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Miércoles, 28 Diciembre 2016

47. ¿Proselitismo? Libertad y propuesta vocacional

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¿Proselitismo? Libertad y propuesta vocacional

 

«Venid y lo veréis» (Jn 1, 39). De esta manera responde Jesús a dos discípulos de Juan el Bautista que le preguntaban dónde vivía. Estas palabras anuncian una llamada divina, la de estar con Cristo y compartir su vida. En el plano meramente humano, manifiestan una verdad que todos hemos experimentado: el bien, por su propia naturaleza, es difusivo. Cuanto mayor es ese bien, más poderosa es su fuerza expansiva. Jesús invita a esa comunidad de vida con él, tan atrayente. Y así se difundió el Evangelio, a partir de la alegría de conocer y seguir a Jesús, que conlleva el deseo de llevar a otros a compartir esa aventura. Cicerón comenta que la admiración de alguien que subiera a los cielos y contemplara la belleza de las estrellas sería amarga si no tuviera alguien con quien compartirla[1]. Del mismo modo, la vocación que Dios concede despliega toda su belleza en la medida en que se busca compartirla; por esto, se puede decir que la llamada a entregarse a Dios en el Opus Dei, como en otras realidades eclesiales, es una llamada contagiosa.

1. Dios entra en nuestra vida sirviéndose de otras personas

Después del testimonio del Bautista, el Evangelio de Juan relata la llamada a Andrés y a Pedro: “Al día siguiente, Juan se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus discípulos. De pronto vio a Jesús, que pasaba por allí, y dijo: «¡Éste es el cordero de Dios!» Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué buscáis?» Ellos contestaron: «Rabbí, (que quiere decir Maestro) ¿dónde vives?» Él les respondió: «Venid y lo veréis». Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él. Eran como las cuatro de la tarde. Uno de los dos que siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Encontró Andrés en primer lugar a su propio hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús, al verlo, le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan: en adelante te llamarás Cefas», (que significa: «Piedra»)” (Jn 1, 35-42). San Juan Pablo II comenta que “esta página del Evangelio es una de tantas de la Biblia en las que se describe el «misterio» de la vocación; en nuestro caso [los sacerdotes], el misterio de la vocación a ser apóstoles de Jesús”[2]; y añade que la página de san Juan “tiene también un significado para la vocación cristiana como tal”[3]. La vocación al Opus Dei es una concreción de la vocación bautismal, uno de los caminos en la Iglesia para seguir a Jesucristo en medio del mundo, como cristiano corriente y a la vez con un compromiso serio de vivir la radicalidad de la llamada universal a la santidad y al apostolado, mediante la santificación del trabajo profesional y de las ocupaciones ordinarias. El Evangelio apenas citado destaca cómo el encuentro de algunos discípulos con Jesús se produce por la mediación de quienes ya le siguen. Uno no descubre su vocación por telepatía sino, como en el caso de Andrés y Pedro, por otras personas de las que se sirve Dios para entrar en su vida. Por otra parte, el hecho de poner un nombre a Simón equivale a tomar posesión de él. Y así, por más que existan mediadores para la llamada, solo Dios puede tomar posesión de un alma, de él venimos y a él volvemos. Nadie es propietario de las almas[4].

