Usted está aquí: Documenta > Derecho canónico > Al servicio de la misión. El pensamiento teológico-canónico de Álvaro del Portillo
Lunes, 15 Septiembre 2014

Al servicio de la misión. El pensamiento teológico-canónico de Álvaro del Portillo

Por 
  • - A +
  • PDF

En esta conferencia, el Prof. Antonio Aranda presenta cómo el pensamiento teológico y canónico de Mons. Álvaro del Portillo estuvo al servicio de su misión pastoral, y se alimentó de dos fuentes principales: la asimilación personal del espíritu del Opus Dei desde su juventud y su implicación en los trabajos del Concilio Vaticano II. También se destaca cómo Mons. Álvaro del Portillo subrayó la igualdad radical de todos los fieles bautizados, y su enriquecedora diversidad en beneficio de la tarea evangelizadora de la Iglesia.

 

1. Introducción[1]

 

En esta breve presentación del pensamiento del Venerable Álvaro del Portillo, contemplado desde la perspectiva –esencial para él– del servicio a la misión de la Iglesia, y dentro de ella a la misión del Opus Dei, propondremos algunas ideas que ayuden a poner de manifiesto el trasfondo general de las diversas cuestiones particulares que, con tanta competencia, están siendo desarrolladas en las conferencias y ponencias de este segundo día del Simposio. La temática que abordamos ha sido objeto, al menos indirectamente, de diversos estudios, que aquí tenemos en cuenta[2].

La obra teológica y canónica de Álvaro del Portillo, extensa y fecunda como su propia vida[3], y siempre ligada a las exigencias de su ministerio pastoral, responde a una doble inspiración fontal: a) el espíritu del Opus Dei, que asimiló y encarnó desde su juventud, de manera ejemplar, a la sombra de san Josemaría Escrivá, de quien fue principal colaborador y primer sucesor; y, b) su intenso compromiso con la unidad y la universalidad de la Iglesia, a la que sirvió con fidelidad durante sus cincuenta años romanos (1944-1994), llenos de trabajos y encargos de gran responsabilidad, confiados por la Santa Sede[4].

La idea primera y principal que quisiera transmitir en mi intervención está indicada en el título que le hemos dado, y puede ser expresada así: todo el pensamiento teológico-canónico de don Álvaro se ha desplegado a partir de una profunda actitud personal, de índole ministerial, en la que –como otros ya han subrayado[5]– el servicio al Opus Dei y el servicio a toda la Iglesia, y en particular a la Sede Apostólica, se funden en inseparable unidad.

Su producción teológica de conjunto, esencialmente vinculada desde el principio a su reflexión jurídico-canónica, presenta dos principales rasgos definitorios:

a) Es, ante todo, expresión de un pensamiento fundamentado y permanentemente alimentado en la fuente de san Josemaría, es decir, en el espíritu del Opus Dei, del que recibirá también una firme adhesión a la doctrina católica y un permanente impulso apostólico.

b) Es también, en segundo lugar, testimonio de una madurez intelectual alcanzada significativamente durante los años de realización del Concilio Vaticano II, y desplegada como pensamiento propio en torno a la enseñanza eclesiológica conciliar, en cuya elaboración –en puntos básicos, como la doctrina sobre el ministerio presbiteral y sobre el laicado– trabajó Álvaro del Portillo ampliamente.

Esa doble impronta –el espíritu fundacional del Opus Dei (como elemento inspirador fontal), y la luz eclesiológica conciliar (como ámbito de reflexión y anuncio renovador)– sitúa y nutre básicamente, a mi entender, el contenido esencial de su producción teológico-canónica. Se puede entonces afirmar, como han hecho algunos, que el horizonte temático del trabajo teológico y canónico del próximo Beato es “la eclesiología del Vaticano II, anticipada por el carisma fundacional del Opus Dei”[6]

Entre los rasgos de fondo de su pensamiento cabe destacar, en mi opinión, entre otros, estos tres: 1) una honda comprensión del misterio de la Iglesia, contemplada desde la unidad e inseparabilidad entre comunión y misión; 2) un agudo sentido de la unidad vocacional de todos los fieles (vocación cristiana a la santidad y al apostolado) por razón del Bautismo recibido, y al mismo tiempo una nítida distinción de sus funciones en el seno de la comunión eclesial, por razón de la diversidad de dones y carismas recibidos al servicio de la misión común; y 3) una decidida acentuación de la relación entre el ejercicio de la específica función eclesial de los fieles (como laicos o como ministros) y las características de su vida espiritual y su trabajo apostólico.

