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Viernes, 04 Noviembre 2016

4. La Obra: en torno a su universalidad y unidad

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La Obra (II): en torno a su universalidad y unidad

 

En estas líneas se considerarán dos aspectos propios de la Iglesia que se aplican, en su seno, al Opus Dei: la universalidad y la unidad. En relación a estos, se tratarán también otros temas esencialmente cristianos: la fraternidad, la apertura del corazón, el sentido de responsabilidad para transmitir lo que se ha recibido, como lo tuvieron los primeros discípulos, por ejemplo san Lucas, quien escribió en su Evangelio “lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar” (Hch 1,1) y siguió en sus Hechos con la Ascensión, Pentecostés y la predicación de Pedro y Pablo, mostrando cómo todas las naciones se abrían al Evangelio (cf. Hch 2,9-12) desde la Iglesia universal presente en Jerusalén.

1. Universalidad en el tiempo y en el espacio

El Opus Dei, en cuanto que pequeña parte de la Iglesia católica, participa de su misión de prolongar la presencia de Jesucristo en el tiempo y en el espacio: la Iglesia se extiende en el mundo entero, “toto orbe terrárum[1]". La misión terrena de la Iglesia durará hasta la consumación de los siglos, es decir hasta el fin del mundo. El Señor lo ha prometido a Pedro: “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). La “puertas” son aquí un símbolo de la potencia del mal, pues en el antiguo Oriente las autoridades hacían justica a las puertas de la ciudad.

La universalidad del Opus Dei es, como la de la Iglesia, geográfica: se desarrolla en los cinco continentes. Es también personal, en el sentido de que se dirige a todos los hombres y mujeres de todos los países del mundo. Esa pretensión de universalidad nace de su carácter católico (que en griego significa universal) y va unida a un aspecto esencial de su mensaje: la santificación de todas las tareas humanas, especialmente del trabajo. “Nuestra tarea es colaborar con todos los demás cristianos en la gran misión de ser testimonio del Evangelio de Cristo; es recordar que esa buena nueva puede vivificar cualquier situación humana. La labor que nos espera es ingente. Es un mar sin orillas, porque mientras haya hombres en la tierra, por mucho que cambien las formas técnicas de la producción, tendrán un trabajo que pueden ofrecer a Dios, que pueden santificar. Con la gracia de Dios, la Obra quiere enseñarles a hacer de ese trabajo un servicio a todos los hombres de cualquier condición, raza, religión. Al servir así a los hombres, servirán a Dios[2].

En el Opus Dei, de hecho, se encuentran personas de todos los ambientes sociales y profesiones honestas, manuales o intelectuales; cada una se esfuerza por santificar su trabajo y las actividades ordinarias de su vida. En cuanto a la extensión geográfica, según datos de 2016, la prelatura está presente en 70 países, organizada en 49 circunscripciones. Esta presencia se extiende potencialmente a todas partes: en efecto, importa que allí donde una persona pueda sentirse llamada al Opus Dei, allí se la pueda atender y formar, sin que tenga que cambiar de lugar y de ocupaciones. El Papa Francisco, con ocasión de la beatificación del primer sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei, el obispo Álvaro del Portillo, escribió: “En el corazón del nuevo beato latía el afán de llevar la Buena Nueva a todos los corazones. Así recorrió muchos países fomentando proyectos de evangelización, sin reparar en dificultades, movido por su amor a Dios y a los hermanos. Quien está muy metido en Dios sabe estar muy cerca de los hombres. La primera condición para anunciarles a Cristo es amarlos, porque Cristo ya los ama antes[3]”.

2. La unidad del Opus Dei

La universalidad del Opus Dei se funda necesariamente en su unidad espiritual, moral y jurídica, que pasa por la unión con el Padre y los directores.

El Prelado del Opus Dei es nombrado ad vitam por el Papa. Es, como un obispo lo es para su diócesis, principio y fundamento visible de la unidad de la prelatura[4]. La unión de los fieles del Opus Dei con su Prelado y sus intenciones moviliza la inteligencia, la voluntad, los afectos. Él es un padre en el Señor[5] para la porción del Pueblo de Dios que se le confía. A través de esta unidad, los fieles del Opus Dei, laicos y sacerdotes, se sienten más unidos con el Papa, los demás obispos y todos los católicos del mundo entero.

La unidad del Opus Dei es a la vez un don y una tarea. Por eso se ha de pedir, como se pide la unidad de todos los cristianos, adhiriéndose a la oración de Cristo que pone muy alta la meta, ya que la compara con la unidad intratrinitaria: “que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17,20). De esa unidad depende por lo tanto la propagación de la fe, es decir la extensión de la Iglesia. Siendo un don, la unidad se debe custodiar alejando el pecado, que es la causa más profunda de división, contrarrestando la acción del diablo (del griego diabolein, dividir), “padre de la mentira” (Jn 8, 44), que se empeña en enfriar la caridad entre los discípulos de Cristo.

