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Lunes, 12 Julio 2010

22. Naturalidad

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NATURALIDAD

 

 

1. La naturalidad es una virtud que brilla especialmente en los primeros cristianos. Ciudadanos corrientes antes de conocer el Evangelio, continuaban siéndolo al abrazar la fe. La luz de Cristo que había prendido en sus corazones les llevaba a santificar sus actividades, no a abandonarlas ni a cambiarlas. “No dejamos de frecuentar el foro –escribe Tertuliano a finales del siglo II–, el mercado, los baños, las tiendas, las oficinas, las hosterías y ferias; no dejamos de relacionarnos, de convivir con vosotros en este mundo. Con vosotros navegamos, vamos a la milicia, trabajamos la tierra y de su fruto hacemos comercio. Y vendemos al pueblo para vuestro uso los productos de nuestros quehaceres y fatigas”[1]. “Los cristianos –se lee en otro documento del siglo II– no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su idioma, ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. [...] Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable y, por confesión de todos, sorprendente”[2]. Son del mundo si ser mundanos: viven con naturalidad cristiana.

En esa vida corriente procuraban difundir su fe para llevar a cabo la misión apostólica. Con tanta decisión lo hacían, que el filósofo pagano Celso los acusaba de aprovecharse de sus profesiones –zapateros, maestros, lavanderos, etc.– para sembrar en las casas y en toda la sociedad la semilla del Evangelio[3]. En definitiva, eran cristianos que trataban de plasmar la doctrina de Cristo en sus quehaceres cotidianos y de propagarla en los ambientes que frecuentaban, con su ejemplo y su palabra, siguiendo la enseñanza del Señor: “Brille vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos”[4]. Las “buenas obras”, y no unos particulares distintivos externos, daban testimonio de su fe. Actuaban como la levadura que fermenta la masa, con naturalidad, sin salirse de su sitio, sin actitudes extrañas que les hubieran apartado de los demás ciudadanos honrados haciendo ineficaz su afán apostólico.

Este espíritu de santificación y de apostolado en medio del mundo es el precedente más claro del mensaje de San Josemaría. “Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos”[5]. De igual modo, quienes siguen el camino de santidad que enseña San Josemaría “son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe”[6].

De ahí la importancia que San Josemaría concede a la “naturalidad”[7].

2. En general, la naturalidad cristiana es una virtud que lleva a vivir coherentemente la fe comportándose, en las relaciones con los demás, de acuerdo con lo que cada uno es. En este sentido forma parte de la humildad.

Sus manifestaciones externas pueden ser diversas, según el estado y condición de cada uno. Hay una naturalidad propia de los sacerdotes, que les lleva a conducirse de modo conforme a su ministerio sagrado, que es un ministerio público; hay una naturalidad propia de los fieles laicos, que consiste en vivir coherentemente la fe en su ambiente profesional y social, dando asimismo testimonio de Cristo pero no como quien ostenta un oficio público de la Iglesia, sino de modo acorde a su condición de ciudadanos y de profesionales como los demás.

Cuando San Josemaría habla de naturalidad, se refiere sobre todo a esta última, la de los fieles laicos. Afirma que “no es necesario, para demostrar que se es cristiano, adornarse con un puñado de distintivos, porque el cristianismo se manifestará con sencillez en la vida de los que conocen su fe y luchan por ponerla en práctica, en el esfuerzo por portarse bien, en la alegría con que tratan las cosas de Dios, en la ilusión con que viven la caridad”[8]. Como modelo remite a la conducta del Señor durante los años de vida en Nazaret: “Al comportarnos con normalidad –como nuestros iguales– y con sentido sobrenatural, no hacemos más que seguir el ejemplo de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Fijaos en que toda su vida está llena de naturalidad. Pasa seis lustros oculto, sin llamar la atención, como un trabajador más, y le conocen en su aldea como el hijo del carpintero”[9].

3. Para comprender bien esta doctrina hay que tener en cuenta que lo “natural” o lo “normal” para un cristiano no es siempre y por principio “hacer lo que hacen los demás”, “no llamar la atención”, “acomodarse a las costumbres dominantes”... Lo natural para un fiel corriente es vivir íntegramente su fe, sin ostentaciones impropias de la condición de vida en la que Dios le ha llamado a la santidad y al apostolado. “Naturalidad. Que vuestra vida de caballeros cristianos, de mujeres cristianas –vuestra sal y vuestra luz– fluya espontáneamente, sin rarezas, ni ñoñerías: llevad siempre con vosotros nuestro espíritu de sencillez”[10]. El cristiano no tiene que procurar ser “igual que los demás”, si los demás no obran bien; tiene, en cambio, que comportarse de modo congruente con su fe “como sus iguales”[11] en la vida profesional y social, es decir, como cualquier ciudadano corriente que quiera ser un cristiano coherente.

