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Miércoles, 25 Junio 2014

Con la mirada puesta en Dios

Por 

Se ha publicado recientemente el libro Con la mirada puesta en Dios (Palabra, Madrid 2014, 432 pp.) del Rev. Prof. Juan José Silvestre, que ofrece un estudio profundo del magisterio litúrgico de Benedicto XVI –orientado por las líneas guías de la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II.
Ofrecemos el índice y el prólogo del libro, a cargo del Card. Antonio Cañizares.

Ver índice y prólogo     Más información

Índice

INTRODUCCIÓN

CAP. 1. La Constitución Sacrosanctum Concilium: principios informadores

  • 1.1. Una premisa
  • 1.2. Los principios informadores de la Constitución Sacrosanctum Concilium
  • 1.3. La actualización del Misterio pascual
    • 1.3.1. El “olvido” del Misterio pascual
  • 1.4. La unión con Dios: anhelada por el hombre, incoada en el Pueblo de Israel
  • 1.5. La unión con Dios se hace posible
  • 1.6. Misterio pascual, liturgia y vida espiritual
    • a) La oración de Cristo
    • b) Oración de Cristo y Misterio pascual
    • c) Nuestra participación en la oración de Cristo: la Eucaristía

CAP. 2. La presencia de la Palabra de Dios

  • 2.1. La Iglesia, casa de la Palabra
  • 2.2. La liturgia de la Iglesia, casa de la Palabra
  • 2.3. Palabra y Eucaristía: unidad intrínseca de la acción litúrgica
  • 2.4. Algunos aspectos de la liturgia de la Palabra
  • 2.5. Sugerencias y propuestas para la celebración

CAP. 3. La liturgia como epifanía de la Iglesia

  • 3.1. El “sujeto” de la actio liturgica
    • a) Una visión “comunitarista” de la liturgia
    • b) La liturgia, obra de la Trinidad y de la Iglesia
    • c) La liturgia, obra del Christus totus
  • 3.2. La liturgia construye la Iglesia y nos abre a la Iglesia en oración

CAP. 4. Categorías fundamentales de la reforma litúrgica

  • 4.1. Participación auténtica
    • 4.1.1. La forma celebrativa de la Eucaristía
      • a) Participar en el banquete, participar en la oratio
      • b) El acto eucarístico de Jesús en la Última Cena
      • c) De la forma celebrativa judía a la forma celebrativa cristiana
      • d) La oratio: forma celebrativa y verdadera actio liturgica
      • e) Actuosa participatio: participación en la oratio
      • f) Actuosa participatio que transforma y abre a la adoración
  • 4.2. Ars celebrandi y actuosa participatio
    • a) Ars celebrandi:Epifanía de los sentimientos de Cristo
    • b) Ars celebrandi:Celebrar en y desde Cristo
    • c) Ars celebrandi:Estar con Él en oración
    • d) Ars celebrandi que es adoración
    • e) Ars celebrandi: Celebrar desde dentro
    • f) Recuperar el primado de Dios: versus Deum per Iesum Christum
  • 4.3. Comprensibilidad
  • 4.4. Simplicidad

CAP. 5. Desarrollo orgánico de la liturgia

  • 5.1. Summorum Pontificum, testimonio de la doctrina conciliar sobre la liturgia
    • a) La liturgia, don depositado en manos de la Iglesia
    • b) Influjo fecundo del conocimiento de la estructura de la liturgia
    • c) Una reconciliación con la historia de la liturgia
  • 5.2. Unidad en la fe, libertad en los ritos, caridad en todo
    • a) Breve aproximación a los conceptos de rito y de uso
    • b) Lex orandi, statuat legem credendi Reflexiones conclusivas: el legado litúrgico de Benedicto XVI Intervenciones de Benedicto XVI Textos de Joseph Ratzinger Bibliografía secundaria

 

Prefacio

“La prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo es conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia”[1]. Estas palabras de Benedicto XVI resumen muy bien lo que ha sido su magisterio vivido y escrito durante sus fecundos años de Pontificado, con el que ha enriquecido y fortalecido a la Iglesia. Como recordaba el Papa Francisco, “Benedicto XVI hacía teología de rodillas, y todos lo sabemos”[2] y su magisterio “seguirá siendo un patrimonio espiritual para todos”[3].

