En este recurso se van recogiendo los comentarios al Evangelio de la Web. Se señala en caso de que haya varios comentarios al mismo texto del Evangelio. En Collationes se copian estos comentarios al comentario para facilitar los enlaces y el acceso a los mismos.
1º semana de Adviento

Domingo de la 1º semana de Adviento (Ciclo A: Mt 24,37-44)
Domingo de la 1º semana de Adviento (Ciclo B: Mc 13,33-37) “Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!”. Velar significa primordialmente querer a los demás, mirar a todos con cariño y comprensión, reconociendo a Jesús en cada persona.
Domingo de la 1º semana de Adviento (Ciclo C: Lc 21, 25-28. 34-36) corazones enamorados “Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria”. Comienza el Adviento, un tiempo para dejarnos despojar de nuestra vida rutinaria y llenarnos de esperanzas, luces en el corazón, anhelos de plenitud y así podamos dar gloria a Dios con nuestra vida.
Lunes de la 1º semana de Adviento (Mt 8,5-11): nunca encontré una fe tan grande "Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano". Pidamos al Señor que nos conceda la fe del centurión, precedida de la caridad hacia su siervo, que nos ayude a abandonar todas nuestras cosas en Él.
Martes de la 1º semana de Adviento(Lc 10,21-24): la sabiduría y la prudencia de los niños "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños". Jesús nos pone de modelo a los más pequeños para que aprendamos cuál es la sabiduría y la prudencia que a Él verdaderamente le agradan.
Miércoles de la 1º semana de Adviento (Mt 15,29-37): para la gente “Me da mucha pena la muchedumbre”. Jesús se entregó a toda la gente, incluso a los que iban a rechazarlo. Nos enseña a perseverar aunque, después de darnos a los demás, no encontremos ningún resultado aparente en su modo de actuar.
Jueves de la 1º semana de Adviento(Mt 7,21.24-27): una vida edificada sobre roca “Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. Lee y vive el Evangelio. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo.
Viernes de la 1º semana de Adviento(Mt 9,27-31): creer para ver “les tocó los ojos diciendo: — Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos”. A veces Dios quiere que le sigamos a oscuras. Es la hora de la confianza, del recogimiento para escuchar con más atención a Cristo, que pasa a nuestro lado.
Sábado de la 1º semana de Adviento(Mt 9,35-38; 10,1.6-8): obreros en la mies “Rogad al señor que envíe obreros a su mies”. El evangelio habla del presente. Hoy nos invita a pedir que haya vocaciones en la Iglesia: de entrega total al sacerdocio, al celibato y a la vida consagrada.
2º semana de Adviento

Domingo de la 2º semana de Adviento (Ciclo A: Mt 3,1-12). La voz del Bautista
Domingo de la 2º semana de Adviento (Ciclo B: Mc 1,1-8) preparad el camino del Señor
Domingo de la 2º semana de Adviento (Ciclo C: Lc 3, 1-6). El anhelado nos anhela. “Recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados”. El Adviento nos invita con la figura de Juan Bautista a pedirle a Dios el deseo de preparar el alma para la llegada del Señor.
Lunes de la 2º semana de Adviento (Lc 5,17-26). Jesús, médico de los pecadores. "subieron al terrado, y por entre las tejas lo descolgaron en la camilla hasta ponerlo en medio, delante de Jesús. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados" Jesús nos dice que solo un corazón limpio de pecado es garantía de una existencia eterna sin carencias.
Martes de la 2º semana de Adviento (Mt 18,12-14). Jesús no redondea cifras. "Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte y saldrá a buscar la que se le había perdido?”. Podemos pasar por malos momentos en nuestra vida. Jesús, sin embargo, irá a buscarnos..
Miércoles de la 2º semana de Adviento (Mt 11,28-30): el suave yugo del amor
Jueves de la 2º semana de Adviento (Mt 11, 11-15): la lucha del cristiano. “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos padece violencia”. El seguir a Jesús, el pisar en donde él pisó, el ser discípulo de Cristo y vivir conforme a sus enseñanzas nos implica esfuerzo. Esta lucha y este esfuerzo, lejos de entristecernos, nos llenarán de paz y de alegría porque nos facilitarán estar más cerca de Dios.
Viernes de la 2º semana de Adviento (Mt 11, 16-19): el querer de Dios. "Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis hecho duelo". Si carecemos de la disposición interior para hacer la Voluntad de Dios nunca serán suficientes las luces en la oración ni los argumentos que nos ayuden a seguir el querer divino.
Sábado de la 2º semana de Adviento (Mt 17, 10-13): conversión del corazón
3º semana de Adviento

Domingo de la 3º semana de Adviento (Ciclo A: Mt 11,2-11)
Domingo de la 3° semana de Adviento (Ciclo B).no soy digno de desatarle la correa
Domingo de la 3° semana de Adviento (Ciclo C) (Lc 3,10-18) “Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: - Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Cómo el bautismo practicado por Juan exigía una conversión de vida, así la espera del Adviento es la ocasión de un cambio en el camino de la santidad.
Lunes de la 3º semana de Adviento (Mt 21,23-27) “El bautismo de Juan ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?”. Jesús invita a una actitud de humildad para descubrir en el bautismo de Juan una llamada a la conversión sincera.
Martes de la 3º semana de Adviento (Mt 21,28-32). “«Hijo, vete hoy a trabajar en la viña». Pero él le contestó: «No quiero». Sin embargo se arrepintió después y fue”. Siempre estamos a tiempo de rectificar nuestras decisiones, de recomenzar con la alegría de los hijos de Dios.
Miércoles de la 3º semana de Adviento (Lc 7, 19-23).“¿Eres tú el que va a venir o esperamos a otro?”. Para conocer a Cristo de verdad necesitamos tener un encuentro en primera persona con Él en la oración y en los sacramentos.
Jueves de la 3º semana de Adviento (Lc 7,24-30) “¿Qué salisteis a ver? ¿un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta”. La finalidad de la vida de san Juan Bautista era dar a conocer a Jesús. Y esa es la gran aspiración del hombre, aquello que colma su corazón por completo: conocer, tratar y amar a Dios sobre todas las cosas.
4º semana de Adviento

Domingo de la 4 º semana de Adviento (Ciclo A: Mt 1,18-24)
Domingo de la 4º semana de Adviento (Ciclo B: Lc 1, 26-28): he aquí la esclava del Señor
Domingo de la 4º semana de Adviento (Ciclo C: Lc 1, 39-45):el celo de la Virgen María. “Marchó deprisa a la montaña”. Tratemos nosotros también de cumplir “deprisa” nuestros deberes ordinarios, sin dejarnos llevar por la pereza, como muestra de nuestro amor a Dios y a los demás.
17-24 de diciembre
17 de diciembre (Mt 1, 1-17) la humanidad de Jesucristo “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo”. Dios se ha hecho cercano. A nosotros nos corresponde, con nuestras miserias, acoger a Cristo como hizo María.
18 de diciembre (Mt 1, 18-24) Jesús es el salvador “Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado”. Como en la vida de José, solo por medio de una oración ininterrumpida conseguiremos descubrir cuál es la voluntad de Dios para cada uno de nosotros.
19 de diciembre (Lc 1, 5-25) se quedó mudo
20 de diciembre (Lc 1,26-38): los predilectos de Dios “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. Cada día saludamos a María con estas palabras del ángel. Estos últimos días de Adviento queremos decírselo con mayor agradecimiento, por su respuesta llena de fe a la llamada de Dios.
21 de diciembre (Lc 1, 39-45) la prisa de la ternura “Cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo”. María no se encierra en casa, sino que va a cuidar a su prima. También nosotros podemos ser la mirada, la sonrisa, los brazos, las manos, la alegría de Dios mismo.
22 de diciembre (Lc 1, 46-56)una huella de amor divino “Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso”. La vida de María nos habla también del viaje de nuestra vida que, con sus incertidumbres y sufrimientos, es una peregrinación hacia el encuentro con Dios en su plenitud.
23 de diciembre (Lc 1, 57-66) un largo silencio “En aquel momento [Zacarías] recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios”. También nosotros necesitamos del silencio para aprender a meditar las maravillas y los misterios de Dios.
24 de diciembre (Lc 1,67-79) la gran esperanza “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto”. Somos portadores, con nuestra vida alegre y nuestra palabra amistosa de esta gran noticia: el Niño Jesús es Luz que ilumina a todos.
1º semana de Adviento

Domingo de la 1º semana de Adviento (Ciclo A: Mt 24,37-44)
Evangelio del 1º domingo de Adviento (Ciclo A) y comentario al evangelio.
Evangelio (Mt 24,37-44)
Lo mismo que en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Pues, como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. Entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y el otro dejado. Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada y la otra dejada.
Por eso: velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.
Comentario
Comenzamos hoy el tiempo de Adviento, un tiempo de preparación para la venida del Señor. La primera venida se realizó en la Encarnación y el nacimiento de Jesús en Belén, y se prolongó durante toda su vida terrena hasta su gloriosa Ascensión a los cielos. Pero todavía queda pendiente una nueva y última visita, que es la que profesamos cada vez que recitamos en el Credo: “De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y a muertos”.
En este pasaje del Evangelio se nos habla de esa última visita suya, que sucederá al final de los tiempos. “Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente –dice el Catecismo de la Iglesia Católica– aun cuando a nosotros no nos ‘toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad’ (Hch 1,7). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento”[1].
De ahí la advertencia de Jesús para que estemos siempre preparados. No pretende asustarnos, pero sí abrir nuestros caminos a un modo de vivir más grande que relativiza los pequeños afanes de cada día a la vez que los dota de un valor decisivo. La venida del Señor nos puede sorprender en cualquier momento, de repente, mientras estamos en medio del trajín cotidiano: “como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre” (vv. 38-39).
Las palabras de Jesús constituyen una invitación a la vigilancia. Sabemos que Él vendrá, pero no conocemos cuándo, así que nos conviene estar siempre preparados, en todo momento, libres para ir a su encuentro, no atrapados en las cosas de este mundo, sino gobernándolas para que sean camino de santificación.
Para llamar la atención sobre la necesidad de la vigilancia, Jesús propone una breve parábola, bien ambientada en las aldeas de Palestina: “si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa” (v. 43). La oscuridad de la noche es más propicia para que los ladrones se acerquen sin ser vistos a unas casas, que tenían de ordinario una techumbre de maderas y ramajes, y unas paredes de adobe, fáciles de horadar y abrir un hueco por donde introducirse a robar. Por eso, si el dueño supiese que iban llegar en algún momento, no estaría despreocupado, sino atento a mantener la integridad de cuanto posee. ¡Cuánto más un cristiano ha de permanecer vigilante para cuidar los tesoros de la fe y de la gracia que ha recibido! “Tú, cristiano –recuerda san Josemaría—, y por cristiano hijo de Dios, has de sentir la grave responsabilidad de corresponder a las misericordias que has recibido del Señor, con una actitud de vigilante y amorosa firmeza, para que nada ni nadie pueda desdibujar los rasgos peculiares del Amor, que Él ha impreso en tu alma”[2].
San Juan Pablo II iniciaba su Testamento tomándose muy en serio esta llamada de atención realizada por el Maestro, bien consciente de que a cada uno nos llegará el momento de responder acerca de nuestra vida ante el tribunal del Señor: “ ‘Velad, porque no sabéis el día en que vendrá nuestro Señor’ (Mt 24, 42) – estas palabras me recuerdan la última llamada, que tendrá lugar en el momento en que el Señor así lo quiera. Deseo seguirlo y deseo que todo aquello que hace parte de mi vida terrena me prepare para este momento. No sé cuándo sucederá, pero como todo, también en este momento me pongo en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus Tuus”[3]. Si estamos bien preparados, como él, podemos aguardar confiados la venida del Señor con esa misma serenidad y abandono en las manos de Virgen.
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 673.
[2] S. Josemaría, Forja, 416.
[3] S. Juan Pablo II, Testamento, Roma 6.III.1979.
Francisco Varo 2019
Domingo de la 1º semana de Adviento (Ciclo B: Mc 13,33-37)
Evangelio del 1° domingo de Adviento (Ciclo B) “Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!”. Velar significa primordialmente querer a los demás, mirar a todos con cariño y comprensión, reconociendo a Jesús en cada persona.
Evangelio (Mc 13,33-37)
Estad atentos, velad: porque no sabéis cuándo será el momento. Es como un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase. Por eso: velad, porque no sabéis a qué hora volverá el señor de la casa, si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada; no sea que, viniendo de repente, os encuentre dormidos. Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!
Comentario
Hemos entrado en el tiempo de Adviento, tiempo de conversión y preparación para la venida del Señor. Y en el evangelio de este domingo resuena la exhortación de Jesús dirigida a todos: “Estad atentos. ¡Velad!” (v. 33).
Para subrayar sus palabras, Jesús pone el ejemplo del señor de unas tierras que marcha a otro lugar y deja todo al cuidado de sus siervos. En especial, le encarga al portero que se quede velando y cuidando la casa hasta que su señor vuelva.
El papel del portero es importante porque si él se durmiera o despistara, podrían entrar ladrones en la casa y también en las tierras de su señor e incluso atacar a los siervos que han quedado a su cuidado. O podría volver su señor y no enterarse de ello.
San Agustín traducía la vigilancia del buen portero de la casa con estos consejos concretos referidos directamente a nuestra capacidad de amar: “Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las buenas obras”[1].
Velar significa primordialmente querer a los demás, mirar a todos con cariño y comprensión, detectando las necesidades de los que nos rodean, y en las que podemos reconocer la venida de Jesús sin encontrarnos desprevenidos.
