Usted está aquí: De presbyterorum > Recursos para la labor pastoral > ¿Por qué los sacerdotes deben estudiar latín?
Viernes, 30 Marzo 2012

¿Por qué los sacerdotes deben estudiar latín?

Por 
  • - A +
  • PDF

Extracto de la intervención de Mons. Celso Morga, secretario de la Congregación para el Clero, en el Congreso del Pontificium Institutum Altioris Latinitatis (Roma). El autor señala la importancia de revalorizar el estudio del latín por parte de los sacerdotes -superando una visión meramente utilitarista- pues éste permite un contacto sin intermediarios con una herencia cultural y cristiana de gran valor.Italiano 

Celso Morga Iruzubieta, Por qué los sacerdotes deben estudiar latín, publicado originalmente en italiano en www.clerus.org, el 25 de febrero de 2012.

Extracto de la intervención del Arzobispo Secretario de la Congregación para el Clero en el Congreso organizado por el Pontificium Institutum Altioris Latinitatis en la Pontificia Universidad Salesiana (Roma), con ocasión el 50º aniversario de la Const. Ap. Veterum sapientia.

La segunda mitad del siglo XX marcó —no sólo a nivel eclesial— una línea divisoria en la historia del uso de la lengua latina. En decadencia ya desde hace siglos como instrumento de la comunicación erudita, resistió en la escuela como materia de estudio en los programas educativos de nivel secundario superior, y, en la Iglesia católica, en general, como medio de expresión de la liturgia e instrumento de transmisión de los contenidos de la fe y de un amplio patrimonio literario, que abarca desde la especulación teo-filosófica al derecho, de la mística y la hagiografía al tratado sobre las artes, a la música e incluso a las ciencias exactas y naturales.

Sin embargo, con el tiempo, al menos bajo el perfil propagandístico, la lengua latina acabó por convertirse, en gran medida, en prerrogativa cada vez más característica de la formación clerical en la Iglesia católica, hasta el punto de generar una espontánea, aunque quizá inapropiada, identificación entre la Iglesia romana y la entidad lingüística latina, que encontró en ella, en esta fase crítica, un vigor al menos aparente.

«Aparente» porque, si se consideran a posteriori las circunstancias actuales, todo haría pensar que la voz del beato Juan XXIII, dirigida el 7 de septiembre de 1959 a un congreso de estudiosos de la lengua latina, no solo quedó desatendida, sino que la cuestión del uso e incluso de la enseñanza misma de la lengua latina, también en el contexto eclesial, camina ya, probablemente, por senderos de una revalorización radical. «Pro dolor! sunt sat multi, qui mira progressione artium abnormiter capti, Latinitatis studia et alias id genus disciplinas repellere vel coercere sibi sumant: Desgraciadamente hay bastantes que, exageradamente seducidos por el extraordinario progreso de las ciencias, tienen la presunción de rechazar o restringir el estudio del latín y de otras disciplinas del género»[1] .

Está fuera de duda que la identificación entre Iglesia católica y lengua latina, en un contexto de secularismo cultural y, por un cierto tiempo, también de anticlericalismo dominante —difundido incluso en amplios estratos del mismo mundo eclesial—, ha producido ingentes daños a la supervivencia misma de la lengua latina en los sistemas educativos, dejada a un lado, no tanto por la aceleración fulminante del progreso de las ciencias “exactas” y de las ciencias naturales, como por un “intelectualismo crítico y seguro” de la propia capacidad de desarrollar “implantes culturales autosuficientes”, capaces de prescindir de toda relación de dependencia de un pasado que es juzgado como demasiado oneroso, y, por ende, caracterizados por el rechazo de cualquier postura normativa considerada como una fuerza de coerción.

Está claro que la experiencia general del hombre de Iglesia es que el latín ha acabado por ser estimado en mayor medida por quienes, en los mismos seminarios, aunque no solo en ellos, provienen de un substrato formativo muy distante de la cultura humanística, más que por los que se interesan en asuntos de matriz histórica, literaria, teológica, filosófica, espiritual y jurídica (ámbito humanístico).

Sin embargo, a pesar de las dificultades, se advierte hoy entre los sacerdotes la convicción de que la finalidad del iniciarse en el latín es asimilar una civilización y medir sus valores, intereses y significados, examinando sus enseñanzas y fundamentos teóricos en la perspectiva de una comprensión crítica del presente. Se trata de una señal claramente alentadora del mundo y de la Iglesia contemporánea, dispuesta a no ver la lección y el estudio del pasado como un superfluo o retrógrado volverse inútilmente a recuperar algo trasnochado, sino como un apropiarse de nuevo, directamente y sin intermediarios, de un mensaje de extraordinaria riqueza doctrinal, cultural y pedagógica, de una herencia intelectual tan vasta, fecunda y arraigada como para no temer ninguna ruptura con sus raíces.

En el momento actual, parece improbable que se logre hacer apreciar al sacerdote, mucho menos en la fase inicial del camino formativo, el valor del latín como una lengua dotada de nobleza de estructura y de léxico, capaz de promover un estilo conciso, rico, armonioso, lleno de majestad y de dignidad, que permite la claridad y la gravedad, apta para promover toda forma de cultura, la humanitatis cultus, entre los pueblos[2] .

En esta recuperación de una identidad cultural propia, en este retomar desde el fondo de los motivos de la presencia misma de la Iglesia en la sociedad, es donde se configura la importancia del latín en el curriculum académico de los aspirantes al sacerdocio, rescatándola de todo requisito simplista —además de incorrecto y reductivo— sobre su funcionalidad práctica, y rehabilitando su papel de materia ampliamente formativa.

