familia sumía a muchas de ellas en una pobreza extrema. Y por eso la Escritura exhorta en numerosos lugares a cuidarlas con esmero. Esta mujer del evangelio era precisamente viuda y pobre.
Así se explica la especial alegría de Jesús, “que conoce lo que hay en todos los corazones” (cfr. Jn 2,25), cuando vio cómo ofrecía para los gastos del Templo todo lo que tenía para sobrevivir, aunque fuera muy poco, tan solo dos monedillas de poco valor. Aquella mujer consideró que era más importante el culto rendido a Dios que su propia seguridad o sustento. Por eso es un ejemplo excelso de generosidad que el propio Jesús nos señala.
Junto a la oración y el ayuno, la limosna es una de las acciones más gratas a Dios, cuando se realiza con rectitud de intención y espíritu generoso y desprendido, cuando realmente nos cuesta, porque se trata de algo propio que damos desinteresadamente. “¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? —consideraba san Josemaría— Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco o en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des” [1].
Jesús nos invita a fijarnos en el hermoso ejemplo de la viuda pobre, porque esto nos llevará a vivir la lógica del don y no la lógica del egoísmo. Nos llevará, en definitiva, a ser magnánimos con Dios y los demás, como lo fue aquella mujer.
Como decía san Josemaría, magnanimidad significa “ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios”[2].
El Señor merece siempre lo mejor de nuestro amor y afecto, de nuestro tiempo y de nuestros intereses. Cuando una persona o una familia saben dar a Dios con generosidad y alegría, como hizo el justo Abel, entonces reciben de parte del Señor el ciento por uno y numerosas bendiciones.
“En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos” (v. 43). El convencimiento de que el Señor ve y aprecia cada detalle de cariño y entrega, aunque sean muy pequeños y escondidos, nos llevará a ser muy generosos con él y los demás.
[1] San Josemaría Escrivá, Camino, n. 829.
[2] San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 80.
Pablo M. Edo
lunes (Lc 17,1-6): una sincera ayuda mutua
Comentario del lunes de las 32° semana del tiempo ordinario. “Si tu hermano peca, repréndele; y, si se arrepiente, perdónale”. La corrección mutua es una manifestación de deseo sincero de ayudarnos unos a otros en nuestro camino. Jesús es nuestro modelo de corrección movida por un amor verdadero y concreto por cada persona.
Evangelio (Lc 17,1-6)
Les dijo a sus discípulos:
—Es imposible que no vengan los escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le valdría que le ajustaran al cuello una piedra de molino y que le arrojaran al mar, que escandalizar a uno de esos pequeños: andaos con cuidado.
Si tu hermano peca, repréndele; y, si se arrepiente, perdónale. Y si peca siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», le perdonarás.
Los apóstoles le dijeron al Señor:
—Auméntanos la fe.
Respondió el Señor:
—Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería.
Comentario
Lucas evangelista nos transmite, en muy pocas palabras, tres vitales enseñanzas de Jesús. Esas palabras podrían englobarse bajo el título «la sabiduría del corazón prudente». La primera de esas enseñanzas nos habla del escándalo, y nos pone en guardia ante la necesidad de tener especial cuidado de los más débiles. A todos nos golpea de un modo singular el mal infligido a seres especialmente indefensos e inocentes. En ese grupo se encuentran los niños, personas que ponen su confianza de una forma tan natural en sus mayores, para que les cuiden, les orienten, les instruyan, y les corrijan si es necesario. Jesús nos advierte: en la dinámica actual del mundo en el que vivimos, herido por el pecado, mientras nuestros corazones no hayan sido totalmente transformados por la gracia, desgraciadamente, no va a faltar a esos seres inocentes el sufrimiento arrojado al mundo por nuestros egoísmos. Jesús ha venido para ofrecernos la transformación y la fuerza necesarias para ir dejando de lado a ese hombre viejo que aún vive en nosotros. Hay un especial mal en hacer daño a los más débiles, a aquellos que se ponen en nuestras manos con confianza. Ojalá queramos y sepamos hacerlo, con la sabiduría propia de quien alberga en su corazón al Espíritu Santo, el cual instruye continuamente, ofrece copiosamente sus preciosos dones y ayuda a fomentar las virtudes.
Esta misma preocupación sincera para con el prójimo ha de tenerse con aquellos que yerran. No se trata de creerse mejores, capacitados para ser jueces, ni de verse los peores, con una falsa humildad. Se trata de sentir una responsabilidad amorosa para con los otros. Todos nos corregimos en el día a día, en cosas ordinarias, cuando pensamos que podemos o pueden hacer mejor las cosas: en la cocina, en el deporte, en cuestiones profesionales. ¿Por qué no íbamos a corregirnos también en las cuestiones espirituales? Pero con una corrección humilde y sincera: la que sale de un corazón que quiere sinceramente que el otro crezca. Es muy fácil que se mezclen motivos equivocados con la corrección, y también es fácil corregir de forma inadecuada. Dios nos corrige porque nos ama. Con infinita paciencia y dulce exigencia. Y perdona de veras. Es necesario, por tanto, corregir teniendo en cuenta la forma de ser y las circunstancias de los demás. Esa es la corrección buena, la que tiene en cuenta la verdad de la persona que se tiene delante y la verdad a la que queremos que se acerque.
Juan Luis Caballero
miércoles (Lc 17, 11-19): fe y gratitud
Evangelio del miércoles de la XXXI semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.
Evangelio (Lc 17, 11-19)
Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los fines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando:
–¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!
Al verlos, les dijo:
–Id y presentaos a los sacerdotes.
Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y este era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús:
–¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?
Y le dijo:
–Levántate y vete; tu fe te ha salvado
Comentario
Jesús va con sus discípulos camino de Jerusalén y se encuentra con estos diez leprosos. Ellos le gritan a la distancia porque según la ley de Moisés los leprosos vivían apartados[1] para evitar contagios. Por ese motivo mantienen la distancia.
El Señor al indicarles que vayan al sacerdote, que era lo previsto en la misma ley[2] para aquellos que hayan sido curados de la lepra, les muestra que serán curados. Se nos relata que eran diez y que sólo vuelve uno, que además era samaritano (entre samaritanos y judíos estaban enemistados y no se hablaban) [3]. Solo regresa uno para dar gracias y gloria a Dios. De los otros nueve no se nos dice nada. En cambio al que regresa para agradecer el Señor le dice que su fe lo ha salvado.
En ocasiones puede sucedernos lo mismo que esos nueve. Acostumbrarnos a la acción de Dios en nosotros, quizá desde la infancia, podemos perder de vista la grandeza inconmensurable de los dones de Dios. Por el contrario, hay personas que han vivido mucho tiempo distantes de Dios, muchas veces simplemente por ignorancia, y al descubrir la acción de Dios en ellos se sienten removidos y se postran interiormente delante de Dios para agradecer.
Pidamos al Señor aprender del leproso samaritano. Que no dejemos de sorprendernos, de maravillarnos, de la acción de Dios en nosotros.
