Del enamoramiento al amor: Un recorrido humano

Autor
Javier Vidal-Quadras


Del enamoramiento al amor: Un recorrido humano

Vídeo (primera parte)

Vídeo (segunda parte)

Enamoramiento y amor

El sentimiento es un ingrediente fundamental en el amor humano, al punto de que no pocas personas lo identifican con el mismo amor. Podríamos decir que la afectividad, como facultad específicamente nuestra, ‘humaniza’ el amor. Un amor sin sentimiento no nos corresponde.

Cuando uno se enamora surge una sintonía de caracteres; se va descubriendo la persona del otro. Hay quien se enamora de lo afín y quien de lo diverso. Las trayectorias del amor son tan variadas como las personas que las recorren.

Sin embargo, la identificación plena entre sentimiento y amor genera un efecto muy pernicioso: confundir la persona amada con el sentimiento que provoca. Quien habita en este ámbito meramente sentimental, sin poner en juego otras facultades humanas: voluntad, inteligencia, memoria, imaginación…, acaba inevitablemente enamorado de su propio enamoramiento, de la sensación de estar enamorado. Y la consecuencia de esta confusión no se hace esperar: si el destino de mi amor es “sentirme enamorado”,  cuando deje de experimentar este afecto, pensaré que mi amor se ha extinguido y me veré impulsado a sustituir al amado y cambiarlo por otro que me haga sentir lo que anhelo.

Gary Chapman, en “Los cinco lenguajes del amor”, alude a las tres razones que otro autor americano, Peck, da para explicar por qué el enamoramiento no es aún verdadero amor:

✔    No es un acto de la voluntad ni una decisión consciente. Nadie puede decidir enamorarse; el enamoramiento le asalta a uno. 
✔    No requiere esfuerzo: el tiempo, el dinero, los regalos, los proyectos…, nada cuesta esfuerzo en este período.
✔    El enamoramiento no está interesado en el auténtico crecimiento personal propio ni del otro; al contrario, genera la falsa sensación de que ya se ha llegado y no puede haber nada mejor. Confunde el punto de partida con el punto de llegada. El amor auténtico, por el contrario, siempre recomienza y quiere que el amado crezca y sea cada vez más y mejor.

Como explica Joan Costa Bou en su escrito “¿Por qué hemos de casarnos? (http://mnjoancosta.net), el problema del amor no comprometido es que sitúa el centro de gravedad en mí mismo y no en la persona amada. Al no prometer un amor para siempre, yo me convierto en el criterio de valoración del otro: él o ella valen solo en la medida en que colman mis expectativas, en que satisfacen mi interés, por elevado que este sea. El amor auténtico y pleno ama al otro por lo que él es y no por lo que me aporta a mí. Entonces sí, el amor se convierte en don, en entrega y se hace cabal. Esta es la lógica del amor, una lógica del todo o nada: o me entrego o le utilizo. Si no es don, es interés. 

Es cierto que los dos que se aman pueden estar de acuerdo en no comprometerse, pero esto no soluciona el problema, más bien lo agrava porque significa que los dos están de acuerdo no en amarse, sino en utilizarse mutuamente, en ser uno y otro (al menos en parte) instrumentos, lo que dañaría igualmente a su dignidad de persona.

El consentimiento matrimonial no es un “consentimiento continuado”. Crea un estado nuevo, una relación que implica a toda la persona. No es cierto que todas las cosas desaparezcan cuando desaparece la causa que las crea. Cuando el sol no está desaparece su calor, pero un cuchillo hiere y no cura, de la misma manera que un lápiz escribe pero no borra. El consentimiento matrimonial genera el vínculo matrimonial, pero no lo hace depender continuadamente de él. El consentimiento continuado es una falacia porque exigiría una dependencia y atención ininterrumpida que no permite la naturaleza humana: mi voluntad no puede estar constantemente manifestando, durante todos los segundos de mi vida, el amor que prometí un día. Lo único que puedo prometer es que seré capaz de crear un vínculo de amor que defenderé, enriqueceré y cuidaré durante toda mi vida. Quizás el ejemplo de la paternidad pueda arrojar algo de luz: el acto sexual crea el vínculo de paternidad que sigue a la generación de una nueva vida, pero, una vez creado ese vínculo, ya no puedo destruirlo. Y no estoy hablando de eliminar al hijo, lo que todo el mundo entiende que es una aberración moral, sino de extinguir el vínculo, la relación. Jurídica y psicológicamente puedo dejar de ser padre y no tenerme por tal, pero moral y biológicamente lo seguiré siendo siempre. En el matrimonio no se ve tan claro porque el vínculo no genera una nueva vida corpórea y tangible, pero sí crea una nueva realidad moral inextinguible: la relación matrimonial, derivada de una entrega plena de la intimidad personal.

