En este recurso se van recogiendo los comentarios al Evangelio de la Web. Se señala en caso de que haya varios comentarios al mismo texto del Evangelio. En Collationes se copian estos comentarios para facilitar los enlaces y el acceso a los mismos. En el futuro se elaborarán índices temáticos.
Miércoles de ceniza | 1ª semana de Cuaresma | 2ª semana de Cuaresma | 3ª semana de Cuaresma | 4ª semana de Cuaresma | 5ª semana de Cuaresma (Semana de Pasión) | Semana Santa |

Miércoles de ceniza (Mt 6, 1-6. 16-18). “Cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará”. La oración auténtica de un hijo de Dios no se queda solo en palabras, sino que transforma la vida. Pidamos al Señor que nos haga almas de oración, que transmitan alegría y paz allá donde estén.
Jueves después del miércoles de ceniza (Lc 9, 22-25): la verdad de la cruz. "Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga". Para un cristiano, hoy quizá más que nunca, tomar la cruz de cada día consiste en repetir las mismas verdades de Cristo con las mismas palabras de Cristo. Sin miedo a la vida. Sin miedo a la muerte. Con gracia y buen humor.
Viernes después del miércoles de ceniza (Mt 9, 14-15): la vida nueva, ayuno nuevo. "Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán". Este tiempo ya ha llegado. El amor de Jesucristo, nos ha hecho hijos del Padre marcando con el sello del Espíritu nuestros corazones. Y ha transformado el ayuno cristiano en ayuno de hijo del Padre, en ayuno de hermano de Jesucristo.
Sábado después del miércoles de ceniza (Lc 5,27-32): acudir al médico. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. La misericordia de Dios es gratuita con una sola condición: el arrepentimiento. Pidamos al Señor que nos conceda un corazón contrito y humillado para que nos dejemos curar por Él.

Miércoles de ceniza (Mt 6,1-6.16-18). “Cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará”. La oración auténtica de un hijo de Dios no se queda solo en palabras, sino que transforma la vida. Pidamos al Señor que nos haga almas de oración, que transmitan alegría y paz allá donde estén.
Evangelio (Mt 6,1-6.16-18)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.
Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.
Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará
Comentario
Hoy comienza la Cuaresma, los cuarenta días de preparación para la Pascua, y la Iglesia, como cada año, alza la voz recordando a los cristianos la llamada a la penitencia y a la conversión personal.
El morado de las vestimentas sacerdotales y del velo que cubre el sagrario entra por los ojos y la sentencia “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” nos introduce en este tiempo litúrgico que antecede a los misterios centrales de nuestra fe.
En el pasaje evangélico que la Iglesia nos invita a considerar hoy, el Señor se centra en los actos fundamentales de la piedad individual: la limosna, el ayuno y la oración.
No hay mayor sacrificio que un corazón puro (cfr. Salmo 50), por eso, Jesús, frente a un posible cumplimiento meramente externo de estas prácticas, nos enseña que la verdadera piedad ha de vivirse con rectitud de intención, en intimidad con Dios y huyendo de toda ostentación.
Si la pureza de corazón se logra mediante una comunión íntima con el Señor, la oración necesariamente ha de ser una operación marcada por la sencillez y la veracidad con la que buscamos al Señor y nos dejamos encontrar por Él.
“Que nuestra mente esté en conformidad con lo que dicen los labios”, escribía san Benito en su famosa Regula. Y ahora, en este tiempo de especial penitencia, podemos decir también que nuestros sentidos, nuestro cuerpo y todas nuestras acciones estén en conformidad también con lo que decimos de palabra.
Por eso la oración se encuentra tan ligada al ayuno y a la limosna. Un diálogo personal y amoroso con nuestro Padre Dios que no va acompañado de obras es difícil que muestre una oración auténtica, una oración que da vida a los demás y que nos cambia la vida.
Pablo Erdozáin
Jueves después del miércoles de ceniza (Lc 9, 22-25): la verdad de la cruz. "Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga". Para un cristiano, hoy quizá más que nunca, tomar la cruz de cada día consiste en repetir las mismas verdades de Cristo con las mismas palabras de Cristo. Sin miedo a la vida. Sin miedo a la muerte. Con gracia y buen humor.
Evangelio (Lc 9, 22-25)
Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.
Y les decía a todos:
- Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará.
Porque ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero si se destruye a sí mismo o se pierde?
Comentario
Jesús se acercaba cariñosa y compasivamente a todo el mundo. Hacía milagros. Hablaba como jamás nadie antes había hablado. Se desvivía por todos hasta el punto de no saber ni dónde iba a reposar la cabeza por la noche. Perdonaba los pecados. Sacaba demonios. Jesús se metía en las casas de todos y se auto invitaba a comer incluso con los publicanos. Y también conversaba profunda y confidencialmente con los fariseos que a ello se prestaban. Y daba de comer a multitudes si era necesario. Su personalidad debía ser (y sigue siéndolo) muy atractiva. Además, a todos Jesús quería llamar amigos y se comportaba amigablemente con todos; con los galileos, los judíos de Judea y con los samaritanos y los extranjeros…
A pesar de su amabilidad, el Señor fue rechazado por algunos... Los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y algunos escribas fueron culpables de la muerte de Jesús, como Él mismo anuncia en el evangelio. Es como si permaneciesen ciegos a la bondad del Señor.
Hoy nos seguimos haciendo la misma pregunta que se podían hacer sus discípulos entonces; ¿cómo es posible que siendo Jesús tan bueno como es, tan amable, haya algunos que quieran condenarlo en el patíbulo?
Seguramente la respuesta esté conformada por un cúmulo de razones, que solo Dios lo sabe. Pero quizá una razón suficiente sea que el Maestro también hizo una cosa más, muy buena, pero que no siempre genera amigos: Jesús siempre decía la verdad. Es cierto, la verdad es muy buena, pero, como es sabido, no siempre la verdad es amable.Jesús, que siempre fue fiel a la misión del Padre, no calló nunca. Y esa fidelidad elocuente fue la que le llevó a la Cruz.
Para un cristiano de este siglo, quizá más que nunca, tomar la cruz de cada día consiste en repetir las mismas verdades de Cristo con las mismas palabras de Cristo. Sin miedo a la vida. Sin miedo a la muerte. Y, si es posible, con gracia. Con la gracia de María. Que siempre es posible.
José María García Castro
Viernes después del miércoles de ceniza (Mt 9, 14-15): la vida nueva, ayuno nuevo. "Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán". Este tiempo ya ha llegado. El amor de Jesucristo, nos ha hecho hijos del Padre marcando con el sello del Espíritu nuestros corazones. Y ha transformado el ayuno cristiano en ayuno de hijo del Padre, en ayuno de hermano de Jesucristo.
Evangelio (Mt 9, 14-15)
Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle:
- ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?
Jesús les respondió:
- ¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.
Comentario
El esposo ya nos ha sido arrebatado. Ya ha llegado el tiempo en el que los cristianos, igual que los discípulos de Juan y los fariseos, hemos de sujetarnos también a la disciplina y al ayuno.
Claro que la nueva Ley -que es ley para hijos de Dios, para mujeres y hombres renovados por la fuerza del Espíritu Santo- no está sujeta a la letra y a las complicaciones de la vieja casuística. Nada volverá a ser igual que antes porque Cristo lo ha cambiado todo. Cristo ha extirpado nuestros corazones de piedra. Jesús ha muerto por amor. Ha dejado traspasar su Corazón con una lanza. Ha entregado hasta la última gota de su Sangre. Y, donde había piedra, nos ha implantado un corazón de carne y nos ha transfundido su propia Sangre derramada por amor.
Los cristianos, ayunamos y mortificamos nuestro cuerpo redimido, como hijos de Dios. No actuamos como funcionarios que conocen perfectamente sus competencias (aunque seamos ministros suyos). No nos comportamos como militares que practican obedientemente las órdenes mandadas (aunque, en efecto, también pertenezcamos a la milicia de Cristo). Y menos como esclavos, que mansos y sumisos acatan la voluntad de su amo (aunque sea muy cierto que, con la humildad de María, deseamos ser y sentirnos esclavos del Señor).
El nuevo motor del ayuno cristiano solo puede ser uno: el amor, la identificación con Cristo Jesús crucificado, muerto, sepultado. Durante la Cuaresma nos preparamos con penitencia y ayuno para celebrar estos misterios durante la Semana Santa. Pero lo hacemos todo por Cristo, con Él y en Él. La iglesia nos invita en este día de hoy a abstenernos de comer carne. Y nuestro nuevo corazón de carne nos invitará quizá a algo más.
No nos olvidamos nunca que somos hermanos del Resucitado. Enseguida llegará la Pascua en la que celebraremos todo con la alegría del Resucitado. Pero cada celebración tiene su tiempo. Y ahora toca ayunar.
José María García Castro
Sábado después del miércoles de ceniza (Lc 5,27-32): acudir al médico. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. La misericordia de Dios es gratuita con una sola condición: el arrepentimiento. Pidamos al Señor que nos conceda un corazón contrito y humillado para que nos dejemos curar por Él.
Evangelio (Lc 5,27-32)
En aquel tiempo, Después de esto, salió y vio a un publicano, llamado Leví, sentado al telonio, y le dijo:
— Sígueme.
Y, dejadas todas las cosas, se levantó y le siguió. Y Leví preparó en su casa un gran banquete para él. Había un gran número de publicanos y de otros que le acompañaban a la mesa. Y los fariseos y sus escribas empezaron a murmurar y a decir a los discípulos de Jesús:
— ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?
Y respondiendo Jesús les dijo:
— No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia.
Comentario
Podemos razonablemente pensar que Mateo, por la posición social y económica que ocupaba, podía costearse un médico en caso de que lo requiriera. De hecho, el evangelio nos dice que, después de haber encontrado a Jesús “preparó en su casa un gran banquete para él”. Solo las personas pudientes podían permitirse un gasto como aquel.
Pero Mateo, aunque hubiera dispuesto todas sus riquezas para tratar de curar su corazón, no lo hubiera logrado jamás. No por falta de dinero, sino porque la dolencia de su corazón no era física sino espiritual.
La misericordia de Dios es gratuita. El perdón, como el amor, no se puede comprar. Sí se puede conseguir el silencio, incluso el olvido, pero el perdón no.
Dios no nos pone un precio para alcanzar su perdón, pero sí marca una condición: el arrepentimiento. Aunque ni siquiera este ha de ser perfecto, como vemos en la parábola del hijo pródigo. Basta un deseo de volver y un primer paso para emprender el camino a casa.
En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a la conversión. A volver a casa. A emprender el camino de vuelta a Dios. A darse la vuelta, dejar todas las cosas y ponerse en camino.
Los santos nos han enseñado que este camino de vuelta a casa se recorre muchas veces a lo largo de la vida. De hecho, incluso muchas veces al día. La llamada a la conversión es continua, igual que el anhelo profundo de felicidad y donación que late en el fondo de nuestro corazón.
Acudir al sacramento de la Penitencia y mostrarle con sencillez al Señor nuestras heridas para que Él las cure, nos ayudará a continuar más ligeros y gozosos por este camino de la vida.
Pablo Erdozáin

1ª semana de Cauresma
Domingo de la 1º domingo de Cuaresma (Ciclo A: Mt 4,1-11) Tentaciones en el desierto
Domingo de la 1.° semana de Cuaresma (Ciclo B: Mc 1,12-15) Jesús en el desierto.“Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás”. Jesús toma la iniciativa en la lucha contra el mal y nos da ejemplo con su oración y ayuno para vivir esta cuaresma con esperanza en la lucha y espíritu de conversión.
Domingo de la 1.º semana de Cuaresma (Ciclo C: Lc 4,1-13). Las tentaciones "Fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo". Jesús permite que tengamos tentaciones, y nos da la gracia para superlarlas y mostrarle así nuestro amor humilde.
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Martes de la 1° semana de Cuaresma (Mt 6, 7-15): las intenciones por las que rezaba Jesús. “Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados...Vosotros, en cambio, orad así”. El Señor nos abre su intimidad y nos revela a través de la oración del Padre Nuestro la confianza con la que que debemos dirigirnos al Padre y que es lo que conviene pedir.
Miércoles de la 1° semana de Cuaresma (Lc 11, 29-32): imitar a los Ninivitas y a la Reina del Sur. “Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir: -Esta generación es una generación perversa”. Durante el viaje a Jerusalén, Jesús va encontrando distintas respuestas a su mensaje de salvación. Hay quienes acogen el mensaje con fe, pero hay otros que se obstinan en no escuchar. Contra estos últimos están dirigidas las dos historias del Antiguo Testamento que leemos hoy en boca de Jesús: la del profeta Jonás y la de la Reina del Sur.
Jueves de la 1° semana de Cuaresma (Mt 7, 7-12): cuando el timbre de Dios no funciona. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá”. ¿No nos pasa que hemos pedido muchas cosas que no se nos han dado? ¿No hemos sentido todos que tocamos a la puerta de Dios, y parece como si el timbre no funcionara? A veces no entendemos por qué el Señor tarda en concedernos lo que pedimos. Quizás es porque quiere que estemos mejor preparados para recibir sus dones.
Viernes de la 1° semana de Cuaresma (Mt 5, 20-26): vivir la vida de los demás. “Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda”. No matar no es no hacer mal al otro, sino no buscar la comunión con el otro. Esa es la vida que nos ofrece Jesucristo, esa es la plenitud: estar en la vida de los demás.
Sábado de la 1° semana de Cuaresma (Mateo 5, 43-48): para ser buenos hijos, decir buenos días. “Si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?”. De cada persona que conocemos podríamos mencionar un defecto, un error cometido, incluso, un mal que nos causaron. Pero Jesús, en este pasaje del sermón de la montaña, nos lo deja clarísimo: no hay excusa que valga. El Señor nos amó primero, y por todos dio la vida. Jesús no le negó el saludo a nadie: ni siquiera a Judas en el Huerto de los Olivos.
Domingo de la 1º domingo de Cuaresma (Ciclo A: Mt 4,1-11) Tentaciones en el desierto
Evangelio (Mt 4,1-11)
Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
Él respondió:
—Escrito está:
No sólo de pan vivirá el hombre,
sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.
Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está:
Dará órdenes a sus ángeles sobre ti,
para que te lleven en sus manos,
no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
Y le respondió Jesús:
—Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.
De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
—Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.
Entonces le respondió Jesús:
—Apártate, Satanás, pues escrito está:
Al Señor tu Dios adorarás
y solamente a Él darás culto.
Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían.
Comentario
El primer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El marco geográfico del desierto, lugar inhóspito y antagónico del Edén, es muy elocuente. De algún pasaje de la Sagrada Escritura puede suponerse la creencia judía en cierto espíritu maléfico del desierto llamado Azazel (cfr. Lv 16,10 y Tb 8,3). Jesús sería impulsado así al ámbito del tentador. Además, el desierto fue lugar de prueba para el pueblo elegido. El Señor acude para vencer allí donde Israel sucumbió.
Jesús ayuna “durante cuarenta días con cuarenta noches”. Es lo que conmemora la Cuaresma. Y esta acción penitencial del Señor está cargada de simbolismo: cuarenta días y cuarenta noches duró el castigo del diluvio (cfr. Gn 7,4); cuarenta días y cuarenta noches pasó Moisés en la nube del Sinaí, sin comer ni beber, suplicando a Dios por el pueblo (cfr. Dt 9,25), antes de entregarle la Ley (cfr. Ex 24,18); también pasó Elías cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber, caminando hasta el monte Horeb para encontrarse con el Señor (1R 19,8); y en especial, durante 40 años habitó Israel en el desierto, en medio de pruebas y tentaciones, como castigo a los 40 días que dedicó a explorar la tierra por su cuenta, sin contar con Dios (Nm 14,34).
Después de ayunar, Jesús se muestra hambriento, en aparente privación de ayuda divina y poder material. El tentador pretende entonces que Jesús caiga en alguna forma de intemperancia, avaricia o idolatría, en las que hace caer a los hombres, quienes utilizan o rechazan a Dios para exaltarse a sí mismos. El diablo cita retorcidamente las Escrituras con las que Jesús cumple siempre la voluntad de su Padre. Si eres el Hijo de Dios, le viene a decir, usa la fuerza divina para resolver la indigente condición humana que has asumido. Esta misma sugestión llegará a su culmen en la cruz.
Pero el Papa Francisco explicaba la solución que nos brinda el Maestro con su ejemplo: “Satanás quiere desviar a Jesús del camino de la obediencia y de la humillación –porque sabe que así, por este camino, el mal será derrotado– y llevarlo por el falso atajo del éxito y de la gloria. Pero las flechas venenosas del diablo son todas “paradas” por Jesús con el escudo de la Palabra de Dios (Mt. 3,4.7.10) que expresa la voluntad del Padre. Jesús no dice ninguna palabra propia: responde solamente con la Palabra de Dios. Y así el Hijo, lleno de la fuerza del Espíritu Santo, sale victorioso del desierto”[1].
Todos vivimos de una forma u otra cada día estas pruebas del desierto. Como explicaba Benedicto XVI, “el núcleo de toda tentación –como se aprecia aquí– es dejar al margen a Dios, el cual, comparado con todo lo que parece urgente en nuestra vida, es visto como secundario, cuando no superfluo y molesto”[2]. Las prisas, el afán de eficacia humana y las dificultades diarias pueden llevarnos a descuidar, a olvidar e incluso a rechazar el trato con Dios; o a esperar de Él una intervención llamativa que nos hiciera reaccionar. En cambio, cuando la voluntad de Dios es lo primero, Él nos exalta después.
En efecto, Mateo dice que, vencida toda tentación, “los ángeles vinieron y le servían”. Dios da con orden y proporción lo que el demonio usaba como transgresión. San Josemaría comentaba esta entrañable escena final así: “la Iglesia, al hacernos meditar estos pasajes de la vida de Cristo, nos recuerda que, en el tiempo de Cuaresma, en el que nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría. Porque la Cuaresma es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: podemos llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas”[3].
[1] Papa Francisco, Ángelus, 5 de marzo de 2017.
[2] Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Edición completa, Encuentro, Madrid 2019, p. 160.
[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 63.
Pablo M. Edo
Domingo de la 1.° semana de Cuaresma (Ciclo B: Mc 1,12-15) Jesús en el desierto.“Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás”. Jesús toma la iniciativa en la lucha contra el mal y nos da ejemplo con su oración y ayuno para vivir esta cuaresma con esperanza en la lucha y espíritu de conversión.
Evangelio (Mc 1,12-15)
Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto.
Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás; estaba con los animales, y los ángeles le servían. Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo:
—El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.
Comentario
Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma y contemplamos al Señor conducido por impulso del Espíritu Santo hacia el desierto, para orar y ayunar allí durante 40 días. Marcos es muy lacónico en su relato sobre el tiempo que pasó Jesús en el desierto. No se refiere a los tres tipos de pruebas que sufre Jesús según los otros evangelistas; sencillamente dice que “estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás”.
Con una mirada superficial, cabría preguntarse por qué Jesús se pone en ocasión de ser probado. De hecho, el relato paralelo de Mateo afirma que Jesús “fue llevado al desierto por el Espíritu” precisamente “para ser tentado por el diablo” (Mt 4,1). Además, cualquier judío creyente de su época conocía la atribución bíblica del ámbito del desierto al demonio y a la prueba (cfr. Lv 16,10). Pero, aun así, Jesús acude allí.
Este episodio nos enseña que es Jesús, y no el demonio, quien toma la iniciativa en la lucha entre el bien y el mal. El Apocalipsis afirma también que son Miguel y sus ángeles quienes empiezan la lucha contra el demonio para vencerlo (Ap 12,7). Jesús se adelanta, con un tiempo de intensa oración y ayuno. Y en ese marco de esfuerzo y santidad de vida es al que el demonio se ve abocado a acudir; un marco adverso para él y no al revés.
La escena de hoy nos muestra que la condición de hijos de Dios revelada en el bautismo en el Jordán —“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto” (Mc 1,11)—, lejos de hacernos retraídos ante el mal y el pecado, en actitud de huida y temor a la derrota, nos lleva precisamente a tomar la iniciativa en la lucha, con valentía y confianza en la gracia, porque somos hijos de Dios. No se trata de fiarse de las propias fuerzas o ponerse tontamente en lo que sabemos que para nosotros es ocasión de pecar. Se trata más bien de no ir a la defensiva en nuestro esfuerzo por comportarnos como hijos de Dios, a quienes el Padre mira con agrado, a pesar de todo, porque Él mismo ha enviado a su Hijo hecho hombre.
Con este sentido positivo y activo de la lucha han vivido siempre los santos, porque no se miraban a sí mismos, sino a Cristo, que luchó y venció por ellos. San Agustín expresaba esta verdad así: “Cristo era tentado por el diablo y en Cristo eras tentado tú, porque Cristo tomó tu carne y te dio su salvación, tomó tu mortalidad y te dio su vida, tomó de ti las injurias y te dio los honores, y toma ahora tu tentación para darte la victoria. Si fuimos tentados en Él, vencimos también al diablo en Él. ¿Te fijas en que Cristo es tentado y, sin embargo, no consideras su triunfo?”[1]. Por tanto, Jesús nos da ejemplo en este inicio de la Cuaresma y nos enseña a tomar la iniciativa en nuestra lucha cristiana llena de esperanza.
Y una forma evidente de adelantarse en la lucha consiste en dedicar un tiempo previsto para orar, a pesar de nuestra personal situación o condición; a pesar de las muchas razones que inventan la pereza, el pragmatismo o el temor, para dejar de lado esos ratos de meditación. Es lógico que cuando nos decidimos a seguir las huellas del Maestro aparezca en nuestra vida la prueba y la tentación. Pero esto no son señales de que vaya mal la lucha o nuestra oración sea infecunda, sino todo lo contrario. Los más probados suelen ser los santos porque, como decía santa Teresa de Jesús, “sabe el traidor que alma que tenga con perseverancia oración la tiene perdida”[2]. Por eso el demonio busca llenarnos de omisiones y falsas humildades para que dejemos de orar y perdamos la iniciativa en la lucha. Porque un clima de oración es siempre adverso para él.
[1] San Agustín, Comentario sobre el Salmo 60.
[2] Santa Teresa de Jesús, Vida, 19,5.
Pablo M. Edo
Domingo de la 1.º semana de Cuaresma (Ciclo C: Lc 4,1-13). Las tentaciones "Fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo". Jesús permite que tengamos tentaciones, y nos da la gracia para superlarlas y mostrarle así nuestro amor humilde.
Evangelio (Lc 4,1-13)
Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días, y al final sintió hambre. Entonces le dijo el diablo:
— Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.
Y Jesús le respondió:
— Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre.
Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante y le dijo:
— Te daré toda esta potestad y su gloria, porque me ha sido entregada y la doy a quien quiero. Por tanto, si me adoras, todo será tuyo.
Y Jesús le respondió:
— Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios y solamente a Él darás culto.
Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo y le dijo:
— Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo desde aquí, porque escrito está: Dará órdenes a sus ángeles sobre ti para que te protejan y te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
Y Jesús le respondió:
— Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.
Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.
Comentario
Comenzamos el tiempo de cuaresma recordando esos cuarenta días en los que Jesús ayunó en el desierto al comienzo de su vida pública. El pueblo de Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, fue tentado en su peregrinación por el desierto camino de la tierra prometida. Donde ellos cayeron, Jesús vence y nos da ejemplo de cómo vencer.
