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Lunes, 31 Octubre 2016

3. La Obra: en torno a su naturaleza y fin

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La Obra (I): en torno a su naturaleza y fin

 

¿Cuál es la naturaleza del Opus Dei? ¿Cuál es su fin? ¿Por qué se puede decir que tiene un espíritu sobrenatural? ¿Cuáles son las actividades del Opus Dei? ¿Qué es lo que hace amable a la Obra? En estas páginas daremos unos elementos de respuesta. San Josemaría ha proclamado la llamada universal a la santidad y al apostolado (cf. Mt 5, 48; 28,19). Unas palabras del Papa Francisco, con ocasión de un congreso teológico en Roma sobre san Josemaría y el pensamiento teológico, sintetizan el contenido de nuestra exposición, al mismo tiempo que nos animan a hacerla realidad: “Que el precioso ejemplo de vida sacerdotal del santo fundador, precursor del Concilio Vaticano II al proponer la llamada universal a la santidad, suscite en todos los fieles del Opus Dei una renovada certeza de que el creyente, en virtud del bautismo que lo incorpora a Cristo, está llamado a ser santo y a colaborar con su trabajo cotidiano a la salvación de la humanidad ”[1].

Para ilustrar nuestra actitud ante el misterio de la Iglesia y, por lo tanto, la realidad del Opus Dei en su seno, puede servir el cuento oriental que Joseph Ratzinger ha utilizado alguna vez al tratar de nuestra percepción de la religión[2]. El entonces prefecto de la congregación para la Doctrina de la fe evocaba la parábola budista del elefante y los ciegos. Un rey reúne a los ciegos de una pequeña aldea donde nunca había estado un elefante. Ordena que pase un paquidermo en medio de aquellos ciegos. Algunos tocan la cabeza, otros, una oreja, un colmillo, la trompa, la cola, una pata. El rey comenta a todos: esto es un elefante. Después, pregunta a cada uno: ¿qué piensas que es un elefante? Los ciegos contestan de modo muy variado, según la parte que habían tocado: es como un cesto de paja... es una tienda... una especie de puchero... una columna... una pilastra... la caña de un arado... un mortero... una escoba...

El Opus Dei pertenece al misterio de la Iglesia, se entiende en y desde la Iglesia, y como ella admite muchas perspectivas, sin que ninguna abarque enteramente lo que es. Un misterio, algo que invita a la contemplación y que se puede entender sólo en parte, como ‒con las limitaciones del ejemplo‒ sugiere el cuento anterior. Una realidad sobre la que cabe siempre profundizar, pero evitando convertirla en una especie de “problema” que hay que resolver.

1. Naturaleza del Opus Dei

Ante la realidad del Opus Dei, uno fácilmente se encuentra como esos ciegos, en el sentido de que percibimos sólo unas facetas de una realidad humana compleja que es también divina: a imagen de Jesucristo y de su Iglesia. Así pues, se han encontrado taxistas para quienes el Opus Dei era algo que reúne sólo a chóferes de taxi para momentos de oración. Para algún empresario, son unos colegas que tratan de observar la ética empresarial en los negocios de cada día. Incluso se cuenta que para una niña de 7 años el Opus Dei era eso que hacía que los martes su padre volviera a casa más tarde, ciertamente muy contento, después de haberse encontrado con unos amigos. Este mismo padre de familia quizá piense que, para él, el Opus Dei es lo que ha permitido que su hijo haya mejorado en la escuela. Para el vecino, los del Opus Dei son los que te saludan y te sonríen cuando te los cruzas por la calle (por lo menos, es lo que habría que esperar). El chico que va a un club juvenil habla del lugar donde haces cosas increíbles como saltar en un río con neumáticos, o visitar a ancianos que parecen tener mil años. Incluso cabe plantearse: para el párroco que conozco, ¿qué es el Opus Dei? ¿Quiénes son sus fieles? ¿Qué podría decir de su modo de rezar, de relacionarse con los demás parroquianos, de contribuir al apostolado en el barrio, de su sintonía con el párroco? En resumen, gracias a Dios, muchos, cristianos o no, han conocido directamente gente del Opus Dei y comprueban que, a pesar de sus limitaciones, procuran ser un testimonio de confianza, compasión, amistad, profesionalidad, cercanía y esperanza, que no es otra cosa que una manifestación del espíritu del Evangelio en medio de la calle.

