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Jueves, 07 Octubre 2010

45. Labor de San Rafael (I)

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Labor de San Rafael (I)

 

 

En 1932, durante un retiro espiritual, San Josemaría tuvo la inspiración divina de invocar por primera vez a los patronos de los diferentes campos apostólicos que componen el Opus Dei: los Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael; y los Apóstoles San Pedro, San Pablo y San Juan. Bajo el patrocinio de San Rafael y de San Juan se encuadra la labor u obra de San Rafael, nombre con el que se denomina el apostolado que, sin constituir ninguna asociación o agrupación, realizan los fieles del Opus Dei con la juventud[1].

La tarea pastoral que la Obra desempeña al servicio de la Iglesia se puede resumir en enseñar, a mucha gente, que todos los momentos y circunstancias de la vida pueden convertirse en ocasión de amor a Dios, y de servicio alegre y sencillo a las almas. Aunque el Opus Dei y sus apostolados están abiertos a cualquier persona, la labor con los jóvenes, esperanza de la Iglesia, será siempre una prioridad[2]. Por eso, cuando se comienza el trabajo apostólico en un nuevo lugar, se empieza por la obra de San Rafael, y todos los fieles de la Prelatura, cada uno en la medida de sus posibilidades, colaboran en esta tarea con su tiempo e iniciativa.

El objetivo esencial e inmediato de la obra de San Rafael es ofrecer formación cristiana y humana, tanto a universitarios y estudiantes de escuelas secundarias, como a jóvenes de diversas profesiones y condiciones sociales. De manera práctica, adecuada a las circunstancias personales de cada uno, se ayuda a profundizar en las riquezas de la fe y en las consecuencias que tiene llevar una vida acorde al Evangelio y a los compromisos bautismales. En definitiva, se trata de favorecer que la gente joven desarrolle sus capacidades humanas y espirituales y las ponga al servicio de Dios y de los demás: formar hijos fieles de la Iglesia, ciudadanos ejemplares, cristianos libres y consecuentes en su vida profesional, familiar y social.

“La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión [...]. En la vida de cada fiel laico hay además momentos particularmente significativos y decisivos para discernir la llamada de Dios y para acoger la misión que Él confía. Entre ellos están los momentos de la adolescencia y de la juventud”[3]. La labor de San Rafael facilita que los jóvenes tengan un encuentro personal con Jesucristo y, como consecuencia, que cada uno descubra nuevos horizontes vitales y corresponda a su llamada en la Iglesia[4]. Esta tarea sobrenatural de formación está impregnada del respeto a la libertad característico del espíritu del Opus Dei, y mira a despertar en los jóvenes el ideal de un compromiso cristiano vivido de lleno. “Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente, para dar consistencia y significado a nuestra libertad”[5].

La profunda formación espiritual y humana que reciben, pone a muchas personas jóvenes –con edad y madurez suficiente para saber bien qué hacen– en condiciones de conocer, prepararse y corresponder a su vocación cristiana, con libertad, alegría y responsabilidad. Como es lógico, la mayor parte de los que participan en los medios de formación del Opus Dei, en el futuro, serán padres de familia. A todos se enseña, como insistió siempre San Josemaría, que el matrimonio es auténtica vocación divina, para servir al Señor tratando de hacer de la familia un hogar cristiano, luminoso y alegre. Si lo desean, más adelante podrán participar en la labor de San Gabriel. Otros perciben que Dios les llama al Opus Dei viviendo el don del celibato apostólico, elección de amor que lleva a darse al Señor con todo el corazón. Para éstos, la labor de San Rafael suele ser el medio ordinario para prepararse a recibir la llamada divina al Opus Dei como Numerarios o Agregados. Y, con la gracia de Dios, tampoco faltan jóvenes a los que se orienta hacia el sacerdocio o hacia la vida religiosa, si ésa es su vocación.

1. Centros de San Rafael: ambiente

San Josemaría dispuso que en los centros de San Rafael se enmarcara el texto del Señor sobre el mandamiento nuevo[6], como recordatorio del ambiente de caridad, de fraternidad humana y sobrenatural, que tiene que presidir toda la labor que ahí se realiza. El clima de cariño, de alegría y de confianza que se respira –de familia cristiana– facilita que los que acuden al centro sientan la casa como propia, aprendan a tener detalles de servicio con los demás, y colaboren con pequeños encargos materiales.