En la autoridad de la prelatura, más allá de las personas con sus cualidades y defectos, los fieles ven la autoridad de Dios. Esa fe da una gran libertad a la hora de actuar, no existe servilismo ni adulación, sino caridad manifestada en cariño, deseos de unidad y obediencia. La misma fe lleva a ver en los directores y en las directoras de los Centros a personas que secundan al Prelado y prolongan sus cuidados paternales: esos directores actúan como hermanos en el Señor, y no tienen poder de régimen; en efecto, ni la organización local de los Centros, ni la dirección espiritual, forman parte del régimen de gobierno.

3. Fraternidad y corazón grande

“Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo[6]”. San Josemaría refería ese amor al hecho de ser hijos de un mismo Padre Dios, y lo unía al hambre de que se salve la humanidad entera. Y proseguía: “Un escritor del siglo II, Tertuliano, nos ha transmitido el comentario de los paganos, conmovidos al contemplar el porte de los fieles de entonces, tan lleno de atractivo sobrenatural y humano: mirad cómo se aman (Tertuliano, Apologeticus, 39: PL 1, 471), repetían[7]”. Quizá hemos descubierto un eco de estas palabras cuando, al conocer la Obra, percibimos la alegría propia de esta pequeña familia, parte integrante de la gran familia de los hijos de Dios que es la Iglesia. Todo estaba empapado del espíritu evangélico. En un ambiente de confianza, descubrimos un trato que respetaba un amplio pluralismo, fruto de un sincero interés de unos por otros. La fraternidad en la Obra nace del bautismo y de la común vocación al Opus Dei. Se refuerza en la Eucaristía y en la oración, en la benevolencia, en la paciencia para amar a los demás tal como son, con la humilde ambición de ayudarles a ser mejores. Leemos en los estatutos que la Santa Sede dio al Opus Dei que en Cristo somos más que amigos, somos hermanos: “Todos nosotros somos amigos —«os he llamado amigos» (Jn 15, 15)—, es más, somos hijos del mismo Padre y por tanto hermanos en Cristo y juntamente con Cristo: por tanto, el medio peculiar de apostolado de los fieles de la Prelatura es la amistad y el trato habitual con los compañeros de trabajo[8]”.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros” (Jn 13,35). La caridad que nos dirige hacia Dios es la misma virtud sobrenatural que nos mueve hacia el prójimo. De este modo, amamos la bondad de Dios que está presente en los demás, creados a su imagen y semejanza, hechos otros Cristos por la acción de la gracia. Por eso, el amor más alto se da siempre en el Señor e impulsa a sacrificarse por los demás “hasta que Cristo esté formado en vosotros” (Ga 4, 19) como dice san Pablo. La fraternidad entre los fieles del Opus Dei tiene también sus raíces en el apostolado. Les une la conciencia de estar en la misma empresa sobrenatural, de perseguir los mismos intereses: la evangelización en medio de las labores cotidianas para comunicar al género humano la alegría de saberse hijos de Dios. Cuando miramos todos en la misma dirección, entonces se da esa sintonía profunda. No hay distanciamientos por falta de conexión con los grandes objetivos, que son los de la Iglesia y de la Obra en su seno.

San Josemaría invitaba a tener un corazón grande, universal. La fraternidad en el Opus Dei no encierra a nadie en esa Obra sino que al contrario abre su corazón a las necesidades de todas las almas. Como decía san Pablo a los Corintios: “Os hemos hablado con sinceridad y nuestro corazón se ha ensanchado. No estáis estrechos dentro de nosotros. Para corresponder del mismo modo -como a hijos os hablo-, ensanchaos también vosotros” (2 Co 6,11-13).

