- Amarse los unos a los otros.
- Dios nunca nos abandona.
- Guiados por el Espíritu Santo.
Domingo - VI semana de Pascua (ciclo C)
- La inhabitación divina en el alma.
- El Espíritu Santo y la paz.
- Con el fuego del Espíritu Santo.
- Contar con la ayuda del Paráclito.
- El Espíritu Santo nos lleva hacia la verdad.
- El don de la fortaleza.
- Jesús anuncia su retorno al Padre.
- El don de entendimiento.
- Comprender y acoger la realidad desde Dios.
Miércoles - VI semana de Pascua
- Dios nos ayuda con el don de consejo.
- Asiste a la virtud de la prudencia.
- Espíritu Santo y apostolado.
- El Espíritu Santo y el don de ciencia.
- Para ver a Dios en lo creado.
- Restaurar, en Cristo, todas las cosas.
- La alegría cristiana.
- El don de la sabiduría.
- El sabio es la sal de la tierra.
- El don de la piedad.
- La oración de petición es confianza en Dios.
- La piedad nos hace mansos de corazón.

Domingo - VI semana de Pascua
- Amarse los unos a los otros.
- Dios nunca nos abandona.
- Guiados por el Espíritu Santo.
«COMO EL PADRE me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Con estas palabras, Jesús se despidió de los suyos poco antes de la pasión. Al pronunciarlas, sabía que en pocas horas le abandonarían a su suerte. Sin embargo, deseaba grabarlas a fuego en sus corazones para que, pasado el mal trago de la traición, esta certeza fuera el alimento de su vida apostólica. «Ya no os llamo siervos (...); a vosotros, en cambio, os he llamado amigos» (Jn 15,15). Aunque requiere de nuestra libertad, la iniciativa para esta maravillosa amistad es suya. Se ha fijado en cada uno con amor y nos ha elegido (cfr. Jn 15,16), porque «él nos amó» primero (1 Jn 4,10).
«Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando» (Jn 15,14). Este es el secreto para vivir siempre en él y no perder nunca su amistad. Aquella noche los apóstoles no tuvieron ocasión de preguntarle por los mandamientos que debían guardar, porque Jesús les ofreció directamente la clave: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,12-13). Ellos conocían de primera mano cómo amaba el Señor. Cada apóstol hubiera podido contarnos la multitud de detalles personales que Jesús había tenido particularmente con él. También podrían relatar el cariño y la paciencia con que cuidaba de todos quienes se le acercaban. Los apóstoles lo habían visto, sabían que Jesús estaba dispuesto a todo.
En la noche que dio inicio a su dolorosa pasión, el Señor estableció una nueva ley de amor que sus discípulos estamos invitados a vivir: un amor que tiene como medida el manifestado en la cruz de Cristo. «El amor ya no es sólo un mandamiento, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro»[1-1]. Además, él mismo nos envía a llevar al mundo la Buena Noticia de su amor. «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Cumplimos esta misión si aprendemos a amar como él lo hace: ofreciendo la vida por los demás, llevando su alegría a nuestros amigos y conocidos «para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,11).
«DIOS ES amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Así define san Juan la esencia de Dios. «Aunque nada más se dijera en alabanza del amor –dice san Agustín– (...) en todas las páginas de la Sagrada Escritura, y únicamente oyéramos por boca del Espíritu Santo “Dios es amor”, nada más deberíamos buscar»[1-2]. Uno de los primeros pasos en el camino de la fe es creer que el amor de Dios por cada uno es indestructible. «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida»[1-3]. De alguna manera se puede decir que él no es capaz de dejarnos de amar, esa es su debilidad.
Como amigos del Señor estamos llamados a vivir con él, en él, y recibimos «por él la vida» (1 Jn 4,9). Nosotros tenemos la misma experiencia de los apóstoles: cuando le perdemos de vista y nos olvidamos de su amor, nos sentimos perdidos, somos ramas secas. Necesitamos estar cerca del Señor, reclinar nuestra cabeza en su pecho, como el apóstol Juan. Sin embargo, también sabemos que aunque le abandonemos –muchas veces por debilidad–, él vendrá rápidamente a buscarnos de nuevo, como hizo con sus discípulos después de la Resurrección. Es «un Dios que corre hacia nosotros», abriéndonos los brazos con su gracia, para perdonar cualquier ofensa, porque «no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades»[1-4].
Estamos recorriendo el tramo final de la Pascua. A partir de este domingo, la liturgia dirige su mirada hacia la llegada del Espíritu Santo que Jesús prometió a sus discípulos. El Hijo debía volver al Padre. Ya no estará visiblemente con ellos pero, les asegura que no tienen por qué inquietarse ya que no les dejará huérfanos. «El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho» (Jn 14,25). Después de la maravillosa experiencia de tres años de vida con Cristo, su ausencia sería insoportable sin el consuelo de su Espíritu, e imposible la extraordinaria misión que iba a dejar en sus manos.
EL LIBRO DE los Hechos de los Apóstoles, que hemos leído en la Misa durante la Pascua, narra la historia de la evangelización en los años posteriores a Pentecostés. Se le conoce como el evangelio del Espíritu Santo porque nos muestra las maravillas realizadas por él en la Iglesia naciente. El Espíritu Santo inspiraba las audacias apostólicas y ponía en sus labios palabras llenas de fuerza, moviendo al mismo tiempo los corazones de los que les escuchaban. Él presidía las decisiones sobre el porvenir de la Iglesia y trazaba la ruta de los apóstoles, los guiaba, los movía o los detenía. Su amor era la alegría y la seguridad de los cristianos perseguidos. El Espíritu, que llenó plenamente el alma de Cristo, llenaba también los corazones de sus «amigos», revelándoles la sabiduría que proviene de Dios. Él les alentaba y santificaba.
Pentecostés no fue solamente el acontecimiento sorprendente de un domingo en Jerusalén. Toda la vida de la primitiva comunidad estuvo llena del Espíritu Santo, y él mismo continúa guiando hoy a la Iglesia y puede guiar nuestros corazones. En el relato de la conversión de Cornelio, el Espíritu Santo condujo a Pedro a la casa del centurión. «Le dijo el Espíritu: Mira, te buscan tres hombres. Levántate, baja y vete con ellos sin ningún reparo, porque los he enviado yo» (Hch 10,19-20). Cuando llegó a la casa, y mientras Pedro predicaba, el don del Espíritu se derramó sobre aquella familia pagana haciéndoles «hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios». Se quedaron todos muy sorprendidos porque el Espiritu Santo no distinguía entre judíos o gentiles, incluso el mismo Pedro se asombró. «Entonces habló Pedro: ¿Podrá alguien negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo» (Hch 10,47-48).
