Una dirección espiritual que encienda la vida

Autor
Javier Yániz - Gerard Jiménez
Publicación
Mayo 2020

Se recoge en este recurso una notas que se utilizaron para una impartir una sesión de formación en septiembre de 2019 que se actualizaron en mayo de 2020.

1. Algunas premisas. 3

a) Sentido sobrenatural: llevados por el Espíritu Santo. 3

b) Poner a la persona en el centro. 4

c) Formar personas libres y con convicciones propias. 5

2. La tarea de la dirección espiritual 6

a) Algunas características del director espiritual 6

b) Algunos rasgos de la dirección espiritual especialmente importantes en el contexto actual 7

3. Encender la propia vida en la oración.. 9

1. Algunas premisas

Estas ideas responden a la necesidad de cuidar siempre mejor la dirección espiritual: «En el Congreso general, se ha señalado –como una de las prioridades para los próximos años– que se cuide con especial empeño la formación de quienes ejercen la dirección espiritual personal, para que sepan ayudar con dedicación y acierto a los demás» (Carta del 14-II-2017, n. 12).

Los retos que nos presenta la sociedad actual obligan a que quienes atienden espiritualmente a sus hermanos tengan la capacidad suficiente para saber acompañarlos y orientarlos con competencia. Todos necesitamos que esa ayuda espiritual nos impulse en la vida interior y en la labor apostólica, y no se convierta en algo rutinario o formal, sabiendo –como enseñaba san Josemaría– que «la Confidencia –esa charla sincera, llena de sentido sobrenatural– es el medio de santificación más soberano que, aparte de los sacramentos, tenemos en el Opus Dei».

En ese sentido, la dirección espiritual no es solamente una instancia de orientación para plantear objetivos espirituales –que también lo podrá ser– sino que se dirige a facilitar que esta lucha surja naturalmente como fruto del encuentro apasionado con Jesucristo, del avance en el conocimiento propio, de la reflexión y redescubrimiento de la vocación divina en sus concreciones, y del convencimiento de disponerse con determinación a recibir la gracia divina. Solo así todos podremos estar en situación de dejar obrar a Dios. Por esto, la dirección espiritual no se limita a saber lo que una persona hace o no, sino por qué lo hace, procurando ayudar en el camino que se comparte con Dios.

 

a) Sentido sobrenatural: llevados por el Espíritu Santo

En un mundo como el nuestro, que pone el acento en el hacer humano y en el fruto de nuestro esfuerzo, no siempre tenemos presente que la Salvación que recibimos de Dios es fundamentalmente un don gratuito. En palabras de san Pablo: «Por gracia habéis sido salvados mediante la fe» (Ef 2,8). Desde luego, el empeño que ponemos nosotros es importante, y no es lo mismo vivir de un modo o de otro. Sin embargo, todo nuestro obrar parte de la seguridad de que «el cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no solo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura» (San Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, n. 4). Y eso es algo que  cada uno debe descubrir de modo personal. Como le gusta repetir al papa Francisco, se trata de reconocer que «Dios es el que te primerea. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero. Uno quiere encontrarlo, pero Él nos encuentra primero» (Conversaciones con Jorge Bergoglio, p. 48).

De este descubrimiento nace «un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia» (San Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 38). En esa misma carta, san Juan Pablo II nos ponía en guardia frente a una tentación que puede insinuarse en la vida espiritual o en la misión apostólica: «Pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar». Así, podríamos llegar a considerar que nuestra vida interior no es tan intensa como esperábamos porque no ponemos suficiente esfuerzo, o que nuestro apostolado no da el fruto previsto porque nos ha faltado exigencia. Esa puede ser parte del problema, pero no lo explica totalmente. Una vez preguntaron a san Juan Pablo II cómo era su oración y este respondió: «¡Habría que preguntárselo al Espíritu Santo! El Papa reza tal como el Espíritu Santo le permite rezar» (Cruzando el umbral de la esperanza, p. 41).

Los cristianos sabemos que es Dios quien hace las cosas: «las obras apostólicas no crecen con las fuerzas humanas, sino al soplo del Espíritu Santo» (Conversaciones, n. 40). Nuestra vida no vale por lo que hacemos, ni pierde valor por lo poco que hacemos o por nuestros fracasos, mientras nos volvamos hacia ese Dios que ha querido vivir en medio de nosotros. «Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida» (Es Cristo que pasa, n. 134). El auténtico punto de partida para la vida cristiana, «para hacer las obras buenas» que nuestro Padre Dios nos confía (Ef 2,10), es, como nos recordaba el Padre, «un agradecido recibir –acoger el don de Dios– que nos lleva a vivir en el abandono esperanzado propio de los hijos de Dios» (Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8).

