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Sábado, 19 Septiembre 2015

El arte de la celebración y el culto eucarístico fuera de la Misa

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Conferencia del Rev. Prof. Mauro Gagliardi[1] durante el Congreso Teológico del X Congreso Nacional Eucarístico y Mariano de Piura (15 de agosto de 2015). En esta intervención se ahonda en el sentido de la devoción, que encuentra su expresión más alta en el culto eucarístico, y que abarca a toda la persona incluyendo su cuerpo y gestos. Por eso, existe un arte de la celebración, ars celebrandi, que "es la mejor premisa para la actuosa participatio", como se explica en la última parte de la conferencia.

 

Eminencias y Excelencias Reverendísimas; Reverendísimos Presbíteros, Diáconos, Religiosos y Religiosas; Señores y Señoras; Queridos Amigos todos.

 

Agradezco de todo corazón a Su Excelencia Reverendísima, Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Arzobispo Metropolitano de Piura y Tumbes por la invitación que me ha hecho para participar como ponente en este prestigioso Congreso Teológico, que tiene lugar en el contexto del Décimo Congreso Nacional Eucarístico y Mariano, que se celebra aquí en Piura, con ocasión de los setenta y cinco años de la creación de la Arquidiócesis de Piura y Tumbes. El Señor Arzobispo me pidió que hablara sobre el tema: «El Arte de la Celebración y el Culto Eucarístico fuera de la Misa».

Hace más o menos un año, tuve la oportunidad de escuchar la grabación de una ponencia del renombrado conferencista católico Matthew Kelly, sobre el tema «Los siete pilares de la espiritualidad católica»[2]. En su ponencia, el conferenciante empieza hablando de la grandeza de la historia de la Iglesia, de todo el bien que ella ha hecho y sigue haciendo en el mundo. Luego, habla de los tiempos difíciles que viven los católicos hoy (él se refiere en particular a los de los Estados Unidos): dice que hoy el único prejuicio admisible es el anticatólico: si hablas en contra del aborto o del matrimonio homosexual, o si dices que los animales son menos importantes que el ser humano, te contestan duramente. Pero, si hablas contra la Iglesia Católica, te alaban y te facilitan el ascenso en tu carrera. Kelly hace también referencia a los gravísimos escándalos de los sacerdotes, que representan una herida casi incurable, sobre todo para los católicos de Norteamérica. Sin embargo, continúa el conferenciante, todo esto no es lo peor; estas son consecuencias, no la razón de la crisis y de la persecución que sufre la Iglesia hoy. Según su parecer, la razón es otra, o sea: que si fuéramos por las calles entrevistando personas y pidiendo que nos describan al católico promedio con cinco palabras, muy poca gente – según su opinión – contestaría a la pregunta diciendo: los católicos son «hombres de oración»; o: los católicos son «hombres muy espirituales». Y concluye Matthew Kelly: ya no somos considerados personas espirituales, hombres y mujeres de oración. La Iglesia es considerada una institución política; una institución que hace obras sociales; una institución financiera; pero no un grupo de personas espirituales. Por eso dice que es absolutamente necesario retomar esta actitud esencial para todo cristiano, de rezar y de cultivar la vida espiritual. Su conclusión coincide con lo que recuerda el Papa Francisco: «La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración»[3].

El cristianismo es muchas cosas, pero antes que nada es fe, y entonces es diálogo con Dios, aceptación del contenido de su revelación y de su gracia salvífica. Esto se puede resumir con la palabra contemplación o, quizás mejor aún, con la palabra adoración. Esencialmente, el cristianismo es la adoración – litúrgica, orante y ética – del único y verdadero Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Este culto divino glorifica a Dios y santifica al hombre. El estilo cristiano, entonces, es antes que nada, el estilo de una vida llena de oración, de visión transcendente, de inspiración sobrenatural. En el lenguaje clásico, se puede llamar «espíritu de unción». La unción es la característica más evidente de un alma que está llena de la gracia de Dios. Todos los santos han tenido espíritu de unción. Nunca existió, ni puede existir, un santo, o simplemente un buen cristiano, que sea indiferente hacia las cosas de Dios, o hasta irreverente. Esta unción se puede llamar también piedad (en latín pietas). Por esta piedad, un cristiano es una persona piadosa, en el mejor sentido del término: es una persona pía y devota, otra vez en el mejor sentido que estas palabras transmiten. Modelo perfectísimo de esta santa piedad es la Virgen María, a la cual no acaso se le invoca en las letanías lauretanas, como Vaso insigne de devoción. María se parangona a un vaso preciosísimo que está sobreabundantemente repleto de devoción. En este modelo altísimo e inalcanzable debemos inspirarnos.

Ahora, una de las formas principales de unción y devoción católica, si no la principal en absoluto, ha sido siempre la devoción eucarística. Todos los santos han amado inmensamente la Santísima Eucaristía. ¿Cómo olvidar al más grande de los Teólogos, el Doctor de los doctores, santo Tomás de Aquino, el cual rezaba durante horas frente al altar de la iglesia conventual y que, después de celebrar su Misa cada mañana, por devoción y por agradecimiento a la Sagrada Comunión, acolitaba una segunda Misa, celebrada por otro hermano sacerdote de su Orden religiosa? Sus biografías relatan que una vez se vio al Santo abrir la puerta del Tabernáculo e introducir su cabeza, pidiendo luz intelectual a Cristo eucarístico, frente a un complicado problema teológico que no llegaba a solucionar.

En nuestros días, por el contrario, muchas veces nosotros los católicos – y a veces especialmente nosotros los teólogos – nos avergonzamos de ser hombres de fe, de oración, de devoción. No debe ser así. Nos ayuda el ejemplo del Papa Francisco, que sin vergüenza alguna, como es justo, aún siendo el Sumo Pontífice, muestra clara y públicamente su devoción hacia la Virgen, San José y los demás santos, también besando sus reliquias y sus imágenes.