El Espíritu Santo es don de Dios que renueva nuestro amor y nuestro deseo de servir a Cristo. Es amor que hace crecer el amor. Su llegada nos sorprende, a veces por inesperada, otras veces por la fuerza de su intervención. Con su presencia, la fe y la esperanza recuperan su frescor, el amor conquista el corazón, la alegría y la bondad parecen más sencillas de poseer y de repartir a los de nuestro alrededor. Le pedimos a Dios en este domingo que el misterio de la Pascua «transforme nuestra vida y se manifieste en nuestras obras», como dice la oración colecta de la Misa. Podemos acudir a María para que nos enseñe a permanecer con su Hijo, confiando en que el Espíritu Santo cubra nuestras vidas con su sombra.
[1-1] Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1.
[1-2] San Agustín, In Epist. Ioann. ad Parth., 7,4.
[1-3] Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1.
[1-4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

Domingo - VI semana de Pascua (ciclo C)
- La inhabitación divina en el alma.
- El Espíritu Santo y la paz.
- Con el fuego del Espíritu Santo.
EL TIEMPO de Pascua llega poco a poco a su fin. A lo largo de estas semanashemos recordado algunos encuentros de Cristo resucitado con los apóstoles y las santas mujeres. Se acercan ya la Ascensión y Pentecostés, y la Iglesia nos invita a prepararnos interiormente para estas dos solemnidades. En el Evangelio leemos las palabras que, a modo de despedida, Jesús pronunció durante la últimacena: «Si alguno me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).
Jesús manifiesta la inmensidad del amor de Dios por nosotros, revelando el misterio de la inhabitación divina en el alma: estamos llamados a ser templo y morada de la Santísima Trinidad. «¿A qué grado mayor de comunión con Dios podría aspirar el hombre? ¿Qué prueba mayor que esta podría dar Dios de querer entrar en comunión con el hombre? Toda la historia milenaria de la mística cristiana, aun teniendo sublimes expresiones, solo puede hablarnos imperfectamente de esta inefable presencia de Dios en lo más íntimo del alma»[c-1].
Dios nos manifiesta su cercanía. No se conforma con estar junto a nosotros: quiere estar dentro, llenando con su presencia nuestro corazón. «Dios está aquí con nosotros, presente, vivo –escribió san Josemaría–: nos ve, nos oye, nos dirige, y contempla nuestras menores acciones, nuestras intenciones más escondidas»[c-2]. Recordarlo con frecuencia nos ayudará a experimentar su presencia, a ser fieles en las pequeñas y grandes cosas que componen nuestra existencia: «Tratándole de esta manera, con esa intimidad, llegarás a ser un buen hijo de Dios y un gran amigo suyo: en la calle, en la plaza, en tus negocios, en tu profesión, en tu vida ordinaria»[c-3].
«OS HE HABLADO de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho» (Jn 14,25-26). La Iglesia nace del misterio pascual de Cristo, y es guiada y vivificada continuamente por el Espíritu Santo. En su caminar histórico, a pesar de las fragilidades de los hombres, nunca cesa la asistencia de la tercera persona de la Trinidad.
Posiblemente, ante la inminente partida de Jesús, los apóstoles estarían preocupados. El contraste entre la magnitud de la empresa confiada y sus capacidades era grande. ¿Cómo iban a cumplir la misión de llevar su palabra por todo el mundo? Por eso Jesús, tras haber anunciado el envío del Espíritu Santo, procura infundir serenidad en sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).
Con el Espíritu Santo, Jesús les dona la paz. Una paz que es don de Dios y que por eso va más allá de lo que podemos conseguir con las solas fuerzas humanas. Muchas veces en la tierra «hay solo apariencia de paz, equilibrio de miedo, compromisos precarios»[c-4]. En cambio, la paz que el Señor nos regala es ante todo consecuencia de la caridad que el Paráclito derrama en nuestros corazones (cfr. Rm 5,5). «La paz del Señor sigue el camino de la mansedumbre y de la cruz: es hacerse cargo de los otros. Cristo, de hecho, ha tomado sobre sí nuestro mal, nuestro pecado y nuestra muerte. Ha tomado consigo todo esto. Así nos ha liberado. Él ha pagado por nosotros. Su paz no es fruto de algún acuerdo, sino que nace del don de sí»[c-5].
LA ACCIÓN del Paráclito en los primeros tiempos de la Iglesia queda patente en el Concilio de Jerusalén. «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…» (Hch 15,28). Los apóstoles y los presbíteros se habían reunido para resolver una controversia relacionada con el modo de evangelizar a todas las gentes, también a los cristianos no provenientes del judaísmo. Más allá del problema concreto, el texto sagrado pone de manifiesto el entusiasmo con el que la primitiva Iglesia difundía la fe, secundando la inspiración del Paráclito.
Ese impulso misionero, continuamente renovado, aparece a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Y es un motivo de esperanza en la tarea de evangelización en la que nosotros también estamos inmersos. «El Espíritu acompaña a la Iglesia en el largo camino que se extiende entre la primera y la segunda venida de Cristo: “Me voy y volveré a vosotros” (Jn 14,28), dijo Jesús a los apóstoles. Entre la “ida” y la“vuelta” de Cristo está el tiempo de la Iglesia, que es su Cuerpo; están los dos mil años transcurridos hasta ahora. Tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo: él es el Maestro que forma a los discípulos y los hace enamorarse de Jesús, los educa para que escuchen su palabra, para que contemplen su rostro»[c-6].
Durante sus primeros años de sacerdocio, san Josemaría tenía en su breviario unas estampas que usaba para señalar las páginas. Un día le pareció que se estaba apegando a ellas y las sustituyó por unos papeles, en los que más tarde escribió: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! «Los he usado durante muchos años –recordaba–, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!»[c-7]. Con esos mismos deseos nos podemos preparar, perseverando en oración junto a María (cfr. Hch 1,14), para recibir al Espíritu Santo en nuestros corazones. Así, encendidos en nuestro amor a Dios y a los demás, sabremos el calor divino a todas las personas, como hicieron los apóstoles.
