"Meditaciones breves" para la séptima semana de Pascua

Autor
AA.VV
Publicación
OpusDei.org

Domingo - VII semana de Pascua - Ascensión (Ciclo B)

  • Jesús envía en misión a sus discípulos y a nosotros.
  • Se va al cielo, pero no nos abandona.
  • Cristo nos precede como cabeza.

Domingo - VII semana de Pascua - Ascensión (ciclo C)

  • Jesús envía en misión a sus discípulos.
  • Se va al cielo, pero no nos abandona.
  • Cristo nos precede como cabeza.

Lunes - VII semana de Pascua - Ascensión

  • Los discípulos reciben el Espíritu Santo.
  • Paz en medio de las tribulaciones.
  • La paciencia es un fruto del Espíritu Santo.

Martes - VII semana de Pascua - Ascensión (pendiente en 2021 Beata Guadalupe)

 

Miércoles - VII semana de Pascua - Ascensión

  • Buscar la unidad de los cristianos a través de la oración.
  • El temor de Dios es un don para los hijos.
  • Para aborrecer el pecado y abrirnos a la santidad.

Jueves - VII semana de Pascua - Ascensión

  • La grandeza del don de Dios.
  • El Espíritu Santo siempre nos renueva.
  • La longanimidad nos saca del miedo.

Viernes - VII semana de Pascua - Ascensión

  • La mansedumbre es un fruto del Espíritu Santo.
  • El yugo de Dios es suave.
  • Los mansos heredarán la tierra.

Sábado - VII semana de Pascua - Ascensión

  • El Espíritu Santo nos hace presente el amor de Dios.
  • El amor de Dios renueva, perdona y da fuerza.
  • Dar y recibir el amor de Dios.

Domingo - VIII semana de Pascua - Pentecostés

  • El Espíritu Santo da inicio a nuestra misión y la impulsa.
  • Con el Paráclito se nos da el perdón.
  • La vida y la fuerza de Dios se nos dan en el Espíritu Santo.

Lunes después de Pentecostés – Santa María Madre de la Iglesia

  • Presencia materna de la Virgen en la Iglesia.
  • Madre en el Calvario.
  • La Iglesia, como María, lleva a todos hacia Cristo.

Solemnidad de la Santísima Trinidad - Domingo después de Pentecostés (ciclo C)

  • La Trinidad está en nuestra alma.
  • Amor del Padre, del Hijo y del Espíritu.
  • El Espíritu Santo nos lleva a Cristo y al Padre.

Solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo

  • Cristo se entrega totalmente a los hombres.
  • Banquete, sacrificio y comunión.
  • Jesús hoy sale a nuestras calles.

Sagrado Corazón de Jesús (C)

  • Nuestro valor es la sangre de Cristo.
  • Un corazón que no deja de buscarnos.
  • Emprender el camino de vuelta.

Inmaculado Corazón de María

  • María, morada del Espíritu Santo.
  • Bienaventurados los limpios de corazón.
  • Considerar todo en el corazón.
as

 

Domingo - VII semana de Pascua - Ascensión (Ciclo B)

  • Jesús envía en misión a sus discípulos y a nosotros.
  • Se va al cielo, pero no nos abandona.
  • Cristo nos precede como cabeza.

CUARENTA DÍAS después de la Pascua, la Iglesia celebra la Ascensión de Jesús a los cielos. Como enseña el Prefacio de la Misa, «el Señor, rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy –ante el asombro de los ángeles– a lo más alto de los cielos como Mediador entre Dios y los hombres, como Juez del mundo y Señor del universo»[1-1]. San Marcos narra que, antes de subir al cielo, Jesús ratificó la misión apostólica de sus discípulos: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). Es un encargo ambicioso: no se trata de evangelizar al pueblo de Israel, o al imperio romano, sino al mundo entero, a toda la creación. «Parece de verdad demasiado audaz el encargo que Jesús confía a un pequeño grupo de hombres sencillos y sin grandes capacidades intelectuales. Sin embargo, esta reducida compañía, irrelevante frente a las grandes potencias del mundo, es invitada a llevar el mensaje de amor y de misericordia de Jesús a cada rincón de la tierra. Pero este proyecto de Dios solo puede ser realizado con la fuerza que Dios mismo concede a los apóstoles»[1-2].

Después de lo que habían vivido en aquellos cuarenta días posteriores a la resurrección de Jesús, los discípulos respondieron a su mandato misionero con fe operativa: «Se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). La misión apostólica no es tarea exclusiva para aquellos primeros discípulos, sino que también nosotros recibimos el mismo encargo divino; por eso sentimos tan cercano aquel día en el que Jesús subió al cielo. «El apostolado es como la respiración del cristiano: no puede vivir un hijo de Dios, sin ese latir espiritual. Nos recuerda la fiesta de hoy que el celo por las almas es un mandato amoroso del Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone, antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima. Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: este es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama»[1-3].

SAN LUCAS cuenta que, poco antes de subir a los cielos, Jesús «los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo» (Lc 24,50). En cierta manera, desde aquel día «sus manos quedan extendidas sobre este mundo. Las manos de Cristo que bendicen son como un techo que nos protege (…). En el marcharse, él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Esta es la razón permanente de la alegría cristiana»[1-4]. La liturgia de las horas medita hoy las palabras de san Agustín sobre este misterio: «No se alejó del cielo, cuando descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta él (...). Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia»[1-5].

San Marcos, por su parte, concluye su evangelio diciendo que, «después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (Mc 16,19). La escena es fácil de imaginar si seguimos lo que de ellas escribe san Josemaría: «Es justo que la santa humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la gloria»[1-6].

Jesús asciende al cielo, pero no nos abandona. «Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la Ascensión; con su poder supera todo espacio, (…) está presente al lado de todos, y todos lo pueden evocar en todo lugar y a lo largo de la historia»[1-7]. Jesús permanece con nosotros: el Espíritu Santo habita en nuestra alma en gracia y el Señor nos acompaña también físicamente en la Eucaristía. «Es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con él en la oración»[1-8].

«CUANDO MIRABAN fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo”» (Hch 1,10-11). La solemnidad de la Ascensión nos enciende en la esperanza de compartir la gloria de la que goza Jesús, a la que somos llamados como miembros de su cuerpo. «No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino»[1-9].

«Este “éxodo” hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó del todo por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios. Precisamente por eso, el Padre se complació en él y lo “exaltó”, restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, “es para nosotros como un ancla del alma” (Hb 6,19), un ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido»[1-10].

El Señor nos espera en el cielo y nos envía el Espíritu Santo, sus dones y sus frutos, para que lleguemos también nosotros a la meta. «Después de subir el Señor al cielo, los discípulos se reunieron en oración en el Cenáculo, con la Madre de Jesús, invocando juntos al Espíritu Santo, que los revestiría de fuerza para dar testimonio de Cristo resucitado. Toda comunidad cristiana, unida a la Virgen santísima, revive en estos días esa singular experiencia espiritual en preparación de la solemnidad de Pentecostés»[1-11].

 


[1-1] Misal Romano, Prefacio, Misa de la Ascensión del Señor.

[1-2] Francisco, Regina coeli, 13-V-2018.

[1-3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 122.

[1-4] Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 400.

[1-5] San Agustín, Sermón de la Ascensión.

[1-6] San Josemaría. Santo Rosario, II misterio glorioso.

[1-7] Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 329.

[1-8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 118.

[1-9] Misal Romano, Prefacio, Misa de la Ascensión del Señor.

[1-10] Benedicto XVI, Ángelus, 4-V-2008

[1-11] Benedicto XVI, Ángelus, 8-V-2005.

 

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Domingo - VII semana de Pascua - Ascensión (ciclo C)

  • Jesús envía en misión a sus discípulos.
  • Se va al cielo, pero no nos abandona.
  • Cristo nos precede como cabeza.

CUARENTA DÍAS después de la Pascua, la Iglesia celebra la Ascensión de Jesús a los cielos. «El Señor, rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte –señala el Prefacio de la Misa–, ha ascendido hoy ante el asombro de los ángeles a lo más alto de los cielos, como mediador entre Dios y los hombres»[c-1].

La Sagrada Escritura nos relata que, momentos antes de subir al cielo, Jesús había dicho a sus discípulos: «Está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones» (Lc 24,46-47). Antes de ir hacia la derecha del Padre, Jesús deja una tarea ambiciosa: la de evangelizar no solamente al pueblo de Israel o al imperio romano, sino al mundo entero, a toda la creación. «Parece de verdad demasiado audaz el encargo que Jesús confía a un pequeño grupo de hombres sencillos y sin grandes capacidades intelectuales. Sin embargo, esta reducida compañía, irrelevante frente a las grandes potencias del mundo, es invitada a llevar el mensaje de amor y de misericordia de Jesús a cada rincón de la tierra»[c-2].

También nosotros hemos recibido ese mismo encargo divino, y por eso sentimos tan cercano aquel día en el que Jesús subió al cielo. San Josemaría decía que «el apostolado es como la respiración del cristiano: no puede vivir un hijo de Dios, sin ese latir espiritual. Nos recuerda la fiesta de hoy que el celo por las almas es un mandato amoroso del Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone, antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima. Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: este es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama»[c-3].