Es lógico que quienes traten a un cristiano que busca la santidad en su trabajo, en su existencia, noten su esfuerzo por cultivar las virtudes, adviertan que practica la fe –participando también en el culto público, sin esconderlo–, y reciban el influjo de su apostolado, aunque todo esto contraste visiblemente con el ambiente que le rodea. “«Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?», me preguntas. –Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos; y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido”[12].

4. Los miembros del Opus Dei han de vivir esta virtud como lo que son, fieles corrientes o, –mutatis mutandis, sacerdotes seculares–, porque la llamada al Opus Dei no implica un cambio en el estado y condición de cada uno, y no tiene, en este sentido, trascendencia pública, en la vida social o profesional. Su entrega a Dios excluye, por el hecho de ser del Opus Dei (no en razón de su cargo, por ejemplo, en la sociedad civil –cruces al mérito, etc.– o en la militar), manifestaciones formales y externas como uniformes o insignias. “Debes ir vestido de acuerdo con el tono de tu condición, de tu ambiente, de tu familia, de tu trabajo..., como tus compañeros, pero por Dios, con el afán de dar una imagen auténtica y atractiva de la verdadera vida cristiana. Con naturalidad, sin extravagancias”[13]. El hecho espiritual y teológico de su llamada a santificarse en el mundo pide la naturalidad: lo que sería raro en cualquier otro fiel común, sería igualmente raro en ellos. De ahí el criterio que enseña San Josemaría: “Vive, como los demás que te rodean, con naturalidad, pero sobrenaturalizando cada instante de la jornada”[14]. Los fieles del Opus Dei, explica en otro momento, viven “con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares”[15]. Cada uno ha de vivir la naturalidad que le corresponde, sin que el haber recibido esa llamada se manifieste mediante signos artificiales que le distingan de sus iguales. Jesucristo, siendo el Verbo encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad, pasó habitualmente desapercibido entre sus iguales durante treinta años. Como explicaba San Josemaría, no hay necesidad de que los demás sepan que somos almas entregadas a Dios, empeñados en imitar a Cristo. Basta que con nuestra conducta coherente y sincera se sientan interpelados a llevar una vida de trabajo y de relaciones sociales más acorde con su fe.

5. Puesto que la llamada al Opus Dei no implica ningún cambio de posición o status en la sociedad, la naturalidad en este caso lleva también a reclamar, cuando se presenta la ocasión, el respeto debido a la propia conciencia y a la intimidad del hogar cristiano que es el Opus Dei. Parafraseando a San Josemaría, la intimidad de la vida no es algo para ir pregonándolo por la calle: la sencillez ha de ir unida a la prudencia. Es lógico que haya cosas de la propia familia que no se tratan con los extraños, porque lo entrañable para unos podría ser motivo de risas o de burlas para otros. Es una norma de comportamiento que dicta el sentido común, como sucede –o debería suceder– en cualquier familia de cualquier sociedad: no se airea la interioridad de la familia; lo contrario tiende al exhibicionismo.

6. Estas exigencias de la naturalidad nada tienen que ver con el secreto. “Discreción no es misterio, ni secreteo. –Es, sencillamente, naturalidad”[16]. Precisamente porque los fieles del Opus Dei procuran hacer apostolado en su propio ambiente, no ocultan su vinculación a la Obra. En sus relaciones públicas no se presentan como fieles de la Prelatura, porque no es un título que concierne a esas relaciones, pero es normal que la conozcan sus amigos y colegas. La norma de conducta de San Josemaría es clara: “Me repugna el secreto. No admito más que el secreto de la Confesión y los que estrictamente me enseña la teología moral, porque tienen una razón de ser”[17].

Con energía sale al paso de las confusiones entre la naturalidad y el secreto. Afirma que “la discreta reserva –nunca secreto– que os inculco, no es sino el antídoto contra el faroleo; es la defensa de una humildad que Dios quiere que sea también colectiva[18]. Sería erróneo interpretar como secreto la naturalidad o la humildad colectiva. Es fácil disponer de abundante información sobre el Opus Dei y su historia, los nombres de los Directores y los domicilios y las actividades de las obras de apostolado, etc., que figuran en internet[19] y en numerosas publicaciones, como Romana, el Boletín oficial de la Prelatura[20].