Pero preguntémonos también: ¿qué significa devoción? Queremos ser devotos en una manera justa, correcta, sana – porque es verdad que existen formas incorrectas de devoción-. Devoción significa consagrarse a Dios. El término viene del latín devovere, que significa precisamente consagrar. Leemos al respecto un texto del mismo Santo Tomás, que escribe: «La palabra devoción proviene de la forma verbal devovere [consagrar]; de ahí que se llamen devotos a quienes de alguna manera se ofrecen en sacrificio a Dios para estar del todo sometidos a Él. […] Según esto, la devoción, al parecer, no es otra cosa que una voluntad propia de entregarse a todo lo que pertenece al servicio de Dios»[4].

De este texto aprendemos que la devoción es principalmente algo de la voluntad y del intelecto, o sea del alma. Para vivir una correcta devoción, se tiene que partir del corazón y volver siempre a él: es devoto aquel ser humano que – como manda Jesús – reconoce como el primero y más grande de los mandamientos el siguiente: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu» (Mt 22,37). Estas palabras del Divino Maestro significan que debemos amar a Dios con todo nuestro ser. En nuestra naturaleza humana, el elemento más alto y noble es el alma racional. Entonces es obvio que la primera y más perfecta forma de amor y de adoración es la del alma. Sin embargo, los cristianos no nos olvidamos que hace parte constitutiva de nuestra naturaleza también el cuerpo. Los hombres no hemos sido creados como puros espíritus, como los ángeles. Nuestra naturaleza propia es la de seres intermedios entre la pura espiritualidad angelical, y la simple materialidad de las creaturas inferiores. Nosotros somos alma y cuerpo. Por eso, cuando Cristo nos manda amar a Dios con todo nuestro ser, primero consideramos la adoración espiritual, del alma. Y luego también la del cuerpo[5].

En el siglo XX ha sido sobre todo el gran pensador Romano Guardini quien, en sus escritos litúrgicos, nos ha recordado que la liturgia es una celebración del hombre completo y no solo de su alma. Por esto Guardini ha escrito tanto sobre el verdadero espíritu de la liturgia como sobre los signos sagrados[6]. La adoración de Dios, en la liturgia y en los demás momentos de la vida cristiana, se realiza sea en el alma que a través del cuerpo, cada uno a su manera. El alma adora con actos espirituales: actos de intelecto, de voluntad, de responsabilidad, de conciencia, etc.; el cuerpo adora articulando la voz en palabras y cantos, con gestos, movimientos, y utilizando signos. Y debe haber correspondencia entre alma y cuerpo.

Es el mismo Señor Jesús quien nos ha enseñado todo esto. Les propongo unos pocos ejemplos: durante la última cena, Jesús, antes que nada, expresa el amor que tiene en su alma humana por los discípulos, no solo hablándoles, sino cumpliendo también un gesto visible: lavar los pies. Luego, en la institución de la Eucaristía, el Maestro ata su presencia y su sacrificio a los signos materiales del pan y vino y a las palabras de la consagración. Acabada la cena, el Señor, antes de salir del cenáculo, reza la llamada «oración sacerdotal». El evangelista San Juan describe el inicio de la oración así: «Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”» (Jn 17,1). Al empezar su oración al Padre, Jesús no solo dirige su alma humana hacia Él, sino que hace corresponder al movimiento interior de su espíritu el movimiento de sus ojos. Como bien se sabe, la liturgia romana ha retomado este gesto y lo ha puesto en el Canon Romano, o Plegaria Eucarística I, en la cual la rúbrica prescribe al sacerdote que levante sus ojos al cielo. Jesús, entonces, nos ha enseñado que alma y cuerpo rezan y adoran juntos, expresando una misma adoración cada uno con sus actos propios. Esta correspondencia Jesús la confirma también en dos pasajes evangélicos donde reprocha a quien no hace corresponder el gesto a lo que tiene en su corazón.

Un primer texto se encuentra en el capítulo 7 de San Lucas. Un fariseo invita Jesús a comer. Jesús entra en su casa y se sienta a la mesa. Llega una pecadora que se pone a llorar a sus pies, bañándolos con lágrimas y secándolos con sus cabellos; además los ungía con perfume. El fariseo se escandaliza porqué era una pecadora la que tocaba el Maestro, pero Jesús le dice: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor» (Lc 7,44-47). El amor de su corazón, el arrepentimiento de su alma la pecadora lo ha demostrado: ¿y cómo? Poniendo gestos corporales correspondientes: llorar, besar, ungir. En cambio, el fariseo quizás piensa que ama a Jesús, al menos tiene la intención de amarlo, pero Jesús le dice que la intención interior debe hacerse también gesto adecuado. Y nótese: no basta que el fariseo le haya preparado al Maestro una mesa, un banquete. Jesús quiere más que un banquete. Quiere que durante la comida haya signos de reconocimiento de su Majestad y de su rol de Mediador salvífico: sería interesante hacer alguna aplicación de este principio a nuestras celebraciones litúrgicas.

El segundo texto es el del arresto de Jesús en Getsemaní. El Iscariote, guiando las tropas, indica quién es Jesús besándolo. Y el Maestro le reprende severamente: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Lc 22,48). El beso es signo de amistad y de amor, no de traición. Jesús quiere que expresamos sinceramente en el cuerpo lo que tenemos en el alma.

Todo esto el cristiano debe vivirlo en su espiritualidad, o sea en la sagrada liturgia, en la oración, en la devoción, en la vida moral. Concentrémonos en nuestro tema, esto es, la liturgia y la devoción eucarísticas. Permítaseme ahora invertir el orden de exposición del título, empezando por el culto eucarístico fuera de la Misa, para luego pasar al ars celebrandi.

