PRIMEROS CRISTIANOS
1. El ejemplo de los primeros fieles, como referencia explicativa. 2. La vida ordinaria, ámbito de santificación cristiana. 3. Proyección apostólica del cristiano corriente.
El aprecio de san Josemaría por los primeros seguidores del cristianismo está ya presente en los comienzos de la Obra. Se refirió a ellos en muchas ocasiones, entendiendo por primeros cristianos no sólo la primitiva comunidad de Jerusalén, sino las primeras generaciones de cristianos, que vivieron tanto en la época apostólica como en la inmediata posterior.
1. El ejemplo de los primeros fieles, como referencia explicativa
Una de las ensenanzas más reiteradas por san Josemaría ha sido la llamada universal a la santidad en medio del mundo. De ahí que manifestara un interés prioritario por la santificación de la vida cristiana en sus situaciones corrientes y ordinarias. Esa vida, que en el Nuevo Testamento es presentada como una “vida nueva” (cfr. Rm 6, 4), le sirve a san Josemaría para establecer un claro paralelismo entre la novedad de la Obra, y el Evangelio y las primeras generaciones de seguidores de Cristo, atribuyéndoles un valor paradigmático. En una entrevista que le hizo un periodista norteamericano, quiso destacar algo más esta característica, diciendo: “Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían externamente de los demás ciudadanos” (CONV, 24). Y, en otro momento escribe: “nuestra mayor ambición ha de ser la de vivir como vivió Cristo Senor Nuestro; como vivieron también los primeros fieles” (Carta 16-VII-1933, n. 19: Ramos-Lissón, 1992, p. 292)
De las múltiples sugerencias que nos ofrecen los textos recién citados, cabe destacar la referencia a la imitación de la vida de Cristo, tal y como la vivieron los primeros fieles. Los cristianos de los primeros siglos sabían que la recepción del Bautismo llevaba consigo el deber de testimoniar, con su propia vida, la fe que profesaba en Cristo. Así, san Ignacio de Antioquía (+108) declaraba sin ambages: “Si por Éste (Cristo) no estamos dispuestos a morir [para participar] en su pasión, su vida no está en nosotros” (Ep. ad Magn., V, 2). Por otra parte, la perfección paradigmática del martirio irá creando, con el transcurso del tiempo, una atmósfera propicia para que se abra paso la idea de otro tipo de martirio, que podríamos calificar de “espiritual” o “incruento”, pero que expresa también el compromiso bautismal cristiano vivido con plenitud (cfr. Clemente de Alejandría, Stromata, IV, 4, 15).
En los primeros cristianos, san Josemaría veía un claro testimonio de que la plenitud de vida cristiana era accesible a todos. Y así dice: “-Ser santo no es fácil, pero tampoco es difícil. Ser santo es ser buen cristiano: parecerse a Cristo. -El que más se parece a Cristo, ése es más cristiano, más de Cristo, más santo. -Y ?qué medios tenemos? -Los mismos que los primeros fieles, que vieron a Jesús, o lo entrevieron a través de los relatos de los Apóstoles o de los Evangelistas” (F, 10; cfr. C, 470).
2. La vida ordinaria, ámbito de santificación cristiana
Una consecuencia inmediata del planteamiento que acabamos de enunciar es que el modo en que vivían la santidad los primeros cristianos tuvo lugar en el amplio espacio de la vida ordinaria. De ahí que en los escritos y en la predicación del fundador del Opus Dei sean muy frecuentes las referencias a la santificación de la vida corriente. Así, por ejemplo, en una de sus homilías presenta como un modelo a imitar la descripción de la vida cristiana que aparece en un conocido pasaje de la llamada Epístola a Diogneto, 5-6 (cfr. AD, 63).
El primer ámbito de desarrollo de la vida ordinaria es el entorno familiar. Las familias cristianas de los primeros tiempos son consideradas por san Josemaría modelos en los que han de mirarse los componentes de las familias actuales, en orden a vivir la santidad a la que han sido llamados. En sus ensenanzas, estas afirmaciones no se quedan en el terreno de lo genérico, sino que desciende a nombres y detalles concretos: el centurión Cornelio, Priscila y Aquila, Tabita y tantos otros (cfr., por ejemplo, ECP, 30). Por otro lado, subraya que esta búsqueda de la santidad crea un calor de hogar que fomenta la caridad entre sus miembros: “Como los primeros cristianos, somos cor unum et anima una (Hch 4, 32)” (Carta 6-V-1945, n. 23: Ramos-Lissón, 1992, p. 300); y siguiendo la doctrina paulina sobre la “iglesia doméstica” (cfr. 1 Co 16,19), ensena a hacer de la vida familiar un lugar ideal para el aprendizaje de las virtudes.
