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Miércoles, 01 Agosto 2012 00:00

1. Formación

FORMACIÓN

 

Después de rezar, Jesucristo eligió a sus apóstoles (cfr. Lc 6, 12-16), y se puede decir que les fue formando poco a poco para su misión. “Jesús comenzó a hacer y enseñar”, explica san Lucas en los Hechos, les dio “instrucciones por el Espíritu Santo” y, después de su Pasión, siguió enseñándoles durante cuarenta días “de lo referente al Reino de Dios” (Hch 1, 1-3), dándoles muchas pruebas de su pasión y de su resurrección (cfr. ibidem), hecho histórico que es el fundamento de nuestra fe (cfr. 1Co 15,14). En otras palabras, durante su vida pública, y también después de su resurrección, Jesús preparó a sus discípulos para que pudieran seguir su obra de evangelización. La Iglesia habría de ser la continuidad de Cristo hasta el fin del mundo.

¿Cuál es el núcleo de su mensaje? En su oración sacerdotal, Jesucristo alaba a su Padre Dios y resume en pocas palabras en qué consiste la vida a la cual está llamada la persona humana: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado” (Jn 17, 3). Con esta síntesis, de algún modo el Señor da entonces cuenta del cumplimento de su misión entre los hombres y las mujeres de su tiempo: “Las palabras que me diste se las he dado, y ellos las han recibido” (Jn 17, 8). Afirma después: “Yo ruego por ellos” (Jn 17, 9), pues toda su enseñanza se fundamenta en su oración, es decir en su comunión con el Padre y el Espíritu Santo. El Verbo eterno comunicaba “las palabras de vida eterna” (Jn 6, 68), y esas palabras eran recibidas, con el impulso de la oración de Cristo, en la Iglesia.

Benedicto XVI señala la importancia del carácter social del hombre, quien “se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios”[1]. Esta realidad se verifica también en la vida de fe: en la Iglesia, “educadora de nuestra fe”[2]. ¿Qué es la Iglesia? La Iglesia es “el pueblo que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo”[3]. El Concilio Vaticano II ha iluminado el misterio de la Iglesia: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”[4]. Cada bautizado lleva de algún modo consigo la Iglesia y está llamado a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo[5].

La Iglesia es “madre y educadora”[6]: “El cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con todos los bautizados. De la Iglesia recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas de la ‘ley de Cristo’ (Ga 6, 2). De la Iglesia recibe la gracia de los sacramentos que le sostienen en el camino. De la Iglesia aprende el ejemplo de la santidad; reconoce en la Bienaventurada Virgen María la figura y la fuente de esa santidad; la discierne en el testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en la tradición espiritual y en la larga historia de los santos que le han precedido y que la liturgia celebra a lo largo del santoral”[7]. En su labor de formación, la Iglesia cuenta con sus fieles para ayudar a los demás: “En la obra de enseñanza y de aplicación de la moral cristiana, la Iglesia necesita la dedicación de los pastores, la ciencia de los teólogos, la contribución de todos los cristianos y de los hombres de buena voluntad. La fe y la práctica del Evangelio procuran a cada uno una experiencia de la vida ‘en Cristo’ que ilumina y da capacidad para estimar las realidades divinas y humanas según el Espíritu de Dios (cfr. 1Co 10-15). Así el Espíritu Santo puede servirse de los más humildes para iluminar a los sabios y los más elevados en dignidad”[8]. Los laicos participan activamente en este apostolado: “Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración en la formación catequética (cfr. CIC, can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las ciencias sagradas (cfr. CIC, can. 229) […]”[9]. En la presente exposición sobre la formación en el Opus Dei, se explicará primero su necesidad (1) y su objeto (2), para desarrollar después los cinco aspectos que reviste y los medios que la vehiculan (3), contando siempre con las disposiciones de quienes participan de ella para que, con la gracia de Dios, sea verdaderamente fecunda (4).

 

1. La necesidad de la formación en el Opus Dei

Han pasado más de veinte siglos desde la encarnación del Salvador, y la Iglesia sigue proclamando sus palabras divinas. En el seno de la Iglesia, el Opus Dei imparte a sus fieles una formación que no es otra cosa que la prolongación en el tiempo y en el espacio de este anuncio del Evangelio. Pues hace falta una formación, con la intervención de otras personas, para conocer y encarnar el espíritu del Evangelio: llegar a ser plenamente cristiano “en medio del mundo” según el mensaje de san Josemaría Escrivá de Balaguer: “el objetivo único del Opus Dei ha sido siempre ése: contribuir a que haya en medio del mundo, de las realidades y afanes seculares, hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales, que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario”[10]. Existe la necesidad de una formación intensa y peculiar, para llevar a la práctica el fin sobrenatural de la Obra.

Los fieles del Opus Dei saben que “la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas”[11] y que “la finalidad, a la que el Opus Dei aspira, es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado o condición”[12]: “a quienes entienden este ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en la propia vida”[13]. San Josemaría explica que “dentro de la llamada universal a la santidad, el miembro del Opus Dei recibe además una llamada especial, para dedicarse libre y responsablemente, a buscar la santidad y hacer apostolado en medio del mundo, comprometiéndose a vivir un espíritu específico y a recibir, a lo largo de toda su vida, una formación peculiar”[14].

El conjunto de textos para la formación personal que abrimos con estas páginas constituye, entre otros muchos, un posible material de apoyo para la preparación espiritual durante los meses que preceden la incorporación a la Obra. En el marco de una formación que se da oralmente, con ejemplos y testimonios personalizados, desarrolla unas ideas según un espíritu que, antes que teoría, es vida.

No es de extrañar que se necesite formarse con la ayuda de los demás. Como ya hemos señalado, la construcción de la propia identidad depende mucho de las relaciones interpersonales. Basta pensar en el don de la palabra, que es lo propio de la persona humana, y que no se puede adquirir sin un aprendizaje en el que es fundamental la ayuda de los demás[15]. El niño pequeño es precisamente infans, literalmente “el que no sabe hablar”. Este dato de hecho vale también para el desarrollo de la vida cristiana[16]. Se necesita la ayuda de otros, y la gracia de Dios. El “individualismo espiritual”, en cambio, aísla la persona e impide su apertura a los demás y el intercambio de dones[17].

¿Cuál es, por así decir, el centro de la formación que se imparte en el Opus Dei? El mismo Jesucristo. En efecto, Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”[18]. En este sentido, la formación más alta y completa del hombre le llevará a conocer, amar e imitar cada vez más a Cristo. “El Señor, cuando ruega al Padre que ‘todos sean uno, como nosotros también somos uno’ (Jn 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”[19]. La formación que se imparte en el Opus Dei es una manifestación de esa entrega que se vive en la Iglesia, donde cada uno colabora a la formación de los demás.

Se trata de una formación progresiva, a imagen del modo de actuar de Dios con los hombres. Es famoso el comentario de san Ireneo de Lyon cuando “habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse entre Dios y el hombre: ‘El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre’”[20].

Jesús es Hombre perfecto y Dios perfecto. “El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. El es quien nos revela ‘que Dios es amor’ (1Jn 4, 8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor”[21]. Al mismo tiempo que Jesucristo nos revela a Dios, nos muestra quién es el hombre. También indica cómo el hombre llega a ser plenamente sí mismo.

Fiunt, non nascuntur christiani”, afirma Tertuliano[22]: no se nace cristiano, sino que hay que llegar a serlo. El bautismo nos hace cristianos, pero es necesario aprender a conocer más a Dios y amarle. El fin del Opus Dei es hacernos amar a Dios y a los demás en Él en la vida cotidiana, especialmente en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes de estado. Esto se puede resumir en dos palabras: santidad personal y apostolado. El Opus Dei, decía san Josemaría, lleva a “descubrir que la vida normal en el mundo, el trabajo de todos los días, puede ser un encuentro con Dios”[23]: “es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres”[24].

¿Cómo conseguirlo? San Josemaría afirmaba que un hombre, una mujer, “se va haciendo poco a poco, y nunca llega a hacerse del todo, a realizar en sí mismo toda la perfección humana de que la naturaleza es capaz. En un aspecto determinado, puede incluso llegar a ser el mejor, en relación con todos los demás, y quizá a ser insuperable en esa actividad concreta natural. Sin embargo, como cristiano su crecimiento no tiene límites”[25]. En este sentido, nuestra formación dura toda la vida. Esto es en particular la consecuencia de la condición secular de los fieles del Opus Dei, que viven en un mundo en constante cambio y son, a la vez, artesanos de ese cambio. Al mismo tiempo, todos los cristianos estamos en un camino que sube siempre hacia el Señor, camino donde, como decía san Agustín al hablar de la vida cristiana, “non progredi, regredi est[26]: quien no va adelante en su lucha espiritual, retrocede. “Hoy se trata no sólo de colonizar lo inculto, sino de intensificar el vigor productivo de lo cultivado; que lo fértil lo sea más; que los operarios piensen que también ellos son mies”[27].

La persona humana es naturalmente social, y su primer lugar de crecimiento es la familia. La formación que se da en el Opus Dei lleva a valorar la belleza de la familia, pues el hogar debe ser “la primera escuela de vida cristiana”[28]. A las personas casadas, san Josemaría enseñaba que primero está la familia, y el trabajo viene después. En los colegios, lo primero también son las familias: los padres. Estos han de hacer apostolado en su familia, desde su familia, a través de su familia. Los Centros del Opus Dei son como una prolongación de su familia.

Los medios de formación son medios de “transformación”, pues “el Espíritu Santo nos renueva interiormente por una transformación espiritual (cfr. Ef 4, 23)”[29]. Son “performativos”[30], para emplear un neologismo de Benedicto XVI: transforman la persona, la llevan a su perfección. San Josemaría, por ejemplo, al final de su vida, cuando en algún momento estuvo enfermo, manifestó que tenía necesidad de asistir a un Círculo —un medio de formación semanal que se da en la Obra—. “Nemo repente fit sanctus. Ut jumentum (Ps LXXII, 23,24) [es decir: nadie llega a ser santo de repente. Que yo sea como un burro]. El burro de noria…”[31], escribió un día. Un asno sirvió de montura al Señor en su entrada en Jerusalén. Los santos Padres han visto en el asna madre el judaísmo, sometido al yugo de la ley, mientras que el borriquillo sería la gentilidad (cfr. Mt 21, 2): Cristo introduce a todos en la Iglesia, la nueva Jerusalén. San Agustín, comentando el Salmo 34[33], 3, vio en este episodio una llamada a la humildad y a la mansedumbre. San Josemaría se fijó en el trabajo del borrico de noria y la fecundidad de su perseverancia. Nadie se hace santo de golpe, hay que caminar como un borrico. Aludía así a la necesidad de perseverar día tras día, con deseos de docilidad en las manos divinas, y aspirando a la unión definitiva con Dios con una referencia a estos versículos del Salmo 73[72], 23-24: “Pero yo estaré siempre contigo: me agarraste con la mano derecha. Me guías según tu designio y después me acogerás en tu gloria”.

 

2. El objeto de la formación en el Opus Dei

Esa transformación, lejos de quitar la personalidad de cada uno, habrá de hacerla más fuerte. Se trata de que fructifiquen los propios talentos —esas “monedas” que cada uno ha recibido de Dios (cfr. Mt 25, 30), y que son las cualidades y potencialidades personales—, a la vez que, paralelamente, se va quitando lo que pueda estropear la imagen de Cristo: lo que en realidad no es nuestro, sino una máscara que nos desfigura. El fin del Opus Dei se resume en dos palabras: santidad y apostolado; forman una unidad, como las dos caras de la misma moneda: “No es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de redentor. El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ‘ut omnes homines salvi fiant’ (1Tim 2, 4), para salvar a todos los hombres”[32]. La formación que imparte el Opus Dei tiene por objeto llevar a la práctica, con la gracia de Dios, ese fin sobrenatural, y por lo tanto:

a) mejorar la vida espiritual, que es la vida del Espíritu Santo en nosotros: la vida cristiana, la vida “en Cristo”;

b) comprender la Palabra de Dios, pues la familiaridad con la Escritura es esencial para llevar una vida cristiana, según estas palabras de san Josemaría: “Conocer a Jesucristo. Hacerlo conocer. Llevarlo a todos los sitios”[33]. La palabra “Evangelio” (Mc 1, 1) significa primero la buena noticia de la venida del Mesías. Pasó a designar a los cuatro libritos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que fueron escritos, en primer lugar, para fortificar la fe de los creyentes en Jesucristo (cf. Lc 1, 4; Jn 20, 31). Un gran historiador del siglo XX ha denunciado lo que llama a la vez un “error” y un “engaño”: “la idea ingenua de que uno puede tener acceso a la Escritura Santa sin ninguna preparación, que basta con la buena voluntad[34]”; y explicaba. “ la Biblia no cesó de vivir en la Iglesia, de ser leída en la Iglesia, comentada, entendida, aplicada[35]”. La comprensión de la Sagrada Escritura está facilitada por las notas a pie de página en sus ediciones. Para esto san Josemaría impulsó una edición de la Sagrada Biblia —publicada por Eunsa (Pamplona 1997-2004) en cinco volúmenes— que ofrece abundantes notas, con textos del Magisterio, de Padres, de Doctores y de santos, e introducciones, siguiendo las orientaciones del Concilio Vaticano II[36]. La edición abreviada del Nuevo Testamento (1999) ayuda también a familiarizarse con los sagrados libros, a comprender su contenido y su estructura;

c) conocer la doctrina de la Iglesia. Para esto, los textos de referencia son el Catecismo de la Iglesia Católica (1997) y su Compendio (2005). El Catecismo ha sido escrito para los pastores de la Iglesia, para los fieles y para todo hombre que pida razón de la esperanza del católico[37]. Ha sido pensado y se ha afianzado como la expresión de la fe común de la Iglesia. Es “un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural”[38]. Quienes hacen o han hecho estudios superiores no pueden excusarse con la idea de que se trata de un texto demasiado difícil para ellos: han de conseguir un nivel de formación teológica al menos equivalente al de su competencia profesional. Naturalmente, el estudio del Catecismo va acompañado por la lectura de la Biblia y el conocimiento de las enseñanzas de los Padres de la Iglesia y del Magisterio: aquí se debe señalar especialmente, en nuestra época, los textos del Concilio Vaticano II y las encíclicas de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. Precisamente en el Catecismo de la Iglesia Católica, explica Benedicto XVI, “se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de la teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe”[39]. Los “contenidos fundamentales de la fe” —dice el Papa— están “sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo[40]. Benedicto XVI explica que su estructura “presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración”[41].

Por otra parte, esos medios contribuyen a la formación de la conciencia: “Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado de preferir su juicio propio y de rechazar las enseñanzas autorizadas”[42]. Esta educación de la conciencia, afirma el Catecismo, “garantiza la libertad y engendra la paz del corazón”. Y añade: “En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz que nos ilumina; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia”[43];

d) profundizar en el conocimiento del espíritu de la Obra. Tocamos aquí algo que es a la vez propio, por así decir, del Opus Dei, y a la vez está presente en el Evangelio. El espíritu del Opus Dei ha sido aprobado por la Iglesia, de modo especial con los Estatutos que le dio la Santa Sede[44]. La palabra “espíritu” evoca algo que lo vivifica todo, que irriga toda la vida y cada acción humana. Da una particular fisionomía espiritual, un parecido, como comentaba en una ocasión el entonces Prelado del Opus Dei, el Venerable Álvaro del Portillo, durante un viaje pastoral en Japón. El espíritu del Opus Dei comprende la unidad de vida, la secularidad, la libertad y la responsabilidad personales en los asuntos temporales, etc. Tiene dos aspectos esenciales:

— como fundamento, la filiación divina en Cristo. Se trata no solo de saber que Dios es un Padre misericordioso, sino de sentir y actualizar a lo largo de toda la jornada esta realidad;

— “el eje —el quicio— sobre el que gira toda la labor de santificación, propia y ajena, es el trabajo profesional realizado del mejor modo posible, en unión con Jesucristo y con el deseo de servir a los demás”[45];

e) aprender a hacer apostolado según el espíritu del Opus Dei. Hay muchos modos de transmitir el mensaje evangélico en la Iglesia. Los fieles del Opus Dei aprenden a vivir de nuevo lo que pasó con los primeros discípulos del Señor. Andrés encontró a Simón, su hermano, le habló de Cristo y lo llevó al Maestro. Felipe, que había encontrado a Jesús, le llevó a Natanael. Todo se hizo de modo natural. Así, san Josemaría enseñaba a hacer un apostolado de amistad y confidencia: se ennoblece la auténtica amistad humana, que supone una cierta mutua apertura del alma, llevándola al terreno sobrenatural. Muchas veces, este apostolado se hace de igual a igual, y van juntos el descubrimiento del Opus Dei con el crecimiento en intimidad con Jesús y en afán apostólico. Es Dios quien da el crecimiento (cfr. 1Co 3, 6). “La semilla nace y crece —dice el Señor— sin que el sembrador sepa cómo” (Mc 4, 28). El cristiano puede crecer en el ejercicio de las virtudes que facilitan el apostolado: por ejemplo, el don de gentes, la capacidad de empatía, el buen humor, la humildad, la generosidad en el empleo del tiempo.