Las consideraciones  que siguen girarán en torno a esos tres rasgos.

 

2. Una eclesiología concebida desde la misión

 

Cuando se tiene una experiencia intensa del misterio de la Iglesia como realidad vivida y amada, llena de significado en sí misma pero esencialmente referida a Cristo y contemplada siempre, por tanto, bajo la luz del Verbo Encarnado, de Quien es Cuerpo y Esposa, es lógico que los razonamientos teológicos sobre ella muestren desde el principio un tono cristológico. Y esto se advierte incluso cuando las referencias cristológicas son más bien implícitas, o el discurso parece no ocuparse sino de la conformación histórica de la Iglesia. Pero, ¿qué significa pensar cristológicamente el misterio de la Iglesia?

Significa, ante todo, contemplarlo desde una previa estructura de pensamiento – inscrita en la entraña del mensaje neotestamentario y común, en consecuencia, a toda la tradición cristiana–, según la cual resulta evidente la unidad en el Verbo hecho hombre entre su ser personal (ser Él quien es: el Mesías prometido, el Salvador) y su misión terrena como enviado del Padre (la obra de la salvación). El Hijo de Dios se ha encarnado con el fin de llevar a cabo en esta tierra la eterna voluntad del Padre: su encarnación dice esencial referencia a la tarea que le ha sido eternamente encomendada. La manifestación de esta unidad entre el ser personal y la misión en Cristo será, en consecuencia, un punto esencial de la revelación cristiana. Y, paralelamente, su captación por la conciencia creyente resultará ser un elemento necesario y decisivo para el desarrollo de un pensamiento teológico y de una espiritualidad plenamente coherentes con el Evangelio.

Si se ha intuido la inseparabilidad en Cristo entre persona y misión, se estará también en condiciones de comprender que ese es asimismo el modelo, por así decir, estructural, que el Espíritu Santo reproduce en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Desde ese fundamento intelectual –si ha sido bien aprehendido–, se está en óptimas condiciones para pensar teológicamente el misterio de la Iglesia según la diversidad de sus miembros.

El pensamiento eclesiológico del Venerable Álvaro del Portillo estaba fecundado, a mi entender, por esa cristología implícita, y cabe sostener que la ha asimilado, principalmente, a partir de su inmediata referencia a la persona y la enseñanza del fundador del Opus Dei, fuente primordial de su experiencia espiritual y pastoral. No sería difícil, aunque sí extenso, probar la afirmación que acabamos de hacer, esto es, que el principio cristológico de la inseparabilidad entre persona y misión en Cristo, en la Iglesia y en el cristiano, que es uno de los rasgos teológicos centrales del espíritu fundacional de san Josemaría[7], fue asimilado activamente –como toda la doctrina del fundador– por su primer sucesor e incorporado de manera admirable a su pensamiento y a sus escritos.

Me viene a la memoria, a este respecto, una conversación personal con don Álvaro, en 1993, en la que salió a relucir indirectamente ese argumento. Le comentaba mi interés por analizar y formular adecuadamente los elementos teológicos presentes, aunque a veces quizás, como decimos, solo de modo implícito, en la doctrina espiritual del entonces beato Josemaría, y muy específicos de ésta. Me escuchó con atención, y a continuación, como quien lo tiene bien experimentado, me dio el siguiente consejo: “Muy bien, sigue esforzándote en esa investigación, en la que indudablemente hay un gran campo de trabajo teológico y una fuente de beneficios para toda la Iglesia. Pero para hacerlo se requiere, sobre todo, que estés identificado personal y profundamente con esas enseñanzas. Sólo así se puede llegar a formularlas también teológicamente.  Deberás saber exponerlas con tus palabras y con un lenguaje teológico preciso, aunque, como es justo, las presentes como propias del beato Josemaría, porque en él las has conocido y a partir de sus escritos las has pensado. Hay que expresarlas fielmente, pero también sugestivamente, sin que pierdan su fuerza. Y para eso deberás poder decirlas como algo tuyo: no como quien repite literalmente algo ajeno, sino como quien comunica algo que ha hecho suyo”. Esa era, a decir verdad, la asimilación vital e intelectual de la doctrina de san Josemaría que brillaba en él.

