"Meditaciones breves" para la sexta semana de Pascua

Autor
AA.VV
Publicación
OpusDei.org

Domingo - VI semana de Pascua

  • Amarse los unos a los otros.
  • Dios nunca nos abandona.
  • Guiados por el Espíritu Santo.

Lunes - VI semana de Pascua

  • Contar con la ayuda del Paráclito.
  • El Espíritu Santo nos lleva hacia la verdad.
  • El don de la fortaleza.

Martes - VI semana de Pascua

  • Jesús anuncia su retorno al Padre.
  • El don de entendimiento.
  • Comprender y acoger la realidad desde Dios.

Miércoles - VI semana de Pascua (pendiente en 2021 Beato Álvaro)

Jueves - VI semana de Pascua (pendiente en 2021 Nuestra Señora de Fátima) 

Viernes - VI semana de Pascua (pendiente en 2021 San Matías) 

Sábado - VI semana de Pascua

  • El don de la piedad.
  • La oración de petición es confianza en Dios.
  • La piedad nos hace mansos de corazón.

 

 

resurrecion

 

Domingo - VI semana de Pascua

  • Amarse los unos a los otros.
  • Dios nunca nos abandona.
  • Guiados por el Espíritu Santo.

«COMO EL PADRE me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Con estas palabras, Jesús se despidió de los suyos poco antes de la pasión. Al pronunciarlas, sabía que en pocas horas le abandonarían a su suerte. Sin embargo, deseaba grabarlas a fuego en sus corazones para que, pasado el mal trago de la traición, esta certeza fuera el alimento de su vida apostólica. «Ya no os llamo siervos (...); a vosotros, en cambio, os he llamado amigos» (Jn 15,15). Aunque requiere de nuestra libertad, la iniciativa para esta maravillosa amistad es suya. Se ha fijado en cada uno con amor y nos ha elegido (cfr. Jn 15,16), porque «él nos amó» primero (1 Jn 4,10).

«Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando» (Jn 15,14). Este es el secreto para vivir siempre en él y no perder nunca su amistad. Aquella noche los apóstoles no tuvieron ocasión de preguntarle por los mandamientos que debían guardar, porque Jesús les ofreció directamente la clave: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,12-13). Ellos conocían de primera mano cómo amaba el Señor. Cada apóstol hubiera podido contarnos la multitud de detalles personales que Jesús había tenido particularmente con él. También podrían relatar el cariño y la paciencia con que cuidaba de todos quienes se le acercaban. Los apóstoles lo habían visto, sabían que Jesús estaba dispuesto a todo.

En la noche que dio inicio a su dolorosa pasión, el Señor estableció una nueva ley de amor que sus discípulos estamos invitados a vivir: un amor que tiene como medida el manifestado en la cruz de Cristo. «El amor ya no es sólo un mandamiento, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro»[1-1]. Además, él mismo nos envía a llevar al mundo la Buena Noticia de su amor. «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Cumplimos esta misión si aprendemos a amar como él lo hace: ofreciendo la vida por los demás, llevando su alegría a nuestros amigos y conocidos «para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,11).

«DIOS ES amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Así define san Juan la esencia de Dios. «Aunque nada más se dijera en alabanza del amor –dice san Agustín– (...) en todas las páginas de la Sagrada Escritura, y únicamente oyéramos por boca del Espíritu Santo “Dios es amor”, nada más deberíamos buscar»[1-2]. Uno de los primeros pasos en el camino de la fe es creer que el amor de Dios por cada uno es indestructible. «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida»[1-3]. De alguna manera se puede decir que él no es capaz de dejarnos de amar, esa es su debilidad.

Como amigos del Señor estamos llamados a vivir con él, en él, y recibimos «por él la vida» (1 Jn 4,9). Nosotros tenemos la misma experiencia de los apóstoles: cuando le perdemos de vista y nos olvidamos de su amor, nos sentimos perdidos, somos ramas secas. Necesitamos estar cerca del Señor, reclinar nuestra cabeza en su pecho, como el apóstol Juan. Sin embargo, también sabemos que aunque le abandonemos –muchas veces por debilidad–, él vendrá rápidamente a buscarnos de nuevo, como hizo con sus discípulos después de la Resurrección. Es «un Dios que corre hacia nosotros», abriéndonos los brazos con su gracia, para perdonar cualquier ofensa, porque «no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades»[1-4].