San Lucas hace notar que “fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo” (vv. 1-2). Las tentaciones no fueron una contrariedad que se cruzó en su camino, sino algo previsto en los planes de Dios para que aprendiésemos que, como Él, también nosotros seremos tentados.
Jesús siente hambre y el diablo, que está siempre al acecho, aprovecha esa circunstancia para tentarlo. Días antes, al recibir el bautismo de Juan, Jesús oyó la voz del cielo que le decía: “Tú eres mi Hijo, el Amado, en ti me he complacido” (Lc 3,22). ¿Será verdad? El diablo le pone por delante una necesidad física urgente, como la de tomar alimento, y le sugiere que lo haga comprobando, de paso, si efectivamente es el Hijo de Dios, capaz de superarla con un poder divino. Se trata de una provocación insidiosa, y muy actual. Cuando tantas personas pasan hambre en el mundo y apremia solucionar numerosas emergencias sociales, la Iglesia, por no decir Dios mismo, ¿no tendrían que interesarse primero por lo urgente, dejando lo demás para después? Jesús señala el mejor camino para resolver esas necesidades: sólo de un corazón alimentado por la palabra de Dios, recto y bueno, pueden surgir soluciones creativas y eficaces.
A continuación, el diablo le ofrece tanto poder y gloria cuanto pueda desear, a cambio de que lo adore. Intenta que ambicione mando y autoridad para pervertir su misión espiritual. Es la insidia de servirse del poder temporal para implantar el reino de Dios en la tierra, una tentación que también ha sufrido la Iglesia con el correr de los siglos. La cuestión que se plantea no es banal: ¿Qué medios hay que poner para que las esperanzas mesiánicas se realicen? ¿Qué aporta el cristianismo al mundo para solucionar sus problemas? En realidad, es algo muy sencillo. No se trata de ningún régimen político ni social. Lo que aporta es el conocimiento del Dios verdadero. “Adorarás al Señor tu Dios y solamente a Él darás culto” (v. 8), responde Jesús. Los reinos surgidos por la ambición de poder humano se van derrumbando. Sólo cuando se reconoce a Dios como creador y se respetan las leyes de la naturaleza, se alcanza el verdadero bien del hombre.
Por último, el diablo le sugiere realizar una acción espectacular ante las gentes que pululaban por los atrios y alrededores del Templo de Jerusalén, lanzándose desde su esquina más alta, para que unos ángeles detuvieran su caída ante la mirada atónita de aquellos espectadores. Sin duda, su reconocimiento como Mesías sería inmediato. ¿No hacía falta alguna señal clara para que se reconociera al enviado del Señor? Esta tentación también incide en una inquietud muy arraigada hoy: ¿Cómo se puede reconocer a Dios? ¿Es posible creer en él sin haber contemplado nunca nada extraordinario? ¿No es necesario comprobar experimentalmente su existencia? En realidad, quien trata a Dios como si fuera un objeto que ha de ser sometido a experiencias de laboratorio, nunca podrá encontrarlo. Ante la arrogancia intelectual, la respuesta de Jesús es la humildad: “No tentarás al Señor tu Dios” (v. 12).
Francisco Varo
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Martes de la 1° semana de Cuaresma (Mt 6, 7-15): las intenciones por las que rezaba Jesús. “Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados...Vosotros, en cambio, orad así”. El Señor nos abre su intimidad y nos revela a través de la oración del Padre Nuestro la confianza con la que que debemos dirigirnos al Padre y que es lo que conviene pedir.
Evangelio (Mt 6, 7-15)
Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así:Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal. Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados.
Comentario
Volvemos a escuchar hoy el Padre Nuestro, la oración que Jesús enseñó a sus discípulos. Estas palabras, tan repetidas por los cristianos de todas las épocas, son muy significativas y encierran una enseñanza de gran profundidad.
Para escucharlas con oídos atentos es necesario caer en la cuenta de que las intenciones que la componen son un resumen de lo que Jesús llevaba en su corazón. El Padre nuestro es como una ventana a la intimidad del Señor, que nos permite entender cuál era el contenido de su diálogo con su Padre Dios, cuáles eran sus motivaciones, qué obstáculos se le presentaban.
Jesús nos enseña que todas nuestras peticiones, sean las que sean, tienen que dirigirse al “Padre nuestro”. Nos muestra así que nuestra oración puede descansar en la confianza en que nos dirigimos a un padre que quiere nuestro bien.
La liturgia del día de hoy nos invita, por tanto, a confrontar nuestra oración con la oración del Señor y aprender poco a poco a tener sus mismos deseos: de que todos conozcan el nombre Dios, de que su Reino sea una realidad, de conseguir el verdadero alimento, de pedir la fuerza para luchar contra la tentación y el pecado, y en caso de que hayamos sufrido algún mal, saber perdonar.
Estas eran las cosas importantes para el Señor. Pidamos ayuda al Espíritu Santo para que también lo sean para nosotros y que tengamos sus mismos sentimientos, con un corazón más conforme al corazón divino, y que sobre todo sepamos dialogar y dirigirnos con confianza al Padre nuestro que está en los cielos.
Martín Luque
Miércoles de la 1° semana de Cuaresma (Lc 11, 29-32): imitar a los Ninivitas y a la Reina del Sur. “Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir: -Esta generación es una generación perversa”. Durante el viaje a Jerusalén, Jesús va encontrando distintas respuestas a su mensaje de salvación. Hay quienes acogen el mensaje con fe, pero hay otros que se obstinan en no escuchar. Contra estos últimos están dirigidas las dos historias del Antiguo Testamento que leemos hoy en boca de Jesús: la del profeta Jonás y la de la Reina del Sur.
Evangelio (Lc 11, 29-32)
Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir: -Esta generación es una generación perversa; busca una señal y no se le dará otra señal que la de Jonás.
Porque, así como Jonás fue señal para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo del Hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el Juicio contra los hombres de esta generación y los condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón.
Los hombres de Nínive se levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán: porque ellos se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás.
Comentario
Leemos hoy unas palabras duras del Señor. Jesús y los discípulos se encuentran ya camino de Jerusalén. Durante el viaje, muchos acogen el mensaje del Evangelio con la apertura de la fe pero hay también otros muchos que lo rechazan abiertamente. Contra estos últimos van dirigidas las palabras del Señor que escuchamos.
Jesús les recuerda a quienes le oían dos historias. Por un lado, la de Jonás, hijo de Amitay (Jon 1,1). Este personaje del Antiguo Testamento ha cautivado la imaginación de la piedad popular a través de los tiempos por el fabuloso relato del profeta que fue tragado por un gran pez y posteriormente arrojado sobre tierra firme.
Sin embargo, no es por esto por lo que Jesús lo menciona, sino por lo que pasó después de ser lanzado por la ballena. Jonás fue enviado a predicar la conversión a los habitantes de Nínive tal como Jesús estaba anunciando el Evangelio a los Israelitas. Los ninivitas escucharon al profeta y se convirtieron. Quedaba por ver cómo reaccionarían los oyentes al mensaje de Jesús y queda por ver aún cómo reaccionamos nosotros.
La segunda historia, la que se refiere a la Reina del Sur (cf. 1Re 10,1-13) subraya la misma idea. Narra el primer libro de los Reyes que “la Reina de Sabá, al enterarse de la fama que Salomón tenía en nombre del Señor, vino para ponerlo a prueba con enigmas”. A pesar de su desconfianza, la Reina escucha a Salomón con actitud abierta y reconoce en él la sabiduría que le había sido dada de lo alto.
El Señor nos advierte hoy de que tenemos que vigilar para saber reconocerlo en las distintas circunstancias. No siempre es evidente el modo de presentarse de Dios, pero si sabemos escuchar como los Ninivitas y estar con los oídos atentos como la Reina del Sur, de seguro sabremos reconocer que estamos delante de Jesús que nos habla.
Martín Luque
Jueves de la 1° semana de Cuaresma (Mt 7, 7-12): cuando el timbre de Dios no funciona. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá”. ¿No nos pasa que hemos pedido muchas cosas que no se nos han dado? ¿No hemos sentido todos que tocamos a la puerta de Dios, y parece como si el timbre no funcionara? A veces no entendemos por qué el Señor tarda en concedernos lo que pedimos. Quizás es porque quiere que estemos mejor preparados para recibir sus dones.
Evangelio (Mt 7, 7-12)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
“Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá.
Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra?
¿O si le pide un pez le da una serpiente?
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?
Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: ésta es la Ley y los Profetas”.
Comentario
Quizás muchos de nosotros compartimos esa experiencia común: la de estar rezando o haber rezado por una persona, por una intención o por una causa santa y buena, pero que no sale como nosotros queríamos. O que simplemente no sale: ese familiar que sigue estando lejos de Dios, ese examen médico que nos da un resultado desalentador, esa legislación que no responde a la dignidad humana.
La frustración, la sensación de impotencia, la duda ante la aparente quietud de Dios se agranda cuando escuchamos el eco de esas palabras de Jesús: “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá”.
Pero entonces, ¿en qué quedamos? ¿No nos pasa que hemos pedido muchas cosas que no se nos han dado? ¿No hemos sentido todos que tocamos a la puerta de Dios, y parece como si el timbre no funcionara?
Esa perplejidad nuestra es comprensible, pero justamente por eso es importante que vayamos más allá de nuestra perspectiva: es fundamental que en la oración adquiramos poco a poco, con la ayuda del Espíritu Santo, el punto de vista de Dios. De ese modo, nos daremos cuenta de que, paradójicamente, cuando el Señor se hace esperar, es porque quiere prepararnos para recibir mejor sus dones.
Nos lo explica san Agustín: “Nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante”.
Así, esa espera perseverante que es la oración de petición ayuda a las personas o intenciones por las que rezamos, pero también redunda en beneficio nuestro. El Señor es Padre, y por eso nos dará mucho más de aquello a lo que nosotros aspiramos.
Pero es bueno no perder de vista las palabras finales de Jesús en este pasaje: “todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos”. La perseverancia en la oración debe ir de la mano con la caridad: si nos comportamos como Cristo con todas las personas y en todas las situaciones, Dios Padre nos mirará con orgullo y colmará todos los anhelos de nuestro corazón.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Viernes de la 1° semana de Cuaresma (Mt 5, 20-26): vivir la vida de los demás. “Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda”. No matar no es no hacer mal al otro, sino no buscar la comunión con el otro. Esa es la vida que nos ofrece Jesucristo, esa es la plenitud: estar en la vida de los demás.
Evangelio (Mt 5, 20-26)
Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás , y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
Comentario
Jesucristo no ha venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. Con Él y en Él, la vida de un cristiano deja de ser una vida llena de obligaciones, deberes y prácticas, y se convierte en una vida llena de entrega y felicidad colmada.
Y así, el precepto de “no matar” se enriquece. Es interesante notar cómo cuanto más pequeña es la ofensa, mayor es el tribunal al que uno se enfrenta y el castigo que se impone. Llenarse de ira conlleva ser reo de juicio, que era el tribunal previsto para quien asesinaba; el que insulta es reo del Sanedrín, un juicio más severo que el anterior; maldecir trae consigo el fuego del infierno; y, finalmente, tener algo contra un hermano supone estar fuera de la comunión con Dios.
Jesucristo causaría estupor al hablar de este modo. Pero lo hace para señalar la raíz del problema, lo que está verdaderamente en juego: la comunión con Dios pasa por la comunión con los hombres.
No matar no es no hacer mal al otro, sino no buscar la comunión con el otro, entrar verdaderamente en su vida, llevar la vida del otro sobre los propios hombros.
No hay una vía intermedia. O la vida del otro es amada radicalmente o es aniquilada. O gozo de la presencia y de la vida del otro, o la rechazo, la elimino, la quito de en medio.
Esa es la vida que nos ofrece Jesucristo, esa es la plenitud: estar en la vida de los demás. Gozar de sus éxitos, de sus talentos y capacidades, de sus alegrías, de sus proyectos; caminar con ellos en sus fracasos, en su penas, en sus dolores. Abrazándoles por completo; perdonándoles y aceptando su perdón.
Un nuevo vivir. Más allá de nosotros mismos.
Luis Cruz
Sábado de la 1° semana de Cuaresma (Mateo 5, 43-48): para ser buenos hijos, decir buenos días. “Si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?”. De cada persona que conocemos podríamos mencionar un defecto, un error cometido, incluso, un mal que nos causaron. Pero Jesús, en este pasaje del sermón de la montaña, nos lo deja clarísimo: no hay excusa que valga. El Señor nos amó primero, y por todos dio la vida. Jesús no le negó el saludo a nadie: ni siquiera a Judas en el Huerto de los Olivos.
Evangelio (Mateo 5, 43-48)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
“Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos?
Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?
Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.
Comentario
Dios no ha esperado que nosotros lo amemos. Él nos amó primero (1 Juan 4, 19). Pero no solo eso: nos amó también después del pecado original. Nos ama antes, durante y después de cada caída. Nos ama a pesar de nosotros mismos. Y después de la Cruz, nos mira como aquellos por los que su Hijo dio la vida. Valemos toda la sangre de Cristo. Es decir, para Dios valemos todo.
Así se comporta el Señor, y así aspira a que nos comportemos nosotros. El problema es que, en nuestro caso, rápidamente surgen las excusas.
El vecino que me cae antipático porque una vez no me saludó. La señora de la tienda de la esquina que una vez me despachó sin siquiera mirarme. El dependiente de la ventanilla del banco que no hace nada por resolverme el problema.
Mi cuñada, que es muy intensa. Mi jefe, que es insoportable. Mis hijos, que no hay quién los aguante.
Así, podríamos continuar con una lista infinita. De cada persona que conocemos podríamos mencionar un defecto, un error cometido, incluso, un mal que nos causaron. Pero Jesús, en este pasaje del sermón de la montaña, nos lo deja clarísimo: no hay excusa que valga. El Señor nos amó primero, y por todos dio la vida. Jesús no le negó el saludo a nadie: ni siquiera a Judas en el Huerto de los Olivos.
En un mundo lleno de oscuridad, somos los cristianos los llamados a traer luz. En un mundo lleno de caras largas, somos los cristianos los llamados a contagiar la sonrisa. En un mundo lleno de miradas al suelo y oídos ocupados con auriculares, somos los cristianos los llamados a decir siempre, pase lo que pase, buenos días.
Los avances neurocientíficos han permitido entender cada vez mejor por qué la risa se contagia. Las explicaciones son muy profundas, pero lo que aquí nos interesa es la ratificación del hecho: la risa, lo confirma la ciencia, es contagiosa.
Nunca sabemos lo que pueda pasar después de ese saludo. Quizás sea el primer paso para que el “fuego de Cristo que llevamos en el corazón” (cfr. Camino, n. 1) comience a calentar otras vidas. Si te parece que nadie a tu alrededor sonríe, empieza por sonreír tú, “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”. Seguramente te llevarás más de una sorpresa.
Luis Miguel Bravo Álvarez

2ª semana de Cuaresma
Domingo de la 2º semana de Cuaresma (Ciclo A: Mt 17,1-9) Transfiguración de Jesús.
Domingo de la 2.° semana de Cuaresma (Ciclo B Mc 9,2-10) Transfiguración.
Domingo de la 2º semana de Cuaresma (Ciclo C: Lc 9,28b-36) La Transfiguración.
Lunes de la 2.º semana de Cuaresma (Lc 6,36-38): un amor sin medida. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. La medida del Señor es un amor sin medida que abraza a todos desde la Cruz. Pidámosle en este tiempo de conversión que nos conceda un corazón misericordioso como el suyo.
Martes de la 2° semana de Cuaresma (Mt 23,1-12): vivir para servir. “Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor”. Cristo, a diferencia de aquellos escribas y fariseos, vivía lo que predicaba. Fomentemos en nuestro corazón una actitud de servicio que nos lleve a vivir entregados continuamente a los demás.
Miércoles de la 2° semana de Cuaresma (Mt 20,17-28): el amor de una madre. “Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda” Esta petición de la madre de Santiago y Juan, tan sencilla como osada, nos muestra la generosidad de una madre que quiere lo mejor para sus hijos: que estén lo más cerca posible del Señor.
Jueves de la 2° semana de Cuaresma (Lc 16,19-31): la vida, tiempo para servir. "Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes". Cualquier don recibido es una llamada a ponerlo al servicio de los demás. Dios cuenta con nosotros para salir al encuentro de las necesidades del prójimo con lo que somos y con lo que tenemos.
Viernes de la 2.° semana de Cuaresma (Mt 21,33-43.45-46): Dios confía en nosotros. “Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos”. Dios nos ha dado la capacidad de dar unos frutos maravillosos. Y el tiempo para darlos lo marca el amor: la generosidad diaria con la que los ponemos al servicio de Dios y de los demás.
Sábado de la 2.° semana de Cuaresma (Lc 15,1-3.11-32): redescubrir el rostro de Dios Padre. “Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos”. Para conocer el amor que Dios Padre nos tiene necesitamos hacer sitio en nuestro corazón al Espíritu Santo. Sólo gracias a él podemos decir “Abbá, Padre”, esto es, reconocernos hijos amados de Padre tan grande.
***
Domingo de la 2º semana de Cuaresma (Ciclo A: Mt 17,1-9) Transfiguración de Jesús.
Evangelio (Mt 17,1-9)
Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:
— Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:
— Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.
Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:
— Levantaos y no tengáis miedo.
Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:
— No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.
Comentario
El evangelio de Mateo sitúa esta escena en un momento delicado para los apóstoles. Justo antes, Jesús les había manifestado claramente “que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). A la vez, les había dicho, también con toda crudeza, que “si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,24-25). Es comprensible el desconcierto y temor de sus discípulos ante advertencias tan graves.
Por eso, ahora quiere alimentar su esperanza, manifestando su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Sube a un monte alto, acompañado en primer lugar por tres discípulos, de modo análogo a como Moisés subió al monte Sinaí acompañado por Aarón, Nadab y Abihú, seguidos por los ancianos del pueblo (Ex 24,9). Estos mismos tres apóstoles serían aquellos a los que llamaría en Getsemaní para que lo acompañasen más de cerca, mientras los demás quedaban algo más retirados del lugar donde Jesús rezaba en agonía (Mc 14,33). Contrastan las escenas de esplendor gozoso y sufrimiento angustiado en las que Pedro, Santiago y Juan lo acompañan, pero, a la vez, ambas están inseparablemente relacionadas. No hay gloria sin cruz.
Moisés y Elías, que habían contemplado la gloria de Dios y recibido su revelación en el monte llamado Horeb o Sinaí (cf. Ex 24,15-16 y 1 R 19,8), acompañaban a Jesús en este monte alto cuando “se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz” (v. 2). Ahora contemplan la gloria y hablan con aquel que es la revelación de Dios en persona.
Pedro no puede acallar su alegría y exclama: “Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v. 4). Su petición expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo la gloria de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza. Con esos mismos sentimientos clamaba San Josemaría haciendo oración mientras predicaba: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh. Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”[1].
Desde la nube de luz que los envuelve se oyen unas palabras llenas de significado: “Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle” (v. 5). La expresión “mi Hijo, el Amado”, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el amado” (Gn 22,2). De este modo se establece un paralelo entre la dramática escena del Génesis en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac, que lo acompaña sin resistencia, y el drama que se consumará en el Calvario donde Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio asumido voluntariamente para la redención del género humano. En efecto, en la escena de la Transfiguración la Iglesia ha visto una preparación de los apóstoles para sobrellevar el escándalo de la Cruz. Por su parte, el añadido “escuchadle” tiene resonancias claras de las palabras que el Señor dirige a Moisés en el Deuteronomio: “el Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo; a él habéis de escuchar” (Dt 18,15). Aquel que es el Hijo al que su padre Dios entrega a la muerte, Jesús, es a la vez aquel profeta como Moisés al que hay que escuchar.
“De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos –decía el Papa Francisco–, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a ‘bajar de la montaña’ y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida”[2].
[1] San Josemaría, Citado en Santo Rosario. Edición critico-histórica, comentario al 4º misterio de luz.
[2] Papa Francisco, Ángelus 16 de marzo de 2014.
Francisco Varo
Domingo de la 2.° semana de Cuaresma (Ciclo B Mc 9,2-10) Transfiguración. “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. La petición de Pedro expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo el rostro glorioso de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza eterna. Pero para llegar a ella, el camino pasa por la Cruz.
Evangelio (Mc 9,2-10)
Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús:
— Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube:
— Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle.
Y luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie: sólo a Jesús con ellos.
Mientras bajaban del monte les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos retuvieron estas palabras, discutiendo entre sí qué era lo de resucitar de entre los muertos.
Comentario
El evangelio de Marcos sitúa esta escena en un momento delicado para los apóstoles. Justo antes Jesús les había dicho con toda crudeza, que “si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8,34-35). Es comprensible el desconcierto y temor de sus discípulos ante una advertencia tan grave.
Por eso, ahora quiere alimentar su esperanza, manifestando su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Sube a un monte alto, acompañado en primer lugar por tres discípulos, de modo análogo a como Moisés subió al monte Sinaí acompañado por Aarón, Nadab y Abihú, seguidos por los ancianos del pueblo (Ex 24,9). Estos mismos tres apóstoles serían aquellos a los que llamaría en Getsemaní para que lo acompañasen más de cerca, mientras los demás quedaban algo más retirados del lugar donde Jesús rezaba en agonía (Mc 14,33). Contrastan las escenas de esplendor gozoso y sufrimiento angustiado en las que Pedro, Santiago y Juan lo acompañan, pero, a la vez, ambas están inseparablemente relacionadas. No hay gloria sin cruz.
Elías y Moisés, que habían contemplado la gloria de Dios y recibido su revelación en el monte llamado Horeb o Sinaí (cf. 1 R 19,8 y Ex 24,15-16), estaban junto a Jesús en este monte alto cuando “se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos” (vv. 2-3). Ahora contemplan la gloria y hablan con aquel que es la revelación de Dios en persona.
Pedro no puede acallar su alegría y exclama: “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v. 5). Su petición expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo la gloria de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza. Con esos mismos sentimientos clamaba San Josemaría haciendo oración mientras predicaba: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”.
Desde la nube de luz que los envuelve se oyen unas palabras llenas de significado: “Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle” (v.7). La expresión “mi Hijo, el Amado”, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el amado” (Gn 22,2). De este modo se establece un paralelo entre la dramática escena del Génesis en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac, que lo acompaña sin resistencia, y el drama que se consumó en el Calvario donde Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio asumido voluntariamente para la redención del género humano. Por su parte, el añadido “escuchadle” tiene resonancias claras de las palabras que el Señor dirige a Moisés en el Deuteronomio: “el Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo; a él habéis de escuchar” (Dt 18,15). Aquel que es el Hijo al que su padre Dios entrega a la muerte, Jesús, es a la vez aquel profeta como Moisés al que hay que escuchar.
“De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos –decía el Papa Francisco–, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a ‘bajar de la montaña’ y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida”.
Francisco Varo
Domingo de la 2º semana de Cuaresma (Ciclo C: Lc 9,28b-36) La Transfiguración
Evangelio (Lc 9,28b-36)
En aquellos días Jesús se llevó con él a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante. En esto, dos hombres comenzaron a hablar con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado. Cuando éstos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús:
—Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías —pero no sabía lo que decía.
