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Jueves, 31 Enero 2013

2. Llamada universal a la santidad

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Llamada universal a la santidad

 

Cuentan que en una ocasión, san Josemaría Escrivá de Balaguer, después de recordar este texto de la carta a los Efesios (1, 4): “Elegit nos ante mundi constitutionem ut essemus sancti et immaculati in conspectu eius”, lo tradujo -por Él mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en su presencia- y enseguida gritó con aquella voz clara y fuerte que le caracterizaba: “Y no hay más [1]”. San Josemaría expresaba así que el meollo del mensaje que debía proclamar era la llamada universal a la santidad.

Ciertamente, el pueblo de Israel se sabía llamado a la santidad, porque Dios es santo (cfr. Lv 19, 2). Sin embargo, solo después de siglos se abriría el gran camino, con la venida del Mesías y la encarnación del Señor. ¿Cuál es el camino?, preguntó el apóstol Tomás. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida -le respondió Jesús-; nadie va al Padre si no es a través de mí” (Jn 14, 6). Por el bautismo, todo cristiano está llamado a la santidad y al apostolado incorporándose a la vida de Cristo: cada uno y todos los cristianos de todas las épocas. La llamada universal a la santidad, afirmación que es central en el Evangelio, ilumina toda la vida con una luz decisiva. Fue predicada por san Josemaría desde el año 1928, no sin una particular gracia de Dios. El Concilio Vaticano II la proclamó solemnemente: “Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano. Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo [2]”.

 

1. Solo Dios es santo

Tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Iesu Christe, cum Sancto Spiritu: in gloria Dei Patris”: “sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre”. Al proclamar la divinidad de Jesucristo, el Gloria afirma que solo Dios es santo. En estricto rigor, nadie es santo mientras está en la tierra, sino que todos estamos en camino hacia esa santidad que Dios nos quiere comunicar. Jesucristo ha lanzado esta llamada con estas palabras: “Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Recogiendo esa enseñanza, san Pablo escribe a Timoteo: Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). Perfección, salvación eterna, verdad, estas palabras reconducen todas a Dios, el único tres veces santo según el máximo superlativo hebreo (cfr. Is 6, 3). En este sentido, la santidad es una participación en la vida de Dios. Dios quiere que gocemos de esa santidad. Esto es la obra de Dios, con la correspondencia personal del hombre: “Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo. Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana [3]”.

En su primera carta a los Tesalonicenses, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, san Pablo exhorta a aquellos recién convertidos que el Apóstol había empezado a formar y que sufrían la persecución: “Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3). Semejante afirmación podría asustar. En conformidad con la doctrina paulina (cfr. Fl 4, 13: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”), san Josemaría, al dibujar este camino hacia la santidad, enseñó a abandonarse en las manos de Dios, sin complicarse. Este abandono filial es fundamental. Jesús lo inculcó a sus discípulos de muchas maneras, por ejemplo con estas palabras encantadoras:

“No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6, 25-34).

Cuando hacía ejercicios espirituales en Segovia en octubre de 1932, Josemaría, joven sacerdote, recordó que su confesor le había indicado que se preguntase: “¿Qué grado de perfección me pide Dios? [4]”. D. Álvaro del Portillo comenta esta anotación de los Apuntes Íntimos escribiendo que “el grado de perfección de primera clase, o de segunda, o de tercera” no es cosa que le importe a san Josemaría. “Lo que quiere es hacer en todo la Voluntad del Señor, para que el Señor le lleve a ese nivel de perfección que desea para él: y así, dejándose llevar hasta esa altura -la que sea-, el Padre está contento, porque cumple con la Voluntad de Dios [5]”.

Dios “nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no en razón de nuestras obras, sino por su designio y por la gracia que nos fue concedida por medio de Cristo Jesús desde la eternidad” (2 Tm 1, 9). La santidad es participación en la vida misma de Jesucristo. Al injertarnos en la vida del Hijo de Dios que se encarnó para nuestra salvación, no solo llegamos a una perfección moral, sino que, a la vez, participamos del mismo ser de Cristo. Es una realidad ontológica asombrosa que permite a Juan Pablo II afirmar: “Mediante la gracia recibida en el bautismo el hombre participa del eterno nacimiento del Hijo del Padre, puesto que se convierte en hijo adoptivo de Dios: hijo en el Hijo [6]”.

        

2. ¿Qué es la santidad?

Benedicto XVI enseña que “la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya [7]”. Se puede, por lo tanto, considerar el vocablo “santidad” aplicándolo a la persona humana según tres perspectivas. Por su participación en la naturaleza divina, es santa desde su bautismo [8];  por su obrar recto, tiene una santidad de vida o vida moral santa; la santidad, finalmente, se puede ver como una meta, pues nadie es santo en esta tierra.