El culto eucarístico fuera de la Misa es parte muy importante de la espiritualidad católica. Este culto ha tenido efectos de gran transcendencia en el camino de santificación de la gran mayoría de los católicos, desde los tiempos más antiguos. Como es obvio, este culto ha crecido y se ha perfeccionado a través de los siglos; aún así, siempre, hasta en los primeros siglos cristianos, ha habido formas de culto eucarístico. Lamentablemente, este culto tan precioso e importante ha sido cuestionado por algunos teólogos y liturgistas, desde los años sesenta hasta el presente. Entonces, se creó un eslogan que decía: «La Eucaristía ha sido instituida para ser comida, y no mirada». El sentido es que la única relación correcta con la Hostia sagrada sería el recibirla en la Comunión sacramental, mientras que adorarla mirándola en la custodia no sería algo correcto y provechoso para la fe. A esto ha respondido el Magisterio eclesial en muchas ocasiones. Basta con recordar los números 66 al 69 de la Exhortación Sacramentum Caritatis, del Papa Benedicto XVI. Ahí el Sumo Pontífice escribe sobre la adoración y la piedad eucarísticas y dice que existe una relación intrínseca entre la celebración de la Misa y la adoración. El Papa retoma una magnífica expresión de San Augustín, que dice: «nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...] peccemus non adorando – Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos»[7]. Este criterio nos dice que hay que acercarse al Cuerpo eucarístico de Cristo no solo, como es claro, adorándolo cuando lo recibimos en la Sagrada Comunión; sino también adorándolo antes y después de la Misa. La Iglesia, por esta razón, ha publicado un libro litúrgico oficial, que regula las formas comunitarias del culto a la Eucaristía fuera de la Misa[8]. El número 5 de los praenotanda de ese libro recuerda que en origen se empezó a custodiar la Sagrada Hostia después de la Misa para administrar el Viático. Sin embargo, esto «ha introducido la laudable costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en las iglesias. Este culto de adoración se basa en una razón muy sólida y firme; sobre todo porque a la fe en la presencia real del Señor le es connatural su manifestación externa y pública». En su libro litúrgico oficial, la Iglesia enseña que el culto a la Eucaristía fuera de la Misa es costumbre laudable, que se basa en una razón solida y firme: la presencia real de Cristo en las especies consagradas.

Esta afirmación es de gran importancia: adorar significa reconocer la real presencia de Cristo Jesús; es tener, en la fe, la percepción de su presencia. El culto eucarístico fuera de la Misa, tanto en sus formas individuales cuanto comunitarias, tiene el fin de glorificar a Cristo Dios, realmente presente en nuestros Tabernáculos; de hablar con Él, de rogar y obtener gracias de su Majestad divina y humana. La adoración crea un círculo virtuoso con la fe en la presencia real de Cristo: en efecto, la adoración se fundamenta y parte de esta fe; pero al mismo tiempo la alimenta y fortifica. La adoración ha nacido y se ha desarrollado en la historia como consecuencia de nuestra firme fe en la presencia real eucarística. Por otro lado, en todos los siglos la adoración ha constituido como un baluarte de esta fe. Más adoramos a Cristo eucarístico, más seguiremos percibiendo su real presencia en la sagrada Hostia. La fe en la presencia real no es, como algunos teólogos han dicho, una concepción estática del Sacramento[9]. Al contrario: creer que Jesucristo está en la sagrada Hostia «verdadera, real y substancialmente»[10] alimenta el diálogo orante con el Señor. Y esto no lo comprenden solo los teólogos: cada cristiano puede hacerlo. Es bien conocido lo que se cuenta en la vida del Santo Cura de Ars. En su parroquia había un campesino que todos los días se quedaba largo rato frente al Tabernáculo. Una vez el Santo le preguntó de qué le hablaba al Señor, qué cosa le decía para ocupar el tiempo que se quedaba allí. Y el campesino le contestó: nada, señor párroco: Yo lo miro y Él me mira[11]. ¡Así habla quien tiene un corazón creyente; así habla quien percibe la real presencia eucarística de Cristo Jesús!

Hay muchas maneras de cultivar esta sana devoción eucarística: desde los congresos eucarísticos, a la adoración comunitaria y solemne, a las visitas personales que, aunque fueran muy breves, deberían ser cotidianas. Y como la fe interior se expresa también en el cuerpo, nuestra adoración debe manifestarse visiblemente al menos en dos formas: solemnizando adecuadamente el acto de adoración a Cristo eucarístico, con todos los signos que nos transmiten el sentido de su Majestad; y, segundo, con gestos corporales, que manifiestan la adoración interior: la genuflexión, estar de rodillas, guardar silencio en la iglesia...[12] Sobre el primer aspecto volveré pronto, hablando del ars celebrandi. Con relación al segundo, cito un pasaje de una carta que escribió San Pío de Pietrelcina a una de sus hijas espirituales. Escribe el Santo: «Entra en la iglesia en silencio y con gran respeto, teniéndote y sintiéndote indigna de comparecer ante la Majestad de Dios [...]. Luego toma el agua bendita y haz, bien y despacio, el signo de nuestra redención. Apenas te encuentres a la vista del Dios sacramentado, haz devotamente la genuflexión. Cuando hayas llegado a tu sitio, arrodíllate y rinde a Jesús sacramentado el homenaje de tus oraciones y tu adoración. Confía a Él todas tus necesidades y las de los demás, háblale con abandono filial, suelta tu corazón y déjale total libertad para hacer contigo como mejor le plazca [...]. Al asistir a la Santa Misa y las funciones sagradas, ten mucha gravedad al ponerte de pie, al arrodillarte y sentarte, y haz todo acto religioso con la mayor devoción. Sé modesta en mirar, no vuelvas tu cabeza de aquí para allá para ver quién entra y quién sale; no te rías, por respeto al lugar sagrado y también por respeto de quien esté a tu lado; cuida de no decir ni una palabra a nadie, salvo si la caridad o una necesidad estricta lo requiere»[13].