Estamos recorriendo el tramo final de la Pascua. A partir de este domingo, la liturgia dirige su mirada hacia la llegada del Espíritu Santo que Jesús prometió a sus discípulos. El Hijo debía volver al Padre. Ya no estará visiblemente con ellos pero, les asegura que no tienen por qué inquietarse ya que no les dejará huérfanos. «El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho» (Jn 14,25). Después de la maravillosa experiencia de tres años de vida con Cristo, su ausencia sería insoportable sin el consuelo de su Espíritu, e imposible la extraordinaria misión que iba a dejar en sus manos.

EL LIBRO DE los Hechos de los Apóstoles, que hemos leído en la Misa durante la Pascua, narra la historia de la evangelización en los años posteriores a Pentecostés. Se le conoce como el evangelio del Espíritu Santo porque nos muestra las maravillas realizadas por él en la Iglesia naciente. El Espíritu Santo inspiraba las audacias apostólicas y ponía en sus labios palabras llenas de fuerza, moviendo al mismo tiempo los corazones de los que les escuchaban. Él presidía las decisiones sobre el porvenir de la Iglesia y trazaba la ruta de los apóstoles, los guiaba, los movía o los detenía. Su amor era la alegría y la seguridad de los cristianos perseguidos. El Espíritu, que llenó plenamente el alma de Cristo, llenaba también los corazones de sus «amigos», revelándoles la sabiduría que proviene de Dios. Él les alentaba y santificaba.

Pentecostés no fue solamente el acontecimiento sorprendente de un domingo en Jerusalén. Toda la vida de la primitiva comunidad estuvo llena del Espíritu Santo, y él mismo continúa guiando hoy a la Iglesia y puede guiar nuestros corazones. En el relato de la conversión de Cornelio, el Espíritu Santo condujo a Pedro a la casa del centurión. «Le dijo el Espíritu: Mira, te buscan tres hombres. Levántate, baja y vete con ellos sin ningún reparo, porque los he enviado yo» (Hch 10,19-20). Cuando llegó a la casa, y mientras Pedro predicaba, el don del Espíritu se derramó sobre aquella familia pagana haciéndoles «hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios». Se quedaron todos muy sorprendidos porque el Espiritu Santo no distinguía entre judíos o gentiles, incluso el mismo Pedro se asombró. «Entonces habló Pedro: ¿Podrá alguien negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo» (Hch 10,47-48).

El Espíritu Santo es don de Dios que renueva nuestro amor y nuestro deseo de servir a Cristo. Es amor que hace crecer el amor. Su llegada nos sorprende, a veces por inesperada, otras veces por la fuerza de su intervención. Con su presencia, la fe y la esperanza recuperan su frescor, el amor conquista el corazón, la alegría y la bondad parecen más sencillas de poseer y de repartir a los de nuestro alrededor. Le pedimos a Dios en este domingo que el misterio de la Pascua «transforme nuestra vida y se manifieste en nuestras obras», como dice la oración colecta de la Misa. Podemos acudir a María para que nos enseñe a permanecer con su Hijo, confiando en que el Espíritu Santo cubra nuestras vidas con su sombra.

 


[1-1] Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1.

[1-2] San Agustín, In Epist. Ioann. ad Parth., 7,4.

[1-3] Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1.

[1-4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

 

 

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Lunes - VI semana de Pascua

  • Contar con la ayuda del Paráclito.
  • El Espíritu Santo nos lleva hacia la verdad.
  • El don de la fortaleza.

