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Miércoles, 01 Febrero 2012

Dirigir almas - C. Ciardelli, C. De Marchi, J.M. Martín

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La dirección espiritual consiste en secundar la acción de la gracia para ayudar a las almas a encontrarse cara a cara con Dios. De ahí la importancia, para quien ejerce esa labor de consejo, de ejercitar algunas virtudes y actitudes como la autenticidad, el amor a la libertad, la paciencia, y la capacidad de transmitir confianza.

Uno de los milagros más sorprendentes al que asistimos es el de la acción de la gracia en un alma. Cada vez que un corazón percibe de algún modo el calor de Cristo, y decide abrirse para conocer mejor esa fuente de alegría, siempre, aunque sea a escondidas, se produce el milagro. Con frecuencia, quien ha promovido ese acontecimiento –deseándolo, rezando porque se produjera, facilitando que esa persona se pusiera frente a Cristo– se convierte en testigo de excepción, y contempla con respeto ese encuentro de la libertad personal con la gracia de Dios.

Quien ha tenido esta experiencia sabe cuánta alegría procura. San Josemaría calificaba el dirigir almas, acercarlas a Dios ayudándoles a crecer interiormente, como una pasión dominante. De hecho, es también dirección espiritual el consejo que da la madre a su hijo, el consejo del amigo bueno al amigo que flaquea, etc.?. Todos los cristianos podemos –y debemos– facilitar a parientes, colegas y amigos el encuentro con Dios. Y de ese trato aprender a mirarles como los mira Él, experimentando que cada persona es única e irrepetible porque ha sido querida, con un amor exclusivo, por su Padre del Cielo.

Dirigir almas significa, por tanto, participar de la paternidad divina. Y exige algunas virtudes propias de la verdadera paternidad: autenticidad, amor por la libertad, confianza y paciencia.

Autenticidad

La intimidad de una persona es su parte más preciosa. En ella residen los sueños, las aspiraciones, los dolores escondidos; ahí tienen su origen las decisiones importantes. Es «el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que este se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en su recinto más íntimo»[1]. Un lugar custodiado por la virtud del pudor, que «protege el misterio de las personas y de su amor»[2].

Se dice a veces que la única puerta que lleva a ese lugar se abre solo desde dentro: ni de hecho ni de derecho se puede invadir o vulnerar una conciencia. Cuando una persona abre su corazón, está ofreciendo a quien acoge esa confidencia una gran manifestación de confianza, y ha de ser tratada con delicadeza y cuidado: como un diamante, decía san Josemaría. Ayudar a alguien en su camino espiritual requiere gozar de su confianza, y esta solo puede aparecer cuando quienes nos rodean adviertan por nuestra parte atención sincera y desinteresada, señal inequívoca de amor auténtico.

Todo esto, sin embargo, no nos exime de responsabilidad, como si bastara “esperar” a que nos pidan ayuda. Hay que querer a la gente con obras, preocupándose por ellos; por ejemplo, recordando (guardando en el corazón, in corde, como la Virgen (cfr. Lc 2, 19.51)) lo que les gusta, lo que les importa, sus alegrías y aspiraciones. San Josemaría, con experiencia en la dirección espiritual de personas de todo tipo, es un modelo de este saber querer a las personas: Las preocupaciones, penas, y desvelos de sus hijos eran para él una continua llamada. Quería, con su corazón de padre y de madre, llevar sobre sus hombros todas las cosas de sus hijos.

El afecto auténtico se manifiesta, más que en palabras, en detalles: preguntar oportunamente por un problema, felicitar, adelantarse a hacer un pequeño servicio… Crear este clima de amistad requiere tiempo y trato, caridad, comprensión y paciencia. Por eso es importante, para quienes tratan a gente joven, saber ponerse a su altura, encontrar ocasiones de convivencia. Saber provocar esas pequeñas confidencias, que serán ocasión para hablar de Dios, del apostolado, de la fidelidad a la gracia; conversaciones que servirán para dar consuelo y luz a sus almas, y terminarán siendo verdadera dirección espiritual.