7. El mismo respeto a la intimidad que se tiene derecho a pedir, se ha de reservar a las conciencias de los demás. Ciertamente en el apostolado es preciso entrar en la vida de los amigos –como Cristo se ha metido en la nuestra–, pero siempre con exquisito respeto a su libertad y guardando con lealtad sus confidencias, como también ellos deben guardar las nuestras.

El silencio de oficio es un deber de natural prudencia y, en muchos casos, de justicia, que no tiene por qué restar sencillez al trato con otras personas.

J. López
Julio 2010

 

Bibliografía básica

  • San Josemaría, Camino, nn. 376-380; Surco, nn. 554-566; Forja, nn. 140 y 508; Conversaciones, n. 30; Es Cristo que pasa, nn. 53 y 148; Amigos de Dios, nn. 89-91
  • P. Rodríguez, Edición crítico-histórica de “Camino”, Rialp, 3ª ed., Madrid 2003, comentarios a los nn. 376, 379, 380 y 641
  • E. Burkhart – J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio Teología espiritual, Rialp, Madrid 2010, vol. II, cap. 6., apartados 3.2.2 y 3.2.4

 

© ISSRA, 2010


1 Tertuliano, Apologeticum, c. 42, 1-3.

2 Ep. ad Diognetum, c. V, 1 ss.

3 Cfr. Orígenes, Contra Celsum, 3, 55.

4 Mt 5, 16.

5 San Josemaría, Conversaciones, n. 24.

6 Ibid.

7 Cfr. San Josemaría, Camino, n. 376 ss.; Surco, n. 555 ss.; Forja, n. 140, 508; Conversaciones, n. 119; Es Cristo que pasa, n. 53, 148; Amigos de Dios, n. 89-90; etc. Sólo en las obras publicadas hasta el 2002 habla más de 40 veces de la naturalidad.

8 San Josemaría, cit. en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. II, cap. VI, apartado 3.2.2.

9 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 121. Parece claro que, en estas palabras, “normalidad” equivale a “naturalidad”. Cfr. también Camino, n. 840.

10 San Josemaría, Camino, n. 379.

11 Cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa, nn. 21, 111-112; Amigos de Dios, n. 121.

12 San Josemaría, Camino, n. 380. Cfr. Camino, n. 842.

13 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 122.

14 San Josemaría, Forja, n. 508.

15 San Josemaría, Conversaciones, n. 119.

16 San Josemaría, Camino, n. 641. En este punto de Camino y, en general, en la enseñanza de San Josemaría, la discreción se sitúa “en el horizonte de la vida de cristianos corrientes, de ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por santificar su trabajo y testimoniar de manera inequívoca su fe católica, pero sin «publicidad» y tratando de vivir secularmente una «vida escondida con Cristo en Dios» (cfr. Col 3,3)” (P. Rodríguez, “Camino”. Edición crítico-histórica, 3ª ed., Madrid 2004, comentario al punto 641). Más adelante, San Josemaría decidió retirar la palabra “discreción” de su lenguaje, para que no fuera malentendida (cfr. ibidem).

17 San Josemaría, cit. en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. II, cap. VI, apartado 3.2.4.

18 San Josemaría, cit. en: E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de Teología espiritual, 3 vols., Rialp, Madrid 2010 (en imprenta), vol. II, cap. VI, apartado 3.2.4.

19 Cfr. www.opusdei.org, www.es.josemariaescriva.info y www.isje.org (Instituto Histórico San Josemaría Escrivá).

20 En Conversaciones, n. 30, el fundador del Opus Dei responde a quienes han sugerido que, con la excusa de la humildad colectiva, pretende encubrir secretos. Esa calumnia –así la califica– tiene su origen en la dificultad que encuentran algunos para comprender que los miembros del Opus Dei son fieles corrientes y que su incorporación a la Prelatura no cambia su condición en la Iglesia y en la sociedad civil. Por eso no se presentan oficialmente con el título de miembros de la Obra, ni utilizan distintivos particulares, ni tampoco la Obra publica datos y estadísticas acerca de su vida profesional, familiar o social, datos de los cuales, no dispone. No hay en esto secreto sino adecuación a la realidad de las cosas: respeto a lo que representa la vinculación al Opus Dei. En su propio ambiente, con los colegas de profesión o en el círculo familiar y de amistades –es decir, allí donde puede tener relevancia para los demás el propio modo de vivir coherentemente la fe cristiana–, los fieles del Opus Dei manifiestan con naturalidad su vinculación a la Prelatura (cfr. también Conversaciones, nn. 34 y 41).

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