SAN LUCAS cuenta que, poco antes de subir a los cielos, Jesús «los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo» (Lc 24,50). En cierta manera, desde aquel día «sus manos quedan extendidas sobre este mundo. Las manos de Cristo que bendicen son como un techo que nos protege (…). Al marcharse, él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Esta es la razón permanente de la alegría cristiana»[c-4].

La liturgia de las horas medita hoy unas palabras de san Agustín sobre este misterio: «No se alejó del cielo, cuando descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta él (...). Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia»[c-5]. Jesús asciende al cielo, pero no nos abandona. «Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la Ascensión; con su poder supera todo espacio, (…) está presente al lado de todos, y todos lo pueden evocar en todo lugar y a lo largo de la historia»[c-6].

Jesús asciende al Padre y, al mismo tiempo, permanece con nosotros: el Espíritu Santo habita en nuestra alma en gracia y el Señor nos acompaña también físicamente en la Eucaristía. «Es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con él en la oración»[c-7].

«CUANDO MIRABAN fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse”» (Hch 1,10-11). La solemnidad de la Ascensión nos enciende en la esperanza de compartir la gloria de la que goza Jesús, a la que somos llamados como miembros de su cuerpo. «No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino»[c-8].

«Este “éxodo” hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó del todo por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres (...). Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, “es para nosotros como un ancla del alma” (Hb 6,19), un ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido»[c-9].

El Señor nos espera en el cielo y nos envía el Espíritu Santo, sus dones y sus frutos, para que lleguemos también nosotros a la meta. «Después de subir el Señor al cielo, los discípulos se reunieron en oración en el Cenáculo, con la Madre de Jesús, invocando juntos al Espíritu Santo, que los revestiría de fuerza para dar testimonio de Cristo resucitado. Toda comunidad cristiana, unida a la Virgen santísima, revive en estos días esa singular experiencia espiritual en preparación de la solemnidad de Pentecostés»[c-10].

[c-1] Misal Romano, Misa de la Ascensión del Señor, Prefacio.

[c-2] Francisco, Regina coeli, 13-V-2018.

[c-3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 122.

[c-4] Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, II. p. 400.

[c-5] San Agustín, Sermón de la Ascensión, 1-2; PLS 2, 494-495.

[c-6] Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, II, p. 329.

[c-7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 118.

[c-8] Misal Romano, Misa de la Ascensión del Señor, Prefacio.

[c-9] Benedicto XVI, Ángelus, 4-V-2008

[c-10] Benedicto XVI, Ángelus, 8-V-2005.

 

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Lunes - VII semana de Pascua - Ascensión

  • Los discípulos reciben el Espíritu Santo.
  • Paz en medio de las tribulaciones.
  • La paciencia es un fruto del Espíritu Santo.

CUANDO SAN PABLO llegó a Éfeso, «encontró unos discípulos y les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?”» (Hch 19,1-2). Llama la atención que la primera pregunta del apóstol de las gentes sea precisamente sobre el conocimiento acerca de la tercera persona de la Santísima Trinidad; esto manifiesta la prioridad que tenía en la iglesia primitiva y que sigue teniendo ahora. «Contestaron: “Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo”. Él les dijo: “Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?”. Respondieron: “El bautismo de Juan”» (vv. 2-3).

San Pablo quería que quienes abrazaban la fe conocieran la profundidad de la vida de Dios; en este caso, les aclara que «“Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús”. Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús» (vv. 4-5). En la escena vemos una comunidad que, además del Bautismo, recibió la Confirmación en la fe con el don del Paráclito: «Cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres» (vv. 6-7).

En el sacramento de la Confirmación nosotros también recibimos el Espíritu Santo «para comprometernos más plenamente en la batalla que libra la Iglesia contra el pecado (...). Para que podáis trabajar con fe profunda y caridad constante, para ayudar a que el mundo consiga los frutos de la reconciliación y de la paz»[2-1]. En nuestro camino de preparación para la fiesta de Pentecostés, podemos preguntarnos: «¿Qué sitio ocupa en nuestra vida el Espíritu Santo? ¿Soy capaz de escucharlo? ¿Soy capaz de pedir inspiración antes de tomar una decisión o de decir una palabra o de hacer algo? (...). ¿Pido que me guíe por el camino que debo elegir en mi vida, y también todos los días? ¿Pido que me dé la gracia de distinguir lo bueno de lo menos bueno? (...). Pidamos la gracia de aprender ese lenguaje para escuchar al Espíritu Santo»[2-2].

EN EL EVANGELIO de la Misa de hoy se lee el discurso de despedida de Jesús en la Última Cena. El Señor quiere preparar a sus discípulos para lo que ocurrirá dentro de pocas horas. Después de la alegoría de la vid y los sarmientos, el maestro les promete que enviará al Espíritu Santo. «Le dicen sus discípulos: “Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios”. Les contestó Jesús: “¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo”» (Jn 16,29-32).

«Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de evangelización, y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe y de nuestra relación con Jesús. Debemos considerar estas dificultades como la posibilidad para ser todavía más misioneros y para crecer en esa confianza hacia Dios, nuestro Padre, que no abandona a sus hijos en la hora de la tempestad»[2-3]. Jesús demuestra a sus discípulos que conoce lo que va a suceder; sabe que padecerá sufrimientos y les asegura que, a pesar de todo, él seguirá ofreciéndose como fundamento para que su fe no decaiga. Cristo confía en el amor del Padre; ese será su consuelo y el de sus discípulos en el futuro: «No estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16,32).

Después de la Resurrección, los apóstoles recordarían estas palabras como un bálsamo, al ver que se había cumplido el resto del discurso. El Señor no había prometido a los discípulos una vida sin inquietudes ni problemas, sino que les anunció con realismo la misión apostólica. Sin embargo, también les dio la clave para superarlas: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). La vida del cristiano en la tierra entraña un esfuerzo constante para luchar con uno mismo y procurar encontrar en Dios el fundamento, abandonar en él nuestra alegría y nuestra paz. «Nunca podré tener verdadera alegría si no tengo paz –decía san Josemaría–. ¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz»[2-4].

«OS HE HABLADO de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Podemos pedir al Señor que nos conceda y nos aumente la paciencia, fruto del Espíritu Santo que «es el don de entender que las cosas importantes llevan tiempo, que el cambio es orgánico, que hay límites, y que tenemos que trabajar dentro de ellos y mantener al mismo tiempo los ojos en el horizonte, como hizo Jesús»[2-5]. La paciencia nos ayuda a «soportar la prueba, la dificultad, la tentación y las propias miserias»[2-6]; nos ayuda a mantener la esperanza en la propia lucha, a pesar de nuestras debilidades. Decía san Josemaría: «En las batallas del alma, la estrategia muchas veces es cuestión de tiempo, de aplicar el remedio conveniente, con paciencia, con tozudez. Aumentad los actos de esperanza. Os recuerdo que sufriréis derrotas, o que pasaréis por altibajos –Dios permita que sean imperceptibles– en vuestra vida interior, porque nadie anda libre de esos percances. Pero el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer»[2-7].

Ante las dificultades externas o las contrariedades que pueden surgir en el trato con los demás, nos servirá el consejo de Jesús: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Si entramos en esa escuela, aprenderemos a «ver las cosas con paciencia. No son como queremos, sino como vienen por providencia de Dios: hemos de recibirlas con alegría, sean como sean. Si vemos a Dios detrás de cada cosa, estaremos siempre contentos, siempre serenos. Y de ese modo manifestaremos que nuestra vida es contemplativa, sin perder nunca los nervios»[2-8]. Es verdad que siempre «se presentan ocasiones en las que surge la impaciencia: interrupciones imprevistas en el trabajo, retrasos que hacen esperar, pequeñas o grandes contrariedades del día a día. Pensemos –¡hablemos!– enseguida con el Señor: ¡más paciencia has tenido tú conmigo, Jesús! La impaciencia, además de lo que pueda tener de reacción instintiva, es falta de mortificación interior y, en su raíz, falta de caridad. Al revés, la comprensión, la disculpa, la paz, son efecto del cariño a Dios y a los demás. Ante cualquier movimiento de impaciencia, procuremos sonreír y rezar por quien interrumpe, hace esperar o nos cansa en un momento determinado y ofrecérselo al Señor con alegría (...). Jesús, con tu gracia; Madre mía, con tu ayuda»[2-9].

 


[2-1] San Juan Pablo II, Homilía, 30-V-1982.

[2-2] Francisco, Homilía, 29-V-2017.

[2-3] Francisco, Ángelus, 25-VI-2017.

[2-4] San Josemaría, Camino, n. 308.

[2-5] Francisco, Soñemos juntos, Simon & Schuster, Nueva York, 2020, p. 45.

[2-6] San Josemaría, Cartas 2, n. 47.

[2-7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219.

[2-8] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 6-VII-1967.

[2-9] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, pp. 179-180.

 

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Miércoles - VII semana de Pascua - Ascensión

  • Buscar la unidad de los cristianos a través de la oración.
  • El temor de Dios es un don para los hijos.
  • Para aborrecer el pecado y abrirnos a la santidad.

JESÚS, AL FINAL de su oración sacerdotal, pide al Padre por la unidad de sus discípulos: «Guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Jn 17,11). Se trata de una intención que perdura a lo largo de los siglos: que todos los cristianos formemos una unidad.