Cuando el Señor llamó a sus discípulos a la perfección, no lo hizo de modo vago o simbólico. No se pueden aguar sus palabras. Antes de decirles “Sed vosotros perfectos”, les enseñó el amor a los enemigos: “amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores” (Mt 5, 44-45). En estas palabras, encontramos muchas luces. Así, por ejemplo:

- la santidad pide cierta heroicidad en el cumplimiento de las virtudes: amar a los enemigos significa estar muy cerca de Dios, saber perdonar y desear redimir el mundo;

- la santidad es la plenitud de la caridad, que es la virtud más grande; san Pablo la llama “la plenitud de la Ley” (Rm 13, 10) y “el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Por “vínculo”, san Pablo designa lo que une, como los ligamentos del cuerpo, el hilo de un collar, o una cadena: el amor es el vínculo divino que une a los creyentes y, como dice el Catecismo, “el ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad [9]”. San Josemaría explica así lo que significa la caridad: “Querer alcanzar la santidad -a pesar de los errores y de las miserias personales, que durarán mientras vivamos- significa esforzarse, con la gracia de Dios, en vivir la caridad, plenitud de la ley y vínculo de la perfección. La caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de todos los hombres; de ese Dios, que nos habla en el silencio de la oración y en el rumor del mundo; de esos hombres, cuya existencia se entrecruza con la nuestra [10]”. Exclamaba san Josemaría: “Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo. Un escritor del siglo II, Tertuliano, nos ha transmitido el comentario de los paganos, conmovidos al contemplar el porte de los fieles de entonces, tan lleno de atractivo sobrenatural y humano: mirad cómo se aman (Tertuliano, Apologeticus, 39: PL 1, 471), repetían [11]”;

- “para que seáis hijos de vuestro Padre”, dice Jesucristo según el texto de Mateo que estamos comentando: perfección y filiación divina van juntas. En efecto, la santidad no es otra cosa que la plenitud de la filiación divina. Cuanto más creemos y amamos, tanto más somos hijos de Dios en Cristo;

La exigencia de una identificación con Cristo pide conocer su vida: “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. -El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida [12]”;

- por esto, la santidad es inseparable de la cruz, que es precisamente cumplir la voluntad de Dios por amor, y conlleva un sufrimiento, sin que falte la alegría.

Por otra parte, Jesucristo ha enseñado el mandamiento del amor. San Juan escribe que “Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano” (1 Jn 4, 19-21). Por esto, la llamada universal a la santidad es también llamada al apostolado. El fundamento cristológico de esto es obvio: “No cabe disociar la vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo quiso encarnarse para salvar a los hombres, para hacerlos con Él una sola cosa [13]”. Santidad y apostolado son dos caras de la misma moneda. “Señal evidente de que buscas la santidad es -¡déjame llamarlo así!- el "sano prejuicio psicológico" de pensar habitualmente en los demás, olvidándote de ti mismo, para acercarles a Dios [14]”. En efecto, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “la caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino [15]”.

 

3. Don de Dios y lucha ascética

La santidad se construye en el tiempo mediante una lucha exigente. Lo manifiesta san Pablo con alegría a los filipenses, mediante la imagen del premio en las carreras en el estadio: “No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si lo alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús” (Fl 3,12-14). San Josemaría insiste en la tenacidad en esa lucha, hasta el final: “La santidad se alcanza con el auxilio del Espíritu Santo -que viene a inhabitar en nuestras almas-, mediante la gracia que se nos concede en los sacramentos, y con una lucha ascética constante. Hijo mío, no nos hagamos ilusiones: tú y yo -no me cansaré de repetirlo- tendremos que pelear siempre, siempre, hasta el final de nuestra vida. Así amaremos la paz, y daremos la paz, y recibiremos el premio eterno [16]”.

El Catecismo enseña que “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cfr. 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas: ‘El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce’ (S. Gregorio de Nisa, hom. In Cant. 8) [17]”.

La santidad es, por lo tanto, la obra conjunta de la gracia y de la lucha personal, sabiendo que siempre la gracia precede, acompaña y sigue nuestros esfuerzos. Se entiende que san Josemaría haya incluido en las Preces del Opus Dei una oración que proviene de la liturgia latina; en efecto, la colecta de la Misa del Jueves después de Ceniza en el Misal de Pablo VI, y que es antigua (está también en el Misal de san Pío V, y en el Gregoriano), reza: “Actiones nostras, quæsumus Domine, aspirando præveni and adiuvando prosequere: ut cuncta nostra operatio a te semper incipiat, et per te cœpta finiatur”: “Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en Ti como en su fuente, y tienda siempre a Ti como a su fin”.

