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Lunes, 12 Julio 2010

16. Cosas pequeñas

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COSAS PEQUEÑAS

1. Con ocasión de algunas canonizaciones, el Magisterio de la Iglesia ha enseñado que la santidad no requiere llevar a cabo acciones extraordinarias sino que “consiste propiamente sólo en la conformidad con el querer de Dios, expresada en un continuo y exacto cumplimiento de los deberes del propio estado”1

Éste es también el sencillo camino de santidad que propone San Josemaría: “¿Quieres de verdad ser santo? –Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces2.

Las palabras anteriores muestran dos exigencias de la santidad: una material (“haz lo que debes”: cumplir el pequeño deber de cada momento, y cumplirlo sin retrasos: hodie, nunc, hoy, ahora) y otra formal (“está en lo que haces”: cumplirlo con perfección y empeño, por amor a Dios). Estas dos exigencias confluyen en una sola: el cuidado amoroso de las cosas pequeñas. Porque, en la práctica, los propios deberes no son cosas materialmente grandes sino “pequeños deberes” de cada momento; y porque la perfección de su cumplimiento consiste también en “cosas pequeñas” (en actos de virtud en cosas pequeñas).

En la base de estas dos exigencias se encuentra la idea de que, para la santidad, es prioritario el amor respecto a la materialidad de las obras. “Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!3. El valor de las obras en el plano de la santificación y del apostolado no deriva principalmente de su relieve humano (de que sean importantes en su materialidad), sino del amor a Dios con que se realizan. Ese amor se manifiesta muchas veces en “cosas pequeñas” en el trato con Dios y con los demás: desde un detalle de piedad como rezar bien una oración vocal o una genuflexión bien hecha ante el sagrario, hasta un gesto de buena educación o de amabilidad. El amor convierte en grande lo que a ojos humanos resulta ínfimo: “Hacedlo todo por Amor. –Así no hay cosas pequeñas: todo es grande4. “Las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de cosas pequeñas en apariencia5



2. Lo anterior (la prioridad del amor) no debe llevar a pensar que la perfección objetiva, externa, de las obras que se realizan es poco importante. San Josemaría insiste también en esto último. Para comprender mejor su enseñanza conviene reflexionar algo más sobre el significado de la expresión “cosas pequeñas”.

Ante todo, no hay que imaginar las “cosas pequeñas” principalmente como realidades externas a nosotros. Por ejemplo, en el caso de “una puerta abierta que debería estar cerrada”, la “cosa pequeña” no es la puerta abierta, sino el acto de cerrarla practicando la virtud del orden por amor a Dios. Es decir, las “cosas pequeñas” son ante todo actos virtuosos interiores, que se califican de “pequeños” no por la intensidad del acto (que como tal puede ser muy grande), sino por algún otro motivo, como su poca duración o su escasa relevancia en el plano humano (como sucede con muchos detalles de orden, independientemente de que, además, puedan tener notables consecuencias: piénsese en lo que puede suponer dejar mal cerrada la puerta de un frigorífico).

Cuando San Josemaría habla de la importancia de las “cosas pequeñas”, se refiere unas veces a “cosas pequeñas espirituales” que son actos únicamente interiores, aunque se realicen con ocasión de actividades externas (por ejemplo, decir una jaculatoria al cerrar una puerta, o renovar en el corazón el ofrecimiento del trabajo a Dios); otras veces, en cambio, piensa en “cosas pequeñas materiales”: actos que tienen por objeto un detalle exterior que contribuye a mejorar objetivamente el estado de cosas a nuestro alrededor, aunque sea en grado mínimo (por ejemplo, arreglar un desperfecto, para servir a los demás por amor a Dios).

En el caso de estas últimas –las “cosas pequeñas materiales”–, San Josemaría atribuye importancia también a su efecto exterior aunque, su valor para la santidad reside prioritariamente en el amor con que se realizan, como ya se ha dicho. Está claro que las cosas pequeñas son valiosas por el amor, gracias al cual pueden hacerse “grandes”, pero esto – dentro de la “lógica de la Encarnación” que preside la doctrina de San Josemaría– es inseparable del valor que posee “hacer las cosas bien”, esmerarse en su ejecución. Desde luego, no pierden mérito sobrenatural cuando, a pesar de la buena voluntad de obrar con perfección poniendo todos los medios para que las cosas “salgan bien”, no se consigue el efecto deseado; pero la voluntad no sería buena sin el real interés por lograr que los resultados sean buenos.

Ese interés está presente de continuo en los textos de San Josemaría. Ya hemos visto antes que enseña a “estar en lo que haces”; otras veces exhorta a realizar con perfección las propias tareas hasta poner “la última piedra”6; a “dejar las cosas acabadas, con humana perfección”7, de modo que sea una “labor primorosa, acabada como una filigrana, cabal”8, y recuerda en este sentido los versos de un poeta de Castilla: “el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”9.