JESÚS, en su discurso de despedida, promete la venida de «otro Paráclito» (Jn 14,16) que estará siempre con nosotros. Paráclito es una palabra típica del evangelio de san Juan y, en su origen griego, se refiere a una persona que viene a consolar, defender o ayudar. Jesús anuncia la llegada de otro paráclito para cuando él hubiera partido porque el primero es él mismo: la Sagrada Escritura nos dice que Cristo, en el cielo, es «nuestro abogado cerca del Padre» (1 Jn 2,1). El Espíritu Santo, por su parte, permanece para siempre con nosotros en la tierra, nos acompaña y consuela, nos protege y defiende. Es camino hacia Cristo ya que nos recuerda sus palabras (cfr. Jn 15,26); suavemente y con discrección orienta nuestro corazón hacia Jesucristo. «Quien se embriaga del Espíritu está arraigado en Cristo»[2-1], decía san Ambrosio.

«Enseñar y recordar: esta es la tarea del Espíritu Santo. Nos enseña a entrar en el misterio, a entenderlo un poco más. Nos enseña la doctrina de Jesús y nos enseña cómo desarrollar nuestra fe (...). La fe no es estática; la doctrina no es estática: crece. Crece como crecen los árboles, siempre los mismos, pero más grandes, con fruta, pero siempre igual, en la misma dirección (...). Y otra cosa que dice Jesús que hace el Espíritu Santo es recordar: “Os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 15,26). El Espíritu Santo es como la memoria, nos despierta: “Acuérdate de eso, acuérdate de lo otro”. Nos mantiene despiertos en las cosas del Señor y también nos hace recordar nuestra vida: “Piensa en aquel momento, piensa en cuándo encontraste al Señor, piensa en cuándo lo dejaste”.

(...). El Espíritu Santo nos guía en esta memoria; nos guía para discernir lo que tengo que hacer ahora, cuál es el camino correcto y cuál es el equivocado, también en las pequeñas decisiones. Si le pedimos luz al Espíritu Santo, él nos ayudará a tomar las decisiones correctas, las pequeñas de cada día y las más grandes. Es quien nos acompaña, nos apoya»[2-2].

EL SEGUIMIENTO de Jesús nos conduce a querer vivir en la verdad, fascinados por buscarla con empeño, acogiéndola y amándola. Querer abrazar la verdad es amar verdaderamente a Cristo. En esta empresa, «el Espíritu Santo enseña al cristiano la verdad como principio de vida y le muestra la aplicación concreta de las palabras de Jesús en su vida»[2-3]. Al menos en tres ocasiones, Jesús se refirió al Paráclito como «el Espíritu de la verdad» (Jn 14,17; 15,26; 16,13). Aun siendo otro distinto de Jesús, el Espíritu Santo lleva a su perfección la presencia de Jesús en nosotros.

Sabemos que «Jesucristo es la verdad hecha persona, que atrae hacia sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es resplandor de verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la verdad que es él y a él remite. Jesús es la estrella polar de la libertad humana: (...) con él, la libertad se reencuentra, se reconoce creada para el bien y se expresa mediante acciones y comportamientos de caridad(...). Jesucristo, que es la plenitud de la verdad, atrae hacia sí el corazón de todo hombre, lo dilata y lo colma de alegría. En efecto, solo la verdad es capaz de invadir la mente y hacerla gozar en plenitud»[2-4].

Ese amor a la verdad que impulsa nuestra inteligencia es obra del Espíritu Santo. Nos llena también de humildad ante lo creado y ante la capacidad de nuestro propio conocimiento, que siempre será poco en comparación con el misterioso obrar de Dios. «Procura que “la humildad de entendimiento” sea, para ti, un axioma»[2-5], aconsejaba san Josemaría. «El deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre, y toda la creación es una inmensa invitación a buscar las respuestas que abren la razón humana a la gran respuesta que desde siempre busca y espera»[2-6].