Unas conocidas palabras de don Álvaro nos permiten conectar de nuevo, a partir de esta última idea, con lo que veníamos exponiendo. Dicen así: “La profunda percepción de toda la riqueza escondida en el misterio del Verbo encarnado fue el sólido fundamento de la espiritualidad del Fundador. Él comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas nobles eran elevadas al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, entablar amistad, etc., habían sido también acciones divinas en la vida de Jesucristo: podían, en consecuencia, compenetrarse perfectamente con la vida interior y con el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad”[8].

Se adivina en este párrafo la presencia oculta de aquel principio cristológico inspirador del que hablábamos. Con palabras diversas podría ser enunciado también así: en la entraña teológica de la vocación bautismal cristiana, que es un reflejo del misterio del Hijo de Dios encarnado –Cristo consagrado en el Espíritu Santo y enviado por el Padre para nuestra salvación–, los elementos humanos y los dones sobrenaturales conforman una unidad inseparable. Por esa razón, la existencia cotidiana del cristiano, revestido (en el sentido paulino, ontológico, del término) de las gracias sacramentales, requiere ser vivida con sentido vocacional: sabiéndose llamado a la santidad y enviado a una misión apostólica en medio de la sociedad, análoga a la que desarrolló Jesucristo sobre la tierra. La Iglesia, en cuanto comunión de todos los fieles cristianos, y cada uno de éstos, han sido puestos en la tierra como fuente de salvación: es decir, para continuar la misión de Jesucristo. La Iglesia es para la misión. Estamos, en consecuencia, ante una cuestión decisiva en el planteamiento de la reflexión sobre su misterio.

De esa impronta apostólica o evangelizadora está henchido, como venimos indicando, el pensamiento eclesiológico de Álvaro del Portillo, formulado principalmente con motivo de sus reflexiones sobre los diversos miembros que componen la Iglesia. Sus textos sobre el ministerio sacerdotal o sobre el laicado sugieren, en efecto, una eclesiología desde la misión, cuya síntesis podría quedar expresada, por ejemplo, en estas palabras: “Todos los miembros del Pueblo de Dios participan por igual en la misión única de la Iglesia. Es ésta una verdad firmemente enraizada en la doctrina católica, que ha recibido especial realce en el Concilio Vaticano II. La misión de la Iglesia forma un todo único, que puede, sin embargo, desglosarse en varios aspectos: «la Iglesia ha sido instituida con el fin de que, extendiendo por toda la tierra el Reino de Cristo para gloria de Dios Padre, haga partícipes de la redención salvadora a todos los hombres, y a través de ellos el mundo se ordene realmente a Cristo» (Decr. Apostolicam actuositatem, 2)”[9].

3. Unidad y diversidad en la Iglesia

 

En la obra teológico-canónica de Álvaro del Portillo detenta un carácter central la distinción entre fiel y laico, que desarrolló principalmente en su conocida y elogiada monografía “Fieles y laicos en la Iglesia[10]. Tal distinción se advierte en el énfasis puesto en la condición de fiel, como elemento básico común a todos los bautizados. La igualdad radical de todos los bautizados en la Iglesia, en cuanto fieles cristianos, receptores de una misma llamada a la identificación con el Hijo de Dios hecho hombre, se modula y complementa, a su vez, con la diversidad de dones y carismas personales recibidos al servicio de la tarea evangelizadora común.

El Espíritu, desde el inicio de la Iglesia, ha articulado dicha tarea conforme a la diversidad de los fieles, según una precisa distinción de funciones. Éste punto esencial de la doctrina conciliar, está también muy presente en el pensamiento de Álvaro del Portillo, que, por ejemplo, escribe: “Esta misión única de la Iglesia y común a todos sus miembros se lleva a cabo a través de la diversidad de ministerios, de tal manera que cada uno desempeñe la función específica que le compete. Unidad de misión y diversidad de funciones: de ese modo todos los fieles encuentran en el cumplimiento de su tarea concreta el modo de participar en la misión de la Iglesia”[11].

No se trata simplemente de la distinción entre el género y la especie, como si la condición de fiel fuera solamente un concepto indiferenciado y a la espera de las correspondientes diferencias específicas para alcanzar, en las diversas especies de vocaciones eclesiales, un significado teológico relevante. La condición de fiel, aunque común a todos los bautizados, no es algo genérico e indiferenciado, sino una realidad llena de implicaciones doctrinales y vitales.