 

3. Los cinco aspectos de la formación y sus medios

En cuanto a la formación que se imparte en el Opus Dei, san Josemaría consideraba cinco aspectos: humano, espiritual, doctrinal-religioso, apostólico y profesional[46]. ¿En qué consisten?

Formación humana: las virtudes humanas, empezando por las cuatro virtudes cardinales (prudencia, justicia, templanza, fortaleza), deben crecer a lo largo de la vida. Entre ellas, san Josemaría subrayaba con frecuencia la sencillez, la sinceridad y la laboriosidad.

Formación espiritual, que lleva a que cada uno se sienta en todo momento hijo de Dios. La filiación divina es, en efecto, el fundamento del espíritu del Opus Dei. Esa formación supone el aprendizaje de la oración, que es un encuentro con Dios, y acompaña la frecuentación de los sacramentos, especialmente la S. Eucaristía y la Penitencia.

Formación doctrinal-religiosa, para llegar a una inteligencia de la fe que satisfaga la invitación de san Pedro: estar “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero con mansedumbre y respeto, y teniendo limpia la conciencia” (1P 3, 15-16). Todo cristiano, por lo demás, ha de adquirir una formación doctrinal: “Entiendo por doctrina el suficiente conocimiento que cada fiel debe tener de la misión total de la Iglesia y de la peculiar participación, y consiguiente responsabilidad específica, que a él le corresponde en esa misión única”[47].

Formación apostólica: se trata de aprender a dar testimonio de la propia fe. San Josemaría invitaba a hacer un “apostolado de amistad y confidencia”.

Formación profesional, pues el trabajo es el eje de la santificación personal. El Opus Dei no imparte una determinada formación profesional (sí existen muchas actividades apostólicas que se dedican a eso[48]), sino que empuja a sus fieles a estudiar y trabajar bien, con competencia profesional, actualización permanente, espíritu de servicio, y a ofrecer ese trabajo a Dios.

San Josemaría se gastó siempre para formar a sus hijos e hijas espirituales. El Venerable Álvaro del Portillo recordaba: “nunca podré olvidar que, cuando pedí la admisión en la Obra, en el mes de julio de 1935, el Padre, aunque estaba agotado por la abundancia de trabajo, no dudó en empezar un ciclo de clases de formación solamente para mí: un nuevo peso que venía a añadirse a las ya numerosas actividades de que estaban repletas sus jornadas”[49].

Muy rápidamente, san Josemaría dejó de impartir personalmente todos los medios de formación. Andrés Vázquez de Prada explica, refiriéndose al año 1940, que tuvo que “apoyarse en los mayores de la Obra a fin de que colaboraran en las labores de formación apostólica y de dirección espiritual. Fue por esos mismos meses de 1940 cuando el Fundador, con visión amplia, reunió un día a sus hijos mayores y les anunció que de allí en adelante no daría más círculos de formación a los estudiantes sino que serían ellos los encargados de dárselos”[50].

Entre los medios de formación que san Josemaría recomendaba particularmente, y que se insertan todos en la experiencia vital de la Iglesia, es necesario distinguir los sacramentos, que recobran una importancia extraordinaria en razón de la acción de Dios ex opere operato. Entre ellos, se debe mencionar de modo especial, por ser los que se pueden recibir con más frecuencia, la Santa Misa y la Confesión.

La Santa Misa, fin de todos los sacramentos, puede ser considerada como un medio de formación, ya que “si la santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la configuración con Cristo”[51]. En efecto, la celebración sacramental del Misterio pascual va unida al culto existencial[52]. En la Misa, la Iglesia “pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad”[53].

En las meditaciones, el predicador reza y trata de ayudar a rezar, a partir del Evangelio: “Es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos”[54]. Los participantes desean recibir lo que el Espíritu Santo quiera poner en su corazón.

Hay medios de formación personales: son necesarios, pues cada persona es única, libre y responsable. El Concilio Vaticano II suscitó un nuevo impulso para la práctica del Sacramento de la Penitencia, “hacia una mayor frecuencia del sacramento, que se percibe como lleno de amor misericordioso del Señor”[55]. Es llamado también “Sacramento de la Reconciliación” y puede incluir, además de los actos esenciales del sacramento —la confesión de los pecados, con contrición, la absolución y la penitencia impuesta por el sacerdote—, una verdadera dirección espiritual[56]: el confesor puede dar consejos, animar, manifestando siempre el poder infinito de la misericordia divina.

Un medio de formación personal importante es la charla fraterna o confidencia. Como lo dejan entender estos nombres, se trata de una breve conversación fraterna, semanal (quincenal para los Supernumerarios), de ayuda espiritual, que ha de estar llena de sinceridad y de confianza. La corrección fraterna, de raíces evangélicas, es otra ayuda a la cual uno tiene derecho.

Existen también medios de formación colectivos, que van dirigidos a varias personas a la vez.

El Círculo (llamado “breve” para los Numerarios y Agregados, “de estudio” para los Supernumerarios), no suele pasar de unos 30-45 minutos. Además de un breve comentario del Evangelio del día, hay una charla sobre un aspecto de la vida espiritual y un examen de conciencia.

El Curso de retiro, que dura varios días, se suele hacer una vez al año. Es un momento propicio para tomar distancia del ajetreo de la vida cotidiana, para volver a él con más fuerzas espirituales y grandes deseos de apostolado: es una oportunidad para una nueva conversión[57].

Los retiros mensuales, de algunas horas de duración, permiten ganar en perspectiva sobre la propia vida y recogerse más en el Señor.

El Curso anual para los Numerarios, y las Convivencias para los Agregados y los Supernumerarios, que son de más duración (de una a tres semanas), permiten unir descanso —por ejemplo gracias a la práctica más intensa de algún deporte, paseos, etc.— y profundización en la doctrina católica. Hay clases, por ejemplo de Filosofía y de Teología, y charlas de formación.

La formación no se limita a medios. Toda la vida, de algún modo, contribuye a forjar la personalidad, y particularmente el ejemplo personal, pues la formación cristiana se explaya en un contexto existencial: “Recuerda con constancia que tú colaboras en la formación espiritual y humana de los que te rodean, y de todas las almas —hasta ahí llega la bendita Comunión de los Santos—, en cualquier momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en tu tarea o en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios, y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has sufrido —que has llorado—, y sonríes”[58]. Un paradigma de la formación es la labor de la administración en los Centros: forma por sus obras.

 

4. Algunas disposiciones para participar en los medios de formación

Las disposiciones de una persona que ha sido admitida en el Opus Dei son de apertura del corazón a la gracia divina. La Obra se compromete precisamente a dar una formación que el fiel se compromete a recibir. Si uno ya es una persona mayor, con mucha experiencia de la vida y, en su caso, también de la vida cristiana, no por esto escucha como si ya lo supiera todo. Tiende más bien a renovarse por dentro, sabiendo que “para vino nuevo, odres nuevos” (Mc 2, 22). Esa juventud de espíritu no es ingenuidad forzada, sino más bien ilusión de la primera vez, actitud activa que lleva a confrontar lo que se escucha con la propia vida. No se trata solo, por ejemplo, de saber cómo ofrecer el trabajo a Dios, sino de ver cómo lo hacemos.

Esto vale también para quienes llevan ya años en la Obra. Aunque tal vez sepan “lo que nos van a decir”, al mismo tiempo no ignoran que la persona se mantiene joven cuando está siempre deseosa de aprender, no solo para mejorarse sino para ayudar quizá con más acierto a los demás en la nueva evangelización.

Al recibir los medios de formación, son importantes:

— la humildad, que lleva a reconocer en la verdad que uno no solo no lo sabe todo, sino que hay muchas cosas que no consigue vivir. “A veces, desearíamos ser los mejores en cualquier aspecto y a cualquier nivel. Y como no es posible, se origina un estado de desorientación y de ansiedad, o incluso de desánimo y de tedio”[59];

— la rectitud de intención, que impide el “aprender solo para saber más”, sino que invita a aprender para amar más a Dios y a los demás, ayudándoles, evitando la tentación de querer ser el mejor en todo, lo que no tiene sentido. Se trata de incorporar en la propia vida lo que se va oyendo: Santiago invitará así a los cristianos: “Recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos” (St 1, 21-22). Solo de este modo se crece en filiación divina: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen por obra” (Lc 8,21); esto lleva a apuntar algunas ideas que más nos gusten y más puedan servirnos en nuestra vida cristiana;

— la sencillez, para, por ejemplo, preguntar lo que uno no entiende sin vergüenza;

— el abandono en las manos de Dios. El voluntarismo tiende a hacer la voluntad autónoma respecto a la inteligencia, y hace a la inteligencia dependiente de la voluntad. Es importante no caer en el sentimentalismo o en el voluntarismo, que dejan de lado la razón, mientras que Dios no es ajeno a la racionalidad: “in principio erat Verbum”, “en el principio existía el Verbo”, dice el prólogo de Juan; ese Verbo, el Logos en griego, es el Verbo divino, la Segunda persona de la Santísima Trinidad, cuyas palabras son racionales: el “discurso” cristiano es racional, logos, y habla de Dios y de sus obras. De aquí la importancia del esfuerzo de la inteligencia para asimilar bien lo que se oye y hacerlo propio. Cuando Pilatos preguntó a Jesús: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”, el Señor le contestó: “¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?” (Jn 18, 33-34). En un momento en que se plantea la cuestión esencial de la identidad de Jesucristo, el Señor manifiesta la importancia de una búsqueda y una respuesta personales. Al mismo tiempo, la razón ha de saber humillarse y dejarse iluminar por la fe y entender, como decía Pascal, que “conocemos la verdad no solo con la razón, sino también con el corazón”[60].

Junto con la responsabilidad personal, es esencial el ejercicio de la libertad. Cuando san Josemaría recuerda el carácter esencialmente espiritual del Opus Dei y de su labor de formación, enseguida viene a sus labios el concepto de libertad. Explica, en efecto, que la formación que imparte la Obra “no sólo respeta la libertad” de sus fieles, “sino que les hace tomar clara conciencia de ella”[61]. Añade que “para conseguir la perfección cristiana en la profesión o en el oficio que cada uno tenga”, los fieles del Opus Dei “necesitan estar formados de modo que sepan administrar la propia libertad: con presencia de Dios, con piedad sincera, con doctrina”[62]. Solo así pueden crecer en sus virtudes y hacer fructificar sus talentos, pues “los hombres necesitan ser y sentirse personas libres”[63].

En todo el esfuerzo de formación, es esencial no perder de vista la primacía de Dios: la exigencia se apoya en el amor y la gracia de Dios. Es bien conocido que Pelagio, monje irlandés del siglo V, negaba la transmisión del pecado original y por lo tanto minimizaba la necesidad de la gracia divina, como si fuese solo una luz sobre el fin y la coronación de los esfuerzos. De aquí su excesiva preocupación por el esfuerzo ascético, que le hizo perder de vista la importancia del don de Dios y llevó a la condenación de estos enfoques por la Iglesia[64]. En Dios mismo, el ser que la inteligencia aprehende es regla del querer. No todo en la vida es repetición de actos. Importa saber dar sentido a esta vida, descubrir el amor de Dios, amar a los demás en la lucha que llevan día a día.

Toda la formación, en definitiva, habla de Dios y enseña a amar a Dios y al prójimo: nos identifica con Cristo. A la hora de recibir la formación cristiana, es bueno acudir a la Virgen María que, en el misterio de la Visitación a su prima Isabel, llevando al Verbo en su seno, manifestó los sentimientos de su alma con ese canto de alabanza a Dios. “Magnificat anima mea Dominum” (Lc 1, 46): Santa María proclama las grandezas del Señor, la Virgen afirma que su alma se hace grande para el Señor. Acudimos a su intercesión para que la formación que recibimos ensanche nuestro corazón para recibir a Dios y, en Él, lo abra a la humanidad entera.

 

G. Derville
Agosto de 2012

 

Bibliografía básica

San Josemaría Escrivá de Balaguer, Conversaciones. Edición crítico-histórica preparada bajo la dirección de José Luis Illanes, Rialp, Madrid 2012; en particular, los nn. 2, 10, 26, 34, 53-54, 60-61, 84, 88, 99.

Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, Carta pastoral, 2 de octubre de 2011, en Romana 53 (2011). En esta carta, el Prelado del Opus Dei considera sucesivamente los cinco aspectos de la formación que se imparte en la Prelatura: humano, espiritual, doctrinal-religioso, apostólico y profesional.

 


[1] Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, n. 53.

[2]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 169.

[3]Ibidem, n. 752.

[4] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 1.

[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 871.

[6] Beato Juan XXIII, Enc. Mater et magistra. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2030-2051.

[7]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2030.

[8]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2038.

[9]Ibidem, n. 906.

[10] San Josemaría, Conversaciones, n. 10.

[11] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[12]Ibidem, n. 60. Cfr. CIC, can. 211 (difundir la Palabra de Dios es un derecho jurídico y un deber moral del cristiano); Carlos J. Errázuriz M., Corso fondamentale sul diritto nella Chiesa, I. Introduzione. I soggetti ecclesiali di diritto, Giuffrè Ed., Milán 2009, pp. 215-216.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 60.

[14]Ibidem, n. 61.

[15] Cfr. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, L’elogio della coscienza, Cantagalli, Siena 2009, p. 157, citando a R. Spaemann. La traducción es nuestra.

[16] Cfr. Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, n. 31; Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 12.

[17] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización, 3 de diciembre de 2007, n. 5.

[18] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22.

[19]Ibidem, n. 24.

[20]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 53, citando san Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 20.

[21] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 38.

[22]Apologeticum, XVIII.

[23] San Josemaría, Conversaciones, n. 70.

[24]Ibidem, n. 113.

[25] San Josemaría, Carta 24-III-1931, n. 9, citado en Javier Echevarría, Carta pastoral, 2 de octubre de 2010, n. 3.

[26] San Agustín, Sermo 69, 15.

[27] San Josemaría, Carta, 13 de enero de 1945, citado en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, II. Dios y audacia, Rialp, Madrid 2002, p. 520.

[28]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1657.

[29]Ibidem, n. 1695.

[30] Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, nn. 2, 4, 10.

[31] San Josemaría, Plática en Vitoria, 22 de agosto de 1938, citado en Camino. Edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid 2004³, p. 1050.

[32] Idem, Es Cristo que pasa, n. 106.

[33] San Josemaría, nota manuscrita, facsímil publicado en Postulación General del Opus Dei, El beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, Roma 1992, p. 127. (Se trata del libro que acompañó la beatificación de Josemaría).

[34] Henri Irénée Marrou, Liminaire, en « Lectures actuelles de la Bible, « Les quatre fleuves » 7 (1977), Seuil, Paris, p. 4.

[35]Ibidem, p. 5.

[36] Cfr. Const. dogm. Dei Verbum, n. 22.

[37] Cfr. Juan Pablo II, Const. apost. Fidei Depositum, n. 4.

[38] Benedicto XVI, Carta apost. en forma de Motu proprio Porta fidei, 11 de octubre de 2011, n. 12.

[39]Ibidem, n. 11.

[40]Ibidem.

[41]Ibidem.

[42]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1783.

[43]Ibidem, nn. 1784-1785.

[44] Cfr. Juan Pablo II, Const. apost. Ut sit, 28 de noviembre de 1982; Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez-Iglesias, José Luis Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa («Colección canónica»), Pamplona 1989, cap. X, §9.

[45] Javier Echevarría, Carta pastoral, 2 de octubre de 2011, n. 13.

[46] Cfr. Javier Echevarría, Carta pastoral, 2 de octubre de 2011.

[47] San Josemaría, Conversaciones, n. 2.

[48] Vid., en esta sección, Ernst Burkhart, Obras de apostolado corporativo.

[49] Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1993, pp. 102-103.

[50] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, II. Dios y audacia, Rialp, Madrid 2002, p. 597.

[51] Benedicto XVI, Exhort. apost. Sacramentum caritatis, n. 80.

[52] Cfr. ibidem, nn. 70-71.