El papa Francisco explicaba este aspecto importante de nuestra vigilancia diciendo que “la persona que está atenta es la que, en el ruido del mundo, no se deja llevar por la distracción o la superficialidad, sino que vive de modo pleno y consciente, con una preocupación dirigida en primer lugar a los demás. Con esta actitud nos damos cuenta de las lágrimas y las necesidades del prójimo, y podemos percibir también sus capacidades y sus cualidades humanas y espirituales. La persona mira después al mundo, tratando de contrarrestar la indiferencia y la crueldad que hay en él y alegrándose de los tesoros de belleza que también existen y que deben ser custodiados. Se trata de tener una mirada de comprensión para reconocer tanto las miserias y las pobrezas de los individuos y de la sociedad, como para reconocer la riqueza escondida en las pequeñas cosas de cada día, precisamente allí donde el Señor nos ha colocado”[2].
Lo contrario de esta disposición atenta hacia los demás y de la vigilancia es el mal sueño y la negligencia. Es, en palabras de san Josemaría, “el sueño del egoísmo, de la superficialidad, desperdigando el corazón en mil experiencias pasajeras, evitando profundizar en el verdadero sentido de las realidades terrenas. ¡Mala cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le hace esclavo de la tristeza!”[3].
Dormirse mientras se vigila significa por tanto centrarse en el propio yo y sus apetencias y preocupaciones, sin percibir a los demás. Ese sueño siempre entristece y hace daño a los que queremos.
En cambio, concluía el Papa Francisco, “la persona vigilante es la que acoge la invitación a no dejarse abrumar por el sueño del desánimo, la falta de esperanza, la desilusión; y al mismo tiempo rechaza la llamada de tantas vanidades de las que está el mundo lleno y detrás de las cuales, a veces, se sacrifican tiempo y serenidad personal y familiar”[4].
La advertencia de Jesús a la vigilancia se traduce con la liturgia de hoy en un ejercicio habitual de la caridad con los demás, como preparación eficaz para su llegada. Sabiendo que Jesús no viene como un juez severo que nos quiera castigar, que vino al mundo como un niño indefenso y pobre, que pide ser acogido, que se conforma con un pesebre para animales y que viene para colmarnos de bendiciones y de gracia en brazos de su Madre y de san José.
[1] San Agustín, Sermón 93.
[2] Papa Francisco, Ángelus, 3 de diciembre de 2017.
[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 147.
[4] Papa Francisco, ídem.
Pablo M. Edo 2019
Domingo de la 1º semana de Adviento (Ciclo C: Lc 21, 25-28. 34-36) corazones enamorados
Comentario del evangelio del domingo de la 1.° semana de Adviento (Ciclo C). “Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria”. Comienza el Adviento, un tiempo para dejarnos despojar de nuestra vida rutinaria y llenarnos de esperanzas, luces en el corazón, anhelos de plenitud y así podamos dar gloria a Dios con nuestra vida.
Evangelio (Lc 21, 25-28. 34-36)
«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas: y los hombres perderán el aliento a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán al mundo. Porque las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria.
Cuando comiencen a suceder estas cosas, erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención.
Vigilaos a vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y aquel día no sobrevenga de improviso sobre vosotros, porque caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la tierra. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre».
Comentario
Empieza el Adviento, tiempo litúrgico que nos prepara para la Navidad.
El Evangelio de este primer domingo recoge parte del discurso escatológico de Jesucristo en Jerusalén en los últimos días de su vida.
Nos invita a levantar la mirada y abrir nuestros corazones para recibirle.
El Adviento nos lleva a la Navidad, y desde allí, a la espera del regreso glorioso de Cristo.
Nos llama a un encuentro personal con Él: cada día nos llama; cada día nos quiere sacar de nuestros nubarrones, de nuestras angustias, de nuestros desalientos y desamparos.
Un tiempo para dejarnos despojar de nuestra vida rutinaria y llenarnos de esperanzas, luces en el corazón, anhelos de plenitud.
El Evangelio de este domingo nos enseña dos modos de vivir: con la cabeza elevada o con el corazón ofuscado.
El cristiano está llamado a vivir con la cabeza elevada, como hijos de un Dios Padre, que es Amor. Sabiendo descubrir la grandeza de lo que nos rodea, del amor de Dios que nos rodea en nuestras situaciones concretas y reales, en nuestra familia, en nuestro trabajo y descanso, en nuestros amigos.
Cristo nos da sus luces, su fuerza, su vida para saber descubrirle en cada cosa. Allí está Él, esperándonos, para llenarnos de su gracia, de su modo de vivir y amar.
Pero, muchas veces, vivimos con el corazón ofuscado.
Nuestros problemas y dificultades, nuestras miserias y debilidades, nuestros temores, nuestras decepciones, nuestros egoísmos y soberbias, parecen tener más fuerza. Llenamos nuestros anhelos profundos de felicidad, de abundancia, de generosidad, con un alimento que no sacia, porque vivimos mirándonos a nosotros mismos.
En el Evangelio de hoy, Jesucristo nos da la clave para vivir cada día con la cabeza levantada.
Nos llama a estar despiertos y orar.
Estar despiertos de ese sueño que siempre gira en torno a uno mismo, que nos encierra en nuestra vida con sus problemas, alegrías y dolores.
Un sueño que aletarga nuestra capacidad de amar y ser amados, que nos impide gozar de esta vida, que nos lleva a perdernos lo más bonito que hay en ella: la belleza de la creación, el rostro de nuestros seres queridos, la conversación tranquila, los paseos en compañía.
Nos perdemos lo mejor: la presencia real de Dios y de los demás.
Y acabamos llenándonos de tristeza y aburrimiento, lamentándonos y quejándonos por todo.
Estar despiertos para mirar más allá de nosotros mismos: allí donde Dios está mirando, allí donde Dios quiere llevarnos, sus sueños de amor para nosotros y para este mundo.
Estar despiertos para hacernos preguntas que vayan a lo profundo de nuestro corazón: cómo y para quién quiero gastar mi vida.
En segundo lugar, el Señor nos llama a orar.
Levantados, esperando a Jesucristo para que en cada rato de oración redirija nuestros pensamientos y corazones hacia Él y hacia nuestros anhelos más profundos de felicidad.
Le esperamos levantados, rezando, para que nos abra hacia los demás, para que nos saque de nuestra pequeñez, para que podamos mirar este mundo con un corazón enamorado.
Luis Cruz
Lunes de la 1º semana de Adviento (Mt 8,5-11): nunca encontré una fe tan grande
Evangelio del lunes de la 1° semana de Adviento y comentario al evangelio. "Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano". Pidamos al Señor que nos conceda la fe del centurión, precedida de la caridad hacia su siervo, que nos ayude a abandonar todas nuestras cosas en Él.
Evangelio (Mt 8,5-11)
En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:
— Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.
Jesús le dijo:
— Yo iré y le curaré.
Pero el centurión le respondió:
— Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.
Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían:
— En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos.
Comentario
En el Evangelio de hoy se nos presenta a un extranjero como modelo de fe. De hecho, se lleva uno de los mayores elogios de Jesús que se recogen en los evangelios: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (v. 10).
El centurión actúa con sencillez: tiene una dificultad y acude a la persona que piensa que puede ayudarle a solucionarla. Pero para arreglar un problema, en primer lugar, es necesario que lo reconozcamos. Y esto, en algunas ocasiones, no nos resulta sencillo.
A veces será porque vamos demasiado deprisa y no nos damos cuenta. Nos falta tiempo y esto, en ocasiones, se puede traducir en que nos cuesta percibir las dificultades de las personas que nos rodean.
También puede ocurrir que hayamos dejado de rezar o que el tiempo que dediquemos a orar no sea de calidad. De esta manera, el problema se nos hace inabordable y preferimos mirar para otro lado, como si el tiempo, por sí solo, solucionara los problemas.
Es verdad que el centurión nos da una lección de fe en el Señor. Pero es una fe que viene precedida de la caridad. De una mirada que sabe detenerse, sin precipitación y con diligencia, para estar en las cosas de los demás.
Quizá por eso le resulta tan lógico acudir al Señor para pedirle un milagro tan grande. Porque sabe que él no tiene esa capacidad de curarle, pero Jesús sí la tiene.
Los deseos del centurión de cuidar de su soldado y de que esté bien, le llevan a abrir su corazón al Señor. En cierta manera, le muestra él mismo su vulnerabilidad: su incapacidad para curarle él mismo y su absoluta necesidad de un milagro por parte de Dios.
Pablo Erdozáin 2019
Martes de la 1º semanana de Adviento (Lc 10,21-24): la sabiduría y la prudencia de los niños
Comentario del martes de la 1° semana de Adviento. "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños". Jesús nos pone de modelo a los más pequeños para que aprendamos cuál es la sabiduría y la prudencia que a Él verdaderamente le agradan.
Evangelio (Lc 10,21-24)
En aquella hora Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:
— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:
— Bienaventurados los ojos que ven lo que estáis viendo. Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.
Comentario
Siguiendo con la preparación para el nacimiento del Señor, la Iglesia nos propone hoy un Evangelio en el que Jesús, inundado del gozo del Espíritu, alaba a su Padre por haber escogido a los pequeños para revelarles su misterio de Amor.
Al inicio, el texto puede llamarnos la atención porque Jesús se jacta de que su Padre no haya mostrado estas cosas a los “sabios y prudentes”.
La sabiduría es un don del Espíritu Santo, quizá el más precioso de todos; mientras que la prudencia es una virtud cardinal que nos lleva a identificar y querer el bien en cada situación.
¿Por qué entonces parece que hay cierto desprecio en las palabras de Jesús ante los sabios y prudentes? No cabe duda de que el Señor, con esa expresión, quiere atraer nuestra atención ante los falsos sabios y prudentes.
De hecho, Jesús nos pone de modelo a los niños porque ellos son los maestros de la verdadera sabiduría y prudencia divinas.
Los pequeños no se guardan nada para sí, lo dan todo a sus papás, del mismo modo que la sabiduría nos lleva a estimar y saborear únicamente a Dios.
Asimismo, los niños poseen una mirada clara y sencilla sobre lo que ven, que les otorga la capacidad de convertir rápidamente en acción lo que conocen de la realidad. No se detienen demasiado en pensar las consecuencias de sus acciones o en cómo serán vistas por los demás.
El Señor quiere que también nosotros nos hagamos pequeños para que Él pueda hacerse grande en nosotros, y no a pesar de nosotros. Con este deseo y esta actitud, Él se encargará de hacernos ver las cosas, las situaciones y las personas con sus ojos.
Pablo Erdozáin 2019
Miércoles de la 1º semana de Adviento (Mt 15,29-37): para la gente
Evangelio del miércoles de la 1° semana de Adviento y comentario al evangelio. “Me da mucha pena la muchedumbre”. Jesús se entregó a toda la gente, incluso a los que iban a rechazarlo. Nos enseña a perseverar aunque, después de darnos a los demás, no encontremos ningún resultado aparente en su modo de actuar.
Evangelio (Mt 15,29-37)
En aquel tiempo, Jesús se marchó de aquel lugar, vino junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí.
Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies, y él los curó.
De tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y restablecerse a los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y dijo:
— Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya a ser que desfallezcan en el camino.
Pero le decían los discípulos: — ¿De dónde vamos a sacar en un desierto panes suficientes para alimentar a tan gran muchedumbre?
Jesús les dijo:
— ¿Cuántos panes tenéis?
— Siete y unos pocos pececillos — respondieron ellos.
Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud.
Y comieron todos y quedaron satisfechos. Con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.
Comentario
El evangelio de hoy nos narra el milagro de una de las multiplicaciones de los panes y de los peces que realizó el Señor para la gente.
Precisamente, ese inciso final “para la gente”, es el punto de partida del comentario de hoy a esta escena del Señor tan conocida.
Jesús sabe muy bien a qué ha venido a la tierra, como lo expresa un villancico que le gustaba mucho a san Josemaría: “Mi Padre es del Cielo / mi madre también / yo bajé a la tierra para padecer”. El Señor viene al mundo para obrar la Redención.
La Salvación que nos brinda el Hijo de Dios es para todos, aunque luego solo unos poco la acojan en su corazón. Jesús sabe perfectamente cuál será el éxito de su obra, pero no por ello deja de enseñar, actuar y entregarse para “la gente”, es decir, para todos.
Es lo que vemos en la antesala del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Jesús siente compasión por la multitud que le sigue y lleva varios días sin comer, y no puede no ejercer su poder en beneficio de ellos.
Así es el corazón de Jesús. Siempre compasivo, con deseos infinitos de darse, de entregarse a nosotros, aunque muchas veces no le reconozcamos ni le acojamos en el nuestro. Pero a Él le da igual el resultado, y tampoco se impone, Él sigue a lo suyo: sembrar, entregarse, alimentarnos.
El Señor nos invita hoy a que pensemos sobre cómo es nuestra reacción cuando, después de darnos a los demás, no encontramos ningún resultado aparente en su modo de actuar. ¿Nos venimos abajo pensando que no somos lo suficientemente buenos? ¿Descartamos a esas personas porque no reaccionen frente a lo que reciben gratuitamente? ¿Seguimos a su lado sean cuales sean sus circunstancias y actitudes? Jesús, manso y humilde de corazón, nos señala el camino.
Pablo Erdozáin 2019
Jueves de la 1º semana de Adviento (Mt 7,21.24-27): una vida edificada sobre roca
Comentario del jueves de la 1° semana de Adviento. “Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. Lee y vive el Evangelio. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo.
Evangelio (Mt 7,21.24-27)
No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina.
Comentario
En los Evangelios, Jesús habla en repetidas ocasiones de la llegada del Reino de Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que se trataba de un reino político, de la próxima restauración del antiguo poder de los reyes de Israel. Pero el Señor deja claro que es otro tipo de reino, que incluso está ya presente: “daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros” (Lc 7,21). Como explica Orígenes, Jesús es el reino en persona, Él mismo es el "misterio del reino de Dios" que fue ofrecido a los discípulos.
