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Martes, 08 Noviembre 2011

Elección de la Misa y sus partes (II)

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En la segunda entrega del artículo Elección de la Misa y sus partes (II), el Rev. Prof. J. J. Silvestre destaca algunos aspectos (cantos, lecturas, Prefacio y Plegaria Eucarística) para que «la armónica sucesión y ejecución de los ritos» contribuya «a disponer el espíritu de los fieles para participar en la Eucaristía» (Institutio Generalis Missalis Romani, n. 352).

Juan José Silvestre, Elección de la Misa y sus partes (II), en www.collationes.org, noviembre de 2011.

 

En el segundo epígrafe del capítulo VII de la Institutio Generalis Missalis Romani se presenta la posibilidad de elección para algunas partes de la Misa. Entre otras pautas –contenidas en ese capítulo VII y en otros números– destacamos las siguientes:

a) El canto

El canto litúrgico desempeña un papel importante en el ars celebrandi. En concreto, enla celebración de la Santa Misa no debería faltar el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones dominicales o en las fiestas de precepto (cfr. IGMR, n. 40).

Como elemento litúrgico que es, el canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración. Desde este punto de vista, un criterio determinante a la hora de elegir uno u otro canto será que todo —el texto, la melodía, la ejecución— corresponda al sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos litúrgicos.

Al mismo tiempo, y como recuerda la const. Sacrosanctum concilium, n. 121: “los textos destinados al canto sagrado deben estar de acuerdo con la doctrina católica; más aún, deben tomarse principalmente de la Sagrada Escritura y de las fuentes litúrgicas”.

Por estos motivos se debe favorecer el canto que “tenga una clara inspiración bíblica y que sepa expresar, mediante una concordancia armónica entre las palabras y la música, la belleza de la palabra divina. En este sentido, conviene valorar los cantos que nos ha legado la tradición de la Iglesia y que respetan este criterio. Pienso, en particular, en la importancia del canto gregoriano” (Benedicto XVI, exh. apost. postsinodal, Verbum Domini, n. 70) .

De ahí que, “en igualdad de circunstancias, dése el primer lugar al canto gregoriano, ya que es propio de la Liturgia romana. De ninguna manera se excluyan otros géneros de música sacra, especialmente la polifonía, con tal que sean conformes con el espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles” (IGMR, n. 41). Sin olvidar que se ha de procurar que los mismos fieles conozcan y canten juntos en lengua latina, por lo menos algunas partes del Ordinario de la Misa, especialmente el símbolo de la fe y la Oración del Señor, usando las melodías más fáciles (cfr. idem).

La Instrucción General del Misal Romano se refiere expresamente a tres cantos en los que el sacerdote celebrante puede elegir de modo que respondan mejor a las necesidades, preparación y capacidad de comprensión de los fieles:

- el  canto de entrada: la IGMR en el n. 47 presenta su finalidad: “Estando el pueblo reunido, cuando avanza el sacerdote con el diácono y con los ministros, se da comienzo al canto de entrada. La finalidad de este canto es abrir la celebración, promover la unión de quienes se están congregados e introducir su espíritu en el misterio del tiempo litúrgico o de la festividad, así como acompañar la procesión del sacerdote y los ministros”.

Y en el número siguiente se describen las diversas modalidades de ejecución del rito: “Se canta, o alternándolo entre los cantores y el pueblo o, de igual manera, entre un cantor y el pueblo, o todo por el pueblo, o todo por los cantores. Se puede emplear, o bien la antífona con su salmo como se encuentra en el Graduale Romanum o en el Graduale simplex, o bien otro canto que convenga con la índole de la acción sagrada, del día o del tiempo litúrgico, cuyo texto haya sido aprobado por la Conferencia de los Obispos[1]. Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector, leerán la antífona propuesta en el Misal, o si no el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a manera de monición inicial (cfr. n. 31)”.

- el canto de ofertorio: acompaña la procesión de los dones y se prolonga hasta que estos sean colocados en el altar. Las normas que regulan este canto son las mismas que las del canto de ingreso (cfr. IGMR, n. 74).