[53]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1109.

[54] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 163.

[55] Juan Pablo II, Exhort. apost. Reconciliatio et pænitentia, n. 31.

[56] Cfr. ibidem, n. 32.

[57] Cfr. Concilio Vaticano II, Decr. Apostolicam actuositatem, n. 32.

[58] San Josemaría, Forja n. 846.

[59] Idem, Conversaciones, n. 88.

[60] Blaise Pascal, Pensées, in Œuvres complètes, présentation et notes de L. Lafuma, Seuil, Paris 1963, Lafuma-Brunschvicg, pp. 110-282.

[61] San Josemaría, Conversaciones, n. 53.

[62]Ibidem.

[63]Ibidem, n. 34.

[64] En los concilios de Cartago (418) y Orange (529), y en una carta del papa Celestino I (431).

Sábado, 14 Enero 2017 10:07

About the spirit of Opus Dei

Sobre el espíritu del Opus Dei  es   

Sur l'esprit de l'Opus Dei  fr   

Über den Geist des Opus Dei  ger

In this section, there are several brief chapters on aspects of the spirit of Opus Dei, focused on giving oneself to God in the middle of the world, with the aim of serving the Church and souls. The topics, based on the teaching of the Church and following the spirit of St Josemaría, include human virtues, the joy of realising we are sons of God in Christ, study and work, charity – with the desire of serving others – and bringing the light of Christ to the world around us.

These texts will be of particular interest to those wishing to know about the universal call to holiness in the middle of the world. They aim to help readers wishing to live in a manner that is consistent with their faith and who are aware that no effort to learn or improve can be fruitful for the apostolic mission and one's own sanctification without the help of the Holy Spirit, in truth and love.

Sábado, 14 Enero 2017 10:43

Über den Geist des Opus Dei

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Sur l'esprit de l'Opus Dei fr   

Sobre el espíritu del Opus Dei es

In dieser Rubrik werden von verschiedenen Autoren diverse Aspekte des Geistes des Opus Dei erklärt. In 50 Kurzartikeln wird das Leben der Hingabe an Gott inmitten der Welt und im Dienst für die Kirche und für die Menschen entfaltet. Die menschlichen Tugenden, die Freude, Kinder Gottes in Christus zu sein, das intensive Studium und die beharrliche Arbeit, die Nächstenliebe und der aus ihr entstehende Eifer, den anderen zu dienen und das Licht Christi in unsere Gesellschaft hineinzutragen - das sind nur einige der Themen, die entsprechend der Lehre der Kirche und dem Beispiel christlichen Lebens, wie es der hl. Josefmaria aufgezeigt hat, dargelegt werden.

​Diese Texte werden vor allem diejenigen ansprechen, die über die Berufung zur Heiligkeit inmitten der Welt nachdenken. Sie möchten auch einen Beitrag zur Bildung jener Christen leisten, die ihren Glauben auf eine stimmige Weise leben möchten und die sich bewusst sind, dass jede Bemühung, sich weiter zu bilden und zu bessern, nur mit dem Wirken des Geistes der Wahrheit und der Liebe für die apostolische Sendung und die eigene Heiligung fruchtbar sein kann.

Sábado, 14 Enero 2017 10:38

Sur l'esprit de l'Opus Dei

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Sobre el espíritu del Opus Dei  es   

Über den Geist des Opus Dei  ger

Plusieurs auteurs développent dans cette rubrique des aspects de l’esprit de l’Opus Dei. Cinquante brefs chapitres évoquent le don de soi à Dieu au milieu du monde, dans le service de l'Église et des âmes. Les vertus humaines, la joie d’être des enfants de Dieu dans le Christ, l’étude et le travail intense, mais non excessif, la charité qui se manifeste dans le désir de s’occuper d’autrui et dans le souci d’apporter la lumière du Christ à tous dans la société où nous vivons, voici quelques-uns des thèmes qui sont traités ici, dans le cadre des enseignements de l'Église et suivant l’exemple de saint Josémaria. Au fondement, toujours la filiation divine.

Ces textes intéresseront ceux qui se sentent appelés à la sainteté au milieu du monde. Ils veulent contribuer à la formation des chrétiens qui désirent d’être cohérents avec leur foi, et qui savent qu’aucun effort pour apprendre ou s’améliorer ne serait fécond pour la mission apostolique et la sanctification personnelle sans l’action de l’Esprit de vérité et d’amour.

Las figuras del fundador del Opus Dei y sus sucesores como padres

 

Ya en los tiempos apostólicos, san Pablo llamaba a Timoteo “verdadero hijo en la fe” (Tm 1,2), y escribía que Timoteo le acompañaba “como un hijo con su padre” (Flp 2,22). Entonces, ¿cómo entender aquellas palabras de Jesucristo, unos años antes: “No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra” (Mt 23,9)?

Acordémonos de otra afirmación del Señor: “Nadie es bueno sino sólo Dios” (Lc 18,19). Sólo Dios es bueno por esencia; sólo Él es la Bondad. A la vez, su Amor le lleva a hacer partícipes de su bondad a las criaturas, por lo que todas las cosas son buenas (cf. Gen 1, 31). De modo análogo, dijo el Señor que “sólo uno es vuestro Padre, el celestial” (Mt 23,9). Sólo Dios realiza la paternidad en un sentido pleno, perfecto. Pero también ha querido que algunos de sus hijos participen de la paternidad divina, en diversos grados y sentidos. San Pablo llama a Abraham “padre de todos nosotros” (Rm 4,17; cf. Gn 17,5), porque procedemos de su fe que es modelo de la fe cristiana[1]. La Iglesia católica lo menciona como “nuestro padre” en el Canon Romano[2]. Es en ese sentido que al fundador del Opus Dei y a sus sucesores se les llama “padre”, así como los obispos y los sacerdotes son también padres en el Señor[3].

1. Sólo Dios es Padre: algunos hombres participan de esa paternidad

“Esa paternidad está presente en el Hijo Unigénito hecho hombre, por la unidad de las Personas divinas en su distinción relativa: «el que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9), dice el Señor. Pero además, Dios ha querido reflejar su paternidad en sus hijos, de diversos modos (cf. Ef 3,14-15). Hay una generación humana natural con la correspondiente paternidad y hay también una generación sobrenatural que da lugar a una paternidad espiritual (cf. Jn 1,13). De ésta última se sentían depositarios los Apóstoles cuando el Señor les envió como Él había sido enviado por el Padre (cf. Jn 20,21) para comunicar la vida sobrenatural, enseñando el Evangelio y bautizando (cf. Mt 28,19). Hondamente debía sentir san Pablo esa paternidad cuando escribe: «Aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres, porque yo os engendré en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (1 Co 4,15). «Hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros» (Ga 4,19)[4]”.

“Después de los Apóstoles, esa paternidad sobrenatural corresponde en la Iglesia a los Obispos y ante todo a su cabeza, el Sucesor de Pedro, Pastor Universal. Él es llamado ‘Santo Padre’, por ser el primer depositario de una verdadera paternidad santa, sobrenatural. Y es el Padre común a todos, según enseña el Concilio Vaticano I: «el Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero vicario de Jesucristo, y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos»[5]. San Josemaría lo llama así algunas veces: Padre común[6] de los cristianos[7]”.

San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica sobre el Obispo servidor del evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, escribe: “Es muy antigua la tradición que presenta al Obispo como imagen del Padre, el cual, como escribió san Ignacio de Antioquía, es como el Obispo invisible, el Obispo de todos. Por consiguiente, cada Obispo ocupa el lugar del Padre de Jesucristo, de tal modo que, precisamente por esta representación, debe ser respetado por todos[8]. Por esta estructura simbólica, la cátedra episcopal, que especialmente en la tradición de la Iglesia de Oriente recuerda la autoridad paterna de Dios, sólo puede ser ocupada por el Obispo. De esta misma estructura se deriva para cada Obispo el deber de cuidar con amor paternal al pueblo santo de Dios y conducirlo, junto con los presbíteros, colaboradores del Obispo en su ministerio, y con los diáconos, por la vía de la salvación[9]. Viceversa, como exhorta un texto antiguo, los fieles deben amar a los Obispos, que son, después de Dios, padres y madres[10]. Por eso, según una costumbre común en algunas culturas, se besa la mano al Obispo, como si fuera la del Padre amoroso, dador de vida[11]”.

“Hay una paternidad espiritual propia de los demás pastores de la Iglesia, no sólo del Papa y de los Obispos[12], y de todo cristiano que, mediante el ejercicio del sacerdocio común, se puede decir que engendra a Cristo en los demás cuando coopera con el Espíritu Santo en la transmisión de la vida sobrenatural[13]”. En ese marco teológico-espiritual general se dibuja la paternidad de san Josemaría, que ha legado un espíritu a quienes se incorporan al Opus Dei, siguiendo una bella dinámica de la vida de la Iglesia. En cuanto sucesor de san Josemaría, el Prelado del Opus Dei es el padre común que refleja la paternidad de Dios. El amor a la Obra es parte de un amor a la Iglesia, madre de los cristianos, que prolonga la presencia de Jesucristo en el mundo hasta su última venida. Y ese amor incluye una caridad auténtica hacia las figuras del Fundador del Opus Dei y de sus sucesores: cada uno es, mientras es Prelado del Opus Dei, el Padre, sea quien sea. Así, después del primer sucesor de san Josemaría, el beato Álvaro del Portillo, el Padre de esa pequeña familia dentro de la Iglesia[14] fue Mons. Javier Echevarría, nombrado por Juan Pablo II (papa de 1978 a 2005) en 1994, el mismo año en que falleció el beato Álvaro[15].

2. Una devoción profunda y filial a san Josemaría

San Pablo habla de “nuestro Padre Abrahán” (Rm 4,12) y de “los que proceden de la fe de Abrahán” (Rm 4,17; cf. St 2,21), sabiendo que solo de Dios se afirma propiamente: “nuestro Dios y Padre de vuestra fe operativa, vuestra caridad esforzada y vuestra constante esperanza en nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 1,2-3). San Josemaría, con su Misa, su oración, su penitencia y su ejemplo, ha contribuido a que la gracia de Dios haga germinar y crecer en el alma de muchos la llamada universal a la santidad, desde “la fe que actúa por la caridad” (Ga 5,1-6). “El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio... se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida[16]”. Con auténtica humildad san Josemaría no dudaba en afirmar: “De pocas cosas puedo ponerme de ejemplo. Y, sin embargo, en medio de todos mis errores personales, pienso que puedo ponerme como ejemplo de hombre que sabe querer. Vuestras preocupaciones, vuestras penas, vuestros desvelos son para mí una continua llamada. Querría, con este corazón mío de padre y de madre, llevar todo sobre mis hombros[17]”. Era un hombre que sabía querer y fácilmente se le devolvía esos sentimientos.

De modo natural ese cariño espontáneo hacia el Padre contribuyó al gozo de saberse miembros de una familia donde el amor, sobrenatural y humano, se manifiesta en cariño, y se hizo participar después del año 1975 también a sus sucesores. Después de su fallecimiento, se empezó a mencionarle como “nuestro Padre”, para no confundirlo en las conversaciones corrientes con sus sucesores, llamados también “Padre”. Ese modo de designar, por ejemplo, a fundadores, es habitual en la Iglesia.

Es normal que, como manifestación de agradecimiento y necesidad del alma, los fieles del Opus Dei acudan a la intercesión de san Josemaría ante Dios. “Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad[18]”. Así se refuerza la comunión de los santos: “No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios[19]”. Sabemos, en efecto, que como decimos a Dios Padre en un Prefacio de la Misa, “eórum coronándo mérita tua dona corónas[20]”: “al coronar sus méritos, coronas tus propios dones”.

3. El Padre en el Opus Dei

Como buen pastor en Cristo[21], el Padre encarna en la Obra la paternidad amorosa de Dios. En esa particular Comunión de los Santos que se vive, paternidad y filiación son dos caras de la misma moneda: la unión con Dios que, a su vez, une a los fieles entre sí[22]. El Padre es, en la Prelatura del Opus Dei, principio y fundamento visible de unidad, de manera análoga a como lo son los demás obispos para la porción del Pueblo de Dios que rigen[23]. Es ante los fieles “maestro, santificador y pastor, encargado de actuar en nombre y en la persona de Cristo”[24], lo que san Agustín no dudaba en llamar una misión, un servicio, un deber de amor: “amoris officium”[25]. En efecto, nadie puede considerarse un pastor digno de este nombre si la caridad no lo hace uno con Cristo[26].

Nadie es padre sin tener hijo, y por eso san Jerónimo afirma que nombrar a un padre, es siempre nombrar a un hijo, referirse a un hijo: “Omnis enim pater filii nomen est»[27]. Como hijos, los fieles del Opus Dei son parte de la vida del Padre. Es más, son parte de su propio ser y de su misión como cabeza de ese cuerpo que es la Obra. Santo Tomás de Aquino, al considerar el amor paterno, dice que los progenitores ven en sus hijos una parte de sí mismos: “ut aliquid sui existentes”[28]. Así, el Padre siente la llamada a ejercer esa paternidad que san Josemaría había asumido “con la plena conciencia de estar sobre la tierra sólo para realizarla[29]”. El fundador del Opus Dei la interiorizaba, y la entendía como una invitación exigente para su santidad. En 1933, al solicitar permiso para arreciar en sus penitencias, exhortaba a su confesor con estas palabras: “Mire que Dios me lo pide y, además, es menester que sea santo y padre, maestro y guía de santos[30]”. Y no dudaba en escribir a sus hijos: “Estoy pendiente de vosotros[31]”. Como haciendo eco a esas palabras de san Josemaría, el segundo sucesor de san Josemaría abre muchas veces su alma con esos mismos sentimientos: “os necesito”, dice por ejemplo en algunas ocasiones.

El Padre manifiesta la ternura de Dios

En la época actual, no falta literatura sobre todo lo que implica ser un buen padre: llevar el peso de una familia, educar en libertad y hacer crecer a los hijos. Algo similar se puede decir de la misión sobrenatural del Padre: ha de guiar a su grey con mano firme y profunda comprensión, también corrigiéndolo cuando se hace necesario para el bien de las almas (cf. Hch 12, 7-11).

A la vez, al Padre le gusta compartir con sus hijos los buenos momentos de la existencia, como por ejemplo una tertulia, donde se cuenta con la misma naturalidad las maravillas de Dios en el apostolado, las noticias de la expansión de la labor de almas, o incluso algún suceso divertido que ayude a no tomarse demasiado en serio. En esos momentos siente el deber de encarnar esa “ternura paterna” en que insiste tanto el Papa Francisco al hablar de Dios[32].

La llamada al Opus Dei, como toda vocación recibida del Señor, es como una perla preciosa (cf. Mt 13,46). La perla nace de un granito de arena y cuando ha crecido destella luz y color. Así como un diamante viene del carbón, la poquedad del hombre, al unirse al don de Dios, hace que uno se sepa amado y comprendido. Meditar en la riqueza del espíritu cristiano, del espíritu del Evangelio tal como lo ha recibido y transmitido san Josemaría, hace que el corazón arda como el de los discípulos de Emaús, de modo que la vida se llena un sentido de misión. Estar unidos al Padre ayuda a los fieles del Opus Dei a unirse más al Papa y a la Iglesia entera. El Padre les recuerda constantemente el Magisterio de los Sucesores de Pedro, y les invita a ensanchar la mirada, a no desfallecer en el servicio a la Iglesia universal.

