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Domingo, 11 Octubre 2009

12. Santa Misa y Eucaristía

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Santa Misa y Eucaristía

 

1. Palabras de vida eterna

El deseo de permanencia está inscrito en las profundidades del espíritu humano. Aunque a veces es también muy fuerte la tendencia a aferrarse a los placeres efímeros, el corazón del hombre está hecho para una vida inmortal, imperecedera. De esta realidad se hace eco la oración litúrgica de la Iglesia cuando pide a Dios Omnipotente que “te rectóre, te duce, sic bonis transeúntibus nunc utámur, ut iam possímus inhærére mansúris. Sustentados y guiados por ti, usemos de los bienes terrenos de tal modo que podamos conseguir los eternos[1].

Pero, ¿cuáles son esos bienes eternos? ¿Dónde se pueden encontrar? ¿Hay algo que sea permanente en medio de nuestra condición temporal? La historia universal está compuesta de algunos grandes eventos que han marcado de alguna manera su rumbo, y continúan teniendo cierta influencia en el presente, que a veces queda “objetivada” en celebraciones con ocasión de algún aniversario, centenario o incluso milenario. Ahora bien, está claro que tales eventos se pueden conmemorar, pero de ninguna manera se pueden repetir. La nostalgia que provoca el recuerdo y su conmemoración ha conducido a ciertas corrientes sociales o de pensamiento a intentar recuperar los cánones perdidos de épocas pasadas, consideradas gloriosas o dignas de ser revividas. Pero también estos movimientos pasan.

¿No hay entonces ningún evento de la historia que permanezca, que sea imperecedero, con el que se pueda entrar de algún modo en contacto real, y no sólo virtual? ¿Hay algún personaje de la historia del que podamos ser contemporáneos? La fe cristiana ofrece una respuesta bien concreta: la confesión de Pedro a la pregunta que Jesús realizara en la sinagoga de Cafarnaún después de haber pronunciado el discurso del pan de vida (discurso que provocó que muchos de los que hasta entonces le seguían se fueran, tras escuchar el anuncio de la eucaristía): “¿También vosotros queréis marcharos?”[2]. A lo que Pedro replica: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”[3]. Y Juan Pablo II comenta: “Sólo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad. [...] Esa importante darse cuenta de que, entre todas las preguntas que surgen en vuestro interior, las decisivas no se refieren al “qué” La pregunta de fondo es “quién”: hacia “quién” ir, a “quién” seguir, a “quién” confiar la propia vida. [...] Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. En la pregunta de Pedro: ¿A quién vamos a acudir? está ya la respuesta sobre el camino que se debe recorrer. Es el camino que lleva a Cristo. Y el divino Maestro es accesible personalmente; en efecto, está presente sobre el altar en la realidad de su cuerpo y de su sangre. En el sacrificio eucarístico podemos entrar en contacto, de un modo misterioso pero real, con su persona, acudiendo a la fuente inagotable de su vida de Resucitado”[4]

 

2. Contemporaneidad con Cristo: sacramento presencia

Entonces sí que existe una Persona de la que podemos ser realmente contemporáneos: Jesucristo. Hay un evento histórico que ha sucedido en el pasado, pero que no pasa nunca, que nos es siempre presente: el Misterio Pascual del Hijo de Dios hecho Hombre, su sacrificio redentor en la cruz y su gloriosa resurrección y ascensión al cielo, que en la institución de la Eucaristía en el Cenáculo “está como incluido, anticipado, y concentrado“ para siempre. “En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa contemporaneidad entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos”[5].

Todos los cristianos, y de modo especial los sacerdotes, entramos en el Cenáculo por derecho propio, porque allí ha nacido el sacerdocio, allí se ha manifestado la Iglesia. Podemos meternos allí con la confianza de quien se sabe en su casa[6]. Por eso impresiona leer una vez más las palabras de Jesús recogidas por San Lucas: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”[7].

Jesús ha deseado ardientemente comer esta pascua con los suyos, porque en esta Última Cena va a instituir la Eucaristía, anticipación sacramental de su entrega en la Cruz, que le permitirá misteriosamente irse al Padre y al mismo tiempo quedarse con nosotros. En la Eucaristía se cumple algo que resulta imposible a nuestra inteligencia. Jesús tenía que marcharse, para que viniera el Espíritu Santo, pero al mismo tiempo se queda. Se va y se queda. No deja una foto, un recuerdo, se queda él mismo[8]. Realiza la promesa que hiciera antes de ascender a los Cielos: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”[9]. La presencia de Cristo en la Eucaristía, y por tanto en la Iglesia, hace de ésta una realidad permanente, manifestación visible del Reino de Cristo, que pervive en medio del sucederse de las civilizaciones y sistemas, durante siglos, gracias a una potestad que no es sino la de Dios: “Potestas eius potestas aeterna, quae non auferetur, et regnum eius, quod non corrumpetur. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás”[10].