[1] Cfr. Lv 13, 45-46
[2] Cfr. Lv 14, 2 y ss
[3] Cfr. Jn 4, 9
Sebastián Puyal
jueves (Lc 17,20-25): acoger el reino de Dios
Evangelio del jueves de la XXXII semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.
Evangelio (Lc 17,20-25)
En aquel tiempo, interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les respondió: — El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: «Mirad, está aquí», o «está allí»; porque daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros. Y les dijo a los discípulos: — Vendrá un tiempo en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Entonces os dirá: «Mirad, está aquí», o «Mirad, está allí». No vayáis ni corráis detrás. Porque, como el relámpago fulgurante brilla de un extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre. Pero es necesario que antes padezca mucho y sea reprobado por esta generación.
Comentario
Los fariseos pensaban que el reino de Dios se manifestaría de un modo grandioso. Sin embargo el hijo de Dios, desde su nacimiento en Belén, nos da testimonio de que la Redención que va a llevar a cabo seguirá otros derroteros bien distintos a los que ellos se imaginaban.
El reino de Dios ha llegado con tanta sencillez y normalidad que muchos no pueden creer que esté presente ya en medio de ellos. Les resulta demasiado escandaloso que la Verdad más profunda irrumpa de una forma tan sencilla y discreta.
Jesús nos enseña que la fe es un don que Dios concede a los sencillos de corazón: a aquellas personas que saben encontrarle en medio de las ocupaciones ordinarias y en las personas con que se relacionan. Basta que tengan el corazón abierto para acoger y joven para querer aprender lo que Él nos enseña.
Dios nos habla a través del Espíritu. Y lo hace cuando quiere y donde quiere. Así lo expresaba santa Teresita: «El Doctor de los doctores enseña sin grandes discursos. Nunca le oí hablar, pero sé que está en mí. En todos los instantes me guía y me inspira; pero precisamente en el momento oportuno es cuando descubro claridades desconocidas hasta entonces. Regularmente no brillan a mis ojos en las horas de oración, sino en medio de las ocupaciones del día»[1].
A nosotros nos corresponde poner deseos y atención para escucharle; en definitiva, dejarle el timón de nuestra alma y luchar por seguir sus inspiraciones en cada momento.
[1] Sta. Teresa de Lisieux, Historia de un alma.
viernes (Lc 17,26-37): quien pretenda guardar su vida, la perderá
Evangelio del viernes de la 32º semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.
Evangelio (Lc 17,26-37)
Y como ocurrió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre. Comían y bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que Noé entró en el arca, y vino el diluvio e hizo perecer a todos. Lo mismo sucedió en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y edificaban; pero el día en que salió Lot de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y los hizo perecer a todos. Del mismo modo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre. Ese día, quien esté en el terrado y tenga sus cosas en la casa, que no baje por ellas; y lo mismo quien esté en el campo, que no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien pretenda guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará viva. Yo os digo que esa noche estarán dos en el mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado. Estarán dos moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada.
Y a esto le dijeron:
—¿Dónde, Señor?
Él les respondió:
—Dondequiera que esté el cuerpo, allí se reunirán los buitres.
Comentario
Jesús anuncia que la venida del Hijo del Hombre supondrá una conmoción grande en la existencia de la humanidad. Y para que sus oyentes puedan hacerse una idea de lo que supondrán esos días, les pone el ejemplo de Noé y de Lot.
Noé fue aquel patriarca que vivió en tiempos de decadencia de la humanidad, tanto que la Sagrada Escritura dice con palabras duras que el Señor «se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y se entristeció en el corazón» (Gen 6,6), y así sucede el diluvio universal.
Lot fue aquel hombre que también halló gracia ante el Señor y consiguió salvarse cuando Sodoma y Gomorra sufrieron grandes catástrofes a causa de sus pecados (cfr. Gen 19,23-29).
En ambos casos, la Sagrada Escritura subraya que incluso en los momentos más críticos, la misericordia divina se hace presente, dando una nueva oportunidad a quienes procuran corresponder a sus dones.
Noé y Lot tuvieron que dejar muchas cosas atrás para salvarse de las catástrofes. Vieron un antes y un después a su alrededor, y tuvieron que confiar en la mano providente del Señor para mirar adelante, con fe. Noé construyó el arca mientras nada parecía presagiar el diluvio que venía, Lot huyó a otra ciudad cuando en su entorno todo parecía estar en orden.
En el Evangelio, Jesús nos sugiere que necesitamos una fe similar en los momentos de crisis, en las situaciones en las que todo parece tambalearse a nuestro alrededor. Nos damos cuenta de que tenemos que tomar decisiones arduas, que probablemente requerirán ciertos sacrificios.
Es el momento de pedir luces al Espíritu Santo, para discernir qué cosas son realmente importantes y qué cosas, en cambio, debemos dejar atrás. En esas crisis, descubrimos lo que eran simples seguridades humanas, de las que podemos prescindir para abrirnos a la novedad que el Señor nos quiere regalar en nuestra existencia.
«Quien pretenda guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará viva» (v. 33). Desprendernos de las cosas que sobran no es dar un salto en el vacío, sino lanzarse a los brazos fuertes de nuestro Padre Dios, que quiere lo mejor para nosotros.
Rodolfo Valdés
sábado (Lc 18,1-8): perseverar en la oración
Evangelio del sábado de la 32º semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.
Evangelio (Lc 18,1-8)
Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer, diciendo:
—Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: «Hazme justicia ante mi adversario». Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme».
Concluyó el Señor:
—Prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?
Comentario
Las condiciones de la sociedad en la que vivió Jesús hacían que una mujer que padeciera el drama de la viudez se quedara en una situación vulnerable. Si a esto se añade la indiferencia de las personas que tendrían que impartir justicia, el desamparo de la viuda sería muy crítico.
Por eso, la parábola que propone el Señor en el Evangelio de hoy tiene tanta fuerza: una viuda sin ningún apoyo en la tierra consigue que se haga justicia con la única arma de su palabra y su tenacidad.
Ante la injusticia que se sufre, en ocasiones uno experimenta la impotencia. Se han puesto los medios para arreglar las cosas -hablar con personas, apelar a su conciencia, buscar apoyo, etc.- pero parece que nada cambia. Estamos como la viuda de la parábola evangélica. El Señor nos anima a transformar esa sensación de desamparo en un impulso mayor para la oración, en un estímulo para «orar siempre y no desfallecer» (v. 1) confiando en que tenemos un Padre en el Cielo que se hace cargo de nuestra desazón.
La oración sincera y constante encuentra siempre una respuesta. Se trata de abandonar nuestra causa en manos del Señor, sabiendo también que probablemente dará una solución distinta de la que esperábamos, pero que será más eficaz.
Al respecto, comentaba el Papa Francisco: «Todos experimentamos momentos de cansancio y de desaliento, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero Jesús nos asegura: a diferencia del juez deshonesto, Dios escucha con prontitud a sus hijos, si bien esto no significa que lo haga en los tiempos y en las formas que nosotros quisiéramos. La oración no es una varita mágica. Ella ayuda a conservar la fe en Dios, a encomendarnos a Él incluso cuando no comprendemos la voluntad» (Audiencia general, 25 de mayo de 2016).
«Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (v. 8) Es una pregunta que nos interpela: ¿refleja nuestra oración la fe de alguien que sabe que su vida está en manos de un Padre que quiere lo mejor para sus hijos?
Rodolfo Valdés
33º semana
domingo (ciclo B: Mc 13,24-32): verán al Hijo del Hombre
Domingo de la 33.º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 21, 5-19). “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. El combate diario por hacer con amor las cosas pequeñas y en apariencia despreciables, dirige toda nuestra interioridad hacia la identificación más plena con Jesús.
lunes (Lc 18, 35-43): tu fe te ha salvado
martes (Lc 19, 1-10): bajó rápido y lo recibió con alegría
miércoles (Lc 19,11-28): los siervos fieles del Rey
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viernes (Lc 19, 45-48): templos del Espíritu Santo
sábado (Lc 20,27-40): la certeza de la resurrección
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Domingo (ciclo B: Mc 13,24-32): verán al Hijo del Hombre
Comentario del domingo de la 33° semana del tiempo ordinario. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. En el Juicio quedará patente si hemos caminado en nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios, o si la hemos despreciado, fiándonos de nosotros mismos.
Evangelio (Mc 13,24-32)
Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que es inminente, que está a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.
Comentario
Jesús habla con sus discípulos sentado en el monte de los Olivos, frente al Templo de Jerusalén. Uno de ellos pondera la solidez y magnificencia de la construcción, y todos quedan sorprendidos cuando le responde: “¿Ves estas grandes construcciones? No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida” (Mc 13,2).
Sus palabras, interrumpiendo unos comentarios llenos de admiración, resultaban sobrecogedoras: ¿de qué catástrofe estaba hablando? Para ellos eso sólo podría suceder en el fin del mundo. ¿El final era inminente?
En la respuesta de Jesús se entrelazan palabras del Antiguo Testamento, concretamente del libro de Daniel, con otras de Isaías y Ezequiel. Utiliza imágenes de género apocalíptico bien conocidas en la tradición de Israel: “el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán” (Mc 13,24-25).
Pero los vaticinios de los antiguos profetas culminan en la manifestación gloriosa de Jesucristo, el Mesías esperado, que, por encima de los cataclismos del cosmos y de los vaivenes de la historia humana, permanece como punto firme y estable: “Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria” (Mc 13,26)
El Maestro desvía la atención de los detalles accesorios, como son los relativos al tiempo y momento concreto en que sobrevendrá el final, para centrarse en lo fundamental. “Cristo es el Señor del cosmos y de la historia -enseña el Catecismo de la Iglesia Católica-. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación, su cumplimiento transcendente”[1].
La respuesta de Jesús no ofrece una descripción de lo que sucederá, sino que es una invitación a vivir bien el presente, a estar atentos, siempre preparados para cuando venga el Hijo del Hombre y nos pida cuentas de nuestra vida.
El Maestro enseña que la historia de los pueblos y de las personas tiene una meta que es el encuentro definitivo con el Señor. Cuándo y cómo sucederá no tiene para nosotros mayor interés, por eso dice Jesús de modo provocativo que “nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Mc 13,32).
Deliberadamente nos aparta de una curiosidad superficial por los acontecimientos del futuro para mostrar lo realmente importante. Señala el sendero justo por el que caminar para llegar a la vida eterna: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13,31). Todo pasa –nos viene a recordar–, pero la Palabra de Dios no cambia, y es guía estable para regir nuestro comportamiento. Sólo tiene sentido y estabilidad una vida que se apoya y fundamenta en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado.
En el Credo confesamos que “Jesucristo subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”. “Entonces -dice el Catecismo-, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino”[2]. En el Juicio quedará patente si hemos caminado en nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios, o si la hemos despreciado, fiándonos de nosotros mismos.
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 668.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678.
Francisco Varo
Domingo de la 33.º semana del Tiempo ordinario (Ciclo C: Lc 21, 5-19). “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. El combate diario por hacer con amor las cosas pequeñas y en apariencia despreciables, dirige toda nuestra interioridad hacia la identificación más plena con Jesús.
Evangelio (Lc 21, 5-19)
Como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo: — Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. Le preguntaron: — Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que están a punto de suceder? Él dijo: — Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: «Yo soy», y «el momento está próximo». No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato. Entonces les decía: — Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo. Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Comentario
Cuando el visitante de Jerusalén contempla hoy la ciudad desde el monte de los Olivos queda impresionado por la magnitud y hermosura de la gran explanada sobre la que estuvo edificado su gran templo. Más de cerca, el tamaño descomunal y la calidad del tallado de cada una de las piedras que están en la base de sus muros sigue llamando la atención. Hace veinte siglos aquellas construcciones suscitaban la sorpresa de quien las contemplaba por primera vez, y eran motivo de orgullo para todos los judíos piadosos que acudían a la ciudad santa para adorar al Señor. Aquella mole imponente de piedra parecía indestructible. Por eso, las palabras de Jesús, interrumpiendo quizá unos comentarios llenos de admiración, resultaban sobrecogedoras: ¿de qué catástrofe cósmica estaba hablando? Para ellos eso sólo podría suceder en el fin del mundo. ¿El final era inminente? El Maestro en su respuesta desvía la atención de los detalles accesorios, como son los relativos al tiempo y momento concreto en que sobrevendrá la catástrofe, para centrarse en lo fundamental. De entrada, advierte que llegarán momentos difíciles, y en ellos surgirán charlatanes que se presenten a sí mismos como si tuvieran prerrogativas mesiánicas, pero los auténticos seguidores de Cristo no se deben dejar engañar, ni tener miedo. Su enseñanza sigue siendo actual: “También hoy -dice el Papa Francisco-, en efecto, existen falsos ‘salvadores’, que buscan sustituir a Jesús: líderes de este mundo, santones, incluso brujos, personalidades que quieren atraer a sí las mentes y los corazones, especialmente de los jóvenes. Jesús nos alerta: ¡No vayáis tras ellos!”[1]. Los cristianos sabemos quién es ese guía y dónde se encuentra ese camino que tanta gente busca a ciegas para alcanzar la felicidad. Tenemos algo muy valioso que aportar al mundo: la fe y el amor de Dios del que Jesucristo nos hace partícipes. Convencido de ese gran tesoro con el que contamos, san Josemaría gustaba de exclamar: “¿No gritaríais de buena gana a la juventud que bulle alrededor vuestro: ¡locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras el Amor?”[2]. La tarea es ilusionante y esperanzadora, pero Jesús advierte también que será costosa. Ningún esfuerzo ni padecimiento nos será ahorrado al dar testimonio de cuanto él nos ha enseñado. Lo advertiría también en la última cena: “No es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15, 20). Dios permite estas persecuciones porque puede sacar de ellas bienes mayores, ya que serán ocasión de dar testimonio. El Señor ayuda a no tener miedo, ya que siempre estaremos en las manos de nuestro Padre Dios hasta el punto de que “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá” (v. 18). “Esta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios -afirma san Cipriano-: ellos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud ni de la verdadera fe. Por el contrario, éstas se afianzan en el dolor”[3]. Las palabras finales de Jesús son esperanzadoras, ya que garantizan la victoria: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (v. 19). Por muchas persecuciones, desórdenes o desastres que puedan sobrevenir, no dejará de cumplirse el designio salvador y misericordioso de Dios.
