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Sábado, 12 Marzo 2011

11. Fisonomía espiritual de la Obra

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FISONOMÍA ESPIRITUAL DE LA OBRA

 

 

El espíritu del Opus Dei, presente en la Iglesia por voluntad divina para fomentar la búsqueda de la santidad en medio del mundo y llevar a cabo un apostolado amplio y constante, tiene cuatro aspectos fundamentales, estrechamente unidos entre sí: la unidad de vida, la santificación del trabajo, la filiación divina y la piedad doctrinal.

 

1. Unidad de vida

“Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”[1], dice San Pablo para describir la realidad de la vida cristiana; y se podría añadir: la vida del cristiano es, y debe ser, una sola vida, única, unitaria. Sin embargo, debido al pecado, original y personal, el hombre se siente dividido, fragmentado, no sólo en sus relaciones con Dios y con los demás, sino dentro de sí mismo. Jesús hace notar con fuerza la propensión humana hacia la hipocresía[2], la doble vida: la tendencia a profesar una vida religiosa, a hacer ver una rectitud moral, que sencillamente no corresponde a la realidad. Además, el Señor enseñó abiertamente que el fingimiento, la doblez, el disimulo, la falsedad –todo esto es hipocresía, falta de unidad de vida– constituyen un formidable obstáculo para el apostolado cristiano. Bien sabemos que difícilmente arrastra la vida de una persona poco coherente. La grandeza de la vocación cristiana aumenta, si cabe, el peligro de considerarse, o actuar, diversamente de lo que se es, cuando en realidad lo único que los hombres podemos decir, con San Josemaría, es pauper servus et humilis”[siervo pobre y humilde][3]. Además, el hecho de que los fieles de la Prelatura vivan gustosamente en medio del mundo, metidos en los complejos vaivenes de la sociedad, inmersos en situaciones nada ideales, comprometidos en los mismos afanes de sus conciudadanos, en ambientes en ocasiones poco de acuerdo con la fe cristiana, requiere de ellos un empeño especial para no dejarse arrastrar lejos del Señor, pues sin formación y sin vida contemplativa, no podrían dirigir a Dios las estructuras sociales, ni los frutos de su trabajo.

“Cœpit facere et docere —comenzó Jesús a hacer y luego a enseñar: tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar”[4]. Por eso la formación que se imparte en el Opus Dei llevaráa mantener siempre —a no perder— el punto de mira sobrenatural en todas las actividades. No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida, sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones”[5].

La lucha para conseguir la unidad de vida se dirige, contando siempre con la gracia de Dios, a dos cosas. Primero, a reconocer sinceramente, con la ayuda del examen de conciencia hecho “a conciencia”, y de la dirección espiritual personal, las faltas de coherencia, de unidad de vida. Y segundo, a luchar para superarlas, con perseverancia y fiados de la gracia de Dios, pues a fin de cuentas sólo Él es capaz de saldar de nuevo lo que el pecado ha roto, lo que la infidelidad ha resquebrajado. En pocas palabras, para perseverar cristianamente en la existencia y mantenernos en la gracia de Dios, hacen falta la sinceridad de vida y la confianza en el Señor.

 

2. Santificación del trabajo

En segundo lugar, la santificación del trabajo, quicio de la santificación en medio del mundo, según el espíritu del Opus Dei; que además es, como decía San Josemaría, condición sine qua non para el apostolado. Todos los que piden la admisión en la Obra saben que tienen que trabajar mucho, hasta el final de sus vidas, para morir “exprimidos como un limón”[6], con perfección humana y con perfección cristiana. Es preciso trabajar además bien porque Dios quiere que nos ocupemos del mundo que Él mismo creó[7], para llevar todo lo creado hacia Él[8]: el trabajo es la vocación primigenia de todo hombre, llamado a perfeccionar el mundo y a ofrecer esa obra como ofrenda grata a la majestad divina. Además, el Evangelio advierte que Jesús mismo bene omnia fecit [todo lo hizo bien][9].

Con perfección humana, primero, es decir con orden, intensidad, constancia, competencia y espíritu de servicio y de colaboración con los demás; en una palabra, con profesionalidad.Hemos de trabajar como el mejor de los colegas. Y si puede ser, mejor que el mejor. Un hombre sin ilusión profesional no me sirve”[10]. Como ciudadanos corrientes, que eso son los fieles del Opus Dei, han de procurarse una tarea profesional concreta; y es allí donde buscarán y encontrarán su realización humana. “El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara”[11], para que diera fruto y lo mejorara.