[c-1] San Juan Pablo II, Homilía, 5-V-1986.
[c-2] San Josemaría, Surco, n. 658.
[c-3] San Josemaría, Notas tomadas en una tertulia, 17-XI-1972.
[c-4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 73.
[c-5] Francisco, Audiencia, 13-IV-2022.
[c-6] Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007.
[c-7] Salvador Bernal, Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, 1980, p. 337.

Lunes - VI semana de Pascua
- Contar con la ayuda del Paráclito.
- El Espíritu Santo nos lleva hacia la verdad.
- El don de la fortaleza.
JESÚS, en su discurso de despedida, promete la venida de «otro Paráclito» (Jn 14,16) que estará siempre con nosotros. Paráclito es una palabra típica del evangelio de san Juan y, en su origen griego, se refiere a una persona que viene a consolar, defender o ayudar. Jesús anuncia la llegada de otro paráclito para cuando él hubiera partido porque el primero es él mismo: la Sagrada Escritura nos dice que Cristo, en el cielo, es «nuestro abogado cerca del Padre» (1 Jn 2,1). El Espíritu Santo, por su parte, permanece para siempre con nosotros en la tierra, nos acompaña y consuela, nos protege y defiende. Es camino hacia Cristo ya que nos recuerda sus palabras (cfr. Jn 15,26); suavemente y con discrección orienta nuestro corazón hacia Jesucristo. «Quien se embriaga del Espíritu está arraigado en Cristo»[2-1], decía san Ambrosio.
«Enseñar y recordar: esta es la tarea del Espíritu Santo. Nos enseña a entrar en el misterio, a entenderlo un poco más. Nos enseña la doctrina de Jesús y nos enseña cómo desarrollar nuestra fe (...). La fe no es estática; la doctrina no es estática: crece. Crece como crecen los árboles, siempre los mismos, pero más grandes, con fruta, pero siempre igual, en la misma dirección (...). Y otra cosa que dice Jesús que hace el Espíritu Santo es recordar: “Os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 15,26). El Espíritu Santo es como la memoria, nos despierta: “Acuérdate de eso, acuérdate de lo otro”. Nos mantiene despiertos en las cosas del Señor y también nos hace recordar nuestra vida: “Piensa en aquel momento, piensa en cuándo encontraste al Señor, piensa en cuándo lo dejaste”.
(...). El Espíritu Santo nos guía en esta memoria; nos guía para discernir lo que tengo que hacer ahora, cuál es el camino correcto y cuál es el equivocado, también en las pequeñas decisiones. Si le pedimos luz al Espíritu Santo, él nos ayudará a tomar las decisiones correctas, las pequeñas de cada día y las más grandes. Es quien nos acompaña, nos apoya»[2-2].
EL SEGUIMIENTO de Jesús nos conduce a querer vivir en la verdad, fascinados por buscarla con empeño, acogiéndola y amándola. Querer abrazar la verdad es amar verdaderamente a Cristo. En esta empresa, «el Espíritu Santo enseña al cristiano la verdad como principio de vida y le muestra la aplicación concreta de las palabras de Jesús en su vida»[2-3]. Al menos en tres ocasiones, Jesús se refirió al Paráclito como «el Espíritu de la verdad» (Jn 14,17; 15,26; 16,13). Aun siendo otro distinto de Jesús, el Espíritu Santo lleva a su perfección la presencia de Jesús en nosotros.
Sabemos que «Jesucristo es la verdad hecha persona, que atrae hacia sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es resplandor de verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la verdad que es él y a él remite. Jesús es la estrella polar de la libertad humana: (...) con él, la libertad se reencuentra, se reconoce creada para el bien y se expresa mediante acciones y comportamientos de caridad(...). Jesucristo, que es la plenitud de la verdad, atrae hacia sí el corazón de todo hombre, lo dilata y lo colma de alegría. En efecto, solo la verdad es capaz de invadir la mente y hacerla gozar en plenitud»[2-4].
Ese amor a la verdad que impulsa nuestra inteligencia es obra del Espíritu Santo. Nos llena también de humildad ante lo creado y ante la capacidad de nuestro propio conocimiento, que siempre será poco en comparación con el misterioso obrar de Dios. «Procura que “la humildad de entendimiento” sea, para ti, un axioma»[2-5], aconsejaba san Josemaría. «El deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre, y toda la creación es una inmensa invitación a buscar las respuestas que abren la razón humana a la gran respuesta que desde siempre busca y espera»[2-6].
El ESPÍRITU SANTO obra en el alma mediante sus dones, y los «distribuye a cada uno según quiere» (1 Cor 12,11). Uno de sus regalos es el don de fortaleza, que nos impulsa hacia grandes metas y nos sostiene en la debilidad. San Josemaría recogía la experiencia cristiana cuando recordaba que «toda nuestra fortaleza es prestada»[2-7]. Este don es necesario para perseguir y abrazar la verdad de manera continua a lo largo de nuestra vida. Ciertamente nos puede resultar fatigoso, sobre todo porque nuestras capacidades no están siempre a la altura de nuestros deseos; también porque la verdad es, en ocasiones, difícil de aceptar y no siempre coincide con lo que nos parecería la mejor opción. En no pocas ocasiones tendremos que abrirnos humildemente a otras posibilidades de respuesta, a otros modos de hacer, aunque hayamos pensado durante largo tiempo estar en lo correcto.
Por eso, el don de fortaleza debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristianos, ya que nos mantiene leales en la búsqueda. El amor a la verdad compromete nuestra vida y la fortaleza nos da la firmeza necesaria. Así podremos «afrontar los problemas con valentía, sin miedo al sacrificio ni a las cargas más pesadas, asumiendo en conciencia la propia y personal responsabilidad»[2-8].