«La unidad es sobre todo un don, es una gracia para pedir con la oración. Cada uno de nosotros lo necesita. De hecho, nos damos cuenta de que no somos capaces de custodiar la unidad ni siquiera en nosotros mismos. También el apóstol Pablo sentía dentro de sí un conflicto lacerante: querer el bien y estar inclinado al mal (cfr. Rm 7,19). Comprendió así que la raíz de tantas divisiones que hay a nuestro alrededor –entre las personas, en la familia, en la sociedad, entre los pueblos y también entre los creyentes– está dentro de nosotros. El Concilio Vaticano II afirma que “los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre (...). Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad» (Gaudium et spes, 10). Por tanto, la solución a las divisiones no es oponerse a alguien, porque la discordia genera otra discordia. El verdadero remedio empieza por pedir a Dios la paz, la reconciliación, la unidad»[4-1].

«Precisamente porque la búsqueda de la plena unidad exige confrontar la fe entre creyentes que tienen un único Señor, la oración es la fuente que ilumina la verdad que se ha de acoger enteramente. Asimismo, por medio de la oración, la búsqueda de la unidad, lejos de quedar restringida al ámbito de los especialistas, se extiende a cada bautizado. Todos, independientemente de su misión en la Iglesia y de su formación cultural, pueden contribuir activamente, de forma misteriosa y profunda»[4-2].

CONTINÚA LA SOLEMNE oración de Jesús a su Padre durante sus últimos momentos antes de la pasión: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo» (Jn 17,17-18). Nos anima, y también nos llena de responsabilidad, que Jesús haya pedido por la santidad de sus discípulos y que la ponga como fundamento para la misión que les asigna. Y no se quedó allí: después de la resurrección, les envió el Espíritu Santo para que los colmara con sus dones y con sus frutos. San Pablo explica a los gálatas que, «como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”. Así que ya no eres esclavo, sino hijo» (Ga 4,6-7). Somos hijos de Dios, llamados a ser santos. En este contexto de filiación divina se comprende la importancia del “temor de Dios”, don del Espíritu Santo anunciado en los salmos: «El temor del Señor es puro y eternamente estable» (19,10), «principio de la sabiduría» (111,10). San Josemaría escribió que el temor de Dios «es veneración del hijo para su Padre, nunca temor servil, porque tu Padre-Dios no es un tirano»[4-3].

El temor de Dios como abandono confiado en la bondad de un Padre rico en misericordia le brinda nuevas perspectivas a nuestra lucha espiritual. «Nos recuerda cuán pequeños somos ante Dios y ante su amor, y que nuestro bien está en abandonarnos con humildad, con respeto y confianza en sus manos (...). Adquiere en nosotros la forma de la docilidad, del reconocimiento y de la alabanza, llenando nuestro corazón de esperanza. Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre»[4-4]. El temor de Dios nos hace conscientes de los límites que tenemos como criaturas, de que hay algo grande que podemos desaprovechar. El santo temor de Dios nos da una cierta insatisfacción que nos lleva a estar atentos a ese Dios que sigue pasando a nuestro lado.

«Y POR ELLOS YO ME SANTIFICO a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad» (Jn 17,19). Siguiendo a Jesús, decía san Josemaría: «Hemos de ser santos para santificar»[4-5]. Con esa conciencia de la prioridad de la gracia, podemos pedir al Espíritu Santo que nos llene de temor de Dios, para ser más humildes y dóciles a sus inspiraciones: «El Espíritu Santo abre los corazones con el don del temor de Dios. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados. Cuando estamos invadidos por el temor de Dios estamos predispuestos a seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia»[4-6].

Somos hijos de Dios con la misión de reconciliar al mundo con Dios, de llevarlo a su felicidad plena. El temor de Dios no lleva al apocamiento: «Es un don que hace de nosotros cristianos convencidos, entusiastas, que no permanecen sometidos al Señor por miedo, sino que son movidos y conquistados por su amor»[4-7]. Otra consecuencia del temor de Dios en el alma es el rechazo de lo que pueda ofender al Padre amado: «No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado»[4-8].

Podemos acudir a la Virgen Santísima, llena de gracia, para que nos alcance de Dios «el don de temor, que haciéndonos aborrecer todo pecado, imprima en nuestro corazón el espíritu de adoración y una profunda y sincera humildad»[4-9].

 


[4-1] Francisco, Audiencia general, 20-I-2021.

[2] San Juan Pablo II, Ut unum sint, n. 70.

[4-3] San Josemaría, Camino, n. 435.

[4-4] Francisco, Audiencia general, 11-VI-2014.

[4-5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 9.

[4-6] Francisco, Audiencia general, 11-VI-2014.

[4-7] Ibíd.

[4-8] San Josemaría, Camino, n. 386.

[4-9] San Josemaría, Consagración al Espíritu Santo.

 

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Jueves - VII semana de Pascua - Ascensión

  • La grandeza del don de Dios.
  • El Espíritu Santo siempre nos renueva.
  • La longanimidad nos saca del miedo.

JESÚS, ANTES de subir a la cruz por amor a cada hombre y cada mujer, quiere elevarnos hasta la altura de su amor. El Señor quiere, de alguna manera, ponernos a su mismo nivel, regalarnos todo lo que tiene, todo lo que ha recibido. Por eso nos ofrece su intimidad con Dios Padre. «Yo les he dado la gloria que Tú me diste» (Jn 17,22), leemos en el evangelio de la Misa de hoy. Jesús quiere que el Padre, de alguna manera, nos mire con el mismo orgullo con que le mira a él. Y para heredar todo este patrimonio es importante comprender, ante todo, «que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios (...). Si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de la misma vida un don»[5-1].

Jesús nos regala el Espíritu Santo, el dador de todos los dones, el amor que hay entre Dios Padre y él. Y con él nos da uno de sus frutos: la longanimidad, que es grandeza de ánimo ante las dificultades. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes»[5-2], decía san Josemaría. Hemos sido llamados a recibir un amor infinito, pero muchas veces nuestra capacidad no se corresponde con las ansias de dilatarse que han sido regaladas a nuestro corazón. Es posible que, con frecuencia, nos concentremos demasiado en nuestras debilidades y pecados. Sin embargo, el Espíritu Santo siempre nos empuja a mirar hacia arriba, a contemplar el horizonte, a levantarnos con más fuerza. No son nuestras obras solas las que conquistan la santidad, ni siquiera son lo más importante: es Dios quien hace que nuestra entrega, esa pequeña semilla de mostaza, se multiplique y sirva para dar sombra a tantos.

«CUANDO LA VIDA de nuestras comunidades atraviesa períodos de “flojedad”, donde se prefiere la tranquilidad doméstica a la novedad de Dios, es una mala señal. Quiere decir que se busca resguardarse del viento del Espíritu. Cuando se vive para la autoconservación y no se va a los lejanos, no es un buen signo. El Espíritu sopla, pero nosotros arriamos las velas. Sin embargo, tantas veces hemos visto obrar maravillas. A menudo, precisamente en los períodos más oscuros, el Espíritu ha suscitado la santidad más luminosa. Porque él es el alma de la Iglesia, siempre la reanima de esperanza, la colma de alegría, la fecunda de novedad, le da brotes de vida. Como cuando, en una familia, nace un niño: trastorna los horarios, hace perder el sueño, pero lleva una alegría que renueva la vida, la impulsa hacia adelante, dilatándola en el amor. De este modo, el Espíritu trae un “sabor de infancia” a la Iglesia. Obra un continuo renacer. Reaviva el amor de los comienzos. El Espíritu recuerda a la Iglesia que, a pesar de sus siglos de historia, es siempre una veinteañera, la esposa joven de la que el Señor está apasionadamente enamorado. No nos cansemos por tanto de invitar al Espíritu a nuestros ambientes, de invocarlo antes de nuestras actividades: “Ven, Espíritu Santo”»[5-3].

La Iglesia camina hacia Pentecostés con la esperanza de alcanzar este don. Quiere llenarse de longanimidad: «No mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu palabra...»[5-4], decimos en la Santa Misa. No queremos distraernos con una visión de corto alcance. Queremos fijar la mirada en lo definitivo, en lo que no pasa, en el amor de Dios por cada uno. San Josemaría nos animaba siempre a tener la mirada puesta en el horizonte: «No contempléis nada sólo con ojos humanos, hijas e hijos míos. No miréis con la nariz pegada al muro, porque entonces no veríais más que un poco de pared, algo de suelo y la punta de vuestros zapatos, que ni siquiera estarán limpios porque se habrán manchado con el polvo del camino. Alzad la cabeza, veréis el cielo, azul o nublado, pero esperando vuestro vuelo. Los obstáculos de la sensualidad, de la soberbia, de la vanidad; en una palabra, de la idiotez humana, no son tan altos que puedan, si nosotros no queremos, cegarnos por completo la vista»[5-5].