La teología de los fieles y los laicos que desarrolla Álvaro del Portillo está, pues, contraseñada por su intelección del sentido vocacional de la existencia cristiana. Su propia experiencia vocacional, entendida a la luz de la predicación de san Josemaría, fue seguramente el cauce primordial para comprender también el previo don bautismal en términos de vocación y misión. Los fieles cristianos, teológica y jurídicamente caracterizados, en efecto, por su incorporación a la Iglesia mediante el bautismo, son asimismo destinatarios, merced al don recibido, de una invitación personal a seguir fielmente durante toda su vida los pasos del Maestro, e imitarle en la santidad y en la obediencia al mandato del Padre, es decir, en el compromiso con la misión evangelizadora.

Uno es, por tanto, el modo de participar en dicha misión los laicos, y otro distinto el de los sacerdotes. Aunque, “todo fiel –escribe don Álvaro– debe ser Christi bonus odor (2 Cor 3, 15), reflejando en su vida la santidad de Cristo y siendo instrumento suyo para la salvación de las almas, (…) los sacerdotes, como enseña la fe de la Iglesia, representan y sirven a Cristo de un modo especial, particular, que es distinto al de los demás fieles”[12]. Este principio básico de la teología del sacerdocio se encuentra desarrollado con maestría, hasta sus últimas consecuencias, en las obras de don Álvaro, en las que es también preciso destacar la claridad conceptual con que es formulada la teología del laicado. La conjunción de ambos aspectos convierte su pensamiento en un buen punto de referencia para las discusiones, siempre vivas, en torno, por ejemplo, al concepto de secularidad y al estatuto teológico y jurídico del laico, así como para la meditación sobre la diferencia esencial y la complementariedad funcional entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial.

Con claridad y profundidad, el futuro Beato ha sabido poner de manifiesto las características de la llamada que Cristo dirige al fiel corriente, llamado a santificarse en medio del mundo, distinta de las llamadas al sacerdocio o al estado religioso. Pero deja claro también que no existe una especie de vocación laical indistinta y confusa, en cuanto impersonal. La vocación de los laicos en la Iglesia no es genérica o indiferenciada, sino por el contrario llamada y respuesta personal en el seguimiento de Cristo, sin salir de las personales condiciones y circunstancias existenciales de cada uno.

Lo que personaliza la vocación cristiana del laico a la santidad y al apostolado, según el pensamiento de Álvaro del Portillo, forjado a partir del espíritu fundacional de san Josemaría, no es algo extrínseco al entorno vital de cada uno. Por el contrario, son precisamente las circunstancias (sociales, familiares, profesionales, etc.) de su inserción en la sociedad las que constituyen el escenario de su santificación y de su acción apostólica. Desde esta perspectiva, por concretar esta idea con un ejemplo, la “vocación profesional” de cada cual es concebida por el futuro Beato –con san Josemaría– como parte integrante de su vocación divina; y lo mismo cabría señalar de los demás aspectos configuradores de su existencia.

 

4. Misión eclesial y vida espiritual

 

Desde esta comprensión de la vocación y misión de los cristianos, que aquí estamos esbozando muy parcialmente –y que en otras sesiones de este Simposio ha sido más amplia y doctamente formulada–, ha desarrollado también don Álvaro una lúcida doctrina sobre la espiritualidad de sacerdotes y de laicos, que pone de manifiesto el firme entrelazamiento, en cada caso, de la común condición de cristianos con los diversos y específicos dones y funciones al servicio de la misión. Su posición fundamental podría quedar descrita en esta frase: “La espiritualidad no es algo sobreañadido a la persona y a la función que desempeña, sino que fluye por así decir de la misión eclesial que como a miembro del Pueblo de Dios le corresponde”[13]. O bien, con palabras muy semejantes: “La espiritualidad es la proyección de la función eclesial en la vida personal del miembro del Pueblo de Dios”[14].