[1] Papa Francisco, Ángelus, 17 de noviembre de 2013.
[2] San Josemaría, Camino, 790.
[3] San Cipriano, De mortalitate, 13.
Francisco Varo
lunes (Lc 18, 35-43): tu fe te ha salvado
Comentario del lunes de la 33.º semana del tiempo ordinario. “¿Qué quieres que te haga? Señor, que vea, respondió él”. Jesús busca a las almas una a una, quiere tener un encuentro personal con cada una. Jesús no se impone a nuestras vidas sino que mendiga un poco de amor.
Evangelio (Lc 18, 35-43)
Cuando se acercaban a Jericó, un ciego estaba sentado al lado del camino mendigando. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello. Le contestaron:
—Es Jesús Nazareno, que pasa.
Y gritó diciendo:
—¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
Y los que iban delante le reprendían para que se estuviera callado. Pero él gritaba mucho más:
—¡Hijo de David, ten piedad de mí!
Jesús, parándose, mandó que lo trajeran ante él. Y cuando se acercó, le preguntó:
—¿Qué quieres que te haga?
—Señor, que vea —respondió él.
Y Jesús le dijo:
—Recobra la vista, tu fe te ha salvado.
Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al presenciarlo, alabó a Dios.
Comentario
Bartimeo, ciego y pobre, busca y espera quién le pueda sacar de su situación de pobreza. Al borde del camino pide limosna, mendigando, para poder comer y tirar de la vida para adelante. Pero su corazón busca algo más. El horizonte de su vida va más allá de lo material. Busca el pleno sentido de su existencia.
Un día pasa Jesús por donde él estaba y cambia su vida.
Bartimeo, aquel día que Jesús llega a Jericó y se acerca adonde estaba él, se da cuenta enseguida que ocurría algo distinto del resto de los días: “pasaba mucha gente”. Su corazón estaba alerta y preguntó qué era lo que estaba sucediendo. Le contestaron: “es Jesús Nazareno, que pasa”. E inmediatamente se pone a gritar: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
Bartimeo movido por la fuerza del Espíritu Santo, con un corazón humilde, reconoce en Jesús al Mesías. Y por eso grita. Necesita dinero para poder comer, pero sobre todo necesita encontrar al Mesías, al Salvador. Y cuando lo encuentra no deja que se le pase la oportunidad de poder estar con Él.
Alrededor de Bartimeo muchos le reprenden y le mandan callarse. Quizá pensaban que molestaba al Maestro. No conocen a Jesús. Jesús ha venido a buscar a los que tienen hambre y sed de Él.
Bartimeo no se calla, aunque es recriminado, sino que grita más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!
Jesús, que lo había oído desde el principio, y se había conmovido, manda que lleven a Bartimeo a su presencia y le pregunta: “¿qué quieres que te haga? –Señor, que vea”. Y se hace el milagro.
Jesús busca a las almas una a una, quiere tener un encuentro personal con cada una. Quiere que le busquemos y que tengamos hambre y sed de Él. Jesús no se impone a nuestras vidas sino que mendiga un poco de amor [1].
De Bartimeo podemos aprender muchas cosas, sobre todo la fe que nos lleva a buscar al Señor a pesar de los obstáculos. A seguir lo que enseñaba san Josemaría en este punto de Camino: Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: "Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo".
—Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera? [2]
Buscarle es no dejar de poner los medios para encontrarnos con Él. No dejar de buscarle en la Palabra y en los sacramentos que son los caminos por los que nos encontramos con Él.
[1] cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa n. 179.
[2] San Josemaría, Camino 382.
Javier Massa
martes (Lc 19, 1-10): bajó rápido y lo recibió con alegría
Comentario del martes de la 33.º semana del tiempo ordinario. “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”. El cambio en Zaqueo nos puede ayudar a preguntarnos por la sinceridad de nuestro encuentro con Jesús. Si verdaderamente nos acercamos a Él, en nuestro corazón debe crecer la preocupación por los demás.
Evangelio (Lc 19, 1-10)
Entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo:
—Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa.
Bajó rápido y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor:
—Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.
Jesús le dijo:
—Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.
Comentario
“Entró en Jericó y atravesaba la ciudad”. Pasa Jesús, pero no pasa de cualquier manera. Pasa buscando a las almas, una a una, porque ha venido a la tierra para facilitar a los hombres el encuentro con Dios.
Aquel día se iba a encontrar con Zaqueo. Este le buscaba y puso los medios para encontrarse con Jesús. “Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era bajo de estatura”. Zaqueo quiere ver a Jesús y se sube a un sicómoro. Deja de lado los respetos humanos, el qué dirán, porque quiere ver al Maestro. Pone de su parte lo que puede. El resto lo pondrá Jesús.
Jesús, que lee en el corazón de las personas, porque es Dios, conoce todo lo que está haciendo Zaqueo y sale a su encuentro. “Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: -Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa”.
Jesús mira a Zaqueo. Su mirada no es superficial, sino que se dirige al corazón. Es fácil hacer una trasposición y pensar en que Jesús nos mira a cada uno y espera que le busquemos como Zaqueo. Él quiere vivir con nosotros, pero cuenta con nuestra libertad. No quiere meterse en la vida de las personas sin que se lo permitamos. Zaqueo le abre la puerta de su corazón de par en par: “bajó rápido y lo recibió con alegría”.
Zaqueo se llena de alegría cuando Jesús se dirige a Él y le llama por su nombre. Eso es lo mismo que sucede a todas las personas que dejan entrar a Jesús en su vida: que se llenan de alegría. El motivo es sencillo, encontrarse con Jesús es encontrarse con Dios que es a quien busca el corazón humano, como enseñaba san Agustín: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”[1].
El encuentro de Zaqueo con Jesús no sólo le llena de alegría, sino que le cambia la vida y se la cambia para bien. “Zaqueo, de pie, le dijo al Señor: -Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más”. Zaqueo sufre una verdadera transformación en su corazón que le hace darse cuenta de las necesidades de los demás y de querer remediar el daño que les haya podido causar.
Este cambio en Zaqueo nos puede ayudar a preguntarnos por la sinceridad de nuestro encuentro con Jesús. Si verdaderamente nos acercamos a Él, en nuestro corazón debe crecer la preocupación por los demás. Así lo enseñó el Papa emérito en su primera encíclica: “El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”[2].
[1] San Agustín, Confesiones I, 1, 1.
[2] Benedicto XVI, Deus caritas est 31.
Javier Massa
miércoles (Lc 19,11-28): los siervos fieles del Rey
Comentario del miércoles de la 33.° semana del tiempo ordinario. “Un hombre noble marchó a una tierra lejana a recibir la investidura real y volverse. Llamó a diez siervos suyos y les dio diez minas”. El reino de Dios empieza en nuestro corazón cuando aprendemos a dar fruto con todo lo que Jesús nos encomienda.
