Miércoles, 29 Mayo 2013

Salvados en la esperanza

Por 
  • - A +
  • PDF

Paul O’Callaghan, Breve curso de escatología VII. Salvados en la esperanza, en www.collationes.org, abril 2008.

 

En su encíclica Spe Salvi, Benedicto XVI considera la virtud teologal de la esperanza como algo central, esencial, en la vida de los hombres, hasta el punto que en muchos textos de la Sagrada Escritura, observa, «las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables»[1]. No bastaría decir que la fe es simplemente una convicción, estar convencidos, de lo que no se ve; más bien la misma fe es la sustancia de lo que se espera[2]: «nos da ya ahora algo de la realidad esperada»[3].

¿Qué es lo que nos da la fe y nos permite esperar? San Pablo dice a los cristianos de Efeso que antes de creer «no tenían en el mundo ni esperanza ni Dios»[4]. En efecto, el cristiano cree en Dios y espera en Dios; sólo Él hace posible nuestro esperar: «llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza»[5]. La recibimos de Él, porque la esperanza es una virtud teologal que se nos infunde en el Bautismo. Junto con la fe y la caridad, la esperanza adapta nuestras facultades a la participación de la vida divina[6], nos hace capaces de obrar como hijos de Dios porque realmente lo somos[7]. «La promesa de Cristo no es solamente una realidad esperada sino una verdadera presencia»[8]. «La santa esperanza es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria»[9].

El sentido de la esperanza en la vida eterna

La esperanza tiene como objeto a Dios que se nos dona y que podremos poseer para siempre; esta afirmación de fe y de esperanza se abre hacia varias cuestiones importantes. La encíclica Spe Salvi plantea en primer lugar el sentido de una vida eterna, pues «tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable»[10]. A esta objeción, Benedicto XVI responde reafirmando que la vida eterna es un don de Dios; no habrá en ella nada de monotonía, ni de aburrimiento, porque será un sumergirse siempre de nuevo en el océano de su Amor infinito, donde no habrá antes ni después[11]; el hombre sólo puede ser verdaderamente feliz con la felicidad de Dios.

Esta primera respuesta nos abre a una segunda pregunta. Si la vida eterna consiste en ese “sumergirse en el océano del amor infinito”, ¿cómo evitar que la esperanza en la vida eterna no parezca una lucha por la propia salvación individual, sin considerar las propias responsabilidades respecto al mundo y al hombre? Ciertamente, algunas veces los cristianos han planteado de ese modo la esperanza; sin embargo, en realidad, esa unión con Dios se ha de entender como un «estar unidos existencialmente en un “pueblo” y sólo puede realizarse para cada persona dentro de este “nosotros”. Precisamente por eso presupone dejar de estar encerrados en el propio “yo”, porque sólo la apertura a este sujeto universal abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el amor mismo, hacia Dios»[12].

Por último, la encíclica Spe Salvi plantea una tercera cuestión: ¿por qué algunos pensadores modernos han sostenido que la esperanza cristiana llevaría a desentenderse de la construcción de la sociedad humana?[13]. La respuesta está en que esos autores creen que la salvación no vendrá de la fe, sino de la capacidad humana de transformar el mundo; de este modo, «no es que se niegue la fe; pero queda desplazada a otro nivel –el de las realidades exclusivamente privadas y ultramundanas– al mismo tiempo que resulta en cierto modo irrelevante para el mundo»[14]. Por este motivo, «la esperanza recibe también una nueva forma. Ahora se llama: fe en el progreso». Se nos promete que de una esperanza totalmente humana «surgirá un mundo totalmente nuevo, el reino del hombre». Este progreso sería «la superación de todas las dependencias, es progreso hacia la libertad perfecta… La razón y la libertad parecen garantizar de por sí, en virtud de su bondad intrínseca, una nueva comunidad humana perfecta»[15].

Es cierto que poner el acento en las fuerzas de la razón y de la libertad individual ha traído muchos bienes; pero también es verdad que el hombre, si abandona su anclaje en Dios, pierde también «la gran esperanza que sostiene toda la vida»[16]: se queda solo, a merced del vaivén de las ideologías, que muchas veces «han dejado tras de sí una destrucción desoladora»[17]. Para vivir de esperanza, el cristiano debe emplear todas las fuerzas que Dios le ha dado, en particular la razón y la libertad. Pero se trata siempre de una razón que se despliega hacia Dios, quien se ha revelado como Razón suprema en el Verbo Unigénito hecho hombre, Jesucristo.