Esta actitud reverente contribuye a sembrar y a hacer crecer en nosotros lo que San Juan Pablo II, en su Encíclica Ecclesia de Eucharistia, llamaba el «asombro eucarístico». En el número 6 del documento, el Santo Pontífice escribía que lo que se proponía al publicar la Encíclica era exactamente «suscitar este “asombro” eucarístico». Y continuaba: «Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el “programa” que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización». Donde el texto español traduce «suscitar», el original latino dice rursus excitare, que significa «despertar de nuevo». La idea implícita en esta expresión es que el asombro eucarístico no está muerto, porque si así fuese, sería imposible volverlo a despertar. Pero el asombro eucarístico está en la Iglesia, al menos en varios lugares, como dormido. Es lo que decíamos al inicio: ya muchos no nos consideran hombres y mujeres de oración, de adoración. Esto porque muchos cristianos ya no rezan ni adoran, o lo hacen muy poco y siempre cuidando estar bien escondidos: ¡que nadie sepa! ¡que nadie vea! ¡No hay, sin embargo, que avergonzarse de Cristo y de nuestra fe en Él!

Todo lo dicho es preciso también para entender y actuar una correcta ars celebrandi. Como dice la expresión, se trata del arte del bien celebrar. Habitualmente, al utilizar estas palabras, muchos se detienen solo en la segunda: celebrar, que – como es claro – también es importante. Parece, sin embargo, que no se reflexiona con igual amplitud sobre la primera: celebrar la liturgia es un arte. El Diccionario de la Real Academia Española presenta nueve definiciones de la palabra «arte». Entre ellas hay las dos siguientes: «Virtud, disposición y habilidad para hacer algo»; y: «Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo»[14]. Se entiende que el arte no es simplemente algo espontáneo o que pueda hacer cualquier persona sin preparación. Primero, se necesita talento, inclinación, al menos capacidad; pero esto en sí no es suficiente. Miguel Ángel, Leonardo, Bernini, Mozart, Bach... todos tenían talento para pintar, esculpir, componer y tocar, pero si llegaron a ser los inmortales artistas que son, es porque al talento añadieron un largo, intenso y apasionado trabajo de estudio y ejercicio. Solo así es posible pasar del interés o del talento para algo, al tener arte, a ser artista. ¡Cuánto estudio, trabajo, sacrificio se necesita para ser un verdadero artista! Y esto es verdad también para la celebración litúrgica, si hay que celebrarla con arte. Este es un primer aspecto del concepto de arte: arte es el fruto de un talento cultivado, ejercitado.

En segundo lugar, la Real Academia nos dice que arte es también un conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer algo bien. En efecto, no es suficiente ejercitarse: se necesita seguir reglas en el ejercicio. Las reglas de la música para Mozart; los cánones artísticos para Bernini; y las reglas de una disciplina deportiva para llegar a ser un gran atleta. El talento no se ejerce de acuerdo al arbitrio subjetivo, sino siguiendo los cánones objetivos y los establecidos. Y esto es verdad también en la liturgia, por la cual la Madre Iglesia establece leyes y rúbricas, que nos ofrecen los cánones y hasta los detalles de la celebración bien hecha, de la celebración hecha con arte. Este es un aspecto fundamental del ars celebrandi: no hay arte de la celebración si cada cual hace lo que le parece. Se necesita, en cambio, uniformarse a la regla común. Así lo expresa, por ejemplo, la Institución General del Misal Romano, que en el número 42 afirma: «Los gestos y posturas corporales tanto del sacerdote, de los diáconos y los demás ministros, como del pueblo, deben realizarse de modo que toda la celebración brille por el decoro y una noble sencillez, se perciba el verdadero y pleno significado de sus diversas partes, y se favorezca la participación de todos. Por tanto, habrá que atenerse a lo que establece esta Institución general y la praxis tradicional del Rito romano, y a lo que contribuya, más que a la inclinación personal o al arbitrio, al bien común espiritual del pueblo de Dios. La uniformidad de las posturas observada por todos los participantes es signo de la comunión y unidad de la asamblea, pues expresa y fomenta la comunión de espíritu y sentimiento de los participantes»[15]. Más brevemente, y con mayor autoridad, manda el Concilio Vaticano II: «Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia»[16].

Se verifica aquí la misma regla que se observaba al respecto de la devoción: interioridad y exterioridad del hombre deben ser conformes. Si el alma quiere celebrar con arte, el cuerpo debe someterse a la regla del arte. No se celebra con arte solo de manera interior y espiritual, sino también externa y visible[17]. Otro aspecto es la eclesialidad: si con todo nuestro corazón estamos en la Iglesia, y queremos seguir siendo hijos obedientes de nuestra Santa Madre, también tenemos que seguir lo que ella prescribe, y esto particularmente en el culto divino, sobre todo en la Eucaristía, que es «fuente y cumbre de toda la evangelización»[18].