Relaciones prematrimoniales: ¿Probamos?

Ante el panorama de un amor para siempre, irrevocable, sin vuelta atrás, surge la respuesta de las relaciones prematrimoniales, de la cohabitación previa al matrimonio. Se trataría de comprobar que la relación va a funcionar. Si tan exigente es el compromiso, si exige quemar las naves y no hay vuelta atrás, entonces hay que estar muy seguro de la decisión, no se puede tomar precipitadamente…, y la fórmula más extendida para contrastar las probabilidades de éxito de una unión específica y determinada parece ser hoy la cohabitación.

Sin embargo, las estadísticas se empeñan en acreditar lo contrario de lo que se pretende: “A pesar de la creciente popularidad de la convivencia previa al matrimonio, hace tiempo que ha quedado demostrado que la mayoría de las parejas que han vivido juntos antes del matrimonio tienden a romper su relación después de casarse. Según un informe del National Center for Health Statistics norteamericano, los hombres y mujeres que han vivido juntos antes de casarse tienen menos probabilidades de celebrar juntos el décimo aniversario de su boda que quienes no lo hicieron: el 54% de los que eligieron la cohabitación previa llegan a ese décimo año, mientras que los que esperaron al matrimonio son el 67%” .

¿Cuáles son las razones que conducen a esta decepción? Veamos algunas de ellas.

✔    La inversión de los términos. La primera pregunta que hemos de hacernos es si realmente pensamos que las parejas cohabitan para ‘probar’. En muchos casos, simplemente deciden irse a vivir juntos porque no se plantean un amor comprometido para siempre. Cuando el amor se contempla como una mera unión temporal, la convivencia ni aporta ni quita nada. Es un componente más de la relación. Cuando esta se acaba, la convivencia se interrumpe y ya está. Pero en otros casos, se ve la cohabitación como la prueba del amor. Esta dinámica desemboca en una gran paradoja. Parece provenir del amor romántico (nos queremos tanto y queremos estar tan seguros de que nuestro amor funcionará que necesitamos convivir ya), cuando, en realidad, la cohabitación previa acaba subordinando el amor romántico a los aspectos más prácticos y utilitaristas de la relación. Se produce una inversión de los términos: ¡se fundamenta y hace depender el amor de la capacidad de convivencia!, cuando la ecuación es la contraria: ¡es la convivencia la que ha de subordinarse al amor! Es la capacidad de amar la que permitirá convivir y no la capacidad de convivencia la que permitirá amar.

✔    La prueba es imposible. Las personas no se prueban como quien prueba un electrodoméstico, y la relación de amor no se puede probar: es un imposible antropológico y cronológico pretender probar una relación de futuro en función de una relación de presente. El ser humano es proyectivo, dinámico, futurizo, y evoluciona con el tiempo. También las circunstancias que le rodean cambian. ¿Cuándo acaba la prueba?: no es lo mismo sin hijos que con hijos, con trabajo que sin trabajo, a los 30 que a los 60, sano que enfermo..., ¡tendríamos que estar toda la vida probando! No, el amor matrimonial no puede probarse. Las personas se aceptan tal como son y serán, en el grado de amor que a cada una corresponde (al cliente como cliente, al amado como amado, como cónyuge), pero no se prueban.