A través de los distintos medios de formación, se enseña a los jóvenes que, como Jesucristo, perfectus Deus, perfectus homo (perfecto Dios, perfecto Hombre), para llegar a la santidad, han de ser muy humanos. Ser buenos hijos de Dios comporta ser buenos estudiantes, buenos profesionales, buenos hijos, buenos hermanos, buenos amigos. Con ejemplos prácticos, se explica el modo de ejercitarse en las distintas virtudes del cristiano, que no es otra cosa que identificarse con los sentimientos que tuvo Jesucristo[7]: espíritu de servicio, generosidad, amabilidad en el trato, alegría, fortaleza, templanza, sinceridad, etc. En particular, se recuerda con frecuencia el valor humano y sobrenatural del estudio –que es obligación grave[8]–, y que han de ejercitar la justicia y la caridad en el cumplimiento de sus deberes. Al mismo tiempo, se habla de la responsabilidad por adquirir una sólida formación profesional, con afán de servir mejor a la sociedad. Como resultado del espíritu de santificación a través del trabajo ordinario, en los centros de San Rafael se crea un ambiente de laboriosidad y de aprovechamiento del tiempo.

Junto con las virtudes humanas, se ayuda a descubrir y a crecer en amistad con Jesucristo en medio de los quehaceres ordinarios. En este sentido, un primer aspecto que se enseña es que la vida cristiana requiere una sólida formación doctrinal que comienza por el estudio –o el repaso– del Catecismo de la Iglesia Católica. Así mismo, desde el principio se explica que “la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”[9]. Por tanto, el auténtico progreso en la vida espiritual –que se resume en el progreso de la virtud de la caridad– se manifiesta en un intenso apostolado con parientes, amigos y compañeros: rezar por los que nos rodean, interesarse por su situación cristiana y humana, y tratar de acercarles a Dios extremando la delicadeza. En definitiva, a todos se les transmite un hondo sentido del amor cristiano para que, de modo natural, crezca el deseo eficaz de hacer apostolado. “Vive tu vida ordinaria; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla –a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte– charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos, aunque a veces algunos no quieran darse cuenta: las irán entendiendo más, cuando comiencen a buscar de verdad a Dios”[10].

2. Dirección espiritual

La dirección espiritual aparece en la vida de la Iglesia, como medio tradicional para acompañar y orientar al cristiano[11]. “Conocéis de sobra las obligaciones de vuestro camino de cristianos, que os conducirán sin pausa y con calma a la santidad; estáis también precavidos contra las dificultades, prácticamente contra todas, porque se vislumbran ya desde los principios del camino. Ahora os insisto en que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis todas vuestras ilusiones santas y los problemas cotidianos que afecten a la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias”[12].

En el Opus Dei hay amplia experiencia de la eficacia de la dirección espiritual que proporcionan sacerdotes y laicos. Constituye una gran tarea de apoyo humano y espiritual para que muchas personas, con la ayuda de la gracia, encuentren a Cristo, en el ejercicio generoso de su libertad y responsabilidad personales. De ordinario, se facilita en los centros de San Rafael, pero también se puede hacer en una iglesia, en la capellanía de una universidad, en un colegio promovido por amigos o fieles de la Prelatura, etc. Naturalmente, al explicar la conveniencia de la dirección espiritual se respeta la libertad de las conciencias: se ofrece esta ayuda, eficaz para su vida interior, a los que libremente lo desean, sin imponerla a nadie. En los lugares donde es poco conocido su gran valor, se explica adecuadamente, dándole otro nombre, si es preciso, para que se entienda su importancia y utilidad.

La tarea de dirección espiritual hay que orientarla no dedicándose a fabricar criaturas que carecen de juicio propio, y que se limitan a ejecutar materialmente lo que otro les dice; por el contrario, la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio. Y el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad”[13]. Las personas que buscan acompañamiento espiritual reciben aliento para su vida cristiana. Se les impulsa a adquirir una piedad honda, basada en el espíritu de filiación divina, orientada a conocer y amar a Jesucristo y, con Él y en Él, al Padre y al Espíritu Santo. Se anima a cultivar el recurso confiado a la Santísima Virgen, el amor a la Iglesia, la veneración y el cariño al Papa y a los Obispos. Se les orienta a frecuentar los sacramentos y a comenzar y recomenzar en sus luchas con alegría, humildad y confianza en la gracia.