Y por otra parte, trabajamos con perfección cristiana, poniendo a Dios en primer lugar, pues la vocación profesional es parte esencial de la vocación divina destinada a cada hombre en la tierra. Cuando se habla de la ‘perfección cristiana’, según el espíritu del Opus Dei, se entiende la perfección con la que las virtudes humanas requeridas para el trabajo bien hecho se colman con la caridad, el amor de Dios y al prójimo, cuidando las cosas pequeñas, dando vibración de eternidad”[12] a todo lo que tenemos entre manos, haciéndolo por la gloria de Dios. En efecto, rectificando la intención, hay que intentar trabajar sólo para que el Señor esté contento con nuestro quehacer, aunque a los ojos del mundo parezca de poco valor, con un desprendimiento interior de cualquier reconocimiento humano: Deo omnis gloria! [¡para Dios toda la gloria!]. En esta lucha por progresar día a día, perseverantemente, con ganas y sin ganas, forjamos, con la ayuda del Señor, la unidad de vida. Mido la eficacia y el valor de las obras, por el grado de santidad que adquieren los instrumentos que las realizan. Con la misma fuerza con que antes os invitaba a trabajar, y a trabajar bien, sin miedo al cansancio; con esa misma insistencia, os invito ahora a tener vida interior”[13].

Fruto directo de la unidad de vida y del trabajo santificado será el apostolado. “No salimos nunca de lo mismo: todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar ese trato continuo con El, de la mañana a la noche. Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte”[14]. “Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el Señor dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata de santificar el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de santificar a los demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su propio estado”[15].

Os lo repito ahora, hijas e hijos míos: trabajad cara a Dios, sin ambicionar gloria humana. Algunos ven en el trabajo un medio para conquistar honores, o para adquirir poder o riqueza que satisfaga su ambición personal, o para sentir el orgullo de la propia capacidad de obrar. Los hijos de Dios en su Opus Dei no vemos jamás en nuestro trabajo profesional algo relacionado con el egoísmo, la vanidad o la soberbia: vemos solamente una posibilidad de servir a todos los hombres por amor a Dios”[16].

 

3. Filiación divina: presencia de Dios, deseo de imitar a Jesucristo, vida de fe, entrega serena y alegre a la divina Voluntad

Trabajamos en todo momento por Dios y para Dios. Pero Dios, Creador del cielo y de la tierra, Señor y Juez de la historia, es nuestro Padre. Se trata del tercer aspecto fundamental del espíritu del Opus Dei: la filiación divina. Cristo, revelándose ante los hombres como perfectus Deus, perfectus homo [perfecto Dios, perfecto hombre][17], ha revelado asimismo que Dios es, en lo más profundo de su ser, Padre. Todos sus atributos, por así decirlo, son paternos: su amor, su misericordia, su fidelidad, su justicia, su veracidad, etc.

Las consecuencias de la filiación divina en la vida cotidiana son muchas. Primero, un espíritu de oración continua, vivida con gran libertad y en toda circunstancia, pues todo lo humano le interesa a nuestro Padre Dios. Hay mil maneras de orar… Los hijos de Dios no necesitan un método, cuadriculado y artificial, para dirigirse a su Padre. El amor es inventivo, industrioso; si amamos, sabremos descubrir caminos personales, íntimos, que nos lleven a este diálogo continuo con el Señor[18].

Luego una gran confianza en Dios que nos conoce, nos llama, nos perdona, nos comprende; esta confianza nos da serenidad y alegría constantes. La alegría es consecuencia necesaria de la filiación divina, de sabernos queridos con predilección por nuestro Padre Dios, que nos acoge, nos ayuda y nos perdona”[19]. Descansad, hijos, en la filiación divina. Dios es un Padre, lleno de ternura, de infinito amor.Llámale Padre muchas veces, y dilea solas que le quieres, que le quieres muchísimo: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo”[20]. “La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo[21].

Finalmente, el hecho de ser hijos de Dios nos lleva a poner nuestras mejores energías para sacar adelante la misión de la Iglesia, en nuestro caso los apostolados que la Iglesia ha confiado a la Obra, con garbo y constancia, como algo propio, algo de nuestra familia.

Camino principal para vivir cada vez más conscientemente la filiación divina es la unión vital con Cristo, Hijo Unigénito del Padre, en la oración, en el trabajo, en el apostolado. San Josemaría caracterizó la vivencia de la filiación divina como un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios; filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia, y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad[22].

 

4. Piedad doctrinal

En cuarto y último lugar, la piedad doctrinal. San Josemaría enseñaba que la piedad era el remedio de los remedios. El hombre enamorado necesita cultivar una piedad honda. Además, la piedad es la virtud por excelencia de los hijos: La piedad que nace de la filiación divina es una actitud profunda del alma, que acaba por informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos”[23].