✔    No soy el mismo antes que después de casarme. El ‘sí’ me eleva a un grado de amor del que antes no era capaz. El matrimonio contraído mediante una promesa de amor para siempre me capacita para amar. Aunque se ha definido tradicionalmente la virtud como repetición de actos, hay niveles de virtud que solo se alcanzan a través de un acto, una decisión, una determinación (Tomás Melendo). Por ejemplo, el valor para lanzarse en paracaídas no depende tanto de la repetición de saltos cuanto de una determinación de la voluntad en un momento preciso y determinado. Algo similar sucede con el matrimonio. Ese ‘sí’ de una vocación y entrega de por vida me transforma como persona y me sitúa en disposición de poder amar. A partir de este momento ya no exigiré que tú cambies y te aproximes a mí, sino que seré yo el que lo haga para ir hacia ti, para ponerme a tu servicio e intentar hacerte feliz conmigo.

✔    La verdadera ‘prueba’. En realidad, el noviazgo no es tanto una prueba como un período de conocimiento. Se piensa, equivocadamente, que la relación sexual añade algo sustancial a ese conocimiento mutuo. La verdad es que la relación sexual, y tanto más cuanto más joven se es, puede enturbiar más que aclarar el conocimiento del otro como persona. El sexo no es un juguete, es un arma poderosa y un adictivo potente, como sabe bien la industria pornográfica, que nubla las otras facultades y empaña la elección. El sexo parece disculparlo todo y tiene una fuerza invasiva y atractiva que desvía la atención de lo verdaderamente personal. Otra consecuencia es que surge una dependencia del placer sexual que afecta a nuestra capacidad de discernimiento. Nuestras facultades volitivas e intelectivas quedan ‘tocadas’ por la experiencia sexual, que permanecerá en nuestra memoria, desorientará nuestra inteligencia y debilitará nuestra voluntad. En el futuro, nuestra libertad quedará comprometida porque esa experiencia, aunque no lo percibiéramos, habrá implicado a toda nuestra persona y condicionará nuestros movimientos futuros. La relación sexual ejerce siempre su fuerza unitiva, de modo que lo que es una ventaja y una ayuda cuando se instaura un amor definitivo (¡la unión de los espíritus por los cuerpos!), puede transformarse en una desventaja cuando ese amor no es para siempre, al limitar nuestra capacidad de decidir con exenta libertad. La verdadera ‘prueba’ es la del noviazgo que no anticipa la entrega del cuerpo a la entrega personal: quien ha demostrado que es capaz de amar a la persona posponiendo el placer sexual está preparado para amar de manera plena, pues quien puede lo más puede lo menos, y es más (en términos de voluntad) amar sin el placer unitivo de la relación sexual que hacerlo con él.

La tarea del noviazgo

La tarea del noviazgo no es la prueba de la persona, sino la verificación del amor. Se trata de un período cuyo principal objetivo es ayudarse a adquirir las virtudes necesarias para lograr la posterior comunión matrimonial de vida y de por vida.

En "El Destino del Eros", José Noriega ha destacado el peligro que supone un noviazgo centrado solo en discernir si esa es la persona adecuada con quien compartir la vida. Esta postura desconoce que, antes de que la radical novedad del amor acontezca, no tenemos una idea clara de nuestro destino, de la vida plena a que estamos llamados. Esperar encontrar una persona que responda a un retrato robot confeccionado previamente bloquea la experiencia del amor, que aparece siempre como una revelación, como una llamada (vocación) inédita e impide reconocer a la persona amada en su propia, única y exclusiva personalidad.

Insiste este autor en que la tarea principal del noviazgo consiste en verificar: (i) que la revelación en que el amor consiste ha acontecido también en la otra persona y ambos ven y van en pos de la misma verdad, (ii) que se va dando una concordia mutua en los caminos a recorrer para alcanzar esa verdad, y (iii) que los dos van integrando sus dinamismos (sexualidad, afectividad, inteligencia, memoria, voluntad, imaginación...) en el amor mutuo.

Marta Brancatisano, lo expresa con palabras más poéticas: “La idea de una prueba ni siquiera se nos ocurría, es más, era contraria a aquella idea de desafío, del todo por el todo, que se adaptaba al amor como un guante. El amor verdadero era otra cosa, era aquello que se ofrecía a la forja del tiempo, de todo el tiempo de una vida, en el momento de la decisión definitiva, el del matrimonio (…) Es una metodología que exige el ‘para siempre’, o de lo contrario no funciona. Entre los que consideran que el ‘para siempre’ es imposible y sobrehumano se encuentran los escépticos. Olvidan que han vivido y deseado un amor que desde el principio y por definición era sobrehumano” (Marta Brancatisano, La Gran Aventura).