Mientras así hablaba, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y se oyó una voz desde la nube que decía:
—Éste es mi Hijo, el elegido: escuchadle.
Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto.
Comentario
Este segundo domingo de Cuaresma nos presenta una de las páginas más bellas y reveladoras de la Sagrada Escritura: la Transfiguración de Jesús. En un monte alto, el Señor mostró su gloria a los tres discípulos más íntimos con el fin de prepararlos para la inminente Pasión. Se cumplía así el anuncio hecho días antes: “Os aseguro de verdad que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean el Reino de Dios” (Lucas 9, 27). Lucas señala con intención que todo sucedió “mientras Jesús oraba”.
Esta “aparición pascual anticipada”, como la llama el Papa Francisco[1], supera las barreras de tiempo y espacio y está cargada de significado teológico. El apóstol Pedro explicaba a los primeros cristianos: “Nosotros hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: "Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias". Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo” (2 Pedro 1,16-18).
El monte representa en la Biblia la cercanía con Dios. Allí Moisés y Elías tuvieron coloquios íntimos con el Señor (cfr. Éxodo 24 y 1 Reyes 19). Ambos personajes aparecen ahora gloriosos y hablando con Jesús de su salida (éxodo) en Jerusalén. Representan la Ley y los Profetas, que anuncian el misterio de la Pasión y la Resurrección del Mesías, como explicará Jesús resucitado a los discípulos de Emaús (cfr. Lucas 24,1ss). En el pasaje se revela además “toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa"[2].
No obstante, la enseñanza más importante se condensa en la invitación que hace la voz acerca de Jesús: “Escuchadle”. Moisés anunció que Dios suscitaría un profeta como él, uno al que había que escuchar (cfr. Dt 18,15). La voz presenta pues al nuevo Moisés: al Hijo que nos revela al Padre con autoridad y al que debemos escuchar. Para esto necesitamos seguir el ejemplo del Maestro: subir al monte de la oración, reservar en nuestro horario unos tiempos diarios para dialogar exclusivamente con Dios. En esos ratos de trato personal e íntimo, podremos decirle con palabras de San Josemaría: “Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos. Háblanos; estamos atentos a tu voz. Que tu conversación, cayendo en nuestra alma, inflame nuestra voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte”[3].
San Josemaría solía relacionar este pasaje con la búsqueda amorosa del rostro de Jesús y de su Humanidad Santísima: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”[4]. Vale la pena insistir a diario en esos ratos de oración, haciendo compañía al Señor, con el mismo afán que expresa el salmista: “Tu rostro buscaré, Señor. ¡No me escondas tu rostro! (Salmo 27,8-9). Nuestra humilde perseverancia se verá recompensada. Moisés terminó con el rostro “radiante por haber hablado con el Señor” (Éxodo 34,29). Y Jesús, que es “Luz de Luz” como confesamos en el Credo, también nos irá transfigurando con su gracia para que nuestro día, el trabajo y el trato con los demás se iluminen por la presencia de Dios en nuestra alma.
La expresión de Pedro “¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas” expresa la alegría del encuentro con Dios. Remite también a las “moradas eternas” que el Mesías restablecería (Lc 16, 9) y que los judíos conmemoraban en la fiesta de las tiendas. Pedro quiere retener el instante de felicidad que le proporciona aquel rato íntimo con Dios. “Pero la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones” –nos explica Benedicto XVI−. La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que de ahí se derivan, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios»[5]. La prueba clara de que en nuestros ratos de oración estamos escuchando al Hijo como pide la voz del Padre es que su Espíritu nos llena de afán apostólico para llevar a todos la luz de Dios.
[1] Papa Francisco, Ángelus, 25 de febrero de 2018.
[2] Santo Tomás de Aquino, S.th. 3, q. 45, a. 4, ad 2.
[3] Santo Rosario, Apéndice, 4º misterio de Luz.
[4] Ídem.
[5] Benedicto XVI, Ángelus, 24 febrero 2013.
Pablo Edo
Lunes de la 2.º semana de Cuaresma (Lc 6,36-38): un amor sin medida. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. La medida del Señor es un amor sin medida que abraza a todos desde la Cruz. Pidámosle en este tiempo de conversión que nos conceda un corazón misericordioso como el suyo.
Evangelio (Lc 6,36-38)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá.
Comentario
El breve fragmento que la Iglesia nos invita a considerar hoy recoge el núcleo de la doctrina del Señor en lo que se refiere al amor y misericordia que estamos llamados a vivir los cristianos con los demás, y que se manifiestan, de modo especial, en el perdón.
En la bula de convocatoria del Año de la Misericordia de 2016, el papa Francisco explicaba: «Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre porque abre las puertas del corazón a la esperanza de ser amados para siempre, no obstante el límite de nuestros pecados»[1].
La medida de Cristo en la Cruz es un amor sin medida, un perdón que abraza a todos. La exigencia del Señor es muy alta, y nosotros estamos llamados a imitarle también en este Amor a todos los hombres.
En ocasiones, podemos pensar que las imperfecciones y los pecados, personales y ajenos, constituyen una barrera infranqueable para asaltar el corazón de Dios. Sin embargo, como nos recuerda san Francisco de Sales, no cabe duda que «Dios detesta las carencias, pues son carencias. Pero por otro lado, en cierto sentido, le gustan las carencias en tanto que le dan a Él la ocasión de mostrar su misericordia y a nosotros la de volvernos humildes, y entender y compartir las carencias del prójimo»[2].
[1] Papa Francisco, Bula de convocatoria del año de la Misericordia, 4.IV.2014, n. 2.
[2] San Francisco de Sales, cit. por Juan Pablo I, Audiencia General, 20-9-1978.
Pablo Erdozáin
Martes de la 2° semana de Cuaresma (Mt 23,1-12): vivir para servir. “Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor”. Cristo, a diferencia de aquellos escribas y fariseos, vivía lo que predicaba. Fomentemos en nuestro corazón una actitud de servicio que nos lleve a vivir entregados continuamente a los demás.
Evangelio (Mt 23,1-12)
En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:
— En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen, pero no hacen.
Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas.
Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí.
Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial.
Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor.
El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.
Comentario
En el evangelio que la Iglesia nos invita a considerar hoy, el Señor realiza una dura crítica a aquellos escribas y fariseos que, en su modo de actuar, se guían por la apariencia externa de sus acciones en lugar de vivir de acuerdo con la verdad.
En ocasiones, esta crítica realizada por el Señor contra los hipócritas ha constituido el fundamento para que algunos calificasen a Jesús como un revolucionario frente a las prácticas denostables de las que Él mismo se distanció.
Sin embargo, el Señor no pretende abolir la Ley enseñada por escribas y fariseos (cfr. Mt 5, 17), sino purificarla y llevarla a su plenitud. En contraste con aquellos hombres que “dicen, pero no hacen” y “apetecen ser los primeros”, Jesús nos enseña que los cristianos estamos llamados a servir y humillarnos. Y, a diferencia de ellos, Jesús no solo lo dice, sino que corroborará estas palabras con su muerte en la cruz.
El cristiano, como buen discípulo de Cristo, ha de buscar el servicio y no el honor. Precisamente esta perspectiva, que se traduce en un modo de vivir, es lo realmente revolucionario del mensaje de Cristo. Un discurso que no se queda en la teoría, sino que se hace vida porque se concreta en los mil detalles de cada jornada.
Con su vida y sus palabras el Señor nos va preparando para acoger el inminente don de la Pascua. Vivir en una actitud continua de servicio y entrega a los demás es el mejor modo de dejar que la gracia entre en nuestro corazón.
Pablo Erdozáin
Miércoles de la 2° semana de Cuaresma (Mt 20,17-28): el amor de una madre. “Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda” Esta petición de la madre de Santiago y Juan, tan sencilla como osada, nos muestra la generosidad de una madre que quiere lo mejor para sus hijos: que estén lo más cerca posible del Señor.
Evangelio (Mt 20,17-28)
En aquel tiempo, Cuando subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo:
— Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará.
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó:
— ¿Qué quieres?
Ella le dijo:
— Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Jesús respondió:
— No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?
— Podemos — le dijeron.
Él añadió:
— Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre.
Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús les llamó y les dijo:
— Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.
Comentario
En el evangelio de hoy, la madre de Santiago y de Juan, dos de los apóstoles más cercanos a Jesús, irrumpe con fuerza ante el Maestro. Se postra ante él y le dirige una petición tan sencilla como atrevida: “di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (v. 21).
Aunque el evangelista no diga nada, podemos imaginar que Señor, al escuchar esa petición, se llenaría de ternura hacia esa mujer. La respuesta que le da parece que tiene un punto de aspereza, pero al Señor le ha gustado el atrevimiento de esa madre y acaba formulándole una nueva pregunta, a la que la madre –esta vez, a una con sus hijos– le responde afirmativamente.
Jesús, intuyendo una posible aspiración humana, le corrige, afirmando la primacía de la voluntad de Dios y de la actitud de servicio por parte de quienes “más arriba están”.
Hoy nos quedamos con la valentía de esta mujer que no tuvo reparos en mostrar con sencillez al Señor el deseo más profundo que anhelaba en su corazón. Una petición que no era para ella, sino para sus hijos, a quienes amaba mucho más que a ella misma.
¡Cuántas respuestas generosas de tantos y tantas que lo han dejado todo por seguir al Maestro se han visto precedidas y acompañadas por una apertura generosa de sus padres para que siguieran a Jesús por donde Él les llevara!
Pablo Erdozáin
Jueves de la 2° semana de Cuaresma (Lc 16,19-31): la vida, tiempo para servir. "Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes". Cualquier don recibido es una llamada a ponerlo al servicio de los demás. Dios cuenta con nosotros para salir al encuentro de las necesidades del prójimo con lo que somos y con lo que tenemos.
Evangelio (Lc 16,19-31)
«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en los infiernos, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo:
«Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas».
Contestó Abrahán: «Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí hasta vosotros, no pueden; ni tampoco pueden pasar de ahí hasta nosotros».
Y él dijo: «Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos».
Pero replicó Abrahán: «Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan!»
Él dijo: «No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán».
Y le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos».
Comentario
Todo en esta parábola en una invitación a la conversión. No falta ningún elemento: una persona agraciada y una necesitada; una derrochadora y que parece pensar solo en sí misma, y una que mendiga a su puerta. Muerte y juicio: el tiempo del que aquí disponemos es tiempo para pensar unos en otros. Lo que aquí arraigue en nuestro corazón será con lo que llamemos a las puertas del Reino celestial. Por eso, hemos de demostrar ahora, con nuestra vida, mientras tenemos tiempo, a qué aspiramos: qué es lo que verdaderamente nos importa. ¿Cómo vivimos y para quién vivimos? ¿Quién sabe de cuánto tiempo dispone todavía?
El texto tiene mucha fuerza. Pero esta es aún mayor si tenemos en cuenta lo que en él nos remite al Antiguo Testamento. Abrahán es clave de interpretación: él es el padre en la fe del pueblo de Israel; a él y a los que crean como él se les han prometido las bendiciones; él corresponde con generosidad a la llamada divina y, teniendo muchos bienes, ha quedado como modelo de hospitalario: No olvidéis la hospitalidad, gracias a la cual algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles (Hb 13,2). En Abraham vemos lo que es una fe que ha penetrado y ha llegado al fondo del corazón: una fe viva y que da fruto. Una fe que obra por la caridad.
El rico de la parábola, hombre sin nombre, aunque pudiente, se cree hijo de Abrahán y por tanto heredero de las bendiciones. Pero la muerte, que es un juicio sobre la vida, le revela qué es lo que Dios mira cuando juzga a los hombres: la sinceridad de los corazones. La parábola nos dice que una fe sin obras es una fe muerta. El rico no era un buen judío: no había escuchado a Moisés. Pero, por otro lado, tampoco son las meras obras las que salvan. De Lázaro, que sí tiene nombre, no se narran obras. Los Padres de la Iglesia dicen que lo que se premia es su aceptación paciente no solo de los males sino del desprecio sufrido. Para nosotros, el mensaje es claro: ver cómo poder hospedar al prójimo en nuestros corazones poniendo a su servicio los dones, materiales y espirituales, que tengamos en cada momento.
Juan Luis Caballero
Viernes de la 2.° semana de Cuaresma (Mt 21,33-43.45-46): Dios confía en nosotros. “Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos”. Dios nos ha dado la capacidad de dar unos frutos maravillosos. Y el tiempo para darlos lo marca el amor: la generosidad diaria con la que los ponemos al servicio de Dios y de los demás.
Evangelio (Mt 21,33-43.45-46)
Escuchad otra parábola:
—Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último, les envió a su hijo, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad». Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
Le contestaron:
—A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.
Jesús les dijo:
—¿Acaso no habéis leído en las Escrituras:
La piedra que rechazaron los constructores,
ésta ha llegado a ser la piedra angular.
Es el Señor quien ha hecho esto
y es admirable a nuestros ojos?
»Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos.
Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.
Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta.
Comentario
El evangelio de la misa nos recuerda una de las parábolas de Jesús más dramáticas. Y lo es porque pone al descubierto lo oscuro que hay en el corazón del hombre. La imagen de la viña nos remite al Antiguo Testamento y, de un modo muy particular, al capítulo quinto del libro de Isaías. La viña es Israel, el pueblo sobre el que Dios ha derramado de un modo tan especial su amor y sus dones. La viña nos habla de cuidado, de frutos, de vida. Jesús intentó con su predicación y sus obras hacernos comprender lo inconmensurable del amor de Dios Padre por nosotros: un amor fiel que nunca se retira, ni siquiera cuando es rechazado.
La parábola del Señor nos habla de personas que han dado la espalda al amor de Dios y han pervertido el depósito que ha sido puesto en sus manos. De nuevo el desagradecimiento, el orgullo y la codicia en el origen de la destrucción y la muerte. Una ceguera, un tanto irracional, podría llevarnos a pensar que, lo que tenemos, lo tenemos por mérito propio: que nadie nos lo ha dado. Un corazón endurecido podría llegar a mirar el resto de la creación en función del propio beneficio. Tan triste una cosa como otra: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido? (1Co 4,7); Que nadie abuse ni engañe a su hermano (1Ts 4,6).
Los frutos vienen del agradecimiento y del amor humilde. Somos criaturas, y Dios ha querido hacernos partícipes del cuidado y gobierno de lo que ha salido de sus manos, de toda la creación. Pero de un modo muy particular de las personas y, entre ellas, con especial empeño, de las que comparten nuestra fe. La consecuencia lógica es clara: acoger con humildad los dones de Dios, ponernos al servicio de los demás, sabernos portadores del Evangelio para que todos puedan llegar a conocer el amor de Dios por ellos y a qué nos llama. Todo esto solo es posible si acogemos a Cristo, piedra angular, porque solo él es capaz de iluminar todo nuestro ser, de hacernos experimentar en plenitud el amor del Padre, y de mirar a todos como amados del Padre.
Juan Luis Caballero
Sábado de la 2.° semana de Cuaresma (Lc 15,1-3.11-32): redescubrir el rostro de Dios Padre. “Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos”. Para conocer el amor que Dios Padre nos tiene necesitamos hacer sitio en nuestro corazón al Espíritu Santo. Sólo gracias a él podemos decir “Abbá, Padre”, esto es, reconocernos hijos amados de Padre tan grande.
Evangelio (Lc 15,1-3.11-32)
Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.
Entonces les propuso esta parábola:
Dijo también:
—Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”». Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
»Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.
»El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».
Comentario
El evangelio de la misa de hoy es uno de los textos más conocidos del Nuevo Testamento. En él se nos habla de la misericordia del Padre y, al mismo tiempo, de dos tipos de corazones, dos tipos de hijos, incapaces de llegar al centro de ese amor que les rodea e inunda. En contexto de conversión, pues estamos en tiempo de cuaresma, el relato nos anima a no cansarnos de redescubrir el rostro del Padre, por mucho que pensemos que ya le conocemos: a conocerle con el corazón (cfr. 2Co 5,16).
Llama la atención lo que hace el hijo que se va de casa: pensar que se merece una herencia y pedirla; la inconsciencia de buscar solo el placer del momento presente; el verse empujado a dar la espalda a su propia fe (cuidar cerdos) para conseguir sustento; su forma de pensar al volver a casa, no movido por el amor sino por la necesidad; el endurecimiento de su corazón, que le hace proyectar sobre su padre su propia forma de juzgar cosas y personas. También llama la atención la actitud del hijo que permanece en casa, con el corazón endurecido, incapaz de comprender el amor de su padre e inmisericorde con su hermano.
Esas actitudes hablan de lo que puede haber en nuestros corazones. Y nos recuerdan la necesidad de redescubrir continuamente el amor de Dios por nosotros, un Padre que no es ajeno a ninguna de nuestras carencias. Él nos ha llamado a ser sus hijos y, por su parte, esa llamada no cesa. Él nos ha llamado a vivir en libertad, no como esclavos. Los dos hijos de la parábola habían acabado viviendo como esclavos: uno, de sus pasiones; otro, de una obligación mal entendida. Nos recuerda San Pablo que donde está el Espíritu del Señor hay libertad (2Co 3,17). No una libertad como pretexto para la carne, sino para servirnos unos a otros por amor (Ga 5,13). De estos hijos aprendemos la necesidad de pedir al Espíritu Santo que nos ayude a redescubrir continuamente el rostro amoroso de ese Padre del que somos hijos; de ahí mana la fuerza para vivir con gozo la fe en el día a día.
Juan Luis Caballero

Domingo de la 3º domingo de Cuaresma (Ciclo A: Jn 4,5-42). Dame de beber
Domingo de la 3.° semana de Cuaresma (Ciclo B: Jn 2,13-25). la purificación del Templo “¿Qué signo nos das para hacer esto? Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. En la purificación del Templo Jesús anticipa su cruz y su resurrección, inaugurando un nuevo culto que se realiza en la comunión con Él.
Evangelio del 3º domingo de Cuaresma (Ciclo C: Lc 13,1-9) Conversión.
Lunes de la 3° semana de Cuaresma (Lc 4, 24-30). Acoger la palabra de Jesús “Pasando por medio de ellos, se marchó”. Jesús se va dando a conocer como Mesías y desde el principio es rechazado. El Señor quiere que le acojamos con libertad y este tiempo de Cuaresma es una oportunidad que hemos de saber aprovechar.
Martes de la 3° semana de Cuaresma (Mt 18, 21-35): el límite en el perdón. “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?” Hoy el Señor sirviéndose de una pregunta de Pedro afronta uno de los temas centrales de la vida cristiana: el perdón. Jesús nos enseña que hemos de perdonar siempre y que el perdón a los demás está muy relacionado con el perdón que recibimos de Dios.
Miércoles de la 3° semana de Cuaresma (Mt 5, 17-19): la abundancia en lo pequeño. El Señor ha venido a traer la vida y a traerla en abundancia. Nos quiere felices y para eso quiere que luchemos por ser fieles en lo pequeño. Pequeña es la santa Hostia que recibimos en la Comunión, y contiene la santa grandeza de Jesús. La Cuaresma es un tiempo propicio para luchar por crecer en fidelidad al Señor.
Jueves de la 3° semana de Cuaresma (Lc 11, 14-23): dejarse vencer por Dios. “Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada; pero algunos de ellos dijeron: Expulsa los demonios por Beelzebul, el príncipe de los demonios. Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo”. Cristo es la fuerza que todo lo puede. Pero no puede hacer nada si somos desagradecidos, si no reconocemos nuestra indigencia y le pedimos que entre. Es preciso que nos dejemos vencer por Dios sin condiciones.
Viernes de la 3° semana de Cuaresma (Mc 12, 28-34): el Amor exige todo. “El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas . El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Amar a Dios y a los demás supone encontrarse con Dios y con los demás, hacerles hueco, para que Dios y los demás sean el fundamento de la propia vida.
Sábado de la 3° semana de Cuaresma (Lc 18, 9-14): la oración del cristiano, oración del corazón. “Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador»”. Presentándose con las manos vacías, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano nos muestra la condición necesaria para recibir el perdón del Señor.
Domingo de la 3º domingo de Cuaresma (Ciclo A: Jn 4,5-42). Dame de beber
Evangelio (Jn 4,5-42)
Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del viaje, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta.
Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo:
—Dame de beber —sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos.
Entonces le dijo la mujer samaritana:
—¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? —porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le respondió:
—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva.
La mujer le dijo:
—Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
—Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo —respondió Jesús—, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna.
—Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla —le dijo la mujer.
Él le contestó:
—Anda, llama a tu marido y vuelve aquí.
—No tengo marido —le respondió la mujer.
Jesús le contestó:
—Bien has dicho: «No tengo marido», porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad.
—Señor, veo que tú eres un profeta —le dijo la mujer—. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén.
Le respondió Jesús:
—Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad.
—Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir —le dijo la mujer—. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas.
Le respondió Jesús:
—Yo soy, el que habla contigo.
A continuación llegaron sus discípulos, y se sorprendieron de que estuviera hablando con una mujer. Pero ninguno le preguntó: «¿Qué buscas?, o ¿de qué hablas con ella?» La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente:
—Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?
Salieron de la ciudad y fueron a donde él estaba.
Entretanto los discípulos le rogaban diciendo:
—Rabbí, come.
Pero él les dijo:
—Para comer yo tengo un alimento que vosotros no conocéis.
Decían los discípulos entre sí:
—¿Pero es que le ha traído alguien de comer?
Jesús les dijo:
—Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros que faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: Levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega; el segador recibe ya su jornal y recoge el fruto para la vida eterna, para que se gocen juntos el que siembra y el que siega. Pues en esto es verdadero el refrán de que uno es el que siembra y otro el que siega. Yo os envié a segar lo que vosotros no habéis trabajado; otros trabajaron y vosotros os habéis aprovechado de su esfuerzo.
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así que, cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y le decían a la mujer:
—Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo.
Comentario
En su viaje hacia Galilea, Jesús se detiene al pie del monte Ebal, junto a Sicar, donde estaba el famoso pozo del patriarca Jacob, que era el orgullo de los samaritanos. Esta región formó parte del Reino del Norte de Israel. Tras caer en manos de los asirios (722 a. C.), la población terminó mezclándose con los paganos llevados allí. Tiempo después, el rey judío Juan Hircano destruyó el templo samaritano erigido en el Monte Garizim. Por eso, a pesar de su pasado común, la enemistad entre judíos y samaritanos era centenaria (cfr. 2 R 17,34-40).
Pero Jesús no tiene reparo en detenerse en Sicar. Cansado del camino y a la hora de comer, el Maestro envía a sus discípulos a buscar alimentos y se sienta junto al pozo a esperar. Es entonces cuando llega con su cántaro una samaritana, y se inicia un diálogo y un encuentro entre dos anhelos, simbolizados en el agua, y que se verán colmados: el anhelo divino de salvar a los hombres y la sed de Dios que hay en ellos.
“Recoged los ojos del alma y revivid despacio la escena –sugería san Josemaría−: (…) Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino, para buscar algo de comer. Y tiene sed. Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed”[1].
“Dame de beber”: el antiguo recelo judío hacia los samaritanos, que les retraía incluso de hablarles y emplear sus utensilios[2], es quebrado por Jesús al pedir ayuda con modestia a la sorprendida samaritana que llega con su cántaro. Pero en realidad, era ella quien debería romper los prejuicios centenarios para pedir lo que Jesús da: un agua mejor que la del famoso pozo de Jacob, aunque ésta fuera muy abundante, pues sirvió para sus hijos e incluso sus ganados. La mujer entiende la insinuación de Jesús: que Él es mayor que Jacob y su pozo, y el agua que ofrece es maravillosa. La samaritana queda entonces prendada de la idea que se forja de esa agua y pasa a pedirla, para no tener nunca sed.