El ESPÍRITU SANTO obra en el alma mediante sus dones, y los «distribuye a cada uno según quiere» (1 Cor 12,11). Uno de sus regalos es el don de fortaleza, que nos impulsa hacia grandes metas y nos sostiene en la debilidad. San Josemaría recogía la experiencia cristiana cuando recordaba que «toda nuestra fortaleza es prestada»[2-7]. Este don es necesario para perseguir y abrazar la verdad de manera continua a lo largo de nuestra vida. Ciertamente nos puede resultar fatigoso, sobre todo porque nuestras capacidades no están siempre a la altura de nuestros deseos; también porque la verdad es, en ocasiones, difícil de aceptar y no siempre coincide con lo que nos parecería la mejor opción. En no pocas ocasiones tendremos que abrirnos humildemente a otras posibilidades de respuesta, a otros modos de hacer, aunque hayamos pensado durante largo tiempo estar en lo correcto.

Por eso, el don de fortaleza debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristianos, ya que nos mantiene leales en la búsqueda. El amor a la verdad compromete nuestra vida y la fortaleza nos da la firmeza necesaria. Así podremos «afrontar los problemas con valentía, sin miedo al sacrificio ni a las cargas más pesadas, asumiendo en conciencia la propia y personal responsabilidad»[2-8].

Dice Jesús: «También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (Jn 15,27). El cristiano está llamado a ser un testigo fiable de la búsqueda humilde y sincera de la verdad. Cristo advirtió a sus discípulos de las persecuciones que recibirían por su testimonio. Aquellos hombres, después de recibir el don de fortaleza en Pentecostés, se convierten en testigos valientes. Fueron verdaderamente fuertes ante las contradicciones, ante lo inesperado que se hizo presente en sus vidas, en situaciones que tal vez echaron por tierra sus planes y proyectos. La amable compañía de María nos ampara: ella escucha nuestra invocación para que el Espíritu de la verdad ilumine «las inteligencias y fortalezca las voluntades, de manera que nos acostumbremos siempre a buscar, a decir y a oír la verdad»[2-9].

 


[2-1] San Ambrosio, Catequesis sobre los sacramentos, 5, 3, 17.

[2-2] Francisco, Homilía, 11-V-2020.

[2-3] San Juan Pablo II, Audiencia general, 24-IV-1991.

[2-4] Benedicto XVI, Discurso, 10-II-2006.

[2-5] San Josemaría, Forja, n. 142.

[2-6] Benedicto XVI, Discurso, 10-II-2006.

[2-7] San Josemaría, Camino, n. 728.

[2-8] San Josemaría, Discursos sobre la universidad, n. 8.

[2-9]Ibíd.

 

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Martes - VI semana de Pascua

  • Jesús anuncia su retorno al Padre.
  • El don de entendimiento.
  • Comprender y acoger la realidad desde Dios.

DURANTE la sexta semana de Pascua, la Iglesia continúa proclamando algunos pasajes del discurso de despedida de Jesús, recogidos en el evangelio de Juan. Hoy escuchamos al Señor que anuncia con claridad, durante la Última Cena, su inminente retorno al cielo: «Ahora me voy al que me envió (...). Me voy al Padre y no me veréis» (Jn 16,5;10). Podemos imaginar el desconcierto entre los apóstoles al recibir este anuncio. Probablemente se llenaron de tristeza al escuchar esas palabras. ¿Cómo era posible que se terminaran, de una vez por todas, esos maravillosos años de convivencia? A los apóstoles «les daba miedo el pensamiento de perder la presencia visible de Jesús –explica san Agustín–. Su afecto humano se entristecía al pensar que sus ojos no experimentarían más el consuelo de verlo»[3-1].

Entonces, se decían unos a otros: «¿Qué esto que nos dice? No sabemos a qué se refiere» (Jn 16,17-18). En ese momento no podían entender a Jesús. Sencillamente, no poseían las claves para hacerlo. Sin embargo, aunque no comprendieron el sentido preciso de su palabras, ninguno de ellos se atreve a hacer la «pregunta: ¿Adónde vas?» (Jn 16,5). Probablemente estaban atónitos por el curso que había tomado la cena. Tres años antes, junto al Jordán, en el inicio de la aventura con Cristo, Juan y Andrés ya habían hecho una pregunta que ahora podría ser oportuna: «Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1,38-39). En la Última Cena, sin embargo, ante el cariz misterioso de la conversación, se quedan callados.