La prioridad se ha de dar a la acción de Dios. Glosando las palabras “Opus Dei”, el cardenal Joseph Ratzinger subrayaba que Dios había actuado a través de san Josemaría. Reflexionando entonces sobre la santidad, afirmaba:

“En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida – y esto me parece un punto central- precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes [18]”.

 

La santidad se alcanza con la ayuda de Dios “y con una lucha ascética constante [19]”, enseñó siempre san Josemaría. Habla de la “lucha interior [20]” para subrayar que es una lucha contra sí mismo: contra las tentaciones, contra el pecado; a la vez, es la lucha llena de confianza de un hijo de Dios. Por esto, siempre se debe luchar por amor: “Cumples un plan de vida exigente: madrugas, haces oración, frecuentas los Sacramentos, trabajas o estudias mucho, eres sobrio, te mortificas..., ¡pero notas que te falta algo! Lleva a tu diálogo con Dios esta consideración: como la santidad -la lucha para alcanzarla- es la plenitud de la caridad, has de revisar tu amor a Dios y, por El, a los demás. Quizá descubrirás entonces, escondidos en tu alma, grandes defectos, contra los que ni siquiera luchabas: no eres buen hijo, buen hermano, buen compañero, buen amigo, buen colega; y, como amas desordenadamente "tu santidad", eres envidioso. Te "sacrificas" en muchos detalles "personales": por eso estás apegado a tu yo, a tu persona y, en el fondo, no vives para Dios ni para los demás: sólo para ti [21]”.

Por lo tanto esta lucha es una lucha positiva para quedar muy cerca de Dios, y para crecer en virtudes, haciendo fructificar los talentos que nos ha dado. San Josemaría invitaba a poner al servicio de los demás las facultades que Dios nos ha concedido,  a ayudarlos con todos nuestros talentos: con el genio, con las cualidades científicas, literarias, artísticas, deportivas. Decía que, con defectos que tendremos siempre, hemos de hacernos santos.

Dios puede hacernos santos y a la vez cuenta con el tiempo para todo, pues nos toca ejercer libremente nuestra responsabilidad: Dios quiere que le amemos con plena libertad. San Josemaría fue llamado por Juan Pablo II “el santo de lo ordinario” porque ha proclamado la llamada a la santidad en medio del mundo: para “Monsieur tout le monde”, podríamos decir empleando esta expresión francesa, u otra: “les gens de la rue”, la gente de la calle. Podríamos añadir que el fundador del Opus Dei invitó a descubrir el sentido vocacional de la existencia. Cada persona tiene una vocación, ha de recorrer un camino que Dios dibuja contando con su colaboración; cada uno construye su vocación, también cuando no es consciente de esta realidad y no ha tomado un compromiso formal en este sentido. Esa vocación es a la vez luz y fuerza para ir adelante. El que fue durante decenios secretario de Juan Pablo II cuenta de este papa: “Un día le oí murmurar a voz baja: Opus Dei – donum Dei, que, en polaco, se puede expresar con un juego de palabras: dany  zadany, lo que significa que ‘los dones son al mismo tiempo tareas’ [22]”. En realidad, cualquier cosa que haga el bautizado se hace por Jesucristo nuestro Señor, como reza la liturgia.

 

4. En medio del mundo

San Josemaría escribió en una carta sobre la misión sobrenatural del Opus Dei: “Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa – homo peccator sum [es decir: soy un hombre pecador] (Lc 5, 8)- pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión, o oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo [23]”.

San Josemaría ha percibido claramente en su alma esa llamada universal a la santidad y la misión suya de difundirla. Proclama que la perfección puede alcanzarse en el propio estado: la radicalidad de la vida cristiana, total, sin fisura, hasta el heroísmo. No se trata de llegar a la santidad en circunstancias excepcionales, sino de modo habitual y ordinario. Así lo expresó el cardenal Joseph Ratzinger al comentar, en 1993, unas palabras de san Josemaría sobre los años de vida escondida de Jesús en Nazareth:

“Dos consecuencias se desprenden de esta consideración de la vida de Jesús, del misterio profundo de la realidad de un Dios que no sólo se ha hecho hombre, sino que ha asumido la condición humana, haciéndose en todo igual a nosotros, excepto en el pecado (cfr. Hb 4,15). Ante todo la llamada universal a la santidad, a cuya proclamación el beato Josemaría contribuyó notablemente, como recordaba Juan Pablo II en su solemne homilía durante la Misa de beatificación. Pero también, para dar consistencia a esta llamada, el reconocimiento de que a la santidad se llega, bajo la acción del Espíritu Santo, a través de la vida cotidiana. La santidad consiste en esto: en vivir la vida cotidiana con la mirada fija en Dios; en plasmar nuestras acciones a la luz del Evangelio y del espíritu de la fe. Toda una comprensión teológica del mundo y de la historia deriva de este núcleo, como atestiguan, de modo preciso e incisivo, muchos textos del beato Escrivá.