Hijos mayores de edad

Las virtudes se perfeccionan con el paso del tiempo bajo el impulso de la gracia, mediante el repetido ejercicio de actos virtuosos; a la vez, es bueno no retrasar para un futuro indefinido la madurez de la entrega cristiana y aspirar a ser mayores de edad en todo momento. En ese sentido, el Opus Dei es para personas “adultas”, ni peores ni mejores que las demás, que aprenden a portarse como niños delante de Dios[33]. La madurez se forja con éxitos y fracasos asumidos y colocados en su sitio, y no es sólo ni principalmente cuestión de años, sino de entrega real, de lucha por ser santos: “super senes intellexi, quia mandata tua servavi” (Ps 119 [118], 100): tengo más inteligencia que los ancianos porque he guardado tus mandamientos. Palabras que se aplican también a todos los que buscan vivir su entrega con una profunda humildad. En este sentido el fundador del Opus Dei entendía la vocación de Pedro: después de la pesca milagrosa, él exclama: “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5,8); y comenta san Josemaría: “Esa elección, raíz de la llamada, debe ser la base de tu humildad[34]”. Esta convicción la encontramos en el corazón del beato Álvaro del Portillo, que pudo ser saxum, auténtica “roca” para san Josemaría, porque su fidelidad se apoyaba en la humildad. Así respondía este hijo ejemplar a una carta del fundador: “Yo aspiro a que, a pesar de todo, pueda Ud. tener confianza en el que, más que roca, es barro sin consistencia alguna. Pero ¡es tan bueno el Señor![35]

“Voy a Él con gemidos de contrición, pidiéndole misericordia: miserere mei, Deus secundum magnam misericordiam tuam (Ps 51[50],2)[36]”, confiaba san Josemaría citando el Salmo Miserere. En la vida del Padre, la humildad de quien recurre a Dios para ser fortaleza de los demás se concreta, entre otros modos, en el rezo de ese Salmo, donde le dice al Señor: “Tú amas la verdad más íntima, y, en lo oculto, me enseñas la sabiduría” (Sal 51 [50], 8): en el fondo del ser, en lo más profundo del corazón, Dios ayuda al Padre. Al mismo tiempo, el Padre cuenta mucho con la oración de los miembros del Opus Dei. Y necesita de su comprensión y de su cariño de hijos, que tiene una de sus manifestaciones en las cartas que le escriben. “Estoy pendiente de vosotros… ¡sedme fieles[37]” escribía san Josemaría desde Burgos a sus hijos, invitándoles a que se rece por el Padre en las Preces Operis Dei, acudiendo a la misericordia divina: “«Misericordia Domini ab æterno et usque in æternum super eum: custodit enim Dominus omnes diligentes se», la misericordia del Señor sobre él, siempre: porque el Señor guarda a los que le aman”[38]. Esa oración va acompañada de una pequeña mortificación diaria por el Padre.

El espíritu de filiación es el fundamento de la unidad y de la caridad fraterna, en la Obra como en la Iglesia. El mejor regalo que se pueda hacer a unos padres, es el respeto, el cariño y el agradecimiento de sus hijas e hijos, junto con su buen entendimiento mutuo. “Nosotros, que somos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos miembros los unos de los otros” (Rm 12,5). El Apóstol exhorta a los romanos, “amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo” (Rm 12,10). Siendo prelado mons. Javier Echevarría, no cesaba de invitar a los fieles del Opus Dei, como hacía san Juan con los primeros cristianos: “Queridísimos: si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,11).

Cartas de familia

Paternidad y filiación se despliegan en particular en el intercambio de cartas. El don de la paternidad llevó a san Josemaría a escribir con frecuencia a sus hijos e hijas espirituales. Recuerda el beato Álvaro del Portillo: “Dedicaba mucho tiempo a escribirnos cartas, bien en retazos de la mañana o en las primeras horas de la tarde[39]”. El Padre sigue esta tradición, con cartas a personas concretas y también cartas pastorales que ayudan a los miembros del Opus Dei a responder a su llamada a la santidad y al apostolado, a vivir intensamente el año litúrgico y también las fiestas que celebran.

La costumbre de escribir cartas al Padre surgió espontáneamente desde el comienzo del Opus Dei[40]. Cuenta el beato Álvaro del Portillo al hacer memoria de sus cuarenta años de convivencia con san Josemaría: “Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de «arrancar» de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto[41]”. Por eso podía afirmar: “Estoy seguro de que el Padre no leyó ninguna carta sin rezar por la persona que la había escrito, y por el problema que se le exponía[42]”. En las cartas al Padre se cuentan cosas de la vida, como suelen hacer los hijos con sus padres, con espontaneidad y naturalidad y corrección, sin palabras solemnes.

“¡Si supierais la ilusión con que las espero! Las leo todas con el mismo cariño y todas me ayudan a hacer oración. Me gustaría contestar cada una, pero no puedo, no es posible, no hay tiempo…[43]” En una ocasión, san Josemaría confió que se había quedado la noche anterior hasta las dos de la mañana, leyendo esas cartas personales; y decía luego la alegría que sintió “al leer, junto a la de un catedrático de universidad, los renglones torcidos con la letra redonda y gorda de un labrador[44]”. “Me enamora esta costumbre”, añadía. “Cuando en vez de llegar siete kilos de cartas sean setecientos, ya lo arreglaremos. Pero podéis tener la seguridad de que vuestras cartas se leerán siempre con afecto e ilusión de Padre[45]”.

Con cariño se escriben y con cariño se leen esas cartas al Prelado. Estos textos nutren su oración de petición, y también su acción de gracias. “La costumbre de escribir cartas al Padre es una costumbre santa, que a mí me ayuda a tener muy en cuenta —y a hacer presente ante el Señor— todas las necesidades de mis hijos. Agradezco muy de veras estas cartas, que me llegan siempre[46]”.

Es natural escribir al Padre con motivo de las fiestas y aniversarios más señalados de la Iglesia o de la Obra; o con motivo del fallecimiento del padre o de la madre, o una preocupación de la familia, un paso significativo en los estudios, algún suceso profesional importante, o después de un viaje largo por otro país por motivos profesionales o de haber pasado por Roma. También es habitual que, en cuanto el Padre sale de Roma, escribe enseguida a sus hijos e hijas romanos para manifestarle su cercanía, su cariño paterno y su oración.

Cada uno, con sus líneas, puede sostener a la Obra, al manifestar sus deseos de entrega. Contribuye además a dejar un apreciable testimonio de la historia de las maravillas de Dios, que se guarda con cuidado.

Con el optimismo de los hijos de Dios

Escribir al Padre fortalece deseos de docilidad al Espíritu Santo, de servicio a la Iglesia y a la sociedad, de mostrar la belleza de la llamada universal a la santidad y a la evangelización, particularmente en el trabajo y en la vida ordinaria, y acrecienta la unión filial. Son cartas de familia que hablan del trabajo y del estudio, de los afanes cotidianos, del apostolado y de la propuesta vocacional que conlleva esa atracción que suscita el testimonio de la caridad cristiana y la belleza del espíritu de santificación en medio del mundo; también se entiende que cuando se cuentan dificultades de salud, contradicciones profesionales o familiares, problemas económicos, preocupaciones por la inestabilidad social en algún país, se procura hacerlo con el optimismo de los hijos de Dios. El único pesar del Padre, como le ocurría a san Josemaría y a don Álvaro, es no poder responder a cada uno. «Me da pena —decía san Josemaría— no poder contestar personalmente a todos los que me escriben. Que mis hijos tengan presente la imposibilidad material de contestar, por una parte; y, por otra, que siempre que leo sus cartas les encomiendo»[47]. Basta saber que esas cartas son motivo de alegría para el Padre, y asimismo ocasión para que tenga más presentes en su oración a las personas, pues ama a todos en las entrañas de Cristo Jesús (cf. Flp 1,8)[48].

Cuenta Mons. Álvaro del Portillo sobre la jornada habitual del fundador del Opus Dei: “Después venía el tiempo del correo. Al Padre le gustaba abrir los sobres personalmente, aunque después me los pasaba a mí -y en los últimos años también a don Javier-, para que le ayudase a leer el contenido. Separaba las cartas relacionadas con el gobierno, dirigidas al Consejo General, de las personales. En cuanto a estas últimas, si advertíamos que alguna era confidencial, se la devolvíamos inmediatamente, sin leerla[49]”. San Josemaría leyó durante muchos años todas las cartas de sus hijas e hijos. Al crecer el número y a pesar de su deseo de continuar así, le resultaba imposible hacerlo. Para que nadie que le escribiera quedara desatendido, decidió que le ayudaran algunos sacerdotes a leer las cartas, pero dedica buena parte de su tiempo diario a la lectura de esas cartas. En el Sacrificio del altar pone en la patena, de un modo especial, junto al pan eucarístico que llegará a ser el Cuerpo del Señor y al vino su Sangre, todo lo que le escriben[50].

Os daré pastores según mi corazón

El Prelado del Opus Dei cuenta con la oración y mortificación que los fieles realizan por su persona e intenciones, se fía de ellos para cumplir su misión de Pastor, que no es otra sino la de unirles cada vez más a Cristo y a una multitud de almas que se benefician del calor de la Obra. “Os daré pastores según mi corazón”, había profetizado Jeremías: “Dabo vobis pastores iuxta cor meum” (Jr 3,15). Dios anunciaba esos buenos pastores en el contexto de la Alianza, que encontró su último y definitivo desarrollo en la Alianza en la Sangre de Cristo. Unidos a la Misa del Prelado, bien metidos en el Corazón de Santa María, los fieles forman “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32) para servir a la Iglesia, con una caridad que abre al mundo entero, un amor que urge esa Iglesia en salida de la cual habla tanto el papa Francisco.

En una ocasión, un joven italiano, fiel del Opus Dei, preguntó al beato Álvaro: “¿Qué significa para el Padre y para nosotros, el que estemos todos apiñados en su corazón?”. Contestó el entonces Prelado: “Para mí, supone una constante llamada a la obligación que tengo de ser santo, para ayudaros a ser santos. En mi pequeñez, tengo que procurar vivir las palabras de Jesús: pro eis sanctifico meipsum [por ellos yo me santifico]. Yo me entrego por vosotros, por vuestra santidad personal. Y el cariño que os tengo debe también moveros a vosotros. ¡Amor con amor se paga!, hijos míos. No podéis responder al cariño del Padre clavando espinas en mi corazón, sino portándoos lo mejor que podáis. Luchad por ser fieles, primero por amor de Dios y, después, por un poco de cariño al Padre[51]”.

G. Derville

Noviembre de 2016

(Actualizado en Diciembre de 2016)

 

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[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144. Lo que Dios prometió a Abraham se ha cumplido en nosotros al creer en Jesucristo, que murió y resucitó por todos los hombres (cf. Rm 4, 23-25).

[2] Cf. Misal romano, Plegaria eucarística I o Canon Romano.

[3] Sobre el obispo como padre, cf. Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus, n. 16. Cf. Congregación para los obispos, Directorio Apostolorum succesores, 22-II-2004, n. 76. Juan Pablo II dedica a ese tema el cap. 4 “La paternidad del obispo” de su libro ¡Levantaos! ¡Vamos!, Plaza & Janés, pp. 105-132, donde habla del ejemplo de san José.

[4] Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 2, “El sentido de la filiación divina. Fundamento de la vida cristiana”, pp. 136-137. Recordemos que el celibato apostólico está unido a una fecunda paternidad espiritual, que puede alcanzar a miles de hijos del espíritu.

[5] Concilio Vaticano I, Const. dogm. Pastor aeternus: DS 3059. El texto recoge palabras del Concilio de Florencia: DS 1307.

[6] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 21-XI-1958 (AGP, P01 II-1988, p. 44); 30-XI-1964 (AGP, P02 XII-1964, p. 33).

[7] Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 2, “El sentido de la filiación divina. Fundamento de la vida cristiana”, pp. 136-137.

[8] Cf. A los Magnesios, 6,1: PG 5,764; A los Trallanos, 3,1: PG 5,780; A los Esmirniotas, 8,1: PG 5,852.

[9] Cf. Pontifical Romano, Ordenación Episcopal: Examen.

[10] Cf. Didascalia Apostolorum, II, 33, 1: ed. F.X. Funk, I, 115.

[11] Cf. san Juan Pablo II, Exh. apost. postsinodal Pastores gregis, 16 de octubre de 2003, n. 7.

[12] Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, los ministros sagrados reciben una «paternidad en Cristo» (Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 16), como pastores de la Iglesia. Sobre el Obispo como padre, cf. Juan Pablo II, Exh. apost. Pastores gregis, 16-X-2003, nn. 7, 10, 33, 37, 42, etc.

[13] Cf. Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 2, “El sentido de la filiación divina. Fundamento de la vida cristiana”, p. 137.

[14] Sobre la Iglesia como familia, cf. san Juan Pablo II, Exh. apost. Ecclesia in Africa, n. 63.

[15] Sobre Mons. Javier Echevarría Rodríguez, obispo, prelado del Opus Dei (1994-2016†), ordenado obispo por san Juan Pablo II en 1994, cf. por ejemplo la voz correspondiente del Diccionario de San Josemaría, pp. 351-353, escrita por Salvador Bernal.

[16] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 12.

[17] San Josemaría, Tertulia 6-10-1968 (AGP, P01 VI-1969, p. 13).

[18] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 49.

[19] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 50.

[20] Misal Romano, Prefacio I De sanctis.

[21] Cf. Jn 10, 11.

[22] Cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 1.

[23] Cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 23.

[24] Cf. san Juan Pablo II, Exh. apost. Pastores gregis, 16-X-2003, n. 10.

[25] Cf. san Agustín, In Ioannis Evangelium tractatus, 123, 5. ((CCL 36, 678-680))

[26] Cf. santo Tomás, In Ioann. Ev., X, 3.

[27] Cf. san Jerónimo, In Evangelium Matthaei commentarium, IV, 24, 36.

[28] Cf. santo Tomás, S. Th., II-II, q. 26, a. 9, co.

[29] Cf. Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 2, “El sentido de la filiación divina. Fundamento de la vida cristiana”, p. 138.

[30] Cf. san Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1725, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, Rialp, Madrid 1997, p. 554.

[31] Cf. san Josemaría, Carta 1938, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, Rialp, Madrid 2002, p. 243.

[32] Cf. Francisco, Exh. apost. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 4.

[33] Cf. Carta 14-II-1974, n. 4 (AGP, serie A.3, 95-2-4).

[34] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 1.

[35] Cf. Beato Álvaro del Portillo, Carta a san Josemaría, 13-VII-1939, cit. en Javier Medina Bayo, Álvaro del Portillo, Rialp, Madrid 2012, p. 169.

[36] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 X-1971, p. 12).

[37] San Josemaría, Carta 9-I-1938, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, Rialp, Madrid 2002, p. 243.

[38] Cf. san Josemaría, Carta 1938, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, Rialp, Madrid 2002, p. 243. Cf. Sal 103[102] (cit. en Missale Romanum, Misa votiva de Dei Misericordia, antífona ad communionem 17) y Sal 145[144], 20.

[39] Beato Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993, cap. 3, p. 56.

[40] Cf. Beato Álvaro del Portillo, Notas de una reunión familiar, 2-IX-1985 (AGP, serie B.1.4).

[41] Beato Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993, cap. 12, p. 226-227.

[42] Ibídem, p. 54.

[43] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 V-1954, p. 5).

[44] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 V-1954, p. 5).

[45] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 V-1954, p. 5).

[46] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 I-1963, p. 49).

[47] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 I-1963, p. 49).

[48] Cf. Statuta, n. 132, §3.

[49] Beato Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993, cap. 3, p. 54.

[50] Las cartas que el Padre no puede leer, las ve quien ha recibido directamente de él este encargo; de ordinario el Director espiritual central o el de la respectiva circunscripción, y otros sacerdotes, que lo cumplen con cariño, respeto, exquisita delicadeza y discreción absoluta, e informan al Padre.

[51] Beato Álvaro del Portillo, Tertulia (AGP, P01 III-1989, pp. 319-320). Cf. Jn 17,19.

 

Miércoles, 28 Diciembre 2016 10:08

47. ¿Proselitismo? Libertad y propuesta vocacional

¿Proselitismo? Libertad y propuesta vocacional

 

«Venid y lo veréis» (Jn 1, 39). De esta manera responde Jesús a dos discípulos de Juan el Bautista que le preguntaban dónde vivía. Estas palabras anuncian una llamada divina, la de estar con Cristo y compartir su vida. En el plano meramente humano, manifiestan una verdad que todos hemos experimentado: el bien, por su propia naturaleza, es difusivo. Cuanto mayor es ese bien, más poderosa es su fuerza expansiva. Jesús invita a esa comunidad de vida con él, tan atrayente. Y así se difundió el Evangelio, a partir de la alegría de conocer y seguir a Jesús, que conlleva el deseo de llevar a otros a compartir esa aventura. Cicerón comenta que la admiración de alguien que subiera a los cielos y contemplara la belleza de las estrellas sería amarga si no tuviera alguien con quien compartirla[1]. Del mismo modo, la vocación que Dios concede despliega toda su belleza en la medida en que se busca compartirla; por esto, se puede decir que la llamada a entregarse a Dios en el Opus Dei, como en otras realidades eclesiales, es una llamada contagiosa.

