Identidad y afectividad en el ABC de la formación humana y espiritual (I)

Autor
Gerard Jiménez, Wenceslao Vial
Publicación
madurezpsicologica.com, julio 2020

Acompañar a alguien en su crecimiento espiritual y conocimiento de sí mismo es apasionante y difícil. En este artículo, dividido en dos partes, trataremos de algunos aspectos espirituales y psicológicos, unidos a ese proceso.

Se considera el contexto de un acompañamiento espiritual personal, en el que puede servir el ABC de los médicos de urgencia al recibir a un paciente, para llegar pronto a un diagnóstico y tomar las medidas necesarias:

  • Airway
  • Breath
  • Circulation

Ante una persona que solicita ayuda, en la analogía médica, lo primero es comprobar que la vía aérea está libre, que nada obstruye la entrada de la gracia de Dios, del espíritu que desea para ella o para él: las claves aquí son la identidad y la fe, quién soy y quién quiero ser.

El segundo paso es observar si se respira; si el aire fluye libremente, entra y sale, con una serenidad y naturalidad crecientes: es la paz de quien vive con coherencia el proyecto hecho propio, cuyas claves son la autonomía y la esperanza.

Toca después confirmar que el oxígeno, que ha entrado por la vía aérea y ha llegado a la sangre en los pulmones, circula por todo el organismo. Ese oxígeno es saberse querido por Dios como hijo suyo. El corazón, iluminado por ese convencimiento que antes ha sido pensado y meditado, impulsa con un latido constante, perseverante, rítmico en cualquier actividad externa o proceso mental: la clave es la autoestima.

El ABC del acompañamiento espiritual, para ser eficaz, parte del supuesto de que la persona quiera dejarse ayudar, quiera respirar –tener un proyecto– y que su corazón siga latiendo. Lógicamente, el que ayuda también ha de examinar su propio ABC. Será necesario adentrarse en el conocimiento propio, que está dado por lo que uno conoce de sí mismo, lo que los otros nos dicen y lo que Dios nos da a entender con su gracia. Incluye:

  • el conocimiento de la propia identidad: no es bueno ir tirando en la vida, quizá con una actividad intensa, sin pararse a ver qué relación tienen los deseos o acciones que experimento o realizo hoy, con mi proyecto vital; el riesgo es sufrir un infarto del alma.
  • el conocimiento de la propia afectividad: hay que ir más allá del “estoy muy triste” o “muy contento”, e intentar descubrir el porqué de mis emociones o sentimientos y cuáles son las reacciones adecuadas, para no vivir con un desconocido dentro de nosotros.

Las dificultades importantes de la vida, relacionadas –en la analogía del ABC de urgencias– con la entrada de aire, la respiración y el latido cardíaco, se manifiestan de modo más patente en la dimensión afectiva. Estas personas sufren y pueden hacer sufrir, incluso sin conocer qué les sucede ni controlarlo. Ante ese sufrimiento hay que reaccionar con prontitud, sin dejar pasar el tiempo, como nadie haría con un dolor físico: poner en práctica el ABC, observando y escuchando a quien pide ayuda.

Una sencilla pregunta suele dar luces: ¿En qué piensas y qué te sucede cuando estás solo? En la calma y el silencio aflora más fácilmente si estamos felices y satisfechos con nuestro proyecto de vida. La emotividad negativa mantenida, como la tristeza, el miedo, el pesimismo, la rabia o la desesperación necesita un análisis urgente, pues es una señal de alarma de nuestro organismo: algo no va bien en el sistema circulatorio.

Las reacciones emotivas como la ansiedad o la tristeza sin causa no han de llenar los días. A las dos semanas o antes –y no más– conviene buscar alternativas de solución, que suelen incluir una consulta médica. Algo similar hay que decir de otros síntomas psicológicos como la obsesión. Cualquier reacción que parezca fuera de la normalidad, vale la pena que sea examinada por un especialista.

Llegar al diagnóstico más detallado de la situación por la que pasa una persona requiere tiempo. Desde el comienzo hay que fijarse en la identidad y la afectividad. En esta primera parte nos centraremos en la identidad. ¿Cómo crecer en el afianzamiento de la propia identidad? ¿Qué elementos son prioritarios para lograrlo?