Dice Jesús: «También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (Jn 15,27). El cristiano está llamado a ser un testigo fiable de la búsqueda humilde y sincera de la verdad. Cristo advirtió a sus discípulos de las persecuciones que recibirían por su testimonio. Aquellos hombres, después de recibir el don de fortaleza en Pentecostés, se convierten en testigos valientes. Fueron verdaderamente fuertes ante las contradicciones, ante lo inesperado que se hizo presente en sus vidas, en situaciones que tal vez echaron por tierra sus planes y proyectos. La amable compañía de María nos ampara: ella escucha nuestra invocación para que el Espíritu de la verdad ilumine «las inteligencias y fortalezca las voluntades, de manera que nos acostumbremos siempre a buscar, a decir y a oír la verdad»[2-9].
[2-1] San Ambrosio, Catequesis sobre los sacramentos, 5, 3, 17.
[2-2] Francisco, Homilía, 11-V-2020.
[2-3] San Juan Pablo II, Audiencia general, 24-IV-1991.
[2-4] Benedicto XVI, Discurso, 10-II-2006.
[2-5] San Josemaría, Forja, n. 142.
[2-6] Benedicto XVI, Discurso, 10-II-2006.
[2-7] San Josemaría, Camino, n. 728.
[2-8] San Josemaría, Discursos sobre la universidad, n. 8.
[2-9]Ibíd.

Martes - VI semana de Pascua
- Jesús anuncia su retorno al Padre.
- El don de entendimiento.
- Comprender y acoger la realidad desde Dios.
DURANTE la sexta semana de Pascua, la Iglesia continúa proclamando algunos pasajes del discurso de despedida de Jesús, recogidos en el evangelio de Juan. Hoy escuchamos al Señor que anuncia con claridad, durante la Última Cena, su inminente retorno al cielo: «Ahora me voy al que me envió (...). Me voy al Padre y no me veréis» (Jn 16,5;10). Podemos imaginar el desconcierto entre los apóstoles al recibir este anuncio. Probablemente se llenaron de tristeza al escuchar esas palabras. ¿Cómo era posible que se terminaran, de una vez por todas, esos maravillosos años de convivencia? A los apóstoles «les daba miedo el pensamiento de perder la presencia visible de Jesús –explica san Agustín–. Su afecto humano se entristecía al pensar que sus ojos no experimentarían más el consuelo de verlo»[3-1].
Entonces, se decían unos a otros: «¿Qué esto que nos dice? No sabemos a qué se refiere» (Jn 16,17-18). En ese momento no podían entender a Jesús. Sencillamente, no poseían las claves para hacerlo. Sin embargo, aunque no comprendieron el sentido preciso de su palabras, ninguno de ellos se atreve a hacer la «pregunta: ¿Adónde vas?» (Jn 16,5). Probablemente estaban atónitos por el curso que había tomado la cena. Tres años antes, junto al Jordán, en el inicio de la aventura con Cristo, Juan y Andrés ya habían hecho una pregunta que ahora podría ser oportuna: «Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1,38-39). En la Última Cena, sin embargo, ante el cariz misterioso de la conversación, se quedan callados.
«Tras la resurrección, aquellas palabras se hicieron para los discípulos más comprensibles y transparentes, como anuncio de su ascensión al cielo. (...) Sólo Jesús posee la energía divina y el derecho de “subir al cielo”, nadie más. La humanidad abandonada a sí misma, a sus fuerzas naturales, no tiene acceso a esa “casa del Padre” (Jn 14,2), a la participación en la vida y en la felicidad de Dios. Solo Cristo puede abrir al hombre este acceso: él, el Hijo que “bajó del cielo”, que “salió del Padre” precisamente para esto»[3-2]. Jesús se va para enviarnos –a sus apóstoles y a nosotros– el consuelo de su Espíritu y para abrirnos la casa de su Padre.
ESTÁ CLARO que Jesús no tenía intención de dejar solos a sus discípulos; el Espíritu Santo continúa la misión del Hijo, llenando de fortaleza sus vidas y regalándoles dones que les ayudarán a entender las cosas de Dios. El Señor vincula la venida del Espíritu Santo con su partida hacia el Padre, «subrayando así que [el Paráclito] tendrá el “precio” de su marcha»[3-3]. Lo que suponía una gran tristeza para los apóstoles allí reunidos era, en realidad, el plan de salvación que Dios había trazado; el hueco que dejaba el Señor no quedaría vacío, lo iba a llenar el Espíritu Santo. Por eso les dice: «Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré» (Jn 16,7). Todo les resultará más claro en Pentecostés, cuando sean inundados con sus dones.
El don del entendimiento nos permite precisamente penetrar en los misterios revelados que los apóstoles no podían comprender en aquel momento. También se llama don de intelecto, cuya etimología, intus-legere, leer dentro, sugiere que se trata de una gracia que facilita conocer lo más intrínseco de la realidad. El don de entendimiento nos otorga una intuición para las cosas de Dios, un conocimiento profundo de las verdades de fe e incluso de ciertas verdades naturales en orden al fin sobrenatural. Allí donde no alcanza el ojo ni la razón humana, el entendimiento nos hace ver más allá, como sucede con esos dispositivos de visión nocturna que en medio de la noche aportan una sorprendente claridad. Aun cuando nunca podremos comprender perfectamente el misterio de Dios, ni abarcarlo en su totalidad, con este don del Espíritu Santo nos podemos acercar poco a poco.
Con el don de entendimiento tenemos «capacidad de ir más allá del aspecto externo de la realidad y escrutar las profundidades del pensamiento de Dios y de su designio de salvación»[3-4]. Aunque en muchos momentos tenemos la tentación de juzgar los acontecimientos solo con ojos humanos, y no alcanzamos a unir nuestra mirada a la de Dios, este don divino nos permite «comprender las cosas como las comprende Dios, con la inteligencia de Dios»[3-5]. San Josemaría lo comparaba a la capacidad de mirar no solo en dos dimensiones, de una manera plana y pegada a la tierra: «Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen»[3-6].
EN LA PRIMERA lectura de hoy, los Hechos de los apóstoles narran con detalle el encarcelamiento de Pablo y Silas en Filipos (cfr. Hch 16,22-34). «Después de haberles dado numerosos azotes, los arrojaron en la cárcel (...). A eso de la medianoche, Pablo y Silas se pusieron a orar y a entonar alabanzas a Dios». De pronto se produjo un terremoto, «se abrieron todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos». Al ver la situación, el carcelero se intentó suicidar, pero Pablo «le gritó con fuerte voz: ¡No te hagas ningún daño, que estamos todos aquí!». Temblando de miedo este hombre les preguntó: «Señores, ¿qué debo hacer para salvarme? Ellos le contestaron: Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa. Le predicaron entonces la palabra del Señor a él y a todos los de su casa». La conversión de esta familia de Filipos es muy rápida. Han entendido en pocas horas lo suficiente como para desear bautizarse inmediatamente. Entonces, subieron a su casa, «les preparó la mesa y se regocijó con toda su familia por haber creído en Dios».