No aparece, pues, descrita la espiritualidad en sus escritos como un conjunto de formas u opciones adecuadas al gusto o al temperamento de cada persona. No habla de vaguedades o de adornos supererogatorios de la vida cristiana, como si la moral tratara de lo sustancial de nuestro comportamiento cristiano y la espiritualidad versara sobre asuntos secundarios o menos decisivos. Álvaro del Portillo concibe la espiritualidad cristiana guiada por la orientación fundamental de la respuesta del bautizado, con sus dones y carismas específicos, a la llamada personal de Cristo. “En el caso concreto del sacerdote –escribe, por ejemplo, en uno de sus textos– la espiritualidad vendrá dada por las exigencias íntimas de la consagración recibida en virtud del sacramento del Orden y por el cumplimiento del ministerio a que destina este sacramento (...), buscando en y a través de este ministerio la santificación personal”[15].

La vida espiritual del fiel ha de ser acorde, al mismo tiempo, con su vocación bautismal (que se concreta siempre y necesariamente en la búsqueda de la santidad y en el empeño apostólico) y con los particulares dones recibidos, de los que se derivan determinadas funciones y deberes, así como estilos diversos de vida cristiana y de espiritualidad. Como escribe don Álvaro: “Si hablando dogmáticamente se debe afirmar que no hay más que una espiritualidad cristiana –pues no hay santidad sino bajo la acción del Espíritu Santo, que encamina hacia el Padre uniéndonos a Cristo–, desde un punto de vista descriptivo podemos y debemos hablar de espiritualidades diversas, en cuanto que cada camino pone de relieve distintos valores, asume determinadas condiciones, acentúa peculiares responsabilidades”[16].

Se concebiría muy pobremente la vida espiritual cristiana si sólo se considerara modelada por las normas morales universalmente válidas. Tales normas son, ciertamente, vinculantes, y han de ser abrazadas con rotundidad, pero junto a ellas, rige también en la vida del cristiano la fuerza configuradora de la vocación, de la llamada personal que Cristo mismo dirige a cada uno. Por eso, en el caso particular del sacerdote: “La espiritualidad no puede considerarse como algo sobreañadido a la función eclesial, sino que ha de ser vista como una faceta de esa misión: la que hace referencia a la santidad personal y a los medios necesarios para alcanzarla. No puede entenderse una espiritualidad genuinamente sacerdotal que no dimane de la función eclesial encomendada al sacerdote”[17].

Si la vocación personal, en el ámbito de la relación entre Dios y la criatura, se halla, por así decir, en la parte de Dios, la espiritualidad es el “tono” de la respuesta fiel de la criatura, de acuerdo con su particular vocación y con sus exigencias. La respuesta no está completamente predeterminada por la llamada, sino que reclama la libertad y la iniciativa de la criatura. Dios llama y manifiesta con suficiente claridad sus designios, pero se comporta también como un dialogante verdadero, no fingido. Sus luces e inspiraciones se ajustan también a lo que la criatura haya dicho, de modo fiel, en ese diálogo, que ha de ser un diálogo paterno-filial y no una contienda. Entonces, las respuestas de la criatura estarán marcadas por las iniciativas de Dios y, en consecuencia, el resultado será un diálogo verdadero entre la libertad infinita de Dios y la libertad finita de su criatura. Pero el resultado será tanto de Dios como del hombre.

Es esta visión vocacional de la existencia cristiana la que hace que los escritos de espiritualidad de Álvaro del Portillo, deban entenderse siempre en esta perspectiva: es Dios quien llama y, por tanto esa llamada impone el estilo que conviene a la respuesta, aunque corresponda a la criatura poner su sello libre y personal en dicha respuesta; y, análogamente, es Dios quien inicia el diálogo con la criatura e “impone” el tono, si el hombre consiente.

 

5. Urgencia de la misión apostólica o evangelizadora

 

Para completar lo que venimos diciendo, considero oportuno hacer una referencia, final a una cuestión muy presente en la enseñanza del futuro Beato, reflejada en el título que damos a este apartado.

La vocación cristiana, precisamente por ser una llamada a identificarse con Cristo y a continuar en la historia su misión redentora, es concebida por don Álvaro –con una expresión presente en la tradición de la Iglesia y frecuente en san Josemaría– como una “llamada a  ser corredentores”[18]. La idea se encuentra formulada de distintas maneras en sus escritos teológicos, canónicos, pastorales y espirituales, como queriendo resaltar los diferentes matices de una misma convicción central. La santa Cruz, redescubierta por el cristiano en la vida cotidiana, en el trabajo profesional, en su actividad en medio del mundo, es el arma con la que se ha de realizar la misión de “dar a todas las cosas el orden verdadero, restaurándolas en Cristo”[19].  