En el pasaje de la Misa de hoy, Jesús nos explica cómo podemos entrar en contacto con su persona, empleando algunos verbos. No entra en el reino quien dice, quien sólo habla pero no hace nada, quien solo se conforma con llamarse cristiano. Ese hombre no entrará.
En cambio, pueden entrar en su Reino quienes oyen sus palabras y las ponen en práctica. Una manera concreta de oír sus palabras, de escuchar la voluntad de Dios es leer la Palabra de Dios, por ejemplo con una atenta lectura del Evangelio todos los días; y luego, intentar poner en práctica lo que hemos escuchado o leído, haciendo nuestra la vida de Jesús.
“¿Quieres acompañar de cerca, muy de cerca, a Jesús?... Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas”[1].
También la imagen de la edificación de la casa, que concluye esta enseñanza del Señor, representa de manera gráfica lo que ocurre en la vida de todo hombre. Todas las casas sufren lluvias, riadas y vientos, pero solo las vidas fundadas en la roca de la Vida de Jesucristo resistirán a los momentos difíciles y a los sufrimientos.
[1] San Josemaría, Vía Crucis, IXª estación.
Giovanni Vassallo 2019
Viernes de la 1º semana de Adviento (Mt 9,27-31): creer para ver
Evangelio del viernes de la 1° semana de Adviento y comentario al evangelio. “les tocó los ojos diciendo: — Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos”. A veces Dios quiere que le sigamos a oscuras. Es la hora de la confianza, del recogimiento para escuchar con más atención a Cristo, que pasa a nuestro lado.
Evangelio (Mt 9,27-31)
Al marcharse Jesús de allí, le siguieron dos ciegos diciendo a gritos:
— ¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo:
— ¿Creéis que puedo hacer eso?
— Sí, Señor - le respondieron.
Entonces les tocó los ojos diciendo:
— Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe.
Y se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente:
— Mirad que nadie lo sepa.
Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca.
Comentario
Entre los milagros que más hizo el Señor en su vida pública hay uno que le gustaba especialmente: devolver la vista a los ciegos. La vista es el sentido que hoy se considera más importante, quizá porque tenemos la idea de que el conocimiento pasa sobre todo a través de los ojos, en ocasiones, hasta en la fe: “hay que ver para creer”.
En el evangelio de hoy Jesús nos enseña justo lo contrario: “hay que creer para ver”. Al salir de la casa de Jairo, donde ha resucitado a la hija de doce años, se le acercan dos ciegos que empiezan a gritarle para que tenga misericordia de ellos. El Señor parece no hacerles caso y le siguen durante todo el recorrido hasta llegar a la casa donde residía. Como en otras ocasiones, Jesús deja que los que quieren ser curados insistan en su petición. En el caso de los dos ciegos esto tiene el inconveniente de que, no pudiendo ver el camino, le resultaría costoso seguir los pasos de Jesús y de sus discípulos.
A veces Dios quiere que le sigamos a oscuras, cuando en algunos momentos de la vida parece apagarse nuestra fe o el deseo de ser fieles a su voluntad flaquea. Es la hora de la confianza, del recogimiento para escuchar con más atención a Cristo, que pasa a nuestro lado.
Llegado a su destino, el Maestro se deja alcanzar por los dos ciegos y les dirige una pregunta, que parece casi una afirmación: ¿Creéis que puedo hacer eso? Sé que tenéis fe, me lo habéis demostrado siguiéndome hasta aquí, pero necesito escucharlo de vuestros labios. “Si, Señor”, creemos que lo puedes todo. Y “se les abrieron los ojos”, pudieron ver su vida con la luz de Dios.
Jesús insiste con que no se lo cuenten a nadie, para que generaciones enteras de cristianos, como tú y yo, lo puedan experimentar en su propia vida.
2019
Sábado de la 1º semana de Adviento (Mt 9,35-38; 10,1.6-8): obreros en la mies
Evangelio del sábado de la 1° semana de Adviento y comentario al evangelio. “Rogad al señor que envíe obreros a su mies”. El evangelio habla del presente. Hoy nos invita a pedir que haya vocaciones en la Iglesia: de entrega total al sacerdocio, al celibato y a la vida consagrada.
Evangelio (Lc 21, 34-36)
Vigilaos a vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y aquel día no sobrevenga de improviso sobre vosotros, porque caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la tierra. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre.
Comentario
El evangelio de hoy nos ofrece dos medios para estar vigilantes y preparados para cuando el Señor nos llame a su presencia: la oración.
El primero es el examen de conciencia, ofrecido también por la Iglesia desde sus inicios, que se presenta como un modo conveniente para vivir eficazmente nuestra vocación cristiana y también como un medio necesario para acercarnos al sacramento de la misericordia de Dios, a la confesión sacramental.
Examinar la conciencia supone abrir el alma a la luz de Dios, invocando al Espíritu Santo, para ver todo lo que nos separa de Dios, lo que dificulta nuestra unión con Él, para pedirle perdón y poner, con su ayuda, los medios oportunos para evitarlo.
El Señor nos previene contra los ofuscamientos del corazón, fruto de una vida entregada a las demandas de los sentidos; vidas que buscan como fin el placer, o cegueras del alma que son consecuencia de andar preocupados exclusivamente por las cosas temporales.
Esas situaciones conducen a una insensibilidad ante las gracias y misericordias de Dios, que llama a la conversión. La respuesta al Señor se pospone para un mañana o un futuro que nunca llegan o bien se esquivan, para seguir ofuscados en aquello que complace o ante la urgencia de resolver con nuestras solas fuerzas los problemas que se presentan.
El segundo medio es la oración. Un diálogo personal con Dios que nos mantenga en su presencia y nos disponga para secundar dócilmente los dones del Espíritu Santo y alcanzar sus frutos, particularmente la caridad, porque el juicio con el que se abre la eternidad, versará sobre cómo hemos cultivado el talento de amar.
Miguel Ángel Torres-Dulce 2019
2º semana de Adviento

Domingo de la 2° semana de Adviento (Ciclo A: Mt 3,1-12). La voz del Bautista
Evangelio (Mt 3,1-12)
En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea y diciendo:
—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo:Voz del que clama en el desierto:
«Preparad el camino del Señor,
haced rectas sus sendas».
Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre.
Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Al ver que venían a su bautismo muchos fariseos y saduceos, les dijo:
—Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que va a venir? Dad, por tanto, un fruto digno de penitencia, y no os justifiquéis interiormente pensando: «Tenemos por padre a Abrahán». Porque os aseguro que Dios puede hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán. Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego.
»Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. Él tiene en su mano el bieldo y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero; en cambio quemará la paja con un fuego que no se apaga.
Comentario
El evangelio de este segundo domingo de Adviento nos presenta la figura san Juan Bautista en el Jordán. El término adviento era empleado por los historiadores antiguos para describir la llegada a la urbe de los emperadores, después de importantes campañas militares. Toda la ciudad se preparaba para el evento y la entrada triunfal. La Iglesia se prepara también para un adviento, una llegada mucho más importante: la de Hijo de Dios en Navidad, y muy diferente de las que celebraban los poderosos, porque se acerca en la humildad de un niño recostado en un pesebre. La voz del Bautista resuena en este tiempo litúrgico, a través del relato de Mateo, con un mensaje fuerte de conversión personal como medio eficaz para preparar la llegada del Mesías.
Varias cosas llaman la atención en el relato de Mateo. En primer lugar, el marco elegido por el Precursor para ejercer su ministerio. El Bautista no predica en la ciudad concurrida, donde su mensaje podría alcanzar a mucha gente a la vez. En cambio, elige el desierto, lugar inhóspito y poco habitado, que recuerda por contraste el Paraíso perdido por el pecado original (cfr. Gn 2-3). El desierto, quizá, refleja geográficamente la situación de pecado que sufre la Humanidad y sus consecuencias. El desierto fue también el lugar de la prueba para el pueblo de Israel, como narra sobre todo el libro del Éxodo y Números. Y fue el ámbito de sus sucesivas conversiones, gracias a la providente ayuda divina, porque Dios es siempre fiel a la alianza que hizo con su pueblo. De hecho, después de ser bautizado por Juan, el Hijo de Dios vencerá en el desierto las pruebas que el pueblo de Israel no supo superar. El desierto, en definitiva, favorecía el clima necesario de sobriedad y penitencia que Juan demandaba para recibir el bautismo de conversión.
Mateo dice que Juan llevaba «una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre» (v. 4). Basándose en esta descripción, el arte suele representar al Precursor con un porte externo pobre. Es posible suponer, sin embargo, que Juan vistiera así para significar su misión profética. El libro de Zacarías 13,4, por ejemplo, da a entender que los falsos profetas vestían mantos ricos. Las gentes podrían reconocer en Juan, por tanto, a alguien que tenía autoridad para profetizar y que no vestía como los falsos profetas. En cualquier caso, Juan testimoniaba con su ejemplo, su porte austero y digno y su dieta exigente, la disposición interior y la preparación que predicaba y exigía a las gentes.
El evangelista resume la predicación de san Juan con la frase: «convertíos porque está al llegar el Reino de los Cielos» (v. 2). En el texto griego original se utiliza el verbo metanoein, que alude al cambio de opinión y de criterio propio. En el contexto del pasaje, supone una transformación interior en el modo de pensar y vivir, un cambio de planteamiento. Es lo que la tradición de la Iglesia ha condensado siempre con la palabra “conversión”, la cual incluye necesariamente un fuerte sentido de purificación personal. Por eso la versión latina de la Biblia tradujo la frase del Bautista con la expresión “haced penitencia”.
El mensaje del Bautista es exigente, como lo es el evangelio del Reino que predicó Jesús. Siempre corremos el peligro de desear adaptar ese evangelio a nuestro criterio y a nuestras circunstancias actuales. Ciertamente es necesario saber transmitir la fe en cada momento y lugar con el don de lenguas necesario. Pero lo que se deduce del mensaje del Bautista, que se actualiza en este Adviento, es que somos los hombres los que necesitamos adaptarnos al evangelio, con un cambio de mentalidad y actitud, con espíritu de penitencia personal.
Como decía en una ocasión el Papa Francisco, «la voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son —¿cuáles son los desiertos de hoy?— las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (v. 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado»[1].
[1] Papa Francisco, Ángelus, 6 de diciembre de 2015.
Domingo de la 2° semana de Adviento (Ciclo B: Mc 1,1-8) preparad el camino del Señor
Evangelio (Mc 1,1-8)
Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Como está escrito en el profeta Isaías:
Mira que envío a mi mensajero delante de ti,
para que vaya preparando tu camino.
Voz del que clama en el desierto:
“Preparad el camino del Señor,
haced rectas sus sendas”.
Apareció Juan Bautista en el desierto predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados. Y toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Juan llevaba un vestido de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura y comía langostas y miel silvestre. Y predicaba:
– Después de mí viene el que es más poderoso que yo, ante quien yo no soy digno de inclinarme para desatarle la correa de las sandalias. Yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo.
Comentario
Comenzamos en este segundo domingo de Adviento la lectura del Evangelio según san Marcos, que es el que escucharemos la mayor parte de los domingos y solemnidades de este año litúrgico.
En la primera frase se hace una síntesis completa del contenido fundamental de la predicación apostólica testificada en este libro: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (v. 1).
La palabra griega euangelios significa “buena noticia”. ¿Cuál es esa buena noticia que interesa a todas las gentes? Nada más y nada menos que Jesús es el Cristo (es decir, el Mesías, el descendiente de David cuyo reino no tiene fin) y además es el Hijo de Dios hecho hombre que vino al mundo para salvarnos.
El “evangelio”, la proclamación de esta buena noticia, no terminó con lo que se narra en este libro, sino que sigue abierto y cada uno de nosotros estamos llamados a ser protagonistas. Este libro es sólo el “comienzo del Evangelio” como lo señala san Marcos, el lugar en donde encontramos la fuerza y las referencias fundamentales para nuestra vida y para la tarea que nos incumbe a todos los cristianos de hacer llegar este mensaje gozoso a todas las personas de todos los tiempos.
Los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado las intervenciones de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar, y envía mensajeros para consuelen a su pueblo y preparen su venida, de modo que el salvador pueda encontrar cuando llegue las puertas abiertas.
San Marcos menciona al inicio de su Evangelio unas palabras de Malaquías: “Mira que envío a mi mensajero delante de ti, para que vaya preparando tu camino” (Ml 3,1) y otras de Isaías: “Voz del que clama en el desierto: ‘Preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas’” (Is 40,3).
Para preparar el camino a Jesús, Dios envió un precursor, Juan el Bautista. San Marcos lo presenta como un hombre muy sobrio: llevaba un vestido de pelo de camello ceñido con una correa de cuero y se alimentaba con saltamontes y miel silvestre, el alimento más sencillo que podía encontrarse en el desierto de Judea.
En una ocasión, hablando con sus discípulos, Jesús lo contrapone a los poderosos que “llevan finos ropajes” y “se encuentran en los palacios reales” (Mt 11,8). Este ejemplo es particularmente oportuno en estas fechas, señalaba Benedicto XVI, “especialmente en preparación para la fiesta de Navidad, en la que el Señor –como diría san Pablo– ‘siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza’ (2 Co 8, 9)”[1].
El mensaje de Juan el Bautista no se limita a ofrecer su testimonio de un estilo de vida sobrio, sino que va más allá, con un enérgico llamamiento a la conversión. Sus palabras mueven a llevar a cabo un profundo cambio interior que comienza por el reconocimiento y la confesión de los propios pecados.