Los rasgos principales del noviazgo podrían sintetizarse así:

✔    Honestidad. La honestidad impone una proporción entre la acción y la intención, una ‘unidad intencional’. Dar dinero por conseguir una buena imagen no es un acto de limosna, sino de marketing, de la misma manera que dar un beso para seducir no es un acto de amor, sino de posesión. Entre el acto y la intención ha de haber unidad, continuidad, que aquí consiste en contemplar esa relación como una eventual futura relación definitiva. Hay equilibrio cuando la respuesta afectiva es adecuada, proporcionada al motivo que la genera. No amo por compasión, ni por urgencia (porque pienso que se me acaba el tiempo oportuno), ni porque todos tienen novio/a; amo por amor. Consecuencia de la honestidad es la sinceridad, el noviazgo exige también una fidelidad sincera, que no compromete del todo porque la entrega no es total, pero que exige poner unos límites y establecer unos criterios. No me comporto como cuando no tenía novia.

✔    Autenticidad. La verdad del amor, según la conocida definición de Aristóteles, consiste en “querer el bien del otro en cuanto otro”. El amor auténtico no se detiene en la persona del amado, va más allá, en pos de los bienes que merece y le convienen como ser humano. ¿Qué bienes anhelo para aquel/lla que amo? ¿Diversión, sexo? ¿Creyendo ser generosa te entregas por entero y contribuyes a su egoísmo y egocentrismo? ¿O buscas para él/ella bienes culturales, espirituales, profesionales, procurando su desarrollo y perfección personal? Si no es así, se trata de un amor insuficiente, todavía demasiado centrado en uno mismo.

✔    Sintonía: La ayuda mutua en la verificación del amor de que antes hablábamos se logrará en la armonía, que no surge siempre de manera espontánea, sino que hay que trabajarla un día y otro alcanzando acuerdos y hablando de todo aquello que nos afecta o puede hacerlo. Un ámbito sensible y muy importante para fundamentar bien la relación son los gestos físicos del amor (besos, caricias…). Cada manifestación llama a la siguiente: los besos y caricias preparan al cuerpo para la entrega total (Jokin de Irala). Hay que establecer claramente hasta dónde queremos llegar. De otra forma, la propia condición de los gestos amorosos nos conducirá a una entrega corporal plena anticipadamente.

✔    Igualdad. Nadie es superior. No hay condiciones. Si alguno las impone (“si no lo hacemos, te dejo”, “hijos ¡ni hablar!”, “por la Iglesia, ¡ni en broma!”...), mejor cortar, porque un amor condicionado no lo es. Dos que se aman han de estar al mismo nivel y tienen que poder hablar de todo para llegar a acuerdos. Se ha dicho que un príncipe puede casarse con una campesina siempre que esta tenga corazón de princesa; sin embargo, recuerda Thibon, hay muy pocas campesinas con corazón de princesa. Normalmente, las campesinas tienen el corazón campesino y las manos encallecidas. El riesgo (y digo riesgo, no certeza) de un distanciamiento cultural y educacional grande es que uno de los dos, inconscientemente, acabe pensando que él/ella está en un nivel superior.

✔    Contraste. Hace falta un tiempo mínimo para conocerse, por lo menos en lo esencial. El que ama no concibe un tiempo sin ella: 'tú no morirás nunca'. La temporalidad es importante. Quien no es capaz de afirmar el 'para siempre' ha sufrido una confusión trágica: confundir el amor con el sentimiento. El que ama cree en él/ella y promete. Pero para poder prometer hace falta conocer, hasta donde una persona admite ser conocida. El “para siempre” no alude solo a la duración, sino a la expansión: debe extenderse a los momentos de ocio y de trabajo, de alegría y de tristeza, de éxito y fracaso. Es bueno que el noviazgo haya podido experimentar los distintos estados emocionales derivados de estas diversas circunstancias.

✔    Apertura. A medida que la relación se consolida se da en ocasiones una tendencia a aislarse. Los novios necesitan su tiempo a solas, para ir verificando ese amor mutuo, pero también necesitan un entorno que se comprometa con ellos, que respete y fomente su amor. Ellos, y solo ellos, han de decidir el escenario que quieren para su amor en sociedad, tomando distancia con valentía de los ambientes que pueden intoxicar su relación.