«LES HE DADO a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26), continúa diciendo Jesús en el evangelio de hoy. En algunos momentos llama la atención cómo los apóstoles, elegidos por Cristo desde toda la eternidad, a veces no eran demasiado conscientes de lo que sucedía a su alrededor. Pero, en realidad, así somos también nosotros tantas veces, que nos distraemos en lo más inmediato: «Muchas veces nuestra vida está planteada según la lógica del tener, del poseer, y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide que pierdan algo de sí mismas, se echan atrás, tienen miedo de las exigencias de la fe. Existe el temor de tener que renunciar a algo bello, a lo que uno está apegado; el temor de que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos (...). Debemos saber reconocer que perder algo, más aún, perderse a sí mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar más plenamente. Quien se encomienda a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado. Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo»[5-6].

Lo contrario a la longanimidad es el miedo, el apocamiento, las ganas de asegurar todo, de no arriesgar nada. Dejarse vencer por el miedo es lo más fácil pero también intuimos a dónde conduce ese camino. El Espíritu libera nuestros corazones encerrados en el miedo. Transforma nuestra vida, pero lo hace a su estilo: «El cambio del Espíritu es diferente: no revoluciona la vida a nuestro alrededor, pero cambia nuestro corazón; no nos libera de repente de los problemas, pero nos hace libres por dentro para afrontarlos; no nos da todo inmediatamente, sino que nos hace caminar con confianza (...). ¿Cómo lo hace? Renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado. Este es el gran cambio: de culpables nos hace justos y, así, todo cambia, porque de esclavos del pecado pasamos a ser libres, de siervos a hijos, de descartados a valiosos, de decepcionados a esperanzados. De este modo, el Espíritu Santo hace que renazca la alegría, que florezca la paz en el corazón»[5-7].

«Proclama mi alma las grandezas del Señor» (Lc 1,46). Le pedimos a nuestra Madre que descubramos como ella la grandeza del Señor y nos dejemos encender por el fuego del Espíritu para incendiar, así, toda la tierra.

 


[5-1] Francisco, Homilía, 31-V-2020.

[5-2] San Josemaría, Camino, n. 755.

[5-3] Francisco, Homilía, 20-V-2018.

[5-4] Ordinario de la Misa.

[5-5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 25-VI-1972.

[5-6] Benedicto XVI, Homilía, 23-V-2010.

[5-7] Francisco, Homilía, 20-V-2018.

 

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Viernes - VII semana de Pascua - Ascensión

  • La mansedumbre es un fruto del Espíritu Santo.
  • El yugo de Dios es suave.
  • Los mansos heredarán la tierra.

SAN PABLO enumera entre los frutos del Espíritu Santo la mansedumbre (cfr. Gal 5,23). Y santo Tomás de Aquino señala que «es propio de la mansedumbre apaciguar la pasión de la ira»[6-1]. Quizá con frecuencia nos preguntamos por qué hay situaciones o personas que logran enfadarnos. A veces nos vemos sorprendidos por un sentimiento de ira o la sentimos fraguarse en nuestro corazón. Está claro que la ira puede estar presente en nuestra vida y que amenaza eficazmente nuestra paz y la de quienes tenemos cerca.

Uno de sus efectos es que «impide, a causa de su impulso, el que el ánimo del hombre juzgue libremente la verdad»[6-2]. Por lo tanto, un primer paso para vencerla puede ser conocernos lo mejor posible: saber cómo son nuestros enfados, cómo llegan y cómo se van. Ese conocimiento, junto con la gracia que pedimos a Jesús, que es «manso y humilde de corazón», son las bases firmes para afrontar esta batalla por lograr la paz interior. Nuestros comportamientos no surgen espontáneamente, sino que han sido gestados en nuestro corazón, a veces de manera inconsciente. Hay un obstáculo que muchas veces no detectamos y son los juicios que hacemos sobre nosotros mismos o sobre los demás, especialmente aquellos que son más críticos o negativos.

Por un lado, juzgar a los demás no es nuestra misión; no queremos hacernos como dioses en esa tarea, así que preferimos mirarlos como hijos de un mismo Padre y proyectarlos hacia la felicidad del cielo. Por otro lado, la crítica desesperanzada a nosotros mismos fácilmente puede convertirse en el caldo de cultivo de la ira. Si me siento juzgado, si siento frustración por mis aparentes resultados, es fácil que esos sentimientos influyan en la gestión de las circunstancias de cada día. Por eso, los enfados pueden servir para diagnosticar un corazón que necesita sosiego y paz interior. Al Espíritu Santo le pedimos que nos ayude a conocer bien los resortes más escondidos que impulsan nuestras acciones.

SAN PEDRO, en el evangelio de la Misa de hoy, recibe una ayuda incalculable de su Maestro. Jesús quiere sanar el corazón de Pedro, quiere recordarle que no guarda ningún rencor y que su traición no va a ser obstáculo para la misión que quiere confiarle. Por tres veces, para reparar la triple negación, le pregunta si le ama. Lo hace con delicadeza y con gradualidad. A cada pregunta le confirma la confianza absoluta en sus intenciones. Cuenta con Pedro, tal como es, para ayudar a sus hermanos. En él podemos encontrar, de alguna manera, la misión que nos ha regalado Dios a cada uno: «Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,29-30).

Podemos preguntarnos: «¿En qué consiste este “yugo”, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia?»[6-3]. Ciertamente, Pedro se entristece al oír, repetida tres veces, la pregunta sobre el amor que tenía a Jesús, ya que le hace recordar su traición. Pero con el tiempo, y con la ayuda del Espíritu Santo, esa conversación se convirtió en estímulo para su serenidad. La luz de la mirada de Jesús terminó convenciéndole de que le perdonaba de corazón; además, no le reprochó por cómo había actuado, a pesar de haber sido avisado con anterioridad. La confianza de Cristo en Pedro no había disminuido sino que aumentaba, era un dulce yugo que aligeraba su misión.

El apóstol, entonces, a pesar de la tristeza causada por el amargo recuerdo, descansó al fin. Las aguas turbulentas de su alma se calmaron con las palabras y con la mirada de Jesús. Dejó de juzgarse como había hecho hasta ese instante. Jesús deseaba que él disfrutara también de la carga ligera. Cuando nos dejamos querer por Dios descubrimos que «el yugo es la libertad, el yugo es el amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que él nos ganó en la cruz»[6-4]. Junto a esa verdad de su traición, san Pedro descubría todo el cariño, la comprensión y la confianza de Cristo depositada en él: era su verdad definitiva.

JESÚS HABÍA prometido que los mansos heredarían la tierra (cfr. Mt 5,5) y ahora le mostraba a Pedro cómo acceder a ese tesoro. La posesión de la tierra es el paraíso prometido, el descanso eterno, la bienaventuranza plena y completa, el cielo. Allí nadie se sentirá juzgado, porque contemplará entusiasmado la complacencia divina. Ese descanso no es el merecido por el duro trabajo de quien ha sido fiel; eso sería mucho, pero el cielo es infinitamente más grande. «¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar?»[6-5].

Un conocido consejo de san Josemaría podemos aplicarlo a los momentos en los que perdemos la paz al mirar nuestras debilidades: «Serenidad. ¿Por qué has de enfadarte, si, enfadándote, ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato, y no arreglas las cosas..., y te has de desenfadar, al fin?»[6-6]. Además, cuando no dejamos a Dios que nos perdone, terminamos molestando al prójimo: en eso consiste la ira. Podemos rogar al Paráclito su auxilio: «Espíritu Santo, viento impetuoso de Dios, sopla sobre nosotros. Sopla en nuestros corazones y haznos respirar la ternura del Padre. Sopla sobre la Iglesia y empújala hasta los confines lejanos para que, llevada por ti, no lleve nada más que a ti. Sopla sobre el mundo el calor suave de la paz y la brisa que restaura la esperanza. Ven, Espíritu Santo, cámbianos por dentro y renueva la faz de la tierra»[6-7].

Pedro cumplió lo que Jesús le volvió a pedir después de esta conversación: «Sígueme» (Jn 21,19). A nuestra Madre, esposa del Espíritu Santo, le pedimos que nos ayude a disfrutar de la mansedumbre y que nos empuje a sembrar paz y alegría hasta el último rincón de la tierra.

 


[6-1] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q.157, a.1.

[6-2] Ibíd., a.4.

[6-3] Benedicto XVI, Ángelus, 3-VII-2011.

[6-4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 31.

[6-5] San Josemaría, Hoja informativa sobre el proceso de beatificación del Siervo de Dios, n. 1, p. 5.

[6-6] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 881.

[6-7] Francisco, Homilía, 20-V-2018.

 

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Sábado - VII semana de Pascua - Ascensión

  • El Espíritu Santo nos hace presente el amor de Dios.
  • El amor de Dios renueva, perdona y da fuerza.
  • Dar y recibir el amor de Dios.

«HAY, ADEMÁS, otras muchas cosas que hizo Jesús y que, si se escribieran una por una, pienso que ni aun el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir» (Jn 21,25). El amor de Dios no cabe en un libro, ni en una fórmula, ni hay palabras para explicarlo; es inefable, no podemos aferrarlo ni encerrarlo en nuestros esquemas. El amor es uno de los frutos del Espíritu Santo y precisamente a él podemos pedirle, en la víspera de su fiesta, que nos hable de ese amor. El será quien nos recuerde, día tras día, que «la obra de Cristo es obra de amor: amor de él que se ha entregado y amor del Padre que lo ha dado»[7-1]. Amor es un término tan utilizado que nos puede dar la impresión de que a veces ha perdido su fuerza. Sin embargo, el Paráclito sabrá hacer vibrar nuestra alma con el único amor que no conoce traición ni cansancio.