En el Antiguo Testamento, “el agua viva” simboliza la acción de Dios (cfr. Jr 2,13; Za 14,8; Ez 47,9). Y en realidad, Jesús es “el don de Dios” que la mujer ignora y el agua viva que se hará en ella “fuente que salta hasta la vida eterna” es la gracia espiritual. Por eso, Jesús prepara a la mujer para recibirla, haciendo que reconozca su situación de pecado, con cinco maridos distintos. La samaritana se interesa entonces por su relación con Dios y dónde adorarlo; y tras la instrucción del Maestro, intuye la auténtica sed de su alma; menciona ya al Mesías, descubre que lo tiene delante y va a anunciarlo a los suyos.
Este célebre pasaje del evangelio de san Juan narra un itinerario de conversión precioso provocado por Jesús. En cierto sentido, tiene un carácter universal y todos podemos vernos reflejados en él. El papa Francisco comenta que “Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: dirige a Jesús esos interrogantes profundos que todos tenemos dentro, pero que a menudo ignoramos. También nosotros tenemos muchas preguntas que hacer, ¡pero no encontramos el valor de dirigirlas a Jesús! La cuaresma, queridos hermanos y hermanas, es el tiempo oportuno para mirarnos dentro, para hacer emerger nuestras necesidades espirituales más auténticas, y pedir la ayuda del Señor en la oración. El ejemplo de la samaritana nos invita a expresarnos así: ‘Jesús, dame de esa agua que saciará mi sed eternamente’”[3].
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 176.
[2] Cfr. San Agustín, In Ioannem tract., 13.
[3] Papa Francisco, Ángelus, 23 de marzo de 2014.
Domingo de la 3.° semana de Cuaresma (Ciclo B: Jn 2,13-25). la purificación del Templo “¿Qué signo nos das para hacer esto? Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. En la purificación del Templo Jesús anticipa su cruz y su resurrección, inaugurando un nuevo culto que se realiza en la comunión con Él.
Evangelio (Jn 2,13-25)
Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y les dijo a los que vendían palomas:
— Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado.
Recordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.
Entonces los judíos replicaron:
— ¿Qué signo nos das para hacer esto?
Jesús respondió:
— Destruid este Templo y en tres días lo levantaré.
Los judíos contestaron:
— ¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días?
Pero él se refería al Templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, recordaron sus discípulos que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca de hombre alguno, porque conocía el interior de cada hombre.
Comentario
En el camino de la Cuaresma la liturgia de este III domingo nos propone contemplar la escena conocida como la purificación del Templo. Los otros evangelistas sitúan este acontecimiento en la última semana de Jesús en Jerusalén, cuando llevará a cabo la misión que había recibido del Padre, mientras que Juan lo sitúa al comienzo del ministerio público de Jesús probablemente con la idea de considerarlo un gesto programático.
Al echar del Templo a los vendedores y cambistas, Jesús recuerda las palabras proféticas de Zacarías: “Aquel día no habrá más traficantes en el Templo del Señor” (Zc 14,21). Los judíos, entendiendo que se trataba de un gesto simbólico, le piden un signo para comprobar que está actuando en nombre y con el poder de Dios, como un verdadero profeta.
Jesús ofrece un signo que ningún otro profeta podría haber dado: la cruz y la resurrección, “Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. El sentido de estas palabras, malinterpretadas por los judíos, será revelado solo en la resurrección de Jesús, cuando los discípulos “recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús”.
La cruz y la resurrección de Jesús abren a una nueva forma de adorar a Dios. El lugar del encuentro entre Dios y los hombres ya no será el Templo sino el cuerpo de Jesús resucitado y glorificado que reúne a todos en el Sacramento de su cuerpo y sangre.
Poco después, en el mismo evangelio de Juan, a la samaritana Jesús le explicará más claramente: “llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…). Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca” (Jn 4,21-23).
A este nuevo culto hace referencia san Pablo cuando llama a los cristianos “templo de Dios” (1Cor 3,16) y sobre todo cuando exhorta a ofrecer nuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios. Se trata del “culto espiritual” (Rm 12,1), un culto en el cual el hombre unido a Cristo llega a ser adoración, glorificación del Dios vivo.
Después de la purificación del Templo, el evangelista señala que muchos al ver los signos que realizaba creyeron en su nombre y, sin embargo, Jesús “no se fiaba de ellos, porque conocía el interior de cada hombre”.
A veces nuestra fe, como la de aquellos adversarios de Jesús, se funda más sobre los milagros que sobre el mismo Dios, se apoya más en nuestras seguridades que en la comunión con Cristo realizada en los sacramentos.
La purificación del Templo realizada por Jesús nos recuerda hoy la necesidad de purificar nuestra fe, de volver a fundar nuestra vida sobre este Dios que ha manifestado su potencia y su amor infinito en la cruz, fuente de nuestra salvación. Solo pasando por la cruz llegaremos a la gloria y la alegría de la resurrección.
Giovanni Vassallo
Evangelio del 3º domingo de Cuaresma (Ciclo C:Lc 13,1-9) Conversión.
Evangelio (Lc 13,1-9)
Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo:
— ¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente.
Les decía esta parábola:
— Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero él le respondió: «Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás».
Comentario
Como suele suceder en las conversaciones familiares o de un grupo de amigos, también Jesús y sus discípulos comentaban las noticias de actualidad. En este pasaje del evangelio se mencionan dos sucesos que habían conmocionado a todos los habitantes de Jerusalén: la represión indiscriminada por las tropas de Pilatos de un conato de revuelta, que terminó con la muerte brutal de unos galileos que habían ido al templo para ofrecer sus sacrificios al Señor, y la terrible desgracia que supuso el desplome repentino de una torre en la zona de Siloé, que dejó a dieciocho personas sepultadas bajo los cascotes (Lc 13,1-5). Por las calles no faltarían interpretaciones de todo tipo, máxime cuando una creencia popular muy arraigada consideraba que, si alguien padecía algún mal, debería ser porque habría hecho algo malo, y por eso Dios lo castigaba.
Jesús da por supuesto que esa apreciación es equivocada, y que no tiene sentido buscar culpas en las víctimas de tales desgracias. En cambio, esos sucesos luctuosos invitan a reflexionar. La vida humana es frágil y, aunque se goce de buena salud, la muerte se puede presentar cuando menos se la espera. Los que nunca se cuestionan si hacen lo correcto cara a Dios, ni se plantean que necesiten cambiar nada, pueden verse sorprendidos y sin tiempo a reaccionar. La eventual aparición de brotes inesperados de violencia, accidentes o catástrofes naturales, constituye un toque de realidad que despierta del atolondramiento de vivir como si Dios no existiera, y mueve a la conversión para recomponer la propia existencia. Quienes, con un corazón contrito, ponen los medios para vencer el pecado, están desactivando la más grave consecuencia del mal, la muerte eterna, a la vez que construyen un mundo mejor. Esta es la única actitud sabia y responsable para prevenir las mayores desgracias.
Es probable que, en los comentarios populares acerca de esos sucesos, junto al pensar que “algo malo habrán hecho” las víctimas, algunos respirasen con alivio al verse salvos considerando que “yo todo lo hago bien”. Desgraciadamente esa reacción, muy humana, sigue siendo actual. ¡Cuántas veces, personajes famosos de la canción, el cine o la política, tras quejarse de lo mal que está el mundo y los problemas que aquejan la sociedad, manifiestan al ser entrevistados que “yo no tengo nada de lo que arrepentirme”!
Las palabras del Maestro hacen pensar. Jesús llama a cambiar el corazón, a plantearnos un giro radical en el camino de nuestra vida, abandonando la complicidad con el mal y las excusas hipócritas, para seguir con decisión el camino del Evangelio. Su enseñanza no es solo para quienes están lejos de Dios, con la esperanza de que reaccionen, sino también, y sobre todo, para quienes están tranquilos pensado: “yo soy bueno, creyente, incluso bastante practicante”. La parábola de la higuera estéril se dirige a todos los que se sienten cómodos en el campo del Señor, pero no dan fruto (Lc 13,6-9). Si el Señor nos llamara ahora a su presencia, podríamos preguntarnos, ¿iríamos alegres, con las manos llenas de frutos que ofrecerle? ¿estamos colmados de obras hechas por amor, o nuestro egoísmo y falta de generosidad impide que le demos todo lo que espera?
Aunque nuestra correspondencia sea escasa, Dios tiene una gran paciencia, pero esa esterilidad no debe prolongarse. El viñador de la parábola pide una prórroga de un año antes de arrancar la higuera, para darle una última oportunidad. Esta cuaresma puede ser ese “año más” que nos conceda el Señor para llevar a cabo el cambio que aguarda. Como dice el Papa Francisco, “nunca es demasiado tarde para convertirse, ¡nunca! Hasta el último momento: la paciencia de Dios nos espera. (…) Nunca es tarde para convertirnos, pero es urgente, ¡es ahora! Comencemos hoy”[1].
[1] Francisco, Ángelus 28.II.2016
Francisco Varo
Lunes de la 3° semana de Cuaresma (Lc 4, 24-30). Acoger la palabra de Jesús “Pasando por medio de ellos, se marchó”. Jesús se va dando a conocer como Mesías y desde el principio es rechazado. El Señor quiere que le acojamos con libertad y este tiempo de Cuaresma es una oportunidad que hemos de saber aprovechar.
Evangelio (Lc 4, 24-30)
Y añadió [Jesús]:
—En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.
Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.
Comentario
Jesús pronuncia estas palabras en la sinagoga de Nazaret. La conocía muy bien por los muchos años en los que asistió acompañado de María y de José para rezar y escuchar la Palabra de Dios.
Su presencia en la Sinagoga en esta ocasión es diferente. Ha llegado el momento de darse a conocer y lo hace como profeta: “ningún profeta es bien recibido en su tierra”.
Quienes le escuchaban estaban familiarizados con la historia de Israel y les pone el ejemplo de Elías y la viuda de Sarepta y el ejemplo del profeta Eliseo y Naamán el Sirio.
Los oyentes se revuelven contra Jesús, llenos de ira. No aceptan un profeta, un mesías que fuera de la humilde condición de Jesús. Buscaban un mesías que les liberara del yugo de los romanos. No tenían un corazón realmente abierto a la verdad. Parece que estaban llenos de prejuicios que siempre entorpecen la riqueza de la Palabra y su acción salvadora.
Tratan de matarle, pero no pueden. Jesús se marcha, pasando en medio de ellos. No ha llegado el momento de la Cruz y sólo el Padre es quien ha determinado el momento de la muerte de Jesús en la cruz.
Leemos este pasaje del Evangelio en medio del tiempo de Cuaresma. Una vez más vemos a Jesús que es rechazado por parte de su pueblo. Él que ha venido a llenar a las almas de alegría verdadera no es comprendido ni aceptado.
Este tiempo de Cuaresma es una buena ocasión para que meditemos en cómo acogemos la palabra de Jesús. La que nos resulta más agradable y la que nos cuesta un poco más aceptar.
Javier Massa
Martes de la 3° semana de Cuaresma (Mt 18, 21-35): el límite en el perdón. “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?” Hoy el Señor sirviéndose de una pregunta de Pedro afronta uno de los temas centrales de la vida cristiana: el perdón. Jesús nos enseña que hemos de perdonar siempre y que el perdón a los demás está muy relacionado con el perdón que recibimos de Dios.
Evangelio (Mt 18, 21-35)
Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:
—Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?
Jesús le respondió:
—No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: «Ten paciencia conmigo y te pagaré todo». El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: «Págame lo que me debes». Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: «Ten paciencia conmigo y te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?». Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
Comentario
Hoy el Señor nos habla de la necesidad del perdón sirviéndose de una conversación con el Apóstol Pedro.
Pedro se acerca a Jesús, con confianza, para preguntarle: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí?
La convivencia estrecha de Jesús con los Apóstoles le da pie a Pedro a preguntarle por una actitud que ha encontrado en Jesús y que le resulta costosa: el perdón a los demás.
Pedro le propone a Jesús si perdonar muchas veces: hasta siete. ¿He de perdonar siete veces a mi hermano? En el lenguaje de la Biblia siete indica perfección. Esa es la mirada de Pedro. Una mirada generosa en su modo de ver las cosas. Pedro reconoce la necesidad de pedir perdón. No mantiene ante la culpa una actitud defensiva de la que hay que huir porque impide recibir el perdón.
Jesús le contesta que ha de perdonar setenta veces siete. Es decir, siempre. Que no ha de haber límite en el perdón. Esa es la mirada de Dios. Una mirada de plenitud.
Luego, Jesús, pone el ejemplo del servidor al que su amo le perdona la deuda. Una deuda enorme: 10.000 talentos, una cantidad astronómica.
Y, en cambio, aquel servidor no perdona luego a su compañero una cantidad insignificante en comparación con lo que le había sido perdonado a él.
La enseñanza acaba con unas palabras de Jesús en las que relaciona el perdón a los demás con el perdón recibido del Padre celestial. “Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano”. Si perdonamos Dios nos perdona, si no perdonamos no recibimos el perdón de Dios.
Con este ejemplo nos quiere hacer entender el Señor que el perdón a los demás procede del perdón que Dios nos concede siempre. Así como Dios nunca se cansa de perdonarnos, nosotros hemos de luchar por perdonar siempre a los demás.
Seguimos recorriendo el camino Cuaresmal y hoy nos encontramos, en el Evangelio, con la enseñanza sobre el perdón. Contemplemos despacio la maravilla del perdón que Dios nos da a manos llenas en el sacramento de la penitencia y, agradecidos luchemos, con la gracia de Dios, para comportarnos así con nuestros hermanos cuando nos ofendan.
Javier Massa
Miércoles de la 3° semana de Cuaresma (Mt 5, 17-19): la abundancia en lo pequeño. El Señor ha venido a traer la vida y a traerla en abundancia. Nos quiere felices y para eso quiere que luchemos por ser fieles en lo pequeño. Pequeña es la santa Hostia que recibimos en la Comunión, y contiene la santa grandeza de Jesús. La Cuaresma es un tiempo propicio para luchar por crecer en fidelidad al Señor.
Evangelio (Mt 5, 17-19)
»No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
Comentario
Nos encontramos en el monte de las bienaventuranzas a orillas del lago de Genesaret y escuchamos parte del sermón de la montaña, que recoge san Mateo en su Evangelio.
Todo el paisaje habla de vida, de vida en abundancia.
Y en esa línea dice Jesús, como en sintonía con el paisaje que le rodea, a quienes le escuchaban: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas: no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud”. En continuidad con el Antiguo Testamento, Jesús ha venido a traernos la vida plena. Quiere que seamos felices. Y cuánto más felices mejor.
Sabe Jesús que sólo somos felices en la medida en que escuchamos, vivimos y difundimos su Palabra: el que cumpla y enseñe estos mandamientos será grande en el Reino de los Cielos.
Aquí, en la tierra hay que vivir en lo pequeño. La pequeñez de ahora nos hará grandes en el Reino de los Cielos. Pequeña es la santa Hostia que recibimos en la Comunión, y contiene la santa grandeza de Jesús.
Estos días de Cuaresma, mientras nos encaminamos a revivir la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor son una ocasión estupenda para meditar si avanzamos en fidelidad al Señor. Si damos importancia a los pequeños detalles, si afinamos y si volvemos al camino por medio del arrepentimiento.
Javier Massa
Jueves de la 3° semana de Cuaresma(Lc 11, 14-23): dejarse vencer por Dios. “Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada; pero algunos de ellos dijeron: Expulsa los demonios por Beelzebul, el príncipe de los demonios. Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo”. Cristo es la fuerza que todo lo puede. Pero no puede hacer nada si somos desagradecidos, si no reconocemos nuestra indigencia y le pedimos que entre. Es preciso que nos dejemos vencer por Dios sin condiciones.
Evangelio (Lc 11, 14-23)
Estaba expulsando un demonio que era mudo.
Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada; pero algunos de ellos dijeron: Expulsa los demonios por Beelzebul, el príncipe de los demonios. Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo.
Pero él, que conocía sus pensamientos, les replicó: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado y cae casa contra casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se sostendrá su reino? Puesto que decís que expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.
»Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín.
»El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.
»Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por lugares áridos en busca de descanso, pero al no encontrarlo dice: «Me volveré a mi casa, de donde salí». Y al llegar la encuentra bien barrida y en orden. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí, con lo que la situación última de aquel hombre resulta peor que la primera.
Comentario
Un hombre queda libre de un demonio que le impedía hablar.
La gente está maravillada y sorprendida.
Sin embargo, algunos no se alegran de la curación, no dan gracias a Dios. Todo lo contrario, sospechan de la acción de Jesucristo.
Están tan llenos de sí que piensan que la salvación tiene que venir de ellos, de lo que ellos deciden y hacen.
Orgullosos, se han quedado mudos y ya no piden, no gritan a Dios.
En cierto modo, a nosotros nos pasa a menudo lo mismo. Vamos por el mundo sin darnos cuenta de todas las gracias que Dios nos da, de que es Él quien nos hace santos. Pensamos que somos nosotros, que no le debemos tanto.
Orgullosos acabamos siendo unos desagradecidos al Amor de Dios.
Y así nos vamos encerrando en nuestros egoísmos, vanidades y soberbias. Y a Él le dejamos fuera. Pero entonces en nuestro interior todo queda fuera de sitio.
Familia, amigos, trabajo, descanso. Todo es tedioso porque todo está fuera de lugar, porque nos hemos puesto a nosotros en el centro de nuestra vida.
Cristo es la fuerza que todo lo puede. Pero no puede hacer nada si somos desagradecidos, si no reconocemos nuestra indigencia, si no le hablamos, le pedimos e, incluso, le gritamos que entre.
Es preciso que nos dejemos vencer por Dios, para que todo adquiera su lugar, para que podamos gozar de nuestra vida con autenticidad.
Luis Cruz
Viernes de la 3° semana de Cuaresma (Mc 12, 28-34): el Amor exige todo. “El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas . El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Amar a Dios y a los demás supone encontrarse con Dios y con los demás, hacerles hueco, para que Dios y los demás sean el fundamento de la propia vida.
Evangelio (Mc 12, 28-34)
Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?
Jesús respondió: El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas . El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo . No hay otro mandamiento mayor que éstos.
Y le dijo el escriba: ¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza , y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios.
Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.
Comentario
“Ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas”.
Así termina el Evangelio de hoy, después del encuentro que Jesús tiene con el escriba que le pregunta cuál es el principal mandamiento, el imprescindible, el que da sentido a la propia vida.
Jesucristo no responde con una teoría, con un razonamiento o una información. Para Él, este mandamiento es vida, se concreta en un modo de vivir.
Para entenderlo es preciso dar un salto, pasar a otra dimensión: del razonamiento al encuentro.
Amar a Dios y a los demás supone encontrarse con Dios y con los demás, hacerles hueco, para que Dios y los demás sean el fundamento de la propia vida.
Y por eso se quedan callados, porque quizá no se atreven a dar el paso.
Una cosa es encontrar a un hombre que habla del Amor de Dios, y otra es encontrar a un hombre que es el Amor de Dios encarnado; y que nos quiere llevar a ese nivel, a esa lógica del Amor, de la entrega sin condiciones.
El Amor exige todo: todo el corazón, toda el alma, toda la mente, todas las fuerzas.
Jesucristo se presenta así, como el Amor de Dios encarnado, que se parte y se da por completo, que ama sin reservas. Él es la carne de este mandamiento.
En la Eucaristía, precisamente, le comemos a Él para poder tener esa totalidad en nuestro corazón, para poder amar así, en Él, sin límites ni mediocridades.
Luis Cruz
Sábado de la 3° semana de Cuaresma (Lc 18, 9-14): la oración del cristiano, oración del corazón. “Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador»”. Presentándose con las manos vacías, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano nos muestra la condición necesaria para recibir el perdón del Señor.
Evangelio (Lc 18, 9-14)
Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás:
Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo».
Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador».
Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.
Comentario
Dos hombres suben al templo a orar.
El primero parece que reza a Dios, su oración quiere ser una acción de gracias dirigida a Dios, pero en realidad es una exhibición de sus propios méritos. Se mira a sí mismo, se reza a sí mismo.
Encontrándose incluso en el templo, no siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro.
Encerrado en sí mismo, desprecia a todos los que no son como él.
Es incapaz de rezar desde el corazón, incapaz de examinarlo para evaluar sus pensamientos, sus sentimientos, y dejar que Dios le quite toda arrogancia e hipocresía.
El publicano en cambio, el otro, se presenta en el templo con espíritu humilde y arrepentido.
Su oración es muy breve: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!». Nada más.
Si el fariseo no pedía nada porque ya lo tenía todo, el publicano sólo puede mendigar la misericordia de Dios.
Busca la intimidad y el silencio para encontrarse con Dios.
Presentándose con las manos vacías, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano nos muestra la condición necesaria para recibir el perdón del Señor.
El camino de la oración es así el camino hacia nuestro corazón, allí donde Dios nos encuentra y nos habla.
Luis Cruz

Evangelio del Domingo 4º de Cuaresma (Ciclo A: Jn 9,1.6-9.13-17.34-38) El ciego de nacimiento
Domingo de la 4.º domingo de Cuaresma (Ciclo B: Jn 3,14-21) la alegría de la redención. "El que obra según la verdad viene a la luz". Está más cerca la Semana Santa; la Iglesia nos invita a compartir nuestra alegría por el amor que Jesucristo nos ha manifestado en la Cruz y por su resurrección.
Domingo de la 4º domingo de Cuaresma (Ciclo C: Lc 15,1-3. 11-32) El hijo pródigo, Dios está de fiesta
Lunes de la 4° semana de Cuaresma (Jn 4, 43-54): nuestra confianza en Jesús debe extenderse más allá de la muerte «El funcionario real le dijo: "Señor, baja antes de que mi hijo muera". Jesús le dijo: "Puedes irte; tu hijo vivirá". El hombre creyó lo que Jesús le dijo y se fue». Jesús sale a nuestro encuentro allí donde nos encontramos, y nos ayuda a crecer en la fe.
Martes de la 4° semana de Cuaresma (Jn 5, 1-16): el amigo que ayuda al necesitado. «Jesús le dijo: "¿Quieres curarte?". El enfermo le respondió: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua». Nuestro Señor nos llamó a amar al prójimo. Nadie debería poder decir: "No tengo a nadie que me ayude".
Miércoles de la 4° semana de Cuaresma (Jn 5, 17-30): conocer a Dios a través de Jesucristo "Así como el Padre tiene la vida en sí mismo, así también le dio al Hijo la posesión de la vida en sí mismo". Jesús enseña que Él es Dios. Es a través del Hijo que podemos conocer al Padre.
Jueves de la 4° semana de Cuaresma (Jn 5,31-47): la Escritura, camino de fe. “Examinad las Escrituras, ya que vosotros pensáis tener en ellas la vida eterna: ellas son las que dan testimonio de mí”. El conocimiento y el estudio de la Escritura es el camino para profundizar en nuestra fe en Jesucristo.