Es para mí motivo de alegría escribir el Prefacio a este libro del Rev. Profesor Juan José Silvestre que tiene como objetivo introducirnos en el rico magisterio litúrgico de nuestro Papa emérito y ayudarnos a profundizar en éste. La publicación coincide con el cincuenta aniversario de la promulgación de la const. Sacrosanctum concilium, efeméride que reclama un sereno examen de conciencia y que alienta a un nuevo y necesario impulso espiritual: hemos de volver a considerar la liturgia como acción comunitaria de la Iglesia, que descubra las riquezas de la renovación litúrgica y lea “los cambios introducidos por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo histórico del rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas”[4]. Todo el magisterio de Benedicto XVI, como muestra la lectura de este estudio, apunta en esta dirección.

Con la mirada puesta en Dios: he aquí el título de esta obra que ahora presento. Un primer aspecto que desearía señalar es que este libro nos sitúa en lo que ha caracterizado la vida y magisterio de Benedicto XVI: “Los ojos siempre fijos en Cristo, Cristo resucitado, presente y vivo en la Eucaristía”[5]. De ahí la importancia, que impregna el magisterio recogido en este libro, de recuperar el primado de Dios. Como ha repetido de diversos modos el Papa Francisco, en perfecta continuidad con su predecesor: “No es útil dispersarse en muchas cosas secundarias o superfluas, sino concentrarse en la realidad fundamental, que es el encuentro con Cristo, con su misericordia, con su amor, y en amar a los hermanos como Él nos amó. Un encuentro con Cristo que es también adoración, palabra poco usada: adorar a Cristo”[6].

Hace pocos días hemos recibido con alegría la exhortación apostólica del Santo Padre Francisco, Evangelii gaudium, el gozo del Evangelio, que sólo es posible si estamos junto al Señor: “No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo”[7].

Unido a este primer tema fundamental, la primacía de Dios, se encuentra también resaltada la idea de que la liturgia es un lugar privilegiado para el encuentro con Cristo. Es cierto que, a primera vista, la liturgia parece quedar marginada por una sociedad ampliamente secularizada. Pero es un hecho indiscutible que, a pesar de la secularización, en nuestro tiempo está emergiendo, de diversas formas, una renovada necesidad de espiritualidad. Esto demuestra que en lo más íntimo del hombre no se puede apagar la sed de Dios. Existen interrogantes que únicamente encuentran respuesta en el contacto personal con Cristo[8].

Del mismo modo que algunos griegos hace dos mil años dijeron al apóstol Felipe “queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21), “los hombres de nuestro tiempo –afirmaba Juan Pablo II­– quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no solo hablar de Cristo, sino en cierto modo hacérselo ver[9]. Ante este anhelo de encuentro con Dios, “la Liturgia ofrece la respuesta más profunda y eficaz”[10] porque, como comentaba Benedicto XVI,  es “el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla, en nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde”[11]. En efecto, para tantos fieles el único contacto con el Señor es la Misa dominical, la celebración de un bautizo o de un funeral, y poco más.

Así pues, la liturgia tiene capital importancia pues es “el «lugar» privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien Él envió, Jesucristo”[12]. De hecho en el Catecismo de la Iglesia Católica “a la profesión de fe, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia”[13]. Se entiende que el Papa Francisco afirme, con palabras claras que recuerdan tantas intervenciones que se encuentran en este libro, “en las Iglesias ortodoxas se ha conservado esa primigenia liturgia, tan hermosa. Nosotros hemos perdido un poco el sentido de la adoración. Ellos lo conservan, alaban a Dios, adoran a Dios, cantan, el tiempo no cuenta. El centro es Dios”[14].

Junto con lo anterior, otro punto fundamental que resalta el estudio de Juan José Silvestre es el de la presencia de Cristo como principio y condición de validez de toda acción litúrgica. ¿Quién es el protagonista de nuestras celebraciones litúrgicas? ¿El sacerdote, que quizá porque el valor de la humildad hoy aparece difuminado, deja de ser servidor conformado a Cristo, y no obedece correspondiendo con su mente y corazón al rito? ¿La comunidad que, atareada en muchas cosas, no vive la celebración  recogida ni se deja atraer al Señor, lo único necesario?