1. Dios entra en nuestra vida sirviéndose de otras personas

Después del testimonio del Bautista, el Evangelio de Juan relata la llamada a Andrés y a Pedro: “Al día siguiente, Juan se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus discípulos. De pronto vio a Jesús, que pasaba por allí, y dijo: «¡Éste es el cordero de Dios!» Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué buscáis?» Ellos contestaron: «Rabbí, (que quiere decir Maestro) ¿dónde vives?» Él les respondió: «Venid y lo veréis». Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él. Eran como las cuatro de la tarde. Uno de los dos que siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Encontró Andrés en primer lugar a su propio hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús, al verlo, le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan: en adelante te llamarás Cefas», (que significa: «Piedra»)” (Jn 1, 35-42). San Juan Pablo II comenta que “esta página del Evangelio es una de tantas de la Biblia en las que se describe el «misterio» de la vocación; en nuestro caso [los sacerdotes], el misterio de la vocación a ser apóstoles de Jesús”[2]; y añade que la página de san Juan “tiene también un significado para la vocación cristiana como tal”[3]. La vocación al Opus Dei es una concreción de la vocación bautismal, uno de los caminos en la Iglesia para seguir a Jesucristo en medio del mundo, como cristiano corriente y a la vez con un compromiso serio de vivir la radicalidad de la llamada universal a la santidad y al apostolado, mediante la santificación del trabajo profesional y de las ocupaciones ordinarias. El Evangelio apenas citado destaca cómo el encuentro de algunos discípulos con Jesús se produce por la mediación de quienes ya le siguen. Uno no descubre su vocación por telepatía sino, como en el caso de Andrés y Pedro, por otras personas de las que se sirve Dios para entrar en su vida. Por otra parte, el hecho de poner un nombre a Simón equivale a tomar posesión de él. Y así, por más que existan mediadores para la llamada, solo Dios puede tomar posesión de un alma, de él venimos y a él volvemos. Nadie es propietario de las almas[4].

El Papa Francisco ha insistido muchas veces en la dimensión misionera de la vocación cristiana: “Quisiera indicaros hoy la estrecha relación que existe entre la misericordia y la misión. Como recordaba san Juan Pablo II: «La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia»[5]. Como cristianos tenemos la responsabilidad de ser misioneros del Evangelio. Cuando recibimos una buena noticia, o cuando vivimos una hermosa experiencia, es natural que sintamos la exigencia de compartirla también con los demás. Sentimos dentro de nosotros que no podemos contener la alegría que nos ha sido donada. Queremos extenderla. La alegría suscitada es tal que nos lleva a comunicarla. Y debería ser la misma cosa cuando encontramos al Señor. La alegría de este encuentro, de su misericordia. Comunicar la misericordia del Señor. Es más, el signo concreto de que realmente hemos encontrado a Jesús es la alegría que sentimos al comunicarlo también a los demás. Y esto no es «hacer proselitismo», esto es hacer un don. Yo te doy aquello que me da alegría a mí. Leyendo el Evangelio vemos que esta ha sido la experiencia de los primeros discípulos: después del primer encuentro con Jesús, Andrés fue a decírselo enseguida a su hermano Pedro (cf. Jn 1, 40-42), y la misma cosa hizo Felipe con Natanael (cf. Jn 1, 45-46). Encontrar a Jesús equivale a encontrarse con su amor. Este amor nos transforma y nos hace capaces de transmitir a los demás la fuerza que nos dona. De alguna manera, podríamos decir que desde el día del Bautismo nos es dado a cada uno de nosotros un nuevo nombre además del que ya nos dan mamá y papá, y este nombre es «Cristóforo». ¡Todos somos «Cristóforos»! ¿Qué significa esto? «Portadores de Cristo». Es el nombre de nuestra actitud, una actitud de portadores de la alegría de Cristo, de la misericordia de Cristo. Todo cristiano es un «Cristóforo», es decir, ¡un portador de Cristo!”[6].

2. Comunicar lo que hemos recibido es hacer un don. Evolución del término “proselitismo”

En la catequesis del Papa Francisco apenas citada, se menciona la palabra “proselitismo”. Ese término, frecuente hasta hace unas décadas en la literatura espiritual, deriva de “prosélito”, palabra con la que se designa en la Biblia a los ger, los gentiles que vivían establemente en el Pueblo de Israel y que se proponían entrar en la Alianza y observar la Ley de Moisés. De ahí pasó al lenguaje cristiano. Ya san Justino, mente abierta, buen conocedor de los filósofos de su tiempo, arrestado por proselitismo y ejecutado en el año 166 porque no quiso renegar su fe, escribía: “Os queda poco tiempo para haceros prosélitos nuestros: si Cristo os precede con su venida, en vano os arrepentiréis[7]”: designaba así el celo apostólico por anunciar a Cristo e incorporar nuevos fieles a la Iglesia. Con ese sentido surgirá en época moderna el término “proselitismo” que, junto al empuje misionero, recoge también, con el desarrollo de la Iglesia, la solicitud por aproximar a los demás a las instituciones surgidas en el seno del Pueblo de Dios.

En ese mismo sentido lo usó san Josemaría, desde los comienzos del Opus Dei. Buscaba poner de relieve tanto la profundidad del afán apostólico, como el hecho de que no somos nosotros sino Dios quien llama: evidentemente, las decisiones que determinan el rumbo de una vida ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo, como siempre subrayará[8].

En estos últimos decenios, se ha ido generalizando otra acepción de ese vocablo, para describir determinadas actuaciones con las que se pretende atraer hacia el propio grupo con el uso de violencia, de engaño, de coerción o de otros modos que fuerzan la conciencia o manipulan la libertad. Naturalmente, ese modo de actuar es ajeno al espíritu cristiano y totalmente reprobable. A esa acepción negativa se han referido en varias ocasiones los últimos papas al afirmar, por ejemplo, que “nuestra fe no la imponemos a nadie; semejante género de proselitismo es contrario al cristianismo[9]” o que “la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción[10]”. Esa atracción comporta primero el testimonio de una conducta recta, de una vida llena de amor, pero no es sinónimo de pasividad: no excluye la proclamación verbal de un mensaje, como enseña san Pablo: “¿Cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán, si no hay enviados?” (Rm 10,14-15)[11].

Refiriéndose a quienes lanzan la palabra proselitismo como acusación para propalar temores ante la acción apostólica de los fieles, san Juan Pablo II escribe que lo hacen “quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y el empuje para acometer su misión evangelizadora, y esa misión pertenece a la esencia de la Iglesia”[12]. De todas maneras, las lenguas son cambiantes y es frecuente que haya palabras que dejen de tener un significado unívoco e, incluso, que adquieran uno contrario al original. Teniendo en cuenta el uso cada vez más difundido del sentido negativo de la palabra “proselitismo”, se expresa mejor su contenido positivo original con otros términos: plantear la llamada divina, ayudar a descubrir el camino que Dios quiere para cada uno, invitar a plantearse la propia vocación, discernimiento vocacional, apostolado vocacional, despertar el sentido de misión, por ejemplo. Por eso, en el capítulo “Proselitismo” de Camino, se debe entender esa palabra con su auténtica significación en la predicación de san Josemaría, en el marco de la misión apostólica de los cristianos, dirigida a todo el mundo (cf. Mc 16,15). Muchos autores espirituales –y entre ellos, san Josemaría– han empleado el término “proselitismo” en ese sentido, como sinónimo de apostolado o evangelización: una labor que se caracteriza, entre otras cosas, por un profundo respeto de la libertad, en contraste con la acepción negativa que este vocablo ha tomado en los últimos años del siglo XX. En el surco de esa tradición, san Josemaría utiliza la palabra “proselitismo” con el significado de propuesta o invitación con la que los cristianos comparten la llamada de Jesucristo con sus compañeros y amigos, y abren ante ellos el horizonte de su Amor[13].

3. Llamar: una necesidad y una obligación

“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Son las últimas palabras de Jesús que recoge san Mateo. Los cristianos están así llamados a dar testimonio del Señor, a hacer discípulos, sabiendo que Jesús vive en ellos: actuarán “en el nombre” de Dios, con su poder. En la misión apostólica, hay esta doble vertiente de acción personal nuestra y de acción de Dios.

“Anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca del cumplimiento del misterio que durante siglos estuvo escondido en Dios” (Ef 3,8) era para san Pablo una “gracia” (ib.) y una obligación moral: “¡Ay de mi si no evangelizara!” (1Cor 9,16). Esa gracia es compartida por todos los cristianos. Con la vocación cristiana bautismal, el Pueblo de Dios “constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es empleado también por él como instrumento de la redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16)[14]”.

La Iglesia tiene la misión de “cuidar el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones[15]” . El Papa Francisco nota que “donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas[16]”. Eso supone que, además de rezar, la comunidad cristiana “se atreve a proponer un camino[17]”, dice Francisco, refiriéndose a la entrega a Dios. En este sentido, hablando de vocaciones sacerdotales, no duda en subrayar la importancia de “llamar”: “Llamar. Es el típico verbo de la vocación cristiana. Jesús no hace largos discursos, no da un programa al cual adherir, no hace proselitismo, no ofrece respuestas prefabricadas. Dirigiéndose a Mateo, se limita a decirle: «¡Sígueme!». De este modo, suscita él la fascinación de descubrir una nueva meta, abriendo su vida hacia un «lugar» que va más allá del pequeño banco donde está sentado. El deseo de Jesús de poner en camino a la gente, de removerlas de una vida sedentaria mortal, de romper la falsa ilusión de que se pueda vivir felizmente quedándose cómodamente sentados entre sus propias seguridades. Ese deseo de búsqueda, que albergan con frecuencia los más jóvenes, es el tesoro que el Señor pone en nuestras manos y que hemos de cuidar, de cultivar y de hacer germinar. Miremos a Jesús, que pasa en las riberas de la existencia, recibiendo el deseo de quien busca, la desilusión de una noche de pesca que salió mal, la sed ardiente de una mujer que va a buscar agua en el pozo, o la fuerte necesidad de cambiar de vida. Así nosotros también, en vez de reducir la fe a un libro de recetas prefabricadas o a un conjunto de normas que hay que observar, podemos ayudar a los jóvenes a plantearse la preguntas justas, a ponerse en camino y a descubrir la alegría del Evangelio. Yo sé que vuestra misión no es fácil y que, alguna vez, a pesar de un esfuerzo generoso, los resultados pueden ser escasos y que arriesgamos la frustración y el desánimo. Pero si no nos encerramos en lamentaciones y si seguimos «saliendo» para anunciar el Evangelio, el Señor queda a nuestro lado y nos da la valentía de echar las redes también cuando estamos cansados y desilusionados por o haber pescado nada. […] No tengáis miedo de anunciar el Evangelio, de encontrar, de orientar la vida de los jóvenes[18]”. Por su parte, Juan Pablo II afirmaba: “"No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven, o menos joven, las llamadas del Señor. Es un acto de estima y de confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia.[19]”.

“Predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella” (2 Tim 4,2), dice Pablo a Timoteo: “opportune, importune”. “Muchos, con aire de autojustificación, se preguntan: yo, ¿por qué me voy a meter en la vida de los demás? -¡Porque tienes obligación, como cristiano, de meterte en la vida de los otros, para servirles! -¡Porque Cristo se ha metido en tu vida y en la mía![20]”. San Josemaría enseñaba a sus hijos que nadie podría sentirse dispensado de proponer la vocación cuando encuentra una persona que podría encontrar en ella su camino. Si hace falta, se crean ocasiones de hablar de la llamada, ya que no basta la pura presencia. “Has tenido una conversación con éste, con aquél, con el de más allá, porque te consume el celo por las almas. Aquél cogió miedo; el otro consultó a un "prudente", que le ha orientado mal... -Persevera: que ninguno pueda después excusarse afirmando «quia nemo nos conduxit» -nadie nos ha llamado[21]”. Es importante proponer la vocación también porque hay personas que, por una humildad quizá mal entendida, juzgan erróneamente que no son dignas de ella, o bien no se atreven a preguntar si es para ellos, algo así como aquellos personajes de las novelas que nunca llegan a pedir la mano de la mujer que aman… y se quedan sin ella. Por eso hablaba de “santa coacción[22]” animando al lector de Camino a plantearse su responsabilidad apostólica respecto a las personas que tiene a su alrededor, respetando plenamente su libertad. Con esa unión de palabras contradictorias, llamada “oxímoron”, daba fuerza expresiva a la idea de que la misión apostólica no está reñida con la energía que nos da el Espíritu Santo. Ese Espíritu es Amor, y es Espíritu de libertad. Por lo tanto, el fundador de la Obra podía afirmar que esta “no sólo respeta la libertad” de sus miembros, “sino que les hace tomar clara conciencia de ella. Para conseguir la perfección cristiana en la profesión o en el oficio que cada uno tenga”, añadía, “necesitan estar formados de modo que sepan administrar la propia libertad: con presencia de Dios, con piedad sincera, con doctrina[23]”. La libertad es necesaria para entregarse al Señor y para renovar esa entrega: la formación en el Opus Dei se encamina principalmente a hacer que a todos “llegue el espíritu genuino del Evangelio -espíritu de caridad, de convivencia, de comprensión, absolutamente ajeno al fanatismo-, a través de una sólida y oportuna formación teológica y apostólica. Después, cada uno obra con completa libertad personal y, formando autónomamente su propia conciencia, procura buscar la perfección cristiana y cristianizar su ambiente, santificando su propio trabajo, intelectual o manual, en cualquier circunstancia de su vida y en su propio hogar[24]”.

Jesucristo llama a la humildad en el servicio con una parábola acerca de la labranza y del cuidado del ganado, que se aplica bien al esfuerzo de evangelización. Él nos invita a hacer nuestros los sentimientos de los trabajadores: “Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”: “Servi inutiles sumus; quod debuimus facere, fecimus” (Lc 17,10). Cristo nos apremia a evitar todo engreimiento. Es claro que ni recomienda el trato abusivo del amo ni lo aprueba. Pero nos enseña que la virtud desplegada al cumplir su mandatos nos consolará interiormente e incluso despertará la admiración de los demás. Entonces, en lugar de engreírnos, debemos considerar que cumplimos solamente el plan de Dios: “No te jactes por ser llamado hijo de Dios —reconoce la gracia, y no desconozcas tu naturaleza—, ni te engrías por haberle servido bien: es lo que tenías que hacer. El sol hace su oficio, la luna obedece y los ángeles cumplen su servicio. [...] No pretendamos ser alabados por nosotros mismos, no adelantemos el juicio de Dios[25]”.

En la historia del Opus Dei, los que siguieron a san Josemaría fueron heroicos en extender la semilla de su mensaje en todas partes. Cuando terminó la guerra civil española, formaban parte de la Obra, san Josemaría y diez o doce hijos espirituales suyos. Al cabo de un año, contaba el beato Álvaro del Portillo, recorrían España en todas la direcciones, había labor apostólica en muchas ciudades. Viajaban en trenes incómodos o por carreteras machacadas por la guerra. El fin de semana, que entonces solo duraba el domingo, lo aprovechaban para ir a diferentes sitios, y al poco tiempo surgieron vocaciones al Opus Dei en todas partes. Es bonito ver como José María Hernández Garnica escribió sobre Isidoro Zorzano, que trataba de acercarle a Dios: “Le toreé lo indecible por mi flojera, y él, con paciencia extraordinaria, no dejaba de escribirme y animarme, aunque muchas veces no recibiese respuesta en largo tiempo[26]”. Y así del celo apostólico de los fieles del Opus Dei vinieron vocaciones para la Obra y, también, para órdenes y congregaciones religiosas, y para los seminarios diocesanos. Ese celo expresa la intensidad del amor y del don de sí, que nacen en la humildad de quien sabe que toda fecundidad viene de Dios.

4. La importancia de los medios sobrenaturales

Los frutos, las decisiones de entrega a Dios, vienen siempre de Dios, como enseñó Jesucristo: “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo” (Mc 4,26-27). En la parábola de los invitados a las bodas, Jesús explica la formación de la Iglesia como llamada universal a la salvación. La imagen del banquete permite describir el Reino de Dios. Pero cuando todo estaba preparado, resulta que muchos rechazaron al Hijo de Dios y la llamada se extendió a todos, también a los paganos: “Dijo el señor a su siervo: «Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa»” (Lc 14,23). San Josemaría contemplaba en esa sorprendente “obligación” un gran respeto a la libertad de cada persona. Afirmó por ejemplo, refiriéndose a la floración de una vida cristiana coherente, que la expresión compelle intrare (“oblígales a entrar”) “es una invitación, una ayuda a decidirse, nunca -ni de lejos- una coacción”; “no es como un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer; la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios [...]. Añadid, a todo esto, vuestro garbo y vuestra simpatía humana, y tendremos el contenido del compelle intrare[27]”. Es así como actúa la gracia, a través de nosotros. San Basilio nota que “del mismo modo que los cuerpos nítidos y brillantes, cuanto les toca un rayo de sol, se tornan ellos mismos brillantes y desprenden de sí otro fulgor, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu Santo, y se hacen también ellas espirituales y envían la gracias a otros[28]”.