En este tiempo de Adviento su figura y su predicación nos invitan a entrar en nosotros mismos para hacer un examen sincero de nuestra vida y preparar el camino del Señor, rectificando nuestros caminos en todo lo que nos hayamos apartado de Él.
“El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza –decía san Josemaría–. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!”[2].
[1] Benedicto XVI, Ángelus, 4 de diciembre de 2011.
[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 11.
Francisco Varo
Domingo de la 2° semana de Adviento (Ciclo C: Lc 3, 1-6).
El anhelado nos anhela. “Recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados”. El Adviento nos invita con la figura de Juan Bautista a pedirle a Dios el deseo de preparar el alma para la llegada del Señor.
Evangelio (Lc 3, 1-6)
El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdote Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados, tal como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
“Voz del que clama en el desierto:
«Preparad el camino del Señor,
haced rectas sus sendas.
Todo valle será rellenado,
y todo monte y colina allanados;
los caminos torcidos serán rectos,
y los caminos escarpados serán llanos.
Y todo hombre verá la salvación de Dios»”.
Comentario
El interés de san Lucas por ofrecer datos tan exactos sobre el nacimiento de Jesús nos lleva fácilmente a una conclusión: estamos delante de un acontecimiento histórico. El Verbo se encarnó en un momento concreto, en un lugar concreto, en unas circunstancias concretas. Nada de esto es indiferente, porque aquí nos jugamos todo. De lo que está escrito en el Evangelio depende toda nuestra vida. De que Dios haya querido participar de la historia de la humanidad depende, por lo tanto, la configuración de nuestra existencia personal.
Además, en el caso de Cristo, se da una particularidad: Él es la realización de todos los anhelos humanos. Él es deseado de todas las naciones[1], como lo llama el profeta Ageo. De otro modo, no se entendería que a lo largo de tantas épocas encontremos vaticinios y profecías que nos hablen de la venida del Mesías, y que todos y cada uno hallen su realización en la Persona de Jesús.
Podríamos ir todavía más allá, porque la venida de Jesús requirió de un Precursor, Juan Bautista, pero también la venida del Precursor fue anunciada por Isaías. La plenitud de los tiempos[2], ese momento histórico en que Cristo puso su morada entre los hombres[3], era un momento tan crucial, que Dios decidió prepararlo con supremo cuidado: no solo enviando a un hombre para anunciarlo, sino también anunciando que vendría el anunciante. Como para que nadie tenga dudas ni diga que no le avisaron.
El papel de Juan Bautista es decisivo en este tiempo de Adviento, porque le pone rostro y nombre a la delicadeza con la que Dios nos propone su plan: porque nosotros estamos destinados a compartir la vida de Cristo, y por tanto el Señor también ha ido disponiendo y preparando las cosas para la realización de nuestro encuentro personal con Él. Es sorprendente, y la preparación para la Navidad apunta a eso: a que redescubramos con capacidad de asombro renovada que el deseado de todos los siglos está deseando habitar en nuestros corazones.
El anhelado nos anhela. Seguramente esa convicción movía el corazón del Bautista, y por eso desempeñó su tarea profética con tanto ardor: porque descubrir eso y abrirse a ese anuncio es el inicio de la salvación. Por eso, este tiempo de Adviento es muy propicio para tratar con frecuencia en nuestra oración a san Juan Bautista, y pedirle que nos consiga de Dios sus mismos deseos de preparar el alma para la llegada del Señor.
Pero para eso, deberemos acoger su mensaje de penitencia: es bueno no olvidar que estamos en un tiempo de conversión, que no implica hacer grandes cosas, sino quizás ofrecer con más cariño y alegría al Señor lo propio de nuestro día a día, como Juan ofrecería las incomodidades del desierto y José y María ofrecerían las molestias y contrariedades del camino hacia Belén.
[1] Cfr. Ageo 2, 7.
[2] Cfr. Gálatas 4, 4.
[3] Cfr. Juan 1, 14.
Luis Miguel Bravo Álvarez
Lunes de la 2º semana de Adviento (Lc 5,17-26). Jesús, médico de los pecadores
Evangelio (Lc 5,17-26)
Estaba Jesús un día enseñando. Y estaban sentados algunos fariseos y doctores de la Ley, que habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén. Y la fuerza del Señor le impulsaba a curar. Entonces, unos hombres, que traían en una camilla a un paralítico, intentaban meterlo dentro y colocarlo delante de él. Y como no encontraban por dónde introducirlo a causa del gentío, subieron al terrado, y por entre las tejas lo descolgaron en la camilla hasta ponerlo en medio, delante de Jesús. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo:
—Hombre, tus pecados te son perdonados.
Entonces los escribas y fariseos empezaron a pensar: «¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?»
Pero conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo:
—¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, y anda»? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados —se dirigió al paralítico—, a ti te digo: levántate, toma tu camilla y marcha a tu casa.
Y al instante se levantó en presencia de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa glorificando a Dios.
El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios. Y llenos de temor decían:
—Hoy hemos visto cosas maravillosas.
Comentario
Justo de después de haber leído en la sinagoga de Nazaret ese texto de Isaías que habla de la redención de los cautivos, la curación de los ciegos y la liberación de los oprimidos (Is 61,1-2), auténtico programa de su propio ministerio, el Señor comienza a realizar curaciones.
En el evangelio de la misa de hoy leemos estas palabras: la fuerza del Señor le impulsaba a curar. Todo en Jesús es vida, y de esa plenitud está deseando hacernos partícipes. El Señor no se queda indiferente ante la ausencia de vida, ya sea física, ya sea espiritual. Y nos invita una y otra vez a compartir ese mismo sentir.
Ese halo de vida atrae a numerosas personas que buscan ser curadas. Se trata ahora de un paralítico, al que traen en camilla. Pero los hombres que lo traen no se conforman con acercarse todo lo que pueden. No. Quieren poner al enfermo ante Cristo. Ante su rostro. Al alcance de sus manos. Y no escatiman esfuerzos para poder hacerlo.
También su ejemplo llama a nuestro corazón y nos instruye. Todo estamos ante Dios, nada nuestro le permanece oculto. Pero hay entre Él y nosotros una especie de cortina o velo que somos invitados a descorrer. Y eso lo hacemos buscándole, encontrándole y amándole. Con fe en su Presencia transformadora.
Ante las enfermedades, lo que Jesús otorga es la semilla de la salud de toda la persona. Jesús abre la puerta a la vida eterna. Lo único que nos impide atravesarla es el pecado, pecado que nos tiene esclavos y que hasta puede llegar a hacernos no desear el cielo.
San Pablo nos diría que en el origen de toda enfermedad del cuerpo está la muerte que entró en el mundo cuando Adán le abrió su corazón. Esa muerte se quiere afincar en nosotros. Y de esa enfermedad es de la que en primer lugar debemos curarnos.
Porque sanos en el espíritu nos haremos acreedores de la transformación de nuestro cuerpo mortal en glorioso. Toda carencia física de ahora es pasajera. Y aunque desear suplirla es una cosa buena, Jesús nos dice que solo un corazón limpio de pecado es garantía de una existencia eterna sin carencias.
Juan Luis Caballero
Martes de la 2º semana de Adviento (Mt 18,12-14): Jesús no redondea cifras
Evangelio (Mt 18,12-14)
"Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte y saldrá a buscar la que se le había perdido?”. Podemos pasar por malos momentos en nuestra vida. Jesús, sin embargo, irá a buscarnos.
Comentario
Jesús es ese pastor que aparece anónimamente en la historia de la oveja perdida. Su grey es grande: las cien ovejas de esta parábola significan a toda la Humanidad. Sin embargo, por más numeroso que sea su rebaño, no le da igual perder a una sola de sus ovejas. Jesús no redondea la cifra de noventainueve hacia cien: si le falta una oveja, él siente que su rebaño está incompleto. Irá a buscar a la perdida por las montañas, las cañadas, los valles y no parará hasta encontrarla…
En “los pequeños” (v. 14) que el Padre no quiere perder podemos ver retratada a cada persona en su singularidad. La Iglesia es el rebaño de Jesús, y ahí nadie es tan pequeño que ya no haga falta contar con él, no hay nadie que acabe sobrando o que podamos dejar al margen sin ningún reparo. Como recuerda frecuentemente el papa Francisco, nadie puede considerarse objeto de descarte.
El evangelio de hoy nos llena de seguridad. Podemos pasar por malos momentos en nuestra vida, somos débiles y capaces de perdernos por el camino. Jesús, sin embargo, irá a buscarnos, nos dará una nueva oportunidad para volver a su lado; ojalá seamos lo suficientemente humildes para reconocer nuestros errores en ese momento y abrirnos a la gracia de Dios.
Este evangelio es también una llamada: ser cristianos es compartir los sentimientos de Jesús y no ser indiferentes cuando nos enteramos de que alguien se está quedando fuera del rebaño. Estamos llamados a emprender el camino y a acercarnos a esa persona para ayudarle a salir del aislamiento. Con nuestra oración, tiempo y comprensión, podemos ser instrumentos para que vuelvan a la vida de la Iglesia.
Rodolfo Valdés
Miércoles de la 2º semana de Adviento (Mt 11,28-30): el suave yugo del amor
Evangelio (Mt 11,28-30)
«Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera».
Comentario
El evangelio de la misa de hoy nos recuerda unas consoladoras palabras de Jesús: su invitación a acercarnos a él para recibir ayuda y consuelo en el camino. Jesús nos invita a ir a Él pero, en realidad, ya está a nuestro lado, y acercarse a él es tan fácil como confesarle con el corazón y con la boca.
Sin él no podemos caminar. Sin él no podemos vivir. Aquellos mártires del siglo IV que en su día dijeron Sine dominico non possumus (“No podemos vivir sin celebrar el Día del Señor”) expresaron maravillosamente esta idea y dieron testimonio de su verdad derramando su sangre.
Es curioso que Jesús nos ofrezca alivio y que, al mismo tiempo, nos pida llevar su yugo. Las palabras del Señor son siempre un reto: tanto de comprensión como de aceptación.
Sin embargo, si nosotros le hubiéramos acompañado y le hubiéramos visto predicar, sanar, llorar, cansarse y descansar, sus palabras no nos llamarían tanto la atención. Le hubiéramos oído decir que su Padre no deja de trabajar y que él también trabaja (Jn 5,17), y lo hubiéramos visto alegre a pesar del esfuerzo, del cansancio e, incluso, del rechazo.
Y ese ejemplo es el que nos revela lo que es el amor. Porque el amor es un yugo, pero es un yugo suave. El amor de verdad es “subordinarse” al amado, entregarse al amado, hacerse frágil por él. El amor es olvido de uno mismo y un vivir para el otro. Pero eso es especialmente costoso en un mundo en el que ha entrado el pecado. Y ese yugo es el que nos invita a tomar.
Jesús nos invita a compartir su corazón. El camino del amor solo es hacedero para quien es manso y humilde de corazón. Porque el amor es mansedumbre y misericordia. Porque el amor es necesariamente humilde. No es posible que el amor arraigue en un corazón que no tiene dominio de sí mismo. Y solo se tiene dominio de uno mismo si es Cristo el que reina en nosotros.
No es posible que haya amor donde no hay comprensión, perdón y compasión. No es verdadero amor el que no es humilde, el que deja de darse cuando no recibe a cambio, el que se da porque busca algo a cambio.
Juan Luis Caballero
Jueves de la 2º semana de Adviento (Mt 11, 11-15): la lucha del cristiano
Evangelio (Mt 11, 11-15)
En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.
Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan. Porque todos los Profetas y la Ley profetizaron hasta Juan. Y si queréis comprenderlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos que oiga.
Comentario
Las palabras de Jesús que la Iglesia nos propone en el evangelio de hoy nos hablan de Juan el Bautista, de quien el Señor afirma que es un profeta y más que un profeta, porque “no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor” él.
Es un gran elogio a Juan, es más mayor que los grandes profetas y reyes de Israel porque “todos los Profetas y la ley profetizaron hasta Juan”.
Este Reino desde Juan “padece violencia”; el mismo Bautista está encarcelado por haber dado testimonio de la verdad. Y esa realidad se mantiene hasta el día de hoy. El seguir a Jesús, el pisar en donde él pisó, el ser discípulo de Cristo y vivir conforme a sus enseñanzas nos implica esfuerzo.
El mismo Señor cuando nos invita a seguirlo nos avisa que “si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”. Como nos recuerda San Josemaría “esa fuerza no se manifiesta en la violencia contra los demás: es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario”. Esta lucha y este esfuerzo, lejos de entristecernos, nos llenarán de paz y de alegría porque nos facilitarán estar más cerca de Dios.
Sebastián Puyal
Viernes de la 2º semana de Adviento (Mt 11, 16-19): el querer de Dios
Evangelio (Mt 11, 16-19)
«¿Con quién voy a comparar a esta generación? Se parece a unos niños que se sientan en las plazas y les reprochan a sus compañeros:
«Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis hecho duelo».
Porque ha venido Juan, que no come ni bebe y dicen: «Tiene un demonio». Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: «Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores».
Pero la sabiduría queda acreditada por sus propias obras.
Comentario
En este pasaje del Evangelio Jesús les reprocha a aquellos que escuchaban su predicación y veían su conducta, que nada de lo que él hiciera les parecía bien: acusaban a Juan de “que no come ni bebe” y a Jesús de ser un “comilón y bebedor”. Por ello, Jesús terminará remitiéndose a sus “obras” (v. 19): serán ellas las que acrediten la verdad de su ser y de su misión.
En ocasiones nuestro corazón puede llegar a asemejarse al de estos contemporáneos del Señor, si en nuestro corazón no tenemos la profunda determinación de cumplir la voluntad de Dios. Si carecemos de esa disposición interior nunca serán suficientes las luces en la oración ni los argumentos que nos ayuden a seguir el querer divino.