El don de entendimiento perfecciona nuestra fe, nos abre la mente para comprender la Palabra de Dios, lo que Jesús ha dicho y realizado. Crece una certeza que no está fundada solamente en razones, sino también en la experiencia interior que Dios nos comunica. Además, esa certeza va siendo cada vez más sincera cuando dejamos que impregne nuestro corazón y nuestros afectos. Así, tanto las cosas de Dios como las cosas del mundo, todo lo que acontece, se comprende y se acoge desde Dios de una manera más profunda y esperanzada.
San Josemaría aconsejaba en 1971 a un sacerdote que estaba por predicar un retiro espiritual: «Mételes en el corazón el amor al Espíritu Santo, que es meter el amor al Padre y al Hijo. Porque el Hijo ha sido engendrado por el Padre desde toda la eternidad; y del amor del Padre y del Hijo, también eternamente, procede el Espíritu Santo. No lo entendemos bien, pero a mí no me cuesta creer»[3-7]. Estas palabras resumen lo que siente el alma que recibe este don del Paráclito. Por un lado, sabe que no es capaz de comprender el misterio; pero, al mismo tiempo, tiene la certeza de su auxilio y de su luz.
Podemos pedir a María que nos conceda vivir nuestra vida cotidiana inmersos en el misterio de Dios, siguiendo aquella recomendación gráfica del fundador del Opus Dei: con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.
[3-1] San Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 94,4.
[2] San Juan Pablo II, Audiencia general, 5-IV-1989, nn. 2-3.
[3-3] San Juan Pablo II, Audiencia general, 31-V-1989, n. 1.
[3-4] Francisco, Audiencia general, 30-IV-2014.
[3-5] Ibíd.
[3-6] San Josemaría, Camino, n. 279.
[3-7] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 21-II-1971.

Miércoles - VI semana de Pascua
- Dios nos ayuda con el don de consejo.
- Asiste a la virtud de la prudencia.
- Espíritu Santo y apostolado.
EL PROFETA Isaías había anunciado la llegada de un rey que gozaría de cualidades excepcionales para gobernar al pueblo. El Espíritu de Dios reposaría sobre él, dándole «espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor» (Is 11,2). Los dones del Espíritu Santo, a los que se hace referencia en este texto, «completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas»[4-1]. Consideramos hoy el don de consejo, que nos ayuda a juzgar para tomar la mejor decisión en cada momento.
«No faltan nunca problemas que a veces parecen insolubles. Pero el Espíritu Santo socorre en las dificultades e ilumina... Puede decirse que posee una inventiva infinita, propia de la mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos»[4-2]. Con el don de consejo, el Paráclito nos hace más sensibles a su voz, orienta «nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras intenciones según el corazón de Dios»[4-3]. En muchos momentos de nuestra vida, especialmente cuando se nos presenta una dificultad o una duda, tenemos experiencia del bien que nos hace tener cerca personas sabias que nos dan consejos, llenos de sentido común. Con el don de consejo es Dios mismo quien nos asiste. Lo explicaba Jesús a sus discípulos al terminar la última cena: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16,12-14).
El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, nos sugiere lo mejor, lo que conviene más al alma, lo que nos lleva a la verdadera felicidad. «La conciencia se convierte entonces en el “ojo sano” del que habla el Evangelio (cfr. Mt 6,22) y adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual le es posible ver mejor qué hay que hacer en una determinada circunstancia»[4-4].
«ENSÉÑAME, Señor, a hacer tu voluntad porque tú eres mi Dios» (Sal 143,10) –podemos clamar, con el salmista–. «Señor, muéstrame tus caminos, enséñame tus senderos» (Sal 25,4). El Espíritu Santo sale al encuentro de esta oración humilde con el don de consejo, que es como una brújula que guía al alma desde dentro, es como una luz que ilumina nuestras decisiones para vivir con fidelidad creativa nuestra propia vocación. De esta manera, el Espíritu Santo nos encamina a descubrir los proyectos de Dios para nuestra vida.
El don de consejo perfecciona y enriquece la virtud de la prudencia. Con esta virtud discurrimos y elegimos los medios más razonables para alcanzar un fin inmediato, algo concreto que debemos hacer, sin perder de vista el fin último que es la felicidad junto a Dios. La prudencia no es apocamiento ni temeridad: es un juicio de la razón sobre lo que es conveniente y, a la vez, un mandato para realizarlo. El papel del don de consejo es perfeccionar de tal modo la virtud de la prudencia para que aquellas dos tareas –el juicio y la decisión– resulten más sencillas y encontrar gusto en ellas. Por eso señala san Josemaría que «la verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación»[4-5].
El hábitat en el que crece este precioso regalo es la oración; allí, de alguna manera, hacemos espacio para que el Espíritu venga y nos asista con su ayuda. Tantas veces le podremos decir a Dios: «Señor, ¿por qué no me ayudas más? ¿Qué es mejor hacer en esta ocasión? ¿Qué deseas tú que yo haga?». La Iglesia, a través de la voz del salmista, nos invita a rezar con estas palabras confiadas: «Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré» (Sal 16,7-8).
EL DON de consejo nos auxilia también para poder orientar a los demás en el camino hacia el bien. Cuando san Pablo llegó a Atenas, le invitaron a hablar en el areópago, donde se reunían para sus debates intelectuales. Intervino allí con una enorme elocuencia: «Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos. Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo» (Hch 17,22-23). Como fruto de aquel testimonio, «algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos» (Hch 17,34).
Pablo desarrolló un discurso que puede ser ejemplo para la evangelización en cualquier época: mostró la naturaleza razonable del cristianismo y lo mucho que puede para aportar al mejor pensamiento humano. Les habló primero del único Dios vivo y verdadero, en el que «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 18,28); y, a continuación, anunció a Jesucristo, salvador de todos los hombres. Como sucedió en aquellos tiempos con san Pablo y con los primeros cristianos, también hoy Dios nos da el don de consejo para que seamos testigos que evangelizamos nuestra propia época «con don de lenguas, de modo que nos entiendan, de modo que reciban la luz de Dios»[4-6].
