Sobre el poder comunicativo del cristianismo en una época de recelo, a partir del ejemplo de los primeros cristianos.
Vivimos en una época en la que la confianza se ha convertido en un bien escaso. No solo hacia los políticos o las grandes corporaciones. La desconfianza se extiende hoy casi automáticamente a todas las instituciones: los medios de comunicación, las escuelas, las organizaciones sociales, la Iglesia. Para muchas personas, la desconfianza ya no es el resultado de un análisis, sino el punto de partida. Ni siquiera hace falta conocer los hechos. Basta con que exista una estructura, una comunidad, una organización con un objetivo y un lenguaje de valores, para que surja inmediatamente la pregunta: «¿qué es lo que realmente quieren conseguir?».
Es una situación especialmente difícil para las instituciones basadas en una idea o una misión. Cuanto más se habla del bien, los valores, la educación o el servicio, más se sospecha de intereses ocultos. La paradoja de nuestro tiempo radica en que la mera declaración del bien se percibe a veces como una posible manipulación. Si una institución se comunica con eficacia, se dice que tiene buenas relaciones públicas. Si lo hace de forma ineficaz, se la acusa de falta de profesionalidad. Si es transparente, muchos pensarán que intenta ocultar algo. Si guarda silencio, «seguro que esconde algo».
Este círculo vicioso parece casi imposible de romper. Y, sin embargo, la historia muestra que ya existió en el pasado un clima similar de sospechas. Y fue precisamente en un mundo así donde nació el cristianismo.
Los primeros cristianos eran, desde el punto de vista comunicativo, totalmente indefensos. No tenían influencia sobre la narrativa que circulaba sobre ellos en la sociedad. Eran un pequeño grupo procedente de las periferias del Imperio. Sin templos, sin ejército, sin programa político. Muchos de ellos eran esclavos o simples obreros. No contaban con universidades ni con las grandes figuras intelectuales de las primeras generaciones. Y, sin embargo, Roma los consideró muy pronto una amenaza.
Se les acusaba de prácticas secretas. Los rumores sobre la Eucaristía sonaban para los ajenos al asunto como historias de canibalismo. Como no rendían culto a los dioses del Estado, se les llamaba «impíos». La negativa a ofrecer sacrificios al emperador se interpretaba como deslealtad política. Las reuniones nocturnas despertaban sospechas de conspiración. Cada aspecto de su vida se interpretaba a través del filtro de la desconfianza.
Y aquí es donde surge algo sumamente interesante. Los primeros cristianos prácticamente no se defendían de una manera que hoy llamaríamos estrategia de comunicación. No contaban con portavoces especializados ni campañas de imagen. No construían una marca. Su respuesta no era el control del mensaje, sino su forma de vida.
Cuidaban de los enfermos durante las epidemias, cuando otros huían. Recogían a los niños abandonados, a quienes en el mundo romano se dejaba morir. Enterraban a los pobres con dignidad. Visitaban a los presos. Compartían sus bienes con los necesitados. Trataban a los esclavos como hermanos. Es más, lo hacían sin distinguir entre «los suyos» y «los extraños».
Eso fue precisamente lo más impactante para el mundo antiguo. Roma conocía la solidaridad tribal o familiar. La gente se preocupaba por los suyos. Los cristianos se preocupaban también por aquellos de quienes no podían recibir nada a cambio. Esa lógica era totalmente poco práctica desde el punto de vista de un mundo basado en las interdependencias y los intereses.
Tertuliano escribió que los paganos miraban a los cristianos con una mezcla de asombro y admiración: «Mirad cómo se aman». Esta frase es más importante de lo que puede parecer. El cristianismo no refutaba las sospechas con argumentos. Introducía en la realidad algo que no se podía explicar fácilmente con las categorías existentes.
Sin embargo, conviene recordar que las primeras comunidades cristianas no eran en absoluto perfectas. Basta con leer las cartas de San Pablo. Discusiones, divisiones, conflictos de liderazgo, pecados públicos, tensiones entre diferentes grupos: todo eso estuvo presente desde el principio. La Iglesia no era una comunidad de personas perfectas. Era una comunidad de personas en camino.
Y quizá sea precisamente aquí donde se esconde una de las intuiciones más importantes del cristianismo: su fuerza nunca ha sido la perfección de sus miembros. El cristianismo no decía: «mirad lo perfectos que somos». Más bien decía: «somos débiles e imperfectos, pero a pesar de ello Dios no nos descarta».
Es una diferencia enorme
Muchas instituciones contemporáneas intentan construir su credibilidad sobre la imagen de la infalibilidad. Sin embargo, el ser humano percibe muy rápidamente la falsedad de una imagen perfecta. El mundo de las sospechas ataca con especial facilidad a quienes dan la impresión de ser impecables. Basta un solo error para que toda la construcción se derrumbe.
El cristianismo se basó desde el principio en algo diferente. No en el ideal del hombre sin mancha, sino en el realismo de la condición humana. La santidad era el horizonte, no el punto de partida. Perfecto es Cristo, no aquellos que intentan seguirle.
Es precisamente por eso que los primeros cristianos podían ser a la vez humildes y valientes. No tenían que fingir ser personas sin debilidades. No tenían que proteger obsesivamente su propia imagen. Su fuerza residía en la convicción de que el valor del ser humano no depende exclusivamente de sus éxitos y fracasos.
Y quizá aquí se encuentre algo de gran actualidad para nuestros tiempos.
En un mundo de la comunicación dominado por estrategias, narrativas y gestión de la reputación, lo que resulta más convincente a menudo no es la perfección, sino la autenticidad. El ser humano es capaz de aceptar la debilidad ajena. Le cuesta mucho más soportar la perfección fingida.
Por eso es tan importante hoy en día la capacidad de reconocer la propia fragilidad sin caer en el dramatismo ni en el cinismo. Una institución que es capaz de decir: «no somos perfectos, pero realmente intentamos servir», suena más creíble que aquella que construye constantemente una imagen de impecabilidad.
Los primeros cristianos tenían otra característica que sorprendía a quienes los rodeaban: la alegría. No era un optimismo ingenuo ni la euforia de quienes triunfan. Más bien era la paz interior de quienes ya no tienen que demostrar su propia grandeza.
Esa alegría era comunicativamente muy poderosa precisamente porque no se podía fingir fácilmente. Se puede aprender el lenguaje de la empatía. Se pueden hacer cursos de comunicación. Se puede crear un mensaje profesional. Pero es difícil fingir la serenidad de quien ha aceptado sus propias limitaciones y, a pesar de ello, no ha perdido la esperanza.
La desconfianza se las arregla bien con el triunfo. Se las arregla bien con la defensa agresiva. Se las arregla bien incluso con el sufrimiento. Pero a menudo no sabe cómo lidiar con la serenidad de quien ya no tiene nada que demostrar.
Y quizá sea precisamente por eso por lo que el cristianismo resultó, en última instancia, tan difícil de detener. No porque fuera poderoso. En los primeros siglos era, al fin y al cabo, radicalmente frágil. Pero esa fragilidad no era una debilidad oculta tras una fachada. Formaba parte de la verdad sobre el ser humano. Y la verdad, aunque sea discreta, tiene la extraña capacidad de inspirar confianza.
Fragmento del texto de Marc Argemi