Mientras que clásicamente el acento se ha puesto sólo en el amor y no en la perfección misma de la obra realizada, San Josemaría insiste también en este sentido objetivo. El “cuidado de las cosas pequeñas” es central no sólo porque confiere a los actos interiores de las virtudes “la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección”10 –que sigue siendo lo principal–, sino también porque contribuyen a ordenar las cosas de este mundo como Dios quiere, haciendo que reflejen objetivamente, de algún modo, las perfecciones divinas.

 

3. Numerosos santos y maestros de vida espiritual han enseñado a lo largo de la historia el valor de las cosas pequeñas, sobre todo de las “cosas pequeñas espirituales”: desde San Agustín (s. V)11 y San Gregorio Magno (s. VI)12, a Santa Teresa de Jesús (s. XVI)13, San Juan de la Cruz (s. XVI)14 y Santa Teresa de Lisieux (s. XIX)15.

Para todos ellos, el cuidado de las “cosas pequeñas” es muy importante para la santidad. La razón es fácilmente comprensible si se tiene en cuenta que la santidad implica crecimiento en la gracia divina y “Dios resiste a los soberbios pero da su gracia a los humildes” (cfr. 1P 5, 5; St 4, 6). En esto advierten el gran valor de las cosas pequeñas, porque el hecho de que sean “pequeñas” favorece la humildad, contribuyendo a quitar el obstáculo de la soberbia que impide recibir la gracia de Dios. Cuando se trata de acciones importantes, es más fácil caer en la vanagloria. Pero las “cosas pequeñas” suelen pasar inadvertidas a los demás y no reciben recompensa humana: sólo Dios las ve y premia el amor que se ha puesto en esos detalles.

La doctrina de San Josemaría está en continuidad con la tradición de los santos, pero a la vez renueva esa tradición gracias a la luz que Dios le concedió el 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, para predicar la santidad en la vida ordinaria. Por este motivo, dentro de su enseñanza, la importancia de las cosas pequeñas está estrechamente unida a dos rasgos esenciales del espíritu que transmite: el sentido de la filiación divina, “fundamento” de la vida cristiana, y la santificación del trabajo profesional, “eje” de la santidad en medio del mundo.

Por una parte, a la filiación divina. ¿Qué puede ofrecer un hijo de Dios a su Padre, sino “cosas pequeñas”? “Alguno puede tal vez imaginar que en la vida ordinaria hay poco que ofrecer a Dios: pequeñeces, naderías. Un niño pequeño, queriendo agradar a su padre, le ofrece lo que tiene: un soldadito de plomo descabezado, un carrete sin hilo, unas piedrecitas, dos botones: todo lo que tiene de valor en sus bolsillos, sus tesoros. Y el padre no considera la puerilidad del regalo: lo agradece y estrecha al hijo contra su corazón, con inmensa ternura. Obremos así con Dios, que esas niñerías –esas pequeñeces– se hacen cosas grandes, porque es grande el amor: eso es lo nuestro, hacer heroicos por Amor los pequeños detalles de cada día, de cada instante”16.

Por otra parte, el cuidado de las cosas pequeñas es imprescindible para santificar el trabajo, porque la perfección del trabajo –requisito esencial de su santificación– consiste en “cosas pequeñas”, según el ejemplo de Jesús durante los años de vida en Nazaret, en los que no realizó acciones extraordinarias sino corrientes y menudas. “Realizad pues vuestro trabajo sabiendo que Dios lo contempla: laborem manuum mearum respexit Deus (Gn 31, 42). Ha de ser la nuestra, por tanto, tarea santa y digna de Él: no sólo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad, con justicia”17



4. La santidad requiere siempre heroísmo. En la antigüedad clásica los “héroes” eran personajes –reales o mitológicos– a los que se atribuían hazañas extraordinarias. El heroísmo era privilegio de unos pocos y estaba fuera de la vida corriente. Para los cristianos no es así. Hoy, como ayer, del cristiano se espera heroísmo18; “no es nunca la santidad cosa mediocre”19.

El heroísmo hace referencia a la lucha. La vida cristiana exige lucha heroica, por amor a Dios, contra todo lo que se opone a la santidad. No sólo contra el pecado mortal, sino contra el venial. “El que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 19). “Los pecados veniales hacen mucho daño al alma. -Por eso, "capite nobis vulpes parvulas, quæ demoliuntur vineas", dice el Señor en el "Cantar de los Cantares": cazad las pequeñas raposas que destruyen la viña”20.