Entonces, para celebrar con arte, hay primero que conocer; mejor aún: estudiar las leyes litúrgicas y las rúbricas. La base del ars celebrandi consiste en entender lo que se hace y saber cómo se hace[19]. Esto es verdad sobre todo para los diáconos, presbíteros y obispos. Los ministros ordenados deben ser maestros no solo en la fe, sino también en el culto. No basta con tener la intención de celebrar bien: hay que conocer y actuar coherentemente. Si se permite el ejemplo, nadie se encomienda a un abogado que no ha estudiado bien el código civil. No basta, en efecto, su buena voluntad, su buena intención de asistirnos durante un proceso, si no es un buen experto en su ámbito. A veces parece que algunos pretenden celebrar Misa sin haber leído nunca los praenotanda y las rúbricas del Misal[20]. Esto no puede ser. Se necesita formación en el seminario, también formación práctica junto con la teológica. Pero se necesita también que todos nosotros – sacerdotes especialmente, pero laicos también – hagamos lo posible para repetir lo que ya sabemos, pero podemos olvidar; para profundizar mejor lo ya conocido; y también para adquirir nuevos conocimientos. Instrumentos para esto hoy no faltan: es necesario elegir los buenos.

Es tarea del ars celebrandi que ella nos ayude a percibir la presencia de Dios en el culto. Para esto, los signos y gestos de la liturgia deben ser adecuados, correspondientes a la Majestad de Dios. Benedicto XVI nos ha hablado sobre la belleza de la liturgia, que no es algo añadido, desde afuera, al rito, ni es un estéril estetismo. La belleza es carácter propio de la acción sagrada, y esta belleza mana de Cristo, que se hace presente en la liturgia eclesial y la guía como Sumo y Eterno Sacerdote[21]. Los signos litúrgicos, por consiguiente, deben ser muy bellos, bien cuidados y preparados. Esto ayuda a sacerdotes y fieles a rezar bien. Es bien conocida la enseñanza de la Constitución Sacrosanctum Concilium cuando afirma: «Los ritos deben resplandecer con noble sencillez»[22]. El texto original latín dice: Ritus nobili simplicitate fulgeant. Muchos, al comentar estas palabras, se detienen en el término «sencillez», en latín simplicitas, casi olvidando los otros dos. Así llegan a decir que el Concilio mandó que todo sea muy simple, hasta muy pobre en la liturgia: que no se gasten muchos esfuerzos, tiempo y sobre todo recursos económicos para el culto de Dios. Pero esta interpretación, ¿cómo se harmoniza con el concepto de ars celebrandi? Además, esta olvida que el Concilio no habla solo de sencillez, sino de una sencillez noble y que debe resplandecer. La palabra latina fulgeant hace referencia a un resplandecer luminoso como el del sol. Esta es la sencillez propia de la liturgia cristiana. La majestad y belleza de los signos nos ayudan a percibir con los ojos de la fe la majestad y belleza de Dios mismo, a quien adoramos en el culto. Esta es la razón por la cual la Iglesia, a través de los siglos, ha construido el edificio de la sagrada liturgia adornándolo con tanto amor, sabiduría y arte. Así lo expresaban ya los Padres del Concilio de Trento, con referencia a la Santa Misa: «Como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso la piadosa madre Iglesia instituyó determinados ritos, […] con el fin de encarecer la majestad de tan grande sacrificio y excitar las mentes de los fieles, por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas»[23].

Para resumir lo dicho hasta aquí, el ars celebrandi, siendo arte del celebrar, supone capacidad, ejercicio y regla. La arbitrariedad litúrgica, entonces es incompatible con ella. Aquí, sin embargo, se pone habitualmente una objeción, que a veces llega a ser hasta una acusación: la del llamado “rubricismo”. Con esta palabra se quiere hacer referencia a una celebración que se preocupa exclusivamente de observar las normas litúrgicas al pie de la letra. El rubricismo sería entonces una forma de fariseísmo litúrgico en ámbito cristiano. Si ese fuera el caso, estamos completamente de acuerdo: no se puede celebrar de manera rubricista, o sea teniendo como única preocupación la formalidad ritual de la celebración. El ars celebrandi, como diré en seguida, supone la escrupulosa observancia de las normas, pero no acaba con ella. El punto, sin embargo, es que los que suelen utilizar la palabra rubricismo no quieren decir solo esto, sino que una celebración correcta sería, según ellos, aquella en la que no se observan todas las normas establecidas, y se actúa de acuerdo a la creatividad del sacerdote y de la asamblea. Por este motivo, caería bajo la acusación de ser rubricista todo sacerdote que trata de celebrar la sagrada liturgia exactamente como prescriben los libros oficiales de la Iglesia. Esta sería – según esos críticos – una celebración impersonal, no contextualizada, rígida, formal, no inculturada, etc. Al final, rubricista sería cualquier bautizado (sacerdote o laico) que simplemente obedece a la Iglesia en sus normas litúrgicas. Ahora bien, esto sería comparable a llamar «legalista» al ciudadano que respeta todas las leyes del Estado. Semejante ciudadano, sin embargo, no es un legalista porque respeta las leyes; sino que es un hombre con conciencia civil, que trata de vivir en la legalidad y la honestidad. Del mismo modo, no todo sacerdote que celebra cuidando bien las leyes litúrgicas cae de por sí, automáticamente, bajo la condena de ser rubricista. Muchas veces simplemente quiere ser honesto en su tarea litúrgica al interior de la comunidad eclesial[24]. Como hay clara diferencia entre un legalista y un hombre que respeta la legalidad, así la hay entre un sacerdote rubricista y uno que observa las rúbricas.

Puesto esto en claro, nos podemos preguntar dónde está la diferencia entre los dos: ¿que cosa distingue un sacerdote y una comunidad rubricistas de un sacerdote y una comunidad fieles a las leyes de la Iglesia? Es la interioridad que acompaña la exterioridad. Si el rubricismo es una forma de fariseismo litúrgico, entonces la cura para esta enfermedad espiritual es la misma que Jesucristo, el Médico Divino, indicó a los fariseos: que no se hagan las cosas solo en la exterioridad, sino de todo corazón. Vuelve de nuevo el criterio fundamental: somos alma y cuerpo, y debemos adorar con los dos. La precisa ejecución externa del rito debe ser acompañada con la orientación interior de nuestra alma hacia el Padre, a través de Cristo, en el Espíritu Santo.