En la Iglesia

Lo que espera la niña, lo que vive el taxista, lo que entusiasma al chico del club son realidades parciales de una realidad más grande que les aúna y supera. Esa realidad con mil facetas, es el Opus Dei en la Iglesia. Como parte de la Iglesia católica, el Opus Dei es un misterio que no admite una reducción a una definición matemática. Del mismo modo, la Iglesia es Templo del Espíritu Santo, Pueblo de Dios, Comunión de los santos, barca de Pedro, campo, redil, camino, jardín, casa de Dios, construcción, obra de Dios… Todas expresiones que dicen, cada una, algo más y algo menos que una mera definición conceptual. La Iglesia es el Pueblo de Dios que se hace Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. El Opus Dei es una pequeña parte de esa realidad, tiene la misma sustancia, los mismos medios, el mismo fin: la salvación del género humano. En el seno de la Iglesia, el Opus Dei substancialmente no es otra que eso: partecica de la Iglesia, como decía san Josemaría. Como la Iglesia, en y desde la Iglesia, crece por lo tanto desde la oración y los sacramentos.

Una obra de Dios

La Iglesia es la prolongación en el tiempo y en el espacio de la presencia de Jesucristo hasta la Parusía. “Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria[3]”. Toda la Biblia es la narración de ese acercamiento del Señor hacia los hombres, de las grandes obras de Dios y sus maravillas. Opus Dei, en latín, significa “obra de Dios”, “trabajo de Dios”[4]. En las versiones latinas de los Hechos de los Apóstoles en la Vulgata y en la Neovulgata, la palabra « opus » traduce el término griego “ergon”, “trabajo”. Así por ejemplo, según las palabras del Espíritu Santo, en Antioquía Pablo y Bernabé son elegidos “para la obra que les he destinado” (Hch 13, 2): esa obra es la difusión del Evangelio.

Que la institución fundada por san Josemaría se llame “Opus Dei” refleja su convicción sobre el origen divino de esa obra y, a la vez, de su desarrollo: era, antes que nada, un don de Dios, una intervención suya más en la historia. Por eso, decía también convencido: “no se trata de una obra mía, sino de la Obra de Dios[5]” y recordaba que el secreto del Opus Dei es la oración. La semilla es la palabra de Dios, el que siembra el Señor: “semen est verbum Dei” (Lc 8,11), “sator autem Christus[6]”. De aquí la condición de instrumentos. San Pablo dice a los filipenses: “Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito” (Flp 2, 13).

2. El fin del Opus Dei

El fin del Opus Dei es difundir por todas partes la llamada universal a la santidad y al apostolado en medio del mundo, en la vida ordinaria, especialmente en el trabajo profesional[7]. Se trata, por tanto, de un fin exclusivamente espiritual, que se podría resumir diciendo que al ejercer nuestras ocupaciones habituales podemos dejar que el Espíritu Santo actúe en nuestras almas, para identificarnos cada vez más con Jesús, siendo progresivamente mejores hijos del Padre del Cielo. Al referirnos al “trabajo profesional”, entendemos la actividad principal que configura de algún modo la identidad personal: puede ser un trabajo remunerado, pero también alguna ocupación vivida como un deber de estado, por ejemplo, el ocuparse del hogar.

La oración colecta de la Misa del proprio de san Josemaría resume bien estas perspectivas. Se dirige a Dios Padre en estos términos: “Oh Dios, que has suscitado en la Iglesia a san Josemaría, sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo y sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención[8]”.

Esa oración señala que el Opus Dei nace en la Iglesia y participa de su misión esencial: reconciliar el mundo con Dios: “en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo” (2 Co 5, 19). San Agustín dirá: “Ecclesia, hoc est mundus reconciliatus”, la Iglesia es el mundo reconciliado con Dios.