Escribe san Clemente Romano, a finales del siglo primero: «¿Quién será capaz de explicar debidamente el vínculo que el amor divino establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. El amor nos une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él; el amor no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia (...). Por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas. Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es el amor y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga este don»[7-2].

Cuántas veces hemos buscado sucedáneos o hemos pensado que no necesitábamos ese cariño. Cuántas veces, como el hijo pródigo y su hermano, hemos soñado una felicidad lejos de nuestro padre y de nuestro hogar. Conscientes de nuestra fragilidad, podemos acudir al Paráclito para que nos haga pregustar y disfrutar el amor que Dios quiere regalarnos. «El Espíritu todo lo escudriña, incluso las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10). ¿Cuáles son esas profundidades que nuestro corazón está llamado a gozar? «Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor» (Jn 15,9), dijo Jesús. No queremos salir de ese lugar.

«EN ESTO consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Podemos, «antes que nada, pensar en lo que Dios ha hecho y hace por mí, no pretender basar la seguridad en lo que yo he hecho y hago por Dios, porque siempre será poco (lo mío). Lo que haga, en realidad, será –eso mismo– don de Dios»[7-3]. Podemos caer instintivamente en la tentación de pensar y vivir esa relación como si necesitáramos muy poco de él. Pero el amor de Dios tiene una dinámica muy diferente. «Del Señor procede todo lo bueno y, sin él, no sólo un poco, sino absolutamente nada puedes tú comenzar y perfeccionar»[7-4]. Por eso, en este aspecto, es todavía más importante la guía de un maestro que nos aconseje. San Josemaría tenía bien claro que quería contar con el Espíritu Santo: «Siento el amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: él me dará fuerzas, él lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!»[7-5].

Podemos hacer este mismo propósito y dejarle fortalecer nuestros corazones. Un lugar privilegiado para disponernos a su acción es el sacramento de la Confesión: «El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros (...). Por esa razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona»[7-6].

PUEDE SER que muchas veces, en nuestra relación con Dios, nos centremos más en lo que nosotros damos que en lo que recibimos, también de manera inconsciente. Y esa perspectiva nos limita porque, sin querer, nos sitúa enfrente de Dios, no a su lado. Es importante procurar purificar, cada vez más, la imagen de Dios que tenemos en nuestro interior. «Si tenemos en mente a un Dios que arrebata, que se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder. Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia (...). El Espíritu, memoria viviente de la Iglesia, nos recuerda que nacimos de un don y que crecemos dándonos; no preservándonos, sino entregándonos sin reservas»[7-7].

También nos puede pasar que otras veces nos centremos en lo que recibimos, pero exigiéndolo. «Examinemos nuestro corazón y preguntémonos qué es lo que nos impide darnos. Decimos que tres son los principales enemigos del don, siempre agazapados en la puerta del corazón: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo. El narcisismo lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar solo el propio beneficio (...). El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. ¡Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones! (...). Por último, está el pesimismo. Aquí la letanía diaria es: “Todo está mal, la sociedad, la política, la Iglesia...”. El pesimista arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”»[7-8].

A María le pedimos que nos enseñe a recibir el cariño divino como ella lo hizo, uniéndonos a unas palabras de san Josemaría: «Tus caídas involuntarias –caídas de niño– hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate, y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo»[7-9].

 


[7-1] Benedicto XVI, Homilía, 4-VI-2006.

[7-2] San Clemente Romano, Carta a los Corintios, capítulos XLIX-L.

[7-3] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, p. 40.

[7-4] San Bernardo, In festivitate Pentecostes sermo, 2,6.

[7-5] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 864.

[7-6] Francisco, Patris corde, n. 2.

[7-7] Francisco, Homilía, 31-V-2020.

[7-8] Ibíd.

[7-9] San Josemaría, Camino, n. 884.

 

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Domingo - VIII semana de Pascua - Pentecostés

  • El Espíritu Santo da inicio a nuestra misión y la impulsa.
  • Con el Paráclito se nos da el perdón.
  • La vida y la fuerza de Dios se nos dan en el Espíritu Santo.

EN LA FIESTA de Pentecostés se podría decir que termina la misión de Jesús en la tierra y comienza la nuestra, alentados, impulsados y sostenidos por su mismo Espíritu. Recibimos su misma misión, la que el Padre ha encomendado a su Hijo. «La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21). Nos llenamos de agradecimiento por semejante don y deseamos que el fuego que ardía en el corazón de Jesucristo no se extinga, sino que provoque en nosotros el incendio que él ha soñado y querido. Esas pequeñas llamas que han aparecido en las cabezas de los apóstoles, y en nuestras almas, queremos que se propaguen hasta el último rincón de la tierra. Nos ilusiona ser cooperadores de los planes divinos para llenar el mundo del calor que el Salvador vino a regalarnos.

Para esa misión no estamos solos, contamos con una ayuda insuperable. Jesús nos lo había prometido diciendo que no nos dejaría huérfanos y lo ha cumplido (Jn 14,18). «El Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador»[P-1].

Puede ser que algunas veces sintamos esa orfandad, pero no queremos que nos paralice, sabemos que es parte de la cizaña que el diablo intenta sembrar entre el trigo bueno del amor al que somos llamados. Sentirla y percibirla no significa pactar con ella, sino que puede ser precisamente el estímulo para volver a considerar, con la ayuda del Espíritu Santo, que somos hijos muy queridos. Con san Josemaría queremos introducirnos en esta fuente interminable de gracia: «La gloria, para mí, es el amor, es Jesús, y, con él, el Padre –mi Padre– y el Espíritu Santo –mi Santificador–»[P-2]. En esa intimidad acompañada de la Trinidad tienen cabida y solución nuestros temores y angustias.

LA PRIMERA vez que echamos a andar solos, quizá desde los brazos de nuestro padre a los de nuestra madre, no sabíamos cómo acabaría todo, ni lo habíamos hecho nunca antes. Tenerlos cerca, delante y detrás, era suficiente. Cuando recibimos el abrazo de ambos como premio a nuestra hazaña, nos dimos cuenta de que arriesgarse era maravilloso. Podemos pedir que el Espíritu sea capaz de inflamar nuestra voluntad para que, de una manera similar, vibremos con los deseos divinos de sembrar el mundo de paz y de alegría. La oración es el lugar privilegiado para escuchar su voz y hacerle caso lanzándonos a esa andadura divina. La oración «es un don que recibimos gratuitamente; es diálogo con él en el Espíritu Santo, que ora en nosotros y nos permite dirigirnos a Dios llamándolo Padre, Papá, Abbà (cf. Rm 8,15; Gal 4,6); y esto no es solo un “modo de decir”, sino que es la realidad, nosotros somos realmente hijos de Dios. “Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14)»[P-3].

A veces podemos tener la tentación, tal vez inconsciente, de vivir como si Dios se alejara de nosotros por nuestros pecados o nuestras traiciones. Sin embargo, él nos sorprende una y mil veces con su reacción ante nuestra fragilidad. «Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia»[P-4].

EL ESPÍRITU Santo quiere llenarnos de fuerza para que podamos disfrutar de la misión que nos encomienda. San Josemaría nos muestra lo dañino que puede ser no tener los cimientos sólidos de esta gracia divina: «El ataque a la fe tira el edificio espiritual. Desconcierta la tentación contra la esperanza. Pero esa malvada seguridad de que Dios no me ama y que no le amo es la que aniquila y, aun fisiológicamente, deja vacío el corazón»[P-5].

Afortunadamente, la solución está al alcance de todos: «En este día, aprendemos qué hacer cuando necesitamos un cambio verdadero. ¿Quién de nosotros no lo necesita? Sobre todo cuando estamos hundidos, cuando estamos cansados por el peso de la vida, cuando nuestras debilidades nos oprimen, cuando avanzar es difícil y amar parece imposible. Entonces necesitamos un fuerte “reconstituyente”: es él, la fuerza de Dios; es él que, como profesamos en el “Credo”, “da la vida”. Qué bien nos vendrá asumir cada día este reconstituyente de vida. Decir, cuando despertamos: “Ven, Espíritu Santo, ven a mi corazón, ven a mi jornada”»[P-6].

Santa Teresita de Lisieux relataba el día de su Confirmación: «¡Qué gozo sentía en el alma! Al igual que los apóstoles, esperaba jubilosa la visita del Espíritu Santo... (...). Por fin, llegó el momento feliz. No sentí ningún viento impetuoso al descender el Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa tenue cuyo susurro escuchó Elías en el monte Horeb»[P-7]. Nosotros también queremos tener el oído atento para que el Consolador nos cuente las maravillas a las que nos llama y para las que hemos sido creados.

«“No os dejaré huérfanos”. Hoy, fiesta de Pentecostés, estas palabras de Jesús nos hacen pensar también en la presencia maternal de María en el cenáculo. La Madre de Jesús está en medio de la comunidad de los discípulos, reunida en oración: es memoria viva del Hijo e invocación viva del Espíritu Santo. Es la Madre de la Iglesia. A su intercesión confiamos de manera particular a todos los cristianos, a las familias y las comunidades, que en este momento tienen más necesidad de la fuerza del Espíritu Paráclito, Defensor y Consolador, Espíritu de verdad, de libertad y de paz»[P-8].

