La traducción de la Biblia, ¿una tarea posible?

Autor
Luis Sánchez Navarro
Publicación
Omnes

¿Cómo conservan los traductores el espíritu de la Escritura mientras adaptan a las lenguas modernas el texto original? ¿Cuál es el mayor reto en la traducción de textos? ¿Hemos perdido detalles esenciales por no leer la Sagrada Escritura en su idioma original? ¿Por qué existen tantas versiones distintas de la Biblia? Responde a estas preguntas don Luis Sánchez Navarro, catedrático de la Universidad de san Dámaso. Omnes

La Biblia se ha escrito para ser traducida. Aquel que dijo “id y haced discípulos a todas las naciones… Y yo estoy con vosotros hasta la culminación del tiempo” (Mt 28,19-20) estaba encomendando a los Doce la tarea de llevar el Evangelio a todos los hombres de todos los tiempos. Y eso ha requerido, requiere y requerirá la traducción. Por eso, cada generación está llamada a traducir la Biblia.

Traducción y «traición»

La teoría lingüística explica que la traducción exacta es imposible, ya que cada lengua es distinta e impide las equivalencias automáticas entre términos y expresiones; por ello, el acto de traducción es ya una interpretación. Pero esto, inevitable, permite también la transmisión del mensaje. Se ha hecho famoso el lema italiano traduttore traditore, “traductor traidor”; es imposible una traducción 100% exacta. Pero la expresión también se podría traducir como “traductor transmisor” (traductor deriva de traditio): el traductor se convierte así en canal para perpetuar un texto.

La traducción es un arte delicado, pues requiere una doble fidelidad: al autor y al lector; pero esta tensión no es excluyente, sino fecunda. Además, la traducción de la Biblia es si cabe más compleja, porque al autor humano se une el Autor divino. Por ello, entre la fidelidad al lector y la fidelidad al Autor, ha de prevalecer la segunda, como sostenía el inolvidable P. Manuel Iglesias, eminente traductor del Nuevo Testamento al castellano en los últimos cincuenta años. Sin embargo, este nuevo “actor” genera un hecho singular: porque resulta que ese Autor, Dios, está vivo, y por lo tanto es capaz de hablar hoy a través de una palabra de ayer. Por eso, todo intento de despojar la palabra de su misterio ha de ser desechado. Corresponde al lector creyente entrar en ese misterio para descubrir la luz que despliega. Por ello, la traducción ha de buscar siempre la fidelidad al original, siempre dentro –claro está– de la máxima corrección y cuidado lingüísticos. Corresponderá al editor el proporcionar (en introducciones o notas) aquellas explicaciones que considere necesarias para iluminar esa traducción, indicar otras traducciones posibles y mostrar su actualidad.

La Sagrada Escritura y la Liturgia

Teniendo en cuenta todo lo anterior, hay diversos tipos de traducciones; no es lo mismo, por ejemplo, una traducción de estudio (que privilegia una cercanía máxima a las lenguas originales: hebreo, arameo o griego) que una traducción litúrgica (en la que prima la sobria y digna belleza en orden a la proclamación). Pero todas ellas han de expresar esa doble fidelidad que, privilegiando al Autor, busca iluminar la mente y el corazón del lector.
Por último, notar que la lectura de la Sagrada Escritura es siempre un acto eclesial; por ello, su ámbito más propio es la liturgia. En ese contexto, no hay miedo de perder datos esenciales: el Espíritu Santo se ocupa de introducir al oyente o lector, por medio de esta palabra, en la Revelación del Dios vivo. La Biblia, entregada al pueblo de Dios, permite a todo cristiano entrar en esa relación de amor; por ello, la Iglesia nos enseña que los santos nos dan la “traducción” genuina del Evangelio (ver Benedicto XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini, nºs 48-49).