Aquí entra una realidad íntimamente relacionada con el ars celebrandi, que es la participación activa en la liturgia. Como se sabe, este tema ha sido muy valorado por el Concilio Vaticano II. Lo que a veces no se menciona es que el último Concilio no ha creado de la nada esta expresión, sino que la retoma de los documentos de varios Pontífices. Habían en efecto hablado de actuosa participatio en la liturgia San Pío X, Pío XI y también Pío XII[25]. El Vaticano II se pone en esta misma línea, diciendo que hay que participar en la liturgia «scienter, actuose et fructuose – consciente, activa y fructuosamente»[26]. Es importante notar que el tema de la participación activa se inserta en el medio de estos tres términos. Es posible una participación activa si hay conciencia de lo que acontece en la liturgia y si se recibe su fruto de gracia. Por esto, la actividad de la cual se habla no coincide simplemente con el hacer algo durante la celebración, sino sobre todo con el estar insertado en el misterio que se celebra. Interpretar la actuosa participatio simplemente como un estar en movimiento, o decir cosas y hacer cosas durante el rito, es muy reduccionista y conlleva una visión activista de la participación litúrgica, que no corresponde al genuino mensaje del Vaticano II[27]. Un sacerdote o un fiel no participan bien en la liturgia si simplemente hacen cosas o dicen palabras durante el rito. La participación es antes que nada interior y luego también se manifiesta y alimenta exteriormente, en gestos y palabras. Como la componente más distintiva de la naturaleza humana es el alma racional, es allí que se realiza principalmente la participación. El Concilio lo dice de manera indirecta, pero clara, cuando habla de una participación que no es solo activa, sino consciente y fructuosa. Quien lo ha dicho, en cambio, de forma explícita es el Papa Pío XII en Mediator Dei, una Encíclica completamente dedicada al tema de la liturgia. Conviene saber que la Constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium se refiere a esta Encíclica de Papa Pacelli continuamente, en varias ocasiones retomando sus enseñanzas al pie de la letra[28]. Hay, entonces, una continuidad estrechísima entre los dos documentos. En la Mediator Dei, Pío XII enseña que la sagrada liturgia es el ejercicio del sacerdocio del Cristo total, Cabeza y miembros. Esto lo repite también Sacrosanctum Concilium en su número 7. Pío XII subraya la importancia de la participación activa con estas palabras: «Que todos los fieles consideren como el principal deber y mayor dignidad participar en el Sacrificio Eucarístico, no con una asistencia negligente, pasiva y distraída, sino con tal empeño y fervor que entren en íntimo contacto con el Sumo Sacerdote [Jesucristo], ofreciendo con Él y por Él, santificándose con Él». Luego, el Santo Padre califica el sentido de la expresión escribiendo que participación activa implica «reproducir en sí mismo, cuanto lo permite la naturaleza humana, el mismo estado de ánimo que tenía el mismo Redentor cuando hacía el Sacrificio de sí mismo: la humilde sumisión del espíritu, la adoración, el honor y la alabanza, y la acción de gracias a la divina Majestad de Dios» y eso «exige además que [los fieles] reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la abnegación de sí mismos, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los propios pecados. Exige, en una palabra, nuestra muerte mística en la Cruz con Cristo»[29]. ¡Qué lejos están estas palabras del concepto corriente de participación activa que muchas veces hay en nuestras comunidades! Ya que participar activamente significa penetrar íntimamente e identificarse con el misterio del Gólgota, que se representa sacramentalmente en el altar, entonces hacer cosas, leer, llevar las ofrendas al altar, a veces hasta danzar, seguramente no expresan la esencia de la participación activa. Esta, cuando se entiende bien, es el motor de toda nuestra vida espiritual y moral. La verdadera participación en la liturgia cambia nuestra vida: es fructuosa, como dice el Concilio. Por esto un liturgista inglés contemporáneo ha propuesto que no se traduzca la frase latina actuosa participatio como “participación activa”, según se hace habitualmente, pues es una expresión que puede transmitir un acento de activismo; en cambio, sugiere como traducción la frase «participación efectiva»[30]. Y en verdad, la participación es activa cuando es consciente y fructuosa, o sea, efectiva y eficaz.

La verdadera participación activa en el culto eclesial, la orientación del alma hacia el Señor que es Cabeza del Cuerpo Místico y Sumo Sacerdote, es lo que permite una verdadera ars celebrandi. Ahora podemos completar el cuadro, notando que, como no es posible actuar el ars celebrandi sin observar las normas litúrgicas en el foro externo, tampoco – y con mayor razón aún – habrá ars celebrandi sin actuosa participatio en el foro interno. Esta acontece sobre todo en el alma y luego tiene sus signos adecuados y coherentes en el cuerpo, que se une al movimiento del alma en la alabanza, el agradecimiento y la adoración. Por extensión, también deben ser signos adecuados las vestiduras, los vasos sagrados y todo lo que sirve para el culto; hasta el mismo edificio sacro, el templo. Nótese, además, que si es verdad que no hay ars celebrandi que no sea participación efectiva, igualmente es verdad lo contrario: no puede haber actuosa participatio sin arte en la celebración. Benedicto XVI lo dice claramente, subrayando junto con los Obispos del Sínodo de 2005: «la necesidad de superar cualquier posible separación entre el ars celebrandi, es decir, el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles». «Efectivamente – continúa el Pontífice – el primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa»[31]. Del mismo modo en que se creaba un círculo virtuoso entre devoción y fe eucarística, entre culto fuera de la Misa y celebración sacramental, también aquí se verifica una circularidad entre participación activa y arte de la celebración, donde cada una es causa y custodia de la otra.