El Papa Francisco ha insistido muchas veces en la dimensión misionera de la vocación cristiana: “Quisiera indicaros hoy la estrecha relación que existe entre la misericordia y la misión. Como recordaba san Juan Pablo II: «La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia»[5]. Como cristianos tenemos la responsabilidad de ser misioneros del Evangelio. Cuando recibimos una buena noticia, o cuando vivimos una hermosa experiencia, es natural que sintamos la exigencia de compartirla también con los demás. Sentimos dentro de nosotros que no podemos contener la alegría que nos ha sido donada. Queremos extenderla. La alegría suscitada es tal que nos lleva a comunicarla. Y debería ser la misma cosa cuando encontramos al Señor. La alegría de este encuentro, de su misericordia. Comunicar la misericordia del Señor. Es más, el signo concreto de que realmente hemos encontrado a Jesús es la alegría que sentimos al comunicarlo también a los demás. Y esto no es «hacer proselitismo», esto es hacer un don. Yo te doy aquello que me da alegría a mí. Leyendo el Evangelio vemos que esta ha sido la experiencia de los primeros discípulos: después del primer encuentro con Jesús, Andrés fue a decírselo enseguida a su hermano Pedro (cf. Jn 1, 40-42), y la misma cosa hizo Felipe con Natanael (cf. Jn 1, 45-46). Encontrar a Jesús equivale a encontrarse con su amor. Este amor nos transforma y nos hace capaces de transmitir a los demás la fuerza que nos dona. De alguna manera, podríamos decir que desde el día del Bautismo nos es dado a cada uno de nosotros un nuevo nombre además del que ya nos dan mamá y papá, y este nombre es «Cristóforo». ¡Todos somos «Cristóforos»! ¿Qué significa esto? «Portadores de Cristo». Es el nombre de nuestra actitud, una actitud de portadores de la alegría de Cristo, de la misericordia de Cristo. Todo cristiano es un «Cristóforo», es decir, ¡un portador de Cristo!”[6].

2. Comunicar lo que hemos recibido es hacer un don. Evolución del término “proselitismo”

En la catequesis del Papa Francisco apenas citada, se menciona la palabra “proselitismo”. Ese término, frecuente hasta hace unas décadas en la literatura espiritual, deriva de “prosélito”, palabra con la que se designa en la Biblia a los ger, los gentiles que vivían establemente en el Pueblo de Israel y que se proponían entrar en la Alianza y observar la Ley de Moisés. De ahí pasó al lenguaje cristiano. Ya san Justino, mente abierta, buen conocedor de los filósofos de su tiempo, arrestado por proselitismo y ejecutado en el año 166 porque no quiso renegar su fe, escribía: “Os queda poco tiempo para haceros prosélitos nuestros: si Cristo os precede con su venida, en vano os arrepentiréis[7]”: designaba así el celo apostólico por anunciar a Cristo e incorporar nuevos fieles a la Iglesia. Con ese sentido surgirá en época moderna el término “proselitismo” que, junto al empuje misionero, recoge también, con el desarrollo de la Iglesia, la solicitud por aproximar a los demás a las instituciones surgidas en el seno del Pueblo de Dios.

En ese mismo sentido lo usó san Josemaría, desde los comienzos del Opus Dei. Buscaba poner de relieve tanto la profundidad del afán apostólico, como el hecho de que no somos nosotros sino Dios quien llama: evidentemente, las decisiones que determinan el rumbo de una vida ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo, como siempre subrayará[8].

En estos últimos decenios, se ha ido generalizando otra acepción de ese vocablo, para describir determinadas actuaciones con las que se pretende atraer hacia el propio grupo con el uso de violencia, de engaño, de coerción o de otros modos que fuerzan la conciencia o manipulan la libertad. Naturalmente, ese modo de actuar es ajeno al espíritu cristiano y totalmente reprobable. A esa acepción negativa se han referido en varias ocasiones los últimos papas al afirmar, por ejemplo, que “nuestra fe no la imponemos a nadie; semejante género de proselitismo es contrario al cristianismo[9]” o que “la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción[10]”. Esa atracción comporta primero el testimonio de una conducta recta, de una vida llena de amor, pero no es sinónimo de pasividad: no excluye la proclamación verbal de un mensaje, como enseña san Pablo: “¿Cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán, si no hay enviados?” (Rm 10,14-15)[11].