Es una labor que no cabe realizarla aisladamente, sino con un auténtico sentido eclesial, que manifiesta que es Dios quien llama a través de su Iglesia. Empapada de visión sobrenatural, la obediencia da fecundidad al esfuerzo apostólico. Así comenta san Josemaría una pesca milagrosa: “"Duc in altum". -¡Mar adentro! -Rechaza el pesimismo que te hace cobarde. "Et laxate retia vestra in capturam" -y echa tus redes para pescar. ¿No ves que puedes decir, como Pedro: "in nomine tuo, laxabo rete" -Jesús, en tu nombre, buscaré almas?[29]”. En el Opus Dei, antes de hablar a una persona de su posible vocación, se cuenta con el acuerdo de quien dirige el Centro a donde esa persona suele ir. Quien plantea la vocación a alguien pedirá en su oración al Señor que mueva el corazón de su amigo para que le siga. Hablar de vocación implica una gran amistad: empatía, confianza recíproca, comprensión mutua y la capacidad de escuchar mucho, en el respeto de la libertad de las conciencias y el cuidado de la debida reserva. Todo eso se construye a partir del “apostolado de amistad y de confidencia[30]” y se fundamenta en la oración, en el espíritu de sacrificio por el otro y en el testimonio de una vida coherente.

Alguna vez una persona puede afirmar: “no lo veo”, y puede ser que Dios no la llame, o quizá puede ser que, más que no ver, falte querer. Por eso, además de recomendarle que se aconseje, también conviene animarle a que pida la fuerza al Señor para querer aquello que le pueda pedir. Es significativo como san Josemaría, cuando intuía la llamada divina, no solo pedía ver el querer del Señor ‒Domine, ut videam! ‒ sino también que se cumpliera efectivamente en su vida ‒Domine, ut sit! Decir que sí al Señor no es posible sin una plena libertad potenciada por la gracia divina[31].

5. Selección para llegar a más personas

El Opus Dei es para la muchedumbre y todas las almas le interesan, “porque cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo[32]”. Pero no todo el mundo está llamado a ese camino, y hay muchos posibles en la Iglesia: para cada uno, el mejor es el suyo. En cuanto al Opus Dei, su único objetivo es “contribuir a que haya en medio del mundo, de las realidades y afanes seculares, hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales, que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario[33]”. Eso supone esforzarse por trabajar “con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres)[34]”. Un cierto prestigio profesional o en los estudios pone en mejores condiciones para hacer un apostolado desinteresado y “abrirse en abanico para llegar a todas las almas[35]”.

La decisión de entrega al Señor es un paso que uno da personalmente, pero siempre acompañado. Esta compañía consiste en una ayuda para madurar humanamente y cristianamente la posible llamada del Señor, que quizá se manifiesta de manera incipiente. Es una invitación a abrirse a la acción del Espíritu Santo en el alma, que llevará a desarrollar una libertad interior que genera el clima sobrenatural de humildad, serenidad y generosidad donde es posible responder al designo de Dios sobre la propia vida. Parte de este acompañamiento consiste en animar a actuar con rectitud de intención. “No es arrogancia querer ser mejores. Por el contrario, es una virtud grata a Dios: puesto que conocemos el mal material de que estamos hechos y, para ser mejores, habremos de apoyarnos siempre en la misericordia y en la gracia del Señor, y repetir aquellas palabras de San Pablo: omnia possum in eo qui me confortat. Tenemos, por tanto, obligación de formar esas almas, de una manera que les ayude a ser buenos católicos, rectificando su conducta, inculcándoles la necesidad de la vida interior, y poniendo en su conciencia el convencimiento de que el trabajo de cada día es el medio más apto para conseguir la perfección cristiana, y para hacer el bien a las almas todas[36]”.

La vocación a la Obra impulsa a convertirse en fermento para mejorar toda la masa (cf. Lc 13,21). En este sentido, quienes acompañan a alguien que desea pedir la admisión, deben saber valorar su idoneidad espiritual, física y psicológica, moral e intelectual, a la vez que la autenticidad de su motivación.

Importa pensar en cada persona y ayudarla a valorar con realismo su propia situación, de modo que no tome decisiones que con el paso del tiempo no sea capaz de poner en práctica. En este ambiente de confianza, el interesado procurará abrirse y darse a conocer, para realizar juntos el necesario discernimiento de la voluntad de Dios. Es un camino que se recorre en la oración, para entender la realidad de la vida de una persona –virtudes, carácter, historia, familia, formación, salud, etc.– y buscar su bien a la luz del Espíritu Santo. En el caso de gente muy joven este camino se recorre con sus padres, “principales y primeros educadoras de sus hijos[37]”, llamados a hacer crecer a sus hijos también en la vida moral, espiritual y sobrenatural. El magisterio de la Iglesia enseña: “A la par el hijo crece, hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cf. Mt 16,25): «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt10,37)[38]”.

Para entregarse a Dios en el Opus Dei es importante el equilibrio personal, entendido como la capacidad de vivir habitualmente los compromisos que se asumen con paz interior, sin rigideces o agobios desproporcionados. Esto no quiere decir que uno tenga que ser impasible o inquebrantable, pues todas las personas con compromisos serios ‒religiosos, familiares, civiles‒ pueden pasar por momentos de tensión o cansancio. “Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria[39]”.

Decía san Josemaría: “Caben: lo enfermos, predilectos de Dios, y todos los que tengan el corazón grande, aunque hayan sido mayores sus flaquezas[40]”. La generosidad, por tanto, es una virtud esencial. Etimológicamente, la palabra “generosidad” significa “de buena raza”. Quien es generoso, puede decir: “somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios dará a los que no retiran de Él su confianza” (Tob 2,18 vg.). Desde esa generosidad llena de libertad interior se puede formar a cada persona en los distintos ámbitos, contando con su “deseo sincero y eficaz de tender a la virtud[41]”.

El crecimiento de la propia familia es causa de alegría. Por otro lado, así como una familia que no tiene hijos desaparece, comentaba san Josemaría aplicándolo a la importancia de buscar más apóstoles que perpetúen la familia sobrenatural del Opus Dei El beato Álvaro glosaba la idea anterior, diciendo que el fundador deseaba que todos sus hijos albergaran un gran celo “que no haga acepción de personas, ni discriminación alguna, para que nuestra familia se dilate cada vez más, y contribuya con eficacia a que todos los hombres formen un solo rebaño, con un solo pastor (Jn 10, 16)[42]”: el rebaño de la Iglesia, apacentado por Jesucristo.

G. Derville

Diciembre de 2016

 

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Elementos de bibliografía

Ernst Burkhart - Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 1, Rialp, Madrid 2010, pp. 537-542.

Javier López Díaz, Proselitismo, en Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer 3 Diccionario de San Josemaría, Monte Carmelo, Burgos 2013, pp. 1029-1033.

 


[1] Cf. Cicerón, De amicitia, XIII, 88: “Si quis in caelum ascendisset naturamque mundi et pulchritudinem siderum perspexisset, insuavem illam admirationem ei fore, quae iucundissima fuisset si aliquem cui narraret habuisset”.

[2] San Juan Pablo II, Exh. apost. postsinodal Pastores dabo vobis, n. 34..

[3] Ibídem.

[4] Cf. san Josemaría, Instrucción, 31-V-1936, nota 85.

[5] San Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 13.

[6] Francisco, Audiencia jubilar, 30-I-2016. El Papa Francisco habla del sentido de misión del cristiano en muchas ocasiones, por ejemplo en su Mensaje para la jornada mundial de oración para las vocaciones, 27-XI-2016.

[7] San Justino, Dialogus cum Tryphone, 28, 2.

[8] Cf. Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 104.

[9] Benedicto XVI, Homilía, 10-IX-2006.

[10] Francisco, Exh. apost. Evangelii gaudium, n. 14, citando a Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007.

[11] Cf. Pablo VI, Exh. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, nn. 41-42.

[12] San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, p. 127.

[13] Cf. san Josemaría, Camino, nn. 790, 796.

[14] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 9.

[15] San Juan Pablo II, Exh. apost. postsinodal Pastores dabo vobis, n. 34.

[16] Francisco, Exh. apost. Evangelii gaudium, n. 107.

[17] Ibídem.

[18] Francisco, Discurso en el simposio internacional de pastoral vocacional, Roma, 21-X-2016.

[19] San Juan Pablo II, Mensaje para la XX Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, 2-II-1983.

[20] San Josemaría, Forja, n. 24.

[21] Surco, 205. Análogamente san Josemaría comentaba la historia del paralítico de la piscina de Betzata, y el peligro de la indiferencia respecto a los demás: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo” (Jn 5,5-7: “Hominem non habeo”): cf. Surco, n. 212; Forja, n. 168; Homilía Lealtad a la Iglesia (4-VI-1972), 6.

[22] San Josemaría, Camino, n. 387.

[23] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 53.

[24] Ibídem, n. 35.

[25] San Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad. Loc.

[26] José María Hernández Garnica, carta de 31-I-1948, en José Miguel Pero Sanz, Isidoro Zorzano Ledesma: ingeniero industrial (Buenos Aires, 1902 – Madrid 1943), Palabra, Madrid 1996, p. 253.

[27] San Josemaría, Carta 24-X-1942, n. 9/p>

[28] San Basilio, Liber de Spiritu Sancto, IX, 23.

[29] San Josemaría, Camino, n. 792.

[30] San Josemaría, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 62.

[31] Sobre esos aspectos, cf. Fernando Ocáriz, Sobre Dios, la Iglesia y el mundo. Rafael Serrano entrevista al Vicario general del Opus Dei, Rialp 2013, cap. IX, “Llamadas”, pp. 121-132.

[32] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 80.

[33] San Josemaría, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 10.

[34] Ibídem.

[35] San Josemaría, Surco, n. 193.

[36] San Josemaría, Carta 24-X-42, n. 21.

[37] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1653; Cf. Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum educationis, n. 3.

[38] Catecismo de la Iglesia Católica, 2232.

[39] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 131.

[40] San Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, 65.

[41] Beato Álvaro del Portillo, nota 59 a san Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, n. 64.

[42] Beato Álvaro del Portillo, nota 78 a san Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, 84. Cf. san Josemaría, Instrucción, mayo 1935, n. 76 y nota 132.

La Obra (II): en torno a su universalidad y unidad

 

En estas líneas se considerarán dos aspectos propios de la Iglesia que se aplican, en su seno, al Opus Dei: la universalidad y la unidad. En relación a estos, se tratarán también otros temas esencialmente cristianos: la fraternidad, la apertura del corazón, el sentido de responsabilidad para transmitir lo que se ha recibido, como lo tuvieron los primeros discípulos, por ejemplo san Lucas, quien escribió en su Evangelio “lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar” (Hch 1,1) y siguió en sus Hechos con la Ascensión, Pentecostés y la predicación de Pedro y Pablo, mostrando cómo todas las naciones se abrían al Evangelio (cf. Hch 2,9-12) desde la Iglesia universal presente en Jerusalén.

1. Universalidad en el tiempo y en el espacio

El Opus Dei, en cuanto que pequeña parte de la Iglesia católica, participa de su misión de prolongar la presencia de Jesucristo en el tiempo y en el espacio: la Iglesia se extiende en el mundo entero, “toto orbe terrárum[1]". La misión terrena de la Iglesia durará hasta la consumación de los siglos, es decir hasta el fin del mundo. El Señor lo ha prometido a Pedro: “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). La “puertas” son aquí un símbolo de la potencia del mal, pues en el antiguo Oriente las autoridades hacían justica a las puertas de la ciudad.

La universalidad del Opus Dei es, como la de la Iglesia, geográfica: se desarrolla en los cinco continentes. Es también personal, en el sentido de que se dirige a todos los hombres y mujeres de todos los países del mundo. Esa pretensión de universalidad nace de su carácter católico (que en griego significa universal) y va unida a un aspecto esencial de su mensaje: la santificación de todas las tareas humanas, especialmente del trabajo. “Nuestra tarea es colaborar con todos los demás cristianos en la gran misión de ser testimonio del Evangelio de Cristo; es recordar que esa buena nueva puede vivificar cualquier situación humana. La labor que nos espera es ingente. Es un mar sin orillas, porque mientras haya hombres en la tierra, por mucho que cambien las formas técnicas de la producción, tendrán un trabajo que pueden ofrecer a Dios, que pueden santificar. Con la gracia de Dios, la Obra quiere enseñarles a hacer de ese trabajo un servicio a todos los hombres de cualquier condición, raza, religión. Al servir así a los hombres, servirán a Dios[2].

En el Opus Dei, de hecho, se encuentran personas de todos los ambientes sociales y profesiones honestas, manuales o intelectuales; cada una se esfuerza por santificar su trabajo y las actividades ordinarias de su vida. En cuanto a la extensión geográfica, según datos de 2016, la prelatura está presente en 70 países, organizada en 49 circunscripciones. Esta presencia se extiende potencialmente a todas partes: en efecto, importa que allí donde una persona pueda sentirse llamada al Opus Dei, allí se la pueda atender y formar, sin que tenga que cambiar de lugar y de ocupaciones. El Papa Francisco, con ocasión de la beatificación del primer sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei, el obispo Álvaro del Portillo, escribió: “En el corazón del nuevo beato latía el afán de llevar la Buena Nueva a todos los corazones. Así recorrió muchos países fomentando proyectos de evangelización, sin reparar en dificultades, movido por su amor a Dios y a los hermanos. Quien está muy metido en Dios sabe estar muy cerca de los hombres. La primera condición para anunciarles a Cristo es amarlos, porque Cristo ya los ama antes[3]”.

2. La unidad del Opus Dei

La universalidad del Opus Dei se funda necesariamente en su unidad espiritual, moral y jurídica, que pasa por la unión con el Padre y los directores.

El Prelado del Opus Dei es nombrado ad vitam por el Papa. Es, como un obispo lo es para su diócesis, principio y fundamento visible de la unidad de la prelatura[4]. La unión de los fieles del Opus Dei con su Prelado y sus intenciones moviliza la inteligencia, la voluntad, los afectos. Él es un padre en el Señor[5] para la porción del Pueblo de Dios que se le confía. A través de esta unidad, los fieles del Opus Dei, laicos y sacerdotes, se sienten más unidos con el Papa, los demás obispos y todos los católicos del mundo entero.

La unidad del Opus Dei es a la vez un don y una tarea. Por eso se ha de pedir, como se pide la unidad de todos los cristianos, adhiriéndose a la oración de Cristo que pone muy alta la meta, ya que la compara con la unidad intratrinitaria: “que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17,20). De esa unidad depende por lo tanto la propagación de la fe, es decir la extensión de la Iglesia. Siendo un don, la unidad se debe custodiar alejando el pecado, que es la causa más profunda de división, contrarrestando la acción del diablo (del griego diabolein, dividir), “padre de la mentira” (Jn 8, 44), que se empeña en enfriar la caridad entre los discípulos de Cristo.

En la autoridad de la prelatura, más allá de las personas con sus cualidades y defectos, los fieles ven la autoridad de Dios. Esa fe da una gran libertad a la hora de actuar, no existe servilismo ni adulación, sino caridad manifestada en cariño, deseos de unidad y obediencia. La misma fe lleva a ver en los directores y en las directoras de los Centros a personas que secundan al Prelado y prolongan sus cuidados paternales: esos directores actúan como hermanos en el Señor, y no tienen poder de régimen; en efecto, ni la organización local de los Centros, ni la dirección espiritual, forman parte del régimen de gobierno.