- el canto de comunión: la IGMR en su n. 86 señala la finalidad: “Mientras el sacerdote toma el Sacramento, se inicia el canto de Comunión, que debe expresar, por la unión de las voces, la unión espiritual de quienes comulgan, manifestar el gozo del corazón y esclarecer mejor la índole “comunitaria” de la procesión para recibir la Eucaristía. El canto se prolonga mientras se distribuye el Sacramento a los fieles[2]. Pero si se ha de tener un himno después de la Comunión, el canto para la Comunión debe ser terminado oportunamente”.

La IGMR n. 87 recoge pautas para la elección y la ejecución del canto: “Para canto de Comunión puede emplearse la antífona del Gradual Romano, con su salmo o sin él, o la antífona con el salmo del Graduale Simplex, o algún otro canto adecuado aprobado por la Conferencia de los Obispos. Lo canta el coro solo, o el coro con el pueblo, o un cantor con el pueblo. Por otra parte, cuando no hay canto, se puede decir la antífona propuesta en el Misal. La pueden decir los fieles, o sólo algunos de ellos, o un lector, o en último caso el mismo sacerdote, después de haber comulgado, antes de distribuir la Comunión a los fieles”.

b) Gloria

Este himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, reunida en el Espíritu, glorifica y suplica a Dios Padre y al Cordero, posee en sí mismo el valor de rito o de acto. El texto de este himno no puede sustituirse por ningún otro. En IGMR, n. 53 se lee: “[el Gloria] se canta o se dice en voz alta los domingos fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas, y en algunas celebraciones peculiares más solemnes”. En este último supuesto –como en todas las ocasiones en las que se ofrece la posibilidad de elegir– el bien común espiritual del Pueblo de Dios debe primar sobre las propias inclinaciones o preferencias del sacerdote celebrante.

c) Lecturas

En la IGMR se encuentra un primer criterio general: “Si celebra con el pueblo, el sacerdote procurará no omitir frecuentemente y sin causa suficiente las lecturas asignadas en el leccionario ferial para cada día, pues la Iglesia desea que de esta manera se prepare a los fieles una mesa de la Palabra de Dios más rica” (IGMR, n. 355)[3]. Por eso “en el leccionario ferial se proponen las lecturas para todos los días de cada una de las semanas y para el transcurso de todo el año. Por tal motivo, se elegirán estas lecturas preferentemente para el día al cual son asignadas, a no ser que se celebre una solemnidad o una fiesta, o bien una memoria que tenga lecturas propias del Nuevo Testamento en las cuales se hace mención del Santo celebrado” (IGMR, n. 358).

De ahí que:

-  “Para los domingos y para las solemnidades se asignan tres lecturas, esto es: del Profeta, del Apóstol y del Evangelio, con las cuales es educado el pueblo cristiano en la continuidad de la obra de salvación, según el admirable plan divino. Empléense rigurosamente estas lecturas. En Tiempo Pascual, según la tradición de la Iglesia, en vez del Antiguo Testamento, se emplea la lectura de los Hechos de los Apóstoles” (IGMR, n. 357).

-  “Para las fiestas se asignan dos lecturas. Sin embargo, si la fiesta, según las normas, se eleva al grado de solemnidad, se agrega una tercera lectura, que se toma del Común” (ibid.).

-  “En las memorias de los Santos, a no ser que tengan lecturas propias, se leen habitualmente las asignadas a la feria. En algunos casos se proponen lecturas apropiadas, esto es, que iluminan un aspecto particular de la vida espiritual del Santo o de su obra. El uso de estas lecturas no hay que urgirlo, a no ser que en efecto lo aconseje una razón pastoral” (ibid.).

Un ulterior problema, a la hora de elegir las lecturas, puede ser la concurrencia de celebraciones, en ese caso habría que dilucidar en primer lugar qué celebración prevalece. En el Anexo final de este artículo recogemos algunas pautas que pueden ayudar a hacerlo.

d) El salmo

Se trata de un canto y como tal –en la medida de lo posible, sobre todo en las ocasiones solemnes– debería cantarse. Así lo señala IGMR, n. 61: “Después de la primera lectura, sigue el salmo responsorial, que es parte integral de la Liturgia de la Palabra y en sí mismo tiene gran importancia litúrgica y pastoral, ya que favorece la meditación de la Palabra de Dios.