Refiriéndose a quienes lanzan la palabra proselitismo como acusación para propalar temores ante la acción apostólica de los fieles, san Juan Pablo II escribe que lo hacen “quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y el empuje para acometer su misión evangelizadora, y esa misión pertenece a la esencia de la Iglesia”[12]. De todas maneras, las lenguas son cambiantes y es frecuente que haya palabras que dejen de tener un significado unívoco e, incluso, que adquieran uno contrario al original. Teniendo en cuenta el uso cada vez más difundido del sentido negativo de la palabra “proselitismo”, se expresa mejor su contenido positivo original con otros términos: plantear la llamada divina, ayudar a descubrir el camino que Dios quiere para cada uno, invitar a plantearse la propia vocación, discernimiento vocacional, apostolado vocacional, despertar el sentido de misión, por ejemplo. Por eso, en el capítulo “Proselitismo” de Camino, se debe entender esa palabra con su auténtica significación en la predicación de san Josemaría, en el marco de la misión apostólica de los cristianos, dirigida a todo el mundo (cf. Mc 16,15). Muchos autores espirituales –y entre ellos, san Josemaría– han empleado el término “proselitismo” en ese sentido, como sinónimo de apostolado o evangelización: una labor que se caracteriza, entre otras cosas, por un profundo respeto de la libertad, en contraste con la acepción negativa que este vocablo ha tomado en los últimos años del siglo XX. En el surco de esa tradición, san Josemaría utiliza la palabra “proselitismo” con el significado de propuesta o invitación con la que los cristianos comparten la llamada de Jesucristo con sus compañeros y amigos, y abren ante ellos el horizonte de su Amor[13].

3. Llamar: una necesidad y una obligación

“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Son las últimas palabras de Jesús que recoge san Mateo. Los cristianos están así llamados a dar testimonio del Señor, a hacer discípulos, sabiendo que Jesús vive en ellos: actuarán “en el nombre” de Dios, con su poder. En la misión apostólica, hay esta doble vertiente de acción personal nuestra y de acción de Dios.

“Anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca del cumplimiento del misterio que durante siglos estuvo escondido en Dios” (Ef 3,8) era para san Pablo una “gracia” (ib.) y una obligación moral: “¡Ay de mi si no evangelizara!” (1Cor 9,16). Esa gracia es compartida por todos los cristianos. Con la vocación cristiana bautismal, el Pueblo de Dios “constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es empleado también por él como instrumento de la redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16)[14]”.

La Iglesia tiene la misión de “cuidar el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones[15]” . El Papa Francisco nota que “donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas[16]”. Eso supone que, además de rezar, la comunidad cristiana “se atreve a proponer un camino[17]”, dice Francisco, refiriéndose a la entrega a Dios. En este sentido, hablando de vocaciones sacerdotales, no duda en subrayar la importancia de “llamar”: “Llamar. Es el típico verbo de la vocación cristiana. Jesús no hace largos discursos, no da un programa al cual adherir, no hace proselitismo, no ofrece respuestas prefabricadas. Dirigiéndose a Mateo, se limita a decirle: «¡Sígueme!». De este modo, suscita él la fascinación de descubrir una nueva meta, abriendo su vida hacia un «lugar» que va más allá del pequeño banco donde está sentado. El deseo de Jesús de poner en camino a la gente, de removerlas de una vida sedentaria mortal, de romper la falsa ilusión de que se pueda vivir felizmente quedándose cómodamente sentados entre sus propias seguridades. Ese deseo de búsqueda, que albergan con frecuencia los más jóvenes, es el tesoro que el Señor pone en nuestras manos y que hemos de cuidar, de cultivar y de hacer germinar. Miremos a Jesús, que pasa en las riberas de la existencia, recibiendo el deseo de quien busca, la desilusión de una noche de pesca que salió mal, la sed ardiente de una mujer que va a buscar agua en el pozo, o la fuerte necesidad de cambiar de vida. Así nosotros también, en vez de reducir la fe a un libro de recetas prefabricadas o a un conjunto de normas que hay que observar, podemos ayudar a los jóvenes a plantearse la preguntas justas, a ponerse en camino y a descubrir la alegría del Evangelio. Yo sé que vuestra misión no es fácil y que, alguna vez, a pesar de un esfuerzo generoso, los resultados pueden ser escasos y que arriesgamos la frustración y el desánimo. Pero si no nos encerramos en lamentaciones y si seguimos «saliendo» para anunciar el Evangelio, el Señor queda a nuestro lado y nos da la valentía de echar las redes también cuando estamos cansados y desilusionados por o haber pescado nada. […] No tengáis miedo de anunciar el Evangelio, de encontrar, de orientar la vida de los jóvenes[18]”. Por su parte, Juan Pablo II afirmaba: “"No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven, o menos joven, las llamadas del Señor. Es un acto de estima y de confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia.[19]”.

“Predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella” (2 Tim 4,2), dice Pablo a Timoteo: “opportune, importune”. “Muchos, con aire de autojustificación, se preguntan: yo, ¿por qué me voy a meter en la vida de los demás? -¡Porque tienes obligación, como cristiano, de meterte en la vida de los otros, para servirles! -¡Porque Cristo se ha metido en tu vida y en la mía![20]”. San Josemaría enseñaba a sus hijos que nadie podría sentirse dispensado de proponer la vocación cuando encuentra una persona que podría encontrar en ella su camino. Si hace falta, se crean ocasiones de hablar de la llamada, ya que no basta la pura presencia. “Has tenido una conversación con éste, con aquél, con el de más allá, porque te consume el celo por las almas. Aquél cogió miedo; el otro consultó a un "prudente", que le ha orientado mal... -Persevera: que ninguno pueda después excusarse afirmando «quia nemo nos conduxit» -nadie nos ha llamado[21]”. Es importante proponer la vocación también porque hay personas que, por una humildad quizá mal entendida, juzgan erróneamente que no son dignas de ella, o bien no se atreven a preguntar si es para ellos, algo así como aquellos personajes de las novelas que nunca llegan a pedir la mano de la mujer que aman… y se quedan sin ella. Por eso hablaba de “santa coacción[22]” animando al lector de Camino a plantearse su responsabilidad apostólica respecto a las personas que tiene a su alrededor, respetando plenamente su libertad. Con esa unión de palabras contradictorias, llamada “oxímoron”, daba fuerza expresiva a la idea de que la misión apostólica no está reñida con la energía que nos da el Espíritu Santo. Ese Espíritu es Amor, y es Espíritu de libertad. Por lo tanto, el fundador de la Obra podía afirmar que esta “no sólo respeta la libertad” de sus miembros, “sino que les hace tomar clara conciencia de ella. Para conseguir la perfección cristiana en la profesión o en el oficio que cada uno tenga”, añadía, “necesitan estar formados de modo que sepan administrar la propia libertad: con presencia de Dios, con piedad sincera, con doctrina[23]”. La libertad es necesaria para entregarse al Señor y para renovar esa entrega: la formación en el Opus Dei se encamina principalmente a hacer que a todos “llegue el espíritu genuino del Evangelio -espíritu de caridad, de convivencia, de comprensión, absolutamente ajeno al fanatismo-, a través de una sólida y oportuna formación teológica y apostólica. Después, cada uno obra con completa libertad personal y, formando autónomamente su propia conciencia, procura buscar la perfección cristiana y cristianizar su ambiente, santificando su propio trabajo, intelectual o manual, en cualquier circunstancia de su vida y en su propio hogar[24]”.

Jesucristo llama a la humildad en el servicio con una parábola acerca de la labranza y del cuidado del ganado, que se aplica bien al esfuerzo de evangelización. Él nos invita a hacer nuestros los sentimientos de los trabajadores: “Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”: “Servi inutiles sumus; quod debuimus facere, fecimus” (Lc 17,10). Cristo nos apremia a evitar todo engreimiento. Es claro que ni recomienda el trato abusivo del amo ni lo aprueba. Pero nos enseña que la virtud desplegada al cumplir su mandatos nos consolará interiormente e incluso despertará la admiración de los demás. Entonces, en lugar de engreírnos, debemos considerar que cumplimos solamente el plan de Dios: “No te jactes por ser llamado hijo de Dios —reconoce la gracia, y no desconozcas tu naturaleza—, ni te engrías por haberle servido bien: es lo que tenías que hacer. El sol hace su oficio, la luna obedece y los ángeles cumplen su servicio. [...] No pretendamos ser alabados por nosotros mismos, no adelantemos el juicio de Dios[25]”.