En el diálogo de acompañamiento personal es bueno comprobar que se viven algunos elementos esenciales como algo propio, habitual y sereno, al modo de la respiración o el latido cardiaco:

  • Vivir desde el encuentro con Jesucristo. Vivir habitualmente de ese encuentro y experimentarlo como real y como un auténtico don. Este paso es imprescindible para vivir en presente y en primera persona la propia identidad, primero a nivel intelectual y luego a nivel experiencial. Quien de verdad ha “visto”, “oído” y “tocado” a Jesús, permanece en una relación de vida que le renueva continuamente; por el contrario, quien vive de encuentros ficticios con el Señor, va sembrando un futuro sin raíces vivas.
  • Cultivar la conciencia de que la vida es un proyecto personal. La persona crece según su identidad cuando recorre con verdadero protagonismo su vida y experimenta que la orientación de su existencia la está dando él y que nadie le puede sustituir en ser quien es. Dios hace nuevas todas las cosas (cfr. Ap 21, 5) y con cada persona tiene un proyecto único.
  • Orientar la propia vida desde las convicciones profundas. Consiste en reflexionar sobre las motivaciones del propio actuar y sentir, acerca de las preferencias, deseos y esperanzas. Es imprescindible para que, con el pasar del tiempo, se viva desde una sincera libertad interior, con decisiones integradas personalmente desde la propia identidad, en diálogo con Dios. Es bueno hacerse preguntas: ¿dónde quiero llegar con lo que hago ahora o con lo que aspiro?, ¿por qué quiero esto o aquello para mí?, el binomio ser y hacer ¿están unidos en mi vida?, ¿mi vida está inspirada principalmente por el Evangelio, por el amor a Dios y por la caridad? Es aún más esencial ayudar a hacerse estas preguntas ante la toma de decisiones importantes.
  • Descubrir la fuerza ordenadora del amor. Decía Antoine de Saint-Exupéry: “Si quieres construir un barco no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo; primero has de evocar en los hombres el anhelo del mar libre y ancho”. Para despertar y empezar a construir una identidad que sustente las distintas dimensiones de la vida, un principio antropológico que ahorra muchos esfuerzos es el de “la fuerza ordenadora del amor”; sino que se lo digan a unos recién enamorados...: todos los elementos de su vida se ponen al servicio de ese ideal, integrándose con una facilidad a veces curiosa. Por esto, detectar una meta o sub-meta de cierta envergadura (p. ej. a 5, 10 ó 15 años vista… o para toda la vida) permite invertir fuerzas de manera inteligente a largo plazo y, en el día a día, lleva a buscar madera, cortar tablas y distribuir trabajo con el gusto del amor.
  • Vivir con una identidad consciente. Entender el día a día como una expresión clara de la propia identidad; saber explicar con facilidad la relación entre los distintos elementos de la vida (trabajo, descanso, relaciones, elecciones) con la propia identidad, y vivirlos con la consciencia de que realmente la fecundan y la refuerzan.
  • Ayudar a vivir “libre de”Detectar y orientar posibles restricciones, coacciones externas; impulsos desordenados, vicios, heridas que generan tensiones e impiden caminar con paz conforme a la identidad. Cuando hay una gran tensión la necesidad prioritaria para la persona es afrontarla. Al resolverla, es llamativo cómo repercute positivamente en otras dimensiones de la vida. La libertad es un requisito previo para seguir caminando; se transforma en vivir “libre para”.
  • Facilitar que las personas se sitúen en el lugar que les corresponde, según sus dones. Descubrir y comprender la vida desde los propios talentos refuerza la confianza en Dios y en uno mismo, y ayuda a centrar la vida en el Señor, pues la persona percibe cuál es su modo de vivir la vocación en su existencia concreta desde los dones recibidos. Los talentos son un motor para aportar al mundo y a la sociedad; como dones naturales, siempre habrá algunos. Experimentar una correspondencia entre las propias posibilidades y la configuración real de la propia vida lleva a desarrollar con satisfacción la identidad.
  • Ayudar a crecer en los distintos ámbitos de la vida. Además de los grandes proyectos de vida, vale la pena tener habitualmente algunos retos vitales y profesionales claros (p. ej., de año en año, o cada pocos años), que dan horizonte al desarrollo personal y ayudan a crecer humana y espiritualmente. Asumir peso y responsabilidad en la vida conlleva también un mayor crecimiento según la propia identidad.
  • En la segunda parte continuaremos con el universo afectivo y sus procesos, anclados en el temperamento heredado. El objetivo es el mismo: respirar a pleno pulmón el aire de la gracia.