El salmo responsorial debe corresponder a cada una de las lecturas y se toma habitualmente del leccionario.

Conviene que el salmo responsorial sea cantado, al menos la respuesta que pertenece al pueblo. Así pues, el salmista o el cantor del salmo, desde el ambón o en otro sitio apropiado, proclama las estrofas del salmo, mientras que toda la asamblea permanece sentada, escucha y –más aún– de ordinario participa por medio de la respuesta, a menos que el salmo se proclame de modo directo, es decir, sin respuesta. Pero, para que el pueblo pueda unirse con mayor facilidad a la respuesta salmódica, se escogieron unos textos de respuesta y unos de los salmos, según los distintos tiempos del año o las diversas categorías de Santos, que pueden emplearse en vez del texto correspondiente a la lectura, siempre que el salmo sea cantado. Si el salmo no puede cantarse, se proclama de la manera más apta para facilitar la meditación de la Palabra de Dios.

En vez del salmo asignado en el leccionario, puede también cantarse el responsorio gradual tomado del Gradual Romano, o el salmo responsorial o aleluyático tomado del Gradual Simple, tal como se presentan en esos libros”.

Algo similar se lee en el Ordo Lectionum Missae n. 20 “Normalmente el salmo responsorial debe ser cantado…”. En el n. 21: “El canto del salmo o de la sola respuesta favorece mucho la percepción del sentido espiritual del salmo y la meditación del mismo …” y el n. 22: “El salmo que sigue a la lectura, si no se canta, debe leerse de la manera más apta para la meditación de la Palabra de Dios”.

e) Aleluya

-  En IGMR, n. 62 se lee: “Después de la lectura, que precede inmediatamente al Evangelio, se canta el Aleluya u otro canto determinado por las rúbricas, según lo pida el tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye por sí misma un rito, o bien un acto, por el que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor, quien le hablará en el Evangelio, y en la cual profesa su fe con el canto. Se canta estando todos de pie, iniciándolo los cantores o el cantor, y si fuere necesario, se repite, pero el versículo es cantado por los cantores o por un cantor”.

Ordo Lectionum Missae (1981), n. 23: “También el ‘Aleluya’ o, según el tiempo litúrgico, el versículo antes del Evangelio tienen por sí mismos el valor de rito o de acto, con el que la asamblea de los fieles recibe y saluda al Señor que va a hablarles, y profesa su fe con el canto. El 'Aleluya' y el versículo antes del Evangelio deben ser cantados, estando todos de pie, pero de manera que lo cante unánimemente todo el pueblo, y no sólo el cantor o el coro que lo empiezan”. En el caso de que no se cante se puede omitir (cfr. IGMR, n. 63c).

De la lectura de estos textos, se deduce que la posibilidad de recitarse o cantarse nuevamente el Aleluya después de la lectura del Santo Evangelio no está prevista, ya que el sentido del canto del Aleluya es acoger y saludar al Señor que hablará en el Evangelio.

Mención aparte se puede hacer al canto de las Secuencias. Encontramos testimonios de su existencia ya en el siglo VIII. Tienen un periodo de gran crecimiento entre los siglos IX-XIII. El Misal de S. Pío V acogió 5 de las cuales 4 se conservan en el Misal Romano 2008: Victimae Paschali laudes (solemnidad de Pascua y su Octava), Veni Sancte Spiritus (Solemnidad de Pentecostés), Lauda Sion Salvatorem (Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo) y Stabat Mater (memoria de la Virgen de los Dolores). Las dos primeras son obligatorias el día de Pascua y en la solemnidad de Pentecostés y por su naturaleza deberían cantarse antes del Aleluya (cfr. IGMR, n. 64).

f) Credo

IGMR, n. 68: “El Símbolo debe ser cantado o recitado por el sacerdote con el pueblo los domingos y en las solemnidades; puede también decirse en celebraciones especiales más solemnes”.

g) Prefacio

La IGMR en su n. 79 presenta los elementos principales de los que consta la Plegaria eucarística. En el epígrafe a) de ese número se lee: “Acción de gracias (que se expresa especialmente en el Prefacio), en la cual el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da gracias por toda la obra de salvación o por algún aspecto particular de ella, de acuerdo con la índole del día, de la fiesta o del tiempo litúrgico”.