3. Fraternidad y corazón grande

“Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo[6]”. San Josemaría refería ese amor al hecho de ser hijos de un mismo Padre Dios, y lo unía al hambre de que se salve la humanidad entera. Y proseguía: “Un escritor del siglo II, Tertuliano, nos ha transmitido el comentario de los paganos, conmovidos al contemplar el porte de los fieles de entonces, tan lleno de atractivo sobrenatural y humano: mirad cómo se aman (Tertuliano, Apologeticus, 39: PL 1, 471), repetían[7]”. Quizá hemos descubierto un eco de estas palabras cuando, al conocer la Obra, percibimos la alegría propia de esta pequeña familia, parte integrante de la gran familia de los hijos de Dios que es la Iglesia. Todo estaba empapado del espíritu evangélico. En un ambiente de confianza, descubrimos un trato que respetaba un amplio pluralismo, fruto de un sincero interés de unos por otros. La fraternidad en la Obra nace del bautismo y de la común vocación al Opus Dei. Se refuerza en la Eucaristía y en la oración, en la benevolencia, en la paciencia para amar a los demás tal como son, con la humilde ambición de ayudarles a ser mejores. Leemos en los estatutos que la Santa Sede dio al Opus Dei que en Cristo somos más que amigos, somos hermanos: “Todos nosotros somos amigos —«os he llamado amigos» (Jn 15, 15)—, es más, somos hijos del mismo Padre y por tanto hermanos en Cristo y juntamente con Cristo: por tanto, el medio peculiar de apostolado de los fieles de la Prelatura es la amistad y el trato habitual con los compañeros de trabajo[8]”.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros” (Jn 13,35). La caridad que nos dirige hacia Dios es la misma virtud sobrenatural que nos mueve hacia el prójimo. De este modo, amamos la bondad de Dios que está presente en los demás, creados a su imagen y semejanza, hechos otros Cristos por la acción de la gracia. Por eso, el amor más alto se da siempre en el Señor e impulsa a sacrificarse por los demás “hasta que Cristo esté formado en vosotros” (Ga 4, 19) como dice san Pablo. La fraternidad entre los fieles del Opus Dei tiene también sus raíces en el apostolado. Les une la conciencia de estar en la misma empresa sobrenatural, de perseguir los mismos intereses: la evangelización en medio de las labores cotidianas para comunicar al género humano la alegría de saberse hijos de Dios. Cuando miramos todos en la misma dirección, entonces se da esa sintonía profunda. No hay distanciamientos por falta de conexión con los grandes objetivos, que son los de la Iglesia y de la Obra en su seno.

San Josemaría invitaba a tener un corazón grande, universal. La fraternidad en el Opus Dei no encierra a nadie en esa Obra sino que al contrario abre su corazón a las necesidades de todas las almas. Como decía san Pablo a los Corintios: “Os hemos hablado con sinceridad y nuestro corazón se ha ensanchado. No estáis estrechos dentro de nosotros. Para corresponder del mismo modo -como a hijos os hablo-, ensanchaos también vosotros” (2 Co 6,11-13).

La caridad nace en la humildad. “Procura que tu buena intención vaya siempre acompañada de la humildad. Porque, con frecuencia, a las buenas intenciones se unen la dureza en el juicio, una casi incapacidad de ceder, y un cierto orgullo personal, nacional o de grupo[9]”. El grupo cerrado se hace el refugio de los mediocres, que no pocas veces se atribuyen las medallas que otros han merecido. El grupo cerrado niega la complementariedad. “Me molesta profundamente todo lo que pueda sonar a autobombo[10]”. Todos descendemos de Adán, y es reductor encerrar a la persona en su origen étnico o geográfico, como hacía Natanael al preguntar, antes de que Cristo ensanchara sus perspectivas: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1,46). Si el patriotismo es bueno, no así el tribalismo, el nacionalismo[11]: “Ama a tu patria: el patriotismo es una virtud cristiana. Pero si el patriotismo se convierte en un nacionalismo que lleva a mirar con desapego, con desprecio -sin caridad cristiana ni justicia- a otros pueblos, a otras naciones, es un pecado[12]”. San Josemaría invita, de modo positivo, a ver como suyas las buenas cosas de los demás países: “Ser "católico" es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses..., de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. -¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto[13]”. Al mismo tiempo, muestra el peligro, para la Iglesia, de las facciones humanas: “Rechaza el nacionalismo, que dificulta la comprensión y la convivencia: es una de las barreras más perniciosas de muchos momentos históricos. Y recházalo con más fuerza -porque sería más nocivo-, si se pretende llevar al Cuerpo de la Iglesia, que es donde más ha de resplandecer la unión de todo y de todos en el amor a Jesucristo[14]”.

El fundador del Opus Dei invitaba a superar la mentalidad pequeña, estrecha, lo que conlleva una subordinación de lo local a lo universal. Se evita la así llamada “autorreferencialidad”, que consiste en encerrarse en sí mismo y no conocer o no querer otra cosa que lo que se considera proprio. Cosa intrínsecamente contradictoria para cualquier realidad auténticamente eclesial y, por lo tanto, también para el Opus Dei, que nace en la Iglesia, por y para la Iglesia, donde aletea la verdad de aquellas palabras de Pablo: “que nadie se gloríe en los hombres; todas las cosas son vuestras: ya sea Pablo o Apolo o Cefas; ya sea el mundo, la vida o la muerte; ya sea lo presente o lo futuro; todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios (1 Co 3,21-23)”.

Lo local está subordinado a lo universal, sabiendo que una persona no es nunca un medio. De este modo, en su apostolado personal, los fieles de la Obra procuran tener presente el horizonte más amplio de la labor de la Prelatura: conocen y siguen las orientaciones del Padre, coordinan sus esfuerzos con las demás personas, sean o no de la Obra, rechazan el protagonismo en las iniciativas. Al mismo tiempo, se mueven en el horizonte aún mayor de la vida en la Iglesia, y se nutren de la Sagrada Escritura, de los sacramentos, de la Tradición viva de la Iglesia, de la liturgia, del Magisterio del Papa y de los obispos, de la vida y de las enseñanzas de los santos y, como es obvio, de las enseñanzas y del ejemplo del fundador. Lo importante, por tanto, es tener como punto de referencia la realidad más alta; lo demás se enfrenta por superación, como sugieren estas palabras de san Josemaría: “Ciertamente pueden surgir, y surgen de hecho, deficiencias en la vida de los cristianos. Pero lo importante no somos nosotros y nuestras miserias: el único que vale es El, Jesús. Es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos[15]”.

Es más, sabiendo que todo lo que es verdadero viene del Espíritu Santo[16], los fieles del Opus Dei, cada uno según sus capacidades y condición, han de conocer y amar las distintas culturas donde se encarna el espíritu cristiano: literatura, arte, historia, ciencias… De modo especial, aquellas del país donde viven, aunque no sea su tierra de origen.

4. Tradiciones de familia

San Pablo exhorta a los de Tesalónica con estas palabras: “Manteneos firmes y observad las tradiciones que aprendisteis, tanto de palabra como por carta nuestra” (2 Tes 2,15). Son tradiciones éticas y didácticas, que miran por lo tanto a las obras y a las enseñanzas (cfr. 2 Tes 2,17). De este modo, una manifestación de la vida de la Iglesia son las tradiciones, y esto sucede también en la Obra: “el Opus Dei, hijos, no es "una cosa"; ni siquiera, ante todo, una institución, sino -como la Iglesia, de la que es parte- una comunión de personas, con la forma de comunión propia de una familia; y, en nuestro caso, con unas costumbres y tradiciones familiares que manifiestan la paternidad, la filiación y la fraternidad intensamente asumidas según el espíritu que Dios confió a nuestro Fundador[17]”. Las tradiciones de familia en el Opus Dei contribuyen a reforzar los vínculos que provienen de la misma vocación, encienden el deseo de que muchas almas puedan gozar de ese trasunto del Cielo que proviene de la convivencia fraterna en Cristo: el “ciento por uno” (Mt 19,29). Siguiendo la enseñanza y la vida de san Josemaría, se aman y transmiten esas tradiciones, primero viviéndolas fielmente. Incluyen las normas y costumbres que permiten un trato habitual y confiado con Dios, con la Virgen, según el espíritu del Opus Dei que el fundador dejó esculpido. Todas tienen raíces en las tradiciones cristianas. Los fieles de la Obra están llamados a hacer vida la herencia recibida y transmitida por san Josemaría, en toda su pureza original y en toda su integridad, sin rigideces, vivificando las tradiciones de familia por el Amor, que es la ley suprema. Una manifestación de ese espíritu consiste, por ejemplo, en ayudar materialmente en las reparaciones que siempre necesitan las casas, que no son “casas sin amo”[18].

La tradición se recibe y se transmite, como en las grandes familias. En el relato escrito más antiguo de la resurrección, pocos más de veinte años después, san Pablo es testigo de “la tradición viva de la resurrección[19]”: “os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Cor 15,3). A los Corintios también ha transmitido puntos fundamentales del misterio de la Eucaristía (cf. 1 Cor 11,23-33). A otro nivel, pero siempre en el marco de la auténtica vida según el espíritu del Evangelio, lo mismo sucede en la familia sobrenatural del Opus Dei: sus miembros procuran formarse bien para transmitir íntegro y puro el espíritu de la Obra a los que vengan después. San Josemaría hablaba de “eslabones de una misma cadena”. Durante la guerra civil española (1936-1939), cuando llevaba ya más de dos meses refugiado en el Consulado de Honduras en Madrid, y ansiaba salir cuanto antes de allí para poder extender la labor apostólica de la Obra, predicaba con estas palabras: “Sí, hijos, todos unidos siempre, en verdadera unión de caridad. Yo no soy un eslabón desprendido, un verso suelto. Por la misericordia de Dios, soy el primer eslabón, y vosotros sois también primeros eslabones de una cadena que se continuará por los siglos sin fin. Yo no estoy solo; hay ahora almas -y llegarán muchas más en el futuro- dispuestas a sufrir conmigo, a pensar conmigo, a participar conmigo de la vida que Dios ha depositado en este cuerpo de la Obra, que está apenas nacido. Yo tengo el deber de pedir por ellos, pensando en vosotros y en todos los que os seguirán; tengo que pedir perseverancia firme, y fe, y reciedumbre de alma, y entendimiento del espíritu de la Obra[20]”.

Y, en otra ocasión, con la seguridad humilde de la fe, vislumbraba un horizonte que recuerda el canto de los ángeles a los pastores, anunciando la gloria de Dios y la paz a los hombres de buena voluntad (cfr. Lc 2,14): “Veo a la Obra proyectada en los siglos, siempre joven, garbosa, guapa y fecunda, defendiendo la paz de Cristo, para que todo el mundo la posea. Contribuiremos a que en la sociedad se reconozcan los derechos de la persona humana, de la familia, de la Iglesia. Nuestra labor hará que disminuyan los odios fratricidas y las suspicacias entre los pueblos, y mis hijas y mis hijos -fortes in fide (1 Pe 5, 9) firmes en la fe- sabrán ungir todas las heridas con la caridad de Cristo, que es bálsamo suavísimo[21]”.

G. Derville

2 de octubre de 2016

 

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[1] Plegaria eucarística I o Canon romano, Te igitur.

[2] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 57.

[3] Francisco, Carta al Prelado del Opus Dei con motivo de la beatificación de Álvaro del Portillo, 26 de junio de 2014, en Romana (2014) 50, p. 265., n. 131.

[4] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogm. Lumen gentium, 23.

[5] Cf. Tema 6.

[6] Amigos de Dios, n. 225.

[7] Amigos de Dios, n. 225; cfr. n. 228.

[8] Codex iuris particularis seu Statuta Praelaturae Sanctae Crucis et Operis Dei, n. 117, traducción de Álvaro Sánchez-Ostiz, disponible en www.opusdei.org.

[9] Surco, n. 722.

[10] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 18.

[11] El término “nacionalismo” se utiliza en este contexto para referirse a la actitud negativa que se describe poco más adelante en el cuerpo del texto. Sin embargo, con el término no queremos aludir a opciones políticas en sí legítimas, siempre que no se opongan a la solidaridad entre los hombres y, más en general, al espíritu cristiano.

[12] Surco, n. 315.

[13] Camino, 525.

[14] Forja, 879.

[15] Es Cristo que pasa, n. 163.

[16] Cf. santo Tomás de Aquino, STh, I.II, q. 109, a.1, ad 1: “Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”.

[17] Javier Echevarría, Carta pastoral, 28 de noviembre de 1995, n. 17.

[18] Cf. Instrucción, 31-V-1936, 63; cfr. ibídem, nota 111.

[19] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 639.

[20] Apuntes de la predicación, 19 de mayo de 1937.

[21] Carta, 16 de julio de 1933, 26.

¿Qué leer para mejorar la propia formación y cultura teológicas?

Incluimos una  lista de lecturas -que no es exhaustiva- orientada a personas con formación universitaria (jóvenes profesionales, sacerdotes, etc.) que desean progresar en su formación cultural y doctrinal.

La Obra (I): en torno a su naturaleza y fin

 

¿Cuál es la naturaleza del Opus Dei? ¿Cuál es su fin? ¿Por qué se puede decir que tiene un espíritu sobrenatural? ¿Cuáles son las actividades del Opus Dei? ¿Qué es lo que hace amable a la Obra? En estas páginas daremos unos elementos de respuesta. San Josemaría ha proclamado la llamada universal a la santidad y al apostolado (cf. Mt 5, 48; 28,19). Unas palabras del Papa Francisco, con ocasión de un congreso teológico en Roma sobre san Josemaría y el pensamiento teológico, sintetizan el contenido de nuestra exposición, al mismo tiempo que nos animan a hacerla realidad: “Que el precioso ejemplo de vida sacerdotal del santo fundador, precursor del Concilio Vaticano II al proponer la llamada universal a la santidad, suscite en todos los fieles del Opus Dei una renovada certeza de que el creyente, en virtud del bautismo que lo incorpora a Cristo, está llamado a ser santo y a colaborar con su trabajo cotidiano a la salvación de la humanidad ”[1].

Para ilustrar nuestra actitud ante el misterio de la Iglesia y, por lo tanto, la realidad del Opus Dei en su seno, puede servir el cuento oriental que Joseph Ratzinger ha utilizado alguna vez al tratar de nuestra percepción de la religión[2]. El entonces prefecto de la congregación para la Doctrina de la fe evocaba la parábola budista del elefante y los ciegos. Un rey reúne a los ciegos de una pequeña aldea donde nunca había estado un elefante. Ordena que pase un paquidermo en medio de aquellos ciegos. Algunos tocan la cabeza, otros, una oreja, un colmillo, la trompa, la cola, una pata. El rey comenta a todos: esto es un elefante. Después, pregunta a cada uno: ¿qué piensas que es un elefante? Los ciegos contestan de modo muy variado, según la parte que habían tocado: es como un cesto de paja... es una tienda... una especie de puchero... una columna... una pilastra... la caña de un arado... un mortero... una escoba...

El Opus Dei pertenece al misterio de la Iglesia, se entiende en y desde la Iglesia, y como ella admite muchas perspectivas, sin que ninguna abarque enteramente lo que es. Un misterio, algo que invita a la contemplación y que se puede entender sólo en parte, como ‒con las limitaciones del ejemplo‒ sugiere el cuento anterior. Una realidad sobre la que cabe siempre profundizar, pero evitando convertirla en una especie de “problema” que hay que resolver.

1. Naturaleza del Opus Dei

Ante la realidad del Opus Dei, uno fácilmente se encuentra como esos ciegos, en el sentido de que percibimos sólo unas facetas de una realidad humana compleja que es también divina: a imagen de Jesucristo y de su Iglesia. Así pues, se han encontrado taxistas para quienes el Opus Dei era algo que reúne sólo a chóferes de taxi para momentos de oración. Para algún empresario, son unos colegas que tratan de observar la ética empresarial en los negocios de cada día. Incluso se cuenta que para una niña de 7 años el Opus Dei era eso que hacía que los martes su padre volviera a casa más tarde, ciertamente muy contento, después de haberse encontrado con unos amigos. Este mismo padre de familia quizá piense que, para él, el Opus Dei es lo que ha permitido que su hijo haya mejorado en la escuela. Para el vecino, los del Opus Dei son los que te saludan y te sonríen cuando te los cruzas por la calle (por lo menos, es lo que habría que esperar). El chico que va a un club juvenil habla del lugar donde haces cosas increíbles como saltar en un río con neumáticos, o visitar a ancianos que parecen tener mil años. Incluso cabe plantearse: para el párroco que conozco, ¿qué es el Opus Dei? ¿Quiénes son sus fieles? ¿Qué podría decir de su modo de rezar, de relacionarse con los demás parroquianos, de contribuir al apostolado en el barrio, de su sintonía con el párroco? En resumen, gracias a Dios, muchos, cristianos o no, han conocido directamente gente del Opus Dei y comprueban que, a pesar de sus limitaciones, procuran ser un testimonio de confianza, compasión, amistad, profesionalidad, cercanía y esperanza, que no es otra cosa que una manifestación del espíritu del Evangelio en medio de la calle.