Hemos de estar siempre dispuestos para acoger y ayudar a los demás. Bien preparados, porque hemos rezado y ofrecido sacrificios por ellos; acogedores, sonrientes, serviciales. Se ha de tratar a cada uno como si fuera único, con infinita comprensión, evitando modos o consejos que pudieran parecer poco naturales o estereotipados, o excesivamente terminantes. Sin prisa, porque la precipitación es un gran enemigo de la verdad y de la confianza. Muchas veces habrá que “perder el tiempo” con el amigo, sin limitarse a pedirle cuenta de su actuación. De otro modo, podría parecer que nuestra amistad es interesada o instrumental: en realidad, nos importa él, queremos su bien, que sea feliz.

Amor por la libertad

Es el Espíritu Santo quien hace descubrir qué necesita una persona, esos matices de la lucha interior que hacen único cada camino de santidad. Con frecuencia, el mismo Paráclito habla a través de la persona que busca consejo. Por eso hay que aprender a escuchar, y evitar el prejuicio de pensar que ya se sabe qué puede necesitar una persona. Si uno está atento, si posee una vida interior profunda, puede captar la voz de Dios a través de las palabras del interlocutor. Cuanto esto sucede, hay que seguir los toques del Espíritu Santo para pedirle luces y sugerir el propósito oportuno. Se trata de una meta difícil que solo se consigue cuando rezamos y nos mortificamos por las personas. Son esas las bases del compelle intrare, del “obligar a entrar”[3].

Dios, al crearnos, «ha querido correr el riesgo de nuestra libertad»[4]: quiere hijos, no esclavos, quiere ser correspondido porque sí, con voluntariedad plena. Se progresa en la vida espiritual cuando se dan respuestas personales a las llamadas de Dios. «La libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros; en este caso, en efecto, ya no seríamos libres»[5]. Por esto, cuando se dan consejos en este campo, conviene extremar la delicadeza y dar espacio a la iniciativa, dejando incluso abierta la posibilidad de que la sugerencia no sea seguida, sin hacer de ello un drama. San Josemaría animaba a dejar siempre una gran libertad de espíritu a las almas: la razón más sobrenatural–decía– es hacer las cosas porque nos da la gana[6]. La función del director espiritual es ayudar a que el alma quiera –a que le dé la gana– cumplir la voluntad de Dios.

Amar la libertad no quiere decir limitarse a respetar cualquier elección, esperando –en su caso– que la persona se dé cuenta de su posible error. Habrá que ayudar a que todo sea oportunidad de crecimiento interior. Una actuación libre, aunque sea equivocada, puede llevar a un mayor conocimiento de sí, a hacerse cargo de la propia responsabilidad en las acciones, a aprender a rectificar. Obviamente esto no significa que sean indiferentes las elecciones: cuando se presenten peligros serios para un alma, hay que decirlo con afecto, pero con mucha claridad y firmeza.

Otra forma de favorecer la libertad de las personas, de que alcancen una mayor conciencia de sí y de las propias posibilidades, es “poner a prueba” de algún modo sus decisiones, incluso cuando son acertadas. Muchos jóvenes buenos aceptan los consejos y los ponen en práctica a la letra. A veces es bueno hacerles pensar más sobre los motivos de sus actuaciones, para que reflexionen: esto les ayudará a explicarlas y defenderlas en su ambiente, y permitirá que las hagan más propias. No es siempre oportuno subrayar con rigor cada equivocación: importa insistir más que en quitar defectos, en adquirir virtudes. Normalmente, una persona que busca la ayuda espiritual es un alma recta, que descubre mejor sus propios límites y tiene necesidad, más que nada, de ser alentada en la lucha.

Confianza

Jesús, al constituir los Apóstoles como fundamentos de su Iglesia, confió a cada uno de ellos una misión sobrenatural de enorme alcance. Todos los cristianos estamos llamados a proseguir en esa tarea de edificación de la Iglesia. Sentirnos débiles e inadecuados no puede ser un pretexto, porque «Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades»[7]: el Señor quiere que seamos colaboradores suyos (cfr. 1 Cor 3, 9), confía en cada uno a pesar de todos sus posibles defectos. Y debemos transmitir –y no solo explicar– a quienes nos rodean la confianza que Dios ha depositado en la persona humana. De otra manera, podríamos convertirnos en el deudor despiadado de la parábola, que no es capaz de perdonar cien denarios cuando le han sido condonados diez mil talentos (cfr. Mt 18, 23-35).