Conviene recordar que los prefacios propios de las Misas de Santos (De Sanctis, De Sanctis Martyribus, De Sanctis Pastoribus, De Sanctis Virginibus et Religiosis) se utilizan en las solemnidades y fiestas. En las memorias de los Santos pueden utilizarse estos prefacios[4] o bien utilizar los prefacios comunes o, si se utiliza la Plegaria eucarística II o la IV, usar los propios de estas plegarias.

h) Plegaria eucarística

En el Misal Romano publicado en 1970 se añadieron al venerable Canon romano tres nuevas Plegarias eucarísticas. Estas se han introducido para “proporcionar mayores posibilidades de proclamar en la parte central de la celebración eucarística los beneficios de Dios y las etapas de la historia de la salvación”, pues “una sola anáfora no puede contener todas las anheladas riquezas pastorales, espirituales y teológicas”[5]. Así, “las diversas Plegarias eucarísticas se complementan entre sí; cada una ilustra o desarrolla aspectos insinuados en las otras contribuyendo de este modo a resaltar de forma más patente las riquezas insondables del Misterio eucarístico”[6].

La introducción de las nuevas Plegarias no indica que el Canon romano haya quedado desvalorizado, pues “su valor –como documento teológico, litúrgico y espiritual de la Iglesia latina– es inmenso”[7]. Los comentarios a esta Plegaria eucarística recientemente hechos por Benedicto XVI así lo demuestran[8]. A su vez, las nuevas Plegarias eucarísticas, son “nuevas en sus contenidos, pero tradicionales en su estructura, puesto que conservan dos de las tres peculiaridades del Canon romano: la doble epíclesis y la concentración de la acción de gracias en el prefacio; las intercesiones, en cambio, forman un solo bloque y están situadas después de la consagración”[9].

En IGMR, n. 365, se encuentran las normas generales que orientan la elección entre una u otra Plegaria eucarística: “La elección entre las Plegarias eucarísticas, que se encuentran en el Ordinario de la Misa, se rige oportunamente por estas normas.

  1. La Plegaria eucarística I o Canon romano, que puede emplearse siempre, se dirá más oportunamente en los días que tienen el Communicantes propio, o en las Misas que se enriquecen con el Hanc igitur propio, también en las celebraciones de los Apóstoles y de los Santos de los que se hace mención en esta misma Plegaria; igualmente en los domingos, a no ser que por motivos pastorales se prefiera la Plegaria eucarística III.
  2. La Plegaria eucarística II, por sus características peculiares, se emplea más oportunamente en los días entre semana, o en circunstancias particulares. Aunque tiene prefacio propio, puede usarse también con otros prefacios, especialmente con aquellos que presentan en forma compendiosa el misterio de la salvación; por ejemplo, con los prefacios comunes. Cuando la Misa se celebra por algún difunto, puede emplearse la fórmula especial, colocada en su lugar, antes de ‘Memento etiam fratrum nostrorum...’.
  3. La Plegaria eucarística III puede decirse con cualquier prefacio. Prefiérase su uso los domingos y en las fiestas. Y si esta Plegaria se emplea en las Misas de difuntos, puede emplearse la fórmula especial colocada en su lugar, a saber, después de las palabras ‘Omnes filios tuos ubique dispersos tibi, clemens Pater, miseratus coniunge’.
  4. La Plegaria eucarística IV tiene un prefacio inconmutable y presenta un sumario más completo de la historia de la salvación. Puede emplearse cuando la Misa carece de prefacio propio y en los domingos del Tiempo Ordinario. En esta Plegaria, por razón de su propia estructura, no puede introducirse una fórmula especial por un difunto”.