 


[P-1] Benedicto XVI, Homilía, 31-V-2009.

[P-2] San Josemaría, Apuntes íntimos, nn. 1653-1655.

[P-3] Francisco, Homilía, 8-VI-2014.

[P-4] Francisco, Homilía, 4-VI-2017.

[P-5] San Josemaría, Glosa marginal al Decenario al Espíritu Santo, de Francisca Javiera del Valle.

[P-6] Francisco, Homilía, 20-V-2018.

[P-7] Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, cap. IV, 36.

[P-8] Francisco, Homilía, 15-V-2016.

 

 

 

Lunes después de Pentecostés – Santa María Madre de la Iglesia

  • Presencia materna de la Virgen en la Iglesia.
  • Madre en el Calvario.
  • La Iglesia, como María, lleva a todos hacia Cristo.

DESPUÉS de la Ascensión de Jesús, los Hechos nos muestran a los apóstoles reunidos en el Cenáculo. «Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús» (Hch 1,14). La Tradición ha considerado en esta escena la maternidad que la Virgen ejerce sobre toda la Iglesia. Ella es la persona que une dos momentos clave en la historia de la salvación: la encarnación del Verbo y el nacimiento de la Iglesia. «La que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace (...) presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue teniendo una presencia materna»[1].

Una madre se desvive por su hijo desde el seno materno. Suya es la responsabilidad de sacar adelante ese don que Dios le ha concedido. Cuando nace, es evidente que la criatura sigue necesitando su protección, y conforme va creciendo le ayuda a desenvolverse en la vida. El Evangelio nos muestra algunos rasgos de ese cuidado de la Virgen con Jesús. Y en los Hechos observamos esa misma actitud con la Iglesia naciente, velando por los apóstoles y los primeros cristianos. Era un tiempo degestación, entre persecuciones y dificultades, en el que necesitaban especialmente su ayuda. Ella es «la protagonista, humilde y discreta, de los primeros pasos de la comunidad cristiana: María está en el corazón espiritual, porque su misma presencia entre los discípulos es memoria viviente del Señor Jesús y signo del don de su Espíritu»[2].

También hoy la Virgen se sigue desviviendo por cada uno de sus hijos que forman la Iglesia. Sentirnos parte de un pueblo que tiene una misma Madre nos ayudará a unirnos a cada uno de los fieles que lo componemos, al igual que los primeros cristianos. «Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, –decía san Josemaría– los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: “Multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una” –la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma»[3].

CUANDO el Señor se dirigió a Juan desde lo alto de la cruz, le regaló algo de lo que no había querido privarse hasta el último momento: el cariño de su madre. Jesús no quiso prescindir de su ayuda en los momentos más difíciles de su vida. Era Dios, pero necesitaba su apoyo y cercanía para salvarnos. Y cuando ya estaba todo cumplido, nos entregó lo único que le quedaba pronunciando aquellas palabras: «Mujer, aquí tienes a tu hijo. (...) Aquí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27).

La Virgen nos ayuda a perseverar cuando el camino se hace más costoso. El claroscuro de la fe no se le ahorró a nuestra Madre. Nadie como ella nos puede acompañar en esos momentos para que suponga un tiempo de crecimiento y madurez. «Podemos hacernos una pregunta: ¿nos dejamos iluminar por la fe de María, que es Madre nuestra? ¿O la creemos lejana, muy diferente a nosotros? En tiempos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la vemos a ella como un modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y solamente nuestro bien?»[4].

Con esas palabras Jesús invita a todos los cristianos a acoger a María en sus vidas. Quiere que nos acerquemos a ella con confianza. «Con su poder delante de Dios, nos alcanzará lo que le pedimos; como Madre quiere concedérnoslo. Y también como Madre entiende y comprende nuestras flaquezas, alienta, excusa, facilita el camino, tiene siempre preparado el remedio, aun cuando parezca que ya nada es posible»[5].

APENAS María tuvo noticia de que su prima estaba embarazada, «marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39). Más allá de la ayuda material que le pudo prestar en esos días, sobre todo le llevó a Jesús y, con él, la alegría plena. Tanto Isabel como Zacarías estarían ya contentos por aquel embarazo que parecía ya imposible. Pero es María quien les hace presente el gozo completo que nace del encuentro con Jesús y el Espíritu Santo.

«Nuestra Señora quiere traernos a todos el gran regalo que es Jesús; y con él nos trae su amor, su paz, su alegría. Así, la Iglesia es como María (...), tiene que llevar a todos hacia Cristo y su Evangelio»[6]. Este es el centro de la vida de la Iglesia y de cada uno de los cristianos: llevar el amor de Jesús a todas las almas como hizo la Virgen con Isabel. La Iglesia recuerda que la verdadera felicidad no depende del éxito, la riqueza o el placer, sino de acoger a Cristo: solo él puede ofrecer la alegría más profunda.

A través del esfuerzo por identificarnos con la Virgen, Jesús podrá nacer, por la gracia, en el alma de las personas que nos rodean. «Si imitamos a María –decía el fundador del Opus Dei– , de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios»[7].

[1] San Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n.24.

[2] Benedicto XVI, Regina Coeli, 9-V-2010.

[3] San Josemaría, Forja, n.632.

[4] Francisco, Audiencia, 23-X-2013.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 292.

[6] Francisco, Audiencia, 23-X-2013.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 281.

 

 

 

Solemnidad de la Santísima Trinidad - Domingo después de Pentecostés (ciclo C)

  • La Trinidad está en nuestra alma.
  • Amor del Padre, del Hijo y del Espíritu.
  • El Espíritu Santo nos lleva a Cristo y al Padre.

LA SOLEMNIDAD de la Santísima Trinidad recapitula todo lo que se nos ha revelado durante la Pascua: la muerte y resurrección del Señor, su ascensión a la derecha del Padre y la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. En esta fiesta, la liturgia comienza alabando y adorando a la Trinidad, que se nos ha manifestado en Jesucristo: «Bendito sea Dios Padre y el Hijo unigénito de Dios y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros» (Antífona de entrada). La Trinidad no es únicamente un misterio sobre la identidad de Dios. Es, de manera especial, el misterio de su amor misericordioso hacia el mundo y hacia cada uno de nosotros.

«Yo te bautizo –dijo un sacerdote, mientras derramaba por tres veces el agua sobre nuestra cabeza– en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Y comenta san Hilario: «El Señor mandó bautizar (...) en la profesión de fe en el Creador, en el Hijo único y en el que es llamado Don. Uno solo es el Creador de todo, ya que uno solo es Dios Padre, de quien procede todo; y uno solo el Hijo único, nuestro señor Jesucristo, por quien ha sido hecho todo; y uno solo el Espíritu, que a todos nos ha sido dado»[t-1].

La Trinidad nos introdujo en la intimidad divina en calidad de hijos. El agua del bautismo nos dio la capacidad de relacionarnos con las tres Personas. Más aún: fuimos creados para esa relación de amor; para dar gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo. «Me habéis oído decir muchas veces –predicaba san Josemaría– que Dios está en el centro de nuestra alma en gracia; y que, por lo tanto, todos tenemos un hilo directo con Dios Nuestro Señor. ¿Qué valen todas las comparaciones humanas, con esa realidad divina, maravillosa? Al otro lado del hilo está, aguardándonos, (…) la Trinidad entera: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, porque donde se encuentra una de las divinas Personas, allí están las otras dos. No estamos nunca solos»[t-2].

CADA VEZ que nos santiguamos, recordamos el nombre de Dios en el cual fuimos bautizados. La celebración eucarística comienza y termina con el signo de la cruz. Muchas veces, lo mismo sucede cuando nos ponemos a orar o terminamos de hacerlo. También hay personas que tienen la costumbre de santiguarse al entrar o salir de su casa, y en muchos otros momentos de oración. «En el signo de la cruz y en el nombre del Dios vivo está contenido el anuncio que genera la fe e inspira la oración»[t-3].

San Pablo nos recuerda que caminamos hacia Dios, por medio de Cristo, en el amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado» (Rom 5, 5). Esta es la «esperanza que no defrauda». En la plenitud de los tiempos, Dios ha querido revelarnos su intimidad divina para hacernos hijos de Dios Padre, por la redención de Dios-Hijo, en virtud de la gracia de Dios-Espíritu Santo. Su amor sigue realizando la obra de nuestra salvación y santificación. Santa Teresa de Calcuta encontró un día a una anciana en una calle, cubierta de llagas, así que empezó a limpiarla. En un momento dado, la otra mujer preguntó: “¿Por qué estás haciendo esto? La gente no hace cosas como esta. ¿Quién te enseñó?” Santa Teresa respondió: “Mi Dios me enseñó”. La anciana replicó: “¿Quién es este Dios?”. Y Teresa de Calcuta dijo con sencillez: “Tú conoces a mi Dios. Mi Dios se llama amor”.

Dios es amor, «no en la singularidad de una sola Persona, sino en la Trinidad de una sola naturaleza» (Prefacio). «No es un amor sentimental, emotivo, sino el amor del Padre que está en el origen de cada vida, el amor del Hijo que muere en la cruz y resucita, el amor del Espíritu que renueva al hombre y el mundo»[t-4]. Dios no es un ser solitario, que vive alejado e indiferente del destino del hombre; es una familia, una fuente inagotable de vida que se entrega.