«Este mundo nuestro —proclamaba en una homilía— es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía divina de lo creado. Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que —por obra del Espíritu Santo— tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus (Gal 4,5), fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios (cfr. Rm 6,4-5), liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo (cfr. Ef 1,9-10), que las ha reconciliado con Dios (cfr. Col 1,20)» ( Es Cristo que pasa, n. 183).

En este espléndido texto, las grandes verdades de la fe cristiana (el amor infinito de Dios Padre, la bondad originaria de la creación, la obra redentora de Cristo Jesús, la filiación divina, la identificación del cristiano con Cristo...) son traídas a colación con el fin de iluminar la vida del cristiano y, más en particular, la vida del cristiano que vive en medio del mundo, empeñado en las múltiples y complejas ocupaciones seculares. Las perspectivas dogmáticas de fondo se proyectan sobre la existencia concreta, y esta, a su vez, impulsa a considerar de nuevo, con una preocupación inédita, el conjunto del mensaje cristiano; de esta suerte, se produce un movimiento en espiral, que implica y sostiene a la reflexión teológica [24]”.

 

Para caminar hacia la santidad, no se necesita otra consagración que las del bautismo y de la confirmación, como afirma san Josemaría. “Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que -siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial- capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación [25]”. En efecto, explica el fundador del Opus Dei, “la específica participación del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificar ab intra [es decir: desde el interior] –de manera inmediata y directa– las realidades seculares, el orden temporal, el mundo [26]”.

Los sacerdotes tiene el sacerdocio común de los fieles y, además, el sacerdocio ministerial: han de servir a sus hermanos en la fe para ayudarles a responder a la llamada a la santidad y al apostolado, y lo hacen especialmente mediante la predicación de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos: en particular, la Eucaristía, sacramento al cual se ordenan todos los demás, y que es “el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano [27]”.  San Josemaría hace esta pregunta retórica, al pronunciar una homilía que llegó a ser famosa: “¿Qué son los sacramentos -huellas de la Encarnación del Verbo, como afirmaron los antiguos- sino la más clara manifestación de este camino, que Dios ha elegido para santificarnos y llevarnos al Cielo? ¿No veis que cada sacramento es el amor de Dios, con toda su fuerza creadora y redentora, que se nos da sirviéndose de medios materiales? ¿Qué es esta Eucaristía –ya inminente- sino el Cuerpo y la Sangre adorables de nuestro Redentor, que se nos ofrece a través de la humilde materia de este mundo -vino y pan-, a través de los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, como el último Concilio Ecuménico ha querido recordar? (cfr. Gaudium et Spes, n. 38) [28]”. La Eucaristía nos lleva a tener una vida de amor; el sacramento de la Penitencia, a volver al amor divino que nos limpia, nos perdona, nos transforma. Santidad y vida sacramental son inseparables. Por esto el Concilio Vaticano II, al hablar del Pueblo de Dios, después de enumerar los siete sacramentos, concluye: “Los fieles todos, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por tantos y tan poderosos medios, son llamados por Dios cada uno por su camino a la perfección de la santidad por la que el mismo Padre es perfecto [29]”.

San Josemaría ha predicado muchas veces sobre los primeros cristianos como fieles corrientes, casados y célibes, que buscaban la santidad, en todas las actividades de la tierra. “Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos”; seguía afirmando que los fieles del Opus Dei “son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe [30]”.

En la Carta a Diogneto, un pagano desconocido reflexiona con nobleza sobre lo que había sido para muchos nada más que una raza abominable de hombres [31], o por lo menos en sus orígenes una superstición oriental: el cristianismo. El autor, alrededor del año 150, describe con rectitud lo que observa: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. […] Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. […] Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso los cristianos en el mundo [32]”.

San Josemaría acudía con frecuencia a ese testimonio. Para ilustrar la grandeza de la vocación cristiana, quiso citar en Amigos de Dios estas otras líneas de la Carta a Diogneto sobre los primeros cristianos: “Son para el mundo lo que el alma para el cuerpo. Viven en el mundo, pero no son mundanos, como el alma está en el cuerpo, pero no es corpórea. Habitan en todos los pueblos, como el alma está en todas las partes del cuerpo. Actúan por su vida interior sin hacerse notar, como el alma por su esencia... Viven como peregrinos entre cosas perecederas en la esperanza de la incorruptibilidad de los cielos, como el alma inmortal vive ahora en una tienda mortal. Se multiplican de día en día bajo las persecuciones, como el alma se hermosea mortificándose... Y no es lícito a los cristianos abandonar su misión en el mundo, como al alma no le está permitido separarse voluntariamente del cuerpo [33]”.

