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Jueves, 29 Octubre 2009

30. Laboriosidad, orden

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Laboriosidad, orden

 

1. La virtud de la laboriosidad

El vocablo latino labor significa esfuerzo, dificultad, fatiga, y también trabajo, en la medida en que la acción de trabajar reclama empeño y provoca, o puede provocar, cansancio. Esa significación, y, en mayor o menor grado, esos matices, los conserva en diversos idiomas modernos a los que ha pasado: lavoro, en italiano; labour, en inglés; labor, en castellano, etc. De entre las palabras derivadas, algunas, como el adjetivo “laborioso” y el adverbio “laboriosamente”, recogen y acentúan la referencia a la dificultad y al esfuerzo, ya que se aplican a actividades que sólo se alcanzan a través de un empeño duro y no exento de fatiga. El sustantivo abstracto “laboriosidad”, que ahora nos ocupa, se mueve, en cambio, en otra dirección, pues significa atención y dedicación a la tarea y, frecuentemente, la virtud de quien asume con seriedad y empeño el propio trabajo, sin implicar de por sí referencia a la dificultad, más aún, connotando, incluso con frecuencia, afición, inclinación y gusto respecto a aquello que se realiza.

En el lenguaje hablado, y también en el escrito, se restringe en ocasiones la significación de la palabra laboriosidad aplicándola sólo, o preferentemente, al trabajo manual, olvidando –o dejando en un segundo plano– el hecho de que el trabajo hace referencia no sólo a las tareas manuales, sino también a las intelectuales. Desde esta perspectiva la laboriosidad en cuanto virtud se identifica con la diligencia, es decir, la actitud o disposición para afrontar y resolver con rapidez, sin olvidos ni retrasos, lo que debe hacerse. Y se opone a la ociosidad y, más netamente, a lo que, desde antiguo, ha sido presentado como uno de los vicios capitales: la acedia o pereza. La pereza no se define tanto por el mero no hacer nada, como por la actitud que –en palabras de Tomás de Aquino– “hace entristecerse por algún bien espiritual, a causa del esfuerzo corporal que le está unido”[1]; frase en la que la expresión “bien espiritual” debe ser entendida –en el contexto en que ahora estamos situados y yendo más allá de la intención inmediata del Aquinate– con amplitud, y referida por tanto no sólo a la vida espiritual en sentido estricto sino a cualquier bien real y verdaderamente humano. La laboriosidad es, en suma, la actitud del espíritu que lleva a asumir y desarrollar con diligencia el propio trabajo y a enfrentarse con responsabilidad y constancia con cuanto reclaman las misiones o tareas que a cada uno corresponden.

El carácter virtuoso de la laboriosidad está en relación con la obligación de contribuir al bien de la colectividad, que incumbe a todo ser humano. Depende, pues, no sólo, ni predominantemente, de la necesidad de procurarse el propio sustento, de modo que si éste estuviera ya garantizado, dejaría de ser exigible, sino del carácter de misión que tiene –de por sí y más aún desde una perspectiva sobrenatural– la existencia humana. Está, por tanto, en relación con la justicia y la solidaridad y, cristianamente hablando, con la caridad. De ahí que san Josemaría Escrivá de Balaguer pudiera escribir en Camino: “Al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea”[2]; y en otro lugar: “el que pueda hacer como diez, tiene que hacer como quince”[3].

La laboriosidad es condición de eficacia. Ciertamente esa eficacia y los frutos que se obtengan como consecuencia del trabajo, dependen de muchos factores y circunstancias, algunos exteriores al sujeto, otros relacionadas con las cualidades que cada uno posea. Pero también es cierto que la dedicación a la propia tarea, la perseverancia, hora a hora, jornada a jornada, en el trabajo, permite llegar a metas que, en un primer momento, han podido parecer inalcanzables.

La laboriosidad es, en todo caso, expresión de la seriedad con que se afronta la propia profesión u oficio, y se asumen los deberes que de ahí derivan. Es elemento integrante del “prestigio profesional”, que, como se afirma en Camino[4], es parte del “anzuelo de pescador de hombres”, es decir, de ese testimonio de buen hacer que suscita aprecio en quienes nos rodean y facilita la conversación y el trato para dar a conocer a Cristo.