En varias ocasiones san Josemaría ha hablado del Opus Dei como de una gran catequesis: “Somos y seremos siempre una gran catequesis[9]”. ¿Qué significa esta palabra? Si bien el fundador no pretendía con ella decir otra cosa que lo que la palabra designa de modo inmediato, nada impide profundizar en el término. Etimológicamente, catequesis conlleva la idea de hacer resonar, de despertar un eco. En la Iglesia primitiva, la catequesis unía tres cosas: el kerigma, o proclamación de las verdades de salvación; unas enseñanzas prácticas sobre la vida que tiene que ser la del cristiano; y finalmente un “ritual” que hay que practicar, es decir, llevar una vida sacramental y litúrgica. Siguiendo esta tradición, el Catecismo de la Iglesia católica está estructurado en cuatro partes: “el misterio cristiano es el objeto de la fe (primera parte); es celebrado y comunicado mediante acciones litúrgicas (segunda parte); está presente para iluminar y sostener a los hijos de Dios en su obrar (tercera parte); es el fundamento de nuestra oración, cuya expresión principal es el "Padre Nuestro", que expresa el objeto de nuestra súplica, nuestra alabanza y nuestra intercesión (cuarta parte)[10]”. En resumen, se trata de la fe que creemos (contenido de la fe); la fe que vivimos (moral); la fe que profesamos (liturgia); la fe que rezamos (oración). Se puede decir que el Opus Dei, como gran catequesis, ayuda a que los fieles corrientes unan esas cuatro dimensiones en su propia vida. Por eso, los medios de formación son medios de transformación: son performativos, por utilizar una expresión que Benedicto XVI aplica al mensaje cristiano[11].

En el Opus Dei se manifiesta ese carácter concreto del cristianismo, presentado antes que nada como un acontecimiento: la vida de Cristo en nosotros. En ocasiones, san Josemaría hablaba de la Obra como de un encuentro con Dios en medio de las actividades ordinarias. Los fieles del Opus Dei se esfuerzan “para que todos aprendan a conocer y a amar al Señor, a descubrir que la vida normal en el mundo, el trabajo de todos los días, puede ser un encuentro con Dios[12]”. En cierto modo, se repite el encuentro con el Resucitado que vivieron los discípulos de Emaús, como dice san Josemaría con una bella expresión: “Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra[13]”.

3. Espíritu. Actividades

El espíritu sobrenatural de la Obra de Dios

El Opus Dei es obra de Dios, porque nace por inspiración divina y porque Dios sigue actuando en ella hoy, como actúa en su Iglesia. Como reza la plegaria eucarística cuarta del Misal romano, el Espíritu Santo fue enviado “a fin de santificar todas las cosas, llevando a la plenitud su obra en el mundo”: “opus suum in mundo perfíciens”.

El Opus Dei fue inspirado por Dios a san Josemaría Escrivá de Balaguer el 2 de octubre de 1928 en Madrid (España). El fundador era entonces un joven sacerdote de 26 años. No se trata pues de una empresa humana, como sería la apertura de un comercio, la creación de una asociación deportiva, o la de una organización para resolver desafíos de la sociedad de una época, como la difusión de la fe o el cuidado de personas discapacitadas: todas cosas en sí buenas e, incluso, excelentes. Muy temprano san Josemaría expresó su convicción de ser un instrumento. Por ejemplo, escribió el 19 de marzo de 1934, unos años después de la fundación: “La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre […]. Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, dos de octubre de 1928[14]”.

El 2 de octubre de 1928 san Josemaría “ve” –es el verbo que emplea– el Opus Dei: esta visión intelectual se impone a él sin que buscara fundar nada: de algún modo será fundador a pesar de sí mismo[15]. En este sentido, el origen del Opus Dei es carismático: es una irrupción de Dios en la historia. La Iglesia ha reconocido ese carácter sobrenatural, es decir no meramente humano. En este sentido, san Juan Pablo II escribe en la Constitución apostólica Ut sit que el Opus Dei fue fundado “por inspiración divina” en Madrid[16]. A la vez, el Opus Dei tiene una dimensión institucional, en cuanto que es una prelatura personal, circunscripción que pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia. Esta fisonomía institucional canónica se podría explicar así: la Santa Sede confía unos fieles a un prelado, que cuenta con sacerdotes para atenderlos, ambos fieles laicos y sacerdotes cooperan entre sí para llevar a cabo la misión del Opus Dei, bajo la autoridad del Prelado. Prelado, clero incardinado y fieles miembros forman la Prelatura del Opus Dei[17].

En la vida de san Josemaría, otros momentos vendrán a completar la iluminación del 2 de octubre desde el punto de vista institucional. El 14 de febrero de 1930, entenderá el lugar de las mujeres en el Opus Dei[18]. El 14 de febrero de 1943, verá la solución para poder contar con sacerdotes que desarrollen su ministerio en los apostolados del Opus Dei. Con todo, desde 1928 el ministerio sacerdotal ya estaba presente en el Opus Dei, en la misma persona de su fundador. Es significativo que ambas luces del 14 de febrero se den mientras celebraba la Eucaristía.