En la historia del Opus Dei, los que siguieron a san Josemaría fueron heroicos en extender la semilla de su mensaje en todas partes. Cuando terminó la guerra civil española, formaban parte de la Obra, san Josemaría y diez o doce hijos espirituales suyos. Al cabo de un año, contaba el beato Álvaro del Portillo, recorrían España en todas la direcciones, había labor apostólica en muchas ciudades. Viajaban en trenes incómodos o por carreteras machacadas por la guerra. El fin de semana, que entonces solo duraba el domingo, lo aprovechaban para ir a diferentes sitios, y al poco tiempo surgieron vocaciones al Opus Dei en todas partes. Es bonito ver como José María Hernández Garnica escribió sobre Isidoro Zorzano, que trataba de acercarle a Dios: “Le toreé lo indecible por mi flojera, y él, con paciencia extraordinaria, no dejaba de escribirme y animarme, aunque muchas veces no recibiese respuesta en largo tiempo[26]”. Y así del celo apostólico de los fieles del Opus Dei vinieron vocaciones para la Obra y, también, para órdenes y congregaciones religiosas, y para los seminarios diocesanos. Ese celo expresa la intensidad del amor y del don de sí, que nacen en la humildad de quien sabe que toda fecundidad viene de Dios.

4. La importancia de los medios sobrenaturales

Los frutos, las decisiones de entrega a Dios, vienen siempre de Dios, como enseñó Jesucristo: “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo” (Mc 4,26-27). En la parábola de los invitados a las bodas, Jesús explica la formación de la Iglesia como llamada universal a la salvación. La imagen del banquete permite describir el Reino de Dios. Pero cuando todo estaba preparado, resulta que muchos rechazaron al Hijo de Dios y la llamada se extendió a todos, también a los paganos: “Dijo el señor a su siervo: «Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa»” (Lc 14,23). San Josemaría contemplaba en esa sorprendente “obligación” un gran respeto a la libertad de cada persona. Afirmó por ejemplo, refiriéndose a la floración de una vida cristiana coherente, que la expresión compelle intrare (“oblígales a entrar”) “es una invitación, una ayuda a decidirse, nunca -ni de lejos- una coacción”; “no es como un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer; la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios [...]. Añadid, a todo esto, vuestro garbo y vuestra simpatía humana, y tendremos el contenido del compelle intrare[27]”. Es así como actúa la gracia, a través de nosotros. San Basilio nota que “del mismo modo que los cuerpos nítidos y brillantes, cuanto les toca un rayo de sol, se tornan ellos mismos brillantes y desprenden de sí otro fulgor, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu Santo, y se hacen también ellas espirituales y envían la gracias a otros[28]”.

Es una labor que no cabe realizarla aisladamente, sino con un auténtico sentido eclesial, que manifiesta que es Dios quien llama a través de su Iglesia. Empapada de visión sobrenatural, la obediencia da fecundidad al esfuerzo apostólico. Así comenta san Josemaría una pesca milagrosa: “"Duc in altum". -¡Mar adentro! -Rechaza el pesimismo que te hace cobarde. "Et laxate retia vestra in capturam" -y echa tus redes para pescar. ¿No ves que puedes decir, como Pedro: "in nomine tuo, laxabo rete" -Jesús, en tu nombre, buscaré almas?[29]”. En el Opus Dei, antes de hablar a una persona de su posible vocación, se cuenta con el acuerdo de quien dirige el Centro a donde esa persona suele ir. Quien plantea la vocación a alguien pedirá en su oración al Señor que mueva el corazón de su amigo para que le siga. Hablar de vocación implica una gran amistad: empatía, confianza recíproca, comprensión mutua y la capacidad de escuchar mucho, en el respeto de la libertad de las conciencias y el cuidado de la debida reserva. Todo eso se construye a partir del “apostolado de amistad y de confidencia[30]” y se fundamenta en la oración, en el espíritu de sacrificio por el otro y en el testimonio de una vida coherente.

Alguna vez una persona puede afirmar: “no lo veo”, y puede ser que Dios no la llame, o quizá puede ser que, más que no ver, falte querer. Por eso, además de recomendarle que se aconseje, también conviene animarle a que pida la fuerza al Señor para querer aquello que le pueda pedir. Es significativo como san Josemaría, cuando intuía la llamada divina, no solo pedía ver el querer del Señor ‒Domine, ut videam! ‒ sino también que se cumpliera efectivamente en su vida ‒Domine, ut sit! Decir que sí al Señor no es posible sin una plena libertad potenciada por la gracia divina[31].