 

3. Sacramento, sacrificio y banquete

El evento pascual se vuelve a hacer presente, desde hace más de dos mil años, en nuestros altares, cada vez que participamos en la santa Misa, donde se actualiza de modo incruento el único sacrificio de Cristo[11], que se convierte en alimento para nosotros. Por eso la Iglesia enseña que la Misa es sacrificio y al mismo tiempo banquete[12].

Un sacrificio que, como dice la liturgia eucarística, es de alabanza, sin mancha y universal: “pópulum tibi congregáre non désinis, ut a solis ortu usque ad occásum oblátio munda offerátur nómini tuo Congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha, desde donde sale el sol hasta el ocaso”[13]. Las palabras de la Consagración no son sólo un recuerdo, o un memorial, son sobre todo un hacer presente, una actualización: el pan y el vino se transforman, se “transubstancian” en el Cuerpo y la Sangre de Cristo: cuerpo entregado y sangre derramada por nosotros, para la remisión de los pecados, en el sacrificio de la Cruz, donde adquirieron pleno significado y cumplimiento aquellas palabras de Jesús: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”[14].

Los evangelios narran en dos ocasiones el portento de la multiplicación de los panes[15]. Además de un claro significado inmediato, ese gesto admirable de Cristo es una prefiguración de la Eucaristía, donde se prolonga tal propagación. “En la Santa Eucaristía recibimos el fruto del grano de trigo muerto, la multiplicación de los panes que prosigue hasta el fin del mundo y en todos los tiempos”[16]. Aquí se aprecia cómo la Misa, además de sacrificio, es también banquete, alimento espiritual. Jesús ha dicho que quien no come su cuerpo y no bebe su sangre no tiene la vida en él, la vida eterna[17]. En la comunión sucede, como explica San Agustín, que no es el pan el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que venimos transformados en Cristo[18]. Se verifican entonces de una manera muy especial las palabras de San Pablo: “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí [...] que me amó y se entregó a sí mismo por mí”[19].

 

4. Eficacia transformadora

La Eucaristía tiene, pues, una eficacia transformadora. Jesús convirtió en Caná el agua en vino. En la Última Cena, transforma el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre. Y de este modo, nos muestra que, si le dejamos actuar, puede transformar también nuestra propia vida, y hacer de ella algo divino. “Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos […]. La adoración, como hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él”[20].

Esa transformación alcanza nuestro modo de ver la realidad, que se hace sobrenatural. Quizá en ocasiones una visión demasiado humana de las cosas nos impide percibir la mano de Dios en determinadas situaciones; o, más exactamente, nos parece que es imposible que Dios esté presente en tales circunstancias. La recepción y contemplación del misterio eucarístico, es decir, allí donde parece que es imposible que Dios esté (un trozo de pan), y sin embargo está, provocará en nosotros esa transformación interior que lleva a aprender a reconocer la presencia divina detrás de las circunstancias que se producen en nuestra vida.

De este modo, advertimos que Jesús se queda para que acudamos a Él: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”[21], había dicho Pedro. San Josemaría solía afirmar que aquí estaba la razón de su vivir, que ante la presencia de Cristo le sobraban razones. “En este Sacrificio –decía– se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros”[22]. Toda nuestra existencia adquiere su verdadero valor junto a la Eucaristía, una eficacia sobrenatural insospechada. De ahí que aconsejara: “Has de conseguir que tu vida sea esencialmente, ¡totalmente!, eucarística”[23].

 

5. Fuente y culmen, centro y raíz

La Iglesia enseña que la Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana”[24]. El Concilio Vaticano II, refiriéndose a los sacerdotes, se expresaba con otra pareja de términos altamente significativos: el Sacrificio Eucarístico se manifiesta como “centro y raíz de toda la vida del presbítero”[25].

San Josemaría aplicaba esa misma expresión a todos los cristianos, concretando algunos puntos: “Lucha para conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto –prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente–, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar...”[26].

El centro es siempre el punto importante, alrededor del cual gira todo. Para otras personas el centro de su vida está constituido quizás por ambiciones nobles (el trabajo, su familia) o menos altas (el dinero, el afán de poder y de placer). Aunque a veces, por ser muy temprano o bien porque estemos cansados, asistamos sin sacar el brillo de que somos capaces, es bueno que el cristiano sea consciente de su centralidad en la jornada, poniendo el máximo esfuerzo de concentración: de hecho se trata del momento clave del día, en el que entramos en una relación de intimidad con Jesucristo, que se hace presente sobre el altar. San Josemaría refiere de alguna ocasión en que acabó la celebración agotado, pues para él la Misa era operatio Dei, trabajo divino[27]. Sería muy bueno que nos planteáramos cada día: ¿se nota que he estado en Misa y que he comulgado?

