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Miércoles, 18 Septiembre 2013

Extracto de Sobre Dios, la Iglesia y el mundo, pp. 67, 72-73.

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Fernando Ocáriz, Sobre Dios, la Iglesia y el mundo, Rialp, Madrid 2013, pp. 67, 72-73.

p. 67

Abordemos otro aspecto de la cuestión. Muchos piensan que si la Iglesia católica cediera un poco en sus exigencias más controver­tidas, tendría más seguidores. ¿ Cree usted que sería así? Otros dicen que la Iglesia está perdiendo el tren de la historia, porque está anticuada y no evoluciona al ritmo de los deseos de la gente de hoy. ¿Qué les contestaría usted?

Las exigencias más controvertidas suelen referirse a puntos de moral natural (sobre el matrimonio, la sexualidad, la bioé­tica, etc.). En esas exigencias la Iglesia no puede ceder porque no son exigencias suyas, sino normas dadas por el Creador en la naturaleza humana como luz que señala lo verdaderamente humano. Si, por un imposible, la Iglesia cediera, ya no sería la Iglesia ni esos eventuales más numerosos fieles serían fieles de la Iglesia.

¿La Iglesia anticuada por no evolucionar al ritmo de los de­seos de la gente de hoy? ¿Cuáles son esos deseos? ¿Quién es la gente de hoy? No cabe duda de que la Iglesia puede evolucio­nar, y de hecho ha evolucionado a lo largo de los siglos, en as­pectos no esenciales. No parece aventurado sostener que tam­bién actualmente hay aspectos mejorables, incluso muy mejorables, en la organización eclesiástica. En todo caso, es importantísimo tener presente que la Iglesia no la hacemos los hombres; la ha hecho y la hace Jesucristo; no la hacemos, sino que la recibimos.

(…)

p. 72-73

Otro problema es que en muchos lugares faltan sacerdotes. Para paliar la escasez, algunas voces proponen que se abra el sacerdocio a hombres casados y a mujeres, y que laicos o religiosos no ordenados, hombres o mujeres, hagan las funciones del sacerdote. ¿Sería una buena solución?

En ausencia de sacerdotes, ya está previsto que se puedan encomendar a laicos algunas actividades que de ordinario rea­lizan los sacerdotes, pero que no requieren necesariamente el carácter sacerdotal. En cambio, por ejemplo, la celebración de la Santa Misa y del sacramento de la Penitencia, por institución divina, solo corresponde a los sacerdotes.

Por lo que se refiere a la ordenación sacerdotal de mujeres, ya la Iglesia ha enseñado con carácter definitivo que no está en su poder conferir una tal ordenación. El motivo es la fuerza vinculante de la Tradición, que nos transmite la voluntad de Jesucristo de reservar el sacerdocio a los varones. ¿Por qué el Señor decidió esto? No nos lo ha revelado. Se pueden aventurar diversos motivos de conveniencia, más o menos convin­centes; en cualquier caso, es importante entender que no re­presenta un menosprecio de la mujer. El sacerdocio trae consigo un servicio determinado, que supone no pocas veces fuertes renuncias, que con la gracia de Dios se pueden llevar con alegría. Pero, en definitiva, lo que para la persona cuenta no se reduce al tipo de función realizada sino a la identifica­ción con Jesucristo, a la santidad alcanzada; y, en esto, la mujer está en idénticas condiciones que el varón: ¡cuántas mujeres ha habido y hay mucho más santas, que han contribuido y contribuyen más a la vida de la Iglesia que muchos sacerdotes!

La ordenación sacerdotal de hombres casados es posible y de hecho tiene lugar en Iglesias orientales. Sin embargo, el celibato sacerdotal, sin ser absolutamente necesario para recibir el sacerdocio, tampoco se queda en una mera disposición disciplinar. Los motivos teológicos que muestran la profunda coherencia del sacerdocio con el celibato y los datos históricos de la primitiva cristiandad son tan fuertes, que pienso que se debe decir que la praxis oriental de ordenar presbíteros a varones casados no es una simple disciplina distinta sino una excepción debida a peculiares circunstancias históricas; digna de todo respeto, pero una excepción. En cualquier caso, la ordenación de hombres casados no resolvería el problema de la escasez del clero, como lo prueba la experiencia precisamente de esas Iglesias donde esto es legítimo.