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Sábado de la 4° semana de Cuaresma (Jn 7,40-53): escuchar a Jesús. “Jamás habló así hombre alguno”. Los personajes del evangelio muestran distintas maneras de escuchar a Jesús y nos invitan a dejar que sus palabras se transformen en vida.
Evangelio del Domingo 4º de Cuaresma (Ciclo A: Jn 9,1.6-9.13-17.34-38) El ciego de nacimiento
Evangelio (Jn 9,1.6-9.13-17.34-38)
Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo:
— Anda, lávate en la piscina de Siloé — que significa: “Enviado”.
Él fue, se lavó y volvió con vista. Los vecinos y los que le habían visto antes, cuando era mendigo, decían:
— ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?
Unos decían:
— Sí, es él.
Otros en cambio:
— De ningún modo, sino que se le parece.
Él decía:
— Soy yo.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. El día en que Jesús hizo el lodo y le abrió los ojos era sábado. Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver. Él les respondió:
— Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo.
Entonces algunos de los fariseos decían:
— Ese hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado.
Pero otros decían:
— ¿Cómo es que un hombre pecador puede hacer semejantes prodigios?
Y había división entre ellos. Le dijeron, pues, otra vez al ciego:
— ¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos?
— Que es un profeta — respondió.
Ellos le replicaron:
— Has nacido en pecado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros?
Y le echaron fuera. Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo:
— ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?
— ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? — respondió.
Le dijo Jesús:
— Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es.
Y él exclamó:
— Creo, Señor — y se postró ante él.
Cometario
“‘Al pasar –dice el Santo Evangelio– vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento’. Jesús que pasa. Con frecuencia –comenta, admirado, san Josemaría– me he maravillado ante esta forma sencilla de relatar la clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta en seguida del dolor”[1]. En efecto, así es la lógica de Jesús: nunca permanece indiferente ante las necesidades de las personas con las que se encuentra.
Las acciones de Cristo para devolver la vista a este hombre ciego están cargadas de simbolismo. Primero mezcla la tierra con saliva y le unta ese lodo en los ojos. Este gesto recuerda el pasaje del libro del Génesis donde se narra la creación del hombre como una figura de barro a la que el soplo de Dios infunde la vida (Gn 2,7). Jesús, al curar a ese hombre, está llevando a cabo una nueva creación. Este hombre, ciego de nacimiento, va a nacer de nuevo, va a comenzar una nueva vida en cuanto pueda ver.
Luego Jesús le dice que vaya a lavarse en la piscina de Siloé, y ese hombre va, se lava, y recupera la vista. El agua de esa alberca que limpia sus ojos es símbolo del agua bautismal, que nos hace capaces de ver con la luz de la fe. El evangelista hace notar, para los lectores que no sepan hebreo, que Siloé significa “enviado”, pero sobre todo lo hace para señalar que Jesús es ese Enviado de Dios que, cuando se acude a Él, especialmente al configurarse con su muerte y resurrección en las aguas del bautismo, nos hace capaces de ver.
“Con este milagro –enseña el Papa Francisco– Jesús se manifiesta y se manifiesta a nosotros como luz del mundo; y el ciego de nacimiento nos representa a cada uno de nosotros, que hemos sido creados para conocer a Dios, pero a causa del pecado somos como ciegos, necesitamos una luz nueva; todos necesitamos una luz nueva: la de la fe, que Jesús nos ha donado”[2].
La curación realizada por Jesús suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Frente a la luz que se enciende en el ciego, los doctores de la ley, con una cerrazón agresiva, encerrados en su presunción e incapaces de abrirse a la verdad, se van hundiendo cada vez más en las tinieblas, empeñados en negar toda evidencia: dudan que aquel hombre fuera realmente ciego de nacimiento y se resisten a admitir la acción de Dios. Es el drama de la ceguera interior que puede afectar a muchas personas, también a cada uno de nosotros, cuando nos aferramos a nuestras propias opiniones o modos de actuar, sin una apertura sincera a la verdad, que puede ser exigente y reclamar cambios de rumbo en nuestra vida.
En paralelo, el ciego va recorriendo un camino de crecimiento en la fe. Al principio no sabía nada de Jesús. Luego, asombrado ante la recuperación de la vista, dirá en un primer momento ante quienes le preguntan que “es un profeta” (v. 17). Más tarde, ante la insistencia en interrogarle explica con sencillez que si Jesús ha sido escuchado por Dios es porque “honra a Dios y hace su voluntad” (v. 31). Finalmente, cuando Jesús le abre los ojos de la fe diciéndole que el Hijo del Hombre es el que está hablando con él (v. 37), el ciego exclamó “Creo, Señor. – Y se postró ante él” (v. 38).
Esta escena del Evangelio que hoy meditamos nos invita a considerar cuál es nuestra actitud: la de los doctores que, orgullosos, juzgan a los demás, o la de aquel ciego que, consciente de sus necesidades y limitaciones, va secundando lo que Jesús le pide, para abrirse a su gracia y a la luz de la fe.
[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 67.
[2] Papa Francisco, Ángelus 26 marzo 2017.
Francisco Varo
Domingo de la 4.º domingo de Cuaresma (Ciclo B: Jn 3,14-21) la alegría de la redención. "El que obra según la verdad viene a la luz". Está más cerca la Semana Santa; la Iglesia nos invita a compartir nuestra alegría por el amor que Jesucristo nos ha manifestado en la Cruz y por su resurrección.
Evangelio (Jn 3,14-21)
Pues nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él.
Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios.
Comentario
“Alégrate Jerusalén”: las primeras palabras de la Antífona de entrada dan su nombre a este cuarto domingo de cuaresma, llamado por eso domingo “Lætare”. Un domingo de alegría, pues la Semana Santa está más cerca. Una alegría que la liturgia puede manifestar incluso en el color rosa de la casulla que lleva el celebrante en la Misa.
La primera lectura recuerda el dolor del pueblo elegido en su exilio a Babilonia, y cómo fue liberado de la esclavitud para volver a Jerusalén gracias al rey Ciro. Ese rey, extranjero al pueblo judío, ejecuta la voluntad divina, lo que hace entrever la universalidad del plan de salvación (2 Cro 36,14-23).
Los acentos poéticos y dramáticos del Salmo expresan el sufrimiento del exilio: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos, acordándonos de Sión” (Sal 137 [136], 1). La nostalgia de Sión, nombre primitivo de la acrópolis de Jerusalén, es anhelo de Dios. Se anuncia la Iglesia, abierta a todas las naciones, y Sión prefigura la nueva Ciudad de Dios: por misericordia divina viviremos en el Cielo por Cristo Jesús, como dice la segunda lectura (cf. Ef 2,4-10).
Del Cielo ha bajado el Hijo del hombre: el Evangelio de hoy recoge esa afirmación de Jesús, al contar el final de la visita que le hizo Nicodemo. Cristo compara la cruz con el mástil sobre el cual Moisés elevó la serpiente de bronce en el desierto como signo de salvación (cf. Nm 21, 4-9, interpretado como señal de misericordia por Sb 16, 7). Jesucristo será elevado en la Cruz. Desvela a Nicodemo el centro del misterio de la redención: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16). El Señor proclama el carácter salvífico de la encarnación: el que cree en Él está salvado, entrará en el Cielo, en la vida eterna, “mediante la fe” (Ef 2,8). Rechazar la fe en Cristo es rechazar la salvación.
San Josemaría resume el misterio del Crucificado viendo a Jesús en la cruz “con el corazón traspasado de amor por los hombres”1. Su muerte de cruz es el signo del amor de Dios: es lo que atraerá a todos hacia Él.
Nicodemo había ido a ver a Jesús “de noche” (Jn 3,2): no pertenecía todavía a la luz. La luz, primer don del Creador, es fuente, condición y símbolo de toda vida; designa también la salvación y la alegría. Hasta hoy ningún científico ha podido decir qué es exactamente la luz. Pero el cristiano sabe quién es. Cristo es la Luz (Jn 8,12; 1 Jn1,6), se manifiesta en quien “obra según la verdad” y “viene a la luz” (Jn 3,21). Actuar en conciencia, discernir el mal del bien, es obrar conforme a la fe y abrirse al que vino “para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17).
La antífona de entrada, sacada del profeta Isaías, compara a Dios consolando a los suyos como una madre que amamanta a sus hijos (cf. Is 66,11). Dios es Padre y nos ama con ternura de padre y de madre. El tono de alegría está resaltado de modo muy humano: la alegría necesita comunicarse. La alegría de la redención, y por lo tanto de la unión con Dios, es también la alegría de la unidad de los hombres entre sí.
En la Eucaristía, el Espíritu Santo nos da el amor para compartir la alegría de sabernos amados. Sonreír en el cansancio, envejecer con sentido del humor, evitar centrar muchas conversaciones sobre cosas tristes, disfrutar lo bueno de cada momento, no lamentarse si un niño despierta a todos con sus llantos por la noche, disfrutar de la compañía de los demás y vivir su vida como “un tiempo de encuentro”2 : la alegría es un modo de amar a los demás en Dios.
[1] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid, 1994, n. 165.
[2] Francisco, Enc. Fratelli tutti, n. 66.
Guillaume Derville
Domingo de la 4º domingo de Cuaresma (Ciclo C: Lc 15,1-3. 11-32) El hijo pródigo, Dios está de fiesta
Evangelio (Lc 15,1-3. 11-32)
Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.
Entonces les propuso esta parábola:
—Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”». Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.
El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerlo. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».
Comentario
El afán de Jesús por salvar a todos incluía también a los que eran socialmente conocidos como “publicanos y pecadores”. Su actitud abierta y esperanzada hacia ellos despertaba recelos y murmuraciones entre los fariseos. Por este motivo, Jesús pronuncia en el evangelio según san Lucas las famosas parábolas de la misericordia, que revelan la inmensa alegría de Dios cuando volvemos a Él contritos.
Después de narrar cómo un pastor de cien ovejas recupera con gran alegría la extraviada en el campo, y cómo la dueña de diez monedas encuentra con gozo la que perdió en su propia casa, Jesús nos cuenta este domingo la hermosa parábola de un padre que tenía dos hijos: uno perdido fuera, en un país lejano, y el otro perdido dentro, en su propia casa. De la historia de ambos hijos podemos aprender a vivir la contrición y la comprensión. Y de la misericordia de su padre, descubrimos el amor magnánimo a la libertad de los demás y la esperanza serena en su capacidad de redimirse.
La historia del hijo pródigo es de una genial sencillez y tiene la virtud de interpelar de modo universal a todos. El clásico error humano de confundir la felicidad con la satisfacción de nuestros deseos sin ningún tipo de barreras, aparece encarnado en el hijo menor, a quien la prosperidad paterna lo apellida de pródigo. Consciente de su poder adquisitivo, el hijo ha acariciado en su pobre corazón la posibilidad de dar rienda suelta a todas sus apetencias, rectas o no, sin los límites que supone la estabilidad del hogar paterno. Aquel corazón sin dominio propio y falta de libertad en casa, en poco tiempo verifica, malgastando su herencia en un país lejano, que era mucho menos libre fuera. El desdichado termina cuidando cerdos de un tercero, mientras envidia en tiempo de hambre la comida que reciben aquellos animales, impuros para un judío, pero mejor alimentados que él. Es entonces cuando todo el amor paterno, volcado durante años sobre aquel hijo, brilla en la oscuridad de su alma en forma de añoranza, que se convierte en humilde conversión. Y entonces “volvió en sí”.
En este tiempo de Cuaresma todos podemos vernos retratados en el hijo que necesita conversión y perdón. Como explica san Josemaría, “la vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios”[1].
Jesús nos invita también a vivir la comprensión y la misericordia del padre de la parábola. Resulta conmovedora la narración de sus gestos y actitudes, retratando las virtudes divinas y las de los buenos educadores: el padre respeta la libertad del hijo, sin salir a controlarlo, provocando quizá que se alejase aún más; confía con heroica paciencia en el cariño y la formación que puso en él; espera por eso a diario su libre regreso, oteando amorosamente el horizonte. Como premio a su magnánimo proceder, el padre recupera a su preciado hijo. Y no le deja terminar su disculpa: lo cubre de besos, organiza gozoso una fiesta por todo lo alto, y le devuelve, sin rencores, su perdida condición.
Si aprendemos a “hacer de hijo pródigo” muchas veces, recibiremos la misericordia divina. Y sabremos entonces vivir la misericordia con los demás y amar su libertad, como el padre de la parábola. Evitaremos también convertirnos en el hijo mayor e incomprensivo, lleno de celo en casa de su padre, pero celo amargo, con la misma falta de libertad que tenía su hermano pequeño. Como explica el Papa Francisco, “la parábola termina dejando el final en suspenso: no sabemos lo que haya decidido hacer el hijo mayor. Y esto es un estímulo para nosotros. Este Evangelio nos enseña que todos necesitamos entrar en la casa del Padre y participar en su alegría, en su fiesta de la misericordia y de la fraternidad. Hermanos y hermanas, ¡abramos nuestro corazón, para ser «misericordiosos como el Padre»!”[2].
[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.
[2] Papa Francisco, Audiencia, 11 de mayo 2016.
Pablo Edo
Lunes de la 4° semana de Cuaresma (Jn 4, 43-54): nuestra confianza en Jesús debe extenderse más allá de la muerte «El funcionario real le dijo: "Señor, baja antes de que mi hijo muera". Jesús le dijo: "Puedes irte; tu hijo vivirá". El hombre creyó lo que Jesús le dijo y se fue». Jesús sale a nuestro encuentro allí donde nos encontramos, y nos ayuda a crecer en la fe.
Evangelio (Jn 4, 43-54)
Dos días después marchó de allí hacia Galilea. Pues Jesús mismo había dado testimonio de que un profeta no es honrado en su propia tierra. Cuando vino a Galilea, le recibieron los galileos porque habían visto todo cuanto hizo en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Entonces vino de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún, el cual, al oír que Jesús venía de Judea hacia Galilea, se le acercó para rogarle que bajase y curara a su hijo, porque estaba a punto de morir.
Jesús le dijo: Si no veis signos y prodigios, no creéis.
Le respondió el funcionario real: Señor, baja antes de que se muera mi hijo.
Jesús le contestó: Vete, tu hijo está vivo.
Aquel hombre creyó en la palabra que Jesús le dijo y se marchó. Mientras bajaba, sus siervos le salieron al encuentro diciendo que su hijo estaba vivo. Les preguntó la hora en que empezó a mejorar.
Le respondieron: Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.
Entonces el padre cayó en la cuenta de que precisamente en aquella hora Jesús le había dicho: ‘Tu hijo está vivo’. Y creyó él y toda su casa.
Este segundo signo lo hizo Jesús cuando vino de Judea a Galilea.
Comentario
En varios momentos del Evangelio, Nuestro Señor pide fe en Él y en sus palabras, y no sólo en los signos y milagros que realiza. En este pasaje parece que el funcionario real ha buscado a Jesús principalmente porque quiere que su hijo se cure y no por un interés particular en su enseñanza.
Jesús obtiene dos veces un acto de fe por parte del funcionario. El primero es el hecho de que, a pesar de las palabras duras que Jesús le dirige nada más encontrarse con él: "Si no veis señales y prodigios, no creeréis", este hombre no se sienta rechazado sino que insista en su petición. Ciertamente su respuesta, "baja antes de que muera mi hijo", no es la más convincente, pero sí suficiente para que el corazón de Jesús se ablande y obre el milagro.
En efecto, Dios, en su amor, nos ha facilitado el acercamiento a él, a través de la sagrada Humanidad del Hijo. Jesús es Dios, pero también es hombre; tiene un corazón humano y nos comprende muy bien.
Jesús responde al funcionario: "Ve, tu hijo está vivo". Y ahora el hombre tiene un dilema. Una vez más, se le pide que haga un acto de fe. Jesús le pide que crea que su hijo ya está curado. Pero creer significa irse de inmediato, en lugar de intentar llevarse a Jesús con él. Y leemos: "Aquel hombre creyó en la palabra que Jesús le dijo, y se fue".
Sólo cuando el hombre llega de vuelta, y se le dice que la fiebre dejó a su hijo "a la hora séptima", recibe una señal que confirma su fe. "Y creyó él y toda su familia". No es solo que crea en el milagro. Ahora tiene fe en Nuestro Señor: se ha convertido en un discípulo.
Al principio, la fe de este hombre no era muy sólida. Pero, cuando se le invita, cree, y eso es suficiente para Nuestro Señor, que realiza una señal espectacular. Como resultado de la curación, la fe de este hombre fue confirmada. Esta es la forma en que Dios actúa a menudo. Después de haber creído en Él, lo que significa poner nuestra confianza en Él, entonces Él obra un favor y eso a su vez reafirma nuestra fe. No solo eso, sino que también se fortalece a otros. Como resultado del milagro, toda su familia cree.
Andrew Soane
Martes de la 4° semana de Cuaresma (Jn 5, 1-16): el amigo que ayuda al necesitado. «Jesús le dijo: "¿Quieres curarte?". El enfermo le respondió: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua». Nuestro Señor nos llamó a amar al prójimo. Nadie debería poder decir: "No tengo a nadie que me ayude".
Evangelio (Jn 5, 1-16)
Después de esto se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos, bajo los que yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años.
Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo:¿Quieres curarte?
El enfermo le contestó: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo.
Le dijo Jesús: Levántate, toma tu camilla y ponte a andar.
Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado. Entonces le dijeron los judíos al que había sido curado: Es sábado y no te es lícito llevar la camilla.
Él les respondió: El que me ha curado es el que me dijo: ‘Toma tu camilla y anda’.
Le interrogaron: ¿Quién es el hombre que te dijo: ‘Toma tu camilla y anda?’
El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada.
Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor.
Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado. Por eso perseguían los judíos a Jesús, porque había hecho esto un sábado.
Comentario
La piscina conocida como Betzatá era un lugar tradicional de curación. Cuando se agitaban las aguas, los enfermos reunidos en el recinto se apresuraban a bajar al agua, empujándose al paso, con la esperanza de ser curados de sus diversas afecciones. Allí, en una estera, yacía un hombre que había sufrido su aflicción durante treinta y ocho años; había esperado mucho tiempo.
Jesús conocía la historia del hombre, así que intervino: "¿Quieres estar bien?". El enfermo le respondió: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua". Su siguiente afirmación da a entender que podía moverse por sí mismo, pero con demasiada lentitud: "mientras yo voy, otro baja antes que yo". Sin ayuda, estaba condenado al fracaso.
Este hombre, en su anonimato, representa a todos nosotros, pues la persona en estado de pecado está muy debilitada y no tiene forma de curarse por sí misma.
Jesús lo mira con compasión y obra un gran milagro. Actúa directamente: "Levántate, toma tu camilla y camina". La curación es instantánea; y el que estaba tumbado junto a la piscina, no sólo se levanta, sino que lleva la camilla en la que estaba apoyado. Es un claro símbolo de haber sido curado completamente.
Sin embargo, como señaló San Josemaría, hay un mundo de tristeza en esas primeras palabras de arrepentimiento: "«Hominem non habeo» –no tengo a nadie que me ayude. Esto podrían asegurar, ¡desdichadamente!, muchos enfermos y paralíticos del espíritu, que pueden servir... y deben servir. Señor: que nunca me quede indiferente ante las almas" (Surco, 212).
¿Hay enfermos entre tus amigos, o en tu familia? Jesús nos llamó a amar al prójimo, y ese amor debe manifestarse en el deseo de ayudar a quienes Él ha puesto cerca de nosotros; ser ese amigo que ese enfermo necesitaba, pero no tenía. Podemos actuar para ayudarles a superar las dificultades que puedan tener. Podemos rezar por cada uno, pidiendo a Jesús que haga lo mejor para ellos. Si hacemos lo que podemos para llevarlos a Nuestro Señor, Él hará el resto.
Andrew Soane
Miércoles de la 4° semana de Cuaresma (Jn 5, 17-30): conocer a Dios a través de Jesucristo "Así como el Padre tiene la vida en sí mismo, así también le dio al Hijo la posesión de la vida en sí mismo". Jesús enseña que Él es Dios. Es a través del Hijo que podemos conocer al Padre.
Evangelio (Jn 5, 17-30)
Jesús les replicó:
-Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo. Por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.
Respondió Jesús y les dijo:
-En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; pues lo que Él hace, eso lo hace del mismo modo el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace, y le mostrará obras mayores que éstas para que vosotros os maravilléis. Pues así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida a quienes quiere. El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que le ha enviado. ‘En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no viene a juicio sino que de la muerte pasa a la vida. En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán, pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Y le dio la potestad de juzgar, ya que es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto, porque viene la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; y los que practicaron el mal, para la resurrección del juicio. Yo no puedo hacer nada por mí mismo: según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió.’
Comentario
Después de curar a un hombre en sábado, Jesús es atacado por los fariseos por violar sus tradiciones, pero en el fondo la razón es que afirmaba ser igual a Dios. En este pasaje utiliza sus objeciones para explicar su relación con el Padre. Afirma muchos atributos divinos.
Comienza dando a entender que sus acciones son obra del Padre (Jn 5,17). La reivindicación de la divinidad enfurece a los fariseos (5,18). Por eso, dice, continuando su argumento, que es capaz de hacer obras mayores que el milagro del que se quejan (Jn 5,20). Afirma tener poder sobre la vida y la muerte (Jn 5,21), autoridad para juzgar (Jn 5,22) y honor divino (Jn 5,23). Afirma que los que rechazan su mensaje deshonran a Dios (Jn 5,24) y que sólo los que creen en él tendrán vida eterna (Jn 5,25). Este pasaje culmina con la afirmación "como el Padre tiene la vida en sí mismo, así también le dio al Hijo la posesión de la vida en sí mismo" (Jn 5,26), que es una declaración de la Divinidad de Cristo tan clara como podemos esperar.
Los milagros de nuestro Señor, como la curación que provocó esta confrontación, demostraron que sus enseñanzas estaban garantizadas por Dios como verdaderas. Pero una de sus enseñanzas centrales fue que Él era Divino, y eso era muy difícil de aceptar para los fariseos, incluso con la evidencia de los milagros. Vemos en este pasaje que, al ser cuestionado, Jesús no se retractó de su afirmación, sino que encontró diferentes maneras de reafirmarla con mayor énfasis.
Aprendemos mucho más sobre Dios conociendo a Jesucristo que de cualquier otra manera. Cuando meditamos en sus acciones, tal como se describen en los Evangelios, debemos recordar siempre que Él era divino y humano. La lección principal de todo lo que hizo es que fue Dios quien actuó de esa manera. Y así se nos permite conocer a Dios de forma personal. Del mismo modo, uno de los objetivos del apostolado es conseguir que la gente lea los Evangelios, porque en ellos ven a Cristo, y "el que me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,8).
Andrew Soane
Jueves de la 4° semana de Cuaresma (Jn 5,31-47): la Escritura, camino de fe. “Examinad las Escrituras, ya que vosotros pensáis tener en ellas la vida eterna: ellas son las que dan testimonio de mí”. El conocimiento y el estudio de la Escritura es el camino para profundizar en nuestra fe en Jesucristo.