En n. 365 d), se dice que la Plegaria eucarística IV tiene un prefacio inconmutable y que puede emplearse cuando la Misa carece de prefacio propio y en los domingos del Tiempo Ordinario. ¿Qué se entiende por prefacio propio? ¿Se podría utilizar esta Plegaría, por ejemplo, en Cuaresma o Pascua? ¿El hecho de que sólo se mencionen los domingos del Tiempo Ordinario, excluye a los de los Tiempos propios?. En nuestra opinión no existe una respuesta concluyente a estas preguntas.

En el n. 322 d) de la primera editio typica de la IGMR (1969) se leía: “Prex eucharistica quarta praefationem immutabilem habet et summarium plenius historiae salutis praebet. Adhiberi potest quando Missa praefatione propria caret, et opportunius dicitur in coetu fidelium, qui cognitione altiore sacrae Scripturae pollent”. Este último inciso –sobre la oportunidad de usarla en un contexto de fieles con un conocimiento elevado o profundo de la Sagrada Escritura– se ha suprimido en las sucesivas redacciones pero es interesante tenerlo en cuenta.

En ese mismo año, se publicó en Notitiae 5 (1969), 323, la siguiente respuesta de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos a la pregunta “Quandonam quaedam praefatio habenda est 'propria'?”:

“Difficultas venit praesertim ex possibilitate adhibendi Precem eucharisticam IV, quae praefationem fixam habet, et ideo statutum est ea uti non licere quando Missa propria praefatione ditatur (n. 322 d). Cum autem praeter festa, tempora quoque habeantur, et quidem sat longa, in quibus dicitur praefatio de tempore, quaestio exsurgit quo sensu intellegenda sit praefatio 'propria'.

Praefatio consideratur 'propria' stricto sensu, in Missis quae celebrantur in ipso die festo vel in eius octava. In Proprio de tempore adhibetur praefatio illi respondens sed haec non consideratur stricte propria, et eo durante adhiberi possunt Prex eucharistica IV et Prex eucharistica II cum sua praefatione.

In Missis autem votivis seligi potest aut praefatio Missae respondens aut praefatio propria alicuius Precis eucharisticae”[10].

Teniendo esto en cuenta, en la editio typica de la IGMR (1970) se lee en el n. 322, d) “La Plegaria eucarística IV tiene un prefacio fijo y da un sumario completo de la historia de la salvación. Se puede emplear cuando la Misa no tiene un prefacio propio. En esta Plegaria, por razón de su propia estructura, no se puede introducir una fórmula peculiar por un difunto”. Y se introdujo un nuevo epígrafe: “e) Esta Plegaria Eucarística, con su prefacio propio, puede emplearse también, manteniendo el mismo prefacio, aun cuando en la Misa haya prefacio del tiempo”.

A este cambio se daba la siguiente explicación: “Amplior possibilitas datur utendi Precibus eucharisticis II et IV, quae instructae sunt praefatione propria, et quidem immutabili, pro IV prece. Hae preces adhiberi possunt, cum propria praefatione etiam in Missis in quibus praefatio de tempore sumenda esset, v.g. Tempore Adventus, Quadragesimae, Paschae. Evidenter hoc non valet pro sollemnitatibus et festis, quae praefatione propria gaudet, sed tantummodo quando agitur de Missis ‘de tempore’”.

Actualmente, la editio typica tertia de la IGMR (2008) en su n. 365 d) afirma: “La Plegaria Eucarística cuarta tiene un prefacio inconmutable y presenta un sumario más completo de la historia de la salvación. Puede emplearse cuando la Misa carece de prefacio propio y en los domingos del Tiempo Ordinario. En esta Plegaria, por razón de su propia estructura, no puede introducirse una fórmula especial por un difunto”; y se ha suprimido el epígrafe e) que aclaraba expresamente que podría usarse esta Plegaria aunque en la Misa se hubiese previsto el uso del Prefacio del Tiempo, por ejemplo, Adviento o Cuaresma.

El cambio en la redacción del epígrafe d) y la supresión del e) ¿obedece a algún motivo o tiene alguna explicación?. Después de una lectura de artículos y libros recientes no podemos dar una respuesta. De ahí que únicamente presentemos dos hipótesis de trabajo, totalmente abiertas a futuros estudios o pronunciamientos de la autoridad competente.