5. Selección para llegar a más personas

El Opus Dei es para la muchedumbre y todas las almas le interesan, “porque cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo[32]”. Pero no todo el mundo está llamado a ese camino, y hay muchos posibles en la Iglesia: para cada uno, el mejor es el suyo. En cuanto al Opus Dei, su único objetivo es “contribuir a que haya en medio del mundo, de las realidades y afanes seculares, hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales, que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario[33]”. Eso supone esforzarse por trabajar “con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres)[34]”. Un cierto prestigio profesional o en los estudios pone en mejores condiciones para hacer un apostolado desinteresado y “abrirse en abanico para llegar a todas las almas[35]”.

La decisión de entrega al Señor es un paso que uno da personalmente, pero siempre acompañado. Esta compañía consiste en una ayuda para madurar humanamente y cristianamente la posible llamada del Señor, que quizá se manifiesta de manera incipiente. Es una invitación a abrirse a la acción del Espíritu Santo en el alma, que llevará a desarrollar una libertad interior que genera el clima sobrenatural de humildad, serenidad y generosidad donde es posible responder al designo de Dios sobre la propia vida. Parte de este acompañamiento consiste en animar a actuar con rectitud de intención. “No es arrogancia querer ser mejores. Por el contrario, es una virtud grata a Dios: puesto que conocemos el mal material de que estamos hechos y, para ser mejores, habremos de apoyarnos siempre en la misericordia y en la gracia del Señor, y repetir aquellas palabras de San Pablo: omnia possum in eo qui me confortat. Tenemos, por tanto, obligación de formar esas almas, de una manera que les ayude a ser buenos católicos, rectificando su conducta, inculcándoles la necesidad de la vida interior, y poniendo en su conciencia el convencimiento de que el trabajo de cada día es el medio más apto para conseguir la perfección cristiana, y para hacer el bien a las almas todas[36]”.

La vocación a la Obra impulsa a convertirse en fermento para mejorar toda la masa (cf. Lc 13,21). En este sentido, quienes acompañan a alguien que desea pedir la admisión, deben saber valorar su idoneidad espiritual, física y psicológica, moral e intelectual, a la vez que la autenticidad de su motivación.

Importa pensar en cada persona y ayudarla a valorar con realismo su propia situación, de modo que no tome decisiones que con el paso del tiempo no sea capaz de poner en práctica. En este ambiente de confianza, el interesado procurará abrirse y darse a conocer, para realizar juntos el necesario discernimiento de la voluntad de Dios. Es un camino que se recorre en la oración, para entender la realidad de la vida de una persona –virtudes, carácter, historia, familia, formación, salud, etc.– y buscar su bien a la luz del Espíritu Santo. En el caso de gente muy joven este camino se recorre con sus padres, “principales y primeros educadoras de sus hijos[37]”, llamados a hacer crecer a sus hijos también en la vida moral, espiritual y sobrenatural. El magisterio de la Iglesia enseña: “A la par el hijo crece, hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cf. Mt 16,25): «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt10,37)[38]”.

Para entregarse a Dios en el Opus Dei es importante el equilibrio personal, entendido como la capacidad de vivir habitualmente los compromisos que se asumen con paz interior, sin rigideces o agobios desproporcionados. Esto no quiere decir que uno tenga que ser impasible o inquebrantable, pues todas las personas con compromisos serios ‒religiosos, familiares, civiles‒ pueden pasar por momentos de tensión o cansancio. “Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria[39]”.

Decía san Josemaría: “Caben: lo enfermos, predilectos de Dios, y todos los que tengan el corazón grande, aunque hayan sido mayores sus flaquezas[40]”. La generosidad, por tanto, es una virtud esencial. Etimológicamente, la palabra “generosidad” significa “de buena raza”. Quien es generoso, puede decir: “somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios dará a los que no retiran de Él su confianza” (Tob 2,18 vg.). Desde esa generosidad llena de libertad interior se puede formar a cada persona en los distintos ámbitos, contando con su “deseo sincero y eficaz de tender a la virtud[41]”.