Considerado todo lo dicho, podemos concluir con una breve referencia al tema del carácter pastoral de la liturgia. Si la pastoral es el arte de guiar el camino de fe de los cristianos, o, con terminología más antigua, el arte de conducir las almas a la salvación, es bien evidente que la liturgia ocupa un lugar muy especial en la pastoral. Y en los libros litúrgicos más recientes esto se tiene en cuenta – lo que es bueno –, sin embargo no siempre de manera clara. Por ejemplo, se encuentra en ellos a menudo una pequeña fórmula del tipo: «si razones pastorales así sugieren...». Habitualmente esta fórmula se encuentra después de las indicaciones rituales, por ejemplo en el número 365 de la Institutio Generalis Missalis Romani, donde se lee: «La Plegaria Eucarística primera o Canon Romano, que puede emplearse siempre, se dirá más oportunamente [...] en los días domingo, a no ser que por motivos pastorales se prefiera la Plegaria Eucarística tercera». Como esta expresión se encuentra varias veces en los libros litúrgicos post-conciliares, muchos se han convencido de que casi todo, en el rito, está bajo la determinación de los motivos pastorales. O sea: sí hay reglas, pero por razones pastorales podemos no observarlas. Y, en concreto, muchas veces esto significa que se celebra como le parece mejor al sacerdote. Pero frente a esta expresión, sería oportuno primero preguntarse qué significa «pastoral» y «razones pastorales». La impresión es que se ha difundido la idea de que la pastoral significa «descuentos», «rebajas», o «hacer las cosas más simples, o más atractivas». Así, el criterio pastoral ya no coincide tanto con dirigir almas hacia el Cielo y, para esto, tratar de hacer lo mejor posible; sino con facilitar al máximo las cosas. Otras veces, en cambio, se entiende como criterio pastoral introducir novedades en el rito para facilitar la sensación de que este rito es nuestro, de nuestra comunidad particular. También puede ocurrir que se inserten elementos ajenos a la liturgia con el fin de suscitar emociones en los presentes.

¿Qué decir de todo esto? Primero que la liturgia, para ser pastoral, no debe ser fácil, sino bella. La belleza tiene el poder de elevar las almas y ayudarlas a comunicar con Dios que nos salva. Segundo, que la liturgia es eclesial en su sentido más alto: cada celebración local es celebración de la Iglesia Católica y no simplemente de un grupo particular. Tercero, que devoción y emoción no son la misma cosa. En la liturgia hay que favorecer el asombro por la presencia divina, no las emociones ligeras y pasajeras. Se trata de sentimientos profundos, espirituales, no de sensaciones psicológicas momentáneas. Como dice 1 Reyes 19,11, en la versión de la Biblia Vulgata de San Jerónimo: «Non in commotione Dominus – el Señor no se encuentra en la emoción»[32]. Por eso, como sacerdotes no debemos preguntarnos siempre qué cosa es más fácil para nosotros y los demás bautizados, sino más bien qué cosa es mejor. No debemos buscar lo que emociona sino lo que edifica en lo profundo. No nos interesa armar un espectáculo, sino celebrar el drama de la salvación.

Solo recuperando la relación estrecha entre devoción y fe, entre doctrina y pastoral, entre celebración sacramental y culto eucarístico[33], entre participación activa y arte de la celebración y, finalmente, entre liturgia y vida moral, seremos y seremos reconocidos como cristianos, o sea hombres y mujeres de oración, hombres y mujeres de vida espiritual, que por eso mismo son también apóstoles: los evangelizadores con Espíritu que auspicia el Papa Francisco para el Tercer Milenio[34].

Pidámosle a Santa María, «Mujer Eucarística»[35], que nos obtenga la gracia de una renovación general, en nuestra amada Iglesia Católica, de la fe y devoción hacia la Santísima Eucaristía, que es Misterio de la fe, y que por esto se adora con fe, se recibe con fe y atrae a sí los hombres a través del testimonio de nuestra fe.

 



[1] Profesor Ordinario del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, Roma.

[2] El CD de la grabación, con este mismo título, ha sido publicado por DynamicCatholic.com.

[3] Evangelii Gaudium, n. 262.

[4] Suma teológica, II-II, 82, 1.

[5] «In divino cultu necesse est aliquibus corporalibus uti, ut eis, quasi signis quibusdam, mens hominis excitetur ad spirituales actus, quibus Deo coniungitur. Et ideo religio habet quidem interiores actus quasi principales et per se ad religionem pertinentes: exteriores vero actus quasi secundarios, et ad interiores actus ordinatos» (Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, 81, 7; cf. II-II, 84, 2; I-II, 101, 1-2).

[6] Ver en particular sus obras Vom Geist der Liturgie (1918), Von heiligen Zeichen (1922), Liturgie und liturgische Bildung (1966).

[7] Enarrationes in Psalmos 98,9 (CCL XXXIX 1385), en Sacramentum Caritatis, n. 66.

[8] Ver Sacra Congregatio pro Sacramentis et Cultu Divino, Ritus de sacra Communione et de cultu Mysterii eucharistici extra Missam, 4 de enero, 1978.

[9] Una reseña de autores europeos que se han movido en esta perspectiva se puede encontrar en J.M. Powers, Teologia eucaristica, Queriniana, Brescia 1969, pp. 150ss.