En el seno de las primeras familias cristianas, tanto el matrimonio como la virginidad o el celibato “por el reino de los cielos” (Mt 19, 12) fueron vividos con naturalidad, sin apartarse del mundo. San Josemaría alentará a quienes se sientan llamados a esa manera de vivir el seguimiento personal de Cristo, ei celibato, para que acojan ese don con la ejemplaridad de nuestros primeros hermanos en la fe (cfr. CONV, 92).
Desde esta vasta perspectiva de lo ordinario y cotidiano se comprende fácilmente que el fundador del Opus Dei extendiera su mirada a todas las actividades nobles, sin distinción de personas ni de edades, como cauces normales para santificar el trabajo y el ambiente que lo circunda (cfr. ECP, 46). En este punto llama la atención su insistencia en la santificación de todo trabajo profesional, aludiendo de nuevo a cómo lo habrían hecho los primeros cristianos: “Te está ayudando mucho -me dices- este pensamiento: desde los primeros cristianos, ?cuántos comerciantes se habrán hecho santos? Y quieres demostrar que también ahora resulta posible... -El Senor no te abandonará en este empeno” (S, 490).
3. Proyección apostólica del cristiano corriente
Estaría fuera de contexto pormenorizar aquí las grandes dificultades que debieron superar los primeros seguidores del cristianismo. Bástenos recordar algunas más significativas: las persecuciones del poder político, los ataques de la élite intelectual, las condenas de la opinión pública, las difamaciones, etc. Todos esos obstáculos tenían el común denominador de la ignorancia de la verdad que encierra el mensaje de Jesús. Por eso la mirada de san Josemaría se dirige también a los primeros fieles, cuando escribe a sus hijos: “Se vuelve a repetir, en la vida nuestra, la vida de aquellos primeros cristianos. También nosotros encontramos a nuestro paso, en tantas ocasiones, la más desoladora ignorancia religiosa, que nos exige un profundo y continuado apostolado de la doctrina” (Carta 15-VIII-1953, n. 10: AGP, serie A.3, 93-4-2).
La respuesta ante la ignorancia es dar doctrina, anunciar el Evangelio. Ahora bien, el modo de hacer esta tarea apostólica se inscribe primariamente en la esfera existencial del cristiano, que testimonia personalmente la fe que ha recibido. Y aquí reaparecen también los primeros cristianos. Podemos recordar a san Ignacio de Antioquía, que se dirige a los cristianos de Éfeso para conseguir la conversión de los paganos y les escribe: “Consentidles, pues, que, al menos, por vuestras obras, reciban instrucción de vosotros” (Ep. ad Ef., X, 1).
Pero el testimonio debe ir acompanado de la palabra, como hiciera el Senor en su predicación. Bien entendido que san Josemaría pone el acento apostólico en una forma de predicación: el diálogo, siguiendo el ejemplo de Jesús y de los Doce. Recordemos sus palabras: “Podríamos continuar hojeando el Evangelio y contemplar tantas conversaciones de Jesús con los hombres: toda su vida ha sido un continuo diálogo, en busca de las almas; y todos los que se han encontrado con Él, han sentido el influjo de su palabra (...). Los primeros Doce -para predicar el Evangelio- tuvieron una conversación maravillosa con todas las personas a las que encontraron, a las que buscaron, en sus viajes y peregrinaciones” (Carta 24-X-1965, n. 13: AGP, serie A.3, 94-4-2). Y lo mismo hicieron los cristianos de la generación post-apostólica que, “con un apostolado individual, silencioso y casi invisible, llevan a todos los sectores sociales, públicos o privados, el testimonio de una vida semejante a la de los primeros fieles cristianos” (Instrucción, mayo 1935/14-IX-1950, n. 94: Ramos-Lissón, 1992, p. 285).
Por último, no se ha de olvidar que toda acción apostólica debe estar movida y alimentada por la caridad. Tertuliano aludirá a la vivencia cristiana de esta virtud y a su constatación por los paganos de entonces, que decían de los cristianos: “mirad como se aman” (Apolg., 39). A lo que san Josemaría comentaba: “Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter” (AD, 225).
Domingo RAMOS-LISSÓN