Evangelio (Jn 5,31-47)
Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería verdadero. Otro es el que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí. Vosotros habéis enviado mensajeros a Juan y él ha dado testimonio de la verdad. Pero yo no recibo el testimonio de hombre, sino que os digo esto para que os salvéis. Aquél era la antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis alegraros por un momento con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, pues las obras que me ha dado mi Padre para que las lleve a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me ha enviado, Él mismo ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz ni habéis visto su rostro; ni permanece su palabra en vosotros, porque no creéis en éste a quien Él envió. Examinad las Escrituras, ya que vosotros pensáis tener en ellas la vida eterna: ellas son las que dan testimonio de mí. Y no queréis venir a mí para tener vida.
Yo no busco recibir gloria de los hombres; pero os conozco y sé que no hay amor de Dios en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viniera en nombre propio, a ése lo recibiríais. ¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros, y no queréis la gloria que procede del único Dios? No penséis que yo os acusaré ante el Padre; hay quien os acusa: Moisés, en quien vosotros tenéis puesta la esperanza. En efecto, si creyeseis a Moisés, tal vez me creeríais a mí, pues él escribió sobre mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?
Comentario
Nos encontramos al final del largo discurso de Jesús del capítulo 5 del evangelio de san Juan. Con ocasión de un milagro hecho un sábado, se ha iniciado un juicio y se ha emitido un veredicto de que Jesús debe morir. Jesús se defiende explicando que su actividad vivificadora proviene de su dependencia del Padre, que sigue actuando a través de él.
En los juicios de Israel no bastaba con que el acusado demostrara la veracidad de ciertos hechos, sino que había que aportar testigos de confianza. Así, Jesús presenta como testigos primero a Juan el Bautista, que “ha dado testimonio de la verdad”, luego las mismas obras que él hacía y al final al Padre.
Pero los interlocutores de Jesús son incapaces de aceptar a estos testigos y eso lleva a una inversión de roles en el juicio, de manera que los acusadores se convierten en acusados: “hay quien os acusa: Moisés”.
Los judíos creen que tienen vida a partir de su tradición y de la reflexión sobre la Escritura, están convencidos que la palabra de Dios habita en ellos, pero su rechazo de Jesús hace que esa creencia sea presuntuosa. En efecto Jesús es la voz y el rostro de Dios, pero ellos no lo escuchan ni lo ven como tal.
El discurso se acaba con una de las muchas preguntas abiertas de Jesús a lo largo del Evangelio: “¿cómo vais a creer en mis palabras?”. Una pregunta que nos afecta a todos: ¿cómo podemos creer en las palabras de Jesús? Primero pidiendo a Dios una fe sólida y profunda en su Hijo. Y luego siguiendo el consejo del mismo Jesús: “Examinad las Escrituras: ellas son las que dan testimonio de mí”.
El empeño en estudiar la Escritura y el esfuerzo de conocer un poco más el contexto religioso de los Evangelios a la luz del Antiguo Testamento harán más fuerte nuestra fe y darán nueva luz a toda nuestra vida de hijos de Dios.
Giovanni Vassallo
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Sábado de la 4° semana de Cuaresma (Jn 7,40-53): escuchar a Jesús. “Jamás habló así hombre alguno”. Los personajes del evangelio muestran distintas maneras de escuchar a Jesús y nos invitan a dejar que sus palabras se transformen en vida.
Evangelio (Jn 7,40-53)
En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: — Éste es verdaderamente el profeta.
Otros: — Éste es el Cristo. En cambio, otros replicaban: — ¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, la aldea de donde era David?
Se produjo entonces un desacuerdo entre la multitud por su causa. Algunos de ellos querían prenderle, pero nadie puso las manos sobre él.
Volvieron los alguaciles a los príncipes de los sacerdotes y fariseos, y éstos les dijeron: — ¿Por qué no lo habéis traído?
Respondieron los alguaciles: — Jamás habló así hombre alguno.
Les replicaron entonces los fariseos: — ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso alguien de las autoridades o de los fariseos ha creído en él? Pero esta gente, que desconoce la Ley, son unos malditos.
Nicodemo, aquel que ya había ido antes adonde Jesús y que era uno de ellos, les dijo:
— ¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle oído antes y conocer lo que ha hecho?
Le respondieron: — ¿También tú eres de Galilea? Investiga y te darás cuenta de que ningún profeta surge de Galilea. Y se volvió cada uno a su casa.
Comentario
Los evangelios nos cuentan que a lo largo de la vida de Jesús mucha gente oyó sus palabras, en distintos momentos y lugares: en el Templo o en la sinagoga, en una casa, durante una comida o en la orilla del mar. Pero no todos le escuchaban con la misma disposición.
El pasaje de San Juan que hoy nos propone la liturgia nos muestra un abanico de actitudes en la escucha del Señor. Por un lado encontramos a los que le consideraban “el profeta” esperado por Israel, o el “Cristo”, el mesías davídico que salvaría a su pueblo; por otra parte algunos le veían como un impostor y querían prenderle.
La presencia de Jesús, en aquel entonces como hoy, es motivo de desacuerdo, de división, “signo de contradicción a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2,34-35).
Los guardias enviados por los sacerdotes y fariseos para arrestar a Jesús se quedan asombrados al escuchar su palabra: “Jamás habló así hombre alguno”. Estos personajes secundarios y sin nombre nos recuerdan la necesidad de escuchar la palabra de Dios con sencillez y corazón abierto a la voluntad divina.
Al contrario, los fariseos se quedan encerrados en sus ideas y posturas. Un conocimiento rígido de la Escritura y de la tradición no les permite dejarse sorprender por la novedad de la palabra del Señor.
Esa palabra sigue resonando en nuestros oídos y, como nos sugiere Nicodemo - uno de los pocos fariseos prudentes y abiertos -, no podemos tomar decisiones sin haber oído antes a ese Hombre y conocer lo que hizo por nosotros. Si le escuchamos con corazón sencillo, como María de Betania estaremos “sentados a los pies del Señor, escuchando su palabra” (Lc 10,39) o como Pedro reconoceremos que sólo las palabras de Jesús nos salvan: “¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
En definitiva las palabras de Jesús, que encontramos en la lectura cotidiana del Evangelio, nos hablan de nuestra vida, nos enseñan la voluntad del Padre en nuestros quehaceres ordinarios. Por eso “hemos de reproducir, en la nuestra, la vida de Cristo, conociendo a Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla” (San Josemaría, Es Cristo que pasa n. 14).
Giovanni Vassallo

5o semana
Domingo de la 5º domingo de Cuaresma (Ciclo A: Jn 11,1-45) La resurrección de Lázaro
Domingo 5° domingo de Cuaresma (Ciclo B: Jn 12,20-33). atraeré a todos hacia mí. “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. El afán redentor de Jesús le impulsa a aceptar el sacrificio de la cruz, glorificar al Padre y atraer a todos a su amor. En la Santa Misa, cada uno de nosotros puede identificarse con el alma sacerdotal de Jesús y convertir toda su vida corriente en una entrega amorosa a los demás.
Domingo de la 5º domingo de Cuaresma (Ciclo C: Jn 8,1-11): La mujer adúltera
Lunes de la lunes de la 5° semana de Cuaresma (Jn 8, 1-11): o inhumano o blasfemo. “El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero”. O inhumano, por condenar a una mujer, o blasfemo, por ir contra la Ley de Moisés. Los fariseos y escribas pensaban que Jesús no tendría escapatoria en el caso que le plantean. Sin embargo, otra vez el Señor les dio una maravillosa lección de esa creatividad del amor de la que tanto habla el Papa Francisco, esta vez aplicada a la forma de salvar a una pecadora.
Martes de la 5° semana de Cuaresma (Jn 8, 21-30): en la longitud de onda del Señor. “Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba”. A veces nos podemos enfrentar a esta situación en nuestra oración: pensamos que Jesús no nos escucha, que no nos entiende, o peor, que nos está ocultando algo. Sin embargo, vale la pena que en esta recta final de la cuaresma nos preguntemos si nuestra escasa capacidad de escuchar al Señor no será consecuencia de nuestra falta de espíritu de sacrificio.
Miércoles de la 5° semana de Cuaresma (Jn 8, 31-42): la permanencia libre del hijo. “El esclavo no se queda en casa para siempre; el hijo se queda para siempre”. Fueron muchos los que siguieron al Señor a lo largo de su vida, pero realmente pocos fueron los que supieron permanecer en su palabra hasta el final. De algún modo, podríamos decir que fueron pocos los que se comportaron como hijos. Los que no perseveraron huyeron porque su fidelidad, su motor, su aparente rectitud de intención, era la del esclavo.
Jueves de la 5° semana de Cuaresma (Jn 8, 51-59): ¿Quién es Jesús? “Antes de que Abrahán naciese, yo soy”. También hoy Jesús presenta con claridad su identidad Divina, pero no en todas las personas encuentra acogida. ¿Está a gusto el Dios hecho hombre con nuestra piedad, nuestra caridad hacia el prójimo, con nuestro trabajo?
Viernes de la 5° semana de Cuaresma (Jn 10, 31- 42): Jesús, los salmos y el Templo. Comentario del viernes “Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que Juan dijo de él era verdad”. Ahora que se acerca la Semana Santa podemos quizá hacer un esfuerzo especial, para escuchar con atención cómo las grandes historias, símbolos e imágenes de la historia de Israel tienen su cumplimiento en Jesús.
Sábado de la 5° semana de Cuaresma (Jn 11, 45-57): recogimiento. “Se marchó de allí a una región cercana al desierto, a la ciudad llamada Efraím, donde se quedó con sus discípulos”. Imitando a nuestro Señor, considerar la importancia de vivir recogidos para prepararse bien para la Semana Santa y la gran fiesta de Pascua.
Domingo de la 5º domingo de Cuaresma (Ciclo A: Jn 11,1-45) La resurrección de Lázaro
Evangelio (Jn 11,1-45)
Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro había caído enfermo. Entonces las hermanas le enviaron este recado:
—Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo.
Al oírlo, dijo Jesús:
—Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Aun cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días más en el mismo lugar. Luego, después de esto, les dijo a sus discípulos:
—Vamos otra vez a Judea.
Le dijeron los discípulos:
—Rabbí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?
—¿Acaso no son doce las horas del día? —respondió Jesús—. Si alguien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero si alguien camina de noche tropieza porque no tiene luz.
Dijo esto, y a continuación añadió:
—Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero voy a despertarle.
Le dijeron entonces sus discípulos:
—Señor, si está dormido se salvará.
Jesús había hablado de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.
Entonces Jesús les dijo claramente:
—Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; pero vayamos adonde está él.
Tomás, el llamado Dídimo, les dijo a los otros discípulos:
—Vayamos también nosotros y muramos con él.
Al llegar Jesús, encontró que ya llevaba sepultado cuatro días. Betania distaba de Jerusalén como quince estadios. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para consolarlas por lo de su hermano.
En cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle; María, en cambio, se quedó sentada en casa. Le dijo Marta a Jesús:
—Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano, pero incluso ahora sé que todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.
—Tu hermano resucitará —le dijo Jesús.
Marta le respondió:
—Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día.
—Yo soy la Resurrección y la Vida —le dijo Jesús—; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?
—Sí, Señor —le contestó—. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo.
En cuanto dijo esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en un aparte:
—El Maestro está aquí y te llama.
Ella, en cuanto lo oyó, se levantó enseguida y fue hacia él. Todavía no había llegado Jesús a la aldea, sino que se encontraba aún donde Marta le había salido al encuentro. Los judíos que estaban con ella en la casa y la consolaban, al ver que María se levantaba de repente y se marchaba, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Entonces María llegó donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo:
—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió y dijo:
—¿Dónde le habéis puesto?
Le contestaron:
—Señor, ven a verlo.
Jesús rompió a llorar. Decían entonces los judíos:
—Mirad cuánto le amaba.
Pero algunos de ellos dijeron:
—Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que no muriera?
Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. Jesús dijo:
—Quitad la piedra.
Marta, la hermana del difunto, le dijo:
—Señor, ya huele muy mal, pues lleva cuatro días.
Le dijo Jesús:
—¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
Retiraron entonces la piedra. Jesús, alzando los ojos hacia lo alto, dijo:
—Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la muchedumbre que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste.
Y después de decir esto, gritó con voz fuerte:
—¡Lázaro, sal afuera!
Y el que estaba muerto salió atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto con un sudario. Jesús les dijo:
—Desatadle y dejadle andar.
Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él.
Comentario
Después de los pasajes de los domingos pasados sobre la samaritana y el ciego de nacimiento, que nos revelaban a Jesús como agua viva y luz del mundo, este quinto domingo de Cuaresma nos presenta el relato de la resurrección de Lázaro, el séptimo signo o milagro narrado por san Juan, el último y más portentoso, y que revela a Jesús como señor de la vida y de la muerte.
San Juan señala que Marta, María y Lázaro eran amigos de Jesús. Fruto de esta confianza mutua, las hermanas hacen llegar al Maestro la noticia de que su hermano está enfermo. El evangelista añade que “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (v. 5). Y más adelante, con el versículo más breve de la Biblia, afirma que Jesús se conmovió y “rompió a llorar” (v. 35). Este cariño del Señor siempre ha despertado el asombro de los santos y su afán de correspondencia. San Josemaría los expresaba así: “Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti”[1].
A pesar de todo, Jesús no acude al instante a la llamada de las hermanas, sino que espera dos días. Y cuando llega a los confines de Betania, Lázaro lleva ya cuatro días muerto. Existía entonces la creencia judía de que el alma del difunto podía vagar fuera del cuerpo hasta el tercer día, pero al cuarto día el cuerpo entraba en corrupción[2]. A esta creencia podría referirse María cuando Jesús pide retirar la piedra del sepulcro y ella comenta que el cadáver olería muy mal. Según esto, Jesús habría retrasado su llegada porque iba a llamar a Lázaro realmente desde la corrupción, es decir, desde el sheol, la región de los muertos. Por contraste, Jesús resucitó al tercer día, porque como recordarían más tarde los apóstoles (cfr. Hch 2,14-36; 13,15-43), la Escritura había vaticinado: “no dejarás que tu Santo vea la corrupción” (Sal 16,10).
Dice el relato que “todavía no había llegado Jesús a la aldea” (v. 30) cuando llamó en secreto a Marta para que acudiera hasta Él. Quizá Jesús hizo esto para no incomodar a las hermanas, de luto, con el alojamiento del Maestro y sus discípulos, o para no comprometer a sus amigos, ya que los judíos lo buscaban para matarlo (cfr. v. 8). En cualquier caso, Marta llega y demuestra su gran fe en Jesús. Luego avisa a María, que se postra ante el Maestro delante de todos, sin respetos humanos, y conmueve al Señor.
“En el Evangelio de hoy —comentaba Benedicto XVI—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: ‘Tu hermano resucitará’, ella responde: ‘Sé que resucitará en la resurrección en el último día’ (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá’ (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño (cf. Jn 11, 11)”[3].
Una vez abierto el sepulcro, Jesús grita: “¡Lázaro, sal fuera!” (v. 43). Lázaro era la forma griega del nombre hebreo Eleazar, que significa ayuda de Dios. Lázaro se convierte en el preludio de lo anunciado por Jesús: “Viene la hora, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán” (Jn 5,25). Jesús tiene poder sobre la muerte porque también lo tiene sobre el pecado, que es su causa. Por eso de algún modo, los lienzos que atan y envuelven a Lázaro representan no solo las ligaduras del sheol sino también las del pecado.
El Papa Francisco lo explicaba así: “el gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la Gracia de Dios, y por lo tanto, donde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio… ¡No hay ningún límite a la misericordia divina ofrecida a todos! El Señor está siempre listo para levantar la piedra tumbal de nuestros pecados, que nos separa de Él, luz de los vivientes”[4]. Si nos fijamos en un detalle, Jesús no actúa directamente sobre Lázaro, sino que cuenta con la mediación de otros para que lo desaten. En estos colaboradores pueden verse simbolizados también los ministros en la Iglesia que absuelven los pecados.
[1] San Josemaría, Camino, n. 422.
[2] Cfr. Génesis Rabbá 100,64.
[3] Benedicto XVI, Audiencia, 10 de abril de 2011.
[4] Papa Francisco, Ángelus, 6 de abril de 2014.
[1] San Josemaría, Camino, n. 422.
[2] Cfr. Génesis Rabbá 100,64.
[3] Benedicto XVI, Audiencia, 10 de abril de 2011.
[4] Papa Francisco, Ángelus, 6 de abril de 2014.
Pablo M. Edo
Domingo 5° domingo de Cuaresma (Ciclo B: Jn 12,20-33). atraeré a todos hacia mí. “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. El afán redentor de Jesús le impulsa a aceptar el sacrificio de la cruz, glorificar al Padre y atraer a todos a su amor. En la Santa Misa, cada uno de nosotros puede identificarse con el alma sacerdotal de Jesús y convertir toda su vida corriente en una entrega amorosa a los demás.
Evangelio (Jn 12,20-33)
Entre los que subieron a adorar a Dios en la fiesta había algunos griegos; éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y comenzaron a rogarle:
—Señor, queremos ver a Jesús.
Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús. Jesús les contestó:
—Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. Si alguien me sirve, que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará.
»Ahora mi alma está turbada; y ¿qué voy a decir?: «¿Padre, líbrame de esta hora?» ¡Pero si para esto he venido a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre!
Entonces vino una voz del cielo:
—Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.
La multitud que estaba presente y la oyó, decía que había sido un trueno. Otros decían:
—Le ha hablado un ángel.
Jesús respondió:
—Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.
Decía esto señalando de qué muerte iba a morir.
Comentario
Poco antes de la pasión de Jesús, unos griegos desean ver al Maestro con una diferente petición realizada a través de Felipe. Este gesto por parte de quienes representaban en cierto modo a los gentiles suscitó un discurso del Señor cargado de profundas revelaciones.
Parece como si aquellos gentiles reavivaran en Jesús la conciencia de la inminente hora de su sacrificio supremo por toda la humanidad. El Señor se turba y menciona la posibilidad de pedir al Padre ser librado de esa hora. Pero con la imagen del grano de trigo que muere en la tierra, anuncia por contraste la gran fecundidad que producirá el sacrificio del Calvario, que se actualiza en cada santa Misa y que llega a todas partes.
A propósito del “mucho fruto” que produce, decía el Santo Cura de Ars con audacia que cada santa Misa “alegra a toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que todas las penitencias de todos los ascetas, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos”.
Jesús pronuncia también un vaticinio acerca de este sacrificio que iba a realizar: “cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (v. 32). En la cruz, Jesús arrebata al demonio el pliego de cargos que nos era adverso (cfr. Col 2,14) y obtiene para el mundo el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. El Señor podrá vivir su infinita misericordia con los hombres, en plena armonía con su infinita justicia. Por eso todas las almas y todas las cosas están afectadas por esta atracción del amor de Dios.
Sobre este misterio de la exaltación de la cruz, san Josemaría recibió luces particulares que implicaban a todos los cristianos corrientes en medio del mundo. Como él decía, “Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios... Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas”.
En esta escena podemos contemplar también el infinito afán de almas que arde en el corazón sacerdotal de Jesús. Es tanta el ansia que bulle en su interior por salvar y santificar a la humanidad, que ahoga la inquietud ante la muerte con la petición dirigida al Padre celestial: “¡glorifica tu nombre!”, que anticipa la larga oración de Jesús en Getsemaní y que provoca una respuesta amorosa del Padre que todos oyeron.
Los cristianos hemos de parecernos a Cristo, tener los mismos sentimientos que anidaban en su corazón misericordioso (cfr. Flp 2,5) y desear lo mismo que Él, con entrega generosa. Y “con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros, —escribió en una ocasión san Josemaría— debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el Santo Sacrificio del Altar”. Porque en la santa Misa, actualización del sacrificio del Calvario, transformamos nuestra vida en una ofrenda como la de Cristo, llena de eficacia sobrenatural y de servicio a los demás.
Pablo M. Edo
Domingo de la 5º domingo de Cuaresma (Ciclo C: Jn 8,1-11): La mujer adúltera
Evangelio (Jn 8,1-11)
Jesús marchó al Monte de los Olivos. Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.
— Maestro –le dijeron–, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? –se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.
Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
— El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.
Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra. Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo:
— Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
— Ninguno, Señor –respondió ella.
Le dijo Jesús:
— Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.
Comentario
En este tiempo de conversión que es la cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar una escena del evangelio de Juan en la que unos hombres expertos en la interpretación de la ley le preguntan a Jesús qué deben hacer con una mujer sorprendida en adulterio, un pecado que en la ley de Moisés estaba castigado con la pena de lapidación.
La pregunta que hacen a Jesús le plantea un dilema difícil de resolver. Debe optar entre atenerse a la justicia y dictar sentencia de muerte, o violar la ley. La escena es profundamente dramática. La vida de aquella mujer depende de la decisión de Jesús, pero también está en juego la propia vida de Jesús, que puede ser acusado de incitar a una grave transgresión de lo mandado, restando importancia ante los ojos de todo el pueblo a los preceptos de la ley divina.
Aquellos personajes fingen tener una deferencia con Jesús, reconociendo aparentemente su autoridad moral, para atraparlo en sus palabras y luego juzgarlo duramente por ellas. Pero el maestro desenmascara su hipocresía, con calma, sin alterarse. Mientras los escucha, se pone a escribir con su dedo en el suelo. Este gesto muestra a Cristo como el Legislador divino, ya que, según dice la Escritura, Dios escribió la ley con su dedo en unas tablas de piedra (Ex 31,18). Jesús, por tanto, es el Legislador, es la Justicia en persona.
Jesús no viola la ley, pero no quiere que se pierda lo que Él estaba buscando, porque había venido a salvar lo que estaba perdido. Su sentencia es justa e inapelable: “El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero” (v.7). “Mirad qué respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad –comenta admirado San Agustín–. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: “Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera”. Pero, ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a confesarse pecador”[1]. Como explica Benedicto XVI, las palabras de Jesús “están llenas de la fuerza de la verdad, que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo precepto (cf. Rm 13,8-10)”[2].
Llama la atención la reacción del Maestro, que es la Justicia en persona. En ningún momento salen de su boca palabras de condena, sino de perdón y misericordia, con una suavidad que invita amablemente a convertirse: “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más”. Dios no quiere el pecado y sufre por él, pero tiene paciencia y es compasivo.
Jesús no quiere nunca el mal. Sólo desea el bien y la vida. Por eso, con su gran misericordia, instituyó el sacramento de la Reconciliación para que nadie se pierda, sino al contrario, para que todos podamos encontrar el perdón que necesitamos, por grandes que hayan sido nuestras faltas. “No olvidemos esta palabra –nos dice el Papa Francisco−: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. […] El problema es que nosotros […] nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre”[3].
[1] San Agustín, Comentario al Evangelio de Juan, 33, 5.
[2] Benedicto XVI, Ángelus 21 de marzo de 2010.
[3] Francisco, Ángelus 17 de marzo de 2013.
Francisco Varo
Lunes de la lunes de la 5° semana de Cuaresma (Jn 8, 1-11): o inhumano o blasfemo. “El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero”. O inhumano, por condenar a una mujer, o blasfemo, por ir contra la Ley de Moisés. Los fariseos y escribas pensaban que Jesús no tendría escapatoria en el caso que le plantean. Sin embargo, otra vez el Señor les dio una maravillosa lección de esa creatividad del amor de la que tanto habla el Papa Francisco, esta vez aplicada a la forma de salvar a una pecadora.
Evangelio (Jn 8, 1-11)
Jesús marchó al Monte de los Olivos.
Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles.
Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.
Maestro —le dijeron—, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? -se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.