Hoy día, nadie se atreve a negar de modo frontal la llamada universal a la santidad. Sin embargo, en la práctica, muchos son los cristianos que remiten al día de mañana, por  no decir al final de su vida, el tomarse en serio la idea de que pueden ser santos; y no pocas personas, en el fondo, no creen que esto sea posible. San Josemaría era consciente de esa ignorancia práctica o teórica e insistía en que todos debían tomar conciencia de que Dios los quería santos en la vida que cada uno debiera vivir: “La santidad: ¡cuántas veces pronunciamos esa palabra como si fuera un sonido vacío! Para muchos es incluso un ideal inasequible, un tópico de la ascética, pero no un fin concreto, una realidad viva. No pensaban de este modo los primeros cristianos, que usaban el nombre de santos para llamarse entre sí, con toda naturalidad y con gran frecuencia: os saludan todos los santos (Rm 16, 15), salud a todo santo en Cristo Jesús (Flp 4, 21) [34]”.

 

5 . El concepto de santidad a lo largo de la historia de la Iglesia

La historia de la Iglesia ha conocido muchas respuestas a la llamada evangélica a la santidad. Después de los primeros cristianos, en el segundo siglo aparecieron los eremitas, que iban a combatir al diablo en el desierto. San Antonio Magno, en Egipto, vuelve también entre los hombres para guiarles en su vida espiritual.  El hecho de la vida en común conoció un gran desarrollo con los monasterios desde el siglo IV. A finales del siglo V nace san Benito: escribirá, para los monjes de Montecasino, una “regla” que prevé que hagan tres promesas delante de todos: “estabilidad, conversión de sus costumbres y obediencia [35]”. Hoy por esa Regla se rigen casi todos los monjes de Occidente, incluidas las más de 20 congregaciones benedictinas actuales.

En el siglo XIII nacieron las primeras órdenes religiosas, con san Francisco de Asís y santa Clara, y con santo Domingo de Guzmán. El ideal de vida cristiana llegó así a plasmarse en la renuncia a las cosas de la tierra, que es uno de los elementos que definen el estado religioso [36]. Los religiosos, enseña el Concilio Vaticano II, “por la profesión de los consejos evangélicos han respondido al llamamiento divino para que no sólo estén muertos al pecado, sino que, renunciando al mundo, vivan únicamente para Dios [37]”.

Esa entrega tiene una gran fuerza de arrastre: “los religiosos, fieles a su profesión, abandonando todas las cosas por Él, sigan a Cristo como lo único necesario [38]”. Gracias al testimonio de los religiosos, dice el beato Juan Pablo II, “la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización en el cielo [39]”. ¡Cuánto bien han hecho, siguen y seguirán haciendo, no sin una maravillosa Providencia de Dios, tantos religiosos y religiosas en el mundo entero! Junto con una obra de evangelización auténticamente desinteresada y muchas veces hasta el martirio, a muchas Órdenes, Congregaciones religiosas y demás realidades de la vida religiosa se deben gigantes avances en la cultura, por ejemplo en el arte, en la enseñanza y en las ciencias [40], sin contar con la atención a los pobres y a los enfermos: en Europa, hasta hace pocos decenios eran muchas veces las religiosas quienes atendían los hospitales, y en algunos lugares su disminución en número se hace cruelmente notar. Las necesidades de la evangelización originaron, en el siglo XVI, clérigos regulares, por ejemplo san Ignacio de Loyola. Con su Introducción a la vita devota (1609), san Francisco de Sales  adoctrina a los que no viven alejados del mundo para que practiquen la devoción.

Sobre  todo desde el siglo XX se ha dado un cierto proceso de acercamiento al mundo por parte de los religiosos, llegando en ciertos casos a tomar una apariencia similar a la de los seglares, por su forma de vestir y  por trabajar en tareas seculares. Sin embargo, su estado sigue siendo distinto al de los fieles corrientes. De otra parte desde 1950 existen también los institutos seculares.

Lo que nos interesa señalar es que los religiosos, con su distinción y apartamiento en uno y otro grado del mundo (realidades compatibles con tantas actividades que llevan a cabo en el mundo para el bien de la Iglesia y de la sociedad) cumplen por  la especificidad de su estado una santa y fecunda función en la Iglesia: como dice la Constitución dogmática Lumen gentium, “los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas [41]”. San Josemaría solía contar cómo la toma de conciencia de que tenía que ser generoso con Dios estuvo unida al hecho de haber percibido el sacrificio de un carmelita que iba descalzo sobre la nieve [42]. Llevó además a diversas personas a abrazar la vida religiosa y tuvo muchos amigos religiosos [43], ya desde los años treinta [44], entre ellos algunos fundadores de nuevas instituciones o realidades eclesiales [45], sin contar con el diálogo que tuvo la oportunidad de mantener con muchos [46].