La Santa Misa ha de ser también raíz, por medio de la cual llega, como en los árboles, el alimento al ser vivo, de modo que, como consecuencia de esa alimentación, aparecen los frutos. Todo adquiere allí su valor, si lo ponemos en la patena que ofrece el sacerdote; como esas gotas de agua que se unen al vino que se convertirá en la Sangre redentora de Cristo. De este modo, durante el día podremos ir remitiendo cada acción a la Misa como a su auténtica raíz: las Normas de piedad cristiana, el trabajo, la vida familiar, las contrariedades de la jornada, las alegrías, etc. No sólo vivimos la Misa, sino que vivimos de la Misa. Se hace entonces realidad la petición del himno eucarístico: praesta de te semper vivere, et te illi semper dulce sapere; concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre saboree tu dulzura[28].

 

6. En unión con toda la Iglesia

Tenemos en la Misa un tesoro al que no podemos acostumbrarnos: es el Cielo que se abre hacia la tierra por unos minutos[29] (“se deberían parar los relojes”, añoraba San Josemaría[30]). Hemos de saber aprovecharlo, y, para ello, sacar el máximo partido de los textos que allí se leen, tanto del Ordinario de la Misa (que recoge y se compone literalmente de numerosos pasajes de la Escritura), como de las lecturas bíblicas que cada día se proclaman. En este sentido, puede resultar de gran ayuda, como muestra una experiencia muy amplia, el uso del misal de fieles, para seguir la celebración y en otros momentos de oración personal.

La Santa Misa es el momento clave para manifestar y vivir la unión con quien hace cabeza en la Iglesia universal y en la particular. Por eso hay una mención explícita en la Plegaria Eucarística del Romano Pontífice y del Obispo diocesano o equivalente. Juan Pablo II enseñó en su última Encíclica que la Iglesia vive de la Eucaristía, lo que significa que la Iglesia se edifica cada jornada en y de la Eucaristía[31]. De ahí la importancia fundamental que tiene la Misa del Obispo como cabeza de la portio populi Dei (porción del pueblo de Dios) a él confiada, a la que los fieles son invitados a vivir en comunión y unirse espiritualmente[32].

 

7. Adoración y conversión

Al ser la máxima manifestación que conocemos de la omnipotencia de Dios, debemos estar convencidos de que el cristiano con la Eucaristía lo puede todo. Y consecuentemente, de que sin ella no podemos nada. Lo decían convencidos los mártires de Abitinia, como recordaba en una de sus primeras homilías Benedicto XVI: sine dominico non possumus![33], no podemos vivir sin el domingo, es decir, sin la Eucaristía. Cualquier lucha, cualquier problema o situación en que nos encontremos, hemos de remitirla a la Eucaristía, unirla al Sacrificio de Jesús por nosotros. Esto nos da una gran seguridad en nuestra vida, y nos hace sentir la responsabilidad de ser teóforos –como se definió al final de sus días San Ignacio de Antioquía–, es decir, portadores de Dios para todas las almas [34].

A esto ayuda también la costumbre cristiana de la Visita al Santísimo Sacramento, que se puede hacer durante la jornada, como modo de devolver la visita a Quien ha venido a nuestro encuentro en la Comunión. Por eso en las iglesias y oratorios donde se encuentra el Santísimo Sacramento arde constantemente la lámpara junto al Sagrario. Como decía el Cardenal Joseph Ratzinger, “una iglesia sin presencia eucarística está en cierto modo muerta, aunque invite a la oración. Sin embargo, una iglesia en la que arde sin cesar la lámpara junto al Sagrario, está siempre viva, es siempre algo más que un simple edificio de piedra: en ella está siempre el Señor que me espera, que me llama, que quiere hacer “eucarística” mi propia persona”[35]. San Josemaría consideraba los Sagrarios como la reedición de la casa de Marta, María y Lázaro en Betania[36], un lugar donde el Señor pueda encontrar conversación amigable y atención amorosa, donde, en definitiva, reciba un buen trato, y esté a gusto, entre amigos.

Y es que entrar en una iglesia u oratorio y mirar al Sagrario debería suponer ya una llamada a la conversión, una invitación de Jesús a dejar de lado nuestra soberbia, nuestro afán de figurar o de mostrar nuestras capacidades, y a escondernos con él para entregarnos a los demás, para acordarnos de aquellas palabras suyas: “El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna”[37] Benedicto XVI se ha referido a estas palabras de Jesús como la formulación de “la ley fundamental de la existencia humana”. Y explica: “Es decir, quien quiere tener su vida para sí, vivir sólo para él mismo, tener todo en puño y explotar todas sus posibilidades, éste es precisamente quien pierde la vida. Ésta se vuelve tediosa y vacía. Solamente en el abandono de sí mismo, en la entrega desinteresada del yo en favor del tú, en el “sí” a la vida más grande, la vida de Dios, nuestra vida se ensancha y engrandece. Así, este principio fundamental que el Señor establece es, en último término, simplemente idéntico al principio del amor”[38].