En ese sentido, inspirándose en una expresión también característica de san Josemaría, que describía ya desde los inicios el influjo espiritual del Opus Dei en el mundo como “una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad”[20], señala don Álvaro que: “La sociedad necesita de esta inyección intravenosa de espíritu cristiano (…). Este será el mejor disolvente para la densa costra de egoísmo carnal que deja en los corazones de las mujeres y de los hombres la dureza del acontecer cotidiano, si se le arranca su dimensión divina”[21].

En sus textos está siempre latiendo, en efecto, entre otras importantes cuestiones pastorales de fondo, la urgencia de una renovada acción cristianizadora de la sociedad contemporánea. La recristianización o nueva evangelización, desafío central para la Iglesia contemporánea, cuya puesta en práctica está exigiendo tanto una remozada reflexión teológica sobre la misión evangelizadora de la Iglesia a todos los niveles, como una actuación apostólica y pastoral decidida, fue constantemente predicada por el Venerable del Portillo, en conexión también con las insistentes exhortaciones al respecto de san Juan Pablo II.

Por esa razón, es frecuente encontrar en los escritos que mencionamos una referencia a la situación contemporánea en la que, dentro de un amplio y largo proceso de evolución cultural y social, se ha ido progresivamente agudizando, por diversas causas,  la oscuridad en torno a los valores y criterios de juicio cristianos, al tiempo que se han ido exaltando modelos antropológicos alternativos. Se alude en ocasiones, por ejemplo, con acento firme aunque siempre dentro de un planteamiento pastoralmente abierto y positivo, al “clima de cansancio moral, de frialdad respecto a Dios, de falta de lealtad que impera en muchas zonas de este mundo”[22], un mundo “que por apartarse de Cristo se irrita y se entristece”, y en el que los cristianos estamos obligados a “inyectar alegría”, a “anunciar el gaudium cum pace[23].

De forma análoga, con formas de expresión que responden a la realidad cultural del presente, enfocada desde la perspectiva de la voluntad salvífica divina, advierte don Álvaro acerca del “clima de desintegración intelectual, moral y religiosa que pretende afirmarse en el mundo, y dentro de tantas personas, con estructuras de resistencia cada vez más tajante y más radical a la gracia”[24]. O bien alude al “entorno enrarecido, que provoca una pérdida del discernimiento del bien y del mal en las conciencias, [y que] se interpreta –también en círculos y en países que se jactan de seculares tradiciones culturales, e incluso cristianas– como si fuera una conquista de los tiempos”[25].

No tendrá inconveniente, en consecuencia, en hablar de “una civilización en la que –como decía nuestro Padre, con una imagen bien expresiva– se ha ido borrando la señalización divina[26], pero en la que son también muy fuertes los signos de la misericordia paterna de Dios. “Cuando toda una civilización se tambalea y se debilitan los resortes espirituales y morales de enteros estratos sociales, Dios sale a la búsqueda de los hombres para indicarles el camino que han de seguir”[27]. Y en sintonía, con las enseñanzas y con el optimismo evangelizador de Juan Pablo II, exhortará a un incansable ardor apostólico. “Los albores del tercer milenio de la Era Cristiana parecen destinados a alumbrar, en efecto, un nuevo tipo de persona: segura de sí, dominadora de la naturaleza”[28], pero también, no obstante su bagaje científico y su eficacia técnica, tan necesitada de Cristo como sus predecesores[29]. En definitiva, se constata que “una nueva civilización está surgiendo, y de los cristianos depende que se oriente a Cristo: que sea, como repiten con frecuencia los últimos Romanos Pontífices, una civilización de la verdad y del amor. ¡Esta es la gran responsabilidad de los cristianos de las últimas décadas del siglo XX!”[30]. Misión de la que ninguno puede considerarse excluido, y a la que la Iglesia convoca a todos los cristianos, “de modo especial a los fieles laicos, a quienes corresponde por vocación específica la santificación ab intra de las estructuras temporales”[31]. La actualidad de estas apreciaciones, tan consonantes con las de los Papas posteriores, como Benedicto XVI y Francisco, es patente por sí misma.