Con la sabiduría de Gamaliel (cfr. Hch 5, 34-39), san Josemaría decía: “Jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola [47]”. Se conserva un manuscrito suyo con estas palabras: “Una gran misión nuestra es hacer amar a los religiosos [48]”. En plena fidelidad con esta afirmación, el Prelado del Opus Dei en su carta pastoral con ocasión del “Año de la fe” convocado por Benedicto XVI, exalta el papel de la familia para “que broten vocaciones de entrega a Dios en el sacerdocio y en las variadísimas realidades eclesiales, tanto en el ámbito secular como en la vida consagrada [49]”. Como no podría ser de otro modo, la llamada universal a la santidad despierta, entre otras, vocaciones para la vida religiosa que, a su vez, contribuyen a difundir cada vez más esa llamada. La vida religiosa es también promovida por numerosos “movimientos [50]” y nuevas comunidades muy variadas, de cuyas aportaciones no es necesario ocuparse aquí. Por otra parte, no es éste el lugar para describir la ampliación del concepto de "religioso" al de "vida consagrada", en una rica diversidad que algunos autores consideran que sigue moviéndose en torno a la noción de "religioso" [51].

Es un hecho, sin embargo, que la proclamación de la llamada universal a la santidad no siempre ha sido igualmente afirmada, de modo que ha tenido una historia paradójica, como observa José Luis Illanes: “durante largo tiempo, su reconocimiento ha coexistido con su oscurecimiento [52]”. Algunos autores no sacan todas sus consecuencias de la llamada universal a la santidad, e incluso presentan el estado de los religiosos como el más elevado. Se habla al respecto de “estado de perfección” o de “estado de consejos”, en referencia a las virtudes de castidad, pobreza y obediencia o, mejor dicho, a un determinado modo de practicar esas virtudes, plenamente legítimo, pero que no es el único válido en orden a la plenitud del ideal cristiano. La realidad es que sería obviamente un error –opuesto a lo proclamado por el Vaticano II– considerar que la radicalidad de la vida cristiana se vive solo en las Órdenes y Congregaciones religiosas [53].

Ese ambiente de una cierto obscurecimiento de la llamada a la santidad explica este punto de Camino: “Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: «Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto» [54]”. En la historia de la Iglesia, la vocación de los religiosos ha conocido sucesivas formas diversas, desarrollando una capacidad de crecimiento y adaptación que manifiesta su riqueza. Pero importa señalar con claridad que la Obra no es un eslabón de esa cadena, pues nace desde el principio con un espíritu esencialmente secular, reflejo esencial de la presencia “natural” en el mundo. Su antecedente, como san Josemaría señaló muchas veces, está constituido por la vida sencilla de los primeros cristianos. Sus rasgos esenciales son la santificación en medio del mundo, en el trabajo, en la familia, en todas las nobles actividades temporales, con una plena unidad de vida entre lo cristiano y lo humano y una plena secularidad, actitud espiritual que, como señala José Luis Illanes, afirma a la vez la consistencia y el valor de las cosas temporales nacidas de la Creación y la apertura del mundo a la trascendencia [55].

Desde 1928 el Opus Dei ha venido a recordar a todos los cristianos la llamada universal a la santidad en medio del mundo; de ahí que a san Josemaría le gustara decir: “se han abierto los caminos divinos de la tierra [56]”. La doctrina que proclamó fue confirmada por el Concilio Vaticano II (1965), como recordaba el beato Juan Pablo II, dirigiéndose a unos fieles del Opus Dei durante una homilía en Castelgandolfo: “Vuestra institución tiene como finalidad la santificación de la vida permaneciendo en el mundo, en el propio puesto de trabajo y de profesión: vivir el Evangelio en el mundo, viviendo ciertamente inmersos en el mundo, pero para transformarlo y redimirlo con el propio amor a Cristo. Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio […]: vivir unidos a Dios en el mundo, en cualquier situación, tratando de mejorarse a sí mismos con la ayuda de la gracia y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la vida. ¿Y qué hay más bello y más entusiasmante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla [57]”.

 

G. Derville
Noviembre de 2012
Actualizado en enero de 2013

 

 

Bibliografía complementaria

Ernst Burkhart -Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, vol. I, Rialp, Madrid 2010, 198-239.

José Luis Illanes, Tratado de Teología espiritual, Eunsa, Pamplona 2007, cap. VI Vida cristiana y llamada a la santidad, 127-153.