Evangelio (Lc 19,11-28)
En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola, porque él estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el Reino de Dios se manifestaría enseguida: un hombre noble marchó a una tierra lejana a recibir la investidura real y volverse. Llamó a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: «Negociad hasta mi vuelta». Sus ciudadanos le odiaban y enviaron una embajada tras él para decir: «No queremos que éste reine sobre nosotros». Al volver, recibida ya la investidura real, mandó llamar ante sí a aquellos siervos a quienes había dado el dinero, para saber cuánto habían negociado. Vino el primero y dijo: «Señor, tu mina ha producido diez». Y le dijo: «Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades». Vino el segundo y dijo: «Señor, tu mina ha producido cinco». Le dijo a éste: «Tú ten también el mando de cinco ciudades». Vino el otro y dijo: «Señor, aquí está tu mina, que he tenido guardada en un pañuelo; pues tuve miedo de ti porque eres hombre severo, recoges lo que no depositaste y cosechas lo que no sembraste». Le dice: «Por tus palabras te juzgo, siervo malo; ¿sabías que yo soy hombre severo, que recojo lo que no he depositado y cosecho lo que no he sembrado? ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco? Así, al volver yo lo hubiera retirado con los intereses». Y les dijo a los presentes: «Quitadle la mina y dádsela al que tiene diez». Entonces le dijeron: «Señor, ya tiene diez minas». Os digo: «A todo el que tiene se le dará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. En cuanto a esos enemigos míos que no han querido que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos en mi presencia». Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén.
Comentario
En el evangelio de hoy se pueden distinguir dos temas: por un lado un hombre que se marcha para recibir la investidura real encontrando el odio y la oposición de su pueblo, y por otro lado los siervos que reciben cada uno una cantidad de dinero para negociar.
Nos encontramos en los últimos días del año litúrgico y la Palabra de Dios vuelve una y otra vez al final de los tiempos, presentándonos parábolas sobre el juicio que nos espera y el Reino que Dios va a instaurar.
La parábola de las diez minas nos habla de nuestra actitud delante del rey divino que es también nuestro Padre y Señor. Al observar el mundo de hoy san Josemaría se preguntaba: “¿Por qué tantos ignoran a Cristo? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel: no queremos que éste reine sobre nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina” (Es Cristo que pasa, n. 179).
Con nuestra conducta de vida cristiana y el apostolado a quien estamos llamados todos los bautizados, volvemos a decir con fuerza: “Regnare Christum volumus! - queremos que Cristo reine”. Y eso se manifiesta en la manera de utilizar la mina que se nos encomienda. La versión de Mateo habla de talentos, sin embargo Lucas utiliza este término que indica una cantidad de dinero correspondiente a algunos meses de sueldo de un obrero de la época.
Los siervos de la parábola reciben potestad sobre las ciudades del reino según su capacidad de negociar el dinero recibido. Pero uno de ellos, por miedo al dueño, ha guardado la mina en un pañuelo. Cuando el rey al final descubre el gesto de este siervo manda que se le quite el dinero para dárselo al que ya tenía diez minas. Con esta enseñanza sorprendente se acaba el cuento del Señor: “A todo el que tiene se le dará”, o sea a quien tiene un corazón generoso y abierto a hacer la voluntad de Dios se le dará la oportunidad de hacer cosas grandes.
El reino que Dios va a instaurar en el mundo empieza en el corazón de sus siervos, nosotros, cuando empezamos a vivir como hijos que reciben todo de la mano de su Padre, y así damos fruto.
Giovanni Vassallo
viernes (Lc 19, 45-48): templos del Espíritu Santo
Comentario del viernes de la 33.º semana del tiempo ordinario. “En aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores”. Jesús quiere entrar en el Templo de nuestro corazón, de nuestra alma, de nuestra vida. Viene con la misma ilusión, la misma emoción, el mismo empeño: hacer de nuestra vida una casa de oración, un lugar donde vivir en intimidad con nosotros.
Evangelio (Lc 19, 45-48)
En aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”».
Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.
Comentario
En el Evangelio de ayer veíamos cómo el Señor se emocionaba al contemplar la ciudad de Jerusalén, hasta el punto de llorar por ella. San Lucas nos narra cómo después de entrar en la ciudad, se dirigió hasta el Templo, entró y se puso a echar a los mercaderes y cambistas.
Lo que hacían los vendedores y cambistas no era algo malo en sí mismo. Los peregrinos llegaban a Jerusalén desde todo el mundo y necesitaban comprar los corderos o las parejas de tórtolas o palomas que se necesitaban para el sacrificio.
Además, la moneda para hacer la contribución al Templo o pagar el rescate por los hijos primogénitos debía hacerse en moneda judía. Por tanto, era necesario que hubiese vendedores de animales y cambistas en algún lugar, pero mejor el lugar para ello no era en el interior del Templo.
Los mercaderes, ansiosos por colocar su puesto en un lugar mejor o ampliar el negocio, habían ido ocupando otros lugares, hasta el punto de que habían traspasado las puertas del Templo.
Ellos, que debían servir a la alabanza y acción de gracias del pueblo de Israel, estaban sirviéndose del Templo para su propio provecho, dejando la alabanza y la acción de gracias en un segundo plano.
En esta escena podemos vernos cada uno de nosotros. Jesús quiere entrar en el Templo de nuestro corazón, de nuestra alma, de nuestra vida -somos hijos de Dios, templos del Espíritu Santo-, como entró en el Templo de Jerusalén. Viene con la misma ilusión, la misma emoción, el mismo empeño: hacer de nuestra vida una casa de oración, un lugar donde vivir en intimidad con nosotros.
El problema es que a veces, a pesar de tanta gracia, nos acostumbramos, perdemos la capacidad de asombro. Podemos perder el sentido de nuestra vida y dejamos a Dios en un rincón.
Acabamos dando más importancia a nuestro trabajo, a nuestro descanso, a nuestras diversiones, a nuestro modo de ver la vida que a Dios. Todo eso son cosas buenas en sí mismas, pero si nos descuidamos, si no hacemos de nuestra alma una casa de oración, Dios acaba en un segundo plano.
Luis Cruz
sábado (Lc 20,27-40): la certeza de la resurrección
Comentario del sábado de la 33.º semana del tiempo ordinario. “Pero no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él”. La razón humana es capaz de abrazar los misterios divinos, aunque no llegue a comprenderlos del todo. Solo una cosa le impide hacerlo: cerrarse en sí misma, en sus propias certezas, y no abrirse a lo que la supera.
Evangelio (Lc 20,27-40)
Se le acercaron algunos de los saduceos —que niegan la resurrección— y le preguntaron:
—Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien dejando mujer, sin haber tenido hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano. Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos. Lo mismo el segundo. También el tercero la tomó por mujer. Los siete, de igual manera, murieron sin dejar hijos. Después murió también la mujer. Entonces, en la resurrección, la mujer ¿de cuál de ellos será esposa?, porque los siete la tuvieron como esposa.