No es siempre fácil transmitir confianza: es preciso estar dispuestos a arriesgar, y a no asustarse ante nada. Sucede como cuando se enseña a alguien a conducir un automóvil: se le explica la teoría, pero después hay que darle las llaves del coche, sentarse a su lado, y tener el valor de no intervenir en cada momento y mantener la serenidad si se percibe un peligro. Porque entonces, se le avisará con tiempo, para que pueda frenar con calma. Pero debe ser él quien frene: solo así aprenderá a conducir.

Es Dios quien se ha enamorado de las almas, y quien las llama a la santidad con sus límites y debilidades. Y la fidelidad y paciencia de Dios no conocen límites. Por eso, nuestro trato no puede interrumpirse. Hablando del apostolado con los jóvenes, San Josemaría pedía a sus hijos que no abandonasen a las aquellos que parecían no responder; que les siguieran ofreciendo su confianza, porque Dios contaba con ellas para atraerlos hacía sí, por caminos que sólo Él conoce. Empeñarse en cultivar el trato en esas circunstancias es un deber de amistad, de visión sobrenatural, de sentido de responsabilidad.

Paciencia

En la vida, con frecuencia los resultados de un trabajo dependen de los medios empleados y responden a una cuidadosa planificación. En el caso de la dirección espiritual, en cambio, los frutos no se pueden programar, y no tienen por qué ser inmediatos. Dirigir almas requiere paciencia: no solo para esperar a que respondan, sino también en el sentido de aprender a “padecer” por ellas: suplir con oración y mortificación lo que el trato personal no parezca dar, y saber dejar en las manos de Dios la natural intranquilidad que puede surgir al ver que un alma está retrasando su encuentro con Él.

«El mundo es redimido por la paciencia de Dios, y destruido por la impaciencia de los hombres»[8]. Cuando sentimos el peso de la Cruz –porque nos parece que podrían acoger más rápido la invitación de Cristo, o notamos nuestra flaqueza, y la de otros– puede venir la tentación del descorazonamiento. Quizá nos dediquemos, entonces, con intensidad a empresas humanas, donde los resultados son más fácilmente cuantificables. Escapamos de la cruz, de ese «Cristo que pregunta por nosotros»[9], tal vez sin un razonamiento elaborado, dejándonos llevar.

Dirigir almas significa, en cambio, ponerse al servicio de la gracia; estar dispuestos –aun deseándolos, para gloria de Dios– a no ver los frutos, a perder el propio tiempo, la propia vida (cfr. Lc 9, 24), sabiendo que «electi mei non laborabunt frustra mis elegidos no trabajarán en vano» (Is 65, 23 (Vg)). San Pablo llama a los Gálatas «hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros» (Gal 4, 19). Lograr que muchas personas respondan afirmativamente a la llamada de Dios en su Obra requiere sacrificio, un sacrificio lleno de maravilla y de agradecimiento ante los milagros de la gracia. San Josemaría nunca escondió que la cruz se encuentra en el camino de quienes quieren ser apóstoles, pero también enseñó el modo de llevarla: «en el cumplimiento de la Voluntad divina, las dificultades se pasan por encima…, o por debajo…, o de largo. Pero…, ¡se pasan!»[10], porque «para un hijo de Dios, cada jornada ha de ser ocasión de renovarse, con la seguridad de que, ayudado por la gracia, llegará al fin del camino, que es el Amor. Por eso, si comienzas y recomienzas, vas bien. Si tienes moral de victoria, si luchas, con el auxilio de Dios, ¡vencerás! ¡No hay dificultad que no puedas superar!»[11]. Nuestra Madre nos acompaña siempre en el magnífico misterio del nacimiento de Cristo en las almas.

 

C. Ciardelli, C. De Marchi, J.M. Martín
febrero 2012



[1] Conc. Vaticano II, Const. past., Gaudium et spes, n. 16.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2522.

[3] Cfr. Lc 14, 23; San Josemaría, Amigos de Dios, n. 37.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 113.

[5] Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 24.

[6] Cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 17.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

[8] Benedicto XVI, Homilía en el inicio del pontificado, 24-IV-2005.

[9] San Josemaría, Via Crucis, V estación.

[10] San Josemaría, Surco, n. 106.

[11] San Josemaría, Forja, n. 344.