La caridad nace en la humildad. “Procura que tu buena intención vaya siempre acompañada de la humildad. Porque, con frecuencia, a las buenas intenciones se unen la dureza en el juicio, una casi incapacidad de ceder, y un cierto orgullo personal, nacional o de grupo[9]”. El grupo cerrado se hace el refugio de los mediocres, que no pocas veces se atribuyen las medallas que otros han merecido. El grupo cerrado niega la complementariedad. “Me molesta profundamente todo lo que pueda sonar a autobombo[10]”. Todos descendemos de Adán, y es reductor encerrar a la persona en su origen étnico o geográfico, como hacía Natanael al preguntar, antes de que Cristo ensanchara sus perspectivas: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1,46). Si el patriotismo es bueno, no así el tribalismo, el nacionalismo[11]: “Ama a tu patria: el patriotismo es una virtud cristiana. Pero si el patriotismo se convierte en un nacionalismo que lleva a mirar con desapego, con desprecio -sin caridad cristiana ni justicia- a otros pueblos, a otras naciones, es un pecado[12]”. San Josemaría invita, de modo positivo, a ver como suyas las buenas cosas de los demás países: “Ser "católico" es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses..., de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. -¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto[13]”. Al mismo tiempo, muestra el peligro, para la Iglesia, de las facciones humanas: “Rechaza el nacionalismo, que dificulta la comprensión y la convivencia: es una de las barreras más perniciosas de muchos momentos históricos. Y recházalo con más fuerza -porque sería más nocivo-, si se pretende llevar al Cuerpo de la Iglesia, que es donde más ha de resplandecer la unión de todo y de todos en el amor a Jesucristo[14]”.

El fundador del Opus Dei invitaba a superar la mentalidad pequeña, estrecha, lo que conlleva una subordinación de lo local a lo universal. Se evita la así llamada “autorreferencialidad”, que consiste en encerrarse en sí mismo y no conocer o no querer otra cosa que lo que se considera proprio. Cosa intrínsecamente contradictoria para cualquier realidad auténticamente eclesial y, por lo tanto, también para el Opus Dei, que nace en la Iglesia, por y para la Iglesia, donde aletea la verdad de aquellas palabras de Pablo: “que nadie se gloríe en los hombres; todas las cosas son vuestras: ya sea Pablo o Apolo o Cefas; ya sea el mundo, la vida o la muerte; ya sea lo presente o lo futuro; todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios (1 Co 3,21-23)”.

Lo local está subordinado a lo universal, sabiendo que una persona no es nunca un medio. De este modo, en su apostolado personal, los fieles de la Obra procuran tener presente el horizonte más amplio de la labor de la Prelatura: conocen y siguen las orientaciones del Padre, coordinan sus esfuerzos con las demás personas, sean o no de la Obra, rechazan el protagonismo en las iniciativas. Al mismo tiempo, se mueven en el horizonte aún mayor de la vida en la Iglesia, y se nutren de la Sagrada Escritura, de los sacramentos, de la Tradición viva de la Iglesia, de la liturgia, del Magisterio del Papa y de los obispos, de la vida y de las enseñanzas de los santos y, como es obvio, de las enseñanzas y del ejemplo del fundador. Lo importante, por tanto, es tener como punto de referencia la realidad más alta; lo demás se enfrenta por superación, como sugieren estas palabras de san Josemaría: “Ciertamente pueden surgir, y surgen de hecho, deficiencias en la vida de los cristianos. Pero lo importante no somos nosotros y nuestras miserias: el único que vale es El, Jesús. Es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos[15]”.

Es más, sabiendo que todo lo que es verdadero viene del Espíritu Santo[16], los fieles del Opus Dei, cada uno según sus capacidades y condición, han de conocer y amar las distintas culturas donde se encarna el espíritu cristiano: literatura, arte, historia, ciencias… De modo especial, aquellas del país donde viven, aunque no sea su tierra de origen.

4. Tradiciones de familia

San Pablo exhorta a los de Tesalónica con estas palabras: “Manteneos firmes y observad las tradiciones que aprendisteis, tanto de palabra como por carta nuestra” (2 Tes 2,15). Son tradiciones éticas y didácticas, que miran por lo tanto a las obras y a las enseñanzas (cfr. 2 Tes 2,17). De este modo, una manifestación de la vida de la Iglesia son las tradiciones, y esto sucede también en la Obra: “el Opus Dei, hijos, no es "una cosa"; ni siquiera, ante todo, una institución, sino -como la Iglesia, de la que es parte- una comunión de personas, con la forma de comunión propia de una familia; y, en nuestro caso, con unas costumbres y tradiciones familiares que manifiestan la paternidad, la filiación y la fraternidad intensamente asumidas según el espíritu que Dios confió a nuestro Fundador[17]”. Las tradiciones de familia en el Opus Dei contribuyen a reforzar los vínculos que provienen de la misma vocación, encienden el deseo de que muchas almas puedan gozar de ese trasunto del Cielo que proviene de la convivencia fraterna en Cristo: el “ciento por uno” (Mt 19,29). Siguiendo la enseñanza y la vida de san Josemaría, se aman y transmiten esas tradiciones, primero viviéndolas fielmente. Incluyen las normas y costumbres que permiten un trato habitual y confiado con Dios, con la Virgen, según el espíritu del Opus Dei que el fundador dejó esculpido. Todas tienen raíces en las tradiciones cristianas. Los fieles de la Obra están llamados a hacer vida la herencia recibida y transmitida por san Josemaría, en toda su pureza original y en toda su integridad, sin rigideces, vivificando las tradiciones de familia por el Amor, que es la ley suprema. Una manifestación de ese espíritu consiste, por ejemplo, en ayudar materialmente en las reparaciones que siempre necesitan las casas, que no son “casas sin amo”[18].