✔    Decisión. Tras una breve pero suficiente biografía en común, los novios están en disposición de decidir amarse para siempre. El miedo al compromiso es, en realidad, miedo a dominar las circunstancias, a tomar las riendas de nuestra vida, del destino común que se nos ha anunciado. El amor deja, entonces, de ser el motor y cede la dirección a las circunstancias. La prueba decidirá por nosotros… El error consiste en no decidir nosotros mismos. Si hay decisión firme, determinada, comprometida y recíproca, no hay error porque nuestro destino lo iremos construyendo cada día partiendo de una premisa ineludible: nosotros mismos.


Inteligencia y voluntad

Inteligencia

La inteligencia es la cenicienta del amor. Se piensa que tiene poco que ver con el amor, pero un amor no inteligente no es un amor humano cabal. Solo la inteligencia puede descubrir que hay que amar de manera total y definitiva.

El papel de la inteligencia es ya decisivo en el origen del amor. La voluntad sigue a la inteligencia, y ambos y la vida diaria generan el sentimiento. Esto es verdad hasta el extremo de que, si la inteligencia convenciera a la voluntad de que no ha de amar, pongo por caso, a un hijo propio, sino, en su lugar, al hijo del vecino, la voluntad se pondría a hacerlo sin dudarlo. Si, por error, nos entregaran en la sala de partos un hijo que no es nuestro y no descubriéramos la trágica sustitución, ¿acaso no le amaríamos para siempre en la convicción de que es hijo nuestro? ¿Y por qué le amaríamos?, podríamos preguntarnos. ¿Porque es hijo nuestro? No. Porque pensamos que lo es. Porque nuestra inteligencia ha cometido un error, un grave error que nos ha llamado a engaño y, a resultas de ese error, nuestra voluntad se ha puesto a amar como a hijo a quien no tenía esa condición. Se comprende así por qué los padres adoptantes son capaces de amar a sus hijos no biológicos exactamente con la misma intensidad y cariño con que lo hacen los padres biológicos, y a veces con mucho más esfuerzo. El ascendiente de la razón sobre la voluntad también ayuda a comprender el origen de la plaga del aborto: la inteligencia, a través de un poderoso constructo intelectual, ha persuadido a muchas mujeres, con tal fuerza de convicción, de que ciertos hijos pueden aniquilarse que ha llegado a anular el que probablemente es el sentimiento más arraigado en la naturaleza femenina: la maternidad.

Nuestro 'instinto' (si alguno tuviéramos) es la razón, pero es una razón falible y transida de libertad, que podemos utilizar para el bien o para el mal.

Amor fecundo

Otro rasgo del amor matrimonial que necesita la luz de la inteligencia para ser comprendido y asimilado es la fecundidad. Con frecuencia se confunde la fecundidad en el amor con el número de hijos. Y, sin embargo, todo amor es fecundo: espiritual y materialmente fecundo. La esterilidad nunca ha sido atributo del amor. No es cicatero ni mezquino: “la medida del amor está en amar sin medida”, decía San Agustín. Se desborda más allá, invita a salir de uno mismo, es rico en detalles, en atenciones, en tiempo, en dedicación…, y también en vida. Es más, el cauce natural, específico, el más propio, el que distingue al matrimonio de los demás amores humanos es, precisamente, esta posibilidad de transmitir la vida: los hijos. En este terreno, por lo tanto, lo propio del amor es la fecundidad espiritual (la material, también, pero no siempre depende de nosotros). Todo dice fecundidad en la relación sexual. Cuestión distinta es el número: ¿quién puede poner número al amor? Más aún, ¿quién puede juzgar y cifrar el amor de otros? Hay que ser muy cauto y no juzgar nunca, pero el principio ha de quedar claro: lo propio del amor es la fecundidad, no la esterilidad.