En esta perspectiva Pablo VI, en el Motu proprio Studia latinitatis —con el que instituía, en el entonces Ateneo Salesiano, el Pontificio Instituto Superior de Latinidad—, reiteraba con decisión en el mismo prólogo del texto, la estrecha unión entre el estudio de la lengua latina y la formación al sacerdocio, confirmando el carácter ineluctable de una non exigua scientia del latín. «Studia latinitatis antiquarumque litterarum quam maxime coniungi cum sacrorum alumnorum institutione atque disciplina persuasum nullo non tempore Summi Pontifices habuerunt, qui non minus praeterita quam nostra hac aetate huiusmodi super re gravia in lucem ediderunt documenta: En todas las épocas ha sido convicción de los Sumos Pontífices que el estudio de la lengua latina y de la literatura antigua está absolutamente unido a la enseñanza y formación de los seminaristas, y tanto en el pasado como en nuestros días ellos han publicado importantes documentos sobre este tema»[3].

Un primer aspecto de su utilidad, intrínsecamente unido a la formación del sacerdote, es que sirve como intermediario de un conjunto de valores que favorecen el pleno desarrollo de la personalidad, de las disposiciones del alma y de una auténtica madurez humana, que repercute en la capacidad para hacer elecciones ponderadas y juzgar con recto espíritu crítico a los hombres y los acontecimientos, en la adquisición del dominio de sí, en el desarrollo del espíritu de iniciativa, en la capacidad de trabajar en común con los compañeros y con los laicos, en el interés por valores como la lealtad, el respeto, la justicia, la fidelidad, la amabilidad en el trato, la discreción, la caridad, el recto uso de la libertad[4] .

Vehículo de una visión antropocéntrica del mundo profundamente empapada de espiritualidad cristiana, la lengua latina consiente en ofrecer una contribución autorizada y peculiar para valorar y orientar los objetivos que surgen de las nuevas ciencias, reconfigurando toda noción de progreso en un equilibrado balance entre la búsqueda de felicidad y bienestar y la respuesta a las exigencias profundas del homo interior.

Esta formación cultural, raíz y patrimonio bimilenario de la pedagogía y de la cultura eclesiástica[5] , constituye el cauce probado de un sabio discernimiento en el diálogo entre fe y razón, en la apreciación de los valores que se pueden intercambiar en el contacto con diversas o nuevas formas de cultura[6] , en la construcción de personalidades que se distingan por ser «simul pastoralia et theologica, catechetica et culturalia, spiritalia et socialia praecellentem in modum»[7] .

Pero el conocimiento de las lenguas clásicas es aún más necesario para el sacerdote en su tarea de educador del pueblo y formador de la comunidad en la madurez de la fe, mediante la práctica de una caridad sincera y activa, el ejemplo, la oración, el ejercicio de la libertad con la que Cristo mismo hizo libre a la humanidad, haciéndolo «instrumentum efficax, quo nondum credentibus via ad Christum eiusque Ecclesiam indicatur vel sternitur, quo etiam fideles excitantur, aluntur et ad pugnam spiritualem roborantur: instrumento eficaz para indicar o facilitar a quien aún no cree el camino que lleva a Cristo y a su Iglesia, y para estimular, alimentar y sostener también a los creyentes en la lucha espiritual»[8] .

Dicha tarea pasa inevitablemente a través de una nueva apropiación de aquel mundo de valores que define al cristianismo, en un vínculo de continuidad que hace del presente el fruto de una elaboración milenaria. Romper este vínculo y establecer un hiato con el pasado, significa, de hecho, para el mundo sacerdotal, un empobrecimiento radical, en la misma medida en que la falta de memoria representa, desde el punto di vista médico, un estado patológico y no la normalidad del individuo.

Esta continuidad constituye un vínculo que conecta la Iglesia, la cultura cristiana y el sacerdote de hoy, con las propias raíces en relación directa de dependencia, de la que se extraen estímulos y sugerencias que definen la propia y auténtica identidad, no como modelos idealizados, perdidos e inalcanzables, sino como arquetipo de una tradición en continua evolución, que está lejos de haberse agotado.

Estudiar latín significa acercarse directamente, sin mediaciones lingüísticas y, por tanto, culturales, a autores como Agustín, Cipriano, León Magno, Isidoro de Sevilla, Alcuino, Bernardo, Hildegarda von Bingen, Tomás, Bartolomé de Sassoferrato, pero también a Lucrecio, Virgilio, Séneca, Boecio, Ulpiano, Graciano y a muchos otros maestros de las artes y del pensamiento que, en alguna medida, han guiado y siguen guiando la manera de ser y de expresarse en la actualidad.

Sólo a través del latín el sacerdote capta como fundamento de la propia formación aquella familiaridad con el Deus caritas, y hace del praevenire amando agustiniano, llegar los primeros al amor, la columna vertebral de todo el sistema pedagógico que es el apostolado.

 


NOTAS

[1] Cf. Ioannes XIII, Constitutio Apostolica de latinitatis studio provehendo «Veterum Sapientia», diei 22 februarii 1962 [= Veterum Sapientia], n. 10.

[2] Cfr. Veterum Sapientia, n. 3.

[3] Paulus VI, Litterae Apostolicae Motu Proprio datae «Studia latinitatis»: Romae conditur Pontificium Institutum Altioris Latinitatis, diei 22 februarii 1964, Proemium.

[4] Cf. Optatam totius, n. 13.

[5] Cf. Ioannes Paulus II, Inspectis dierum (1989), n. 42 (cap. II, 3, a).

[6] Cf. ibidem, nn. 30-32 (cap. II, 2, b, 1-3).

[7] Ibidem, n. 47 (cap. II, 3, e).

[8] Concilium Oecumenicum Vaticanum II, Decretum de presbyterorum ministerio et vita «Presbyterorum ordinis», diei 7 decembris 1965, n. 6.