El sentido del trabajo y de la actividad humana

Es interesante notar que el trabajo humano se estructura según una dinámica similar a la de la esperanza. Y no sólo porque el trabajo implique el esfuerzo, la perseverancia y la lucha que en definitiva son sostenidas en el creyente por la esperanza, sino también porque cualquier labor precisa la confianza en lograr algo mejor a través del propio empeño. En efecto, la esperanza, como el trabajo, se refiere siempre al bonum futurum arduum possibile, es decir al bien ausente, difícil de alcanzar, pero al mismo tiempo posible.

Todo trabajo, pequeño o grande, intelectual o manual, se presenta como una idea por realizar, o algo que se va a llevar a cabo y que se puede terminar. Antes de comenzarlo, el hombre plantea, en base a la experiencia, mediante la imaginación y con la colaboración con otras personas, un proyecto que todavía no tiene consistencia real, pero que es practicable. Quizá se trata de la construcción de un edificio, del estudio de una materia, de la limpieza del jardín, etc. En su origen, el plan es concebido en la mente humana, y luego se aplica a la realidad para determinar los medios; éstos, a su vez, se ponen en práctica superando los obstáculos previstos y no previstos. Poco a poco el proyecto inicial va tomando forma, se hace realidad.

Dentro de este proceso se aplican muchas virtudes. Pero entre ellas siempre ocupa un lugar especial, un lugar “de presidencia” por así decir, algún tipo de esperanza. En efecto, la esperanza dirige el entero proceso de la realización del trabajo, pues pone en marcha las distintas etapas y capacidades, y permite superar las dificultades tanto objetivas (falta de medios) cuanto subjetivas (desaliento); si faltara esa confianza en alcanzar el fin que se busca, el hombre dejaría de implicarse en esa tarea. Decía San Josemaría: «me siento siempre movido a respetar, e incluso a admirar la tenacidad de quien trabaja decididamente por un ideal limpio»[18]. La esperanza de que un futuro mejor es realizable, lleva a las almas magnánimas e empeñar todas sus fuerzas por conseguirlo, para sí y para los demás; pero es importante recordar que la esperanza del reino de Dios no puede ser reemplazada por la esperanza del reino del hombre[19].

Por eso, San Josemaría también afirmaba «considero una obligación mía recordar que todo lo que iniciamos aquí, si es empresa exclusivamente nuestra, nace con el sello de la caducidad»[20]. Una esperanza meramente humana puede frustrarse, a pesar de todos los esfuerzos, porque siempre hay factores que escapan a nuestro control o porque lo que parecía un hermoso ideal acaba convirtiéndose en una auténtica tiranía. Aún así, esta realidad, lejos de llevar al desánimo, permite ver la riqueza que supone para el hombre y su trabajo la esperanza teologal. Con ella, la razón y la libertad humanas descubren a Dios, y aquel trabajo, siendo completamente humano, queda divinizado; es a la vez fuente de alegría sobrenatural y de satisfacción humana.

Quien posee la auténtica esperanza «trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo»[21]; supera el peligro de querer establecer con las meras fuerzas humanas «la esperanza de la instauración de un mundo perfecto que parecía poder lograrse gracias a los conocimientos de la ciencia y a una política fundada científicamente»[22]. La auténtica esperanza se apoya en el señorío de Dios sobre la historia, en la realidad de que Cristo vence siempre; lleva al optimismo: «movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a Él»[23]. Todas las ocupaciones humanas nobles se iluminan de un modo nuevo, porque van más allá de la materialidad de lo que se hace, y porque de algún modo su eficacia queda garantizada por Dios mismo.