Con visión de fe, después de la luz del 2 de octubre, san Josemaría veía la Obra proyectada en el tiempo y en el espacio. ¿Qué veía? Sobre todo, las personas, una a una, muchas almas; y en esa perspectiva que abarcaba los siglos venideros, usa un verbo que caracteriza la actitud humana ante el misterio cristiano: “contemplar”. Así por ejemplo escribía: “Contemplo ya, a lo largo de los tiempos, hasta al último de mis hijos –porque somos hijos de Dios, repito– actuar profesionalmente, con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando –al buscar la perfección cristiana en su profesión y en su estado en el mundo– el bien de toda la humanidad[19]”.

Con la muerte de Josemaría Escrivá de Balaguer, el 26 de junio de 1975 en Roma, se acaba la época fundacional. Muchos años antes, había infundido fe y esperanza en el alma de los que habían de seguir ese camino abierto en 1928: “En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios; de la que formamos parte por elección divina -ego elegi vos (Jn 15,16)-, con el fin de que seamos en el mundo imitadores de Jesucristo Señor Nuestro, sicut filii carissimi, como hijos queridísimos (Ef 5, 1)[20]”. Y escribía después:

1) La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice.

2) Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes.

3) Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice[21]”.

La actividad del Opus Dei

La actividad del Opus Dei se resume esencialmente en la formación de sus fieles y de otras personas. Podríamos decir que realiza una vasta formación permanente[22]. “La labor de los directores del Opus Dei se encamina principalmente”, contestó un día san Josemaría, a hacer que a todos los fieles “llegue el espíritu genuino del Evangelio —espíritu de caridad, de convivencia, de comprensión, absolutamente ajeno al fanatismo—, a través de una sólida y oportuna formación teológica y apostólica. Después, cada uno obra con completa libertad personal y, formando autónomamente su propia conciencia, procura buscar la perfección cristiana y cristianizar su ambiente, santificando su propio trabajo, intelectual o manual, en cualquier circunstancia de su vida y en su propio hogar[23]”.

¿Qué decir entonces de iniciativas como Midtown Study Center en Chicago, o la Clínica Universidad de Navarra en Pamplona (España), el hospital Monkolé en Congo, la residencia de estudiantes Warrane en Sídney, el centro de formación técnica Dualtech en Filipinas? Son obras de apostolado corporativo del Opus Dei. La prelatura asume la responsabilidad de la orientación doctrinal católica de esos centros, y en particular de la capellanía. Sin embargo, no es la Obra como tal quien crea o dirige la actividad de esas iniciativas, que cuentan con sus propios responsables y entidades gestoras[24].

En resumen, san Josemaría no sólo proclamó la llamada universal a la santidad, sino que puso en marcha, con la gracia de Dios y la respuesta generosa de muchas personas, una obra destinada a ofrecer un camino para este fin. Exige tomarse en serio la radicalidad de la llamada a la santidad.

Amar la Obra

El mismo nombre de la Obra previene contra un celo mal entendido. “Opus Dei”: Dios es el que actúa. Amar a la Iglesia y, en su seno, al Opus Dei, es participar de ese amor que viene de Dios difundiéndose en las almas: es amar a Dios y al prójimo en Él. Esa caridad se extiende incluso a los que se oponen a ese mensaje, pues el Evangelio invita de modo sublime a amar a los enemigos, e incluso Cristo añade: “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 45).

“No podemos mirar sólo a la Obra: miramos primero y siempre a la Iglesia santa. Demos gracias al Señor, que ha hecho que nunca tuviéramos ni la mirada turbia ni el corazón pequeño[25]”. El amor a la Obra reside por lo tanto en creer en la acción de Dios en su Iglesia. Los fieles del Opus Dei aman a la Obra también porque es el camino que Dios quiere para ellos: aman a una familia de vínculos espirituales. Ese amor es participación del amor de Jesucristo a su Iglesia, y está abierto a todas las realidades que en ella existen. La alegría del Espíritu Santo, la seguridad de conocer el propio itinerario, se desbordan en una estima, respeto y cariño hacia los que no siguen el mismo camino del Opus Dei, y que también son obreros de la mies del Señor (cfr. Mt 9, 37-38). Por lo tanto, se excluye todo faroleo, autobombo, orgullo colectivo, todas cosas ridículas y odiosas, contrarias al espíritu cristiano.