También es preciso combatir la inclinación al pecado que anida en toda persona, y combatirla en cosas pequeñas. A este respecto la Sagrada Escritura advierte que “quien desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá” (Si 19, 1). La táctica eficaz es plantear el combate en cosas pequeñas. “Ese modo sobrenatural de proceder es una verdadera táctica militar. –Sostienes la guerra –las luchas diarias de tu vida interior– en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza. Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. –Y si llega, llega sin eficacia”21. Este es el camino para ser fieles al amor a Dios en lo grande: “Quien es fiel en lo poco también será fiel en lo mucho” (Lc 16, 10).

Medio para combatir esa inclinación al mal (también llamada concupiscencia), es la mortificación. El consejo de San Josemaría a este respecto es que “la mortificación hay que buscarla en las cosas pequeñas y ordinarias, en el trabajo intenso, constante y ordenado. Cosas pequeñas que no te hacen perder la salud, pero que te mantienen encendido. Mortificación en las comidas. Minutos heroicos a lo largo del día. Puntualidad. Orden. Guarda de la vista por la calle, con naturalidad. Docenas y docenas de detalles y ocasiones bien aprovechadas”22 Señala, como ejemplos de “pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición...”23

La lucha de los hijos de Dios no es meramente defensa, sino sobre todo ataque, conquista. Es preciso esforzarse en manifestar el amor a Dios en cosas pequeñas. Quien ama descubre multitud de detalles que puede cuidar, multitud de ocasiones de hacer pequeños servicios, “ofreciendo cosas –grandes y pequeñas– por amor”24, pensando en la Iglesia, en el Papa, en las almas. El Señor contempla esos detalles que pueden costar mucho sacrificio, como contempló la generosidad de aquella mujer que entregó “dos monedas pequeñas” para el culto en el templo: “Llamando a sus discípulos, les dijo: –En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento” (Mc 12, 43-44).

El heroísmo en las cosas pequeñas tiene como recompensa una corona grande. Dios premia la lucha en las “cosas pequeñas” por amor suyo, con la gloria del Cielo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor” (Mt 25, 21; cfr. Lc 19, 17). “Porque fuiste “in pauca fidelis” –fiel en lo poco–, entra en el gozo de tu Señor. –Son palabras de Cristo. –”In pauca fidelis!...”–¿Desdeñarás ahora las cosas pequeñas si se promete la gloria a quienes las guardan?”25

 

5. La vida cotidiana es el campo de batalla donde ha de tener lugar el heroísmo del cristiano. Se puede vivir heroicamente la vida cotidiana: “convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico”26. Así como las acciones más sencillas del Señor durante su vida en Nazaret –el trabajo diario, la vida familiar, el trato con todas las personas–, eran heroicas por el amor con que las realizaba, así también la vida corriente del cristiano puede ser heroica, con el heroísmo de las “cosas pequeñas”.

No hacen falta proezas espectaculares. Suele decir San Josemaría que, al ser nuestra vida común y corriente, pretender servir a Dios con cosas grandes sería como intentar ir a la caza de leones en los pasillos. “Es la historia de Tartarín de Tarascón, que tantas veces os he recordado. No encontraréis leones por los pasillos de la casa. En cambio, hay una multitud de pequeñeces que requieren heroísmo: algunas, por su continuidad; otras, precisamente por su escaso relieve humano”27. “Lo que es pequeño, pequeño es; pero el que es fiel en lo pequeño, ése es grande”28

Los actos virtuosos en la vida ordinaria suelen consistir en detalles fáciles de realizar si se toman aisladamente. Lo heroico es su número y su continuidad silenciosa, sin la recompensa de la admiración. “El verdadero heroísmo está en lo vulgar, en lo cotidiano, hecho una vez y siempre, con perseverancia, cara a Dios y con un empeño que nada haga desfallecer”29. Es “el heroísmo de la perseverancia en lo corriente, en lo de todos los días”30, porque “la perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo31

Heroísmo en lo ordinario es el de la Santísima Virgen, “Maestra del sacrificio escondido y silencioso”32 Es el heroísmo de Jesús en los años de vida oculta, modelo supremo de virtud en la existencia corriente. Sin hacer nada fuera de lo común, obra heroicamente en cada momento, con una entrega plena a la Voluntad del Padre que le llevará a dar la vida en la Cruz. En el Calvario manifestará su amor y sus virtudes humanas perfectas mediante su Pasión y Muerte, pero ese amor y esas mismas virtudes ya estaban presentes en todo lo que hacía en Nazaret. Por eso, el cristiano ha de mirar a Cristo en la Cruz para aprender a vivir las virtudes al llevar su cruz de cada día33



6. San Josemaría ha enseñado la importancia de las “cosas pequeñas” con el ejemplo de su vida, no sólo con sus escritos y predicación. Mons. Álvaro del Portillo testimonia que el cuidado de las cosas pequeñas es una “línea básica”34 de su espíritu y comenta: “era maravilloso que un hombre que fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor35. Quería con toda su alma imitar a Cristo que, en cuanto Dios, tiene siempre presente desde lo más grande a lo más pequeño: el vestido de la hierba del campo (cfr. Mt 6, 20), los cabellos de nuestra cabeza (cfr. Mt 10, 30), etc.