En la Iglesia

Lo que espera la niña, lo que vive el taxista, lo que entusiasma al chico del club son realidades parciales de una realidad más grande que les aúna y supera. Esa realidad con mil facetas, es el Opus Dei en la Iglesia. Como parte de la Iglesia católica, el Opus Dei es un misterio que no admite una reducción a una definición matemática. Del mismo modo, la Iglesia es Templo del Espíritu Santo, Pueblo de Dios, Comunión de los santos, barca de Pedro, campo, redil, camino, jardín, casa de Dios, construcción, obra de Dios… Todas expresiones que dicen, cada una, algo más y algo menos que una mera definición conceptual. La Iglesia es el Pueblo de Dios que se hace Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. El Opus Dei es una pequeña parte de esa realidad, tiene la misma sustancia, los mismos medios, el mismo fin: la salvación del género humano. En el seno de la Iglesia, el Opus Dei substancialmente no es otra que eso: partecica de la Iglesia, como decía san Josemaría. Como la Iglesia, en y desde la Iglesia, crece por lo tanto desde la oración y los sacramentos.

Una obra de Dios

La Iglesia es la prolongación en el tiempo y en el espacio de la presencia de Jesucristo hasta la Parusía. “Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria[3]”. Toda la Biblia es la narración de ese acercamiento del Señor hacia los hombres, de las grandes obras de Dios y sus maravillas. Opus Dei, en latín, significa “obra de Dios”, “trabajo de Dios”[4]. En las versiones latinas de los Hechos de los Apóstoles en la Vulgata y en la Neovulgata, la palabra « opus » traduce el término griego “ergon”, “trabajo”. Así por ejemplo, según las palabras del Espíritu Santo, en Antioquía Pablo y Bernabé son elegidos “para la obra que les he destinado” (Hch 13, 2): esa obra es la difusión del Evangelio.

Que la institución fundada por san Josemaría se llame “Opus Dei” refleja su convicción sobre el origen divino de esa obra y, a la vez, de su desarrollo: era, antes que nada, un don de Dios, una intervención suya más en la historia. Por eso, decía también convencido: “no se trata de una obra mía, sino de la Obra de Dios[5]” y recordaba que el secreto del Opus Dei es la oración. La semilla es la palabra de Dios, el que siembra el Señor: “semen est verbum Dei” (Lc 8,11), “sator autem Christus[6]”. De aquí la condición de instrumentos. San Pablo dice a los filipenses: “Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito” (Flp 2, 13).

2. El fin del Opus Dei

El fin del Opus Dei es difundir por todas partes la llamada universal a la santidad y al apostolado en medio del mundo, en la vida ordinaria, especialmente en el trabajo profesional[7]. Se trata, por tanto, de un fin exclusivamente espiritual, que se podría resumir diciendo que al ejercer nuestras ocupaciones habituales podemos dejar que el Espíritu Santo actúe en nuestras almas, para identificarnos cada vez más con Jesús, siendo progresivamente mejores hijos del Padre del Cielo. Al referirnos al “trabajo profesional”, entendemos la actividad principal que configura de algún modo la identidad personal: puede ser un trabajo remunerado, pero también alguna ocupación vivida como un deber de estado, por ejemplo, el ocuparse del hogar.

La oración colecta de la Misa del proprio de san Josemaría resume bien estas perspectivas. Se dirige a Dios Padre en estos términos: “Oh Dios, que has suscitado en la Iglesia a san Josemaría, sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo y sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención[8]”.

Esa oración señala que el Opus Dei nace en la Iglesia y participa de su misión esencial: reconciliar el mundo con Dios: “en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo” (2 Co 5, 19). San Agustín dirá: “Ecclesia, hoc est mundus reconciliatus”, la Iglesia es el mundo reconciliado con Dios.

En varias ocasiones san Josemaría ha hablado del Opus Dei como de una gran catequesis: “Somos y seremos siempre una gran catequesis[9]”. ¿Qué significa esta palabra? Si bien el fundador no pretendía con ella decir otra cosa que lo que la palabra designa de modo inmediato, nada impide profundizar en el término. Etimológicamente, catequesis conlleva la idea de hacer resonar, de despertar un eco. En la Iglesia primitiva, la catequesis unía tres cosas: el kerigma, o proclamación de las verdades de salvación; unas enseñanzas prácticas sobre la vida que tiene que ser la del cristiano; y finalmente un “ritual” que hay que practicar, es decir, llevar una vida sacramental y litúrgica. Siguiendo esta tradición, el Catecismo de la Iglesia católica está estructurado en cuatro partes: “el misterio cristiano es el objeto de la fe (primera parte); es celebrado y comunicado mediante acciones litúrgicas (segunda parte); está presente para iluminar y sostener a los hijos de Dios en su obrar (tercera parte); es el fundamento de nuestra oración, cuya expresión principal es el "Padre Nuestro", que expresa el objeto de nuestra súplica, nuestra alabanza y nuestra intercesión (cuarta parte)[10]”. En resumen, se trata de la fe que creemos (contenido de la fe); la fe que vivimos (moral); la fe que profesamos (liturgia); la fe que rezamos (oración). Se puede decir que el Opus Dei, como gran catequesis, ayuda a que los fieles corrientes unan esas cuatro dimensiones en su propia vida. Por eso, los medios de formación son medios de transformación: son performativos, por utilizar una expresión que Benedicto XVI aplica al mensaje cristiano[11].

En el Opus Dei se manifiesta ese carácter concreto del cristianismo, presentado antes que nada como un acontecimiento: la vida de Cristo en nosotros. En ocasiones, san Josemaría hablaba de la Obra como de un encuentro con Dios en medio de las actividades ordinarias. Los fieles del Opus Dei se esfuerzan “para que todos aprendan a conocer y a amar al Señor, a descubrir que la vida normal en el mundo, el trabajo de todos los días, puede ser un encuentro con Dios[12]”. En cierto modo, se repite el encuentro con el Resucitado que vivieron los discípulos de Emaús, como dice san Josemaría con una bella expresión: “Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra[13]”.

3. Espíritu. Actividades

El espíritu sobrenatural de la Obra de Dios

El Opus Dei es obra de Dios, porque nace por inspiración divina y porque Dios sigue actuando en ella hoy, como actúa en su Iglesia. Como reza la plegaria eucarística cuarta del Misal romano, el Espíritu Santo fue enviado “a fin de santificar todas las cosas, llevando a la plenitud su obra en el mundo”: “opus suum in mundo perfíciens”.

El Opus Dei fue inspirado por Dios a san Josemaría Escrivá de Balaguer el 2 de octubre de 1928 en Madrid (España). El fundador era entonces un joven sacerdote de 26 años. No se trata pues de una empresa humana, como sería la apertura de un comercio, la creación de una asociación deportiva, o la de una organización para resolver desafíos de la sociedad de una época, como la difusión de la fe o el cuidado de personas discapacitadas: todas cosas en sí buenas e, incluso, excelentes. Muy temprano san Josemaría expresó su convicción de ser un instrumento. Por ejemplo, escribió el 19 de marzo de 1934, unos años después de la fundación: “La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre […]. Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, dos de octubre de 1928[14]”.

El 2 de octubre de 1928 san Josemaría “ve” –es el verbo que emplea– el Opus Dei: esta visión intelectual se impone a él sin que buscara fundar nada: de algún modo será fundador a pesar de sí mismo[15]. En este sentido, el origen del Opus Dei es carismático: es una irrupción de Dios en la historia. La Iglesia ha reconocido ese carácter sobrenatural, es decir no meramente humano. En este sentido, san Juan Pablo II escribe en la Constitución apostólica Ut sit que el Opus Dei fue fundado “por inspiración divina” en Madrid[16]. A la vez, el Opus Dei tiene una dimensión institucional, en cuanto que es una prelatura personal, circunscripción que pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia. Esta fisonomía institucional canónica se podría explicar así: la Santa Sede confía unos fieles a un prelado, que cuenta con sacerdotes para atenderlos, ambos fieles laicos y sacerdotes cooperan entre sí para llevar a cabo la misión del Opus Dei, bajo la autoridad del Prelado. Prelado, clero incardinado y fieles miembros forman la Prelatura del Opus Dei[17].

En la vida de san Josemaría, otros momentos vendrán a completar la iluminación del 2 de octubre desde el punto de vista institucional. El 14 de febrero de 1930, entenderá el lugar de las mujeres en el Opus Dei[18]. El 14 de febrero de 1943, verá la solución para poder contar con sacerdotes que desarrollen su ministerio en los apostolados del Opus Dei. Con todo, desde 1928 el ministerio sacerdotal ya estaba presente en el Opus Dei, en la misma persona de su fundador. Es significativo que ambas luces del 14 de febrero se den mientras celebraba la Eucaristía.

Con visión de fe, después de la luz del 2 de octubre, san Josemaría veía la Obra proyectada en el tiempo y en el espacio. ¿Qué veía? Sobre todo, las personas, una a una, muchas almas; y en esa perspectiva que abarcaba los siglos venideros, usa un verbo que caracteriza la actitud humana ante el misterio cristiano: “contemplar”. Así por ejemplo escribía: “Contemplo ya, a lo largo de los tiempos, hasta al último de mis hijos –porque somos hijos de Dios, repito– actuar profesionalmente, con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando –al buscar la perfección cristiana en su profesión y en su estado en el mundo– el bien de toda la humanidad[19]”.

Con la muerte de Josemaría Escrivá de Balaguer, el 26 de junio de 1975 en Roma, se acaba la época fundacional. Muchos años antes, había infundido fe y esperanza en el alma de los que habían de seguir ese camino abierto en 1928: “En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios; de la que formamos parte por elección divina -ego elegi vos (Jn 15,16)-, con el fin de que seamos en el mundo imitadores de Jesucristo Señor Nuestro, sicut filii carissimi, como hijos queridísimos (Ef 5, 1)[20]”. Y escribía después:

1) La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice.

2) Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes.

3) Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice[21]”.

La actividad del Opus Dei

La actividad del Opus Dei se resume esencialmente en la formación de sus fieles y de otras personas. Podríamos decir que realiza una vasta formación permanente[22]. “La labor de los directores del Opus Dei se encamina principalmente”, contestó un día san Josemaría, a hacer que a todos los fieles “llegue el espíritu genuino del Evangelio —espíritu de caridad, de convivencia, de comprensión, absolutamente ajeno al fanatismo—, a través de una sólida y oportuna formación teológica y apostólica. Después, cada uno obra con completa libertad personal y, formando autónomamente su propia conciencia, procura buscar la perfección cristiana y cristianizar su ambiente, santificando su propio trabajo, intelectual o manual, en cualquier circunstancia de su vida y en su propio hogar[23]”.

¿Qué decir entonces de iniciativas como Midtown Study Center en Chicago, o la Clínica Universidad de Navarra en Pamplona (España), el hospital Monkolé en Congo, la residencia de estudiantes Warrane en Sídney, el centro de formación técnica Dualtech en Filipinas? Son obras de apostolado corporativo del Opus Dei. La prelatura asume la responsabilidad de la orientación doctrinal católica de esos centros, y en particular de la capellanía. Sin embargo, no es la Obra como tal quien crea o dirige la actividad de esas iniciativas, que cuentan con sus propios responsables y entidades gestoras[24].

En resumen, san Josemaría no sólo proclamó la llamada universal a la santidad, sino que puso en marcha, con la gracia de Dios y la respuesta generosa de muchas personas, una obra destinada a ofrecer un camino para este fin. Exige tomarse en serio la radicalidad de la llamada a la santidad.

Amar la Obra

El mismo nombre de la Obra previene contra un celo mal entendido. “Opus Dei”: Dios es el que actúa. Amar a la Iglesia y, en su seno, al Opus Dei, es participar de ese amor que viene de Dios difundiéndose en las almas: es amar a Dios y al prójimo en Él. Esa caridad se extiende incluso a los que se oponen a ese mensaje, pues el Evangelio invita de modo sublime a amar a los enemigos, e incluso Cristo añade: “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 45).

“No podemos mirar sólo a la Obra: miramos primero y siempre a la Iglesia santa. Demos gracias al Señor, que ha hecho que nunca tuviéramos ni la mirada turbia ni el corazón pequeño[25]”. El amor a la Obra reside por lo tanto en creer en la acción de Dios en su Iglesia. Los fieles del Opus Dei aman a la Obra también porque es el camino que Dios quiere para ellos: aman a una familia de vínculos espirituales. Ese amor es participación del amor de Jesucristo a su Iglesia, y está abierto a todas las realidades que en ella existen. La alegría del Espíritu Santo, la seguridad de conocer el propio itinerario, se desbordan en una estima, respeto y cariño hacia los que no siguen el mismo camino del Opus Dei, y que también son obreros de la mies del Señor (cfr. Mt 9, 37-38). Por lo tanto, se excluye todo faroleo, autobombo, orgullo colectivo, todas cosas ridículas y odiosas, contrarias al espíritu cristiano.

El amor hacia la Obra se manifiesta en el amor a las personas que tratan de encarnar en su vida el espíritu del Opus Dei. En definitiva, no es otra cosa que el amor a Jesucristo en los demás. Es descubrir esa presencia misteriosa de Dios en todo, poner en obra el “mandatum novum” (Jn 13, 34), el mandamiento nuevo del amor.

G. Derville

Octubre de 2016

 

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[1] Francisco, Saludo con motivo del congreso “San Josemaría y el pensamiento teológico”, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma, 14-16 de noviembre de 2013., n. 53.

[2] Cf. Joseph Ratzinger, « Vérité du christianisme ? », conferencia en el simposio en La Sorbona, «2000 ans après quoi ?», 27 de noviembre de 1999, en Christianisme : héritages et destins, (ed. Cyrille Michon), Le livre de Poche, Paris 2002.

[3] Es Cristo que pasa, n. 131.

[4] En la Iglesia, esas palabras designan también la liturgia. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1069: “La palabra "Liturgia" significa originariamente "obra o quehacer público", "servicio de parte de y en favor del pueblo". En la tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte en "la obra de Dios" (cf. Jn 17,4). Por la liturgia, Cristo, nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención”.

[5] Apuntes íntimos, n. 21, citado en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo I, Rialp, Madrid 1997, p. 333.

[6] Aclamación antes del Evangelio, Martes de la 5ª semana de Cuaresma.

[7] Se dice en el Codex iuris particularis Operis Dei, n. 2: “§ 1. De acuerdo con las normas del derecho particular, la Prelatura se propone la santificación de sus fieles, mediante el ejercicio de las virtudes cristianas en el propio estado, profesión y condición de vida de cada uno, según su específica espiritualidad, absolutamente secular. § 2. Igualmente la Prelatura busca trabajar con todas sus fuerzas para que personas de todas las condiciones y estados de la sociedad civil, y en primer lugar los denominados intelectuales, se adhieran de todo corazón a los preceptos de Cristo Nuestro Señor y los lleven a la práctica, en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo profesional propio de cada uno, para que todas las cosas se ordenen a la Voluntad del Creador; y formar hombres y mujeres para ejercer el apostolado igualmente en la sociedad civil” (traducción castellana de Álvaro Sánchez-Ostiz, disponible en www.opusdei.org).

[8] Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Decreto CD 689/02/L, 2 de diciembre de 2003.

[9] Apuntes íntimos, n. 548, 6-I-1932, citado en A. de Fuenmayor, V. Gómez-Iglesias, J.L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, p. 276.

[10] San Juan Pablo II, Constitución Apostólica «Fidei Depositum» por la que, en virtud de la autoridad apostólica, se promulga y establece, después del Concilio Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia Católica, 11 de diciembre de 1992, exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica.

[11]Cfr. Encíclica Spe Salvi, 30 de noviembre de 2007, nn. 2 y 4.

[12] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 70, 5.

[13] Amigos de Dios, 314.

[14] Instrucción, 19-III-1934, nn. 6 y 7; cit. en Pedro Rodríguez, Opus Dei: estructura y misión. Su realidad eclesiológica, Ediciones cristiandad, Madrid 2011, p. 62.

[15] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, tomo I, p. 113-120.

[16] Cfr. San Juan Pablo II, Const. apostólica Ut sit, 28 de noviembre de 1982: AAS 75 (1983) 423.

[17] Ese aspecto de detalla más en el Tema n. 10.

[18] Sobre la unidad del Opus Dei y la separación entre los apostolados de hombres y mujeres se trata en el Tema n. 8.

[19] Carta 9-I-1932, n. 4, cit. en José Luis Illanes, La santificación del trabajo; Palabra, Madrid 2001, 10ª ed., p. 117.

[20] Cfr. Pedro Rodríguez-Fernando Ocáriz-José Luis Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993, p. 136 y José Luis Illanes, La santificación del trabajo, Palabra, Madrid 2001, 10ª ed., p. 135.

[21] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, tomo I, p. 576.

[22] Cfr. Tema n. 1.

[23] Conversaciones, n. 35.

[24] Para más detalles sobre la relación entre estas iniciativas y el Opus Dei, cfr. Tema n. 48.

[25] San Josemaría, Carta 14-IX-1951, n. 27.