El amor hacia la Obra se manifiesta en el amor a las personas que tratan de encarnar en su vida el espíritu del Opus Dei. En definitiva, no es otra cosa que el amor a Jesucristo en los demás. Es descubrir esa presencia misteriosa de Dios en todo, poner en obra el “mandatum novum” (Jn 13, 34), el mandamiento nuevo del amor.

G. Derville

Octubre de 2016

 

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[1] Francisco, Saludo con motivo del congreso “San Josemaría y el pensamiento teológico”, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma, 14-16 de noviembre de 2013., n. 53.

[2] Cf. Joseph Ratzinger, « Vérité du christianisme ? », conferencia en el simposio en La Sorbona, «2000 ans après quoi ?», 27 de noviembre de 1999, en Christianisme : héritages et destins, (ed. Cyrille Michon), Le livre de Poche, Paris 2002.

[3] Es Cristo que pasa, n. 131.

[4] En la Iglesia, esas palabras designan también la liturgia. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1069: “La palabra "Liturgia" significa originariamente "obra o quehacer público", "servicio de parte de y en favor del pueblo". En la tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte en "la obra de Dios" (cf. Jn 17,4). Por la liturgia, Cristo, nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención”.

[5] Apuntes íntimos, n. 21, citado en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo I, Rialp, Madrid 1997, p. 333.

[6] Aclamación antes del Evangelio, Martes de la 5ª semana de Cuaresma.

[7] Se dice en el Codex iuris particularis Operis Dei, n. 2: “§ 1. De acuerdo con las normas del derecho particular, la Prelatura se propone la santificación de sus fieles, mediante el ejercicio de las virtudes cristianas en el propio estado, profesión y condición de vida de cada uno, según su específica espiritualidad, absolutamente secular. § 2. Igualmente la Prelatura busca trabajar con todas sus fuerzas para que personas de todas las condiciones y estados de la sociedad civil, y en primer lugar los denominados intelectuales, se adhieran de todo corazón a los preceptos de Cristo Nuestro Señor y los lleven a la práctica, en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo profesional propio de cada uno, para que todas las cosas se ordenen a la Voluntad del Creador; y formar hombres y mujeres para ejercer el apostolado igualmente en la sociedad civil” (traducción castellana de Álvaro Sánchez-Ostiz, disponible en www.opusdei.org).

[8] Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Decreto CD 689/02/L, 2 de diciembre de 2003.

[9] Apuntes íntimos, n. 548, 6-I-1932, citado en A. de Fuenmayor, V. Gómez-Iglesias, J.L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, p. 276.

[10] San Juan Pablo II, Constitución Apostólica «Fidei Depositum» por la que, en virtud de la autoridad apostólica, se promulga y establece, después del Concilio Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia Católica, 11 de diciembre de 1992, exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica.

[11]Cfr. Encíclica Spe Salvi, 30 de noviembre de 2007, nn. 2 y 4.

[12] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 70, 5.

[13] Amigos de Dios, 314.

[14] Instrucción, 19-III-1934, nn. 6 y 7; cit. en Pedro Rodríguez, Opus Dei: estructura y misión. Su realidad eclesiológica, Ediciones cristiandad, Madrid 2011, p. 62.

[15] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, tomo I, p. 113-120.

[16] Cfr. San Juan Pablo II, Const. apostólica Ut sit, 28 de noviembre de 1982: AAS 75 (1983) 423.

[17] Ese aspecto de detalla más en el Tema n. 10.

[18] Sobre la unidad del Opus Dei y la separación entre los apostolados de hombres y mujeres se trata en el Tema n. 8.

[19] Carta 9-I-1932, n. 4, cit. en José Luis Illanes, La santificación del trabajo; Palabra, Madrid 2001, 10ª ed., p. 117.

[20] Cfr. Pedro Rodríguez-Fernando Ocáriz-José Luis Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993, p. 136 y José Luis Illanes, La santificación del trabajo, Palabra, Madrid 2001, 10ª ed., p. 135.

[21] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, tomo I, p. 576.

[22] Cfr. Tema n. 1.

[23] Conversaciones, n. 35.

[24] Para más detalles sobre la relación entre estas iniciativas y el Opus Dei, cfr. Tema n. 48.

[25] San Josemaría, Carta 14-IX-1951, n. 27.