EN EL DISCURSO de la última cena, Jesús anuncia y promete el envío del Espíritu Santo: él será consuelo y fuerza para sus discípulos. El Señor lo llama «Espíritu de la verdad» porque nos «guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir» (Jn 16,13). El Espíritu Santo no añade nada nuevo al Mesías; «recibe de lo mío y os lo anunciará», dice Jesús (Jn 16,14). Del mismo modo que Jesucristo dice solo lo que oye y recibe del Padre, «el Espíritu Santo es intérprete de Cristo. No nos conduce a otros lugares, lejanos de Cristo, sino que nos conduce cada vez más dentro de la luz de Cristo»[t-5].

En palabras de san Gregorio Nacianceno, «el Antiguo Testamento ha manifestado claramente al Padre, oscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento ha revelado al Hijo e insinuado la divinidad del Espíritu. Hoy el Espíritu vive entre nosotros, y se hace ver con claridad»[t-6]. El Paráclito «enseña ahora a los fieles todas las cosas espirituales de que cada uno es capaz, mas también enciende en sus pechos un deseo más vivo de crecer en aquella caridad que los hace amar lo conocido y desear lo que no conocen»[t-7].

«Con la acción del Espíritu Santo ha irradiado una luz nueva sobre la tierra y en cada corazón humano que le acoge; una luz que revela los rincones oscuros, las durezas que nos impiden llevar los frutos buenos de la caridad y de la misericordia»[t-8]. Del mismo modo que cuando se rompe un frasco de perfume su olor se difunde por todas partes, al romperse el Cuerpo de Cristo en la cruz, su Espíritu se derramó en los corazones de todos[t-9]. Podemos pedir a María, hija, madre y esposa de Dios, que nos enseñe a entrar en la comunión trinitaria, para vivir y dar testimonio del amor que da sentido a nuestra vida.

[t-1] San Hilario, Tratado sobre la Santísima Trinidad, libro 2, 1, 33.35.

[t-2] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 8-XII-1972.

[t-3] Benedicto XVI, Ángelus, 30-V-2010.

[t-4] Francisco, Ángelus, 26-VI-2013.

[t-5] Benedicto XVI, Homilía, 7-V-2005.

[t-6] San Gregorio de Nacianceno, Discurso 31, 25-27 (PG 36, 159).

[t-7] San Agustín, Tratado 97,1 (Sobre el Evangelio de San Juan).

[t-8] Francisco, Ángelus, 11-VI-2017.

[t-9] Cfr. San Hipólito, Comentario al Cantar de los Cantares 13,1.

 

 

 


Solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo

  • Cristo se entrega totalmente a los hombres.
  • Banquete, sacrificio y comunión.
  • Jesús hoy sale a nuestras calles.

CONCLUYEN las solemnidades que acompañan el final de la Pascua: tras la Ascensión de Jesús al cielo, hemos celebrado la venida del Espíritu Santo y, después, la gloria de la Santísima Trinidad. Hoy el fervor de los cristianos no se puede contener y se eleva con júbilo en acción de gracias por la presencia real de Cristo, de su cuerpo y de su sangre gloriosas, en el pan y en el vino del altar. Desde el siglo XIII celebramos esta fiesta como una expresión de la fe eucarística de la Iglesia: «Alaba cuanto más puedas, y sin descanso; porque la mayor alabanza que se haga no será suficiente –había escrito santo Tomás de Aquino en la secuencia Lauda Sion–. Alaba sin medida al pan vivo de vida al que hoy se celebra. Al pan que, en la mesa de la santa cena, Cristo entregó a los doce reunidos como hermanos». Y continúa cantando: «Que la alabanza sea de todo corazón, sonora, gozosa, bella, con el alma jubilosa. Porque hoy celebramos un solemne día, aquel que rememora la institución de la Santísima Eucaristía»[1].

En estas especies sagradas –el pan y el vino– queda manifiesto cómo Dios, en su omnipotencia, se entrega por siempre y del todo a los hombres. Su Pascua –el misterio de su pasión, muerte y resurrección– no terminó, sino que «participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene presente»[2]. El Señor se vale de esos dones sencillos, del trigo y de la vid, para que podamos venerar en ellos al mismo Cristo. San Josemaría explicaba la Eucaristía como un milagro del amor que dura para siempre: «Este es verdaderamente el pan de los hijos: Jesús, el Primogénito del Eterno Padre, se nos ofrece como alimento. Y el mismo Jesucristo, que aquí nos robustece, nos espera en el cielo como comensales, coherederos y socios, porque quienes se nutren de Cristo morirán con la muerte terrena y temporal, pero vivirán eternamente, porque Cristo es la vida imperecedera»[3].

«DADLES VOSOTROS de comer» (Lc 9,13), había dicho Jesús a sus discípulos al ver hambrientos a quienes le seguían. Solo tienen cinco panes y dos peces y, sin embargo, «comieron hasta que todos quedaron satisfechos. De los trozos que sobraron, ellos recogieron doce cestos» (Lc 9,17). Este milagro es una imagen de la sobreabundancia que supone la Eucaristía en nuestra vida, y también nos muestra una tarea de los apóstoles: ser administradores de aquella gracia. Jesús «confía a la Iglesia el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo»[4].

San Pablo, por su parte, recuerda aquella tradición que él mismo había recibido y que procede de Cristo: «Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros» (1 Cor 11,23-24). En estas palabras resuenan los antiguos símbolos del sacrificio del Cordero por el que eran perdonados los pecados, y el maná con que Dios alimentó al pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto. Aunque se trata de un sacrificio, se celebra en acción de gracias debido a los frutos que se obtienen de él.

Sin embargo, el primer anuncio que había hecho el Señor de este milagro no tuvo una buena acogida. «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51), había dicho en aquella ocasión. Su discurso supuso un escándalo para muchos y hoy también puede ser motivo de sorpresa. «La Eucaristía y la cruz son piedras de escándalo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo»[5]

Finalmente el Señor, en la Eucaristía, nos reúne a todos en su cuerpo, y por eso la comunión nos consolida con nuestros hermanos. «El don de Cristo y de su Espíritu que recibimos en la comunión eucarística colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano y, al mismo tiempo, eleva la experiencia de fraternidad, propia de la participación común en la misma mesa eucarística, a niveles que están muy por encima de la simple experiencia convival humana»[6].

EN NUMEROSAS ocasiones, Jesús, el hijo de María, sale al encuentro de los hombres. En el Evangelio vemos, por ejemplo, cómo el Señor se hace el encontradizo con la samaritana en el pozo de Sicar, cómo se encuentra con Zaqueo cuando entraba en Jericó, o lo mismo con Bartimeo, que de pronto oye que Jesús pasa por allí. De modo similar, en muchos lugares, hoy Jesús recorrerá nuestras calles: sale a nuestro encuentro como lo hizo cuando habitó esta tierra nuestra.

Se trata de una ocasión festiva para adorarle con la belleza de la música y los cantos, con el color precioso de las flores, con el aroma del incienso, las luces y las hermosas formas del arte. Todo el amor y la devoción con que se preparan las procesiones nos parecen insuficientes para manifestar la gratitud que debemos a nuestro Dios. Pero, además de estos gestos, tal vez como mejor podemos honrar al Señor sea dejando que el mismo Cristo viva cada vez más intensamente en nosotros: «Si hemos sido renovados con la recepción del Cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras –escribe san Josemaría–. Que nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de entrega, de servicio. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir»[7].

«¡Oh Buen Pastor, Pan verdadero, oh Jesús nuestro, ten misericordia de nosotros!: apaciéntanos y cuídanos; y haznos contemplar los bienes verdaderos en la tierra de los vivientes»[8]. En la Eucaristía saboreamos un poco del cielo ya en esta tierra; por eso nos impulsa a saludar a santa María, de quien Cristo tomó carne: «Ave verum corpus, natum de Maria Virgine. ¡Salve!, verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María»[9].

[1] Santo Tomás de Aquino, Lauda Sion, Secuencia.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1085

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 152.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1323.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1336

[6] San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 24.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 156.

[8] Santo Tomás de Aquino, Lauda Sion, Secuencia.

[9] Comienzo del himno Ave Verum.

 

 

Sagrado Corazón de Jesús (C)

  • Nuestro valor es la sangre de Cristo.
  • Un corazón que no deja de buscarnos.
  • Emprender el camino de vuelta.

«LOS PROYECTOS de su corazón subsisten de edad en edad, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre»[c-1]. La Iglesia nos propone estas palabras del salmista para adentrarnos en el misterio del Sagrado Corazón de Jesús y su amor por nosotros. Nos recuerdan que el corazón de Dios alberga proyectos que abrazan la historia personal de cada ser humano; que son proyectos de libertad y de vida. «No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[c-2].

Podemos contemplar a Jesús en la cruz, que se dejó traspasar el corazón para ofrecernos una prueba más de que nos quiere incondicionalmente. San Ambrosio señala que «del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la cruz»[c-3]. Podemos decir, en cierto modo, que nuestro origen está en el corazón llagado de Jesús. Nuestra vida de cristianos surge de ese costado, que es como una fuente a la que podemos volver una y otra vez, para retomar fuerzas en nuestro camino.