Toda consideración de la laboriosidad que la presente como una virtud de secundaria o de escasa importancia o como algo necesario o recomendado meramente para evitar el ocio, invierte la realidad de las cosas. La ociosidad no es mala sólo porque, al ir acompañada de una relajación del espíritu, puede provocar una debilitación de la personalidad y dar ocasión al pecado; sino que lo es en y por sí misma, de modo inmediato, pues supone el abandono o menosprecio de la misión recibida, de la propia e inexcusable responsabilidad social. El mandato bíblico sobre el trabajo toma, ciertamente, en ocasiones, su punto de partida de la condena de la ociosidad –sobre todo en los libros sapienciales–, pero tiene un alcance mucho más hondo: en el Antiguo Testamento, está en relación con la obra creadora de Dios[5], y, en el Nuevo, con la dignidad y seriedad de la vocación cristiana[6]. No está por eso fuera de contexto proponer como definición bíblica de la laboriosidad las siguientes palabras de San Pablo: “el hombre de Dios (ha de estar) dispuesto y a punto para toda obra buena”[7]. O acudir, con esa misma finalidad, a una expresión de San Josemaría: “el empeño por sacar partido a los talentos que cada uno ha recibido de Dios[8].

Pero si la laboriosidad puede y debe ser definida por referencia al empeño y prontitud en el cumplimiento de la propia misión y de los deberes y tareas que de esa misión derivan, conviene añadir que, propiamente hablando, dice relación no a todos los deberes, sino sólo a los que implican una actividad transitiva. El deber de amar a la propia familia —valga este ejemplo, aunque podrían alegarse otros— no es objeto de la laboriosidad en cuanto a los aspectos inmanentes e íntimos del amor; sí lo es, en cambio, por lo que respecta al cumplimiento pronto y diligente de los servicios pequeños o grandes en los que el amor se expresa y manifiesta.

 

2. Laboriosidad, actividad, activismo

La virtud de la laboriosidad está relacionada, como antes decíamos, con la justicia, que lleva a cumplir con fidelidad los deberes que a cada uno incumben y a asumir con responsabilidad las tareas que a cada uno corresponden; así como, desde otra perspectiva, con la fortaleza que impulsa a enfrentarse con las dificultades y a superar el cansancio y la fatiga. Se opone por eso a la pereza, a la que ya nos hemos referido, y a la dejadez y al abandono, tanto en sus formas más agudas, como en otras aparentemente menos graves o más menudas, como sería –pongamos un ejemplo especialmente significativo– el no adecuado aprovechamiento de ese bien precioso y limitado que es tiempo. San Pablo invita a vivir redimentes tempus, redimiendo el tiempo[9]; y en otro lugar escribe tempus breve est, el tiempo es breve[10]. “Verdaderamente –comenta San Josemaría– es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno[11].

La laboriosidad impulsa, pues, al aprovechar a fondo el tiempo, a llenar con un trabajo intenso y bien hecho las horas de que cada uno dispone. Pero si lleva a vivir con sentido de responsabilidad el propio quehacer, oponiéndose a la pereza, no excluye ni la contemplación de la belleza, ni el juego, ni otras realidades connaturales a la existencia humana, como el descanso. Un descanso que implicará en ocasiones (las horas de sueño) en el cese de toda actividad, pero que en otros muchos momentos no consistirá en “no hacer nada”, sino en “distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo”[12]; y que es tan necesario a la vida como el trabajo[13], no sólo porque permite reponer fuerzas a fin de reanudar con brío la tarea, sino porque contribuye a la tranquilidad y armonía del espíritu.

La realidad es, en efecto, que la laboriosidad se opone no sólo a la pereza, sino también –y con igual fuerza– al activismo, es decir, a la búsqueda ansiosa del trabajo, a la entrega a una actividad desmesurada y febril, que deformaría la personalidad, impediría atender a quienes nos rodean, haría muy difícil –y en ocasiones imposible– desarrollar debidamente las cuales personales que cada uno ha recibido, y podría incluso llevar a perder de vista el auténtico sentido de la vida.

La palabra “actividad” proviene del latín activitas y significa lo mismo que acción prolongada y eficaz. Frecuentemente se considera sinónimo de acción, si bien con la diferencia de matiz que se acaba de señalar. También se entiende a veces por actividad no una acción concreta sino un conjunto de acciones: así se habla de la actividad de un volcán, de una persona, de una organización. La filosofía clásica hizo de la actividad entendida como acción objeto frecuente de estudio, poniendo de manifiesto –Aristóteles debe ser aquí especialmente recordado– cómo los diversos seres están dotados de una naturaleza o principio de actividades que los define y caracteriza: cada ser obra, en efecto, según su naturaleza, de manera que al actuar expresa su naturaleza, a la par que la conduce a la perfección. Señaló también –y este punto tiene ahora singular importancia– que la acción se define por referencia al fin que con ella se busca. Es el fin lo que determina la acción y la dota de fisonomía. Un actuar carente de fines es signo de irracionalidad o de locura.