    - por una parte, se podría entender que, la mención expresa de los domingos del Tiempo Ordinario como domingos en los que puede usarse la Plegaria eucarística IV, excluiría el resto de domingos;
    - por otra, la supresión del antiguo epígrafe e) —que permitía el uso de esta Plegaria IV cuando en la Misa había prefacio del tiempo—, podría suponer que se ha querido primar el uso de esos prefacios y reservar el uso de la Plegaria Eucarística cuarta durante el Tiempo Ordinario en el que elegirla sería más provechoso para los fieles por cuanto presenta un sumario más completo de la historia de la salvación.

Juan José Silvestre
Noviembre 2011

 

 


 

ANEXO

Con el fin de determinar qué celebración prevalece cuando concurrren diversas celebraciones en un mismo día se puede acudir al documento “Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario”, de 21 de marzo de 1969, publicado como introducción del Calendarium Romanum, y que se encuentra recogido en el Missale Romanum. Allí, entre otras cosas se lee:

-  n. 5: “Por su peculiar importancia, el domingo solamente cede su celebración a las solemnidades y a las fiestas del Señor; pero los domingos de Adviento, de Cuaresma y de Pascua tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y sobre todas las solemnidades.  Las solemnidades que coincidan en estos domingos han de ser trasladadas al lunes siguiente, a no ser que la coincidencia tenga lugar en el Domingo de Ramos o en el Domingo de la Resurrección del Señor”[11].

-  n. 58: “Por el bien pastoral de los fieles es lícito celebrar, en los domingos del tiempo ordinario, aquellas celebraciones que caen entre semana y que tienen mucha aceptación en la piedad de los mismos fieles, siempre que estas celebraciones puedan ser preferidas al domingo según la Tabla de precedencia. De estas celebraciones puede decirse todas las Misas en que participa el pueblo”.

-  n. 59: “La precedencia entre los días litúrgicos, en cuanto a su celebración, se rige únicamente por la Tabla siguiente”:

 

 

TABULA DIERUM LITURGICORUM

secundum ordinem præcedentiæ disposita

 

I

1. Triduum paschale Passionis et Resurrectionis Domini.

2. Nativitas Domini, Epiphania, Ascensio et Pentecostes.

 

Dominicæ Adventus, Quadragesimæ et Paschæ.

Feria IV Cinerum.

Feriæ Hebdomadæ sanctæ, a feria II ad feriam V inclusive.

Dies infra octavam Paschæ.

 

3. Sollemnitates Domini, beatæ Mariæ Virginis, et Sanctorum in Calendario generali inscriptæ.

Commemoratio omnium fidelium defunctorum.

4. Sollemnitates propriæ, nempe:

 

a) Sollemnitas Patroni principalis loci seu oppidi aut civitatis.

b) Sollemnitas dedicationis et anniversarii dedicationis ecclesiæ propriæ.

c) Sollemnitas Tituli ecclesiæ propriæ.

d) Sollemnitas aut Tituli, aut Fundatoris, aut Patroni principalis Ordinis seu Congregationis.

 

 

II

5. Festa Domini in Calendario generali inscripta.

6. Dominicæ temporis Nativitatis et dominicæ « per annum ».

7. Festa beatæ Mariæ Virginis et Sanctorum Calendarii generalis.

8. Festa propria, nempe:

 

a) Festum Patroni principalis dioecesis.

b) Festum anniversarii dedicationis ecclesiæ cathedralis.

c) Festum Patroni principalis regionis aut provinciæ, nationis, amplioris territorii.

d) Festum Tituli, Fundatoris, Patroni principalis Ordinis seu Congregationis et provinciæ religiosæ, salvis præscriptis sub n. 4.

e) Alia festa alicui ecclesiæ propria.

f) Alia festa inscripta in calendario cuiusque dioecesis vel Ordinis seu Congregationis.

 

9. Feriæ Adventus a die 17 ad 24 decembris inclusive.

 

Dies infra octavam Nativitatis.