El apostolado de amistad y confidencia es un ámbito privilegiado para obrar junto al Espíritu Santo, ya que «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz»[4-7]. También María, madre del buen consejo, nos puede dar luces en nuestra tarea apostólica.
[4-1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1831.
[4-2] San Juan Pablo II, Audiencia, 24-IV-1991.
[4-3] Francisco, Audiencia, 7-V-2014.
[4-4] San Juan Pablo II, Audiencia, 7-V-1989.
[4-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 87.
[4-6] San Josemaría, AGP, biblioteca, P06, II, 202.
[4-7] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 14.

Jueves - VI semana de Pascua
- El Espíritu Santo y el don de ciencia.
- Para ver a Dios en lo creado.
- Restaurar, en Cristo, todas las cosas.
EN EL DISCURSO de la última cena, los apóstoles no alcanzaban a comprender en toda su profundidad las palabras del Maestro. En varios momentos les vemos comentar entre ellos sus perplejidades. «¿Qué es esto que nos dice: “Dentro de un poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver”, y que “voy al Padre”? Y decían: –¿Qué es esto que dice: “Dentro de un poco”? No sabemos a qué se refiere» (Jn 16,16-18).
Jesús, sin embargo, continúa su discurso: «Lloraréis y os lamentaréis, y en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20). Los discípulos no podían descifrar lo que estaba aconteciendo, y tampoco lo pudieron hacer durante los días de la muerte y resurrección de Jesús, ya que les faltaba la asistencia del Espíritu Santo: la tercera persona de la Santísima Trinidad sería enviada por el Padre y el Hijo después de la ascensión. Es el Paráclito quien tenía reservada para sí la tarea de «enseñar», «recordar» y «dar testimonio» de todo lo que Jesús había dicho y hecho (cf. Jn 14,26; 15,26), iluminando sus inteligencias, moviendo sus voluntades y encendiendo sus corazones.
Para entender las palabras de Dios, contenidas en la Revelación, necesitamos la asistencia del Espíritu Santo. Es un regalo suyo que podamos hacer una buena interpretación de los acontecimientos y situaciones que vivimos, una lectura en clave de hijo escogido para una misión. El don que nos envía el Paráclito con este fin es conocido como don de ciencia, ya que capacita nuestra mirada para que podamos descubrir la presencia y la majestad del creador en todo lo que nos sucede y en todo lo creado.
EL ESCRITOR sagrado concluye las distintas jornadas de la creación diciendo: «Y vio Dios que era bueno» (Gen 1,9:12:18:21:25). El creador mismo parece maravillarse ante lo que ha salido de sus manos, y nos invita a contemplar aquella belleza y a custodiarla. La creación es un regalo inestimable de Dios, es una carta que nos ha escrito, y con la luz del Paráclito aprendemos a leer en ella su infinito amor por nosotros. Al terminar de moldear al hombre, se añade un matiz: «Y vio Dios que era muy bueno» (Gen 1,31). La Escritura señala lo especial que es el hombre para Dios, su belleza destaca sobre el resto del mundo creado. Gracias al don de ciencia vemos todo cuanto nos rodea –en especial a los demás hombres y mujeres– como obra de Dios, aprendemos «a encontrar en la creación los signos, las huellas de Dios, a comprender que Dios habla en todo tiempo y me habla a mí»[5-1].
De esta manera, descubrimos «el sentido teológico de lo creado»[5-2]. Así, con el don de ciencia, el Espíritu Santo nos mueve a una espontánea oración de alabanza, que se traduce en acciones de gracias y cantos, en bendiciones y salmos. La alabanza es una oración que reconoce la grandeza de Dios y la ensalza. «El Señor es grande y digno de toda alabanza» (Sal 48, 2), dice el salmista. «Gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo», rezamos varias veces al día. El Gloria y el Santo que recitamos en la Santa Misa son precisamente una expresión de este deseo de rendir homenaje al creador.
La oración de alabanza está presente especialmente en el libro de los Salmos, que recoge los cantos y aclamaciones que el pueblo de Israel realizaba en el culto a Dios. En la contemplación de la creación, el salmista, modelo para la oración del cristiano, ora y canta su amor al creador: «¡Dios y Señor nuestro, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2); «Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal 19,2); «Alabad al Señor desde los cielos (...). Alabadle, sol y luna, alabadle, todas las estrellas luminosas» (Sal 148,1). Con los dones del Paráclito experimentamos el mundo de un modo más bello y luminoso: aprendemos a ver todo con buenos ojos, y querer cada cosa como Dios la quiere; descubrimos las huellas de Dios en cada ser y, así, nos sabemos acompañados por él.
AL MISMO TIEMPO que descubrimos la grandeza de la creación, el don de ciencia «nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el creador»[5-3]. Así, el Espíritu Santo nos socorre para que sepamos distinguir entre las cosas y Dios, descubriendo la infinita distancia que las separa. No caemos en la tentación de convertir las cosas creadas en ídolos que nos alejen de Dios. «Amamos el mundo porque Dios lo hizo bueno, porque salió perfecto de sus manos, y porque –si algunos hombres lo hacen a veces feo y malo, por el pecado– nosotros tenemos el deber de consagrarlo, de llevarlo, de devolverlo a Dios: de restaurar en Cristo todas las cosas de los cielos y las de la tierra (cfr. Ef 1,10)»[5-4].
Está muy cerca la solemnidad de la Ascensión. El Señor nos ha redimido y sube a la derecha del Padre. Nos encarga a sus discípulos unirnos a él con una vida santa, que santifique cuanto toca. Por eso, antes de su marcha, Jesús manifestó a Dios Padre un deseo: «No pido que los saques del mundo» (Jn 17,15). Nos quiere en nuestro ambiente, en nuestro trabajo, en medio de la sociedad en la que vivimos. «En el mundo, sin ser mundanos», decía san Josemaría, para santificarlo, para transformarlo, para poner a los pies de Dios todas las cosas que tengamos entre manos, «colocando a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas»[5-5].