«Jesús en la cruz, con el corazón traspasado de amor por los hombres, es una respuesta elocuente –sobran las palabras– a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos»[c-4]. Al celebrar el Sagrado Corazón del Señor nos damos cuenta de que, por encima de los sufrimientos y de las derrotas, hay alguien para quien somos insustituibles. Por eso en la oración, ese diálogo de corazón a corazón con Cristo, es donde podemos siempre recuperar la alegría y la confianza.

ALGUNA VEZ nuestra paz se puede ver amenazada al descubrir la presencia del pecado en nuestra vida; quizás sucede en aquellos momentos en los que caemos en la tentación y nos enredamos con nuestros propios vicios. En realidad odiamos el pecado que nos aleja de Dios, que nos hace daño a nosotros mismos y a los demás, pero parece que no encontramos el camino para salir de ahí. En esos momentos, nuestra voluntad parece aletargada y tal vez tenemos la impresión de estar paralizados en la vida espiritual. Si sentimos que de algún modo nuestro corazón no reacciona, podemos recordar que el corazón de Jesús está siempre atento. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento» (Lc 15,4-5). Cristo es el buen pastor que nos busca continuamente, que se abre paso para encontrarnos y cargarnos otra vez sobre sus hombros. Saber que su corazón no duerme, incluso cuando parece que el nuestro está muy lejos, nos llena de confianza para volver a comenzar nuestras luchas diarias.

«El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. (…) Está inclinado hacia nosotros, polarizado especialmente en el que está lejano; allí apunta tenazmente la aguja de su brújula, allí revela la debilidad de un amor particular, porque desea llegar a todos y no perder a nadie»[c-5]. Nuestros pecados ya no son un motivo para desalentarnos en nuestro anhelo de estar con Dios. El Señor permite que experimentemos la debilidad y esto nos abre a la posibilidad de ser humildes; él cuenta con nuestro esfuerzo para que, impulsados por su gracia, nos levantemos. En ocasiones, «la historia de la salvación se cumple creyendo “contra toda esperanza” (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa solo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad»[c-6].

EN LA CRUZ, Jesús deja que la lanza traspase su costado «para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo»[c-7]. Contemplar de esta manera a Cristo nos ayudará a despertar nuestro ánimo y a realizar el camino de vuelta hacia la amistad con Dios. «Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado –aconseja san Josemaría–. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia»[c-8]. Si queremos salir de la trampa del desánimo, el mejor remedio es pensar menos en nuestras limitaciones, y mirar con calma ese corazón que se ha dejado traspasar por los pecados de todos.

«Sigues teniendo despistes y faltas –decía también el fundador del Opus Dei–, ¡y te duelen! A la vez, caminas con una alegría que parece que te va a hacer estallar. Por eso, porque te duelen –dolor de amor–, tus fracasos ya no te quitan la paz»[c-9]. Dios no quiere que nuestros pecados nos llenen de tristeza ni que sean un peso que arrastramos con fatiga. Por eso nos ha dejado la confesión, para que podamos recuperar la alegría cuantas veces lo necesitemos. La contrición, el dolor por nuestras propias faltas, es propio de un corazón enamorado; no es un sentimiento que esconde cierto desánimo por no haber estado a la altura de lo que los demás –o nosotros mismos– esperaban: es un dolor fruto del amor a un Dios que hace todo lo necesario por nosotros.

En el corazón de Cristo siempre tendremos un lugar para volver. Basta hacerse pequeño y entrar ahí a través de la humildad. Y si alguna vez nos cuesta emprender el camino de vuelta, contamos con la ayuda de María: ella nos muestra, con su mirada materna, cuál es la ruta para entrar en el costado abierto de su hijo.

[c-1] Misal Romano, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Antífona de entrada (cfr. Sal 32, 11.19).

[c-2] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.

[c-3] Cfr. San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam, 2, 85-89, citado en Catecismo de la Iglesia Católica, n. 766.

[c-4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 165.

[c-5] Francisco, Homilía, 3-VI-2016.

[c-6] Francisco, Patris Corde, n. 2.

[c-7] Misal Romano, Prefacio de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

[c-8] San Josemaría, Via Crucis, XII estación, n. 2.

[c-9] San Josemaría, Surco, n. 861.

 

 

 

Inmaculado Corazón de María

  • María, morada del Espíritu Santo.
  • Bienaventurados los limpios de corazón.
  • Considerar todo en el corazón.

«REBOSO de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación» (Is 61,10). La Iglesia proyecta estas palabras de la Escritura sobre la figura de María. Después de haber considerado la anchura y profundidad del corazón de Jesús, dirigimos la mirada hacia el corazón de su Madre. Con el objetivo de preparar «una digna morada del Espíritu Santo»[in-1], el Señor colmó el corazón de santa María con gracias innumerables y lo revistió de pureza.

San Efrén comenta que «María fue hecha cielo en favor nuestro al llevar la divinidad que Cristo, sin dejar la gloria del Padre, encerró en los angostos límites de un seno, para conducir a los hombres a una dignidad mayor»[in-2]. Al dejarse inundar por la gracia, María, en cierto modo, se convierte en cielo, en luz y gloria de Dios. Por eso nuestra Madre es alegre y serena, pues el amor divino lo abraza todo. Santa María contiene una grandeza que la hace estallar de gozo: «Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador (…); desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,46-48).

Nos podemos unir a ese coro de generaciones que se alegran al ver lo que la gracia ha obrado en el corazón de María. Al mismo tiempo, puede surgir en nosotros el deseo de compartir esa felicidad de nuestra Madre. Nos gustaría cantar también nuestro Magníficat al recordar cómo Dios ha obrado en nuestra vida, porque Dios quiere entrar también en nuestro corazón con su gloria. Nos podemos unir a la oración que la Iglesia, en la Oración colecta, dirige al Padre: «Haz que nosotros, por intercesión de la Virgen, lleguemos a ser templos dignos de tu gloria»[in-3].

«BIENAVENTURADOS los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8), dirá el hijo de María durante su predicación. La Virgen recibió el don de ver a Dios hecho hombre desde su más tierna infancia. Su mirada limpia era capaz de comprender la mirada de Jesús, incluso para adivinar muchos de sus sentimientos e intenciones. En Caná, por ejemplo, detrás de una respuesta negativa, María sabe percibir la disponibilidad de su hijo para adelantar su manifestación como Mesías; también en la cruz, descubre en la mirada de su Hijo la dulce petición de que no se apartara en aquellos momentos.

La mirada sencilla de santa María le lleva a descubrir la mano de Dios detrás de todos los grandes o pequeños acontecimientos de su existencia; esa era la fuente de su alegría constante. La pureza de corazón nos permite tener una mirada transparente, capaz de penetrar la realidad íntima de las cosas, porque entiende que todo tiene su origen y su fin en Dios. En cambio, cuando falta inocencia en la mirada, cuando no nos abrimos a ese don de Dios, nos podemos quedar atrapados en las apariencias y en lo superficial.

Un corazón puro comprende a las personas, procura no clasificar ni poner etiquetas, tiene facilidad para amarlas con sinceridad. La pureza no aleja a las personas; todo lo contrario: mira a todos como hijas e hijos de Dios que merecen un trato acorde a aquella tan grande dignidad. Nos lleva a amar mucho más y mejor a quienes tenemos a nuestro lado. Un amor como el de la Madre de Jesús descubre maneras de demostrar cariño incluso en las situaciones más precarias: «María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura»[in-4].

«PERO, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe»[in-5]. En el episodio de Jesús niño perdido en el Templo hallamos uno de esos momentos de claroscuro. A la angustia por no saber dónde se encontraba se le unió después el desconcierto ante las palabras de su hijo: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

No podemos pretender abarcar todos los designios del corazón de Jesús. En la vida de quienes le seguimos, incluso en la de su propia Madre, hay momentos en los que Dios nos sorprende, como si quisiera recordarnos que siempre tiene algo que es más amplio que nuestros planes. Es consolador pensar que santa María también pasó por ese tipo de experiencias. La Sagrada Escritura no tiene reparos en decir que María y José no entendieron la respuesta de Jesús. Sin embargo, añade: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51).

Saber que la mano de Dios está detrás de todo, no implica que comprendamos inmediatamente y en toda su extensión cada uno de sus planes. En la vida de oración también hay momentos de oscuridad en los que el Señor nos pide confianza, aquella fe madura que ilumina los momentos de la prueba. María sabía que el Espíritu Santo habitaba en su corazón: ese era el lugar indicado para amar, junto a Dios y a veces con dolor, también aquellas circunstancias que con el tiempo iría comprendiendo mejor. Y nosotros, a ejemplo y con ayuda de nuestra Madre, podemos hacer lo mismo.

[in-1] Misal Romano, Memoria del Inmaculado Corazón de María, Oración colecta.

[in-2] San Efrén, "Sermo 3 de diversis: Opera omnia, III syr. et lat.Romæ 1743, 607", citado en el Oficio de lecturas de la memoria de la Virgen de Fátima.

[in-3] Misal Romano, Memoria del Inmaculado Corazón de María, Oración colecta.

[in-4] Francisco, Evangelii gaudium, n. 286.

[in-5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 172.