«Tras la resurrección, aquellas palabras se hicieron para los discípulos más comprensibles y transparentes, como anuncio de su ascensión al cielo. (...) Sólo Jesús posee la energía divina y el derecho de “subir al cielo”, nadie más. La humanidad abandonada a sí misma, a sus fuerzas naturales, no tiene acceso a esa “casa del Padre” (Jn 14,2), a la participación en la vida y en la felicidad de Dios. Solo Cristo puede abrir al hombre este acceso: él, el Hijo que “bajó del cielo”, que “salió del Padre” precisamente para esto»[3-2]. Jesús se va para enviarnos –a sus apóstoles y a nosotros– el consuelo de su Espíritu y para abrirnos la casa de su Padre.

ESTÁ CLARO que Jesús no tenía intención de dejar solos a sus discípulos; el Espíritu Santo continúa la misión del Hijo, llenando de fortaleza sus vidas y regalándoles dones que les ayudarán a entender las cosas de Dios. El Señor vincula la venida del Espíritu Santo con su partida hacia el Padre, «subrayando así que [el Paráclito] tendrá el “precio” de su marcha»[3-3]. Lo que suponía una gran tristeza para los apóstoles allí reunidos era, en realidad, el plan de salvación que Dios había trazado; el hueco que dejaba el Señor no quedaría vacío, lo iba a llenar el Espíritu Santo. Por eso les dice: «Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré» (Jn 16,7). Todo les resultará más claro en Pentecostés, cuando sean inundados con sus dones.

El don del entendimiento nos permite precisamente penetrar en los misterios revelados que los apóstoles no podían comprender en aquel momento. También se llama don de intelecto, cuya etimología, intus-legere, leer dentro, sugiere que se trata de una gracia que facilita conocer lo más intrínseco de la realidad. El don de entendimiento nos otorga una intuición para las cosas de Dios, un conocimiento profundo de las verdades de fe e incluso de ciertas verdades naturales en orden al fin sobrenatural. Allí donde no alcanza el ojo ni la razón humana, el entendimiento nos hace ver más allá, como sucede con esos dispositivos de visión nocturna que en medio de la noche aportan una sorprendente claridad. Aun cuando nunca podremos comprender perfectamente el misterio de Dios, ni abarcarlo en su totalidad, con este don del Espíritu Santo nos podemos acercar poco a poco.

Con el don de entendimiento tenemos «capacidad de ir más allá del aspecto externo de la realidad y escrutar las profundidades del pensamiento de Dios y de su designio de salvación»[3-4]. Aunque en muchos momentos tenemos la tentación de juzgar los acontecimientos solo con ojos humanos, y no alcanzamos a unir nuestra mirada a la de Dios, este don divino nos permite «comprender las cosas como las comprende Dios, con la inteligencia de Dios»[3-5]. San Josemaría lo comparaba a la capacidad de mirar no solo en dos dimensiones, de una manera plana y pegada a la tierra: «Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen»[3-6].

EN LA PRIMERA lectura de hoy, los Hechos de los apóstoles narran con detalle el encarcelamiento de Pablo y Silas en Filipos (cfr. Hch 16,22-34). «Después de haberles dado numerosos azotes, los arrojaron en la cárcel (...). A eso de la medianoche, Pablo y Silas se pusieron a orar y a entonar alabanzas a Dios». De pronto se produjo un terremoto, «se abrieron todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos». Al ver la situación, el carcelero se intentó suicidar, pero Pablo «le gritó con fuerte voz: ¡No te hagas ningún daño, que estamos todos aquí!». Temblando de miedo este hombre les preguntó: «Señores, ¿qué debo hacer para salvarme? Ellos le contestaron: Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa. Le predicaron entonces la palabra del Señor a él y a todos los de su casa». La conversión de esta familia de Filipos es muy rápida. Han entendido en pocas horas lo suficiente como para desear bautizarse inmediatamente. Entonces, subieron a su casa, «les preparó la mesa y se regocijó con toda su familia por haber creído en Dios».