Voluntad

Casi como corolario de lo anterior, surge la necesidad de poner la voluntad en el amor. La voluntad inteligente sabe que el amor en presente es un engaño. Un amor que no promete es un fraude. Sólo ama quien quiere amar, quien proyecta el sí matrimonial decididamente hacia el futuro, hacia la eternidad. La razón de casarse no es –únicamente- amar ahora, sino querer amar. Amar es una premisa necesaria (o muy conveniente), pero no suficiente. No me caso porque amo, sino para amar. El sí del matrimonio se proyecta al futuro, a todo mi futuro. Es el acto soberano de la libertad: poseerse íntegramente y donarse a otro. Por eso, amar es importante, pero más lo es querer amar. Así pues: no me caso porque amo, sino porque amaré.

El amor inteligente sabe hacer de sí mismo tarea, misión, futuro, vocación porque, como enseña Armando Segura, el pasado, lo hecho, lo conocido sirve para poco: es punto de partida y, como todo punto de partida, está para dejarlo.

El secreto de la desgracia del ser humano, enseñaba Armando Segura en una conferencia pronunciada ante los centros de Orientación Familiar de España, es considerar el punto de partida como punto de llegada y el de su felicidad, considerar el punto de llegada como punto de partida: llego para partir; no “hemos llegado”, sino “partamos”. No he llegado al matrimonio, no he conquistado el amor matrimonial, sino que hoy, no importa el día que sea, empiezo a realizarlo, a actualizarlo y a proyectarlo de nuevo hacia el futuro.

El ser humano, para ser esencialmente lo que es, vive fundamentalmente de lo que no existe. Lo que existe, lo que conoce, lo que tiene es siempre punto de partida y el hombre que se limita a conservarlo (el conservador por naturaleza) es un desgraciado, pues no tiene tarea. El casado que no hace día a día su futuro, que no hace a su marido, a su mujer, y no se empeña en que sea y sea más, mejor cada día, es un desgraciado, no tiene misión; o se tiene a sí mismo como misión, lo que es más triste todavía.

El hombre sin tarea, sin misión, es el mayor desgraciado del mundo. Es el hombre que sólo se tiene a sí mismo, que no sueña, que no avanza; que sólo se repite. Es el drogadicto, el alcohólico, el adicto al sexo, para quien su tarea es la repetición y su punto de partida es siempre punto de llegada, ya conoce el final, siempre conoce el final al que está irremisiblemente atado.

El sexo, por ejemplo, está ahí, en la naturaleza humana, para ser punto de partida y tender a la constitución de una familia; si sólo se utiliza para disfrutar de él, se infrautiliza y se convierte en punto de llegada, en nada, en pasado, en repetición.

Por eso puede decir Ricardo Yepes que el matrimonio es más “promesa” que “pacto” de amor, porque la promesa es futura (anticipa una decisión: ¡siempre te volveré a elegir!), desinteresada (espontánea y a cambio de nada) e incondicionada (se compromete de un modo tal, sin condición).

“La promesa nace del amor, el convenio del interés (…) quienes han de recurrir al pacto no han sido aún capaces de elevarse hasta el amor (…), hoy en día es frecuente una versión débil y pactista del amor, que consiste en renunciar a que no se pueda interrumpir. Este modo de vivirlo se traduce en el abandono de las promesas: nadie quiere comprometer su elección futura, porque se entiende el amor como convenio, y se espera que dé siempre beneficios”, explica el mismo Yepes.

La voluntad que se decide a amar ha de ser soberana, libre hasta el extremo. No hay amor sin libertad: “La persona que no ha hecho operativa su libertad, extendiendo el imperio de la voluntad y del entendimiento al resto de sus facultades y potencias, la persona dominada por las pasiones, por el ambiente, por los vaivenes de un humor incontrolado, esa persona, si no lucha por dominarse, es incapaz de amar. Sólo quien ejerce el señorío de su propio ser puede, en un acto soberano de libertad, entregarlo plenamente a los otros, al hombre o mujer elegidos, a quien haya hecho objeto de sus amores” (Tomás Melendo, Ocho lecciones sobre el amor humano).

Ortega y Gasset decía que “el acto en que más radicalmente se siente el hombre libre es aquél en que por íntima decisión se liga y entrega (…) En cambio, cuando el hombre sigue un capricho le queda en el fondo un sabor de servidumbre.”

