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Prefacio de ¿Curas casados? 30 preguntas candentes sobre el celibato de Arturo Cattaneo (editor)

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Mauro Piacenza. Prefacio de ¿Curas casados? 30 preguntas candentes sobre el celibato de Arturo Cattaneo (editor). Madrid, Ed. Rialp, 2011, 192 páginas.

 

¿Curas casados? 30 preguntas candentes sobre el celibato
Prefacio

 

Uno de los criterios para evaluar la conciencia histórica y de fe de una determinada época lo constituye la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre el bien y el mal, e incluso entre lo que es don y lo que no lo es. El celibato eclesiástico, apostolica vivendi forma, ha de enumerarse exactamente entre los bienes mayores y más poderosamente portadores de verdad, entre los dones más grandes que el Señor dejó, y continuamente confirma, a su Iglesia.

Es necesario situarse en esta perspectiva de bien, verdad y don para comprender la realidad histórico-teológica y normativo-espiritual del celibato eclesiástico, siempre capaz de estimular el ahondamiento y la constatación de la calidad de la fe de cada uno y, sobre todo, de pensar según Dios y no según el mundo.

La Iglesia, Esposa del Señor, no renuncia a los dones del Esposo e implora, en una auténtica renovación continua, la luz y la fuerza del Espíritu, que hace posible volver a comprender, profundizar y vivir el don del celibato con mayor fidelidad cada día.

Si cabe hablar de reforma –así lo estimo personalmente, al menos desde hace treinta años–, tal reforma ha de entenderse, como es evidente, en sentido auténticamente católico; es decir, debe abrazar la vida entera de los presbíteros, en orden a una radical fidelidad a su identidad propia, la cual es obvio que no se obtiene ni puede forjarse a partir de los criterios transeúntes del mundo, sino que exige conformarse de continuo con la voluntad de Dios. La verdadera reforma no puede circunscribirse únicamente a los aspectos psico-afectivos de la vida del sacerdote, sino que postula tener la valentía de recomenzar desde las raíces: una correcta cristología, una sana eclesiología, una robusta espiritualidad y, sobre todo, una correcta teología sacramentaria y un hondo sentido de lo sagrado, capaces de ahormar la entera vida sacerdotal en torno a ese centro imprescindible que es la Celebración Eucarística. ¿Cómo celebran los sacerdotes? ¿Qué sentido de lo sagrado transmiten? ¿Es claro su juicio sobre la absoluta necesidad de Cristo para la salvación? Sólo respondiendo a estas preguntas será posible una auténtica recomprensión y una gozosa motivación del celibato sagrado, el cual, si se prescinde de tan amplio contexto de fe genuina, podría resultar absolutamente incomprensible.

Si a lo largo de los siglos no han faltado ataques contra el celibato eclesiástico, las últimas décadas mantienen la misma dinámica. Hay que reconocer que dichos ataques provienen muchas veces de contextos y mentalidades ajenas por completo de la fe –entendida ésta como doctrina y como praxis–, y que con frecuencia los coordinan, en los tiempos y en los modos, organizaciones no demasiado secretas, que buscan al progresivo debilitamiento de uno de los elementos que hace más eficaz el testimonio de Cristo: la virginidad por el Reino de los Cielos.

El celibato no es más extraño a la cultura contemporánea de lo que puedan parecerlo la fidelidad conyugal o la continencia prematrimonial. Es preciso reconocer que estamos ante uno de los mayores desafíos educativos de la modernidad. Tras la revolución de 1968, que prometía la liberación del hombre, pero que en realidad lo ha vuelto esclavo de sus propios instintos, resulta necesario y urgente reeducar la entera esfera afectiva, afirmando su grandeza y dignidad, al mismo tiempo que situándola en ese escenario de límite objetivo al que la Teología denomina “pecado original”, con las consecuencias que de ahí se derivan.

La lógica subyacente al celibato sacerdotal es la misma que cabe encontrar en el matrimonio cristiano: la entrega completa del “todo” y “para siempre” en el amor. Es la misma dinámica que recorre la vida del hombre, reconociendo la primacía de Dios y, en consecuencia, también la primacía de la voluntad divina, que llama libremente a quienes Él quiere.

No en último lugar hay que resaltar la ligazón entre la dificultad para comprender el valor del celibato eclesiástico y la difundida cultura semipelagiana, que considera que el hombre contemporáneo, víctima de su propio tecno-cientificismo, puede realizar algo bueno sin la ayuda de la gracia. No es ajeno a ese riesgo el ingenuo optimismo acerca del mundo –imperante en algunos ambientes, teológicos y eclesiásticos inclusive–, que requiere un hondo discernimiento y un sano espíritu críticamente constructivo. Aun los peores momentos de pruebas, crisis y escándalos, jamás a lo largo de su historia bimilenaria ha rebajado la Iglesia el nivel moral y espiritual, sino que, por el contrario, lo ha mantenido alto, e incluso elevado, sobre todo en la delicadísima tarea de escoger, educar e instituir a sus ministros.

Benedicto XVI recordó a los sacerdotes, el 16 de marzo de 2009, que «ninguno se anuncia o se lleva a sí mismo, sino que dentro y a través de su humanidad todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote».

El modelo sacerdotal es el de testigo del Absoluto. Hoy, la auténtica contradicción no está en rebuscar superficiales originalidades, que suscitan un breve y corto interés. Los sacerdotes serán verdadero “signo de contradicción” únicamente en la medida en que, viviendo en plenitud su propia identidad y especificidad, se hagan santos. ¡No hay otro camino!

Miremos, por ejemplo, a san Juan María Vianney, san Juan Bosco, san Maximiliano María Kolbe, san Pío de Pietrelcina, san Josemaría Escrivá y tantos otros. Todos fueron sacerdotes, todos muy dispares en su personalidad humana e historia personal y, sin embargo, todos se demostraron extraordinariamente unidos por su amor y el testimonio de Cristo Señor y, como consecuencia directa, por ser signos realmente proféticos.

El hecho de que en muchos ambientes el celibato sea poco comprendido o apreciado no debe llevar a imaginar escenarios diferentes, sino que requiere más bien esforzarse por proporcionar a los presbíteros una formación más cuidada y continua entre la inicial y la permanente, así como una mejor catequesis a los fieles laicos, y la mejor catequesis está esencialmente en los contenidos. Los pastores no podemos traicionar a los jóvenes rebajando las exigencias, sino que hemos de secundar sus aspiraciones alentándoles a tender hacia amplios horizontes. Para lo cual no podemos tener miedo al mundo o sentirnos condicionados de ninguna manera. Hemos de secundar con ímpetu el espíritu de Dios, obrar decididamente como si todo dependiera de nosotros, pero con la paciencia y la paz interiores de quien sabe que todo depende de Dios; y depositar todos nuestros esfuerzos en las manos de la Virgen Inmaculada, Icono insuperable de la fidelidad a su Señor, a nuestro Señor.

No puedo menos, en fin, que formular mi deseo de que este libro alcance la más amplia difusión y contribuya así a que, como don precioso del Espíritu de Cristo a su Iglesia, el celibato sacerdotal sea cada día más apreciado, a la par que acogido por jóvenes que –como san Pablo y tantos otros santos– se dejen «conquistar por Cristo» (Fil 3,12).

Cardenal Mauro Piacenza
Prefecto de la Congregación para el Clero