En muchas entrevistas, la madre del futuro santo –Antonia Salzano Acutis– subrayaba que la niñera polaca tuvo una influencia muy importante en la educación católica de su hijo. Publicamos por primera vez en Polonia una entrevista con Beata Anna Sperczyńska –la niñera de Carlo Acutis.
Krzysztof Tadej: ¿Cuándo conoció usted a Carlo Acutis? ¿Cómo fue su primer encuentro?
Beata Anna Sperczyńska: Conocí a Carlo en Centoli, un pequeño pueblo del sur de Italia, cerca de Palinuro. Carlo pasaba allí las vacaciones con sus abuelos –Luana y Antonio (los padres de su madre)–. Yo estaba allí de vacaciones y buscaba trabajo para ganar un dinero extra. Los abuelos de Carlo ya tenían dos candidatas –unas chicas polacas– y yo era la tercera. Con Carlo fue amor a primera vista. Dormíamos en la misma habitación y, después de pasar juntos la primera mañana, supe que me darían el trabajo. Nos comunicábamos sin palabras, imitando los sonidos de los animales, lo que nos acercó de manera natural. Creo que fue él quien me eligió, y no sus abuelos. Aquella primera mañana, llena de calor y de luz, permanecerá siempre en mi memoria.
La madre de Carlo Acutis suele subrayar que la educación católica de Carlo se debía a la familia de su padre y a la niñera polaca, es decir, usted. ¿Le enseñó usted a Carlo a rezar? ¿Le hablaba de Dios?
Es cierto. La primera oración que Carlo aprendió muy rápidamente –y en polaco– fue la oración Ángel de la Guarda. Aprendía las palabras de memoria, sin conocer aún su significado. Más tarde empezó a preguntar por el sentido, cuando la oración se convirtió en un ritual nocturno regular. Incluso tenía una cinta de casete con una grabación de Carlo, pero por desgracia, después de varias mudanzas, esos recuerdos tan valiosos desaparecieron.
Fui la niñera de Carlo. Trataba de participar activamente en su educación –con cariño y atención–. Desde pequeño le enseñaba cómo vivir cerca de Jesús. Para él esa relación era algo totalmente natural –casi de amistad, como si se conocieran de siempre–. Para mí también era algo evidente: crecí en un pequeño pueblo, en una familia católica, en la que el acontecimiento más importante de la semana era la Misa dominical. En mi infancia y juventud, la iglesia era prácticamente la única fuente de cultura en el pueblo.
Carlo nunca pasaba indiferente junto a una iglesia. Se detenía, miraba, saludaba, como si entrara en la casa de alguien cercano. Aunque fuera solo un instante. Allí se sentía simplemente bien.
Además de la oración del Ángel de la Guarda, ¿conocía Carlo otras oraciones en polaco? ¿Hablaba nuestro idioma?
Carlo no hablaba polaco, pero sabía algunas palabras. Cuando saludaba a mis padres durante una conversación telefónica, siempre empezaba en polaco: «¡Dzień dobry, witam was!» (“¡Buenos días, os saludo!”). Y, como mencioné, la oración del Ángel de la Guarda la rezaba por las noches en nuestro idioma.
La madre de Carlo Acutis, la Sra. Antonia, recordaba que en la primera visita a su casa usted llevaba consigo una bolsita llena de estampas de la Virgen de Czestochowa. ¿La estampa que Carlo recibió de usted fue la primera con la imagen de la Virgen en su vida?
Sí, es verdad. Fue su primera imagen de la Virgen de Czestochowa –la Virgen Negra de Jasna Góra–.
Esa imagen era especialmente cercana para mí, porque me acompañaba casi cada día desde la infancia. Siempre la llevaba conmigo, metida en mi devocionario Camino al Cielo, que recibí en mi Primera Comunión. Las peregrinaciones a Jasna Góra eran para mí algo más que un simple viaje de vacaciones: eran una experiencia espiritual importante. A veces llenas de cansancio, pero también de alegría, de oración compartida y de silencio. Era una peregrinación del corazón, que dejaba huella por mucho tiempo. Esa imagen de la Virgen era como un signo de presencia –de protección, de esperanza y de compañía constante–. La llevaba conmigo no solo por apego, sino también por la certeza de que Ella estaba realmente cerca. Más tarde, en la vida de Carlo, estuvo la Virgen Negra de Pompeya (Nuestra Señora del Rosario), pero esa es otra historia.