Pero Jesús se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra.
Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.
Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra.
Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio.
Jesús se incorporó y le dijo: -Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
—Ninguno, Señor— respondió ella. Le dijo Jesús: Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.
Comentario
Esta vez sí, los fariseos y escribas pensaban que tenían todo bajo control. Habían preparado un golpe maestro. No había escapatoria. La trampa era perfecta.
Y sin embargo, otra vez Jesús les dio una maravillosa lección de esa creatividad del amor de la que tanto habla el Papa Francisco.
Como de costumbre, Cristo había pasado la noche en el monte de los Olivos, rezando, dialogando con su Padre. Este dato no es banal: nos enseña que la comprensión la aprendemos en la oración. Al amanecer, el Maestro volvió a acercarse al Templo, donde hacía poco se había armado todo un debate acerca de su verdadero origen, de las fuentes de su doctrina, del porqué de tanta sabiduría en un simple carpintero sin estudios.
Y allí, mientras está rodeado de gente, aparecen los escribas y fariseos empujando a una mujer. Probablemente, habrán entrado sin ningún tipo de sigilo: como entran en una conversación ajena las personas que se consideran más importantes que otras, arrogándose el derecho de interrumpir a toda costa.
El escenario es ideal: la majestad del Templo, símbolo de la presencia de Dios entre su pueblo. La multitud que está escuchando a Jesús, que será testigo directo de su caída.
Porque están seguros de que no hay más opción: o inhumano o blasfemo. O contra la humanidad o contra Moisés. Sea como fuere, el molesto predicador galileo quedará mal delante de la gente. No había respuesta posible que pudiera dejar contento a todo el mundo.
Al menos eso pensaban ellos.
Sin embargo, lo único que recibieron los que querían lapidar fue una frase lapidaria: el que esté sin pecado, que tire la primera piedra. Jesús siempre da más de lo que se le pide: se le solicitó una opinión y Él ofreció una luz eterna. Se le pidió elegir delante de un cruce de caminos, y Él optó por abrir uno nuevo.
Ojalá aprendamos del Señor a buscar siempre nuevos caminos para salvar al pecador, sin refugiarnos en la seguridad de nuestros propios juicios.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Martes de la 5° semana de Cuaresma (Jn 8, 21-30): en la longitud de onda del Señor. “Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba”. A veces nos podemos enfrentar a esta situación en nuestra oración: pensamos que Jesús no nos escucha, que no nos entiende, o peor, que nos está ocultando algo. Sin embargo, vale la pena que en esta recta final de la cuaresma nos preguntemos si nuestra escasa capacidad de escuchar al Señor no será consecuencia de nuestra falta de espíritu de sacrificio.
Evangelio (Jn 8, 21-30)
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
—Yo me voy y me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado; adonde yo voy vosotros no podéis venir.
Los judíos decían:
—¿Es que se va a matar y por eso dice: «Adonde yo voy vosotros no podéis venir»?
Y les decía:
—Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo. Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados.
Entonces le decían:
—¿Tú quién eres?
Jesús les respondió:
—Ante todo, lo que os estoy diciendo. Tengo muchas cosas que hablar y juzgar de vosotros, pero el que me ha enviado es veraz, y yo, lo que le he oído, eso hablo al mundo.
Ellos no entendieron que les hablaba del Padre.
Les dijo por eso Jesús:
—Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que como el Padre me enseñó así hablo.
Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.
Al decir estas cosas, muchos creyeron en él.
Comentario
Seguimos en el Templo, donde ayer presenciábamos la maravillosa forma en que Jesús salvó a la mujer adúltera. Después de ese suceso, se establece entre el Señor y los fariseos un intenso diálogo acerca de su persona y de su misión.
Una vez más, como sucede en tantos otros pasajes, lo que Jesús pide es fe en Él: “si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados”. Se trata de algo crucial: salvarse o condenarse. Vivir eternamente o morir en la ceguera producida por el pecado.
Cuando los fariseos insisten para entender exactamente qué quiere decir Jesús con ese yo soy, el Señor les da una respuesta que es bueno no pasar por alto: ante todo, lo que os estoy diciendo. No está ocultando ninguna carta: Él es lo que está afirmando, el enviado del Padre.
A veces nos podemos enfrentar a esa situación en nuestra oración: pensamos que Jesús no nos escucha, que no nos entiende, o peor, que nos está ocultando algo, que no nos está hablando claro. Como los fariseos, podemos pensar que el Señor no nos quiere dar todos los datos y es por eso que no terminamos de comprender una situación concreta que nos ha tocado vivir.
Sin embargo, ¿no podría darse el caso de que, como en este pasaje del evangelio, el problema esté en la parte de los que escuchan a Jesús? Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba. ¿Puede ser que seamos nosotros los que no ponemos todos los medios para estar en la misma longitud de onda del Señor?
Para refrendar sus palabras y dar validez a su testimonio, Jesús anuncia la demostración definitiva: la Cruz. Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo. Es por eso que, en esta recta final de la cuaresma, vale la pena que nos preguntemos si nuestra escasa capacidad de escuchar al Señor no será consecuencia de nuestra falta de espíritu de sacrificio. Ya lo decía san Josemaría: “el Espíritu Santo es fruto de la Cruz” (Es Cristo que pasa, n. 137).
La mortificación nos sitúa en la misma frecuencia de Jesús. Cuando notemos cierta sordera en nuestra oración, podemos revisar cuánto buscamos la Cruz en el día a día. De esa manera, como sucede al final de este pasaje, el Paráclito nos hará parte del grupo de los que creyeron en Él.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Miércoles de la 5° semana de Cuaresma (Jn 8, 31-42): la permanencia libre del hijo. “El esclavo no se queda en casa para siempre; el hijo se queda para siempre”. Fueron muchos los que siguieron al Señor a lo largo de su vida, pero realmente pocos fueron los que supieron permanecer en su palabra hasta el final. De algún modo, podríamos decir que fueron pocos los que se comportaron como hijos. Los que no perseveraron huyeron porque su fidelidad, su motor, su aparente rectitud de intención, era la del esclavo.
Evangelio (Jn 8, 31-42)
Decía Jesús a los judíos que habían creído en él: -Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.
Le respondieron:
—Somos linaje de Abrahán y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo es que tú dices: «Os haréis libres»?
Jesús les respondió:
—En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado.
El esclavo no se queda en casa para siempre; mientras que el hijo se queda para siempre; por eso, si el Hijo os da la libertad, seréis verdaderamente libres.
Yo sé que sois linaje de Abrahán y, sin embargo, intentáis matarme porque mi palabra no tiene cabida en vosotros. Yo hablo lo que vi en mi Padre, y vosotros hacéis lo que oísteis a vuestro padre.
Le respondieron:
—Nuestro padre es Abrahán.
—Si fueseis hijos de Abrahán -les dijo Jesús- haríais las obras de Abrahán. Pero ahora queréis matarme, a mí, que os he dicho la verdad que oí de Dios; Abrahán no hizo esto. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre.
Le respondieron:
—Nosotros no hemos nacido de fornicación, tenemos un solo padre, que es Dios.
Si Dios fuese vuestro padre, me amaríais -les dijo Jesús-; pues yo he salido de Dios y he venido aquí. Yo no he salido de mí mismo sino que Él me ha enviado.
Comentario
La liturgia de estos días nos sigue presentando este diálogo entre Jesús y los judíos en el Templo de Jerusalén. Esta vez, acota san Juan que el Señor se dirige a los que habían creído en Él.
De entrada, Jesús les hace ver que “comenzar es de todos; perseverar, de santos” (Camino, n. 983). Seguir al Señor no es lo mismo que dejarse llevar por un impulso pasajero. Creer en Él implica permanecer en su palabra, que es la única capaz de llevarnos al conocimiento de la verdad liberadora; que incluye la verdad sobre nosotros mismos.
No obstante, rápidamente se produce un cortocircuito en la comunicación: Jesús les anuncia que ha venido a traerles la libertad, y ellos se sienten ofendidos porque no son esclavos de nadie. El Señor viene a romper los cerrojos de la cárcel triste que labró el pecado, pero ellos, con tal de no reconocer que están atenazados por sus culpas, comienzan a cerrar de nuevo la puerta desde dentro.
“Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, decía san Agustín. En esa línea, san Josemaría nos pregunta: “¿Quieres tú pensar si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí?” (Amigos de Dios, n. 24).
Fueron muchos los que siguieron al Señor a lo largo de su vida, pero realmente pocos fueron los que supieron permanecer en su palabra hasta el final. De algún modo, podríamos decir que fueron pocos los que se comportaron como hijos: el esclavo no se queda en casa para siempre; el hijo se queda para siempre. Los que no perseveraron, no estaban anclados en su filiación divina. Los que no perseveraron huyeron porque su fidelidad, su motor, su aparente rectitud de intención, era la del esclavo.
Nos acercamos a la Semana Santa. Allí contemplaremos de cerca, junto a la Cruz, a la que verdaderamente supo permanecer en la palabra de Jesús. La mujer que, por ser Inmaculada, vivió en una perseverancia siempre libre. Acojámonos a su intercesión para que se hagan realidad en nuestra vida estas palabras: Si Dios fuese vuestro padre, me amaríais. De su mano aprenderemos que “el secreto de la perseverancia es el Amor” (Camino, n. 999).
Luis Miguel Bravo Álvarez
Jueves de la 5° semana de Cuaresma (Jn 8, 51-59): ¿Quién es Jesús? “Antes de que Abrahán naciese, yo soy”. También hoy Jesús presenta con claridad su identidad Divina, pero no en todas las personas encuentra acogida. ¿Está a gusto el Dios hecho hombre con nuestra piedad, nuestra caridad hacia el prójimo, con nuestro trabajo?
Evangelio (Jn 8, 51-59)
En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi palabra jamás verá la muerte.
Los judíos le dijeron: -Ahora sabemos que estás endemoniado. Abrahán murió y también los profetas, y tú dices: 'Si alguno guarda mi palabra, jamás experimentará la muerte'.
¿Es que tú eres más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes tú?
Jesús respondió: -Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada vale. Mi Padre es el que me glorifica, el que decís que es vuestro Dios, y no le conocéis; yo, sin embargo, le conozco. Y si dijera que no le conozco mentiría como vosotros, pero le conozco y guardo su palabra.
Abrahán, vuestro padre, se llenó de alegría porque iba a ver mi día; lo vio y se alegró.
Los judíos le dijeron: -¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abrahán?
Jesús les dijo: -En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán naciese, yo soy.
Entonces recogieron piedras para tirárselas; pero Jesús se escondió y salió del Templo.
Comentario
Nos acercamos a la Semana Santa y la liturgia nos presenta unas palabras del Señor transmitidas por san Juan. En ellas vemos un duro contraste entre el mensaje de Jesús y el entendimiento terrenal de los judíos.
El Señor se encuentra hablando de su relación con el Padre (v.54) y del conocimiento que tiene de Él (v.55) y lo hace en términos tan fuertes que se aplica a sí mismo las palabras “yo soy”, que el libro del Éxodo usa para designar a Dios mismo (cf. Ex 3, 13-14).
San Juan nos revela así una vez más que Jesús no es un mero hombre sino la encarnación del verdadero Dios de Israel. Gracias a esto Jesús puede afirmar con seguridad que quien guarde su palabra no verá la muerte (cf. v.51) o que antes que naciera Abraham “él ya es” (cf. v. 58).
El contraste a este mensaje nos lo ofrecen los judíos. Para muchos de ellos Jesús era un simple hombre, cuyo modo de hablar era motivo de gran escándalo. En esta ocasión, el desconcierto llega cuando escuchan la promesa hecha por Jesús de salvar de la muerte a quien oyera sus palabras.
Incrédulos, saben que sólo Dios puede hacer semejante afirmación, y no dudan en acusar a Jesús de estar endemoniado (v. 52). Para ellos era evidente que hasta los más grandes personajes del pueblo elegido habían muerto, tales como Abraham y los profetas y por tanto no había razón para creer que Jesús correría una suerte distinta ni que pudiese vencer la muerte con su palabra.
Ante la insistencia del Señor por presentarse con las palabras divinas “yo soy”, no ven otra opción que poner en práctica lo que mandaba el libro del Levítico: “quien blasfeme contra el nombre del Señor morirá sin remedio; le lapidará toda la comunidad” (24,16). Jesús sabe que no es aún su hora y logra escapar.
La discusión que leemos hoy nos recuerda que Jesús nos pide saber reconocer en él al mismo Dios y como consecuencia abandonarnos confiadamente en su Palabra de Vida. Esta confianza total sólo puede nacer en nuestros corazones si contestamos correctamente la pregunta que en el medio de la discusión le hacen los judíos: ¿Por quién te tienes tú?
De esta respuesta trata en definitiva nuestra fe: de reconocer que la verdadera identidad de Jesús es la del Hijo de Dios que se hizo hombre por nosotros.
Martín Luque
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Viernes de la 5° semana de Cuaresma (Jn 10, 31- 42): Jesús, los salmos y el Templo. Comentario del viernes “Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que Juan dijo de él era verdad”. Ahora que se acerca la Semana Santa podemos quizá hacer un esfuerzo especial, para escuchar con atención cómo las grandes historias, símbolos e imágenes de la historia de Israel tienen su cumplimiento en Jesús.
Evangelio (Jn 10, 31- 42)
Los judíos recogieron otra vez piedras para lapidarle.
Jesús les replicó: Os he mostrado muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas queréis lapidarme?
No queremos lapidarte por ninguna obra buena, sino por blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te haces Dios -le respondieron los judíos.
Jesús les contestó: ¿No está escrito en vuestra Ley: 'Yo dije: 'Sois dioses''?
Si llamó dioses a quienes se dirigió la palabra de Dios, y la Escritura no puede fallar, ¿a quien el Padre santificó y envió al mundo, decís vosotros que blasfema porque dije que soy Hijo de Dios?
Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre.
Intentaban entonces prenderlo otra vez, pero se escapó de sus manos.
Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba al principio, y allí se quedó.
Y muchos acudieron a él y decían: -Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que Juan dijo de él era verdad.
Y muchos allí creyeron en él.
Comentario
El evangelio de hoy nos presenta a Jesús discutiendo con los judíos, quienes lo acusan de blasfemia, porque decían que siendo hombre se hacía Dios (cf. v.33). El Señor aprovechará esta ocasión para dejar en claro dos verdades sobre su persona: que él es el “Hijo de Dios” y que él es el “verdadero Templo” (cf. v. 36).
Para responder, pues, a la acusación, Jesús usa el Salmo 82 que dice: “Yo os digo: Vosotros sois dioses, todos vosotros, hijos del Altísimo” (v. 6). Con esta cita, el Señor quiere subrayar que, si está permitido llamar a ciertos hombres “hijos de Dios” porque son mensajeros de la Palabra Divina, cuanto más apropiado será para aquel que es la misma Palabra de Dios. Jesús se presenta, así, como el verdadero mensajero de la Palabra, el verdadero “Hijo de Dios”, aquel a quien “el Padre santificó y envió al mundo” (v. 36).
Estas últimas palabras del Señor - “el Padre santificó al Hijo”- nos muestran que Jesús es también el “verdadero Templo”. Para entenderlo es útil recordar que nos encontramos en la celebración de una fiesta judía importante: “se celebraba por aquel tiempo en Jerusalén la fiesta de la Dedicación (del Templo)” (v. 22).
Esta fiesta celebraba la victoria de los Macabeos sobre el imperio sirio y la re-consagración del Templo luego de su profanación por tres largos años (cf. 1 Mac 1,54; 2 Mac 6, 1-7). Para los judíos, acabar con la profanación y volver a santificar y consagrar el Templo era extremadamente importante porque el Templo era, propiamente hablando, el lugar “santo” donde los hombres entraban en contacto con Dios y ofrecían sus “sacrificios”.
Pues bien, Jesús nos revela que en realidad Él es el verdadero Templo (cf. 2,21), Él mismo es ahora el lugar “santo” donde es posible celebrar la adoración tal y como Dios la quiere, es decir, no con sacrificios de animales sino con el único “sacrificio” que es grato a Dios, la entrega de nuestro corazón por entero, en “espíritu y verdad” (4,24).
Esta lectura nos invita, pues, a considerar el cumplimiento de las Escrituras en Jesús de Nazaret. En esta ocasión el Señor usa los salmos para darse a conocer y sugiere como el gran Templo de piedra era en realidad un imponente símbolo que hablaba de su persona y de su misión.
Ahora que se acerca la Semana Santa podemos quizá hacer un esfuerzo especial, para escuchar con atención cómo las grandes historias, símbolos e imágenes de la historia de Israel tienen su cumplimiento en Jesús, y de modo especial en su Pasión, Muerte y Resurrección.
Martín Luque
Sábado de la 5° semana de Cuaresma (Jn 11, 45-57): recogimiento. “Se marchó de allí a una región cercana al desierto, a la ciudad llamada Efraím, donde se quedó con sus discípulos”. Imitando a nuestro Señor, considerar la importancia de vivir recogidos para prepararse bien para la Semana Santa y la gran fiesta de Pascua.
Evangelio (Jn 11, 45-57)
Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín:
—¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos signos? —decían—. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación. Uno de ellos, Caifás, que aquel año era sumo sacerdote, les dijo:
—Vosotros no sabéis nada, ni os dais cuenta de que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación —pero esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos.
Así, desde aquel día decidieron darle muerte. Entonces Jesús ya no andaba en público entre los judíos, sino que se marchó de allí a una región cercana al desierto, a la ciudad llamada Efraím, donde se quedó con sus discípulos.
Pronto iba a ser la Pascua de los judíos, y muchos subieron de aquella región a Jerusalén antes de la Pascua para purificarse. Los que estaban en el Templo buscaban a Jesús, y se decían unos a otros:
—¿Qué os parece: no vendrá a la fiesta?
Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que si alguien sabía dónde estaba, lo denunciase, para poderlo prender.
Comentario
En este pasaje, san Juan nos da a conocer las intenciones de los adversarios del Señor prácticamente en vísperas de la Pasión, es decir, para nosotros en puertas de la Semana Santa que la actualiza y conmemora. Es evidente que cada una de esas discusiones merecería un largo comentario. Sin embargo, hoy vamos a fijar nuestra atención en un detalle que parece marginal pero que reviste gran importancia. Sobre todo en nuestra época, tan dominada por las imágenes y toda clase de ruidos, debidos en gran parte a las nuevas tecnologías.
El evangelista precisa que los judíos “desde aquel día decidieron darle muerte”. ¿Qué hace él al saberlo? “Entonces Jesús ya no andaba en público entre los judíos, sino que se marchó de allí a una región cercana al desierto, a la ciudad llamada Efraím”. En su reacción, podemos ver una medida de prudencia, puesto que no había llegado todavía la hora de su sacrificio, fijada por el Padre y no por los hombres. Tal interpretación es legítima, sin duda alguna.
Sin embargo, podemos pensar también en algo más profundo y espiritual, en algo que nos puede ayudar en nuestra preparación de la Semana Santa para participar plenamente en las ceremonias del Triduo Santo. Como en tantas otras ocasiones, nuestro Señor siente la necesidad de recogerse, de entrar a fondo en su alma para afrontar la terrible prueba de la Pasión. Con frecuencia los Padres de la Iglesia y los autores de libros de espiritualidad han puesto de relieve la intensidad de su vida de oración. Aquí tenemos una nueva prueba.
Como propósito concreto de nuestra oración, podríamos pensar en un punto del libro “Camino” de san Josemaría: “Recógete. —Busca a Dios en ti y escúchale” (n. 319). Tratar de recogernos en vísperas de la Semana Santa y a lo largo de toda ella, siguiendo quizás un consejo del papa san Juan Pablo II. Efectivamente, los de más edad nos acordamos de que proponía a los cristianos un “ayuno televisivo”. Está claro que su sugerencia se puede aplicar también a los nuevos medios de comunicación: smartphone, ordenadores, etc., y, sobre todo, a las conexiones a Internet. Pidamos pues a la Virgen María que nos ayude a guardar todas estas cosas, ponderándolas en nuestro corazón (cfr. Lc 1, 19).
Alphonse Vidal

Semana Santa
Domingo de Ramos (Ciclo B: Mc 11, 1-10). “Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella encontraréis un borrico atado (…) desatadlo y traedlo”. Jesús nos desata, como hizo con aquel borrico, para hacernos partícipes de su gloria, de su entrega sin condiciones. Este es nuestro destino, nuestra maravillosa aventura. Dios tenía un plan para ese borrico. Del mismo modo tiene un plan para cada uno de nosotros, un plan de libertad y gloria.
Lunes Santo (Juan 12, 1-11): la fragancia del corazón. “La casa se llenó de la fragancia del perfume”. María y Judas percibieron el mismo aroma: el buen olor de Cristo. Pero la fragancia que salía del corazón de cada uno era muy distinta, y por eso, su modo de acoger el don del amor de Jesús también lo fue.
Martes Santo (Jn 13,21-33.36-38): lección de amor supremo. Los momentos previos a la Pasión nos introducen en el corazón encendido de Jesús que, yendo por delante, tiende continuamente la mano a todos, para que conviertan su corazón y para que ninguno desespere al experimentar sus debilidades. Se nos ofrece la gracia, pero con nuestras decisiones diarias abrimos o cerramos el corazón para poder acogerla.
Miércoles Santo (Mt 26,14-25): cuando se descubren los pensamientos del corazón. "Y cuando estaban cenando, dijo: —En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar. Y, muy entristecidos, comenzaron a decirle cada uno: —¿Acaso soy yo, Señor?" Durante la Pasión, cada personaje parece reflejar las posibles actitudes ante Jesús. Como los apóstoles, acerquémonos a Él en nuestra oración para que nos descubra la verdad de nuestro corazón y la fuerza de su misericordia.
Jueves Santo (Jn 13,1-15): Jesús lava los pies. “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”. Del gesto del lavatorio de los pies aprendemos a dejarnos salvar por Jesús, a acompañar a los demás en su camino y a adorar a la Eucaristía.
Viernes Santo: las siete palabras de Cristo en la Cruz. Las palabras de Jesucristo en la cruz nos invitan a la confianza y al amor de los hijos de Dios llenos del Espíritu Santo.
Sábado Santo: el día de gran silencio El Sábado Santo es el único día del año en que no se celebra la Santa Misa, por ello no hay Evangelio. Proponemos algunas consideraciones.
Domingo de Ramos (Ciclo B: Mc 11, 1-10). “Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella encontraréis un borrico atado (…) desatadlo y traedlo”. Jesús nos desata, como hizo con aquel borrico, para hacernos partícipes de su gloria, de su entrega sin condiciones. Este es nuestro destino, nuestra maravillosa aventura. Dios tenía un plan para ese borrico. Del mismo modo tiene un plan para cada uno de nosotros, un plan de libertad y gloria.
Evangelio (Mc 11, 1-10)
Al acercarse a Jerusalén, a Betfagé y Betania, junto al Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos y les dijo:
—Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: «¿Por qué hacéis eso?», respondedle: «El Señor lo necesita y enseguida lo devolverá aquí».
Se marcharon y encontraron un borrico atado junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les decían:
—¿Qué hacéis desatando el borrico?
Ellos les respondieron como Jesús les había dicho, y se lo permitieron.
Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos, y se montó sobre él. Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje que cortaban de los campos. Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban:
—¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!
Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce.