Ante la tentación del protagonismo personal, cada sacerdote, cada fiel debería reaccionar humildemente y procurar, podemos decirlo parafraseando una expresión muy usada por san Josemaría Escrivá de Balaguer, ocultarse y desaparecer detrás de las palabras y ritos de la liturgia para dejar que brille Él. Una vez más la mirada puesta en Dios, dejar que Él sea el primero, como recuerda con insistencia el magisterio litúrgico de Benedicto XVI. Se hace urgente una formación en el correcto ars celebrandi. Los ritos de la celebración eucarística son “expresión madurada a lo largo de los siglos de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que él; conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro corazón”[15].  De ahí que cuando la Santa Misa es vivida con fe y atención promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación[16].

A la vez, el fiel cristiano que participa en la celebración litúrgica habría de ser cada día más consciente de que su actitud principal y esencial no es hacer, sino escuchar, abrirse, recibir esas palabras y ritos que le preceden y que le permiten transformarse, identificarse con Cristo por la acción del Espíritu Santo y así poder presentarse a Dios Padre en actitud adorante y con el deseo de cumplir su voluntad.

Estas ideas aparecen declinadas a lo largo de todo este estudio del magisterio de Benedicto XVI. En esta misma línea se expresa el Papa Francisco cuando afirma, con el estilo sencillo y directo propio de sus homilías matutinas: “El templo es el lugar donde la comunidad acude a rezar, a alabar al Señor, a darle gracias, pero sobre todo acude para adorar. De hecho en el templo se adora al Señor. Este es el punto más importante. Y esta verdad vale para todo templo y para toda ceremonia litúrgica donde aquello que es más importante es la adoración, no los cantos y ritos aunque sean bellos. Toda la comunidad reunida mira al altar donde se celebra el sacrificio y adora. Humildemente creo que nosotros los cristianos tal vez hemos perdido un poco el sentido de la adoración. Pensamos: vamos al templo, nos reunimos como hermanos, y esto es bueno, es bello. Pero el centro está allí donde está Dios. Nosotros adoramos a Dios”[17].

En definitiva, “nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad, la adoración, la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán siempre los primeros objetivos a alcanzar para una pastoral litúrgica y sacramental”[18].

Al encuentro personal y comunitario con Dios Uno y Trino que tiene lugar en la Liturgia nos acercamos orando, recuerda Benedicto XVI, y la Eucaristía es su cumbre y la fuente de donde mana toda nuestra fuerza. De hecho “un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Esto se puede comprobar a través de manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los fieles”[19].

Me parece iluminante en este momento, conjugar la afirmación anterior de Benedicto XVI con unas palabras de Papa Francisco que, comentando el pasaje evangélico del ciego de nacimiento, constituyen todo un eco nítido y claro de las afirmaciones del Pontífice emérito: “¿Cuál es entonces la regla para ser cristiano con Cristo? ¿Y cuál es el «signo» de que una persona es un cristiano con Cristo? Se trata de una regla muy sencilla: es válido sólo lo que te lleva a Jesús, y sólo es válido lo que viene de Jesús. Jesús es el centro, el Señor, como Él mismo dice. Es el signo sencillo del ciego de nacimiento del que habla el Evangelio de Juan en el capítulo noveno. El Evangelio dice que se postró ante Él para adorar a Jesús. Un hombre o una mujer que adora a Jesús es un cristiano con Jesús. Pero si tú no consigues adorar a Jesús, algo te falta. He aquí una regla y un signo. La regla es: soy un buen cristiano, estoy en el camino del buen cristiano, si hago lo que viene de Jesús o me lleva a Jesús porque Él es el centro. El signo es la adoración ante Jesús, la oración de adoración ante Jesús”[20].

Así pues, el camino del cristiano pasa por la adoración y es así una verdadera historia de amor entre Dios y cada uno de los hombres que implica una progresiva transformación, un hacernos semejantes a Él. Por eso la liturgia, que celebra principalmente el Misterio pascual por el que Cristo realizó la obra de nuestra redención, nos acompaña desde el inicio hasta el fin del camino de nuestra vida. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo”[21].

En este sentido nos da luces nuevas considerar que “el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos (...). Dicho encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la Eucaristía”[22]. Es necesario favorecer que los fieles recorran el itinerario mistagógico que les permita adentrarse cada vez más en los misterios celebrados. Y en este sentido, como recuerda Benedicto XVI, el “ars celebrandi” es la mejor premisa para una “actuosa participatio”.