Jesús les dijo:
—Los hijos de este mundo, ellas y ellos, se casan; sin embargo, los que son dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos, no se casan, ni ellas ni ellos. Porque ya no pueden morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Que los muertos resucitarán lo mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Pero no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él.
Tomando la palabra, algunos escribas dijeron:
—Maestro, has respondido muy bien.
Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas.
Comentario
Hay numerosos sucedidos en la vida de Jesús que nos dejan la impresión, a menudo desconcertante, de la “necedad” de los que se acercan a escucharlo y a preguntarle. Este término, “necedad”, pertenece a la tradición sapiencial de la que dan testimonio una serie de libros del Antiguo Testamento. El necio es el que se cierra a lo evidente, a lo que tiene delante. El que no está dispuesto a escuchar. El que está convencido de que las cosas son como él piensa. ¡O que deberían ser como él piensa! Y que, por tanto, vive en un mundo que en parte es ficción. Vive engañado.
El evangelio de la misa de hoy nos presenta a unos saduceos. En la pregunta que hacen al Señor se deja entrever lo pequeño de sus corazones. Esa pequeñez se refleja en su obstinación por quedarse en la letra de la Ley de Moisés, o en lo que ellos entendían de esa letra, sin abrir su corazón a lo que Dios había revelado en esa misma Ley, aunque fuera aún de una forma oscura, pero que podía ser alcanzado por los destinatarios abiertos a Dios y con un corazón humilde. Para ellos era inconcebible una resurrección, entre otras cosas, por su concepción del matrimonio. Pero Jesús mismo les dice que, aunque no puedan llegar a comprender cómo vivirán en la otra vida las personas que aquí estuvieron casadas, la misma Ley les dice que Dios es un Dios de vivos.
Entre las diversas enseñanzas que podemos sacar de este pasaje, se impone una de fondo: solo pueden penetrar en el conocimiento del Misterio de Dios los que tienen buenas disposiciones, los que están abiertos y escuchan, los que preguntan con humildad, los que aceptan a Cristo, los que lo aman. El Misterio de Dios supera nuestra comprensión, pero, ciertamente, es un muro infranqueable para el que no quiere abrirse a comprender lo que le supera. Quien encierra a Dios y las realidades divinas en lo que la razón humana puede abrazar, creyendo vivir en la realidad, vive fuera de ella. A Dios solo podemos acercarnos con el corazón abierto. Sobre esas buenas disposiciones, Él construirá, con la fe, la esperanza y la caridad, el camino del conocimiento amoroso y la plenitud de vida.
Juan Luis Caballero
34º semana
domingo B (Jn 18, 33b-37): solemnidad de Cristo Rey
lunes (Lc 21,1-4): todo lo que tenía
martes (Lc 21,5-11): no os aterréis
miércoles (Lc 21,12-19): perseverancia
jueves (Lc 21, 20-28): la justicia y la bondad de Dios
viernes (Lc 21, 29-33): encontrar a Dios en todo
sábado (Lc 21, 34-36): el examen de conciencia y la oración
domingo B (Jn 18, 33b-37): solemnidad de Cristo Rey
Comentario del domingo de la solemnidad de Cristo rey (Ciclo B). “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Jesús ha venido a predicar el Reino de los cielos y nos invita a participar en él. “Reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”.
Evangelio (Jn 18, 33b-37)
Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: —¿Eres tú el Rey de los judíos?
Jesús contestó: —¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?
—¿Acaso soy yo judío? —respondió Pilato—. Tu gente y los príncipes de los sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho?
Jesús respondió: —Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo: —¿O sea, que tú eres Rey?
Jesús contestó: —Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz.
Comentario
¿Eres tú el Rey de los judíos?
Es la pregunta que Pilato hace a Jesús cuando se encuentran frente a frente.
Los judíos para que el gobernador aprobara la muerte de Jesús habían cambiado la acusación. Si le habían condenado por ser Hijo de Dios, delante de Pilato le acusan de hacerse el rey de los judíos.
Pilato quizás más por curiosidad que por verdadero interés de conocer quién es Jesús le hace una pregunta que nos hacemos todos los hombres: ¿Quién eres Jesús? Esta pregunta tiene tanto interés que Jesús mismo se la hizo en una ocasión a los Apóstoles: ¿Quién decís vosotros que soy yo?
Esta pregunta goza de un enorme interés porque Jesús ha venido a la tierra a invitarnos a participar en su reino a ofrecernos su amistad. Quiere Jesús que le tengamos con Él un trato de amistad. Jesús quiere reinar en cada corazón humano.
En el diálogo con Pilato, Jesús enseguida pasa del terreno impersonal al terreno personal. Desde la pregunta inicial de Pilato: ¿eres tú el rey de los judíos? pasa Jesús a preguntarle: ¿dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí? Era como preguntarle: Pilato, ¿quién piensas que soy yo? Jesús quiere poner a Pilato ante la pregunta fundamental porque acoger a Jesús es acoger a Dios. Porque Jesús es el Verbo Encarnado y a través de su humanidad conocemos a Dios.
Pilato trata de eludir la respuesta: ¿acaso soy yo judío? Realmente no es fácil ponerse delante de Jesús y de su Reino. Abrir la puerta del corazón a Jesús significa estar dispuesto a cambiar de vida. Es vivir de una manera diferente y eso no siempre es fácil. Quizás con esta respuesta Pilato manifiesta cierta indiferencia hacia Jesús. Aunque bien es verdad que a medida que avanza el diálogo Pilato tendrá que mojarse.
Jesús sigue dando oportunidades a Pilato, invitándole a que tome parte de su Reino. Lo hace respondiendo a la pregunta que Pilato le formula a continuación: ¿qué has hecho? Es decir, ¿por qué los judíos te han traído a mi presencia para ser juzgado? ¿por qué quieren darte muerte?
Responde Jesús: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”.
Pilato escucha, pero realmente no entiende nada. Jesús por su parte se manifiesta con una enorme sencillez. En la respuesta que le da a Pilato deja clara una de las características de su Reino: “mi reino no es de aquí”.
Aunque Jesús le explica con claridad, Pilato no entiende. Más bien parece que quiere quitarse de encima un problema engorroso. No se detiene en conocer lo que le ha contestado Jesús, sino que actúa de una manera pragmática. Es como si le Pilato le dijera: vamos al grano a lo que me interesa: ¿eres Rey o no lo eres?
Jesús le contesta: “Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz”.
Esas palabras que pronuncia Jesús delante de Pilato son las que le conducirán a la muerte. Jesús muere por dar testimonio de la verdad.
¿Cuál es la verdad que anuncia? La principal es el Amor que Dios tiene al hombre que para rescatarle del poder del pecado y de la muerte, envió a su Hijo como Salvador del mundo y “él mismo se entregó a la muerte, y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida” (Plegaria Eucarística IV).
¿Eres tú el Rey de los judíos? Así comienza el diálogo de Pilato con Jesús. También nosotros debemos preguntarle y nos enseña que su reino es “el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio de la Misa de Cristo Rey).
Javier Massa
lunes (Lc 21,1-4): todo lo que tenía
Comentario del lunes de la 34.º semana del tiempo ordinario. “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos”. Dale tú al Señor lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des.