Con el don de ciencia tenemos a nuestro alcance la posibilidad de «animar con el Evangelio el trabajo de cada día (...), y así dar sentido al trabajo, también al que resulta difícil»[5-6]; el don de ciencia nos asiste en esta tarea de poner todo en armonía con Dios. Mirando a María, madre del creador, podemos aprender a amar mejor el mundo y a alabar las manos que han moldeado todo cuanto nos rodea.
[5-1] Benedicto XVI, Audiencia, 2-VI-2012.
[5-2] San Juan Pablo II, Audiencia, 23-IV-1989.
[5-3] Ibíd.
[5-4] San Josemaría, Cartas 23, n. 6.
[5-5] San Josemaría, Conversaciones, n. 59.
[5-6] Benedicto XVI, Audiencia, 2-VI-2012.

Viernes - VI semana de Pascua
- La alegría cristiana.
- El don de la sabiduría.
- El sabio es la sal de la tierra.
EN LA NOCHE de Pascua, la Iglesia cada año canta el pregón pascual, expresión de la alegría por la victoria de Jesucristo: «¡Exulte el coro de los ángeles… Goce la tierra inundada de tanta claridad… Resuene este templo con las aclamaciones del pueblo en fiesta!». Después de los dolorosos días de la pasión, los apóstoles recuperaron la alegría al contemplar el rostro del resucitado. En la última cena, Cristo les había advertido: «Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría (...). Os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,20-23).
La alegría es una aspiración grabada en nuestro ser. «Nuestro corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar sabor a la existencia»[6-1]. En la vida junto a Jesús podemos encontrar la alegría que anhelamos, aun en medio de dificultades o sufrimientos: este es un elemento central de la experiencia cristiana. Después de Pentecostés, la alegría se convierte para la primera comunidad en un estilo de vida, porque el gozo es un fruto de la presencia del Espíritu Santo. «Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2, 46-47), relata el libro de los Hechos de los apóstoles.
La alegría y el amor van de la mano. «El hombre no puede vivir sin amor»[6-2], recordaba san Juan Pablo II al inicio de su pontificado. La alegría cristiana nace, en primer lugar, de sabernos amados incondicionalmente por Dios: él nos acoge, nos acepta y nos ama tal como somos, también cuando nos parece no experimentar su presencia. «Alegraos de tal forma –decía san Agustín– que, sea cual sea la situación en la que os encontréis, tengáis presente que el Señor está cerca; nada os preocupe»[6-3].
COMIENZA la costumbre del decenario al Espíritu Santo, que nos puede ayudar a preparar la Solemnidad de Pentecostés. En una tradicional invocación al Parácilto, los cristianos le pedimos el don de «conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos». Entre la sabiduría y la alegría hay también un vínculo estrecho. El primero y mayor de los dones del Espíritu Santo es el don de sabiduría, que nos da un conocimiento profundo del misterio de Dios, un saber nuevo y lleno de caridad, con el que «el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas»[6-4]. Santo Tomás de Aquino aseguraba que la sabiduría es «un cierto sabor»[6-5] de Dios, un gusto para lo espiritual. que siempre trae gozo.
Dice la Sagrada Escritura: «Rogué prudencia, y se me concedió; invoqué un espíritu de sabiduría, y vino a mí. La antepuse a cetros y tronos y, comparada con ella, tuve en nada la riqueza. La piedra más preciosa no la iguala, porque, a la vista de ella, todo el oro es un poco de arena, y, ante ella, la plata vale lo que el barro» (Sb 7,7-9). «El verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive»[6-6]. Los santos nos dan el mejor ejemplo de esta sabiduría gozosa; siguiendo sus huellas aprendemos a impregnar con la luz de la sabiduría la vida entera: las vivencias, los sentimientos, los sueños, los proyectos.
El don de sabiduría, «al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida. (...) No es que el cristiano no advierta todo lo bueno que hay en la humanidad, que no aprecie las limpias alegrías, que no participe en los afanes e ideales terrenos. Por el contrario, siente todo eso desde lo más recóndito de su alma, y lo comparte y lo vive con especial hondura, ya que conoce mejor que hombre alguno las profundidades del espíritu humano»[6-7]. La sabiduría nos introduce en el significado profundo de la realidad, también en sus constantes claroscuros. Superamos con ella la superficie de las cosas para bucear en el sentido último de lo que acontece.
SAN PABLO permaneció en Corinto predicando la palabra de Dios durante largo tiempo porque, en una visión, el Señor le dijo: «No tengas miedo, sigue hablando y no calles, que yo estoy contigo y nadie se te acercará para hacerte daño» (Hch 18,9). La firmeza de la fe y del testimonio de Pablo se apoyó en la convicción de que Dios, que conoce todos los corazones y todas las cosas, estaba junto a él.
El don de sabiduría nos enseña «a sentir con el corazón de Dios, a hablar con las palabras de Dios»[6-8]. No es fruto del estudio ni surge por una buena disposición intelectual, aunque pueda apoyarse en ellos. Es un don gratuito del dulce Huésped del alma, con el que descubrimos la bondad y grandeza del Señor, que llena de sabor nuestra vida para que nos convirtamos en «sal de la tierra» (Mt 5,13). El corazón del «sabio» tiene el sabor de Dios, de tal modo que se convierte para los demás en un testigo de su presencia.
La Sagrada Escritura narra que, en los inicios de su reinado, Salomón tuvo un sueño en el que Dios le animó a que le pidiera cualquier cosa: «Pide qué quieres que te dé» (1 Re 3,1-15). A este requerimiento divino, el rey respondió: «Concede a tu siervo un corazón dócil para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal». Fue muy grato a los ojos de Dios que Salomón le hubiera pedido sabiduría, como el mayor de todos los tesoros. Tomando ejemplo del rey sabio, podemos pedir al Espíritu Santo este don, ya que «cuando la sabiduría divina nos lleva de la mano, nos adentramos con confianza en el mundo»[6-9]. María, causa de nuestra alegría y asiento de la sabiduría, nos acompaña en esta petición.
[6-1] Benedicto XVI, Mensaje, 15-III-2012.
[6-2] San Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 10.
[6-3] San Agustín, Sermón «Estad siempre alegres en el Señor», PL 38, 933-935.
[6-4] San Juan Pablo II, Audiencia, 9-IV-1989.
[6-5] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q.45, a.2, ad.1.