Los pensadores cristianos asumieron y prolongaron la reflexión iniciada por la filosofía griega a la luz de cuanto la fe cristiana les había manifestado sobre el sentido último del vivir humano. La revelación bíblica versa, en efecto, sobre el designio salvador de Dios, y lleva a ver el mundo como realidad unificada en virtud del decreto por el que Dios da el ser a los seres y los encaminada hacia la meta o consumación final a la que los destina, es decir, la plenitud del reino de los cielos en la que, por decirlo con San Pablo, Dios será “todo en todas las cosas”[14]. Horizonte que, como es obvio, reafirma el análisis de la acción realizado por la tradición clásica, a la vez que dota de sentido acabado tanto al existir del universo como a la vida de cada ser humano.

En ese contexto se coloca la virtud de la laboriosidad, que, a diferencia del activismo, connota un contexto auténticamente espiritual y humano, ya que, como ha escrito Juan Bautista Torelló, “la laboriosidad o es un servicio o es mera esclavitud”. El trabajo humano está llamado a producir frutos, como pone de manifiesto la parábola de los talentos[15], pero también, e inseparablemente, a perfeccionar al sujeto que lo realiza: el hombre no es esclavo, sino señor del trabajo, y en el trabajo debe desarrollarse como ser espiritual, como persona. La dedicación esforzada y responsable a la propia tarea está llamada a hermanarse con la serenidad, con la capacidad para percibir el bien y la belleza, con la apertura a quienes nos rodean, a cuyo bien debe contribuir el trabajo, y a la realidad de Dios, ante quien transcurre el trabajar.

Dicho con otras palabras, la virtud de la laboriosidad impulsa a trabajar, y a trabajar con empeño, dedicación y exigencia, pero sin atropellar la propia labor ni dejarse dominar por ella, sino afrontándola con serenidad de ánimo, con atención y cuidado en los detalles, con espíritu de servicio y con conciencia de la cercanía de Dios, a quien el trabajo, como toda otra realidad, puede y debe ser referida. La persona laboriosa –ha escrito San Josemaría– “hace lo que debe y está en lo que hace, no por rutina, ni por ocupar las horas, sino como fruto de una reflexión atenta y ponderada. Por eso es diligente”. Y a continuación añade: “El uso normal de esta palabra –diligente– nos evoca ya su origen latino. Diligente viene del verbo diligo, que es amar, apreciar, escoger como fruto de una atención esmerada y cuidadosa. No es diligente el que se precipita, sino el que trabaja con amor, primorosamente[16].

 

3. Laboriosidad y orden

El activismo es, a fin de cuentas, una actitud que lleva a dejarse arrastrar por los acontecimientos sin llegar a dominarlos y, por tanto trae consigo precipitación y en consecuencia desorden e ineficacia. La laboriosidad implica en cambio serenidad, capacidad para dominar el fluir de los acontecimientos y en consecuencia orden, y, con el orden, una eficacia no sólo aparente –como ocurre en el activismo– sino auténtica y duradera.

San Agustín definió el orden como “aquella disposición de las cosas semejantes y desemejantes que le da a cada una su lugar propio”[17]. Más brevemente, “disposición de las partes en el interior de un todo”; lo que presupone que ese todo no es un mero conglomerado, sino una realidad unitaria formada por elementos diversos que se relacionan entre sí, dotando al conjunto de belleza o, según los casos, de eficacia y efectividad.

La lengua griega posee dos palabras con semejanzas fonéticas, pero con diverso valor semántico: cosmos, que significa orden, y caos, que tenía en el idioma helénico la significación que ha continuado conservando en las lenguas a las que ha pasado, es decir, confusión, desorden. El juego entre esos dos vocablos dio lugar en los pensadores griegos a una reflexión sobre el universo (al que designaron precisamente con el sustantivo cosmos) como realidad marcada por un orden, que no excluye la casualidad y lo imprevisto, pero que obedece a unas leyes, que pueden ser captadas y analizadas por la inteligencia humana, dando origen a las diversas ciencias, y, con ellas, a la posibilidad de un dominio cada vez mayor de la naturaleza.