Pero el Fundador del Opus Dei insistía también que se trataba de una piedad “doctrinal”, remarcando que la santidad sin doctrina no es la santidad que el Señor quiere para los fieles de la Obra. Dios nos llamó: vocación divina para ser santos. Y ¿qué haremos para ser santos? Ser piadosos, y adquirir la doctrina necesaria para conocer bien a Jesucristo, y así amarle. Para conocer bien las cosas de Dios: piedad de niños y doctrina de teólogos; y veréis cómo vamos bien”[24]. Por tanto, la piedad sin la doctrina haría la vida de intimidad con Jesucristo superficial, meramente externa y sentimental. Son necesarios los dos aspectos al mismo tiempo, sin descuidar ninguno: doctrina para alimentar la piedad; piedad para vivificar la doctrina. Además, necesitamos esta piedad doctrinal para alcanzar la unidad de vida, para santificar el trabajo, para vivir como hijos de Dios. “Cuídame, aunque te caigas de viejo –concluye San Josemaría– el afán de formarte más”[25].

 

P. O’Callaghan
Marzo 2011

 

Bibliografía básica

I. Unidad de vida

  • Antonio Aranda Lomeña, La logica dell'unità di vita: L'insegnamento di san Josemaría Escrivá, en “Studi cattolici”, 48 (2004), pp. 636-644
  • Ignacio de Celaya Urrutia, Unidad de vida y plenitud cristiana, en “Scripta Theologica”, 13 (1981), pp. 655-674
  • Alejandro Llano Cifuentes, Universidad y unidad de vida según el Beato Josemaría Escrivá, en “Romana”, 15 (2000), pp. 112-125
  • Dominique Le Tourneau, Las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá sobre la unidad de vida, en “Scripta Theologica”, 31 (1999), pp. 633-676

 

II. Filiación divina

  • San Josemaría, Es Cristo que pasa, Rialp, nn. 57-66
  • Fernando Ocáriz Braña - Ignacio de Celaya Urrutia, Vivir como hijos de Dios: estudios sobre el Beato Josemaría Escrivá, Eunsa, 1993, 2ª ed.
  • Francisco Fernández Carvajal - Pedro Beteta López, Hijos de Dios: la filiación divina que vivió y predicó el Beato Josemaría Escrivá, Palabra, 2003, 6ª ed.
  • José Luis Illanes Maestre, Experiencia cristiana y sentido de la filiación divina en san Josemaría Escrivá de Balaguer, “PATH”, 7 (2008), pp. 461-475

 

III. Santificación del trabajo

  • Juan Pablo II, Encíclica Laborem exercens, 14-IX-1981
  • San Josemaría, Es Cristo que pasa, nn. 39-56; Amigos de Dios, nn. 55-72
  • José Luis Illanes Maestre, La santificación del trabajo, Palabra, 2001, 10ª ed.
  • Fernando Ocáriz Braña, El concepto de santificación del trabajo, Naturaleza, gracia y gloria, Eunsa, 2000, pp. 263-271

 

IV. Piedad doctrinal

  • María del Pilar Río, Piedad, doctrina y unidad de vida a la luz de las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, en P. O'Callaghan (ed.), Figli di Dio nella Chiesa, Edusc, 2004, pp. 271-311

 

© CRIS, 2011

 

 


1Ef 4, 5.

2 Cfr. Mt 6 y 23.

3 San Josemaría, citado en A Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, III, Rialp, p. 473.

4 San Josemaría, Forja, n. 694.

5 San Josemaría, texto tomado de la Carta 6-V-1945, n. 25, citado en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, II, Rialp, p. 577

6 San Josemaría, citado en Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, Plaza&Janes, p. 329

7 Cfr. Gn 1, 27; 2, 15.

8 Cfr. Jn 12, 32.

9Mc 7, 37.

10 San Josemaría, texto tomado de la Carta 15-X-1948, n. 15, citado en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, III, Rialp, p. 94

11Gn 2, 15.

12 San Josemaría, Forja, n. 917.

13 San Josemaría, texto tomado de la Carta 15-X-1948, n. 20, citado en E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), III, cap. IX, apartado 5.3.

14 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 10.

15 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 122.

16 San Josemaría, texto tomado de la Carta 15-X-1948, n. 18, citado en E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), II, cap. IV, apartado 3.21.

17 Símbolo Quicumque.

18 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 255.

19 San Josemaría, Forja, n. 332.

20 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 150; cfr. Forja, n. 331.

21 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 65.

22 San Josemaría, testimonial de Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, Summarium de la Causa de beatificación y canonización. Positio super vita et virtutibus, Roma 1988, citado en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, III, Rialp, p. 423.

23 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 146.

24 Cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 10. Para un estudio de la expresión "piedad de niños y doctrina de teólogos", cfr. M. P. Río, Piedad, doctrina y unidad de vida a la luz de las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, en A.A. V.V., La grandeza de la vida corriente, cit., vol. V/1, pp. 281-292.

25 San Josemaría, Surco, n. 538.