Por el contrario, cuando en verdad queremos que la voluntad de Dios se cumpla en nuestra vida qué fácil brotan en nuestra oración determinaciones de arrancar aquello que no va y que sabemos que ofende a Dios. Y también surgen los deseos de crecer en generosidad y en el amor a Dios; tendremos las luces suficientes para entregarnos del todo al querer de Dios.
Sebastián Puyal
Sábado de la 2º semana de Adviento (Mt 17, 10-13): conversión del corazón
Evangelio (Mt 17, 10-13)
Sus discípulos le preguntaron:
–¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?
Él les respondió:
– Elías ciertamente vendrá y restablecerá todas las cosas. Pero yo os digo que Elías ya ha venido y no lo han reconocido, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del Hombre va a padecer en mano de ellos.
Entonces comprendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista.
Comentario
Las palabras del Señor que se recogen en el evangelio de la misa de hoy forman parte de un diálogo que Jesús tiene con sus discípulos al bajar del monte después de su transfiguración. Pedro, Santiago y Juan acaban de ser testigos de la gloria del Señor, lo vieron hablando con Moisés y Elías, y escucharon la voz del Padre que lo señala como su Hijo.
De acuerdo con una creencia de la época se esperaba que “Elías debía venir primero”. Se les acaba de revelar que Jesús es el Mesías; por tanto, la pregunta sobre Elías es muy lógica. Jesús les aclara que el Bautista es quien desempeñó la labor de Elías.
El cometido que lleva a cabo San Juan Bautista es el de preparación para la venida del Señor, él mismo afirmará: “vosotros mismos sois testigos de que dije: «Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de Él».
En estos días de adviento la predicación y la figura del Bautista desempeñan nuevamente su misión: prepararnos a nosotros para la venida del Señor en Navidad. Pidamos la gracia de una nueva conversión que nos mueva e impulse a amar más al Señor; amor que muchas veces se manifestará en una preocupación auténtica y sincera por los pobres, los marginados y los enfermos, sabiendo reconocer en ellos al Niño Dios.
Sebastián Puyal
3º semana de Adviento

Domingo de la 3º semana de Adviento (Ciclo A: Mt 11,2-11)
Evangelio (Mt 11,2-11)
Entretanto Juan, que en la cárcel había tenido noticia de las obras de Cristo, envió a preguntarle por mediación de sus discípulos: — ¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro? Y Jesús les respondió: — Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí. Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la multitud: — ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que llevan finos ropajes se encuentran en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti, para que vaya preparándote el camino. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.
Comentario
Este texto del Evangelio, correspondiente a la tercera semana de adviento, nos invita a prepararnos para el encuentro con el Señor, guiados por la predicación de Juan Bautista.
La persona y el mensaje de Juan habían impresionado profundamente a las gentes de Judá. En aquel tiempo, una efervescencia de esperanzas mesiánicas suscitaba el anhelo de una pronta intervención salvadora de Dios a favor de su pueblo. Después de siglos en los que el Señor no había enviado ningún profeta, la personalidad austera de Juan y su llamada a la conversión lo acreditaban como un enviado del Señor. Máxime cuando no buscaba para sí ningún protagonismo, sino que anunciaba una nueva y pronta intervención divina en la historia, por medio de alguien mayor que él, cuya llegada era inminente.
Juan es aquel de quien está escrito en el Antiguo Testamento: “Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti, para que vaya preparándote el camino”. La primera parte de la frase está tomada del libro del Éxodo (Ex 23,20) y se refiere en primera instancia a Moisés, a quien el Señor había enviado para que guardase y guiase a su pueblo en su peregrinación por el desierto, camino de la tierra prometida. La segunda parte de la frase procede de una reelaboración hecha por Malaquías de ese pasaje del Éxodo, en el que ese mensajero ya no es Moisés, sino alguien que vendrá después que él, pero que también tendrá la misión de preparar una gran intervención divina: “ved que yo envío mi mensajero a preparar el camino delante de Mí” (Ml 3,1). Ambos textos bíblicos anuncian una pronta intervención salvadora de Dios, que viene para juzgar y salvar, e invitan a abrir la puerta del corazón para que, cuando llegue, pueda entrar y sanarlo. Estas palabras, que habían alimentado la esperanza de muchas generaciones de hombres y mujeres fieles en el pueblo de Dios, se hicieron realidad en Jesús tras el anuncio realizado por Juan Bautista.
Leídas hoy, a falta de pocos días para la celebración del nacimiento en Belén del Hijo de Dios hecho hombre, también alimentan nuestra esperanza y nos invitan a prepararnos a fondo para abrirle paso a nuestros corazones, de modo que pueda entrar, y disponer allí su aposento.
¿Qué sucedió a quienes en aquel momento, siguiendo la predicación de Juan el Bautista a la penitencia, acogieron bien a Jesús? Lo que todos podían constatar: “los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio” (v.5). Pudieron experimentar el efecto sanador, transformador y revitalizador de la acción divina en cada uno.
A la vez, quienes se dejan sanar y transformar por el Señor, serán tan buenos amigos de él, que ellos mismos podrán ir por el mundo sembrando esa paz y esa esperanza que fue sembrando el Maestro en sus caminos por la tierra. Así lo hacía considerar san Josemaría: “Estos milagros sigue haciéndolos ahora el Señor, por vuestras manos: gentes que no veían, y ahora ven; gentes que no eran capaces de hablar, porque tenían el demonio mudo, y lo echan fuera y hablan; gentes incapaces de moverse, tullidos para las cosas que no fueran humanas, y rompen aquella quietud, y realizan obras de virtud y de apostolado. Otros que parecen vivir, y están muertos, como Lázaro: ‘Iam fatet, quatriduanus est enim’ (Jn 11,39). Vosotros, con la gracia divina y con el testimonio de vuestra vida y de vuestra doctrina, de vuestra palabra prudente e imprudente, los traéis a Dios, y reviven”[1].
[1] S. Josemaría, En diálogo con el Señor (Rialp: Madrid, 2017), cap. 15, n. 5f.
Domingo de la 3° semana de Adviento (Ciclo B).no soy digno de desatarle la correa
Evangelio (Jn 1,6-8. 19-28)
Hubo un hombre enviado por Dios,que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.
No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.
Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Entonces él confesó la verdad y no la negó, y declaró:
—Yo no soy el Cristo.
Y le preguntaron:
—¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?
Y dijo:
—No lo soy.
—¿Eres tú el Profeta?
—No, respondió.
Por último le dijeron:
—¿Quién eres, para que demos una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?
Contestó:
—Yo soy la voz del que clama en el desierto:
«Haced recto el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.
Los enviados eran de los fariseos. Le preguntaron:
—¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?
Juan les respondió:
—Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.
Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
Comentario
El evangelio del tercer domingo de Adviento nos narra el testimonio que dio Juan Bautista a los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén. En tiempos de Jesús latía una fuerte expectación mesiánica generalizada, hasta el punto de que, como describe el historiador Flavio Josefo, bastantes personajes se proclamaban a sí mismos el mesías prometido por Dios para liberar al pueblo. Debía ser tan grande la fama de santidad del Bautista, que las autoridades religiosas quisieron preguntarle directamente por su identidad y actividad.
El evangelista ya nos ha aclarado en su prólogo quién es Juan para que entendamos la escena de su testimonio: era “un hombre enviado por Dios” que “vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran”. Detrás de las preguntas que las autoridades le hacen a Juan —“¿tú quién eres?”; “¿eres tú Elías?”; “¿eres tú el Profeta?”—, se entrevén algunas corrientes religiosas de entonces, entre las cuales estaba la creencia de que Elías llegaría justo antes del advenimiento del mesías, así como se creía en la llegada de otro profeta precursor y de identidad indeterminada. Jesús aclarará más tarde a sus discípulos que en realidad Juan podía ser identificado con Elías (cfr. Mt 17,12).
En cualquier caso, y a pesar de su prestigio, san Juan ataja inmediatamente cualquier intento de ensalzar su persona o cualquier sombra de protagonismo. El Bautista predicaba así con su ejemplo la humilde disposición interior que exigía a las gentes y que sigue siendo un reclamo actual para nosotros. Como expresaba san Josemaría, “hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya”[1].
A propósito de este tiempo de Adviento y del evangelio de hoy cabe mencionar la antigua costumbre de los emperadores de Roma de realizar advientos, es decir, llegadas triunfales a la urbe, con todo un séquito de sirvientes, el ejército e incluso un desfile de enemigos derrotados. La llegada del emperador se convertía en símbolo de victoria y grandeza. En cambio, el adviento del Señor en Belén fue discreto y sencillo, como lo fue cuando apareció a orillas del Jordán, o a lomos de un burro en Jerusalén.
Esa misma llegada discreta se produce ahora en la eucaristía, en nuestro quehacer diario y en las necesidades de los demás. Ante esos sucesivos advientos del Señor, corremos el riesgo de engrandecernos nosotros, sin dejarle espacio en nuestros horarios e intereses. Y el tiempo litúrgico del Adviento nos invita, por medio de la voz de Juan que clama en el desierto, a una nueva conversión y una exigente preparación para la venida del Señor.
Al mismo tiempo, la liturgia nos recuerda que ese dejar crecer a Cristo no nos apoca ni entristece, sino todo lo contrario, al igual que le sucedió al Bautista, que se llenó de alegría cuando vio llegar al Mesías. Como recordaba Benedicto XVI, “la liturgia de este domingo, llamado Gaudete, nos invita a la alegría, a una vigilancia no triste, sino gozosa. (…) La verdadera alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, ni algo que se logra con el propio esfuerzo, sino que es un don, nace del encuentro con la persona viva de Jesús, de hacerle espacio en nosotros, de acoger al Espíritu Santo que guía nuestra vida. (…) En este tiempo de Adviento reforcemos la certeza de que el Señor ha venido en medio de nosotros y continuamente renueva su presencia de consolación, de amor y de alegría. Encomendemos nuestro camino a la Virgen Inmaculada, cuyo espíritu se llenó de alegría en Dios Salvador. Que ella guíe nuestro corazón en la espera gozosa de la venida de Jesús, una espera llena de oración y de buenas obras”[2].
[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 58
[2] Benedicto XVI, Ángelus, 11 de diciembre de 2011.
Pablo M. Edo
Domingo de la 3º semana de Adviento (Ciclo C: Lc 3,10-18)
“Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: - Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Cómo el bautismo practicado por Juan exigía una conversión de vida, así la espera del Adviento es la ocasión de un cambio en el camino de la santidad.
Evangelio (Lc 3,10-18)
Las muchedumbres le preguntaban: - Entonces, ¿qué debemos hacer? Él les contestaba: - El que tiene dos túnicas, que le dé al que no tiene; y el que tiene alimentos, que haga lo mismo.
Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: - Maestro, ¿qué debemos hacer? Y él les contestó: - No exijáis más de lo que se os ha señalado.
Asimismo le preguntaban los soldados: - Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer? Y les dijo: - No hagáis extorsión a nadie, ni denunciéis con falsedad, y contentaos con vuestras pagas.
Como el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban en su interior si acaso Juan no sería el Cristo, Juan salió al paso diciéndoles a todos: - Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias: él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. Él tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con un fuego que no se apaga.
Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva.
Comentario
El evangelio de Lucas nos presenta después de los acontecimientos de la infancia de Jesús, la misión de Juan el Bautista. Este hombre de Dios, considerado el último de los profetas, punto de conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, recorría la región del Jordán predicando y bautizando.
Tal era su sabiduría que las muchedumbres se acercaban a él para preguntarle qué tenían que hacer, qué vida tenían que llevar para convertirse de verdad. En efecto los que se acercaban a Juan sabían que el bautismo no era sólo un símbolo sino la señal del principio de una vida nueva. En la historia de la salvación el agua siempre marca un cambio, como en el diluvio universal que limpia el mundo de todos los pecados, o el paso del Mar Rojo que abre un camino de libertad al pueblo de Israel.
Juan tiene una palabra para toda categoría de personas: publicanos, soldados y gente común. A cada uno enseña un camino de conversión que lleva a pensar en los demás, a servir a la sociedad, a practicar la justicia, a huir de la murmuración.
El Adviento es para todos los cristianos un camino de conversión que se manifiesta en actos de penitencia y oración pero requiere un cambio de vida. Y nosotros también le podemos preguntar al Señor qué es lo que quiere de cada uno: “¿Qué tenemos que hacer?”. No es indiferente nuestra conducta, como explica el Bautista en la conclusión del pasaje que hemos leído: el Señor “tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con un fuego que no se apaga”. Antes de que empiece la misión pública del Mesías, el Precursor nos recuerda la seriedad del pecado en nuestra vida, la seriedad del juicio, y nos invita a la conversión.
El “pueblo estaba expectante”, nos dice el evangelio. Nos encontramos en un tiempo de espera, como es el Adviento y toda la vida sobre la tierra. Estamos esperando al Salvador, estamos esperando el comienzo del Reino de Dios y la venida definitiva de Jesús. Pero la espera no puede ser algo pasivo, sino una actitud dinámica que requiere una continua y nueva conversión.
Esta es la invitación de la Iglesia en estos últimos días de espera: “¡permaneced así, queridísimos míos, firmes en el Señor! [...] El Señor está cerca.” (Fil 4,1.5).
Giovanni Vassallo
Lunes de la 3º semana de Adviento (Mt 21,23-27).
Evangelio (Mt 21,23-27)
Llegó al Templo, y mientras estaba enseñando se le acercaron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo, y le preguntaron:
—¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado tal potestad?
Jesús les respondió:
—También yo os voy a hacer una pregunta; si me la contestáis, entonces yo os diré con qué potestad hago estas cosas. El bautismo de Juan ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?