Evangelio (Lc 21,1-4)
En aquel tiempo, Jesús, al levantar la vista, vio a unos ricos que echaban sus ofrendas en el gazofilacio. Vio también a una viuda pobre que echaba allí dos monedas pequeñas, y dijo:
— En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos; pues todos estos han echado como ofrenda algo de lo que les sobra, ella, en cambio, en su necesidad ha echado todo lo que tenía para su sustento.
Comentario
Jesús está en Jerusalén y acude de nuevo al Templo, después de haberlo purificado de los negocios que lo convertían en una cueva de ladrones (cf. Lucas 19,46). Y descubre que entre los peregrinos que acuden al Templo para depositar sus ofrendas, los ricos dan “algo de lo que les sobra”.
De ese modo, sus ofrendas no son limosnas verdaderas, ya que estas proceden de lo que uno posee (cf. Tb 4,7), no de lo que le sobra, y que en el fondo no lo valora. Por lo tanto, esa limosna no suponía un sacrificio, sino que era más bien un signo de ostentación.
Así se hacen también ellos ladrones, pues se apoderan de una gloria humana que no les corresponde. No practican la limosna como el Maestro había enseñado: “Cuando des limosna no lo vayas pregonando (...), que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto” (Mt, 6,2.3-4).
Sin embargo, entre aquella gente apareció una “viuda pobre”, no para pedir, que hubiese sido lo más normal, sino para echar dos pequeñas monedas, que era todo lo que tenía para su sustento.
Ciertamente, el tesoro del Templo se iba a enriquecer mucho más con las grandes cantidades de los ricos, de modo que las dos pequeñas monedas de la viuda parecían insignificantes e innecesarias. Pero esa limosna llegó a su destino, porque en una colecta, “al que tiene buena disposición se le acepta lo que tiene, sin importar lo que no tiene” (2 Co 8,12).
San Josemaría meditó esta escena evangélica y escribió: “¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? —Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des”.
En verdad, Jesús quedaría deslumbrado pues es muy poco corriente, por no decir único, que alguien dé lo poquísimo que tiene para vivir. Desde su penuria, da toda su vida. Esas dos monedas representan su escasez, la ausencia de lo necesario.
Con ese gesto, la viuda se ha hecho rica ante Dios (cf. Lc 12,21). Para el Señor, esa mujer “ha echado más que todos”. En ese sentido ha hecho como Jesús, que «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Co 8, 9).
Josep Boira
martes (Lc 21,5-11): no os aterréis
Comentario del martes de la 34.º semana del tiempo ordinario. “Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”. Puede haber ocasiones en que lo veamos todo difícil, en esas ocasiones, consideremos que Jesús está siempre cerca para sostenernos.
Evangelio (Lc 21,5-11)
En aquel tiempo, como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo:
— Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.
Le preguntaron:
— Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que están a punto de suceder?
Él dijo:
— Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: «Yo soy», y «el momento está próximo». No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato. Entonces les decía:
— Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo.
Comentario
Estamos ya en los últimos días del año litúrgico y es tiempo para escuchar las palabras de Jesús sobre el fin de los tiempos. No nos va a desvelar lo que quizá muchos quisieran saber: ¿cuándo será?; pero el Maestro, que siempre nos pide confianza en su palabra, no quiere dejarnos en la total ignorancia acerca del final.
Se encontraba Él ante el Templo, y quienes le acompañaban se maravillaban de su esplendor. Ese Templo, destruido una vez por el ejército babilónico y levantado de nuevo tras el exilio, había sido ampliado y embellecido a manos de Herodes el Grande.
Sin embargo, Jesús les avisa de que será destruido definitivamente. Así ocurrió en el año 70 a manos del ejército romano de Tito. Una predicción tan alarmante provocó preocupación en los oyentes: querían conocer los indicios de semejante desgracia. Pero Jesús cambia su discurso: mayores cataclismos estaban por venir. Y habrá quien aproveche la llegada de esos desastres para proclamar falsos mesianismos, anuncios de un fin inmediato.
Un vistazo a la historia confirma las palabras de Jesús: ¡cuántas guerras, cuántas calamidades, cuánto sufrimiento! A pesar de todo, Jesús, con su divina autoridad, quiere darnos seguridad, fortaleza.
Son señales aterradoras, pero no para un cristiano, pues “sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). También cada uno, en su particular presente, puede verlo todo difícil, pero la palabra de Dios, Jesús, está siempre cerca para sostenernos.
Por eso, nos dice San Josemaría: “Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades. Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. Él no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos. –Omnia in bonum”[1].
[1] San Josemaría, Via Crucis, estación 9ª, n. 4.
Josep Boira
miércoles (Lc 21,12-19): perseverancia
Comentario del miércoles de la 34.º semana del tiempo ordinario. “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Necesitamos la misma actitud de Jesús cuando nos encontramos con dificultades en nuestro vivir cotidiano: oración, perdón y perseverancia en el bien.
Evangelio (Lc 21,12-19)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
— Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Comentario
Continúa el discurso escatológico de Jesús con sus vaticinios sobre los últimos tiempos. Esta vez, el presagio parece todavía más inquietante: la persecución a los propios discípulos de Jesús, por causa de su nombre.
Y así sucedió en la primitiva comunidad cristiana, poco después de que el Espíritu Santo descendiera sobre los Apóstoles. Ellos actuaban en nombre de Jesús, sin miedo, a pesar de los encarcelamientos, los malos tratos: nada los frenaba. Acudían a la oración, y recibían la fuerza del Espíritu Santo (cf. Hch 4,24-31).
El primer mártir, Esteban, “hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hch 6,8), y los que le escuchaban “no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba” (8,10). Todo se cumplía tal como había vaticinado Jesús, porque aquellos discípulos confiaban profundamente en Él. Y valoraban más la salvación de las almas que su propia vida. No solo eso, estaban “gozosos (...) porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre” (Hch 5,41).
En verdad, aquel rechazo de la palabra evangelizadora de los apóstoles era el camino previsto por Dios para que su mensaje llegase a muchos hombres y mujeres: “la palabra de Dios se propagaba, y aumentaba considerablemente el número de discípulos en Jerusalén” (Hch 6,7).
Nos admiramos ante la perseverancia de los primeros cristianos, por medio de la cual no solo salvaron sus almas, sino la de miles de personas. Pero la persecución a la Iglesia no ha cesado a lo largo de los siglos: es como un signo de su vitalidad, de su perenne juventud.
Y hoy Jesús y su Espíritu siguen vivificando las almas de tantos cristianos que no temen dar su vida por el Evangelio, rezando también por sus perseguidores, pues los aman y los perdonan, fieles a las palabras y al ejemplo de Jesús: “amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (Mt 5,44); “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
Así hizo Esteban, antes de morir lapidado: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60). Necesitamos esa misma actitud de oración, perdón y perseverancia en el bien en nuestro vivir cotidiano cuando nos encontramos con quienes parecen oponerse a la misión de la Iglesia.