El libro que tienes entre manos es una auténtica guía para la lectura del magisterio litúrgico de Benedicto XVI, ayuda a celebrar y vivir “con la mirada puesta en Dios” y buscar que su amor llene nuestros corazones y así nos impulse a evangelizar, pues “el compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar”[23]. De hecho, como recuerda Papa Francisco en unas palabras que, me atrevo a decir, resumen perfectamente el pensamiento litúrgico de su augusto predecesor en la Sede de Pedro, “la evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo”[24].

En la liturgia, lugar de encuentro privilegiado con Dios, seremos transformados, entraremos en contacto con la razón de nuestra esperanza y así podremos afrontar el camino de la evangelización. Unas palabras de Juan Pablo II pueden constituir un adecuado broche final a estas letras que buscan agradecer al Prof. Juan José Silvestre este estudio que introduce en el rico magisterio litúrgico de Benedicto XVI. Las he elegido porque muestran la perfecta unidad y sintonía que se da en el magisterio de los Romanos Pontífices en esta materia, algo obvio pues la liturgia es un don vivo que la Iglesia ha recibido y al que iluminada por el Espíritu Santo da forma a lo largo de la historia. He aquí las palabras del futuro san Juan Pablo II: “Es preciso que en este inicio de milenio se desarrolle una espiritualidad litúrgica, que lleve a tomar conciencia de Cristo como primer liturgo, el cual actúa sin cesar en la Iglesia y en el mundo en virtud del misterio pascual continuamente celebrado, y asocia a sí a la Iglesia, para alabanza del Padre, en la unidad del Espíritu Santo”[25].

 

 

 

 Antonio Card. Cañizares Llovera

Prefecto de la Congregación para el Culto Divino

y la Disciplina de los Sacramentos

Roma, 4 de diciembre de 2013

En el L aniversario de la constitución Sacrosanctum Concilium

 



[1] BENEDICTO XVI, Carta a los obispos de la Iglesia católica, 10-III-2009.

[2] FRANCISCO, Discurso durante la entrega del Premio Ratzinger, Sala Clementina 26.X.2013.

[3] FRANCISCO, Discurso en la audiencia a todos los Cardenales, Sala Clementina 15.III.2013.

[4] BENEDICTO XVI, Exh. apost. postsinodal Sacramentum caritatis, n. 3.

[5] FRANCISCO, Discurso en la audiencia a todos los Cardenales, Sala Clementina 15.III.2013.

[6] FRANCISCO, Discurso a la Plenaria del Consejo Pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización, 14.X.2013.

[7] FRANCISCO, Exh. apost. postsinodal Evangelii gaudium, n. 266.

[8] Cf. JUAN PABLO II, Carta apost. Spiritus et Sponsa, n. 11.

[9] JUAN PABLO II, Carta apost. Novo millenio ineunte, n. 16.

[10] JUAN PABLO II, Carta apost. Spiritus et Sponsa, n. 12.

[11] BENEDICTO XVI, Exh. apost. postsinodal Verbum Domini, n. 52.

[12] JUAN PABLO II, Carta apost. Vicesimus quintus annus, n. 7.

[13] BENEDICTO XVI, Motu proprio Porta fidei, 11-XI-2011, n. 11.

[14] FRANCISCO, Conferencia de prensa durante el vuelo de regreso a Roma desde Brasil, 28.VII.2013.

[15] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, instr. Redemptionis sacramentum, 25-III-2004, n. 5.

[16] Cf. BENEDICTO XVI, Exh. apost. postsinodal Sacramentum caritatis, n. 80.

[17] FRANCISCO, Homilía, Santa Marta, 22.XI.2013.

[18] JUAN PABLO II, Carta apost. Vicesimus quintus annus, n. 10.

[19] BENEDICTO XVI, Exh. apost. postsinodal Sacramentum caritatis, n. 65.

[20] FRANCISCO, Homilía, Santa Marta, 7.IX.2013.

[21] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1068.

[22] BENEDICTO XVI, Exh. apost. postsinodal Sacramentum caritatis, n. 64.

[23] BENEDICTO XVI, Motu proprio Porta fidei, n. 7.

[24] FRANCISCO, Exh. apost. postsinodal Evangelii gaudium, n. 24.

[25] JUAN PABLO II, Carta apost. Spiritus et Sponsa, n. 16.