Ellos deliberaban entre sí: «Si decimos que del cielo, nos replicará: “¿Por qué, pues, no le creísteis?” Si decimos que de los hombres, tememos a la gente; pues todos tienen a Juan por profeta». Y respondieron a Jesús:
—No lo sabemos.
Entonces él les dijo:
—Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas.
Comentario
La entrada de Jesús en Jerusalén y el modo en que se desenvolvía en el Templo había generado una gran inquietud entre los que entonces eran los jefes del pueblo de Israel. Jesús había expulsado del Templo a los mercantes, hacía milagros llamativos y predicaba con fuerza el Evangelio. Los jefes quieren que Jesús justifique su actuación, y por eso le preguntan de dónde saca su potestad, con qué autoridad se atreve a poner en duda el modo en que ellos enseñaban la fe de Israel.
Podría dar la impresión de que, con su pregunta sobre el bautismo de Juan, el Señor está evadiendo de un modo astuto la situación comprometida. Pero Jesús no está escapando a la pregunta, sino que señala la condición para comprenderlo a Él. Reconocer el bautismo de Juan es reconocer que había llegado un tiempo de gracia, de purificación de la mirada y de apertura a la acción salvadora de Dios. La gente humilde era capaz de admitir esa novedad y alegrarse con ella, mientras que los jefes del pueblo se empeñaban en no ver.
En Adviento, la Iglesia nos invita a reconocer la presencia del Señor en nuestras vidas. El Evangelio de hoy nos recuerda que Dios no actúa con violencia, no se impone: para Él, sus triunfos consisten en conquistar un poco de ese amor que libremente le podemos dar. Cuando le damos ese amor que nos pide –por ejemplo cuidando mejor nuestra oración diaria– entonces estamos en mejores condiciones de comprender cómo se hace presente en nuestra vida: su paz nos inunda, y somos capaces de compartirla con quienes nos rodean.
Rodolfo Valdés
Martes de la 3º semana de Adviento (Mt 21,28-32).
Evangelio (Mt 21,28-32)
¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña». Pero él le contestó: «No quiero». Sin embargo se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: «Voy, señor»; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?
—El primero –dijeron ellos.
Jesús prosiguió:
—En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os arrepentisteis después para poder creerle.
Comentario
Una de las grandes frustraciones de los padres es notar la rebeldía de sus hijos. Con buena intención, les suelen pedir que realicen tareas o encargos que, a final de cuentas, serán para su propio bien. Y, sin embargo, los hijos en ocasiones dicen ese tajante “no quiero”.
La parábola que propone hoy el Señor en el Evangelio retrata la triste situación de un hijo rebelde que no quiere trabajar en la propiedad de su padre. ¿Qué motivos tendría detrás de aquel “no quiero”? Pueden ser la pereza, el orgullo, el egocentrismo… En ese “no quiero” estamos retratados todos los hombres cuando nos cerramos a la gracia de Dios que nos impulsa a salir de nosotros mismos.
Pero la historia de aquel hijo no termina mal. Sabe rectificar y, sin mayor espectáculo, va y hace la voluntad de su padre. No busca justificaciones para su retraso, sino que demuestra con sus hechos que está arrepentido y que sí le interesan las cosas de su padre.
La historia de este hijo es una imagen de la conversión que podemos tener en el tiempo de Adviento: han pasado ya unas cuantas semanas y quizá todavía notamos que podemos prepararnos mejor para la Navidad. El Señor nos está llamando a trabajar con la alegría de ser hijos suyos. Todavía estamos a tiempo, todavía nos podemos levantar e ir a donde el Señor nos espera. Basta un acto de contrición sincera y pedirle que nos ayude con su gracia. Así arrancaremos una sonrisa a nuestro Padre Dios.
Rodolfo Valdés
Miércoles de la 3º semana de Adviento (Lc 7, 19-23).
Evangelio (Lc 7,19-23)
Y Juan llamó a dos de ellos, y los envió al Señor a preguntarle:
—¿Eres tú el que va a venir o esperamos a otro?
Cuando aquellos hombres se presentaron ante él le dijeron:
—Juan el Bautista nos ha enviado a ti a preguntarte: «¿Eres tú el que va a venir o esperamos a otro?».
En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades, de dolencias y de malos espíritus y dio la vista a muchos ciegos. Y les respondió:
—Id y anunciadle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí.
Comentario
Los discípulos de Juan el Bautista entraron en contacto con Jesús en unas circunstancias críticas para ellos. Su maestro, después de una predicación que había sacudido al pueblo de Israel, había sido encarcelado. Podría parecer en ese momento que su misión había llegado al fracaso.
En esa situación de desánimo, Juan no se quedó inactivo. Continuó con su misión de señalar la presencia del Ungido de Dios, pero en esta ocasión de una manera más sutil. De ahí que pida a sus discípulos que vayan y le pregunten directamente a Jesús si es en Él en quien deben de poner sus esperanzas: «¿Eres tú el que va a venir o esperamos a otro?».
El Evangelio apunta que justo en ese momento el Señor realizó muchas curaciones y prodigios. Así, aquellos dos tuvieron una experiencia en primera persona de quién es Cristo y podrían decir que habían visto y oído las maravillas que obra.
Jueves de la 3º semana de Adviento (Lc 7,24-30)“¿Qué salisteis a ver? ¿un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta”. La finalidad de la vida de san Juan Bautista era dar a conocer a Jesús. Y esa es la gran aspiración del hombre, aquello que colma su corazón por completo: conocer, tratar y amar a Dios sobre todas las cosas.
Evangelio (Lc 7,24-30)
Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él”. Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recogiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos.
Comentario
Dios es un Padre que desea lo mejor para cada uno de nosotros, sus hijos. Nadie es abandonado a su suerte, sino que Dios nos prepara el camino para que seamos inmensamente felices. Él cuenta con nosotros para seguir ese camino con nuestro libre albedrío e, incluso, para diseñarlo juntos.
El Evangelio termina diciendo que los fariseos frustraron el plan de Dios para el pueblo. Estas palabras tienen mucha fuerza, porque en ellas se indica que el hombre puede cambiar los planes de Dios, con las consecuencias que eso tiene en nuestra vida.
Pero también se indica en el Evangelio una maravillosa realidad, Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. Dios ha pensado en mí, yo soy muy importante para Dios. Tú y yo podemos cumplir aquello que Dios quiere para nosotros, o en cambio, podemos abandonar lo mejor para nosotros e irnos por nuestro propio camino. La felicidad del hombre depende de esta elección.
Un posible camino que podemos recorrer al margen de Dios es el de los placeres. Cada uno de nosotros podemos abandonarnos a esos bienes como si fueran el camino de la felicidad. Estos bienes son solo aparentes. Aunque puedan dar cierta satisfacción momentánea, no colman las aspiraciones más profundas del hombre. Cuando se buscan como fin, dejan una sensación de vacío y hastío. En el fondo sabemos que la respuesta a la pregunta de la felicidad no está ahí. Solamente Dios es capaz de satisfacer nuestros deseos. Por eso Jesús pregunta a la gente ¿qué salisteis a ver? No fueron a los palacios, salieron a ver algo distinto, pero a la vez muy atractivo, un camino mucho más apasionante.
Juan Bautista vivía muy sobriamente, con lo mínimo indispensable. Su finalidad no era el placer ¿qué hacía entonces Juan? Predicaba la palabra de Dios. Ahí tenemos la respuesta. Aquello que intuimos, y que colma nuestro corazón humano, es Dios, es su palabra, es conocerle y tratarle.
Tú y yo, cada día, nos enfrentamos en múltiples ocasiones, a momentos en que buscamos nuestro propio placer, o buscamos a Dios y a los demás, a través de la caridad. Juan Bautista vivía para los demás. La finalidad de su vida era predicar la venida de Jesús, darle a conocer. Y esa es la gran aspiración del hombre, aquello que colma su corazón por completo: conocer, tratar y amar a Dios sobre todas las cosas.
4 º semana de Adviento

Domingo de la 4 º semana de Adviento (Ciclo A: Mt 1,18-24)
Comentario al Evangelio: “Y le puso por nombre Jesús”
Evangelio (Mt 1,18-24)
La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:
Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
a quien pondrán por nombre Emmanuel —que significa Dios-con-nosotros.
Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.
Comentario
A las puertas de la Navidad, el evangelio del cuarto domingo de Adviento recoge el relato del nacimiento de Jesús según san Mateo, que empieza con la expresión «la generación de Jesús fue así». Esta peculiar frase atrajo la atención de algunos Padres de la Iglesia, porque con ella Mateo da a entender que la generación de Jesús necesita ser contada: fue especial y única. “Como quien va a decir una cosa nueva –decía san Juan Crisóstomo− (Mateo) promete narrar la manera de realizarse esta generación; no fuera a suceder que al oír las palabras "esposo de María" cualquiera pensase que Cristo había nacido según la ley general de la naturaleza”[1]. En cambio, el evangelista señala con su relato que la concepción de Jesús fue sin la intervención de un hombre, que fue por tanto virginal y milagrosa: por la acción del Espíritu Santo. Y en los hechos sucedidos se cumplían además las Escrituras y, en concreto, el famoso vaticinio de Isaías 7,14, que anunciaba el nacimiento del Emmanuel de una virgen.
Cuenta Mateo que cuando María concibe en el seno al Señor, ella y José ya estaban desposados; es decir, habían hecho los compromisos matrimoniales llamados qiddûshîn, pero todavía no habían celebrado sus bodas (nissûîn), en las que la esposa era recibida en casa del esposo y empezaban a vivir juntos. No obstante, la primera ceremonia tenía ya todos los efectos jurídicos de cualquier matrimonio. Entre ambos acontecimientos se produce precisamente la concepción “por obra del Espíritu Santo” (v. 20).
Según la Ley de Moisés, José debía denunciar a María en público para ser lapidada por su supuesto adulterio (Dt 22,23-24). Pero cuando se da cuenta del hecho, decide repudiar en secreto a María. Esto significaba probablemente firmar y entregar en privado un documento que dejaba a María libre del desposorio celebrado. De este modo, podría presentarlo cuando todos supieran que estaba embarazada de un niño que no era de José.
El gesto de José evidencia su excepcional talla humana, porque pretende proteger a María y quitarse él de en medio. Por eso merece el elogio del evangelista, que lo llama «justo». El Papa Francisco decía en una ocasión: “hay que meditar estas palabras para comprender cuál fue la prueba que José tuvo que afrontar los días anteriores al nacimiento de Jesús. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abrahán, cuando Dios le pidió el hijo Isaac (cf. Gn 22): renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero, como en el caso de Abrahán, el Señor interviene: encontró la fe que buscaba y abre una vía diversa, una vía de amor y de felicidad: “José —le dice— no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Este Evangelio −concluía el Papa− nos muestra toda la grandeza del alma de san José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande. José era un hombre que siempre dejaba espacio para escuchar la voz de Dios, profundamente sensible a su secreto querer, un hombre atento a los mensajes que le llegaban desde lo profundo del corazón y desde lo alto”[2].
Una vez tomada su difícil decisión, José recibe en sueños la indicación angélica de aceptar sin temor a María y al niño como hijo propio, porque debe ponerle un nombre ante la Ley. Con su obediencia al ángel, José recuerda al patriarca con su mismo nombre, que supo interpretar el querer de Dios revelado en sueños (Gn 40,8ss.). El nombre del niño, Jesua o Yehosúa, significa «Dios salva» e implica su misión pues, como explica el ángel, «salvará a su pueblo de sus pecados» (v. 21).
La figura de José que presenta este relato ha despertado siempre la devoción de los santos hacia el esposo de María. San Josemaría, por ejemplo, invitaba a considerar: “mira cuántos motivos para venerar a San José y para aprender de su vida: fue un varón fuerte en la fe...; sacó adelante a su familia —a Jesús y a María—, con su trabajo esforzado...; guardó la pureza de la Virgen, que era su Esposa...; y respetó —¡amó!— la libertad de Dios, que hizo la elección, no sólo de la Virgen como Madre, sino también de él como Esposo de Santa María”[3].
[1] San Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum 4.
[2] Papa Francisco, Homilía, 22 de diciembre de 2013.
[3] San Josemaría, Forja, 552.
Pablo M. Edo
Domingo de la 4º semana de Adviento (Ciclo B: Lc 1, 26-28): he aquí la esclava del Señor
4 domingo B
Evangelio (Lc 1,26-38)
En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.
Y entró donde ella estaba y le dijo:
— Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.
Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo. Y el ángel le dijo:
— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.
María le dijo al ángel:
— ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?
Respondió el ángel y le dijo:
— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.
Dijo entonces María:
— He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.
Comentario
Con el correr de este tiempo de Adviento se ha ido encendiendo en nuestro corazón el deseo de acoger al Señor que viene a nosotros. Ya faltan sólo unos días para que festejemos la Navidad. Ahora vivimos de cerca los acontecimientos que precedieron al nacimiento de Jesús, y hoy en concreto la liturgia de la Iglesia nos invita a meditar el anuncio que el ángel Gabriel hizo a santa María de los planes que Dios tenía para ella en la historia de la salvación.
San Josemaría gustaba de entrar en ella, como en todas las de Evangelio, para vivirla desde dentro, como un personaje más: “No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración. Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino... –Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena…”.
El ángel se dirige a María con las palabra: Jaire, kejaritoméne! –según el texto griego. El término jaire es un saludo que literalmente significa: “alégrate”. En efecto, siempre que Dios está cerca, una alegría serena invade el alma. “La misma palabra –hace notar Benedicto XVI– reaparece en la Noche Santa [del nacimiento de Jesús] en labios del ángel, que dijo a los pastores: ‘Os anuncio una gran alegría’ (cf. Lc 2, 10).