«Frecuenta el trato del Espíritu Santo –el Gran Desconocido– que es quien te ha de santificar» (Camino, n. 57). Nuestra santidad es obra de Dios, aunque muchas veces ese Dios que nos santifica se haya convertido en «el Gran Desconocido» o no sepamos hacia dónde nos conduce.

 

b) Poner a la persona en el centro

El empeño por mejorar el modo en que se lleva la dirección espiritual tiene que ver principalmente con la primacía de la persona y del trato personal, que el Padre nos ha recordado con insistencia durante el último Congreso general. Esta perspectiva supone no perder de vista que lo que se busca es la felicidad de la otra persona; se procura descubrir los caminos por los que Dios quiere conducirla a la santidad y estas son sendas que no son conocidas de antemano por quien ayuda. No hay moldes o estándares que cumplir. Se entra en el terreno de la voluntad de Dios para esa persona, por lo que la humildad y la delicadeza de quien ayuda son muy importantes.   

Querer ayudar a alguien en la dirección espiritual requiere principalmente aceptar y querer a la persona: que se sepa acompañada, comprendida y apoyada. Se trata de creer en en su potencial, de tener fe en el poder de la gracia en él y confiar en su afán de hacer bien las cosas, que es confianza en su libertad de hijo de Dios. En la práctica, esto implica tener presente que, además del Espíritu Santo, el protagonista es la persona misma, pues el lugar en el que se configura todo “avance” espiritual es el espacio formado por su voluntad libre en diálogo con Dios. La actividad formativa parte de la convicción de que la libertad personal es esencial en la vida cristiana (Conversaciones, n. 117). En cierto sentido, se puede decir que la vida cristiana nace del encuentro entre la libertad humana y el Amor de Dios, que se ha encarnado en Cristo. Aquella responde afirmativamente a la libertad de Dios, que viene a ella para regalarle el Amor que es Él mismo, y que se convierte, a partir de entonces, en el único motor de todas nuestras actividades (San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1289 (5.10.1935) en J. González Gullón, DYA. La Academia-Residencia en la historia del Opus Dei, Rialp, Madrid 2016, 440). 

La formación que da la Obra pretende colaborar a descubrir ese Amor en la persona de Jesucristo, y facilita unirse y profundizar en Él, permitiendo que se enraíce cada vez más en el alma. Sin un encuentro personal con Cristo, no se nace a la vida cristiana. Sin un interiorizado acto de la libertad personal, el amor no puede desarrollarse. Precisamente al abrirse al Amor de Dios, la libertad humana despliega todo su potencial transformador.

Estar al servicio de ese encuentro entre Dios y la persona implica un esfuerzo por conocer a la persona en su totalidad: humana y sobrenaturalmente; con sus límites y sus potencialidades; considerando los ambientes que frecuenta y las responsabilidades que tiene; sabiendo cuáles son sus tiempos, sus modos de hacer, su historia. Estas son manifestaciones concretas del modo de buscar el bien del otro que es propio de la dirección espiritual, que consiste primariamente en reconocerse instrumentos, no protagonistas. Por esto, en la dirección espiritual es preciso entrar en las «conciencias con exquisita delicadeza, “de rodillas” –serían palabras de san Josemaría–, consciente de estar pisando el hondón sagrado de la intimidad» (Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, capítulo VIII, p. 133).

 

c) Formar personas libres y con convicciones propias

Conocemos bien la relevancia en el espíritu del Opus Dei que tienen la formación y la libertad, y cómo se requieran mutuamente. La formación es importante porque en ella consiste toda la actividad de la Obra: la Obra no actúa, actúan sus miembros. El Opus Dei simplemente forma a sus fieles y a otras personas que se acercan a sus apostolados. Y precisamente porque no actúa como institución, es importante la libertad personal: su objetivo es que haya muchas personas que se muevan con libertad en la sociedad, con su propio criterio, sin necesidad de que alguien les diga constantemente qué deben de hacer. San Josemaría quiso dejarlo claro de mil modos, por ejemplo, cuando decía que «en lo humano, quiero dejaros como herencia el amor a la libertad y el buen humor» (Carta 31-V-1954, n. 22).

Sin libertad no hay auténtica formación y, a la vez, sin formación difícilmente hay libertad. Para ser plenamente libre, el querer de nuestra voluntad debe proceder de un juicio correcto sobre la realidad, un juicio en el que las pasiones –u otros condicionamientos– no pesen de tal modo que la desfiguren. La libertad de los hijos de Dios, pues, presupone formación: solo así hará el bien cuando actúa según su propio criterio.