Se habla especialmente de la santificación de la vida cotidiana; cómo convertir el trabajo en oración y cumplir, con espíritu cristiano, las obligaciones de justicia y caridad, especialmente con los más necesitados. Se conversa de todo lo que pueda favorecer la limpieza de corazón, la santa pureza, presupuesto para alcanzar la intimidad con Jesús[14]. De este modo, también se refuerza la propia personalidad. Se estimula a imitar la fidelidad de Cristo al Padre, con coherencia, siendo siempre la misma persona en casa, en el trabajo, en el trato con los amigos, en la diversión y en el descanso, sin mimetizarse en el ambiente. Los muchachos reciben apoyo para mantenerse unidos a la Cruz del Señor, especialmente en los detalles de servicio y en el cuidado de las cosas –pequeñas y grandes– que hacen agradable el trato con los demás. En una palabra, se ayuda a vivir de manera consecuente y coherente con la fe, que es el camino para ser felices en la tierra y después en el Cielo.

3. Amistad humana y sobrenatural

El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad”[15]. Esta caridad que empapa toda la formación que se proporciona en los centros de San Rafael, se vive a través de la amistad humana y sobrenatural. “Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano –el único que merece la pena–, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios”[16].

Como hizo siempre San Josemaría, se ha de aprender a escuchar, comprender, disculpar y animar con el ejemplo y con una exigencia llena de cariño y de paciencia. Formar no se reduce a dar lecciones; enseñar y aprender van unidos al afán de servirse mutuamente con alegría. El empeño sobrenatural y humano por la mejora espiritual de la gente joven lleva a atenderlos con solicitud y delicadeza, para que ahonden progresivamente en el trato con Jesucristo. Con la gracia de Dios y una amistad profunda y sincera, los jóvenes que participan de los medios de formación del Opus Dei, poco a poco, se van acercando al Señor y se contagian del fuego de su amor.

La amistad, además de medios sobrenaturales, exige tiempo y generosidad. “Cuando te hablo de ‘apostolado de amistad’, me refiero a amistad ‘personal’, sacrificada, sincera: de tú a tú, de corazón a corazón”[17]. Supone apertura de mente y de corazón y también un “esfuerzo cordial por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas, ni a aceptarlas”[18]. Lógicamente, el apostolado podrá llevar a invitaciones a encuentros de formación, pero esto no será más que una manifestación de algo mucho más profundo y esencial que el hecho de participar en unas actividades determinadas. San Josemaría decía que había que dedicar a cada alma el tiempo que necesite, y ponía como ejemplo la paciencia de los monjes del medioevo para miniar –hoja a hoja– un códice. Se facilita su progreso acompañando a cada uno sin brusquedades, con comprensión, sin forzar; viendo siempre primero lo positivo de cada persona. Y, cuando alguno no responde, o parece incluso que retrocede, es indispensable tener más paciencia todavía, ayudarle con la oración y con el trato personal: así se demuestra también la rectitud de intención de una amistad sincera.

 

M. Díez
Octubre 2010

Bibliografía básica

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1435, 2695
  • Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, 30-XII-1988, nn. 57-64
  • San Josemaría, Camino, nn. 56-80; 360-386; 902-928
  • San Josemaría, Surco, nn. 727-768
  • Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo I, Rialp, Madrid 1998, pp. 474-484

 

 

© ISSRA, 2010

 

 


1 El recurso a San Rafael tiene sus raíces en la Sagrada Escritura, que cuenta cómo el anciano Tobit pide al Arcángel San Rafael que se haga cargo de su hijo Tobías, para “acompañarle y servirle de guía» (Tb 5,10), en un largo viaje, durante el cual el muchacho conocerá los designios de Dios sobre su vida.

2 Cfr. Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum Educationis, n. 2.

3 Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 58.

4 “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, n. 1).

5 Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la IV Asamblea eclesial nacional italiana, Verona, 19-X-2006.

6 Mandatum novum do vobis: ut diligatis invicem, sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem. In hoc cognoscent omnes quia discipuli mei estis, si dilectionem habueritis ad invicem: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros” (Jn 13, 34-35).

7 Cfr. Flp 2, 5 ss.

8 Cfr. San Josemaría, Camino, n. 334.

9 Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 2; cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 863.

10 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 273.

11 Por ejemplo, cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1435, 2695.

12 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 15; cfr. Camino, nn. 59, 60, 62, 63.

13 San Josemaría, Conversaciones, n. 93.

14 Cfr. Mt 5, 8; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2336.

15 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 226.

16 San Josemaría, Forja, n. 943.

17 San Josemaría, Surco, n. 191.

18 San Josemaría, Surco, n. 746.

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