El don de entendimiento perfecciona nuestra fe, nos abre la mente para comprender la Palabra de Dios, lo que Jesús ha dicho y realizado. Crece una certeza que no está fundada solamente en razones, sino también en la experiencia interior que Dios nos comunica. Además, esa certeza va siendo cada vez más sincera cuando dejamos que impregne nuestro corazón y nuestros afectos. Así, tanto las cosas de Dios como las cosas del mundo, todo lo que acontece, se comprende y se acoge desde Dios de una manera más profunda y esperanzada.

San Josemaría aconsejaba en 1971 a un sacerdote que estaba por predicar un retiro espiritual: «Mételes en el corazón el amor al Espíritu Santo, que es meter el amor al Padre y al Hijo. Porque el Hijo ha sido engendrado por el Padre desde toda la eternidad; y del amor del Padre y del Hijo, también eternamente, procede el Espíritu Santo. No lo entendemos bien, pero a mí no me cuesta creer»[3-7]. Estas palabras resumen lo que siente el alma que recibe este don del Paráclito. Por un lado, sabe que no es capaz de comprender el misterio; pero, al mismo tiempo, tiene la certeza de su auxilio y de su luz.

Podemos pedir a María que nos conceda vivir nuestra vida cotidiana inmersos en el misterio de Dios, siguiendo aquella recomendación gráfica del fundador del Opus Dei: con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.

 


[3-1] San Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 94,4.

[2] San Juan Pablo II, Audiencia general, 5-IV-1989, nn. 2-3.

[3-3] San Juan Pablo II, Audiencia general, 31-V-1989, n. 1.

[3-4] Francisco, Audiencia general, 30-IV-2014.

[3-5] Ibíd.

[3-6] San Josemaría, Camino, n. 279.

[3-7] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 21-II-1971.

 

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Sábado - VI semana de Pascua

  • El don de la piedad.
  • La oración de petición es confianza en Dios.
  • La piedad nos hace mansos de corazón.

EN UN CLIMA de mucha intimidad, Jesús dice a los apóstoles: «El Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre» (Jn 16,26-28). Lleno de ternura por ellos, Jesús les repite, una y otra vez, que Dios Padre los ama con un amor semejante al suyo. Toda la conversación está empapada de emoción, mientras les descubre los tesoros escondidos en el corazón divino. Es tan profundo el afecto de Cristo –«los amó hasta el fin» (Jn 13,1), dice san Juan– que le duele dejarlos solos, sin el calor de su presencia.

«El Padre mismo os ama». La confianza en el amor de Dios Padre crece en el cristiano con el don de piedad, que el Espíritu Santo regala cuando inhabita en el alma. Es un don que perfecciona la virtud de la piedad, «virtud que se asienta, tiene su fuente y fundamento en la filiación divina, porque nace de ella, de la conciencia de quien vive y saborea su condición de hijo de Dios»[7-1]. «Por ello, ante todo, el don de piedad suscita en nosotros la gratitud y la alabanza. Es esto, en efecto, el motivo y el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra adoración. Cuando el Espíritu Santo nos hace percibir la presencia del Señor y todo su amor por nosotros, nos caldea el corazón y nos mueve casi naturalmente a la oración y a la celebración»[7-2].

Paladeamos, entonces, nuestra identidad de hijos amados. La piedad siembra en el corazón la ternura filial, que nos hace necesitar la conversación con Dios. La piedad, dice san Josemaría, llega a «informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos»[7-3] y se traduce en la confianza alegre de que el amor del Padre nunca nos faltará. Mediante este don, «el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos»[7-4].

«SI LE PEDÍS al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). Jesús nos alienta a tener tal confianza en Dios, que podamos pedir con la seguridad de que nos escucha. Ser muy pedigüeños es una manifestación de piedad. Aunque podría parecer a primera vista una manifestación de egoísmo, es justo al contrario, pues la oración de petición supone un total abandono en su voluntad poderosa. Al sentirnos hijos sin demasiados recursos propios, ¡qué lógico resulta mirar a Dios y recurrir a él para obtener gracia, ayuda y perdón!

