Acceso de las mujeres a los ministerios del Lectorado y Acolitado. Comentario teológico-pastoral

Autor
Álvaro Granados
Publicación
enero 2021

Recientemente se ha publicado la Carta apostólica “Spiritus Domini” del Papa Francisco en forma de “Motu Proprio “sobre la modificación del canon 230 § 1 del Código de Derecho Canónico acerca del acceso de las mujeres al ministerio instituido del lectorado y acolitado. En este recurso se recoge un comentario teológico-pastoral a la decisión del Santo Padre de admitir el acceso de las mujeres a los ministerios del Lectorado y Acolitado.

 

La decisión del Santo Padre de consentir que también las mujeres puedan recibir los ministerios de Acolitado y Lectorado («Motu Proprio» Spiritus Domini, 11 de enero de 2021), en parte ya había sido anticipada por el magisterio Pontificio desde hace al menos un decenio (Sínodo sobre la Palabra de Dios 2008, Sínodo para la región Panamazónica 2019). Conviene de todas formas recordar el contexto teológico en el que se mueve esta decisión, así como algunos de los motivos de conveniencia

Durante muchos siglos los ministerios en la Iglesia han estado vinculados al sacerdocio ministerial (sin estar fundados en él): de hecho, quienes los recibían podían ser sólo varones y formaban parte del “estado clerical”, incluso aunque nunca recibieran el sacramento del Orden. Esta situación remarcaba, con una cierta coherencia simbólica, que el actor principal de la celebración litúrgica es Cristo Sacerdote que se hace presente en el ministerio sacerdotal. Sin embargo, ese sistema no se derivaba necesariamente de la naturaleza misma de esos ministerios y de hecho no siempre se actuó así en la Iglesia (Iglesia postapostólica).

La base teológica sobre la que se apoya la decisión del Motu Proprio es que estos ministerios encuentran su raíz en el sacramento del Bautismo y de la Confirmación. «Se ha llegado en los últimos años a una elaboración doctrinal que ha puesto de relieve cómo determinados ministerios instituidos por la Iglesia tengan como fundamento la condición común de ser bautizados y el sacerdocio real recibido en el sacramento del Bautismo». En concreto, en sí mismos el Acolitado y el Lectorado no dependen del sacramento del Orden, aunque supongan una forma de “colaboración” con el ministerio ordenado, a quien corresponde en primer término la edificación de la comunidad eclesial y para ello necesita contar con colaboradores cualificados. Esos ministerios no ordenados se enraízan, por tanto, en la común responsabilidad de todos los fieles bautizados en la misión de la Iglesia, que engloba también la edificación de la comunidad. Es importante distinguir la “corresponsabilidad" de la "colaboración". La primera es la respuesta inmediata a la vocación bautismal y no requiere un mandato o un encargo, mientras que las distintas formas de “colaboración”, con las que se asume un servicio eclesial específico (por ejemplo, estos dos ministerios laicales) constituyen sólo algunas de las posibles formas de “corresponsabilidad”. No hay duda de que los laicos ejercitan su misión propia prevalentemente en las estructuras temporales, sin embargo, sería equivocado pensar que todo lo que se refiere a la edificación de la comunidad eclesial pertenezca en exclusiva a quienes han recibido el sacramento del Orden.

Desde el Concilio Vaticano II los ministerios no ordenados se han separado y distinguido del “estado clerical”, que ha quedado restringido a aquellos fieles que reciben el sacramento del Orden. Los ministerios no ordenados constituyen, por tanto, funciones con las que cualquier fiel, también el laico, puede contribuir a enriquecer la comunidad eclesial, sin que con ello se desvirtúe mínimamente su condición (clericalización del laico). Es cierto que existen algunas funciones y encargos previstos como una suplencia del ministerio sacerdotal (ministro extraordinario de la comunión, la suplencia del can. 230.3 o las formas de encomienda de la cura pastoral de una parroquia previstas por el can. 517.2). Son ciertamente situaciones extraordinarias que sería deseable evitar, pero a las que se ve necesario recurrir, por la escasez de clero. Pero asumir un ministerio de este género no lesiona la naturaleza laical. Los ministerios no ordenados y las funciones consecuentes, también cuando son recibidos por los candidatos al sacerdocio, en realidad son una expresión del sacerdocio común.

Con estas premisas resulta claro que, no existiendo ningún motivo teológico serio para mantener la reserva de los ministerios no ordenados a los varones, no tenía mucho sentido conservarla. El Santo Padre señala que esta variación «no es la simple consecuencia, en el plano sociológico, del deseo de adaptarse a las sensibilidades o a las culturas de las épocas y de los lugares» (Carta del Santo Padre Francisco al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el acceso de las mujeres a los ministerios de lectorado y acolitado, 11 de enero de 2021). A la vez, no es difícil entender que mantener esa praxis en el actual contexto cultural, sin que haya motivos determinantes para hacerlo, resultaba inadecuado. Mientras que, por el contrario, «la disolución de esa reserva podría contribuir a una mayor manifestación de la dignidad bautismal común de los miembros del Pueblo de Dios» (Carta).

El Santo Padre ha señalado que el motivo de fondo de esta decisión es ofrecer «una mejor configuración de estos ministerios y una referencia más precisa a la responsabilidad que nace, para cada cristiano, del Bautismo y de la Confirmación, (que) pueda ayudar a la Iglesia a redescubrir el sentido de comunión que la caracteriza», porque en este redescubrimiento «puede encontrar una mejor traducción la fecunda sinergia que surge de la ordenación mutua del sacerdocio ordenado y el sacerdocio bautismal» (Carta). La distinción, teológica y práctica, de la especificidad del sacerdocio común y del sacerdocio ministerial facilita la colaboración orgánica entre ambos, pues «la vida eclesial se nutre de esta referencia recíproca y se alimenta de la tensión fecunda entre estos dos polos del sacerdocio» (Carta). Esta mayor clarificación encontrará inmediata actuación en la edificación de la comunidad cristiana, tan llena de obstáculos en un mundo complejo como el actual, donde resulta conveniente que la Iglesia quiera aprovechar del mejor modo posible los dones y carismas que el Espíritu suscita entre los fieles.

 

Otra bibliografía:

 
  • D. SALVATORE, «Acólito», en J. OTADUY - A. VIANA - J. SEDANO (coords.), Diccionario General de Derecho Canónico, I, Pamplona 2012, 145-147.
  • - , «Lector», en J. OTADUY - A. VIANA - J. SEDANO (coords.), Diccionario General de Derecho Canónico, IV, Pamplona 2012, 986-988.
  • -, «Ministerios laicales», en J. OTADUY - A. VIANA - J. SEDANO (coords.), Diccionario General de Derecho Canónico, V, Pamplona 2012, 389-396.
  • A. S. SÁNCHEZ-GIL, «Suplencia de ministro sagrado por laico», en J. OTADUY - A. VIANA - J. SEDANO (coords.), Diccionario General de Derecho Canónico, VII, Pamplona 2012, 488-492.