Por eso, la función de quien tiene encomendada la formación de otros no es crear un ámbito en el que sea difícil pecar o desviarse del camino. Es algo mucho más complejo y mucho más bonito: formar personas que, estén en el ambiente en que estén, hacen el bien porque quieren, porque aman locamente a Dios, a los demás y a su vocación. Alguna vez se podrán recomendar medidas que busquen evitar ciertas dificultades, pero esas medidas nunca serán suficientes, pues lo que verdaderamente forma son las decisiones propias.

Por eso enseñar a pensar no es solo una cuestión técnica, de transmitir aspectos que intervienen en las decisiones, factores que se han de considerar, etc. Se trata, por el contrario, de estimular la actitud reflexiva ante la vida, ante la acción del Espíritu Santo, de la Palabra de Dios. No basta formar personas que saben; es necesario formar personas que piensan desde la perspectiva de Dios.

Esto es, si cabe, mucho más importante en nuestros días porque difícilmente se valora la autoridad. La verdad no se puede imponer, sino que se ha de proponer, presentándola con humildad y con clara actitud de servicio. Todo esto requiere, además del estudio, el desarrollo de la sensibilidad humana: ser capaz de escuchar, de advertir matices en la vida, de mirar a los sucesos y a las personas desde diversos puntos de vista, de apreciar lo delicado.

 

2. La tarea de la dirección espiritual

a) Algunas características del director espiritual

- Corazón de padre

Quienes tienen en la Obra el encargo de la dirección espiritual están llamados a ser el amor y la cercanía del Padre para la persona a quien acompañan. Por eso es importante, como un modo de buscar la propia santidad, cultivar un corazón paterno y materno, un corazón de pastor. En este sentido, la urgencia de capacitación, aunque apunta a ciertos conocimientos, tiene también mucho que ver con la vida interior de la persona, con las horas dedicadas a rezar por la gente, con la preocupación real —que es auténtico cariño, amistad y más que amistad— por cada uno. Solo así es posible ayudar a crecer, a abrir horizontes.

- Tarea de hermano mayor

Por otra parte, al tiempo que se cultiva un corazón de padre, es preciso tener presente que su papel corresponde más bien al de un hermano mayor. De ahí que san Josemaría recordara no mandar, sino aconsejar. Además, «junto al consejo, de ordinario podrá ir la exhortación cariñosa que facilita el convencimiento de que siempre vale la pena esforzarnos por ser fieles por amor, libremente. También en la dirección espiritual, alguna vez, se puede dar –con claridad, pero siempre con cariño y delicadeza– un “consejo imperativo”, que recuerde la obligación de cumplir un deber. La fuerza de ese consejo, sin embargo, no provendría del consejo mismo, sino de ese deber. Cuando hay confianza, se puede y se debe hablar así, y quien recibe esa advertencia lo agradece, porque reconoce en ese gesto la fortaleza y el cariño de un hermano mayor» (Carta 9-I-2018, n. 10).

- Guardar la debida reserva

Es bueno recordar la necesidad de la total reserva que se debe mantener acerca del contenido de la Confidencia: quien lleva la dirección espiritual está obligado, por moral natural, a guardar el correspondiente silencio de oficio, que es estricto y grave. En la Obra la dirección espiritual personal se realiza solo in actu (cfr. Catecismo de la Obra, n. 206), es decir, solo en el momento en que se tiene esa conversación o cuando el interesado lo pide o se encuentran expresamente para eso; no se trata de una cualidad que se desempeña quien atiende espiritualmente de modo permanente o una “función” estable.

 

b) Algunos rasgos de la dirección espiritual especialmente importantes en el contexto actual

- Fomentar la iniciativa personal

Como ya se ha dicho, la formación debe contar con la primacía de la persona y tener como objetivo formar personas libres que piensen por sí solas; también se ha visto anteriormente cómo lo que forma son las propias decisiones con la luz del Espíritu Santo, es por eso que la iniciativa en la vida interior de una persona ha de llevarla el propio interesado. En palabras de san Josemaría, «la función del director espiritual es ayudar a que el alma quiera –a que le dé la gana– cumplir la voluntad de Dios» (Carta 8-VIII-1956, n. 38). Quien atiende a un alma, le orienta y le ayuda, pero siempre dejando la responsabilidad al interesado.