El crecimiento de la propia familia es causa de alegría. Por otro lado, así como una familia que no tiene hijos desaparece, comentaba san Josemaría aplicándolo a la importancia de buscar más apóstoles que perpetúen la familia sobrenatural del Opus Dei El beato Álvaro glosaba la idea anterior, diciendo que el fundador deseaba que todos sus hijos albergaran un gran celo “que no haga acepción de personas, ni discriminación alguna, para que nuestra familia se dilate cada vez más, y contribuya con eficacia a que todos los hombres formen un solo rebaño, con un solo pastor (Jn 10, 16)[42]”: el rebaño de la Iglesia, apacentado por Jesucristo.

G. Derville

Diciembre de 2016

 

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Elementos de bibliografía

Ernst Burkhart - Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 1, Rialp, Madrid 2010, pp. 537-542.

Javier López Díaz, Proselitismo, en Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer 3 Diccionario de San Josemaría, Monte Carmelo, Burgos 2013, pp. 1029-1033.

 


[1] Cf. Cicerón, De amicitia, XIII, 88: “Si quis in caelum ascendisset naturamque mundi et pulchritudinem siderum perspexisset, insuavem illam admirationem ei fore, quae iucundissima fuisset si aliquem cui narraret habuisset”.

[2] San Juan Pablo II, Exh. apost. postsinodal Pastores dabo vobis, n. 34..

[3] Ibídem.

[4] Cf. san Josemaría, Instrucción, 31-V-1936, nota 85.

[5] San Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 13.

[6] Francisco, Audiencia jubilar, 30-I-2016. El Papa Francisco habla del sentido de misión del cristiano en muchas ocasiones, por ejemplo en su Mensaje para la jornada mundial de oración para las vocaciones, 27-XI-2016.

[7] San Justino, Dialogus cum Tryphone, 28, 2.

[8] Cf. Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 104.

[9] Benedicto XVI, Homilía, 10-IX-2006.

[10] Francisco, Exh. apost. Evangelii gaudium, n. 14, citando a Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007.

[11] Cf. Pablo VI, Exh. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, nn. 41-42.

[12] San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, p. 127.

[13] Cf. san Josemaría, Camino, nn. 790, 796.

[14] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 9.

[15] San Juan Pablo II, Exh. apost. postsinodal Pastores dabo vobis, n. 34.

[16] Francisco, Exh. apost. Evangelii gaudium, n. 107.

[17] Ibídem.

[18] Francisco, Discurso en el simposio internacional de pastoral vocacional, Roma, 21-X-2016.

[19] San Juan Pablo II, Mensaje para la XX Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, 2-II-1983.

[20] San Josemaría, Forja, n. 24.

[21] Surco, 205. Análogamente san Josemaría comentaba la historia del paralítico de la piscina de Betzata, y el peligro de la indiferencia respecto a los demás: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo” (Jn 5,5-7: “Hominem non habeo”): cf. Surco, n. 212; Forja, n. 168; Homilía Lealtad a la Iglesia (4-VI-1972), 6.

[22] San Josemaría, Camino, n. 387.

[23] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 53.

[24] Ibídem, n. 35.

[25] San Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad. Loc.

[26] José María Hernández Garnica, carta de 31-I-1948, en José Miguel Pero Sanz, Isidoro Zorzano Ledesma: ingeniero industrial (Buenos Aires, 1902 – Madrid 1943), Palabra, Madrid 1996, p. 253.

[27] San Josemaría, Carta 24-X-1942, n. 9/p>

[28] San Basilio, Liber de Spiritu Sancto, IX, 23.

[29] San Josemaría, Camino, n. 792.

[30] San Josemaría, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 62.

[31] Sobre esos aspectos, cf. Fernando Ocáriz, Sobre Dios, la Iglesia y el mundo. Rafael Serrano entrevista al Vicario general del Opus Dei, Rialp 2013, cap. IX, “Llamadas”, pp. 121-132.

[32] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 80.

[33] San Josemaría, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 10.

[34] Ibídem.

[35] San Josemaría, Surco, n. 193.

[36] San Josemaría, Carta 24-X-42, n. 21.

[37] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1653; Cf. Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum educationis, n. 3.

[38] Catecismo de la Iglesia Católica, 2232.

[39] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 131.

[40] San Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, 65.

[41] Beato Álvaro del Portillo, nota 59 a san Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, n. 64.

[42] Beato Álvaro del Portillo, nota 78 a san Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, 84. Cf. san Josemaría, Instrucción, mayo 1935, n. 76 y nota 132.