Josep Boira
jueves (Lc 21, 20-28): la justicia y la bondad de Dios
Comentario del jueves de la 34.º semana del tiempo ordinario. “Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed que ya se acerca su desolación”. Ante las contrariedades, luchemos por dar gloria a Dios, buscando el bien de los demás, porque Dios es Amor y al amar como Él quiere que amemos, contribuimos a que irrumpa la claridad de Su Amor.
Evangelio (Lc 21, 20-28)
Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed que ya se acerca su desolación. Entonces los que estén en Judea huyan a los montes, y quiénes estén dentro de la ciudad que se marchen, y quiénes estén en los campos que no entren en ella: estos son días de castigo para que se cumpla todo lo escrito. ¡Ay de las que estén en cinta y las que están criando esos días! Porque habrá una gran calamidad sobre la tierra y habrá ira contra este pueblo. Caerán al filo de la espada y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles.
Habrá señales en el sol en la Luna y en las estrellas, y sobre la tierra angustia de las gentes, consternados por el estruendo del mar y de las olas: y los hombres perderán el aliento a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán al mundo. Porque las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria.
Cuando comiencen a suceder estas cosas, erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención.
Comentario
El evangelio de hoy nos lleva a considerar algo que nos anuncia la fe y confirma la ciencia; que este mundo es pasajero. El universo conocido terminará en la fecha decretada por la sabiduría de Dios, y su final será anunciado, para que el mundo pueda arrepentirse y prepararse para la parusía, para la venida gloriosa del Señor.
Con todo ello, los cristianos estamos llamados a amar el mundo apasionadamente, como tituló una de sus más célebres homilías San Josemaría, porque ha salido de las manos de Dios y ha sido purificado por la Sangre preciosa del Redentor, pero sabiendo que no tenemos aquí morada permanente y que Dios ha previsto, para aquellos que le aman un nuevo Cielo y una nueva Tierra.
Es importante que sepamos advertir las señales de Dios. No se trata de vivir angustiados, pero sí de pedir al Espíritu Santo que nos ayude a entender los signos de los tiempos. Sería algo triste vivir tan distraídos, tan ensimismados en las cosas de la tierra, que no advirtiéramos las providencias de Dios y nos olvidáramos de lo único necesario: darle gloria del modo que Él quiere que se la demos.
Le damos gloria, cuando procuramos el bien de los demás, porque Dios es amor y al amar como Él quiere que amemos, contribuimos a que irrumpa la claridad de su amor, de su Ser, en el mundo.
En el evangelio el Señor nos habla de la ira de Dios. La justicia santa, la ira santa de Dios, es compatible con su Bondad y su infinito amor; no son realidades incompatibles, antes bien manifiestan el amor divino, porque el amor divino es puro, perfecto: Dios no puede unir el desamor a su Ser.
El amor de Dios no se impone a los seres libres, pero si alguien rechaza la misericordia divina, encuentra el desamor, la desolación, la muerte eterna, el infierno.
Miguel Ángel Torres-Dulce
viernes (Lc 21, 29-33): encontrar a Dios en todo
Comentario del viernes de la 34.º semana del tiempo ordinario. “En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Vivir en la verdad supone no solamente rechazar toda hipocresía, toda mentira o falsedad, sino también procurar llevar una vida conforme a la verdad.
Evangelio (Lc 21, 29-33)
Y les dijo una parábola:
- Observad la higuera y todos los árboles: cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis por ellos que ya está cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis que sucedan estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
El Evangelio nos relata cómo el Señor tomaba pie de los campos de trigo que contemplaba, listos para la cosecha, para hablar a los suyos de esa otra recolección de amor que iba a darse con la Redención.
Podemos aprovechar la luz que Dios nos da al contemplar las circunstancias que nos rodean y la naturaleza, para escuchar lo que Dios quiere decirnos o para abrir un diálogo con Él al caminar por la calle, por el campo o junto al mar. Forma parte de la contemplación cristiana ver la mano de Dios en las cosas creadas y en las circunstancias de la vida.
La palabra de Dios es eterna y veraz. En su Sabiduría tiene todo delante de su mirada: el pasado, el presente y el futuro. Cristo es la verdad y nosotros estamos llamados a vivir en Él. Todo se cumplirá tal y como el Señor ha dicho.
Vivir en la verdad supone no solamente rechazar toda hipocresía, toda mentira o falsedad, sino también procurar llevar una vida conforme a la verdad, costara lo que costase, y contribuir a que la sociedad se construya sobre este fundamento.
El diablo es el padre de la mentira e intenta continuamente que recurramos a ella para halagar nuestra vanidad, para quedar bien o para esquivar las dificultades, pero podemos rechazar esas insinuaciones con la humildad y la gracia de Dios, porque una vida edificada sobre la mentira no se sostendría, sería semejante a una casa edificada sobre arena.
La verdad, como nos dice el Señor en el Evangelio, nos libera (cfr. Jn 8,32) porque mediante ella se rompen las cadenas del pecado y alcanzamos el verdadero bien: la unión con Dios.
Miguel Ángel Torres-Dulce
sábado (Lc 21, 34-36): el examen de conciencia y la oración
Comentario del sábado de la 34.º semana del tiempo ordinario. “Vigilad orando en todo tiempo”. Examinar la conciencia supone abrir el alma a la luz de Dios, invocando al Espíritu Santo, para ver todo lo que nos separa de Dios, para pedirle perdón y poner los medios oportunos para evitarlo.
Evangelio (Lc 21, 34-36)
Vigilaos a vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y aquel día no sobrevenga de improviso sobre vosotros, porque caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la tierra. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre.
Comentario
El evangelio de hoy nos ofrece dos medios para estar vigilantes y preparados para cuando el Señor nos llame a su presencia: la oración.
El primero es el examen de conciencia, ofrecido también por la Iglesia desde sus inicios, que se presenta como un modo conveniente para vivir eficazmente nuestra vocación cristiana y también como un medio necesario para acercarnos al sacramento de la misericordia de Dios, a la confesión sacramental.
Examinar la conciencia supone abrir el alma a la luz de Dios, invocando al Espíritu Santo, para ver todo lo que nos separa de Dios, lo que dificulta nuestra unión con Él, para pedirle perdón y poner, con su ayuda, los medios oportunos para evitarlo.
El Señor nos previene contra los ofuscamientos del corazón, fruto de una vida entregada a las demandas de los sentidos; vidas que buscan como fin el placer, o cegueras del alma que son consecuencia de andar preocupados exclusivamente por las cosas temporales.
Esas situaciones conducen a una insensibilidad ante las gracias y misericordias de Dios, que llama a la conversión. La respuesta al Señor se pospone para un mañana o un futuro que nunca llegan o bien se esquivan, para seguir ofuscados en aquello que complace o ante la urgencia de resolver con nuestras solas fuerzas los problemas que se presentan.
El segundo medio es la oración. Un diálogo personal con Dios que nos mantenga en su presencia y nos disponga para secundar dócilmente los dones del Espíritu Santo y alcanzar sus frutos, particularmente la caridad, porque el juicio con el que se abre la eternidad, versará sobre cómo hemos cultivado el talento de amar.
Miguel Ángel Torres-Dulce