Comentario
Hoy celebramos el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.
Recordamos la entrada de Cristo en Jerusalén montado en un pollino, donde es recibido entre aclamaciones.
Es una escena de gran intensidad.
Jerusalén está llena de peregrinos que han llegado de todo Israel para celebrar la Pascua.
Vienen en grupos más o menos numerosos y entran en la Ciudad Santa con cantos festivos de alabanza y gratitud.
Uno de esos grupos es el del Señor. El clima de alegría se desborda en una alabanza jubilosa.
Jesús durante tres años ha despertado ilusiones y esperanzas en el corazón de las personas.
Sobre todo, entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, la que no cuenta a los ojos del mundo.
Ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de la misericordia de Dios y se ha hecho siervo de todos para curar cuerpos y almas.
Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados, nuestras soledades, angustias y temores, nuestras lágrimas.
El amor de Jesús es grande. Así entra en Jerusalén.
Es una escena de gran belleza, llena de la luz del amor de Jesús.
Y, así también, quiere entrar en nuestros corazones.
Nuestra alegría, al igual que la alegría de los discípulos del Señor, no es algo que nace de tener cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús, el Hijo de Dios vivo.
La alegría del cristiano nace de saber que, con Cristo, nunca estamos solos, incluso en los momentos más difíciles, cuando tropezamos con problemas que parecen insuperables.
Nos acercamos a Jesús, le acompañamos, pero sobre todo sabemos que es Él quien nos acompaña y nos carga sobre sus hombros.
Aquí reside nuestra alegría.
Jesús quiere ser identificado con un animal de carga, con un borrico, porque para eso ha venido, para cargar con nosotros. El borrico lleva a Jesús, pero en realidad es Él quien lleva el peso. Se acerca a nosotros así, con sencillez, con decisión, para coger sobre sus hombros nuestras derrotas, nuestros pesos, nuestra incapacidad para amar.
La raíz de nuestra alegría radica aquí: Dios se ha hecho uno como nosotros y está dispuesto a todo.
Quiere atravesar todas las calles de nuestro corazón para quitarnos los miedos, las heridas más profundas que nos impiden amar y aceptar el amor sin condiciones. Para que podamos gritar al mundo que nuestra vida está iluminada por el amor apasionado de Cristo y de su Resurrección.
A la vez, Cristo tiene necesidad de nosotros. Quiere que llevemos sobre nosotros la gloria de su vida allí donde vivimos: en nuestras casas, calles, plazas, familias, trabajos.
Jesús nos desata, como hizo con aquel borrico, para hacernos partícipes de su gloria, de su entrega sin condiciones. Este es nuestro destino, nuestra maravillosa aventura.
Dios tenía un plan para ese borrico. Del mismo modo tiene un plan para cada uno de nosotros, un plan de libertad y gloria.
Durante estos días acompañaremos a Jesús.
Y siempre tendremos a nuestro lado a su Madre, María.
Junto a ella, le podremos decir que queremos ser de los que están al lado de su Hijo, de los que le alaban y agradecen, de los que le piden perdón por nuestros pecados y los de todos los hombres, de los que se sacrifican por lo demás, de los que no tienen miedo a la Cruz, de los que lo muestran con alegría en nuestras casas, calles, plazas, trabajos. Allí donde vivimos.
Luis Cruz
Lunes Santo (Juan 12, 1-11): la fragancia del corazón. “La casa se llenó de la fragancia del perfume”. María y Judas percibieron el mismo aroma: el buen olor de Cristo. Pero la fragancia que salía del corazón de cada uno era muy distinta, y por eso, su modo de acoger el don del amor de Jesús también lo fue.
Evangelio (Juan 12, 1-11)
Jesús, seis días antes de la Pascua, marchó a Betania, donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos.
Allí le prepararon una cena. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él.
María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume.
Dijo Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que le iba a entregar:
¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?
Pero esto lo dijo no porque él se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella.
Entonces dijo Jesús: -Dejadle que lo emplee para el día de mi sepultura, porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.
Una gran multitud de judíos se enteró de que estaba allí, y fueron no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
Y los príncipes de los sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque muchos, por su causa, se apartaban de los judíos y creían en Jesús.
Comentario
María y Judas percibieron el mismo aroma: el buen olor de Cristo (2 Corintios 2, 15). Pero la fragancia que salía del corazón de cada uno era muy distinta, y por eso, su modo de acoger el don del amor de Jesús también lo fue.
El Señor sabe que su paso por la tierra está llegando a su fin. Ha venido para amarnos hasta el extremo (Juan 13,1), como nos dirá san Juan en el capítulo inmediatamente posterior al que leemos hoy. Y por eso, porque ha venido para amar, en este momento sublime su corazón está particularmente sensible a las manifestaciones de amor que recibe.
María no se reservó nada. Probablemente no era consciente de todo lo que iba a pasar en los próximos días. Su intuición quizás le indica que algo importante podía suceder en breve, pero seguramente no dimensionaba todo lo que iba a suponer el Misterio Pascual.
Sin embargo, ahí está, sin condiciones, sin regateos. No sabe lo que se viene, pero tampoco calcula. Ha recibido mucho amor de Jesús, y lo único que le importa es intentar acercarse a ese modo de amar con todo lo que tiene: su mejor perfume, sus cabellos. Porque también la belleza femenina puede ser —debería ser— un homenaje a Dios.
Judas también ha recibido mucho amor de Jesús. Sin embargo, su corazón se ha ido cerrando poco a poco a esa fuente de luz y de calor. Ahora mismo, su alma está oscura y fría. Por eso, ni la más fina de las fragancias, ni la más espléndida sonrisa del Señor consiguen ya hacerlo reaccionar. Sus sentidos están tan distorsionados, su vida está tan descentrada, que acabará aceptando vender a Jesús por treinta monedas, cuando, según él, el perfume valía trescientos denarios.
Inmersos de lleno en la Semana Santa, podemos acercarnos al Misterio Pascual, ya inminente, confrontando nuestra vida con los dos personajes que nos presenta hoy la Iglesia. Como ellos, también nosotros hemos recibido mucho amor de Jesús. Con sinceridad, con valentía, preguntémonos si de verdad retribuimos al Señor con todo lo que tenemos: alma, cuerpo, tiempo y corazón. Solo rompiendo el frasco, sin guardar nada, podremos cantar con san Pablo: “gracias sean dadas a Dios, que siempre nos hace triunfar en Cristo y por medio de nosotros manifiesta el aroma de su conocimiento en todo lugar” (2 Corintios 2, 14).
Luis Miguel Bravo Álvarez
Martes Santo (Jn 13,21-33.36-38): lección de amor supremo. Los momentos previos a la Pasión nos introducen en el corazón encendido de Jesús que, yendo por delante, tiende continuamente la mano a todos, para que conviertan su corazón y para que ninguno desespere al experimentar sus debilidades. Se nos ofrece la gracia, pero con nuestras decisiones diarias abrimos o cerramos el corazón para poder acogerla.
Evangelio (Jn 13,21-33.36-38)
Cuando dijo esto Jesús se conmovió en su espíritu, y declaró:
—En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar.
Los discípulos se miraban unos a otros sin saber a quién se refería. Estaba recostado en el pecho de Jesús uno de los discípulos, el que Jesús amaba. Simón Pedro le hizo señas y le dijo:
—Pregúntale quién es ése del que habla.
Él, que estaba recostado sobre el pecho de Jesús, le dice:
—Señor, ¿quién es?
Jesús le responde:
—Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar.
Y después de mojar el bocado, se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Y Jesús le dijo:
—Lo que vas a hacer, hazlo pronto.
Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió con qué fin le dijo esto, pues algunos pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: «Compra lo que necesitamos para la fiesta», o «da algo a los pobres». Aquél, después de tomar el bocado, salió enseguida. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
—Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios le glorificará a él en sí mismo; y pronto le glorificará.
Hijos, todavía estoy un poco con vosotros. Me buscaréis y como les dije a los judíos: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir», lo mismo os digo ahora a vosotros.
Le dijo Simón Pedro:
—Señor, ¿adónde vas?
Jesús respondió:
—Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, me seguirás más tarde.
Pedro le dijo:
—Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti.
Respondió Jesús:
—¿Tú darás la vida por mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces.
Comentario
Ya a las puertas de la Pasión, la liturgia nos invita a considerar hasta dónde llega el amor de Cristo por nosotros. En repetidas ocasiones ha hablado Jesús de este momento, aunque ni los discípulos más cercanos han podido entender a qué se refería. El apóstol Juan ha penetrado de un modo muy especial en el sentido de los acontecimientos. La ofrenda que el Señor está a punto de realizar es una ofrenda de puro amor por todos, incluso por aquellos que ignoran ese amor, por aquellos que lo desprecian y por aquel que le va a entregar. Por todos los hombres de todos los tiempos. Y, al hacerlo, nos está revelando el amor fiel de Dios Padre por todos.
Tenemos el amor de Jesús por Judas, al que, incansablemente, quiere mover a conversión. El que traicionará a su Maestro participa de la Última Cena: no es excluido. Es más, Jesús mismo le ofrece un bocado. Todo lo que hace el Señor es llamada a su corazón: invitación a que recuerde lo que ha vivido y lo considere. Y, también, a que no desespere cuando se dé cuenta del alcance de sus obras. Pero Judas está extraviado, algo en su interior se ha endurecido. Algo le ha nublado la mente y no es capaz de comprender bien qué es lo que está haciendo. Esto lo sabremos después, cuando leamos su conversación con aquellos a los que ha entregado a Jesús (Mt 27,3-10). Pero desespera. Aunque nadie desespera de la noche a la mañana: se llega a esa situación después de muchas decisiones previas.
Tenemos también el amor de Jesús por Pedro, cuya debilidad es de otro tipo. A pesar de todo lo que ha avanzado, sigue sin conocerse. Y Jesús necesita que se afiance su humildad para poder hacer de él un cimiento firme. Que sea consciente de su debilidad y que no se escandalice de ella. Que no desespere. Porque, como en ese momento tan singular, la vida nos traerá continuamente retos en los que podemos venirnos abajo. Es relativamente fácil decir que vamos a dar la vida por aquellos a los que amamos. Pero, ¿qué haremos cuando toque hacerlo? Dice San Pablo que es Dios quien obra en nosotros el querer y el actuar (Flp 2, 13). Sólo en la medida en que Cristo reine en nuestros corazones seremos capaces de hacer realidad nuestro amor hasta la entrega de la propia vida por el amado. La Pasión es enseñanza suprema a la que acercarnos con la ilusión de aprender lo que es el amor y de recibir las fuerzas para poder amar nosotros.
Juan Luis Caballero
Miércoles Santo (Mt 26,14-25): cuando se descubren los pensamientos del corazón. "Y cuando estaban cenando, dijo: —En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar. Y, muy entristecidos, comenzaron a decirle cada uno: —¿Acaso soy yo, Señor?" Durante la Pasión, cada personaje parece reflejar las posibles actitudes ante Jesús. Como los apóstoles, acerquémonos a Él en nuestra oración para que nos descubra la verdad de nuestro corazón y la fuerza de su misericordia.
Evangelio (Mt 26,14-25)
Entonces, uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes a decirles: —¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron:
—¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
Jesús respondió:
—Id a la ciudad, a casa de tal persona, y comunicadle: «El Maestro dice: “Mi tiempo está cerca; voy a celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos”».
Los discípulos lo hicieron tal y como les había mandado Jesús, y prepararon la Pascua. Al anochecer se recostó a la mesa con los doce. Y cuando estaban cenando, dijo:
—En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar. Y, muy entristecidos, comenzaron a decirle cada uno:
—¿Acaso soy yo, Señor?
Pero él respondió:
—El que moja la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar. Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito sobre él; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado el Hijo del Hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.
Tomando la palabra Judas, el que iba a entregarlo, dijo:
—¿Acaso soy yo, Rabbí? —Tú lo has dicho —le respondió.
Comentario
Se acerca el desenlace de la vida de Jesús en la tierra. La predicación del Señor no ha dejado indiferentes a quienes lo escuchaban: por un lado, se encuentran los sencillos, los que están abiertos a la acción de Dios, los que tienen la audacia de creer en su mensaje salvador; por el otro, se encuentran los que se mantienen en sus opiniones, los que no están dispuestos a cambiar, los que ven en las palabras esperanzadoras del Maestro una amenaza a su posición. Jesús ha tendido la mano a todos: muchos se han agarrado a ella y han dejado entrar la alegría en su vida. Pero otros han cristalizado su cerrazón, y caminan aceleradamente por la senda de la desesperación.
Se cumple la profecía del anciano Simeón: “Este ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción (…) a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lucas, 2, 34-35). Del corazón de Judas brotan los frutos de la avaricia y de la envidia, que lo llevan a cometer el peor de los crímenes. Del corazón de los discípulos surge, sin embargo, la luz: ellos desean celebrar la Pascua con su Maestro y la quieren preparar tal como Él les ha dicho. Junto a Él quieren recordar la historia de su Pueblo, quizá porque intuyen que en Él esa historia está llegando a su plenitud.
Jesús también descubre los pensamientos de su propio corazón. Durante la cena pascual un comentario destapa el dolor que lleva dentro: “En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar” (v. 21). El desconcierto rasga el ambiente de intimidad que se había creado en el Cenáculo. Los apóstoles no saben qué decir y optan por una reacción que mezcla su simplicidad con la confianza en el Maestro. Preguntan: “¿Acaso soy yo, Señor?” (v. 22).
Al contemplar la Pasión, los distintos personajes parecen reflejar la actitud fundamental que cada persona puede tomar ante Jesús: fidelidad, compasión, rechazo, debilidad, arrepentimiento… Cada personaje nos dice algo, nos ayuda a descubrir los pensamientos que tenemos en nuestro corazón, a reconocer su capacidad de elevarse con grandes actos de amor, pero también de caer en las trampas del egoísmo. A pesar de nuestras debilidades, queremos ser fieles a Jesús. Como los apóstoles, en nuestra oración podemos acercarnos con humildad al Señor y pedirle que nos dé luces para conocernos mejor y sacar de nosotros lo que nos separe de Él. Jesús nos mostrará la verdad de nuestro corazón y, sobre todo, la fuerza de su misericordia.
Rodolfo Valdés
Jueves Santo (Jn 13,1-15): Jesús lava los pies. “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”. Del gesto del lavatorio de los pies aprendemos a dejarnos salvar por Jesús, a acompañar a los demás en su camino y a adorar a la Eucaristía.
Evangelio (Jn 13,1-15)
La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura.
Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:
— Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?
— Lo que yo hago no lo entiendes ahora -respondió Jesús-. Lo comprenderás después.
Le dijo Pedro:
— No me lavarás los pies jamás.
— Si no te lavo, no tendrás parte conmigo -le respondió Jesús.
Simón Pedro le replicó:
— Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
Jesús le dijo:
— El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos -como sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Después de lavarles los pies se puso el manto, se recostó a la mesa de nuevo y les dijo:
— ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros.
Comentario
En la solemnidad de hoy recordamos la institución del sacerdocio y de la Eucaristía, dos sacramentos profundamente relacionados entre sí.
La Iglesia, siguiendo una tradición de muchos siglos, recomienda durante la Misa en la Cena del Señor el rito del lavatorio de los pies, en continuidad con el evangelio que se proclama en esta celebración.
El gesto de Jesús en la última cena se inspira en un detalle de hospitalidad común a muchas culturas orientales, por el uso de las sandalias en los caminos polvorientos de estas tierras. En el Antiguo Testamento Abrahán insiste en lavarle los pies a los tres viajeros que pasan por su casa (Gn 18,4) y entre los primeros cristianos se valoraba quien, como buenas obras, había “practicado la hospitalidad y lavado los pies a los santos” (1 Tm 5,10).
Sin embargo en este especial momento de despedida de sus apóstoles, las palabras del Maestro dan al gesto un significado más profundo. Lavar los pies es manifestación de humildad y de servicio, en cierto sentido anticipa la humillación final de la cruz salvadora que se realizará pocas horas después.
Lo primero que Jesús pide a sus discípulos es dejarse lavar los pies por Él. Así como a todos los cristianos nos pide dejarnos servir, dejarnos salvar por el Hijo de Dios sin ningún mérito por nuestra parte. La premisa de cualquier empeño de vida cristiana es recibir la salvación, el perdón de Dios: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”.
El paso siguiente es “lavarnos los pies unos a otros”, que es como una variante del mandamiento del amor, “que os améis unos a otros”. En esa invitación del Señor podemos ver la importancia de cuidar y acompañar el camino de los demás. Los pies, de hecho, son medio para caminar, son imagen de nuestro seguimiento de Jesús. Lavar los pies de nuestros hermanos significa por lo tanto sentirnos responsables de su fidelidad, servir con alegría a cada uno, poniendo el “corazón en el suelo para que los demás pisen blando” (San Josemaría, Via Crucis IX,1).
Hay una última posibilidad, no explicitada en este pasaje, pero que podemos sacar de otra página del evangelio: lavarle nosotros los pies a Jesús. Se trata del episodio de la mujer que baña los pies del Señor con sus lágrimas, los enjuga con sus cabellos, los besa y los unge con perfume (Lc 7,44-47). Jesús tiene palabras de alabanza por la manifestación del gran amor de esta pecadora: “le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho”. Se puede considerar este gesto como la inauguración del culto eucarístico, que esta noche de manera especial se prestará en todas las iglesias del mundo.
Giovanni Vassallo
Viernes Santo: las siete palabras de Cristo en la Cruz. Las palabras de Jesucristo en la cruz nos invitan a la confianza y al amor de los hijos de Dios llenos del Espíritu Santo.
Evangelio
1. Lc 23,33: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.”
2. Lc 23, 43: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
3. Jn 19,26-27: “ Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre:
– Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: – Aquí tienes a tu madre.”
4. Mt 27,46: “Hacia la hora nona Jesús clamó con fuerte voz: – Elí, Elí, ¿lemá sabacthaní? – es decir, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
5. Jn 19,28: “Tengo sed”.
6. Jn 19,30: “Todo está consumado.”
7. Lc 23,46. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Comentario
Los evangelistas refieren siete palabras de Cristo en la cruz. Descubrimos en ellas cuanto Dios Padre nos amó hasta librar a su Hijo a la muerte para hacernos hijos en Él.
1. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.” (Lc 23,34). El Señor pide perdón por nuestros pecados. “Subiendo al madero, él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia” (1 P 2, 24). Cristo muere para salvarnos. Nos invita a obrar el bien y a soportar el sufrimiento. El secreto del perdón es la caridad que comprende la debilidad de los demás, porque uno se sabe lleno del amor de Dios.
2. “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). El perdón de nuevo. El buen ladrón se arrepiente y oye una promesa de salvación. La palabra “paraíso”, de origen persa, evoca un jardín de felicidad, como lo fue el primer jardín en la creación. Jesús hace ver que la felicidad es estar con él. Como dice Gregorio Nacianceno, “si estás crucificado con él como un ladrón, como el buen ladrón confía en tu Dios”.
3. “Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: – Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: – Aquí tienes a tu madre” (Jn 19,25-28). La Virgen María está “consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma”. No tiene otro hijo que Jesús. Al aceptar su muerte en la cruz, nos recibe a todos como hijas e hijos suyos en san Juan: es Madre de la Iglesia.
4. Toda la tierra se cubrió de tinieblas. Jesús clamó con fuerte voz “Elí, Elí, ¿lemá sabacthaní? – es decir, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Son palabras del Salmo Ps 22(21) que acaban llenas de confianza en la bondad de Dios Padre y en la futura expansión de la Iglesia: “Se acordarán y se convertirán al Señor los enteros confines de la tierra; se postrarán en su presencia todas las familias de las naciones” (v. 28). El sufrimiento de Cristo en la Cruz coexistía con la visión inmediata de Dios. A la vez, como dice san Agustín, en la cruz estábamos también nosotros, porque somos su cuerpo, que es la Iglesia: Cristo hablaba por cada uno de nosotros.
5. “Tengo sed” (Jn19,28). Ese grito manifiesta la humanidad del Señor en medio de tremendos sufrimientos, pues se asfixia en la cruz. Tiene también sed de nuestro amor, que puede aliviar el dolor de su corazón. Su gloria, la irradiación de su amor, es nuestra participación en la vida divina. “Más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas”. Desde la Cruz, mira a cada uno, a cada una, en el amor eterno del Padre. Tiene sed de nuestra sed. Y tiene una tremenda sed de enviarnos al Espíritu Santo.
6. “Todo está consumado” (Jn 19,30). Es el cumplimiento. Jesús amó obedeciendo hasta el extremo (cf. Jn 3,34; 13,1). Con la plenitud del Espíritu, su ofrenda al Padre es sin medida. Ha cumplido la voluntad del Padre. A la vez, está consumido, exprimido, agotado. Contemplamos un misterio de Amor antes que de dolor. En la Cruz está sobre todo el amor de Jesús al Padre y al mundo. Manifiesta hasta las últimas consecuencias lo que significa ser plenamente Hijo de Dios.
7. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). A la luz de Jn 19,30 – “Entregó el espíritu”–, la Iglesia ve aquí el don del Espíritu Santo. Cristo muere por amor a Dios, adhesión a su designio de salvación, amor a nosotros. Muere “una vez para siempre” (1 P 3,18). Su alma humana se separa del cuerpo, que ya no tiene principio de animación. Ha muerto como hombre, voluntariamente, del mismo modo que se sufre una pena para apartarla de otra persona. Una muerte que el amor vencerá. Queda la divinidad unida al santo cuerpo que espera la resurrección. Lo velamos con dolor y esperanza.
En las siete palabras de Cristo encontramos el perdón de nuestros pecados, la promesa de estar con Jesús, el don que nos hace de la Virgen como Madre, la oración llena de confianza, la petición, el cumplimiento y el don del Espíritu. “Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con Él”. Pues “ya sólo hay un único modo de vivir en la tierra: morir con Cristo para resucitar con El, hasta que podamos decir con el Apóstol: no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí (Gal 2,20)”. Podemos afirmar: “Ya somos hijos de Dios”; y de Santa María.
Guillaume Derville
Sábado Santo: el día de gran silencio El Sábado Santo es el único día del año en que no se celebra la Santa Misa, por ello no hay Evangelio. Proponemos algunas consideraciones.
Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos y esperando su resurrección en oración y ayuno.
La Iglesia se abstiene del sacrificio de la misa, quedando por ellos desnudo el altar hasta que, después de la Solemne Vigilia o expectación nocturna de la resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exhuberancia inundará los cinquenta días pascuales.
Hoy, Sábado Santo es, como recordaba el Papa Francisco, “el día del silencio: hay un gran silencio sobre toda la Tierra; un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros discípulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jesús” (Audiencia, 31.III.2021).
Por eso la Iglesia se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa en este día. La comunión puede darse solamente como Viático y no se concede celebrar el matrimonio ni otros sacramentos excepto la Penitencia y la Unción de Enfermos.
En este Sábado Santo estamos llamados a permanecer junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos, y esperando, en la oración y el ayuno en su resurrección. Podemos vivir este día con María, “también ella lo vive en el llanto, pero su corazón estaba lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor” (ídem).
Con Ella aguardamos ese momento en el que, en las tinieblas del Sábado Santo, irrumpirán la alegría y la luz con los ritos de la Vigilia pascual y el canto festivo del Aleluya.