Una de las primeras consecuencias de que la iniciativa sea del interesado supone que la determinación de los puntos de lucha surja de un diálogo entre los dos: proponer y preguntar, escuchar y valorar. Por tanto, será habitual preguntarle qué idea tiene, qué lucha puede ir bien, qué le parece, qué le gustaría; y, si es necesario, proponer algo. Esto no es un simple modo de hacer sino que responde a la distinta realidad de la posición de uno y otro: quien recibe la formación ha de tener claro que la responsabilidad de su vida interior es suya. Por eso decía san Josemaría que «hay mucho ―debe haber mucho― de autodeterminación incluso en la vida espiritual» (Carta 29-IX-1957, n. 70).

Otra ulterior consecuencia es la convicción de que en la charla nos ayudan a discernir –sintiéndose el interesado protagonista– el querer de Dios, lo cual responde más a la verdad; esto estimulará la propia vida de oración.

- Formación de convicciones

Las decisiones con las que se va construyendo la propia vida se apoyan en convicciones, y por eso, este es un plano importante en la tarea formativa. No basta con transmitir verdades teóricas, que aparentemente se aceptan, pero en la práctica no inciden en el comportamiento. «La dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio. Y el criterio supone madurez, firmeza de convicciones» (Conversaciones, n. 93).

La formación es un asunto de transmitir y ayudar a entender las razones de fondo del propio actuar. Ciertamente, esto es difícil porque exige ayudar más a pensar con profundidad. Por tanto, la formación se enfoca más en la transmisión de principios que de conclusiones; más que en animar a hacer, consiste en ayudar a entender; más que “repasar cómo han salido las cosas esta semana”, es procurar que –de modo natural– se hable desde el fondo del alma, de las motivaciones, anhelos, miedos, etc.

- Tener perspectiva temporal

San Josemaría señala que, en la dirección espiritual «hay que contar con el tiempo, y con la acción de la gracia en cada alma. No es bueno llevar las almas a empujones, ni pretender que corran, cuando apenas pueden sostenerse» (Carta 8-VIII-1956, n. 36). Tener perspectiva temporal significa saber que la formación no es un acto, ni la suma de una pluralidad de actos que se distribuyen a lo largo del tiempo como puntos que, aunque señalen una misma dirección, están separados unos de otros. Dada nuestra constitución temporal, de ordinario no mejoramos instantáneamente, por eso habrá que desarrollar la virtud de la paciencia, tanto en el interesado como en quien lleva la dirección espiritual; una paciencia que nos lleve a tener siempre paz en la lucha. Dios mejora a las personas de una manera muchas veces imperceptible.

Por eso la formación es una línea, un proceso en el que debe haber una continuidad y en el que es imprescindible contar con el tiempo. En ese sentido, es valioso también saber orientar la lucha a medio y a largo plazo. Gobernar –también la propia vida– requiere ver de lejos, lo cual no significa mantener distancias, sin implicarse en los asuntos de quienes atendemos, sino que hay que saber anticiparse a los problemas y a las oportunidades, viéndolos venir a veces con años de antelación. Por ello, la unidad temporal de la lucha en la vida interior no puede ser la semana. Hay que tener –y saber plantear a otros– objetivos altos, que sabemos que nos llevarán años alcanzar y que constituyen el marco en el que se mueve la lucha.

También es una buena experiencia ayudar a las personas a que su lucha interior tenga un rumbo, de modo que dirijan la mirada hacia una meta que deseen mantener, por ejemplo, a lo largo del año. Su lucha adquiere así mayor dirección, perspectiva, con la seguridad de ir hacia la conquista de algo grande, que será siempre un aspecto de mayor identificación con Nuestro Señor Jesucristo: en la forma de rezar, en mejorar algún aspecto de la personalidad, en el modo de trabajar, en reafirmar el sentido de misión que nos lleve a ser más apostólicos… El descubrimiento de este rumbo puede tener su origen en un curso de retiro, en un curso anual, etc. Son momentos magníficos para recibir esas luces.

- Un clima de cariño

También san Josemaría repetía que «formar y gobernar es amar» (Carta 6-V-1945, n. 39). La formación se desarrolla en un clima de afecto. La caridad, el cariño, juega un papel decisivo. Se ha dicho que hace falta tiempo para que las convicciones se adquieran y den su fruto; así la iniciativa tendrá unas bases firmes y no será puro subjetivismo. Pero el cariño ha de estar presente en todos los pasos y elementos de ese proceso. Aunque sea el cuarto de los rasgos a los que nos referimos, es el primero en importancia, porque sin cariño las personas difícilmente entran en un proceso abierto de mejora. Solo se puede formar cuando se ama; y, al mismo tiempo, la formación se asimila mejor –con alegría y felicidad– cuando uno se siente amado. «Jesús derrocha amor: forma sus mentes, fortalece sus voluntades, corrige sus defectos, endereza sus intenciones, hasta hacer de ellos, con el envío del Espíritu Santo, las columnas sobre las que se edifica la Iglesia» (Carta 24-X-1965, n. 9).