[10] Concilio de Trento, Canones de ss. Eucharistiae sacramento, can. 1: «vere, realiter, substantialiter» (en Denzinger – Hünermann, n. 1651 y retomado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1374). Con la palabra vere, el Concilio condena el berengarismo: la tesis que considera la Eucaristía un símbolo o figura de un cuerpo que está en otro lugar (el Cielo). Con el termino realiter, el Tridentino enseña que la presencia es ontológica y objetiva: esto implica que no es la fe del celebrante o de los fieles que determina la presencia en el sacramento, sino la promesa de Cristo. La fe reconoce la presencia real, pero no la determina. Esto se confirma con el uso de substantialiter: la substantia es en este caso la realidad esencial de algo, más allá de las apariencias exteriores. Aquí se contrapone a “función”, o sea la finalidad de una acción. La Eucaristía es Cristo, no es solo un medio a través del cual nos llega la gracia de Cristo.

[11] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2715.

[12] Ver Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, n. 65.

[13] San Pío de Pietrelcina, Epistolario, III: Corrispondenza con le figlie spirituali (1915-1923) (M. da Pobladura – A. da Ripabottoni, ed.), Edizioni Padre Pio da Pietrelcina, San Giovanni Rotondo 2004, p. 87 (versión española tomada de: M. Gagliardi, Liturgia fuente de vida. Perspectivas teológicas, Edicep, Valencia 2012, pp. 219-220).

[14] Ver http://lema.rae.es/drae/?val=arte.

[15] Institutio Generalis Missalis Romani: ex editione typica tertia emendata, n. 42.

[16] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 22 § 3.

[17] Escribe el filósofo católico D. von Hildebrand, en la obra Il cavallo di Troia nella Città di Dio [original alemán 1968; aquí en la versión italiana Effedieffe, Proceno (VT) 2014, pp. 295-296]: «È un principio specificamente cattolico che gli atteggiamenti spirituali debbono avere un’espressione adeguata anche nel comportamento esteriore, nei movimenti, nello stile del discorso. Tutta la liturgia obbedisce a questo principio. Del pari, all’ambiente o all’edificio dove si svolge qualcosa di solenne e di sacro dovrebbe essere propria una corrispondente atmosfera. [...] Quanto è sbagliato, dunque, considerare la bellezza di una chiesa e della liturgia come cosa che può distrarre dal vero tema dei misteri liturgici portando verso alcunché di superficiale! [...] Nel fondo di idee del genere si trova anche un’incomprensione per la natura umana».

[18] Concilio Vaticano II, Presbyterorum Ordinis, n. 5. Como es sabido, Sacrosanctum Concilium, n. 10, aplica la expresión «cumbre y fuente» a todo el conjunto de la sagrada liturgia eclesial.

[19] Cf. P.J. Elliott, «Ars celebrandi nella Sacra Liturgia», en A. Reid (ed.), La Sacra Liturgia. Fonte e culmine della vita e della missione della chiesa, Cantagalli, Siena, p. 58.

[20] Ibid., p. 59: «Non possiamo aspettarci un’ars celebrandi da un clero che non conosce o non ha mai letto l’Ordinamento Generale del Messale Romano».

[21] Ver Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 35.

[22] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 34.

[23] Concilio de Trento, Sessio XXIII: Doctrina et canones de ss. Missae sacrificio, cap. 5, en: DS n. 1746.

[24] Ver A. Reid, «From Rubrics to Ars Celebrandi – Liturgical Law in the 21st Century», Antiphon 17 (2013), pp. 139-167.

[25] Ver Pío X, Tra le sollecitudini, Acta Sanctae Sedis 36 (1904), p. 331; Pío XI, Divini cultus, IX: AAS 21 (1929) p. 39; Pío XII, Mediator Dei, II, 2: EE 6, 507; ibid., II, 3: EE 6, 530.

[26] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 11.

[27] Ver, recientemente, el artículo del Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, cardenal Robert Sarah, «Silenziosa azione del cuore», en L’Osservatore Romano, 12 de junio 2015.

[28] Recientemente ha sido publicado un artículo en el cual se muestra muy claramente que el esquema original de Sacrosanctum Concilium contenía muchas citas más de la Mediator Dei y otros documentos pontificios, respecto a la edición final. Se puede pensar que la simplificación del texto a publicar haya requerido cortar muchas citas. Sin embargo, la enseñanza litúrgica del Vaticano II está en total y plena continuidad con el Magisterio litúrgico pontificio anterior. Cf. S.J. Benofy, «Footnotes for a Hermeneutic of Continuity: Sacrosanctum Concilium’s Vanishing Citations», Adoremus 21/1 (2015), pp. 8-34.

[29] Pío XII, Mediator Dei, II, 2: EE 6, 507; ibid., II, 3: EE 6, 530.

[30] Ver A. Reid, The Organic Development of the Liturgy. The Principles of Liturgical Reform and Their Relation to the Twentieth-Century Liturgical Movement Prior to the Second Vatican Council, Ignatius, San Francisco 20052.

[31] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 38.

[32] También la Neovulgata traduce del mismo modo. Commotio en latín puede indicar sea la emoción que una sacudida, como en un terremoto. En el contexto inmediato del paso bíblico se refiere más bien al segundo sentido, sin embargo interpreta en el primer sentido San Pío X en su Encíclica E Supremi Apostolatus, n. 13.

[33] «Es preciso integrar adecuadamente celebración de la eucaristía y culto eucarístico, participación en la misa y adoración que prolonga aquella participación. Como dice la [Instrucción] Eucharisticum mysterium [n. 3]: “hay que considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración misma de la misa como en el culto de las sagradas especies, que se reservan después de la misa para prolongar la gracia del sacrificio»: D. Borobio, Eucaristía, BAC, Madrid 2000, p. 407.

[34] Ver Francisco, Evangelii Gaudium, cap. V.

[35] Ver San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, cap. VI. Véase también M. Gagliardi, «María, Mujer Eucarística», en María, Estrella de la Nueva Evangelización. Congreso Mariano, Vida y Espiritualidad, Lima 2003, pp. 237-259.