[6-6] San Juan Pablo II, Audiencia, 9-IV-1989.
[6-7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 133.
[6-8] Francisco, Audiencia, 9-IV-2014.
[6-9] San Juan Pablo II, Audiencia, 29-I-2003.

Sábado - VI semana de Pascua
- El don de la piedad.
- La oración de petición es confianza en Dios.
- La piedad nos hace mansos de corazón.
EN UN CLIMA de mucha intimidad, Jesús dice a los apóstoles: «El Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre» (Jn 16,26-28). Lleno de ternura por ellos, Jesús les repite, una y otra vez, que Dios Padre los ama con un amor semejante al suyo. Toda la conversación está empapada de emoción, mientras les descubre los tesoros escondidos en el corazón divino. Es tan profundo el afecto de Cristo –«los amó hasta el fin» (Jn 13,1), dice san Juan– que le duele dejarlos solos, sin el calor de su presencia.
«El Padre mismo os ama». La confianza en el amor de Dios Padre crece en el cristiano con el don de piedad, que el Espíritu Santo regala cuando inhabita en el alma. Es un don que perfecciona la virtud de la piedad, «virtud que se asienta, tiene su fuente y fundamento en la filiación divina, porque nace de ella, de la conciencia de quien vive y saborea su condición de hijo de Dios»[7-1]. «Por ello, ante todo, el don de piedad suscita en nosotros la gratitud y la alabanza. Es esto, en efecto, el motivo y el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra adoración. Cuando el Espíritu Santo nos hace percibir la presencia del Señor y todo su amor por nosotros, nos caldea el corazón y nos mueve casi naturalmente a la oración y a la celebración»[7-2].
Paladeamos, entonces, nuestra identidad de hijos amados. La piedad siembra en el corazón la ternura filial, que nos hace necesitar la conversación con Dios. La piedad, dice san Josemaría, llega a «informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos»[7-3] y se traduce en la confianza alegre de que el amor del Padre nunca nos faltará. Mediante este don, «el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos»[7-4].
«SI LE PEDÍS al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). Jesús nos alienta a tener tal confianza en Dios, que podamos pedir con la seguridad de que nos escucha. Ser muy pedigüeños es una manifestación de piedad. Aunque podría parecer a primera vista una manifestación de egoísmo, es justo al contrario, pues la oración de petición supone un total abandono en su voluntad poderosa. Al sentirnos hijos sin demasiados recursos propios, ¡qué lógico resulta mirar a Dios y recurrir a él para obtener gracia, ayuda y perdón!
«Pedir, suplicar, esto es muy humano (...). La oración de petición va a la par que la aceptación de nuestro límite y de nuestra creaturalidad. Se puede incluso llegar a no creer en Dios, pero es difícil no creer en la oración: esta sencillamente existe, se presenta a nosotros como un grito, y todos tenemos que lidiar con esta voz interior que quizá puede callar durante mucho tiempo, pero un día se despierta y grita. Sabemos que Dios responderá. No hay orante en el libro de los Salmos que levante su lamento y no sea escuchado. Dios responde siempre, de una manera u otra. La Biblia lo repite infinidad de veces: Dios escucha el grito de quien lo invoca. También nuestras peticiones tartamudeadas, las que quedan en el fondo del corazón, que tenemos vergüenza de expresar, el Padre las escucha y quiere donarnos el Espíritu Santo que anima toda oración y lo transforma todo»[7-5].
Así, el don de piedad da frescura y naturalidad a la oración, que además de ser una conversación sencilla, tendrá un tono confiado que nos hace «tratar a Dios con ternura de corazón»[7-6]. El Espíritu Santo suscita en nosotros una oración llena de tonalidades, como la misma vida. En ocasiones, nos quejaremos al Padre: «¿Por qué escondes tu rostro?» (Sal 44,25). Otras veces, le hablaremos de nuestros deseos de santidad: «Oh Dios, tú eres mi Dios, al alba te busco, mi alma tiene sed de ti» (Sal 63,2); o del anhelo de una unión con él más profunda: «Estando contigo, nada deseo en la tierra» (Sal 73,25). Y siempre reposará nuestra esperanza en su misericordia: «Tú eres mi Dios salvador, y en Ti espero todo el día» (Sal 25,5).
LA PIEDAD verdadera influye en nuestra relación con los demás. Las personas que nos rodean son hijos del mismo Padre, son nuestros hermanos. La ternura con Dios Padre desemboca en ternura también con ellos. En la vida diaria, en la que nos relacionamos con tanta gente, «la ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre»[7-7]. El Espíritu Santo ensancha nuestro corazón y lo hace capaz de amar a los demás de una manera libre y gratuita. De alguna manera, nuestro corazón recibe el regalo inmerecido de la mansedumbre del corazón de Cristo.
La piedad impulsa a tratar con amabilidad y solicitud a quien está a nuestro lado. Además, «extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón»[7-8]. La piedad nos hace apacibles, acogedores y pacientes. Estando en paz con Dios extendemos esa paz a todas nuestras relaciones. En las situaciones difíciles, cuando estamos bajo presión, con la ayuda de la piedad aprendemos a reaccionar sin violencia, como vemos que hace Cristo. La «mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí mismo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás (...). Necesitamos mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no agredir»[7-9].
«Pidamos al Señor que el don de su Espíritu venza nuestro temor, nuestras inseguridades, también nuestro espíritu inquieto, impaciente, y nos convierta en testigos gozosos de Dios y de su amor, adorando al Señor en verdad, y también en el servicio al prójimo con mansedumbre y con la sonrisa que siempre nos da el Espíritu Santo»[7-10]. Confiamos esta súplica a la intercesión de María, Vaso insigne de devoción, con las palabras de la Salve: «¡Oh, clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!».
[7-1] Diccionario de san Josemaría, voz “Piedad”.
[7-2] Francisco, Audiencia general, 4-VI-2014.
[7-3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 146.
[7-4] San Juan Pablo II, Ángelus, 28-V-1989.
[7-5] Francisco, Audiencia general, 9-XII-2020.
[7-6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 167.
[7-7] San Juan Pablo II, Ángelus, 28-V-1989.
[7-8] Ibíd.
[7-9] Francisco, Ángelus, 1-XI-2020.
[7-10] Francisco, Audiencia general, 4-VI-2014.