¿Cómo era Carlo Acutis en la vida cotidiana? ¿Qué lo distinguía?
Carlo era un niño alegre. Durante mucho tiempo fue el único nieto, lo que hacía que estuviera rodeado de gran amor y atención por parte de su familia. Su vida estaba llena de felicidad, y él mismo irradiaba una energía extraordinaria. En la vida cotidiana se distinguía por su paciencia: no se quejaba. Sabía esperar y aceptaba con humildad lo que el día traía.
¿Tenía algún defecto?
Carlo, sin duda, no era perfecto, pero sí era especial. Tenía sus defectos, como cualquier niño, como cualquier persona, pero sinceramente me cuesta ahora recordarlos. Seguro que no era arrogante, codicioso ni perezoso. Recuerdo, sin embargo, que a veces chismorreábamos sobre sus amigos o mis conocidos, pero eso era más bien mi debilidad que la de Carlo. Esos momentos no disminuían su excepcionalidad –más bien mostraban su naturaleza humana–.
Si tuviera que elegir uno o dos acontecimientos concretos de la vida de Carlo que lo definan, ¿cuáles serían?
Sin duda, la situación relacionada con el cumpleaños de Giacomo, su compañero de guardería. Todavía la recuerdo. Yo llevaba un rosario de madera al cuello, que usaba siempre. Hoy puede considerarse algo “cool”, pero entonces era bastante extraño. Alguien lo comentó en una ocasión y yo, para evitar más comentarios, lo escondí bajo la camisa. Quería que fuera menos visible. Carlo lo notó y dijo: «Bea, no lo escondas, ¡son las cuentas más hermosas del mundo!». Ese acontecimiento me impresionó profundamente, porque Carlo no solo percibió que el rosario era para mí una fuente de paz (en cierto modo me defendió), sino que también entendía su profundo valor. Veía en él algo más que un simple objeto decorativo, conocía su verdadero significado y, de paso, predijo que algún día se pondría de moda. Sus palabras estaban llenas de calidez. Sabía ver la belleza en cosas que para otros podían pasar desapercibidas.
¿Qué la sorprendía en este niño que iba creciendo? Que aprendía cada vez más sobre el mundo y acumulaba experiencias...
Lo sorprendente era lo rápido que empezó a cambiar su manera de mirar el mundo. De un día para otro, percibía la complejidad de las cosas que antes parecían simples. Aunque madurar implica descubrir que el mundo no es blanco o negro, Carlo entendió pronto que conceptos como verdad, justicia o amistad tenían un sentido más profundo y complejo. Esa comprensión no siempre le era fácil, pero se esforzaba en asimilarla y en encontrar su lugar en un mundo complicado.
Lo que siempre me sorprendía en él era su extraordinaria capacidad de hacer preguntas con sentido. Al plantearlas, lograba ver cosas que se escapaban a otros, o que otros no querían ver. Era como si fuera más atento y sensible a lo que se escondía bajo la superficie. Eso hacía que su forma de percibir fuera única.
¿Le gustaban a Carlo las historias de los santos?
El primer santo que descubrimos juntos fue San Carlos. Yo no conocía su historia, pero alguien le regaló a Carlo una versión infantil de la vida del santo, y así empezó todo. Yo conocí la historia del santo y Carlo comprendió que su nombre no era una casualidad –era el nombre de un santo, recibido en el bautismo, y no solo el de su abuelo–. Las historias de los santos son un caleidoscopio de actitudes humanas, defectos, virtudes y acciones. Son una lectura excelente. Aquellas personas eran como nosotros: se equivocaban, pecaban, se convertían, rezaban. Yo le contaba sobre el heroísmo de Santa Juana de Arco, sobre su valentía y su fe. Con el tiempo Carlo empezó a interesarse por San Francisco, y eso se convirtió en una verdadera pasión.
¿Qué significa para usted la canonización de Carlo Acutis?
Para mí, su canonización es un signo de que la santidad es posible aquí y ahora. No hace falta vivir hace siglos, ni ser monje o místico. Se puede ser un adolescente normal con vaqueros, que asiste a Misa diaria, mira memes y programa páginas web. La canonización es una gran esperanza. Para los jóvenes –que no son demasiado jóvenes para creer de verdad–. Para los adultos –que pueden aprender de los niños–. Para todos nosotros –que la santidad no es algo lejano, sino un camino que se puede recorrer cada día–.
Beata Anna Sperczyńska – directora general en una empresa internacional dedicada a la publicidad y la promoción de marcas reconocidas.