Una manifestación necesaria de este cariño es creer en los demás y que lo noten. No solo creer en lo que dicen –que es, por supuesto, necesario– sino creer en ellos –porque Dios lo ha hecho y Él hace nuevas todas las cosas (cfr. Ap 21, 5)–, en su capacidad de mejorar, de adquirir aquella virtud de la que le hemos hablado, de cambiar en aquel aspecto que tanto le cuesta, de sacar adelante aquel encargo que le desanima porque no sabe cómo afrontarlo... Si la persona experimenta esa forma de caridad, facilitamos que sea capaz de dar lo mejor de sí misma. Esto no es optimismo ingenuo, no ignora la necesidad de la gracia, del tiempo y del esfuerzo, pero cree en la eficacia de poner en juego esos recursos.

 

3. Encender la propia vida en la oración

Recientemente el Padre nos ha animado a «[pedir] al Espíritu Santo que nos renueve en nuestra vida interior; concretamente, en el modo de rezar, que nos lleve a ser cada vez más almas de oración» (Intención mensual general, junio 2019 - febrero de 2020). Este deseo del Padre se engloba dentro del gran desafío –enunciado nada más ser elegido Prelado– de poner a Jesucristo en el centro de nuestras vidas: «Poner a Jesús en el centro de nuestra vida significa adentrarse más en la oración contemplativa en medio del mundo, y ayudar a los demás a ir por caminos de contemplación» (Carta, 14-II-2017, n. 8).

Efectivamente, la oración está muy en relación con lo más profundo de la dirección espiritual. Ayudar a vivir siempre en diálogo con Dios, empieza en tantas ocasiones por aprender de nuevo el arte de la oración. De parte del interesado porque solo en medio de su diálogo con Dios puede descubrir cómo su propia vida puede ser un camino de santidad; de parte de quien lleva la dirección espiritual porque cualquier luz deberá ser reflejo de la que recibe en su propio trato con el Señor. Solo si ambos se alimentan de la oración, la dirección espiritual será verdaderamente una conversación que orientará y encenderá toda la existencia, y la acercará a la felicidad.

A continuación, se enuncian algunas ideas que concretan el sentido de lo anterior:

- Conviene resaltar el papel de la conciencia como voz de Dios en cada persona. Por eso suele valer la pena fomentar la actitud de anotar en la oración las cosas que llaman la atención, que gustan especialmente, o simplemente que hieren el corazón. De allí puede surgir una fructífera dirección espiritual en la que verdaderamente se discierne los caminos de Dios para cada uno.

- Recordar que las normas de piedad y la oración son elementos de un diálogo más amplio de la persona con Dios: son continuación de un encuentro contemplativo con el Señor que se extiende durante toda la jornada, porque todo es ocasión de diálogo con Dios.

- Por lo anterior, nunca está de más recordar el fin de la oración: la caridad con Dios y con los demás. Al expresar frases como «las normas son lo primero» también conviene señalar que estas son medios, no fines. Las normas han de estar inspiradas por su fin: buscar al Señor, ser contemplativos en medio del mundo. En la dirección espiritual es preciso encender los deseos de santidad, transmitir la importancia de tener un corazón bueno y lleno del amor de Jesucristo, relacionando las normas con aquellos objetivos.

- Ser cada vez más conscientes de que la oración y lo bueno en nuestra vida tiene su origen en Dios. Por eso es positivo fomentar las actitudes fundamentales: adoración, alabanza, agradecimiento, desagravio, abandono.

- La atención es algo que se educa, y cultivarla es un gran aporte para la vida de oración. La contemplación del arte, de la naturaleza, de la buena música o del buen cine, ayuda a serenar y a elevar el espíritu. También sirven, en este sentido, todo tipo de actividades que privilegian una actitud de admiración, contemplación y apertura ante lo cultural, artístico y solidario. Así las personas se habitúan a la reflexión, a la interioridad, a la belleza.

- Es positivo, sobre todo conforme pasan los años, desarrollar la memoria de una misión: meditar muchas veces que la causa de la perseverancia en la vocación es la misma que estuvo en el origen de la decisión; tratar y orar al Espíritu Santo para re-encender el sentido de misión; plantear todos los asuntos de la vida en función de la misión recibida. Conservar siempre, como dice el papa Francisco, «la mirada del discípulo misionero» (Ex. ap. Evangelii Gaudium, n. 50).

 

[1] Agradecemos la ayuda, ideas y comentarios que hemos recibido para la preparación de este texto de muchas personas.