Vuelve a aparecer en Juan con ocasión del encuentro con el Resucitado: ‘Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’ (Jn 20, 20). En los discursos de despedida en Juan hay una teología de la alegría que ilumina, por decirlo así, la hondura de esta palabra: ‘Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’ (Jn 16, 22)”.
La palabra jaire está relacionada en griego con járis (que significa “gracia”), porque la alegría es inseparable de la gracia. María “ha sido abundantemente objeto de la gracia” (v. 28), que eso significa literalmente el término kejaritoméne, traducido por “llena de gracia”. Dios la había escogido para ser madre de su Hijo hecho hombre y, por eso, en atención a los méritos de Cristo, había sido preservada del pecado original desde el momento en que fue concebida por sus padres.
El Señor le anuncia que concebirá y dará a luz un niño, que llevará el nombre de Jesús (es decir, Salvador). Será el Mesías prometido, aquel que recibirá “el trono de David”, y, aún más, el “Hijo del Altísimo”, el “Hijo de Dios” verdadero.
Lo concebirá virginalmente, sin concurso de varón, por obra y gracia del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (v. 35). Durante la peregrinación del pueblo de Dios por el desierto camino de la tierra prometida, la presencia del Señor se manifestaba a través de la nube que cubría el santuario, ahora será el Espíritu Santo el que cubrirá con su sombra ese Santuario de la presencia de Dios que es el cuerpo de María.
Por eso, sigue diciendo el ángel, “el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios” (v. 35). El adjetivo “santo”, por la posición en la que aparece en el texto griego original y en esta traducción, va calificando el modo de nacer: “nacerá santo”, en posible alusión a su nacimiento virginal.
María, diciendo sencillamente que “sí” se convierte en la madre del Hijo de Dios hecho hombre. Benedicto XVI observa que “los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda”.
También a través de la escucha de la palabra de Dios y la obediencia sin condiciones a lo que el Señor nos dice podremos acoger en nuestros corazones a Jesús que viene, participando junto con María y José en el gozo del nacimiento del Mesías largamente esperado.
Francisco Varo
Domingo de la 4º semana de Adviento (Ciclo C: Lc 1, 39-45):el celo de la Virgen María.
“Marchó deprisa a la montaña”. Tratemos nosotros también de cumplir “deprisa” nuestros deberes ordinarios, sin dejarnos llevar por la pereza, como muestra de nuestro amor a Dios y a los demás.
Evangelio (Lc 1, 39-45)
Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno et Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:
—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.
Comentario
En el Evangelio de san Lucas, la Visitación sigue inmediatamente a la Anunciación, por la simple razón de que así sucedieron las cosas en la realidad. Ciertos comentadores hacen notar que probablemente la Virgen María ha intuido en el saludo de San Gabriel una invitación a atender a su pariente Isabel. “Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes” (Lc 1, 36). Su explicación parece convincente, y en la decisión de María tenemos sin duda materia más que suficiente para meditar sobre el espíritu de servicio.
Sin embargo, no es esa la dirección que vamos a tomar en nuestro comentario. Más bien, nos vamos a fijar en el adverbio “deprisa”, traducción castellana de la expresión latina “cum festinatione”. ¿Por qué razón hacemos las cosas “deprisa”, es decir sin demora? La más poderosa es ciertamente el amor o el cariño. Cuando se quiere de veras a alguien, se hacen las cosas que se refieren a él “deprisa”, sin dejarse dominar por la pereza. En cambio, un amor o un cariño “tibios” invocan cualquier pretexto para retrasar todo lo que exige un esfuerzo.
En nuestra meditación, puede ser útil que nos pongamos en el lugar de la Virgen María, para entender así mejor su manera de actuar. ¿Qué acaba de suceder? San Gabriel le ha comunicado la noticia más asombrosa de toda la historia humana: que la Encarnación prometida por Dios y anunciada por los profetas va a realizarse, si ella está de acuerdo. Y al responder “fiat mihi”, “Verbum caro factum est”, el Verbo se hizo carne en sus entrañas purísimas. Si pensamos en nosotros ¿cuál es nuestra tendencia al enterarnos de una buena noticia, algo bueno que deseábamos desde hacía mucho tiempo? En general, aislarnos más o menos, para saborear a fondo lo que se nos ha dicho. ¿Qué hizo nuestra Madre?: “se levantó y marchó deprisa a la montaña” (Lc 1, 39).
“Marchar”, o sus sinónimos, es un verbo muy presente en la Santa Escritura, porque Dios en su bondad infinita nos pide a menudo que nos movamos, que “marchemos” aquí o allá, para servirle, para ser útiles en los cometidos que ha previsto en sus planes eternos y que nos da a conocer por el conducto reglamentario. En ese sentido, “instalarse” es el verbo opuesto a “marchar”. Por esta razón, la tendencia a instalarse, una cierta dificultad para superar la pereza, son signos bastante claros de la existencia en nosotros de la tibieza, al menos en algunos ámbitos de nuestra vida.
Para preparar bien la gran fiesta de Navidad, y para prepararnos nosotros mismos bien, sería bueno que en los días próximos pensásemos mucho en nuestra Madre del Cielo. Porque su amor y su celo son la antítesis de cualquier tibieza. Ésta consiste con frecuencia en seguir al Señor “de lejos”, como San Pedro en la noche del Jueves Santo (cfr. Mt 26, 58). En cambio, sabemos que en la Virgen María “Dominus tecum”, “el Señor está contigo”, no a distancia ni lejos. Al mismo tiempo, el tibio tiene en general un gran vacío interior. En cambio, nuestra Madre es “gratia plena”, “llena de gracia”, sin lugar alguno para cualquier especie de vacío. Se compara también a la tibieza a un fuego que se está apagando, porque no se le alimenta bien. En cambio, el corazón de la Virgen está en llamas, con un amor de una fuerza impresionante. Por estas razones, y sin duda por muchas más, “se levantó y marchó deprisa a la montaña”, para servir y cumplir así la voluntad de Dios.
¿Qué propósito podríamos hacer en este cuarto domingo de Adviento, cuando sólo faltan algunos días para Navidad? Tratar de hacer las cosas previstas “deprisa”, “cum festinatione”, sobre todo el cumplimiento de nuestros deberes ordinarios, como muestra de nuestro amor a Dios y a los demás. Y si nos damos cuenta de que ciertas zonas de nuestra vida se han enfriado, pensemos en el punto siguiente de “Camino” (492): “El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza”.
Alphonse Vidal
17 de diciembre (Mt 1, 1-17) la humanidad de Jesucristo
Evangelio (Mt 1, 1-17)
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró a Farés y a Zara de Tamar, Farés engendró a Esrón, Esrón engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró a Booz de Rahab, Booz engendró a Obed de Rut, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.
David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asá, Asá engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos cuando la deportación a Babilonia.
Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliacim, Eliacim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob, Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.
Por lo tanto, son catorce todas las generaciones desde Abrahán hasta David, y catorce generaciones desde David hasta la deportación a Babilonia, y también catorce las generaciones desde la deportación a Babilonia hasta Cristo.
Comentario
San Mateo comienza su Evangelio con la genealogía de Jesucristo: “genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán”. Dios cumple las promesas de salvación que hizo en el paraíso tras la desobediencia de Adán y Eva a su mandato (cfr. Génesis 2, 16-17). Lo hace por medio de Jesucristo en quien se realizan las promesas hechas a Abrahán (cfr. Génesis 12, 3) y a David por medio del profeta Natán (2 Samuel 7, 12).
La genealogía nos muestra la ascendencia de Jesucristo según su humanidad y nos da una indicación de la plenitud a la que llega la Historia de la Salvación con la Encarnación del Verbo. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el Mesías esperado.
Al leer la genealogía de Jesucristo descubrimos que en ella se nombra a cuatro mujeres: Tamar, Rahab, Betsabé y Rut. Estas cuatro mujeres extranjeras son un símbolo de que la salvación abarca a toda la humanidad.
También descubrimos que se citan a otros personajes que fueron pecadores, como David, que más tarde se arrepintió. Dios va realizando sus planes de salvación sirviéndose de hombres que no tuvieron una conducta recta. Dios nos salva, nos santifica y nos elige a pesar de nuestros pecados e infidelidades. Tal es el realismo del que Dios ha querido dejar constancia en la historia de nuestra salvación.
La genealogía nos muestra el modo en el que Dios se ha hecho cercano y la manera en la que quiere que le sigamos. Nos invita a su amistad por medio de la Santísima Humanidad de Jesucristo. Como escribió el Papa Benedicto: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».
Al final de la genealogía aparece el nombre de otra mujer, María. La madre del Mesías que se abre a la maternidad a través de una palabra: hágase.
A nosotros nos corresponde, con nuestras miserias, acoger a Cristo como hizo María. A entrar en el ámbito del hágase. A vivir en una creciente amistad con Jesucristo. Y, en estos días de Adviento, esperemos la venida del Mesías en compañía de María.
Javier Massa
18 de diciembre (Mt 1, 18-24) Jesús es el salvador
Evangelio (Mt 1, 18-24)
La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:
Mirad, la virgen concebirá
y dará a luz un hijo,
a quien pondrán por nombre
Emmanuel,
que significa
Dios-con-nosotros.
Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.
Comentario
Mateo nos describe cómo fue la generación de Jesús. Desde el principio quiere transmitir al lector que la generación de Jesús fue de manera milagrosa sin intervención de varón, “por obra del Espíritu Santo”, en el seno de María.
A continuación, nos transmite el relato de los hechos. “José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto”. La intención de José es llevar a cabo la voluntad de Dios, por eso se dice que era justo. No entiende y para no interferir en el querer de Dios se retira. Pero Dios tiene otros planes que se los hace conocer por medio del ángel, mientras José meditaba lo que estaba sucediendo.
Una noche a José se le aparece un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”.
Y, a continuación, el ángel le da un mandato: “le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados”. Será José el encargado de poner el nombre al niño y, en el nombre, está descrita la misión. Jesús es el Salvador, es el Mesías, es quien nos salva de nuestros pecados.
Pero, además, el ángel le recuerda que todo lo que está teniendo lugar ya estaba profetizado en el Antiguo Testamento, en este caso, por medio del profeta Isaías.
Cuando José se despierta “hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado”.
José es un hombre que ha cultivado en su vida la sintonía con Dios por medio de la oración. Por eso es capaz de escuchar al ángel y de darse cuenta de que lo que el ángel le dice es la voluntad de Dios para él. Por ese camino encuentra la vía que Dios ha preparado para él y vivirá en armonía con Dios, con la creación y con los demás.
En nuestra vida ocurre lo mismo, solamente por medio de la oración conseguimos descubrir cuál es la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Sólo por medio de la oración podemos decir como María y José, hágase, al plan que Dios tiene para nosotros.
Javier Massa
19 de diciembre (Lc 1, 5-25) se quedó mudo
Evangelio (Lc 1, 5-25)
Hubo en tiempos de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del turno de Abías, cuya mujer, descendiente de Aarón, se llamaba Isabel. Los dos eran justos ante Dios y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor; no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos de edad avanzada.
Sucedió que, al ejercer él su ministerio sacerdotal delante de Dios, cuando le tocaba el turno, le cayó en suerte, según la costumbre del Sacerdocio, entrar en el Templo del Señor para ofrecer el incienso; y toda la concurrencia del pueblo estaba fuera orando durante el ofrecimiento del incienso. Se le apareció un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Y Zacarías se inquietó al verlo y le invadió el temor. Pero el ángel le dijo:
—No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada, así que tu mujer Isabel te dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Juan. Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán con su nacimiento, porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni licor, estará lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios; e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto.
Entonces Zacarías le dijo al ángel: —¿Cómo podré yo estar seguro de esto? Porque ya soy viejo y mi mujer de edad avanzada.
Y el ángel le respondió: —Yo soy Gabriel, que asisto ante el trono de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena nueva. Desde ahora, pues, te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no has creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo.
El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaba de que se demorase en el Templo. Cuando salió no podía hablarles y comprendieron que había tenido una visión en el Templo. Él intentaba explicarse por señas, y permaneció mudo.
Y cuando se cumplieron los días de su ministerio, se marchó a su casa. Después de estos días Isabel, su mujer, concibió y se ocultaba durante cinco meses, diciéndose: «Así ha hecho conmigo el Señor, en estos días en los que se ha dignado borrar mi oprobio entre los hombres».
Comentario
Dios interviene en la historia y la conduce a su plenitud. Realiza en ella la historia de la salvación por etapas.
Hoy leemos el nacimiento de Juan Bautista que tendrá la misión de anunciar la llegada del Mesías y de mostrarlo al pueblo.
Lucas tiene mucho interés en situar con precisión el marco histórico de los hechos principales: “en tiempos del rey Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del turno de Abías, cuya mujer, descendiente de Aarón, se llamaba Isabel”. Herodes reinó en Palestina del 37 al 4 a.C. Los sacerdotes ejercían su ministerio en el Templo por turnos semanales dos veces al año. Al turno de Abías según se narra en el libro de las Crónicas (1 Crónicas 24, 10) le correspondía el octavo turno.
Zacarías e Isabel eran “justos ante Dios y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor”. Caminaban de acuerdo con la voluntad de Dios. Eran estériles y de edad avanzada. Dios se sirvió de ese mal y de esa circunstancia para obrar un don muy alto: el nacimiento de Juan Bautista.
El anuncio del nacimiento ocurrió mientras Zacarías ejercía su sacerdocio en el Templo para ofrecer el incienso y se le apareció el ángel del Señor. “El ángel le dijo: no temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada, así que tu mujer Isabel te dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Juan”.