El matrimonio es, pues, para personas libres, capaces de poseerse a sí y a su futuro y entregarse para siempre a otra persona. Una libertad que se hace deuda, “deuda de amor” (Javier Hervada, Pedro Juan Viladrich), “justicia enamorada” (Tomás Melendo), porque quiere, porque le da la gana.

En efecto, una de las grandes dificultades de algunos jóvenes de hoy es su incapacidad de amar: no se han negado nada, no saben lo que es la entrega, no saben apartar el yo y ponerlo entre paréntesis y, aunque quieren, no pueden amar, son esclavos de sus tendencias. ¡Quieren amar para siempre! Sienten en lo más íntimo de su corazón un anhelo de eternidad, y cuando pronuncian el sí del amor verdadero no dudan de su deseo de perpetuidad, sino de su capacidad de conseguirla, de la constancia y consistencia de su voluntad, de su amor.

A menudo el papel de la voluntad es el de optimizar los sentimientos, es decir, dirigirlos al amor, provocarlos cuando languidecen e invocarlos una y otra vez.

Pero hay una premisa: la voluntad ha de apercibirse de esto y no empeñarse en amar sin sentir (tampoco en sentir sin amar, es decir, sin querer, sin voluntad, como hemos dicho antes), pues en la naturaleza humana (a diferencia de la divina o de la angélica) la voluntad no es capaz de amar de forma cabal, propiamente humana, sin el auxilio de otras potencias inferiores: del sentimiento, de la sensualidad. Es decir, la voluntad humana necesita los sentimientos para ser ella misma. Amar sólo con la voluntad es sobrehumano, no nos corresponde. La voluntad, con la ayuda de la inteligencia, ha de encontrar los caminos para despertar el sentimiento.

Hay quien habla (Von Hildebrand) de una nueva potencia, el ‘corazón’, que completaría la voluntad y el entendimiento, y hay quien sostiene que la afectividad, el corazón está ya en una noción completa de la voluntad.

Lo importante es la conclusión: sólo la recíproca interrelación entre las tres (entendimiento, voluntad y afectividad) humaniza el amor y lo blinda frente las asechanzas de fuera y de dentro:

✔    la voluntad motivada por el sentimiento es capaz de poner en marcha los resortes de la inteligencia (inteligencia: intus legere: leer el interior) para conocer al amado de manera cabal;
✔    ese conocimiento (inteligencia) del amado, a su vez, empuja de nuevo a la voluntad, que quiere conocer más y sentir-le más;
✔    y entonces el amante descubre, busca, pregunta y encuentra las fórmulas, las técnicas, los modos que le permitirán redoblar el sentimiento que prolongará el impulso de la voluntad… y así sucesivamente.

El sentimiento se convierte, pues, en lo que en verdad es: no una rémora sino la prolongación de la voluntad.

En fin de cuentas, como afirma Javier Escrivá, normalmente se obtiene lo que se pone. Si pongo un amor a término, eso mismo obtendré; si mi amor es para siempre, tenderé a esa meta. Porque, si no prometo amor para siempre, ¿para qué voy a intentarlo? ¿Y ella? ¿Por qué lo va a intentar ella? 

Si hay una falla en el origen, se hace muy difícil amar para siempre. La tentación de abandonar estará siempre ahí, amenazante —o sugerente, acaso—, y mi amor se instalará en la zozobra, en la incertidumbre. ¿Podré mostrarme como realmente soy? ¿Y si me porto mal? ¿Y si me equivoco? ¿Colmaré sus expectativas?

Todo esto me distraerá de lo más importante: amar, amar sin red. Hay una condición del amor ineludible: la vulnerabilidad. Hay mucha gente que no quiere volver a amar porque no quiere volver a sufrir. Y hacen bien. El amor real, el comprometido, es esforzado, sufre por el amado porque vive en él y quiere que sea feliz.

Algunas filosofías y técnicas orientales presentan un camino para evitar el sufrimiento: desasirse de todo sentimiento; hacerse uno con el todo impersonal. Y, ciertamente, por esta vía se puede llegar a alcanzar una cierta felicidad, la que José Antonio Marina llama la “felicidad de la almeja”. Nosotros hemos recibido el ejemplo de otro amor: el amor de un Dios que se hizo vulnerable, se puso en manos de los hombres y sufrió… hasta el extremo.


JVQ
 

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