“Nos enseñaba con su ejemplo a cuidar atentamente muchos detalles: desde la conservación de los edificios hasta el buen funcionamiento del instrumento de trabajo más pequeño. Repetía que cada objeto debía usarse para lo que ha sido hecho”36 Daba importancia a la decoración de una casa, insistía en el cuidado de las cosas de uso personal –la ropa, los utensilios de la labor profesional, etc.–, hacía ver el valor del orden material, de la puntualidad, de la limpieza...37.

 

J. López

Julio 2010

 

Bibliografía básica

 

San Josemaría, Camino, nn. 813-830; Surco, nn. 737, 991; Forja, nn. 82, 203; Conversaciones, n. 109, 114, 116; Amigos de Dios, nn. 7-10

P. Rodríguez, Edición crítico-histórica de “Camino”, Rialp, 3ª ed., Madrid 2004: comentarios a los nn. 813-840

A. Malo, El sentido antropológico cristiano de la frase: «Haz lo que debes y está en lo que haces», en AaVv., La grandezza della vita quotidiana, vol. III: La dignità della persona umana, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2003, pp. 127-140

 

 

 

© ISSRA, 2010

 

 


 

 

1 Benedicto XV, Decreto de las virtudes heroicas del venerable Antonio M. Gianelli: AAS 12 (1920) 173. Cfr. Pío XII, Homilía 5-IV-1948: AAS 40 (1948) 149.

2 San Josemaría, Camino, n. 815. El presente guión se limita a tratar de la importancia de las “cosas pequeñas” en la enseñanza de San Josemaría.

3 San Josemaría, Camino, n. 814.

4 San Josemaría, Camino, n. 813.

5 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 44.

6 San Josemaría, Forja, n. 489.

7 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 50.

8 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 63.

9 Antonio Machado, Proverbios y cantares, XXIV: citado en San Josemaría, Conversaciones, n. 116.

10 San Josemaría, Camino, n. 20.

11 Cfr. San Agustín, Confessiones, c. VIII, 18; In Ioannis Evangelium tractatus, 12, 14 (PL 35, 1491-1492); Enarrationes in Psalmos, 39, 22 (PL 36, 447-448); Sermo 58, 10 (PL 38, 398); Sermo 69, 1, 2 (PL 38, 442);Ep. 265 ad Seleucianae, 8 (PL 33, 1089).

12 San Gregorio Magno, Regula pastoralis, III, 33 (PL 77, 116).

13 Pueden verse numerosos textos en: E. Hennessey, La noción de “cosas pequeñas” en cuatro autores espirituales del Siglo de Oro español, Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma 2009, cap. 2.

14 Ibidem, c. 3.

15 Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, Editorial Católica, Madrid 1997, caps. 7, 9, 11.

16 San Josemaría, en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. II, cap. VI, apartado 4.6.

17 San Josemaría, en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. III, cap. VII, apartado 2.2.1.b).

18 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 82.

19 San Josemaría, . en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. I, Parte preliminar, apartado III, 1.c).

20 San Josemaría, Camino, n. 329.

21 San Josemaría, Camino, n. 307.

22 San Josemaría, Apuntes tomados de la predicación, 13-IV-1954 (AGP, P18, p. 61): . en E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. III, cap. VIII, apartado 2.5.1).

23 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 37.

24 San Josemaría, Forja, n. 784.

25 San Josemaría, Camino, n. 819.

26 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 50.

27 San Josemaría, . en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. II, cap. VI, apartado 4.6.

28 San Agustín, De doctr. christ., 14, 35.

29 San Josemaría, en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. II, cap. VI, apartado 4.6.

30 San Josemaría, . en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. II, cap. VI, apartado 4.6.

31 San Josemaría, Camino, n. 813. Cfr. Forja, n. 85.

32 Ibid, n. 509. Cfr. Es Cristo que pasa, n. 172.

33 Cfr. ibid., n. 277; Es Cristo que pasa, n. 58; Santo Tomás de Aquino, Super Symbolum Apostolorum, c. 6 (“En la Cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes...”).

34 Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Madrid 1993, p. 78.

35 Idem

36 Ibid, p. 185.

37 Cfr. Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, Barcelona 1995, cap. XV (pp. 311 ss.), refleja muy bien este rasgo.

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