***

Santa María estaba al pie de la Cruz, y está por tanto presente, de modo inefable, cada vez que se renueva el sacrificio eucarístico. “Comunicantes et memoriam venerantes, in primis gloriosae semper Virginis Mariae... Reunidos en comunión con toda la Iglesia, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María...”[39]. Por eso se hace siempre mención de Ella en la Plegaria Eucarística. Además, cabe considerar que la Sangre de Cristo es la misma que corría por las venas de su Madre Santísima. A Ella podemos acudir, con la oración de la comunión espiritual, que San Josemaría aprendió de un padre escolapio y difundió después por todo el mundo, pidiéndole que recibamos cada día al Señor con aquella pureza, humildad y devoción con que Ella misma le recibió[40].

 

S. Sanz Sánchez
Noviembre 2009

Bibliografía básica

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1322-1419
  • San Josemaría, Es Cristo que pasa, nn. 83-94
  • Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003
  • Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 22 de febrero de 2007

 

© ISSRA, 2009

 


1 Liturgia Horarum, Dominica XVII per Annum, Oratio [Liturgia de las Horas, Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Oración].

2 Jn 6, 67.

3 Jn 6, 68.

4 Juan Pablo II, Homilía en la Santa Misa de clausura de la XII Jornada Mundial de la Juventud, Roma, 20 de agosto de 2000.

5 Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 5.

6 Cfr. Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo, Jerusalén, 23 de marzo de 2000, n. 3.

7 Lc 22, 15.

8 Cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 83.

9 Mt 28, 20.

10 Dn 7, 14.

11 “Hoc enim fecit semel semetipsum offerendo” [Esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo] (Hb 7, 27; cfr. Hb 9, 28).

12 Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1356 y ss; 1382 y ss.

13 Missale Romanum, Prex Eucharistica III [Misal Romano, Plegaria Eucarística III].

14 Jn 12, 24.

15 Cfr. Jn 6, 1-15; Mt 15, 29-39.

16 Benedicto XVI, Homilía en el Domingo de Ramos, Roma 5 de abril de 2009.

17 Cfr. Jn 6, 53-54.

18 “Como si oyera tu voz que me decía desde arriba: Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en sustancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí“ (San Agustín, Confesiones, VII, 10, 16).

19 Ga 2, 20.

20 Benedicto XVI, Homilía en la explanada de Marienfeld, Colonia, 21 agosto 2005.

21 Jn 6, 68.

22 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 88.

23 San Josemaría, Forja, n. 826.

24 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 11; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1324-1327; Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, nn. 3, 17, etc.

25 Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis, n. 14.

26 San Josemaría, Forja, n. 69; cfr. Es Cristo que pasa, 87; 102.

27 “Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: operatio Dei, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina” (San Josemaría, Via Crucis, estación XI, punto de meditación n. 4).

28 Santo Tomás de Aquino, Himno Adoro te devote, quinta estrofa.

29 “En la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos” (cfr. 1Co 15, 28), Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1326; cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 89.

30 Cfr. San Josemaría, Forja, n. 436.

31 Cfr. Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, cap. 2, nn. 21-25.

32 Cfr. ibidem, n. 39; Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, n. 15. En este último documento el obispo es denominado “liturgo por excelencia” (n. 39). Mons. Javier Echevarría, Obispo Prelado del Opus Dei, lo expresa en estos términos: “¡Qué importante es que nos unamos a la Cabeza visible, al celebrar o al participar en este Santo Sacrificio! Todos bien pegados a la Cabeza de la Iglesia universal, al Papa; vosotros a quien hace Cabeza en cada Iglesia particular, a los Obispos, y muy especialmente a este Padre vuestro que el Señor ha querido poner como Cabeza visible y principio de unidad en esta partecica de la Iglesia que es la Obra” (Javier Echevarría, Carta pastoral con motivo del Año de la Eucaristía, Roma, 6 de octubre de 2004).

33 Benedicto XVI, Homilía en la clausura del Congreso Eucarístico Italiano, Bari 29 de mayo de 2005.

34 San Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios.

35 Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia, Cristiandad, Madrid 2001, p. 113.

36 “Para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia; es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 154; cfr. Camino, n. 322).

37 Jn 12, 25.

38 Benedicto XVI, Homilía en el Domingo de Ramos, Roma, 5 de abril de 2009.

39 Missale Romanum, Prex Eucharistica I seu Canon Romanus [Misal Romano, Plegaria Eucarística I o Canon Romano]

40 Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, volumen I, p. 50, nota 96.

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