Este es el panorama cultural y social, en el que la premura de la misión evangelizadora, hace también “urgente –con urgencia grande– volver los ojos a la Virgen Inmaculada, exenta de todo pecado, de cuyo seno nace el Hijo de Dios hecho hombre, vencedor de todo mal”[32]. Es muy significativa, en efecto, la impronta mariana de la vida y del pensamiento de Álvaro del Portillo, y no sería oportuno cerrar estas sencillas consideraciones sin hacer expresa mención de ella.  Siempre al servicio de la misión, se hace preciso –señalará– renovar la comprensión de lo que significa ser hijos de María, pertenecer a su linaje, participar precisamente junto a Ella en la misión salvífica de su Hijo. Con palabras literales suyas, se impone “penetrar con más profundidad en el papel que, por designio de Dios, correspondió a la Virgen Santísima en la obra de nuestra Redención y de nuestra santificación”, y contemplar “de qué modo ha respondido a su singular vocación”[33]. Contemplar el papel de María en la obra de la redención, poner la mirada en el valor de su vida ordinaria y en su identificación con la obra redentora de su Hijo, es una clave esencial del proyecto teológico que nos sugiere[34].

En esto, como en todo, como hemos insistentemente repetido porque también él lo habría hecho, no hace don Álvaro más que seguir y proponer fielmente las enseñanzas de san Josemaría, hondamente amadas y asimiladas.

 

Antonio Aranda

Universidad de Navarra

 



[1] Conferencia pronunciada el 29 de agosto de 2014 en la Universidad de la Sabana (Colombia) durante el II Simposio Internacional de Teología “Santidad y servicio”.

[2] Cfr., por ejemplo, los trabajos que se publicaron en torno a la fecha de su fallecimiento como, entre otros, los de: R. Thomas, Un cuore di pastore, en Rendere amabile la verità. Raccolta di scritti di Mons. Álvaro del Portillo. Pastorali. Teologici. Canonistici. Vari, Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1995, 27-39. A. Aranda, Vocazione e missione dei cristiani, en ibid., 275-285. C. J. Errázuriz, Un rapporto vitale con il diritto della Chiesa, en ibid., 439-449. Ver también: J. O'Connor, Bishop Álvaro del Portillo, en “Position Papers” 246-247 (1994) 208-210. J.L. Illanes, Disponibilità e servizio: un breve sguardo all'opera canonica, teologica ed ecclesiale di Mons. Álvaro del Portillo, en “Annales Theologici” 8 (1994) 13-21. G. Lo Castro, L’opera canonistica di Álvaro del Portillo, en “Ius Ecclesiae” 6 (1994) 435-445. J. Herranz, Il decreto Presbyterorum ordinis : riflessioni storico-teologiche sul contributo di mons. Álvaro del Portillo, en “Annales Theologici” 9 (1995) 217-241. L. F. Mateo-Seco, “In memoriam”. Mons. Álvaro del Portillo, en “Scripta Theologica” 26 (1994) 931-952. E. Molano, “In memoriam”. Mons. Álvaro del Portillo, en “Ius Canonicum” 34 (1994) 11-22. J. Orlandis, Monseñor Álvaro del Portillo, 1914-1994, en “Anuario de Historia de la Iglesia” 4 (1995) 19-25. R.B. Shaw, Álvaro del Portillo, en “New Catholic Encyclopedia” (Supplement 1989-1995), The Catholic University of America, Washington (DC) 1996, 315-317. Entre los trabajos más recientes, se pueden cfr., entre otros, los presentados en el Congreso: “Vir fidelis multum laudabitur”. Nel Centenario della nascita di Mons. Álvaro del Portillo, Roma, marzo 2014, actualmente en vías de publicación.

[3] El elenco de sus obras publicadas engloba 209 títulos de variada índole (cfr. Rendere amabile la verità, cit., 665-685), a los que se deberán añadir con el paso del tiempo otros muchos originales todavía inéditos, entre los que destacan un considerable número de Cartas pastorales y de textos homiléticos pertenecientes al periodo de su ministerio pastoral al frente del Opus Dei. Otro importante capítulo de sus inéditos lo constituyen los votos y dictámenes redactados para diversos organismos eclesiásticos. Un autor ha señalado que el número pasa de mil (cfr. P. Lombardía, Acerca del sentido de dos noticias, cit., 34; cit. por P. Rodríguez, La figura eclesial de Mons. Álvaro del Portillo, en AA.VV., Homenaje a Monseñor Álvaro del Portillo, Eunsa, Pamplona 1995, 64).