Junto a esa significación global o cosmológica, el vocablo orden es susceptible de otras utilizaciones más inmediatas y sencillas, que podríamos calificar de antropológicas. Acudimos en efecto a esa palabra para designar el modo en que el hombre dispone las realidades que integran el mundo en el que vive, de modo que produzcan una sensación de agrado y de armonía; o las cosas que usa, a fin de que, estando cada una en el sitio que le ha sido asignado, resulte fácil encontrarlas y servirse de ellas. Así como –y esto nos sitúa más directamente ante la laboriosidad– el modo en que se prepara la acción, disponiendo los medios y los tiempos de manera que se consiga eficazmente el fin que se desea alcanzar.

El orden, aunque tenga claras implicaciones materiales, tiene su raíz en el espíritu. Es fruto de una reflexión que, partiendo de la consideración del fin, valora los medios, considerando cuáles son los más aptos y apropiados, sea en general, sea –la virtud de la prudencia está llamada aquí a jugar un papel decisivo– en este momento concreto, contando con los que, hoy y ahora, están efectivamente a nuestra disposición. Como fruto de esa consideración, el orden lleva a disponer la jornada de forma que trabajo y normas de piedad, deberes de estado y encargos apostólicos, dedicación a la familia y trato con los amigos y colegas, encuentren su lugar, de modo que ninguna de esas realidades quede desatendida. Realizando así en la propia vida la experiencia a la que se hace referencia en uno de los puntos de Camino: “Cuando tengas orden se multiplicará tu tiempo, y, por tanto, podrás dar más gloria a Dios, trabajando más en su servicio”[18].

El orden es, como se desprende de todo lo dicho, expresión de una serenidad y armonía del espíritu, que presuponen a su vez una adecuada jerarquía en los afanes, valores y deseos. La invitación a vivir el orden, frecuente en la literatura ascética, es, por eso, mucho más que una mera llamada a ordenar las cosas que se poseen o que se usan, o a evitar la precipitación. Es ante todo una invitación a la educación del espíritu, a la ordenación, partiendo de un principio rector –el amor a Dios y las demás–, del propio corazón, de modo que la acción, informada por una adecuada jerarquía de valores, esté orientada al amor y al servicio, y contribuya verdadera y eficazmente al bien de quienes nos rodean y de la sociedad en su conjunto.

J. L. Illanes
Octubre 2009

 

Bibliografïa básica

Escritos de San Josemaría:

  • El tesoro del tiempo y Virtudes humanas, en Amigos de Dios, nn. 39-54 y 72-143

Otros escritos

  • J.B. Torelló, La laboriosità, en Dalle mura di Gerico. Note di psicologia spirituale, Milán 1988, pp. 35.43
  • G. Bardy, Acedia, en Dictionnaire de Spiritualité, t. I, cols. 166-169
  • B. Honing, Acedia y Pereza, en E. Ancilli (dir.), Diccionario de Espiritualidad, t. I, Barcelona 1983, pp. 24-27 y t. III, Barcelona 1984, pp. 148-149
  • J. Pieper, El ocio y la vida intelectual, Madrid 1962
  • E. Cantineo, Attivismo, en Enciclopedia Filosofica, Florencia 1968, cols. 582-583
  • V. Possenti, Lavoro, "lavorismo", "otium", en "Filosofia" 41 (1990) 135-154
  • S. Gatto, Activismo, en E. Ancilli, Diccionario de Espiritualidad, cit. t. I, pp. 28-30
  • J. Cruz Cruz, Orden, en Gran Enciclopedia Rialp, t. XVII, Madrid 1989, cols. 376-378

 

© ISSRA, 2009

 


[1]Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, 12, q. 84, a. 4.

[2]San Josemaría, Camino, n. 332.

[3]San Josemaría, AGP, P10, n. 266.

[4]San Josemaría, Camino, n. 372.

[5]Cfr. Ex 20, 9-11.

[6]Cfr. 2Ts 3, 6-15 y Ef 4, 23-28.

[7]2Tm 3, 17.

[8]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 81.

[9]Ef 5, 16.

[10]1Co 7, 29.

[11]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 39.

[12]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 62.

[13]Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 10.

[14]1Co 15, 28.

[15]Cfr. Mt 25, 14-28.

[16]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 81.

[17]San Agustín, De Civitate Dei, l. 19, c. 3.

[18]San Josemaría, Camino, n. 80.

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