Pedro Rodríguez, Opus Dei: estructura y misión. Su realidad eclesiológica, Cristiandad, Madrid 2011, cap. III El Opus Dei en la Iglesia: de la vida a la misión, 59-84.

 

 

 


[1] Este recuerdo de Mons. Pedro Rodríguez, es corroborado por Notas de una meditación, 8 de febrero de 1959, Archivo General de la Prelatura, biblioteca, P06, II p. 669.

[2]Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 40; cfr. nn. 39 y 41; Const. Gaudium et spes, nn. 35, 38, 48 etc. Recordamos que LG es de 21 de noviembre de 1964.

[3]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 7.

[4]San Josemaría, Apuntes Íntimos, nº 1692 (10 de octubre de 1932), citado por Pedro Rodríguez en Camino, Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 20043, comentario al punto 754, nota 7 p. 865.

[5]Álvaro del Portillo, en ibídem.

[6]Juan Pablo II, Homilía, Norcia, 23 de marzo de 1980.

[7]Benedicto XVI, Audiencia, 13 de abril de 2011.

[8]Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 40.

[9]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1827.

[10]San Josemaría, Conversaciones, n. 62; cfr. ed. crítico-histórica preparada por José Luis Illanes y Alfredo Méndiz, Rialp, Madrid 2012.

[11]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 225.

[12]San Josemaría, Forja, n. 754.

[13]San Josemaría, Es Cristo que pasa, 122.

[14]San Josemaría, Forja, n. 861.

[15]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1827.

[16]San Josemaría, Forja, n. 429.

[17]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2015.

[18]Joseph Ratzinger, Dejar obrar a Dios, artículo publicado en L'Osservatore Romano, con ocasión de la canonización de Josemaría Escrivá, 6 de octubre de 2002.

[19]San Josemaría, Forja, n. 429.

[20]Cfr. San Josemaría, Camino, cap. Lucha interior, nn. 707-733; Es Cristo que pasa, Homilía La lucha interior, nn. 73-82.

[21]San Josemaría, Surco, n. 739.

[22]Cardenal Stanislaw Dziwisz, Dono e compito, en Pontificia Università della Santa Croce. Dono e compito: 25 anni di attività, Silvana Editoriale, Milano 2010, 94.

[23]San Josemaría, Carta 24-III-1930, 2, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, I. ¡Señor, que vea!, Rialp, Madrid 1997, 300.

[24]Joseph Ratzinger, Mensaje inaugural en el Simposio Teológico “Santidad y Mundo”, sobre el fundador del Opus Dei. Simposio Teológico organizado por la Facultad de Teología del Ateneo Romano de la Santa Cruz (hoy Pontificia Universidad de la Santa Cruz), del 12 al 14 de octubre de 1993.

[25]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120.

[26]San Josemaría, Conversaciones, n. 9.

[27]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 87. El Decreto Presbyterorum Ordinis emplea esa expresión en el n. 14, aunque, como es obvio, ese documento lo aplica aquí a los sacerdotes.

[28]San Josemaría, Conversaciones, n. 115.

[29]Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 11

[30]San Josemaría, Conversaciones, n. 24; cfr. ed. crítico-histórica preparada por José Luis Illanes y Alfredo Méndiz, Rialp, Madrid 2012.

[31]Cfr. Tácito, Annales, 15, 44.

[32]Epistola ad Diognetum, V, en Padres apostólicos, ed. bilingüe completa, trad. de Daniel Ruiz Bueno, Madrid 1993 6, pp. 850-851.

[33]Epistola ad Diognetum, VI, tal como la cita san Josemaría en Amigos de Dios, n. 63.

[34]San Josemaría, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 1973, n. 96.

[35]San Benito, Regla de los monjes, 58, 17,  trad. y ed. Norberto Núñez, osb, Monasterio de Montserrat, Madrid 2011,  188.

[36]Así, por ejemplo, los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, que hacen muchos religiosos, manifiestan un espíritu de renuncia a la concupiscencia de la carne, a las riquezas y a la propia voluntad.

[37]Concilio Vaticano II, Decr. Perfectae caritatis, n. 5.

[38]Ibídem.

[39]Juan Pablo II, Exh. Ap. Postsinodal Vita consecrata, 25 de marzo de 1996, n. 1.

[40]Cfr. por ejemplo Benedicto XVI, Discurso, Encuentro con el mundo de la Cultura en el Collège des Bernardins, París, 12 de septiembre de 2008: “La base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura”.

[41]Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[42]Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, I. ¡Señor, que vea!, Rialp, Madrid 1997, 96.