[4] Cfr. J. Echevarría, In memoriam, en Rendere amabile la verità, cit., 16-20. Cfr. una exposición completa de los datos en ibid., 661-664.

[5] Cfr. C. J. Errázuriz, Un rapporto vitale con el diritto della Chiesa, cit., 439 (citando a P. Lombardía, Acerca del sentido de dos noticias, en “Ius Canonicum” 15 (1995) 30).

[6] Cfr. ibid., 442.

[7] Para este punto,  que aquí no es posible desarrollar, me permito sugerir la lectura de un trabajo anterior: “Cristo presente nei cristiani”, en A. Aranda, “Vedo scorrere in voi il sangue di Cristo”. Studio sul cristocentrismo di san Josemaría Escrivá, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2033, 177-220.

[8] Mons. Álvaro del Portillo, Intervista sul Fondatore dell’Opus Dei, (a cura di Cesare Cavalleri), Milano 1992, p. 70.

[9] Álvaro del Portillo, Sacerdocio (Espiritualidad), en Gran Enciclopedia Rialp (GER), Madrid 1973ss., vol. XX, p. 604.

[10] Álvaro del Portillo, Fieles y laicos en la Iglesia. Bases de sus respectivos estatutos jurídicos, Eunsa, Pamplona 1969.

[11] Álvaro del Portillo, Sacerdocio (Espiritualidad), cit.

[12] Álvaro del Portillo,  Presbítero, en GER, vol. XIX, p. 105.

[13] Álvaro del Portillo, Laicos (Espiritualidad ), en GER, vol. XIII, p. 853.

[14] Álvaro del Portillo, Sacerdocio (Espiritualidad), cit.

[15] Ibidem,

[16] Álvaro del Portillo, Laicos (Espiritualidad), cit.

[17] Álvaro del Portillo, Sacerdocio (Espiritualidad), cit.

[18] Álvaro del Portillo, Carta de familia (en adelante CF), II,  n. 230 (en AGP, Biblioteca, P17).

[19] CF, II, n. 417.

[20] San Josemaría Escrivá, Instrucción, 19-III-1934, n. 42; cfr. Amigos de Dios, n. 120.

[21] CF, II, n. 260.

[22] Ibid., n. 141.

[23] Ibid., n. 146.

[24] Ibid., n. 249.

[25] Ibid., n. 258.

[26] Ibid.,  n. 227. Las palabras en cursiva corresponden a una frase de san Josemaría.

[27] Ibid., n. 387.

[28] Ibid., n. 396.

[29] Cfr. ibid., n. 399.

[30] Ibid., n. 400.

[31] Ibid., n. 397.

[32] Ibid.

[33] Cfr. CF, II, n. 214.

[34] He aquí una larga serie de formulaciones en ese sentido, tomadas de diferentes Cartas pastorales: “Poned delante de los ojos el ejemplo de la vida inmaculada de la Santísima Virgen. (...) mirándoos en ese espejo” (CF, II, n. 142). “Poner los ojos con más detenimiento en la Virgen” (ib., n. 151). “Pondremos los ojos –la mente y el corazón– en María Santísima, para aprender a vivir, como nos decía nuestro Padre, según la Sabiduría celestial” (ib., n. 147). “Con la mirada y con el corazón bien fijos en nuestra Madre, Santa María, para acercarnos siempre más a la Trinidad Beatísima” (ib., n. 212). “Poned los ojos bien fijos –insisto– en la Señora para aprender de Ella” (ib., n. 222). “Mirad a la doncella de Nazaret” (ib., n. 232). “Detened la mirada en la Santísima Virgen, Maestra del sacrificio escondido y silencioso” (ib., n. 240). “Todo lo que lleva a fijar los ojos en Santa María, es un don estupendo para los cristianos que desean vivir plenamente su llamada a la comunión de vida con Dios” (ib., n. 385). “Mira a Santa María junto a la Cruz (...). Me decido a aconsejarte que vuelvas tus ojos a la Virgen” (ib., n. 403). “Dios nos concede gracias abundantes para que pongamos la mirada en Ella e imitemos su ejemplo de correspondencia total al amor de Cristo” (CF, III, n. 300). “Con la mirada fija en nuestra Madre, Reina de Cielos y tierra” (ib., n. 365).