El apóstol cristiano: “ministro de la esperanza”

La encíclica Spe Salvi nos ofrece el ejemplo de San Agustín, mostrándonos que un aspecto central de su ministerio fue transmitir esperanza. «En la difícil situación del imperio romano, que amenazaba también al África romana y que, al final de la vida de Agustín, llegó a destruirla», observa, «quiso transmitir esperanza, la esperanza que le venía de la fe y que, en total contraste con su carácter introvertido, le hizo capaz de participar decididamente y con todas sus fuerzas en la edificación de la ciudad»[24]. Por medio de la oración, dice en otro lugar, «se realizan en nosotros las purificaciones, a través de las cuales llegamos a ser capaces de Dios e idóneos para servir a los hombres. Así nos hacemos capaces de la gran esperanza y nos convertimos en ministros de la esperanza para los demás: la esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás»[25].

La falta de esperanza se muestra no sólo en la ausencia de esfuerzo personal –el egoísmo, el desaliento, el miedo a la vida–, sino también en la escasez del empeño apostólico. Porque con la misma virtud con que espero en Dios, estoy seguro de que Dios quiere infundir el don de la esperanza en los demás. «Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí»[26]. En efecto, puesto que Dios ha querido comunicarnos todos sus dones –la vida, los talentos, hasta la misma gracia– por medio de otras personas (la Iglesia, los ministros sagrados, los padres, los amigos, los demás creyentes), todos ellos juegan una parte esencial en la vida cristiana hecha esperanza.

Quizás la tarea más esencial en el apostolado cristiano y en la dirección de almas es la de dar esperanza, contagiar esperanza, o mejor dicho, cooperar con el Señor en la comunicación de la virtud teologal de la esperanza. Esto requiere ciertamente un lenguaje positivo, explicaciones convincentes y lúcidas sobre los puntos fundamentales del seguimiento de Cristo en las personas que trasmiten vida de fe a los demás –en realidad es la vocación de todos los cristianos–; pero además requiere que el apóstol sea perseverante y paciente, y que fundamente su acción en una profunda y personal experiencia de amar a Dios, en saber comenzar y recomenzar, en vivir filialmente día a día ante Dios nuestro Señor.

María, estrella de la esperanza

Más que cualquier otra persona, la Virgen puede ser llamada spes nostra, nuestra esperanza, porque vivió –junto con la caridad y la fe– una vida llena de esperanza, y nos la contagia generosamente si nos acercamos a Ella con confianza y humildad. «Cuando llena de santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea para visitar a tu pariente Isabel, te convertiste en la imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia»[27]. Además, las penas y dolores que embargaron su alma a lo largo de su vida y especialmente al pie de la Cruz donde moría su Hijo, no fueron capaces de apagar la esperanza. En esa situación, cabe preguntarse: «¿Había muerto la esperanza?»[28]. «No», debe ser la respuesta, porque «junto a la cruz, según las palabras de Jesús mismo, te convertiste en madre de los creyentes»[29]. «Pidamos a Santa María, Spes nostra», decía San Josemaría, «que nos encienda en el afán santo de habitar todos juntos en la casa del Padre. Nada podrá preocuparnos, si decidimos anclar el corazón en el deseo de la verdadera Patria: el Señor nos conducirá con su gracia, y empujará la barca con buen viento a tan claras riberas[30].

Paul O'Callaghan
abril 2008


[1] Benedicto XVI, Litt. enc. Spe salvi, 30 de noviembre de 2007,  n. 2.

[2] Cfr. Hb 11, 1.

[3] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 7.

[4] Cfr. Ef 2, 12. Citado en Benedicto XVI, Spe salvi, n. 2.

[5] Ibid., n. 3.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1812-1813.

[7] Cfr. 1 Jn 3, 1.

[8] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 8.

[9] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 278.

[10] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 10.

[11] Cfr. Ibid., n. 12.

[12] Ibid.,  n. 14.

[13] Cfr. Ibid.,  n. 16.

[14] Ibid.,  n. 17.

[15] Ibid.,  n. 18.

[16] Ibid.,  n. 27.

[17] Ibid.,  n. 21.

[18] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 208.

[19] Cfr. Benedicto XVI, Spe salvi, n. 30.

[20] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 208.

[21] Ibid., n. 206.

[22] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 30.

[23] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219.

[24] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 29.

[25] Ibid., n. 34.

[26] Ibid., n. 48.

[27] Ibid., n. 50.

[28] Ibid.,  n. 50.

[29] Ibid.,  n. 50.

[30] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 221.