[43]Cfr. los testimonios firmados por religiosos y religiosas en Testimonios sobre el fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1994, 447 p. Cfr. también José Carlos Martín de la Hoz, Un amigo de san Josemaría: José López Ortiz, OSA, obispo e historiador, en “Studia et Documenta” 6 (2012) 67-90; Aldo Capucci, San Josemaría e il beato Ildefonso Schuster (1948-1954), en “Studia et Documenta” 4 (2010) 215-254.

[44]Cfr. por ej. José Luis González Gullón, Josemaría Escrivá de Balaguer en los años treinta: los sacerdotes amigos, en “Studia et Documenta” 3 (2009) 41-106.

[45]Cfr. por ejemplo Testimonios sobre el fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1994: testimonios de: Beato José María García Lahiguera (1903-1989), Arzobispo, fundador de las Oblatas de Cristo Sacerdote (Congregación aprobada en 1950). Otras realidades eclesiales,  por ej. Mons. Juan Hervas Benet (1905-1982), con el apoyo del cual nacieron los Cursillos de Cristiandad (1949): “aquel hombre de Dios [san Josemaría] influyó para alentar una empresa que no era su empresa, y volcó caridad y comprensión sobre un método de espiritualidad y de apostolado laical que iba por caminos distintos del suyo” (p. 202) ; vid. al respecto Francisca Colomer, La relación personal entre san Josemaría Escrivá de Balaguer y Mons. Juan Hervás a través de sus cartas, en “Studia et Documenta” 4 (2010) 185-213. El Padre Joseph-Marie Perrin me ha contado personalmente cómo le ayudaron, para su fundación, Mons. Escrivá de Balaguer y don Álvaro del Portillo.

[46]Por ejemplo, solo durante el Concilio Vaticano II, cfr. Carlo Pioppi, Alcuni incontri di san Josemaría con personalità ecclesiastiche durante gli anni del Concilio Vaticano II, en “Studia et Documenta” 5 (2011) 165-228.

[47]San Josemaría, cit., en Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993, cap. 5, p. 82.

[48]San Josemaría, Autógrafo, facsímile publicado por la Postulación General del Opus Dei, El beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, Roma 1992, p. 117. Se trata del librito que acompañó la beatificación. Es bonito ver que el milagro retenido para la beatificación fue la curación de un tumor de una carmelita, Sor Concepción Bullón Rubio; que el Cardenal Edouard Gagnon, sulpiciano fue el ponente (1990-1991), siendo Relator de la Causa el P. Ambrogio Eszer, dominico.

[49]Javier Echevarría, Carta pastoral con ocasión del “Año de la fe”, 29 de septiembre de 2012, n. 25, en www.opusdei.es/art.php?p=50426. Mons. Javier Echevarría vuelve sobre esto en su intervención durante el Sínodo de Obispos sobre la Nueva evangelización en 2012: cfr. Synodus Episcoporum, Boletín 12, 12 de octubre de 2012, 2-3: “de ese ministerio [el confesonario] florecerán vocaciones para el seminario y la vida religiosa y vocaciones de buenos padres y madres de familia”.

[50]Cfr. José Luis Gutiérrez Gómez, La Prelatura del Opus Dei y los movimientos eclesiales. Aspectos eclesiológicos y canónicos, en http://www.collationes.org/de-documenta-theologica/iure-canonico/item/436.

[51]Cfr. Carlos José Errázuriz, Corso fondamentale sul diritto nella Chiesa, vol. I, Giuffrè, Milano 2009, pp. 261-275.

[52]José Luis Illanes, Tratado de Teología espiritual, Eunsa, Pamplona 2007, 138.

[53]Es uno de los inconvenientes del libro Estados de vida del cristiano de Hans Urs von Balthasar. En Riflessioni su un’opera di Hans Urs von Balthasar (“Annales Theologici” 21 [2007] 61-100), Paul O’Callaghan señala algunos aspectos de una reflexión que muestran los límites de la fundamentación teológica de Balthasar: éstos conciernen el inicio de la humanidad, la identidad de Cristo y de sus primeros discípulos, la cualidad paradigmática de la vida religiosa, el significado de la obediencia y del celibato sacerdotal (cfr. http://www.collationes.org/doctrinalia-ductu/themata-actualium/item/199-riflessioni-su-un%E2%80%99opera-di-hans-urs-von-balthasar).

[54]San Josemaría, Camino, 291. Referencias anteriores en Pedro Rodríguez en Camino, Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2004 3, comentario al punto 291.

[55]Cfr. José Luis Illanes, “Secularidad”, en César Izquierdo - Jutta Burggraf – Félix Mª Arocena (eds.), Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona 2006, pp. 926-932.

[56]San Josemaría, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 1973, 21.

[57]Juan Pablo II, Homilía, Castelgandolfo, 19 de agosto de 1979.