Feriæ Quadragesimæ.

 

 

III

10. Memoriæ obligatoriæ Calendarii generalis.

11. Memoriæ obligatoriæ propriæ, nempe:

 

a) Memoriæ Patroni secundarii loci, dioecesis, regionis aut provinciæ religiosæ.

b) Aliæ memoriæ obligatoriæ inscriptæ in calendario cuiusque dioecesis, vel Ordinis seu Congregationis.

 

12. Memoriæ ad libitum, quæ tamen, modo quidem peculiari in Institutionibus generalibus Missalis Romani et de Liturgia Horarum descripto, fieri possunt etiam diebus de quibus sub n. 9. Hac eadem ratione, ut memoriæ ad libitum celebrari possunt memoriæ obligatoriæ, quæ accidentaliter occurrunt in feriis Quadragesimæ.

13. Feriæ Adventus usque ad diem 16 decembris inclusive.

 

Feriæ temporis Nativitatis a die 2 ianuarii ad sabbatum post Epiphaniam.

Feriæ temporis paschalis a feria II post octavam Paschæ ad sabbatum ante Pentecosten inclusive.

Feriæ « per annum ».

 

 

- n. 60: “Si en un mismo día ocurren varias celebraciones, el Oficio se celebra de la que ocupe lugar preferente en la Tabla de los días litúrgicos; sin embargo, toda solemnidad que sea impedida por un día litúrgico que goce de precedencia se traslada al día más próximo que esté libre de los días inscritos en los números 1-8 de la Tabla precedente, observando las normas del año litúrgico establecidas en el número 5. Las otras celebraciones (fiestas y memorias) se omiten aquel año”. En el Missale Romanum editio typica tertia, este n. 60 ha sido completado con la siguiente afirmación: “Sollemnitas vero Annuntiationis Domini, quotiescumque occurrit aliquo die Hebdomadae sanctae, semper ad feriam II post dominicam Paschae erit trasferenda”.

 



[1] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica  Dies Domini, 31 de mayo de 1998, núm. 50: A.A.S. 90 (1998) p. 745.

[2] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inaestimabile donum, 3 de abril de 1980, núm. 17: A.A.S. 72 (1980) p. 338.

[3] En este mismo número 355 se señala a continuación: “Por el mismo motivo, elegirá con moderación las Misas de difuntos”. Es decir la IGMR parece presuponer que en las Misas cotidianas de difuntos habitualmente se utilizan las lecturas propias de esas Misas.

[4] En el encabezado de estos prefacios se lee: “Sequens Praefatio dicitur in sollemnitatibus et festis... Dici potest in memoriis ipsorum”.

[5] Epistula “Consilii et indicationes de Precibus eucharisticis”, en Notitiae 4 (1968), p. 151.

[6] J. Echevarría, Vivir la Santa Misa, Rialp, Madrid 2010, p. 103.

[7] Epistula “Consilii et indicationes de Precibus eucharisticis”, en Notitiae 4 (1968), p. 152.

[8] Benedicto XVI ha comentado las riquezas del Canon romano en diversas ocasiones: durante la Audiencia General del 7-I-2009 y en la Homilía de la Misa In Cena Domini, 9-IV-2009. También como cardenal: cfr. J. Ratzinger, Il Dio vicino. L’Eucaristia, cuore della vita cristiana, San Paolo, Cisinello Balsamo (Milano) 2003, pp. 40-53.

[9] J.A. Abad, La celebración del Misterio cristiano, Eunsa, Pamplona 1996, p. 296.

[10] R. Kaczynski, Enchiridion Documentorum Instaurationis Liturgicae, vol. I (1963-1973), Marietti, Torino 1976, pp. 540-541.

[11] Este artículo, modificado por el Decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de fecha 22 de abril de 1990, decía en su versión original: “Por su peculiar importancia, el domingo solamente cede su celebración a las solemnidades y a las fiestas del Señor; pero los domingos de Adviento, de Cuaresma y de Pascua tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y sobre todas las solemnidades. Las solemnidades que coinciden en estos domingos han de ser anticipadas al sábado”.