Lo primero que le dijo el ángel es: no temas. Los ángeles son enviados de Dios para servirle y, además, ayudar a los hombres a abrirse al misterio de Dios. Por eso el ángel lo primero que le dice a Zacarías es que no temiera. Que era como decirle, estoy contigo para ayudarte a vivir la cercanía de Dios. Luego le anuncia el nacimiento de un hijo al que deberá poner el nombre de Juan. De este modo, Dios le muestra su favor; por un lado, que su oración ha sido escuchada y, por otro, que el hijo es un don de Dios. Como queda manifiesto por la esterilidad de Isabel, su mujer.
Zacarías escucha al Ángel, pero no cree y pregunta: ¿cómo podré yo estar seguro de ello? La fe de Zacarías es una fe débil. Y el Ángel le anuncia que se quedará mudo hasta el momento del nacimiento. Zacarías recupera el habla cuando nace Juan para poner el nombre al hijo como el ángel le había mandado.
Qué diferente la fe de Zacarías en el anuncio de Juan que la de María y José en el anuncio de Jesús. La fe de María y la de José es una fe firme. Esa es la fe que hemos de pedir al Señor, por medio de los ángeles, para fiarnos de Dios y descubrirlo en las cosas buenas y en las cosas malas que nos ocurren a lo largo de nuestra vida. Y crecer en el convencimiento de que no hay casualidades y que, como enseña san Pablo, “todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Romanos 8, 28) y de este modo recorrer el camino de la vida con una esperanza alegre.
Javier Massa
20 de diciembre (Lc 1,26-38): los predilectos de Dios
“Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. Cada día saludamos a María con estas palabras del ángel. Estos últimos días de Adviento queremos decírselo con mayor agradecimiento, por su respuesta llena de fe a la llamada de Dios.
Evangelio (Lc 1,26-38)
En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.
Y entró donde ella estaba y le dijo:
—Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.
Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo. Y el ángel le dijo:
—No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin. María le dijo al ángel:
—¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?
Respondió el ángel y le dijo:
—El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.
Dijo entonces María:
—He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
Y el ángel se retiró de su presencia.
Comentario
La Escritura testimonia el caso de mujeres que conciben y dan a luz por encima de las expectativas humanas. A veces son anuncios del Señor o de un mensajero suyo; otras, las propias mujeres lo piden a Dios. Sara, siendo estéril, dio a luz a Isaac (cf. Génesis 21,3); él mismo imploró a Dios que su mujer Rebeca, también estéril, concibiese; y dio a luz a Esaú y Jacob (cf. Génesis 25,21). También Raquel, la mujer de Jacob, era estéril, hasta que Dios la hizo fecunda (cf. Génesis 30,22-23). Ana, después de rezar mucho, concibió y dio a luz a Samuel (cf. 1 Samuel 1,20). A la mujer de Manóaj el ángel del Señor le anunció que iba a tener un hijo; y dio a luz a Sansón (cf. Jueces 13,24). Y a Zacarías el ángel le anunció que el Señor había escuchado su oración, de modo que su mujer, estéril y ya anciana, iba a concebir y dar a luz a Juan el precursor del Mesías (cf. Lucas 1,13).
Dios es el autor de la vida, es fiel a sus promesas y no deja de escuchar la súplicas de sus hijos. De ese modo ha ido preparando a su pueblo para acoger el cumplimiento definitivo de todas las profecías. Y así, otra hija suya, de nombre María, virgen, ya desposada con José, la predilecta del Señor, sin mancha de pecado desde su concepción, fue la escogida desde toda la eternidad para que en su seno el Unigénito del Padre, por obra del Espíritu Santo, se encarnase. Prodigio admirable de Dios. La doncella de Nazaret acogió libremente la llamada a ser la Madre virginal del Mesías. Y se puso al servicio del Señor. La liturgia de la Iglesia nos ayuda a contemplar con asombro la grandeza de este misterio: “Porque la Virgen escuchó con fe, del mensajero celeste, que iba a nacer entre los hombres y en favor de los hombres, por la fuerza del Espíritu Santo que la cubrió con su sombra, aquel a quien llevó con amor en sus purísimas entrañas (...)”[1].
Al acercarse la Navidad, queremos también nosotros acoger este anuncio, por el que hemos sido hechos hijos de Dios. Y unirnos, con nuestra vida, al servicio incondicional de María a la obra de la redención “en favor de los hombres”. Un servicio alegre y abnegado que contribuirá a que muchos descubran también su llamada. San Josemaría contempló con gran fecundidad el “hágase” de María: “¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya –"fiat"– nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. –¡Bendita seas!”[2].
[1] Prefacio de la Solemnidad de la Anunciación.
[2] San Josemaría, Camino, n. 512.
Josep Boira
21 de diciembre (Lc 1, 39-45) la prisa de la ternura
Evangelio (Lc 1, 39-45)
Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:
—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada la que ha creído, porque se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor.
Comentario
Después de haber recibido el anuncio del ángel y haber respondido su sí, María se levanta y se marcha de prisa a visitar a su prima Isabel, que está en el sexto mes de embarazo.
El trayecto es largo. La Virgen vive en Nazaret y su prima cerca de Jerusalén. Unos 150 km de camino. Pero María no se detiene ante las dificultades. Se dirige apresuradamente, aunque estuviese también ella embarazada y se arriesgase a encontrarse con salteadores en la ruta hacia el sur. Su ilusión es cuidar de su prima.
María es de esas personas que llevan adelante la familia, que llevan adelante la educación de los hijos, que enfrentan tantas adversidades, tanto dolor, que curan a los enfermos. Se levantan y sirven.
No se da importancia a sí misma. No piensa: “como soy la madre de Dios, yo soy la importante; soy yo la que tiene que ser el centro de atenciones y cuidados”. No, María no piensa así. Su modo de pensar es distinto: “por ser la más digna, tengo que ayudar más”.
No se encierra en casa, sino que va a cuidar a su prima. Y no es la prisa alocada, sino la prisa de la ternura. Como señala el Papa Francisco, “María no es la clase de personas que para estar bien necesita un buen sofá donde sentirse cómoda y segura. No es una joven-sofá” (Papa Francisco, Discurso en la Vigilia de la JMJ en Cracovia, 30 de julio de 2016)
Y de ese encuentro surge la alegría. La alegría profunda de María e Isabel; una alegría que llena sus vidas. Del mismo modo, si aprendemos a servir y vamos al encuentro de los otros, permitimos que Dios cambie este mundo. Somos la mirada, la sonrisa, los brazos, las manos, la alegría de Dios mismo.
Luis Cruz
22 de diciembre (Lc 1, 46-56)una huella de amor divino
Evangelio (Lc 1, 46-56)
María exclamó:
—Engrandece mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:
porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;
por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.
Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo;
su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.
Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos.
Auxilió a Israel su siervo, recordando su misericordia,
como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre.
María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.
Comentario
María se preguntaría muchas veces por qué ella era diferente a los demás. Diferente a sus familiares, a sus amigas, a sus vecinos.
En sus conversaciones con unos y otros vería el egoísmo de sus corazones, la vanidad de sus palabras, el rencor de sus juicios críticos, la pereza de sus trabajos y cuidados. Y se preguntaría por qué ella no era así.
Hasta que el ángel Gabriel le habla de cómo Dios la ha soñado, la ha creado, se ha enamorado de ella. Todo adquiere sentido, todo tiene una luz nueva.
El Magnificat es el fruto de su oración durante esos días de camino de Nazaret hasta la casa de Zacarías e Isabel. De su diálogo pausado y agradecido con Dios Padre.
María se da cuenta de su grandeza, de su poder: ser la amada de Dios. Desde siempre y para siempre amada por Dios. Toda su vida consistió en no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra en la oración y en el servicio a los que tiene alrededor.
María es grande no porque haya hecho cosas grandes por sí misma, sino porque ha estado disponible para que Dios actuara, porque se ha dejado tocar por Dios, porque se sabe amada incondicionalmente por Dios.
La vida de María es así revolucionaria. No se mira a sí misma, sino a Dios y, a través de Dios, a los demás.
Como señala el Papa Francisco, “las cosas grandes que el Todopoderoso ha hecho en la vida de María nos hablan también del viaje de nuestra vida, que no es un deambular sin sentido, sino una peregrinación que, aun con todas sus incertidumbres y sufrimientos, encuentra en Dios su plenitud” (Papa Francisco, Mensaje para la XXXII Jornada Mundial de la Juventud 2017).
Todos nosotros somos también los amados por Dios; los desde siempre y para siempre amados. Cuando Dios se fija en nosotros ve el amor con el que Él nos ha creado. Mira más allá de nuestras fragilidades y miserias. Desea purificarnos, encendernos, que no perdamos de vista su mirada.
Él está mirando todo lo que podemos dar, todo el amor que somos capaces de ofrecer. Nos llama a dejar una huella de amor divino en la vida, una huella que marque la historia, nuestra historia y la historia de muchos.
Luis Cruz
23 de diciembre (Lc 1, 57-66) un largo silencio
Evangelio (Lc 1, 57-66)
Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había agrandado su misericordia con ella y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo:
—De ninguna manera, sino que se llamará Juan.
Y le dijeron:
—No hay nadie en tu familia que tenga este nombre.
Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo:
—¿Qué va a ser, entonces, este niño?
Porque la mano del Señor estaba con él.
Comentario
El nacimiento de san Juan Bautista ilumina la vida de Zacarías e Isabel y trae consigo la alegría y el asombro de los parientes y vecinos.
Estos padres habían soñado muchas veces aquel día, pero ya no lo esperaban. Es muy posible que Zacarías se sintiese abandonado de Dios. Había esperado mucho. En su juventud y madurez había rezado con fe por su familia, por su pueblo, por la llegada del Mesías.
Pero llegó un momento en que se cansó de esperar. Se contentaba con cumplir los rituales propios de su labor sacerdotal, acompañados con oraciones, ayunos y sacrificios. Pero todo lo hace sin mucha fe, desesperanzado, con poco amor.
El Señor lo dejó mudo durante todo el tiempo de embarazo de Isabel. Nueve meses de silencio. Para aprender a meditar; para aprender a mirar y contemplar el paso de Dios por su vida; para renovar el amor.
Dios le da un tiempo para que aprenda a fiarse y callar frente al misterio de Dios y contemplar con humildad y silencio su acción, que se revela en la historia de los hombres y que siempre supera nuestra imaginación. Zacarías experimenta que nada es imposible para Dios.
El evangelio de hoy se detiene en el momento de imposición del nombre al niño. Isabel escoge un nombre extraño a la tradición familiar. Zacarías confirma esa elección, escribiéndolo en una tablilla: “Juan es su nombre”.
El nacimiento de san Juan Bautista está rodeado de asombro, sorpresa, alegría y gratitud. La gente fue invadida por un santo temor de Dios “y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea” y se preguntan admirados: “¿Qué va a ser, entonces, este niño?”.
Podemos preguntarnos también nosotros cómo es nuestra fe: ¿Es una fe acostumbrada, cumplidora de actos de piedad, plana? ¿Soy como Zacarías, una persona cansada de esperar, desamorada? ¿Tengo sentido de asombro cuando veo las obras del Señor en mi vida y en la vida de los demás? ¿Estoy abierto a las sorpresas de Dios?
También nosotros necesitamos como Zacarías un tiempo de silencio, para aprender a meditar, para aprender a mirar y contemplar las maravillas de Dios, para renovar nuestro amor cada día.
Luis Cruz
24 de diciembre (Lc 1,67-79) la gran esperanza
Evangelio (Lc 1,67-79)
En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo:
— Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo, como lo había anunciado desde antiguo por boca de sus santos profetas; para salvarnos de nuestros enemigos y de la mano de cuantos nos odian: ejerciendo su misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza, y del juramento que hizo a Abrahán, nuestro padre, para concedernos que, libres de la mano de los enemigos, le sirvamos sin temor, con santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida. Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo: porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de sus pecados; por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto, para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
Comentario
Termina hoy el Adviento. A lo largo de estas semanas nos hemos ido preparando para la gran celebración de la Natividad del Señor. Y en estos últimos días, de la mano del evangelista San Lucas, hemos ido recorriendo las etapas finales antes del gran acontecimiento, y nos hemos encontrado con los protagonistas más cercanos a la primera Navidad: el arcángel Gabriel, Zacarías e Isabel, su hijo Juan, José y, de modo muy especial, María, la Madre del Mesías que va a nacer.
El último episodio que narra San Lucas antes del relato del nacimiento de Jesús lo protagoniza Zacarías, el cual, cuando creyó, recuperó el habla. Con hermosas palabras, comenta San Ambrosio: “Con razón su lengua se desató, porque, atada por la incredulidad, fue desatada por la fe”. Y entonó el Benedictus, una solemne acción de gracias y alabanza a Dios, que expresa la gran esperanza de un piadoso israelita en las antiguas promesas que Dios reservó para su pueblo. Bendito sea el Señor, Dios de Israel: con esta expresión, muy frecuente en los salmos, Zacarías, y nosotros con él, da gracias a Dios por su infinita misericordia derramada sobre su pueblo, al enviarnos “el poder salvador”, Jesucristo. Los anuncios de los antiguos profetas están a punto de cumplirse. La salvación está a las puertas.
Es fácil imaginar el orgullo santo de Zacarías, pues su hijo iba a ser el “Profeta del Altísimo”. Recordaría las palabras del arcángel que no pudo repetir durante nueve largos meses: su hijo iba a convertir “a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios; e irá delante de él” (Lc 1,16-17). Ahora lo proclama exultante de gozo: “irás delante del Señor a preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de los pecados”.
A punto de estallar de alegría por el nacimiento del Hijo de Dios, vemos hoy en Zacarías un ejemplo de humildad, de alegre conversión, de esperanza firme en Dios y de renovada confianza en su palabra.
Josep Boira