«Pedir, suplicar, esto es muy humano (...). La oración de petición va a la par que la aceptación de nuestro límite y de nuestra creaturalidad. Se puede incluso llegar a no creer en Dios, pero es difícil no creer en la oración: esta sencillamente existe, se presenta a nosotros como un grito, y todos tenemos que lidiar con esta voz interior que quizá puede callar durante mucho tiempo, pero un día se despierta y grita. Sabemos que Dios responderá. No hay orante en el libro de los Salmos que levante su lamento y no sea escuchado. Dios responde siempre, de una manera u otra. La Biblia lo repite infinidad de veces: Dios escucha el grito de quien lo invoca. También nuestras peticiones tartamudeadas, las que quedan en el fondo del corazón, que tenemos vergüenza de expresar, el Padre las escucha y quiere donarnos el Espíritu Santo que anima toda oración y lo transforma todo»[7-5].

Así, el don de piedad da frescura y naturalidad a la oración, que además de ser una conversación sencilla, tendrá un tono confiado que nos hace «tratar a Dios con ternura de corazón»[7-6]. El Espíritu Santo suscita en nosotros una oración llena de tonalidades, como la misma vida. En ocasiones, nos quejaremos al Padre: «¿Por qué escondes tu rostro?» (Sal 44,25). Otras veces, le hablaremos de nuestros deseos de santidad: «Oh Dios, tú eres mi Dios, al alba te busco, mi alma tiene sed de ti» (Sal 63,2); o del anhelo de una unión con él más profunda: «Estando contigo, nada deseo en la tierra» (Sal 73,25). Y siempre reposará nuestra esperanza en su misericordia: «Tú eres mi Dios salvador, y en Ti espero todo el día» (Sal 25,5).

LA PIEDAD verdadera influye en nuestra relación con los demás. Las personas que nos rodean son hijos del mismo Padre, son nuestros hermanos. La ternura con Dios Padre desemboca en ternura también con ellos. En la vida diaria, en la que nos relacionamos con tanta gente, «la ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre»[7-7]. El Espíritu Santo ensancha nuestro corazón y lo hace capaz de amar a los demás de una manera libre y gratuita. De alguna manera, nuestro corazón recibe el regalo inmerecido de la mansedumbre del corazón de Cristo.

La piedad impulsa a tratar con amabilidad y solicitud a quien está a nuestro lado. Además, «extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón»[7-8]. La piedad nos hace apacibles, acogedores y pacientes. Estando en paz con Dios extendemos esa paz a todas nuestras relaciones. En las situaciones difíciles, cuando estamos bajo presión, con la ayuda de la piedad aprendemos a reaccionar sin violencia, como vemos que hace Cristo. La «mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí mismo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás (...). Necesitamos mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no agredir»[7-9].

«Pidamos al Señor que el don de su Espíritu venza nuestro temor, nuestras inseguridades, también nuestro espíritu inquieto, impaciente, y nos convierta en testigos gozosos de Dios y de su amor, adorando al Señor en verdad, y también en el servicio al prójimo con mansedumbre y con la sonrisa que siempre nos da el Espíritu Santo»[7-10]. Confiamos esta súplica a la intercesión de María, Vaso insigne de devoción, con las palabras de la Salve: «¡Oh, clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!».

 


[7-1] Diccionario de san Josemaría, voz “Piedad”.

[7-2] Francisco, Audiencia general, 4-VI-2014.

[7-3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 146.

[7-4] San Juan Pablo II, Ángelus, 28-V-1989.

[7-5] Francisco, Audiencia general, 9-XII-2020.

[7-6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 167.

[7-7] San Juan Pablo II, Ángelus, 28-V-1989.

[7-8] Ibíd.

[7-9] Francisco, Ángelus, 1-XI-2020.

[7-10] Francisco, Audiencia general, 4-VI-2014.