La tradición se recibe y se transmite, como en las grandes familias. En el relato escrito más antiguo de la resurrección, pocos más de veinte años después, san Pablo es testigo de “la tradición viva de la resurrección[19]”: “os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Cor 15,3). A los Corintios también ha transmitido puntos fundamentales del misterio de la Eucaristía (cf. 1 Cor 11,23-33). A otro nivel, pero siempre en el marco de la auténtica vida según el espíritu del Evangelio, lo mismo sucede en la familia sobrenatural del Opus Dei: sus miembros procuran formarse bien para transmitir íntegro y puro el espíritu de la Obra a los que vengan después. San Josemaría hablaba de “eslabones de una misma cadena”. Durante la guerra civil española (1936-1939), cuando llevaba ya más de dos meses refugiado en el Consulado de Honduras en Madrid, y ansiaba salir cuanto antes de allí para poder extender la labor apostólica de la Obra, predicaba con estas palabras: “Sí, hijos, todos unidos siempre, en verdadera unión de caridad. Yo no soy un eslabón desprendido, un verso suelto. Por la misericordia de Dios, soy el primer eslabón, y vosotros sois también primeros eslabones de una cadena que se continuará por los siglos sin fin. Yo no estoy solo; hay ahora almas -y llegarán muchas más en el futuro- dispuestas a sufrir conmigo, a pensar conmigo, a participar conmigo de la vida que Dios ha depositado en este cuerpo de la Obra, que está apenas nacido. Yo tengo el deber de pedir por ellos, pensando en vosotros y en todos los que os seguirán; tengo que pedir perseverancia firme, y fe, y reciedumbre de alma, y entendimiento del espíritu de la Obra[20]”.

Y, en otra ocasión, con la seguridad humilde de la fe, vislumbraba un horizonte que recuerda el canto de los ángeles a los pastores, anunciando la gloria de Dios y la paz a los hombres de buena voluntad (cfr. Lc 2,14): “Veo a la Obra proyectada en los siglos, siempre joven, garbosa, guapa y fecunda, defendiendo la paz de Cristo, para que todo el mundo la posea. Contribuiremos a que en la sociedad se reconozcan los derechos de la persona humana, de la familia, de la Iglesia. Nuestra labor hará que disminuyan los odios fratricidas y las suspicacias entre los pueblos, y mis hijas y mis hijos -fortes in fide (1 Pe 5, 9) firmes en la fe- sabrán ungir todas las heridas con la caridad de Cristo, que es bálsamo suavísimo[21]”.

G. Derville

2 de octubre de 2016

 

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[1] Plegaria eucarística I o Canon romano, Te igitur.

[2] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 57.

[3] Francisco, Carta al Prelado del Opus Dei con motivo de la beatificación de Álvaro del Portillo, 26 de junio de 2014, en Romana (2014) 50, p. 265., n. 131.

[4] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogm. Lumen gentium, 23.

[5] Cf. Tema 6.

[6] Amigos de Dios, n. 225.

[7] Amigos de Dios, n. 225; cfr. n. 228.

[8] Codex iuris particularis seu Statuta Praelaturae Sanctae Crucis et Operis Dei, n. 117, traducción de Álvaro Sánchez-Ostiz, disponible en www.opusdei.org.

[9] Surco, n. 722.

[10] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 18.

[11] El término “nacionalismo” se utiliza en este contexto para referirse a la actitud negativa que se describe poco más adelante en el cuerpo del texto. Sin embargo, con el término no queremos aludir a opciones políticas en sí legítimas, siempre que no se opongan a la solidaridad entre los hombres y, más en general, al espíritu cristiano.

[12] Surco, n. 315.

[13] Camino, 525.

[14] Forja, 879.

[15] Es Cristo que pasa, n. 163.

[16] Cf. santo Tomás de Aquino, STh, I.II, q. 109, a.1, ad 1: “Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”.

[17] Javier Echevarría, Carta pastoral, 28 de noviembre de 1995, n. 17.

[18] Cf. Instrucción, 31-V-1936, 63; cfr. ibídem, nota 111.

[19] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 639.

[20] Apuntes de la predicación, 19 de mayo de 1937.

[21] Carta, 16 de julio de 1933, 26.